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CUATRO ESQUINITAS TIENE MI CAMA

Fernando Méndez

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Fragmento

Índice

Portadilla

Índice

Dedicatoria

Cita

Aclaración antes de empezar

Jueves

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Viernes

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Sábado

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Domingo

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Lunes

Capítulo 36

Recibe antes que nadie historias como ésta

El final de la historia

Agradecimientos

Sobre el autor

Créditos

Grupo Santillana

 

A mi editor, Pablo Álvarez,

por estar, ser y creer.

 

La vida tiene dos territorios definidos:

realidad y fantasía.

Pero existe un tercer lugar que
muchos desconocen,

a pesar de ser el mejor de todos:
la «fantástica realidad».

Aclaración antes de empezar

Vamos a ver: si un día se te aparece un tío muy atractivo y te dice que es un ángel y que quiere ayudarte a solucionar el mayor problema de tu vida, ¿tú qué harías?

Ya sé, posiblemente mandarlo a hacer gárgaras.

Pero si resulta que estás con el amor en la reserva, que no levantas cabeza ni con saldos de fin de semana, ¿seguirías mandándolo a hacer gárgaras o le darías una oportunidad?

Hombre, no es que yo necesite agarrarme a un clavo ardiendo —¡QUE SÍ LO NECESITO!—, pero es que a estas alturas del cuento no se le presentan a una muchas ocasiones a la luz del día. Ocasiones de esas que podríamos calificar de «aseaditas».

Pues eso fue lo que me pasó. De entrada, me importó un pito que aquel tío fuese un ángel o un fantasma (en el más peyorativo de los significados). Como si me sale con que es Arquímedes y viene a enseñarme su palanca…

Lo del cortejo «angelical» me pareció un poco friki, la verdad. Pero original. Buen intento… Además, ¿no dicen que hay que hacer caso a las señales…? Pues nada, hagamos caso, a ver si en una de esas se me asientan los amoríos y enderezamos el rumbo, que falta hace.

Dicho así, todo esto parece increíble, ¿no? (Tampoco yo me lo creería). Pero entre ustedes y yo hay una pequeña diferencia: ustedes están ahora leyendo este libro sin otra preocupación que pasar las hojas, mientras yo ando más desesperada que un macho cabrío en el desierto del Gobi.

¡Ojo!, no me malinterpreten: no-es-cuestión-de-hormonas, que quede claro. Es más bien desorientación emotiva por culpa de lo perdida que ando yo en asuntos sentimentales. Enseguida lo entenderán.

Les resumo mis penas:

—Cuarenta y tres años.

—Un exmarido con el que no comparto cama ni techo, entre otras cosas porque está muerto (aunque esta no sea la razón principal).

—Una hija adolescente, con la que no comparto cama pero sí techo.

—Una hipoteca que mete miedo.

—Un coche a medio pagar.

—Y el mejor espejo del mundo, el único en el que te ves hasta el último poro y que todos los días me recuerda que se me está pasando el arroz.

Lo del espejito tiene tela. Fue idea de mi exmarido:

—Scarlett Johansson tiene uno igual en su habitación —me dijo para justificar la compra. Y luego añadió con tono de vendedor—: Es muy luminoso y posee el mejor baño de aluminio quicksilver del mercado.

Pero mi ex se olvidó de dos detalles:

—Yo no soy Scarlett Johansson.

—Los espejos no mienten.

Ahora para lo único que me sirve el dichoso espejito con toda su «luminosidad» y su «quicksilver» es para recordarle a mi cuerpo que se está convirtiendo en una rondalla de acordeones de orondos pliegues, aderezada con una piel de naranja que haría las delicias de los científicos de Cabo Cañaveral (o como se llame ese lugar), por su semejanza con el paisaje lunar.

¡Y todo eso gracias a la gran «luminosidad» del puñetero espejito de la Johansson!

Ah, y otra cosa: Scarlett Johansson no ha tenido un embarazo, que yo sepa, ni lleva veinte años trabajando de florista al lado de un cementerio, limpiando tumbas, pinchándose con las rosas y cortándose en los dedos con las cintas de celofán… ¡Iiih, qué grima!

¡Por eso es normal que ella quiera tener en su habitación el espejo más luminoso del mundo! PERO ¡YO NOOO!

Aun así, cada mañana al levantarme me pongo frente al espejo y venga pote. Ya sé, ya sé…, es querer evitar lo inevitable. Pero algo tengo que hacer para mantener a flote ese poquitito de ego que se niega a naufragar en mi feminidad. ¿Qué harían ustedes en mi lugar?

Vaaale, comprendo que no se justifica tanto emplaste para despachar en una floristería ni para pasarse el día arreglando panteones, lo sé. Pero la lozanía se me cae a cachos. Esta es la única opción que me queda antes de dejarme ir a tumba abierta hacia los territorios del chocolate y de las adiposidades inmisericordes. Y eso nunca. ¡No me da la gana!

¿No dicen que la esperanza es lo último que se pierde? Pues eso.

Además, en los ambientes sensuales en los que yo me muevo: viudas, fiambres, enterradores, compungidos y agentes de seguros, se me hace extrañísimo que no tenga una cola de pretendientes a la puerta de mi local; como ese que apareció el otro día en el cementerio diciendo que era un ángel.

Seguro que piensan que estoy como una chota. Pero es que me lo tengo que tomar así: a chufla. Si no, ¿qué?… Mis amigas Queca y Marga dicen que lo llevo bien, que siga desfogando con Romeos de fin de semana, que ellos van a lo que van. Como yo. Y, mira por dónde, me lo dicen precisamente ellas: las dos casadas y bien casadas. Una seria y comedida, pero la otra…, ¡madre mía!, mes sí, mes no, le pone los cuernos a su marido y tiene la manía (cosas de su ego inflamado) de hacer una muesca en el interior del bolso cada vez que un Flash Gordon la colma de placer o la revienta de gusto, dicho en plata… Y lo hace con el cortaúñas (me refiero a la muesca en el bolso).

Bromas aparte, estoy empezando a pasarlo mal.

Por mucho que lo analizo, no encuentro motivos a mis fracasos amorosos: jamás le fui infiel a mi exmarido (solo de pensamiento, ya me entienden…) y nunca le di motivos para pelearnos, más allá de lo normal; ni fui celosa ni posesiva ni entrometida ni nada de nada de nada. Peeero… la cosa se fue al garete. Duramos trece años.

Antes y después de él tuve muchos moscones y algunas relaciones con derecho a roce, pero ¡alto!: siempre con respeto y bajo mi pleno consentimiento, ¿eh?

Solo una vez en mi vida tuve que recurrir al armamento pesado para dejar fuera de combate a uno. Ocurrió en Madrid durante un Fin de Año. La manera en que aquel tío me metió mano en el pub fue tan bestia como proporcional mi reacción: no tardé ni un segundo en arrebatarle la botella al camarero, girarme y estampársela en la cara a aquel guarro. Claro que, al segundo, me arrepentí. Y cuando el tío cayó al suelo, desmayado y sangrando como lo que era, fui la primera en apartar a todo el mundo y pedir que llamasen a un médico, mientras me echaba sobre él con mi vestido de estreno, mi chal de estreno, mi bolso de estreno y mi tanga de estreno… Una noche desperdiciada, sí, pero ¡no había dios que le parase la hemorragia!

El caso es que el sobón y yo acabamos en urgencias cubriendo un parte de común acuerdo, según el cual «mi amigo» se había «golpeado» al «resbalar» en un pub y caer al suelo, que estaba «lleno de cristales» (lo que va entre comillas son las mentiras, para que quede constancia de mi arrepentimiento). Varias curas y suturas después, los dos terminamos en la cafetería del hospital tomándonos vodka con naranja y contándonos nuestras asquerosas vidas.

Hoy somos buenos amigos y nos llamamos de vez en cuando, pero jamás nos hemos vuelto a tocar ni un pelo, ni siquiera para despedirnos.

Yo creo que en esto del amor voy en dirección prohibida, y en cuanto me animo…, ¡ñaca! Pescozón y tentetieso: desengaño al canto y vuelta a empezar.

Queca y Marga dicen que lo que necesito es darle más alegría al cuerpo. Y puede que tengan razón; no me vendría nada mal acortar mis periodos de ayuno.

Pero, claro, luego llego a casa y veo a mi hija exhalando adolescencia y toda la valentía que demuestro ante mis amigas se me aplasta con la responsabilidad de madre.

Y es que no puedo evitarlo: miro a mi hija y, en lugar de una preciosa chica rubia, de larga melena y rostro bellísimo —que es lo que es—, veo una enorme pesa, de esas grises que dibujan en los cómics; porque así es como personifico yo la responsabilidad de madre supermegaextraprotectora. Entonces mis calenturas se diluyen y la fantasía de un revolcón se transforma en deberes de Mates y Lengua, en una lista de supermercado, en una tonelada de ropa sin planchar o en la calefacción, que siempre falla los fines de semana.

Y así no hay manera, claro.

Concluyendo: la historia que voy a contarles tiene más importancia, si cabe, porque yo no creo en espíritus ni gaitas por el estilo —bueno, no creía hasta que Armand apareció por el cementerio—. Digamos que ahora «he visto la luz», como dicen los entendidos… ¡Y con cuánta luminosidad, oye!

(Por cierto, que su nombre es Armand, no Armando. ¿Quizá porque en otras dimensiones se ahorran vocales? No lo sé… Pero lo que sí tengo claro es que ellos lo hacen todo mucho más sencillo).

Pues nada, que se diviertan.

Ah…, perdón. Me llamo Lourdes.

Jueves

1

Disculpe, señora, ¿puede usted verme?

Antes de girarme ya me tocó las narices con lo de «señora» (creo que no hay peor insulto para las que andamos en los cuarenta). Me giré y lo vi. ¡Claro que lo vi! ¡Lo tenía a un metro! Era un tío alto, moreno, bien parecido, de unos cincuenta años, con el pelo corto y algo canoso. Llevaba un jersey blanco de cuello vuelto y pantalón y abrigo gris oscuro.

Como no dije nada y me limité a mirarlo, él volvió a insistir:

—Perdón, ¿puede usted verme? —Ahora inclinó la cabeza con cortesía.

Yo me quedé parada con mis celofanes y mis tijeras delante de la tumba que estaba arreglando. Lo miré con una expresión indefinible: esa cara entre boba e incrédula que se te queda cuando un desconocido te aborda por la calle con alguna parida y lo primero que haces es buscar la cámara oculta.

Pero eso me duró un segundo, lo que tardé en mirar la cruz y la foto en blanco y negro de un señor de bigote, pegada junto a un epitafio. Aquel no era lugar para bromas, así que solo se me ocurrió responderle:

—¿Está de coña?

—¿Perdón…? —dijo el tío arrugando el contorno de los ojos.

—¡Que si está de coña! —respondí, manteniéndole la mirada.

Yo soy tímida, pero solo a veces, cuando me tratan bien. Cuando me quieren tomar el pelo, sale la Lourdes de la botella del pub.

El tío reaccionó:

—¡Oh, no, por favor! Le pido perdón. No pretendía… —se disculpó—. Ya sé que mi pregunta puede resultarle extraña, señora. Comprendo que…

El tío siguió hablando, pero yo ya no lo escuchaba. Me había quedado colgada en el segundo «SEÑORA», y encima ahora me lo decía mirándome a la cara. (Juro que esa mañana me había hecho chapa y pintura a conciencia, milimetradíiiisima, delante de mi espejo luminoso. De verdad, no quedaba visible ni una arruga ¡ni un jodido poro! ¡Lo juro!). Y de pronto aparece este y me restriega un nanas por la cara para quitarme el encanto pastelero de los ocres corales, y encima lo hace a un palmo de mi nariz llamándome «señora». ¡SEÑORA!

—… es que estoy un poco perdido. —Fue todo lo que oí después de «señora».

—Pues esto es el cementerio municipal —dije con desgana señalando las tumbas con las tijeras, mientras con la otra mano me rascaba la frente con mi sexi guante de látex.

No lo voy a negar, aquella mañana yo estaba irresistible: bata verde, pelo como una escarola, tiras de celofán saliéndome por los bolsillos… Confieso que cualquier excusa era buena para acercarse a mí.

—Sí… Ya veo que esto es un cementerio… —asintió el tío con la misma amabilidad—. Pero yo me refiero a estar perdido aquí, en la vida.

Ahí sí que me asusté. La coña de la cámara oculta, pase. Pero un lunático, no.

Una vez conocí a un señor que siempre iba impecablemente vestido y que en verano se paseaba por las mesas de las terrazas recogiendo los recibos y bebiéndose los restos de las consumiciones. Quien lo viese jamás diría que estaba mal de la cabeza. Pero lo estaba. Loco de remate, el pobre. Eso sí: nunca hablaba con nadie ni se enfurecía, ni tan siquiera te miraba. Solo quería recibos y restos de bebida.

Me acordé de eso y, no sé por qué, apreté las tijeras con fuerza dentro del bolsillo, no fuera que a este le diera por las cintas de celofán…

Creo que se dio cuenta.

—No se asuste, por favor, ya me voy —dijo al tiempo que se apartaba y empezaba a caminar—. Solo quería saber si usted podía verme.

«¡Y dale con la fijación!», pensé. Entonces me dije que de neuras ya iba yo servida y decidí seguirle la corriente, más por labor solidaria que otra cosa.

—¡Hombre, por Dios! ¿Cómo no voy a verlo? No es usted invisible ni nada de eso, ¿no? —En ese instante, interpreté el papel protagonista de Chica sobre un mar de sorpresas (una gran historia, si a alguien se le ocurriese inventarla).

El tío bajó la cabeza como si, efectivamente, yo acabase de clavarle las tijeras en toda la tripa, pero, más que de dolor, su cara era de pena.

—Precisamente ese es el problema —respondió apesadumbrado.

—¿Cuál? —inquirí extrañada, como si me hablase en arameo.

—El problema es que usted puede verme.

En eso pasó a nuestro lado Germán, el vigilante del cementerio. Cortés como siempre, nos saludó llevándose la mano a su gorra. Repito: nos saludó a los dos.

Yo señalé al vigilante y dije:

—¿Se da cuenta? Él también puede verlo. No sé dónde está el problema.

—Es que yo no soy de aquí —intentó justificarse.

—Bueno, ¿y qué? En esta ciudad hay miles de personas que no son de aquí y a todos se les ve muy bien… Vamos, que puede usted contarlos uno a uno y ninguno se plantea si lo ven o no lo ven.

—Me llamo Armand —se presentó, tendiéndome la mano. De pronto intuí que el tío desplegaba una nueva forma de cortejo ligoteril. Si era así, la cosa tenía su gracia. ¡Qué lejos quedaba aquello del «¿Estudias o trabajas?»!

«¿Y para esto tanto merengue? —pensé—. ¿Para poner en práctica el ritual más viejo del mundo…? Podías haberte ahorrado la escenita del hombre invisible, tío».

Yo me acordé de Pretty woman y puse en marcha todo mi sex-appeal: me quité los guantes de látex, acomodé en el bolsillo el celofán de «Tus compañeros no te olvidan» y correspondí al saludo estrechándole la mano, la cual, por cierto, casi no sentí.

—Encantada. Yo soy Lourdes —dije enseñando los dientes.

—Señora… —Exageró la reverencia; algo que, siendo sincera, me dejó indiferente, porque a diario me ocurre en mi floristería: cada vez que entra un tío dobla el espinazo y me besa la mano antes de hacerme un pedido.

Lo malo era la palabrita… ¡Ufff! Sí, ya sé que quiso ser cortés, galante, amable… Pero volvió a mencionarla.

Una vez más, solo una más, y yo no sería responsable de mis actos. Mis tijeras estaban dispuestas para cortar algo más que tallos. Y como no me pude aguantar, le espeté:

—Perdone, ¿le importaría suprimir lo de «señora» cada vez que se dirige a mí? No aporta nada a la conversación.

—Oh, le pido disculpas… ¿Tal vez prefiera «madame»? —preguntó, pero sin un solo gramo de ironía—. Es que no se me dan muy bien las traducciones literales…

En esos momentos yo no estaba para análisis lingüísticos, pero «madame» sonaba muchísimo mejor. ¡Dónde va a parar! Era más selecto, más refinado. Era como decir «señora» pero con menos años.

Aceptado. Y seguimos intimando:

—Yo soy francés —dijo el tío sonriendo. Me gustaron sus dientes. Tenía pinta de Cary Grant, aunque menos guapo.

—Pues yo, española —respondí—. No me extraña que ande usted perdido… ¡Uf! Francia… —añadí agitando la mano.

«Sin embargo, no le patina la erre», pensé.

—Pero mi desorientación no se debe a que vengo de Francia —aclaró—. El problema es la Tierra.

—¿La… tierra? ¿Qué tierra?

Yo miré el sendero del cementerio. Reconozco que había algo de barro a causa del rocío nocturno, pero no… Él no se refería a la tierra-tierra, sino a la Tierra-Tierra. El suelo no le preocupaba en absoluto —al menos, la capa superficial—. Me hablaba del planeta, de toda la tierra que hay en la Tierra. Y me lo dijo mirando al cielo.

—Es que soy un ángel, ¿sabe? —me espetó, sin avisar.

Fue un comentario… Vamos, lo normal en estos casos. Como cuando rellenas el silencio en un ascensor hablándole del tiempo a un desconocido.

¿Un ángel? ¡Pues claro que lo sé!, no lo voy a saber… ¡Me di cuenta nada más verlo! Si lo único que hay en este cementerio son ángeles… Míralos: todos tranquilitos, no rompen un plato, ahí quietos en sus tumbas… Luego, claro, están los otros ángeles, los de las alas grandes: Miguel, Rafael, Gabriel… Con esos ya tengo menos trato. Andan en gestiones internacionales y paran menos por aquí.

¡Manda narices! ¡¿Qué coño voy a saber yo de ángeles?!

Lo miré fijamente y, por primera vez, noté algo extraño, inexplicable. Una sensación parecida a la que anuncia la llegada de la regla mezclada con el leve mareíllo de una noche mal dormida (no se me ocurre otra comparación mejor, lo siento). Y sentí miedo. Pero también tranquilidad. En sus ojos vi bondad, vi a un casi Cary Grant elegante y educado, y aunque sabía que aquello era solo una original manera de «entrarme», me sentí confusa; sobre todo por la forma en que lo dijo. Porque no bromeaba. Lo decía en serio.

Y luego lo remató:

—He venido a ayudarla.

2

A ver, a ver, a ver… —dije rascándome la sien con la punta de las tijeras (así, de paso, mandaba un mensaje subliminal estilo «botella de pub»)—. Vale lo de la caballerosidad y las reverencias. ¡Buen intento! De verdad, gracias. Pero ahora estoy trabajando. Así que, si no le importa, aire… —reaccioné cortante, sin saber muy bien por qué. Lo invité a esfumarse, ¡fush, fush…!, señalándole con las tijeras la salida del cementerio.

—Perdóneme que insista —dijo Armand, obedeciendo pero sin acabar de arrancar—. Sé que he sido torpe. Es que no estoy acostumbrado. Es mi primera misión…

Yo lo miraba y pensaba: «Esto es la leche: estoy en un cementerio arreglando flores y manteniendo un diálogo de besugos con un tío al que no conozco de nada, que dice que es un ángel, que anda perdido y que viene a ayudarme… Tengo más claro que el agua que lo que quiere es echar un casquete». El señor de los recibos al lado de este es Míster Cordura.

—Solo permítame decirle una cosa —suplicó. Se fijó en las tijeras, que ahora apuntaban directamente a su pecho—. ¿Le importa…? —Señaló hacia ellas con una amabilidad que derretiría un cañón de guerra. Al ver que yo no cedía, dio un paso atrás y, mucho más serio, comentó—: Madame, usted está a punto de perder para siempre el amor de cuatro personas. Son cuatro espíritus que la acompañan desde el inicio de los tiempos y que seguirán con usted eternamente si hace lo que le digo —afirmó Armand con gravedad—. En su actual existencia, estas personas están personificadas en su padre, su exjefe, su hermana y su hija. Ellos fueron en otra vida un general romano, un esclavo, una sirvienta y un hechicero. A todos les hizo usted mucho daño, y ahora tiene la oportunidad de resarcirse.

El tío hizo una pausa; creo que para que yo pudiera digerir la tonelada de paranoia que acababa de vomitar. Si en ese instante me hubieran pinchado, en lugar de sangre me habrían salido signos de interrogación y admiración.

Yo no entendía cómo era capaz aquel pirado de hilar las frases con tanta perfección. Parecía un actor. Lo dicho: Cary Grant.

Supongo que hay locos inteligentes con muy buena memoria…

—Y permítame una cosa más —añadió—: sepa que usted es Cleopatra… Mejor dicho, fue Cleopatra. —Me miró de arriba abajo y noté, por su gesto, que mi aspecto no cuadraba con los cánones de la belleza faraónica. Me pregunté si en el Antiguo Egipto existirían los guantes de látex y los peinados estilo escarola. Y el tal Armand, venga, ¡más madera!—: Es difícil de creer. Pensará que estoy loco —asintió en tono solemne. «¡Noooo, qué va! Solo disimulo para que usted lo piense». Y añadió—: Pero esto no es lo principal que vengo a decirle…

«Ah, ¿no? ¿Y qué le queda? ¿Anunciarme que han descubierto en Egipto una tumba con un papiro en el que Cleopatra lega todos sus bienes a Lourdes, la florista, su legítima heredera espiritual?». Casi me reí de la ocurrencia.

Yo movía la cabeza como cuando un vendedor t ...