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LA TIENDA DE LOS RECUERDOS PERDIDOS

Anjali Banerjee

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Fragmento

1

Esta mañana voy por el camino de costumbre a desayunar al bar de Fairport disfrutando de los dulces aromas de las hojas de otoño, del agua salobre del mar y del exquisito salmón salvaje. El día empieza a bullir en nuestra brumosa isla. Las pintorescas tiendas abren las puertas y sus propietarios colocan letreros pintados a mano en las aceras. Herrerillos y pinzones revolotean en los árboles de los alrededores. Como de costumbre, atajo por el descuidado jardín de una casa amarilla que está deshabitada y tiene un cartel en la fachada, pero esta vez me paro a mirarla con detenimiento.

Intuyo que alguien llegará muy pronto en el ferry de Seattle, alguien que encajará bien en la casa, alguien que probablemente me necesitará. Buscará en esta isla su propio refugio, un pequeño rincón de soledad lejos del mundo. Como no tardará mucho, me quedo agazapada en el jardín, esperando.

Gatita

Lily se dirigía hacia el norte en pos de un sueño. Cuanto más se alejaba de San Francisco, más posibilidades se desplegaban ante ella. Empezaba a concebir un futuro sin el peso de lo que había perdido, y aun así todavía notaba la presencia de Josh, su marido, sentado a su lado, un desdibujado recordatorio de la vida pasada. Él habría planificado cada rodeo, cada parada, cada hotel de esa ruta. Lily se lo imaginó con la cabeza inclinada sobre un mapa arrugado, comprobando que no se desviaban del itinerario trazado.

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Ahora Lily podía hacer lo que quisiera. Podía perderse, desviarse por un camino de tierra si se le antojaba. Podía desaparecer y nadie se enteraría. Saboreaba esa libertad recién estrenada, pero al mismo tiempo se sentía a la deriva, un ser anónimo. ¿A quién le importaría que se despeñara por un precipicio? Su cadáver quizá permanecería semanas enteras en el fondo de un barranco, descomponiéndose, hasta que lo encontrasen. La furgoneta se oxidaría y acabaría desintegrándose.

Se preguntó si se había vuelto invisible, una joven viuda solitaria sin familia ni amistades que se dirigía hacia un incierto destino. Lo más al norte que había llegado era Seattle, adonde Josh y ella fueron una vez en avión. El comandante les señaló el lago del Cráter, el monte Santa Helena y el monte Rainier, diminutos y domeñables desde una altitud de treinta mil pies.

Pero en esta ocasión se mantenía en la carretera, el paisaje se deslizaba a su paso con sus colores y dimensiones naturales. Atravesó veloz la llanura agrícola de California central y se detuvo para caminar bajo la fresca sombra de las secuoyas, cerca de la

Lily

frontera de Oregón. Le reconfortaba saber que ese antiquísimo bosque permanecía inalterado desde hacía millones de años, y que seguramente aún existiría mucho después de su muerte. Había algo inconmensurable e impenetrable en la naturaleza, una verdad misteriosa que daba otra dimensión a su pena.

Mientras circulaba por las empinadas carreteras del sur de Oregón pensaba que a Josh le habrían encantado las impresionantes vistas del monte Shasta, el descenso a los fértiles valles, los frondosos bosques de abetos. Sin los límites del mundo material, podía seguirla hasta restaurantes y parques, áreas de descanso y habitaciones de motel. Josh estaba en todas partes y en ninguna.

Un día, en un hotel de Ashland, ya entrada la noche, se despertó con el aliento de Josh en la mejilla, pero al darse la vuelta y tocar la almohada vacía sintió en el pecho el dolor que tan familiar le resultaba. ¿Cómo iba a hacerlo sola? Sus experiencias jamás le habían parecido reales a menos que las compartiera con Josh. ¿Acaso su vida se había convertido en algo efímero? Casi esperaba perder el sentido concreto de su ser, transformarse en una neblina flotando de un lado a otro del planeta.

¿Adónde iba? ¿Cuándo pensaba parar? Buscaba el destino perfecto, la escapada idílica de la que tanto habían hablado Josh y ella. Reconocería la ciudad en cuanto la viera y confiaba en que la Toyota Tacoma la llevara hasta allí, a pesar del remolque que había amarrado a ella. Había cargado sus pertenencias más queridas, lo que no tuvo valor para poner a la venta en la subasta por liquidación de patrimonio: las mejores creaciones de ropa de Josh y las docenas de modelos vintage que había atesorado a lo largo de los años, desde jerséis de Chanel hasta vestidos de Halston pasando por bolsos de Escada y bisutería de cristal de roca.

La furgoneta con el remolque la llevó hasta Seattle y después, en el ferry, hasta la isla de Shelter, un oscuro punto verde regado por la lluvia en medio del estrecho de Puget. Lily pensaba atravesar parajes agrestes y tomar otro barco después, pero al descender por la rampa hacia el pintoresco pueblo de Fairport, el más importante de la isla, ocurrió algo muy curioso. El tiempo pareció detenerse. La densa bruma plateada que subía desde el mar fue despejándose lentamente hasta dejar al descubierto las farolas de hierro forjado que flanqueaban el paseo marítimo, los antiquísimos y gigantescos álamos y el musgo entre las grietas de las aceras de ladrillo rojo. La suave brisa otoñal mecía los rosales y la lavanda. Los oblicuos rayos del sol iluminaban con un resplandor sobrenatural las hileras de tiendecitas, acurrucadas en antiguos edifi cios de ladrillo o en casitas de estilo artesanal recientemente remozadas.

Pasó ante la óptica Island, la Classic Cycle, el restaurante Le Pichet y la librería Jasmine, situada en un edificio victoriano ocre oscuro y blanco encaramado en la ladera de una colina.

A Josh le habría gustado ese aire antiguo, los isleños paseando sin prisas, disfrutando de la límpida mañana. Una mujer con un chándal azul ceñido había sacado a su perro, un golden retriever, que se paraba ante cada farola para marcarla. Una pareja de pelo blanco paseaba y se detenía en los escaparates mientras sorbía café en vasos de papel. Precisamente lo que necesitaba Lily: cafeína.

Aparcó en Harborside Road y pidió una taza de moca en Java Hut, un cálido local cuyas paredes estaban decoradas con marinas pintadas a la acuarela. Los lugareños, ataviados con camisas de franela, vaqueros y gorros de punto, charlaban sentados a las mesitas, y en el ambiente se mezclaba el aroma del café y de bollos. Se imaginó sentada allí, junto a la ventana, horas y horas, leyendo.

El camarero, un adolescente guapo de pelo negro azulado, delgados músculos resaltados por la camiseta y un ancla tatuada en el cuello, le dirigió una amable sonrisa y le puso un grano de café recubierto de chocolate en la tapa del vaso de papel.

—Como la judía mágica —le dijo, tendiéndole el recipiente de papel.

—¿Crecerá de ella una planta enorme? —preguntó ella mientras el chocolate empezaba a derretirse.

—Si se lo come, puede pasar cualquier cosa, hasta sus sueños más delirantes pueden hacerse realidad.

Le devolvió a Lily unas monedas, que ella metió en el bote de las propinas.

—No sé si mis sueños son delirantes.

Tal vez si se comía el grano de chocolate Josh se materializaría, vivito y coleando.

—Venga, todo el mundo tiene algún sueño. Cómaselo y pida un deseo.

—Es mucho pedir a cambio de tan poca cosa, ¿no le parece? Que se haga realidad un deseo enorme, imposible.

El chico se puso el paño de cocina en el hombro.
—Vamos, no hay nada imposible. No es usted de por aquí, ¿verdad?

—¿Tanto se me nota?

Lily se dio cuenta de que se ruborizaba y se retocó el pelo de manera instintiva, a pesar de que podría haber sido la madre del chico. ¿Qué pensaría de ella? Seguramente que era una mujer desastrada y medio loca, de casi cuarenta años, con patas de gallo, greñas grisáceas, labios carnosos y el rímel corrido. No iba muy elegante con la ropa de viaje: el jersey arrugado, los vaqueros desteñidos y las zapatillas de deporte. ¿Quién podía imaginarse que en el remolque llevaba ropa de Sue Wong y de Valentino?

El camarero ladeó la cabeza.
—Es que tiene la típica pinta de turista. ¡Que usted lo pase bien!

Se fue para atender al otro cliente, un hombre corpulento con impermeable. El bar se inundó de ruido: risas, el zumbido de conversaciones, el tecleo de portátiles.

Lily subió a toda prisa a la furgoneta y se sentó al volante, pero no arrancó todavía. Mirándose en el retrovisor, trató de descubrir qué la había delatado. No observó ninguna señal evidente en su rostro. A lo mejor era sencillamente que allí todo el mundo se conocía y a ella no la conocía nadie.

Se comió el grano de café, crujiente, y se chupó los dedos, manchados del chocolate que se había derretido; sintiéndose un poco tonta, esperó unos momentos a que la magia hiciera efecto, pero no pasó nada. Arrancó y empezó a circular por la calle desierta. Qué tranquilidad no tener que preocuparse por el tráfico, pensó.

Casi había llegado al final de Harborside Road cuando la vio: una casita victoriana del color de la mantequilla batida, con postigos blancos, porche azul, chimenea de ladrillo y un sendero resquebrajado que atravesaba un jardín descuidado.

Un cartel de la inmobiliaria Fairport decía: «Se vende. Residencial/Comercial».

Al aparcar junto al bordillo se le aceleró el corazón. Esa era la casa que siempre había imaginado. En su mente aparecieron imágenes de vestidos negros de época en un expositor giratorio, joyas en una vitrina, pañuelos de seda expuestos en una mesa antigua. Tal vez alguien había intentado ya abrir una tienda y le salió mal, y por eso las habitaciones estaban vacías y el jardín abandonado. Creyó ver un gato blanco agazapado en la hierba, pero cuando aparcó y salió de la furgoneta había desaparecido.

Deambuló un poco por el jardín y se asomó a las ventanas. En la planta baja había dos habitaciones con escasos muebles: un sillón rojo antiguo, una tosca mesa de roble. Las paredes estaban pintadas de color crema con hojas de hiedra verdes y molduras azul claro. ¡Azul! El color preferido de Josh. Un ancho pasillo conducía a la cocina, estrecha. El suelo era de madera noble oscurecida.

Dio la vuelta a la casa para mirar por la ventana de la cocina. Los anteriores inquilinos habían dejado una mesa de madera de pino y electrodomésticos de acero inoxidable. A Josh le encantaba el acero inoxidable. Lily podría instalarse allí enseguida mientras esperaba a que le llegaran sus pertenencias del guardamuebles.

«Demasiado pronto para ilusionarse —le advirtió su lado práctico—. Paso a paso.» Por detrás de la casa, un camino de grava serpenteaba entre arriates cubiertos de maleza hasta un cobertizo desvencijado. Un arce solitario se erguía majestuoso en el centro del jardín, soltando hojas amarillas sobre un círculo de hongos que crecía alrededor de la base. Altos setos de alheña formaban una barrera que separaba la finca de las colindantes. A la derecha, en un antiguo edificio de ladrillo, la heladería Island vendía helados caseros en cucuruchos de azúcar. A la izquierda, en una casa victoriana, la botica exhibía en sus vidrieras un batiburrillo de objetos para turistas. Enfrente se mecía al viento el cartel de una pequeña tienda de ropa moderna, The Newest Thing.

Quizá no fuera muy sensato abrir una tienda de ropa justo enfrente de otra, pero ¿cómo resistirse al hechizo de la casita amarilla? Supuso que arriba habría dos dormitorios con techo inclinado y quizá un cuarto de baño entre ellas. Allí dormiría y abajo vendería ropa. Pero no tardó en sentir un súbito temor. Una mujer sola en un pueblo desconocido de una isla remota, con escasos recursos económicos y un remolque lleno de reliquias polvorientas de una vida pasada. ¿Qué estaba haciendo? «Tranquila. Respira hondo. Por la nariz. Suelta el aire.»

¿Cuánto pediría el propietario? ¿Cuánto costaría abrir una tienda? Necesitaría muebles, un ordenador, un préstamo. ¿Y si le salía mal? «Paso a paso.»

Un petirrojo alzó el vuelo desde el jardín, con una lombriz en el pico, y un águila calva planeaba con las magníficas alas desplegadas. Lily notó la presencia de Josh a su lado. No le dijo nada, no le hizo señal alguna, pero ella abrió el móvil y marcó el número de la inmobiliaria Fairport. ¿Qué les diría? «Hola, soy una joven viuda errante que está buscando casa. Por cierto, ¿podría mudarme esta noche?»

Contestó una alegre voz femenina.
—Inmobiliaria Fairport. Soy Paige. Dígame.
—¿Paige Williams? Su nombre aparece en el cartel delante de una casa de Harborside Road, la que está en venta…

—Ah, ¿la casa de los caramelos?
—Pues no sé…, es amarilla. Soy Lily Byrne. Estoy de paso por el pueblo y me gustaría…

—¿Está ahí? Porque si es así, voy ahora mismo. Estoy a una manzana de distancia. Aquí en el pueblo todo queda cerca.

A Lily le vino a la cabeza una canción de Paul Simon: «En mi pueblecito… y tras la lluvia sale el arcoíris y todos los colores se vuelven negros».

—Eh…, sí, estoy aquí. La espero.
—Llegaré en nada.

Lily colgó y se puso a dar vueltas. Empezó a distinguir pequeños defectos en la casa: un pedacito de cemento desprendido por aquí, un desconchón por allá, una grieta en los cimientos… Y no había garaje. Tendría que comprar una lona o un cobertizo, porque para Josh la furgoneta era un tesoro y no le habría gustado que el vehículo, la niña de sus ojos, quedara expuesto a los elementos. En la ciudad compartían aparcamiento con otros copropietarios del edificio en el que vivían.

Pero aun sin garaje, la casa le parecía bien, poco menos que un palacio en comparación con el piso ...