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ACUERDOS PRIVADOS

Sherry Thomas

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Fragmento

1

Solo un tipo de matrimonio ha llevado el sello de aprobación de la alta sociedad.

Los matrimonios felices eran considerados vulgares, ya que la dicha conyugal raramente duraba más que un pudin bien cocido. Los matrimonios desdichados eran, por supuesto, más vulgares si cabe, a la par que el artefacto especial de la señora Jeffries, con el que azotaba cuarenta traseros al mismo tiempo; algo de lo que era mejor no hablar, porque la mitad de la flor y nata de la sociedad los había experimentado de primera mano.

No, la única clase de matrimonio que sobrevivía a las vicisitudes de la vida era un matrimonio civilizado. Y la mayoría reconocía que lord y lady Tremaine tenían el matrimonio más civilizado de todos.

En los diez años transcurridos desde su boda, ninguno de los dos había dicho una palabra desagradable acerca del otro, ni a padres ni a hermanos ni a los mejores amigos ni a los extraños. Es más, como podían atestiguar los sirvientes, nunca tenían disputas, ni grandes ni pequeñas; nunca se ponían mutuamente en evidencia; nunca, de hecho, estaban en desacuerdo sobre nada en absoluto.

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Sin embargo, cada año había alguna debutante descarada, recién salida del colegio, que señalaba —como si no fuera de sobra conocido— que lord y lady Tremaine vivían en continentes diferentes y que no habían sido vistos juntos desde el día después de su boda.

Londres, 8 de mayo de 1893

Los mayores movían la cabeza, desaprobadores. Qué boba era aquella jovencita. Ya vería cuando descubriese que su galán tenía una «amiguita». O se desenamorase del hombre con el que se hubiera casado. Entonces comprendería lo maravilloso que era el acuerdo que tenían los Tremaine: cortesía, distancia y libertad desde el primer momento, sin el estorbo de emociones molestas. En verdad, era un matrimonio absolutamente perfecto.

Por lo tanto, cuando lady Tremaine presentó una demanda de divorcio basándose en el adulterio y abandono de lord Tremaine, se quedaron todos con la boca tan abierta que las barbillas colisionaron con los platos en las mesas más distinguidas de todo Londres. Diez días más tarde, cuando circularon noticias de la llegada de lord Tremaine a suelo inglés por vez primera en una década, las mismas mandíbulas, al desplomarse, dieron contra muchas alfombras caras procedentes del corazón de Persia.

La historia de lo que sucedió a continuación se expandió como una barriga bien alimentada. Fue algo muy parecido a esto: llamaron a la puerta de la residencia Tremaine en Park Lane. Goodman, el fiel mayordomo de lady Tremaine, abrió la puerta. Al otro lado había un desconocido, uno de los caballeros de aspecto más extraordinario con que Goodman se había tropezado en la vida; alto, apuesto, de complexión fuerte, una presencia imponente.

—Buenas tardes, señor —dijo plácidamente Goodman. Un representante de la marquesa de Tremaine, por muy impresionado que estuviera, nunca se quedaba boquiabierto ni embobado.

Esperaba que le tendieran una tarjeta y le dieran la razón de la visita. En cambio, el caballero le entregó el sombrero. Asombrado, Goodman soltó el pomo de la puerta y cogió la chistera con ribete de satén. En ese instante, el hombre pasó junto a él y entró en el vestíbulo. Sin mirar hacia atrás ni ofrecer ninguna explicación para esta intrusión, empezó a quitarse los guantes.

—Señor —dijo Goodman, enfadado—, no tiene autorización de la señora de la casa para entrar.

El hombre se volvió y le lanzó a Goodman una mirada que, con gran vergüenza para el mayordomo, hizo que tuviera ganas de hacerse un ovillo y ponerse a gimotear.

—¿No es esta la residencia Tremaine?
—Sí que lo es, señor. —La repetición del «señor» se le escapó a Goodman, aunque no tenía ninguna intención de que eso sucediera.

—Entonces, sea tan amable de informarme desde cuándo el dueño de la casa necesita el permiso de la señora para entrar en sus propios dominios. —El hombre sostenía los dos guantes en la mano derecha y golpeaba tranquilamente con ellos la palma de la izquierda como si jugueteara con una fusta de montar.

Goodman no comprendía nada. Su patrona era la reina Isabel de su tiempo: una señora sin ningún señor. Entonces, con horror, cayó en la cuenta. El hombre que tenía ante sí era el marqués de Tremaine, heredero del duque de Fairford y esposo de la marquesa, tanto tiempo ausente que era como si estuviera muerto.

—Le ruego que me perdone, señor. —Goodman se aferró a su flema profesional y cogió los guantes de lord Tremaine, aunque notó que empezaba a sudar—. No teníamos noticias de su llegada. Haré que le preparen sus habitaciones de inmediato. ¿Puedo ofrecerle un refrigerio mientras tanto?

—Puede. Y también puede ocuparse de que descarguen el equipaje —dijo lord Tremaine—. ¿Está lady Tremaine en casa?

Goodman no consiguió detectar ninguna inflexión especial en el tono de lord Tremaine. Era como si regresara de echarse una siesta en el club. ¡Después de diez años!

—Lady Tremaine está dando un paseo por el parque, señor. Lord Tremaine asintió.
—Muy bien.

Instintivamente, Goodman trotó detrás de él, del mismo modo que iría detrás de un animal salvaje que por casualidad hubiera conseguido atravesar la puerta. Fue solo un minuto más tarde, al volverse lord Tremaine y enarcar una ceja, cuando Goodman comprendió que ya le habían dado la orden de retirarse.

Había algo en la residencia londinense de su esposa que desconcertaba a lord Tremaine.

Era sorprendentemente elegante. Estaba casi seguro de que se encontraría con un interior parecido al que solía ver en las casas de sus vecinos de la parte baja de la Quinta Avenida: grandioso, dorado, con el único objeto de recordar los últimos días de Versalles.

Aquí había unas cuantas sillas de esa época, pero todavía conservaban sus asientos tapizados en terciopelo, lo que les daba un aspecto cómodo en lugar de lujoso. Tampoco vio los pesados aparadores ni la proliferación incontrolada de bibelots que, en su mente, iban siempre asociados a los hogares ingleses.

Si acaso, la residencia tenía un extraño parecido con cierta villa de Turín, al pie de los Alpes italianos, en la que había pasado unas cuantas semanas felices en su juventud; una casa empapelada en suaves tonalidades de oro viejo y aguamarina apagado, maceteros de cerámica vidriada, con orquídeas, colocados encima de esbeltos soportes de hierro forjado, y muebles bien hechos, duraderos, del siglo anterior.

Durante toda una adolescencia de mudanzas de un domicilio a otro, la villa era el único sitio, aparte de la propiedad de su abuelo, donde se había sentido en casa. Le entusiasmaba su luminosidad, su comodidad sin abarrotamiento y su abundancia de plantas de interior, que desprendían un aliento húmedo y herboso.

Se negaba a creer que el parecido entre las dos casas fuera una casualidad hasta que los cuadros que adornaban las paredes del saloncito atrajeron su atención. Entre el Rubens, el Tiziano y los retratos de los antepasados que ocupaban un espacio desproporcionado en las paredes inglesas, ella había colgado pinturas de los mismos artistas modernos de cuyas obras él hacía gala en su propia casa de Manhattan: Sisley, Morisot, Cassatt y Monet, cuya producción había sido comparada de manera infame a un papel pintado sin acabar.

Se le aceleró el pulso, alarmado. En el comedor había más Monet y dos Degas. Y en la galería, parecía que hubieran comprado una exposición completa de los impresionistas: Renoir, Cézanne, Seurat y otros artistas de los que nadie había oído hablar fuera de los círculos más restringidos del mundo del arte parisino.

Se detuvo en mitad de la galería, incapaz de repente de seguir avanzando. Ella había amueblado esta casa para que fuera la fantasía hecha realidad del muchacho que él era cuando se casó con ella; el muchacho que debió de mencionar, durante sus largas horas de conversación embelesada, sus preferencias por las casas sobrias y su amor por el arte moderno.

Recordaba la fascinada concentración con que ella lo escuchaba, sus tiernas preguntas, su ardiente interés por todo lo que concernía a él.

¿Era el divorcio una nueva artimaña? ¿Una trampa hábilmente preparada para volver a seducirlo cuando todo lo demás había fracasado? Cuando abriera la puerta de su dormitorio, ¿la encontraría desnuda y perfumada en su propia cama?

Localizó los que fueron sus aposentos y abrió la puerta.

Ella no estaba en la cama, ni desnuda ni de ninguna otra manera. No había ninguna cama.

Tampoco había ninguna otra cosa. La estancia era tan vasta y estaba tan vacía como el Oeste americano.

En la alfombra ya no se veían las huellas de las patas de las sillas y de la cama. En las paredes no había rectángulos que delataran la ausencia de unos cuadros retirados hacía poco. Una gruesa capa de polvo se había asentado en el suelo y en el alféizar de las ventanas. La habitación llevaba años vacía.

Sin ninguna razón, se sentía como si le hubieran dejado sin aliento. El saloncito de los aposentos del señor de la casa estaba impecablemente limpio y amueblado: sillones de lectura de respaldo alto, estanterías llenas de libros muy usados con los lomos arrugados, un escritorio con tinta y papel recién colocados; incluso había una maceta con una amaranta en flor. Todo provocaba que el vacío del dormitorio pareciera todavía más intencionado, como un símbolo hiriente.

Puede que, en un tiempo pasado, se hubiera diseñado la casa con el único objetivo de que él volviese. Pero se trataba de otra década; otra época totalmente diferente. Desde entonces, ella le había erradicado de su existencia.

Todavía seguía en el umbral contemplando el dormitorio vacío cuando llegó el mayordomo seguido por dos lacayos y un gran baúl de viaje. El vacío absoluto de la estancia hizo ruborizar al sirviente.

—Solo tardaremos una hora en airear la habitación y volver a colocar el mobiliario, señor.

Estuvo a punto de decirle al mayordomo que no se molestara, que dejara que el aposento siguiese desnudo y vacío. Pero eso habría sido demasiado revelador. Así que se limitó a asentir.

—Excelente.

El prototipo de la nueva máquina estampadora que lady Tremaine había encargado para su fábrica en el condado de Leicester se negaba a estar a la altura de lo que prometía. La negociación con el constructor naval de Liverpool se alargaba de una manera muy molesta. Y todavía no había contestado a ninguna de las cartas de su madre —diez en total, una por cada día pasado desde que había presentado la demanda de divorcio—, en las cuales la señora Rowland ponía en duda su cordura abiertamente y llegaba casi a comparar su inteligencia con la de una pierna de cerdo.

Pero todo eso era de esperar. Lo que hizo que su cabeza estuviera a punto de estallar fue el telegrama de la señora Rowland que había llegado hacía tres horas: «Tremaine desembarcó en Southampton esta mañana». Por mucho que tratara de explicárselo a Freddie como algo normal —«Hay papeles que firmar y acuerdos que negociar, cariño. Tiene que volver en algún momento»—, la llegada de Tremaine solo auguraba problemas.

Su esposo. En Inglaterra. Más cerca de lo que había estado en una década, excepto por aquel desdichado incidente en Copenhague cinco años antes, en 1888.

—Necesito que Broyton venga mañana por la mañana para revisar algunas cuentas —le dijo a Goodman, entregándole el chal, el sombrero y los guantes, mientras entraba en la casa y se dirigía a la biblioteca—. Sea tan amable de pedirle a señorita Étoile que venga; tengo que dictarle algunas notas. Y dígale a Edie que esta noche me pondré el traje de terciopelo crema en lugar del de seda amatista.

—Señora…
—Ah, me olvidaba. He visto a lord Sutcliffe esta mañana. Su secretario ha presentado su renuncia. Le he recomendado a su sobrino, Goodman. Haga que se presente en casa de lord Sutcliffe mañana por la mañana a las diez. Dígale que lord Sutcliffe prefiere un hombre franco y de pocas palabras.

—¡Es muy amable por su parte, señora! —exclamó Goodman. —Es un joven prometedor. —Se detuvo ante la puerta de la biblioteca—. Pensándolo bien, dígale a la señorita Étoile que venga dentro de veinte minutos. Y asegúrese de que no me moleste nadie hasta entonces.

—Pero, señora, su señoría…
—Hoy su señoría no tomará el té conmigo. —Abrió la puerta y vio que Goodman seguía allí, sin moverse. Se volvió y lo miró. El mayordomo tenía aspecto de estar estreñido—. ¿Qué pasa, Goodman? ¿La espalda vuelve a darle problemas?

—No, señora. Se trata de…
—Se trata de mí —dijo una voz desde el interior de la biblioteca. La voz de su esposo.

Durante un largo momento de estupefacción, lo primero que pensó era lo mucho que se alegraba de no haber invitado a Freddie a ir con ella a casa, como hacía con frecuencia por la tarde, después de que dieran un paseo juntos. Luego no pudo pensar nada en absoluto. El dolor de cabeza desapareció, sustituido por el demencial aflujo de sangre que le inundó el cerebro. Sintió calor y luego frío. El aire a su alrededor se espesó hasta parecer un puré de guisantes, bueno para tragar pero imposible de inhalar.

Distraídamente, hizo un gesto a Goodman.
—Puede volver a sus ocupaciones.

Goodman vaciló. ¿Temía por ella? Entró en la biblioteca y la pesada puerta de roble se cerró tras ella, dejando fuera ojos y oídos curiosos, dejando fuera al resto del mundo.

Las ventanas de la biblioteca daban al oeste, con vistas sobre el parque. El sol todavía intenso entraba oblicuamente a raudales por los cristales de las ventanas y dibujaba rectángulos perfectos de cálida claridad en su alfombra de Samarcanda, llena de amapolas y granadas sobre un campo rosa y marfil.

Tremaine permanecía fuera de la luz directa, ...