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ALIF EL INVISIBLE

Willow Wilson

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Fragmento

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Persia, hace mucho tiempo

El ser siempre aparecía en el intervalo entre la puesta de sol y el anochecer.

Por la tarde, cuando la luz empezaba a disminuir y proyectaba sombras grises y violetas por el patio de los establos, bajo la torre donde él trabajaba, Reza sentía estremecimientos de ansiedad y expectación. Todos los días, al acercarse la noche, la memoria hacía que retrocediera inevitablemente sesenta años, hasta los brazos de su ama de cría. Según ella, el crepúsculo es la hora en que los djinns comienzan a inquietarse. Era turca, y nunca tiraba el agua del baño por la ventana sin antes pedir perdón a los seres ocultos que vivían abajo, en el suelo. Si no los avisaba, se arriesgaba a que las indignadas criaturas maldijeran al pequeño que tenía a su cargo, causándole ceguera o el mal de las manchas.

En su época de estudiante, cuando todavía no había adquirido su sabiduría, el joven Reza había rechazado los temores del ama de cría por considerarlos meras supersticiones. Ahora era un anciano desdentado.

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Cuando el sol se tiñó de rojo y empezó a acariciar la cúpula del palacio del sha, al otro lado del patio, un terror con el que ya estaba familiarizado empezó a removerle las tripas. Su aprendiz holgazaneaba al fondo del taller, picoteando los restos de la comida de su maestro. Reza, asomado a la ventana contemplando el avance del sol moribundo, notaba la mirada de desprecio que el joven con granos le clavaba en la espalda.

—Tráeme el manuscrito —dijo Reza sin volverse—. Coge mi tintero y mis plumas de junco. Prepáralo todo.

—Sí, maestro. —El joven habló con hosquedad. Era el tercer hijo de un noble menor, y no tenía inclinaciones intelectuales ni espirituales dignas de mención. En una ocasión (solo en una), Reza había permitido que el chico se quedara a presenciar una de aquellas apariciones, con la esperanza de que su aprendiz viera y entendiera que Reza no estaba loco. Pero eso no sucedió. Cuando el ser se materializó dentro del círculo invocador que Reza había trazado con tiza y ceniza en el centro del taller, el chico no pareció notar nada. Se quedó mirando a su maestro con gesto interrogante mientras, en el círculo, una sombra se desplegaba y extendía algo parecido a unas extremidades, hasta representar la caricatura de un hombre. Cuando Reza se dirigió a la aparición, el chico se rió, y la burla y la incredulidad se mezclaron en su resonante voz.

—¿Por qué? —había preguntado Reza al ser, desanimado—. ¿Por qué no dejas que él te vea?

A modo de respuesta, al ser le habían salido varias hileras de dientes apretujados que formaban una sonrisa espeluznante.

Es él quien decide no ver, dijo.

Reza temía que el chico informara de las actividades clandestinas de su maestro a su padre, quien entonces alertaría a los funcionarios ortodoxos del palacio, quienes a su vez lo encarcelarían por brujería. Pero su aprendiz no había dicho nada, y siguió volviendo todos los días para recibir sus lecciones. El letargo con que servía y el deje despectivo de su voz eran lo único que indicaba a Reza que había perdido el respeto del chico.

—La tinta ya se ha secado en las páginas que escribí ayer —dijo Reza cuando su aprendiz regresó con las plumas y la tinta—. Ya puedes guardarlas. ¿Has preparado más barniz?

El chico lo miró y palideció.

—No puedo —dijo, y su hosquedad se esfumó—. Por favor. Es espantoso. No quiero...

—Está bien —dijo Reza exhalando un suspiro—. Lo haré yo mismo. Puedes irte.

El chico echó a correr hacia la puerta.

Reza se sentó a su mesa y acercó un gran cuenco de piedra. El trabajo lo distraería hasta que llegara el anochecer. Vertió en el cuenco una porción de la valiosa resina de almáciga que desde primera hora de la mañana hervía a fuego lento sobre un brasero de carbón. Añadió unas gotas de aceite negro de semilla de nigella y removió el líquido para evitar que se endureciera. Cuando estuvo satisfecho con la consistencia de la mezcla, levantó con cuidado el velo de lino de un sencillo cazo metálico que había en un extremo de la mesa de trabajo.

Un aroma invadió la habitación: intenso, alarmante, indiscutiblemente femenino. Reza pensó en su esposa, todavía viva y radiante, con el niño que moriría con ella en el vientre. Ese aroma había impregnado las sábanas de su cama antes de que Reza ordenara a sus sirvientes que se la llevaran y la quemaran. Por un instante se sintió desorientado, pero se sobrepuso; separó una pequeña cantidad de aquella masa viscosa y, levantándola con unas tenacillas metálicas, la dejó caer sin miramientos en el cuenco de barniz todavía tibio. Contó varios minutos con los nudillos antes de volver a mirar dentro del cuenco. El barniz se había vuelto transparente y reluciente como la miel.

Con cuidado, puso encima de la mesa las páginas que había transcrito durante la última visita del ser. Escribía en árabe, no en persa, y confiaba en que esa precaución impidiera que su obra fuera mal utilizada si caía en manos de alguien sin educación, algún no iniciado. El manuscrito, por tanto, era una doble traducción: primero al persa a partir del idioma mudo en que hablaba el ser, que penetraba en los oídos de Reza como los ecos nocturnos que, cuando era niño, lo acompañaban en el viaje solitario y aterrador entre el sueño y la vigilia. Después del persa al árabe, la lengua en la que fue educado Reza, matemática y eficaz en la misma medida en que el habla de la criatura era difusa.

El resultado era desconcertante. Las historias estaban allí, escritas con toda la corrección de que Reza era capaz, pero algo se había perdido. Cuando hablaba el ser, Reza entraba en una especie de trance, y veía formas extrañas que crecían y crecían hasta parecer montañas, líneas costeras, las formas de la escarcha en un cristal. En esos momentos tenía la seguridad de haber conseguido su deseo, y de que el resumen de sus conocimientos estaba a su alcance. Pero tan pronto como las historias quedaban fijadas en el papel, cambiaban. Era como si los propios personajes —la princesa, la niñera, el rey pájaro y todos los demás— se hubieran vuelto astutos y se hubieran escabullido mientras él intentaba representarlos con proporciones humanas.

Mojó un cepillo de crin en el cuenco de piedra y empezó a cubrir las nuevas páginas con una fina capa de barniz. El aceite de nigella impedía que el grueso papel se combara. El otro ingrediente, el que su aprendiz había obtenido con tanto recelo, mantendría vivo el manuscrito hasta mucho después de que Reza hubiera desaparecido, protegiéndolo del moho. Si él no lograba desvelar el verdadero significado oculto tras las palabras del ser, quizá alguien lo lograra algún día.

Reza estaba tan concentrado en su trabajo que no se dio cuenta de que el sol descendía por detrás de la cúpula del palacio y desaparecía tras las resecas cumbres de las montañas Zagros en el lejano horizonte. El frío de la habitación lo alertó de la llegada del crepúsculo. El corazón de Reza empezó a palpitar contra su esternón. Con cuidado, antes de que el miedo se apoderara de él, puso a secar las páginas barnizadas en un cedazo. En un estante estaban sus compañeras, un grueso fajo, aguardando la finalización de la historia. Una vez terminada, Reza cosería las páginas con hilo de seda y las encuadernaría entre dos cartones forrados de lino.

Y luego ¿qué?

Llegó la voz, como siempre, desde su propia mente. Reza se enderezó, y le crujieron las entumecidas articulaciones. Acompasó la respiración.

—Luego estudiaré —dijo con voz serena—. Leeré cada una de las historias una y otra vez hasta memorizarlas todas y hasta que su poder se me revele con claridad.

Eso pareció divertir al ser. Había aparecido sin hacer ningún ruido, y estaba sentado dentro de los confines de su prisión de tiza y ceniza, en el centro de la habitación, observando a Reza con unos ojos amarillos. Reza contuvo un estremecimiento. La visión de aquella criatura todavía le producía sensaciones encontradas de horror y triunfo. La primera vez que la había invocado, no había creído del todo que un ente tan poderoso pudiera ser dominado por unas pocas palabras bien escogidas escritas en el suelo, palabras que su casero analfabeto podría barrer al día siguiente sin provocar daño alguno. Pero así era; un testimonio, confiaba, de la profundidad de su saber. Reza había conseguido retener al ser, y ahora el ser estaba obligado a volver día tras día hasta que hubiera completado la narración de sus historias.

«Estudiaré», dice. La voz del ser estaba cargada de desprecio. Pero ¿qué espera conseguir? El Alf Yeom no está al alcance de su comprensión.

Reza se ciñó la túnica y cuadró los hombros en un intento de aparentar dignidad.

—Eso dices, pero los de tu raza nunca han destacado por su sinceridad.

Al menos somos sinceros con nosotros mismos, y no codiciamos lo que no es nuestro. El hombre fue exiliado del Jardín por comer un solo fruto, y ahora tú propones desenraizar todo el árbol sin que se enteren los ángeles. Eres un viejo tonto, y el Impostor te susurra al oído.

—Sí, soy un viejo tonto. —Reza se sentó en su banco—. Pero no es demasiado tarde para rectificar. La única forma de seguir adelante es pasar por esto. Déjame terminar mi trabajo, y te liberaré.

El ser dio un alarido lastimero y se lanzó contra el borde del círculo. Inmediatamente se vio empujado hacia atrás, repelido por la barrera invisible que Reza había creado.

¿Qué quieres?, gimoteó la criatura. ¿Por qué me obligas a contarte lo que no debería contarte? Estas no son tus historias. Son nuestras.

—Son vuestras, pero vosotros no las entendéis —le espetó Reza—. Solo a Adán lo dotaron de una inteligencia verdadera, y solo los banu adam tienen el poder de llamar las cosas por su verdadero nombre. Lo que tú llamas el pájaro rey, la cierva y el ciervo solo son símbolos para disfrazar un mensaje oculto; es como si un poeta escribiera un ghazal sobre un león sin dientes para criticar a un rey débil. Vuestras historias esconden el poder secreto de lo oculto.

Las historias son su propio mensaje, dijo el ser exhalando una especie de suspiro. Ese es el secreto.

—Asignaré un número a cada elemento de cada historia —continuó Reza ignorando aquella alarmante declaración—. Y de ese modo crearé un código que determine su relación cuantitativa con las demás. Obtendré poder sobre ellas... —Se interrumpió. La brisa había entrado por la ventana abierta, y arrastró hacia él el olor del barniz. Reza volvió a pensar en su esposa.

Has perdido algo, dijo la criatura con astucia.

—Eso no es asunto tuyo.

No hay en la tierra historia, código ni secreto capaz de devolver la vida a los muertos.

—No quiero devolver la vida a los muertos. Solo quiero saber... quiero...

El ser escuchaba. Sus ojos amarillos estaban fijos y no pestañeaban. Reza recordó los remedios a base de hierbas, la aplicación de ventosas, el incienso para purificar el aire y las palabras pronunciadas en voz baja por las comadronas mientras se movían alrededor de la cama manchada de sangre, tapándose la boca con el velo para hablar con él, que estaba allí plantado, impotente y desesperado.

—Controlar —dijo por fin.

El ser volvió a sentarse y se abrazó las no-rodillas con los no-brazos; lo miró.

Coge tu pluma y tu papel, dijo. Te contaré la historia final. Incluye un mensaje.

—¿Qué historia es esa?

Cuando la oigas, te transformarás.

—Qué tontería.

El ser sonrió.

Coge tu pluma, repitió.

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Golfo Pérsico, en la actualidad

Alif estaba sentado en la repisa de cemento de la ventana de su dormitorio, bajo el sol de un septiembre caluroso. Sus pestañas refractaban la luz. Cuando miraba a través de ellas, el mundo se convertía en una greca pixelada azul y blanca. Si permanecía mucho rato con la mirada desenfocada, notaba un fuerte dolor en la frente, entonces volvía a bajar la vista y aparecían sombras detrás de sus párpados. Junto a uno de sus pies había un delgado smartphone de pantalla táctil, pirateado, aunque no sabía si provenía del oeste, de China, o del este, de Norteamérica. A él no le interesaban los teléfonos. Otro hacker le había arreglado aquel, saltándose el cifrado instalado por el gigante de las telecomunicaciones que monopolizaba su patente. Mostraba los catorce mensajes de texto que le había enviado a Intisar en las dos últimas semanas, a un ritmo autoimpuesto de uno por día. Todos estaban sin respuesta.

Miró el teléfono con los ojos entornados. Si se quedaba dormido, ella lo llamaría. Cuando sonara el teléfono, se despertaría con una sacudida y sin querer lo tiraría de la repisa al pequeño patio, obligándolo a bajar corriendo y a buscarlo entre las matas de jazmín. Esas pequeñas desgracias quizá impidieran otra peor: la posibilidad de que Intisar no llamara.

—La ley de la entropía —le dijo al teléfono, que destellaba al sol.

En el patio, la gata negra y naranja que llevaba un buen rato cazando escarabajos cruzó el suelo abrasado, levantando mucho las patas para enfriar las almohadillas. Cuando la llamó, la gata dio un aullido de irritación y se metió debajo de una mata de jazmín.

—Hace demasiado calor tanto para los hombres como para los gatos —dijo Alif. Bostezó y notó un sabor metálico.

Se respiraba un aire denso y sucio, como la exhalación de una máquina enorme; invadía, en lugar de aliviar, los pulmones, y, combinado con el calor, producía un pánico instintivo. Una vez Intisar le había dicho que la Ciudad odia a sus habitantes e intenta asfixiarlos. La Ciudad recuerda una época en que pensamientos más puros engendraban un aire más puro: el reinado de Sheikh Abdel Sabbour, que con gran coraje había intentado repeler a los invasores europeos; los albores de Jamat Al Basheera, la gran universidad; y antes de eso, los palacios de verano de Pari-Nef, Onieri, Bes. Ha tenido nombres más bonitos que el que lleva ahora. Islamizada por un djinn santo, o eso cuenta la historia, está emplazada en la encrucijada entre el mundo terrenal y el Territorio Vacío, los dominios de demonios necrófagos y effrit que pueden adoptar la forma de bestias. Si no fuera por las bendiciones del djinn santo sepultado bajo la mezquita de Al Basheera, que oyó el mensaje del Profeta y lloró, la Ciudad tal vez estaría invadida de seres ocultos como lo está ahora de turistas y petroleros.

—Se diría que te lo crees —le había dicho Alif a Intisar.

—Claro que me lo creo —repuso ella—. La tumba existe. Puedes visitarla los viernes. El turbante del djinn santo reposa en lo alto.

La luz empezaba a disminuir por el oeste, detrás de la franja de desierto que discurría más allá del Barrio Nuevo. Alif se guardó el teléfono en el bolsillo y bajó de la repisa de la ventana. Quizá volviera a intentar hablar con ella cuando hubiera anochecido. Intisar siempre había preferido que se encontraran por la noche. A la sociedad no le importaba que violaras las normas; solo exigía que las reconocieras. Encontrarse por la noche demostraba cierta intención. Significaba que sabías que lo que estabas haciendo iba contra la tradición imperante y que te habías esforzado para que no te descubrieran. Intisar, noble y perturbadora, con su pelo negro y su dulce voz, merecía esa discreción.

Alif entendía que ella quisiera mantener el secreto. Él había pasado tanto tiempo escondido detrás de su seudónimo —solo una letra del alfabeto—, que pensaba en sí mismo como un alif, una línea recta, una pared. Ahora su nombre real ya no tenía ningún significado. El hecho de ocultarse ya era más importante que lo que ocultaba. Por eso había contemplado la necesidad de Intisar de mantener en secreto su relación mucho después de que él se hubiera cansado de seguir haciendo ese esfuerzo. Si los encuentros clandestinos avivaban el amor de Intisar, adelante. Él podía esperar un par de horas más.

El aroma acre del rasam y el arroz entraba por la ventana abierta. Bajaría a la cocina a comer; no había comido nada desde el desayuno. Oyó un golpe al otro lado de la pared, detrás de su póster en blanco y negro de Robert Smith, y se detuvo camino de la puerta. Compuso una mueca de frustración. Quizá pudiera pasar desapercibido. Pero al primer golpe lo siguieron una serie de nítidos golpecitos: imagen. Ella le había oído bajar de la repisa de la ventana. Alif dio un suspiro y golpeó dos veces sobre la rodilla de Robert Smith.

Dina ya estaba en el terrado cuando él llegó. Miraba el mar, o lo que sería el mar si pudiera verse a través de la maraña de edificios de apartamentos que se alzaba hacia el este.

—¿Qué quieres? —preguntó Alif.

Ella se volvió y ladeó la cabeza; arrugó las cejas, visibles en la estrecha abertura de su velo.

—Devolverte el libro —contestó—. ¿Qué te pasa?

—Nada. —Alif compuso un gesto de fastidio—. Pues dámelo.

Dina metió una mano en su túnica y sacó un ejemplar gastado de La brújula dorada.

—¿No vas a preguntarme qué me ha parecido?

—No me importa. Supongo que te habrá costado leerlo en inglés.

—Pues te equivocas. Lo he entendido todo. Este libro —dijo agitándolo— está lleno de imágenes paganas. Es peligroso.

—No seas ignorante. Son metáforas. Ya te dije que no lo entenderías.

—Las metáforas son peligrosas. Llamar algo por un nombre falso lo cambia, y la metáfora solo es una forma elegante de llamar algo por un nombre falso.

Alif le quitó el libro de la mano. Se oyó un frufrú al mover Dina la cabeza; sus ojos desaparecieron detrás de las pestañas. Hacía diez años que Alif no le había visto la cara, pero sabía que estaba enfurruñada.

—Lo siento —dijo apretando el libro contra su pecho—. Hoy no me encuentro bien.

Dina se quedó callada. Alif miró, impaciente, más allá de su hombro: veía una parte del Barrio Viejo que relucía en una colina, más allá de los barrios residenciales baratos que lo rodeaban. Intisar debía de estar allí, como una perla incrustada en uno de los viejos moluscos que los ghataseen buscaban por las playas que acariciaban sus muros. Quizá se dedicara a su trabajo de fin de curso, enfrascada en la lectura de libros de literatura islámica temprana; quizá estuviera bañándose en la piscina de arenisca del patio de la villa de su padre. Quizá estuviera pensando en él.

—Yo no pensaba decir nada —dijo Dina.

Alif parpadeó.

—Decir nada ¿de qué? —preguntó.

—Ayer nuestra sirvienta oyó a los vecinos hablando en el zoco. Decían que tu madre sigue siendo hindú aunque no lo diga. Dicen que la vieron comprando velas de puya en una tienda de la calle Nasser.

Alif se quedó mirándola con las mandíbulas apretadas. De pronto se dio la vuelta y echó a andar por el polvoriento terrado, hasta más allá de las antenas parabólicas y los tiestos de plantas, y no se detuvo cuando Dina lo llamó por su verdadero nombre.

En la cocina encontró a su madre y a la sirvienta cortando cebolletas. El salwar kameez de su madre dejaba al descubierto las primeras vértebras de su espalda, donde la piel estaba cubierta de sudor.

—Hola, mamá —dijo Alif tocándole el hombro.

—¿Qué quieres, makan? —Siguió cortando mientras hablaba.

—¿Necesitas algo?

—Vaya pregunta. ¿Has comido?

Alif se sentó a la pequeña mesa de la cocina; sin decir nada, la sirvienta le puso un plato de comida delante.

—¿Con quién hablabas en el terrado? ¿Con Dina? —preguntó su madre mientras pasaba el montón de cebolla cortada a un cuenco.

—¿Por qué?

—No deberías. Pronto sus padres querrán casarla. A las buenas familias no les gustará enterarse de que tiene amistad con un chico raro.

Alif hizo una mueca.

—¿Quién es el raro? Vivimos en el mismo edificio desde que somos unos críos. Antes Dina jugaba en mi habitación.

—¡Sí, cuando teníais cinco años! Ahora es una mujer.

—Seguro que todavía tiene esa nariz enorme.

—No seas cruel, makan-jan. No es elegante.

Alif paseó la comida por el plato.

—Podría parecerme a Amr Diab y no importaría —masculló.

Su madre se volvió y lo miró frunciendo el ceño.

—Qué actitud tan infantil. Si te concentraras en una carrera de verdad y ahorraras un poco de dinero, hay miles de chicas indias maravillosas que estarían encantadas de...

—Pero indias, no árabes.

La sirvienta aspiró entre los dientes con sorna.

—¿Qué tienen de especial las chicas árabes? —preguntó su madre—. Se dan muchos aires y van por ahí con los ojos pintados como bailarinas de cabaret, pero sin su dinero no son nada. No son guapas, ni inteligentes, y ninguna sabe cocinar.

—¡Yo no quiero una cocinera! —Alif retiró la silla—. Me voy arriba.

—¡Muy bien! Llévate el plato.

Alif cogió bruscamente el plato de la mesa, y al hacerlo tiró el tenedor al suelo. Pasó por encima de la sirvienta, que se agachó a recogerlo.

Ya en su habitación, se miró en el espejo. Por lo menos, la mezcla de sangre india y árabe le había dado un rostro agradable. Tenía la piel de color bronce. Había heredado los ojos de la parte beduina de su familia, y la boca de la parte dravídica; la barbilla, en general, no estaba mal. Sí, era bastante guapo, pero jamás pasaría por un árabe de pura cepa. Y para Intisar nada que no fuera pura sangre, una herencia de milenios de jeques y emires, era suficiente.

—Una carrera de verdad —dijo Alif a su reflejo, repitiendo las palabras de su madre.

En el espejo vio que se encendía el monitor de su ordenador. Arrugó la frente mientras empezaba a aparecer una lectura en la pantalla, rastreando la dirección de IP y las estadísticas de utilización de quienquiera que fuera el que estaba intentando burlar su software de encriptación.

—¿Quién anda metiendo las narices en mi casa? Eso está muy feo.

Se sentó a la mesa y examinó la pantalla plana, casi nueva, impecable salvo por una grieta diminuta que él mismo había reparado; se la había comprado a muy buen precio a Abdullah en Radio Sheikh. La dirección de IP del intruso provenía de un servidor de Winnipeg y aquel era su primer intento de entrar en el sistema operativo de Alif; por tanto, debía de ser simple curiosidad. Con toda probabilidad, el fisgón debía de ser otro sombrero gris como él. Tras poner a prueba durante dos minutos las defensas de Alif, abandonó, pero no sin antes ejecutar Pony Express, un troyano que Alif había escondido en lo que parecía un problema técnico de cifrado. Si sabía lo que hacía, seguramente el intruso ejecutaba programas especializados anti-malware varias veces al día, pero con un poco de suerte, Alif tendría unas horas para rastrear sus patrones de búsqueda en internet.

Encendió un pequeño ventilador eléctrico que había en el suelo y lo apuntó hacia la torre del ordenador. El procesador se había calentado; la semana anterior había estado a punto de fundir la placa madre. No podía relajarse. Si estaba un solo día desconectado podía poner en peligro a sus clientes más destacados. Los saudíes llevaban años detrás de Jahil69, furiosos porque era imposible bloquear su sitio web erótico amateur, que tenía más visitas diarias que cualquier otra web del reino. En Turquía, TrueMartyr y Umar_Online fomentaban la revolución islámica desde una ubicación que las autoridades de Ankara no conseguían precisar. Alif no era ningún ideólogo; para él, cualquiera que pudiera pagar su protección tenía derecho a ella.

Eran los censores quienes hacían que por las noches rechinara los dientes; eran los censores quienes reprimían cualquier iniciativa, ya fuera piadosa o cínica. Medio mundo vivía bajo aquella nube digital de unos y ceros, sin libre acceso a la economía de la información. Alif y sus amigos leían las quejas de sus mimados homólogos norteamericanos y británicos —activistas irritados por alguna nueva ley de control digital— y se reían. «Monolingües catetos», los llamaba Abdullah cuando estaba de humor para hablar en inglés. Ellos no tenían ni idea de lo que significaba operar en la Ciudad, o en cualquier otra ciudad que no viniera envuelta en higiénicos códigos postales y pulcras leyes. No tenían ni idea de lo que significaba vivir en un sitio que se jactaba de tener uno de los sistemas de vigilancia digital más sofisticados del mundo, y que en cambio carecía de un servicio de correos decente. Emiratos con príncipes que conducían coches con baño de plata, donde todavía existían barrios sin agua corriente. Una internet donde cada blog, cada chat y cada fórum estaban monitorizados para detectar expresiones ilegales de descontento e insatisfacción.

—Ya llegará su día —le había dicho Abdullah en una ocasión. Estaban fumando un narguile bien cargado junto a la puerta trasera de Radio Sheikh, mirando un par de gatos callejeros que hurgaban en un montón de basura.

—Un día se despertarán y se darán cuenta de que les han robado su civilización, centímetro a centímetro, dólar a dólar, como hicieron con la nuestra. Entonces sabrán lo que es haber dormido durante el siglo más importante de su historia.

—Pero eso a nosotros no nos ayuda —dijo Alif.

—No —admitió Abdullah—, pero hace que me sienta mejor.

Entretanto se distraían con sus pesadillas locales. En la universidad, frustrados por las lagunas de un currículo de informática impartido por los mismos funcionarios del Estado que vigilaban el paisaje digital, Alif había acumulado resentimiento, y había decidido aprender por su cuenta lo que ellos no iban a enseñarle. Ayudaría a inundar sus servidores de vídeos pornográficos o les echaría encima a los soldados de Dios: el orden no importaba. Era mejor el caos que una asfixia lenta.

Solo cinco años atrás, o quizá menos, los censores operaban con lentitud y recurrían a las redes sociales y a detectives con métodos anticuados para rastrear sus pistas; pero poco a poco habían ido adquiriendo más conocimientos. En las redes empezaron a hacerse preguntas: ¿Quién los había instruido? ¿La CIA? Más probablemente el Mosad; la CIA no era suficientemente lista para escoger un método tan sutil para desmoralizar al campesinado digital. Esos censores no estaban unidos por un mismo credo; en Siria eran baathistas; en Túnez, laicos; en Arabia Saudí, salafistas. Aunque sus objetivos fueran dispares, sus métodos eran idénticos: descubrir, desmantelar, someter.

En la Ciudad, el aumento del control en internet se consideraba una singularidad extraña. Se movía por los grupos y los foros de los desafectos como una niebla, y a veces tomaba la forma de un error de código o un fallo del servidor, y otras, la de una caída de la velocidad de conexión. Alif y los otros sombreros grises de la Ciudad tardaron meses en relacionar esos incidentes aparentemente inocentes. Entretanto, las cuentas de alojamiento web de algunos de los rebeldes más destacados de la Ciudad fueron descubiertas y pirateadas —presuntamente por el gobierno—, y ya no podían acceder a sus propios sitios web. Antes de abandonar para siempre el ecosistema digital, NewQuarter01, el primer bloguero de la Ciudad, le puso un nombre a esa singularidad: la Mano de Dios. Todavía había un acalorado debate sobre su identidad: ¿era un programa, una persona, varias personas? Algunos postulaban que la Mano era el propio emir: ¿no se había dicho siempre que su alteza había aprendido seguridad nacional con los chinos, autores del Escudo Dorado? Fuera cual fuese su origen, Alif presentía que esa nueva oleada de control regional provocaría un desastre. Las cuentas pirateadas solo eran el primer paso. Era inevitable que los censores pasaran a piratear vidas.

Como todas las cosas, como la civilización misma, las detenciones empezaron en Egipto. En las semanas previas a la revolución, la estratosfera digital se convirtió en una zona de guerra. Los más vulnerables eran los blogueros que utilizaban plataformas de software gratuitas; a Alif no le sorprendió ni le impresionó que los encontraran y los encarcelaran. Luego empezaron a desaparecer los geeks con más iniciativa, los que codificaban sus propios sitios. Cuando la violencia salió de internet y tomó las calles, convirtiendo las amplias avenidas de la plaza Tahrir en un campo de batalla, Alif dejó a sus clientes egipcios sin pensárselo dos veces. Era evidente que el régimen de El Cairo había superado su capacidad de ocultar digitalmente a sus disidentes. «Hay que cortar el brazo para salvar el cuerpo», se dijo. Si el nombre de Alif se filtraba a algún funcionario de seguridad nacional ambicioso, un extenso círculo de blogueros, pornógrafos, islamistas y activistas desde Palestina hasta Pakistán quedarían expuestos al peligro. Lo que le preocupaba no era lo que pudiera pasarle a él, por supuesto, aunque después no pudiera pegar ojo en una semana. Claro que no era lo que pudiera pasarle a él.

Entonces, en Al Jazeera, vio cómo encarcelaban a amigos suyos a los que solo conocía por el alias, víctimas de los últimos estertores del régimen. Tenían cara, y esta siempre era diferente de como él la había imaginado; eran más viejos, o más jóvenes, o estaban asombrosamente pálidos, tenían barba, arrugas de expresión. Hasta había una chica. Seguramente la violarían en su celda. Seguramente era virgen, y seguramente la violarían.

Alif deslizó los dedos por el teclado. «Metáforas», dijo. Escribió la palabra en inglés. Dina tenía razón, como siempre.

Era por eso por lo que Alif no se había alegrado del éxito de la revolución egipcia, ni de la oleada de levantamientos que la siguieron. El triunfo de sus colegas sin rostro, que se habían colado en los sistemas de un gobierno tras otro, solo servía para recordarle su cobardía. La Ciudad, que hasta entonces solo había sido un emirato tirano más, empezó a parecer fuera del tiempo: el recuerdo de un orden antiguo, o el sueño del que sus habitantes no habían podido despertar. Alif y sus amigos siguieron luchando, socavando la fortaleza digital que la Mano había erigido para proteger el enfermo gobierno del emir. Pero un aura de fracaso envolvía todos sus esfuerzos. La historia los había dejado atrás.

Vio un destello verde con el rabillo del ojo: Intisar se había conectado. Alif soltó una bocanada de aire y notó que se le retorcían las tripas.

A1if: ¿Por qué no has contestado mis correos?

Bab_elDunya: Déjame en paz, por favor.

Empezaron a sudarle las manos.

A1if: ¿He hecho algo que te ha ofendido?

Bab_elDunya: No.

A1if: Entonces ¿qué pasa?

Bab_elDunya: Alif, Alif.

A1if: Me estoy volviendo loco, dime qué pasa.

A1if: Déjame verte.

A1if: Por favor.

Pasó un largo minuto sin que ella escribiera nada. Alif apoyó la frente en el borde de la mesa y esperó a oír el pitido que indicaría que Intisar había respondido.

Bab_elDunya: Donde siempre dentro de veinte minutos.

Alif se precipitó hacia la puerta.

Cogió un taxi y fue hasta la parte más alejada de la muralla del Barrio Viejo, y luego continuó a pie. La muralla estaba abarrotada de turistas. La puesta de sol teñía de un rosa intenso sus traslúcidas piedras, un fenómeno que ellos intentarían capturar imperfectamente con sus teléfonos móviles y sus cámaras digitales. Los vendedores ambulantes de souvenirs y las teterías llenaban la calle que discurría a lo largo de la muralla. Alif se abrió paso entre un grupo de japonesas que llevaban camisetas idénticas. Alguien que estaba cerca de él olía a cerveza. Reprimió un grito de frustración cuando un alto guía desi que llevaba un banderín le cerró el paso.

—¡Miren a la izquierda, por favor! Hace cien años, esta muralla rodeaba toda la Ciudad. En aquella época los turistas no venían en avión sino en camello. Imaginen lo que debía de ser atravesar el desierto y de pronto... ¡el mar! Y en el mar, una ciudad rodeada por una muralla de cuarzo, como un espejismo. ¡Creían que era un espejismo!

—Perdona, hermano —dijo Alif en urdu—, pero yo no soy ningún espejismo. Déjame pasar.

El guía se quedó mirándolo.

—Todos hemos venido aquí a ganarnos la vida, hermano —dijo torciendo el gesto—. No me ahuyentes a los clientes.

—Yo no he venido aquí. Yo nací aquí.

—Mash’Allah! Usted perdone. —Separó las piernas. El grupo de turistas se apiñó detrás de él instintivamente, como pollos detrás de una gallina. Alif miró más allá, hacia el final de la calle. Casi veía el tejado ondulado de la tetería donde Intisar debía de estar esperándolo.

—A nadie le importa que unos cuantos victorianos gordos atravesaran el desierto para contemplar una pared —dijo con desdén—. Ahora ya están muertos. Tenemos a un montón de europeos vivos en los yacimientos petrolíferos de las instalaciones de TransAtlas. Llévalas a visitar eso.

—Estás loco, bhai —masculló el guía componiendo una mueca. Se apartó y extendió un brazo para proteger a su nidada. Alif había invocado un vínculo de clase más útil que el comercio. Se llevó una mano al corazón en gesto de agradecimiento y se alejó.

La tetería no era ni bonita ni memorable. Estaba decorada con un sucio mural acrílico del famoso horizonte del Barrio Viejo, y el dueño —un malayo que no hablaba árabe— servía refrescos de hibisco «auténticos» que habían pasado de moda muchas décadas atrás. A ningún nativo de la Ciudad se le ocurriría entrar en semejante simulacro. Por eso Alif e Intisar habían elegido ese sitio. Cuando Alif entró, Intisar estaba de pie en un rincón, de espaldas a la puerta, examinando un expositor de postales polvorientas. Alif notó que la sangre se le iba a la cabeza.

—As-salaamu alaykum —dijo. Ella se dio la vuelta, y las cuentas de azabache del borde de su velo tintinearon débilmente. Lo miró con unos ojos grandes y negros.

—Lo siento —susurró.

Alif se acercó a ella y le cogió una mano enguantada. El malayo lavaba unos vasos en una palangana en un rincón, con la cabeza agachada; Alif se preguntó si Intisar le habría dado dinero.

—Por el amor de Dios —dijo con la respiración entrecortada—. ¿Qué ha pasado?

Ella bajó la mirada. Alif le pasó la yema del pulgar por la palma de la mano, cubierta de raso, y notó que se estremecía. Le habría gustado apartarle el pelo y ver la expresión de su cara, inescrutable detrás de aquella pared de crep negro. Todavía recordaba el aroma de su cuello; no había pasado tanto tiempo. Era insoportable estar separado de ella por tanta tela.

—No he podido impedirlo —dijo Intisar—. Lo han organizado todo sin mí. Lo he intentado, Alif, te juro que lo he intentado todo. Le dije a mi padre que primero quería acabar la carrera, o viajar, pero él me miró como si me hubiera vuelto loca. Es un amigo suyo. Rechazarlo sería un insulto.

Alif dejó de respirar. Le cogió la muñeca y empezó a quitarle el guante, ignorando la desganada oposición de ella. Dejó al descubierto sus pálidos dedos: un anillo de compromiso destellaba entre ellos como una piedra lanzada sobre terreno irregular. Volvió a respirar.

—No. No puedes. No puede. Nos iremos. Iremos a Turquía. Allí no necesitamos el permiso de tu padre para casarnos. Intisar...

Ella sacudió la cabeza.

—Mi padre encontraría la forma de arruinarte la vida.

Horrorizado, Alif notó que se le llenaban los ojos de lágrimas.

—No puedes casarte con ese chode —dijo con voz quebrada—. Eres mi esposa, al menos a los ojos de Dios.

Intisar rió.

—Firmamos un trozo de papel que imprimiste con tu ordenador —dijo—. Fue una tontería. Ningún estado lo reconocería.

—Los shayukh sí lo reconocen. ¡La religión lo reconoce!

El malayo giró la cabeza. Sin decir nada, Intisar se llevó a Alif a la trastienda y cerró la puerta.

—No grites —susurró—. Vas a provocar un escándalo.

—Esto es un escándalo.

—No seas tan dramático.

—No me trates como si fuera un crío. —Alif torció el gesto—. ¿Cuánto le pagas a ese malayo? Es muy complaciente.

—Basta. —Intisar se levantó el velo—. No quiero discutir contigo. —Tenía un mechón de pelo adherido al mentón; Alif se lo apartó, y luego se agachó y la besó. Saboreó sus labios, sus dientes, su lengua; ella se apartó.

—Ya es demasiado tarde para esto —murmuró Intisar.

—No, no es demasiado tarde. Te protegeré. Ven conmigo y te protegeré.

—Eres un crío —dijo ella, y le temblaron los labios—. Esto no es ningún juego. Alguien podría salir malparado.

Alif golpeó la pared con el puño; Intisar dio un débil grito. Se miraron fijamente. El malayo empezó a dar golpes en la puerta.

—Dime cómo se llama —dijo Alif.

—No.

—¡Tu puta madre! Dime su nombre.

Intisar palideció.

—Abbas —dijo—. Abbas Al Shehab.

—¿Abbas el meteorito? Qué nombre tan estúpido. Lo mataré. Lo atravesaré con una espada hecha con sus propios huesos.

—Deja de hablar como un personaje de cómic. No sabes lo que dices. —Lo apartó de un empujón y abrió la puerta. El malayo se puso a gritar en un dialecto incomprensible. Sin hacerle caso, Alif siguió a Intisar y salió de la tetería. Ella lloraba.

—Vete a tu casa, Alif —dijo con voz temblorosa y tapándose de nuevo la cara—. Haz lo que sea para que nunca vuelva a ver tu nombre. Por favor, te lo suplico. No puedo soportarlo.

Alif tropezó con una silla. Intisar se perdió en el crepúsculo, un negro presagio destacado contra el cielo desvaído.

2

En el fondo de su armario había una caja. Estaba escondida detrás de un montón de ropa de invierno que la sirvienta había puesto allí la primavera pasada: varias capas de jerséis y pantalones de lana separados por hojas de papel de seda. Alif la sacó de allí y la puso encima de la cama. Se le contrajo la garganta; esperó. Otro espasmo. No podía llorar, porque si lo oían las mujeres, se lanzarían sobre él y le harían preguntas. Se controló. Cuando se hubo serenado, levantó la tapa de la caja: dentro había una sábana de algodón doblada. La desplegó un poco y vio una manchita, ya más marrón que roja, con la forma del subcontinente indio.

La mancha había aparecido en el curso de una semana en que la madre de Alif había acompañado a su padre en uno de sus innumerables viajes de negocios. Alif había animado a la sirvienta a aprovechar aquella ocasión para ir a visitar a sus parientes a un emirato cercano, y le había asegurado que podía apañárselas solo. Al principio, la sirvienta se mostró escéptica, pero a Alif no le costó mucho convencerla. Alif le dio a Intisar una llave de la verja y le dijo que se pusiera la ropa más sencilla que tuviera; si la veían los vecinos, imaginarían que era Dina. Cuando llegó, la primera noche, Alif le levantó el velo sin decir nada, y se quedó paralizado al ver la cara que llevaba meses imaginando. En un instante olvidó todas sus proyecciones mentales de cantantes pop libanesas y actrices egipcias. Intisar no podía tener otra cara que aquella, con su hoyuelo, su boca casi demasiado grande, sus elegantes cejas. Alif ya sospechaba que era hermosa, porque hablaba como una mujer hermosa, pero no estaba preparado para una belleza tan arrolladora.

—¿Qué piensas? —susurró ella.

—No puedo pensar —contestó Alif, y rió.

Con sonrisas de turbación, firmaron un contrato de matrimonio que Alif había encontrado en un sitio web dirigido a varones del Golfo que querían limpiar los pecados que planeaban cometer en otros lugares. Si bien aquel documento lo tranquilizó un poco, tardó tres noches en reunir el valor para destaparle a Intisar algo más que la cara. Estaban los dos muy cortados. Alif quedó apabullado por el cuerpo de ella, del que algunas partes permanecieron ocultas incluso después de haberse desvestido; ella, por su parte, parecía al mismo tiempo intrigada y horrorizada por el de él. Guiados por el instinto, habían creado aquella mancha. La sangre era de Intisar, pero Alif tenía la sensación de que había también algo suyo, una marca invisible de la ignorancia de que se había despojado.

Alif se agachó y hurgó en un cajón de su archivador. El contrato estaba en una carpeta sin nombre, una de las del fondo, entre dos carpetas de manila. Sacó la hoja impresa y pasó los dedos por encima de la firma de Intisar, escrita con bolígrafo. La suya era un garabato de colegial. Ella se había reído al ver su nombre legal, tan corriente, sin la descarnada brevedad de su seudónimo, el único nombre por el que ella lo había llamado. El nombre que murmuraría bajo la débil luz de la farola que iluminaba la habitación de Alif cuando se tumbaran en la cama, donde pasarían las vacías horas previas al alba susurrando.

Alif guardó la carpeta y cerró el cajón.

Había descubierto a Intisar unos meses atrás, en un foro digital donde, protegidos por astutos seudónimos, jóvenes varones malsanos como él colmaban de críticas al emir y su gobierno. Intisar se colaba en su conversación como un reproche elegante; a veces para defender al emir, y otras para añadir nuevos niveles de complejidad a sus críticas. Sus conocimientos eran tan amplios, su árabe tan correcto que no podía disimular su linaje. Alif siempre había creído que los aristócratas evitaban internet porque suponían —y no se equivocaban— que estaba lleno de chusma y enfermedades sociales. Intisar lo intrigaba. Empezó a enviarle por correo electrónico citas de Atatürk y John Adams sobre la libertad; ella le contestó con citas de Platón. Alif estaba encantado. Le envió dinero para que se comprara otro móvil con el que podrían hablar sin que a ella la descubriera su familia, y durante semanas hablaron todas las noches, muchas veces durante horas seguidas.

Cuando decidieron verse, en la misma tetería donde Intisar acababa de destrozar a Alif, a él estuvo a punto de faltarle el valor. No había estado a solas con ninguna chica, aparte de Dina, desde la escuela primaria. Cuando vio por primera vez a Intisar, envidió el anonimato que le proporcionaba su velo; no sabía si a ella le temblaban las manos como a él, ni si se había ruborizado, ni si sus pies, como los suyos, se negaban a obedecerla. Intisar dominaba la situación: podía observar a Alif, decidir si le parecía guapo, valorar su tendencia a vestir de negro y decidir si eso le gustaba o no. Él, por su parte, no podía hacer otra cosa que enamorarse d ...