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ALTERNATIVA NARANJA

Iñaki Ellakuria / José María Albert de Paco

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Fragmento

1

Imposible es sólo una opinión

Son las siete de la tarde de un día de finales de junio de 2015 y la puerta del hotel Center, en la barcelonesa calle Balmes, está tomada por un remolino de militantes de Ciudadanos. Entre ellos, deambulan algunos de los intelectuales que, en 2005, elaboraron el manifiesto del Taxidermista, el documento que inspiró la creación del partido. Su presencia tiene que ver, precisamente, con la conmemoración del décimo aniversario de este texto, llamado a refundar la política española desde Cataluña.

Albert Rivera, el aire ausente y aun flemático de esos futbolistas que han saltado al césped de un gran estadio en multitud de ocasiones, se abre paso entre la multitud. A sus treinta y seis años, vive el momento más dulce desde que, con apenas veintiséis, fuera elegido por casualidad presidente de la formación naranja. Ha cometido infinidad de errores, ha sufrido el fuego amigo y puñaladas conspiratorias, pero ha sabido resistir al frente de C’s, al que ha convertido en el partido que recoge la indignación de las clases medias, esas que reclaman un cambio pero no la revolución que propone Pablo Iglesias.

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Ciudadanos surfea junto a Podemos la ola de la «nueva política», aunque con una diferencia muy importante respecto a los tertulianos de la Complutense: Rivera, con un 50 %, es, junto al rey Felipe (81 %), el único líder español que, según el CIS, recibe el aprobado de los españoles. Desde su etapa de universitario, en que tenía como principales pasatiempos el waterpolo y el equipo de debate, ha mostrado madera de líder. Y ahora, cuando todas las miradas están vueltas hacia él, aspira a ser uno de los dirigentes de la España del futuro. La duda y el titubeo no van con él: Rivera es, ante todo, un hombre de acción, un animal político con más olfato que lecturas y, sobre todo, con un extraordinario instinto de supervivencia.

Al entrar en el vestíbulo, al joven dirigente, que en 2006 se desnudó en el primer cartel electoral de C’s para transmitir las nociones de virtud, inocencia y sencillez, le acompaña el catedrático Francesc de Carreras, con quien va charlando sin apenas reparar en que, a su paso, las doscientas personas que aguardaban sentadas se han ido poniendo de pie, prorrumpiendo en una ovación tan atronadora como el jingle de campaña que escupen los altavoces.

Ya nadie en C’s osa llamarle el Niño, como se le motejó despectivamente en sus erráticos inicios al frente de la formación. Y, desde que en 2012 lograra nueve diputados en el Parlamento catalán, las tramas conspiratorias para tumbarlo han desaparecido de un plumazo. Detrás de Rivera y De Carreras, desfilan Xavier Pericay, Teresa Giménez Barbat, Juan Carlos Girauta, Ponç Puigdevall y Ferran Toutain.

Como recuerda De Carreras al tomar la palabra, el de C’s fue un parto milagroso. Para empezar, porque no todos los intelectuales del grupo promotor tenían claro que hubiera que fundar un partido. El propio De Carreras, por ejemplo, se opuso desde el primer día alegando que, dado que ninguno de ellos estaba capacitado para la acción política, lo mejor sería constituir una asociación que condicionara, en la medida de lo posible, al PSC y al PP. El artífice del grupo promotor, Arcadi Espada, creía, en cambio, que todo lo que no fuera fundar un partido sería en vano. Las discrepancias entre ambos y, por extensión, entre el resto de los intelectuales, no sólo afectaban a la estrategia organizativa; andando el tiempo, también se cernirían sobre el posicionamiento ideológico de la futura formación. El debate entre De Carreras y Espada, o, si se quiere, aun a riesgo de incurrir en la simpleza, entre izquierdistas y liberales, no siempre se atuvo a la etiqueta, y los conatos de abandono por parte de unos y otros fueron continuos.

A empellones, terminaron por redactar el manifiesto y el partido salió adelante. Los comienzos de Ciudadanos no pudieron ser más exitosos, pues la nueva formación obtuvo, en noviembre de 2006, tres diputados en el Parlamento catalán. A este impetuoso arranque siguió una etapa caracterizada por el titubeo, en el que al extravío de las señas de identidad (en Europa, C’s se presentó de la mano de Libertas, coalición antieuropeísta) se añadió la guerra abierta entre los tres cargos electos, que a mitad de mandato dejaron de dirigirse la palabra. Tres y peleados. En 2009, nadie daba un duro por la supervivencia de C’s, al que además le había salido una dura competencia: UPyD. Algunos de los intelectuales que habían contribuido a fundar C’s renegaron públicamente de su antigua filiación y se alinearon con el partido de Rosa Díez, por lo que la mayoría de los analistas vaticinaron entonces que la formación de la veterana ex dirigente socialista absorbería a los votantes de Rivera. Sin embargo, y contra todo pronóstico, éste se rehízo, logrando, en primer lugar, renovar el mandato de los tres diputados en el Parlamento catalán, y al cabo de dos años, en 2012, triplicar la representación en esa misma Cámara. Entre los factores que propiciaron esa recuperación, se cuenta la eclosión de Rivera como tertuliano televisivo, con un régimen de intervenciones estajanovista. (El dirigente de C’s siempre trata de atender a todos los medios, sin que importe si son afines o contrarios, de izquierdas, de derechas o medio pensionistas.) Con su salto a los platós de televisión, decisivo para su proyección como uno de los políticos mejor valorados por los españoles, compensó el escaso eco de sus intervenciones en el Parlamento catalán, donde comenzaba a llamar la atención el modo como sacaba de sus casillas al presidente de la Generalitat, Artur Mas, después de haberlo hecho con su antecesor en la etapa tripartita, José Montilla.

Durante su intervención en el hotel Center, en este día de celebración de los diez años del manifiesto fundacional, De Carreras admite que nunca vio con buenos ojos esa sobreexposición mediática; en parte, dice, porque los programas a los que solía acudir Rivera «eran muy cutres». Así se lo hizo saber al propio Rivera, quien respondió: «Son los programas que me llaman, y yo voy donde me llaman. Si me llamara TVE también iría, pero hasta el momento no es el caso». Esa misma estrategia, la de participar en todas las tertulias que se le ponían a tiro, fue la que siguió Pablo Iglesias, con el que Rivera se ha visto las caras en más de una ocasión en el plató de El gato al agua. Y la misma que, en los últimos tiempos, ha ensayado el mirlo blanco del PP, Pablo Casado.

El crecimiento de C’s siguió en adelante una progresión cuasi geométrica, máxime desde la puesta en marcha de la plataforma electoral Movimiento Ciudadano, una suerte de marca blanca que aceleró sobremanera la implantación de C’s en el resto de España. En los comicios del 24-M, la formación liderada por Rivera obtuvo 1.527 regidores, 74 diputados autonómicos y 1 diputado en las Juntas Generales del País Vasco. Desde mayo de 2014 cuenta, asimismo, con 2 eurodiputados: Javier Nart y Juan Carlos Girauta. C’s está aún lejos, o al menos eso pronostican todas las encuestas, de haber tocado techo: sondeos recientes sitúan a la formación naranja a las puertas de ser la segunda fuerza en Cataluña y le conceden no menos de quince diputados en el Congreso.

Tras la intervención de De Carreras, llega el turno de Rivera, que parece disfrutar del momento. Se le ve más sonriente y relejado de lo que en él es habitual, y su discurso, al comienzo, fluye entre alusiones jocosas a la edad pretecnológica de su mentor... Lejos queda el postuniversitario de veintiséis años que en 2006 acudió al llamamiento de los intelectuales y, junto a algunos de ellos, anduvo por los centros cívicos de toda Cataluña predicando la necesidad de fundar un partido. Su labia es la misma, pero diez años de brega política le han conferido un empaque rayano en la suficiencia. Por lo demás, y si bien es cierto que a menudo tira de plantilla, abusando de muletillas tipo «imposible es sólo una opinión», «no queremos una España de rojos y azules» o «en C’s no tenemos mochilas», también lo es que su discurso ha ganado en consistencia.

Rivera no esconde su orgullo por las vicisitudes que le ha tocado vivir en estos años, y lo conseguido hasta el día de hoy. Pese a su juventud, ni es un novato ni el producto de una estrategia mediática:

Hemos convertido un documento elaborado hace diez años en una hoja de ruta para la gobernación de España. Hemos conseguido que un manifiesto promovido por intelectuales, y basado en una serie de valores cívicos, se convierta en un compromiso para la investidura de Gobiernos en Andalucía o Madrid. Hemos conseguido que lo que eran pancartas, manifiestos, recogidas de firmas e iniciativas en internet acaben siendo documentos de primer nivel en la política española. Ése es nuestro logro. De nadie más.

Como tantas otras veces, su discurso es una suerte de masaje verbal que reconforta al público, que le imbuye de la convicción de que otra España es posible. No es casual que, en el despacho del Parlamento catalán que ocupaba hasta hace bien poco, Rivera tuviera colgado un póster con el «I have a dream» de Martin Luther King. Su sueño, ahora, es ser el presidente del Gobierno de España.

A los pocos días del acto del hotel Center, el 5 de julio, concretamente, el teatro La Latina, en la madrileña plaza de la Cebada, acoge la presentación de la candidatura de Albert Rivera a la presidencia del Gobierno. «Queremos cambiarlo todo sin romper nada», proclama esa mañana, perífrasis gatopardesca de uno de sus mantras predilectos: el «cambio sensato». Le acompaña el catedrático Luis Garicano, profesor de la London School of Economics y coordinador del programa económico de Ciudadanos, en cuya elaboración participan otros cincuenta economistas de prestigio. Esos dos vectores, la moderación y la solvencia, le han granjeado el favor de los empresarios del IBEX 35, que ven en Rivera el balón de oxígeno que el centro-derecha necesita, máxime ante el embate de Podemos y su populismo de izquierdas. En este escenario, Ciudadanos podría pactar con el PP para evitar la temida alianza entre PSOE y Podemos o incluso sellar un acuerdo con el PSOE —la idea de un pacto socialistas-C’s empieza a ganar adeptos entre las élites empresariales de Madrid y Barcelona— para impedir que éste se escore «demasiado» hacia la izquierda, más aún después de lo acontecido recientemente en Grecia.

Rivera no quiere por ahora oír hablar de bisagras y goznes, pese a ser un adicto, como Bill Clinton, Tony Blair y José Luis Rodríguez Zapatero, a las encuestas. Teme que le vean como una simple muleta de las dos patas del bipartidismo. Según ha dicho en infinidad de ocasiones columpiándose en esas metáforas deportivas tan de su agrado, él sale a ganar, y la derrota y sus consecuencias ni se contemplan.

A falta de que las generales confirmen en las urnas los buenos augurios, Ciudadanos ha conseguido ya algo inédito: que un partido fundado en Cataluña se convierta en un puntal de la política española. Después del pinchazo en las elecciones generales de 1986 del Partido Reformista liderado por Miquel Roca —obtuvo 194.538 votos, un 0,985 %—, parecía imposible que una formación de origen periférico obtuviera representación en todos los parlamentos autonómicos y en los principales municipios del país, además del Congreso. Pero a Rivera no le gusta que le comparen con Roca. Si hay un político con el que se siente identificado es con el ex presidente Adolfo Suárez. Unir las dos Españas —que no haya «ni rojos ni azules»— y rebajar la pulsión nacionalista son sus grandes aspiraciones. Le animan, en parte, las palabras que el rey don Juan Carlos pronunció el día de su abdicación: «Una nueva generación reclama el papel protagonista para afrontar los nuevos desafíos». Rivera siente que forma parte de esos elegidos y, como ha venido repitiendo con la vista puesta en las elecciones generales, «imposible es sólo una opinión».

2

Quince intelectuales

El 7 de junio de 2005, a eso de las doce del mediodía, quince intelectuales catalanes presentan un manifiesto en el restaurante Taxidermista, en la barcelonesa plaza Real, que abogaba por la creación en Cataluña de un partido político no nacionalista. Los promotores del texto se han citado a las once en el hotel Rivoli, ubicado en la Rambla, para determinar quiénes tomarán la palabra ante la prensa, consensuar en qué aspectos han de incidir esos portavoces y, sobre todo, sosegar los nervios. Pasadas las once y media, se encaminan hacia el Taxidermista. Así lo recuerda Teresa Giménez Barbat, una de las firmantes, en su libro Citileaks: «Cercana ya la hora, descendimos en dirección al puerto [...]. Cruzamos la plaza Real como héroes, medio vencidos de antemano bajo unas palmeras que parecían rendirnos armas. Había cierto trajín de personas en la puerta del restaurante [...]. Al poco, aquello fue la marabunta».

El acto reúne a unas setenta personas entre periodistas, fotógrafos y simpatizantes. Es una de las ruedas de prensa más multitudinarias que se han celebrado ese año en la ciudad condal. Días atrás, otro de los promotores, Horacio Vázquez-Rial, había filtrado el manifiesto a El Mundo, desatando toda suerte de vahídos en los corrillos periodísticos y políticos de la ciudad. No en vano, el texto es la piedra angular para la articulación en Cataluña de una opción política con expectativas de poder (el matiz es crucial) declaradamente contraria al nacionalismo. Salvo por los frustrados afanes de Alejo Vidal-Quadras al frente del PP catalán, la iniciativa bien puede considerarse inédita. Una vez en el Taxidermista, bajo los soportales de la plaza, los quince intelectuales posan para los reporteros gráficos al modo en que lo hacen los equipos de fútbol. Arriba: Ferran Toutain, Félix Pérez Romera, Francesc de Carreras, José Vicente Rodríguez Mora, Arcadi Espada, Teresa Giménez, Carlos Trías, Ponç Puigdevall y Ana Nuño. Abajo: Albert Boadella, Xavier Pericay, Félix de Azúa, Félix Ovejero e Iván Tubau.

Toman la palabra De Azúa, Tubau y Pericay. Al concluir el acto, y después de que la prensa se haya ido, almuerzan en el Taxidermista, en el mismo altillo donde, durante ese curso, se han ido viendo para discutir cómo canalizar el diagnóstico en el que, grosso modo, convenían. El manifiesto lo precisa desde sus primeras líneas:

Después de 23 años de nacionalismo conservador, Cataluña ha pasado a ser gobernada por el nacionalismo de izquierdas. Nada sustantivo ha cambiado. Baste con decir que el actual Gobierno ha fijado como su principal tarea política la redacción de un nuevo Estatuto de Autonomía. Muchos ciudadanos catalanes creemos que la decisión es consecuencia de la incapacidad del Gobierno y de los partidos que lo componen para enfrentarse a los problemas reales de los ciudadanos. Como todas las ideologías que rinden culto a lo simbólico, el nacionalismo confunde el análisis de los hechos con la adhesión a principios abstractos. Todo parece indicar que, al elegir como principal tarea política la redacción de un nuevo Estatuto para Cataluña, lo simbólico ha desplazado una vez más a lo necesario.

En el germen de la conspiración, en efecto, se halla el envite nacionalista de Pasqual Maragall, quien, tras proclamarse presidente de la Generalitat en diciembre de 2003, establece como prioridad de su programa de Gobierno la reforma del Estatuto Autonómico. Esa determinación, en parte condicionada por ERC, su socio en el tripartito junto con ICV, echa por tierra la esperanza de algunos de esos quince intelectuales en que Maragall diera la espalda a la Cataluña de Jordi Pujol. Por la derecha, el panorama no es más alentador. Tres años antes, y en virtud del pacto del Majestic, José María Aznar había defenestrado a Alejo Vidal-Quadras y nombrado en su lugar a Josep Piqué, apostando así por una posición más amable con CiU.

El periodista Arcadi Espada, movido por la convicción de que la política catalana ha llegado a una suerte de colapso, convoca a siete intelectuales a una cena en el hotel Barceló Sants. Estamos en mayo de 2004. Uno de los primeros documentos que da noticia de esa reunión es el dietario de Teresa Giménez Barbat (gran escriba del proceso) Diari d’una escèptica (Tentadero Ediciones, 2007). Sus notas no sólo tienen un marchamo, digamos, fundacional; también atesoran la espontaneidad y, si se quiere, la ingenuidad de quien, en ese entonces, ignoraba por completo que estuviera encarándose con un momento estelar de la historia de España. La escrituración del 21 de mayo de 2004 dice así: «Hablo con Arcadi. Está muy preocupado y desencantado [con] la situación política. Piensa que esta falta de cordura nos traerá muchos males. Ha tenido la idea de hacer unas cenas mensuales con un grupo de amigos para ver de encontrar soluciones. Ha pensado en invitarme».

La primera cena se celebra el 2 de junio de 2004, como cifra Barbat en su entrada del día 3: «Ayer cené con los amigos de Arcadi. Éramos Xavier Pericay, Ferran Toutain, Basilio Baltasar, Iván Tubau, Albert Boadella, Francesc de Carreras y yo. No sé qué saldrá de ahí, pero fue un encuentro extremadamente agradable. La próxima reunión, para después del verano».

También Xavier Pericay, en su libro de memorias Filología catalana, glosó el encuentro, incidiendo en la disyuntiva que, durante el curso siguiente, habría de convertirse en un atolladero:

Cuando a mediados de mayo de 2004 Arcadi me dijo que deseaba montar una cena con una serie de gente —unos doce, como los apóstoles— para hablar de la necesidad de crear un partido político, le entendí perfectamente. Ahora bien, aunque le entendiera, pensé que se las prometía muy felices. Y el día de principios de junio en que finalmente cenamos en el Barceló Sants, en el preciso momento de levantarnos de la mesa, o quién sabe si antes incluso, entre plato y plato, no me cabe la menor duda de que él [por Arcadi Espada] pensaba igual que yo. Porque el punto de vista dominante entre los comensales no era el de favorecer la creación de un nuevo partido, sino el de proseguir en la ya larga historia de manifiestos, declaraciones, ciclos, jornadas, boletines y grupos de opinión.

La siguiente reunión, en efecto, se celebra el 2 de noviembre, ya en el Taxidermista: «Los compañeros conspiradores nos hemos encontrado en el restaurante Taxidermista. Hemos estado muy cómodos en un reservado en el altillo».

En abril de 2005, conforme atestigua la entrada del día 13, el manifiesto está en marcha: «Vuelvo a llamar a [X]. Quiero hablarle de cómo van nuestros proyectos, los del grupo taxidermista. Le digo que estamos redactando un manifiesto que pretendemos hacer público en un par de meses».

El 7 de junio de 2005, el apunte es un reguero de entusiasmo:

La presentación ha sido un éxito total. Y no es que hayan venido esos diez o quince con que soñábamos... ¡Es que han venido más de setenta representantes de los medios! Los de CiU nos han llamado «pijo-progresistas» y «nacionalistas españoles». Natural. [...] Y hemos salido en todos los diarios. Y en portada en el ABC. [...] Pero sí, ha sido un éxito. Aún acabará bien, esta historia. Y los compañeros más refractarios a la creación del partido comienzan a verle sentido. Como mínimo, ya hay algunos más que no lo consideran una locura. Tal vez un día podamos votar un partido que no hable de la nación.

Pese a lo que puedan sugerir las elipsis del dietario de Barbat, el camino hasta llegar a ese punto no había sido fácil.

3

Las jam sessions del Taxidermista

En el grupo inicial, en 2004, se cuentan Arcadi Espada, Xavier Pericay, Ferran Toutain, Basilio Baltasar, Iván Tubau, Albert Boadella, Francesc de Carreras y Teresa Giménez Barbat. Después de la primera cena en el Taxidermista (noviembre de ese mismo año), Baltasar remite al resto del grupo un mail en el que celebra que, en apenas dos encuentros, hayan conseguido alcanzar «lo que a otros les cuesta años de penosas y desaforadas discusiones, alianzas, traiciones, escisiones, delaciones y expulsiones: que no nos entendiéramos». En Citileaks, Giménez Barbat resume así sus objeciones: «Basilio era uno de los más pertinaces defensores de que fuéramos una plataforma de izquierdas, y le chocaba que no hubiera una aceptación del asunto sin fisuras. No comprendía que algunos vieran con buenos ojos otros posicionamientos». Y en otro pasaje: «Basilio, ya lo he dicho, siempre había defendido que, en vez de un partido, creásemos una plataforma de opinión. Es más, proponía incluso un documento de trabajo que se habría de llamar “Manifiesto de los Librepensadores”. Incluso llegó a redactarlo. Pero el grupo no le seguía». La marcha de Baltasar es ilustrativa, en cierto modo, de los dos grandes escollos que habrá de salvar el T15: la estrategia organizativa y el posicionamiento ideológico.

Esta controversia, que recorrerá todas y cada una de las reuniones del T15, tiene como principales contendientes a Arcadi Espada, Félix Pérez Romera y Francesc de Carreras. El primero deja claro desde el minuto uno que considera una pérdida de tiempo todo lo que no s ...