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AMERICANAH (EDICIóN ESPECIAL LIMITADA)

Chimamanda Ngozi Adichie

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Fragmento

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Princeton, en verano, no olía a nada, y si bien a Ifemelu le gustaba el plácido verdor de los numerosos árboles, las calles limpias y las casas regias, las tiendas con precios exquisitamente prohibitivos y el aire tranquilo e imperecedero de elegancia ganada a pulso, era eso, la falta de olor, lo que más la atraía, quizá porque las otras ciudades estadounidenses que conocía bien poseían olores muy característicos. Filadelfia exhalaba el tufo a viejo de la historia. New Haven olía a abandono. Baltimore olía a salitre, y Brooklyn a basura recalentada por el sol. Princeton, en cambio, no tenía olor. Allí le gustaba respirar hondo. Le gustaba observar a los habitantes, que conducían con ostensible cortesía y aparcaban sus coches último modelo frente a la tienda de alimentos ecológicos de Nassau Street o frente a los restaurantes japoneses o frente a la heladería que ofrecía cincuenta sabores distintos, incluido el de pimiento morrón, o frente a la estafeta de correos, donde los efusivos empleados salían a la entrada a recibirlos en el acto. Le gustaba el campus, imbuido de la solemnidad del conocimiento, los edificios góticos con sus muros revestidos de enredaderas, y ese momento en que, llegada la penumbra de la noche, todo se transformaba en un escenario espectral. Le gustaba, en particular, que en ese entorno de próspero desahogo, ella pudiera fingir ser otra persona, una persona admitida expresamente en un sacrosanto club estadounidense, una persona ornada de certidumbre.

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Pero no le gustaba tener que desplazarse hasta Trenton para trenzarse el pelo. No cabía esperar que en Princeton hubiera una peluquería donde trenzaran el pelo —las pocas negras que había visto en la ciudad tenían la piel tan clara y el pelo tan lacio que no se las imaginaba con trenzas—, y aun así, mientras esperaba el tren en la estación de Princeton Junction una tarde sofocante, se preguntaba por qué no había allí ningún sitio donde trenzarse el pelo. La chocolatina que llevaba en el bolso se había derretido. En el andén aguardaban unas pocas personas más, todas blancas y delgadas, con ropa corta y ligera. El hombre más cercano a ella comía un cucurucho; eso siempre le había parecido un tanto irresponsable, que un hombre estadounidense adulto comiera cucuruchos, y muy en especial que un hombre estadounidense adulto comiera cucuruchos en público. Cuando el tren apareció por fin entre chirridos, el hombre en cuestión se volvió hacia ella y dijo: «Ya era hora», hablándole con la familiaridad que adoptan los desconocidos después de compartir la decepción de un mal servicio público. Ella le sonrió. El hombre llevaba peinado hacia delante el cabello entrecano de la parte de atrás de la cabeza, un recurso cómico para disimular la calva. Debía de ser profesor universitario, pero no de humanidades, o habría sido más timorato. De una ciencia sólida como la química, quizá. En otro tiempo ella habría contestado: «Desde luego», esa peculiar expresión que manifestaba conformidad más que cuantificación, y acto seguido habría entablado conversación con él, para ver si contaba algo que pudiera utilizar en su blog. La gente se sentía halagada cuando se le preguntaba acerca de sí misma, y si ella permanecía callada cuando su interlocutor acababa de hablar, lo inducía a decir algo más. La gente estaba programada para llenar los silencios. Si alguien le preguntaba a qué se dedicaba, ella respondía vagamente: «Escribo un blog sobre estilo de vida», porque decir «Escribo un blog anónimo titulado Raza o Diversas observaciones acerca de los negros estadounidenses (antes denigrados con otra clase de apelativos) a cargo de una negra no estadounidense» los incomodaría. Lo había dicho, no obstante, unas cuantas veces. Una a un blanco con rastas que se sentó a su lado en el tren, su pelo semejante a viejas cuerdas de bramante terminadas en pelusa rubia, su andrajosa camisa lucida con devoción suficiente para convencerla de que era un guerrero social y podía ser un buen bloguero invitado. «Hoy día la raza está sobredimensionada, los negros tienen que superar lo suyo, ahora todo se centra en la clase, los ricos y los desposeídos», declaró él con tono ecuánime, y ella lo usó como encabezamiento de un post titulado: «No todos los estadounidenses blancos con rastas pasan». Otro caso fue el hombre de Ohio, que viajó apretujado junto a ella en un avión. Un ejecutivo intermedio, estaba segura, a juzgar por el traje amorfo y la camisa con el cuello de distinto color. Este quiso saber qué se entendía por «blog sobre estilo de vida», y ella se lo explicó, previendo que él se refugiaría en una actitud reservada, o pondría fin a la conversación con una frase defensivamente insulsa como «La única raza que importa es la raza humana». En cambio dijo: «¿Ha escrito alguna vez sobre la adopción? En este país nadie quiere niños negros, y no me refiero a los birraciales, me refiero a los negros. Ni siquiera las familias negras los quieren».

Le contó que su mujer y él habían adoptado a un niño negro, y sus vecinos los miraban como si fueran mártires de una causa dudosa por propia elección. Su post sobre él en el blog, «Los ejecutivos intermedios blancos mal vestidos de Ohio no siempre son lo que parecen», fue el que más comentarios recibió ese mes. Aún se preguntaba si él lo habría leído. Esperaba que sí. A menudo, sentada en cafeterías, o aeropuertos, o estaciones de ferrocarril, observaba a los desconocidos, imaginaba sus vidas y se preguntaba quiénes entre ellos habrían leído su blog. Ahora ya su ex blog. Había escrito el último post hacía solo unos días, con una estela de doscientos setenta y cuatro comentarios hasta el momento. Todos esos lectores, en aumento mes a mes, con sus enlaces y sus envíos cruzados, que sabían tanto más que ella… siempre la habían asustado y entusiasmado a la vez. DerridaSáfica, una de las participantes más asiduas, escribió: «Me sorprende un poco que esté tomándome esto de manera tan personal. Suerte en ese “cambio de vida” indeterminado que planeas, pero vuelve pronto a la blogosfera, por favor. Has empleado esa voz tuya, tan irreverente, intimidatoria, divertida y estimulante, para crear un espacio donde mantener conversaciones reales sobre un tema importante». Los lectores como DerridaSáfica, que en sus comentarios desgranaban datos estadísticos y usaban palabras como «reificar», ponían nerviosa a Ifemelu, le despertaban el deseo de ser original e impresionar, y con el paso del tiempo empezó a sentirse como un buitre hincando el pico en la carroña de experiencias ajenas en busca de algo que utilizar. A veces introducía frágiles vínculos con la raza. A veces sin creerse a sí misma. Cuanto más escribía, menos segura se sentía. A cada post se desprendía una escama más de su propia identidad, y al final se sintió desnuda y falsa.

El hombre del helado se sentó junto a Ifemelu en el tren, y ella, para no dar pie a la conversación, fijó la mirada en una mancha marrón cerca de sus pies, un frapuchino derramado, hasta que llegaron a Trenton. Abarrotaban el andén personas negras, muchas de ellas gordas, con ropa corta y ligera. Aún la sobrecogía que unos minutos de viaje en tren representaran una diferencia tan grande. Durante su primer año en Estados Unidos, cuando tomaba un tren desde New Jersey Transit hasta Penn Station y luego el metro para visitar a la tía Uju en el barrio de Flatlands, le llamaba la atención que los viajeros que se apeaban en las paradas de Manhattan fueran en su mayoría blancos y esbeltos y, a medida que el tren se adentraba en Brooklyn, los viajeros fueran en su mayoría negros y gordos. Aun así, en su cabeza no usaba la palabra «gordos» al pensar en ellos; usaba la palabra «grandes», porque una de las primeras cosas que le dijo su amiga Ginika fue que, en Estados Unidos, «gordo» era un término ofensivo, tan cargado de enjuiciamiento moral como «idiota» o «mamón», no simplemente descriptivo como «bajo» o «alto». Así que había excluido «gordo» de su vocabulario. Pero «gordo» volvió a Ifemelu el invierno anterior, después de casi trece años, cuando un hombre, detrás de ella en la cola del supermercado, masculló: «A los gordos no les conviene comer esa mierda», mientras ella pagaba por una bolsa de Tostitos de tamaño familiar. Ella, atónita, ligeramente ofendida, le lanzó una mirada, y lo consideró un post perfecto para el blog, el hecho de que aquel desconocido hubiera decidido que estaba gorda. Pondría al post la etiqueta «raza, género y envergadura corporal». Pero ya en casa, de pie ante la verdad del espejo, comprendió que había cerrado los ojos, durante demasiado tiempo, a la nueva tirantez en su ropa, la fricción en la cara interna de los muslos, el temblor, cuando se movía, de las partes más fofas y redondas de su cuerpo. Ciertamente estaba gorda.

Pronunció la palabra «gorda» despacio, paladeándola, y pensó en todas las demás cosas que había aprendido a no decir en voz alta en Estados Unidos. Estaba gorda. No era curvilínea ni tenía los huesos grandes; estaba gorda: esa era la única palabra que le sabía a verdad. Y había cerrado los ojos, asimismo, al cemento depositado en su alma. Su blog iba sobre ruedas, con millares de visitantes únicos todos los meses, sus honorarios por charlas eran aceptables, y disfrutaba de una beca de investigación en Princeton y una relación con Blaine —«Eres el gran amor de mi vida», había escrito él en su última felicitación de cumpleaños—, y a pesar de todo tenía cemento depositado en el alma. Eso llevaba ahí ya un tiempo, un trastorno de fatiga a primera hora de la mañana, una pesadumbre y una insularidad. Llegó acompañado de afanes amorfos, deseos indefinidos, breves atisbos imaginarios de otras vidas que acaso podría estar viviendo, y con el transcurso de los meses todo eso se fundió en una desgarradora añoranza. Exploró páginas web nigerianas, perfiles nigerianos en Facebook, blogs nigerianos, y cada clic del ratón sacaba a la luz una historia más de una persona joven que había vuelto recientemente al país, revestida de títulos académicos estadounidenses o británicos, para crear una sociedad de inversión, una productora musical, un casa de modas, una revista, una franquicia de una cadena de comida rápida. Contempló fotografías de esos hombres y mujeres y sintió el dolor sordo de la pérdida, como si ellos le hubiesen abierto la mano por la fuerza y le hubiesen arrebatado algo que era suyo. Vivían la vida de ella. Nigeria se convirtió en el lugar donde debía estar, el único sitio donde podía hundir sus raíces sin el incesante anhelo de arrancarlas y sacudirse la tierra. Y estaba también Obinze, claro. Su primer amor, su primer amante, la única persona con quien nunca había sentido la necesidad de explicarse. Ahora él era marido y padre, y habían perdido el contacto hacía años; así y todo, no podía engañarse pensando que él no formaba parte de su añoranza, o que ella no se acordaba de él con frecuencia, cuando en realidad examinaba su pasado juntos, buscaba augurios de algo que era incapaz de nombrar.

El grosero desconocido del supermercado —quien a saber con qué problemas debía lidiar él mismo, viendo las marcadas ojeras y los finos labios que tenía— se proponía ofenderla y en cambio, con su pulla, la había despertado.

Empezó a planear y a soñar, a presentar solicitudes para empleos en Lagos. Al principio no se lo dijo a Blaine, porque quería completar el período cubierto por la beca en Princeton, y luego, cuando acabó la beca, no se lo dijo porque quería concederse un tiempo para estar segura. Pero, con el paso de las semanas, supo que nunca estaría segura. Le dijo, pues, que volvía a su país sin más, y añadió: «Tengo que hacerlo», consciente de que él oiría en sus palabras el sonido de un final.

«¿Por qué?», preguntó Blaine, casi automáticamente, estupefacto ante el anuncio. Allí estaban, en el salón de la casa de Blaine en New Haven, envueltos por el suave jazz y la claridad del día, y ella lo miró, al bueno de él, perplejo, y tuvo la sensación de que el día adquiría un cariz triste, épico. Vivían juntos desde hacía tres años, tres años sin una sola arruga, como una sábana bien planchada, hasta su única pelea, hacía unos meses, cuando Blaine, helándosele la mirada en una expresión de reproche, se negó a dirigirle la palabra. Pero habían sobrevivido a esa pelea, gracias en esencia a Barack Obama, renovando sus lazos por medio de su común pasión. La noche de las elecciones, antes de que Blaine la besara, su rostro bañado en lágrimas, la estrechó con fuerza como si la victoria de Obama fuese también una victoria personal de ellos dos. Y ahora iba ella y le decía que todo había terminado. «¿Por qué?», preguntó él. En sus clases Blaine enseñaba ideas con matices y complejidad, y aun así le pedía una única razón, la causa. Pero Ifemelu no había experimentado una epifanía nítida y no había causa; era sencillamente que se había acumulado en ella una capa tras otra de descontento, formando una masa que ahora la impulsaba. Eso a él no se lo dijo, porque le habría dolido saber que ella se sentía ya así desde hacía un tiempo, que su relación con él era como estar a gusto en una casa pero pasarse el día sentada junto a la ventana, mirando afuera.

«Llévate la planta», le dijo Blaine, el último día que lo vio, mientras ella recogía la ropa que tenía en su apartamento. Allí de pie, en la cocina, se lo veía derrotado, los hombros hundidos. La planta de interior era de él, tres tallos de bambú con prometedoras hojas verdes, y cuando Ifemelu la cogió, se sintió traspasada por una súbita y demoledora soledad que la acompañó durante semanas. A veces aún la sentía. ¿Cómo era posible echar de menos algo que ya no se deseaba? Blaine necesitaba lo que ella era incapaz de dar y ella necesitaba lo que él era incapaz de dar, y era eso lo que la apenaba, la pérdida de lo que podría haber sido.

Así que allí estaba Ifemelu, aquel día rebosante de la opulencia del verano, a punto de trenzarse el pelo para el viaje de regreso a su tierra. Un calor pegajoso se posaba en su piel. En el andén de Trenton había personas el triple de corpulentas que ella, y contempló con admiración a una en particular, una mujer con una falda cortísima. Ifemelu no le otorgaba el menor valor a exhibir unas piernas delgadas bajo una minifalda —a fin de cuentas, era fácil y no entrañaba riesgo alguno enseñar unas piernas a las que el mundo daba su conformidad—, pero el acto de aquella mujer gorda tenía que ver con la callada convicción que una solo compartía consigo misma, una sensación de aceptabilidad que otros no veían. Su decisión de volver era análoga; siempre que la acechaban las dudas, se veía a sí misma irguiéndose valerosamente sola, casi heroica, a fin de acallar la incertidumbre. La mujer gorda era co-coordinadora de un grupo de adolescentes que aparentaban dieciséis o diecisiete años. Se apiñaban alrededor de ella, riendo y charlando, con la publicidad de unas colonias de verano en las camisetas amarillas. A Ifemelu le recordaron a su primo Dike. Uno de los chicos, alto, de piel muy oscura, con la complexión musculosamente magra de un atleta, era clavado a Dike. Aunque Dike jamás se habría puesto un calzado como aquel, parecido a unas alpargatas. Unas «llantas chungas», las habría llamado. Esa era nueva; se la había oído usar por primera vez hacía unos días, cuando él le contó que había ido de compras con la tía Uju. «Mamá quería endosarme una zapatillas ridículas. ¡Vamos, prima, ya sabes que yo no me pongo esas llantas chungas!»

Ifemelu se incorporó a la cola de la parada de taxis frente a la estación. Esperaba que el taxista no fuese nigeriano, porque, tan pronto como oyese su acento, o bien mostraría un agresivo interés en contarle que tenía un doctorado, que el taxi era un segundo empleo y que su hija había obtenido mención honorífica en Rutgers, o bien conduciría en mohíno silencio, le devolvería el cambio en monedas y se haría el sordo cuando ella le diera las gracias, consumido de principio a fin por la humillación de que una paisana nigeriana, para colmo una chiquita menuda, que acaso fuese enfermera o contable o incluso médica, lo mirase con aire de superioridad. En Estados Unidos todos los taxistas nigerianos estaban convencidos de que en realidad no eran taxistas. Era la siguiente en la cola. Su taxista era negro, de mediana edad. Ifemelu abrió la puerta y echó una ojeada al respaldo del asiento del conductor. «Mervin Smith.» No nigeriano, pero nunca se sabía. Allí los nigerianos adoptaban los nombres más diversos. Incluso ella había tenido una identidad distinta en otro tiempo.

—¿Qué tal? —preguntó el hombre.

Ella percibió de inmediato, con alivio, el acento caribeño.

—Muy bien. Gracias.

Le dio la dirección del Salón de Trenzado Africano Mariama. Era su primera visita a esa peluquería —su establecimiento habitual había cerrado porque la dueña volvía a Costa de Marfil para casarse—, pero sería idéntica, estaba segura, a los demás salones de trenzado africano que había conocido: se hallaban todos en la parte de la ciudad donde había pintadas, edificios con humedades y ninguna persona blanca; exhibían vistosos letreros con nombres como Salón de Trenzado Africano Aisha o Fatima; tenían radiadores que calentaban demasiado en invierno y aparatos de aire acondicionado que no enfriaban en verano; y reunían a un sinfín de trenzadoras de pelo francófonas del África Occidental, una de las cuales era la dueña y hablaba mejor el inglés y atendía el teléfono y era tratada con respeto por las demás. A menudo alguien llevaba un bebé a la espalda sujeto por medio de un paño. O un niño de corta edad dormía en un protector extendido sobre un sofá lastimoso. A veces se pasaban por allí críos mayores. Las conversaciones se desarrollaban en francés o en wólof o en malinké, y cuando hablaban en inglés a las clientas, era un inglés macarrónico, extraño, como si no hubiesen accedido gradualmente al idioma antes de incorporar el argot americano. Las palabras salían a medio acabar. En una ocasión una trenzadora guineana, en Filadelfia, le dijo a Ifemelu: «Osé, Do mí, aba moloca». Ifemelu necesitó muchas repeticiones para entender que la mujer decía: «O sea, Dios mío, estaba como loca».

Mervin Smith era un hombre animoso y parlanchín. Mientras conducía hablaba sobre el calor que hacía, y los apagones que sin duda se avecinaban.

—Estos son los calores que matan a los viejos. Si no tienen aire acondicionado, han de ir a un centro comercial, ¿sabe? En el centro comercial hay aire acondicionado gratis. Pero a veces no tienen a nadie que los lleve. La gente debería cuidar de los viejos —dijo, su jovial talante imperturbable pese al silencio de Ifemelu—. ¡Ya hemos llegado! —anunció, y detuvo el vehículo frente a un edificio en un estado lamentable.

La peluquería estaba en medio, entre un restaurante chino llamado Alegría Feliz y una tienda de alimentación que vendía números de lotería. Dentro del salón se palpaba el abandono: la pintura desconchada, las paredes cubiertas de grandes pósters con peinados a base de trenzas y otros carteles menores donde se leía DEVOLUCIÓN RÁPIDA DE LA RENTA. Tres mujeres, todas en camiseta y bermudas, trabajaban en el cabello de clientas sentadas. Un pequeño televisor montado en la pared, en un rincón, con el volumen un poco demasiado alto, mostraba imágenes de una película nigeriana: un hombre pegaba a su mujer, la mujer se encogía y gritaba, la mala calidad del audio ofendía el oído.

—¡Hola! —saludó Ifemelu.

Todas se volvieron a mirarla pero solo una, que debía de ser la epónima Mariama, dijo:

—Hola. Bienvenida.

—Me gustaría hacerme trenzas.

—¿Qué clase de trenzas quieres?

Ifemelu respondió que quería un rizo apretado medio y preguntó cuánto costaba.

—Doscientos —respondió Mariama.

—El mes pasado pagué ciento sesenta.

Se había trenzado el pelo por última vez hacía tres meses.

Mariama permaneció en silencio por un momento, los ojos fijos de nuevo en el cabello que estaba trenzando.

—¿Ciento sesenta, pues?

Mariama se encogió de hombros y sonrió.

—Vale, pero la próxima vez tienes que volver aquí. Siéntate. Espera a Aisha. Enseguida acaba.

Mariama señaló a la trenzadora más menuda, que padecía una enfermedad en la piel: espirales decoloradas de un tono crema rosado en los brazos y el cuello de aspecto preocupantemente contagioso.

—Hola, Aisha —saludó Ifemelu.

Aisha miró de soslayo a Ifemelu, dirigiéndole un parquísimo gesto de asentimiento, su rostro inalterable, casi adusto en su inexpresividad. Se percibía algo extraño en ella.

Ifemelu se sentó cerca de la puerta; el ventilador colocado en la mesa desportillada estaba encendido en su máxima potencia pero no por ello el ambiente era mucho menos sofocante. Acompañaban al ventilador peines, bolsas de extensiones de pelo, voluminosas revistas con hojas sueltas, pilas de abigarrados DVD. En un rincón había una escoba apoyada, cerca del dispensador de caramelos y el herrumbroso secador que no se usaba desde hacía una eternidad. En el televisor, un padre pegaba a sus dos hijos, torpes puñetazos que hendían el aire por encima de sus cabezas.

—¡No! ¡Mal padre! ¡Mal hombre! —exclamó la otra trenzadora, mirando la pantalla y estremeciéndose.

—¿Eres nigeriana? —preguntó Mariama.

—Sí. ¿Y tú de dónde eres?

—Mi hermana Halima y yo somos de Mali. Aisha es senegalesa.

Aisha no alzó la vista. Halima, en cambio, sonrió a Ifemelu, y aquella fue una sonrisa que, en su cálida complicidad, daba la bienvenida a otra africana; no habría sonreído igual a una estadounidense. Bizqueaba de manera notable, orientadas las pupilas en direcciones opuestas, hasta tal punto que Ifemelu quedó desconcertada, sin saber muy bien qué ojo ponía Halima en ella.

Ifemelu se abanicó con una revista.

—Qué calor hace —comentó. Al menos esas mujeres no le dirían: «¿Tienes calor? ¡Pero si eres africana!».

—Es una ola de calor espantosa. Lástima que el aire acondicionado se averiase ayer —dijo Mariama.

Ifemelu sabía que el aire acondicionado no se había averiado ayer, se había averiado mucho antes, quizá siempre había estado averiado; aun así, asintió y dijo que tal vez se había estropeado por exceso de uso. Sonó el teléfono. Mariama descolgó y, al cabo de un momento, respondió: «Ven ahora», las mismas palabras que habían inducido a Ifemelu a dejar de pedir hora a los salones de trenzado africano. «Ven ahora», decían siempre, y cuando llegabas, te encontrabas a dos personas esperando para hacerse microtrenzas y la dueña aún te decía: «Espera, mi hermana ya viene a ayudarme». Volvió a sonar el teléfono, y Mariama habló en francés, levantando la voz, y dejó de trenzar para gesticular con la mano mientras vociferaba por el teléfono. Luego desplegó un impreso de Western Union sacado del bolsillo y empezó a leer los números:

—Trois! Cinq! Non, non, cinq!

La mujer en cuyo pelo realizaba unas diminutas trenzas cosidas que casi dolía verlas dijo con aspereza:

—¡Venga! ¡No voy a pasarme aquí todo el día!

—Perdona, perdona —respondió Mariama.

Con todo, terminó de repetir los números de Western Union antes de seguir trenzando, encajado el auricular entre el hombro y la oreja.

Ifemelu abrió su novela, Cane, de Jean Toomer, y la hojeó. Hacía ya tiempo que tenía intención de leerla, e imaginaba que le gustaría, porque a Blaine no le gustaba. Una «ejecución consumada», había sido el término elegido por Blaine para describirla con ese tono de discreta paciencia que adoptaba cuando hablaban de novelas, como si estuviera convencido de que ella, con un poco más de tiempo y un poco más de sabiduría, llegaría a aceptar que las novelas que le gustaban a él eran superiores, novelas escritas por hombres jóvenes, o tirando a jóvenes, y rebosantes de cosas, una aglomeración fascinante y confusa de marcas y música y cómics e iconos, pasando por las emociones de refilón, y donde cada frase era elegantemente consciente de su propia elegancia. Ifemelu había leído muchas, porque él se las recomendaba, pero eran como algodón de azúcar que se evaporaba muy fácilmente en la memoria de su lengua.

Cerró la novela; con aquel calor era difícil concentrarse. Comió un poco de chocolate derretido, mandó un sms a Dike para que la llamara al salir del entrenamiento de baloncesto y se abanicó. Leyó los letreros en la pared de enfrente —NO SE HARÁN ARREGLOS EN LAS TRENZAS PASADA UNA SEMANA. NO SE ACEPTAN CHEQUES. NO SE DEVUELVE EL DINERO—, pero se cuidó mucho de mirar hacia los rincones del salón porque sabía que vería mazacotes de papel de periódico mohoso apelotonados bajo las tuberías y mugre y cosas podridas hacía mucho tiempo.

Por fin Aisha terminó con su clienta y preguntó a Ifemelu de qué color quería las extensiones.

—El color cuatro.

—Mal color —contestó Aisha en el acto.

—Es el que uso.

—Queda sucio. ¿No quieres color uno?

—El color uno es demasiado negro, se ve poco natural —adujo Ifemelu mientras se aflojaba el pañuelo ceñido a la cabeza—. A veces uso el color dos, pero el cuatro se acerca más al mío.

Aisha se encogió de hombros, un gesto altanero, como si no fuera problema suyo si su clienta tenía mal gusto. Metió la mano en un armario, sacó dos bolsas de extensiones y las examinó para cerciorarse de que ambas eran del mismo color.

Tocó el pelo a Ifemelu.

—¿Por qué no pones alisador?

—Me gusta llevar el pelo tal como lo hizo Dios.

—Pero ¿cómo te peinas? Difícil peinar —dijo Aisha.

Ifemelu, sacando su propio peine, se lo pasó con delicadeza por el pelo, denso, suave y muy rizado, hasta que le circundó la cabeza como un halo.

—No es difícil peinarlo si lo humedeces debidamente —explicó, adoptando un tono persuasivo de proselitista que empleaba cuando se proponía convencer a otras mujeres negras de las bondades de dejarse el pelo al natural. Aisha soltó un bufido; saltaba a la vista que no entendía por qué alguien elegía los sufrimientos de peinarse un pelo al natural en lugar de alisarlo sin más. Separó en secciones el pelo de Ifemelu, desprendió una hebra de la pila de extensiones que tenía en la mesa y empezó a trenzar diestramente.

—Aprietas demasiado —se quejó Ifemelu—. No aprietes tanto. —Como Aisha continuó trenzando al máximo, Ifemelu pensó que quizá no la había entendido y, tocándose la trenza en litigio, dijo—: Muy apretada, muy apretada.

Aisha le apartó la mano sin contemplaciones.

—No. No. Deja. Está bien.

—¡Está apretada! —exclamó Ifemelu—. Aflójala, por favor.

Mariama las observaba. Soltó una andanada en francés. Aisha aflojó la trenza.

—Disculpa —dijo Mariama—. No entiende muy bien.

Pero Ifemelu vio que Aisha, a juzgar por su cara, sí entendía muy bien. Sencillamente era una verdulera de la cabeza a los pies, inmune a las sutilezas cosméticas del servicio a la cliente estadounidense. Ifemelu se la imaginó trabajando en un mercado de Dakar, como las trenzadoras de Lagos que se sonaban y se limpiaban las manos en los delantales, movían la cabeza de la clienta a tirones para colocársela en mejor posición, se quejaban de lo espeso o lo duro o lo corto que era el pelo, hablaban a gritos con mujeres que pasaban, y todo eso sin parar de charlar con demasiada estridencia y hacer trenzas demasiado apretadas.

—¿Tú conoces? —preguntó Aisha, lanzando una ojeada al televisor.

—¿Qué?

Aisha lo repitió, y apuntó con el dedo a la actriz en la pantalla.

—No —respondió Ifemelu.

—Pero tú nigeriana.

—Sí, pero no la conozco.

Aisha señaló la pila de DVD en la mesa.

—Antes, demasiado vudú. Malísimo. Ahora cine de Nigeria muy bueno. ¡Una casa grande y bonita!

Ifemelu no tenía una gran opinión del cine de Nollywood, con su histrionismo extremo y sus tramas inverosímiles, pero movió la cabeza en un gesto de asentimiento, porque oír «Nigeria» y «bueno» en la misma frase era un lujo, aun viniendo de esa extraña senegalesa, y decidió interpretarlo como un augurio de su regreso al país.

Todos aquellos a quienes había anunciado que volvía parecían sorprenderse, en espera de una explicación, y cuando ella añadía que se iba porque quería, arrugas de perplejidad aparecían en las frentes de sus interlocutores.

«Cierras el blog y vendes el apartamento para volver a Lagos y trabajar en una revista que no te pagará nada del otro mundo», había dicho la tía Uju, y después lo había repetido, como para meterle en la mollera la gravedad de su desatino. Solo Ranyinudo, su vieja amiga de Lagos, había dado rango de normalidad a su regreso. «Ahora Lagos está lleno de retornados de Estados Unidos, así que mejor que vuelvas y seas una más. Los ves siempre por ahí con su botella de agua a cuestas como si fueran a morirse de calor si no beben a cada minuto», dijo Ranyinudo. Se habían mantenido en contacto, Ranyinudo y ella, a lo largo de los años. Al principio se escribían infrecuentes cartas, pero cuando abrieron los cibercafés, se propagaron los teléfonos móviles y Facebook creció como la espuma, empezaron a comunicarse más a menudo. Fue Ranyinudo quien, unos años atrás, le había contado que Obinze iba a casarse. «Entretanto se ha forrado de lo lindo. ¡Ya ves lo que te has perdido!», había dicho Ranyinudo. Ifemelu simuló indiferencia ante la noticia. Al fin y al cabo, había roto todo contacto con Obinze, y de eso hacía mucho tiempo, y por entonces ella iniciaba su relación con Blaine, y se instalaba felizmente en una vida en común. Pero después de colgar no pudo quitarse ya a Obinze de la cabeza. Imaginarlo en su boda le produjo un sentimiento de pesadumbre, una pesadumbre mortecina. Aun así, se alegraba por él, se dijo, y para demostrarse que se alegraba por él, decidió escribirle. No sabía bien si conservaba su dirección antigua y envió el e-mail medio esperando que no contestara, pero sí contestó. Ella por su parte no volvió a escribirle, porque para entonces había reconocido que aún brillaba en su interior una pequeña luz. Era mejor dejar las cosas como estaban. En diciembre anterior, cuando Ranyinudo le contó que se había encontrado con Obinze, acompañado de su hija de corta edad, en el centro comercial Palms (e Ifemelu aún no podía representarse ese centro comercial amplio y moderno de Lagos; lo único que acudía a su mente cuando lo intentaba era el comprimido Mega Plaza que ella recordaba) —«Se lo veía tan limpio, y su hija es tan mona», dijo Ranyinudo—, Ifemelu sintió una punzada por todos los cambios que habían tenido lugar en la vida de él.

—Cine nigeriano muy bueno ahora —comentó Aisha.

—Sí —respondió Ifemelu con entusiasmo.

En eso se había convertido, en una buscadora de auspicios. Como las películas nigerianas eran buenas, su regreso al país acabaría bien.

—Tú yoruba en Nigeria —dijo Aisha.

—No. Soy igbo.

—¿Tú igbo? —Una sonrisa asomó al rostro de Aisha por primera vez, una sonrisa que dejó a la vista tanto sus diminutos dientes como sus encías oscuras—. Pienso tú yoruba porque tú oscura y los igbo claros. Yo tengo dos hombres igbo. Muy buenos. Los hombres igbo cuidan muy bien las mujeres.

Aisha casi susurraba, con una insinuación sexual en el tono, y la decoloración de sus brazos y su cuello, vista en el espejo, se convirtió en horrendas pústulas. Ifemelu imaginó que algunas reventaban y supuraban, otras se descamaban. Apartó la mirada.

—Los hombres igbo cuidan muy bien las mujeres —repitió Aisha—. Me casaría. Me quieren pero la familia prefiere mujer igbo, dicen. Porque igbo siempre se casa con igbo.

Ifemelu contuvo el impulso de echarse a reír.

—¿Te casarías con los dos?

—No —contestó Aisha con un gesto de impaciencia—. Me casaría con uno. Pero ¿eso es verdad? ¿Igbo siempre se casa con igbo?

—Los igbo se casan con cualquiera. El marido de mi prima es yoruba. La mujer de mi tío es escocesa.

Aisha dejó de trenzar por un momento y observó a Ifemelu en el espejo, como si estuviera decidiendo si creerla o no.

—Mi hermana dice que es verdad. Igbo siempre se casa con igbo.

—¿Y tu hermana cómo lo sabe?

—Conoce a muchos igbo en África. Vende ropa.

—¿Dónde está?

—En África.

—¿Dónde? ¿En Senegal?

—En Benín.

—¿Por qué dices África en vez de decir sencillamente el país al que te refieres? —preguntó Ifemelu.

Aisha chascó la lengua.

—Tú no conoces Estados Unidos. Aquí dices Senegal y la gente dice: ¿dónde está eso? A una amiga mía de Burkina Faso le preguntan: ¿tú país en Latinoamérica? —Aisha reanudó el trenzado con una sonrisa pícara y de pronto, como si Ifemelu no entendiese ni remotamente cómo se hacían las cosas allí, preguntó—. ¿Tú cuánto tiempo en Estados Unidos?

Ifemelu decidió que sin duda Aisha le caía mal. Deseaba atajar la conversación de inmediato, para no tener que cruzar con ella ni una sola palabra más de las estrictamente necesarias durante las seis horas que tardaría en trenzarle el pelo, así que fingió no oírla y sacó el teléfono. Dike no había contestado a su sms. Siempre respondía en cuestión de minutos, pero a lo mejor seguía en el entrenamiento de baloncesto, o estaba con sus amigos, viendo algún vídeo absurdo en YouTube. Lo llamó y dejó un largo mensaje, levantando la voz, hablando y hablando de su entrenamiento de baloncesto y de que si en Massachusetts hacía también tanto calor y de que si aún tenía previsto llevar a Page al cine ese día. A continuación, en un acto de temeridad, redactó un e-mail para Obinze y, sin permitirse releerlo, lo mandó. Había escrito que regresaba a Nigeria, y de repente, por primera vez, tuvo la clara sensación de que era verdad, pese a que allí la esperaba ya un empleo, pese a que su coche iba en un barco camino de Lagos. «Hace poco he decidido volver a Nigeria.»

Aisha no se dejó desalentar. En cuanto Ifemelu apartó la vista del teléfono, volvió a preguntar:

—¿Tú cuánto tiempo en Estados Unidos?

Ifemelu guardó el teléfono en el bolso con toda parsimonia. Años atrás le habían hecho una pregunta parecida, en la boda de una de las amigas de la tía Uju, y ella había contestado «dos años», que era la verdad, pero al ver la expresión de sorna que asomó al rostro de la otra nigeriana aprendió que, para ganarse el premio de ser tomado en serio entre los nigerianos establecidos en Estados Unidos, entre los africanos establecidos en Estados Unidos, de hecho entre los inmigrantes establecidos en Estados Unidos, necesitaba más años. Seis años, empezó a decir cuando eran solo tres y medio. Ocho años, decía cuando eran cinco. Ahora que eran ya trece, mentir parecía innecesario, pero mintió igualmente.

—Quince años.

—¿Quince? Eso mucho tiempo. —En los ojos de Aisha se traslució un nuevo respeto—. ¿Tú vives aquí en Trenton?

—Vivo en Princeton.

—Princeton. —Aisha se quedó en silencio por unos segundos—. ¿Tú estudiante?

—Tenía una beca de investigación —respondió, a sabiendas de que Aisha no entendería qué era una beca de investigación, y en ese excepcional momento en que Aisha pareció intimidada, Ifemelu sintió un retorcido placer. Sí, Princeton. Sí, uno de esos sitios que Aisha solo podía imaginar, uno de esos sitios donde nunca habría letreros donde se leía DEVOLUCIÓN RÁPIDA DE LA RENTA; en Princeton la gente no necesitaba devoluciones rápidas de la renta—. Pero me voy a Nigeria —añadió, asaltada por un repentino cargo de conciencia—. Me voy la semana que viene.

—A ver a la familia.

—No. Me vuelvo. A vivir en Nigeria.

—¿Por qué?

—¿Cómo que por qué? ¿Y por qué no?

—Mejor mandarles dinero. A no ser que tu padre sea hombre importante… ¿Tienes contactos?

—He encontrado trabajo allí —dijo Ifemelu.

—¿Quince años en Estados Unidos y vuelves solo por un trabajo? —Aisha esbozó una sonrisa de suficiencia—. ¿Podrás quedarte allí?

La pregunta de Aisha le recordó las palabras de la tía Uju cuando por fin aceptó que Ifemelu tenía la firme intención de regresar —«¿Lo aguantarás?»—, y ante la insinuación de que Estados Unidos de algún modo la había alterado irrevocablemente le salieron espinas en la piel. También sus padres parecían pensar que quizá ella no «aguantara» Nigeria. «Al menos ahora tienes la nacionalidad estadounidense, así que siempre puedes volver a Estados Unidos», había dicho su padre. Los dos habían mostrado mucho interés en saber si Blaine la acompañaría, colmadas sus preguntas de esperanza. A ella le hacía gracia lo mucho que le preguntaban ahora por Blaine, porque les había llevado su tiempo conciliarse con la idea de ese novio negro estadounidense suyo. Los imaginaba fraguando planes calladamente para su boda; su madre pensaría en el catering y los colores, y su padre pensaría en algún distinguido amigo a quien pedir que actuara de padrino. Reacia a desilusionarlos, ya que era poco lo que se necesitaba para alimentar sus ilusiones, que a su vez los ayudaban a conservar la felicidad, explicó a su padre:

—Hemos decidido que primero volveré yo, y Blaine se reunirá conmigo al cabo de unas semanas.

—Estupendo —dijo su padre, y ella no añadió nada porque era mejor dejar las cosas en «estupendo» sin más.

Aisha le dio un tirón de pelo un tanto excesivo.

—Quince años en Estados Unidos es mucho tiempo —comentó Aisha, como si hubiera estado reflexionado al respecto—. ¿Tienes novio? ¿Te casas?

—También vuelvo a Nigeria para ver a mi hombre —dijo Ifemelu, sorprendiéndose a sí misma. «Mi hombre.» ¡Qué fácil era mentir a los desconocidos, crear ante los desconocidos las versiones de nuestras vidas que imaginamos.

—¡Ah! ¡Vale! —exclamó Aisha, más animada; Ifemelu le había proporcionado por fin una razón comprensible para desear el regreso—. ¿Te casas?

—Puede ser. Ya veremos.

—¡Ah! —Aisha interrumpió el trenzado y fijó la mirada en ella a través del espejo, una mirada muerta, e Ifemelu temió por un momento que aquella mujer poseyese poderes adivinatorios y supiese que mentía—. Quiero que ves a mis hombres. Los llamo. Vienen y los ves. Primero llamo a Chijioke. Trabaja taxi. Luego a Emeka. Trabaja seguridad. Tú los ves.

—No hace falta que los llames solo para que me conozcan.

—No. Los llamo. Diles que igbo puede casarse con gente no igbo. A ti hacen caso.

—No, de verdad. No puedo.

Aisha continuó hablando como si no hubiera oído.

—Tú díselo. Te hacen caso porque eres hermana igbo. Cualquiera me sirve. Quiero casarme.

Ifemelu miró a Aisha, una senegalesa menuda, de rostro corriente y piel a retazos que tenía dos novios igbo, por inverosímil que fuera, y que ahora insistía en presentárselos para que los instara a casarse con ella. De ahí habría salido un buen post para el blog: «Un caso peculiar de negra no estadounidense, o De cómo las presiones de la vida del inmigrante la llevan a una a comportamientos delirantes».

2

Cuando Obinze vio el e-mail, viajaba en la parte de atrás de su Range Rover, atascado en el tráfico de Lagos, la chaqueta plegada sobre el respaldo del asiento delantero, la cara de un niño mendigo con el pelo de color ladrillo contra el cristal de su ventanilla, los abigarrados cedés de un vendedor ambulante contra la otra ventanilla, la radio sintonizada en el noticiario en inglés pidgin de Wazobia FM, y la lúgubre grisura de la lluvia inminente alrededor. Clavó la mirada en su BlackBerry, su cuerpo de pronto rígido. Primero leyó el e-mail por encima, deseando instintivamente que fuera más largo. «Techo, kedu? Espero que te vaya todo bien en el trabajo y la familia. Ranyinudo me dijo que te vio hace un tiempo ¡y que ya tienes una hija! Un papá orgulloso. Enhorabuena. Hace poco he decidido volver a Nigeria. Debería estar en Lagos dentro de una semana. Me encantaría mantener el contacto. Cuídate. Ifemelu.»

Lo releyó despacio y lo asaltó el deseo de alisar algo, su pantalón, su cabeza rapada. Lo había llamado «Techo». En su último e-mail, enviado poco antes de casarse él, lo llamaba «Obinze», se disculpaba por los años de silencio, le deseaba felicidad con frases radiantes y mencionaba al negro estadounidense con quien vivía. Un e-mail de cortesía. A Obinze le desagradó profundamente. Le desagradó tanto que buscó en Google al negro estadounidense —a fin de cuentas, ¿por qué iba ella a darle el nombre completo de ese individuo si no era para que lo buscase en Google?—, un profesor de Yale, y lo sacó de quicio que ella viviera con un hombre que en su blog se dirigía a los amigos llamándolos «colegas», pero fue la foto del negro estadounidense, irradiando una actitud de intelectual enrollado con sus vaqueros envejecidos y sus gafas de montura negra, lo que colmó la paciencia de Obinze y lo indujo a mandarle una fría respuesta. «Gracias por tus buenos deseos, nunca he sido más feliz en mi vida», escribió. Confiaba en que contestara con algún mensaje burlón —era impropio de ella no introducir siquiera una mínima nota de acidez en ese primer e-mail—, pero ni respondió, y cuando él le mandó otro e-mail, después de su luna de miel en Marruecos, para decirle que quería mantenerse en contacto y quería hablar con ella en algún momento, tampoco contestó.

El tráfico empezaba a moverse. Lloviznaba. El niño mendigo corrió junto al coche, ahora con movimientos enfebrecidos y una expresión más teatral en sus ojos grandes de mirada tierna: llevándose la mano a la boca, una y otra vez, las yemas de los cinco dedos juntas. Obinze bajó la ventanilla y le tendió un billete de cien naira. Por el retrovisor, el chófer, Gabriel, lo miró con circunspecta desaprobación.

—¡Qué Dios lo bendiga, oga! —exclamó el niño mendigo.

—No dé dinero a esos pedigüeños, señor —dijo Gabriel—. Son todos ricos. Usan la mendicidad para llenarse el bolsillo. ¡Sé de uno que construyó un bloque de seis pisos en Ikeja!

—¿Y entonces por qué trabajas de chófer en lugar de ser mendigo, Gabriel? —preguntó Obinze, y se echó a reír, quizá con excesiva efusividad.

Deseaba decirle a Gabriel que su novia de la universidad acababa de mandarle un e-mail, en realidad su novia de la universidad y de secundaria. La primera vez que ella le permitió quitarle el sujetador, tumbada de espaldas, gimió suavemente, sus dedos extendidos en la cabeza de él, y después dijo: «Tenía los ojos abiertos pero no veía el techo. Eso nunca me había pasado». Otras habrían fingido que nunca se habían dejado tocar por otros chicos, pero ella no, ella jamás. La caracterizaba una sinceridad intensa. Empezó a llamar «techo» a lo que hacían juntos, sus cálidos enmarañamientos en la cama de él cuando su madre no estaba, en ropa interior, tocándose y besándose y chupándose, moviendo las caderas en simulación. «Me muero de ganas de techo», escribió ella una vez en la tapa trasera del cuaderno de geografía de Obinze, y a partir de ese momento, durante mucho tiempo, él no pudo mirar ese cuaderno sin un creciente estremecimiento, una sensación de excitación secreta. En la universidad, cuando por fin dejaron de simular, ella empezó a llamarlo «Techo» a él, en broma, con tono insinuante; pero cuando reñían o cuando a ella se le torcía el humor, lo llamaba Obinze. Nunca lo había llamado Zeta, como sus amigos. «A propósito, ¿por qué lo llamas “Techo”?», le preguntó una vez Okwudiba, amigo de Obinze, uno de esos días de languidez posteriores a los exámenes del primer semestre. Ella se había reunido con un grupo de amigos de él, sentados en torno a una mugrienta mesa de plástico en una cervecería fuera del campus. Bebió de su botella de Maltina, tragó, lanzó una mirada a Obinze y dijo: «Porque es tan alto que toca el techo con la cabeza, ¿es que no lo ves?». Con su intencionada lentitud, y la leve sonrisa que tensó sus labios, dejó claro que quería hacer saber a los demás que no era esa la razón por la que lo llamaba Techo. Y Obinze no era alto. Le dio una patada por debajo de la mesa y él se la devolvió, observando las risas de sus amigos; todos le tenían un poco de miedo a ella y estaban un poco enamorados de ella. ¿Veía el techo cuando la tocaba el negro estadounidense? ¿Había utilizado «techo» con otros hombres? Ahora le causaba malestar pensar que quizá sí. Sonó su teléfono y por un momento de confusión creyó que lo llamaba Ifemelu desde Estados Unidos.

—Cariño, kedu ebe I no?

Su mujer, Kosi, siempre iniciaba sus llamadas con esas palabras: ¿Dónde estás? Él nunca le preguntaba dónde estaba cuando la telefoneaba, pero ella lo informaba de todos modos: estoy llegando a la peluquería; estoy en el Tercer Puente Continental. Era como si necesitara la constatación de la existencia física de ambos cuando no estaban juntos. Tenía una voz aguda, de niña. La fiesta en casa de Chief era a las siete y media, y ya pasaban de las seis.

Le explicó que había encontrado un embotellamiento.

—Pero ahora ya nos movemos, y acabamos de doblar por Ozumba Mbadiwe. Ya llego.

En la vía rápida Lekki el tráfico avanzaba con fluidez bajo la decreciente lluvia, y pronto Gabriel tocaba el claxon ante la alta verja negra de su casa. Mohammed, el portero, un hombre fibroso, con su caftán blanco sucio, abrió de par en par las dos hojas de la verja y saludó con la mano. Obinze contempló la casa de color tostado, con columnas. Allí dentro estaban sus muebles importados de Italia, y su mujer, y su hija de dos años, Buchi, y la niñera, Christiana, y la hermana de su mujer, Chioma, que disfrutaba de unas vacaciones forzosas porque los profesores universitarios se habían declarado otra vez en huelga, y la nueva asistenta, Marie, que habían traído de la República de Benín cuando su mujer decidió que las asistentas nigerianas no eran aptas. Las habitaciones estarían todas frescas, oscilando en silencio las rejillas de las salidas del aire acondicionado, y en la cocina flotaría un aroma a curri y tomillo, y el televisor de la planta baja estaría sintonizado en la CNN, y el aparato del piso de arriba en Cartoon Network, y un plácido ambiente de bienestar lo dominaría todo. Se apeó del coche. Tenía el andar acartonado, le costaba levantar las piernas. En los últimos meses había empezado a experimentar una sensación de abotargamiento a causa de todo lo adquirido —la familia, las casas, los coches, las cuentas bancarias— y de vez en cuando lo asaltaba el impulso de pincharlo todo con un alfiler, desinflarlo todo, ser libre. Ya no sabía, de hecho nunca lo había sabido, si le gustaba su vida porque realmente le gustaba o si le gustaba porque así debía ser.

—Cariño —dijo Kosi, abriendo la puerta antes de que él llegara. Estaba ya del todo maquillada, su tez resplandeciente, y él pensó, como tantas veces, que era una mujer hermosa, de ojos perfectamente almendrados, facciones de una simetría sorprendente. Lucía un vestido de seda arrugada muy ceñido al talle, que confería a su figura aspecto de reloj de arena. Obinze la abrazó, evitando con cuidado los labios, pintados de rosa y perfilados con un rosa más intenso.

—¡Un sol por la noche! Asa! Ugo! —la elogió él—. En cuanto tú llegues a la fiesta, Chief no necesitará encender ninguna luz.

Kosi se rió, tal como reía siempre, con el franco goce de quien acepta su propia belleza, cuando la gente, por lo clara que tenía la piel, le preguntaba: «¿Tu madre es blanca? ¿Eres mulata?». A él eso siempre lo había desconcertado, el placer que encontraba en que la confundieran con una persona mulata.

—¡Papá, papá! —dijo Buchi, corriendo hacia él con el andar un tanto desequilibrado propio de esa edad.

Recién salida del baño vespertino, llevaba su pijama de flores y desprendía un dulce olor a aceite para bebé.

—¡Buch-buch! ¡Buch de papá!

La aupó, la besó, le acarició el cuello con la nariz, e hizo amago de arrojarla al suelo, cosa que siempre la hacía reír.

—¿Vas a bañarte o solo te cambias de ropa? —preguntó Kosi, siguiéndolo al piso de arriba, donde había extendido sobre la cama un caftán azul.

Él habría preferido una camisa de etiqueta o un caftán más sencillo en lugar de ese, con su bordado excesivamente recargado, que Kosi había comprado por una suma exorbitante a uno de esos nuevos diseñadores de moda pretenciosos de La Isla, pero se lo pondría para complacerla.

—Solo me cambiaré —contestó.

—¿Cómo ha ido el trabajo? —preguntó ella, a su manera vaga y complaciente de siempre. Él le respondió que estaba pensando en el nuevo bloque de apartamentos que acababa de completar en Parkview. Abrigaba la esperanza de que lo alquilara Shell, porque las compañías petrolíferas eran siempre los mejores inquilinos: nunca se quejaban de las subidas repentinas y pagaban sin problemas en dólares estadounidenses, con lo que uno podía desentenderse de las fluctuaciones de la naira.

—No te preocupes —dijo ella, y le tocó el hombro—. Dios te traerá a Shell. Nos irá todo bien, cariño.

De hecho, los pisos estaban ya alquilados por una compañía petrolífera, pero a veces le contaba mentiras absurdas como esa, porque una parte de él esperaba que ella hiciera alguna pregunta o pusiera en duda su palabra, aun sabiendo que no lo haría, porque ella lo único que deseaba era cerciorarse de que sus propias condiciones de vida permanecían inmutables, y la manera de conseguirlo la dejaba totalmente en sus manos.

La fiesta de Chief lo aburriría, como de costumbre, pero fue porque iba a todas las fiestas de Chief, y siempre que aparcaba delante de la gran finca de Chief, recordaba la primera vez que estuvo allí, con su prima Nneoma. Por esas fechas, acababa de regresar de Inglaterra, llevaba en Lagos solo una semana, pero Nneoma le reprochaba ya que se pasara todo el día en su piso leyendo y deprimido.

«¡Anda ya! Gini? ¿Acaso eres el primero que tiene este problema? Levanta y búscate la vida. Todo el mundo se busca la vida. Aquí en Lagos todo se reduce a buscarse la vida», dijo Nneoma. Tenía unas manos aptas, de palmas fuertes, y muchos intereses comerciales; viajaba a Dubai a comprar oro, a China a comprar ropa de mujer, y últimamente había empezado a llevar la distribución de una empresa de pollo congelado. «Te habría propuesto que me ayudaras en mis negocios, pero no, imposible, eres demasiado blando, hablas demasiado inglés. Necesito a alguien con más garra», dijo.

Obinze aún no se había recuperado de su experiencia en Inglaterra, aún permanecía aislado bajo múltiples capas de autocompasión, y oír la displicente pregunta de Nneoma —«¿Acaso eres el primero que tiene este problema?»— lo disgustó. No entendía nada, esa prima criada en la aldea, que contemplaba el mundo con mirada severa e insensible. Pero poco a poco se dio cuenta de que ella tenía razón; no era el primero ni sería el último. Miró las ofertas de empleo en los periódicos y envió solicitudes, pero nadie lo llamó para una entrevista, y sus amigos del colegio, que ahora trabajaban en bancos y compañías de telefonía móvil, comenzaron a eludirlo, por miedo a que les endosara un currículum más.

Un día Nneoma dijo: «Conozco a un hombre muy rico, un tal Chief. Me fue detrás, dale que dale, pero yo no quise saber nada, eh. Tiene un serio problema con las mujeres, y bien podría contagiar el sida. Pero ya sabes cómo son esos hombres: la mujer que les dice que no es la que no olvidan. Así que de cuando en cuando me telefonea, y yo a veces me acerco a saludarlo. Incluso puso capital para ayudarme a reemprender el negocio el año pasado cuando aquellos hijos de Satanás me estafaron. Todavía piensa que algún día me rendiré a él. Ja, o di egwu, ¿para llegar adónde? Te llevaré a verlo. Cuando está de buen humor, puede ser muy generoso. Conoce a todo el mundo en el país. Quizá nos dé una recomendación para el gerente de alguna empresa.»

Les abrió un mayordomo; Chief tomaba coñac, sentado en una silla dorada semejante a un trono, rodeado de invitados. Hombre más bien bajo, animoso, exultante, se levantó de un salto.

—¡Nneoma! ¿Eres tú? ¡Así que hoy te has acordado de mí! —dijo. Abrazó a Nneoma, dio un paso atrás para contemplar con descaro sus caderas, perfiladas por la ceñida falda, el largo postizo hasta los hombros—. Quieres provocarme un infarto, ¿eh?

—¿Cómo voy a provocarte un infarto? ¿Qué haría yo sin ti? —dijo Nneoma juguetona.

—¿Cómo? Bien sabes tú cómo —respondió Chief, y sus invitados, tres hombres, soltaron carcajadas de complicidad.

—Chief, te presento a mi primo, Obinze. Su madre es la hermana de mi padre, la profesora —dijo Nneoma—. Es la que me pagó los estudios de principio a fin. De no haber sido por ella, no sé dónde estaría ahora.

—¡Magnífico! ¡Magnífico! —exclamó Chief, mirando a Obinze como si de algún modo fuera él el responsable de esa generosidad.

—Encantado —saludó Obinze.

Lo sorprendió ver que Chief tenía cierto aire de petimetre con su acicalamiento excesivo: uñas de manicura, relucientes babuchas de terciopelo negro, un crucifijo con diamantes al cuello. Se esperaba un hombre más corpulento y una apariencia más tosca.

—Sentaos. ¿Qué puedo ofreceros?

Los Hombres Importantes y las Mujeres Importantes, descubriría Obinze más tarde, no hablaban con la gente, sino que hablaban a la gente, y esa noche Chief habló y habló, pontificando sobre política mientras sus invitados lo jaleaban: «¡Exacto! ¡Tienes razón, Chief! ¡Gracias!». Vestían el uniforme de cierto sector de la población de Lagos, hombres tirando a jóvenes y adinerados —babuchas de piel, vaqueros y camisas entalladas con el cuello desabrochado—, pero exhibían, en su actitud, la afanosa avidez de hombres necesitados.

Cuando se marcharon los invitados, Chief se volvió hacia Nneoma.

—¿Has oído esa canción, «Nadie conoce el mañana»? —Acto seguido la cantó con pueril delectación—. «¡Nadie conoce el mañana! ¡El mañana! ¡Nadie conoce el mañana!» —Otro generoso chorro de coñac en su copa—. Ese es el único principio en el que se basa este país, el principio fundamental: nadie conoce el mañana. ¿Te acuerdas de aquellos grandes banqueros del mandato de Abacha? Se creían los dueños del país, y a la primera de cambio estaban en la cárcel. Fíjate en ese indigente que antes no podía pagar el alquiler, y un día Babangida le regaló un pozo de petróleo. ¡Ahora tiene un avión privado! —Chief hablaba con tono triunfal, exponiendo observaciones triviales como grandes descubrimientos, mientras Nneoma escuchaba y sonreía y asentía. Exageraba sus ademanes y expresiones, como si una sonrisa más amplia y una carcajada más inmediata, esfuerzos destinados a sacar lustre al ego de Chief, cada uno más vigoroso q ...