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ANOCHECE EN LOS PARQUES

Ángela Armero

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Fragmento

1

Encerrada

A veces, lo más difícil en esta vida es respirar. Pienso en eso siempre que se me acelera el corazón y creo que voy a morir. Inhalo, despacio, sintiendo cómo el aire entra en mis pulmones y atraviesa el diafragma hasta llegar al estómago. Cuanto más se adentra en mi cuerpo, mejor me siento, como si con la corriente los miedos se fueran desplazando mágicamente al lugar del que surgieron.

Pero no siempre funciona, porque a veces el miedo continúa a pesar de mis esfuerzos.

Estoy encerrada en el baño del instituto, y Lorena está aporreando la puerta, gritando sin parar.

—Sal ya, gorda. Sal, que te quiero contar un chiste —dice, y su voz suena amenazante.

Yo no digo nada, me limito a dejar pasar el tiempo sin hacer ruido. Sé que antes o después ella y sus amigas se cansarán, tendrán que ir a alguna clase o a fumarse un pitillo al patio, o encontrarán a otra chica a la que atemorizar. Permanezco oculta, y me desprecio por ello, pero ya me he habituado a esconderme.

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Me viene a la mente aquel cuento en el que un explorador se subió a un árbol porque le perseguía un león. Lejos de marcharse, el león seguía vigilándole, esperando que bajara. Mientras, el explorador rezaba y rezaba para que el animal se alejara. Pero las horas pasaban y los dos estaban cada vez más hambrientos. Pasó un día y luego otro, y la moral del explorador estaba debilitada por la sed, la falta de sueño y el hambre, y en cambio el león permanecía tan fresco como al principio. Al tercer día, el explorador acabó desmayándose y cayendo del árbol, y el león, que también estaba al límite de sus fuerzas, se lo comió y no dejó ni el gorro.

Oigo unas pisadas que se alejan. El baño, poco a poco, va recuperando su quietud habitual. Podrían haberlo hecho para que yo crea que se han ido. Quizá se hayan marchado de verdad. Me encaramo a la taza para asomarme por encima de la puerta del aseo; no hay nadie ya.

Salgo del baño, intentando que mis pisadas sean leves, cuando veo una sombra que se proyecta al lado de la mía. Es Lorena, y ahora está con Leticia y Lola. Antes de que pueda reaccionar, me llevan en volandas de nuevo al baño, abren la puerta del inodoro y me empujan hacia la taza. «Con cuidado, no le dejemos marcas», oigo que dice la líder, y colocan, con la fuerza necesaria, mi cabeza contra la porcelana y tiran de la cadena. No puedo mover los brazos ni la cabeza porque me están sujetando por todos los lados. Mis rodillas están empapándose en el suelo, mientras respiro afanosamente para no tragar agua. Se ríen a carcajadas. Noto que me sueltan. El murmullo de la cadena cesa. Se van. Por un fugaz instante, pienso que estaría mejor muerta. Me tomo media pastilla y espero diez minutos a que mi corazón recupere su ritmo.

Me dirijo a mi última clase del día sin levantar la mirada del suelo, como si así pudiera conjurar la posibilidad de que me siguieran acechando. El curso acaba de empezar pero todo vuelve a ser como siempre.

Sigo sin tener amigas ni amigos, solo a Javier; sigo teniendo ataques de pánico; sigo sintiendo una mezcla de desprecio y lástima por mí misma. Da igual que lleve dos años viendo al psiquiatra, hay ciertas cosas que me parece imposible que vayan a cambiar o a mejorar. «Esto no será así siempre», dice él, y yo me fuerzo a creerlo, pero no lo consigo.

Tener miedo es como tener los ojos de color marrón, algo que te va a acompañar toda la vida. Una no se levanta una mañana y de repente es otra persona. A veces sueño con ello, pero no pasa mucho tiempo sin que mis limitaciones me recuerden quién soy. A veces actúo como si fuera una de esas chicas populares, que parecen haber nacido sin una sola preocupación en su bonita cabeza. Pero siempre pasa algo que me recuerda que estoy enferma, o que soy distinta, o ambas cosas a la vez.

Odio el instituto, y eso que me gusta estudiar. Encuentro en los libros la única forma de tranquilidad que conozco, porque de alguna manera, cuando leo o estudio es como si dejara de existir y esa sensación me gusta. Otras veces también pienso en lo que seré el día de mañana... Creo que si me esfuerzo lo suficiente, algún día seré feliz, seré mucho más feliz que Lorena, que la Triple L (así llamo al conjunto formado por Lorena y sus acólitas, Leticia y Lola) y que todos esos rostros que se ríen de mí aunque no hayan iniciado la broma.

Entro tarde en clase. Murmullos, risitas. Al principio me afectaban, ahora me resultan indiferentes. Gradualmente, todo lo que no es la voz de la profesora, y las palabras en el libro de texto, acaba por desaparecer.

Suena el timbre. Me alegra que el día de hoy acabe. En la reja de salida me está esperando Javier. Él está en el último año, y es bastante atractivo, popular, inteligente y deportista, y nadie entiende por qué es mi amigo. Sé que Lorena y otras me miran con envidia, porque Javier siempre se preocupa por mí y me acompaña a todas partes. Ha habido ocasiones en las que algunas chicas del instituto se han hecho amigas mías por estar cerca de él; pero en cuanto él se ha enrollado con ellas o las ha rechazado, se han alejado de mí.

—¿Qué tal el día? —me pregunta, con una gran sonrisa.

—La misma porquería de siempre —digo yo, devolviéndosela sin ganas.

—¿Estás un poco despeinada o me lo parece a mí?

Claro, pienso yo, no siempre te peinas con los dedos bajo el secador de manos del baño después de haberte duchado en el retrete.

—Te lo parece a ti.

Javier me acompaña a casa, y nadie se atreve a decirme nada o a mirarme mal si voy a su lado. A veces creo que sería imposible venir aquí cada día si no fuera por él, pero el año que viene ya se irá a la universidad. Javier siempre me dice unas tonterías tremendas, le encantan los chistes malos, los datos absurdos, como que un estornudo puede alcanzar una velocidad de 127 kilómetros por hora en la nariz, y cosas por el estilo. También le encanta la historia, especialmente la de Europa en el siglo XX, la política y las noticias, pero no le gustan los libros de ficción; no entiende que él tenga que leer algo que alguien se ha inventado, algo que no es de verdad.

—Y si no es de verdad, no sirve para nada.

Yo me río, porque sé que es imposible convencerle. No tengo a nadie con quien hablar de libros, pero eso no hace que me gusten menos.

Javier era el mejor amigo de mi hermano Felipe, que murió hace dos años en medio de un partido de fútbol sala. Muerte súbita. Javier estaba con él. Le cogió la mano, le dijo que aguantara, como dos soldados en una heroica película bélica, pero mi hermano falleció enseguida. Después de aquello, instalaron un desfibrilador en el polideportivo municipal, pero no ha habido necesidad de usarlo; y cada vez que voy allí lo miro y lo toco, como si fuera un particular monumento a su memoria.

Supongo que a Javier no le parezco la mejor compañía de todos los tiempos, sino que se siente obligado a cuidarme porque se lo debe a mi hermano. Le conozco desde siempre, y mis padres están acostumbradísimos a verle por casa. Le tratan muy bien, porque era el mejor amigo de Felipe, y porque se puede decir que es el único amigo que tengo.

Mi madre, que es una romántica incurable, siempre me está preguntando por qué no nos hacemos novios. Pero pierde el tiempo. Javier nunca ha flirteado conmigo. Se ha limitado a cuidar de mí y a pasar tiempo a mi lado, pero nunca me ha dicho o ha hecho nada que me haga pensar que le guste. ¿Y cómo podría, si soy una solitaria, llevo estas pintas y no sé maquillarme? Hay muchas chicas que le van detrás, y él podría estar con cualquiera. Pero lo cierto es que no está con ninguna de ellas, y que prefiere pasar su tiempo conmigo. Cuando le veo, es un poco como si viera a mi hermano. Sé que no lo es, pero al igual que Felipe cuando estaba vivo, Javier siempre consigue tranquilizarme.

Mis padres viven muy preocupados por mí. Cada día, cuando regreso del instituto, me interrogan. Me preguntan si he tomado la medicación, qué tal las clases, si he tenido algún problema con alguien, si Javier me ha acompañado a la parada del autobús...

Intento que no se preocupen, y a menudo les miento. He descubierto que los problemas no desaparecen por mucho que hables de ellos; es más, creo que crecen, como cuando haces un dibujo y sombreas los contornos. Además, ya hablo de todo con mi psiquiatra, porque no me queda más remedio. Así que les digo que sí, que he tomado la pastilla, que las clases han ido bien, que nadie se ha metido conmigo, que Javier me ha acompañado a la parada del autobús y que me encuentro muy bien, cada día mejor. En una ocasión en que volví del instituto con un par de morados en los brazos no me quedó más remedio que contarles lo de Lorena y sus amigas. Pero fue peor, porque me dijeron que irían al colegio a hablar con el director, para que las expulsaran, y yo no quiero eso. Solo quiero dejar atrás cada día, como una pena de cárcel, sin que nadie me moleste. No me gusta hablar de ello, no me gusta que se preocupen, no me gusta que mi padre se enfade ni que mi madre llore. Ya han sufrido demasiado.

Les gusta que cenemos en familia, y comentan animadamente cómo les ha ido la jornada. Yo suelo cenar en silencio, mientras les escucho, e intento sonreír. Me doy cuenta de que es una puesta en escena. Lo hacen para que vea que tengo una familia, y me sienta arropada, cuando en realidad ellos dos también están cansados de trabajar, cansados el uno del otro, y por supuesto no pasa un día sin que echen de menos a Felipe, aunque nunca hablemos de él. Los tres convivimos con su fantasma, que habita en el silencio, en su habitación cerrada, en el último pensamiento antes de dormir.

Seguramente piensan que estoy en un lugar en el que es difícil alcanzarme, pero mientras comemos cuentan historias aparentemente interesantes o comentan las noticias con un entusiasmo que percibo como algo totalmente artificial. La cena no me anima especialmente, pero su esfuerzo sí.

Creo que tienden a responsabilizarse de que yo haya empeorado. Me gustaría decirles que no tienen la culpa de que yo sea tímida y miedosa. Lo cierto es que ya era así antes de lo que le pasó a Felipe. Su muerte no me ha ayudado, porque no hay día en que no le eche de menos, pero desde que tengo uso de razón he pensado que hay algo en mí que no está bien, como un juguete que sale defectuoso de fábrica.

2

Pánico al revés

La profesora de Literatura nos ha encargado que busquemos un pasaje de una novela del siglo XIX. Así que me he puesto a buscar en el catálogo informatizado de la biblioteca algunas de mis autoras favoritas de esa época: Elizabeth Gaskell, Jane Austen, las hermanas Brontë... He apilado unos cuantos libros y me los he llevado a una de las mesas de estudio, las circulares que hay en el área juvenil, para leerlas tranquilamente.

Me pongo los cascos y voy pasando páginas con tranquilidad, aspiro el olor a vainilla que tienen los libros antiguos, pues la edición de Cumbres borrascosas tiene muchos años. Por lo visto, los compuestos químicos presentes en el libro, en la tinta, el pegamento y el papel se van degradando con el paso del tiempo y dan lugar a ese olor tan característico que me hace sentir como en casa... de hecho, mucho mejor que en casa. De todos los libros que he cogido, solo uno parece nuevo. Es una nueva edición de Orgullo y prejuicio y, según reza en el registro de la última hoja, este libro nunca se ha sacado de la biblioteca; supongo que es una tontería, pero ser la primera en coger un libro es una alegría inesperada, un pequeño regalo del azar. Si hay algo que me gusta más que el aroma de los libros antiguos es el de los libros nuevos, así que lo abro por el medio y meto la nariz para inspirar profundamente.

Al parecer, mi ritual ha atraído la atención de un chico que hay frente a mí. Al principio, me ha mirado de reojo, fingiendo estar muy concentrado en su lectura pero después, cuando he metido toda la cara en la historia de amor de Elizabeth Bennet y Fitzwilliam Darcy, ha sonreído abiertamente. Entonces me he dado cuenta de la pinta de loca que debo de tener y, cómo no, me he puesto más roja que un tomate, que es uno de mis peores hábitos.

Antes de que ambos apartásemos la mirada (yo por razones evidentes, él supongo que por vergüenza ajena) le he mirado un instante, pero él ha bajado la vista inmediatamente y ha seguido leyendo Música para camaleones, de Truman Capote, que precisamente resulta que es uno de mis volúmenes de cuentos favoritos. Yo también he vuelto la vista al libro, pero no del todo, porque en la breve fracción en la que nuestros ojos se han encontrado he sentido lo que solo podría describir como un ataque de pánico pero al revés. El mismo corazón desbocado, la misma sensación de irrealidad, el mismo sentido elástico del tiempo y la misma excitación... solo que al servicio de una incontrolable sensación de euforia que no puedo entender.

Cuando tengo ataques de ansiedad pongo la espalda recta y hago respiraciones abdominales hasta que el ritmo de mi corazón se va normalizando. Así que he hecho eso mismo, intentando no llamar su atención, inspirando con suavidad y espirando sin hacer ruido, muy despacio. Pero la contención de estos ejercicios no ha servido más que para ponerme más nerviosa y he hecho lo que hago siempre que me pongo demasiado nerviosa: huir. He dejado el libro sobre la mesa sin más, como si me quemaran sus páginas, y después de bajar las escaleras que se me antojan demasiadas he salido a la planta baja de la biblioteca y de allí a la calle. Envuelta en el viento fresco de octubre he podido respirar, caminar a mi aire, apoyar por fin las manos en las rodillas hasta que he vuelto a sentirme normal. Sigo sin entender lo que me ha pasado ahí dentro. Hago diez veces la respiración, y cuando creo que estoy lista para volver, una mano me toca el hombro. Es Pilar, una de las funcionarias del centro, que ha salido a fumar.

—¿Estás bien? Te he visto salir a toda prisa —me señala.

—Sí, solo necesitaba respirar un poco —le contesto, aún algo nerviosa.

—¿Exámenes?

—No, un trabajo de literatura.

Pilar se enciende el cigarrillo.

—¿Y qué tal? —pregunta.

Nunca sé qué responder a este tipo de preguntas que la gente hace para dar conversación, por esto siempre llevo un libro conmigo, en las colas, en los ascensores, en la sala de espera de los médicos. Me protege de conversaciones indeseadas. Pero ahora estoy indefensa, así que me obligo a actuar como una persona normal y contestar.

—De los nervios —digo yo, con toda sinceridad.

—Y quién no —comenta ella, arroja la colilla a un cenicero y regresa al interior de la biblioteca.

Me quedo un momento a solas, con los ojos cerrados, sintiendo el tibio sol de las seis de la tarde en la cara, respirando con lentitud, intentando oír los ruidos a mi alrededor: el tráfico cercano, las pisadas sosegadas de los caminantes, las urgentes de los corredores, las bicicletas, el grito de un niño que está jugando, el rumor de las conversaciones y el aire enroscándose en las copas de los árboles. Vuelvo a abrir los ojos, y me giro hacia la fachada de la biblioteca, que desde que abrió se ha convertido en mi lugar favorito y prácticamente, en mi segunda casa.

Es un edificio moderno, construido sobre la estructura de la llamada Casa de Fieras del Retiro. Antiguamente, era un zoo, que abrió sus puertas en el interior del parque del Buen Retiro en 1830, cerca de la puerta de Sainz de Baranda. Se construyó un edificio de dos plantas llamado La Leonera, en cuyo interior había jaulas para varios tigres, una pantera, dos hienas, un chacal... Curiosamente, en la planta superior se dispusieron habitaciones para la familia del rey Fernando VII. Desde la ventana de sus aposentos, los monarcas podían ver otras instalaciones, como el quiosco de los monos, la osera o la jaula de los elefantes, donde permanecían encerrados otros animales. Desde luego, no creo que se aburrieran. Ciento ochenta y cinco años después, los libros son los cautivos y las personas como yo ocupamos el lugar de la familia real, lo cual, si se piensa, es una idea bastante interesante.

En el interior, el cristal se mezcla con los ladrillos, algunos de su color natural y otros pintados de blanco, y también con vigas de metal y de madera, y el resultado es un edificio tan acogedor como luminoso, tan clásico como abierto. Pero a mí no me gusta solo porque sea bonito, me gusta porque tiene historia, porque aunque parezca difícil imaginarlo, donde hoy estoy yo leyendo un libro o repasando unos esquemas, hace doscientos años había un tigre rugiendo ante la mirada pasmada de un infante real, y eso es algo en lo que me encanta pensar.

Paso por delante de la entrada, donde Pilar atiende a un anciano y su compañero teclea algo en el ordenador, y subo por la escalera esperando, deseando, con una intensidad que no logro explicarme, que el chico siga estando allí.

Pero ya no está. En el espacio vacío que ha dejado al marcharse, proyecto retazos mentales de cómo era su cara. El pelo rubio, corto, peinado hacia atrás; la nariz recta; los labios finos pero bien dibujados, los intensos ojos azules... y sobre todo, su sonrisa. Sin embargo, cuanto más intento recordarlo, más se borran los contornos de esos rasgos en mi recuerdo, hasta que por fin, como cuando se pisa un charco, la imagen se desvanece por completo.

Voy corriendo al ordenador y constato que Música para camaleones está disponible, por lo que el chico lo ha dejado en su sitio antes de marcharse. Ojalá no haya terminado de leerlo y pueda verle pronto.

3

Conversaciones imaginarias

No hay manera de dormir. Desde que salí de la biblioteca y regresé a mi casa, me he sentido como si fuera una marioneta, como si unos hilos invisibles tirasen de mis extremidades, como si mis pasos avanzaran por una senda de nubes. Esta extraña alegría que me sostiene por encima del asfalto puede ser peligrosa, porque casi me atropellan al cruzar el semáforo de mi calle. Pero ni siquiera el frenazo de la furgoneta, cuyas ruedas han soltado un chirrido ensordecedor, y que ha quedado a dos centímetros de mi cuerpo, ha conseguido disipar la emoción que he sentido esta tarde. Otros transeúntes me han mirado preocupados, por si me había asustado; y ellos se han quedado perplejos al ver mi tranquilidad y mi sonrisa.

Si esto mismo me hubiera pasado ayer, a esta misma hora, estoy convencida de que me habría puesto muy nerviosa y habría tenido que echar mano de una pastilla adicional. Me habría marchado a casa con la pastilla bajo la lengua, notando su sabor amargo, y esperando con angustia sus efectos a cada paso que diera por las calles.

Nunca había sentido algo así. Me han gustado otros chicos, pero siempre he tenido la impresión de que quería verlos especiales cuando en realidad no lo eran. Lo sé porque la mayoría de los chicos de mi clase, aparte de que no saben que existo, son bastante burros y vulgares. Les gusta el fútbol y las chicas con los pechos grandes. Por ese orden. En cambio, él es distinto, lo presiento. Cuando nos hemos mirado, he sentido una corriente que me ha encendido como un árbol de Navidad. No sé nada de él, ni su nombre, ni su edad, ni si tiene hermanos o mascotas o amigos. Solo sé que viste de negro y que es la clase de persona que acude a la biblioteca a leer un rato. Debo tranquilizarme, he de contener mi tendencia natural a obsesionarme con las cosas y simplemente asumir que los pensamientos van y vienen, pero sin intentar desarrollarlos, o al menos eso es lo que me dice mi psiquiatra. Pero su imagen está ahí cada vez que cierro los ojos, y aunque intente pensar en otra cosa, enseguida se me cruza su recuerdo, y me pongo a fantasear con la conversación que habríamos podido tener si no me hubiera marchado. Ahora veo claro que podría haber hablado con él, pero, como siempre, mis temores limitan lo que puedo o no puedo hacer... Me doy cuenta de que quizá no le vuelva a ver, y la sola idea hace que se me encoja el corazón.

Cuando el sol de la mañana se filtra con timidez por las persianas de mi cuarto, todavía estoy despierta, y sin embargo, sigo soñando con el encuentro, una y otra vez, como en un bucle. Solo el despertador y la realidad del nuevo día que se impone me obligan a apartar mis pensamientos del Lector, pues es así como pienso llamarle, hasta que conozca su nombre.

La mañana en el instituto se ha pasado volando y ahora estoy en el recreo, luchando contra el sueño mientras leo Cumbres borrascosas para preparar el trabajo. Normalmente, Javier viene a sentarse conmigo durante la pausa, pero los días que tiene partido de fútbol sala, como hoy, estoy sola. No me importaría si no fuese porque, en su ausencia, la Triple L no me quita ojo. Alzo la mirada del libro y veo que Lorena me está observando, pero no como suele hacerlo, sino con un atisbo de duda en la mirada. Además, está sola, no la acompañan sus amigas, que suelen ir con ella como la guardia de Darth Vader. Se me acerca pero yo finjo que sigo leyendo y no la miro con la esperanza (absurda, lo sé) de que pase de largo sin decirme nada. Pero no tengo suerte y se para justo delante de mí. Me da una patada en la suela del zapato.

—Eh, tú.

La miro al tiempo que trago saliva.

Lorena, embutida en ropa provocativa, que siempre lleva para resaltar su buena figura, se deja caer a mi lado sin preocuparse de que se le vean las bragas o de ensuciarse los muslos con el polvo del patio.

—Tu amigo Javier... Es solo tu amigo, ¿verdad?

Ahora entiendo su cambio de actitud. Parece que mi amigo les gusta a todas, incluso a las peores de cada casa.

—Sí —digo, y mi voz parece un hilo de seda, una tela de araña.

—Ni de coña un tío así podría estar contigo, ya me lo imaginaba.

No respondo a eso. La miro de reojo, mientras noto su escrutadora mirada recorriendo mi ropa, mi libro, mi pelo despeinado, mi cara llena de rojeces e imperfecciones.

—¿Tiene novia? —pr ...