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AQUí Y AHORA

Paul Auster / J.M. Coetzee

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Fragmento

14-15 de julio de 2008 

Querido Paul: 

He estado pensando en las amistades, en cómo surgen, en por qué duran –algunas– tanto tiempo, más tiempo que los compromisos pasionales de los que a veces se considera (erróneamente) que son tibias imitaciones. Estaba a punto de escribirte una carta sobre todo esto, empezando por la observación de que, teniendo en cuenta lo importantes que son las amistades en la vida social, y lo mucho que significan para nosotros, particularmente durante la infancia, resulta sorprendente lo poco que se ha escrito sobre el tema. 

Pero luego me he preguntado a mí mismo si esto es realmente cierto. De manera que antes de sentarme a escribir he ido a la biblioteca a hacer una comprobación rápida. Y, oh maravilla, no me podría haber equivocado más. En el catálogo de la biblioteca había montones de libros sobre el tema, veintenas, muchos de ellos bastante recientes. Cuando fui un poco más allá y les eché un vistazo a aquellos libros, sin embargo, recuperé algo de autoestima. A fin de cuentas yo había tenido razón, o por lo menos la había tenido a medias: la mayor parte de lo que aquellos libros decían de la amistad no tenía demasiado interés. Parece ser que la amistad sigue siendo en cierto modo un enigma: sabemos que es importante, pero no tenemos nada claro por qué la gente traba amistad y la conserva. 

Recibe antes que nadie historias como ésta

(¿Qué quiero decir cuando digo que lo escrito presenta poco interés? Compara la amistad con el amor. Sobre el amor se pueden decir cientos de cosas interesantes. Por ejemplo: los hombres se enamoran de mujeres que les recuerdan a su madre, o mejor dicho, que al mismo tiempo les recuerdan y no les recuerdan a su madre, que al mismo tiempo son y no son su madre. ¿Es cierto? Puede que sí y puede que no. ¿Interesante? Ciertamente. Ahora miremos la amistad. ¿A quiénes eligen los hombres como amigos? A otros hombres más o menos de la misma edad, con intereses parecidos, por ejemplo los libros. ¿Es cierto? Tal vez. ¿Interesante? Para nada.) 

Déjame que te haga una lista de las pocas observaciones sobre la amistad que recogí durante mis visitas a la biblioteca y que me parecieron realmente interesantes. 

Una. Dice Aristóteles que no se puede ser amigo de un objeto inanimado (Ética, capítulo 8). ¡Pues claro que no! ¿Quién ha dicho alguna vez que sí? Pese a todo, es interesante: de repente uno ve de dónde sacó su inspiración la filosofía lingüística moderna. Hace dos mil cuatrocientos años Aristóteles ya estaba demostrando que algo que parecían postulados filosóficos no podían ser más que reglas de la gramática. En la frase «Soy amigo de X» nos dice, «X tiene que ser el nombre de algo animado». 

Dos. Se puede tener amigos y no querer verlos, dice Charles Lamb. Cierto, y también interesante: es otro sentido en el que los sentimientos de amistad se distinguen de los apegos eróticos. 

Tres. Los amigos, o por lo menos las amistades masculinas en Occidente, no hablan de lo que sienten entre ellos. Compárese este fenómeno con la verborrea de los amantes. De momento, no muy interesante. Pero cuando el amigo se muere, sale la pena a raudales: «¡Ay, demasiado tarde!» (dice Montaigne de La Boétie, dice Milton de Edward King). (Pregunta: ¿acaso el amor es locuaz porque el deseo es por naturaleza ambivalente –Shakespeare, Sonetos–, mientras que la amistad es taciturna porque es algo sencillo y sin ambivalencias?) 

Por fin, un comentario que hace Christopher Tietjens en El final del desfile de Ford Madox Ford: uno se acuesta con una mujer para estar en condiciones de hablar con ella. En otras palabras, hacer de una mujer tu amante no es más que un primer paso; el segundo, hacer de ella tu amiga, es el que importa; sin embargo, en la práctica hacerse amigo de una mujer con la que no te has acostado es imposible porque quedan en el aire demasiadas cosas sin decir. 

Si realmente cuesta tanto decir algo interesante sobre la amistad, entonces se materializa otra idea: que a diferencia del amor o de la política, que no son nunca lo que parecen, la amistad sí es lo que parece. La amistad es transparente. 

Las reflexiones más interesantes sobre la amistad vienen del mundo antiguo. ¿Y por qué? Pues porque en la Antigüedad la gente no consideraba la actitud filosófica como una actitud inherentemente escéptica, y por consiguiente no daban por sentado que la amistad tenía que ser algo distinto a lo que parecía ser; o bien, al revés, llegaron a la conclusión de que si la amistad era lo que parecía y nada más, entonces no podía ser tema para la filosofía. 

Cordialmente, 

John

Brooklyn,

29 de julio de 2008

Querido John: 

Esa es una cuestión a la que he venido dando muchas vueltas a lo largo de los años. No diré que haya llegado a una postura coherente sobre la amistad, pero para contestar a tu carta (que ha desatado en mí un torbellino de ideas y recuerdos), quizá sea este el momento de intentarlo. 

Para empezar, me limitaré a la amistad masculina, a la amistad entre hombres, entre niños. 

1) Sí, hay amistades transparentes, sin ambivalencia (para emplear tus términos), pero no muchas, según mi experiencia. Eso quizá tenga algo que ver con otra de las palabras que utilizas: taciturno. Estás en lo cierto al decir que los amigos (al menos en Occidente) «no suelen hablar de sus sentimientos mutuos». Yo daría un paso más allá, añadiendo lo siguiente: los hombres no suelen hablar de sus sentimientos, y punto. Y si no sabes cómo se siente tu amigo, ni qué es lo que siente ni por qué, ¿puedes decir en serio que es tu amigo? Y sin embargo la amistad perdura, a menudo durante muchas décadas, en esa ambigua zona del no saber. 

Al menos tres de mis novelas tratan directamente de la amistad entre hombres, son en cierto sentido historias sobre la amistad masculina –La habitación cerrada, Leviatán y La noche del oráculo–, y en cada caso, esa tierra de nadie del no saber que separa a los amigos se convierte en el escenario donde se representan los dramas. 

Un ejemplo de la vida real. Durante los últimos veinticinco años, uno de mis amigos íntimos –quizá el más cercano que he tenido en mi vida adulta– es una de las personas menos charlatanas que he conocido nunca. Es mayor que yo (me lleva once años), pero tenemos mucho en común: ambos somos escritores, estamos estúpidamente obsesionados con los deportes, los dos casados desde hace mucho con mujeres excepcionales, y, lo que es más importante y difícil de definir, albergamos cierta sensación inexpresada pero compartida de cómo hay que vivir: una ética de la madurez. Y sin embargo, por mucho cariño que le tenga a esa persona, por dispuesto que esté a partirme el pecho por él en momentos difíciles, nuestras conversaciones son casi sin excepción insulsas y anodinas, enteramente triviales. Nos comunicamos emitiendo breves gruñidos, volviendo a una especie de lenguaje taquigráfico que a un extraño resultaría incomprensible. En cuanto a nuestro trabajo (la fuerza motriz de nuestras respectivas vidas), rara vez lo mencionamos. 

Para demostrar lo reservado que es este hombre, ahí va una pequeña anécdota. Hace unos años, estaban a punto de aparecer las galeradas de una nueva novela suya. Le dije que tenía muchas ganas de leerlas (unas veces nos enviamos los manuscritos acabados, y otras esperamos a las pruebas de imprenta), y me contestó que muy pronto recibiría un ejemplar. Las galeradas llegaron por correo a la semana siguiente, abrí el paquete, hojeé el libro, y descubrí que me lo había dedicado a mí. Me emocioné, desde luego, y profundamente, además; pero el caso es que mi amigo nunca me había dicho una palabra de ello. Ni la más mínima insinuación, ni el más leve guiño premonitorio, nada. 

¿Qué es lo que intento decir? Que conozco a ese hombre y no lo conozco. Que es mi amigo, mi amigo más querido, a pesar de ese no saber. Si mañana va y atraca un banco, me quedaría horrorizado. Por otro lado, si me enterase de que engaña a su mujer, de que tiene una joven amante guardadita por ahí en un apartamento, me llevaría una decepción, pero no me horrorizaría. Todo es posible, y los hombres ocultan secretos, incluso a sus íntimos amigos. En el caso de la infidelidad conyugal de mi amigo, me sentiría decepcionado (porque habría defraudado a su mujer, alguien a quien tengo mucho cariño), pero también dolido (porque no habría confiado en mí, lo que significaría que su amistad no es tan íntima como yo pensaba). 

(Una súbita y luminosa idea. Las mejores amistades, las más duraderas, se basan en la admiración. Ese es el sentimiento fundamental que relaciona a dos personas durante un prolongado período de tiempo. Se admira a alguien por lo que hace, por lo que es, por cómo se las arregla para andar por el mundo. Esa admiración lo ennoblece, lo realza ante tus ojos, lo eleva a una posición que, a tu juicio, es superior a la tuya. Y si esa persona también te admira a ti –y por tanto te ennoblece, te realza, te eleva a una posición que considera superior a la suya–, entonces os encontráis en condiciones de absoluta igualdad. Ambos dais más de lo que recibís, los dos recibís más de lo que dais, y en la reciprocidad de ese intercambio, florece la amistad. De los cuadernos de Joubert (1809): «No solo debe cultivarse el trato con los amigos, también hay que cultivar su amistad dentro de uno mismo: conservarla con esmero, cuidarla, regarla». Y de nuevo Joubert: «Siempre perdemos la amistad de aquellos que pierden nuestra estima».) 

2) Niños. La infancia es el período más intenso de nuestra vida porque lo que solemos hacer entonces, lo hacemos por primera vez. Poco tengo que aportar a esto salvo un recuerdo, pero ese recuerdo parece poner de relieve el infinito valor que atribuimos a la amistad cuando somos jóvenes, e incluso muy jóvenes. Yo tenía cinco años. Billy, mi primer amigo, apareció en mi vida de una forma que ya no alcanzo a recordar. En mi memoria es un extraño y alborozado personaje de opiniones firmes y un talento bastante desarrollado para las travesuras (cosa que a mí me faltaba en grado sumo). Tenía un grave defecto del habla, y pronunciaba las palabras de manera tan confusa, se le atascaban tanto en la saliva que se le acumulaba en la boca, que nadie llegaba a entender lo que decía; salvo el pequeño Paul, que le servía de intérprete. Gran parte del tiempo que pasábamos juntos lo dedicábamos a deambular por nuestro barrio residencial de Nueva Jersey en busca de animalitos muertos –pájaros, sobre todo, pero también alguna rana o ardilla listada– para enterrarlos en el parterre que bordeaba mi casa. Ritos solemnes, cruces de madera hechas a mano, prohibido reírse. Billy aborrecía a las chicas, se negaba a rellenar las páginas de los cuadernos para colorear que mostraran representaciones de figuras femeninas, y como su color favorito era el verde, estaba convencido de que la sangre que corría por las venas de su oso de peluche era verde. Ecce Billy. Entonces, cuando teníamos seis años y medio o siete, se mudó con su familia a otra ciudad. Congoja, seguida de semanas, si no meses, de añoranza de mi amigo ausente. Por fin, mi madre cedió y me dio permiso para hacer la costosa llamada de teléfono a la nueva casa de Billy. El contenido de nuestra conversación se me ha borrado de la memoria, pero recuerdo mis sentimientos tan vívidamente como me acuerdo de lo que he tomado para desayunar esta mañana. Eran los mismos que más adelante tendría de adolescente al hablar por teléfono con la chica de quien me había enamorado. 

En tu carta haces una distinción entre amistad y amor. Cuando somos pequeños, antes de que se inicie nuestra vida erótica, no hay diferencia. La amistad y el amor son una misma cosa. 

3) La amistad y el amor no son la misma cosa. Hombres y mujeres. Diferencia entre matrimonio y amistad. Una última cita de Joubert (1801): «Solo debes elegir por esposa a la mujer que escogerías como amigo, si fuera hombre». 

Una formulación bastante absurda, supongo (¿cómo puede una mujer ser hombre?), pero se entiende lo que quiere decir, y en el fondo no se diferencia mucho de tu observación sobre El final del desfile, de Ford Madox Ford, y la caprichosa y divertida afirmación de que «uno se acuesta con una mujer para estar en condiciones de hablar con ella». 

El matrimonio es sobre todo una conversación, y si marido y mujer no encuentran un modo de ser amigos, su unión tiene pocas posibilidades de subsistir. La amistad es un componente del matrimonio, pero el matrimonio es una discusión que no deja de evolucionar, una eterna obra inacabada, una continua exigencia de llegar al fondo de sí mismo y reinventarse en relación con el otro, mientras que la amistad pura y simple (es decir, la amistad fuera del matrimonio) tiende a ser más estática, más cortés, más superficial. Ansiamos la amistad porque somos seres sociables, nacidos de otros seres y destinados a vivir entre otros seres hasta el día de nuestra muerte, pero cuando se piensa en las peleas que a veces estallan incluso en el mejor de los matrimonios, los apasionados desacuerdos, los exaltados insultos, los portazos y platos rotos, se comprende enseguida que tal comportamiento sería intolerable dentro de los decorosos ámbitos de la amistad. La amistad significa buenas maneras, amabilidad, constancia en el afecto. Los amigos que se gritan rara vez continúan siéndolo. Los maridos y mujeres que se gritan suelen seguir casados; a veces felizmente casados. 

¿Pueden ser amigos hombres y mujeres? Creo que sí. Con tal de que no exista atracción física en ninguna de las partes. Una vez que la sexualidad entra en escena, se acabó lo que se daba. 

4) Continuará. Pero también es preciso tratar otros aspectos de la amistad: a) Amistades que decaen y mueren. b) Amistad entre personas que no comparten necesariamente intereses comunes (amigos del trabajo, del colegio, de la guerra). c) Círculos concéntricos de la amistad: el núcleo de íntimos, los menos íntimos pero bastante afines, los que viven lejos, los conocidos simpáticos, y así sucesivamente. d) Todos los demás puntos de tu carta que no se han tocado. 

Con calurosos recuerdos desde la tórrida Nueva York, 

Paul

12 de septiembre de 2008

Querido Paul: 

Contesto a tu carta del 29 de julio; siento haber tardado tanto. 

Dorothy ha estado de viaje por Europa (Suecia, Reino Unido), asistiendo a una serie de conferencias académicas. La última parte del viaje ha sido un poco pesadillesca: primero contrajo bronquitis y tuvo que cancelar sus planes de viaje por el Reino Unido; ayer, además, sufrió una caída que le está dificultando los desplazamientos.Tiene que volver a Australia la semana que viene. 

La buena noticia es que me va a acompañar a Estoril. Los dos tenemos muchas ganas de ir, y también de volver a veros a ti y a Siri. 

Cordialmente, 

John

11 de septiembre de 2008

Querido Paul: 

«Las mejores amistades, las más duraderas, se basan en la admiración», me escribes. 

Yo me andaría con cuidado a la hora de aceptar esto como una ley general –me parece menos cierto para las mujeres que para los hombres–, aunque sí que estoy de acuerdo con el sentimiento que hay detrás. Platón habla de nuestro deseo de ser honrados por nuestros coetáneos como acicate para lograr la excelencia. En una era que sigue dominada por Darwin, Nietzsche y Freud, hay cierta tendencia a reducir ese deseo de ser honrado a algo menos idealista: la voluntad de poder, por ejemplo, o la pulsión de propagar los propios genes. Sin embargo, a mí me parece que identificar el deseo de ser estimado como una de las fuerzas primarias del alma produce ideas valiosas. Por ejemplo, puede explicar por qué los deportes atléticos –unas actividades que carecen de paralelo en el resto de la creación– son tan importantes para los seres humanos, y en particular para los hombres. Los hombres no corren más deprisa ni patean la pelota más lejos con la esperanza de que haya chicas guapas con genes de calidad que se quieran aparear con ellos, sino con la esperanza de que sus coetáneos, esos hombres con quienes se sienten vinculados por lazos de admiración mutua, los admiren. Lo mismo se puede decir, mutatis mutandi, de otros campos de la actividad humana. 

También estoy de acuerdo con que no es fácil seguir considerando amigo/a a alguien después de que haya perdido el honor para nosotros. Tal vez esto ayude a explicar por qué sobreviven los códigos del honor en el seno de una serie de bandas criminales que por lo demás son amorales: la banda solo se puede mantener unida si los miembros se adhieren al código y no incurren en el deshonor ante los demás. 

Escribes sobre las amistades de infancia. Me he dado cuenta hace poco de lo fácil que nos resulta como padres, y sobre todo como padres de niños pequeños, decirles a nuestros hijos lo que pensamos de sus amistades: si aprobamos una amistad nueva o si vemos esa amistad como una «mala compañía». Si yo pudiera empezar de nuevo mi vida de padre, sería más circunspecto en este sentido. Resulta injusto para una criatura el obligarla a intentar adivinar qué tiene la nueva amistad que la hace poco atractiva para el padre o la madre. La mayor parte del tiempo, lo que hace que esa amistad resulte desagradable está completamente fuera del radar de la criatura: el esnobismo social, por ejemplo, o alguna historia que circula sobre los padres de la amistad. A veces es la misma cualidad que hace atractivo al nuevo amigo –el conocimiento mayor de las cuestiones sexuales, por ejemplo– lo que repele a los padres. 

En cuanto a la amistad entre hombres y mujeres, sí que me resulta curioso que el orden habitual de los acontecimientos hoy día sea que primero el hombre y la mujer se hacen amantes y después amigos, en lugar de primero amigos y después amantes. Si esta organización es cierta, ¿acaso hemos de considerar que la amistad entre hombre y mujer es en cierto sentido más elevada que el amor erótico, una fase a la que ambos pueden acceder tras graduarse de la mera experiencia sexual del otro? Está claro que hay gente que piensa así: el curso del amor erótico es impredecible, dicen, no dura, se puede convertir de forma inesperada en su opuesto; la amistad, en cambio, es constante y duradera, puede estimular a los amigos para que se conviertan en mejores personas (tal como has dicho tú). 

Creo que tenemos que resistirnos a aceptar esta afirmación con demasiada facilidad, así como las consecuencias que emanan de ella. Por ejemplo, existe la convención de que es insensato que un hombre y una mujer que llevan mucho tiempo siendo amigos («simples» amigos) den el paso de practicar el amor físico. Acostarse con un amigo es una experiencia insulsa, dice esa convención; los buenos amigos no tienen ese elemento de misterio que Eros exige. Pero ¿acaso es esto cierto? Lo más seguro es que el atractivo que presenta el incesto entre hermano y hermana consista precisamente en salir de lo demasiado conocido para adentrarse en el misterio de lo desconocido. 

El incesto solía ser uno de los grandes temas de la literatura (Musil, Nabokov), pero parece que ya no lo es. Tal vez porque la idea del sexo como experiencia casi religiosa –y por consiguiente del incesto como desafío a los dioses– se ha esfumado. 

Cordialmente, 

John

Brooklyn,

22 de septiembre de 2008 

Querido John: 

Por favor, di a Dorothy que vaya con más cuidado. La bronquitis ya es mala de por sí, pero una caída es algo horrible. Espero (confío en) que no se haya roto ningún hueso. Siri y yo nos alegramos mucho de que pueda ir a Portugal en noviembre. 

He estado de viaje; y estoy a punto de marcharme otra vez, dentro de un par de días. Ahora mismo no tengo tiempo para contestarte como es debido, pero prometo hacerlo en cuanto vuelva, a mediados de octubre. 

Es curioso que hayas mencionado en tu carta el incesto entre hermanos.Tal cosa sucede en mi nuevo libro (y se trata con cierta extensión); y desde luego, la relación sexual es casi una experiencia religiosa para ambos personajes (para emplear tus términos). ¿Significa eso que estoy totalmente anticuado? Probablemente. 

En cuanto a la admiración, me refería a la amistad entre hombres. Pero habrá más a mi vuelta… 

Con un apretón de manos, 

Paul

28 de octubre de 2008

Querido John: 

Me gustaría haber escrito antes, pero volví a Nueva York padeciendo un desagradable virus intestinal que me ha tenido en cama hasta esta mañana. Afortunadamente, he logrado salir de una pieza de diecisiete días de ajetreados viajes y caer enfermo solo en la noche final, cumplida ya la última de mis obligaciones. Un resultado previsible, sin duda. Vives a base de adrenalina pura y entonces, una vez que dejas de segregarla, comprendes que te has exigido demasiado. Estoy deseando tomarme un respiro en Portugal, un período de calma y serenidad, lo más parecido a unas vacaciones. 

En tu última carta mencionabas los «deportes atléticos –unas actividades que carecen de paralelo en el resto de la creación–…», lo que me recordó las breves charlas sobre deportes que mantuvimos mientras íbamos en coche por Francia el verano pasado. ¿Te interesaría ahondar en este tema? He leído tus «[Cuatro] Notas sobre rugby» de hace treinta años. Exponen argumentos sólidos, que hacen reflexionar, pero si estás dispuesto a volver a visitar ese territorio, me gustaría mucho acompañarte. (Mi pequeña contribución al tema es The Best Substitute for War, en Collected Prose, un encargo de hace diez años del suplemento dominical del New York Times para un número sobre el milenio. Mi cometido: Escriba –muy brevemente– sobre el mejor deporte de los últimos mil años. Escogí el fútbol.) 

Posibles puntos de discusión. 1) Deportes y agresión. 2) Participar personalmente en algún deporte en lugar de ver cómo lo practican otros. 3) Fenomenología –y misterios– de la afición. 4) Deportes individuales (tenis, golf, natación, tiro con arco, boxeo, atletismo) en contraposición a los deportes de equipo. 5) El lento e ineluctable declive del boxeo. Fenómeno paralelo: la universal indiferencia hacia las marcas de atletismo. Hace cuarenta, cincuenta años, el mundo entero esperaba con entusiasmo el primer salto de altura de dos metros y trece centímetros, el primer salto con pértiga de cuatro metros con ochenta y siete, la última milla por debajo de los cuatro minutos. ¿Por qué esa falta de interés ahora? 6) El deporte como drama, narración, suspense. 7) Deportes regidos por cronómetro (fútbol ame ...