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ARDEN LAS REDES

Juan Soto Ivars

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Fragmento



Índice

Arden las redes

Presentación

PRIMERA PARTE. La censura nunca calla

1. Interferencias en la era de la libertad total

2. De la censura de siempre y la censura de hoy

3. La censura en democracia

4. El caso Migoya: la censura que se niega a sí misma

SEGUNDA PARTE. La poscensura

5. Qué es la poscensura

6. El caso Frisa: ¿quién es juez?

7. La corrección política

8. La guerra cultural

9. Holocausto Vigalondo o la bulimia mediática

10. ¿Somos tan cabrones como parece por las redes sociales?

11. Cremades: serás nuestro enemigo hagas lo que hagas

12. ¡Hundamos la vida a un perfecto desconocido!

Epílogo. La sociedad de la mutua vigilancia

Anexo 1

Anexo 2

Agradecimientos

Sobre este libro

Sobre Juan Soto Ivars

Créditos

Notas

En memoria de Cabu, Charb, Elsa Cayat, Oncle Bernard,
Georges Wolinski y Tignous. Je suis Charlie

Recibe antes que nadie historias como ésta

Así que por fin formo parte de tu negra lista.

Ni siquiera te conozco y ya soy tu feroz antagonista

porque soy machista, fascista, autista, egoísta, multicopista,

artista, bromista, dentista, turista, sofista, carlista, corto de vista.

Me preocupa. Si no me preocupara no me ocuparía en rimar

lo tontorrón que me pareces,

pero te advierto que al final de la canción desapareces,

falleces, pereces, feneces, te caes al mar y te comen los peces.

Tú lo que buscas es un gurú, y hallaste un puto juglar

y esas ganas de chillar,

esas ganas de chillar,

¿sobre qué puedes chillar?

Sobre algo tendrás que chillar, pues a mí no me chilles.

Todos tus amigos tienen su gurú para no tener que pensar

y se ponen a chillar,

y se ponen a chillar,

¿cómo no vas a chillar?

Tú también tendrás que chillar a los cuatro vientos.

Tu problema no es que estés acojonao, lo terrible es que tú no lo sabes

y alguien tiene que pagar,

alguien tiene que pagar,

se la tienes jurada,

enemigos, ¿dónde hay enemigos?

¡Que te cargas los odres, Don Quijote!

Te estás cargando los odres.

Así que profané tu entorno correcto, así que lo contaminé

Si yo no soy de tu equipo,

yo no soy de tu equipo,

nunca fui de tu equipo,

si yo odio a todos los bandos.

¡Que nunca estuve en tu casa!

¡Que yo no le di al botón de play!

«Alguien tiene que pagar»,
Mamá Ladilla, letra de Juan Abarca

Presentación

George Orwell escribió que «si la mayoría de la gente está interesada en la libertad de expresión, habrá libertad de expresión, incluso si las leyes la persiguen». Sin retorcer sus palabras, se puede extraer la conclusión inversa: si la mayoría de la gente deja de estar interesada en la libertad de expresión, dejará de haber libertad de expresión, incluso aunque las leyes la permitan. Esta es la idea central del libro que el lector tiene entre las manos.

Nunca habíamos disfrutado de unos medios tan accesibles para comunicarnos ni de una libertad de expresión tan extendida, pero de repente empezó a molestarnos. El precio de la libertad en tiempos de internet fue sumergirnos en el torrente incesante y virulento de las opiniones ajenas, y muchas veces encontrábamos esas opiniones muy ofensivas. Nuestra forma de entender el mundo había dejado de refugiarse en las conversaciones privadas y los grupos de amigos. La esfera íntima se convirtió en esfera pública sin que fuéramos conscientes por completo de la dimensión del cambio y, por lo tanto, sin que pudiéramos prever las consecuencias. De pronto estábamos en tensión constante al descubrir lo que pasaba por la cabeza de los demás, que habían sido seres silenciosos con los que nos comunicábamos según las pautas de la cortesía y la vecindad. Luego estalló una crisis y el peso de la actualidad se volvió desmesurado en nuestras vidas. Estábamos permanentemente conectados y no todos sabíamos gestionar los sentimientos que este poder despertaba en nosotros. Las apariciones de la ofensa en la sociedad se multiplicaron. La misma herramienta que nos irritaba nos permitía desahogarnos. Los medios de comunicación en crisis, buscando el clic, expandieron y legitimaron estos sentimientos. La política se volvió sentimental, la economía se volvió sentimental, todo era público, todo manchaba. Las masas descritas por Ortega se habían convertido en protagonistas de algo. Por todas partes florecía una especie nueva: los pajilleros de la indignación.

Yo me había pasado los últimos tres años obsesionado con esta furia cotidiana, fijándome en sus efectos sobre la libertad de expresión. A finales de 2016 este libro estaba encarrilado, pero de pronto me di cuenta de que faltaba algo. Quizá una prueba de fuego. Había intentado describir lo que identifiqué rápidamente como un nuevo tipo de censura: investigué los linchamientos digitales, perseguí a las víctimas y a los verdugos, observé cuáles eran las reacciones del poder frente al jaleo constante de las redes, y las conclusiones encajaban como las piezas del Tetris. Todo parecía indicar que, aunque no se hable de ello más que de manera dispersa, en artículos elocuentes pero aislados, la libertad de expresión se había encontrado con una amenaza concreta y peligrosa en internet. En mis notas empecé a referirme al fenómeno como «poscensura».

Llevaba mucho leído cuando empezaron a asomar nuevas teorías que cogían el testigo de Zygmunt Bauman y su modernidad líquida para esbozar el concepto de «posverdad», una vuelta de tuerca del relativismo que se había acentuado con internet. Intelectuales tan poco dados al alarmismo como Katharine Viner, directora de The Guardian, relacionaban este fenómeno escurridizo con la victoria de Donald Trump en Estados Unidos y el triunfo del Brexit en Reino Unido. La crisis de credibilidad de los medios de comunicación había alumbrado el nacimiento de nuevos diarios dedicados a la mentira y la difamación, y su mensaje se adaptó muy bien al estado de ánimo de las redes sociales. Por todas partes aparecían individuos voceando su visión del mundo, llamando farsantes o estúpidos a quienes se la discutieran, exigiendo que se censurase a quienes manifestaban una opinión incómoda para ellos, a los que atribuían etiquetas disuasorias como «machista», «fascista» o «buenista», sinónimos de «traidor».

Mis intuiciones y devaneos sobre la poscensura encontraron puntos de referencia, anclajes que me permitieron ir más lejos. Pasaron por mi mesa de trabajo cientos de artículos y decenas de libros, llamé a puertas extrañas y mantuve conversaciones con desconocidos. Todo me conducía a la misma conclusión, y fue ahí cuando empecé a preocuparme. Siempre que estoy convencido de que tengo razón temo haber dedicado demasiados recursos a responder a una pregunta sin sentido. A medida que cerraba la teoría de la poscensura, las palabras de Karl Popper se volvían cada vez más incómodas en mi cabeza:

Debo enseñarme a mí mismo a desconfiar de ese peligroso sentimiento o convencimiento intuitivo de que soy yo quien tiene razón. Debo desconfiar de ese sentimiento por poderoso que pueda ser. De hecho, cuanto más poderoso sea, más debo recelar de él, porque cuanto más poderoso sea, mayor será el peligro de que pueda engañarme a mí mismo; y, con ello, el peligro de que pueda convertirme en un fanático intolerante.[1]

¿Y si mi deseo de acertar había manipulado mis investigaciones? ¿Y si mi certeza era producto de esa ofuscación que identificamos enseguida en los apóstoles de las teorías conspiranoicas? Como he dicho, todo partía de una sensación: que estamos constantemente envueltos en un estado de irritación y de censura, y que los medios lo legitiman. Mi duda se refería al adverbio «constantemente». Cuando aprendemos una palabra que no conocíamos, empezamos a oírla por todas partes. La atención es muy traicionera: puede hacernos creer que un hecho irrelevante es importante, o que varios hechos aislados están relacionados. Dispuesto a echarlo todo por tierra, durante noviembre de 2016 abrí todos los días al azar un par de medios españoles y copié los titulares del tipo de noticias en que se apoya todo cuanto había escrito. Si eran muchísimas, podría enviar el libro a mi editor. Si el número me resultaba decepcionante, eso querría decir que me había dejado llevar por la ofuscación. Que había impuesto mi visión del mundo a la realidad, ignorando las pruebas en contra.

La lista de noticias sobre la ofensa en noviembre se recoge en el apéndice (página 255) porque no quiero entorpecer la lectura. Su contenido carece del más mínimo interés, pero demuestra un hecho insólito: durante el mes de noviembre de 2016 hubo al menos 34 polémicas en las redes sociales relacionadas con el escándalo y la ofensa colectivos; todas ellas llegaron a los medios de comunicación más importantes de nuestro país, y todas daban voz a quienes querían que otros se callasen o se arrepintieran de haber expresado algo públicamente.

Noviembre no había sido un mes inusual. Terminé el libro sin desconectar la antena, y a inicios de diciembre se sucedieron sin parar episodios parecidos. Un grupo de estudiantes de bachillerato escribió una petición en Change.org para que Telecinco censurase una serie biográfica sobre Ramón Serrano Suñer. Consideraban que era una apología del franquismo, y 48.000 personas la firmaron. Un día antes, 200.000 habían firmado otra petición exigiendo que se prohibiera la canción de un artista de reguetón, cuya letra era machista. Al mismo tiempo llegaba a la prensa la noticia de que un grupo de mujeres de León se habían organizado para exigir que el Centro Cultural Niemeyer cancelase la invitación a Arturo Pérez-Reverte, pues consideraban que el autor es machista. Mientras tanto, decenas de miles de personas celebraban el fracaso en taquilla de la última película de Fernando Trueba, La reina de España, que habían instado a boicotear porque el cineasta, un año y medio antes, había dicho que no se sentía español. A los cómicos de Mongolia trataron de impedirles la representación de su musical. En esta ocasión, quienes querían censurar eran católicos.

El mismo fenómeno se repite todos los meses con igual intensidad, y no es exclusivo de España sino que ocurre lo mismo en Estados Unidos, Reino Unido o Francia. Elena Ramírez, la directora de Seix Barral, explicó en Facebook que la librería Barnes & Noble de Nueva York y algunos medios de comunicación notificaron a la autora de una novela que «se negaban a adquirir copias o reseñar el libro si lo titulaba finalmente tal y como figuraba en las galeradas recibidas». El título incluía la palabra bullet («bala»), considerada políticamente incorrecta en un país donde los supermercados venden armas con total impunidad. «Ofende la palabra y no el objeto que representa», reflexionaba Ramírez, que había decidido restituir el título original de la novela para la edición española. El asunto tampoco era un hecho aislado, como supe más tarde: en 1997, el equipo de la NBA Washington Bullets pasó a llamarse Washington Wizards. Por algún extraño motivo, los asesinatos a sangre fría y los tiroteos en lugares públicos no descendieron después de este heroico maquillaje léxico-deportivo, de la misma forma que el racismo y la xenofobia estadounidenses se mantuvieron intactos durante tres décadas y media de corrección política en torno a las minorías.

Ni las noticias que recopilé ni las que he resumido después cuentan gran cosa, pero en conjunto dicen algo sobre nuestra época. Cada noticia remite a centenares, miles o decenas de miles de tuits, lo que significa que durante unas horas, todos los días, auténticas multitudes anduvieron persiguiendo al pecador o la pecadora de turno, a quien otros defendían con igual beligerancia. Husmeé cada escándalo y pasaron por la pantalla de mi ordenador comentarios sentenciosos, insultos brutales, acusaciones categóricas, preguntas retóricas, discusiones sin sentido y también artículos firmados por insignes intelectuales y comunicadores; una minoría tomaba partido por el protagonista y una mayoría estaba en contra de él.

Otro ejemplo: Elvira Lindo entrevistó a Pedro Almodóvar en Nueva York. En The New Yorker le dedicaban al reportaje las páginas centrales, y en El País, bajo la entrevista de Lindo, abrieron los comentarios a los lectores. Almodóvar defendía a Trueba del boicot que había sufrido, y Elvira comentaba descorazonada:

Hay ahí más de mil personas insultándole: Que si se ha hecho millonario por las subvenciones. Que si se ha llevado el dinero al extranjero. Que si tiene la culpa de una violación en El último tango. Que si Trueba tiene un ojo de monstruo. Que si lo que quiere es seguir viviendo del cuento. Que es una mierda de pijo progre. Que le cierra el paso a la gente joven. Que sus películas son una puta mierda. Que si ya basta de dar por culo con la tolerancia en los ochenta. Que ya está bien de que estemos manteniendo a estos jetas con nuestro dinero.

Y así, así todo. Me entristece mucho. Mucho.

Puede que se haga usted un par de preguntas: ¿qué importancia tiene lo que digan unos cuantos miles, incluso decenas de miles de usuarios de las redes sociales para un país de cuarenta y cinco millones de habitantes?; ¿qué más dan todas esas polémicas cuando tenemos problemas graves sobre los que la discusión en las redes sociales pasa de puntillas o de refilón? Un hombre llamado Sebastián Navarrete se hacía la misma pregunta en la sección de cartas al director de El País:

¿Por qué cualquier burrada que se le ocurra escribir a un imbécil en una red social se eleva a la categoría de noticia hasta el punto de dedicar a difundir estos exabruptos minutos y minutos de informativos y otros programas de televisión y radio? ¿Acaso no es así como el provocador consigue su objetivo? A lo mejor convendría no distraer nuestra atención y dedicar ese tiempo a informarnos de otros asuntos que sí nos afectan a todos.[2]

Otro lector lo expresaría un par de meses después con más gracia todavía:

Ayer se me cayó un vaso de cristal y se rompió. Lo cuento aquí porque, como hay tanta gente que lo cuenta todo por Twitter y demás redes sociales, he pensado que también podría interesar a los lectores de este periódico. Hoy se me ha caído un vaso de cristal, y después he tenido que recogerlo.[3]

Las mismas preguntas, explícitas e implícitas, me habían llevado a pensar tanto sobre el fenómeno que he llamado «poscensura». Mi respuesta es que la hiperconexión de las sociedades democráticas nos ha sumido en una guerra intransigente de puntos de vista, en una batalla cultural de batallones líquidos, a los que uno se adscribe sin más compromiso que la necesidad de que el grupo le dé la razón, y que un nuevo tipo de prensa sensacionalista promociona y legitima estos sentimientos exacerbados, de forma que el debate racional es prácticamente imposible en el entorno de las redes sociales. Estas se han convertido en un canal por el que la ofensa corre libremente hasta infectar a los periódicos, la radio y la televisión. Las masas se levantan en grupos que exigen, según lo que afecta a sus sensibilidades, recortar la libertad de expresión. El proceso nos hace a todos menos libres por miedo a que una multitud de desconocidos venga a decirnos que somos malas personas. A medida que la ofensa se vuelve libre, el pensamiento se acobarda.

Polémica a polémica, tuit a tuit, nos hemos visto envueltos en el clima censor sobre el que me voy a extender en las siguientes páginas. La concepción clásica de la censura requería un poder totalitario y unas leyes que la sustentasen, pero lo que llamo «poscensura» es un fenómeno desordenado de silenciamiento en medio del ruido que provoca la libertad.

PRIMERA PARTE
La censura nunca calla

1

Interferencias en la era de la libertad total

Daniel Webster dijo que si tuviera que renunciar a todos sus derechos salvo uno, se quedaría con la libertad de expresión, porque con ella podría recuperar todos los demás. La posibilidad de cualquier ciudadano de expresar su opinión es el pilar fundamental de la democracia. Si un grupo de poder monopoliza la opinión y persigue a sus detractores, las víctimas no son solamente los perseguidos, sino toda la sociedad, que pierde su derecho a la información plural. Por este motivo, la libertad de expresión queda protegida por todos los textos constitucionales de los estados democráticos, y está además amparada en el artículo 19 de la Carta Internacional de los Derechos Humanos. Declara este documento que «nadie podrá ser molestado a causa de sus opiniones» y define la libertad de expresión como el derecho de cualquier persona a «buscar, recibir y difundir informaciones e ideas de toda índole, sin consideración de fronteras, ya sea oralmente, por escrito o en forma impresa o artística, o por cualquier otro procedimiento de su elección». Deja sus restricciones al arbitrio de los legisladores de cada Estado y marca los límites en la responsabilidad, el respeto a otros derechos, la reputación y la protección de la seguridad, el orden, la salud y, lo cual acaba finalmente convertido en una trampa, la moral pública.

Sin embargo, las interferencias en la libertad de expresión son discretas. Está establecida como un derecho fundamental de orden supremo, a salvo de las veleidades del poder, que por regla general aborrece que le disputen la verdad o que cuestionen su autoridad. Desde la conquista del derecho hasta el siglo XXI, hubo un consenso ciudadano sobre el valor y la importancia de la libertad de expresión. El asunto estaba prácticamente fuera del debate público. Ante cualquier movimiento del poder para recortarla, la prensa se levantaba en bloque y la ciudadanía identificaba el peligro. No era un asunto de izquierdas o de derechas, nada tenía que ver la ideología, porque todos entendían que la libre expresión de ideas es un beneficio común. Las únicas opiniones contra la libertad de expresión —también amparadas por este derecho— provenían de grupos que la mayor parte de la sociedad percibía como fanáticos, desde los ultras religiosos que ponían el grito en el cielo por la pornografía hasta las bandas de ideología extremista que aspiraban a imponer su visión del mundo a toda la sociedad.

La llegada de internet se presentó como la conquista suprema de la libertad. De la noche a la mañana, cualquier ciudadano de los estados democráticos podía expresar su opinión sin correr demasiados riesgos judiciales. Las jerarquías de la información se caían hechas pedazos, los escalafones eran burlados, y quienes habían vivido en silencio encontraron una herramienta para levantar la voz. Hoy, un adolescente puede lanzar sus discursos a YouTube y, de un día para otro, se convertirá en una estrella más influyente que los presentadores veteranos de la tele y los analistas reputados. La época en que para expresar un pensamiento había que pasar el filtro de la censura estatal parece tan remota como el tiempo, no tan lejano, en que el filtro lo aplicaban ceñudos comités de edición en diarios y revistas.

En 2006, la portada de la revista Time fue un espejo. El personaje del año éramos todos nosotros. ¿Qué nos estaba diciendo ese espejo? Que teníamos a nuestro alcance un altavoz y una caja de madera; que cualquier peatón había adquirido el derecho y la tecnología para montar su propia tribuna y dedicarse durante horas a la alegre perorata. El mundo había cambiado en un parpadeo y la novedad tecnológica ejercía su poder de fascinación. Quien manifestara dudas era tachado de aguafiestas por el entusiasmo general. La tecnología se había convertido en mística. La nueva fe se expandió a la velocidad de la luz. Hablaron de nueva democracia, de cultura libre y de libertad absoluta personajes tan convencidos, tan tajantes, que sonaron muy convincentes.

Rotas las barreras del viejo mundo, surgieron escritores de éxito que no habían pasado el filtro de las editoriales, comunicadores influyentes a los que nadie había querido dar trabajo en los medios tradicionales, músicos que llenaban salas de conciertos en plena decadencia del negocio discográfico y cineastas que rodaron películas financiándose directamente a través de plataformas colaborativas de internet. ¿Censura? ¿Y dónde demonios podríamos encajarla si nadie se calla ni un momento?

En 2016 había 615 millones de europeos con acceso a internet (el 73 por ciento de la población), de los cuales la mitad eran usuarios de Facebook. En Estados Unidos había 320 millones de internautas (el 89 por ciento de la población) y 223 millones tenían perfil en Facebook.[1] Mientras escribo esto, 701.389 personas se conectan a Facebook, comparten 527.760 fotos en Snapchat, realizan 347.222 publicaciones en Twitter y 38.194 en Instagram, ven 2,74 millones de vídeos en YouTube y envían nada menos que 20,8 millones de whatsapps... cada minuto.[2] Sí, ¡cada minuto! En 2011 se dispararon directas a las redes sociales 350.000 millones de fotografías. Parecen muchas pero no lo son: en 2013 la cifra escaló a la locura del billón y medio de instantáneas, con lo que se hicieron más fotos en un solo año que en toda la historia de la humanidad.[3] Si un poder político o económico tuviera el deseo de controlar o censurar esta marabunta de mensajes, su única alternativa sería el apagón digital, porque de lo contrario le harían falta instrumentos demasiado sofisticados para escuchar y manadas enteras de funcionarios para perseguir a los autores.

Pero esto no es todo. Solamente en España se publicaron 73.144 libros en 2015,[4] cifra que supuso un aumento del 1 por ciento respecto al año anterior pese a la crisis y la caída global de las ventas de libros. ¿Censura? Carlos Astiz, secretario general de la Asociación Española de Editoriales de Publicaciones Periódicas en 2014, explicó que su organización tiene censadas 763 publicaciones digitales, y estimó que el número total de periódicos en España ronda los tres mil. Si nos proponemos contar los blogs personales y colectivos, lo cierto es que ni siquiera hay datos fiables por lo desmesurado de la cifra. ¿Censura? Ja.

Fueron surgiendo, claro, problemas. Algunos gobiernos democráticos, espantados con las nuevas formas de convocar manifestaciones, tuvieron que soportar que la gentuza rodease con hostilidad la cámara de representantes, que jóvenes zarrapastrosos y egocéntricos ocuparan durante semanas enteras las plazas de las capitales europeas, que montasen partidos políticos y cosecharan millones de votos. Como consecuencia de ello, en España se introdujeron cambios legislativos que buena parte de la ciudadanía percibió como un retroceso en materia de libertades. Estaban inspirados en un decreto promulgado por George W. Bush en 2002 y endurecido en 2006 con la excusa del terrorismo, la Ley Patriótica, pero la aplicación de la «Ley Mordaza» española, como nos gusta llamarla, resultó menos lesiva para nuestro derecho de información y manifestación de lo que habíamos temido. En 2016, dos años después de que entrase en vigor, ocupábamos el puesto 34 en la clasificación mundial de libertad de prensa, lo que no está nada mal si pensamos que Reino Unido y Estados Unidos[5] nos van a la zaga. Además, ¿no seguimos teniendo derecho a expresar nuestra furia contra el Gobierno? ¿No atacamos la misma Ley Mordaza en nuestros perfiles de Facebook y Twitter sin que la policía llame a nuestra puerta? El perro ladraba más de lo que mordía, aunque también mordió. Antes de la Ley Mordaza, el perfil de Twitter de la Policía Nacional dijo:

«Ojalá se mueran (o una bomba)...» es una mezquindad, una idiotez, pero NO ES DELITO. ¿Por qué no les bloqueas y les ignoras? Te cabrearás menos.[6]

Después de la Ley Mordaza:

En Internet, decir canalladas puede no solo dejarte como un canalla... También te puede llevar a la CÁRCEL... ¡RESPETA![7]

Al amparo de la Ley Mordaza se produjeron casos vergonzosos; por ejemplo, el periodista Asier López fue condenado a pagar una multa de 601 euros por publicar «sin autorización» imágenes de una operación policial.[8] De todos modos, el ámbito de la libertad se estrechaba también por otros frentes. Se cerraron algunas páginas web aquí y allá, acusadas de pornografía o incitación al odio, y se pidieron dos años y medio de cárcel para Pablo Muñoz y Cruz Morcillo, periodistas de ABC acusados de un supuesto delito de descubrimiento y revelación de secretos. El presidente del Grupo Prisa, Juan Luis Cebrián, interpuso una querella a El Confidencial, que había publicado informaciones contrastadas sobre el patrimonio de su familia. También se apartó de su puesto a profesionales por desavenencias ideológicas, como Jesús Cintora (Cuatro) o Javier Gallego (La Ser), pero rápidamente encontraron trabajo de nuevo y se ganaron las simpatías de los enemigos del poder. Se obligó a dimitir a Pedro J. Ramírez, director de El Mundo, supuestamente por sus críticas al presidente del Gobierno, pero tuvo la libertad de fundar un nuevo medio de comunicación. Ya digo: eran interferencias, y este tipo de episodios no son nuevos, como veremos más adelante.

Pese a los intentos de amedrentar a periodistas y los problemas estructurales e ideológicos de los grandes grupos mediáticos, aparecieron en la prensa española casos sonados y peligrosos para el poder y las empresas, como los «papeles de Panamá», los mensajes privados entre el presidente Mariano Rajoy y el tesorero del PP Luis Bárcenas, la Gürtel, los ERE o el escándalo de las «tarjetas black». Los chivatazos de la prensa y las filtraciones de los ciberactivistas llevaron al banquillo a poderosos banqueros y empresarios, y los periodistas, variados y relativamente libres —a veces con libertad para irse a otro medio que les deje informar sin censurarles—, fustigaron todos los partidos políticos sin distinción, en el poder o la oposición, de manera que los españoles tuvimos innumerables puntos de vista sobre los que reflexionar a la hora de votar.

¿Importa que los episodios aislados de censura política hayan venido ocurriendo con una frecuencia muy superior en los últimos diez años que en los treinta anteriores? Lo veremos. Aun así, el riesgo de tener que pagar una multa, perder el trabajo o acabar en prisión por publicar unas palabras parece irrelevante si lo comparamos con lo que ocurre en otras latitudes. Basta fijarnos en estados regidos por la tiranía o la teocracia, como Arabia Saudí, donde los poetas son apaleados hasta morir, o China, donde unos disturbios de poca monta en una aldea del quinto infierno son motivo suficiente para que el Gobierno provoque un apagón informativo a escala nacional, y la apariencia de nuestros derechos y libertades resplandece como el agua del estanque en el que se miraba Narciso.

Sin embargo, cada vez se levantan más voces que denuncian retrocesos en la libertad de expresión y en el derecho a la información, y sus advertencias no tienen tanto que ver con las decisiones del Estado como con la presión pública. Antes de los atentados del 11-S contra el World Trade Center, solo un 20 por ciento de los estadounidenses creían que la Primera Enmienda[9] era excesiva. Tras los atentados, la cifra aumentaría al 50 por ciento. Poco después, la actriz Susan Sarandon dijo que parecía que «tras el 11-S o estabas en contra de los atentados o estabas a favor», con lo que estaba señalando con elocuencia la polarización de las opiniones que identificaremos como una de las bases de la poscensura contemporánea; la llamada «guerra contra el terror» había desatado una guerra cultural.

Tras el 11-S, se hicieron muy fuertes y populares grupos dedicados a la censura; por ejemplo la ultraderechista ACTA, que se dedica a presionar a las universidades para que profesores con «ideas peligrosas» sean expulsados. En 2007, la asociación había confeccionado una lista negra con sesenta mil profesores nocivos y quiso poner a prueba su poder lanzándose contra uno. Eligieron a Ward Churchill, docente de la Universidad de Colorado, por sus opiniones sobre el 11-S. Tras los atentados, Churchill había escrito varios artículos en los que decía que el terrorismo islamista era una respuesta lógica a las agresiones mundiales de Estados Unidos. Estas opiniones fueron suficientes para que ACTA decidiera que se había «retratado» como un enemigo del pueblo y que, por tanto, no era apto para enseñar en la universidad. Dado que la Primera Enmienda protegía a Churchill, la organización se propuso destruir su reputación bordeando con habilidad el derecho a la libertad de expresión. Lo que hizo fue revisar minuciosamente todo su expediente académico, todos sus artículos y conferencias grabadas, hasta encontrar pequeños fallos que convirtieron, por medio de abogados, en grandes faltas. Con esto, formularon una acusación alternativa para que la universidad se viera forzada a echarlo, cosa que ocurrió finalmente en 2007, para espanto de la comunida ...