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ARENAS MOVEDIZAS

Malin Persson Giolito

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Fragmento

 

Junto a la fila izquierda de mesas yace Dennis con su indumentaria de costumbre: camiseta de publicidad, tejanos baratos y zapatillas de deporte sin atar. Dennis es de Uganda. Dice que tiene diecisiete años, pero parece un gordo de veinticinco. Está estudiando el bachillerato de Artes y Oficios y vive en Sollentuna, en unas instalaciones para gente como él. A su lado ha caído Samir, de costado. Samir y yo vamos a la misma clase porque él consiguió entrar en la especialización que el instituto ofrece en economía internacional y educación cívica.

En la tarima está Christer, tutor de la clase y autoproclamado utopista. Su taza se ha volcado en la mesa y las gotas de café van cayendo en su pernera. Amanda está sentada a poco más de dos metros de allí, reclinada contra el radiador de debajo de la ventana. Hace unos minutos toda ella era cachemira, oro blanco y sandalias. Los pendientes de diamantes que le regalaron cuando nos confirmamos siguen brillando bajo el sol de principios de verano. Ahora da la impresión de que va llena de barro. Yo estoy sentada en el suelo en el centro del aula. En mi regazo tengo a Sebastian, hijo de Claes Fagerman, el hombre más rico de Suecia.

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Las personas de aquí dentro no encajan las unas con las otras. La gente como nosotros no suele mezclarse. Quizá en el andén del metro durante una huelga de taxis, o en el vagón restaurante de un tren, pero no dentro de un aula.

Todo apesta a huevo podrido. El aire es gris y nebuloso por el humo de la pólvora. Todos han sido abatidos excepto yo. Yo no tengo ni un moratón.

Vista principal de la causa B 147 66

La Fiscalía y otros contra Maria Norberg

Semana 1 del juicio, lunes

1

La primera vez que vi el interior de un tribunal quedé decepcionada. Fue durante una visita de estudio con la clase y, vale, ya me imaginaba que los jueces no son unos viejos encorvados con pelucas rizadas y toga y que el acusado no iba a ser un loco vestido de naranja con espumarajos alrededor de la boca y cadenas en los tobillos. Pero aun así. El sitio parecía una mezcla de ambulatorio y sala de conferencias. Fuimos en un autobús de alquiler que olía a chicle y pies. El acusado tenía caspa, llevaba pantalones con raya y, según decían, había evadido impuestos. Aparte de nuestra clase (y Christer, por supuesto) solo había cuatro personas más de público. Pero había tan pocos sitios que Christer tuvo que salir a buscar una silla extra al pasillo para poder sentarse.

Hoy es distinto. Estamos en la sala de tribunal más grande de Suecia. Aquí los jueces están sentados en sillas de caoba oscura con respaldos altos forrados de terciopelo. El respaldo de la silla central se eleva por encima de las demás. Es el sitio del jefe de los jueces. Se le llama presidente. En la mesa que tiene enfrente hay un mazo con mango recubierto de cuero. Finos micrófonos asoman delante de cada puesto. Los paneles de madera de las paredes parecen ser de roble y tener varios siglos de antigüedad, antigüedad en el buen sentido. En el suelo, dividiendo en dos los asientos reservados para el público, hay una alfombra granate.

Tener público no va conmigo. Nunca he querido hacer de Santa Lucía en los festivales ni presentarme a concursos de talentos. Pero aquí dentro está repleto. Y todos han venido por mí, yo soy la atracción.

A mi lado están mis abogados de Sander & Laestadius. Sé que Sander & Laestadius suena a anticuario donde dos maricones sudorosos con batín de seda y monóculo se pasean con una lámpara de queroseno quitándole el polvo a libros mugrientos y animales disecados, pero es el mejor bufete de abogados del país especializado en causas penales. Los delincuentes normales cuentan con un defensor de oficio, solitario y cansado. El mío dispone de un séquito de novatos con traje espídicos y ambiciosos. Trabajan hasta altas horas de la noche en unas oficinas encantadoras en Skeppsbron, tienen como mínimo dos móviles cada uno y todos, excepto el propio Sander, creen que están participando en una serie americana de televisión en la que se come comida china en recipientes de cartón con esa típica actitud de «soy muy importante y estoy muy ocupado». Ninguno del total de veintidós empleados de Sander & Laestadius se llama Laestadius. El que se llamaba así murió, seguramente de un infarto, con la misma actitud de «soy muy importante y estoy muy ocupado».

Hoy están aquí tres de mis abogados: Peder Sander, el famoso, y dos de sus colaboradores. La más joven es una tía con el pelo corto y un agujero en la nariz en el que no lleva ningún piercing. Supongo que Sander no la deja llevarlo («fuera esa porquería ahora mismo»). Yo la llamo Ferdinand. Ferdinand opina que «liberal» es una palabrota y que la energía nuclear es lo más peligroso que hay. Lleva unas gafas repelentes porque piensa que así demuestra que ha conseguido dominar al sistema patriarcal y me detesta porque considera que el capitalismo es culpa mía. Las primeras veces que nos vimos me trató como si fuera una bloguera de moda desequilibrada con una granada en un avión. «¡Claro, claro! —decía sin atreverse a mirarme—, ¡claro, claro! No te preocupes, estamos aquí para ayudarte». Como si yo estuviera amenazando con volarlo todo por los aires si no me servían mi zumo biodinámico de tomate sin hielo.

El otro abogado colaborador es un hombre que ronda los cuarenta, barrigudo, cara redonda como un panqueque y una sonrisa que dice «tengo pelis en casa que guardo en orden alfabético en un armario bajo llave». El Panqueque va rapado. Mi padre suele decir que no te puedes fiar de alguien que carece de un peinado. Pero lo más probable es que no se lo haya inventado él, supongo que lo habrá sacado de alguna película. A mi padre le encanta soltar frases ingeniosas.

La primera vez que vi al Panqueque fijó la mirada justo por debajo de mis clavículas, con gran esfuerzo retrajo su gruesa lengua dentro de la boca y, lleno de entusiasmo, dejó salir un: «Chiquilla, cómo lo vamos a hacer, pareces mucho mayor de diecisiete». Si Sander no hubiese estado presente se habría puesto a jadear. O a babear, quizá. Habría dejado que la saliva goteara sobre el chaleco demasiado estrecho de su traje. No tuve ánimos de remarcarle que tenía dieciocho.

Hoy el Panqueque está a mi izquierda. Ha venido con su maletín y una maleta con ruedas llena de carpetas y papeles. La ha vaciado y ahora las carpetas están encima de la mesa delante de él. Lo único que no ha sacado es un libro (Presenta un caso - Ganar es la única opción) y un cepillo de dientes que asoma de uno de los bolsillos interiores. A mi espalda, en la primera fila del auditorio, están mamá y papá.

Cuando hicimos aquella visita de estudios hace dos años —y una eternidad—, nuestra clase preparó un análisis previo para «entender la relevancia» y «poder seguir el hilo». Dudo mucho que sirviera de ayuda. Pero «nos portamos», dijo Christer cuando salimos de allí. Había estado preocupado, creía que nos costaría no ponernos a reír por lo bajini y sacar los móviles. Que íbamos a estar allí sentados echando partidas a juegos y a quedarnos dormidos con la barbilla colgando sobre el pecho como parlamentarios muertos de asco.

Recuerdo la voz de Christer y su tono de seriedad sepulcral cuando recalcó («¡eh, atended un momento!») que un juicio no es algo que puedas tomarte a la ligera, está en juego la vida de alguien. Eres inocente hasta que el tribunal diga que eres culpable. Eso dijo, varias veces. Samir se reclinaba en la silla mientras Christer hablaba, se balanceaba un poco sobre las patas traseras y asentía de aquella forma con la que conseguía que todos los profes lo adoraran. Un movimiento de cabeza con el que decía «lo entiendo perfectamente», «vibramos exactamente en la misma frecuencia» y «no tengo nada que añadir, porque todo lo que dices es tan inteligente».

«Eres inocente hasta que el tribunal diga que eres culpable». ¿Qué afirmación tan curiosa es esa? O bien eres inocente todo el rato o bien has cometido el delito desde el principio. Se supone que el tribunal tiene que descubrir el qué, no decidir si es verdad o no. Que la policía y el fiscal y los jueces no estuvieran en el lugar ni sepan exactamente quién hizo qué cosa no significa que el tribunal tenga derecho a inventárselo a posteriori.

Recuerdo habérselo comentado a Christer. Que los tribunales se equivocan todo el tiempo. A los violadores siempre los acaban soltando. No vale ni la pena denunciar un abuso sexual porque por mucho que te viole medio centro de acogida y acabes con una caja entera de botellas vacías metida entre las piernas nunca creen a la chica. Lo cual no significa que no pasara ni que el violador no hiciera lo que hizo.

—No es tan sencillo —contestó Christer.

Típica respuesta de profe: «Muy buena pregunta», «Entiendo lo que dices», «No es ni blanco ni negro», «No es tan sencillo». Todas significan lo mismo: no tienen ni idea de lo que están hablando.

Pero bueno, vale. Si es difícil saber qué es verdad y quién está mintiendo, si no lo sabes seguro, ¿qué haces entonces?

En algún sitio leí «la verdad es aquello en lo que elegimos creer». Suena aún más desquiciado, si es que es posible. ¿Se puede decidir qué es cierto y qué es falso? ¿Las cosas pueden ser tanto ciertas como inventadas, dependiendo de a quién le preguntes? Por esa regla de tres, si alguien en quien confiamos dice algo, entonces podemos decidir que es así, podemos «elegir que es verdad». ¿Cómo se puede siquiera inventar algo tan estúpido? Si una persona me dijera que «elige creer en mí», lo que yo entendería al instante es que en realidad esa persona está convencida de que todo es mentira pero que acepta simular lo contrario.

Mi abogado Sander parece el más indiferente a todo el asunto. «Estoy de tu lado», se limita a decir con cara totalmente inexpresiva. Sander no es un tipo que se altere. En él todo está relajado y controlado. Sin estallidos. Sin emociones. Sin carcajadas. Me atrevería a decir que no gritó ni al nacer.

Sander es todo lo contrario a mi padre. Este queda lejos de ser el «tío molón» (sus propias palabras) que desearía ser. Hace rechinar los dientes cuando duerme y mira de pie los partidos de fútbol de la selección. Mi padre se cabrea, se pone como una mona con los funcionarios pedantes del ayuntamiento, con el vecino cuando deja el coche mal aparcado por cuarta vez la misma semana, con las facturas de la luz y con los operadores de telemarketing. El ordenador, los controles de pasaporte, el abuelo, la barbacoa, los mosquitos, las aceras con la nieve por quitar, los alemanes haciendo cola en el teleférico y los camareros franceses. Todo le saca de quicio, hace que se ponga a gritar y berrear, a dar portazos y a mandar a la gente a la mierda. Sander, en cambio… Su muestra más evidente de que está hecho una furia, encendido hasta el punto de caer en la demencia, es que arruga la frente y chasquea la lengua. En ese momento, todos sus compañeros de trabajo entran en pánico y empiezan a tartamudear y buscar papeles y libros y otras cosas con las que piensan que pondrán a Sander de mejor humor. Un poco como lo que hace mi madre con mi padre si alguna vez no está irritado sino demasiado callado y tranquilo.

Sander nunca se ha cabreado conmigo. Nunca se ha alterado con lo que le he podido contar ni se ha enfadado por lo que no le he contado, o cuando le he mentido y él lo sabía.

—Estoy de tu lado, Maja. —A veces suena más cansado que de costumbre, pero eso es todo. De «la verdad» no hablamos.

Por lo general, me resulta reconfortante que Sander solo se interese por lo que la policía y la fiscal han demostrado. Así no tengo que preocuparme por si él piensa hacer un buen trabajo o solo va a fingir que lo hace. Es como si hubiera cogido todos los muertos y toda la culpa y toda la angustia y los hubiera reconvertido en cifras, y, si las ecuaciones no encajan, entonces se proclamará ganador.

A lo mejor es eso lo que hay que hacer. Uno más uno no pueden ser tres. Siguiente pregunta, por favor.

Pero a mí no me sirve, claro. Porque o bien ha pasado algo, o bien no ha pasado. Es lo que es. Cualquier otra maniobra evasiva es justo a lo que se dedican los filósofos, y (está comprobado) algún que otro letrado. Construcciones. «No es tan sencillo».

Pero Christer, recuerdo su insistencia ante la visita al tribunal, realmente lo hizo todo para que escucháramos. «Eres inocente hasta que el tribunal diga que eres culpable». Lo apuntó en la pizarra: «Principio básico del Derecho». (Samir volvió a asentir con la cabeza). Christer nos pidió que lo apuntáramos. Que lo copiáramos. (Samir lo copió. A pesar de no necesitarlo).

A Christer le encantaba todo lo que fuera lo bastante corto como para poder aprenderlo de memoria y que se pudiera formular como una pregunta de test. La respuesta correcta eran dos puntos en el examen que hicimos dos semanas más tarde. ¿Por qué no uno? Porque a Christer le parecía que había una escala de grises en las lecciones aprendidas de memoria, que podías tener casi razón. «Uno más uno no pueden ser tres, pero te pongo un medio bien porque has contestado con una cifra».

Hace cosa de dos años que hicimos aquella visita al tribunal acompañados por Christer. Sebastian no vino, no empezó en nuestra clase hasta el año siguiente, cuando le tocó repetir. Por aquel entonces yo estaba bastante a gusto en el instituto, con mis compañeros de clase y los profesores que habíamos tenido en distintas versiones desde primaria: Jonas, el profe de química que hablaba demasiado bajo, que nunca recordaba cómo se llamaba nadie y que esperaba al autobús con la mochila sobre la barriga. Mari-Louise, la profesora de francés con gafas y pelo como un diente de león, siempre iba chupando un resquicio de pastillita negra para la garganta con tanta intensidad que su boca se reducía al tamaño de una fresita silvestre. La Valkiria, que nos daba gimnasia y que parecía una cubierta de barco recién barnizada, con su pelo corto, identidad sexual sin definir, silbato al cuello, gemelos depilados, tersos y anchos, y siempre rodeada de un olor a calcetín antideslizante y a sudor de otra persona. Malin la Dispersa, nuestra profe rubia de mates, amargada y tardona, de baja una media de dos días a la semana y con una foto de sí misma con veinte kilos menos y un bikini de cortinilla como foto de perfil en Facebook.

Y Christer Svensson. Un motivado en el sentido de «quedemos en la plaza Mariatorget y posicionémonos»; un ordinario en el sentido de «chuletas de cerdo y chafo las patatas en la salsa de nata». Era de la idea de que los conciertos de rock pueden salvar al mundo de las guerras, las hambrunas y las enfermedades y hablaba con esa voz de profesor demasiado entusiasmado que debería estar prohibida siempre que no sea para animar a un perro a que mueva la cola.

Christer llegaba cada día al instituto con un termo de café hecho en casa con tanto azúcar y leche que parecía un fondo de maquillaje. El café se lo servía en una taza propia («El mejor padre del mundo»), la taza se la llevaba a clase y la iba rellenando durante las lecciones. A Christer le encantaban las rutinas, «lo mismo cada día», «la canción favorita puesta en repeat». Probablemente, llevaba desayunando igual desde que tenía catorce años, una especie de receta para fondistas, tipo gachas de avena con mermelada de arándano rojo y leche entera («¡el desayuno es la comida más importante del día!»); seguro que tomaba cerveza y chupitos de aguardiente cada vez que quedaba con sus amigos («los colegas»), comía tacos con la familia cada viernes e iba a la pizzería del barrio (una con papel y lápices de colores para los críos) y se tomaba a medias una botella de tinto de la casa con «la parienta» cuando quería celebrar algo grande e importante. Christer carecía de fantasía, hacía viajes organizados, jamás le echaría cilantro a la comida ni usaría nunca para freír nada que no fuese mantequilla.

Christer se convirtió en nuestro profesor ya en primero de bachillerato y se quejaba al menos una vez a la semana de que el clima se hubiera vuelto tan raro («ya no hay estaciones del año») y todos los otoños de que la campaña navideña empezara cada vez antes («pronto habrá un árbol de Navidad en Skeppsbron incluso antes de que los ferris de verano acaben la temporada»).

Se quejaba de la prensa («¿por qué la gente lee esa mierda?») y de Baila conmigo, Eurovisión y Paradise Hotel («¿por qué la gente ve esa basura?»). Lo que más detestaba eran nuestros teléfonos móviles. («¿Acaso sois vacas? Esos chats que van tintineando y soltando campanazos todo el rato, ya podríais colgaros un cencerro al cuello directamente… ¿Por qué usáis esa porquería?»). Cada vez que se quejaba lo veías satisfecho, se sentía jovial y «molón» (no es una expresión exclusiva de mi padre) y pensaba que una prueba de lo cerca que estaba de sus alumnos era el hecho de poder decir cosas como «mierda» cuando hablaba con nosotros.

Christer se metía una bolsita nueva de snus bajo el labio superior después de cada taza de café y escondía las viejas en una servilleta de papel antes de tirarlas a la papelera. A Christer le gustaban el orden y la pulcritud, incluso en lo asqueroso.

Aquel día, cuando terminó el juicio contra el evasor de impuestos y volvimos al instituto, entonces sí que se mostró satisfecho. Decía que lo habíamos hecho «bien». Christer siempre estaba «satisfecho» o «preocupado», nunca entusiasmado ni supercabreado. Christer siempre quería dar por lo menos medio punto a las respuestas que uno se aprendía de memoria.

Christer estaba tumbado cuando murió. Con las manos cubriéndose la cabeza y las rodillas recogidas, más o menos como mi hermanita Lina cuando está profundamente dormida. Se desangró antes de que llegara la ambulancia y me pregunto si su esposa y sus hijos opinan que las cosas en realidad no son tan sencillas y que yo soy inocente puesto que ningún tribunal ha dicho todavía que sea culpable.

Semana 1 del juicio, lunes

2

La ropa que llevo hoy la ha comprado mi madre. Pero también podría haberme puesto directamente un pijama a rayas como el de los hermanos Dalton. Voy disfrazada.

Aunque, a decir verdad, las chicas siempre van disfrazadas. Ya sea de chica guapa que lo tiene todo controlado o de chica lista y seria. O de chica relajada en plan «no me importa cómo voy», con el pelo recogido en un moño desarreglado, sujetador de algodón sin tirantes y una camiseta «casi demasiado transparente».

Mi madre me ha intentado disfrazar de chica de dieciocho normal y corriente que ha acabado aquí sin haber hecho nada malo. Pero la blusa me aprieta los pechos. En prisión provisional he subido de peso y se abren unas hendiduras entre los botones. Parezco una vendedora que se ha puesto una bata médica para perseguir a la gente en un centro comercial con muestras gratuitas de crema para la cara. «No creas que vas a engañar a nadie».

—Qué guapa vas, cariño —me susurra mamá desde su sitio en primera fila. Siempre lo hace, siempre me lanza cumplidos, basura que espera que yo clasifique. Cumplidos inventados, yo no soy «hermosa» ni se me «da bien dibujar». No debería «cantar más» ni apuntarme a «clases de teatro» después del instituto. Que me lo diga mi madre resulta altamente humillante, ya que demuestra que no tiene ni la menor idea de lo que sí se me da bien, o de cuándo estoy guapa. No despierto suficiente interés en ella como para que pueda hacerme un cumplido que se ajuste a la realidad.

Resulta incomprensible lo poco que se entera mamá. «¿Por qué no sales un rato?», podía decirme esos últimos meses cuando ya no tenía ánimos para fingir que le apetecía «que me quedara y le contara» cómo me había ido el día. «¿Por qué no sales un rato?». Yo ya tenía edad para votar y comprar alcohol en los bares. Podría llevar tres años follando legalmente. ¿Qué pensaba que iba a hacer? ¿Jugar al escondite con los vecinos? «Uno-dos-tres-cuatro-ya voy», y dar vueltas corriendo entre jadeos por el jardín para mirar detrás del mismo arbusto, del mismo armario, del mismo parasol roto en el garaje. «¿Lo habéis pasado bien?», me preguntaba cuando volvía a casa con la ropa apestando a hachís. «¿Podrías colgar la chaqueta en el sótano, cariño?».

Ayer noche pude hablar con ella por teléfono. Su voz era más aguda que de costumbre. Es el tono que usa cuando hay alguien más escuchando o cuando está haciendo otra cosa al mismo tiempo. Mi madre hace casi siempre algo al mismo tiempo, recoger, mover cosas, pasar un trapo, ordenar. Tiene nervios constantes, inquietud en el cuerpo. Siempre ha sido así, no es culpa mía.

—Todo irá bien —dijo. Varias veces. Las palabras se tropezaban. Yo no dije gran cosa. Me limité a escuchar su tono de voz demasiado agudo—. Todo irá bien. No te preocupes, todo irá bien.

Sander ha tratado de explicar lo que pasará durante la vista, lo que puedo esperarme. En prisión me han pasado un vídeo informativo en el que unos actores de vergüenza ajena representaban un juicio de dos tíos que se habían liado a palos en un bar. El acusado era considerado culpable, pero no de todos los cargos presentados, solo la mitad, más o menos. Después de ver el vídeo, Sander me preguntó si tenía alguna duda. «No», contesté.

Lo que mejor recuerdo del juicio sobre fraude fiscal al que fuimos con la clase es que había silencio. Todo el mundo hablaba en voz baja y todos los demás sonidos quedaban ampliados: un carraspeo, una puerta al cerrarse, una silla siendo deslizada por el suelo. Si alguien se hubiera olvidado de silenciar el teléfono y hubiese recibido un mensaje allí dentro, habría resonado igual de fuerte que cuando apagan las luces en la sala de cine y hacen alarde del nuevo sistema de sonido envolvente que acaban de instalar. Y en medio del silencio, el evasor permanecía allí sentado, retirándose el pelo grasiento de la frente. Cuando el fiscal leyó los cargos, el acusado miró a su abogado y fue soltando bufidos de indignación. Recuerdo haber pensado que era un payaso. ¿Por qué hacía ver que estaba sorprendido? El fiscal y el abogado del payaso hablaban por turnos, leían en voz alta, repetían las mismas cosas dos o tres veces y se aclaraban la garganta demasiado a menudo. Toda la escena parecía un montaje. No porque no hubiera nada «como en las pelis», sino porque todos los implicados parecían estar muertos de aburrimiento, hasta el acusado parecía tener dificultades para concentrarse. Incluso en la vida real todos eran malos actores que no se habían aprendido el guion.

A Samir, en cambio, nada le parecía ridículo. Se echaba hacia delante en la incómoda silla, descansaba los codos en las rodillas y arrugaba la frente. Era la disciplina que mejor se le daba: mostrar lo serio que era, que las cosas serias se las tomaba en serio. Para Samir, esos bufones en poliéster eran los oradores más fascinantes que había escuchado en toda su vida. Y Christer disfrutaba. Del juicio y de Samir el Serio. Samir apenas tenía que abrir la boca para lamerle el culo a Christer. Después le chinchábamos con eso, Amanda y yo. Nos gustaba chinchar a Samir. Pero Labbe le dio una palmada en el hombro como si fuera su hijo más pequeño y hubiese marcado el gol decisivo en un partido de fútbol. «Samir lo ha entendido todo —dijo Labbe, y Samir esbozó una sonrisita—. Todo».

En casa estuve bastante a gusto incluso en segundo de bachillerato. Mamá y yo aún hablábamos de cosas que no tenían que ver con a qué hora le parecía que yo debía volver a casa. Mamá estaba orgullosa de mí, o al menos de cómo me había educado. Presumía de sus efectivos métodos para lograr que yo hiciera exactamente lo necesario para que su vida fuera más fácil. Contaba cosas como que con tan solo cuatro meses ya dormía toda la noche, que me lo comía «todo» y que sujeté la cuchara desde el primer día que tomé alimentos sólidos. Que quería empezar la escuela un año antes porque la guardería me parecía aburrida. Que quería ir sola a la escuela antes de haber cumplido los ocho y que me «encantaba» estar sola en casa sin canguro. Decía que me había dejado aprender a ir en bicicleta sin pedales antes de subirme a una bici de verdad, y que gracias a ello nunca tuvo que agacharse y aguantar el portapaquetes para que no me cayera. Chas, y me puse a pedalear mientras ella caminaba a mi lado con su ropa fresca y se reía a un volumen adecuado.

Lo que mamá hizo por mí, para que mi vida fuera más sencilla, es algo que nunca salió a la luz, pero en aquella época ella estaba plenamente convencida de que si yo era tan fácil y daba tan pocos problemas era porque ella había hecho lo correcto.

Hoy, aquí dentro, también reina el silencio, supongo. Pero nada que ver con la cosa aquella del fraude fiscal. Con tantas personas importantes esperando a que ocurran cosas importantes, el aire se ha vuelto denso. Supongo que la fiscal y los abogados están cagados de miedo por si hacen el ridículo. Incluso Sander está nervioso, aunque si no lo conoces es imposible darte cuenta.

Quieren demostrar lo que valen. Cuando el Panqueque contaba cómo creía que iba a transcurrir la sesión, hablaba de las «probabilidades» y «nuestras posibilidades», igual que si hubiese sido mi entrenador de baloncesto y yo la pívot del equipo. Él quiere «ganar». Hasta que Sander no chasqueó la lengua, el Panqueque no cerró el pico.

La vista del día empieza con el presidente del tribunal pasando una especie de lista. Se aclara la garganta delante del micrófono, la gente deja de musitar. El juez comprueba que estén presentes todos los que tienen que estarlo. No tengo que alzar la mano cuando llega mi turno, pero el presidente me mira asintiendo con la cabeza y lee mi nombre. Después saluda también a mis abogados y lee los suyos. Arrastra las palabras al hablar, pero no amodorrado, está tan serio que podría reventar las costuras del traje ese tan feo que lleva.

El juez nos da la bienvenida. No es broma. Yo no digo «gracias por recibirme», porque no se supone que deba contestar, aunque creo que estoy haciendo bien todo lo que me toca. No sonrío, no lloro, no hurgo en ningún orificio de mi cuerpo. Mantengo la espalda debidamente erguida y trato de evitar que los botones de mi camisa salgan disparados.

Cuando el presidente del tribunal le dice a la fiscal que puede comenzar, esta parece tan tensa que por un momento creo que se va a poner en pie de un salto. Pero la mujer se limita a acercar más la silla a la mesa, se inclina hacia el pequeño micrófono que hay en ella, aprieta un botón y carraspea. Como si cogiera carrerilla.

Fuera, en la sala de espera de los abogados, donde estuvimos sentados antes de entrar aquí, el Panqueque me explicó que la gente ha hecho cola para coger sitio. «Igual que en un concierto», declaró, casi con orgullo. Sander parecía tener ganas de soltarle un guantazo.

Nada de lo que hay aquí dentro recuerda a un concierto. Yo no soy ninguna estrella de rock. Los que se ven atraídos por mí no son fans, solo carroñeros. Cuando los periodistas atizan las portadas conmigo huele a muerte, lo cual excita aún más a las hienas.

Pero aun así Sander quería que la vista fuera abierta. Ha exigido que dejen entrar a los medios y al público en general, a pesar de mi corta edad. No para que el Panqueque pueda hacerse el chulo, sino porque «es decisivo que la fiscal no pueda monopolizar las informaciones de la prensa». Supongo que eso significa que a él le gustaría mucho mostrar sus propias aportaciones, pero quizá también le haya dado por pensar que mis detractores podrían cambiar de opinión, siempre y cuando puedan oír «mi versión». Sander se equivoca. No tendrá ninguna relevancia.

Les encanta odiarme. Lo odian todo de mí. ¿Igual que en un concierto? Cuesta creer que el Panqueque haya estado cerca de cualquier música en directo que no sean los karaokes que montan en el zoo cada verano. Me apuesto cualquier cosa a que su emisora preferida es la ochentera Vinyl 107 y que se sabe las musiquitas de los anuncios del coche familiar perfecto.

Nueve meses atrás, una semana después de que pasara todo, hubo disturbios en Djursholm. Un puñado de chavales cogieron el metro hasta Mörby, se subieron después al autobús 606 y recorrieron las ocho paradas, todo el camino, hasta la plaza de Djursholm. Querían «¡enseñar un par de cosas a esos cabrones de mierda!». O, tal como lo formulaban los más leídos, «pijos de mierda». Si no, por lo general los disturbios de la periferia suelen desatarse en los barrios cochambrosos de los propios vándalos, entre bloques de viviendas sociales, locales recreativos y moteros desintoxicados que ahora son «monitores de ocio» y «líderes de la comunidad» porque ningún empleador quiere cogerlos ni con pinzas. Y cuando en la prensa pone que «la periferia está en llamas», suele tratarse de viejos cacharros tuneados con ambientadores en forma de arbolito y sin permiso de circulación, no de coches de empresa a todo riesgo que corren a cuenta de la compañía y que son sustituidos en cuanto un retrovisor empieza a dar problemas. Pero esta vez fue distinto.

Durante tres días y tres noches se desató la guerra en la plaza Djursholm y cerca de la casa de Sebastian, en la calle Strandvägen. La segunda noche hubo una cincuentena de personas implicadas en los altercados. Sander me lo contó, me enseñó los artículos.

Escaparates rotos en las boutiques de viejas de la plaza. ¿Qué robaban? ¿Una blusa con lazo, una mantita a cuadros escoceses y un decantador de vino de cristal? Y ¿adónde fueron cuando los echaron de la Villa Fagerman? ¿A nuestra casa? ¿Sabían llegar? Y teniendo en cuenta la importancia que mi madre le daba a «saludar correctamente para mostrar respeto» al primer pordiosero que se sentara a pedir limosna a las puertas del súper Coop en la calle Vendevägen, con su vaso de cartón y su manta meada, ¿qué pensó hacer ella respecto a los bates de béisbol y los cócteles molotov? «Hola, hola. Que pase buen día. Feliz fin de semana». Me pregunto qué les diría mi madre durante esos días a los antidisturbios que echaron una mano delante de nuestra casa para «mantener el orden». «¿Se apañan ustedes?».

En los periódicos que Sander me ha enseñado se especula sobre el «porqué». Si tenía algo que ver con lo que Sebastian y yo «simbolizábamos», con aquello de lo que «éramos expresión» y con lo que nuestros actos «habían provocado». ¿Hubo tanto jaleo porque lo ocurrido era asquerosamente despreciable? ¿Se enfadaron más porque nosotros éramos ricos y ellos no? ¿O hubo peleas solo porque un grupito de gánsteres de poca monta necesitaba una razón para liarse a palos (y porque la liga de fútbol sueca hace parón en junio)? Fuera lo que fuera, a los camorristas no los dejan entrar aquí dentro.

En la sala del tribunal hay, más que nada, periodistas. Muchos están escribiendo con portátil. Nadie puede sacar fotos, está «prohibido fotografiar», probablemente incluso hayan tenido que entregar los teléfonos antes de entrar, al menos una parte de los periodistas va con libreta y boli.

También hay un pobre dibujante. Cabría pensar que estoy sacada de alguna obra de Dickens, una niña comida por las pulgas que se enfrenta a la horca, o una Elvira Madigan sacada de una vieja octavilla. «Tristes cosas acaecen, incluso en nuestros días». La cantábamos en secundaria. Amanda lloraba, por supuesto, estaba de lo más mona cuando lloraba sin estar triste de verdad («adorable»), así conseguía incluso más atención de la que ya despertaba por defecto.

A Amanda la describen como mi mejor amiga. En la prensa, en la tele, en el informe del caso, incluso mi propio abogado la llama así. «Mi mejor amiga».

¿Era Amanda la persona con la que más me relacionaba, aparte de Sebastian? Sí. ¿Era Amanda la persona con la que más hablaba, aparte de Sebastian? Sí. ¿Aparece a mi lado en, más o menos, doscientas sesenta fotos de Facebook? ¿Estuve chateando con ella por móvil una media de dos horas diarias durante los primeros cuatro meses de los seis que han revisado para analizar mi actividad telefónica? ¿Me ha etiquetado en más de cien posts con #mejoresamigas en Instagram? Sí. Sí. Sí.

¿Quería a Amanda? ¿Era la mejor de mis amigas? No lo sé.

Semana 1 del juicio, lunes

3

En cualquier caso, me encantaba estar con Amanda. Íbamos casi siempre juntas. En clase y en el comedor nos sentábamos juntas, estudiábamos juntas y hacíamos pellas juntas. Rajábamos de las tías que nos caían mal («no es por ser zorra, pero»), ascendíamos hacia ninguna parte en las máquinas de steps del gimnasio. Nos maquillábamos juntas, íbamos de compras juntas, hablábamos durante horas, chateábamos sin interrupción, nos reíamos de aquella manera en que se ríen las chicas en las pelis cuando una está boca abajo en la cama de la otra mientras esta está de pie en el colchón y lleva un camisón demasiado corto y usa un cepillo a modo de micrófono mientras hace playback de una canción buena o imita a alguna petarda del instituto.

Salíamos de fiesta juntas. Amanda se emborrachaba enseguida. La trompa siempre seguía el mismo patrón: risitas, carcajadas, bailar, caer, más risas, tumbarse en un sofá, llorar lagrimones calientes que se le metían en las orejas. Vomitar, llegar a casa. Siempre era yo la que cuidaba de ella, nunca al revés.

Me gustaba estar con Amanda, poder desconectar de todo. Junto a ella parecía evidente que el sentido de la vida era pasarlo lo mejor posible. Y, por lo demás, su papel de rubia tonta resultaba de lo más entretenido. Si le preguntabas qué tiempo iba a hacer, te contestaba «chanclas». O «pantis tupidos». Si hacía mucho frío, contestaba que aquello era «un maldito resort de esquí» y entonces venía al instituto con leggings térmicos, botas forradas y anorak de plumas con cuello de piel de conejo.

Decir que Amanda era superficial sería demasiado fácil. Desde luego, no habría podido sacarse un dinero extra como editorialista en un periódico serio. Opinaba que «la represión es horrible», que «el racismo es horrible» y que «la pobreza es superhorrible». Era una tartamuda positivista. De las que duplican las valoraciones. Supersuperbien, megamegachulo y miniminidiminuto. (Esto último incluso contaría como triplicación). Su visión de la política, de la igualdad o de cualquier otra cuestión cogida al azar se basaba en los tres capítulos y medio que había visto de Objetivo: periodismo de investigación (y con los que había llorado). Y cuando miraba los vídeos en YouTube del hombre más gordo del mundo saliendo por primera vez en treinta años de la casa en la que vivía te decía: «¡Shhh! Ahora no, estoy mirando las noticias».

De lo que más le gustaba hablar a Amanda era de sus propias angustias. Se inclinaba y te susurraba lo pesados que eran los trastornos de alimentación y el insomnio («de verdad, superpesado»). Durante una época me explicó que «tenía» que evitar el color verde y el número nueve, que «tenía» que evitar los bordes de las aceras («o sea, no es algo que yo decida, es que tengo que hacerlo; si no, me creo que voy a morir, o sea morir de verdad, realmente morir»). A veces subía el volumen si no conseguía provocar la reacción que buscaba. Podía fingir que una quemadura que se había hecho mientras tratábamos de preparar tortitas para merendar era una cicatriz de otra cosa, algo de lo que «prefería no hablar». La idea era que la gente creyera que se trataba de las marcas de un intento de suicidio. Que yo pudiera contar la verdad era una posibilidad que ni siquiera sopesaba.

Pero no era algo tan simple como que Amanda dijera mentiras, o al menos no era solo eso. Está claro que a veces la vida le parecía pesada. Y creía que la angustia era equivalente a preocuparse por si perdía el autobús y que tenía bulimia porque se encontraba mal si se tragaba doscientos gramos de chocolate con nueces en menos de diez minutos.

Amanda estaba mimada, por supuesto que sí, por su madre, su padre, su terapeuta y el que cuidaba de su caballo. Pero no era cuestión de ropa y chismes. Era otra cosa. Tenía la misma postura hacia sus padres y hacia sus profesores —hacia todas las autoridades, incluido Dios— que la que tenía hacia el personal de servicio, como si todos fueran recepcionistas de un hotel de lujo. Esperaba obtener ayuda para cualquier cosa, desde un grano en la nariz y un pendiente perdido hasta atención médica de urgencia y vida eterna. Le daba igual si Dios existía o no, pero era obvio que Él tenía que ayudar al primo de Amanda que tenía cáncer, puesto que le daba «supersuperpena», y el primo era «supersupermono, aunque se ha quedado calvo». Le daba pena la gente con problemas pero le molestaba que no sintieran la misma pena por ella.

Y era una egocéntrica. Le dedicaba tanto tiempo a su melena, larga hasta la cintura, que cabía pensar que se trataba de su abuela moribunda. La gente la veía simpática. Pero ella no era realmente simpática. Siempre te preguntaba dos veces si querías leche en el café («¿estás segura del todo?») y te hacía sentirte gorda. Decía «me gustaría tanto ser como tú, relajada y despreocupada de mi aspecto» y «eres increíblemente fotogénica», y esperaba que le dieras las gracias, porque no entendía que lo encajabas como un insulto.

Y sí, Amanda opinaba que «la política es superimportante». Pero no estaba políticamente comprometida de esa manera que hace que la gente quiera apuntarse a una asociación de jóvenes, ir de campamento y disparar con arco junto a otros semejantes en pantalón corto. Tampoco se habría teñido jamás el pelo de negro ni le habría prendido nunca fuego a una granja de visones, ni habría tenido siquiera ánimos para leerse un informe sobre el agujero de la capa de ozono y la desaparición de las barreras de coral, y desde luego no estaba políticamente comprometida de la manera en que todos los profes creían que lo estaba Samir, porque tenía un padre que había ido a la cárcel y había sido torturado por defender sus puntos de vista.

Para Amanda, la política consistía en que la diputación provincial debería financiar la operación de balón gástrico que planeaba hacerse si algún día llegaba a pesar «como sesenta kilos». Era «lo más justo», «teniendo en cuenta los impuestos que todos pagamos». Y con «todos» no se refería a su madre, pues el único dinero que su madre gestionaba venía de las vueltas de la caja del súper cada vez que iba a hacer la compra. Luego lo metía en el banco en lo que llamaba su «cuenta para zapatos», y que a Amanda le impulsaba a poner gestos de hastío. Despreciaba aquella cuenta. A mí me lo contaba, pero solo porque pensaba que su madre era ridícula, no porque le pareciera raro que esta pudiera reservar de forma impulsiva un vuelo en primera clase a Dubái con estancia en un hotel de lujo para toda la familia el puente de noviembre pero que tuviera que ocultar calderilla para poder comprarse unos vaqueros nuevos sin tener que pedir permiso.

De qué manera Amanda pasaba a formar parte de «todos» junto con su padre y el dinero de este y de qué manera le parecía que ella misma aportaba algo a la economía nacional eran temas que nunca quedaron claros.

Durante una discusión política con Christer unos meses antes de que todo pasara salió a colación el Che Guevara.

—Me parece despreciable matar a niños —dijo Amanda—. Aunque no conozco demasiado lo que pasa en Oriente Medio.

Samir estaba sentado detrás de ella, en diagonal, y Amanda tuvo que esperar un momento antes de que él entendiera que era el destinatario de su intervención.

—Así que puedo entender que odies a los americanos —dijo ella cuando por fin logró captar su mirada.

No recuerdo qué fue lo que dijo Christer. Solo que Samir me miró a mí. Directamente a mí, no a Amanda. Le parecía que era culpa mía que Amanda no supiera quién era el Che Guevara. Que no fuera capaz de distinguir entre Latinoamérica, Israel y Palestina. Y que se le hubiera metido entre ceja y ceja que Samir tenía algo personal con Estados Unidos.

Claro. Amanda estaba interesada en política a un nivel Disney Channel, y a veces costaba mirarla y verla como supersuperencantadora. Casi nunca hablábamos de política. A mí me daba dolor de cabeza y Amanda se mosqueaba porque se daba cuenta de que se le notaba que no sabía de qué estaba hablando.

Pero muchas veces pensé, tumbada en su alfombra y escuchando su voz de «ahora estamos en una peli de adolescentes en la que todos se suben de un salto al descapotable sin abrir la puerta», mientras le prestaba la misma atención que al hilo musical de un ascensor, que ella y yo éramos tan diferentes que nos volvíamos bastante parecidas. Amanda hacía ver que se implicaba y yo hacía ver que pasaba de todo. Y se nos daba tan bien fingir que engañábamos a todo el mundo, incluso a nosotras mismas.

¿Que si pienso que era una lerda? En el informe policial aparece un mensaje de Amanda para Sebastian. Se lo mandó cuatro días antes de que tanto ella como él murieran. «No estés triste —le ponía—. Pronto esta primavera no será más que un vello recuerdo».

La fiscal todavía no se ha puesto a hablar de Amanda. Se lo guarda para el crescendo. Ahora se está centrando en Sebastian.

Sebastian, Sebastian, Sebastian. Va a pasarse días hablando de él. Todo el rato. Si hay alguien en todo esto que se pueda parecer a una estrella de rock, ese es Sebastian. Sander me ha mostrado las fotografías que la prensa ha encontrado y publicado. La foto individual de Sebastian en blanco y negro del álbum de la clase ha salido por lo menos en veinte portadas, por todo el mundo, incluida la de Rolling Stone. Pero también hay otras fotos. Sebastian sonriendo con un cigarro en la boca, borracho y con sudor en la frente, de pie en la popa de su barco mientras navegamos por el canal de Djurgården de camino a Fjäderholmarna y yo sentada justo debajo, apoyando la cabeza en su regazo. Hay otra del mismo viaje en la que Samir está sentado a mi lado mirando en la otra dirección, volviéndonos la cara. Parece que lo hayamos obligado a venir, que esté aguantando el mareo por estar cerca de nosotros. Amanda está al otro lado, dientes blancos, piernas bronceadas, ojos azules, montones de pelo ondeando en la dirección adecuada. Dennis no sale en las fotos, evidentemente. Pero hay fotos suyas en el informe; Sebastian tenía algunas en su móvil, le gustaba sacarle fotos cuando iba borracho, no sé por qué no las han conseguido. La cuestión es que hay fotos suyas y de Dennis, juntos, igual de borrachos, colocados, enloquecidos. Sebastian está espectacularmente guapo en todas. Dennis parece Dennis.

La fiscal hablará más de lo que Sebastian hizo que de otra cosa, porque dice que todo lo que hizo, lo hicimos juntos. No sé cómo voy a tener fuerzas para escuchar. Pero es peligroso desconcentrarse. Porque entonces vienen los sonidos.

Los sonidos de cuando entraron en el aula y me apartaron de un tirón, el sonido de cuando la cabeza de Sebastian golpeó contra el suelo, hueco. Me resuenan por dentro, en cuanto me despisto vuelven. Me clavo las uñas en las palmas de las manos. Pero no sirve de ayuda. No puedo eliminarlos. Mi cerebro siempre me arrastra de vuelta a esa maldita aula.

A veces cuando duermo sueño con ello. El momento antes de que llegaran. Mi mano en su sangre, lo tengo tumbado en mi regazo y presiono con todas mis fuerzas. Los borbotones no se detienen, por mucho que apriete. Es como tratar de cortar el agua que sale de una manguera que ha comenzado a soltarse del grifo. ¿Lo sabías, que la sangre puede salir a chorro? ¿Que es imposible detenerla con la manos? Y Sebastian se va quedando frío, todavía lo noto, por las noches —una y otra vez—, sus manos se enfrían cada vez más. Pasa deprisa. Y sueño con el momento en que Christer exhaló su último aliento. Sonó como un desagüe en el que has echado sosa cáustica. No sabía que se pudiera soñar con el tacto de la piel de otra persona ni con cómo suenan las cosas, pero se puede. Lo sé porque lo hago constantemente.

Trato de no mirar a los que están e ...