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ASHENDEN PARK

Elizabeth Wilhide

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Fragmento

1

El huevo del cuco

2010

El invierno ha sido despiadado con la casa, el frío amargo ha corroído la mampostería de color miel y ha desconchado y desmenuzado partes de la fachada. Incluso en las zonas exteriores menos expuestas —por ejemplo, debajo de los aleros—, donde las semanas de gélida escarcha no han podido hacer tanto daño, han aparecido humedades en forma de feos manchurrones que florecen como flores malévolas y putrefactas.

Ashenden Park, construida a finales del siglo XVIII, y uno de los mejores ejemplos de casas de estilo paladiano del país según los expertos, estuvo rodeada antaño de miles de acres de terreno. A lo largo de los años se han ido reduciendo a unos pocos cientos, que no obstante bastan para ofrecer una vista ininterrumpida en todas las direcciones.

Veamos los alrededores. La casa parece una isla en medio de un mar verde. Enfrente, una pendiente se alza hasta una suave colina tachonada de árboles y en la que pastan los ciervos; por detrás, los bancales descienden de forma más abrupta hasta el río, no se ven indicios del mundo moderno por ninguna parte. El edificio principal, como los dos pabellones más pequeños que lo flanquean, está coronado por un frontón en la parte más alta. El centro, y el foco de simetría es una galería exterior con arcos sobre columnas en grupos de tres, cinco y siete que se alza desde la primera planta hasta el tejado. En el piso bajo, una pared rematada con una balaustrada une los edificios entre sí y proporciona elegancia al conjunto. Desde lejos, al llegar por el camino de entrada, por ejemplo, las líneas nítidas de la arquitectura parecen intactas y es posible apreciar la claridad del diseño más de dos siglos después de que cobrara vida a partir de unos planos y pasara de ser un mero proyecto a tener existencia real.

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Veámosla otra vez. Vista de cerca, los desperfectos son brutales y alarmantes. La línea del tejado está mellada, los alféizares podridos, las ventanas miran con ojos apagados. Otro invierno así de severo y el deterioro se colará en el interior y el problema será mucho más grave. Ya hay goteras en el tejado, y la calefacción que sigue funcionando en las habitaciones principales apenas basta para mantener a raya la humedad.

La casa es mucho más pequeña que un palacio, también es más pequeña que muchas otras parecidas, y sin embargo mucho mayor de lo que la mayoría de la gente consideraría una vivienda normal. ¿Que cuántas habitaciones tiene? Depende de cómo las contemos. Unas dos docenas en el edificio principal, más o menos, sin contar los vestíbulos, rellanos y escaleras, que son muy numerosos. Los pabellones laterales, que antiguamente eran las dependencias para la servidumbre, también son casas. En conjunto, tal vez pueda considerarse una mansión, pero, gracias a la habilidad del arquitecto, es generosa y está concebida a una escala humana. Si la viésemos desde el cielo, desde el pasillo aéreo del aeropuerto de Heathrow bajo el que se encuentra, tendríamos la tentación de cogerla y colocarla en la palma de la mano para protegerla.

La casa contiene tiempo. Sus muros conservan historias. Muertes y nacimientos, idas y venidas, personas y sucesos que acontecieron en ella. Algunos de sus ocupantes (y no todos ellos han sido sus propietarios) la han tratado bien, otros la han descuidado de manera criminal. De momento, no obstante, subsiste suspendida en una especie de vacío, como si se hubiera quedado dormida o alguien la hubiese hechizado. Ese silencio no durará, es imposible. Algo habrá que hacer.

Charlie Minton, de cincuenta y siete años, casado en segundas nupcias, con un hijo, despertó y por un momento no supo dónde se encontraba. Era una sensación familiar: a lo largo de los años había despertado en pensiones, tiendas de campaña, hoteles de tres, cuatro y cinco estrellas, barracones, asientos traseros de coches y en el suelo de aeropuertos en Beirut, Tokio, Nueva Orleans, Río y Pretoria, y había tenido la misma sensación momentánea de desconcierto. Era una consecuencia de la vida itinerante y nómada que había escogido en otra época y que ahora añoraba a veces. En esa ocasión, pensó, aquella luz grisácea solo podía ser la de Inglaterra, y a medida que fue amaneciendo reparó en algo aún peor, y es que se hallaba en Ashenden Park. Más concretamente, en una cama en una de las habitaciones vacías del pabellón sur, la parte de la casa que habían reformado su tía y su tío hacía treinta años para pasar allí la jubilación.

Se acurrucó debajo del edredón, pero sus esperanzas de volver a sumirse en el sueño y pasar en paz otros cinco minutos se quedaron en nada. ¿Cómo iba a hacerlo si todas las mañanas de las últimas dos semanas le había agobiado el mismo peso nada más abrir los ojos?

Quince días atrás, una noche de febrero, estaba sentado ante su mesa de trabajo en el apartamento del Lower East Side que compartía con Rachel, su segunda mujer, corrigiendo las galeradas de un catálogo que debía acompañar una exposición retrospectiva de sus fotografías. Era el tipo de trabajo que es mejor hacer con luz natural, y se apartó del engañoso calorcillo de la lámpara de estudio para asomarse a la ventana y contemplar las ráfagas de nieve que el viento arrastraba a la luz de las farolas. Estaba pensando en lo poco que le gustaba la palabra «retrospectiva» —le recordaba lo viejo que era— cuando sonó el teléfono. El perro, que dormitaba en su cesta, alzó la cabeza.

Era la noche que Rachel iba al Centro Sita y a veces le llamaba para decir que no tenía ganas de calentarse la cabeza y le preguntaba si prefería que comprase comida para llevar o tenían algo en la nevera. Pero al ir a coger el auricular que descansaba en la base como un bebé indio en su cunita, pensó que era raro que lo llamara al fijo. Rachel siempre lo llamaba al móvil.

No era Rachel, y solo al descolgar el auricular reparó en que la luz roja parpadeaba.

Debajo del edredón, aferrándose a su calor corporal en una fría y húmeda mañana inglesa, Charlie recordó que su mujer cruzó la puerta del apartamento aquella noche de febrero en Nueva York y dejó en el suelo la bolsa con el equipo de yoga mientras los copos de nieve como estrellas se derretían sobre los botines negros que le había regalado por Navidad. Después de saludar al perro extasiado, cuyas uñas resbalaban por los tablones encerados del suelo, lo miró a la cara y le preguntó qué pasaba.

Por un momento pensó no contárselo. Fingir que no ocurría nada. Luego le dijo que acababa de llamarle su hermana para darle la noticia de que Reggie había muerto.

—¿Tu tía Reggie?

Asintió con la cabeza.

—¡Oh, cuánto lo siento, cariño! —Atravesó la habitación para darle un abrazo y él notó el aroma a sándalo de su cabello—. Qué mala noticia. —Cualquier otro le habría dicho que su tía tenía más de noventa años y había vivido una vida larga y feliz. Pero Rachel nunca repetía esos tópicos, y ese era uno de los motivos por los que la amaba—. ¿Cuándo ha sido?

—Sobre el mediodía. Ros estaba muy afectada. Llevaba todo el día intentando localizarme. —Ros era su hermana.

—¿No te ha llamado al móvil?

—Un montón de veces. Estas puñeteras redes no sirven para nada.

Rachel le acarició el brazo.

—¿Piensas ir al funeral?

Antes de responder, tuvo que decirle lo demás, aun sabiendo que eso significaría que no podría seguir apartándose de la realidad.

—Nos ha dejado la casa. A mí y a Ros.

Rachel retrocedió un paso.

—¿Ese caserón?

—Ashenden Park.

Ashenden Park. En su mente se formó la imagen de su mampostería anaranjada y de su severa simetría clásica. Su tío Hugo —el hermano de su madre— la había comprado justo después de la guerra y junto con su mujer Reggie la había salvado de lo que habría sido una destrucción casi segura. Los dos se adoraban y habían restaurado laboriosamente la casa, pero no tenían hijos.

—Pensé que iban a donarla al país o algo parecido.

—Al National Trust. —Contuvo el aliento y notó la misma sensación que veinte minutos antes cuando le comunicaron la noticia: la de abrir una puerta y caer al vacío. Caer, caer y caer, mientras los pies intentaban apoyarse en un suelo inexistente—. Es lo que creíamos todos.

—¿Seguro que Ros lo ha entendido bien?

—Esta tarde ha llamado al abogado de Reggie y él se lo ha dicho. Nos ha dejado la casa y lo que quede del fondo que le abrió Hugo. Tengo que ir cuanto antes.

El rostro de Rachel registró varios ajustes internos, cambios de perspectiva. Sin embargo, esa era otra de las razones por las que la amaba, no se apresuraba a dar su opinión ni a hacer predicciones. Se contenía. Solo a esas alturas de la vida Charlie había comprendido la paradoja de la verdadera intimidad, que dependía de ese tipo de respeto.

—Ocurra lo que ocurra no será rápido. Tendré que cancelar los seminarios en Parsons. Solicitar un permiso —dijo.

—¿Y la exposición?

Se encogió de hombros.

—Comamos. Ya hablaremos después.

Ahora, dos semanas después, esa mañana húmeda y gris en Ashenden Park, acurrucado en el hueco del colchón, mientras oía el crujido del somier oxidado y la percusión de los muelles cada vez que hacía el más mínimo movimiento, Charlie pensó en que aquellos botines negros habían sido una buena compra y en lo mucho que le gustaría vérselos puestos a Rachel en ese preciso instante. Echaba mucho de menos a su mujer.

En su primer matrimonio, Charlie había experimentado con las similitudes, los intereses compartidos y las cosas en común. Desde entonces había llegado a la conclusión de que los opuestos funcionaban mejor. La gente piensa que los opuestos chocan, pero la experiencia le había demostrado que lo que chocaba eran los iguales cuando compiten por el mismo terreno. Los opuestos no tienen por qué ser sinónimo de conflicto y guerras de atrición y a veces se atraen y todo va sobre ruedas.

Rachel y él se habían conocido nueve años antes en una fiesta para recaudar fondos para Parsons; sus seminarios empezaban a ser populares entre los estudiantes y corría el rumor de que iban a ofrecerle una plaza fija; ella era una licenciada del departamento textil, «una tejedora marchosa», según un colega que reparó en que la estaba mirando, y la «hija de Jacob Gronert, uno de nuestros mayores benefactores», según el cordial miembro del claustro que los había presentado. Ella no le pareció una tejedora, sino la respuesta a las esperanzas que albergaba desde hacía años. Una semana después durmieron juntos por primera vez; tres meses más tarde (cuando solo habían pasado dos del ataque contra las Torres Gemelas), Rachel se mudó al apartamento en el Lower East Side que él había alquilado desde los tiempos en que los taxis no se atrevían a ir allí. El verano siguiente se casaron.

Por primera vez Charlie descubrió que era posible disfrutar de la vida doméstica, desear ver el cepillo de dientes de otro en el cuarto de baño todas las mañanas y que ese otro fuese la misma persona.

Se deshizo de muchas de sus cosas. Juntos compraron otras nuevas. Lijaron las tablas manchadas del suelo y compraron un cachorro. A él le ofrecieron una plaza fija, ella expuso sus obras aquí y allá en galerías del SoHo, luego inició un blog llamado «Lana y agua» justo cuando empezaba la recuperación de la artesanía, y eso llevó a la apertura de una tienda, Lana y Agua, en Tribeca, donde se dedicó a vender lana peruana teñida a mano y madejas de cachemira de comercio justo y a dar clases a una legión de tejedoras. Lo cual condujo a un libro, también titulado Lana y agua, con un subtítulo explicativo para aquellos que no hubiesen reparado en la alusión a Alicia a través del espejo. (Todavía había gente que cruzaba la puerta de la tienda con la esperanza de comprar botellas de Evian.) Por esas fechas sus padres, que nunca habían aprobado que se casara con Charlie, se apaciguaron un poco y su padre se ofreció a invertir capital para expandir la tienda y fundar una cadena. Cuando Rachel rechazó la oferta, Charlie se sintió orgullosísimo de la determinación de su mujer de regir su propia vida.

A los veinticinco, a los treinta y cinco o a los cuarenta y cinco años Charlie, sentado en el asiento trasero de un taxi destartalado con su Nikon F en la mano, mientras el conductor asomaba como si tal cosa un fusil de asalto por la ventanilla, o bebiendo en el bar de un sucio hotel de Macedonia con prostitutas, diplomáticos indiscretos y miembros de la mafia local, o sin poder asistir a la segunda (y última) ocasión en que una de sus fotografías ganó un premio de la prensa porque estaba sudando en una cárcel mexicana cerca de la frontera, no habría reconocido a aquel Charlie de cincuenta siete años que hacía reformas en casa, estaba enamorado de su mujer y era dueño de un perro. Pero cuando recordaba aquellas hazañas, mejoradas a fuerza de contarlas muchas veces, comprendía que no eran más que aproximaciones a la verdad, que no tenían en cuenta el aburrimiento, el temor y el mal comportamiento que habían conducido a ellas o habían sido su consecuencia directa. Ni siquiera se correspondían con las ocasiones en que había tomado sus mejores fotografías. Esas eran las ventajas de considerar las cosas de manera retrospectiva y, por tarde que hubiese llegado, también de un buen matrimonio.

Charlie asomó la nariz por debajo del edredón y miró pestañeando el reloj digital. Las nueve cuarenta y tres. Mierda. El tasador llegaba a las diez y media. Apartó el edredón, se puso en pie y alargó el brazo para coger los calzoncillos. (Nunca había tenido un batín. Se negaba a tener uno.) Fue al baño, meó y luego abrió el grifo y se metió en la ducha dispuesto a sufrir aquel castigo. Mientras el agua corría fría y caliente, goteando y a borbotones, se enjabonó el pelo del pecho, que empezaba a volverse gris, y contempló su pene, que se había encogido sobre sí mismo; el recuerdo de Rachel con sus botines negros pareció alejarse.

Al bajar por las escaleras le pareció oler a beicon frito. Su hermana Ros ya debía de haberse comido los cereales y bebido la infusión de hierbas; el beicon era en su honor.

La cocina se hallaba en la planta baja del pabellón y ocupaba parte de lo que había sido la antigua lavandería. El suelo aún conservaba el empavesado de piedra original. Lo demás era fruto de las reformas que se habían hecho en los años setenta, más de una vida en términos de artilugios domésticos y armarios de cocina. El microondas no funcionaba y el frontal de dos de los cajones se desmontaba si tirabas de ellos con demasiada fuerza.

Cuando cruzó la puerta el olor a beicon frito se convirtió en olor a beicon quemado. Notó que algo se palpaba en el ambiente. Elaine, la antigua cuidadora de su tía, volvía a estar sentada a la mesa de la cocina, sosteniendo una taza de té y sujetando un pañuelo arrugado, mientras Ros se ensañaba con la parrilla.

Esa mañana el cabello corto y oscuro de su hermana estaba erizado en rebeldes mechones e iba vestida, como él, con una camiseta, un jersey y unos vaqueros. En lo que se refería al aspecto exterior, el parecido familiar era evidente, aparte de eso eran la noche y el día. A ella le gustaba el campo; a él la ciudad, cualquier ciudad que no estuviese en Gran Bretaña (aunque hacía una excepción en el caso de Glasgow). Ella era levemente religiosa y una votante desilusionada del Partido Laborista desde la guerra de Irak; ateo desde siempre, él se había convertido en defensor de la guerra contra el terror desde el 11 de septiembre. Ella había complacido a sus padres siguiendo la vocación de su padre al estudiar medicina; él les había sorprendido «desperdiciando» su carrera para jugarse el cuello tomando fotografías en zonas de guerra y otras regiones del mundo a las que el Ministerio de Asuntos Exteriores recomendaba no viajar.

—Buenos días —dijo, y no recibió respuesta. Los lirios del alféizar de la ventana, un resto floral del velatorio, empezaban a marchitarse y su aroma dulzón y levemente embriagador comenzaba a desaparecer. Se sentó al borde de la mesa, donde no tendría que ver los ojos enrojecidos de Elaine y alargó el brazo para coger el periódico.

Se esperaba que convocaran las elecciones a principios de mayo. Un soldado había muerto en la provincia de Helmand. Leyó aquellas dos noticias y los artículos de opinión relacionados con ellas y hojeó lo demás sin apenas fijarse en los titulares. Una página tras otra, todo eran noticias sobre famosos o asuntos populares de todo género, vueltos a contar entre comillas para distinguir dichas informaciones de las que ya se habían desvelado en internet o en la prensa sensacionalista, junto a columnas cuyos autores cotilleaban como si no tuviesen otra cosa que hacer acerca de niños que habían perdido su clarinete en el autobús, perros que pasaban por el quirófano, o (y estas las firmaban hombres) las dificultades a las que te enfrentabas a la hora de cambiar la bolsa del aspirador. Al final reparó en que todo el periódico, las noticias, los artículos de opinión, las columnas, los editoriales y las reseñas parecían haberlos escrito las mismas tres personas.

Dichosa Inglaterra, pensó Charlie. Dichosa Inglaterra. Cada vez que volvía, el país se había vuelto más pacato, y la conversación nacional se había convertido en una queja informe que a veces se transformaba en un estallido de rabia sin sentido. Defendía aquellas opiniones con vehemencia y se odiaba a sí mismo por tenerlas. (También defendía la opinión de que el país fomentaba aquel odio por uno mismo.)

Un tazón de té y un sándwich de beicon aterrizaron en la mesa delante de él.

—Gracias —le dijo a Ros—. No tendrías que haberte molestado. Podría haberlo hecho yo.

—Ha llamado Helen —replicó—. Luke va a venir a pasar el fin de semana.

—Muy bien. —Helen era su ex mujer y Luke su hijo de diecinueve años.

—También ha llamado David Barraclough del banco. Quiere saber si hemos tomado una decisión. Le he dicho que no. Después han llamado de Fresher’s para confirmar lo de la tasación. Llegarán dentro de veinte minutos. Y acaba de llamar tu amigo Jules con el número que le pediste. Lo he anotado. Está en el bloc que hay junto al teléfono. ¿De dónde es el número?

—Tiene un amigo en el National Trust.

Ella soltó la parrilla de golpe en el fregadero, echó encima un chorro de detergente y abrió el grifo. Se oyó un sonido sibilante y notaron un cálido aroma a detergente chamuscado.

—Estás hecha toda un ama de casa —dijo Charlie. Su intención era que se lo tomase como un cumplido. Su hermana no se dio por enterada.

Elaine empujó la silla hacia atrás haciendo que las patas rozaran contra el suelo de piedra. Llevaba un jersey grueso con un estampado de rombos grises, del mismo color que las raíces de su pelo teñido de castaño.

—Bueno, será mejor que me marche. Gracias por el té.

—No hay de qué. —Ros se apartó del fregadero y le dio un rápido abrazo—. Y nada de ponerse melancólica. ¿Lo prometes?

Elaine asintió.

—Si quieres, puedo darte algo para dormir.

—Estoy bien.

—De acuerdo —dijo Ros—. Cuídate.

—¿Qué demonios le pasa a esa mujer? —dijo Charlie cuando la puerta se cerró a sus espaldas.

Ros estaba rascando la parrilla. Su hermano sintió lástima por aquella parrilla.

—Te lo he dicho más de cien veces. Se culpa de la muerte de Reggie. Cree que no cumplió con su obligación.

Charlie consideró aquella afirmación, con la que no podía estar más de acuerdo. Por lo que le habían contado, a pesar del hecho de que había nevado el día que Reggie murió, ella insistió en ir a la casa. Y, en lugar de quitárselo de la cabeza, Elaine la acompañó desde el pabellón sur a través del patio cubierto de hielo, y la dejó (una vez más, porque Reggie insistió) pulular sola por la casa, en el piso de arriba y de abajo, hasta que Tony Knoll, el guarda, la encontró «más pálida que la pared» y la acompañó hasta la vieja cama marital, donde falleció.

—Sé lo que estás pensando —dijo Ros, secando la parrilla y golpeándola al meterla en el horno—, y no ha sido culpa de Elaine. No sé cuántas veces tendré que repetírtelo. Al fin y al cabo, Reggie tenía más de noventa años. Tuvo una vida muy larga. Y tampoco es que Elaine no intentara disuadirla.

—Está claro que no lo intentó lo suficiente.

—Era su cuidadora, no su carcelera. Además, Reggie se había vuelto muy testaruda con la edad. Aunque, ¿cómo ibas a saberlo tú? La última vez que la viste debió de ser hace más de quince años.

—No seas absurda, la vi la vez que vine cuando murió mamá.

—No. Reggie tenía la gripe.

—Vale, vale, vale —dijo Charlie levantando las manos.

Ros se quitó el delantal. Su hermana, la médico, llevaba el delantal de un modo muy poco doméstico. Sonó el timbre del vestíbulo.

—Debe de ser el tasador.

—¿Vienes?

Su hermana negó con la cabeza.

—Tengo que ir a la consulta dentro de un rato.

La clínica donde Ros trabajaba a tiempo parcial estaba a cuarenta minutos en coche en un pueblecito más allá de Reading, donde vivía con su marido Geoff y su hija Maisie, que había empezado ese año la universidad. Sin embargo, desde la muerte de Reggie, Ros iba y venía a la consulta y se quedaba a dormir en Ashenden Park. A Charlie eso le parecía raro. Tal vez temiera que pudiera llevarse la cubertería de plata, o no quisiera ver a su marido, o le hubiese dado por irse de casa al llegar a la menopausia. Decidió que aquella última idea probablemente fuese sexista. Hacía años que no pasaban tanto tiempo bajo el mismo techo y estaba empezando a preguntarse si de verdad la conocía tan bien como creía.

—A propósito —dijo Ros—, he invitado a Marjorie Thurston a cenar el viernes por la noche.

—¿Quién es Marjorie Thurston?

—Te la presenté en el velatorio. Era amiga de Reggie. Está muy implicada en la asociación histórica del pueblo.

—Me muero de ganas de conocerla.

—Pregúntale al tasador por el estado del tejado —dijo Ros—. Tenemos que saber si está muy dañado.

El tasador resultaron ser dos tasadores y un ayudante, todos con chaquetas de algodón encerado. Cuál sería el término colectivo para los tasadores, se preguntó Charlie. ¿Un funesto destino? Los acompañó por el patio hasta el camino de acceso.

—Supongo que querrán empezar por el edificio principal —dijo.

—Tanto da un sitio como el otro —dijo el más calvo, que se había presentado a sí mismo como Neil Fielding.

La casa tenía dos entradas, sin contar los soportales que llevaban a los patios que la separaban de los pabellones de los lados. A la entrada principal se accedía por dos escaleras que conducían a la galería superior. Debajo había otra puerta a ras del suelo cerrada con llave, que es la que abrió Charlie.

—Después de ustedes —dijo desconectando la alarma.

En ese momento, el segundo tasador se excusó y anunció que iba a echarle un vistazo rápido a la mampostería. Neil, el calvo, y él intercambiaron una mirada profesional.

Los tres notaron un olor rancio y dulzón al entrar. El pabellón donde Reggie había pasado sus últimos años olía a viejo y a lo que comían en sus mal ventiladas habitaciones; esto era diferente. Charlie encendió unas cuantas luces, una de las cuales parpadeó y se apagó. Por delante se extendía un largo pasillo empavesado de piedra y puntuado por puertas y hornacinas.

—La casa tiene tres plantas —les comentó a Neil y al joven ayudante, cuyos granos, si alguien hubiera unido la línea de puntos, habrían dibujado el mapa de algún sitio—. La planta baja era el área dedicada al servicio, igual que los pabellones. Allí están las escaleras interiores, una de uso público y otra trasera más pequeña. La antigua sala de billar está al fondo. Es octogonal, como las dos habitaciones de arriba. Las habitaciones principales están en el primer piso. Los dormitorios en el segundo.

—¿Cuánto tiempo lleva cerrada la casa?

—Nunca ha estado vacía del todo. Tony Knoll, el guarda, se ocupa de ella.

—¿Calefacción? —El tasador tocó la pared por encima de un plinto descascarillado y se olisqueó los dedos.

—Está siempre encendida en las habitaciones principales. Es una condición exigida por el seguro. Igual que el guarda. ¿Quiere que les enseñe el resto de la casa?

El tasador negó con la cabeza.

—No es necesario. Tenemos una copia de los planos. —Llamó con un gesto al ayudante—. El higrómetro, Frank

Frank, el ayudante, sacó una cajita metálica negra del bolsillo. Se la dio a Neil, que la apoyó contra la pared. La aguja negra de la pantalla fue de izquierda a derecha, del verde al rojo. Neil anotó los resultados.

—Es un artilugio muy práctico.

—Supongo que así no tienen que hacer conjeturas —dijo Charlie.

—En esto de la tasación se hacen pocas conjeturas.

La tasación era lo que su padre habría llamado «un trabajo como Dios manda».

—Bueno, les dejo solos —dijo Charlie y fue al piso de arriba.

Una vez allí, se detuvo debajo de la gran cúpula que se alzaba en el centro de la casa. Oficialmente, se conocía como el salón de la escalera, porque era un salón y tenía una escalera de piedra en voladizo con una barandilla de filigrana de hierro forjado. La débil luz del sol se esforzaba en colarse por las altas ventanas del triforio. Su vacilante fragilidad le recordó a su tía. Se sentía como un intruso y quiso saber si a su hermana le ocurría igual. Si, de hecho, la casa también lo sentía.

La casa había sido diseñada de modo que se tuviera siempre presente la distribución; no era uno de esos sitios caóticos cuyo encanto radica precisamente en que invitan a perderse en ellos. Ni tampoco uno en el que pudiese olvidarse que era el producto de un plan arquitectónico. Plantado en mitad del salón de la escalera, mirando hacia delante, Charlie supo con exactitud el lugar que ocupaban todas las habitaciones con respecto a las demás. A su izquierda, el comedor; justo a su espalda, la habitación octogonal; a su derecha, la sala. Delante se hallaba el amplio vestíbulo de la entrada principal, flanqueado a ambos lados por la habitación que su tía había utilizado como sala de estar y por la biblioteca donde su tío había escudriñado los catálogos de las subastas. Los pocos muebles que quedaban estaban cubiertos con sábanas blancas.

Atravesó el vestíbulo y se asomó a la puerta de la biblioteca. Para su sorpresa, encontró a su hermana sentada ante el escritorio de su tío Hugo hablando por teléfono.

—¡Oh, me has asustado! —dijo Ros, llevándose la mano al corazón—. Luego te llamo —dijo, y colgó.

—No quería molestar.

—No era nadie importante. Quiero decir que no era nada importante. Solo Geoff.

—Pensaba que tenías que ir a la consulta.

Ella miró el reloj.

—Hasta las tres no.

—¿Por qué no vas un rato a casa, Ros? Sé cuidar de mí mismo.

—Da igual.

—Hablo en serio.

—¿No se te ha ocurrido pensar que a lo mejor prefiero quedarme? —Su expresión había empezado siendo desafiante, pero se controló como si hubiese hablado más de la cuenta—. Mira lo que he encontrado.

Cogió un manuscrito amarillento y quebradizo y se lo dio.

—¿Qué es?

—La escritura original de la finca. Hugo se dedicó a recoger todo lo que caía en sus manos acerca de la casa. —Señaló con un gesto a una pila de abultadas carpetas que había sobre el escritorio—. Esos documentos tienen un montón de años. Me alegro de haber invitado a Marjorie a cenar. Para alguien como ella esto debe de ser como la cueva del tesoro.

—Es posible. —Su voz no sonaba muy convencida—. ¿Por qué haces todo esto?

—Pues porque creo que es importante conocer la historia de esta casa antes de tomar una decisión sobre su futuro.

—Lo que debería preocuparnos no es el futuro de la casa, sino el nuestro. —Charlie volvió a dejar la escritura sobre el escritorio—. ¿Qué tal está Geoff?

—Bien.

—¿Os lleváis bien?

—Está muy ocupado. Siempre anda con prisas.

Geoff era anestesista. ¿Podían ir con prisa los anestesistas? Esperaba que no.

—Pobre Geoff.

—¡Oh!, ya sabes, en el fondo le gusta.

Charlie cogió una silla, la acercó al otro lado del escritorio y se sentó. Se sintió como uno de los pacientes de su hermana. Un paciente con un síntoma que no quería revelar por miedo al diagnóstico que pudieran darle.

—¿Qué opina de que hayas heredado la casa?

—¿Es tu manera de preguntar qué opino yo? —dijo Ros organizando las carpetas del escritorio—. Porque, si es así, creo que es demasiado pronto para tomar una decisión al respecto. Ni siquiera conocemos los resultados de la tasación.

—No, pero más o menos sabemos a qué atenernos.

Los dos eran conscientes de que pisaban terreno resbaladizo. Las conversaciones preliminares con el banco y con el abogado de su tía indicaban que los gastos de la finca superaban con mucho los activos disponibles. Solo la última factura de la calefacción bastaba para quitar el hipo. (Él nunca había visto una factura de calefacción de cuatro cifras.) Además, los impuestos por los derechos de sucesión serían astronómicos.

Pese a que Hugo había dejado a Reggie en una situación muy desahogada, ella le había sobrevivido muchos años, durante los cuales la casa se había vuelto mucho más cara de mantener en buen estado. Reacia a tocar el capital, por lo visto Reggie se las había arreglado vendiendo cosas, lo que probablemente explicara la desaparición de un par de cuadros. En circunstancias normales, la cartera de inversiones que Charlie y Ros habían heredado tras la muerte de su tía casi habría bastado para hacer frente a las deudas. Pero eso, claro, había sido antes de la contracción crediticia. «Doble mala pata», en palabras de David Barraclough, el tipo del banco. Lo cual, bien pensado, no dejaba de tener su gracia.

—Admitirás que la cosa no pinta del todo bien —dijo Charlie.

—Todavía es pronto para decirlo. Tenemos que considerar muchas opciones —dijo Ros—. Muchas. Alquilar un ala de la casa, reformarla en parte, vender algunas tierras, llegar a un acuerdo con el National Trust. He hecho una lista.

Buscó en el escritorio y le alcanzó una hoja de papel.

Charlie la cogió. No se podía negar que había hecho una lista. Y muy larga. Su hermana era muy metódica. La repasó, consciente de que ella lo estaba observando.

—No me has preguntado qué quiero hacer yo.

—Porque lo sé. Quieres vender.

—Ah, sí, aquí lo veo, opción seis. La última.

—No hay por qué apresurarse —dijo Ros.

Más tarde, a las tres de la tarde hora local, y a las ocho de la mañana para ella, Charlie llamó por Skype a su mujer. Charlie entendía cómo una minúscula cámara en un ordenador portátil a miles de millas les permitía a Rachel y a él ver cómo se movía la boca del otro mientras pronunciaban palabras, pero no por eso dejaba de sorprenderle. También le deprimía un poco. Había llegado al convencimiento de que la tecnología ofrecía un aumento del deseo, no su satisfacción. Al ver a su mujer sonreír, colocarse el pelo detrás de la oreja y hacer una mueca, lo que más le apetecía era atravesar la pantalla y tocarla, y no podía hacerlo. Tal vez sería mejor, pensó, si no le quedara otra opción que recordarla mientras le escribía una carta. Era lo bastante mayor para acordarse de cuando la gente hacía eso.

A base de comprobaciones, había descubierto que en Ashenden Park las maravillas de la tecnología únicamente funcionaban en la minúscula habitación del pabellón norte que Tony el guarda usaba como despacho. Eso descartaba el sexo vía Skype e imponía ciertas cortapisas a sus videoconversaciones. También les ayudaba a respetar el límite que se habían fijado de una llamada por Skype al día. Hablar por Skype solo era gratis en sentido pecuniario. Siempre había que pagar el sordo dolor de la separación al finalizar la llamada.

—Te echo de menos y echo de menos el Times —estaba diciendo Charlie. En la pantalla veía al perro tumbado en la cama detrás de Rachel. En teoría no estaba autorizado a subir a la cama—. Echo de menos a Paul Krugman.

Rachel se rió.

—Siempre puedes leer el Times en internet.

—No es lo mismo. A mí me gusta el de verdad. Me gusta pasar páginas auténticas.

Un pequeño retraso.

—No estás de acuerdo con Paul Krugman. ¿Ha ido el tasador?

—A veces lo estoy. —Otro leve retraso—. Sí, han venido. Tasadores, en plural. Tendría que haberlo imaginado teniendo en cuenta el tamaño de este sitio. —Quería empaparse del acento norteamericano de su mujer. Por alguna razón, probablemente relacionado con el colegio privado, su propio acento británico había resultado ser más indeleble a lo largo de los años de lo que había imaginado. Al principio, le había sido de utilidad. Las camareras, sin ir más lejos, se hacían de miel. Pero ahora no tanto porque todos los malos de las películas de Hollywood hablaban igual que él.

—Nosotros también te echamos de menos —dijo Rachel acariciando al perro.

Aquella noche de febrero en que le había telefoneado Ros, acordaron que él viajaría a Inglaterra en el primer vuelo disponible y Rachel le seguiría en cuanto dejara a Marisa, su ayudante, a cargo de la tienda y pudiese convencer a alguien, probablemente también a Marisa, de que cuidara del perro. El tiempo se lo había impedido. La nieve que seguía cayendo mientras el avión de Charlie despegaba al día siguiente de Newark se convirtió en una ventisca que obligó a cerrar el aeropuerto ocho horas después. Cuando aterrizó en Heathrow, las dos pulgadas que estaban bloqueando el sistema de transportes británico eran el equivalente directo de los dos pies que habían paralizado temporalmente la costa Este. Cariño, odio la nieve, pensó mientras hacía cola detrás de una mujer con tacones de cuatro pulgadas que no hacía más que quejarse de lo resbaladizo que estaba el suelo.

—¿Has hablado ya con Ros? —preguntó Rachel en la pantalla.

—Hemos hablado un rato esta mañana. Creo que intenta ganar tiempo. Ha estado escarbando en la biblioteca, recopilando el material que reunió mi tío acerca de la casa. Además, ha invitado a una amiga de Reggie a cenar el viernes por la noche. Creo que su estrategia es recurrir al chantaje emocional.

—Pareces cansado —dijo Rachel.

—¿Ah, sí? —respondió Charlie. No dormía bien sin su mujer. Ella también parecía cansada, cansada y preocupada. Casi exhausta. Esperó que eso significara que ella tampoco dormía bien sin él—. ¿Qué tal va la tienda? —La ventisca que había impedido a Rachel ir a reunirse con él también había aislado a Marisa en Brooklyn varios días y había supuesto una considerable disminución en las ventas de Lana y Agua, que normalmente hacía su agosto en los meses más fríos.

—No muy mal. Gracias a Dios empezamos a recuperarnos. Hoy una mujer nos ha comprado trescientos dólares de lana merino. De color pardo. Es la primera que vez que teje, así que la he matriculado en un curso.

—Qué bien.

Rachel movió la cabeza y su rostro desapareció.

Regresó.

—Cariño, tengo que irme.

Se despidieron, rozaron la pantalla con la mano y la llamada concluyó. Charlie experimentó en el acto una desilusión que le devolvió al despacho de techo bajo de Tony, con la triste vista del patio adoquinado. El calendario de pared que tenía a sus espaldas, y que anunciaba un garaje local, exhibía la página del mes de marzo con la foto de unos narcisos en la región de Wordsworth, y en una abollada bandeja que estaba sobre la mesa había una tetera con un cubreteteras, un bote de café instantáneo y un par de tazones sucios.

En cuanto Charlie salió al patio con el ordenador portátil bajo el brazo, Tony se materializó desde alguna parte como tenía por costumbre.

—¿Ha podido conectar bien?

—Sí, gracias.

—¿Cuánto tiempo van a quedarse esos por aquí?

—¿Te refieres a los tasadores? —Movió la cabeza—. No lo sé.

Tony iba deslumbrante con su anorak y su sombrero Thinsulate. A pesar del tiempo, llevaba unos pantalones cortos de licra. Era ex militar y aficionado a recorrer grandes distancias en bicicleta.

—He pensado que era mejor no decirles lo de la mancha de humedad en la habitación octogonal.

—No hay por qué ocultarles nada, Tony. Por el amor de Dios, les estamos pagando para que averigüen cómo está la casa.

—Entonces, ¿quiere que les cuente lo del fantasma?

—¿Qué fantasma?

—Era una broma. A propósito, Claire quiere saber si van a venderle la casa a los rusos. —Claire era la novia in ...