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ÁVALON (BRITANNIA. LIBRO 4)

Ana Alonso / Javier Pelegrín

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Fragmento

Capítulo 1

Era tan profunda la sensación de bienestar, que Gwenn habría dado cualquier cosa por seguir dormida, o al menos sumida en aquel estado de semiinconsciencia en el que solo era capaz de sentir el ritmo lento, quizá demasiado lento, de su corazón. Pero algo tiraba de ella desde fuera, intentaba desesperadamente arrancarla del sueño.

Se resistió. No deseaba despertar. El esfuerzo le produjo un dolor intenso en el costado izquierdo. Por un momento se creyó capaz de detener su propia respiración. Sus pulmones, sin embargo, no tardaron en rebelarse. El aire los hinchó por dentro, alcanzó hasta el último rincón de su masa esponjosa con la violencia de una racha helada de viento. Los ojos se le abrieron antes de que pudiera hacer nada para evitarlo.

La luz era blanca, fría. No recordaba haber visto jamás una luz como aquella.

—Ha despertado —dijo una voz de mujer a su derecha.

Gwenn captó la suavidad cantarina del acento, pero no lo identificó. ¿Una mujer de las islas del Canal, tal vez? Intentó volver la cabeza para mirar, pero su cuerpo se hallaba inmovilizado. Empezó a ser consciente de la maraña de tubos que la mantenían atada a la cama. Algunos se los habían clavado a la piel, a la altura de las muñecas. Y sobre la boca y la nariz le habían puesto una especie de bozal rígido que le hacía daño, pero no le impedía tomar aliento. Inspiró hondo.

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La silueta de una cabeza se recortó, en sombras, contra aquella luz imposible. Aunque no distinguía los rasgos, por la envergadura de los hombros dedujo que se trataba de un hombre.

—Si puedes oírnos, parpadea dos veces —dijo con el mismo acento aterciopelado que había empleado antes la mujer.

Gwenn cerró los ojos. No estaba segura de querer obedecer la orden de aquel desconocido.

—No lo hagas —murmuró otra voz en su interior—. No tienes por qué hacerlo.

El miedo le atenazó la garganta, y su dolor en el costado se intensificó. Había reconocido de dónde venía aquella otra orden. Era el Grial.

Lo tenía dentro. Incrustado en su cabeza, como la punta de una flecha en la carne de un herido. Aquel ente monstruoso que no era, en el fondo, más que un largo fragmento de código con vida propia existía ahora en el interior de su mente. Recordó el inmenso salón, los tapices de las paredes, la Tabla Redonda… Todas aquellas miradas hostiles fijas en ella. Miradas que, en otro tiempo, había considerado amigas. Y unos segundos más tarde, el momento del sacrificio, cuando tomó el cáliz entre las manos.

Lo peor no era que el Grial le hablase con su propia voz. Lo peor era que le sugería lo que ella secretamente deseaba: volver a sumirse en la inconsciencia, no enfrentarse a aquel mundo extraño de luces frías y blancas. Regresar.

Se obligó a ignorar el consejo y parpadeó dos veces.

No entendió muy bien el murmullo de voces que acogió su reacción. A juzgar por su tono, parecían agradablemente sorprendidas, incluso excitadas. Fuesen quienes fuesen aquellas personas, se alegraban de tenerla entre ellos. No era un mal principio.

Trató de preguntar dónde estaba, pero el bozal le impedía vocalizar y amortiguaba los sonidos que brotaban de sus labios. Oyó su propia voz deformada, como si resonara dentro de una campana.

Alguien, entonces, le arrancó aquella molesta mordaza. Al liberarse de ella se dio cuenta de lo resecos que tenía los labios. Se imaginó su superficie agrietada; de repente, podía percibir el dolor en cada uno de aquellos minúsculos desgarros en la piel.

—¿Por qué estoy atada? —preguntó—. ¿Dónde está Arturo?

Una cabeza distinta, femenina, se inclinó sobre la suya. A contraluz distinguió un rostro joven y amable.

—¿Quién es Arturo? —preguntó la mujer—. ¿Tu novio? ¿Un familiar?

—Arturo es mi marido, y el rey de Britannia —replicó Gwenn con toda la firmeza que pudo reunir.

Le extrañó el silencio que acogió sus palabras. Y más aún los susurros que vinieron a continuación.

—¿Qué ocurre? —consiguió articular—. No es aconsejable conspirar abiertamente en presencia de la reina.

—Un caso más —dijo la voz masculina, y emitió un suspiro de cansancio—. Habrá que derivarla a Psiquiatría.

Una voz de mujer, pero más autoritaria que la que había oído antes, contestó de inmediato.

—A Psiquiatría no —dictaminó en un tono que no admitía réplica—. Hay que avisar a la Unidad de Investigación de Arimatea. Están pendientes.

—Pero ¿no deberíamos trasladarla antes a planta y dejar que se recupere un poco? —preguntó la mujer más joven—. Tampoco creo que haya tanta prisa…

—Eso no lo sabemos ni tú ni yo —contestó la otra—. La directora fue bastante explícita cuando habló conmigo: «En cuanto despierte, que nos avisen». Pasaremos a recogerla. Así que no hay más que discutir: preparadla.

—Me parece prematuro —observó el hombre, alterado—. La dirección de aquí debería opinar también. Al fin y al cabo Arimatea es una institución privada. No tenemos ninguna obligación con ellos.

—Nuestra obligación, Frank, es hacer lo que esté en nuestras manos por acabar con esta epidemia. Y seamos realistas… Si Arimatea no lo consigue, no lo hará nadie.

—Eso es verdad —admitió la mujer joven.

Siguió un silencio tenso, que contrastaba vivamente con las voces alegres de antes.

—¿Adónde me van a llevar? —quiso saber Gwenn.

Una mano había comenzado a liberarla de algunos de los tubos que la sujetaban. Los de las muñecas, sin embargo, no se los quitaron.

Al menos pudo incorporarse. El vértigo se apoderó unos instantes de su cabeza, lo vio todo borroso. Cuando se le pasó, distinguió por fin a las tres personas a las que había oído antes.

Eran, como suponía, un hombre y dos mujeres. Pero lo que más le sorprendió fue su indumentaria: los tres llevaban mantos de un blanco inmaculado que se abotonaban por delante. Eran prendas cortas, bajo las cuales se veían las piernas enfundadas en extrañas calzas rectas y oscuras.

Se preguntó si serían sacerdotes o druidas pertenecientes a alguna secta desconocida para ella.

—¿No has oído hablar de Arimatea? —preguntó la mujer joven, extrañada—. Muchos estarían encantados de ir a parar a uno de sus centros, aunque solo fuese para presumir luego.

—Las pruebas cerebrales que se te hicieron cuando ingresaste han arrojado resultados… interesantes, digamos —explicó la otra mujer en tono pausado—. En Arimatea creen que tienes potencial para participar en el programa de protección de Britannia. Yo no sé más, es lo que nos han comunicado. Les avisaré de que estás lista para el traslado.

—Antes, decidme quiénes sois —exigió Gwenn—. ¿Dónde está Arturo?

Sintió en el dorso de la mano el contacto de los dedos de la mujer joven, que se acababa de sentar en la cama.

—Es normal que te sientas confusa —dijo, y le sonrió con expresión alentadora—. No eres la única. Quizá no lo recuerdes, pero hay miles de personas afectadas. Procura descansar hasta que llegue la ambulancia. Los de Arimatea localizarán a tu gente, no te preocupes. Ellos tienen medios para eso. Medios que nosotros no tenemos.

Gwenn cerró los ojos. Se sentía exhausta, y no quería oír nada más. Aquellas personas parecían sinceras, y era evidente que no la habían reconocido. Ella tampoco había visto jamás a nadie como ellos.

«Una hermandad de sanadores», se dijo a sí misma. «Eso es lo que son. Arturo me ha dejado con ellos para que me salven. Debió de asustarse mucho cuando absorbí toda la información del Grial. Quizá no me identifican porque viven aislados del mundo…».

Apretó los párpados hasta que la negrura que la envolvía se pobló de destellos brillantes. Aquella explicación que trataba de urdir hacía aguas por todas partes. No sabía dónde estaba, pero tenía la certeza casi absoluta de que no se encontraba en Britannia.

Aun así, logró reunir el coraje suficiente para preguntar.

—¿Esto es Britannia?

El hombre que respondía al nombre de Frank emitió un gorjeo que aspiraba a ser una carcajada.

—Todo es Britannia —dijo—. Eso no ha cambiado mientras estabas dormida. Es curioso que lo preguntes…

—Quizá se desconectó mientras estaba inconsciente —aventuró la mujer joven—. He oído que les pasa a muchos enfermos.

—Ya vienen a buscarla —informó la otra mujer—. Eve, pide una camilla y que la bajen al aparcamiento de urgencias.

En los minutos que siguieron, Gwenn se vio trasladada a un artilugio metálico con ruedas que parecía moverse solo. La muchacha llamada Eve solicitó permiso para acompañarla hasta que llegase el transporte que parecían esperar.

La cama rodante se introdujo en una caja metálica de grandes dimensiones con un panel de botones redondos en la pared. Eve entró después y pulsó uno de los botones. Una lámina de acero u otro metal semejante cerró la caja, y Gwenn notó que descendían.

La lámina se descorrió de nuevo y emergieron a un patio exterior donde se entrecruzaban varios caminos grises. Había carros de extrañísimas formas y de los más variados colores detenidos a los lados de los caminos. Todos ellos eran bastante pequeños, y no llevaban enganches para los caballos. Gwenn descubrió enseguida el motivo: al igual que la cama de ruedas, aquellos artilugios se movían solos, sin necesidad de que ningún animal o persona tirase de ellos.

—No tengas miedo —le dijo Eve—. Esa gente de Arimatea sabe lo que hace. Les sobran voluntarios en todo el mundo, pero, ya ves, te quieren a ti… Eso es bueno, ¿no te parece?

Antes de que Gwenn pudiera responder, uno de aquellos carros sin caballos se detuvo junto a ellas. Descendieron dos hombres. Uno de ellos abrió una portezuela en la parte trasera del vehículo, y se desplegó una rampa que descendía hasta el suelo. Los hombres empujaron la cama rodante al interior del carro, que estaba hecho de cristal y algún tipo de metal esmaltado.

Desde el exterior, Eve le dedicó una última sonrisa. El viento agitaba sus largos cabellos rojizos. Detrás de ella, Gwenn miró las nubes densas y grises. Pronto llovería.

—Preguntaré por ti —dijo la muchacha—. Buena suerte, seas quien seas…

La puerta del carro se cerró, y los dos hombres se encaramaron a la parte delantera. El vehículo se puso en movimiento con una suavidad que parecía mágica.

Medio incorporada en la cama, Gwenn observó la figura esbelta de Eve, que se iba empequeñeciendo en la distancia. Ni siquiera le había llegado a decir que se llamaba Gwenn. Ella no se lo había preguntado…

Probablemente nunca volvería a verla.

Capítulo 2

A través de los cristales de las puertas del vehículo, Gwenn veía pasar a toda velocidad fragmentos de la ciudad que estaban cruzando. Los edificios eran casi todos de acero y cristal, torres sencillas que se alzaban hacia el cielo como si sus constructores hubiesen decidido desafiar la ley de la gravedad. Con un escalofrío, recordó las ciudades que había visto en el Sith.

—Es eso, entonces —murmuró—. Estoy muerta. Estoy en el Otro Lado.

Oyó su propia risa dentro de su mente y su estremecimiento se intensificó. Era el Grial quien se estaba riendo. Tomaba prestado su cerebro y hasta la forma en que percibía su propia voz para comunicarse con ella.

—No seas absurda, Gwenn. No existe el Otro Lado —le dijo—. Nunca ha existido.

—Pero yo estuve allí —murmuró Gwenn—. Lo vi con mis propios ojos.

—Lo que viste fue tu propio mundo en diferentes épocas. ¿Cómo es posible que no te dieras cuenta?

Gwenn se obligó a no responder a la voz. Después de todo, ¿cómo podía estar segura de que no le estaba mintiendo? Era el Grial, el forjador de historias ficticias. Y sin embargo, algo en su interior le decía que su explicación del Sith tenía sentido. En algún momento, ella misma había llegado a intuir la verdad. Navegar por el Sith, en el fondo, no era otra cosa que viajar en el tiempo.

Instintivamente, protegió aquella conclusión de la atención depredadora del Grial. Su mente era capaz de levantar barreras para protegerse de él y mantenerlo aislado, y cada vez las manejaba mejor. Sabía, no obstante, que aquel conocimiento le brindaba tan solo una protección endeble. Antes o después, el Grial siempre rompía las barreras y se asomaba a su conciencia. Afortunadamente, lo más que podía hacer aquella inteligencia extraña incrustada en la suya era hablar, tratar de influir en ella. Por más que lo intentase, no iba a adueñarse de su voluntad. Pero Gwenn era consciente de que tampoco ella podía apropiarse de la voluntad del Grial. Aquella conciencia extraña conservaba su independencia dentro de su mente, aunque aislada, eso sí, del mundo exterior.

Para acallar al Grial, Gwenn se concentró en las calles que el vehículo iba recorriendo. Habían llegado a una zona de edificios de piedra, más bajos que las torres de cristal de antes. Al detenerse en una plaza redonda para ceder el paso a otros carros sin caballos, Gwenn distinguió a su derecha el panorama de un ancho río atravesado por varios puentes. Al otro lado se veía una rueda gigante parecida a las norias que los campesinos del sur utilizaban para sacar agua del suelo.

El vehículo rodó hasta un puente que se tendía sobre aquel río inmenso. El sol brillaba débilmente tras una fina capa de nubes, y sus reflejos blancos temblaban en el agua. Desde el centro del puente, Gwenn vio la extraña rueda a un lado y un palacio con una torre puntiaguda al otro. A pesar de la distancia, distinguió un reloj de agujas en lo alto de la torre.

—Estamos en Londres —oyó que le decía el Grial con su propia voz—. ¿No lo reconoces?

Gwenn tragó saliva para tratar de deshacer el nudo que se le había formado en la garganta. Sí, reconocía aquella curva amplia del río, pero nada más. Ninguno de los edificios de las orillas le resultaba familiar.

—¿Londres cuándo? —preguntó a media voz—. ¿En la era de los Antiguos?

Esta vez, el Grial no le contestó. Gwenn se sintió aliviada al constatar su silencio.

Siguió mirando por las ventanillas del carro blanco hasta que se quedó adormilada. A veces, los frenazos la despertaban brevemente, pero de inmediato volvía a sumirse en un sueño inquieto, en el que todavía era consciente de la posición de su cabeza y de cómo esta se bamboleaba adelante y atrás con los vaivenes del vehículo.

Se despertó definitivamente cuando la estaban sacando del carro. La camilla descendió por la rampa a un terreno liso y gris flanqueado por altos árboles.

Una mujer de cabellos muy cortos y oscuros se acercó sonriendo.

—Déjenme con ella —les ordenó a los dos hombres que la habían acompañado en el carro—. Yo me encargo.

El más joven de los dos hombres le entregó un pequeño objeto que parecía controlar los movimientos de la cama con ruedas. La mujer pulsó un botón y la cama comenzó a deslizarse hacia una gran puerta de cristal.

—Me llamo Tess —dijo la mujer corriendo un poco para mantenerse todo el tiempo a la altura de la cama de Gwenn. Bienvenida. ¿Cuál es tu nombre? En el informe no lo ponía.

—Me llamo Gwenn. Gwenn de Gorlois.

—Gwenn. Un nombre poco común. Encantada de saludarte… Me han encargado que te acompañe a tu habitación y que te haga algunas preguntas para rellenar el formulario de ingreso. No nos llevará mucho rato.

La cama se introdujo de nuevo en una caja metálica semejante a la que ya habían utilizado en el otro hospital. Por encima de la puerta corrediza de acero había una inscripción que ponía: «CENTRO ARIMATEA DE INVESTIGACIONES NEUROLÓGICAS».

La caja subió y la puerta se abrió al cabo de unos pocos segundos, permitiéndoles acceder a un larguísimo pasillo pintado de verde claro y con puertas a ambos lados.

Casi todas las puertas estaban cerradas, pero había algunas entreabiertas, y se oían voces dentro de las habitaciones.

La camilla se detuvo frente a una puerta cerrada con el número 678 como única decoración. Tess apoyó el dedo índice de su mano derecha en el picaporte y la puerta se abrió.

En el interior del cuarto había otra cama más grande, con cortinajes de muselina blanca que colgaban de un armazón de hierro. Unas curiosas máquinas rodearon a Gwenn, la ayudaron a incorporarse y la deslizaron en aquel nuevo lecho, cuidando sobre todo de que no se le desprendieran los tubos que todavía llevaba pinchados en ambas muñecas. Durante aquella maniobra, Gwenn se fijó por primera vez en la ropa que llevaba puesta: se trataba de una camisola amplia de color azul celeste, atada con cintas por la espalda.

—¿Te encuentras bien? —preguntó Tess mientras una de las máquinas la tapaba con un cobertor blanco—. Según el informe hace poco más de dos horas que recuperaste la conciencia después de…, déjame ver…, sí, tres semanas en coma. De todas formas, no nos sorprende. Preveíamos que tu recuperación sería rápida. Está en tu acervo genético.

—¿Mi qué? —preguntó Gwenn, que jamás había oído aquella expresión.

—Antes o después te lo comunicarán, o sea que no creo que suponga ningún problema adelantártelo. En los estudios genéticos de rutina tus resultados han sido… sorprendentes. Supongo que sabes que estás genéticamente programada para conectar con nanoimplantes biónicos dotados de diferentes funcionalidades…

—No entiendo ni una palabra de lo que me dices —interrumpió Gwenn, impaciente.

Tess la miró con curiosidad. Finalmente se encogió de hombros.

—Bueno. Como quieras. En todo caso, eso no es de mi competencia. Luego vendrán a informarte sobre el programa Ávalon y sobre por qué piensan que puedes encajar en él.

—Espera… ¿El programa Ávalon? Entonces, eso significa… ¿Está aquí Viviana?

Tess sonrió.

—Por supuesto, ¡es la directora del programa! Entonces, ¿la conoces? Genial, eso simplificará todos los trámites. Pero antes necesito que me ayudes a cumplimentar el formulario —añadió.

A un movimiento de su mano, apareció en el aire un rectángulo dorado con varias líneas de texto escritas en él.

—Veamos —dijo—. Tu nombre completo… Gwenn de Gorlois, eso ya me lo has dicho. ¿Edad?

Gwenn trató de recordar. Habían ocurrido tantas cosas en los últimos meses, que casi había llegado a perder la noción del paso del tiempo.

—Veintiuno, creo —aventuró.

—¿Estado civil? —preguntó Tess mientras movía las manos sobre el rectángulo de luz que flotaba en el aire, escribiendo algo.

—¿Qué quiere decir eso?

—¿Estás casada?

Gwenn asintió. Estuvo a punto de mencionar el nombre de Arturo, como había hecho en el otro hospital, pero se contuvo.

Tess, mientras tanto, no paraba de hacer gestos en el aire que, aparentemente, servían para ir escribiendo palabras sobre el rectángulo de luz.

—Háblame de tu familia —pidió—. ¿Viven tus padres? ¿Tienes hermanos?

—Mis padres murieron y no, no tengo hermanos —contestó.

En el mismo momento de hacerlo le vino a la cabeza la imagen de la máscara de oro sobre la tumba de su madre. Tenía un hermano, después de todo. Pero apenas lo conocía, y lo que sabía de él le había quitado las ganas de averiguar más. Aunque por sus venas corriese la misma sangre, ella nunca consideraría a Mordred como un hermano, de modo que no había mentido.

Las preguntas derivaron hacia cuestiones relacionadas con sus hábitos, como el número de comidas que solía realizar al día o las horas que dormía cada noche. Gwenn, un poco perpleja, contestó a todas.

Tess acababa de interesarse por la cantidad de vegetales frescos que solía ingerir a lo largo de una jornada, cuando la puerta se abrió sin llamar y una muchacha apareció en el umbral.

Gwenn sintió que le daba un vuelco el corazón.

—Nimúe —murmuró, sin poder contenerse.

El parecido era innegable, a pesar de que la expresión cálida y luminosa del rostro de la joven en nada se asemejaba a las rígidas facciones que tan bien recordaba.

La muchacha, extrañada, frunció levemente el ceño. Con un gesto maquinal, se echó hacia atrás su abundante cabellera rizada.

—¿Nos conocemos? —preguntó, mirándola a los ojos.

Gwenn, azorada, le devolvió la sonrisa.

—Me suena tu nombre, aunque no recuerdo de qué —mintió—. ¿Estás en el programa Ávalon?

—Así es. Justamente por eso he venido. He leído tu informe y es francamente prometedor. Con tu perfil, vas a encajar perfectamente en el grupo. Me siento afortunada, ¿sabes? Porque me han encargado a mí que te enseñe todo esto…, y que te explique cuál es la misión que estamos realizando aquí.

Capítulo 3

Mientras caminaba por un jardín de altos árboles junto a la versión joven de Nimúe, a Gwenn le invadió una intensa sensación de irrealidad. Acababa de despertar de un estado de inconsciencia que, según le habían dicho, había durado varias semanas, y sin embargo allí estaba, moviéndose con soltura, sin ninguna secuela después de su prolongada inmovilidad. Allí estaba, sí: en Londres. En un Londres irreconocible, sofisticado y lleno de sorprendentes máquinas. Y ahora, además, formaba parte de un programa llamado «Ávalon».

De las explicaciones que iba desgranando Nimúe, Gwenn comprendía apenas la mitad. Lo que sí captó con nitidez desde el principio fue que todo aquel proyecto del que iba a formar parte tenía que ver con el Grial y con el peligro que suponía para Britannia.

—Cada día son más las personas afectadas —le explicó Nimúe con el rostro serio—. No se trata solo de visiones, eso es únicamente la punta del iceberg. El problema es que esas historias que el Grial le mete a la gente en el cerebro cambian su concepción del mundo; les hacen aceptar como verdades cosas que no lo son, colorear la realidad conforme a sus miedos y sus gustos. Por eso está pasando lo que está pasando.

—¿Y qué está pasando? —se atrevió a preguntar Gwenn.

Nimúe se volvió a mirarla con curiosidad.

—¿Cuánto recuerdas de antes de que te ingresaran? Tendremos que examinarte a fondo —dijo—. La pérdida de memoria, en principio, no suele ser uno de los síntomas que provoca el Grial. Es más bien… ¿Cómo te lo explicaría? Una infección de la imaginación. Pero claro, quizá en tu caso las cosas funcionen de manera un poco diferente. Después de todo, vienes equipada «de serie» con las conexiones biónicas que a nosotras nos están intentando implantar.

—No entiendo —confesó Gwenn—. ¿Eso significa que hay algo raro en mi cerebro?

Nimúe se echó a reír.

—«Raro», sí; esa es la palabra —recalcó—. De todas formas, te pongo al día sobre lo que has olvidado: el mundo parece haberse vuelto loco. Que la gente vote a magnates sin escrúpulos que se ríen de ellos, por ejemplo, o que se les dé la oportunidad de decidir si se pone fin a una guerra y voten en contra de la paz… ¿Crees que es casualidad que esté ocurriendo ahora? No lo es, Gwenn. El Grial está usando Britannia para manipular el comportamiento de las personas, y nadie sabe cómo pararlo. Nuestro programa es el único que tiene alguna posibilidad de éxito…, aunque es tan arriesgado que nuestro coordinador ha preferido mantener en secreto los detalles.

—¿Arriesgado para quién? —preguntó Gwenn.

—En primer lugar, para nosotras, las que participamos en él directamente. Pero no nos asusta. Y a ti tampoco te asustará cuando estés lista para entenderlo.

Gwenn asintió en silencio. Notaba la presencia del Grial en un rincón aislado de su mente. Se mantenía latente… Era como si no tuviese ningún interés en hacerse notar.

Se preguntó qué harían Nimúe y sus compañeros si llegaban a sospechar siquiera que ella portaba una versión del Grial de otra época en su cerebro. El objetivo de aquel programa era justamente acabar con su poder. Si descubrían que lo llevaba dentro, quizá decidiesen matarla o silenciar su mente de alguna forma para inactivar de manera definitiva al Grial. No podía arriesgarse a que se enteraran.

—¿Y cómo pensáis hacerlo? —se decidió a preguntar por fin—. Lo de controlar al Grial… ¿Cuál es el plan?

—Bueno, lo irás descubriendo poco a poco —contestó Nimúe con gravedad—. Pero te adelanto que no es nada de lo que la gente se imagina. Creen que nos estamos entrenando para entrar en Britannia e interactuar con él, para desconectarlo. Como si eso fuera posible… Ya se ha intentado, y no salió bien. Nuestro enfoque es completamente distinto.

—¿En qué?

—No se trata de desconectar el Grial, eso por el momento está fuera de nuestro alcance. Pero lo que sí podemos hacer es prever sus movimientos y anticiparnos a ellos. Los implantes que hemos recibido, las modificaciones epigenéticas… Todo está dirigido a convertirnos en una especie de «adivinas».

—Pero eso sería magia —argumentó Gwenn, sorprendida—. ¿Tenéis poderes mágicos? Sin magia, es imposible adivinar el futuro.

Nimúe sonrió.

—Probablemente muchos lo llamarían magia, sí —aceptó—; pero es tecnología. Una tecnología excepcionalmente compleja.

—¿Que permite ver lo que va a pasar? Pero ¿cómo es eso posible?

—Lo sabrás en su momento —repuso Nimúe crípticamente—. Solo te adelantaré una idea: la única forma de ver el futuro es… estando en el futuro.

Gwenn se estremeció. Viajar en el tiempo: según el Grial, eso era justamente lo que ella había hecho. Pero Nimúe no lo sabía; no podía saberlo. En ningún momento la había reconocido, de eso estaba segura. Aquella muchacha era una versión joven de la dama, que todavía no se había encontrado con Gwenn.

Claro que, si nadie sabía de dónde venía ella, ¿cómo era posible que estuviesen pensando en incluirla en un programa relacionado con viajes en el tiempo? No podía tratarse de una coincidencia.

—Todo esto debe de resultar abrumador para ti —observó Nimúe al notar su silencio—. Demasiada información, lo entiendo… Pero no ha sido idea mía ir tan rápido, sino de Joseph. Fue él, después de ver tus informes, quien decidió que debías incorporarte cuanto antes al proyecto.

—¿Joseph? ¿Quién es Joseph?

Los vivos ojos azules de Nimúe se clavaron en Gwenn con sorpresa.

—Verdaderamente, tu pérdida de memoria debe de ser grave. Es imposible que no hayas oído hablar de Joseph, el creador de la Corporación Arimatea… y, antes de eso, del Grial.

Gwenn recordó las historias de Pelinor sobre su linaje, que se remontaba a los tiempos antiguos. Sí; un tal Joseph de Arimatea era su f ...