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BEL AMI (LOS MEJORES CLáSICOS)

Guy de Maupassant

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Fragmento

Capítulo I

Jorge Duroy salió del restaurante tras recibir de manos de la cajera la vuelta de sus cinco francos.

Como era engreído por naturaleza y por resabios de antiguo suboficial, hinchó el pecho, se atusó el bigote con ademán marcial y familiar, y lanzó una rápida mirada en torno a los comensales rezagados. Una mirada de niño bonito que se extendió como el aleteo de un gavilán.

Las mujeres habían levantado la cabeza para contemplarlo. Eran tres modistillas: una profesora de música de cierta edad, mal peinada, desaliñada, cubierta con un sombrero siempre polvoriento y vestida con un traje holgado, y dos burguesas acompañadas de sus maridos, parroquianos de este figón a precio fijo.

Una vez en la acera, Duroy permaneció un instante inmóvil preguntándose qué haría. Se encontraba a 28 de junio y solamente le quedaban tres francos con cuarenta céntimos en el bolsillo hasta final de mes. Esto representaba dos cenas sin almuerzos, o dos almuerzos sin cena. A elegir. Pensó que las comidas de la mañana costaban uno diez, en lugar del uno cincuenta que suponían las de la cena, con lo cual podría disponer, si se contentaba con los almuerzos, de un franco veinte céntimos. Esto aún le serviría para realizar dos colaciones a base de pan y salchichón, y tomar dos cervezas en el bulevar. Éste era su gran dispendio y su mayor placer de las noches; y pensando en ello, empezó a descender la calle de Notre Dame de Lorette.

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Caminaba igual que cuando vestía el uniforme de húsares: el pecho abombado, las piernas ligeramente arqueadas, como si acabase de desmontar del caballo. Y avanzaba con brutalidad entre la multitud que poblaba la calle, chocando los hombros y empujando a la gente para no desviarse de su trayectoria. Llevaba su chistera, bastante ajada, un poco inclinada sobre una oreja, y taconeaba ruidosamente. Siempre tenía el aspecto de desafiar a cualquiera: transeúntes, casas, a la ciudad entera, por su presunción de apuesto soldado vistiendo de paisano. Aunque vestido con un terno de sesenta francos, conservaba cierta elegancia un poco llamativa y vulgar, pero innegable. Alto, bien formado, rubio, de un rubio castaño ligeramente rojizo, con un bigote retorcido que parecía espumear sobre su labio. Tenía ojos azules, claros, agujereados por pequeñas pupilas. Los cabellos rizados, naturalmente y separados por una raya en medio de la cabeza. Parecía, exactamente, el calavera de un folletín.

Era una de esas noches veraniegas en que el aire falta en París. La ciudad, ardiente como una estufa, parecía sudar en medio de la noche sofocante. Las alcantarillas arrojaban sus apestados alientos a través de sus bocas de piedra, y las cocinas subterráneas, por sus ventanas bajas, lanzaban a las calles las miasmas de las aguas de fregar y de las avinagradas salsas.

Los porteros, en mangas de camisa y a horcajadas sobre las sillas de paja, fumaban sus pipas bajo las puertas cocheras mientras contemplaban el perezoso caminar de los viandantes, con la frente desnuda y el sombrero en la mano.

Cuando Jorge Duroy desembocó en el bulevar aún se detuvo, indeciso sobre qué iba a hacer. Ahora le apetecía alcanzar los Campos Elíseos y la avenida del Bosque de Bolonia para encontrar un poco de aire fresco bajo la arboleda, pero también le acuciaba otro deseo: el de encontrar una aventura galante.

¿Cómo se le presentaría? Lo ignoraba, pero ya la esperaba desde hacía tres meses tarde y noche inútilmente. Cierto que entretanto y gracias a su apostura y su cara bonita, disfrutaba de algún amor pasajero, y, sin embargo, siempre esperaba algo más y mejor.

Con el bolsillo vacío y la sangre hirviéndole, se encandilaba al contacto de las trotacalles que le musitaban en las esquinas de las calles: «¿Vienes conmigo, guapo?» Pero no se atrevía a seguirlas porque no podía pagarlas. Y así esperaba otra cosa, otras caricias menos vulgares.

Sin embargo, le agradaban los lugares donde hormigueaban las mujeres públicas, sus bailes, sus cafés, sus calles. Le gustaba codearse con ellas, hablarles, tutearlas, olfatear sus perfumes violentos, sentirse cerca de ellas. Al fin también eran mujeres, mujeres de amor. Y no las despreciaba, al menos, con el desprecio característico de los padres de familia.

Giró hacia la Madeleine y siguió a la multitud que discurría abrumada por el calor. Los grandes cafés, llenos de público, invadían las aceras para instalar a su muchedumbre de bebedores bajo la luz brillante y cruzada de sus fachadas iluminadas. Ante los clientes, en mesitas cuadradas o redondas, los vasos contenían líquidos rojos, amarillos, verdes, marrones y de todos los matices; y en el interior de las botellas se veía brillar los gruesos y transparentes cilindros de hielo que refrescaban el agua pura y cristalina.

Duroy había moderado su paso y el deseo de beber le secaba la garganta.

Una sed cálida, una sed de noche de verano que le aprisionaba y le hacía pensar en la deliciosa sensación de las bebidas frías deslizándose en su boca. Pero si solamente bebía dos bocks durante el paseo, adiós la frugal comida del día siguiente. ¡Y conocía demasiado las horas hambrientas de los fines de mes!

Pensó: «Es preciso que aguante hasta las diez y ya tomaré mi bock en el Americano. Pero por todos los diablos, ¡tengo sed!»

Y contemplaba a aquellos hombres sentados a las mesas y bebiendo, todos aquellos hombres que podían saciar su sed cuanto les apeteciera. E iba pasando ante los cafés con aire arrogante y provocador mientras juzgaba de una ojeada al rostro y al traje, el dinero que cada consumidor debía llevar encima. Esto le producía una cólera sorda contra aquellas gentes sentadas y tranquilas. Si se les registraran los bolsillos, se encontraría oro, plata y calderilla. Por término medio, cada uno debía disponer de dos luises, como mínimo; había una centena en el café, y cien veces dos luises hacían ¡cuatro mil francos!

«¡Los muy cochinos!», murmuraba pavoneándose con gracia. Si pudiera coger a uno en un rincón de una calle, en medio de un sitio oscuro, le retorcería el cuello sin escrúpulo alguno. De verdad, como solía hacerlo a las gallinas de los campesinos en sus días de maniobras.

Y se acordaba de sus dos años en África, y cómo esquilmaba a los árabes en las avanzadillas del Sur. Una sonrisa cruel y satisfecha se dibujó en sus labios ante el recuerdo de una escapada que costó la vida a tres hombres de la tribu de los Ouled-Alane, y que les había valido, a él y sus camaradas, veinte gallinas, dos corderos y oro suficiente para juerguearse durante seis meses.

Jamás se había encontrado a los culpables, claro que tampoco se hizo mucho por buscarlos. El árabe estaba casi considerado como la presa natural del soldado.

En París ya era otra cosa. Allí no se podía merodear tranquilamente, sable al cinto y revólver en mano, sin que la justicia civil interviniese. Se sentía agitado por todos los instintos del suboficial cobarde en país conquistado. Claro que añoraba sus dos años de desierto. ¡Qué lástima no encontrarse allá abajo! Pero he aquí que había esperado encontrarse mejor regresando. Y ahora... ¡Ay, sí! Ahora estaba lucido.

Y hacía chasquear su lengua en la boca, con un ligero ruido como para comprobar que tenía seco el paladar.

La multitud se deslizaba alrededor suyo, extenuada y parsimoniosa, mientras él seguía pensando: «¡Atajo de bestias! Todos estos imbéciles tienen cuartos en el bolsillo de sus chalecos.»

Y empujaba a la multitud por la espalda mientras silbaba alegres cancioncillas. Los hombres golpeados se volvían gruñendo, y las mujeres exclamaban: «¡Vaya animal!»

Cruzó ante el Vaudevill y se detuvo frente al café Americano preguntándose si no tomaría su bock, ya que le torturaba tanto la sed. Antes de decidirse echó un vistazo a la hora en los relojes luminosos que había en medio de la calzada. Eran las nueve y cuarto. Se conocía bien: cuando tuviera el vaso lleno de cerveza delante, se lo bebería inmediatamente. Y entonces, ¿qué haría hasta las once?

Continuó caminando mientras meditaba: «Iré hasta la Madeleine y volveré calmosamente.»

Cuando llegaba a la esquina de la plaza de la Ópera se cruzó con un hombre joven y grueso que le pareció haberlo visto antes en algún sitio.

Se puso a seguirle mientras registraba entre sus recuerdos y se repetía a media voz: «¿Dónde diablos he conocido yo a este tipo?»

Rebuscaba por toda su mente y no lograba identificarlo. De pronto, y por un singular fenómeno de nemotecnia, se imaginó al mismo hombre más delgado, más joven y vestido con el uniforme de húsares. Entonces exclamó en voz alta: «¡Caramba, si es Forestier!» Y apresurando el paso, se le acercó y le dio un golpecito en el hombro.

El otro se volvió, le contempló y luego dijo:

—¿Qué se le ofrece, señor?

Duroy se echó a reír.

—¿No me reconoces?

—No.

—Jorge Duroy, del VI de húsares.

Forestier le tendió las dos manos.

—¡Vaya, amigo! ¿Cómo te encuentras?

—Muy bien, ¿y tú?

—¡Oh, yo! No muy bien. Figúrate que tengo los pulmones hechos migas. Me paso tosiendo seis meses al año a consecuencia de una bronquitis que agarré en Bougival el año de mi regreso a París. Y ya hace de esto cuatro años.

—¡Caramba! Pues tienes un aspecto magnífico.

Forestier, tomando del brazo a su antiguo camarada, empezó a hablarle de su enfermedad con pelos y señales, de sus consultas, las opiniones y los consejos de los médicos y la dificultad de seguir sus tratamientos tal como estaba. Le habían indicado que pasara el invierno en el Midi, pero ¿acaso podía? Estaba casado y era periodista en un buen puesto.

—Dirijo la sección política en La Vie Française, la del Senado en Salut, y de vez en cuando, algunas crónicas literarias para La Planete. Como verás, me he abierto camino.

Duroy lo miraba sorprendido. Había cambiado bastante, se le veía maduro. Ahora tenía un aspecto y un traje de hombre reposado, seguro de sí, y barriga de hombre que come bien. Antaño era delgadito, menudo y ligero, aturdido, pendenciero y siempre dispuesto a alborotar. En tres años, París lo había convertido en otro hombre, grueso y serio, con algunos cabellos blancos en las sienes, a pesar de que no tendría más de veintisiete años.

Forestier preguntó:

—¿Adónde vas?

—A ninguna parte —replicó Duroy—. Daba una vuelta antes de regresar a casa.

—Bien, ¿quieres acompañarme a La Vie Française? Tengo algunas pruebas que corregir, y después iremos a tomar unas cervezas juntos.

—Adelante.

Y se pusieron a caminar cogidos del brazo con esa familiaridad tan sencilla que existe entre quienes fueron compañeros de escuela, o camaradas de regimiento.

—¿Qué haces por París? —le preguntó Forestier.

Duroy se encogió de hombros.

—Morirme de hambre —dijo—. Una vez cumplido el servicio decidí venir aquí para... para hacer fortuna, o tal vez para vivir en París. Y aquí me tienes desde hace seis meses empleado en las oficinas de los ferrocarriles del Norte, con mil quinientos francos al año por todo sueldo.

—Diablos, eso no es para engordar —murmuró Forestier.

—Desde luego. Pero ¿qué quieres que haga? Estoy solo, no conozco ni tengo quien me recomiende a nadie. No son buenos deseos los que me faltan, sino medios.

Su camarada le examinó de pies a cabeza, como hombre práctico que juzga a un sujeto, y exclamó en tono convencido:

—Mira, muchacho, aquí todo depende de la personalidad. Un hombre medianamente astuto llega antes a ministro que a jefe de negociado. Es necesario imponerse y no pedir. Pero ¿cómo diablos no has encontrado tú un puesto mejor que el de empleado en el Norte?

Duroy replicó:

—Ya busqué por todas partes y no he descubierto nada. Pero tengo algo en perspectiva en estos días. Me han ofrecido entrar de profesor de equitación en el picadero Pellerin. Allí tendré, por lo menos, tres mil francos.

Forestier se detuvo en seco.

—No hagas eso, es estúpido aun cuando ganases diez mil francos. Te cierras el porvenir de un golpe. En tu oficina, al menos, estás escondido, nadie te conoce y puedes salir si eres fuerte y continuar tu camino. Pero una vez convertido en profesor de equitación, se acabó todo. Es como si fueras el dueño de un hotel al que va a cenar todo París. Cuando hayas dado lecciones de equitación a hombres de la buena sociedad, o a sus hijos, ellos jamás te podrán considerar como un igual.

Guardó silencio y reflexionó algunos segundos. Después preguntó:

—¿Tienes el bachillerato?

—No. Me suspendieron dos veces.

—Eso no importa con tal de que hayas hecho los estudios hasta el final. Si se habla de Cicerón o de Tiberio, tú sabes más o menos quiénes son, ¿no?

—Sí, más o menos.

—Bien. En principio, nadie sabe nada, a excepción de veinte imbéciles que no sirven para otra cosa. Además, no es difícil pasar por entendido. La cuestión es no dejarse coger en flagrante delito de ignorancia. Se va maniobrando, se esquivan las dificultades, se sortean los obstáculos y se apabulla a los otros por medio del diccionario. Todos los hombres son tontos como patos e ignorantes como peces.

Hablaba con la campechana tranquilidad de quien conoce la vida, y sonreía al observar cómo paseaba la multitud. Pero de golpe se puso a toser y se detuvo hasta que le cesó el acceso. Después añadió, en tono descorazonado:

—Es fastidioso no poder desembarazarse de esta bronquitis. Y eso que estamos en verano... ¡Ah! Este invierno me iré a curarla a Menton. ¡A ver si la echo de una vez! La salud ante todo.

Llegaron al bulevar Poissonière y se detuvieron ante una gran puerta con vidrieras tras las cuales había pegado un periódico abierto por ambas caras. Había tres personas paradas leyéndolo.

Por encima de la puerta se exponía, como una llamada en grandes letras de fuego dibujadas con la llama del gas, el rótulo de La Vie Française.

Los viandantes que cruzaban bruscamente ante la claridad lanzada por estas tres palabras luminosas, aparecían totalmente iluminados, visibles, claros y blancuzcos como a la luz del día, y luego volvían a hundirse en la sombra.

Forestier empujó esa puerta y dijo:

—Entra.

Duroy le siguió, subió una escalera lujosa y sucia completamente visible desde la calle. Desembocaron en una antesala donde dos ordenanzas saludaron al periodista, quien al fin se detuvo en una especie de sala de espera, polvorienta y aparatosa, tapizada con una imitación de terciopelo verde sucio, lleno de manchas y roído en algunos sitios como si los ratones lo hubieran atacado.

—Siéntate —indicó Forestier—. Regreso dentro de cinco minutos.

Desapareció por una de las tres salidas que desembocaban en aquel gabinete.

Un olor extraño, particular e indecible, el olor de las salas de redacción, flotaba en el ambiente. Duroy permaneció inmóvil, un poco intimidado y, sobre todo, sorprendido. De vez en cuando pasaban algunos hombres por delante suyo, apresurados, entrando por una puerta y saliendo por otra antes de que él tuviera ocasión de mirarlos.

Unas veces eran jóvenes, casi niños, que parecían muy atareados, llevando en la mano una hoja de papel que se agitaba al impulso de la carrera; otras los cajistas, cuyas blusas manchadas de tinta dejaban ver los cuellos de sus camisas bien blancas y los pantalones de paño iguales a los de los hombres elegantes; llevaban en las manos, cuidadosamente, tiras de papel impreso, las pruebas frescas, las galeradas húmedas. A veces entraba un señorito vestido con afectada elegancia, el talle bien ceñido en su levita, la pierna exageradamente dibujada bajo la ajustada tela, y los pies oprimidos por zapatos muy puntiagudos. Era un gacetillero mundano que traía los ecos de la jornada.

Aun llegaban otros, graves, importantes, cubiertos con sombreros de copa como si con esto solamente quisieran distinguirse de los demás mortales.

Forestier reapareció cogiendo del brazo a un hombre delgado, de unos treinta a cuarenta años, vestido de negro y con corbata blanca. Era muy moreno, el bigote retorcido en agudas puntas, con aspecto harto insolente y muy satisfecho de sí.

—Adiós, querido maestro —le dijo Forestier.

—Hasta la vista, querido —exclamó el otro estrechándole la mano antes de descender la escalera silbando y con el bastón bajo el brazo.

—¿Quién es? —preguntó Duroy a su amigo.

—Es Santiago Rival, ya sabes, el famoso cronista y espadachín. Acaba de corregir sus pruebas. Garin, Montel y él son los tres primeros cronistas con ingenio y de actualidad que tenemos en París. Rival gana aquí sus treinta mil francos por año con sólo dos artículos a la semana.

Cuando se marchaban se cruzaron con un hombrecillo gordo, de cabellos largos y aspecto desaseado. Subía las escaleras jadeando.

Forestier lo saludó en voz baja y con respeto, y luego dijo a su amigo:

—Es Norberto de Varenne, el poeta, el autor de los Soles muertos, una firma que aún se cotiza. Cada cuento que nos entrega cuesta trescientos francos, y el más largo no alcanza las doscientas líneas. Pero entremos en el Napolitano. Me muero de sed.

Cuando estuvieron sentados ante una mesa del café, Forestier gritó:

—¡Dos bocks!

Bebió el suyo de un trago mientras Duroy bebía su cerveza a sorbos lentos, saboreándola y paladeándola como un manjar precioso y raro.

Su compañero, silencioso, parecía reflexionar. Después dijo de sopetón:

—¿Por qué no intentas hacerte periodista?

Duroy le contempló sorprendido y al fin repuso:

—Pero... es que... en mi vida he escrito nada.

—¡Bah! Todo es probar y empezar. Yo podría emplearte para que fueses a buscarme informaciones, encomendarte ciertas diligencias y visitas. Al principio podrías ganar doscientos cincuenta francos y los coches pagados. ¿Quieres que hable de ti al director?

—¡Hombre! Claro que quiero.

—Entonces, hagamos una cosa. Ven a cenar a mi casa mañana. Tengo cinco o seis personas invitadas: el señor Walter, propietario del periódico, su esposa, Santiago Rival y Norberto de Varenne, a quienes acabas de ver, además de una amiga de mi esposa. ¿Conforme?

Duroy vacilaba, perplejo y con el rostro encendido de vergüenza. Murmuró al fin:

—Es que..., no tengo ropa apropiada.

Forestier se quedó estupefacto:

—¿No tienes frac? ¡Diablos! He ahí una cosa totalmente indispensable. En París es preferible no tener cama a no tener un frac.

Después, con súbito ademán, rebuscó en el bolsillo de su chaleco, extrajo unas cuantas monedas de oro, separó dos luises, los puso delante de su antiguo camarada, y le dijo en tono cordial y amistoso:

—Ya me lo devolverás cuando puedas. Alquila o compra a plazos, dejando una señal, la ropa que necesites. En fin, arréglatelas como puedas, pero ven mañana a cenar a casa. Mañana a las siete y media en el 17 de la calle Fontaine.

Duroy, turbado, recogió el dinero y balbució:

—Eres muy amable. No sabes cuánto te lo agradezco. Ten la seguridad de que no lo olvidaré.

Forestier le interrumpió:

—Bueno, ya está bien. Otro bock, ¿no es cierto? —y gritó volviéndose—: ¡Camarero, dos bocks!

Cuando los hubieron bebido, el periodista le preguntó:

—¿Te gustaría que paseásemos un poco? Para matar una hora.

—Encantado.

Se pusieron a caminar hacia la Madeleine.

—¿Qué podríamos hacer mejor? —preguntó Forestier—. Hay quienes pretenden que en París un paseante siempre se entretiene, pero no es cierto. Cuando yo quiero callejear por las noches, jamás sé dónde ir. Una vuelta por el bosque sólo es entretenido cuando vas con una mujer y no siempre la tienes a mano. Los cafés-concierto pueden distraer a mi farmacéutico y su esposa, pero no a mí. ¿Qué hacer, entonces? Nada. Debería existir aquí un jardín de verano, algo como el parque Monceau, abierto por las noches y en donde se escuchase buena música mientras se beben cosas frescas bajo la arboleda. No como un lugar de diversión, sino de paseo. Se pagaría cara la entrada, a fin de atraer a las mujeres atractivas. Se podría caminar por las avenidas bien arenadas, iluminadas con luz eléctrica, y sentarse de cuando en cuando para escuchar la música de lejos o cerca. Ya tuvimos algo parecido en otra ocasión en Musard, pero con gusto populachero y demasiado bailoteo, ni demasiado grande, ni bastante umbroso, ni lo suficientemente sombrío. Sería preciso un jardín muy hermoso y amplio. Sería algo encantador. ¿Adónde quieres ir?

Duroy, perplejo, no sabía qué decir. Al fin se decidió:

—No conozco el Folies Bergère. De buena gana le echaría un vistazo.

—¡Diablo! —exclamó su compañero—. ¿El Folies Bergère? Nos asaremos allí como en un horno. En fin, sea. Aquello siempre es divertido.

Ambos giraron sobre sus talones para alcanzar la calle del Faubourg Montmartre.

La iluminada fachada del local proyectaba un gran resplandor sobre las cuatro calles que desembocaban delante de ella. Una larga fila de simones esperaba la salida del público.

Forestier entraba y Duroy le retuvo.

—Nos olvidamos de pasar por la taquilla.

El periodista le respondió dándose importancia:

—Conmigo nunca se paga.

Cuando se aproximó al control de entrada los tres hombres que había en la puerta le saludaron. El que estaba en el centro le tendió la mano. El periodista preguntó:

—¿Tiene un buen palco?

—Pues claro, señor Forestier.

Tomó el cupón que le tendían, empujó la puerta acolchada, cuyos batientes estaban forrados en cuero, y se encontraron en la sala.

Una humareda de tabaco velaba todo como si fuera una fina niebla en las zonas más distantes, el escenario y el lado opuesto del teatro. Se elevaba sin cesar en delgadas espirales blancuzcas de los cigarros de cuantos fumaban, y esta ligera bruma, siempre ascendiendo, se acumulaba bajo el techo y formaba, bajo la amplia bóveda, alrededor de la araña central y encima del primer anfiteatro lleno de espectadores un cielo cuajado de humo.

Dentro del amplio corredor de entrada que conduce al pasillo circular, por donde pasa la chusma de mujeres mezclada a la masa sombría de hombres, un grupo de mujeres esperaban a los recién llegados delante de uno de los tres mostradores donde tronantes, pintarrajeadas y marchitas, ofrecían bebidas y amor.

Grandes espejos, tras ellas, reflejaban sus espaldas y el rostro de los paseantes.

Forestier se abría paso entre los grupos y avanzaba con rapidez como si fuera un hombre con derecho a consideración.

Se aproximó a una acomodadora y le preguntó:

—¿El palco diecisiete?

—Por aquí, señor.

Los encerró en una pequeña caja de madera, descubierta y tapizada en rojo, que contenía cuatro sillas del mismo color tan juntas que apenas podían moverse entre ellas. Ambos amigos se sentaron. A derecha e izquierda, siguiendo una larga línea circular cuyos extremos tocaban en cada lado del escenario, una serie de cajas parecidas acogía a sujetos, sentados igualmente, y de los que no se veía más que la cabeza y el pecho. En el escenario actuaban tres hombres jóvenes que vestían trajes de malla: uno alto, otro mediano y otro pequeño hacían alternativamente ejercicios en un trapecio.

Primeramente avanzaba el grande a saltitos rápidos, sonriendo y saludando con un movimiento de la mano como si enviara besos.

Bajo las mallas se perfilaban los músculos de sus brazos y piernas. Hinchaba el pecho para disimular su estómago demasiado saliente. Y su rostro parecía el de un peluquero, con la raya abriendo cuidadosamente su cabellera en dos partes iguales, justo en medio de la cabeza. Alcanzaba el trapecio con un gesto gracioso, y, colgado por las manos, giraba en torno a él como una rueda lanzada; o bien, con los brazos rígidos y el cuerpo recto, se mantenía inmóvil, acostado horizontalmente sobre el vacío, y sosteniéndose únicamente a la barra fija por la fuerza de sus puños.

Después saltaba a tierra, saludaba de nuevo sonriendo mientras aplaudía el patio de butacas y corría a pegarse al decorado procurando lucir, a cada paso, la musculatura de sus piernas.

El segundo, menos alto y más barrigudo, avanzaba a su vez y repetía el mismo ejercicio que el último en medio de la señalada aprobación del público.

Pero Duroy apenas se cuidaba del espectáculo. Con la cabeza vuelta hacia atrás no hacía más que observar el gran paseo lleno de hombres y prostitutas.

Forestier le dijo:

—Fíjate en las butacas de patio. No hay más que burgueses con sus esposas e hijos: buenas cabezas vacías que vienen a deleitarse con el espectáculo. En los palcos están los juerguistas, algunos artistas y algunas muchachas alegres. Y tras de nosotros, la más pintoresca reunión que puedas imaginarte de todo París. ¿Quiénes son esos hombres? Obsérvalos. Hay de todo, de toda clase de profesiones, pero predominando la crápula. Ahí tienes a empleados: a empleados de banco, de establecimientos, de ministerios, reporteros, chulos, militares de paisano, petimetres con frac que vienen a cenar al cabaret e irán a la Ópera antes de entrar en los Italianos; y aún quedan muchos hombres sospechosos que desafían todo análisis. Respecto a las mujeres, sólo hay una clase: las que cenan en el Americano, las muchachas de uno o dos luises que acechan a los extraños de cinco luises y llaman a sus asiduos cuando no tienen negocio. Son las mismas desde hace seis años. Se las ve todas las noches en el mismo sitio durante todo el año, a excepción de cuando pasan una temporada higiénica en Saint Lazare o en Lourcine.

Duroy no le escuchaba. Una de aquellas mujeres se había acodado en el palco de los dos amigos y le contemplaba. Era una morena algo gruesa y con la carne blanca de los polvos. Tenía los ojos negros, alargados, sombreados por un lápiz y encuadrados bajo enormes y ficticias cejas. Su pecho, demasiado robusto, atirantaba la seda oscura de su vestido; y sus labios pintados, rojos como una herida, le daban un aspecto bestial, ardiente y exagerado que encendía el deseo.

La mujer, con un movimiento de cabeza, llamó a una de sus amigas más próximas, una rubia de cabellos rojizos, también gruesa, y le dijo con voz suficientemente alta para ser oída:

—Fíjate, mira que hombre más guapo: si me quiere por diez luises, no le desairaré.

Forestier se giró, y, sonriendo, golpeó uno de los muslos de Duroy.

—Eso va por ti. Tienes éxito, amigo. Mi enhorabuena.

El antiguo suboficial había enrojecido. Con un movimiento maquinal de los dedos tanteó las dos monedas de oro que llevaba en el bolsillo del chaleco.

Habían bajado el telón y ahora estaba tocando la orquesta un vals.

—¿Y si diésemos una vuelta por la galería? —propuso Duroy.

—Como quieras.

Salieron e inmediatamente fueron arrastrados por la corriente de paseantes. Apretujados, empujados, aplastados y sacudidos, caminaban teniendo ante sí un bosque de sombreros. Y las jóvenes, de dos en dos, pasaban entre aquella jauría de hombres atravesándola con facilidad. Se deslizaban entre los codos, entre los pechos y las espaldas como si se encontraran en sus propias casas y estuvieran tan a gusto como los peces en el agua, en vez de esta marea de machos.

Duroy, satisfecho, se dejaba arrastrar embriagándose con aquella atmósfera viciada por el tabaco, por el olor humano y el perfume de las bribonas. Sin embargo, Forestier sudaba, soplaba y tosía.

—Vámonos al jardín —dijo.

Y torciendo a la izquierda, penetraron en una especie de jardín cubierto, que dos grandes fuentes de malísimo gusto refrescaban. Bajo los tejos y tuyas, los hombres y las mujeres bebían alrededor de las mesas de cinc.

—¿Otro bock? —preguntó Forestier.

—Sí, con mucho gusto.

Se sentaron y contemplaron cómo pasaba el público.

De vez en cuando se detenía una trotacalles y les pedía sonriendo melifluamente:

—¿Me convida a algo, señor?

—A un vaso de agua en la fuente —les respondía Forestier.

—¡Hala ya, grosero! —exclamaba alejándose.

Pero la gruesa morena que se había apoyado sobre el palco de ambos un poco antes, reapareció caminando arrogante y cogida del brazo de la gruesa rubia. Ambas constituían verdaderamente un hermoso par de mujeres bien formadas.

Sonrió al descubrir a Duroy, como si los ojos de ambos ya se hubiesen dicho cosas íntimas y secretas; y, tomando una silla, se sentó tranquilamente delante de él e hizo sentar a su amiga. Después pidió con voz clara:

—¡Camarero, dos granadinas!

Forestier, sorprendido, exclamó:

—¡Caramba! ¡No te privas de nada, chica!

Ella respondió:

—Es tu amigo quien me seduce. Verdaderamente es guapo. ¡Hasta creo que me haría cometer locuras!

Duroy, intimidado, no sabía qué decir. Se retorcía el bigote rizado mientras sonreía neciamente. El camarero trajo los refrescos, las mujeres se los bebieron de un trago, después se levantaron y la morena, con un pequeño saludo de cabeza y un ligero golpe de abanico en el brazo, dijo a Duroy:

—Gracias, monín. No eres muy hablador que digamos.

Se alejaron balanceando sus caderas.

Entonces Forestier se echó a reír y dijo:

—¡Vaya con mi amigo! ¿Sabes que tienes mucho éxito entre las mujeres? Habrá que cuidar eso, puede conducirte muy lejos.

Guardó silencio un instante para añadir luego, con ese tono soñador que poseen las personas que piensan en voz alta:

—Ellas son, todavía, quienes hacen que llegues más rápido.

Y como Duroy continuase sonriendo y sin responder, le preguntó:

—¿Te quedas un rato? Yo me vuelvo a casa. Ya tengo bastante.

—Sí, me quedaré un poco más —respondió el otro—. Aún es temprano.

Forestier se puso en pie.

—Pues bien, adiós, entonces. Hasta mañana. ¡Y no lo olvides! A las siete y media en el 17 de la calle Fontaine.

—Comprendido. Hasta mañana, y gracias.

Se estrecharon la mano y el periodista se alejó.

Cuando hubo desaparecido, Duroy se sintió libre. Nuevamente palpó con alegría las dos monedas de oro que guardaba en el bolsillo. Después se levantó y se puso a caminar entre la multitud, examinándola con la mirada.

Enseguida descubrió a las dos mujeres, a la rubia y a la morena, que siempre avanzaban con su peculiar altivez mendicante a través del enjambre de hombres.

Caminó derecho hacia ellas y cuando estuvo muy próximo no se atrevió a dar un paso más.

La morena le dijo:

—¿Has encontrado la lengua?

El balbució:

—¡Diablos!

Pero no consiguió pronunciar otra palabra más.

Permanecían de pie los tres, parados, entorpeciendo el movimiento del corredor y formando un remolino en torno a ellos. Ella, entonces, le preguntó de golpe:

—¿Te vienes a mi casa?

Él, estremeciéndose de deseo, respondió brutalmente:

—Sí, pero no tengo más que un luis en el bolsillo.

La mujer sonrió con indiferencia:

—Eso no tiene importancia.

Y le tomó el brazo en señal de posesión. Cuando salieron de allí, él pensaba que con los veinte francos restantes podría alquilarse fácilmente un traje de etiqueta para el día siguiente.

Capítulo II

—¿El señor Forestier, por favor?

—En el tercero, izquierda.

El portero había respondido con esa amabilidad que revela cierta consideración por su inquilino. Y Jorge Duroy subió la escalera.

Se encontraba un poco molesto e intimidado. Vestía frac por primera vez en su vida y se sentía inquieto por su indumento. Notaba defectos en todo: en los zapatos no muy relucientes, pero sí de fina piel, pues presumía de calzar bien; en la camisa, de cuatro francos cincuenta, comprada aquella misma mañana en el Louvre, y cuyo delicado plastrón ya empezaba a arrugarse. Las camisas que utilizaba otros días estaban tan deterioradas en algunos sitios que no había podido usar ni la menos estropeada.

Su pantalón, un poco amplio, se ajustaba mal a la pierna y parecía arrugarse alrededor de la pantorrilla. Adquiría esa apariencia desaliñada que adoptan los trajes de ocasión sobre los miembros que cubren accidentalmente. Sólo el frac tenía una apariencia pasable, pues había conseguido encontrar uno que casi era de su talla.

Subía lentamente las escaleras, el corazón palpitante, el espíritu ansioso y acosado, sobre todo, por el temor de parecer ridículo. Y de pronto descubrió ante él a un caballero vestido de etiqueta que le contemplaba. Se encontraron tan próximos uno de otro que Duroy echó un paso atrás y se quedó estupefacto. Era él, reflejado por un gran espejo de pie que situado en el primer descansillo ofrecía una larga perspectiva del corredor. Le inundó un estremecimiento de júbilo al darse cuenta de que estaba mejor de lo que creía.

Como no tenía en su casa más que un pequeño espejo para afeitarse, no había podido contemplarse totalmente, y las pequeñas e incompletas visiones de diversas partes de su indumento le habían hecho exagerar la idea de su incorrección al punto de creerse grotesco.

Sin embargo, descubriéndose ahora repentinamente en el espejo, ni se había reconocido. Se había tomado por otro, por un hombre más elegante y mundano que aparecía muy favorecido al primer golpe de vista.

Ahora, observándose con detenimiento, reconocía que verdaderamente su conjunto era satisfactorio.

Entonces se estudió como todos los actores cuando aprenden sus papeles. Se sonrió, se alargó la mano, hizo gestos, expresó sus sentimientos: asombro, placer, aprobación, y buscó diferentes clases de sonrisas y de intencionadas miradas para mostrarse galante cerca de las mujeres, hacerlas comprender que se las admira e incluso que se las desea.

Se abrió una puerta en la escalera. Tuvo miedo a ser sorprendido y empezó a subir más rápido y con el temor de que algún invitado de su amigo le hubiera descubierto haciéndose carantoñas.

Al llegar al segundo piso descubrió otro espejo y aminoró su marcha para contemplarse al cruzarlo. Su apostura le pareció verdaderamente elegante. Caminaba bien... Y una confianza inmodesta en sí mismo, invadió su espíritu. Cierto, triunfaría, con aquella figura, su deseo de llegar, la resolución que poseía y su independencia de ánimo. Llegando al último piso le entraron deseos de correr y saltar. Se detuvo ante el tercer espejo, se atusó el bigote con un gesto maquinal, levantó su sombrero para arreglarse el cabello y murmuró a media voz, como solía hacer a menudo:

«He aquí una excelente criatura.»

Tendió la mano hacia el timbre y lo hizo sonar.

La puerta se abrió casi inmediatamente. Se encontró en presencia de un mayordomo vestido de etiqueta, grave, afeitado y tan perfectamente presentable que Duroy volvió a turbarse sin comprender exactamente de dónde le llegaba aquella emoción: tal vez de una inconsciente comparación entre el corte de sus respectivos trajes. El lacayo, que calzaba zapatos acharolados, le preguntó tomando el abrigo que Duroy llevaba al brazo para que no se pudieran ver sus manchas:

—¿A quién debo anunciar?

Y lanzó el nombre en un salón donde le invitó a entrar después de haber levantado la cortina de la puerta.

Duroy perdió instantáneamente su aplomo. Se sintió paralizado de temor y anhelante. Iba a dar su primer paso dentro de una existencia esperada, soñada tantas veces. Y avanzó a pesar de todo. Lo esperaba una mujer joven, rubia. Estaba sola y de pie, en medio de una gran sala bien iluminada y llena de arbustos, como un invernadero.

Se detuvo en seco, completamente desconcertado. ¿Quién era aquella señora que le sonreía? Enseguida se acordó de que Forestier estaba casado, y el pensamiento de que tan hermosa y elegante rubia debía ser la esposa de su amigo acabó por deslumbrarle.

—Señora... —balbució—. Soy...

Ella le tendió la mano.

—Lo sé, señor. Carlos me ha contado el encuentro que tuvieron ayer noche, y celebro que haya tenido la buena ocurrencia de rogarle que cene hoy con nosotros.

Duroy enrojeció hasta las orejas al no saber qué decirle. Se sentía examinado, inspeccionado de pies a cabeza, valorado y al fin juzgado.

Sentía deseos de excusarse e inventar alguna razón que explicase los descuidos de su indumento, pero no encontró palabras y no se atrevió a tocar un tema tan delicado.

Se sentó en una butaca que ella le indicó, y cuando notó plegarse bajo su peso el terciopelo elástico y suave del asiento, cuando se sintió hundido, apoyado y ceñido por aquel mueble acariciante, cuyo respaldo y brazos acolchados le sostenían delicadamente, le pareció que penetraba en una nueva y encantadora existencia; que tomaba posesión de algo delicioso, que se convertía en alguien y que al fin estaba salvado.

Entonces miró a la señora Forestier que no había cesado de contemplarle.

Llevaba un vestido de cachemira azul pálido que delineaba perfectamente su talle esbelto y su pecho opulento.

La carne de sus brazos y cuello surgía entre la blanca espuma de encaje que guarnecía su corpiño y las breves mangas. Los cabellos, peinados hacia arriba, encima de la cabeza, se rizaban ligeramente sobre la nuca y formaban como una nubecilla de rubio césped encima del cuello.

Duroy se tranquilizó ante su mirada, que le recordó, sin saber por qué, a la de la morena encontrada la víspera en el Folies Bergère. Poseía los ojos grises, de un gris azulado que le daban una extraña expresión. La nariz fina, los labios gruesos, la barbilla un poco carnosa componían un rostro irregular y seductor, lleno de encanto y picardía. Constituía uno de esos rostros de mujer en los que cada facción revela una gracia peculiar, cierto significado, y cada movimiento parece decir o esconder alguna cosa.

Tras un breve silencio ella le preguntó:

—¿Se encuentra en París desde hace mucho tiempo?

Duroy respondió mientras se recobraba poco a poco:

—Sólo desde hace unos meses, señora. Tengo un empleo en los ferrocarriles, pero Forestier me ha hecho concebir la esperanza de convertirme, gracias a él, en periodista.

Ella acentuó su sonrisa y la hizo más acogedora mientras murmuraba bajando la voz:

—Ya sé.

El timbre sonó nuevamente y el mayordomo anunció:

—La señora de Marelle.

Era ésta una morena menuda, de esas que se las llama morenitas.

Penetró con desenvoltura. Y su sencillo vestido oscuro parecía favorecerla modelándola de pies a cabeza.

Sólo una rosa roja, prendida en su negra cabellera, llamaba la atención violentamente y parecía realzar su fisonomía, acentuar su carácter, dándole la animación y brusquedad que le faltaba.

Una muchachita de traje corto la seguía. La señora Forestier se adelantó a reci ...