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BELGRAVIA

Julian Fellowes

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Fragmento

El pasado, como tantas veces nos han contado, es un país extranjero donde las cosas se hacen de manera distinta. Puede que esto sea cierto. De hecho, es cierto de forma patente cuando se trata de moral y de costumbres, del papel de la mujer, del gobierno de la aristocracia y de un millón más de elementos de nuestras vidas diarias. Pero también hay similitudes. La ambición, la envidia, la ira, la avaricia, la bondad, la abnegación y, sobre todo, el amor han sido siempre motivaciones igual de poderosas que ahora. Esta historia habla de personas que vivieron hace dos siglos y, sin embargo, muchos de sus anhelos, de sus agravios, de las pasiones que ardían en sus corazones se parecían en gran medida a los que vivimos hoy, en nuestros días…

No parecía un país al borde de la guerra; menos aún la capital de un país desgarrado de un reino y anexionado a otro menos de tres meses antes. Bruselas en junio de 1815 podía haber pasado por una ciudad en fête, con concurridos puestos de vivos colores en los mercados y coches abiertos pintados en tonos alegres recorriendo deprisa las avenidas, transportando a grandes damas y a sus hijas a compromisos sociales de suma importancia. Nadie habría sospechado que el emperador Napoleón avanzaba con su ejército y podía acampar a las afueras de la ciudad en cualquier momento.

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Nada de esto resultaba de gran interés para Sophia Trenchard mientras se abría paso entre el gentío con un gesto de determinación que hacía difícil creer que tuviera solo dieciocho años. Como cualquier muchacha de buena familia, y con mayor razón por encontrarse en tierra extranjera, iba acompañada de su doncella, Jane Croft, de veintidós años, cuatro más que su señora. Aunque si hubiera hecho falta decir cuál de las dos tendría que proteger a la otra de un encontronazo con un transeúnte habría sido Sophia, que parecía dispuesta a todo. Era bonita, muy bonita incluso, con esa fisonomía británica clásica de pelo rubio y ojos azules. Pero el gesto decidido de su boca dejaba claro que no era una joven que necesitara el permiso de mamá para embarcarse en una aventura.

—Date prisa o se habrá ido a almorzar y habremos venido en balde.

Estaba en ese momento de la vida que casi todos debemos atravesar, cuando la infancia ha quedado atrás y una falsa madurez, libre aún de las trabas de la experiencia, le da a uno la sensación de que cualquier cosa es posible, hasta que la llegada de la verdadera edad adulta demuestra de manera concluyente que no es así.

—Voy lo más deprisa que puedo —murmuró Jane y, como para probar sus palabras, un húsar apresurado la empujó y ni siquiera se detuvo a averiguar si le había hecho daño—. Esto parece una batalla campal.

Jane no era una belleza, como su joven señora, pero tenía un rostro vivaz, fuerte y rubicundo, más idóneo acaso para recorrer caminos rurales que las calles de una ciudad.

Era una muchacha decidida y a su joven señora le gustaba por ello.

—No te dejes avasallar.

Sophia casi había llegado a su destino, después de dejar la calle principal y entrar en un patio que en otro tiempo pudo haber sido un mercado de ganado, pero ahora había sido requisado por el ejército y convertido en lo que semejaba un depósito de suministros. Grandes carromatos descargaban estuches, sacas y cajas que se transportaban a almacenes de los alrededores y había lo que parecía ser una marea constante de oficiales de todos los regimientos que conversaban y en ocasiones discutían mientras se desplazaban en grupos. La llegada de una mujer joven y atractiva con su doncella despertó, como es natural, cierto grado de atención y las conversaciones, por un instante, disminuyeron y casi cesaron.

—Por favor, no se molesten —dijo Sophia mirando tranquilamente a su alrededor—. He venido a ver a mi padre, el señor Trenchard.

Un hombre joven se adelantó.

—¿Conoce el camino, señorita Trenchard?

—Sí, gracias.

Se dirigió hacia una entrada de aspecto ligeramente más importante del edificio principal y, seguida de la trémula Jane, subió las escaleras hasta el primer piso. Allí encontró a más oficiales, al parecer esperando a ser recibidos, pero era una norma que Sophia no tenía intención de acatar. Abrió la puerta.

—Quédate aquí —ordenó.

Jane dio un paso atrás, bastante complacida con la curiosidad de los hombres.

La habitación en la que entró Sophia era grande, luminosa y amplia, con un hermoso escritorio de suave caoba y otros muebles de estilo acorde, pero era un espacio destinado a los negocios más que a la vida social, un lugar para trabajar, no para divertirse. En un rincón, un hombre corpulento de cuarenta y pocos años estaba sermoneando a un oficial de uniforme reluciente.

—¿Quién demonios ha venido a interrumpirme? —Se giró, pero al ver a su hija su estado de ánimo cambió y una sonrisa cariñosa iluminó su cara roja de enfado—. ¿Y bien? —dijo, pero la hija miró al oficial. El padre asintió—. Capitán Cooper, si me disculpa…

—Por supuesto, Trenchard.

—¿Cómo que Trenchard?

—Señor Trenchard. Pero necesitamos la harina esta noche. El oficial al mando me hizo prometer que no volvería sin ella.

—Y yo prometo hacer todo lo que esté en mi mano, capitán. —Saltaba a la vista que el oficial estaba irritado, pero tuvo que contentarse con esa respuesta porque no iba a recibir otra mejor. Se retiró con una inclinación de cabeza y el padre se quedó a solas con su hija.

—¿La tienes? —Su nerviosismo era palpable. Había algo conmovedor en su entusiasmo: ese rollizo, casi calvo maestro de los negocios de repente se mostraba tan excitado como un niño la víspera de Navidad.

Muy lentamente, alargando el momento al máximo, Sophia abrió su ridículo y sacó con cuidado unas tarjetas de cartón blanco.

—Tengo tres —contestó, saboreando su triunfo—. Una para usted, una para mamá y una para mí.

Casi se las arrancó de la mano. De llevar un mes sin comida ni agua no habría estado más ansioso. La caligrafía era sencilla y elegante.

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El padre miró la tarjeta.

—Supongo que lord Bellasis sí estará invitado a cenar.

—Es su tía.

—Claro.

—No habrá cena. Por lo menos no una formal. Solo la familia y unos pocos conocidos que están alojados en la casa.

—Siempre dicen que no hay cena, pero luego suele haberla.

—¿No esperaría usted que nos invitaran?

Lo había soñado, pero no lo había esperado.

—No, no. Esto es más que suficiente.

—Dice Edmund que después de medianoche habrá sobrecena.

—No le llames Edmund delante de nadie que no sea yo. —Con todo, su estado de ánimo seguía siendo alegre, la decepción momentánea ya sustituida por el pensamiento de lo que les deparaba el futuro—. Tienes que volver con tu madre. No le va a sobrar tiempo para los preparativos.

Sophia era demasiado joven y estaba demasiado llena de confianza inmerecida para ser consciente de la magnitud de lo que había logrado. Además, era más práctica para aquellas cuestiones que su deslumbrado padre.

—Es tarde para encargar nada a medida, papá.

—Pero no para hacer unos arreglos.

—No va a querer ir.

—Sí va a querer, porque tiene que hacerlo.

Sophia hizo ademán de ir hacia la puerta, pero le vino a la cabeza otro pensamiento.

—¿Cuándo se lo decimos? —inquirió mirando a su padre.

La pregunta pilló a este por sorpresa y empezó a juguetear con la leontina de oro de su reloj de bolsillo. Fue un momento incómodo. Las cosas eran exactamente igual que un instante antes, y sin embargo, de alguna manera, el tono y el significado habían cambiado. Cualquier observador externo se habría dado cuenta de que el tema tratado de pronto era algo más serio que la elección de vestido para el baile de la duquesa.

Trenchard fue de lo más rotundo en su respuesta.

—Aún no. Hay que hacerlo todo en el momento oportuno. Que él nos dé las indicaciones. Ahora vete. Y dile a ese cretino que pase.

La hija hizo lo que le pedía y salió de la habitación, pero en su ausencia James Trenchard siguió extrañamente distraído. De la calle llegaron gritos y se acercó a la ventana para mirar a un oficial y a un tendero discutir.

Luego se abrió la puerta y entró el capitán Cooper. Trenchard le saludó con una inclinación de cabeza. Era el momento de volver al trabajo.

Sophia había estado en lo cierto. Su madre no quería ir al baile.

—Solo nos han invitado porque alguien ha fallado en el último momento.

—¿Y eso qué importa?

—Es absurdo. —La señora Trenchard negó con la cabeza—. No vamos a conocer a nadie.

—Papá sí.

Había momentos en que a Anne Trenchard le irritaban sus hijos. A pesar de sus aires de superioridad, sabían poco de la vida. Habían sido malcriados desde la infancia, mimados por su padre, hasta que los dos dieron por sentada su buena suerte y apenas pensaban en ella. Lo ignoraban todo del viaje que habían hecho sus padres hasta lograr su posición actual, mientras que su madre recordaba cada paso minúsculo y cada piedra en el camino.

—Conocerá a alguno de los oficiales que van a sus oficinas a darle instrucciones. Y que se quedarán atónitos al descubrir que comparten salón de baile con el hombre que abastece de pan y cerveza a sus tropas.

—Espero que no le hable así a lord Bellasis.

La expresión de la señora Trenchard se suavizó un poco.

—Querida mía. —Cogió la mano de su hija en las suyas—. Ten cuidado con los castillos en el aire.

Sophia se soltó de las manos de su madre.

—Ya veo que no le cree capaz de albergar intenciones honradas.

—Al contrario. Estoy segura de que lord Bellasis es un hombre de honor. Desde luego es muy agradable.

—¿Entonces?

—Es el hijo mayor de un conde, hija mía, con todas las responsabilidades que acarrea un título así. No puede elegir esposa atendiendo solo a su corazón. No estoy enfadada. Ambos sois jóvenes y atractivos, y habéis vivido un pequeño coqueteo que no os ha perjudicado a ninguno de los dos. De momento. —El énfasis en las dos últimas palabras era una clara indicación de por dónde quería ir—. Pero tiene que terminar antes de que hablen las malas lenguas, Sophia, o tú serás la que sufra, no él.

—¿Y no le dice nada el hecho de que nos haya conseguido invitaciones para el baile de su tía?

—Me dice que eres una muchacha encantadora y que quiere complacerte. En Londres no habría conseguido algo así, pero en Bruselas la guerra lo deforma todo, así que no rigen las mismas reglas.

Esto último irritó a Sophia más que ninguna otra cosa.

—¿Quiere decir que según las reglas normales no somos una compañía digna de las amistades de la duquesa?

La señora Trenchard era, a su manera, tan fuerte como su hija.

—Es exactamente lo que quiero decir, y sabes que es cierto.

—Papá no estaría de acuerdo.

—Tu padre ha recorrido un largo camino con éxito, ha llegado más lejos de lo que muchos imaginarían siquiera y por eso no ve las barreras naturales que le impedirán avanzar mucho más. Confórmate con lo que tienes. A tu padre le han ido muy bien las cosas. Es algo de lo que debes estar orgullosa.

Se abrió la puerta y entró la doncella de la señora Trenchard con su vestido para la noche.

—¿Vuelvo más tarde, señora?

—No, no, Ellis. Pase. Hemos terminado, ¿no es así?

—Si usted lo dice, mamá.

Sophia salió de la habitación, pero su barbilla levantada no mostraba el gesto de alguien que se ha dado por vencido.

Por la manera deliberadamente silenciosa en que Ellis se entregó a sus obligaciones era evidente que ardía de curiosidad por saber lo que había provocado la discusión entre madre e hija, pero Anne la hizo sufrir unos minutos antes de hablar, esperando a que la doncella le desabotonara el vestido de tarde y lo dejara deslizarse de sus hombros.

—Estamos invitados al baile de la duquesa de Richmond el día 15.

—¡No! —Mary Ellis solía ser más hábil a la hora de disimular sus sentimientos, pero aquella noticia tan asombrosa la había pillado desprevenida—. Entonces tenemos que decidir su vestido, señora. Necesitaré tiempo para prepararlo, si queremos que quede como es debido.

—¿Qué tal el de seda azul oscuro? No me lo he puesto demasiado esta temporada. Quizá encuentre usted un poco de encaje negro para el cuello y las mangas, para darle un poco de aire.

Anne Trenchard era una mujer práctica, pero no exenta de vanidad. Había conservado su figura, y con su perfil marcado y su pelo castaño rojizo sin duda podía considerársela hermosa. Pero no dejaba que eso la convirtiera en una frívola.

Ellis se arrodilló para abrir un vestido de noche de tafetán color paja de modo que su señora pudiera ponérselo por las piernas.

—¿Y las joyas, señora?

—La verdad es que no lo he pensado. Llevaré lo que tengo, supongo. —Se volvió para que la doncella empezara a abotonarle la espalda del vestido con alfileres dorados. Se había mostrado severa con Sophia, pero no se arrepentía. Sophia vivía en un sueño, lo mismo que su padre, y los sueños podían meter en líos a las personas si no tenían cuidado. Casi a su pesar, Anne sonrió. Había dicho que James había recorrido un largo trecho, pero en ocasiones dudaba de que Sophia fuera consciente de hasta qué punto era así.

—Imagino que ha sido lord Bellasis quien ha organizado lo de las invitaciones al baile —dijo Ellis levantando la vista desde donde se encontraba, a los pies de la señora Trenchard, cambiándole de zapatos. Al momento se dio cuenta de que la pregunta había molestado a la señora. ¿Qué hacía una doncella preguntando en voz alta cómo habían conseguido sus señores ser incluidos en tan ilustre lista de invitados? ¿O, ya puestos, en cualquier otra lista?

La señora Trenchard optó por no contestar e ignoró la pregunta. Pero le hizo reflexionar sobre la extrañeza de sus vidas en Bruselas y sobre cómo habían cambiado las cosas desde que James llamó la atención del gran duque de Wellington. Era cierto que, a pesar de la escasez, de lo encarnizado de los combates, de que la campiña estuviera arrasada, James se las arreglaba para conseguir siempre suministros de alguna parte. El duque le llamaba «El Mago» y eso era, o parecía serlo. Pero su éxito no había hecho más que avivar su altiva ambición de escalar las inescalables cimas de la alta sociedad, y su afán de medrar iba a peor. Para James Trenchard, hijo de un comerciante, con quien hasta el padre de Anne había prohibido a esta casarse, que una duquesa fuera su anfitriona le parecía la cosa más natural del mundo. Anne habría calificado sus aspiraciones de ridículas, de no ser porque tenían la inquietante cualidad de hacerse realidad.

Anne era mucho más cultivada que su marido —algo lógico, pues era hija de maestro— y cuando se conocieron era un partido indiscutiblemente mejor que él, pero ahora sabía muy bien que su marido la había dejado atrás. De hecho, había empezado a preguntarse durante cuánto tiempo conseguiría seguir el ritmo de su extraordinario ascenso; o si, cuando sus hijos se hicieran mayores, no debería retirarse a una sencilla casa en el campo y dejar que se abriera paso solo hasta la cima de la montaña. Ellis supo instintivamente que el silencio de su señora se debía a que había hablado cuando no le correspondía. Pensó en decir algo halagador para recuperar su confianza, pero luego decidió seguir callada y dejar que la tempestad amainara por sí sola.

Se abrió la puerta y James asomó la cabeza.

—¿Te lo ha contado, no? Lo ha conseguido.

Anne miró a su doncella.

—Gracias, Ellis. Por favor, vuelva en un rato.

Ellis se retiró. James no pudo resistirse a sonreír.

—Me reprendes por ambicionar cosas que no me corresponden y sin embargo la manera en que te diriges a tu doncella es digna de la mismísima duquesa.

Anne hizo un gesto de enfado.

—Espero que no.

—¿Por qué? ¿Qué tienes contra ella?

—No tengo nada contra ella por la sencilla razón de que no la conozco, ni tú tampoco. —Anne se esforzaba por inyectar una nota de realidad en toda aquella tontería absurda y peligrosa—. Y por eso precisamente no deberíamos permitir que impongan nuestra presencia a esa pobre mujer, ocupando un espacio en su atestado salón de baile que debería estar reservado a sus conocidos.

Pero James estaba demasiado ilusionado para dejarse convencer.

—No hablas en serio.

—Claro que sí, pero ya sé que no me vas a escuchar.

Tenía razón, no había la más mínima posibilidad de enfriar su entusiasmo.

—Es una gran oportunidad, Annie. ¿Sabes que estará el duque? Dos duques, en realidad. Mi superior y el marido de nuestra anfitriona.

—Lo imagino.

—Y príncipes reinantes también. —Se interrumpió, a punto de reventar de la emoción que le producía todo—. James Trenchard, que empezó con un puesto en Covent Garden, ahora se dispone a bailar con una princesa.

—No vas a sacar a bailar a ninguna princesa. No harías más que avergonzarnos a los dos.

—Ya veremos.

—Hablo en serio. Bastante malo es ya que animes a Sophia…

James frunció el ceño.

—Ya sé que no lo crees, pero el chico es sincero. Estoy seguro.

Anne negó con la cabeza, impaciente.

—Tú no estás seguro de nada. Puede que lord Bellasis crea ser sincero, pero está fuera del alcance de Sophia. No es dueño de decidir por sí mismo, y nada honorable puede salir de todo esto.

Se oyó ruido en la calle y Anne fue a investigar. Las ventanas de su dormitorio daban a una calle ancha y ajetreada. Abajo, unos soldados con uniforme escarlata, cuyos cordones dorados capturaban y devolvían el reflejo del sol, se alejaban marchando. Qué extraño se me hace, pensó, con indicios de guerra inminente por todas partes, estar hablando de un baile.

—Yo no estaría tan seguro. —James no estaba dispuesto a renunciar a sus fantasías tan fácilmente.

Anne se volvió. Su marido había adoptado la expresión de un niño de cuatro años al que han acorralado.

—Pues yo sí. Y si Sophia sale perjudicada de esta tontería, te culparé personalmente.

—Muy bien.

—Y en cuanto a lo de chantajear al pobre muchacho para que mendigara una invitación a su tía, es tan humillante que no tengo palabras.

James decidió que ya tenía suficiente.

—No lo vas a estropear. No pienso permitírtelo.

—No va a hacer falta. Se estropeará solo.

Aquello fue la gota que colmó el vaso. James se marchó indignado a cambiarse para la cena y Anne tocó la campanilla para que volviera Ellis.

Se sentía mal consigo misma. No le gustaba discutir, y sin embargo había algo en todo aquello que la hacía sentirse amenazada. Le gustaba su vida. Ahora eran ricos, prósperos, populares en la comunidad de comerciantes de Londres, y sin embargo James insistía en estropear las cosas con su obsesión de querer más. La obligaría a desfilar por un número interminable de habitaciones donde ni gustaban ni eran apreciados. Tendría que entablar conversación con hombres y mujeres que los despreciaban en secreto… o no tan en secreto. Y todo esto cuando, de haberlo permitido James, podrían estar viviendo en un ambiente de comodidad y respeto. Pero incluso mientras pensaba estas cosas sabía que no podía detener a su marido. Nadie podía. Él era así.

Con los años se ha escrito tanto sobre el baile de la duquesa de Richmond que ha adquirido el esplendor y la majestuosidad del desfile de coronación de una reina medieval. Ha figurado en novelas de todo tipo y cada representación pictórica de la velada resulta más grandiosa que la anterior. El cuadro de Henry O’Neill de 1868 sitúa el baile en un vasto y concurrido palacio con enormes columnas de mármol, rebosante de lo que parecen ser cientos de invitados desgarrados de pena y de terror y con aspecto más glamuroso que el cuerpo de baile del teatro Drury Lane. Igual que en muchos otros momentos emblemáticos de la historia, la realidad fue bien distinta.

Los Richmond se habían mudado a Bruselas en parte con la intención de recortar gastos y vivir más modestamente residiendo varios años en el extranjero, y en parte como muestra de solidaridad con su gran amigo el duque de Wellington, que había establecido allí su cuartel general. A Richmond, que había sido militar, se le encomendó la tarea de organizar la defensa de Bruselas en caso de que ocurriera lo peor y hubiera una invasión enemiga. Aceptó. Sabía que el trabajo sería sobre todo administrativo, pero era una tarea que había que hacer y le proporcionaría la satisfacción de sentirse parte del esfuerzo bélico y no un mero y ocioso observador. Y es que, como sabía muy bien, de esos en la ciudad había muchos.

Los palacios de Bruselas escaseaban y la mayoría estaban ya comprometidos, así que los duques terminaron por instalarse en una casa antes ocupada por un fabricante de coches muy solicitado. Estaba en la Rue de la Blanchisserie, literalmente la «calle de la colada», lo que llevó a Wellington a bautizar el nuevo hogar de los Richmond como «La Casa de Lavar», una broma que hacía menos gracia a la duquesa que a su marido. La antigua sala de exposición de carruajes era una habitación amplia, similar a un granero, situada a la izquierda de la puerta principal y a la que se accedía a través de una pequeña oficina donde los clientes habían elegido en otro tiempo tapicería y otros complementos para sus vehículos, pero la tercera hija de los Richmond, lady Georgiana Lennox, la metamorfoseó en «antesala» cuando escribió sus memorias. El espacio donde antes se exponían los coches tenía las paredes empapeladas con enredaderas de rosas y se decidió que sería adecuada como sala de baile.

La duquesa de Richmond se había llevado a toda su familia al continente con ella y las hijas en especial estaban ávidas de un poco de emoción, así que se planeó un festejo. Luego, a principios de junio, Napoleón, que había escapado de su exilio en Elba meses antes ese mismo año, abandonó París y salió en busca de las fuerzas aliadas. La duquesa consultó a Wellington si sería apropiado seguir adelante con su plan de recreo, y este le aseguró que sí. De hecho, era deseo expreso del duque que el baile se celebrara a modo de demostración de la sangre fría inglesa, para dejar claro que ni siquiera a las damas les inquietaba lo bastante la idea del emperador francés marchando con un ejército como para posponer una velada de diversión. Claro que…

—Espero que no nos estemos equivocando —dijo la duquesa por enésima vez en una hora mientras se miraba inquisidora en el espejo. Quedó bastante complacida con lo que vio: una mujer hermosa entrando en la mediana edad vestida de seda pálida color crema y con capacidad aún de despertar miradas de admiración. Sus diamantes eran soberbios, aunque había cierto debate entre sus amistades sobre si, como parte del esfuerzo por economizar, los originales habían sido reemplazados por réplicas hechas de vidrio.

—Es tarde para lamentaciones. —Al duque de Richmond casi le divertía encontrarse en aquella situación. Había visto Bruselas como una manera de escapar del mundo, pero, para su sorpresa, el mundo los había seguido hasta allí. Y ahora su mujer iba a dar una fiesta con un plantel de invitados que difícilmente podría igualar Londres, justo cuando la ciudad se preparaba para oír tronar los cañones franceses—. La cena ha sido espléndida. No creo que pueda comer nada más luego.

—Pues claro que sí.

—Oigo un coche. Deberíamos bajar.

Era un hombre agradable, el duque, un padre cálido y afectuoso adorado por sus hijos y lo bastante seguro de sí mismo para asumir el reto de casarse con una de las hijas de la escandalosa duquesa de Gordon, cuyas travesuras habían provisto a Escocia de habladurías durante años. Sabía que en su momento hubo muchos que pensaron que podía haber hecho una elección más sencilla, y probablemente haber tenido una vida más sencilla, pero, en términos generales, no se arrepentía. Su mujer era extravagante —eso no se podía negar—, pero también bondadosa, atractiva e inteligente. Se alegraba de haberla elegido.

Ya había algunas personas en el gabinete, la «antesala» de Georgiana, por la que tenían que pasar los invitados de camino hacia el salón de baile. Los floristas habían hecho un buen trabajo, con enormes centros de rosas rosa pálido y lirios blancos, todos con los estambres cuidadosamente podados para evitar que las damas se mancharan de polen y dispuestos sobre lechos de grandes hojas en distintos tonos de verde. El resultado confería una majestuosidad a las dependencias del fabricante de coches que no tenían a la luz del día, y el resplandor trémulo de los candelabros envolvía la escena en una luz sutil y favorecedora.

El sobrino de la duquesa, Edmund, vizconde de Bellasis, estaba hablando con Georgiana. Fueron juntos a reunirse con los padres de ella.

—¿Quiénes son esas personas a las que Edmund te ha obligado a invitar? ¿Por qué no las conocemos?

Lord Bellasis intervino:

—A partir de esta noche las conoceréis.

—No estás siendo muy comunicativo —dijo Georgiana.

La duquesa albergaba sus propias sospechas, y empezaba a arrepentirse de su generosidad.

—Espero que tu madre no se enfade conmigo. —Le había dado las invitaciones sin pensárselo dos veces, pero un momento de reflexión la había convencido de que su hermana se enfadaría, y mucho.

En ese preciso instante sonó la voz del chambelán.

—El señor James Trenchard y señora. La señorita Sophia Trenchard.

El duque miró en dirección a la puerta.

—No me digas que has invitado al Mago. —Su mujer pareció perpleja—. El principal suministrador de Wellington. ¿Qué hace aquí?

La duquesa se volvió a su sobrino con expresión severa.

—¿El suministrador del duque de Wellington? ¿He invitado a un comerciante a mi baile?

Lord Bellasis no se rendía tan fácilmente.

—Mi querida tía, ha invitado a uno de los pilares más leales y eficientes del duque en su lucha por la victoria. Pensaba que todo británico que se precie se sentiría orgulloso de recibir al señor Trenchard en su casa.

—Me has engañado, Edmund. Y no me gusta que me tomen por tonta.

Pero el joven ya había ido a saludar a los recién llegados. La duquesa miró a su marido, a quien parecía divertir verla tan furiosa.

—No me mires así, querida. No les he invitado yo, sino tú. Y tienes que admitir que ella es bonita.

Al menos eso era cierto. Sophia nunca había tenido un aspecto más encantador.

No hubo tiempo de decir más antes de que llegaran los Trenchard. Anne fue la primera en hablar.

—Es muy generoso por su parte, duquesa.

—En absoluto, señora Trenchard. Tengo entendido que ha sido usted muy amable con mi sobrino.

—Siempre es un placer ver a lord Bellasis.

Anne había acertado con la elección de atuendo. La seda azul daba prestancia a su figura y Ellis había encontrado un encaje de calidad para los adornos. Era posible que sus diamantes no pudieran competir con muchos de los que había en la sala, pero eran perfectamente respetables.

La duquesa empezaba a ablandarse un poco.

—Es duro para los jóvenes estar tan lejos de casa —dijo con bastante amabilidad.

James había estado debatiendo interiormente si había que dirigirse a la duquesa con el tratamiento de «su excelencia». Aunque su mujer había hablado y al parecer sin ofender a nadie, no estaba seguro del todo. Abrió la boca.

—Pero si es el Mago. —Richmond sonrió muy jovial. Si le sorprendía encontrar a aquel comerciante en su salón no lo dejaba traslucir—. ¿Recuerda que hicimos planes en el caso de que llamaran a filas a los reservistas?

—Lo recuerdo muy bien, ex…, lo excelente de su plan, quiero decir. Duque. —Esta última palabra la pronunció como si fuera una entidad independiente que no tuviera nada que ver con el resto de la conversación. Para James fue como arrojar un guijarro a un estanque silencioso. La onda expansiva de su inoportunidad pareció engullirlo durante unos incómodos instantes. Pero lo tranquilizaron una sonrisa amable y un gesto de cabeza de Anne, y nadie pareció molesto, lo que era un alivio.

Anne tomó el relevo.

—Me gustaría presentarles a mi hija, Sophia.

Sophia hizo una reverencia a la duquesa, quien la miró de arriba abajo como si estuviera comprando una pierna de venado para la cena, algo que, por supuesto, nunca haría. Vio que la muchacha era bonita, y elegante a su manera, pero una mirada al padre le recordó con abrumadora claridad que aquello era imposible. Le daba terror que su hermana supiera de aquella velada y la acusara de dar alas a una relación así. Pero sin duda Edmund no iba en serio. Era un muchacho sensato que jamás había causado el más mínimo problema.

—Señorita Trenchard, ¿me permitiría acompañarla al salón de baile? —Edmund intentó aparentar frialdad al hacer la oferta, pero no podía engañar a su tía, que sabía demasiado de la vida para que la despistara aquel pobre simulacro de indiferencia. De hecho, se le cayó el alma a los pies al ver cómo la joven se cogía del brazo de su sobrino y se marchaban juntos, charlando en susurros como si ya se pertenecieran el uno al otro.

—Mayor Thomas Harris.

Un hombre joven bastante bien parecido hizo una leve reverencia en dirección a sus anfitriones mientras Edmund lo llamaba por su nombre.

—¡Harris! No esperaba verte aquí.

—Bueno, necesito algo de diversión de cuando en cuando —dijo el joven oficial sonriendo a Sophia, quien rio, como si todos se sintieran cómodos en compañía los unos de los otros. Luego ella y Edmund se dirigieron hacia el salón de baile seguidos por la preocupada mirada de la tía de él. Hacían una bonita pareja, tuvo que reconocer. La belleza rubia de Sophia resultaba acentuada por los rizos oscuros y facciones cinceladas de Edmund, por su boca bien definida que sonreía encima del hoyuelo del mentón. La duquesa miró a su marido. Los dos sabían que la situación estaba casi fuera de control. Quizá incluso se les hubiera ido ya de las manos.

—El señor James y lady Frances Wedderburn-Webster —anunció el chambelán, y el duque dio un paso al frente para saludar a los recién llegados.

—Lady Frances, qué hermosa está. —Vio cómo su mujer seguía con mirada inquieta a los dos enamorados. Sin duda no había nada más que pudieran hacer ellos para arreglar aquel asunto. Pero el duque percibió la preocupación en la cara de su esposa y se inclinó hacia ella—. Luego hablaré con él. Entrará en razón. Siempre lo ha hecho hasta ahora.

Su mujer asintió con la cabeza. Aquello era lo que había que hacer. Solucionarlo después, cuando hubiera terminado el baile y la muchacha se hubiera ido. Hubo movimiento en la puerta y la voz cantarina del chambelán anunció:

—Su alteza real el príncipe de Orange.

Un hombre joven de aspecto cordial se acercó a los anfitriones, y la duquesa, con la espalda rígida como una escoba, hizo una profunda genuflexión.

El duque de Wellington no se presentó hasta casi la medianoche, pero lo hizo de manera elegante. Para gran deleite de James Trenchard, paseó la vista por la sala de baile y, al verle, fue a reunirse con él.

—¿Qué trae al Mago esta noche por aquí?

—Su excelencia nos ha invitado.

—¡No me diga! Me alegro por usted. ¿Le está resultando agradable la velada?

James asintió con la cabeza.

—Desde luego, excelencia. Pero se habla mucho del avance de Bonaparte.

—¿Es que ha avanzado, por Júpiter? Supongo que esta encantadora dama es la señora Trenchard. —Sabía contenerse, de eso no había duda.

Incluso a Anne le faltó el valor a la hora de dirigirse a él simplemente como «duque».

—La calma que demuestra su excelencia resulta muy tranquilizadora.

—Así es como debe ser. —El duque rio con suavidad y se volvió a un oficial que había allí cerca—. Ponsonby, ¿conoce usted al Mago?

—Desde luego, duque. Paso mucho tiempo a la puerta del despacho del señor Trenchard, esperando para defender la causa de mis hombres.

Aun así sonrió.

—Señora Trenchard, permítame que le presente a sir William Ponsonby. Ponsonby, es la esposa del Mago.

Ponsonby saludó con una leve inclinación.

—Espero que con usted sea más amable que conmigo.

La señora Trenchard sonrió también, pero antes de que le diera tiempo a contestar se reunió con ellos la hija de los Richmond, Georgiana.

—La sala bulle de rumores.

Wellington asintió solemne.

—Eso tengo entendido.

—Pero ¿son ciertos?

Georgiana Lennox era una muchacha bien parecida, de semblante despejado y franco, y su nerviosismo solo sirvió para subrayar la sinceridad de su pregunta y la amenaza que se cernía sobre todos ellos.

Por primera vez, la expresión del duque fue casi seria cuando bajó los ojos para encontrarse con los de ella.

—Me temo que sí, lady Georgiana. Todo apunta a que mañana nos pondremos en marcha.

—Qué espanto. —Georgiana se volvió a mirar a las parejas que daban vueltas en la pista de baile, la mayoría hombres jóvenes con uniforme de gala que charlaban y reían con sus acompañantes. ¿Cuántos sobrevivirían a la guerra que se avecinaba?

—Qué carga tan pesada debe de ser la suya. —Anne Trenchard también miraba a los hombres. Suspiró—. Algunos de estos jóvenes morirán en los próximos días si hemos de ganar esta guerra, y ni siquiera usted puede evitarlo. No le envidio.

A Wellington le sorprendió gratamente oír estas palabras de la boca de la esposa de su proveedor, una mujer de cuya existencia apenas había sabido hasta aquella noche. No todos entendían que la guerra no era solo gloria.

—Le agradezco su comprensión, señora.

En aquel momento los interrumpió una explosión de gaitas y los bailarines abandonaron la pista para dar paso a un batallón de los Gordon Highlanders. Era el golpe de efecto de la duquesa, que había logrado mediante súplicas al oficial al mando, usando su sangre Gordon como excusa. Puesto que el regimiento de highlanders había sido fundado por su difunto padre veinte años antes, el comandante no había tenido muchas posibilidades de negarse, así que accedió complacido a la petición de la duquesa. La historia no nos ha legado testimonio de lo que pensó al verse obligado a prestar a sus hombres para que fueran la atracción principal de un baile en la víspera de una batalla que decidiría el destino de Europa. En cualquier caso, la actuación resultó alentadora para los escoceses presentes y entretenida para sus vecinos ingleses, pero los extranjeros estaban abiertamente perplejos. Anne Trenchard ...