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BESOS DE SEDA (SEDA 1)

Mary Jo Putney

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Fragmento

1

El mensaje llegó pronto a lord Ross Carlisle, y subió a bordo del Kali al cabo de dos horas. Mientras el alto y delgado inglés subía a la cubierta del barco y era iluminado por la luz del farol, Peregrino le observaba desde un lugar estratégico entre las sombras.

Hacía dos años que no se veían, y se preguntó cuán fuertes resultarían ser los vínculos de la amistad allí, en Inglaterra. Para el hijo menor de un duque, una cosa era confraternizar con un aventurero de dudoso pasado en las tierras salvajes de Asia, y otra muy distinta introducir a este hombre en su círculo. Los dos hombres no podían tener procedencias más diferentes, pero a pesar de ello había existido entre ambos una sorprendente armonía de mente y talante.

Incluso al borde de la muerte en las montañas del Hindu Kush lord Ross se había mostrado inconfundiblemente como un aristócrata inglés. Ahora, iluminado por el farol y luciendo prendas de vestir cuyo precio serviría para alimentar durante una década a una familia kafir, parecía lo que era: un hombre nacido en la clase dirigente del mayor imperio que el mundo jamás hubiera conocido, con todo el aplomo de los de su índole.

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Peregrino se apartó del mástil y entró en la zona iluminada.

—Me alegro de que mi mensaje te encontrara en casa, Ross. Has sido muy amable viniendo tan deprisa.

Los dos hombres se miraron a los ojos. Los de lord Ross eran castaños, lo que constituía un inesperado contraste con su pelo rubio. Entre ellos siempre había existido competencia, así como amistad, y los trasfondos de este encuentro no serían sencillos.

—Tenía que ver si eras tú realmente, Mikahl. —El inglés le tendió la mano—. Jamás creí que te vería en Londres.

—Te dije que vendría, Ross. No tenías que haber dudado de mí. —A pesar del cansancio que se respiraba en el ambiente, Peregrino apretó con fuerza la mano del otro hombre, sorprendido por el gran placer que sentía por este encuentro—. ¿Has cenado?

—Sí, pero me tomaría con gusto una copa de ese brandy excepcional que siempre parecías tener.

—Paramos en Francia especialmente para reponer mis existencias. —Peregrino le guió hasta su suntuoso camarote, y cuando estuvieron en él examinó a su compañero. Lord Ross era la viva imagen del lánguido aristócrata inglés; ¿realmente había cambiado tanto?

Cediendo a un impulso malicioso, Peregrino decidió averiguarlo. Sin avisarle, giró sobre sus talones y le golpeó con el codo derecho en el estómago con tanta fuerza que habría tumbado a un buey. Debería haber sido un golpe incapacitante, pero no lo fue.

Con la velocidad del rayo, Ross cogió el brazo de Peregrino antes de que el codo pudiera tocarle. Luego lo dobló y retorció, y lanzó a su anfitrión al centro del camarote de un solo movimiento, suave y continuo.

Cuando aterrizó sobre su hombro derecho, Peregrino automáticamente encogió su cuerpo y rodó, yendo a parar de espaldas a uno de los mamparos. Si hubiera sido una pelea en serio habría reaccionado y se habría puesto en acción, pero en esta ocasión se quedó quieto en el suelo alfombrado y contuvo el aliento.

—Me alegro de ver que la civilización no te ha ablandado. —Entonces sonrió, con la sensación de que los dos años de separación habían desaparecido—. Este movimiento no lo aprendiste de mí.

Ross, cuyos pañuelo y cabello ya no estaban impecables, prorrumpió en carcajadas con expresión pueril.

—He decidido que, si era verdad que habías venido a Inglaterra, era mejor que estuviera preparado, viejo diablo. —Le tendió una mano para ayudarle a levantarse—. ¿Pax?

—Pax —aceptó Peregrino cogiendo la mano de Ross e impulsándose para ponerse en pie. Estaba satisfecho porque veía que los vínculos de amistad aún se sostenían y no solo porque el otro hombre le sería útil—. Cuando subías a bordo, tu aspecto era tan de caballero inglés que me he preguntado si habrías olvidado el Hindu Kush.

—Si yo tenía el aspecto de un caballero inglés, el tuyo era el de un pachá oriental que no sabía si darme la bienvenida o hacerme arrojar a la mazmorra.

Ross examinó el camarote, que era una mezcla de lujo oriental y occidental. El escritorio de roble sin duda era europeo, pero la gruesa alfombra era de lo mejor de Persia, y había dos bancos almohadillados y tapizados de terciopelo y cubiertos de cojines bordados como si fueran divanes turcos. Un escenario adecuado para un hombre del este que había decidido trasladarse a un mundo más grande.

Ross se acomodó en uno de los divanes y cruzó las piernas, mostrando unas elegantes botas. Aún le costaba creer que su enigmático amigo se hallaba en Inglaterra, pues, como el halcón cuyo nombre llevaba, Peregrino parecía una criatura de los lugares salvajes. Sin embargo, de una manera extraña, aunque llevaba prendas asiáticas anchas y su cabello negro era más largo que el de un inglés, no parecía estar fuera de lugar. Cuando abrió un armario y sacó una botella de brandy, se movió con la calmada seguridad de un hombre que en cualquier parte se siente como en casa.

—A bordo de un barco sería el calabozo, no la mazmorra. —Peregrino sirvió dos generosas cantidades de brandy en sendas copas de vidrio tallado—. Pero como hemos compartido el pan y la sal, las leyes de la hospitalidad son inviolables.

Ross aceptó una copa y dio las gracias en un murmullo, luego ladeó la cabeza con aire pensativo.

—Has estado practicando tu inglés. Todavía te queda un poco de acento, pero ahora hablas con tanta fluidez como un nativo.

—Me alegro de que lo apruebes. —Mientras Peregrino se acomodaba en otro banco almohadillado que formaba ángulo recto con el de su invitado, esbozó una leve sonrisa sardónica—. Tengo la sensación de que me convertiré en un león de la sociedad inglesa. ¿Qué opinas de mis posibilidades de éxito?

Ross por poco no se atragantó con el brandy.

—¿Por qué diantres querrías participar en semejantes juegos sociales? —preguntó, sorprendido y sin su tacto de costumbre—. Dios sabe que la mayoría de aristócratas británicos son un hatajo de aburridos. No me parece tu estilo en absoluto.

—¿Significa eso que no deseas presentarme a tus amigos y familia?

Ross entrecerró los ojos al percibir el dardo que acechaba en la voz profunda del otro hombre.

—Sabes que sí, Mikahl. Tengo contraída una deuda considerable contigo, y si eres tan tonto como para desear entrar en lo que se llama «sociedad» haré lo que pueda para ayudarte. Conseguir una aceptación social superficial solo requiere dinero y que te presenten, y tu tendrás las dos cosas. Pero no olvides que, hagas lo que hagas, siempre te considerarán un extraño.

—Ninguna sociedad acepta por completo a alguien que no ha nacido en ella —coincidió Peregrino—. Sin embargo, no pretendo ser acogido en los senos provinciales de la aristocracia británica. Será suficiente con ser tolerado como una mascota exótica y divertida.

—Que el cielo ayude a quien piense que estás domesticado —dijo Ross, divertido—. Pero no logro imaginar por qué deseas perder el tiempo con personas que creen que París es el límite del mundo.

—¿Tal vez para ver si soy capaz de hacerlo? —Peregrino echó la cabeza hacia atrás y vació su copa—. A decir verdad, la sociedad como tal no me interesa. Pero mientras esté en Inglaterra, tengo intención de... —se interrumpió, buscando la frase adecuada— saldar una antigua cuenta pendiente.

—Sea quien sea, no me gustaría estar en su lugar —murmuró Ross—. ¿Es alguien a quien yo conozco?

—Es posible.

Peregrino sopesó visiblemente si decir más, con un destello felino en sus vivos ojos verdes. A pesar de hablar un fluido inglés y de poseer unos conocimientos tan amplios que un alumno de Cambridge podría envidiar, sus expresiones y gestos indicaban sutilmente que era extranjero. Ross sospechaba que nunca comprendería de verdad cómo funcionaba la mente de aquel hombre; esta era una de las razones por las que Peregrino resultaba un compañero tan estimulante.

Al final Peregrino dijo:

—Dadas las complicadas relaciones de las clases superiores británicas, el hombre que me interesa podría ser tu primo tercero o el hijo de tu madrina o algo así. Si fuera así, no te abrumaré con la carga de saber más, pero te pediré que no interfieras en mi búsqueda de justicia.

Poco dispuesto a comprometerse sin saber más, Ross preguntó:

—¿Cómo se llama ese hombre?

—Charles Weldon. El honorable —había cierto énfasis irónico en este título— Charles Weldon. Imagino que has oído hablar de él, aunque no le conozcas personalmente. Es uno de los hombres de negocios más destacados de Londres.

Ross frunció el entrecejo.

—Le conozco. Hace poco le nombraron baronet, o sea que ahora es sir Charles Weldon. Es extraño que digas eso de los primos. No somos parientes, pero, cosa extraña, acaba de pedir en matrimonio a una de mis primas, y ella tiene intención de aceptarle. —Se terminó el brandy, frunciendo más el entrecejo—. En realidad, es mi prima favorita.

—No sabía que iba a tomar otra esposa. —Peregrino sirvió más brandy para los dos; luego, volvió a sentarse, con una pierna doblada bajo su cuerpo con una facilidad poco británica—. Deduzco que no lo apruebas. ¿Sabes algo que deshonre a Weldon?

—No, es muy respetado. Como hermano menor de lord Batsford se mueve en los círculos más elevados de la sociedad, aunque ha hecho su fortuna a través del comercio y las finanzas. —Ross se quedó pensativo unos instantes, luego dijo lentamente—: Weldon siempre se ha mostrado afable cuando nos hemos encontrado. No me explico por qué me resulta inquietante. Quizá es demasiado afable.

—¿Tu prima está enamorada de él?

Ross meneó la cabeza.

—Lo dudo. Tiene casi veinte años más que Sara, y ella no es de talante romántico.

Peregrino esbozó una leve sonrisa.

—Como el corazón de la dama no está comprometido, ¿te importará que su compromiso no llegue a buen fin?

Ross pensó en la sensación de incomodidad que Weldon le producía y en los oscuros susurros que a veces acompañaban a su nombre, insinuaciones que eran algo más que rumores.

—¿Puedes asegurarme que Weldon merece el destino que planea sobre él?

—Te prometo que se ha ganado cualquier cosa que pueda ocurrirle y mucho más —dijo Peregrino, con voz suave y peligrosa.

Ross le creyó. Peregrino tal vez era un enigma cuya mente funcionaba de un modo oriental misterioso, pero Ross siempre le había encontrado honesto.

—Para ser sincero, me alegraría que se deshiciera su compromiso matrimonial, siempre que ella no resulte herida por tus acciones.

—No deseo hacer daño a nadie inocente. —Peregrino se apoyó en los cojines de seda con bordados—. Háblame más de tu prima.

—Ella es lady Sara Saint James, única hija del duque de Haddonfield. Nuestras madres eran hermanas gemelas, dos bellezas escocesas de origen modesto. Cuando vinieron a Londres, no tenían más fortuna que su rostro. —Ross tomó un sorbo de brandy y lo saboreó—. Era una fortuna suficiente. Las llamaban las «Magníficas Montgomery» y ambas se convirtieron en duquesas, estableciendo un nivel matrimonial que desde entonces toda madre ambiciosa en Gran Bretaña ha intentando igualar sin éxito.

—¿Cuántos años tiene tu prima?

Ross hizo un rápido cálculo. Sara era unos años menor que él...

—Veintisiete.

—Es un poco mayor para estar soltera aún. ¿Es desgarbada?

Ross se rió.

—En absoluto. Veintisiete años no son mucho en Inglaterra. Si Sara hubiera querido, habría tenido muchos pretendientes, pero no ha tenido deseos de casarse.

Peregrino estaba pensativo.

—Me gustaría conocer pronto a lady Sara. Pero primero debo pulir el aspecto de un caballero inglés.

Ross examinó al otro hombre.

—Es fácil. Mañana te llevaré a mi sastre y a mi barbero. Te lo advierto, la ropa inglesa de moda será mucho menos cómoda que la que llevas. Pero no te vistas demasiado bien; un poco de exotismo te hará más interesante, pues la sociedad tiene ganas de novedades. —Se quedó pensativo unos instantes y luego sonrió con aire travieso—. Te presentaré como príncipe.

Peregrino juntó las cejas. Las tenía espesas y un poco más que diabólicas.

—«Príncipe» no es la mejor traducción de «mir».

—Como no hay un equivalente exacto en inglés, príncipe servirá. Ser príncipe hará que te respeten más, aunque ningún título extranjero podría ser tan bueno como uno inglés —explicó Ross—. Príncipe Peregrino de Kafiristán. Causarás sensación.

En particular entre las mujeres, añadió Ross con silenciosa diversión. Sería muy interesante ver a este halcón asiático entre las palomas de la sociedad inglesa.

Lady Sara Saint James caminaba por el jardín trasero de Haddonfield House cuando oyó el sonido de pasos masculinos en la grava, en el otro extremo del seto de acebo. Llegaba pronto.

Se acarició con dedos inseguros el cabello rubio oscuro y lo dejó caer cuando se dio cuenta de que se estaba comportando como una mujer nerviosa. Aunque tenía derecho a estar nerviosa mientras esperaba para aceptar una oferta de matrimonio, sabía que el principal interés de sir Charles Weldon no era el aspecto que ella tuviera. Si la belleza espectacular hubiera sido el principal objetivo de aquel hombre habría buscado en otro lugar, pero lo que él quería era una dama de buena familia que fuera una elegante anfitriona y buena madrastra de su hija. Sara estaba muy preparada para ambos papeles, así que habría sido igual que hubiera tenido el pelo revuelto. Pero no era así, claro.

Decidió con ironía dar a Weldon lo que buscaba, así que se paró y contempló un lirio en una pose impecablemente propia de una dama. Entonces oyó que la llamaba una conocida voz burlona:

—Sara, ¿dónde estás? Me han asegurado que estabas por aquí.

Abandonando todo artificio, Sara se volvió y tendió las manos a su primo.

—¡Ross! Qué agradable sorpresa. ¿Me traes el último capítulo de tu libro para que lo lea?

Él le cogió las manos y se inclinó para darle un leve beso en la mejilla.

—Tengo miedo de enseñártelo. Quizá fue un error interesarte en los estudios orientales, pues te has convertido en una lectora demasiado crítica.

Sara le miró con preocupación.

—Lo siento... creía que habías dicho que mis comentarios eran útiles.

—Ese es el problema —dijo él con sentimiento—. Siempre tienes razón. Ya sabes más sobre Asia y Oriente Próximo que la mayoría de hombres del Foreign Office. Sería más fácil si te equivocaras, porque entonces podría hacer caso omiso de tus críticas. —Hizo una mueca—. El próximo capítulo ha de estar terminado la semana que viene. Fue más fácil hacer el viaje que escribir sobre él.

Al ver que le estaba tomando el pelo, Sara se tranquilizó.

—Me muero de ganas de ver el próximo capítulo. Este será tu mejor libro.

—Siempre dices eso —comentó Ross con afecto—. Eres mi mejor seguidora.

—Y tú eres mi ventana al ancho mundo. —Sara jamás vería lo que había visto su primo, pero sus cartas y diarios habían sido los faros que habían iluminado sus años oscuros. En realidad, ella había sido la primera en sugerirle que escribiera sobre sus viajes. Sus dos primeros libros se habían convertido en relatos clásicos de partes remotas del mundo, y el libro que estaba escribiendo ahora sería un éxito igual—. Pero te lo advierto, estoy esperando una visita importante muy pronto.

—¿Alguien a quien yo conozco?

Sara frunció su delicada nariz aristocrática.

—Charles Weldon ha de venir a recibir mi aceptación oficial de su oferta. Aunque todos los actores de esta obra saben cuál será el resultado, se considera correcto pronunciar las palabras de todos modos.

—En realidad, he venido para hablar contigo en privado sobre este compromiso. —Ross la miró con atención—. ¿Vas a aceptar a Weldon en contra de tu voluntad? Supongo que mi tío no te está coaccionando.

—Claro que no, Ross. No te dejes llevar por esa espléndida imaginación tuya. —Le puso una mano por el hombro y echaron a andar por el sendero del jardín, acortando él sus largos pasos para adaptarse a la cojera de ella—. Mi padre me anima a hacerlo, pero no hay nada malo en ello. Como el título de Haddonfield y la propiedad correspondiente irán a parar al primo Nicholas, padre ha decidido que su deber es verme instalada en mi propio hogar con un esposo que cuide de mí.

—¿Y tú estás de acuerdo con él? —preguntó Ross con escepticismo—. Puesto que el tío Haddonfield seguramente te dejará a ti la mayor parte de su fortuna, serás una mujer muy rica. Si sientes la necesidad de protección masculina, puedes vivir conmigo. —La miró con aire esperanzado—. ¿Puedo persuadirte de eso? Ese gran mausoleo que heredé es demasiado grande para una persona.

—Preferiría vivir en una casita de campo cubierta de rosas y rodeada de gatos —se rió Sara—. Me gustaría, ya lo sabes, pero me volvería tan terriblemente excéntrica que te avergonzaría admitir que somos parientes.

—Jamás —declaró él—. Ambos hemos heredado nuestra parte de idiosincrasia de los Magníficos Montgomery. Me mudaré a la casita de al lado de la tuya y me rodearé de montones de textos asiáticos. Tú y tus gatos podéis venir a tomar el té, y yo te recitaré poesía turca. —Entonces su tono irónico se volvió serio—. Sara, ¿Quieres a Charles Weldon?

Ella le miró con sorpresa.

—Claro que no, pero creo que nos llevaremos muy bien. No es ningún sacrificio para mí casarme con Charles; es un hombre inteligente y bien educado, y sabemos lo que hemos de esperar el uno del otro. Padre estará satisfecho al verme casada, y me gustaría tener un hijo.

—Y el vuestro será un matrimonio civilizado en el que cada uno irá por su lado la mayor parte del tiempo.

—Exactamente —afirmó Sara—. Esta es una de las cosas que me interesan de Charles. No creo que me gustara tener un marido que estuviera conmigo todo el rato.

Su primo meneó la cabeza con aire triste.

—Qué criatura tan fría eres, Sara. ¿Nunca has querido estar enamorada?

—Por lo que he visto, es un estado incómodo. —Le dio un apretón en el brazo y añadió con suavidad—: Creía que estabas curado de creer en las parejas por amor.

Ross sonrió con ironía.

—Si has sido un romántico, siempre lo serás. Es una dolencia fatal, creo. Tú siempre fuiste mucho más sensata que yo.

Llegaron a un banco que había en un claro soleado, y él la guió hasta allí para sentarse. Se oía el tráfico débilmente a lo lejos, pero estaban rodeados de verdor y aromas florales y era difícil creer que el jardín se hallara en el centro de Londres.

—Si Weldon retirara su oferta, me sentiría un poco aliviada —admitió ella, y miró a su primo con la seriedad de una institutriz—. Sin embargo, no deseo que le atropellen, o sea que no vas a empujarle bajo las ruedas de un carruaje creyendo que me estás rescatando.

—No tengo intenciones homicidas —le aseguró él—. Solo quería comprender tus sentimientos respecto a este matrimonio.

—Agradezco tu interés —dijo ella con afecto. Las madres respectivas habían estado muy unidas, como a menudo lo están los gemelos, y Ross y Sara se habían criado casi como hermanos. Siempre se habían confiado los secretos y tristezas, habían compartido sus sueños y se habían metido juntos en problemas.

Con mayor frecuencia de lo que sus madres creían, las ideas traviesas de Sara eran las que causaban problemas a los primos, aunque Ross siempre insistía en que, al ser varón y mayor, su deber era recibir los castigos más severos por sus travesuras. En un mundo que creía que lady Sara Saint James era una dama consumada —aburridamente así—, Ross era el único que tenía permiso para ver sus impulsos más rebeldes. Si hubiera tenido un hermano de verdad, no le habría querido más.

—No te preocupes, querido. Charles es un hombre absolutamente respetable, y nos llevaremos muy bien.

Su primo asintió, aparentemente satisfecho, y cambió de tema.

—Un amigo mío acaba de llegar a Londres, y creo que te gustaría conocerle. Se llama Mikahl Khanauri, pero entre su gente le llaman el Halcón. Como el título que ostenta es imposible de pronunciar por lenguas británicas, se hace llamar Peregrino, por el halcón peregrino. El príncipe Peregrino de Kafiristán. Que yo sepa, es el primer kafir que visita Europa.

—Impresionante. —Sara frunció las cejas buscando en su memoria—. Kafiristán está en las montañas del Hindu Kush, tras la frontera noroccidental de India, ¿verdad? Hace varios años escribiste que tenías intención de viajar a esa zona, pero tardé meses en recibir tu siguiente carta. Para entonces volvías a estar en India, y no dijiste nada del viaje a Kafiristán.

—Es posible que sea el único inglés que ha visitado la zona. —El rostro de Ross se iluminó, asomando el apasionado estudioso en su fachada de caballero. Igual que Sara, su convencionalismo solo era superficial, pero ambos tenían excelentes superficies—. Los kafires son un pueblo notable, a diferencia de las otras tribus del Himalaya; existe una mezcla asombrosa de razas y lenguas en Asia central. Los kafires recuerdan más a los europeos en aspecto y costumbres que sus vecinos musulmanes. Quizá se trata de una tribu germánica que en lugar de ir hacia el oeste fue hacia el este; ellos afirman ser descendientes de Alejandro Magno y sus hombres.

»Las lenguas kafires son las más complicadas con que me he tropezado jamás; cada valle tiene un dialecto diferente. Los hombres de las tribus son salvajes como halcones, y les gusta más la libertad personal que a ningún otro pueblo que jamás haya conocido. —Miró a su prima con aire burlón—. Incluso las mujeres pueden ir por ahí a voluntad, una vez han realizado sus tareas.

—Es evidente que son pueblos de una gran sensatez —dijo Sara con calma, negándose a morder el anzuelo de su primo—. ¿Tu amigo Peregrino es un noble kafir?

—Allí no existe la aristocracia en el sentido británico, pero era un hombre de gran influencia entre ellos, un mir, que es el término kafir para indicar a un jefe. —Ross se mordió el labio inferior con aire pensativo—. Nunca tuve conocimientos suficientes del idioma para estar seguro, pero me daba la impresión de que Peregrino no era nativo de Kafiristán. Parecía proceder de algún lugar más al oeste, tal vez Turkestán. O quizá su padre era un ruso errante que dejó embarazada a una mujer kafir y después se marchó. Nunca le he preguntado por sus historia, y él nunca me la ha contado voluntariamente.

Intrigada, Sara preguntó:

—¿Cómo le conociste?

—Me salvó la vida. En realidad, dos veces.

Cuando Sara frunció el entrecejo y abrió la boca para hacer otra pregunta, su primo hizo gestos de negación con la cabeza.

—Créeme, es mejor que no sepas nada más.

—¡Ross! —exclamó ella con indignación—. No puedes hacer esa afirmación y no explicarla.

Él rió por lo bajo.

—La primera vez que me salvó fue justo después de penetrar en Kafiristán. Había tropezado yo con un grupo de tipos a los que no les gustaba que fuera extranjero, y enseguida empezaron a debatir el mejor método de hacerme desaparecer. Aunque mi comprensión de lo que decían era imperfecta, la situación resultaba de lo más desagradable.

»En un momento crítico, Peregrino pasó por allí y le invitaron a unirse a la diversión. Pero él decidió que sería muy poco hospitalario dejar que sus amigos me desollaran vivo y retó al jefe de mis captores a una especie de apuesta. Que yo recuerde, la apuesta era de unas veinte guineas en oro contra mi vida. Cuando Peregrino ganó, me convertí en propiedad suya. Volvió a salvarme cuando me acompañaba de regreso a India. Fuimos atacados por unos bandidos y dos me acorralaron cuando me quedé sin munición. Él intervino para ajustar cuentas.

Sara se estremeció, sabiendo que detrás de las alegres palabras de Ross se encontraba el espectro de una muerte espantosa.

—¿Cuántas otras veces has estado a punto de ser asesinado en tus viajes?

—He dicho que era mejor que no supieras más. —Ross la rodeó con sus brazos y le dio un breve y tranquilizante abrazo—. No tienes que preocuparte cuando estoy fuera del país. Si solo los buenos mueren jóvenes, yo siempre regresaré a Inglaterra.

»Bueno, después de ganarme en el juego, Peregrino me llevó a su aldea y me hizo las curas. Ahora que lo pienso, probablemente me salvó la vida de nuevo manteniendo lejos de mí al curandero del poblado. Cuando me hube recuperado lo suficiente para interesarme por lo que me rodeaba, me asombró ver que mi amable anfitrión hablaba un inglés muy decente. También era el kafir más limpio que jamás había conocido, lo cual es una razón por la que creo que nació en otro sitio.

Ross se interrumpió y se quedó meditabundo.

—Quizá su limpieza es lo que hacía que el color de su piel pareciera más claro que el de sus compañeros. Es difícil decirlo. Una vez vi a un kafir que se había caído a un río y era pálido como un inglés, pero al cabo de una semana o dos recuperó la normalidad. Pero me voy por las ramas. Durante los meses en que fui un invitado de Peregrino nos hicimos amigos. Posee una mente notable, astuta y rápida, y nunca olvida nada. Europa le fascinaba. No paraba de hacerme preguntas, y absorbía todas las palabras como si fuera una esponja.

»Debió de hacer buen uso de lo que aprendió, porque cuando nuestros caminos volvieron a cruzarse en El Cairo, hace dos años, había abandonado Kafiristán y se había convertido en un comerciante muy rico, con intereses en todo Oriente. Mencionó que tenía intención de visitar Inglaterra algún día, y aquí está. —Ross sonrió a Sara con inocencia angelical—. Una historia muy sencilla.

—Tus historias siempre plantean más preguntas de las que responden —comentó ella con un destello en los ojos—. Pero aunque tu príncipe sea un salvaje con pendientes de oro y una cicatriz de daga en la barba, me alegrará recibirle por lo que hizo por ti.

—Esperaba que dirías eso, pues si le recibes tú todo el mundo lo hará. Pero Peregrino no es ningún salvaje, aunque no estoy segura de que esté precisamente civilizado tampoco. Es un hombre notable, diferente a todos los que has conocido hasta ahora. —Ross iba a decir más, pero meneó la cabeza—. Debería haber dejado que sacaras tus propias conclusiones. ¿Puedo llevarle a tu fiesta al aire libre de la semana próxima? Sería una ocasión adecuada para presentar a Peregrino a una pequeña porción de la sociedad de Londres. Menos intimidante que un baile.

—Claro que puede ir. Estoy impaciente por conocerle.

Antes de que Sara pudiera decir más apareció sir Charles Weldon. Ella reprimió un sobresalto de culpabilidad, pues en el placer que le producía hablar con su primo había olvidado que tenía que llegar Charles.

Ross se puso en pie cuando se acercó el otro hombre y se estrecharon la mano.

—Buenos días, sir Charles. Imagino que ha venido a visitar a mi prima, así que yo me marcharé.

Weldon sonrió con afabilidad.

—Tiene usted mucho tacto, lord Ross. En realidad, estoy ansioso por hablar con lady Sara.

Una vez Ross desapareció de vista, Weldon cogió la mano de Sara y se inclinó para besarla. Cuando lo hizo, ella le examinó con aire aprobador. Aunque tenía casi cincuenta años, su futuro esposo era un hombre de elegante figura, alto y de complexión fuerte, con el aire de sencilla seguridad en sí mismo que el éxito proporciona. En su cabello castaño claro solo había unas hebras dispersas de color gris, y las líneas de su rostro le hacían más distinguido.

Weldon se irguió, con expresión decidida. Cogió la mano de Sara y preguntó con voz suave:

—Ya sabes a lo que he venido, lady Sara. ¿Puedo atreverme a esperar que me darás la respuesta por la que he estado rogando?

Sara sintió cierta irritación por la charada amorosa que él estaba realizando cuando en realidad se trataba de un acuerdo práctico. Sin duda creía que ella esperaba romanticismo. Como había señalado Ross, Sara era una criatura fría; la mayoría de mujeres habrían preferido las palabras amables. Sonriendo, dijo:

—Si la respuesta por la que has estado rogando es sí, estás de suerte.

Cuando él oyó su respuesta, sus pálidos ojos azules se llenaron de tan orgulloso triunfo que por primera vez Sara se preguntó si su corazón no estaría comprometido también, además de su cabeza. Esta idea la hizo sentirse incómoda. Estaba preparada para ser una esposa devota, pero si él quería una respuesta apasionada estaba condenado a sufrir una decepción.

La insinuación de un peligroso júbilo desapareció tan completamente que debió de ser cosa de la imaginación. Weldon se sacó del bolsillo un pequeño estuche de joyería de terciopelo verde y lo abrió con el pulgar. El estuche contenía un anillo con un diamante tan grande que Sara se quedó sin aliento por la sorpresa cuando Weldon se lo puso en el dedo. Era una joya adecuada para la realeza o una cortesana realmente superior.

—Es magnífico, Charles. —Sara volvió la mano para admirar el brillo de fuego azul de las profundidades del diamante. El color natural de la piedra era realzado por los pequeños zafiros que lo rodeaban. Era bastante llamativo y en absoluto su estilo, pero encantador—. Aunque quizá habría sido mejor una piedra más pequeña.

—¿No te gusta? —preguntó él con una ligera irritación en la voz.

Preocupada por si había herido sus sentimientos, Sara levantó la mirada con una rápida sonrisa.

—El anillo es precioso, pero la piedra es tan grande que te costaré una fortuna en guantes estropeados.

Él le devolvió la sonrisa y se sentó a su lado.

—Quiero que me cuestes una fortuna. Eres la mejor, y te mereces lo mejor.

Esta vez fue algo de sentido de la posesión lo que hizo sentirse incómoda a Sara. Estar prometida en matrimonio la estaba volviendo excesivamente sensible. No había ningún misterio en el matrimonio: era un estado en el que entraban la mayoría de las mujeres, y una vez se acostumbrara a la idea ya no se asustaría de las sombras. Hizo girar el anillo de compromiso en su dedo.

—Has acertado la medida exacta.

—No la adiviné. Tu doncella me la dio.

—¿Era necesario? —preguntó Sara, un poco disgustada al saber que su futuro esposo había utilizado una forma de espionaje.

—La audacia es un ingrediente necesario para el éxito, querida, y yo he tenido mucho éxito. —Se interrumpió para producir un efecto dramático—. Acabo de enterarme de algo que podrías considerar otro regalo de compromiso. Tu esposo ya no será un plebeyo durante mucho tiempo; el año que viene me harán barón. Me llamaré lord Weldon de Westminster. Suena bien, ¿eh? —Sonrió con satisfacción—. Aunque ser baronesa es bajar un escalón para la hija de un duque, esto es solo el comienzo. Antes de morir seré conde al menos.

—Me contentaría con un simple míster Weldon —dijo Sara con amabilidad—, pero me complace que se reconozcan tus méritos. —En realidad, pensaba con bastante cinismo que le recompensaban menos por sus innegables méritos que por dar grandes cantidades de dinero al partido Whig. Pero como para él era visiblemente importante que le hicieran noble, se alegraba por él.

Él le cogió una mano entre las suyas.

—Hemos de fijar una fecha para la boda, Sara. Me gustaría que tuviera lugar dentro de unos tres meses, quizá la primera semana de septiembre.

—¿Tan pronto? —exclamó ella vacilante—. Yo pensaba en unos seis meses o un año.

—¿Por qué íbamos a esperar tanto? No somos niños. —El rostro de Weldon cambió, acudiendo a sus ojos auténtica ternura—. Hablando de niños, Eliza quiere que la boda sea lo antes posible para poder vivir con nosotros. Aunque aprecia a sus tíos, dice que les falta brío.

Sara sonrió. El amor de Weldon por su hija de once años, de su anterior matrimonio, era el rasgo que la había convencido de que sería un buen esposo.

—Me alegro mucho de que Eliza me apruebe. Es un encanto. ¿No le ha dicho nunca nadie que se supone que las madrastras son perversas?

—Eliza es demasiado sensata para creer en cuentos de hadas. —Weldon se volvió a Sara con ojos intensos—. Dime que nos casaremos en septiembre. No quiero esperar.

Tenía razón, no había ninguna buena razón para un compromiso largo.

—Muy bien, Charles, ya que es lo que deseas.

Weldon la atrajo a sus brazos y selló su compromiso con un beso. Sara había adivinado que se acercaba esto y se preparó. Había cumplido veintisiete años con muy poca experiencia en besos, y mucha menos en lo que iba después. Mientras sus fuertes brazos la apretaban contra la almidonada tela de su camisa, ella decidió que su abrazo no estaba mal, aunque era un poco abrumador. Quizá con el tiempo disfrutaría con los besos. Entonces él deslizó la lengua entre sus labios y se la metió en la boca, y ella se puso tensa.

Inmediatamente él la soltó, con la respiración agitada.

—Lo siento, Sara —se disculpó—. Por un momento me he dejado llevar. No tenía intención de ofender tu inocencia. Eso debía reservarse para nuestra noche de bodas. —Había una expresión hambrienta y posesiva en sus ojos mientras le ponía una mano en la mejilla.

Una vez más Sara sintió una leve punzada de alarma. Una vez más, la reprimió.

2

Peregrino giró lentamente formando un círculo para examinar la sala de estar de la suite que acababa de alquilar en el Clarendon Hotel. Era un ejemplo bastante apabullante de lujo europeo, repleto de muebles dorados, gruesas molduras y mediocres cuadros de paisajes y animales moribundos. Personalmente le parecía que la habitación mejoraría sustituyendo los sillones excesivamente mullidos por divanes con cojines, pero de momento el lugar estaría bien.

Kuram, su criado patán, entró en la sala de estar, espléndido con turbante blanco y túnica de seda roja.

—Míster Benjamin Slade quiere verle, Excelencia.

El hombre que seguía a Kuram era de baja estatura, ligeramente fornido y tenía el pelo ralo. Era un hombre que fácilmente se pasaría por alto, a menos que uno se fijara en sus astutos ojos grises. Haciendo una inclinación de cabeza dijo:

—Es un placer daros la bienvenida a Londres, Alteza.

Peregrino sonrió y estrechó la mano a su visitante.

—Tú y Kuram sin duda parecéis disfrutar con mi situación de príncipe, Benjamin. En India no os comportabais así.

Slade se permitió una leve sonrisa.

—Ser príncipe aumenta su posición en Londres. Incluso en privado, me parece que es bueno mantener las formalidades.

—Sin duda tienes razón. ¿Quieres un poco de té?

Slade aceptó el ofrecimiento. Mientras Kuram salía para encargar la bebida, el inglés puso a su jefe al corriente de los asuntos de negocios.

Peregrino había conocido a Benjamin Slade cinco años atrás en Bombay. Slade, abogado de formación, había servido en la East India Company lealmente durante una década antes de ser despedido entre una nube de escándalo. Tras investigar un poco, Peregrino se enteró de que la perspicacia para los negocios de Slade había contribuido a que su superior, un tal míster Wilkerson, se hiciera rico. Su recompensa había sido que le convirtieran en chivo expiatorio por la malversación de fondos de Wilkerson.

Benjamin Slade era un hombre amargado y desesperado cuando Peregrino le visitó y le ofreció dos cosas: un trabajo y venganza. Slade había aceptado ambas cosas. Al cabo de un mes salieron a la luz nuevas pruebas que destruyeron la carrera de Wilkerson y le enviaron a la cárcel. Aunque el abogado sabía que las pruebas tenían que ser falsas, no protestó, pues se había hecho justicia. Un mes más tarde, Slade embarcó hacia Londres para convertirse en el agente de negocios británico de Peregrino. En los años intermedios había servido a su jefe con brillantez, con algunos métodos ortodoxos y otros no ortodoxos.

Después de recibir una visión general del desarrollo de los negocios en los últimos tiempos, Peregrino se recostó en la silla y cruzó sus largas piernas.

—Deseo introducirme en la escena social londinense, así que debes encontrarme una casa elegante. Algo digno de un príncipe.

Slade asintió.

—¿Alquilar o comprar?

—Me da igual. Si no está disponible en alquiler ninguna propiedad adecuada, compra una. También me gustaría que buscaras una finca en el campo a dos horas de viaje de Londres. Además de una casa impresionante ha de haber suficiente tierra para cultivarla con beneficios.

Su agente enarcó las cejas.

—¿Tienes intención de quedarte en Inglaterra indefinidamente?

—Eso está por ver. En principio, quiero que la propiedad sea una inversión decente por derecho propio, además de adecuada para tener invitados. —Peregrino se interrumpió mientras Kuram dejaba una bandeja de té entre los hombres, y prosiguió—: La información que has recogido sobre sir Charles Weldon fue un comienzo útil, pero quiero que explores más a fondo sus tratos de negocios.

Slade asintió, con el rostro imperturbable.

—Sin duda. ¿Puedes darme alguna idea de qué estás buscando?

La respuesta de Peregrino sacudió el cuidado control del abogado.

—Dios mío —exclamó Slade—, lo que estás sugiriendo es increíble.

—Increíble quizá, pero no imposible —murmuró Peregrino—. El hecho de ser increíble es la mejor protección de Weldon. Aunque no tengo pruebas, mis instintos me dicen que si buscas en las direcciones que te he indicado descubrirás algo. Confío en ti para encontrar la aguja en el pajar, Benjamin, y en que lo hagas con la mayor discreción.

El abogado asintió, aturdido aún.

—Si existe, juro que la encontraré.

Peregrino se tomó el té, satisfecho. Estaba a punto de tejerse un hilo vital en la telaraña que se iba a formar en torno a sir Charles Weldon.

El imprevisible tiempo inglés había contribuido a que la fiesta de lady Sara resultara un éxito, y los vistosos vestidos de las invitadas eran como flores esparcidas en el jardín de Haddonfield House, en el que lucía el sol. Abundaban la comida, la bebida y la conversación, los entretenimientos básicos de la humanidad. Mientras en el aire estival resonaban las voces y las risas, entre los invitados circulaban lacayos con bandejas de bebidas y se oía una suave música procedente de un cuarteto de cámara invisible.

Peregrino y Ross acababan de llegar y estaban de pie en un extremo del jardín; su altura les permitía una visión privilegiada de los invitados. Mientras el inglés hacía comentarios en voz baja sobre lo que podía esperarse del acto, Peregrino escuchaba solo a medias. Aunque su rostro era tranquilo, interiormente vibraba de anticipación. Hoy, después de veinticinco años de espera, se encontraría cara a cara con su enemigo.

Entrecerrando los ojos para protegerlos del sol, Ross dijo:

—Todavía no veo a Weldon, pero sin duda llegará antes de que termine la tarde. ¿Le reconocerás?

—Le reconoceré —dijo Peregrino con voz suave. Aun en el más oscuro círculo del infierno reconocería a Weldon. Existía una ligera posibilidad de que el otro también le reconociera, aunque Peregrino solo era un chiquillo de diez años cuando se habían visto por última vez. Esta posibilidad a ...