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CARTAS A UN AMOR PERDIDO

Iona Grey

5


Fragmento

PRÓLOGO

Maine, febrero de 2011

Cuando más bonita está la casa es por las mañanas.

La diseñó para que así fuera, con ventanas amplias, muy amplias, que van del suelo al techo de manera que se vean la arena, el mar y el cielo amplio, muy amplio. Por las mañanas la playa está desierta y limpia, una página en blanco en la que escribir el nuevo día. Y la salida del sol sobre el Atlántico es un milagro diario que se siente honrado de poder contemplar.

Nunca olvida lo distinto que podía haber sido todo.

En la casa no hay cortinas, nada que tape las vistas. Las paredes son blancas y se tiñen con la luz: del color perla pálido o rosa del interior de una caracola, o del dorado intenso y cálido del sirope de arce. Estos días apenas duerme y casi siempre está despierto cuando el alba se extiende poco a poco por el horizonte. A veces se espabila sobresaltado notando ese roce ya familiar en el hombro.

Teniente, son las cuatro treinta de la mañana y hoy vuela…

Recibe antes que nadie historias como ésta

Se cierra un círculo. El dedo que lo dibuja en el cristal empañado vuelve despacio al comienzo, al punto donde todo empezó. Estos días los recuerdos lo acompañan de forma casi constante, sus colores frescos, sus voces vívidas. Amaneceres de tiempo atrás. El olor a combustible y a metal recalentado. El zumbido quejumbroso, primitivo, de los motores en la pista de despegue y una marca roja en un mapa.

Hoy, señores, el objetivo es…

Ha pasado tanto tiempo… Casi una vida. Es el pasado, pero no da la sensación de haber terminado. La marca se extiende cruzando el océano al otro lado de la ventana hacia el horizonte lejano, hacia Inglaterra.

La carta reposa entre frascos de pastillas y paquetes de agujas estériles en la mesilla, a su lado, su familiar dirección, tan evocadora como un poema. Una canción de amor. Ha esperado mucho tiempo para escribirla. Durante años ha tratado de resignarse a cómo son las cosas y de olvidar cómo deberían haber sido, pero a medida que los días se acortan y las fuerzas le abandonan, se da cuenta de que es imposible.

Las cosas que dejamos atrás son las cosas que importan, como rocas expuestas por la marea menguante. Así que ha escrito la carta, y ahora aguarda impaciente a que esta emprenda su viaje. Hacia el pasado.

1

Londres, febrero de 2011

Era una zona agradable de Londres. Respetable. Acomodada. Las tiendas que se sucedían en la calle del centro con aspecto de pueblo pequeño estaban cerradas y con las persianas metálicas bajadas y había restaurantes —muchos restaurantes— con escaparates iluminados como grandes pantallas de televisión que dejaban ver a las personas en su interior. Personas demasiado educadas para volverse y mirar boquiabiertas a la chica que corría por la calle.

No corría para hacer deporte vestida de licra, con auriculares y expresión concentrada, sino torpe, desesperadamente, con la minifalda subida hasta las bragas y los pies desnudos pisando los charcos grasientos del suelo. Se había quitado esos zapatos absurdos en cuanto salió del pub, consciente de que no podría correr con ellos puestos. Tacones de aguja y plataforma, el equivalente del siglo XXI a la bola de hierro y los grilletes.

En la esquina vaciló, jadeante. Al otro extremo de la calle había una hilera de tiendas con un callejón a un lado; a su espalda oía un fuerte eco de pisadas. Echó a correr de nuevo en busca de oscuridad. Había un jardín trasero con cubos de basura. Una luz de seguridad estalló sobre su cabeza iluminando cristales rotos y maleza al otro lado de una puerta alta de madera. La cruzó haciendo muecas de dolor y gimoteando cuando el suelo bajo sus pies pasó de duro asfalto a tierra húmeda que le terminó de calar las medias ya mojadas. Más adelante vio el destello de una farola. Era un punto como cualquier otro hacia el que dirigirse; apartó ramas y salió a una calle estrecha.

Estaba flanqueada a un lado por garajes y traseras de casas, y a otro por una hilera de viviendas adosadas. Se giró con el corazón desbocado. Si la seguía hasta allí no tendría donde esconderse. Nadie lo vería. Las ventanas de las casas resplandecían detrás de cortinas echadas como párpados cerrados. Por un momento contempló la posibilidad de llamar a la puerta de una de las viviendas adosadas y ponerse a merced de sus habitantes, pero pensó en el aspecto que debía de tener, con el vestido pegado al cuerpo y el maquillaje de salir a escena, así que descartó la idea y siguió avanzando a trompicones.

La última casa estaba a oscuras. Cuando se acercó pudo ver que el jardín delantero estaba cubierto de broza y descuidado, con maleza trepando por la descascarillada puerta principal y un bosque de arbustos invadiéndola desde un lateral. Las ventanas estaban desnudas y negras y engulleron su reflejo con sus cristales recubiertos de mugre.

Oyó de nuevo el eco de pies corriendo, acercándose. ¿Y si hubiera puesto a los demás también a buscarla? ¿Y si venían en dirección contraria, la rodeaban y la dejaban sin escapatoria? Durante un instante se quedó paralizada y a continuación la descarga de adrenalina, caliente y afilada como un aguijón, la puso de nuevo en movimiento. Puesto que no tenía adónde ir, se deslizó por el lateral de la última casa, entre la pared y la maraña de follaje. El pánico la impulsaba a avanzar, tropezando con ramas y aspirando un hedor animal y desconocido que le dio arcadas. Algo salió disparado de un seto a sus pies, tan cerca que un pelaje áspero le rozó brevemente la piel. Reculó y tropezó. Se le torció un tobillo y una punzada de dolor agudo le subió por la pierna.

Se sentó en la tierra húmeda y se sujetó con fuerza el tobillo, como si así pudiera obligar al dolor a regresar por donde había venido. Las lágrimas asomaron a sus ojos, pero en ese momento oyó pisadas y un grito furioso y solitario procedente de la parte delantera de la casa. Apretó los dientes y se imaginó a Dodge bajo la luz de la farola, las manos en las caderas mientras se volvía buscándola a un lado y a otro, con esa expresión beligerante tan particular suya —la mandíbula hacia fuera, los ojos entrecerrados— que adoptaba cuando algo no salía como él quería.

Contuvo el aliento y escuchó con atención. Los segundos se alargaron y vibraron de tensión hasta que por fin distinguió el sonido de pisadas alejándose. El aire abandonó a toda prisa sus pulmones y se desplomó hacia delante, exánime de alivio.

El dinero le crujió dentro del bolsillo. Cincuenta libras: solo había cogido lo que le correspondía, no lo que se debía al resto de la banda, pero a Dodge no le gustaría. Él firmaba los contratos y se quedaba con el dinero. Se metió una mano en el bolsillo para tocar los billetes suaves, muy usados, y un ascua diminuta de sensación triunfal brilló en su corazón.

Nunca se había colado antes en una casa. Resultó sorprendentemente fácil.

Lo más complicado fue cruzar el seto y abrirse paso por el jardín entre tallos espinosos de zarzas y agujas de ortigas lacerantes con el tobillo que le dolía y escocía. El cristal de la puerta trasera resultó quebradizo y tan fácil de romper como la corteza de hielo sobre un charco y al otro lado la llave seguía puesta en la cerradura.

La cocina era pequeña y de techo bajo. Olía a moho, como si llevara cerrada mucho tiempo. Se volvió despacio mientras escudriñaba la oscuridad en busca de indicios de actividad. La planta del alféizar se había arrugado hasta quedar reducida a un nudo de hojas secas sobre tierra encogida, pero había un hervidor en la cocina de gas y tazas colgadas de una hilera de ganchos bajo el estante de la pared, como si en cualquier momento el ocupante pudiera entrar a hacerse un té. Sintió un escalofrío y el vello de la nuca se le erizó.

—¿Hola?

Habló en voz alta con una seguridad que no sentía. Su voz le resultó extraña; monótona y con un acento del norte casi cómico.

—¿Hola? ¿Hay alguien?

El silencio la envolvió. En un súbito arranque de inspiración, se palpó el bolsillo de la cazadora y sacó un mechero barato de plástico. El círculo dorado que formaba la llama era pequeño, pero bastó para descubrir paredes de azulejo color crema, un calendario con la fotografía de un castillo encima de las palabras «julio de 2009» y una especie de alacena de estilo antiguo con puertas de cristal en la mitad superior. Avanzó con torpeza y se apoyó en el marco de la puerta cuando el dolor le hincó los dientes con más fuerza en la pierna. En la habitación siguiente, el resplandor de la llama diminuta iluminó los contornos de una mesa junto a la ventana y un aparador sobre el que damiselas de porcelana hacían reverencias y piruetas ante un público invisible. Las escaleras arrancaban de un estrecho rellano. Se detuvo al pie de las mismas. Levantó la vista hacia la oscuridad y habló de nuevo, esta vez con amabilidad, como si llamara a un amigo.

—¿Hola? ¿Hay alguien en casa?

El silencio la saludó y de arriba llegó un soplo muy tenue de un perfume anticuado, como si hubiera removido aire que llevara allí estancado mucho tiempo. Pensó que debía subir a comprobar que no había nadie, pero el dolor del tobillo y la sensación de completa quietud la disuadieron.

En la habitación de la entrada dejó extinguirse la llama porque no quería arriesgarse a que alguien viera el resplandor. De la ventana colgaban unas cortinas marchitas que no terminaban de quedar bien cerradas, y la luz de la farola que se filtraba por el hueco entre ellas bastaba para dejar ver un sofá hundido y con la tapicería deforme arrumbado contra una pared; una manta de ganchillo hecha de recuadros de colores que desentonaban entre sí cubría el respaldo. Miró afuera con cautela, buscando a Dodge, pero el charco de luz que rodeaba la farola seguía quieto e intacto. Se apoyó en una butaca y respiró un poco más tranquila.

En aquella casa había vivido una persona mayor, eso era evidente. El televisor era gigantesco y cómicamente anticuado y delante de la chimenea cegada había una estufa eléctrica. Contra la puerta delantera se había acumulado una pila de correo igual que un montón de hojas de otoño arrastradas por el viento.

Volvió cojeando a la cocina y abrió el grifo del fregadero dejando que el agua corriera unos instantes por las sonoras cañerías antes de formar un cuenco con las manos y beber. Se preguntó de quién sería y qué les habría llevado a abandonarla; si se habrían ido a una residencia o habrían muerto. Claro que cuando una persona moría en su casa, alguien iba luego a recogerlo todo. Al menos eso era lo que había pasado con la abuela. Una semana después del funeral toda la ropa, las fotografías, platos y cacharros de cocina, así como su inmensa colección de cerdos de porcelana y los fragmentos de la infancia hecha añicos de Jess habían sido empaquetados y repartidos para que el Ayuntamiento pudiera preparar la casa para su nuevo inquilino.

Notaba la oscuridad mohosa y húmeda pegada a la piel. Bajo la cazadora de cuero falso, se le puso la piel de gallina. ¿Y si el dueño había muerto y no lo habían encontrado aún? Un instinto masoquista despertado por la oscuridad y el silencio la llevó a imaginar un cadáver en descomposición en una cama del piso de arriba. Ahuyentó el pensamiento con decisión y recuperó el sentido común. En cualquier caso, ¿qué daño podía hacerle un muerto? Un cadáver no te partía el labio, no te quitaba el dinero ni te echaba las manos al cuello y apretaba hasta que veías estrellas bailar a tu alrededor.

De pronto se sintió exhausta; el dolor del tobillo le irradiaba de manera que su cuerpo entero palpitaba de agotamiento. Volvió con paso titubeante a la habitación de la entrada, se desplomó en el sofá y apoyó la cabeza en las manos, abrumada por la enormidad de lo ocurrido en la última hora.

Mierda. Se había colado en una casa. Una casa vacía y abandonada, quizá, pero aun así. El allanamiento de morada no era lo mismo que birlar una bolsa de patatas fritas de la tienda de la esquina para evitar que te llamaran muerta de hambre por tener beca de comedor en el instituto. Aquello era algo completamente distinto.

La parte buena era que había escapado. No estaba de regreso al apartamento de Elephant & Castle con Dodge. No tendría que soportar la lujuria que le entraba a este después de una velada de cervezas viéndola cantar con las ropas de putilla que la obligaba a vestir. Ni aquella noche ni ninguna otra. Lo primero que haría cuando tuviera el tobillo mejor sería encontrar una tienda de segunda mano y gastarse algo de dinero en ropa decente. Abrigada. Ropa que le cubriera el cuerpo en lugar de exhibirlo como un artículo en el escaparate de una tienda de saldos.

Se recostó con un gesto de dolor, apoyó la pierna en el brazo del sofá y se arrellanó en los cojines con aroma a cigarrillo. Se preguntó dónde estaría Dodge en ese momento, si habría renunciado a buscarla y regresado al apartamento confiando en que terminaría por volver. Lo necesitaba, tal y como le gustaba recordarle; necesitaba sus contactos, sus contratos y su dinero porque, sin él, ¿quién era ella? Nadie. Una don nadie del norte del país con una voz igual a la de mil aspirantes a estrella de la canción. Una voz que nadie oiría de no ser por él.

Tiró de la manta de ganchillo que estaba en el respaldo del sofá y se tapó con ella. Pasada la descarga de adrenalina, se sentía torpe y sin fuerzas y descubrió que le importaba un comino dónde estaba Dodge, porque, por primera vez en seis meses, lo que él pensara o quisiera no la afectaba.

La casa desconocida se fue sosegando a su alrededor y le contagió su quietud. Los ruidos de la ciudad allí parecían lejanos y los motores de los coches habían quedado reducidos a un murmullo ahogado, como de olas en una playa lejana. Miró fijamente las sombras y empezó a canturrear en voz baja para ahuyentar el silencio. La melodía que le vino a la cabeza no era una de las que había cantado a voz en cuello en el escenario del pub horas antes, sino una del pasado, una nana que la abuela solía tararearle cuando era pequeña. La letra se le había medio olvidado, pero la melodía la acarició con dedos balsámicos, familiares, y dejó de sentirse tan sola.

Cuando se despertó la luz atravesaba las delgadas cortinas y el trozo de cielo visible por el hueco entre ellas era del color hueso pálido de la mañana. Se dispuso a cambiar de postura y al instante el dolor estalló en su tobillo como si alguien hubiera estado esperando a que se moviera para golpearla con un martillo. Se quedó inmóvil y esperó a que las intensas punzadas cedieran.

Oyó voces al otro lado de la pared; voces en la radio que subían y bajaban de volumen, luego música y pisadas apresuradas. Se sentó y apretó los dientes al apoyar el pie en el suelo. Una vez en el frío cuarto de baño, se sentó en el inodoro y se quitó las medias hechas trizas para examinarse el tobillo. Estaba irreconocible, hinchado y amoratado alrededor de un pie manchado de barro.

El cuarto de baño no tenía comodidades modernas tales como una ducha, solo una bañera alta de hierro con manchas de óxido bajo los grifos y un lavabo en una esquina. Sobre este había un armario pequeño con espejo, que abrió con la esperanza de encontrar algo que la ayudara. Los estantes estaban atestados de cajas y frascos que no habrían desentonado en un museo, las etiquetas desvaídas anunciaban medicamentos misteriosos de otra época: leche de magnesia, arcilla blanca, jarabe para la tos. Entre ellos, en el estante inferior, había una barra de labios en un estuche dorado.

La cogió y la sostuvo un momento antes de quitarle la tapa y girar la base. Era roja. Un escarlata intenso y vibrante, el color de las amapolas, de los buzones de correos y del glamur de las estrellas de cine de otra época. En la parte superior, el uso había creado una hendidura resultado de adaptarse a los labios de su dueña. Trató de imaginarla, fuera quien fuera, en aquel cuarto de baño con baldosas blancas y negras y las paredes recubiertas de moho; una mujer mayor aplicándose un color tan atrevido para ir de tiendas o pasar una tarde en el bingo, y sintió una punzada de admiración y curiosidad.

En el estante superior había una venda amarillenta enrollada, que se llevó, junto con una caja de aspirinas efervescentes, a la cocina. Descolgó una taza, la llenó de agua y echó dos comprimidos. Mientras esperaba a que se disolvieran miró a su alrededor. En la luz turbia de la mañana el lugar tenía un aspecto desolado, pero había algo conmovedoramente acogedor en la hilera de latas sobre un estante que decían «TÉ», «ARROZ», «AZÚCAR», en la arañada tabla de cortar apoyada contra la pared y en los guantes de horno chamuscados que colgaban de un gancho junto al fogón. La taza que tenía en la mano era verde, pero un poco brillante, iridiscente, como los frágiles arcoíris que se forman en los charcos aceitosos. La frotó con un dedo. Nunca había visto nada parecido y le gustó. No podía ser más distinta de las tazas baratas y sucias que había en el apartamento de Elephant & Castle.

Se bebió la aspirina disuelta en dos tragos con sus correspondientes muecas, la garganta cerrándosele en protesta por el sabor entre dulce y salado, y a continuación se llevó la venda a la habitación delantera y empezó a vendarse el tobillo. Cuando estaba en plena tarea oyó a alguien silbar fuera y se detuvo con el corazón desbocado. Las pisadas se acercaron. Dejó caer la venda y se puso en pie, esperando tensa una llamada a la puerta o, peor aún, una llave en la cerradura…

El buzón de la puerta se abrió con un chirrido herrumbroso y remolón. Un sobre solitario color crema aterrizó sobre un montón de correo basura y anuncios de comida a domicilio en colores chillones.

Señora S. Thorne

Greenfields Lane, 4

Church End

Londres

REINO UNIDO

Estaba escrita en tinta negra. Tinta de estilográfica, no de bolígrafo. La caligrafía era firme y elegante pero claramente temblorosa, como si su dueño estuviera enfermo o llevara prisa. El papel era de color crema, un poco estriado, como el hueso o el marfil.

Le dio la vuelta.

Las mayúsculas puntiagudas en tinta negra le llamaron la atención.

PERSONAL y URGENTE. Si fuera necesario y posible,
SE RUEGA REMITIR AL DESTINATARIO.

La dejó sobre la repisa de la chimenea, apoyada en un jarrón desportillado que decía «Recuerdo de Margate». En comparación con el mobiliario desgastado, la carta tenía un aspecto limpio, pulcro y caro.

Afuera el mundo proseguía con su ajetreo propio de día laborable, pero en la pequeña casa el tiempo titubeaba y las horas se alargaban. El hambre y el frío intenso pronto socavaron la euforia inicial de haber logrado escapar de Dodge. En un armario de la cocina descubrió un pequeño alijo de provisiones, entre las cuales había un paquete de bollos de higo. Pasaban casi dos años de su fecha de caducidad, pero devoró la mitad y se obligó a reservar el resto para más tarde. No hacía más que pensar en adónde iría cuando dejara la casa, en qué haría a continuación, pero sus pensamientos viajaban en círculos inútiles como un moscardón aturdido dándose golpes una y otra vez contra una ventana cerrada.

Se quedó de nuevo dormida, profundamente, y se despertó cuando el día de febrero empezaba a marcharse y las sombras de los rincones de la habitación envolvían las telarañas. El sobre en la repisa de la chimenea parecía haber absorbido toda la luz que quedaba y brillaba pálido como la luna.

La señora Thorne debía de ser la mujer que había vivido allí, pero ¿qué tenía que saber que fuera «personal y urgente»? Con cierto esfuerzo se levantó del sofá y recogió la montaña de correo de debajo del buzón. Se envolvió en la manta y empezó a revisarlo en busca de pistas. Quizá encontrara algo que le dijera adónde había ido aquella misteriosa S. Thorne.

Casi todo era correo basura ofreciendo entrega gratuita de pizzas y ofertas de cristales para ventanas. Se esforzó por no mirar los menús de comida a domicilio, con sus primeros planos de pizzas relucientes y de seductores colores tan grandes como ruedas de bicicleta. Entre ellos encontró un boletín de la iglesia de Todos los Santos con «señorita Price» garabateado en la parte superior y otros catálogos delgados de venta por correo que vendían «prendas de punto clásicas» y camisones térmicos dirigidos también a la señorita N. Price.

Ninguna mención a la señora Thorne.

Tiró el boletín parroquial a la pila de correo basura y estiró la dolorida columna vertebral. La curiosidad ociosa que la había animado a buscar perdió intensidad cuando no dio como resultado una respuesta instantánea y las fotografías de las pizzas la habían irritado y puesto nerviosa. Dado que se suponía que no debía ni estar allí, no era responsabilidad suya asegurarse de que la carta llegaba a su destino y, además, ya tenía bastantes problemas. Cargar con los de otros era lo último que necesitaba.

Y sin embargo…

Se levantó, fue hasta la chimenea y cogió la carta. «Personal y urgente», ¿qué querría eso decir? Seguramente nada. Por su abuela sabía que las personas mayores se ponían nerviosas por las cosas más inesperadas.

El papel era tan grueso que casi parecía terciopelo. En la creciente oscuridad era difícil distinguir el matasellos, pero se arriesgó a dar un paso hacia la ventana para escudriñar el borroso timbre. Joder, Estados Unidos. Le dio la vuelta y leyó de nuevo el mensaje de la parte de atrás pasando los dedos por el subrayado donde la tinta se había corrido un poco. Al inclinarlo hacia la luz agonizante vio la hendidura en el papel allí donde la pluma había hecho el trazo, imprimiendo esperanza a la página.

Personal y urgente.

Si fuera posible…

Y antes de ser consciente de lo que hacía, antes de tener la oportunidad de pensar en todas las razones por las que no debía hacerlo, estaba abriendo el sobre y sacando una única hoja de papel de su interior.

Casa de la playa

Back Creek Road

Kennebunk, Maine

22 de enero de 2011

Mi niña querida:

Han pasado más de setenta años y sigo pensando en ti de esa manera. Mi niña querida. En este tiempo han cambiado muchas cosas y el mundo es un lugar distinto de cuando nos conocimos, pero cada vez que pienso en ti vuelvo a tener veintidós años.

Estos días me he acordado mucho de ti. No me encontraba demasiado bien y los medicamentos que me han dado los médicos me dejan muy cansado. Algo normal a los noventa años, quizá. Algunos días, nada más despertarme, todavía acostado y medio dormido, los recuerdos me asaltan tan vívidos que casi los confundo con la realidad y me creo que estoy allí, en Inglaterra, con el Escuadrón 382 y contigo.

Prometí amarte para siempre en un momento en que no sabía si viviría otra semana. Ahora parece que el «para siempre» toca a su fin. Nunca he dejado de amarte. Lo intenté, por mi propia cordura, pero no lo logré ni por asomo y tampoco perdí nunca la esperanza. Los médicos dicen que no me queda mucho tiempo, pero conservo esa esperanza, así como la sensación de que aún no he terminado aquí. No hasta que sepa lo que ha sido de ti. No hasta que te diga que lo que empezamos en aquel momento de locura total, cuando el mundo estaba patas arriba, no se ha terminado para mí y que esos días —aunque duros y aterradores— también fueron los mejores de mi vida.

No sé dónde estás. No sé si la casa de Greenfields Lane sigue siendo tuya o si esta carta te llegará algún día. Maldita sea, no sé siquiera si sigues con vida, excepto porque tengo la descabellada convicción de que, de no ser así, lo sabría; lo sentiría y estaría preparado para irme yo también. No tengo miedo a la Muerte, la vieja adversaria de mis días de aviador. La derroté entonces, así que no me preocupa dejarla ganar esta vez, pero me rendiría de mucho mejor grado si supiera que sigues viva. Y si esta vez pudiera despedirme de ti como es debido.

Supongo que muy pronto nada de esto importará y que nuestra historia formará parte del pasado. Pero aún no he renunciado a la esperanza. Ni a desear poder retroceder hasta el principio y hacerlo todo de nuevo, pero esta vez asegurándome de que no te dejo marchar.

Si recibes esta carta, por favor, escribe.

Con mi amor.

Dan

Oh.

Ohhhh…

Volvió a plegar la carta en dos y la metió deprisa en el sobre. No debería haberla tocado; no lo habría hecho de haber pensado por un instante que podría ser algo tan… serio. Una cuestión de vida o muerte. Personal y urgente.

Pero ya era demasiado tarde. La carta había sido abierta y no podía sellarse de nuevo. El ruego enviado desde el otro lado del mundo por un hombre agonizante había sido escuchado, aunque fuera por casualidad, por ella y por nadie más. Así que ahora tenía dos opciones: ignorarlo o intentar encontrar a la señora Thorne. Fuera quien fuera.

2

Londres, agosto de 1942

De una boda en tiempo de guerra nadie esperaba que fuera espléndida, pero el trabajo de las damas de la parroquia era motivo de orgullo para su reverendo.

El austero interior de ladrillo de St. Crispin estaba engalanado con dalias, polemonio y crisantemos procedentes de jardines agostados, y cruzando la carretera, en la sacristía, habían dispuesto con esmero alrededor de la tarta de un solo piso un surtido de emparedados de pasta de arenque y jamón en conserva, así como los inevitables scones de Marjorie Walsh. King’s Oak era un población pequeña del norte de Londres, formada en gran medida por casas adosadas victorianas con diminutos patios traseros y pulcras viviendas pareadas construidas después de la última guerra. Desde luego no era una parroquia rica, pero no se podía decir que no fuera generosa. Se habían intercambiado cupones y juntado raciones, y el banquete resultante era un homenaje al ingenio de los feligreses de St. Crispin y a la alta estima en que tenían a su vicario.

Este presidía la iglesia, no mirándoles, como solía hacer, sino con la cabeza inclinada en una conversación privada con Dios. Había algo vulnerable, pensó Ada Broughton desde su asiento de siempre en los bancos de la tercera fila, y también bastante sobrecogedor, en aquella comunión solitaria con el Señor. El pastor no era un hombre especialmente joven —la diferencia de años entre él y la novia había sido muy comentada en el curso de reuniones de la Unión de Madres y el Comité de Suministros del Hospital—, pero su aire libresco y famélico daba sensación de juventud y despertaba en las damas de la congregación (en los días anteriores al racionamiento, al menos) el impulso de hornearle pudines de riñonada y pasteles de carne con los restos del asado de los domingos.

Todos lo consideraban un solterón irredento y su compromiso con la joven Stella Holland los había sorprendido mucho. De hecho, mientras Marjorie Walsh tocaba un estridente acorde en el órgano para anunciar la llegada de la novia, Ada le vio levantar la cabeza y abrir más los ojos, como si también a él le hubiera pillado desprevenido aquel giro de los acontecimientos. Su expresión, cuando miró al padrino de pie, a su lado, era casi de pánico, pobre criatura.

La novia, en cambio, ay, era una preciosidad. Cuando se volvió para mirarla Ada notó que le escocían los ojos y el pecho se le henchía bajo su mejor vestido de antes de la guerra. Delgada como un junco, los estrechos hombros muy rectos, la cara pálida bajo la bruma del velo, la pequeña Stella tenía más aire de princesa que de muchacha criada en un hospicio. El vestido era otro esfuerzo colectivo, donado por Dot Wilkins (que lo había llevado en 1919 cuando su Arthur se recuperó lo bastante del gas mostaza para balbucear un ronco: «Sí quiero») y reformado por el Círculo Femenino de Costura. Sus integrantes habían dejado de hacer vendas durante un mes entero mientras actualizaban el estilo y metían todas las costuras para adaptarlas a la diminuta constitución de Stella, que ahora parecía aún más minúscula con la imponente figura vestida de tweed de Phyllis Birch caminando a su lado en representación de un padre. Pero era Stella quien atraía todas las miradas. Nadie de los allí presentes había soñado jamás que un vestido mohoso de encaje antiguo pudiera transformarse en aquella imagen de pura hermosura. Ada se secó una lágrima y se concedió un instante de orgullo maternal. En ausencia de la madre de la joven, decidió que su sentimiento no era exagerado.

Se le agrió un poco la expresión cuando sus ojos se posaron en Nancy Price caminando detrás de la novia. Llevaba un vestido de satén azul hielo que había resultado despampanante en la hija de Ethel Collins cuando fue dama de honor en el verano del 39, pero en Nancy no tanto. El color casaba bien con su pelo teñido de rubio, pero llevaba aquella prenda recatada con actitud de estar secretamente divertida, como si las mangas abullonadas y el pudoroso escote palabra de honor le resultaran en cierta manera ridículos. Incluso haciendo algo tan sencillo como caminar hacia el altar, Nancy se las arreglaba para parecer ligeramente indecente. Realmente las dos jóvenes eran como la noche y el día, resultaba inexplicable que fueran tan amigas, aunque quizá no tener familia y criarse en uno de esos lugares te hacía aferrarte a lo primero que te ofreciera consuelo. Ada confió en que, ahora que Stella iba a convertirse en la señora de Charles Thorne y esposa de un vicario, dejara atrás aquella amistad tan poco recomendable.

Marjorie aceleró el tempo de la marcha nupcial a medida que la novia se acercaba al novio que la esperaba. Haces de sol, llenos de motas de polvo como un confeti dorado y celestial, entraban a raudales sobre las cabezas inclinadas. Ada abandonó cualquier otro pensamiento y se concentró en disfrutar de los votos matrimoniales.

El nombre de pila de Charles era en realidad Maurice; hasta que oyó al vicario pronunciarlo, Stella no lo supo. Maurice Charles Thorne. Resultaba extraño y muy divertido que no hubiera sido capaz de concentrarse en otra cosa mientras repetía los votos y después no guardara recuerdo alguno de haber prometido amar, honrar y obedecer. Supuso que lo habría hecho, porque tenía una alianza de oro reluciente en el dedo —una alianza fina, era todo lo que podían permitirse— y la gente la besaba en la mejilla y daba palmadas a Charles en la espalda y los felicitaban a ambos por ser marido y mujer.

Mujer. Esposa. Ya fuera de la iglesia, cogida del brazo de Charles mientras Fred Collins ajustaba su cámara de fotos, acarició la palabra en su interior y sintió algo expandirse y brillar dentro del pecho, como un ascua incandescente. Ser esposa significaba seguridad, un hogar como es debido lleno de cosas propias, no un estrecho trozo de dormitorio rodeada de los resoplidos y murmullos de otras veinte chicas. Pensó en los regalos de boda expuestos en la mesa del comedor de la vicaría —un juego de té de porcelana con rosas de una tía de Charles, un florero de cristal de la señorita Birch y una mantelería bordada de las chicas de Woodhill— y su sonrisa se hizo más ancha, coincidiendo con el fogonazo de la cámara fotográfica.

La sacristía estaba preciosa. Los rincones con manchas de humedad estaban disimulados con banderines del Reino Unido acumulados desde el armisticio, que daban al interior verde y monótono una atmósfera festiva. Una pancarta pintada en una sábana de bordes deshilachados colgaba sobre la mesa del bufé con las palabras «La pareja feliz».

Y qué amables habían sido todos. Incluso los padres de Charles: llamativamente elegantes y esgrimiendo una sonrisa poco convincente, habían dado un beso al aire al lado de cada una de sus mejillas y declarado estar encantados. No era ningún secreto que habrían preferido que su hijo se casara con una joven del club de tenis de Dorking, que habría sido la cuarta jugadora en las sesiones vespertinas de bridge de Lillian y conversado con sus amigas con el acento adecuado, pero Stella les estaba agradecida por disimularlo.

—¡Qué vestido tan bonito! —exclamó alegre Lillian Thorne dando un paso atrás para admirar a Stella de arriba abajo—. ¿Te lo has hecho tú? Tiene una hechura de lo más profesional.

—Era de una de las damas de la parroquia. El Círculo de Costura me lo arregló.

—¿De verdad? Caramba, tendrías que habérmelo dicho. ¡Podría haberte dado el mío! Era un Hartnell, costó una fortuna y ahora está metido en un baúl en el desván. De haber sabido que necesitabas un vestido, lo habría desenterrado.

Había sido un amable ofrecimiento, pero, puesto que llegaba tres meses tarde, Stella no supo muy bien cómo reaccionar. Imperturbable, Lillian siguió hablando en tono despreocupado.

—Y el ramo es ideal, también, aunque parece algo sediento.

Stella miró las rosas que se marchitaban en su mano. Lillian tenía razón. Eran rosas de té de las de toda la vida, donadas con gran orgullo y ceremonia por Alf Broughton del único rosal que tenía en el diminuto trozo de jardín al que se había negado a renunciar para plantar coles y patatas, pero empezaban a desmoronarse. Stella recordó las rosas del jardín de Lillian en Dorking, tan rígidas e inmaculadas como ella, y se dio cuenta de que el cumplido tenía tantas espinas como sus tallos.

—No es el único —murmuró Roger Thorne mirando con irritación hacia el otro lado de la habitación, donde Alf repartía alegremente botellas de cerveza negra y limonada en una barra improvisada junto a la ventanilla de la cocina. El señor Thorne se las había arreglado para conseguir una caja de champán, pero esta seguía debajo de la mesa de caballete. A las gentes de King’s Oak no les iban demasiado esas cosas tan elegantes y Alf —un hombre rotundo en todos los sentidos— no estaba preparado para la proeza de ingeniería requerida para descorchar una botella.

Stella dio un sorbo de limonada consciente de los peligros que acechaban como minas en el fondo del Atlántico bajo la superficie de la conversación. «No es por ti, es por mí», le había dicho Charles con brusquedad mirando por la ventanilla del tren de vuelta a casa después de su única visita a Dorking. Nunca le habían comprendido, explicó. Su vocación los desconcertaba y los irritaba que no hubiera seguido el camino que le habían preparado como empleado en la oficina contable de Roger. Stella había percibido un hondo dolor y había sufrido por él. Las relaciones familiares eran para ella un misterio, pero una vez estuvieran casados formarían su propia familia y Charles, en el centro de la misma, sanaría sus heridas gracias a la comprensión de Stella y a las enormes reservas de amor que esta almacenaba en su interior esperando destinatario.

—¿Dónde está Charles? —preguntó Lillian con tono irritado, como si le estuviera leyendo el pensamiento—. Casi no he hablado con él.

Pues ya somos dos, pensó Stella siguiendo la mirada de Lillian, que recorría la sacristía. Para entonces estaba bastante llena, con miembros de la parroquia de St. Crispin que no se habían molestado en ir a la ceremonia y llegaban ahora para comer gratis. Stella casi no conocía a ninguno, pero sintió una punzada de afecto y de alivio al ver a Nancy, fumando un cigarrillo con aquel vestido de satén azul que no le iba nada, igual que una aspirante a actriz fotografiada en el Picture Post descansando entre bastidores antes de rodar una escena. No había rastro de Charles allí dentro, pero un movimiento en el jardín captó su atención.

—Está fuera, hablando con Peter.

Peter Underwood era el padrino de boda de Charles. Un amigo de sus días en la escuela de teología y que ahora era vicario en una pequeña parroquia de Dorset. Era la primera vez que Stella le veía, aunque Charles hablaba mucho de él. Por el tono de sus comentarios, Stella había esperado a alguien más carismático que aquel joven delgado y de actitud cínica, con tez cetrina y ojos de lechuza detrás de unos anteojos.

—Pues no debería —soltó Lillian cortante—. Debería estar aquí hablando con sus invitados y su esposa.

Por lo menos estaban de acuerdo en algo.

—Voy a hablar con él —se disculpó Roger con aspecto aliviado—. El bufé casi ha desaparecido. Debe de ser la hora de los discursos, ¿no?

La señorita Birch fue la primera en subir los escalones desvencijados que conducían a la pequeña tarima. Mientras se aclaraba la garganta con un énfasis que equivalía a pedir silencio, Stella tuvo una sensación tan intensa de déjà vu que se sorprendió cuando bajó la vista y vio el encaje blanco de la señora Wilkins en lugar del delantal verde oscuro del colegio.

—Es para mí un placer y un privilegio comparecer ante ustedes en esta gozosa ocasión y decir unas palabras en nombre de la nueva señora Thorne —dijo la señorita Birch con la voz que empleaba en las asambleas escolares, y una oleada de aplausos recorrió la sacristía—. Stella es uno de los grandes éxitos de la escuela Woodhill y no dudé en proponerla para la vicaría cuando el reverendo Thorne nos pidió un ama de llaves. Poco podía imaginar que no solo estaba ayudando a cubrir una necesidad doméstica —aquí sus facciones adoptaron una expresión traviesa de lo más inusual en ella—, sino también haciendo de Cupido. A medida que pasaron los meses, la chimenea de la vicaría no fue lo único en caldearse. ¡También lo hizo el corazón de su titular!

Las cabezas se volvieron en dirección a Stella y un «¡aaah!» colectivo circuló entre la concurrencia como si estuvieran asistiendo a un espectáculo de fuegos artificiales. A Stella le ardía la cara.

—Las cualidades que la convirtieron en un miembro tan preciado de Woodhill, su amabilidad y diligencia, su alegre disposición ante la vida y su fidelidad y lealtad, también harán de ella una magnifica esposa para un párroco —continuó la señorita Birch.

Stella deseó llevar el velo de encaje para poder esconderse detrás. O tener a Charles, pero este estaba con Peter Underwood cerca del escenario. Entonces vio a Nancy, que puso los ojos en blanco y le hizo una mueca, con lo que Stella se sintió mejor.

—Les deseo al reverendo y la señora Thorne toda la felicidad del mundo en su vida juntos. Que sea larga y plena, que salga indemne de esta guerra infernal y se vea bendecida con la alegría de los hijos. —A modo de conclusión, la señorita Birch dijo con el tono grandilocuente que usaba para anunciar el siguiente himno—: Por favor, únanse a mí en un brindis por la feliz pareja: ¡por los novios!

El champán del señor Thorne seguía en su caja debajo de la mesa, así que el brindis por los novios se hizo obedientemente con cerveza y limonada o —en el caso de los padres del novio y del doctor Walsh— con nada. Charles subió la escalera para ocupar el sitio que había dejado la señorita Birch.

A Stella le encantaba oírlo hablar. Durante los meses de su compromiso se había sentado en un banco lateral de St. Crispin los domingos por la mañana mientras daba su sermón y había vibrado secretamente de emoción. Había algo remoto y romántico en él en esas ocasiones, de pie ante el altar en la iglesia cavernosa o leyendo de la inmensa Biblia en el púlpito. No estaba siendo el caso en la sacristía. La solemnidad y pasión con que predicaba lo habían abandonado, entre las cortinas lacias y recargadas, mientras balbuceaba palabras de agradecimiento a la señorita Birch y a continuación le quitaba el mérito de haber hecho posible que Stella y él se conocieran, atribuyéndolo en su lugar a Dios.

—Muchas veces me he cuestionado Su propósito: una esposa joven y encantadora no era algo que esperara encontrar durante mi ministerio en St. Crispin, pero no es inusual que Dios me ponga cosas delante de la nariz antes de que repare en ellas. —Esbozó su sonrisa tímida e infantil y las damas de la congregación suspiraron—. ¡Así que mi única tarea fue convencer a Stella!

Todos rieron indulgentes, pero al sonreír Stella notó el rostro rígido. El titubeante discurrir del torpe cortejo de Charles era lo último que quería que le recordaran en ese momento, cuando por fin podían empezar una vida juntos como marido y mujer.

En su fuero interno Stella no estaba convencida de creer en Dios, pero sin duda había sentido Su presencia como una inflexible carabina cada vez que Charles y ella habían estado juntos desde el compromiso. Charles la había besado por primera vez la noche en que la pidió en matrimonio, pero había sido un beso apresurado y respetuoso que transmitía sensación de alivio antes que deseo, y estaba muy lejos de los besos largos y ardientes que Stella y Nancy veían en el cinematógrafo algunos sábados por la tarde (tanto en la pantalla como en la última fila de butacas). Stella siempre salía del cine con una sensación de anhelo impaciente y abrumada por todo el amor que estaba deseando dar. Ahora que ya no había pecado extramarital del que estar pendiente, confió en que Dios les dejara en paz para entregarse a su sentimiento.

Desde la tarima, Charles dio las gracias con cierta rigidez a la dama de honor y Nancy, con su descaro habitual, simuló una pequeña reverencia que Charles simuló no ver. Entonces subió las escaleras Peter Underwood.

Bajo las vigas empezaba a hacer calor. Los hombres se habían quitado las chaquetas y enrollado las mangas de la camisa y se oía gritar y silbar a los niños fuera en el jardín. Todos empezaban a impacientarse. En la cocina, las damas que fregaban los platos se habían olvidado de hablar en susurros y a medida que el discurso del padrino pasaba de los cinco y luego de los diez minutos, la mayoría de asistentes apartó su atención de su hilo de voz cansina y sardónica y la dirigió a una conversación mucho más interesante que se colaba por la ventanilla de la cocina sobre la hermana de Ethel Collins, a quien los bombardeos habían obligado a dejar su hogar en Enfield y que se había instalado con su hijo y su nuera en Bromley.

—Y fue en el verano del 31 cuando Charles y yo nos embarcamos en nuestra memorable expedición de pesca al norte de Gales. Igual que Jesús nuestro Señor se encontró a orillas del Jordán con cinco panes y unos cuantos peces, Charles y yo nos encontramos varados en medio del lago Bala con un exiguo emparedado de queso para los dos por todo alimento…

La atención de Stella viajó del paisaje agreste del norte de Gales a la cocina, donde la voz de Ethel Collins se alzaba indignada por encima del quejido y silbido de la tetera.

—Tienen cuarto de baño dentro de la casa, pero a Joan no le dejan usarlo. Les ha dado su cartilla de racionamiento, pero casi no hay comida y la nuera le quitó todos sus cupones y los usó para hacerse un vestido…

Sintiéndose culpable, Stella volvió a sintonizar a Peter Underwood en su dial mental. El Charles enérgico y amante de la vida al aire libre que emergía de aquel discurso se parecía poco al hombre que ella conocía. O que no conocía. Tal vez si escuchaba aprendería algo.

Cuando Peter por fin dio la vuelta al último papel del fajo que tenía en la mano hubo aplausos aliviados y a continuación la señorita Birch se adelantó dando unas palmadas y anunció que era el momento de que los novios cortaran la tarta. Se rescató a Fred Collins del jardín y se le obligó a dejar la cerveza y coger la cámara. Stella se encontró bajo la pancarta al lado de Charles, sonriendo una vez más al objetivo. En las fotografías daría la impresión de que llevaban juntos todo el día, aunque la realidad había sido bien distinta. La mano de Charles cubrió la suya mientras sostenía el cuchillo y Stella sintió un pellizco en el corazón. Tenía unas manos preciosas, con dedos largos y elegantes. Pensó en más tarde, en el hotel de Brighton, y en cómo esos dedos le desabotonarían el camisón y le recorrerían la piel…

—Vamos a tener que repetirla —dijo Fred Collins con una carcajada—. ¡Ha cerrado los ojos, señora Thorne!

La vicaría era una sólida casa victoriana con un permanente olor a verdura hervida, tweed húmedo y masculinidad que Stella confiaba en ser capaz de alterar cuando residiera en ella, ya no como ama de llaves, sino como esposa. Subió al piso de arriba llevando su maleta de cartón seguida de Nancy, que se iba asomando a las habitaciones por las que pasaban.

—Es enorme, ¿no? Imagínate, todas estas habitaciones son ahora tuyas.

—En realidad no. La casa es propiedad de la Iglesia, no de Charles, pero sé lo que quieres decir. He tenido mucha suerte.

—Yo no diría tanto —murmuró Nancy mientras la seguía al dormitorio que a partir de aquel día sería el de Stella. La cama alta de madera estaba cubierta por una colcha color mostaza y había una cruz de madera con la figura tallada de un Cristo sufriente presidiendo la estancia desde la pared pintada de verde. En la vicaría todo parecía estar pintado de verde; el mismo de la sacristía y de los vestuarios del campo de deportes, ahora que lo pensaba Stella—. En cualquier caso, suerte no es —prosiguió Nancy—. Te mereces esto y más. El afortunado es él por casarse con una chica tan maravillosa como tú.

—No creo que su familia lo vea así. Para ellos siempre seré la chica del hospicio.

—Lo que demuestra que son unos ignorantes. —La brusquedad, en el caso de Nancy, era franqueza. La cama chirrió cuando se dejó caer sobre ella y a continuación se levantó el satén del vestido de dama de honor de Betty Collins dejando ver una cajetilla de cigarrillos que llevaba sujeta en la media—. Eres mucho mejor que ellos. La hija de un duque eres tú.

Sentada en una banqueta ante una cómoda rechoncha que hacía las veces de mesa de tocador, Stella sonrió. Todo lo que sabía de su madre, que la había abandonado, era que había sido sirviente en una casa rica en Belgravia. La identidad de su padre era un misterio, pero la teoría de Nancy era que se trataba de alguien del «piso de arriba», lo que explicaba lo que ella llamaba «los modales finos» de Stella.

—Bueno, ahora ya da igual de quién sea hija, ¿no? —dijo esta pensativa mientras empezaba a quitarse las horquillas que le sujetaban el velo—. Soy la mujer de Charles. Eso es lo único que me importa.

—Si tú lo dices.

—Pues sí. Ya sé que crees que estoy loca, pero es lo que siempre he querido: una casa que llevar y un marido al que amar. Un juego de té con dibujo de rosas. Lo sabes.

Nancy miró por la ventana y expulsó una bocanada de humo con un suspiro. Hubo una larga pausa durante la cual solo se oyó el sonido del cepillo en el pelo de Stella y las voces distantes de chiquillos jugando en la calle.

—Te voy a echar de menos —dijo Nancy repentinamente sombría.

—Pero Nance, si solo me voy cuatro días a Brighton.

—No me refiero a eso y lo sabes. Las cosas van a cambiar. Ahora que eres la mujer del vicario ya no puedes salir a bailar y comer patatas fritas en el autobús de vuelta a casa. Vas a tener que prepararle el té y repartir galletas después de las misas de vísperas.

—No será tan malo. Seguiremos viéndonos. —Stella supuso que Nancy tenía razón en lo de ir a bailar, pero no estaba segura de que fuera a echarlo demasiado de menos. Le parecía un sacrificio pequeño a cambio de todo lo que ganaba—. Anda, ayúdame a quitarme el vestido, ¿quieres? Podemos quedar los sábados para ir al cine o a ver escaparates y puedes venir por aquí siempre que quieras.

Nancy se levantó de la cama y rio sin ganas.

—No creo que a Charles le haga demasiada ilusión.

—Pues tendrá que acostumbrarse. Tú y yo somos como hermanas; lo sabe. Eres lo más parecido a una familia que tengo.

—Sin contar a la señorita Birch. Supongo que ahora se considera de la familia. ¿Has visto cómo estaba hoy?

Con el cigarrillo en una comisura de la boca, Nancy sonrió con desdén y dijo, imitando la voz de la señorita Birch:

—«Stella es uno de los grandes éxitos de Woodhill…».

Siguió un intercambio de opiniones sobre la señorita Birch acompañadas de no pocas risas mientras Stella se vestía con el traje azul pálido que Ada Broughton había pescado de las donaciones para refugiados y Nancy la peinaba, sujetándole los rizos en uno de los estilos que había aprendido en el salón de belleza en el que trabajaba y que, le aseguró a Stella, era el colmo del refinamiento. Cuando terminó, colocó encima el sombrerito azul pálido ladeado en un atrevido ángulo.

Stella observó el resultado final algo incómoda y volviendo la cabeza a un lado y al otro.

—Parezco… mayor.

—Estás fantástica. Le vas a volver loco. Por cierto… —Nancy se giró y cogió su bolso de la cama. De él sacó un paquete pequeño y envuelto en papel de estraza—. Regalo de boda. O de luna de miel, más bien.

Miró a Stella abrirlo y reír sosteniendo un trozo de tela diminuto y resbaladizo de satén rosa pálido.

—¡Nance, qué bonito! ¿Qué es?

—Para cuando te vayas a la cama, tonta. La noche de bodas.

A Stella le ardieron las mejillas y notó un hormigueo peculiar en la boca del estómago.

—¡No puedo! Es pequeñísimo. ¡Me congelaría!

—No seas tonta, estarás ardiendo de pasión. Charles se va a quedar sin respiración. Tendrá tanto por lo que dar las gracias al Todopoderoso que no sabrá por dónde empezar.

Todos salieron de la sacristía para despedirlos. Fred Collins les hizo posar junto a la puerta abierta del taxi para una última instantánea, Charles rodeando a Stella con un brazo rígido y expresión tensa porque era consciente de que el taxímetro estaba en marcha. Y luego más besos a Nancy, Ada y Ethel e incluso, cosa embarazosa, a Roger y Lillian. Stella estaba a punto de meterse en el taxi, apremiada por Charles, cuando Nancy gritó:

—¡El ramo!

—¡Ah!

Stella se aseguró de ver dónde estaba Nancy y a continuación dio la espalda a la apretada masa de admiradores. Pero cuando lanzó el ramo al aire, los tallos espinosos de las rosas se le engancharon en los guantes y alteraron la trayectoria, de manera que voló sobre su cabeza en un confeti de pétalos sedosos y fue directo a las manos de Peter Underwood.

Mientras se alejaban Stella estiró el cuello para mirar por la ventanilla trasera del coche. Todos habían salido a la carretera y agitaban la mano con energía, excepto Peter, que estaba muy quieto sujetando el ramo.

—Se suponía que lo tenía que coger Nancy —murmuró Stella nerviosa.

—Peter siempre ha sido un buen defensa en el críquet —dijo Charles con admiración.

El taxi dobló la esquina al final de Church Road y la gente desapareció. Al recostarse en el asiento, a Stella le escocían los ojos con unas lágrimas inexplicables. Cuando bajó la vista, comprobó que tenía el guante desgarrado y que su blancura prístina estaba manchada de sangre.

3

2011

Los días cortos se fundían unos con otros interrumpidos solo por tramos interminables de noche.

La mejor manera, la única, de soportar la oscuridad, el frío y el hambre era dormir. En ausencia de luz eléctrica, televisión y comidas a horas debidas, el reloj de su cuerpo se reajustó a un ritmo más primitivo y lo hizo con una facilidad asombrosa, como un animal que hiberna, de modo que grandes porciones de su tiempo quedaron sumidas en el olvido.

Cuando estaba despierta, el silencio atronaba y resonaba en su cabeza y sentía su voz encogerse y endurecerse en la garganta, como le ocurría a la sirenita. Le hizo darse cuenta de hasta qué punto quería —necesitaba— cantar; de que, a pesar de Dodge y de sus sueños rotos, cantar seguía siendo una parte importante de ella. Cuando se desplazaba sin hacer ruido por la casa a oscuras tenía la sensación de haber dejado de existir. Igual que un fantasma.

El mundo se encogió hasta reducirse a las paredes húmedas y la estrecha franja de calle visible por el hueco entre las cortinas. Como la calle terminaba delante de la casa, el tráfico era limitado y se familiarizó con los transeúntes habituales. La casa de al lado pertenecía a una joven de veintitantos años con un trabajo o un novio que le hacían pasar algunas noches fuera. La veía salir temprano por la mañana, sus tacones repiqueteando apresurados por el camino de entrada, la cola de caballo meciéndose sedosa, y envidiaba su eficacia, su determinación, su aspecto aseado.

En la casa al otro extremo de la hilera vivían dos hombres de mediana edad que salían jun ...