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CERBANTES EN LA CASA DE ÉBOLI

Álvaro Espina

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Fragmento

Prefacio del editor

 

 

 

El texto que hoy presento al lector es sin la menor duda un hallazgo bibliográfico de valor inestimable. Se trata del contenido manuscrito de una carpeta de cuero repujado hallada por los bomberos al terminar de derribar un muro adosado a la Puerta de España de la alcazaba de Orán que amenazaba desprenderse tras el terremoto del 6 de junio de 2008. El seísmo provocó el agrietamiento de una cortina de piedra tras la cual apareció un hueco en forma de hornacina que podría haber albergado antiguamente la imagen de un santo o de alguna de las muchas advocaciones de la Virgen a las que los sucesivos gobernadores y vicarios eclesiásticos españoles habían encomendado el lugar. Al derribar la cortina el cartapacio debió de caer a tierra y desencuadernarse. La policía local consideró que debía de haber permanecido escondido desde hacía tiempo en ese hueco del muro, cuya fábrica data de las obras de fortificación mandadas hacer por el Rey Católico tras la toma de Orán cinco siglos antes, siendo objeto después de sucesivas reformas para acondicionarla como residencia del gobernador y adaptarla al avance en las técnicas militares de ese siglo y el siguiente.(1)

Recibe antes que nadie historias como ésta

Obviamente el material era de gran relevancia histórica por lo que, tras recomponerla y volver a atarla del mejor modo posible, la carpeta fue transferida al museo de antigüedades de la ciudad. En el estado en que actualmente se encuentra el legajo está protegido exteriormente por dos hojas de cordobán de estilo andalusí. El de la parte frontal, que tiene un incrustado de guadamecí, se mantuvo cosido aunque con grandes holguras a un buen número de pliegos del libro original —aproximadamente la cuarta parte—, mientras que los restantes se encuentran sueltos y agregados a continuación sin el menor orden aparente. Todo ello cerrado por el segundo cordobán, atado con cinta roja de balduque de color muy degradado y con varios nudos, fruto del apresurado esfuerzo de reparación que realizaron los bomberos.

El cartapacio lleva la signatura AZ-06/VI/2008 y permaneció sin llamar la atención en los almacenes del Museo Nacional Ahmed Zabana hasta que en el año 2011 fue inventariado por una becaria de la Universidad de Alicante que participaba en el programa especial dotado por la Casa Árabe de Madrid para preparar la conmemoración del cuarto centenario del desembarco en Orán de un gran contingente de moriscos expulsados de España, provenientes del Grao de Denia, inmortalizado en sendas pinturas de Vicent Mestre fechadas el año 1613. La ficha de la carpeta consiste en la siguiente descripción: «Siglo XVII: Manuscrito del Señor Ahmad Ibn al-ayyi, con anotaciones al margen de CHB». Como se verá, esta catalogación resultó ser sumamente acertada.

Recopilando documentación para escribir una autobiografía apócrifa de Miguel de Cervantes, al repasar los registros de aquel inventario colgados en una página web de la universidad alicantina se encontró aquella entrada y se anotó en una base de datos, simplemente por razón de la fecha y de la aparente contradicción entre el nombre del autor inequívocamente árabe y el tratamiento castellano de señor. Posteriormente, al procesar la base de datos con una aplicación diseñada para localizar concordancias entre las diferentes entradas, el programa asoció automáticamente este texto con un artículo del profesor Mahmud Sobh, de la Universidad Complutense de Madrid, publicado en El País el 31 de diciembre de 2005 bajo el título «¿Quién fue Cide Hamete Benengeli?».

A primera vista se trataba de un error informático al que no se prestó mayor atención pero, al comprobar que la versión del programa utilizado indagaba también las coincidencias entre nombres encabezados con mayúsculas y sus correspondientes acrónimos, apareció la posibilidad de que la sigla CHB del registro del museo respondiese en realidad al nombre Cide Hamete Benengeli, autor arábigo imaginario al que Cervantes atribuyó la redacción original del Quijote, ya que —haciéndose eco de una antigua tradición hermenéutica— el profesor Sobh sostiene que el significado de Cide Hamete Benengeli (o Benelayli) es precisamente «Señor Ahmad Ibn al-ayyi», y su traducción al castellano no sería otra que «Señor Miguel Hijo del Ciervo», o sea, el nombre del propio Cervantes.

Por mucho que en la intencionalidad de Cervantes estuviera hacer esa especie de autoimputación críptica, no cabe descartar que el nombre tuviese también una referencia real, lo que haría todavía más verosímil la existencia del autor imaginario. El doctor Ismail El-Outmani, de la Universidad Mohamed V de Rabat, estableció con notables visos de veracidad que la persona de carne y hueso que le sirvió como referencia bien pudo ser Ahmad ben Qásim Al-Hayari al-Andalusi, conocido como Afuqqay al-Hayari en su versión arábiga y como Cide Hamete Bejarano en su acepción morisca (quizás por haber tenido por señor al duque de Béjar, a quien dedicó la primera parte del Quijote). A su alias —«berenjena»— se refiere Sancho Panza comentando que así apodaban a los moriscos toledanos,(2) inaugurando con ello una tónica por la que durante el siglo XVII el nombre Hamete había de convertirse en protagonista frecuente de comedias burlescas en el teatro barroco.(3)

Al-Hayari fue un erudito morisco granadino convocado por el arzobispo de esa ciudad para traducir el contenido de uno de los denominados «libros plúmbeos» hallado en la torre Turpiana en 1588. Estos libros reciben ese nombre por el hecho de haber sido encontrados en cajas de plomo escondidas en los huecos de los edificios andalusís, cuya «aparición» proliferó entre 1595 y 1598, aunque el rastro de Bejarano se pierde en España después de 1590, pasando a Marruecos y reapareciendo más tarde en Turquía como traductor oficial del sultán. La idea de imputarle la autoría del Quijote pudo sugerírsela a Cervantes el hecho de que los libros plúmbeos, en cuya interpretación al-Hayari rayaba en la excelencia (¡vaya usted a saber si no era él mismo autor de muchos de ellos!), fueran historias pseudoanónimas pretendidamente antiguas concebidas como superchería para apoderarse de la historia de la monarquía presentándola de modo favorable a los moriscos y para enaltecer la lengua árabe como propia de España. Desde este punto de vista el nombre Ben-enegeli querría decir en árabe «hijo de sangre no limpia», lo que reforzaría la imagen del Quijote como una «fantasía» de moriscos o cristianos nuevos, que Américo Castro simbolizó en el «conflicto del tocino», por la que el morisco Ricote, disfrazado de peregrino alemán, decide «exhibir un trozo de jamón, magro u óseo, para demostrar su condición no morisca y no judía», o sea, como salvoconducto de pureza de sangre.(4)

Si tiene suerte y trabaja intensamente, la vida de todo investigador queda marcada por algún momento especialmente feliz en que el corazón arranca a latir con fuerza y la vista se nubla en un arrebato de pura perplejidad. Algo así debió de sentir el biólogo colombiano Luis Parada al observar que las células responsables de la reproducción del cáncer son del mismo tipo que las células madre responsables de la creación de los tejidos normales. Sin pretender comparársele, el descubrimiento al que nos enfrentábamos podría resultar de importancia capital para la reconstrucción de la vida e ideas del autor del Quijote.

Si la intuición inicial se confirmaba, el nombre Ahmad Ibn al-ayyi habría sido tomado prestado del capítulo IX del Quijote y adoptado por un morisco expulsado, en sustitución de ese mismo nombre españolizado, probablemente con la finalidad de difuminar su identidad morisca en la nueva tierra de acogida, dominada también por la monarquía española, denominada por entonces «monarquía católica». Hay que tener en cuenta que, desde mucho antes de la expulsión, de entre la amplia mayoría de reos condenados por la Inquisición que resultaron ser moriscos, aquel nombre (trasposición morisca de Ahmad) venía figurando reiteradamente en sus actas. A título de ejemplo, en 1568 un Hamete, esclavo del veinticuatro Pedro Venegas, había permanecido cinco días en la prisión inquisitorial de Granada por sospechas de prácticas criptoislámicas; en 1571 un tal Diego Hernández confesó ante la Inquisición de Córdoba que practicaba en secreto bajo el nombre de Hamete la religión mahometana y el ramadán, y en 1591 Melchior Megezí (alias Hamete Zamar), morisco bautizado natural de Benahaziz, en el alfoz de Marbella, fue relajado al brazo secular por haber renegado de la fe de Cristo y huido a Berbería. De modo que tras el nombre arabizado del cartapacio de cordobán podía encontrarse en realidad un ser de carne y hueso.

El examen detallado del contenido de nuestro hallazgo indicó que el personaje en cuestión tendría que haber sido amigo íntimo de Miguel de Cervantes, a quien este habría confiado la conservación de su completa memoria biográfica, que incluiría, por un lado, la narración en tercera persona, hecha por Ahmad Ibn al-ayyi, de una larga serie de confidencias que el primer gran novelista le habría hecho antes de la expulsión, junto a un cierto número de diálogos, transcripciones de entrevistas y relatos, escritos por el propio Cervantes e insertados en el texto sin solución de continuidad con la narración principal, así como una narración final sobre los últimos años de vida del autor del Quijote, compuesta a partir de la correspondencia mantenida entre uno y otro entre la fecha de la expulsión y finales de 1615, tras la publicación de la recopilación de Ocho comedias y ocho entremeses nuevos nunca representados, que se citan en el texto. Todo ello se encontraría documentado, aunque de forma un tanto hermética, en el prefacio y en las anotaciones al margen del texto principal de la carpeta. Bien es verdad que las de esta última parte, al hallarse desordenadas y sin paginar —al igual que las anotaciones al margen contenidas en ellas—, podrían deparar alguna sorpresa de interpretación una vez reconstruido el orden de los pliegos.

El programa de investigación de la Casa Árabe en que participó la documentalista que catalogó nuestro manuscrito incluía una segunda fase de digitalización, para incorporar los documentos más relevantes a la Biblioteca Digital Hispánica. Desgraciadamente, este programa fue discontinuado, a consecuencia de los recortes presupuestarios que se realizaron esos años.(5) La buena noticia es que la becaria en cuestión dispuso de presupuesto suficiente para fotocopiar aquellos manuscritos que a su juicio requerían una exploración exhaustiva. Al acierto de su elección debe el lector disponer ahora del texto que presentamos, ya que quien escribe esta nota solicitó a la biblioteca de la universidad que escanease y le facilitase el material, en formato PDF, y acudió después a Orán para consultar directamente el manuscrito.

No merece la pena añadir que el contacto físico con el legajo envuelto en cordobanes y atado con balduque reanudado le produjo la misma impresión que debe de invadir a los egiptólogos que descubren la momia de un gran faraón. El anciano archivero argelino que le facilitó la tarea, ya jubilado, se prestó igualmente con suma gentileza a servirle de guía para visitar el lugar en que fue hallado y sus alrededores y para tomar contacto con uno de los bomberos que lo encontraron, igualmente jubilado. Confidencialmente, también le confesó considerarse condiscípulo in partibus de Albert Camus, por haber recibido enseñanzas de su mismo maestro laico, Louis Germain, treinta años más tarde, por mucho que eso no estuviera bien visto entre los suyos debido a la oposición de Camus a la independencia de Argelia. En correspondencia a la hospitalidad del exarchivero y a las confidencias del bombero jubilado, al terminar la visita los tres compartieron en los bajos del puerto una gran fuente de gambas fritas, crujientes, regada con una botella de vino tinto Coteaux de Tlemcen, mezcla de uva garnacha y Alicante, fresco, afrutado, con sabor a especias, de buen color; delicioso.

La benemérita investigadora alicantina había incluido en la catalogación el acrónimo CHB porque en el interior de la carpeta aparece en primer lugar un breve prefacio, escrito en una hoja suelta, al término del cual figuran esas tres letras a modo de rúbrica. Además, a lo largo de todo el texto original el autor del prefacio agregó un buen número de anotaciones, utilizando para ello el amplio espacio que el autor principal había dejado en el margen izquierdo de los pliegos, suscribiéndolas sistemáticamente con las letras CHB. Solo en una de estas anotaciones, situada inopinadamente al final del vigésimo pliego de la carpeta, el recopilador escribió: «Mi antepasado, Cide Hamete Benengeli, insertó la transcripción de la entrevista entre AM y MC, manuscrita por este último, que figura a continuación. CHB».

Los pliegos que siguen son claramente diferentes de los anteriores; la caligrafía es de Cervantes y llevan la marca de agua con la filigrana del molino de papel de los duques de Pastrana,(6) situado en el monasterio del Carmen, lo que indica probablemente que se trata de uno de los insertos escritos por el propio autobiografiado y entregados al narrador principal, ya que, como él mismo afirma en el texto que presentamos, el autor del Quijote empleó este tipo de papel de gran calidad para transcribir las entrevistas y las notas dictadas directamente por los príncipes de Éboli, que Cervantes debió de copiar mucho más tarde de los originales —escondidos por su hija menor y conservados clandestinamente en el monasterio de Pastrana, a salvo de los sabuesos de Felipe II—, con papel proporcionado por la gente al servicio de sus sucesores.

Esto es, el recopilador, CHB, atribuyó mediante esa anotación la autoría del texto principal a Cide Hamete Benengeli, mientras que a lo largo de todo el manuscrito el autor se autodenomina Ahmad, o Ahmad Ibn al-ayyi (por mucho que este nombre no sea otra cosa que la transcripción arábiga de aquel). En opinión de quien esto escribe, pendiente todavía de discusión con otros especialistas en la materia, esta anotación excepcional constituye una infracción involuntaria del código semántico establecido por el propio anotador, según el cual él mismo figura como CHB mientras que el autor principal responde al nombre arabizado equivalente, Ahmad Ibn al-ayyi. Por esta razón, para evitar confusiones, en este prefacio y en todas las notas que figuran a lo largo de la obra reservaremos el nombre Cide Hamete Benengeli para el autor imaginario del Quijote. Al autor principal de esta biografía (¿amigo íntimo, o el propio Miguel de Cervantes?) se le llama Ahmad Ibn al-ayyi, y al comentarista —que a la vista de las fechas bien pudiera haber sido su nieto o su bisnieto— se le menciona siempre por su acrónimo CHB, quien, como se verá, aparenta ser más bien un personaje colectivo.

Las anotaciones de CHB se transcriben literalmente como notas al pie de página del texto principal de modo que no produzcan interferencia alguna y este fluya como una autobiografía narrada en presente y en tercera persona aunque contada y parcialmente escrita por el propio Miguel de Cervantes, a quien en el texto del cartapacio el autor principal se refiere casi siempre como MC (aunque aquí aparecerá frecuentemente como Miguel, a veces como Cervantes o el joven Cervantes, pero nunca como MC). Otros personajes muy relevantes que aparecen en la narración con distintas denominaciones y acrónimos (en parte, para evitar su reconocimiento, con vistas a la censura política e inquisitorial) son, por este orden, Ana de Mendoza y de la Cerda (a quien el manuscrito se refiere a veces como AM o PE, princesa de Éboli y primera duquesa de Pastrana, que en nuestro texto figura indistintamente con su nombre o como «la Princesa» (siempre con mayúscula), «doña Ana», «Ana» o «la Éboli»; Ruy Gómez de Silva (RG, o DP), príncipe de Éboli y primer duque de Pastrana, al que nos referiremos indistintamente como «el Príncipe» (con mayúscula), «Ruy Gómez», «RuyGómez» o «Ruy», siempre que esto último no se preste a confusión.

No es posible, a mi juicio, fechar los textos originales que sirvieron para reconstruir la narración. Según la interpretación más verosímil de los hechos a los que se refiere directamente el relato principal, este contiene materiales escritos por Cervantes en distintos momentos de su vida, que habrían sido entregados para su conservación a Ahmad Ibn al-ayyi durante el primer decenio del siglo XVII, antes de la expulsión. En algunos casos Ahmad habría agregado directamente estos materiales al manuscrito que contiene sus transcripciones como pliegos independientes (por lo que a veces aparecen incongruencias en la persona del narrador, que se han corregido en nuestra transcripción), pero en general los reescribió e incorporó a su propia narración, cambiando simplemente la redacción de primera a tercera persona. CHB nos informa sin embargo de que en ocasiones excepcionales su antepasado mantuvo por error la primera persona.

Aunque Ahmad pudo tomar notas de sus entrevistas con Miguel al final del primer decenio del siglo XVII, el texto escrito de su puño y letra debió de ser transcrito después de la expulsión probablemente en Orán, ya que los pliegos utilizados son de papel fino genovés (confeccionado a base de trapo de lino o de algodón) que solo circuló por Castilla después de 1611, por contraposición a los autográficos de Cervantes conservados en el legajo final, escritos generalmente en pliegos del molino de la Vega del Quadro de Pastrana,(7) con letra idéntica a la firma que aparece en el Quijote.

Finalmente, las anotaciones de CHB, que en esta edición aparecen como notas al pie de la página, datarían de distintas fechas pero las últimas serían posteriores a 1685 —ya que en uno de los que parecen ser los últimos folios del texto, que todavía no se presenta en esta entrega, se hace referencia a la Historia genealógica de la casa de los Silva, escrita por don Luis de Salazar y Castro, cuyo primer volumen fue publicado ese año en Madrid por Melchor Álvarez y Mateo de Llanos—, aunque anteriores a 1691, fecha de la muerte del VIII duque de Medinaceli, puesto que en las referencias a quien fuera primer ministro de Carlos II entre 1680 y 1685 implícitamente se le supone vivo. En todo caso, resultan muy anteriores a la muerte de Carlos II, acontecida en noviembre de 1700, puesto que ninguna de las anotaciones menciona las porfías y enredos palaciegos que originó la incertidumbre sucesoria durante el último decenio del siglo XVII, o los acontecimientos que se desencadenaron a su muerte o a la guerra por la sucesión de su casa, ni con mayor motivo la recuperación de la ciudad de Orán por los turcos en 1708.

No existe la más mínima indicación de las razones por las que el autor del texto principal mantuvo el manuscrito en su poder sin intentar publicarlo, sobre todo a partir del momento en que la notoriedad de la obra de Cervantes le hubiera proporcionado una buena ocasión para realizar una edición lucrativa. Tampoco existe indicación alguna de los motivos que indujeron a CHB a preparar una edición del texto con anotaciones sin darlo a la imprenta, y mucho menos de los que lo llevaron a ocultar el manuscrito encuadernado emparedándolo literalmente entre los muros de la alcazaba de Orán.

Lo primero que sorprende de nuestro manuscrito al lector bien informado es la incongruencia temporal de algunas secuencias notables, empezando por las primeras páginas, ya que durante toda la «jornada memorable» para la vida de Cervantes del 31 de julio de 1566 se sitúa al padre jesuita Jerónimo Nadal en Madrid en esa fecha. Tal cosa contradice por completo la evidencia histórica, puesto que en esos momentos Nadal se encontraba en Austria.

Tras la II Congregación General de la Compañía, que encumbró a Francisco de Borja a la cabeza de esa milicia papal el 2 de julio de 1565, el nuevo padre general lo nombró miembro del grupo encargado de cotejar las actas del Concilio de Trento con las constituciones de los jesuitas para anotar las contradicciones que pudieran existir, y del grupo de tres que debía trasladar las necesarias correcciones a las reglas de gobierno y definir las nuevas normas por las que habrían de regirse.

De modo que Nadal sabía perfectamente en aquella fecha memorable que la Compañía había sido la primera orden religiosa en adaptarse a la doctrina del Concilio, en contra de las acusaciones que el manuscrito pone en boca de fray Luis de Granada y que tanta indignación le causan, ya que las nuevas constituciones al igual que las antiguas eran obra suya, por lo que considera las palabras del predicador dominico como un ataque personal.

Más tarde Pío V, recién elegido papa a comienzos de 1566, lo nombró acompañante del cardenal Commendone, legado pontificio a la Dieta de Augsburgo, que decidió sobre la aplicación del Concilio de Trento a Alemania y sobre la libertad de que debían gozar los católicos. Borja aprovechó para nombrar también a Nadal visitador de Alemania y Austria delegando en él toda su autoridad, por lo que puede considerársele como el verdadero organizador de los jesuitas en el centro de Europa. La comitiva llegó a Augsburgo el 6 de marzo y el emperador Fernando I recibió a Nadal el día 24. En abril, ya estaba visitando los colegios de Dilinga y Múnich, permaneciendo hasta el término de la Dieta a finales de mayo cerca de Augsburgo, adonde se le llamaba para resolver los problemas doctrinales que iban surgiendo.

La primera mitad de junio la pasó en Múnich; luego fue a visitar Ingolstadt, y a finales de mes volvió a Augsburgo para ultimar una fundación que contó con el apoyo del conde Udelrico de Feldestein, recién convertido. En el mes de julio volvió a Dilinga para embarcarse con otros padres en dirección a Viena, haciendo la travesía del Danubio. Una fuerte crecida estival del río estuvo a punto de costarles la vida, al quedar enganchada la cubierta de la nave en que viajaban en el puente de Ingolstadt el día 21, pero los padres lograron trepar y agarrarse al tablero del puente, salvándose. Una fuerte tormenta casi hunde la barca el 24 de julio.

Por fin llegó a Viena el día 27, en donde estuvo hasta el 13 de agosto, día en que pasaron por entre las tropas del emperador, que combatía a los turcos, mientras se dirigían a Tirnavia, pero el incendio de esta ciudad por los infieles les obligó a abandonarla, marchando hacia Praga. De modo que mientras nuestro manuscrito lo sitúa hablando de esto con Antonio Pérez y Nadal estaba en el centro de las operaciones bélicas y conocía perfectamente todo lo que ocurría allí.

Desde Praga fue a Innsbruck y Salzburgo, de donde pasó a Alemania camino de Flandes, pero tuvo que detenerse en Maguncia, invitado por el arzobispo de aquella ciudad en espera de que la efervescencia de la sublevación flamenca se calmara un poco. Hasta mayo de 1567 no entró en Bélgica y el 21 llegó a Bruselas. Pasó en Flandes el resto de ese año y hasta el verano de 1568. Allí tuvo ocasión de visitar todos los colegios, realizar nuevas fundaciones y hasta de entrevistarse a mediados de octubre con el duque de Alba, recién llegado, y con la regente Margarita de Parma, a quien el duque venía a relevar.

De modo que los juicios sobre las cosas flamencas que el manuscrito pone en su boca aquel día memorable en diálogo con el príncipe de Éboli pertenecen a alguien que iba a ser enseguida el mejor conocedor de lo que allí ocurría. Todo esto está perfectamente documentado a través de la asidua correspondencia que Nadal sostenía con el general de los jesuitas. Es imposible, pues, que estuviera en Madrid en aquellas fechas, ni en ningún otro momento desde que saliera de España por Jaca y Canfranc en abril de 1562, hasta su muerte dieciocho años más tarde.

Aquella visita había resultado muy accidentada y su enfrentamiento con Antonio de Araoz, primer provincial y futuro comisario general de España, le dejó un sabor amargo, pues pensó que este subordinaba la misión de la Compañía a los intereses exteriores de la monarquía y que tal prelación traería consecuencias graves, como así ocurrió cuando a la muerte de Francisco de Borja el papa Gregorio XIII prohibió que se eligiera a otro español como general, proscribiendo al padre Polanco, contra quien Araoz había conspirado en España y Portugal por considerarlo «de sangre impura», esto es, de linaje judeo-converso como el del propio Nadal, única causa que podría explicar la enemistad entre uno y otro, en abierta contraposición con la actitud benevolente que Nadal mostró siempre hacia el comisario de los jesuitas en España durante aquella etapa. La derrota de la línea Loyola-Laínez-Nadal-Polanco daría pie a la depuración de la casta de los cristianos nuevos entre los dirigentes jesuitas durante los generalatos de Mercuriano y Acquaviva.(8)

La ausencia física de España no fue obstáculo para que Nadal se mantuviese perfectamente al corriente de las cosas españolas, ya que en octubre de 1568, cuando se encontraba visitando Francia, Francisco de Borja lo nombró su asistente en Roma para los asuntos de España, y cuando Borja recibió el mandato del papa de visitar las cortes de España, Portugal y Francia para reunir apoyos a favor de la liga contra el turco que daría la batalla de Lepanto, lo nombró su vicario general y Nadal permaneció en ese puesto hasta la muerte del general español, el 30 de septiembre de 1572, dirigiendo efectivamente la Compañía durante la enfermedad de Borja, período crucial para los intereses de España en el Mediterráneo y en Flandes: solo un año más tarde, ya desaparecido Araoz, la política de Madrid cambió y el duque de Alba fue relevado por Luis de Requeséns, mucho más diplomático, mientras su mentor el príncipe de Éboli moría en Madrid, ganando como quien dice su última batalla desde la tumba.

Y lo mismo puede afirmarse de otras secuencias y acontecimientos del manuscrito de Orán, lo que viene a confirmar que este no contiene en realidad una narración fiel sino más bien una recreación literaria de su propia biografía, que pudo ser escrita en su mayor parte por él mismo (o dictada), aunque sin pretensión de atenerse rigurosamente a los hechos tal como ocurrieron, sino reordenándolos y dándoles una nueva estructura, como sucede con tanta frecuencia en las autobiografías. Por ejemplo, algunos hechos biográficos que más tarde incluiría en sus obras se encuentran prefigurados en algunos de los relatos que Cervantes le narra en Madrid a la hija mayor de los Éboli durante sus primeros años de residencia en la corte. Todo hace pensar que el relevante papel que desempeña Nadal en el arranque del texto, cubriendo con su presencia y sus reflexiones buena parte de ese día memorable, son un recurso de estrategia narrativa y tienen un propósito programático: mostrar el paisaje espiritual en el que se define la vocación del joven escritor y tomar posición ideológica precisa en relación con los grandes problemas de aquel tiempo, anticipando en su diálogo lo que iba a ocurrir y las posiciones que uno y otro adoptarían más tarde, homenajeando con ello al mismo tiempo a su mentor espiritual y al que iba a ser jefe de su casa, estableciendo una relación directa entre ellos que no pudo darse en esas fechas.

Miguel había conocido a Nadal en Alcalá, recién regresado con su madre y sus hermanos desde Córdoba durante la última visita del padre a España, y tendría ocasión de tratarlo después en su etapa romana desde el mismo día de su llegada, que casi coincide en el tiempo con la de Nadal, quien permaneció en Roma hasta junio de 1574, año en que marchó al Tirol, solo uno antes de que Cervantes y su hermano fueran hechos cautivos por los corsarios berberiscos en su viaje de regreso desde Nápoles hacia España.

Aprovechando su amistad con Ruy Gómez, en aquella última visita Araoz se las había arreglado para encizañar las relaciones de Nadal con el príncipe de Éboli. Pero transcurridos cinco años el distanciamiento común respecto de la política de intolerancia seguida por la monarquía en Flandes permitió que ambos olvidasen aquel enfrentamiento y las extrañas circunstancias en que se produjo. Esto lo sabía Miguel, y en Roma tendría ocasión de hablar de ello con Nadal, a quien seguramente tomó como confesor y quien debió de defenderlo contra la nueva obsesión por la pureza de sangre —siendo quizás también él «impuro»—, de modo que, enlazando todos estos elementos y su proximidad a las vivencias humanistas de Nadal y Éboli, que se mantenían en estrecha relación epistolar, el joven pudo hacerse una buena composición mental de la coincidencia entre las dos personalidades, sus ideas y el paralelismo del papel que desempeñaron en toda esa etapa crucial, el uno en la vida religiosa y el otro en la política española, ambos con escaso éxito. Esto es lo que reflejan las conversaciones con que arranca el texto, a medio camino entre la creación literaria y el relato autobiográfico, que anticipa mucho de lo que ocurriría después.(9)

La profundización en todo ello queda para investigaciones posteriores. Lo que no se puede, en mi opinión, es sustraer el texto al conocimiento público por más tiempo, aunque ello deje abiertas muchas incógnitas de la historia. Ni siquiera sería prudente esperar a restablecer el texto en la parte que aparece desgajada y desordenada dentro del legajo (si es que se ha conservado completo), sino que procede comenzar ya a dar a la imprenta la parte que ha permanecido ordenada siempre, que termina con la huida de Miguel a Italia en agosto de 1569.

Hasta aquí el resultado del trabajo de interpretación que puede apoyarse en evidencia extraída del propio texto y en la crítica histórica y literaria. Pueden formularse igualmente otras muchas hipótesis de difícil o imposible verificación. La primera es que el autor y albacea de Cervantes, en lugar de ser expatriado a Orán, permaneciera en España y se viese obligado a esconder el manuscrito para no delatarse como morisco. Además, con el cambio de coyuntura política tras la muerte de Cervantes, la caída del duque de Lerma y la llegada al trono de Felipe IV, las reflexiones de Cervantes resultaban abiertamente contrarias a la línea oficial y cualquier texto considerado ofensivo para el abuelo del nuevo rey podría haberse calificado como traición a la dinastía.

Pero también podría ocurrir que la interpretación que hemos adelantado aquí no fuera sino la que el autor deseó que se hiciese, no necesariamente acorde con la realidad. Antes al contrario, si su propósito hubiera sido camuflar su autoría la apariencia debería distar mucho de la verdad. En esto sucede como cuando un artista plástico crea un «trampantojo» (literalmente: una trampa para el ojo), que es un cuadro o una instalación que no parecen un cuadro o una instalación sino un objeto o una situación real y que en cierto modo lo son, aunque se trate de realidades de segundo grado creadas ex profeso para aparentar ser otra cosa, o sea, realidades de primer grado. De modo que bien pudo el autor de nuestro manuscrito crear un trampantojo literario, diseñado para aparentar ser la obra de un tal Cide Hamete Benengeli (aunque firmada con un nombre sinónimo, plenamente árabe y no morisco), que recibió las confidencias y una serie de escritos de Cervantes.

El hecho se complica todavía más al venir el texto acompañado de anotaciones al margen (que aquí reproducimos al pie de la página), escritas por un autocalificado descendiente del autor, que en este caso rubricó su trabajo con las iniciales del nombre morisco CHB. Si verdaderamente el texto fuese un trampantojo literario, al enfrentar la visión de este último con la de Ahmad Ibn al-ayyi, el autor estaría propiciando el efecto que artistas como Pistoletto tratan de producir situando un objeto entre dos espejos enfrentados, con lo que el objeto original se ve reflejado infinitas veces. También en nuestro caso empieza a originarse esa cadena sin fin, al enfrentarse aquellos textos con lo que afirma de ellos el editor en esta nota, que puede ser replicada a su vez por las suposiciones, expresas o tácitas, de los sucesivos lectores y críticos.

No podría descartarse, por ejemplo, que el autor «verdadero» fuese un sesudo investigador del CSIC, temeroso de que algunas de las aseveraciones contenidas en el manuscrito y el hecho de prescindir de cualquier cautela al enunciarlas malograsen su propia carrera. O un provecto miembro de las reales academias, por miedo a que el ataque repentino de heterodoxia que todo esto supone pudiera ser considerado entre sus colegas como un signo de demencia senil. No hay forma de poner fin a una cadena así, a no ser que el autor o los autores infrinjan de alguna forma su propio orden, como hizo Cervantes al no respetar sistemáticamente en el Quijote el papel imaginario desempeñado por Cide Hamete, utilizándolo solo como uno de sus muchos dobles, en el bien calculado galimatías narrativo de su obra.(10) ¿Son los «errores» de redacción, en que el narrador habla en primera persona refiriéndose a Cervantes, «infracciones» de este tipo? Pero tales errores bien pudieran ser, a su vez, parte del trampantojo ideado por el autor original.

La hipótesis alternativa a la interpretación adelantada al principio de este prefacio editorial resulta casi evidente —concordante con ciertas «infracciones» de su propio código narrativo—, y consiste en que fuera el propio Cervantes quien adoptase una nueva versión de la identidad de Cide Hamete para narrar en esta ocasión una autobiografía extraordinariamente peligrosa, asociada en su primera parte a la de los príncipes de Éboli y que a su muerte se la confiase a alguien de su confianza con capacidad suficiente para garantizar la publicación de la obra cuando se presentase una ocasión propicia. El reinado de Felipe III y la privanza del duque de Lerma hubieran sido un buen momento, ya que el régimen de este valido había roto radicalmente con la política de Felipe II. Pero es durante la segunda etapa de este régimen, tras la expulsión de los moriscos, cuando Cervantes habría redactado el texto, ya que la referencia a la aparición del Quijote «cinco años ha», que aparece en el primer pliego del manuscrito, no deja lugar a dudas acerca del momento en que se compuso esa sección del texto.

En cualquier caso, cuando el manuscrito pudo quedar completamente terminado (probablemente a finales de 1615, inmediatamente antes de la aparición de la segunda parte del Quijote, que Cervantes todavía no menciona) aquella ventana de oportunidad estaba a punto de cerrarse, dado el giro que experimentaba ya la política de Madrid, confirmada en 1618 por el derrumbe y la condena al ostracismo del valido, el vuelco en la política pacifista que había orientado aquel reinado y el nuevo ascenso del «partido de las armas», atrincherado previamente en las casas de la reina y del príncipe de Asturias, que en 1621 se convertiría en Felipe IV, rey milagrero, apasionado «inmaculista» (o sea, auténtico paladín del dogma de la Inmaculada), ferviente admirador de la personalidad política de su abuelo y digno continuador de la misma a lo largo de la «guerra de treinta años», hasta lograr el agotamiento definitivo de España ya vaticinado por los príncipes de Éboli.

Para ubicar el manuscrito en Orán desde las fechas que hemos señalado como más probables de su terminación hemos de dar un pequeño rodeo e introducir en la escena a un personaje muy especial: don Félix Nieto de Silva, quien tomó posesión del puesto de «capitán general de los reinos de Tremecén y Túnez y gobernador de las plazas de Orán y Mazalquivir» en septiembre de 1687. En razón de los méritos consignados en su hoja de servicios sería hecho marqués de Tenebrón tres años más tarde, uno antes de su muerte, acaecida como consecuencia de unas «calenturas sincopales» a la edad de cincuenta y seis años.

Este don Félix fue un personaje singular.(11) Hijo de padre con el mismo nombre, había sido bautizado en las Descalzas de Ciudad Rodrigo el 19 de julio de 1635, apadrinado por don Diego Hurtado de Mendoza, corregidor de la ciudad, que había desempeñado desde antiguo un papel clave en las relaciones militares con el reino vecino,(12) y que sería el teatro de operaciones de buena parte de sus andanzas como capitán de caballería. El nombramiento como gobernador de Orán resultó ser la culminación de una carrera militar de honores que arrancó mal y fue siempre «muy atrasada» (según su propia apreciación, reiterada hasta la saciedad en su autobiografía), aparentemente en razón del duelo que entabló contra un regidor de Zamora a quien su hermano había avasallado de manera bien poco noble, ya que el futuro gobernador de Orán se habría de distinguir a lo largo de toda su vida por un acrisolado sentido del deber de solidaridad hacia los suyos, tomando como propias las causas de sus allegados; por hacer honor a machamartillo a la palabra dada (por mucho que esta se opusiese al más mínimo sentido de las conveniencias) y por ser no poco dado a pendencias.

El hermano primogénito de don Félix, don Luis Nieto de Silva, vizconde de San Miguel y caballero de la orden militar de Calatrava, se había dedicado a aterrorizar a la ciudad de Zamora durante el trienio de 1651 a 1653 en que ejerció allí los cargos de corregidor y maestre de campo de su guarnición, según quedó establecido en una capitulación formada contra él cuando dejó sus funciones, recogida por don Antonio Cánovas del Castillo como apéndice a la edición de las memorias de don Félix.(13) A la vista de lo que en ella se dice, el editor no dudó en calificar a don Luis como «uno de los más pervertidos caballeros del tiempo de Felipe IV» («en que los hubo pervertidísimos», añade Cánovas).

Pese a los retrasos iniciales en su carrera, debidos precisamente a estas pendencias, don Félix acabaría siendo un verdadero caballero de armas y a él se deben, según Cánovas, los mejores y más vívidos y sinceros relatos de las cargas y las escaramuzas de la caballería de que disponemos para el siglo XVII, realizadas a lo largo del último decenio de la guerra de Portugal a partir de los sitios de Yelves y Badajoz en 1658, cuando era general de la caballería el duque de Osuna, aunque fue el valido don Luis Méndez de Haro, asumiendo personalmente la dirección de la campaña, quien sufrió una de las derrotas menos honorables de la guerra, que el autor de la autobiografía atribuye a impericia del valido y a su negativa a dejarse asesorar por los hombres de guerra (refiriéndose a que prescindió de él, comisionándolo para un trabajo de traslado de caballos e intendencia que le dolió profundamente, al verse postergado una vez más):

 

[…] yo perdí mi tienda y mis armas y todos mis aparatos de campaña, porque todo lo dejé en el mismo cuartel que tenía en campaña, pero parece que por el medio referido quiso la Virgen Santísima que no me hallase en la rota que nos dieron, bendita sea su misericordia.

 

Igualmente el caballero atribuye a la misericordia de la Virgen de la Peña de Francia que el permiso recibido en 1664 por la muerte de su hermano lo librase de participar en la derrota que tuvo el duque de Osuna en la batalla de Castel-Rodrigo, como consecuencia de la cual el duque tuvo que abandonar el mando de la caballería siendo sustituido por el general don Juan de Salamanqués, quien enseguida felicitaría a don Félix por la negociación honorable de la capitulación del fuerte de la Redonda y por el buen suceso que dirigió en la escaramuza del río Tenebrón, junto a Sancti Spiritus, que habría de dar lugar, andando el tiempo, al título con que le distinguiría el monarca un año antes de su muerte.

Don Félix pertenecía a una rama secundaria de la casa de los Silva aunque extraordinariamente distinguida por sus sucesivos titulares. En 1612, cuando el rey nombró a don Ruy Gómez de Silva —tercer duque de Pastrana— embajador extraordinario en París para representarlo en las capitulaciones para el doble matrimonio de Luis XIII con Ana de Austria y del príncipe de Asturias con Isabel de Borbón, su abuelo Antonio y su padre Félix(14) ocuparon los puestos sexto y séptimo en la cabalgata que representó a la casa en uno de sus momentos de máximo esplendor.(15) Fue precisamente su padre quien adquirió el alguacilazgo mayor de Ciudad Rodrigo uniendo en él todos los mayorazgos de la casa Silva en la ciudad de nacimiento de don Félix.(16)

Sesenta y tres años más tarde de aquella gran cabalgata, en 1675, el quinto duque de Pastrana aparecerá en su autobiografía avisándole por anticipado de su inminente nombramiento como gobernador de Cádiz. Se trata precisamente del año en que culmina el proceso de engrandecimiento de esta casa, al reunir don Gregorio de Silva y Mendoza conjuntamente en su persona física la condición política de jefe de las casas de Pastrana, Infantado (como noveno duque) y Lerma (como séptimo duque).

Esto es algo que no pasa inadvertido a nuestro personaje, porque la mención de esa confidencia acerca del favor real que le hace el «duque del Pastrana e Infantado» aparece en uno de los momentos más turbios de su biografía (del que el propio don Félix avisa con un inciso que reza: cuidado con esto el lector), relacionado con el rumor que se difundió en la corte tras el ascenso de don Juan José de Austria a la condición de primer ministro, en 1677, según el cual Nieto de Silva habría sido uno de los tres individuos que habían intentado asesinarlo en el Retiro dos años antes, el Día de Todos los Santos, en que el hermano bastardo del rey Carlos II había entrado sublevado en Madrid.

Las páginas en que nuestro caballero pretende demostrar que tal acusación era un infundio son un puro despropósito, ya que la prueba de inocencia —presentada, eso sí, a través de su primo, el marqués de Cerralbo, caballerizo mayor del príncipe bastardo— se basa en las declaraciones de su confesor y en sendas cartas escritas por él mismo a su prima y suegra y al propio confesor —seguramente predatadas— avisándoles de que los días de autos don Félix se hallaba en Extremadura tratando un asunto de verosimilitud y gravedad tan extrema, desde su punto de vista, como las apariciones de su primera mujer a una de sus criadas (apariciones que habrían cesado precisamente el día 2 de noviembre).

Si el nuevo primer ministro quedó persuadido de la coartada o no es algo que desconocemos —aunque Nieto afirma que se le investigó y que salió airoso de la prueba—, pero nuestro hombre quedó ratificado en el puesto de general de Cádiz y allí pudo avanzar en su carrera poniendo en práctica sus habilidades como intendente para resolver satisfactoriamente un episodio de fuerte escasez y carestía de pan. En todo caso, don Juan José de Austria no pudo influir mucho en su carrera, ni para bien ni para mal, pues murió —se supone que envenenado— en septiembre de 1679.(17)

Las buenas artes logísticas de don Félix en Cádiz y, sobre todo, el ascenso del duque de Medinaceli a la condición de primer ministro en febrero de 1680 (junto al nuevo esplendor de la casa de Silva, encabezada por el duque de Pastrana e Infantado) le permitirían medrar en su carrera a partir de entonces sin que ni siquiera tuviera que solicitar cargo alguno. Primero, Medinaceli lo persuade de que acepte el puesto de capitán general de Canarias, no sin considerable resistencia por su parte (porque el ir allí por segunda vez significaba un nuevo «atraso y mucho gasto e incomodidad»),(18) pero el duque se lo pide en calidad «de ser Silva él también», garantizándole que aceptándolo haría de él un gran amigo.

Eso no impidió que, habiéndole prometido estar en Canarias año y medio, luego la estancia pasara de cuatro muy a pesar suyo debido a su buena gestión, tanto en materia logística como de fortificaciones de las islas. A su vuelta en 1685 se lo requiere para resolver una situación crítica como intendente de Sevilla que cumple a satisfacción y finalmente en 1687 alcanza la cima de su carrera siendo nombrado gobernador de Orán con el ampuloso título ya mencionado.

El puesto era una de las prebendas más disputadas por las grandes casas en su pugna por acumular mercedes con que satisfacer y fortalecer sus redes clientelares. Durante el siglo XVI Orán había permanecido casi sistemáticamente en manos de la casa de los Fernández de Córdoba, fundada por el «Gran Capitán», que tuvo un papel destacado en la conquista. En el XVII, en cambio, empezó a producirse la rotación, prevaleciendo durante el régimen de Olivares miembros de las casas amigas (como los Zúñiga, Guzmán o Pimentel).

Con la llegada al gobierno del duque de Medinaceli ya en 1682 había ocupado el puesto Félix José de Silva, conde de Cifuentes y, superadas ciertas vicisitudes habidas en la lucha de preferencias, el cargo recayó en nuestro personaje tras haber fallecido su predecesor en combate al poco de tomar posesión. Si hacemos caso de su autobiografía, el mismo duque de Alba —cuya casa era el polo opuesto de la de los Silva— lo habría evaluado como pretendiente más capacitado, dadas su pericia militar y la situación crítica de la plaza, que caería en poder de los turcos solo dieciocho años más tarde, bajo la gobernación de un descendiente del duque de Lerma.

¿Fue don Félix el CHB de nuestro manuscrito? Muy probablemente no. En cambio, en una anotación fuera de lugar situada en un amplio espacio en blanco al pie de uno de los folios sin ordenar, escrita con tinta y caligrafía diferentes de las de las restantes notas, aparece la siguiente indicación: «Retirar la Virgen chica de la Peña de Francia del muro de la puerta, ponerla a resguardo, meter cordobán y tapiar».

Como sabemos que la devoción a esta Virgen fue llevada a Orán por el propio Nieto de Silva y que una imagen suya de cuerpo entero de 0,82 metros de altura estuvo situada en la primera capilla del lado de la epístola de la iglesia parroquial —según figura en un grabado de Antonio Sabater—,(19) «la Virgen chica» parece referirse a una reproducción a pequeña escala colocada por el propio Nieto de Silva en algún hueco del muro de la puerta, ya existente, ya excavado ex profeso. Con el tiempo, una vez consolidada la nueva devoción, un lugar tan descubierto debió de parecerle inapropiado y el hueco resultar nocivo para la fortificación. Pero ¿por qué había que esconder el cordobán, aprovechando la operación de tapiado? Y, sobre todo, ¿quién había preparado la edición de forma tan esmerada y luego se había vuelto atrás?

No tenemos respuestas para estas interrogantes. Lo que sí sabemos es que Orán era utilizado por la monarquía como presidio abierto y al mismo tiempo como lugar de destierro para los miembros díscolos de la nobleza a quienes se deseaba alejar todo lo posible de la corte manteniéndolos generalmente en el uso de sus riquezas y prerrogativas.(20) El cargo estaba bien remunerado y los emolumentos aumentaban con la «joya» del botín de las «cabalgadas» con que se castigaba a los aduares moros rebeldes.

La alta jerarquía incorporada al puesto de gobernador se sintetizó en el dicho «rey en Castilla o alcaide en Berbería». Además, el gobernador venía a ser una especie de jefe de espionaje de la red de informadores con que contaba la monarquía por todo el norte de África y reunía en torno a sí a buena parte de su red clientelar y familiar, actuando al modo de pequeño rey de una «corte chica» en la que familias enteras de la nobleza pasaban su «exilio de sangre y calidad» tratando de llevar una vida de ostentación y lujo equivalente a la de la Península, en períodos que solían oscilar entre seis y diez años durante los cuales los transterrados trataban de encontrar una ocupación honorable acorde con su posición social.(21)

No sorprende por ello la pugna entre las grandes casas y los máximos gobernantes de la monarquía por retener el puesto de gobernador en manos de los principales hombres de armas de su propio linaje. Juan Francisco de la Cerda, duque de Medinaceli, no fue una excepción, actuando como él mismo dijo en su calidad de Silva (por mucho que don Félix se considerase más bien ya un Cardona, «por la casa del conde de Elda», su abuelo materno, en la que seguramente se encontraba mejor posicionado, aunque su flaco sentido de pertenencia no le impidiera olvidarlo siempre que resultaba conveniente para medrar).

La experiencia secular en la rueda de la fortuna y de los altibajos en disfrutar de los favores del rey (o de las reinas, que en tiempos de Carlos II importaban tanto o más que el rey) aconsejaba a los jefes de las casas tener siempre presente la eventualidad de caer en desgracia para buscar refugio, tanto en lo que les concernía a ellos mismos como a la tupida malla de familiares y protegidos de su casa.

Tras disfrutar del poder durante los mandatos de don Juan José de Austria, su aliado, y el suyo propio, el turno se le volvió en contra a Medinaceli en 1685. Como era habitual, a la caída del gobierno se le obligó a recluirse en su señorío de Cogolludo, siendo sustituido en el ministerio por el conde de Oropesa, su adversario político, perteneciente al linaje de los Álvarez de Toledo, patroneado por la casa de Alba.

Sin embargo la candidatura de Nieto de Silva para Orán prosperaría a trancas y barrancas algo más tarde (debido a la coyuntura bélica), lo que debió de suponer un alivio para las casas asociadas a la de Medinaceli, alguno de cuyos miembros más activos y señalados acabaría sin la menor duda en Orán, máxime teniendo en cuenta que los tres últimos lustros del siglo presenciarían una lucha sin cuartel entre las grandes casas nobiliarias que trataron de influir en la sucesión de una dinastía de cuyo último titular ya no se esperaba descendencia.

Las referencias de sus anotaciones sugieren descaradamente que CHB fue un Silva, desterrado probablemente a Orán en el período comprendido entre los mandatos del conde de Cifuentes y del marqués de Tenebrón, acogido en cierto modo a la protección de este. Es lógico pensar que se tratase de un descendiente directo del conde de Salinas, supuesto albacea de Cervantes como hijo predilecto de la princesa de Éboli, pero no puede descartarse que lo fuera de alguna otra rama, incluida la principal, de los duques de Pastrana descendientes del primogénito Rodrigo, ya que, con independencia de las posiciones adoptadas individualmente por el primer heredero del mayorazgo, la sucesión comportaba la obligación moral, política y social de preservar y enaltecer el nombre y la obra de sus fundadores, en lo que les iba la reputación y la jefatura de toda su red clientelar, por lo que los sucesivos titulares bien pudieron asumirla como cosa propia olvidando el enfrentamiento entre la Princesa y su atravesado primogénito, el II duque de Pastrana.

Motivos sobrados para ello ya hubo durante el régimen de Lerma cuando la casa principal de los Silva se benefició de la reputación opositora establecida previamente por la Princesa y del relevante papel político desempeñado por el conde de Salinas y por su hermano Ruy, mayordomo mayor de Felipe III, quien creó para él el marquesado de la Eliseda. Pero tal propósito pudo madurar especialmente a lo largo del aciago régimen del conde-duque, durante el cual la casa quedó postergada y vinieron a materializarse los más lúgubres presentimientos contenidos en las declaraciones de doña Ana, recogidas por Cervantes.

La preparación de la edición del manuscrito que el lector tiene ahora en sus manos constituiría pues, entre otras cosas, una de las iniciativas más señaladas de cuantas se tomaron en España esos años para tratar de influir sobre el futuro de la monarquía. Las anotaciones recogidas en el margen por CHB no dejan lugar a dudas acerca de su voluntad de reivindicar el diseño de la política de prosperidad para España y Europa que realizara en su día el fundador de la casa, Ruy Gómez de Silva (sugerido en cierto modo por el emperador, apoyado por su hija Juana y acorde con la mejor doctrina jurídica española, establecida inequívocamente por la escuela de Salamanca siguiendo a Francisco de Vitoria).

Pero la articulación práctica de toda esa estrategia correspondió hacerla a su viuda en condiciones harto precarias y casi heroicas, enfrentándose a Felipe II y tratando de cercar a la casa de Austria con determinación benemérita y voluntad de dejar huella perdurable, sobreponiéndose a las vejaciones que sufrió en vida y a las múltiples vicisitudes del siglo siguiente, y solo terminó por hacerse realidad parcial a comienzos del siglo XVIII con la entronización de la dinastía Borbón, aunque sin verse acompañada enteramente por el cambio de régimen que ella postulara.

Lástima que el primer intento de regeneración, llevado a cabo por el duque de Lerma, terminara en fracaso. En los primeros trescientos folios del manuscrito ahora editados, todavía no disponemos del testimonio directo de Cervantes acerca de esa ventana de luz que se abrió con el arranque del nuevo siglo. Pero las anotaciones al respecto, anticipadas por el narrador al comentar los vaticinios que Cervantes pone en boca de la Princesa —anotaciones que en este caso llevan la impronta indudable del propio conde de Salinas una vez caído en desgracia—, reflejan la pervivencia de la doctrina de sus padres como ideología de resistencia de la oposición aristocrática durante el primer decenio del régimen de Olivares.

De haber tenido éxito, mucha sangre se habría ahorrado en Europa y, con toda probabilidad, se habría evitado la enorme pérdida de hombres, recursos y energía creativa que supuso para España la guerra de los Treinta años. El propio pintor del rey y aposentador mayor de palacio, Diego de Silva Velázquez (oriundo también de la rama portuguesa de la casa Silva), dejó constancia del juicio que le merecían los espantos de la guerra de Flandes pintando al capitán general y caballero del Toisón Ambrosio Spínola —quien, ya casi arruinado por su entrega a la causa de la monarquía, había sido el verdadero patrocinador de la tregua con los holandeses en 1609, tras su victoria sobre Ostende cinco años antes, en cuya toma había sacrificado a más de cien mil hombres— abalanzándose materialmente de su caballo con el fin de evitar que su oponente, Justino de Nassau, llegase a arrodillarse para entregarle las llaves de la rendición de Breda en 1625. De Spínola fue el gesto de magnanimidad; de Velázquez pintar al caballo del marqués tratando de recuperar el equilibrio, levantando la pata derecha tras el salto precipitado de su jinete por el lado opuesto, dejando constancia para la historia de que los mismos guerreros reprobaban la política «abstracta y dogmática» de Madrid.(22)

A consecuencia de todo ello, tras verse esquilmada por los «siniestros pajarracos atraídos por la descomposición cadavérica del imperio español»(23) —epígonos de la casa imperial de Viena y de sus ramas colaterales—, durante el reinado de Carlos II el país quedaría exhausto viéndose obligado a subordinar su acción internacional durante el siglo XVIII a las conveniencias e intereses de la dinastía gobernante en Francia, que resultó ser la seleccionada en la lucha darwinista por la supervivencia entre las casas reinantes que protagonizaron la política continental europea durante la Edad Moderna.(24)

Sabemos por nuestro manuscrito que doña Ana de Mendoza quedó prendada del encanto que irradiaba la personalidad de la reina Isabel de Valois. El estrecho contacto con ella le hizo comprender que existía en el reino vecino una corte abierta y distendida, y una forma de vida menos rigorista y mucho más amena que la de la corte de Madrid. Además, Isabel había recibido de su madre el legado cultural de los Médici y las costumbres florentinas hicieron las delicias de las Princesas de Éboli y de Portugal. A la muerte de Isabel, el nuevo emparentamiento incestuoso de Felipe con su prima Anna no solo le resultó insoportable, sino que la persuadió de que por falta de renovación con sangre fresca la dinastía de los Austrias españoles iba a acabar extinguiéndose, por lo que impulsó una estrategia para terminar con ella a largo plazo.

Pero todo esto es pura digresión de nuestro argumento principal. Volviendo al mismo, las razones que tuviera Nieto de Silva para emparedar el cartapacio recubierto de cordobanes y atado con balduque se nos escapan. Aun así, por muy altanero y buscador de pendencias que hubiera sido el gobernador de Orán, era por sobre todo un disciplinado hombre de armas y un devoto adorador de Nuestra Señora de la Peña de Francia. Su invocación preferida («bendita sea la Virgen de la Peña de Francia y su misericordia infinita») se repite hasta cincuenta veces en las poco más de doscientas páginas que ocupan sus memorias.

Nada más lejos, pues, del carácter de este hombre que inmiscuirse en la definición filosófica de las políticas de la monarquía. Entre los folios desordenados que todavía no estamos en disposición de publicar aparecen dos hojas que constituyen a todas luces un injerto completamente heterogéneo, ya que no conservan huella de haber estado cosidas al resto del cartapacio, van encabezadas por una palabra (اختبار) que en árabe significa «prueba» y están escritas en caracteres árabes pero no son otra cosa que la transcripción al morisco aljamiado de los dos primeros pliegos del manuscrito. El aljamiado no era árabe sino el castellano escrito en grafía árabe que se practicaba habitualmente entre los moriscos españoles para evitar ser descubiertos por la Inquisición, por lo que Felipe II lo prohibió. Cervantes decidió transgredir en forma imaginaria semejante prohibición, empleando el aljamiado como ficción narrativa interpuesta entre el narrador final y Cide Hamete Benengeli, quien habría escrito en esa lengua morisca el original del Quijote desde el capítulo IX en adelante, ocurriendo ambas cosas supuestamente antes de aquella prohibición. De este modo, al transcribir a la grafía castellana aquella «fantasía de morisco», el «verdadero» autor del Quijote demostraba su voluntad de cooperación voluntaria con los vigilantes de la ortodoxia.

Cabe hacer la suposición de que el pretendido editor de nuestro manuscrito, CHB, tratase de invertir la estrategia narrativa de Cervantes haciendo transcribir el manuscrito original castellano al morisco aljamiado, bien a iniciativa propia, para dar a todo ello un carácter más verosímil como obra de morisco, bien siguiendo la recomendación del autor original, en caso de que fuera Cervantes, o de su primer albacea, que aquí venimos suponiendo fue el conde de Salinas (muy especialmente porque en la nota relativa a la publicación de la obra de Francisco Suárez en Coimbra, siendo Salinas presidente del Consejo de Portugal, CHB emplea el adverbio «precisamente» y agrega que el libro tendría después amplia repercusión en ese país, refiriéndose probablemente a su etapa como virrey).

El plan bien pudo consistir en hacer circular por Orán una o más copias del texto vertido al morisco aljamiado, alguna de las cuales con toda seguridad habría caído en manos de la red de espías que informaban al gobernador, quien se habría apresurado a remitirla al Consejo de Guerra de Madrid acompañada de una versión castellana, sin haber tenido él mismo la más mínima participación en toda la operación. Paralelamente, quien estuviese detrás del acrónimo CHB podría haberse encargado de hacer llegar y difundir por Madrid (si es que no se encontraba ya allí) la transcripción del texto al castellano, o sea, el original.

El hecho de que el material pretendidamente original (o sea, el trampantojo) proviniese de una familia de moriscos expulsados a Orán habría librado a los súbditos de «su majestad católica» de cualquier responsabilidad en todo este proceso, cuya finalidad habría sido proporcionar a las casas nobiliarias opuestas al partido austracista un ideario y una argumentación política trascendentales para el éxito de la operación de recambio de la dinastía, con repercusión probablemente muy amplificada por la gran popularidad de que ya gozaba el Quijote en la España de entonces, «en que era casi tan familiar como el Romancero para el hombre de la calle».(25)

Aparentemente, algo no salió con arreglo a lo planeado. Una explicación verosímil sería esta: una vez ultimado el texto, con sus correspondientes anotaciones, el verdadero CHB debió de haberlo dado a un morisco de toda confianza para que lo transcribiese al aljamiado, sin tener tiempo después para supervisar el proceso. Esto último pudo ocurrir por haber cumplido su sentencia de expatriación y poder volver a España o por haber sido revocada la sentencia y ordenada su vuelta inmediata en el torbellino de rotaciones sucesivas en la influencia política de los grandes linajes que se produjo en aquella época. En esas circunstancias nuestro anotador pudo pensar que el gobernador de Orán, siendo él mismo un Silva como el propio CHB, podría encargarse de continuar supervisando la operación.

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Escritorio y equipo escolar similar al que debió de emplearse para transcribir el manuscrito de Orán. La reproducción se conserva en la madraza Ali Ben Youssef, de Marrakech, terminada de construir en 1565.

Sin embargo, a la vista del carácter de don Félix esta hipótesis resulta poco plausible. No lo sería tanto si CHB, una vez puesta en marcha la operación, se hubiera visto sorprendido por la muerte, pues en tal eventualidad el traductor morisco encargado de la transcripción probablemente se habría puesto en contacto con los familiares del difunto, tratando de que alguien confirmase el encargo y se hiciera cargo de los emolumentos previamente acordados. Si, como era habitual en estos casos, el resto de la familia del fallecido que lo acompañaba en Orán había vuelto a España, el candidato obvio para recibir esta petición habría sido Nieto de Silva como miembro más destacado de su mismo linaje.

De haber sucedido así, la sorpresa y el susto que se habría llevado don Félix resultan fácilmente descriptibles. No hay más que hojear los primeros pliegos del texto que ahora presentamos para concluir que su contenido resultaba absolutamente subversivo en la España de finales del siglo XVII: de hecho, algunas de esas ideas acerca de nuestro propio pasado lo son todavía hoy para muchos historiadores, académicos y españoles biempensantes, que suelen atribuir a una ignota confabulación foránea («la leyenda negra») la más mínima puesta en cuestión del papel representado por la monarquía de España y por cada uno de sus titulares (sobre todo, los llamados «Austrias mayores») en la historia moderna, que seguramente en algunos casos no fue ni más ni menos execrable que el descrito para la corte de su propio país en las tragedias históricas escritas por los grandes dramaturgos ingleses de finales del siglo XVI (trasladadas al contexto español por uno de ellos en estilo figurado a través de la obra The Spanish Tragedy). Como observó Díez del Corral, otra cosa habría sucedido si los monarcas del siglo XVII hubieran leído a Tommaso Campanella.(26)

Pero don Félix Nieto de Silva no podía transigir con semejante manifiesto ni con el procedimiento urdido por sus parientes para hacer circular el manuscrito. Lo primero que debió de pasársele por la cabeza fue destruirlo todo y tomar las medidas adecuadas para que el traductor no dijese nada a nadie (ejecutándolo incluso, si no había otro medio de silenciarlo). Sin embargo, el sentido de fidelidad a su linaje pudo resultar más poderoso que el inicial ataque de pánico.

Además, nadie podía descartar en ese momento que un giro ulterior de la fortuna política derribase a Oropesa y repusiera en el gobierno al duque de Medinaceli o a alguna de sus «hechuras», como el propio duque de Pastrana e Infantado que por entonces seguía siendo sumiller de corps del monarca, aunque acabaría falleciendo de tercianas en el año 1693 (eso sí, declarando en su lecho de muerte no dejar a deber un solo maravedí,(27) mientras su abuelo había tenido que soportar concurso de acreedores al cesar como embajador en Roma en 1626, bajo el régimen del conde-duque:(28) tales eran las consecuencias de disfrutar o no del favor real).

De modo que lo más prudente podía ser interrumpir el proceso a la espera de acontecimientos ulteriores, esconder el manuscrito y cerciorarse de que nadie más que él pudiera recuperarlo en caso de necesidad. La ocasión se habría presentado con ocasión de una de las actuaciones de mantenimiento de las obras de fortificación de la alcazaba, ya que la hornacina excavada al lado de la puerta hacía que el muro resultase vulnerable en ese punto y la exhibición pública de la imagen chica de la Virgen de la Peña de Francia ya no tenía sentido una vez entronizada la imagen de gran tamaño en la iglesia parroquial. Además, la bien conocida devoción que profesaba a esa Virgen justificaba que la ceremonia de retirarla del muro y de iniciar la operación de tapiado fuera protagonizada por el propio gobernador (acompañado probablemente por el vicario eclesiástico), quien se reservaría el derecho de sustituir la imagen por un supuesto documento conmemorativo encuadernado en un suntuoso cartapacio de cordobán.

No puede descartarse que el disgusto y la ansiedad que todo ello le produjo disminuyese sus defensas hasta el punto de hacerlo presa fácil de las «calenturas sincopales» de que falleció, diagnóstico que según la descripción de Avicena engloba un amplio espectro de enfermedades agudas o inflamatorias (desde la pleuresía a la inflamación del hígado) sin etiología aparente, pero que solían resultar funestas.(29) De ser así, Nieto de Silva debió de pasar los últimos meses de su vida atenazado entre la compulsión que le impelía a cumplir su deber como gobernador y jefe de la red de espionaje de la monarquía y la obligación moral de lealtad hacia su linaje, recubiertas una y otra por el cálculo de probabilidades acerca de la futura titularidad del poder de la que dependía su propia carrera de honores que tanto le preocupaba. Prevaleció el pánico a asumir cualquier clase de riesgos. Su muerte le impidió discernir si la decisión había sido acertada o errónea. Es dudoso evaluar si una opción alternativa habría tenido relevancia histórica. Lo que sí puede afirmarse es que al obrar como lo hizo contribuyó a preservar un documento de gran importancia histórica y literaria que solo ahora llega a conocimiento del lector.

Nadie garantiza que de haber obrado de otro modo el manuscrito hubiera podido ver la luz, ya que en los tiempos procelosos del derrumbe de la dinastía austracista la destrucción periódica masiva de documentos llegó a ser una práctica habitual: Ortiz y Sanz, por ejemplo, informa de que en el incendio (¿fortuito?) de la biblioteca de El Escorial de 7 de junio de 1671 se quemaron muchísimos manuscritos en todos los idiomas.(30) Pero, como dice el refrán, no hay mal que por bien no venga y por causa del bien que proviene de aquel mal tiene hoy el editor el placer de hacer partícipe al lector de esta obra.

Cabría, sin embargo, dar una última vuelta de tuerca al argumento de Orán. Cervantes conocía bien la plaza por haber actuado como mensajero de espías desde la corte de Lisboa cuando al regreso de su cautiverio de Argel todavía confiaba en conseguir un puesto oficial. En los últimos años de su vida bien pudo urdir una superchería, utilizando el modelo de los libros plúmbeos que tan buenos resultados imaginarios le había dado en Don Quijote para hacernos llegar su legado intelectual, asociado en parte a los príncipes de Éboli.

Si así fuera, no resultaría estrafalario suponer que Nieto de Silva hubiera actuado de común acuerdo con CHB ayudando a ocultar un cordobán de cuyo contenido ni siquiera tendría que haber estado bien informado, ya que la simple sugerencia de que la estratagema, ideada en realidad por Cervantes, provenía de los fundadores de la casa Silva habría bastado para hacerle cooperar de buen grado en la operación. Tal cosa haría todavía más plausible la voluntad de cooperación de don Félix, ya que la simple mención de Cervantes le habría producido un profundo desagrado, por el escarnio y la injusticia que se hace en las primeras líneas del Quijote de la obra de Feliciano de Silva, antepasado suyo y antiguo regidor de Ciudad Rodrigo, como su padre, cuyas novelas de caballerías y pastoriles y su segunda parte de La Celestina eran lectura obligada de juventud para todos los vástagos de esa rama de los Silva, que reverenciaban a Feliciano como el mejor escritor en lengua castellana.(31)

Es más, bajo este supuesto, CHB ni siquiera tendría que haberse encontrado en Orán, ya que habría bastado un encargo realizado a modo de convolutum por alguien con autoridad suficiente dentro de la Casa (el duque de Medinaceli o el de Pastrana e Infantado, por ejemplo), para que el marqués de Tenebrón lo hubiese asumido como deber de linaje. De ser así, ¿pensaron los Silva reservarse la posibilidad de hacer reaparecer «casualmente» el cartapacio a su debido tiempo, para hacerlo valer en la carrera de méritos tras la sucesión de la dinastía austracista en la que estaban firmemente comprometidos, imitando así la estrategia de los moriscos con los libros plúmbeos? ¿Fue la muerte relativamente prematura de don Félix, o incluso la pérdida de Orán en 1708, la que frustró tales propósitos?

Finalmente, de aceptarse esta última hipótesis bien podría haber sido el propio autor del Quijote quien encargase que el documento fuera emparedado allí de una u otra forma, sin plazo de tiempo predeterminado para su reaparición, dejando a la fortuna la decisión del momento en que habría de ver la luz, conocedor de que el tiempo para que su mensaje y el de la doctrina Éboli pudieran ser recogidos con provecho todavía no había llegado y de que tardaría mucho en hacerlo. La fortuna quiso actuar a través del terremoto de 2008. Cabe preguntarse si los procelosos tiempos que corren proporcionan ya terreno fértil para la germinación de aquellas doctrinas en el cuarto centenario de la redacción del manuscrito original —y en el quinto del nacimiento del príncipe de Éboli—, cuando el editor firma este prefacio.(32)

 

Álvaro Espina, Madrid, 23 de abril de 2016.

Nota de estilo

 

 

 

El editor ha vertido todos los textos al español actual, especialmente la ortografía, preservando en lo posible la estructura sintáctica y el tono implícito en la redacción original aunque asumiendo plena responsabilidad sobre la transcripción y el estilo (salvando algunas expresiones del siglo que el editor considera más acertadas que las actuales). En todo caso, para evitar anacronismos se ha procurado emplear solo en el texto principal y las notas de CHB términos y expresiones que ya figuraban en el Diccionario de autoridades (publicado entre 1726 y 1770). Asimismo, al convertirlas en notas a pie de página se han numerado las anotaciones al margen. Cabe señalar que en la versión del cartapacio de Orán estas anotaciones, aunque tengan igual caligrafía e idéntica tinta, presentan considerables variaciones de estilo. Además, no todas ellas parecen escritas en la misma época ya que los hechos a los que se refieren son de fechas distintas pero están siempre redactadas en tiempo presente. Eso hace pensar que podrían provenir de distintos autores y momentos y haber estado intercaladas entre los pliegos del libro, siendo copiadas sobre el manuscrito original por CHB al tiempo de preparar la edición final. Cuando a los hechos a los que hace referencia la anotación puede asignársele de forma inequívoca una fecha concreta, esta se ha incorporado a la nota al pie, agregando alguna breve indicación si se ha considerado necesario, poniéndolo todo ello entre corchetes. Finalmente, el editor ha incorporado un buen número de notas finales que ratifican o contextualizan el relato del texto con datos historiográficos difícilmente contestables, como se hace en las notas al pie de este Prefacio. Todo lo no documentado es cosa bien conocida y escasamente controvertida.

 

 

 

 

MADRID, 1566. UN DÍA MEMORABLE

EN LA VIDA DE MIGUEL DE CERVANTES

 

LIBRO

 

1

1. Celebrando la llegada a Madrid: reencuentro con el padre Jerónimo Nadal

 

 

 

El miércoles 31 de julio de 1566 es un día singular en la vida de Miguel de Cervantes. Hace poco que la familia se ha trasladado desde Alcalá y todos ellos asisten a la misa de réquiem por el décimo aniversario de la muerte de Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús, en cuyo colegio de Alcalá ha estudiado Miguel. Los Cervantes están de duelo reciente por la muerte de la abuela doña Elvira de Cortinas y dan gracias también por el buen fin de su instalación en Madrid y por la vuelta de Rodrigo, el padre, desde Sevilla tras escapar a duras penas de la prisión por deudas y del embargo de bienes. En la vista ante el juez alegó que estos no eran suyos sino de su hija Andrea, quien le daba alojamiento en Sevilla y acababa de dar a luz a la primera sobrinita de Miguel, Constanza de Ovando. Como el padre de la niña se había trasladado a Madrid algo antes, la madre y la hija se mudaron también con Rodrigo a Alcalá y ahora a Madrid. Celebrarlo todo con una misa de réquiem resulta tan contradictorio como sus propias vidas, pero el acontecimiento lo merece: vuelven a estar unidos después de años de separación, o de verse a las veces, y quieren dar gracias públicamente por ello vestidos con sus mejores galas.

Aunque la misa es rezada y se celebra en la iglesia de Santa María de la Almudena, que resulta bastante sobria, los oficiantes dan al acto la mayor solemnidad. El celebrante es el padre Jerónimo Nadal, mallorquín del grupo de fundadores de la Compañía que fue vicario general en 1554. Él escribió el programa de estudios del colegio Complutense de Alcalá fundado un año antes de nacer Miguel, en recuerdo de la persecución del obispo, que había metido a Ignacio en la cárcel en el año 1527, el mismo en que nació el rey Felipe.

Hace cinco años Nadal visitó los colegios de España como comisario de Laínez. Por razones de Estado y probablemente por las intrigas de Antonio de Araoz, provincial de Castilla, el príncipe de Éboli no le permitió visitar Aragón ni Andalucía y tuvo que quedarse unas semanas viviendo en Alcalá, girando la visita al reino de Toledo en la que lo acompañó el padre Gil González Dávila, rector y profesor del colegio Complutense. Así es como Miguel conoció a este santo varón, a quien considera un hombre ejemplar, recto y sin doblez; humanitario como pocos, magnánimo y al mismo tiempo exigente hasta el extremo consigo mismo y con los estudiantes, a quienes inculca la misma curiosidad universal por las obras de Dios y de los hombres que rige su propia vida. Le gustan mucho los grabados y lleva siempre consigo algunos, estampados en Flandes o en Italia, con los que da amenidad a todo lo que dice actuando como si la vida consistiese simplemente en seguir los evangelios —aunque vivir no sea solo eso, piensa Miguel.

Con motivo de su estancia en el colegio Complutense, Nadal dirigió unos ejercicios espirituales que al joven Cervantes le resultaron agotadores. El jesuita exigía que el ejercitante hurgase en su interior para encontrarse consigo mismo y escrutase su conciencia hasta el último recoveco para descifrar el signo de la voluntad de Dios en nuestra vida y obedecerla.[1] Al terminar, Miguel se encontró exhausto, aunque fortalecido, reafirmado e identificado con su propia personalidad.

«¡Ya sé quién soy!», casi gritó al llegar a casa, sin que su familia entendiese a qué se refería. Era solo una intuición pero en aquel momento, a los catorce años, sabía que tenía proyectos que le pertenecían a él en exclusiva y los otros no podían compartir.

Porque Nadal le había contagiado una voluntad inagotable de hacer cosas para sí y para alcanzar el reconocimiento de los demás. Era la misma ambición que distinguía a los compañeros de Ignacio. Esto se había perdido después porque la entrega que exigía el fundador requiere humanidad, que es la única manera de arrastrar a los demás a buscar la perfección. En cambio los jesuitas más jóvenes tratan ahora esos asuntos con frialdad, como si la perfección fuese cosa de cálculo. Nadal no es así; es un humanista; «no nos salvamos en solitario, sino en grupo», suele decir, poniendo como ejemplo a la media docena de compañeros que hicieron junto a Ignacio los votos de pobreza y castidad en la capilla de Montmartre de París el día de la Asunción de 1534, fundando la Compañía de Jesús.

En una de sus charlas Nadal les contó que, atraído por la extraordinaria aventura del «Peregrino», se había unido a ellos en el colegio de Santa Bárbara, de la calle de Reims, con Pierre Lefèvre y Francisco de Azpilicueta de Xavier —incorporándose poco más tarde Simón Rodríguez de Azevedo, Laínez, Salmerón y Bobadilla—. Su ascendiente lo persuadió de que la vocación espiritual ha de realizarse en comunidad y que la mejor compañía eran aquellos hombres heroicos a quienes se habían unido también Claude Jay y Pasquier Bouet. Aunque el grupo inicial de diez fundadores había hecho el voto de peregrinar a Tierra Santa, la guerra contra el turco se lo impidió y tuvieron que renunciar a hacerlo en Venecia, pero allí Nadal encontró a los teatinos y convenció a los demás para que trocaran su voto de peregrinos por el de educadores de la juventud a las órdenes del papa, a lo que todos accedieron dándole a él el encargo de organizar los estudios.[2]

Al término de aquellos ejercicios Miguel, que acababa de volver al colegio tras regresar con su madre y hermanos de la estancia en Córdoba, tuvo la sensación de haber sido armado caballero andante de una causa superior, del mismo modo que le había ocurrido a Ignacio al velar sus armas en Montserrat en el año 1522. Él también experimentó aquella misma ansiedad por discurrir y acometer cosas buenas y novedosas y por imitarle en proponerse siempre a sí mismo cosas dificultosas y graves porque simplemente con proponérselo «parece uno hallar en sí mismo la facilidad para ponerlas en obra», como decía Ignacio. ¡Por fin, tenía un proyecto para su vida! Todo eso se lo debe Miguel a la huella que ha dejado en él el padre Nadal, que afirma ser también un caballero andante. Aunque no lo ha vuelto a ver desde entonces sigue considerándolo su padre espiritual.

En la misa de difuntos de este 31 de julio hace de ministro ayudante y va a decir el sermón el dominico Luis de Granada, confesor de la reina Catalina de Portugal, hermana del emperador, que ha venido expresamente desde Évora, en donde reside desde hace años.

El padre Nadal comienza la misa en un tono de unción conmovedor resaltado por el color negro de la casulla con sus cenefas doradas, al mismo tiempo que hace la señal de la cruz en el aire mirando al misal:

—In nomine Patris, et Filii et Spiritus Sancti. Introibo ad altare Dei[3] —dice Nadal desde el pie del altar.

—Ad Deum qui laetificat iuventutem meam[4] —replica Luis detrás de él, a su derecha, en actitud ritual.

Granada es un predicador afamado, discípulo del beatífico Juan de Ávila y gran amigo del obispo Carranza, cuyo encarcelamiento tuvo que presenciar en 1558, con grave sentimiento de culpa, en Valladolid, adonde acudió para defenderlo de la persecución que había emprendido contra él Fernando Valdés. Para su vergüenza el temido inquisidor había recibido asistencia teológica para hacerlo de la nueva generación que gobernaba a los dominicos encabezada por Melchor Cano, sucesor de Vitoria en la cátedra de Prima de la Universidad de Salamanca. Carranza y todos sus seguidores y afines habían sido acusados de erasmistas e iluminados sin que se supiera muy bien cuáles eran sus errores, pero Luis de Granada tuvo mejor suerte que los otros y pudo evitar la cárcel.

—Adjutorium nostrum in nomine domini —formula su jaculatoria el oficiante.

—Qui fecit caelum et terram —replica el predicador.

Probablemente en previsión de los tiempos que se avecinaban, sus amigos de la orden le habían hecho abandonar España y elegido provincial de Portugal dos años antes, manteniéndolo a salvo en ese cargo protegido por la reina de allí. Cuando hace cinco años renunció a la reelección para dedicarse a sus libros y sermones, la defensa de sus doctrinas ya estaba muy avanzada en Roma y el Concilio de Trento acabó declarando sus obras limpias de toda sospecha de herejía. Desde ese momento el dominico se ha visto encumbrado a la condición de predicador por antonomasia, el más apreciado de su orden y muy especialmente en Portugal, por lo que el rey Felipe trata de ganarlo para su causa en la difícil aventura de la sucesión de su sobrino, el rey Sebastián. Don Juan López de Hoyos piensa que aquella persecución y esa nueva condición han hecho mella en el dominico.

En otro tiempo Luis había sostenido correspondencia con Ignacio y manifestado su intención de ingresar en la Compañía. Además, siendo todavía provincial de Portugal, acogió en Évora a Francisco de Borja, seguidor como él de Juan de Ávila, cuando los inquisidores iniciaron su campaña contra esta religión y lo acusaron de hereje y adúltero. El padre Nadal tuvo que venir a enmendar estos entuertos desde Roma empleando toda su influencia para que retirasen la acusación reconociendo solo errores en la información que se les había proporcionado, de modo que la Inquisición no tuviera necesidad de mudar de doctrina. Por todo ello Granada parecía un predicador idóneo para la misa de conmemoración y así lo había hecho saber la Corona, con la que a la Compañía le convenía estar a bien, aunque los padres de aquí habían propuesto a Baltasar Álvarez, que era el predicador más aventajado entre ellos, además de uno de sus mejores confesores. No sin ciertas dudas, Nadal prefirió aceptar la sugerencia del rey porque en ese momento todavía no conocía bien la posición en la que se estaba situando el dominico, por mucho que los padres de Portugal le hubieran dicho que, tras años de resistir la obcecación de Cano, Granada se estaba volviendo en contra de los jesuitas buscando diferencias doctrinales entre ellos y santo Tomás, quizás para desviar las acusaciones del inquisidor, quien todavía no hace mucho lo consideraba a él tan alumbrado como a ellos por recomendar la oración de la quietud y el recogimiento.

—Confiteor Deo omnipotenti… orare pro me ad Deum nostrum —enuncia el padre Nadal, introduciendo el Yo pecador.

—Misereatur tui omnipotens Deus, et dimissis peccatis tuis, perducat te ad vitam aeternam —contesta el ayudante.

Tras el Amen del oficiante todos los asistentes rezan el Confiteor y al final del mismo reciben la absolución colectiva pidiendo Nadal a Dios en latín que perdone sus pecados y los lleve a la vida eterna.

Luis cultiva una oratoria de estilo ciceroniano muy vistosa de la que se le considera maestro. Con ella trata de conmover al oyente contemplando los hechos de Jesucristo, recreándose en los sufrimientos de la pasión para provocar compasión, agradecimiento y la rendición del alma ante el Señor. Miguel tiene para sí que el fin de estos sermones consiste en producir sentimientos de culpabilidad, de pecado y de anonadamiento en el oyente. Esto es algo muy apreciado desde Trento, pero al joven Cervantes le deja completamente indiferente. En el Memorial de la vida cristiana, publicado el año pasado, Granada dice que por el pecado original el cuerpo humano quedó estragado y corrupto, «desde la planta del pie hasta la cabeza, de modo que el hombre solo no es capaz de regenerarse y la gracia divina es la única que puede rescatarlo».

Miguel piensa que con la repetición en sus sermones de esa y otras frases igualmente afectadas lo que busca en realidad el predicador es provocar en quien le escucha una receptividad y un desvalimiento absolutos y una disponibilidad total para asumir con la mayor obediencia y resignación la verdad y la disciplina dictadas por la Iglesia católica, que no son siempre las que mejor se acomodan al hombre. Aunque en un tiempo todavía cercano Luis profesara una doctrina más gallarda, próxima a la de los primeros jesuitas, tal como se la habían explicado a Miguel en Alcalá y en Córdoba, el tiempo parece haber dañado la fortaleza espiritual del dominico y la disposición al sometimiento interior no podría encontrarse más alejada de la actitud de caballeros andantes que Ignacio exigió a sus seguidores. Lo que Miguel no acierta a dilucidar es si quienes han cambiado son los otros o si es él quien ahora comprende las cosas de forma distinta.

Los Cervantes ocupan la quinta fila del lado del evangelio. Han ido pronto para situarse en lugar preferente y se han colocado justo detrás de los primeros bancos reservados para las autoridades reales y eclesiásticas, los enviados de las otras órdenes, la representación oficial de los jesuitas, presidida por el padre Juan de Mariana, y algunas personas más, como don Juan López de Hoyos, vicario de la parroquia de San Andrés y capellán mayor de la capilla del obispo de Plasencia, ferviente admirador de Ignacio de Loyola y protector de los jesuitas, a quienes pidió hace ya más de diez años que instalasen en su diócesis uno de los primeros colegios. Como representante de la capellanía del obispo Gutierre de Vargas, Hoyos está en la fila inmediatamente anterior a la de los Cervantes, situada dos bancos por detrás del púlpito, que es el mejor sitio para oír el sermón.

A la izquierda se han colocado los padres, Rodrigo y Leonor. Sobre la camisa, él viste jubón de seda, calzas de paño ligero y ropilla de lino y lleva zapatos con escarpines de lana fina. La madre se cubre con velo y luce saya de seda, loba de lanilla y chinelas de damasco doble, con mucho dibujo. Ambos van de luto riguroso por la abuela. Junto a ellos, con alpargatas, hábito de jerga de lana, toca y velo de lienzo crudo —todo ello austero, aunque muy distinguido, resaltado por su delgadez y hermosura—, está su hermana Luisa, un año mayor que Miguel, que en febrero del año pasado ha hecho los votos en el convento carmelita de la Encarnación de Alcalá, tomando en religión el nombre de madre Luisa de Belén. La priora, María de Jesús, le ha concedido estos días un permiso especial para ayudar a la familia a terminar de instalarse y para asistir en su nombre a la misa de aniversario por Ignacio de Loyola, aunque, al acudir acompañada de su familia, Luisa ha renunciado a su puesto en la bancada reservada a la representación oficial de la orden.

Es Luisa quien ha traído la noticia de la misa funeral a la que se refirió la madre Teresa de Jesús durante la breve visita que acaba de hacer al convento, en la que habló muy bien del fundador de los jesuitas, de quien extrajo la inspiración para hacer su reforma, encareciéndoles acudir al funeral y llevar su saludo al padre Nadal, quien la visitó en Toledo en casa de doña Luisa de la Cerda hace cuatro años dándole su apoyo cuando arreciaban los ataques y más lo necesitaba, y cuya sabiduría le ha servido a ella como orientación para redactar las constituciones de la reforma de las descalzas.

La madre pensaba que el predicador iba a ser el padre Baltasar Álvarez, su confesor durante varios años cuando estaba en el colegio de Ávila, que ahora, siendo rector del colegio de Medina del Campo, la está ayudando a preparar la fundación del monasterio de San José en esa ciudad prevista para el año que viene. De él aprendió la fundadora el método de oración basado en la quietud y el recogimiento que recomienda a sus monjas como hacía Ignacio de Loyola en sus ejercicios espirituales.

El método lo interpretó mejor que nadie el padre Álvarez, y la madre Teresa dice que con él pretende «desterrar la exaltación contemplativa, la compulsión excesiva por la comunión, los excesos en el arrobamiento y los pasmos místicos propios de alumbrados a los que tan dadas son las novicias y las madres más jóvenes, que están muy mal considerados por la Inquisición e inducen a la melancolía». Además de ese método, la madre cuenta para ello con el mandato que no se cansa de repetir de «buscar a Dios entre los pucheros de la cocina o junto al azadón de la huerta a través de la obediencia, por la que dejamos que Dios con su gracia se haga señor del libre albedrío que nos ha dado, coadyuvando a nuestra salvación».[5]

Toda la familia decidió acompañarla. A punto de cumplir diecinueve años, Miguel se ha situado a la derecha de Andrea, la mayor de los hermanos, cuya hijita Constanza ha quedado en casa de la prima Martina, quien les ha encontrado una vivienda de dos plantas para alquilar en la calle de Atocha junto al hospital fundado por Antón Martín y está pasando ahora unos días en Madrid ayudándolos a terminar de arreglar la casa. Andrea va tocada con beatilla, calza servillas y sobre el cos blanco viste gonete verde oscuro y basquiña corta de lanilla marrón por encima de unas faldillas del mismo color aunque algo más claro. Miguel viste camisa blanca, jubón marrón de lienzo fino y sayo de lino sin mangas de color azul oscuro y va calzado con estivales y escarpines de color canela. El cuarto a la derecha de los padres es Rodrigo, que acaba de cumplir dieciséis años y tiene decidido hacerse soldado. Viste como Miguel, pero el jubón es azul oscuro y en lugar de sayo lleva una cuera de algodón de manga corta. Junto a él está Magdalena, que va sin cubrir y con el pelo trenzado, viste corpiño y sayuelo morado y lleva de la mano a Juan, el más pequeño, vestido con camiseta blanca y coleto de grana sin mangas. Menos Luisa, por razón de su estado, todos están ordenados rigurosamente por edades.

—Oremus. Aufer a nobis, quaesumus, Domine, iniquitates nostras: ut ad Sancta sanctorum puris mereamur mentibus introire. Per Christum Dominum nostrum. Amen —implora el oficiante mientras sube las gradas del altar acogiéndose enseguida en su idioma litúrgico a los méritos de los muchos santos cuyas reliquias reposan bajo el altar para que el gran Dios perdone sus pecados y puedan entrar todos ellos con el corazón puro en el tabernáculo de la divinidad, tras lo cual oficiante y fieles repiten por turno riguroso la palinodia del Kyrie eleison-Christe eleison implorando la misericordia de la Santísima Trinidad.

Por mucho que los rezos de la liturgia se dirijan al mismo dios, Miguel no puede dejar de pensar que los dos oficiantes pertenecen ahora a mundos distintos. No puede haber mayor contraste entre las expresiones de uno y otro. Luis aparenta rezar a un dios hierático, frío como el alabastro, situado en una hornacina pintada en grisalla que es objeto de su adoración reverencial. El padre Nadal, en cambio, invoca a un dios de carne y hueso, un ser humano ejemplar que lo acompaña y a quien tiene siempre presente porque se encuentra en su conciencia y a quien considera su amigo.

El propósito de su pedagogía consiste en ayudar a sus alumnos a hacer crecer al observador interior que todo miembro de la comunidad moral cristiana ha de llevar dentro de sí para entrar a formar parte del cuerpo místico de Cristo.[6] Él prefiere esta imagen a la del ángel de la guarda que utilizan los jesuitas más jóvenes. Nadal interpreta que el privilegio especial de pertenecer a esa comunión que les fue dado a los miembros de la Compañía a través de la revelación que Ignacio tuvo en La Storta solo es un vehículo para realizar la gloria de Dios a través de la salvación de todos. Miguel ha participado en esa experiencia y se siente unido a ella pero piensa que el de Granada actúa como si no formara parte de la misma Iglesia, aunque unos años antes hubiera sido perseguido por sostener ideas aparentemente similares a las de Ignacio.

Ese día el padre Nadal está más pálido que de costumbre, tiene ojeras, ofrece un aspecto no tan luminoso como es habitual en él. Parecería que se hubiese visto obligado a participar en la ceremonia a disgusto para cumplir un deber ineludible. Este no puede ser el de la celebración de la misa de aniversario —de la que Nadal ha sido el promotor según le ha oído comentar Luisa a la madre Teresa—, de modo que la contrariedad solo puede provenir de haber dado su consentimiento a que el ministro y predicador de la ceremonia sea el fraile granadino en lugar del padre Álvarez.

En ese momento Miguel no lo sabe pero después de la ceremonia el padre Nadal le contará que Luis de Granada se está volviendo atrás de su pasado y participa activamente aunque a su modo en la conjura de los dominicos contra la Compañía de Jesús. Cuando aceptó que fuera él quien predicase en la misa de aniversario Nadal no sabía que Granada ha llegado a justificar las persecuciones a las que la Inquisición y su orden habían sometido a Ignacio en Alcalá, en Salamanca y en París antes de que el papa Paulo III confirmase la fundación de la Compañía en el año 1540. Bien es verdad que a modo de excusa confesó ante los inquisidores que en aquel tiempo él también sostenía esa misma clase de errores.

Aunque viviera cien años, Nadal no olvidaría aquellas vejaciones. Tampoco las olvidó Ignacio y poco antes de su muerte las rememoró con todo detalle en el relato que le hizo de su vida al padre Gonçalves que todo jesuita había copiado desde entonces en su época de noviciado y recopiado innumerables veces para difundirlo entre sus conocidos y ejercitantes, a quienes recomiendan utilizarlo como guía para fortalecer a su ángel de la guarda. Y como la formación de maestros de ejercicios espirituales se reproduce en cascada, cada tanda de diez ejercitantes se convierte en una nueva camada de maestros, todos ellos copistas a su vez del Relato del Peregrino —que así se ha dado en llamar a las memorias de Loyola y pasan por ser el mejor espejo para rebeldes—, de modo que la obra ha llegado a ser uno de los textos no impresos mejor conocidos en el mundo católico.[7] Como el Directorio y las Anotaciones de los Ejercicios espirituales no están impresos en castellano, esa ha sido la única forma de que los legos accedan a las orientaciones. Por eso la Inquisición anda ahora persiguiendo los manuscritos espirituales tratando de censurar los ejercicios de Ignacio para darles su autorización una vez expurgados. Nadal se opone a ello porque los jesuitas ya disponen de una autorización muy superior, lo que no es obstáculo para que los padres quemen todos sus manuscritos a poco que haya aviso de que los inquisidores pueden venir a registrar sus casas.

Desde el momento en que supo la nueva actitud de Granada sin poder volverse atrás en su elección, la presencia del dominico en la misa funeral constituye para Nadal una especie de traición y hasta una ofensa personal. La estrategia de extirpación de las herejías a sangre y fuego aplicada por los dominicos en Castilla —tan distinta de la predicada por santo Domingo cuando trataba de persuadir con el ejemplo y la caridad a los cátaros y albigenses de Francia e Italia para que volvieran al redil de la Santa Iglesia— no puede ser más contrapuesta a la de Ignacio, quien tenía en bien poco una conversión si esta no provenía del ser íntimo del cristiano. Por el contrario los seguidores de Domingo de Guzmán han transformado su obra en la Suprema Inquisición, una despiadada máquina de asedio y asalto que no guarda ni un ápice del espíritu apostólico del fundador ni de su cordura. Al fundar la Compañía en 1534, tres siglos después de la canonización del dominico, Ignacio hizo comentarios bien explícitos contra la locura y la arbitrariedad inquisitorial que los jóvenes jesuitas repiten a modo de jaculatoria. La chanza más parodiada en las casas de la Compañía consiste en recitar la sentencia del inquisidor Figueroa, de Alcalá, contra los cinco compañeros de Ignacio a los que motejaba de «alumbrados» llegando a prohibirles llevar sayas del mismo color y ordenándoles que se las tiñeran de colores diferentes:

—Ignacio y Artiaga, de negro; Calixto y Cáceres, de leonado; Juanico en cambio puede quedar así porque es mancebo francés —decía uno con voz severa mientras los demás estallaban en carcajadas.

Sin embargo, a los diez años de la muerte de Ignacio su Relato del Peregrino está siendo retirado de la circulación por orden de sus propios sucesores. Eso es algo que Jerónimo Nadal no ha podido aceptar por mucho que se lo ordenen sus superiores de Roma.

Tras resistirse hasta el último momento, ha sido necesario que el general Francisco de Borja, recién elegido, le recuerde su voto especial de obediencia al papa para que Nadal acceda de mala gana y deje de recomendar y de leer en alta voz ostentosamente el Relato, como ha venido haciendo desde que se diera la orden de retirada.

—Requiem aeternam dona eis, Domine[8] —Nadal recita ya el introito de difuntos con una voz que delata ansiedad creciente a medida que se aproxima el momento del sermón, temeroso de lo que vaya a hacer el predicador.

—Et lux perpetua luceat eis[9] —replica Luis mecánicamente mientras medita las palabras con las que ha pensado comenzar su sermón repitiendo para sí una y otra vez que debe ser muy comedido y aprovechar el ascendiente que todavía tiene sobre los jesuitas por haber compartido con ellos una etapa de su peregrinación. En aquel tiempo él todavía no había podido aquilatar el alcance de las ideas novedosas difundidas por Erasmo a modo de ensayo para reformar la vida cristiana. Muchos pensaban, como él o el obispo Carranza, que el recogimiento interior podía servir para corregir las desviaciones en que venían incurriendo los eclesiásticos y para enderezar la vida de la Iglesia.

Pero ahora Granada sabe que, siendo verdad, aquello fue aprovechado por los adversarios de la Iglesia no para reformarla sino para tratar de derribarla y destruir toda la tradición. Desde que lo comprendió, Luis reconoció su error, dio marcha atrás y trata ahora de enmendar el daño que involuntariamente causó a la cristiandad y a su orden. En la primera edición de la Guía de pecadores de hace diez años todavía estas correcciones no eran suficientemente explícitas pero en la que está preparando quedarán muy claras las diferencias entre lo que es admisible para la espiritualidad interior, que los dominicos ya predicaban mucho antes de Erasmo, y aquello que separa al cristiano de la Iglesia y contribuye a la propagación de la herejía. Ese es el ejercicio que Luis ha hecho delante de los inquisidores y que ahora deben hacer también los jesuitas.

Providencialmente Trento ha establecido la verdad de forma inequívoca. Lo que hay que hacer es persuadir a los jesuitas para que hagan lo propio. Pero en su sermón no puede dejarse llevar por la certeza del Concilio y dar por sentado que todos lo interpretan igual. Debe desterrar el aire de victoria: tiene que emplear un tono a la vez firme y piadoso sin permitirse el más mínimo gesto que pueda herir la sensibilidad de los padres y malograr la operación que tanto ha costado organizar.

—Dominus vobiscum.

—Et cum spiritu tuo —responden los asistentes antes de que el oficiante recite las oraciones para que Dios conserve al rey, al papa y a todos los gobernantes terrenales y espirituales…— per omnia saecula saeculorum.

—Amen —dicen todos mientras Nadal se dirige al atril situado a la derecha mirando desde la nave en que se encuentra Miguel y lee la epístola, tras lo cual los asistentes responden—: Deo gratias.

Para los dominicos este es el momento culminante del siglo. Hace dos años en Trento la idea de contrarreforma por la que tanto luchara Ignacio de Loyola quedó derrotada sin paliativos. La contrarreforma de los jesuitas se basa en el apostolado de los colegios y en la «pedagogía del amor», la dulzura, la comprensión y la persuasión para ayudar a mover voluntariamente el ánimo de los herejes, a quienes Dios habría dotado de un albedrío tan libre como el de los católicos. El propio Ignacio lo expresó mejor que nadie en su autobiografía que —a juicio de los dominicos— fue más bien una autodenuncia. La contrarreforma jesuita, escribía Ignacio, consiste en…

 

«… hacerse amigos de los que son cabeza de los herejes, yendo “poco a poco”, con destreza y muestras de amor, dilucidando los puntos dogmáticos controvertidos; impugnando la herejía, pero tratando a las personas con amor, deseo de su bien y compasión más que otra cosa; atrayéndolos a la obediencia de Roma pero evitando ofensas imprudentes que hagan a los católicos ser tenidos por “papistas” y por eso menos creíbles».

 

«¿Dónde queda la verdad en todo esto? ¿Es que puede desearse el bien de alguien olvidando la verdad? —grita para sus adentros Luis—. Por ese blando camino la reforma se ha venido apoderando silenciosamente de las conciencias, a las que el luteranismo ofrece todavía mayor libertad. ¡El dogma no puede razonarse con cualquiera! ¡No existe contradicción entre razón y revelación, pero la razón no se encuentra al alcance de los legos o los incultos, ni conduce necesariamente a verdades firmes e imperecederas! La razón teológica reside en la cátedra santificada por la Sede Apostólica tal como la estableció santo Tomás. La única interpretación válida de las escrituras corresponde a la Iglesia en quien Nuestro Señor Jesucristo depositó las claves para descifrar su revelación. ¡No al libre examen de cada cual! ¡Al cristiano le corresponde obedecer! ¡La verdadera contrarreforma solo se puede hacer imponiendo disciplina porque la verdad revelada es solo una! ¡Y su intérprete, la Iglesia![10] ¡Una también, santa, católica y apostólica! Lástima que la misa de réquiem no tenga Credo y que la misa sea rezada. De haber sido una misa cantada ordinaria, el padre Nadal se habría visto obligado a cantar a pleno pulmón, en gregoriano, et Unaaam…, Sanctaaam…, Catho-licaaam…, et-A-pos-to-li-cam-Ec-cle-si-aaam», sentencia Granada para sus adentros.

«¡Las verdades del credo son las que los dominicos de San Esteban trataron de inculcarle a Ignacio en Salamanca cuando todavía él no era capaz de distinguir entre pecados mortales y veniales! —sigue cavilando el predicador dominico—. Y así pareció confesarlo el propio Ignacio. Pero al final de su vida se desdijo, ¡el muy ladino! arremetiendo de forma intolerable contra quienes trataron de conducirlo hacia la verdad. Si no fuera por los 3500 jesuitas diseminados en 130 casas por el mundo entero ¡habría que haber llevado ante la Santa Inquisición a todos los que se atrevían a difundir su Relato del Peregrino! Pero en esto hay que usar el buen tacto —se contiene Luis— y aplicar a los jesuitas la medicina que ellos mismos recomiendan: mano izquierda en las formas y mano recta y firme en los contenidos. ¡Ese es el sermón que se debe predicar en un día tan señalado como este!».

«Todo ha quedado perfectamente establecido en Trento —rumia Luis, para quien ese es el principal punto de encuentro entre la monarquía y el papado—. Felipe II y el papa Pío IV necesitan reafirmar la autoridad terrena del rey y la espiritual del papa. ¡Así es como el papado y la monarquía católica han sellado una nueva alianza de trono y altar! Todo está en la bula Benedictus Deus et Pater, que aplicó de inmediato los preceptos conciliares, y en la Pragmática del rey que la transcribió, hace ahora dos años. Desde ese momento ya no puede haber dudas».

Al rematar así su discurso mental, el predicador lamenta no poder expresar todas estas conclusiones a voz en grito desde el púlpito. «Por mucho que Diego Laínez haya tratado de endulzar su derrota, haciéndose el campeón de la doctrina católica de la justificación por la doble vía,[11] la contrarreforma de Trento condenó la de la Compañía de Ignacio de Loyola. Su libre albedrío raya en la herejía pelagiana —vuelve a la carga el predicador, dirigiéndose mentalmente al difunto—. ¿Es que no han leído a san Agustín? ¿Es que no saben que nuestra salvación es una elección arbitraria de Dios? Hay que meterles en la cabeza a estos arrogantes jesuitas que la gracia de Dios es el signo de su providencia, que el hombre no es nada sin ella y que lo único que cabe hacer al cristiano es darle gracias por haberla recibido, o recuperarla por la confesión a través de la Iglesia si es que la ha perdido. Esta es la verdad sin ambages; no las certezas subjetivas de Lutero que Ignacio pretendía encontrar en el buen uso de la libertad y en su activismo espiritual, como los luteranos lo buscan en el éxito terrenal. Nadal dice que eso significa tener un correcto modo de vivir y de amar pero viene a ser lo mismo. ¡Para él todo depende del hombre, no de la gracia![12] ¡Y pensar que estoy ayudando a una misa celebrada por uno de los principales promotores de semejante herejía! —se lamenta interiormente el predicador—. ¡Pero el sermón servirá para poner todas estas cosas en su sitio!».

—Munda cor meum, ac labia mea, omnipotens Deus, qui labia Isaiae Prophetae calculo mundasti ignito: ita me tua grata miseratione dignare mundare, ut valeam nuntiare. Per Christum Dominum nostrum. Amen. —Al pronunciar la oración para que Dios purifique sus labios, Nadal piensa para sus adentros con pesar que la lengua que necesitaría ser purificada es la del predicador. Pero es él quien reclama ritualmente la bendición divina para que ambos anuncien dignamente el evangelio:

—Jube, Domine, benedicere. Dominus sit in corde meo, et in labiis meis: ut digne et competenter annuntiem Evangelium suum. Amen.

«No cabía esperar que fuera Laínez quien devolviese a los jesuitas al redil de la verdadera Iglesia: formaba piña impenetrable con los compañeros de Ignacio. Seguramente por eso Dios se lo ha llevado apenas terminado el Concilio; esto ha sido una prueba más de la providencia. Hay que reconocer que su discurso sobre la justificación tuvo gracia y cautivó a los padres conciliares. Pero sigue sin ser trigo limpio: el caballero andante que lucha contra el pecado se lleva todo el mérito aunque la espada de la gracia se la haya prestado su príncipe Jesucristo —piensa para sus adentros Luis recordando que ya durante los dos últimos años de sesiones los trabajos conciliares habían absorbido de tal modo a Laínez, para salvar todo lo posible de las doctrinas de Ignacio, que tuvo que delegar la dirección en su vicario general Francisco de Borja, duque de Gandía—. Eso facilitó mucho las cosas porque realzó todavía más la derrota que el Concilio infligió a los jesuitas. Pero todavía no es suficiente. Bien es verdad que al ser Borja un político y no un verdadero místico, como Juan de Ávila, no tiene tantas preocupaciones teológicas y es de suponer que sabrá actuar del modo más conveniente para la Compañía, respetando el papel preeminente de España en la Europa católica».

A Luis no acaba de convencerlo que Borja, nieto de papa y de rey, primo además del emperador Carlos V, a quien había representado como virrey de Cataluña, sea la persona más idónea para dirigir una orden religiosa. «Pero el haber llevado en brazos al rey a la pila bautismal garantiza al menos una cierta lealtad hacia Felipe II, que ahora actúa de acuerdo con el papa. Por de pronto tuvo la osadía de aceptar que siendo él su confesor doña Juana profesase en secreto como jesuita bajo los nombres de Mateo Sánchez o padre Montoya. Ciertamente Melchor Cano se excedió al dejar correr que era un hereje y un adúltero, manchando además la honra de la gobernadora.[13] Cuando vino a Évora comprobé que la convivencia con el bendito Juan de Ávila en Granada le había hecho mucho bien, aunque ahora lo tilden de rigorista —reflexiona el predicador—. Y aquí está hoy doña Juana en primera fila para dejar claro que ella es la primera jesuita. Suerte tuvo de la llegada de Nadal hace cinco años. De no ser por su ascendiente mucha gente habría aceptado que la princesa vivía amancebada con su confesor de tan estrecha como era su relación espiritual. Tampoco estuvo bien que Cano interpretase su marcha a Portugal como una forma de incusarse. Los excesos en la persecución del error son contraproducentes porque la injusticia manifiesta contribuye a arraigarlo pero Cano es un dogmático y no tiene medida».

«¿Qué hace una Habsburgo entre los jesuitas habiendo rechazado Ignacio tener una rama femenina? ¡Nunca antes ni después se vio semejante cosa! Bien es verdad que la Compañía se parece a una orden militar y Borja ejerce propiamente de general de milicia. ¡Quizás no les vaya mal tener en sus filas a una princesa gobernadora! En realidad mientras Felipe anduvo por Inglaterra y Juana gobernó con ayuda de su confesor es cuando mejor estuvieron estos reinos. ¡A ver si al menos él es capaz de imponer disciplina entre los suyos! Porque al día de hoy no está nada claro en qué guerra ha estado luchando su tropa —sentencia interiormente el dominico—. De seguir por libre como hasta ahora, el poder que han acumulado y la dirección única acabarán convirtiendo la contrarreforma de los jesuitas en una amenaza más temible que la propia reforma. ¡Ni siquiera el voto de obediencia al papa servirá de paliativo! Lo que no tiene vuelta de hoja después de Trento es que, o bien la Compañía acomoda su doctrina y su estilo al del resto de la Iglesia, o no habrá más remedio que disolverla: ¡por desobediencia al Concilio, a la Bula y a la Pragmática!», concluye el fraile, disponiéndose a subir al púlpito.

—Sequentia sancti Evangelii secundum Lucam. In illo tempore…[14] —Nadal hace la señal de la cruz sobre el misal y comienza a leer el evangelio mientras el predicador abandona el presbiterio.

—Gloria tibi, Domine[15] —contesta el dominico dirigiéndose ya hacia el púlpito mientras el oficiante lee el evangelio.

—Verbum Domini[16] —concluye su lectura Nadal besando el misal.

—Laus tibi Christi[17] —dicen los asistentes.

—Per evangelica dicta deleantur nostra delicta —responde Nadal abandonando el atril del evangelio.

2. El sermón de Luis de Granada y los jesuitas

 

 

 

Al tiempo que da las respuestas del ritual, Granada asciende ya despaciosamente por las escaleras del púlpito con las manos juntas sobre el pecho y la cabeza ligeramente inclinada en actitud ostentosamente humilde. Al llegar arriba al tiempo que Nadal se sienta en el sitial lateral, bajo la ventana voladiza que da luz al camarín de la Virgen, Luis deja transcurrir todavía un momento de silencio simulando encontrarse en estado de profundo recogimiento con la intención evidente —piensa Miguel— de crear un clima de expectación entre los fieles. Nadal ya sabe que su oponente domina la oratoria y el arte de la predicación, pero no había reparado hasta ese momento en la afectación extrema con que realiza hasta el último detalle formal de la representación escénica.

Miguel no puede reproducir mentalmente las palabras empleadas por el predicador, tal es el sentimiento de profundo rechazo que le producen. Solo recuerda el tono imperativo, casi conminatorio, con que Granada exige a los jesuitas que empleen la excelencia pedagógica que todo el mundo les reconoce en reorientar las mentes de los fieles en la dirección señalada por el Concilio de Trento.

—La extensa red de colegios regentados por la Compañía en todos los reinos católicos en los que imparten gratuitamente latinidad y primeras letras tiene que ser el pilar para reedificar por completo la Iglesia con arreglo a la nueva orientación —dice Granada—. El método de enseñanza y estudio de los jesuitas ha de convertirse ahora en la columna vertebral de la formación católica, arrebatando a los luteranos la bandera de la educación, de la que tanto presumen. De ahí que quienes lo apliquen deban ellos mismos reafirmarse en las verdades establecidas por el santo Concilio evitando la más mínima desviación doctrinal y olvidando la improvisación en la enseñanza de la fe. Un profesor de Coímbra, el jesuita Marcos Jorge, acaba de publicar un catecismo de la doctrina cristiana para niños. Eso es lo que deberían hacer también los jesuitas de aquí cerciorándose de que contiene todas las verdades y solo las verdades que debe conocer el cristiano.

Miguel sabe bien que la exigencia del dominico resulta radicalmente incompatible con el método de Ignacio de Loyola. El padre Nadal, cuya mirada ensombrecida muestra el profundo rechazo que produce en él el sermón de Granada, no se ha cansado de repetir que una educación orientada hacia el adoctrinamiento acerca de cualquier forma de verdad exterior como las establecidas en Trento prostituiría la obra de Ignacio y acabaría confinando a la Iglesia en un rincón alejado del mundo nuevo que está emergiendo, condenándola a la desaparición, no a una muerte repentina sino lenta, aunque irreversible.

Nadal trata de llevar a la práctica el Relato del Peregrino. Se ha propuesto acompañar a sus educandos durante un trecho de su peregrinación vital como si fuese el propio Ignacio ayudándolos a extraer de la actividad práctica los materiales con los que ir edificando la propia vida y el mundo que nos rodea, encontrando en ellos a Dios, colaborando con él para completar su obra inacabada y todo ello no a través del adoctrinamiento impuesto por el educador y aprendido de memoria sino como una vivencia personal e íntima siguiendo su propia orientación interior. Ciertamente tras unirse al grupo de peregrinos que acompañaron a Ignacio, Nadal no pudo dejar de experimentar una cierta sensación de miedo porque el libre albedrío tiene el riesgo de que uno pueda extraviarse, pero eso ocurre siempre que se emprende un camino. El problema consiste en que Trento hace creer a los creyentes que con solo aprender sus «verdades» se llega cómodamente al final del recorrido. Desgraciadamente, jóvenes jesuitas como Gaspar Astete y algunos otros están cayendo en la tentación de la vía fácil, que no es la de Ignacio.

La educación que Miguel ha recibido viene a ser la antítesis de lo que predica Luis de Granada. Mientras escucha su sermón el joven se hace el firme propósito de rechazar en su interior todo lo que dice sin que nada en su actitud lo deje notar. Más bien empieza allí mismo a ejercitarse en mirar hacia el púlpito con el gesto más apacible y dócil que es capaz de adoptar, con gran recogimiento y casi con arrobo porque sabe que eso es precisamente lo que Granada espera. Con esa actitud exterior el predicador se quedará satisfecho y no le importunará porque con frecuencia los de su orden cambian el oficio de predicador por el de perseguidor, convirtiéndose en gente temible. Y lo que sirve para el predicador se aplica también a todo aquel que ejerce alguna forma de poder.

Dando vueltas a estas ideas Miguel se da cuenta de que en realidad está imitando a Lucio Junio Bruto, el sobrino del rey Tarquinio el Soberbio cuando su tío asesinó a los mejores ciudadanos de Roma y Bruto decidió aparentar ser tonto dejando que Tarquinio dispusiese de él a su antojo, pese a la náusea que ello le producía, para que se confiase hasta que Lucio estuviese en condiciones de derribarlo. Precisamente esos días Miguel está traduciendo con su maestro López de Hoyos el fragmento del libro primero de Tito Livio en que Bruto venga la violación de Lucrecia expulsando a los Tarquinios de Roma tras casi doscientos cincuenta años de monarquía.

Mientras el joven Cervantes, enardecido de afán justiciero, jura para sus adentros convertirse en un moderno Bruto y adoptar esa regla de conducta para todo en la vida, a modo de remate de su sermón Luis de Granada comienza a rezar por Ignacio empleando la argucia de repetir la oración de la misa de corpore insepulto traducida del latín:

—No juzguéis, Señor, a vuestro siervo, porque nadie puede presentarse libre de culpa ante vos si vos mismo no le concedéis el perdón de los pecados. Cristianamente os pedimos y encomendamos a Ignacio para que no quede oprimido bajo el peso de vuestra sentencia de juez, sino que, con el auxilio de vuestra gracia, merezca escapar al terrible juicio de castigo, ya que cuando vivía estaba señalado con el signo de la Trinidad Santísima. Vos, que vivís y reináis por los siglos de los siglos…, amén.[18]

Miguel observa que desde el comienzo de este rezo el padre Nadal ha palidecido y hasta parece que va a desplomarse haciendo ostentosamente un gesto con la mano para detener al predicador. Doña Juana dirige también desde su banco una mirada recriminatoria hacia el de Granada. El asunto no es para menos, le dirá después el padre Nadal al joven, ya que esa oración solo se dice en el ritual de difuntos de corpore insepulto al dar el sacerdote la absolución sobre el ataúd. Aunque la misa de aniversario no tiene túmulo negro, ni candelabros, ni grandes cirios de cera, nada de eso ha detenido al dominico. Con su insolencia pretende resaltar las diferencias entre jesuitas y dominicos acerca de la justificación por la gracia y el papel de la libertad, pero lo más grave es que de ese modo se arroga él mismo el papel de oficiante, en sustitución de Nadal, convirtiendo la misa conmemorativa en un responso. Y con ello afirma indirectamente que Ignacio todavía está penando por sus pecados en el purgatorio ¡diez años después de su muerte!, cuando todos saben que ya debía haber sido beatificado de no haberlo impedido los predicadores, con el consentimiento del propio rey.

Felipe ni siquiera se ha dignado acudir al funeral, disculpándose por encontrarse en el castillo de Valsaín en donde la reina Isabel está a punto de dar a luz. Los asientos reservados para la representación real son ocupados por su hermana, doña Juana de Austria, a quien se ha visto a la entrada hablando animadamente con el padre Nadal, y por Antonio Pérez, que ha entrado justo antes del sermón luciendo sus galas más sobrias: sayo de seda y ropa de lanilla con gran cuello de cuero doblado, tocado con media gorra de damasco que ha dejado sobre el banco; todo de color negro. Tres meses antes, a la muerte de su padre Gonzalo, Antonio se encargó de la Secretaría del Consejo de Estado para los asuntos italianos. Su presencia allí es señal de que Felipe considera las cosas de la Compañía, representada por Nadal, como un asunto pontificio, o sea italiano. Sorprendentemente ni siquiera está Ruy Gómez, conocido amigo y admirador de los jesuitas, que se ha excusado porque acompaña al rey en Valsaín.

Como al pronunciar su oración final Granada no quita ojo del padre Nadal, tiene que observar la señal y la indisposición de este, aunque no se detiene. El acto ha sido cuidadosamente preparado y esta es la suerte suprema.

«Tal como han quedado las cosas a su muerte —masca Granada para sus adentros mientras desciende del púlpito— después de Trento la obra de Ignacio se ha situado fuera de la ortodoxia católica. La idea de Dios como espectador interior con quien el cristiano puede dialogar directamente es pura herejía. Resulta incluso más nociva que el libre examen, que en última instancia se refiere directamente al libro sagrado, aunque ni siquiera así sea aceptable porque el individuo aislado no es ...