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CíRCULOS

Manuel Ríos San Martín

5


Fragmento

I

Al principio todo era caos y confusión, viento y oscuridad —vocifera un telepredicador latinoamericano en un televisor 4K de ultra alta resolución—, pero Dios navegaba por encima de las aguas y dijo: “Haya luz”, y ¡¡hubo luz…!!».

Varios monitores OLED de diferentes pulgadas iluminan una habitación en penumbra. El sonido no está alto y se entremezcla con unos jadeos de fondo. Se oyen noticias: un resumen de la actualidad del año en un montaje trepidante a ritmo de rock. El color de la imagen es saturado, plano, intenso, sin textura. La presentadora se dirige a cámara con total seguridad. Tiene el pelo corto, rubio, los labios rojos, es una experta locutora. Pero está hablando de la basura.

«La huelga dura ya cinco semanas. En las calles se acumulan los desperdicios de toda la ciudad por falta de servicios mínimos…».

Se ven imágenes nocturnas del centro de Londres cubierto por montones de desechos; bajo la lluvia, algunos vagabundos buscan algo que aún sea comestible, mientras un grupo de trabajadores exaltados esparce el contenido de las bolsas por el suelo para aumentar el conflicto e intentar que el gobierno acceda a sus pretensiones.

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La locutora explica que el olor en la ciudad es cada vez más insoportable. Desde 1858 no se había dado una situación como esta. En esa ocasión, el sistema de canalización de residuos humanos no estaba preparado para el intenso calor que hizo durante el verano. Esa peste se conoció como el Gran Hedor y todavía se recuerda. Lo que no dice es que los ciudadanos viven en una náusea permanente. Todos mantienen las ventanas cerradas. Solo las pantallas siguen abiertas.

Aquí están encendidos un ordenador de mesa con pantalla de grafeno flexible y un iPad 12 Space, apoyado en el sofá. Ambos reproducen, sin apenas sonido, vídeos diferentes: chavales haciendo parkour, animales encerrados en jaulas, peces.

«Se recomienda a la población que no consuma pescado que no haya sido ultracongelado en alta mar. El aumento espectacular de las infecciones por el gusano anisakis ha provocado, en lo que va de año, más muertes que los accidentes de carretera. El parásito produce una reacción anafiláctica en el ser humano…».

Ahora es un presentador joven el que aparece en un nuevo canal, esta vez de Internet. Habla a cámara delante de un croma. Lleva el pelo trasplantado, sonríe demasiado, tiene bien aprendido su papel de tonto narcisista. Da paso a un concurso de supervivencia en el que se abandona a dos parejas desnudas en el desierto del Kalahari para que salgan de ahí sin más ayuda que la de un cuchillo, una cámara y una lata del refresco que patrocina el programa.

Se cambia nuevamente el canal. Autopromoción de una cadena: Ondaseven.

«Cuando creías haberlo visto todo en realitys… —susurra una voz en off mientras se suceden imágenes de Gran Hermano: gente discutiendo, haciendo el vago y pegándose—, llegó Darkestetic». Un clip muestra cómo unos concursantes se someten a distintas intervenciones de cirugía estética que les van convirtiendo paso a paso en seres grotescos, casi ridículos. El ganador, que tiene las orejas enormes y un implante en la barbilla que le llega casi al centro del pecho, recibe dos fajos de billetes. A continuación se le ve protagonizando su propia webserie. «Pero ahora… —añade la voz con tono grave tras una estudiada pausa, mientras, con un efecto digital, se va formando el rostro de una chica tumbada en su cama, a punto de llegar al orgasmo—, lo más íntimo, lo más sensual, el espectáculo de la intimidad: Plaisir. Porque usted tiene derecho a ¡sentir!».

Un bonobo cuelga ahorcado en una jaula. En el Samsung más pequeño de la estantería, de manera casi inaudible, la conductora del programa dice que, aunque parezca extraño, todo apunta a que el simio se ha suicidado. El cuidador a quien entrevista describe cómo le vio colgarse de la cuerda y dejarse morir sin que pudiera llegar a tiempo de evitarlo. En los últimos meses, múltiples mascotas han muerto en circunstancias similares. Según explica, los perros están empezando a arrojarse desde los balcones de sus casas y los pájaros sacan las cabezas entre los barrotes de las jaulas y se dejan morir. «Los etólogos —añade la locutora sin saber muy bien lo que son realmente— no comprenden este tipo de conductas. Reconocen que, en efecto, se dan casos de suicidios en animales, pero solo para salvaguardar al grupo. Las hormigas kamikazes, por ejemplo, explotan su abdomen lleno de ácido, como si fuesen chalecos bomba, en caso de invasión de su hormiguero. Para la comunidad científica, lo sucedido en estos últimos meses no tiene ningún sentido biológico».

En frente del monitor principal, casi a oscuras, está Patrizia. Las luces de las pantallas iluminan su figura de manera desigual produciendo contraluces en movimiento. Ya no es una quinceañera, aunque podría aparentarlo. Viste una camiseta negra, corta y ceñida, y unos culotes deportivos. En realidad, el top es un dispositivo portátil inteligente que controla la actividad cardiaca y el estado de ánimo conectado mediante bluetooth con una aplicación de su tableta. Lleva el pelo cortado al uno. Es guapa y fibrosa, no le sobra grasa ni músculo. Culo firme y bonitas caderas. En el cuerpo le gusta llevar expresiones escritas con rotulador, no tatuadas: «special girl», «destroy the world»…, y las va variando según su estado de ánimo. Hoy en su vientre pone «fuck you». Casi siempre pone «fuck you».

Una barra de hierro atraviesa de un lado al otro el hueco de una de las puertas de la casa. Está haciendo abdominales colgada por los tobillos, como si le fuese la vida en ello. Se mueve de manera violenta y sexual. Le duele y eso le motiva; necesita ser consciente de su cuerpo, de sus músculos, de sus venas, de su piel, de sus límites. Saber que existe, que está presente, que es real. Que no es una imagen de la televisión. Lleva unos cascos en los que escucha una canción antigua de Violent Femmes a un volumen excesivo. Le retumba la letra en su cabeza: «Beautiful girl, lovely dress / High school smiles, oh yes / Beautiful girl, lovely dress / Where she is now I can only guess / ‘Cause it’s gone, daddy, gone / Your love is gone / Yeah, it’s gone, daddy, gone / Your love is gone». No se permite pensar en nada cuando hace ejercicio. Solo sentir. La música a todo volumen le ayuda. Suda en abundancia y las gotas le resbalan por la piel hasta caer al suelo. El hedor de las basuras de la calle repta hasta el interior del apartamento y penetra en su cerebro: el olor estimula su adrenalina.

Fuera llueve mucho. Hace frío y las gotas golpean con fuerza el tragaluz que hay en el techo. Patrizia vive en un garaje antiguo transformado en un loft. Las vigas de metal que sustentan el edificio están a la vista. En la reforma nadie se preocupó de ocultarlas. Por eso lo eligió, porque se veían, porque estaban viejas y sucias, porque le recordaban su estado de ánimo. En las paredes hay fotos de niños atormentados con frases escritas en sus cuerpos en distintos idiomas: «la muerte mola», «mi puta madre», «good day to die»… Los chavales tienen los ojos grandes, los cuerpos pequeños y los huesos marcados. Patrizia no sabe bien qué le inspiran más, si pena o miedo. Son retratos desagradables, pero bellos. La estética es importante para ella. Sus cosas están colocadas de una manera intencionadamente anárquica: pantallas de televisión, pesas, fotos, ordenadores, ropa, llaves inglesas, más fotos, más pantallas. Le ha costado mucho ser como es, mucho esfuerzo y muchas discusiones con su madre, con sus profesores, con su chico.

En el monitor grande de la sala se muestra un grupo de hombres y mujeres desnudos y envueltos en celofán como si fuesen carne congelada en un supermercado. Están tendidos sobre la acera y la gente los mira sin demasiado interés. Denuncian el abuso de los alimentos transgénicos ante la puerta del Ministerio de Medio Ambiente, Alimentación y Asuntos Rurales. La locutora habla, pero a Patrizia le da igual; tiene un mando a distancia en la mano y va zapeando mecánicamente, sin detenerse en sus ejercicios. Se suceden imágenes nocturnas de la ciudad: obras, excavadoras, túneles, derrumbamientos, algún incendio por culpa de las obras, imágenes genéricas de apocalipsis. El locutor informa de que, por culpa de unos trabajos de reparación, se ha hundido parcialmente el túnel de Blackwall, que une Londres con Greenwich por debajo del Támesis… Nuevo cambio de canal.

«Ha aparecido calcinado el cadáver de una niña de tres años, víctima de malos tratos por parte de su padre adoptivo».

Patrizia se descuelga con un movimiento rápido, desenganchando sus pies de la barra. Se quita los cascos y se queda un instante escuchando la noticia. Cambia de cadena varias veces. No quiere saber qué ha pasado con la niña. Encuentra un concurso. El Especialista es un gameshow con rivales de diversos países que se emite en toda Europa los viernes por la noche en el mejor horario. Puede llegar a tener una audiencia de más de veinte millones de personas en directo, sin contar descargas de Internet, reemisiones, tabletas o móviles ni VOD.

En el televisor se ve a Patrick Shultheiss, un showman atractivo a pesar de no cumplir ya los cuarenta. Pelo rubio y flequillo vistoso. Viste de gris marengo. Es elegante. Y muy famoso. El estudio 3, donde está montado el decorado, es el mejor de la cadena. Más de mil trescientos metros cuadrados. Oscuro, en tonos azules y rojos, con detalles de neón y luces que giran e iluminan distintos sectores: el público, los familiares de los competidores, la zona de pruebas. El conductor del programa se sitúa debajo de un foco y habla sonriendo. No es el habitual personaje de la prensa rosa; tiene personalidad, suena frívolo e ingenioso, una combinación deliberada que parece haber logrado sin esfuerzo. Está presentando una especie de Scavengers[2] contemporáneo, con incrustaciones en directo en 3D para los fondos. Consiste en una sucesión de desafíos físicos: trepar por paredes imposibles, saltar tramos con engranajes en movimiento, rescatar objetos de urnas con cocodrilos. El atractivo no reside en la novedad de las pruebas, sino en la cuantía de los premios en esta época de crisis, y también en el cuidado de los detalles. La tecnología permite un resultado espectacular. Nada que ver con esos concursos ordinarios tipo Fear Factor[3] donde se jactan de hacer beber semen de burro a los participantes.

Shultheiss sube a una plataforma mecánica que le eleva unos metros sobre el escenario y da paso a la última fase de la competición, la más interesante, donde se desarrolla el reto más caro. Está patrocinada por un producto de limpieza innovador que quita las manchas sin estropear los tejidos y sin necesidad de usar agua. La prueba se verá a la vuelta de dos minutos de publicidad.

Patrizia vuelve a cambiar de canal. Zapea con rapidez por varias emisoras. Una nueva polémica en torno al edificio The Shard; contaminación en Londres; más aplicaciones para los smartwatches; violencia de género; la independencia de Escocia; gripe equina en Eurasia, con la muerte de miles de caballos; atentado en el parlamento de Túnez; la nueva killer feature de Apple; una nueva droga sintética; programas sobre la decadencia de la Familia Real. Decide sintonizar de nuevo El Especialista, a pesar de no ser una seguidora asidua. Se seca el sudor con una toalla y toma un poco de bebida isotónica preparada por ella. No consume bebidas comerciales, nada de Aquarius o Powerade. Mucho menos Red Bull y similares. Le basta con reponer líquidos y minerales. No le interesan las sustancias que trastocan su estado de ánimo. Ni siquiera el café.

«Vamos a pasar a la prueba final de hoy —dice el presentador flanqueado por dos guapas señoritas ligeras de ropa. Hay recursos que nunca cambian en el mundo televisivo—. Si nuestro finalista gana, tendrá derecho a una casa en Miami. ¡El premio estrella!».

Se difunden algunos planos de un apartamento soleado. Es pequeño, aunque bien decorado y moderno. Apetece tenerlo. No es la vivienda que le corresponderá al vencedor, pero nadie se va a dar cuenta. La del premio es un poco más pequeña y mucho menos luminosa. De algún sitio tiene que ahorrar el departamento de producción.

Patrizia se quita la camiseta empapada por el ejercicio y la tira al sofá. No se fija en que sus constantes vitales son enviadas al iPad gracias a una aplicación de Apple. Se seca de nuevo con una toalla. Tiene el pecho perfecto, joven. Encima de uno de los pezones tiene escrito un «sí» y sobre el otro, un «no». El sudor ha empezado a emborronar las frases que lleva en el resto del cuerpo. El «fuck you» está desdibujado y casi no se puede leer el «special girl» de su espalda. Se mira y frota con cierta rabia la palabra «sí». No sabe por qué. Hoy está más inquieta de lo habitual y simplemente le incomoda llevarlo escrito ahí, en su piel. Coge su iPhone hackeado y se fotografía el texto del vientre. En una primera impresión podría parecer una instantánea sensual, casi erótica, pero transmite mucho más: que algo la revuelve por dentro, que no está conforme con esta ciudad, con este mundo, consigo misma. Fuck you. Gracias a la tecnología force touch retoca la foto con mucha precisión en Instagram. Domina la aplicación, sus dedos se mueven rápido. Elige Ludwig como efecto, desenfoca los bordes y la sube a Internet. Tiene cuatro mil trescientos cincuenta y un seguidores. Ella no sigue a nadie. Ahora cuatro mil trescientos cincuenta y dos. Al momento, doscientas treinta y cuatro personas repartidas por el planeta dan al botón que indica que les gusta la nueva fotografía. Cambia el móvil por el mando a distancia. Va a buscar otro canal justo cuando la cámara muestra un acuario enorme con dos tiburones toro en su interior. Decide seguir con el concurso. De fondo, en las calles, se escuchan algunas sirenas de policía.

En el estudio 3, Shultheiss se acerca con Paul Nipkow, el finalista, al depósito de agua. Lo señala sin perder la sonrisa.

—¡El reto de hoy consiste en rescatar de este gran acuario la llave del apartamento de Miami!

La persona de producción encargada de animar al público de las gradas hace bien su trabajo y consigue que los espectadores vitoreen entusiasmados. Paul Nipkow mira a los tiburones. Impresionan. Son dos hembras de tres metros y medio cada una. Dos animales traídos de las aguas de Florida. Es una casualidad que el regalo de hoy sea una casa en Miami. Otras criaturas más pequeñas, los peces piloto, nadan sin importunar a los escualos; tienen unas franjas blancas y negras que recuerdan vagamente a las de las cebras. Acostumbran a viajar al lado de los superdepredadores aprovechándose de los restos de comida que estos dejan. En ocasiones, se meten en su boca para limpiarles los dientes sin temor a ser devorados. Hay también dos buzos preparados por si fuera necesaria su intervención. La llave objeto de la prueba está escondida en uno de los pequeños cofres que reposan en el fondo del agua a cinco metros de profundidad. No se sabe en cuál. El estanque es muy bonito, está bien ambientado, con muchas plantas y con corales negro y fuego. En cámara da como si fuese un fragmento de arrecife extraído del océano. Contiene caballitos de mar, anémonas, esponjas y erizos. Con un efecto digital hecho en directo, desaparecen los límites de los cristales y se crea la sensación de que el conjunto está en medio del mar. El resultado conseguido por las nuevas mesas de mezclas es impactante. Sube la música y entra el cartel del patrocinador del programa, ese «producto de limpieza de vanguardia».

Juan Mendes es uno de los seis auxiliares de producción que hay en el concurso. No es especialmente atractivo, pero se comporta como si lo fuera. Se cuida mucho el pelo y va al gimnasio sin demasiado éxito. No consigue que se le marquen los músculos como al resto de sus colegas; es demasiado delgado. Y no sabe vestir. Cuando nadie lo ve, manda tuits. Se ha abierto una cuenta anónima y aprovecha su buena situación en las grabaciones para enviar fotos peculiares y algo provocativas de las interioridades de los famosos. Cotillea sobre sus caprichos y manías, sobre sus romances secretos. No le dejaron gestionar las companion apps del programa y esto es parte de su venganza. Y le encanta tener cada vez más seguidores. Esta semana ha alcanzado los veintitrés mil gracias a su perfil @auxtv. Su ego está desbordado y sufre, incapaz de satisfacer la necesidad de ser popular. No soporta estar detrás de las cámaras mientras tanto inútil está delante. Esto es lo que opina de Shultheiss: que no vale para presentar El Especialista. Pero se equivoca. Shultheiss es brillante; no reconocerlo es solo una consecuencia de la envidia.

Manda un tuit.

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Más de 2 horas de maquillaje para que Patrick Shultheiss pueda salir en pantalla. #ElEspecialista23 #patetico

Su mensaje enseguida provoca un encendido debate de ciento cuarenta caracteres entre seguidores y trolls.

Encima del estudio 3, aunque sin visión directa, está el control de realización. Desde ahí se decide el ritmo y las imágenes que se retransmiten. Es un espacio amplio, sin luz natural, lleno de monitores de diferentes tamaños. El realizador chasquea los dedos para que cambien el plano de los tiburones de «previo» a «programa». Y eso es lo que se ve en todas las casas. En otra de las pantallas está Shultheiss con una mirada inquietante. Nadie se fija en él, salvo la becaria encargada de la mesa de mezclas, Susana Abril. Es bastante joven y, a pesar de su inexperiencia, muy profesional. Con la entrada en vigor en toda Gran Bretaña de los llamados minijobs, algunos recién licenciados como ella han tenido acceso a trabajos interesantes cobrando salarios ínfimos. Otros, ni eso. Desde hace años, el paro juvenil alcanza el cuarenta por ciento, y en algunos países del sur de Europa sobrepasa el sesenta y cinco.

—Anda que no están gordos los jodidos —comenta el realizador señalando el plano que quiere.

—Sí, tenemos que cambiar este final. Los tiburones pasan olímpicamente del tío que bucea y ya canta demasiado. —El director está de acuerdo. Lleva mascarilla para no contagiar la gripe. Entre el público asistente bastantes personas la llevan también. Es una práctica normal—. Joder, si es que se comen dos atunes cada uno antes de empezar.

—Podemos meter unas sirenas en bikini que atraigan hacia el fondo al concursante y no le dejen respirar. Le da un toque sexy y resultaría agobiante.

—Sí, suena bien. Ya me imagino a Jessica de sirena.

Los técnicos ríen con ganas. Un cámara, que escucha por los cascos la conversación del control, da un plano del pecho de Jessica, una de las azafatas. Ese plano no se ve en las casas. La única que no parece disfrutar de la ocurrencia machista es la becaria, que sigue fijándose en el presentador. Le da la sensación de que hay algo raro en él. Esos ojos concentrados. ¿En qué?

El participante ya está en el borde del acuario dispuesto a saltar. Se nota su nerviosismo; ignora que los tiburones están sobrealimentados. No lleva oxígeno ni traje de buzo. Sí aletas. Tiene un punto macarra. Le sobran algunos kilos, pero está en buena condición física; se aprecia que practica deporte. Mira el efecto digital que se produce en el croma y se siente en mitad del mar. El corazón se le acelera. Los dos submarinistas están preparados a su lado.

—¿Qué tal están los padres del concursante? —pregunta con naturalidad Shultheiss girándose a cámara.

En el control de realización pinchan un enlace externo en el que una reportera habla con la madre, con el padre y con el hermano de Paul Nipkow. Una hermanita pequeña juguetea despistada en la habitación. Es el desliz que tuvo la pareja cuando ya no esperaba más descendencia y uno de los motivos por los que ahora andan tan mal de dinero. Están en la casa alquilada en la que vive toda la familia. Es una construcción pobre, de realojamiento, en un barrio de las afueras. En el centro de Londres ya no viven más que millonarios asiáticos y árabes. En el salón familiar hay un monitor de última generación de más de cincuenta pulgadas. Ni libros ni cuadros, tan solo un par de fotos familiares y una radiografía prendida del marco de un espejo espantoso. La reportera habla mirando al objetivo en el que se ilumina la lucecita roja indicadora de que se está viendo esa transmisión en los hogares.

—Muy nerviosos por la prueba, Shultheiss. Y por el premio, claro.

—Pero no tocaba lo de los tiburones, ¿no?… Ay, pobre Paul. —La madre es la que está más preocupada.

—Gracias, Beth. Esta prueba es mi favorita. —Al presentador le encanta poner a los aspirantes en aprietos. Se gira a la pareja de Paul Nipkow que está entre el público—. ¿Nerviosa?

—Un poco, sí. Aunque Paul bucea bien. —El aspirante la observa mientras se ajusta las gafas y el tubo y trata de tranquilizarla con la mirada.

—Esto no es como sumergirse en el Caribe… Aquí hay menos contaminación. —Shultheiss se ríe de su propio chiste y mira de nuevo al posible ganador—. Tienes treinta segundos desde… ¡ahora!

Se oscurece el estudio y se contrastan mucho las luces. En el centro, destaca el acuario iluminado y los focos giratorios que dan un toque psicodélico al ambiente. El chaval coge aire, salta al estanque y comienza a bucear. Ovación del público. Resulta emocionante, incluso suena una música en directo que añade tensión. La pareja de Paul, de pie, observa nerviosa lo que ocurre. Su familia, en casa, hace lo mismo. Juan manda un nuevo tuit con una foto del momento.

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La novia se está cagando de miedo… Literal. Je Je. #ElEspecialista23

Patrizia se ha sentado en el sofá y se pone una camiseta seca. Está cansada por el ejercicio y con una desazón que no sabría explicar. No hay un motivo claro. Ha tenido un buen día, ha sobrepasado los objetivos en todas las tablas de ejercicios que tenía programadas. Considera que, quizá, le haya sentado mal lo que ha comido o, tal vez, sea ese olor de las basuras sin recoger desde hace cinco semanas. Se fija en Shultheiss; diría que sonríe de una manera inquietante. Estaría de acuerdo con Susana, la becaria.

En el control están enfadados porque los tiburones no hacen nada, casi ni se acercan al concursante. Es un pez más, sin interés. No tiene la carne fibrosa de un atún. Los escualos captan las vibraciones del agua y los impulsos eléctricos que genera Nipkow, pero prefieren el pescado que les da su cuidador. La prueba siempre empieza bien y se desinfla poco a poco; al menos eso dicen los estudios de audiencia. Uno de los buzos está dentro del agua grabando con una cámara submarina. El realizador chasca los dedos y la mezcladora cambia el plano en emisión.

—Yo pensaba que lo del estanque no iba a ir hoy.

—Me lo pidió Shultheiss —dice el director—, ya sabes que le gusta mucho.

—Venga, tiburón, muévete un poquito al menos… —dice el realizador mirando su reloj Samsung de pantalla curva—, que tenemos que irnos a publicidad en tres minutitos… Venga, guapo.

—En dos treinta y cinco, treinta y cuatro…

Al finalista todavía le queda aire. Busca entre los cofrecitos del fondo hasta que, por fin, encuentra la llave. La enseña a cámara antes de empezar a subir. Está feliz. Lo ha conseguido dentro del tiempo. Dos minutos para publicidad, todo va bien. Inesperadamente, uno de los tiburones reacciona ante los movimientos del reciente ganador del apartamento en Miami y se lanza contra él. Paul Nipkow lo ve venir, pero no puede reaccionar tan rápido. Solo le da tiempo a taparse con el brazo izquierdo, el que sujeta la llave. La hembra de tiburón toro, de tres metros y medio, desencaja las mandíbulas y cierra los ojos en el momento de morder. Le arranca la extremidad de una dentellada, ayudada por un movimiento brusco de cabeza. El agua azulada se tinta de rojo y la llave regresa al fondo del estanque. El concursante se mueve aterrorizado, el aire se le escapa de los pulmones. Más sangre. Más vibraciones. Algo casi imperceptible cambia en el semblante del presentador al ver lo que está sucediendo. Algo que había permanecido dormido mucho tiempo despierta en su interior. El segundo tiburón también recibe las mismas señales de excitación, se lanza sobre Paul y le muerde las piernas. Salta al agua el otro submarinista con un pincho que dispara descargas eléctricas, pero llega, evidentemente, tarde. Shultheiss permanece aparentemente tranquilo en su posición. El director de fotografía le prepara siempre un precioso contraluz en el que destaca su buena figura y le brilla el pelo desde atrás. Está muy orgulloso de su melena. Los detalles están muy cuidados. Es una producción cara y se nota. La novia de Paul Nipkow está a punto de desmayarse. Abre la boca, pero no sale ningún grito de su garganta. El resto del público sí chilla, generando un eco en el cerebro de la chica que hace todavía más irreal la situación. Arriba, en el control de realización, están alucinados y sin capacidad para reaccionar. Todo se está viendo en las casas a través de la señal de Ondaseven. La realidad es siniestra. Un espectáculo profano. Pura imagen visual, sin cuerpo.

Patrizia mira atenta el monitor. En apariencia, no acusa lo que sucede. Sin embargo, si no se hubiese quitado la camiseta inteligente, comprobaría que sufre una descarga de adrenalina que contrae sus vasos sanguíneos, incrementa los latidos de su corazón y le dilata las vías respiratorias; es como si estuviese paralizada y, a la vez, preparada para responder a una agresión. Por su cabeza pasa, por un instante, la imagen de su madre abrazándola cuando no era más que una niña. Y después una sensación de abandono. Profundo. «Es culpa mía, soy mala…» le viene a la mente y eso le trastorna los sentidos. Hace ya tres años que no habla con ella y no quiere volver a hacerlo. La necesita. Pero no lo va a reconocer. Se rasca instintivamente el vientre. No es consciente de que se está lacerando la piel.

Los escualos terminan de despedazar al concursante sin que los submarinistas puedan hacer nada por impedirlo. El más grande de los tiburones se gira hacia ellos. Le lanzan descargas eléctricas que no sirven para evitar que uno de los buzos resulte herido en un brazo. La cámara subacuática que lleva cae al fondo continuando con la transmisión.

—¡¡Shultheiss, por Dios, qué pasa!! —El realizador no sabe cómo manejar el trance y pierde los nervios.

En el estudio 3 el caos va a más. Se sigue emitiendo, aunque sin cambiar el plano desde hace unos segundos. Una cámara cenital muestra el decorado desde arriba, las gradas, el acuario revuelto, los focos girando según el diseño preestablecido. La música de tensión todavía suena atronadora. Desde su posición, los intérpretes no ven el estanque y no saben lo que ha sucedido. La situación es real, desprende una energía incontrolable que golpea la conciencia de todos los que están haciendo el programa, salvo la del conductor del juego, que se quita lentamente el pinganillo por el que escucha a la gente del control y respira pausado. Los buzos han salido de la piscina y uno de ellos intenta hacer un torniquete al compañero. El público grita horrorizado y se levanta de manera precipitada. Varias señoras caen empujadas escaleras abajo, lo que aumenta la confusión. No hay mucha luz en las gradas, por lo que, al huir, empujan a la novia de Paul Nipkow sin reparar en lo que está sufriendo. Nadie se fija en la chica, salvo el presentador, que la mira un instante a ver qué hace. Juan toma otra foto con su smartphone y la cuelga en su Twitter. Esto sí que va a ser trending topic mundial y él será el más beneficiado.

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Ostiaaaaa!!!!!! #ElEspecialista23 #muerteendirecto

El director reacciona, por fin, tras unos segundos que se hacen eternos en emisión.

—Corta, corta, vamos a publicidad. ¡¡Despide, Shultheiss, por Dios!!

Patrizia está impactada. Mira sin saber qué pensar, sin entender el porqué. Su cabeza funciona con rapidez buscando diferentes opciones; no tiene pinta de que sea un truco preparado para subir la audiencia. Pero no es casual. ¿Y entonces? Su corazón late cada vez más fuerte. La publicidad de la cadena interrumpe la programación; un anuncio sobre un espacio infantil. El encargado de continuidad se ha precipitado y no ha pinchado el vídeo que tenía preparado.

Llaman a la puerta de la casa. Patrizia no reacciona. El anuncio continúa, un niño corre feliz en pañales, y el timbre vuelve a sonar, cada vez con más insistencia. Por fin, la joven se levanta, sin dejar de mirar el televisor por si vuelve el concurso.

Al abrir la puerta, entra Laszlo, su chico. Es de su edad. Andrógino, fino, limpio, pálido de piel, con aspecto de pijo moderno. Es guapo y lo sabe. Tiene una belleza elegante, de marfil. Lleva ropa de Burberry: pantalones de cuadritos y un chaleco chillón. Contrasta con la manera de vestir de ella, de negro o de gris. Son muy distintos en todo. Laszlo estudia ingeniería; le interesan las máquinas, los procesos, la transformación de la energía, no los contenidos. El mundo de la televisión le da igual, incluso le resulta molesto. No comparte la fascinación de Patrizia por el discurso audiovisual, el zapeo, los miles de canales, las redes sociales, las pantallas táctiles, que no tocan nada, la falsa interactividad. Las máquinas, los tornillos, los cables, las ecuaciones, eso sí es algo real. Le da un beso rápido; viene con sus preocupaciones.

—He hecho muy bien el examen de Robótica industrial. Me ha servido de mucho lo que me explicaste ayer.

Patrizia, que no ha soltado en ningún momento el mando, empieza a cambiar de un canal a otro en el monitor grande de OLED. Espera conocer algo más del suceso.

—Tío, Laszlo, no sabes lo que ha pasado.

—Ha caído lo del robot programable con trayectoria continua y lo hice como me dijiste. Voy a llamar a mi padre para contárselo.

Aparece de nuevo la reportera en casa de los familiares de la víctima. La cadena ha retomado la realización del espacio. Laszlo no se fija y llama por el móvil. Patrizia se cabrea, quiere saber qué está sucediendo en plató y qué hace el presentador. Esa es la noticia.

«Bueno, aquí estamos impresionados por lo que hemos visto. —La reportera se gira hacia la madre del finalista. No sabe muy bien qué hacer, desde el control le han dado paso de nuevo sin marcarle nada—. ¿Qué habéis sentido al ver estas imágenes?». Tras preguntar, la periodista mira a cámara con cara de preocupación, algo que le piden sus jefes en este tipo de entrevistas con gente poco interesante. La mujer le contesta que cree que se trata de una broma, es un programa de la tele, ¿no? No puede ser verdad, ya se sabe cómo son estas cosas. El hermano también está seguro de que es un montaje para aumentar la emoción. Están convencidos de que ahora, a la vuelta de publicidad, las cosas se van a solucionar. El padre está mucho más preocupado; él ya le había dicho a su hijo Paul que no fuese, que la vida hay que ganársela currando, no con esas tonterías. Él ha trabajado toda la vida en la construcción. Era ferrallista. Intenta decirlo a cámara, pero nadie le presta atención.

«¡Ya vale, ¿no?! —le interrumpe su mujer—. Que está aquí la tele, ¿qué les importa a ellos lo que tú pienses?». Se nota que están hablando a la reportera por el pinganillo que lleva en la oreja derecha. El señor Nipkow está empezando a perder los nervios: «¡Tendré derecho a opinar, digo yo, que soy el padre, ¿no?! ¡Tendré derecho! ¡Por algo habrán venido a mi casa! ¡A ver si ahora no puedo ni decir lo que pienso…!».

No se ha dado cuenta de que la hermana pequeña se ha ido corriendo, muy asustada, a la cocina y de que no para de llorar. La reportera corta la discusión para confirmarles que, de manera completamente imprevista, su hijo ha muerto.

«¡Eso es imposible, es un concurso!».

En todas las redes sociales vuelan los comentarios sobre lo que ha pasado en Ondaseven. Miles y miles de personas en toda Europa cambian el canal de su televisión para saber de primera mano lo que está sucediendo. Setecientas cuarenta y seis mil trescientas setenta y siete personas han visto el hashtag #muerteendirecto desde su primera mención hasta convertirse en tendencia. El percance está ya en el top de los trending topics a nivel mundial. De los que han tuiteado, un cuarenta y seis por ciento lo han hecho desde un móvil, un treinta y cinco por ciento desde una tableta y tan solo el diecinueve por ciento desde un ordenador de mesa. En los navegadores, Chrome domina por encima de Firefox, y Safari los sigue a cierta distancia. Más mujeres que hombres y sobre todo menores de 35 años a los que les gustan los realitys, los concursos, el deporte, las noticias del corazón y la comida basura.

auxtv.jpg @auxtv - 2 min

Un TIBURÓN se ha comido a un concursante en #ElEspecialista23 de Ondaseven!! #muerteendirecto

Charly69.jpg @Charly69 - 2 min

Lo estoy viendo por la tele, acojonante. #muerteendirecto

Shill.jpg @Shill - 1 min

Estás ahí, en directo? Daría lo que fuese por verlo en el plató. #muerteendirecto

Karimhwidar.jpg @Karimhwidar - 1 min

Pero es verdad? #muerteendirecto

auxtv.jpg @auxtv - 1 min

Te garantizo que no estaba preparado, los tiburones se lo han comido. Alucinante. Ahora subo una foto. #muerteendirecto #ElEspecialista23

mcuiper.jpg @mcuiper - 1 min

Tenían hambre, je je je. #muerteendirecto

sophiehh92.jpg @sophiehh92 - 1 min

Adónde estamos llegando? Esta sociedad se va a la mierda. #muerteendirecto

Pittbull.jpg @Pittbull - 1 min

Cállate, gilipollas!!!! #muerteendirecto

auxtv.jpg @auxtv - 1 min

Una foto un instante antes de que el tiburón mordiera al concursante. #muerteendirecto #ElEspecialista23

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La foto de @auxtv es retuiteada quince mil cuatrocientas veintidós veces en un minuto.

Laszlo habla con su padre sobre lo poco que le queda para terminar la carrera. Patrizia sigue pegada a lo que sucede en el estudio 3 e intenta que cuelgue, pero el momento es importante para él. Cumplir un objetivo. Notar el orgullo de su progenitor.

—Están en directo otra vez, es acojonante. —Laszlo mira. Por fin hay imágenes del plató bien realizadas a pesar del caos. No se deduce lo que acaba de ocurrir. Sigue la iluminación oscura y gran parte del público ha salido ya de las instalaciones. Una de las azafatas camina despistada, sin rumbo fijo; el submarinista es atendido por su compañero; un chaval de producción habla por el móvil. Laszlo pierde interés y sigue al teléfono.

Shultheiss no aparece por ningún lado y, en el estanque, los tiburones toro están terminando con lo que queda del concursante. Poco ya. En casi un millón de litros de agua salada, la sangre se diluye con rapidez. Los peces piloto engullen los trozos de carne de Paul Nipkow que caen de las fauces de los tiburones. Hay cierto revuelo entre ellos, el festín también les excita.

Klimt Owd es el presidente de Ondaseven. Se trata de una cadena joven que nació hace menos de una década gracias a las nuevas concesiones de licencias que aprobó el Ejecutivo en el inicio de la crisis. Pocos grupos mediáticos se atrevieron a dar el paso tras el Brexit y, sin embargo, a Ondaseven le ha ido bien en este tiempo, llegando a ser líder de audiencia dos días a la semana gracias a su apuesta por los nuevos realitys. En el último año los datos han empezado a bajar. El impacto que causaron sus nuevos programas se ha ido diluyendo con el paso de las temporadas. Su presidente está a punto de llegar a la edad de la jubilación y es una institución en el mundo audiovisual. Con el descenso de las audiencias decidió dar un paso atrás y en la cadena ficharon a un experto en situaciones de este tipo, James Castro, el actual jefe de antena; el encargado de decidir qué se produce, qué se puede pagar por ello y en qué franjas hay que gastarse más o menos según las expectativas de ingresos publicitarios. Últimamente, Klimt ya no va a las reuniones de audiencia de las ocho de la mañana. Se levanta más tarde y se preocupa más de su aspecto físico. Elegante y moderno, a veces se pasa, con corbatas exageradas y gafas de presbicia con montura de colores. En la estantería que domina el despacho hay muchos monitores encendidos. El único que tiene voz es el del canal que preside. También hay numerosos premios importantes de la televisión internacional: varios Baftas y BANFF, dos Emmys, menciones especiales del Festival de Montecarlo, un Ondas español. Habitualmente flemático y amable, está a punto de perder los nervios mientras descuelga el teléfono y habla con el control de realización.

—¿Es verdad lo que me dicen que ha pasado? —Klimt escucha la respuesta del otro lado—. Ya. ¿Y por qué seguimos emitiendo? ¿Estáis locos? Cortad ahora mismo.

El realizador le asegura que él ya no controla la situación. Castro, el jefe de antena, ha bajado, ha tomado las riendas y lo ha expulsado al pasillo. El presidente de la cadena no se puede creer lo que está escuchando.

—Ordénele que corte.

—Lo he intentado, pero él es mi superior. Es mejor que baje usted mismo.

Klimt cuelga el teléfono con violencia contenida. Un escalofrío le recorre la espalda. Presiente que todo se va a complicar mucho. Se pone su americana negra de fina raya diplomática, diseñada por Hugo Boss, respira hondo y sale.

Laszlo también cuelga el teléfono.

—Me ha vuelto a decir mi padre que vengas a la boda de mi hermana, que así conoces a mi familia. Va a estar bien, nos sentaremos en la mesa de los jóvenes y ya verás que mis primos son majos. Son gente normal… —Mira a Patrizia; hay algo en ella que no le acaba de convencer—. Tendrías que dejarte crecer el pelo, ¿eh? Bueno, pero no para la boda, no da tiempo, claro. Ya pensaré en algo.

No le agrada que lo lleve tan corto. Le da morbo, pero no le hace gracia. Ni el pelo ni el morbo. Ella le pide que se calle y que mire la pantalla. Laszlo está un poco cansado de esta obsesión, del discurso vacío e inacabable, de que tenga tantos monitores encendidos y de que se deje influir por los programas. Ella no está de acuerdo: los ve, pero no le afectan.

—Pero… Laszlo, ¿es que no sabes lo que ha pasado?

—Siempre es igual. ¿Qué?, ¿ha ganado un apartamento en la luna?

—Te lo voy a poner en ese monitor. —Señala uno mediano—. En ese, sí.

Patrizia, sin perder de vista lo que sucede en directo, pone en funcionamiento un HD4K y le hace una señal a su chico para que visione la grabación. Comienza a reproducirse el concurso ante su mirada escéptica. Ella continúa enfrascada en su zapeo de volúmenes de los demás aparatos. No ha tenido tiempo ni de terminar de vestirse. Laszlo se fija más en sus muslos que en las imágenes. Le encanta su cuerpo, tiene una piel suave, cálida, sin nada de vello ni en los brazos ni en las piernas. Observa el texto que lleva escrito en la nuca y que, entre el sudor y el roce de la camiseta, está casi borrado. De fondo, los distintos altavoces, a diferentes niveles de sonido, hablan de la huelga de basuras, de la crisis en China, de los cuartos de final de la Liga de Campeones, del nuevo modelo de iPhone, de un pez que ha desarrollado cáncer de piel por la falta de ozono en la atmósfera y del percance en Ondaseven.

En el control, Castro toma ahora las decisiones. Durante muchos años fue productor de realitys y la adrenalina del directo le resulta fascinante. Los demás le obedecen, aunque se miran entre sí consternados. Existe la sensación de que esta vez se están pasando. En las pantallas se ve el plató. Ya queda poca gente, y la que sigue ahí llora o está aturdida. El buzo ileso observa el estanque. Los tiburones permanecen calmados, han comido; solo queda actividad en los pececitos pequeños. Por la puerta del estudio entra un equipo de seguridad de la cadena. Uno de ellos va en busca del submarinista herido. Entretanto, el resto habla por los walkies dando órdenes sin mucho sentido. Segundos después llegan unos enfermeros. Aprovechando la ocasión, uno de los operadores abandona su puesto y mira hacia el objetivo de su propia cámara. Habla para que lo vean arriba.

—Ya vale. Yo me piro.

—¡Aquí no se va ni Dios! —Reacciona Castro—. Cámara 3, mete zoom a la novia del muerto.

El técnico que controla la tres lleva todavía el pinganillo de escucha. A pesar de que su compañero le dice que no lo haga, él se encoge de hombros y decide enfocar la cara de la pareja de la víctima; está en shock, le tiembla la barbilla, no puede controlar su cuerpo. Una mancha amarillenta tiñe el pantalón de doscientas veinte libras de la marca Diesel que tanto le había costado comprarse en una tienda de Carnaby Street. Quería estar guapa para un día como este.

—Nos vamos a publicidad —dice Klimt Owd, el presidente de Ondaseven, al entrar en el control.

Castro protesta y trata de argumentar que es un error, pero Klimt habla de manera decidida. El realizador, que lo estaba deseando, hace sonar sus dedos y ordena que entre la publicidad. La becaria aprieta el botón correspondiente. Se corta la emisión en casa de Patrizia y entra un vídeo promocional de Plaisir, el nuevo reality de la cadena. Muestra a Sylvia, la favorita de los espectadores, muy joven, ojos grandes, sonrisa limpia y escote generoso.

«Si vota por Sylvia, mande un SMS al…».

Klimt continúa hablando con su jefe de antena. Es un choque de trenes. Ambos están más acostumbrados a mandar que a seguir órdenes ajenas. Castro está por debajo en el escalafón, pero, en el día a día, tiene más presencia en las decisiones de la cadena.

—Y vete preparando una buena excusa para contarle al Consejo y a los telespectadores. —El presidente observa los monitores; algo le extraña—. ¿Dónde coño está el presentador?

Castro está muy seguro de lo que ha hecho antes y ni oye la pregunta. Entra la publicidad pagada tras las autopromociones de la emisora. Se ve a una pareja meterse en una furgoneta y conducir por una carretera solitaria sin dejar de besarse, cada vez con más pasión, lo que provoca que se salgan de la calzada, sufriendo un aparatoso accidente.

—Cuando veamos los datos de audiencia de esta noche me dirás si necesitamos una excusa. Este anuncio va a ser el más visto del año.

—Estás despedido.

El jefe de antena sale sin preocuparse. El informativo del día siguiente debería abrir con este tema, según él. Al salir, se cruza con una azafata muy atractiva, como todas: alta, con pecho y nariz quirúrgicamente perfectos y uniforme ajustado. Le dice al presidente que el Consejo está reunido y que le están esperando. Klimt se muestra amable con ella, da unas últimas instrucciones al control sobre lo que tienen que hacer a partir de ese momento y sale con decisión.

Twitter está desbordado por mensajes relacionados con lo que está ocurriendo en Ondaseven. @auxtv lidera la red social, lo que le hace sentirse alguien importante. Su cuenta de notificaciones crece a un ritmo vertiginoso. Ya es inmanejable; siete mil trescientas veinticinco, veintiséis, veintisiete. La violencia verbal ha ido subiendo y cada vez hay más insultos entre los que atacan a la cadena y los que la defienden. Las colecciones de Pinterest marcadas como «tv» o «tiburones» se empiezan a republicar de manera exponencial, superando en pocos segundos a «ropa de mujer». En Facebook se crea una página de amigos de Paul Nipkow, hecha por un primo lejano con fotos de la infancia de ambos. Ya tiene treinta mil «me gusta» a la vez que el Twitter de Juan, el auxiliar de producción, llega a los cien mil seguidores. Cuando alcanza el límite de quinientos mensajes de respuesta, su cuenta se bloquea. El sistema considera que más mensajes en un día solo pueden ser spam. Su último tuit ha sido «menuda mierda #muerteendirecto #ElEspecialista23». Si lo llega a saber, habría puesto algo más espectacular, que despertase de verdad el interés. O, al menos, una despedida o una advertencia a sus seguidores. No es que no les vaya a contestar por descortesía, es que la aplicación no se lo permite. Piensa que es un error que no exista un contador para saber cuándo no te quedan más tuits. Lo aclarará en cuanto le reseteen la cuenta a media noche.

En la tableta de Patrizia se pueden leer los últimos mensajes. Los consulta a la vez que sigue mirando la pantalla de su televisor. En la grabación 4K de su aparato Samsung, la hembra de tiburón toro arremete contra el participante. Laszlo da un salto en el sofá, no se puede creer lo que está viendo. ...