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CIUDAD EN LLAMAS

Garth Risk Hallberg

5


Fragmento

PRÓLOGO

En Nueva York reparten de todo a domicilio. Al menos, parto de ese principio. Estamos en pleno verano, en la plenitud de la vida. Me encuentro en un piso vacío de la calle Dieciséis Oeste, escuchando el plácido zumbido de la nevera de la habitación de al lado y, aunque solo contiene media barra de mantequilla del mesozoico que se dejaron mis anfitriones cuando se fueron a la costa, dentro de cuarenta minutos puedo estar comiéndome más o menos lo que se me antoje. Cuando era joven —más joven, se entiende— podías pedir drogas. Tarjetas de visita estampadas con el número 212 y una única palabra, «reparto», o, con mayor frecuencia, alguna tontería sobre masajes terapéuticos. No puedo creerme que lo hubiera olvidado.

Claro que es otra ciudad, o la gente quiere otras cosas. Los matorrales de Union Square que ocultaban las transacciones en persona han desaparecido, junto con las cabinas desde las que llamabas al camello. Ayer por la tarde, cuando me acerqué a descansar un rato, unos bailarines montaban jaleo a cámara lenta bajo los árboles reverdecidos. Había familias sentadas pacíficamente en sus mantas, a la luz color vino. Veo cosas así por todos lados, arte público difícil de distinguir de la vida pública, coches de topos circulando por Canal, quioscos adornados como regalos. Como si los sueños pudieran presentarse como las opciones del menú de la experiencia disponible. Aunque, curiosamente, el efecto que tiende a tener esta racionalización de todos los deseos, el mismo perro con distinto collar, es recordarte que lo que anhelas de verdad no lo encontrarás ahí fuera.

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Lo que yo personalmente anhelo desde que llegué, hace seis semanas, es un estado mental concreto. Entonces no habría sabido explicarlo con palabras, pero ahora creo que es algo así como la sensación de que las cosas todavía podrían cambiar en cualquier momento.

Una vez fui autóctono —saltaba los tornos, pescaba en los contenedores y dormía en cualquier azotea del centro— y esa sensación constituía la tónica de mi vida. En la actualidad, cuando aparece, es solo a ráfagas. Con todo, he aceptado cuidar de este piso todo septiembre, con la esperanza de que me baste. Tiene forma de bloque apilable de los primeros videojuegos: habitación y sala a la entrada, luego comedor y dormitorio principal y cocina al final, como una cola. Mientras me peleo en la mesa de la cocina con estos comentarios preliminares, el crepúsculo va avanzando al otro lado de las ventanas, consiguiendo que el cenicero y los montones de papeles que tengo delante parezcan de otra persona.

Eso sí, mi rincón favorito, con mucho, está pasada la cocina, saliendo por la puerta lateral: un porche de pilotes tan altos que podríamos estar en Nantucket. Vigas verdes como los bancos del parque y, por debajo, moqueta de hojas de dos ginkgos larguiruchos. «Patio» es la palabra que me gustaría emplear, pero «ventiladero» también serviría; altos bloques de pisos tapian el espacio de forma que nadie más puede acceder a él. Los ladrillos blancos del otro lado están desconchándose, y al anochecer, cuando me dispongo a abandonar mi proyecto, salgo a contemplar cómo la luz trepa y se suaviza conforme el sol va poniéndose en otro cielo sin lluvia. Dejo que el móvil vibre en el bolsillo y observo cómo las sombras de las ramas se estiran hacia esa lejanía azul que surca una estela de condensación cada vez más gruesa. Las sirenas y el ruido del tráfico y las radios que suben desde las avenidas son como un recuerdo de sirenas y ruidos de tráfico y radios. Tras las ventanas de los otros pisos se encienden televisores, pero nadie se molesta en correr las cortinas. Y comienzo a sentir de nuevo que las líneas que han encajonado mi vida —entre el pasado y el presente, el fuera y el dentro— se desdibujan. Que todavía podrían repartirme a domicilio.

Al fin y al cabo, en este patio no hay nada que no estuviera ya en 1977; quizá no sea este año sino aquel otro, y todo lo que sigue esté por venir. Quizá un cóctel molotov hiende la oscuridad, quizá un periodista corre por un cementerio; quizá la hija del pirotécnico sigue sentada en un banco nevado, velando a solas. Pues si las pruebas indican algo, es que no existe una sola Ciudad unitaria. O, si existe, consiste en la suma de miles de variaciones, que compiten todas por el mismo puesto. Tal vez me haga ilusiones; con todo, no puedo evitar imaginar que los puntos de contacto entre este lugar y mi ciudad perdida no terminaron de curarse, dejaron las cicatrices que lamento cuando lanzo la mente por la salida de incendios hacia el cuadrado azul de libertad que hay más allá. Y tú, que estás ahí fuera: ¿no estás también aquí conmigo? Es decir, ¿quién no sigue soñando con un mundo distinto a este? ¿Quién de nosotros —si implica liberarse de la locura, del misterio, de la belleza totalmente inútil del millón de posibles Nueva Yorks de otra época— está dispuesto, incluso ahora, a renunciar a la esperanza?

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© Kike Calvo / VWPICS / Alamy

LIBRO I

HEMOS CONOCIDO AL ENEMIGO,

Y SOMOS NOSOTROS

[DICIEMBRE DE 1976 — ENERO DE 1977]

La vida en este enjambre fruncía la noche;

el beso de la muerte, el abrazo de la vida.

TELEVISION,

«Marquee Moon»

1

Por la avenida Once avanzaba un árbol de Navidad. O, mejor dicho, lo intentaba; se había enganchado en un carro del súper abandonado en el paso de cebra, se sacudía y se erizaba y se estiraba, a punto de estallar. O así se lo pareció a Mercer Goodman mientras se empeñaba en rescatar la copa del árbol de la malla abollada del carro. Últimamente todo estaba a punto de estallar. En la acera de enfrente, manchas de carbón ensuciaban la zona de carga donde los lunáticos encendían hogueras por la noche. Las putas que se bronceaban allí durante el día vigilaban ahora desde detrás de las persianas de tiendas de baratillo, y por un segundo Mercer fue consciente de cómo los veían: un negro con gafas y pantalón de pana que intentaba recular mientras en la otra punta del árbol un blanco greñudo con cazadora de motorista estiraba del tronco y a la mierda con el carrito. Entonces el semáforo cambió a verde y, milagrosamente, mediante alguna combinación de tirones y empujones, se soltaron.

—Sé que estás molesto —dijo Mercer—, pero ¿te importaría no hacer aspavientos?

—¿Hago aspavientos? —preguntó William.

—Estás llamando la atención.

Como amigos, o incluso vecinos, formaban una extraña pareja, lo que tal vez explicara por qué el hombre que vendía los árboles de los boy scouts junto al acceso al Lincoln Tunnel había dudado tanto en aceptar su dinero. También era la razón por la que Mercer no había podido invitar nunca a William a su casa para presentarle a la familia y, por tanto, el motivo de que tuvieran que celebrar solos la Navidad. Bastaba con mirarlos, el burgués marrón claro y el punk pálido y enjuto: ¿qué podía haber unido a semejante par salvo el poder oculto del sexo?

Había sido William quien había elegido el árbol más grande que quedaba. Mercer le había pedido que pensara en el ya grave hacinamiento del piso, por no mencionar la media docena de manzanas que distaba de donde estaban, pero era la forma de William de castigarle por querer un árbol. Había sacado dos billetes del fajo que se guardaba en el bolsillo y había anunciado, en tono sarcástico y lo bastante fuerte para que lo oyera el vendedor: «Yo, mejor por el culo». Ahora, entre vaharadas de aliento, William añadió: «¿Sabes…? Jesús nos habría mandado a los dos al infierno. Sale en… el Levítico, creo, en alguna parte. No le veo sentido a un Mesías que te condena al infierno». Te equivocas de Testamento, podría haber objetado Mercer, y además hace semanas que no pecamos juntos, pero lo fundamental era no picar el anzuelo. El jefe de los scouts quedaba todavía a escasos cien metros, al final de un caminito de agujas verdes.

Gradualmente las manzanas fueron despoblándose. A esa hora Hell’s Kitchen se componía mayoritariamente de solares de escombros, chasis quemados de coches y algún que otro mendigo en los semáforos. Parecía que hubiera explotado una bomba y solo quedaran los parias, que debió de haber constituido el principal atractivo de la zona para William Hamilton-Sweeney hacia finales de los años sesenta. Lo cierto era que había explotado una bomba unos años antes de que Mercer se mudara al barrio. Un grupo con uno de esos complejos acrónimos que no lograba recordar había volado una furgoneta delante de la última fábrica en funcionamiento, con lo que había abierto un nuevo espacio para lofts desvencijados. En el edificio donde vivían ellos, en una vida anterior fabricaban caramelos de menta de la marca Knickerbocker. En cierto modo, apenas había cambiado: la conversión de local comercial a residencial había sido chapucera, probablemente ilegal, y había dejado un residuo industrial en polvo incrustado entre los tablones del suelo. Daba igual cuánto fregases, siempre persistía una nota a menta empalagosa.

Como el montacargas había vuelto a estropearse, o seguía estropeado, tardaron media hora en subir cinco plantas con el árbol a cuestas. La chaqueta de William se manchó de savia. Había trasladado los lienzos al estudio del Bronx, pero aun así el único hueco donde cabía el árbol estaba delante de la ventana del salón, donde las ramas tapaban el sol. Mercer, previéndolo, había comprado provisiones para animarse: luces para colgar de la pared, un faldón para el árbol, un cartón de ponche de huevo sin alcohol. Las dejó en la encimera, pero William se sentó enfurruñado en el futón a comer gominolas de un cuenco con la gata, Eartha K., aposentada con aire petulante sobre su pecho. «Al menos no has comprado un nacimiento», dijo. A Mercer le dolió en parte porque en ese instante rebuscaba bajo el fregadero las figuritas de los reyes magos que su madre le había enviado con su regalo.

En cambio, lo que encontró fue el correo, que juraría haber dejado a la vista sobre el radiador esa misma mañana. Normalmente Mercer no lo habría consentido —no podía pasar junto a una de las bolas de pelo de Eartha sin echar mano del recogedor—, pero un sobre concreto llevaba sin abrir una semana, entre la segunda y la tercera notificación de Americard Family of Credit Cards (redundancia sic), y Mercer albergaba la esperanza de que tal vez hoy William admitiera por fin su presencia. Reorganizó el montón para dejar el sobre arriba del todo. Volvió a colocarlo sobre el radiador. Pero su amante ya se había levantado a remojar con ponche el grumo de gominolas verdes, como si fueran un cereal futurístico. «El desayuno de los campeones», dijo.

La cuestión estaba en que William tenía una especie de don para no fijarse en lo que no quería ver. Otro ejemplo práctico: hoy, Nochebuena de 1976, hacía dieciocho meses que Mercer había llegado a Nueva York desde la pequeña población de Altana, en Georgia. «Ah, conozco Atlanta», le aseguraba la gente con alegre condescendencia. «No», solía corregirles él, «Al-tan-a», pero al final se cansó. La simplicidad era más fácil que la precisión. En su ciudad, todos pensaban que se había ido al norte a dar clases de inglés en la Escuela Femenina Wenceslas-Mockingbird de Greenwich Village. Por debajo, por supuesto, subyacía la ardiente ambición de escribir la Gran Novela Americana (que todavía ardía en él, aunque por razones diferentes). Y todavía más por debajo… bueno, la manera más sencilla de exponerlo habría sido decir que había conocido a alguien.

El amor, como Mercer lo había entendido hasta la fecha, conllevaba vastos campos gravitacionales de deber y desaprobación que se imponían a las partes implicadas y convertían incluso una charla trivial en una lucha por seguir respirando. Ahora conocía a una persona capaz de no devolverle las llamadas durante semanas sin sentir la menor necesidad de disculparse. Un caucásico que se paseaba por la calle Ciento veinticinco como si le perteneciera. Un hombre de treinta y tres años que todavía dormía hasta las tres de la tarde, incluso después de empezar a vivir juntos. Al principio, la entrega con que William se dedicaba a hacer exactamente lo que le venía en gana había supuesto una revelación. De pronto, era posible separar el amor de estar en deuda con alguien.

Más recientemente, sin embargo, Mercer había comenzado a sospechar que el precio de la liberación consistía en negarse a mirar atrás. William solo hablaba en los términos más vagos de su vida antes de Mercer: el período de dependencia de la heroína durante los primeros años setenta que le había convertido en un goloso insaciable; los montones de cuadros que se negaba a mostrar a Mercer ni a nadie que pudiera haberlos comprado; el grupo de rock implosionado cuyo nombre, Ex Post Facto, había grabado con una percha metálica en la espalda de la chupa de cuero. ¿Y la familia? Silencio total. Durante mucho tiempo Mercer ni siquiera había deducido que William era uno de los Hamilton-Sweeney, lo que era más o menos como conocer a Frank Tecumseh Sherman y no caer en preguntarle por algún parentesco con el general. William todavía se paralizaba cada vez que se mencionaba la Hamilton-Sweeney Company en su presencia, como si acabara de encontrarse una uña en la sopa e intentara retirarla sin alarmar a los otros comensales. Mercer se decía que sus sentimientos no habrían cambiado un ápice de haber sido William un Fulanito o un Menganito. Con todo, costaba reprimir la curiosidad.

Y eso antes del Festival Interconfesional de Primaria de ese mismo mes, al que el decano de estudiantes había estado a punto de exigir la asistencia de todo el profesorado. A los cuarenta minutos de espectáculo, Mercer intentaba distraerse con el interminable reparto del programa cuando le llamó la atención un nombre. Pasó el dedo sobre las letras a la tenue luz del auditorio: Cate Hamilton-Sweeney Lamplighter (coro infantil). Por lo general Mercer se circunscribía a la escuela superior —con veinticuatro años era el maestro más joven y el único afroamericano al que patear, y las niñas más pequeñas parecían considerarlo una especie de conserje bien vestido—, pero, una vez que salieron a saludar, buscó a una colega que trabajaba en el jardín de infancia. Ella le señaló a un grupo de duendecillas ecuménicas junto a la puerta del escenario. Por lo visto, la tal «Cate» era una de ellas. Es decir, una de los suyos.

—¿Y por casualidad no sabrás si tiene algún William en la familia?

—¿Te refieres a su hermano Will? Estudia quinto o sexto, creo, en una escuela de la zona alta. Mixta, no sé por qué no llevan allí a Cate. —La colega pareció contenerse—. ¿Por qué lo preguntas?

—Ah, por nada —respondió Mercer, dando media vuelta.

Era justo lo que había pensado: un error, una coincidencia, que ya estaba procurando olvidar.

Pero ¿había sido Faulkner quien había dicho que el pasado ni siquiera había pasado? La semana anterior, el último día del semestre, después de que la última becada retrasada le hubiera entregado el examen final, una mujer blanca y de aspecto nervioso se había plantado en la puerta del aula. Era bonita como lo son las madres jóvenes —y probablemente la falda que llevaba costaba más que el vestuario entero de Mercer—, pero había algo más que también le resultaba familiar, aunque no conseguía identificar el qué.

—¿En qué puedo ayudarla?

Ella cotejó el papel que tenía en la mano con el nombre de la puerta.

—¿El señor Goodman?

—Yo mismo.

¿O «El mismo»? No lo sabía. Plegó las manos sobre la mesa e intentó no parecer amenazador, como solía hacer cuando trataba con madres.

—No sé cómo exponerlo con tacto. Cate Lamplighter es mi hija. Su maestra me ha comentado que preguntó usted por ella al terminar el festival de la semana pasada.

—Ah, vaya. —Mercer se sonrojó—. Fue una confusión. Pero ruego me disculpe por cualquier…

Entonces lo vio: la barbilla afilada, los asombrados ojos azules. Podría ser un William en mujer, salvo porque llevaba el pelo caoba en lugar de moreno y cortado en una media melena sencilla. Y, claro, por el atuendo elegante.

—Creo que preguntaba usted por el tío de Cate, le puse William a mi hijo por él. Aunque no lo sepa, ni siquiera conoce a su sobrino. Hablo de mi hermano, claro. William Hamilton-Sweeney. —La mano que tendió, al contrario que su voz, era firme—. Me llamo Regan.

Cuidado, pensó Mercer. En Mockingbird, un cromosoma Y ya era un lastre de por sí y, tanto daba lo que dijeran cuando le contrataron, ser negro también. Maniobrando entre la Escila del exceso y la Caribdis del déficit, Mercer había trabajado arduamente para proyectar una sexualidad retraída. En lo concerniente a sus colegas, vivía con la única compañía de sus libros. Aun así, saboreó el nombre en su boca:

—Regan.

—¿Puedo preguntarle por qué le interesa mi hermano? No le deberá dinero ni nada por el estilo, ¿verdad?

—No, por Dios. Nada de eso. Es… un amigo. Sencillamente no sabía que tuviera una hermana.

—No nos hablamos mucho. Desde hace años. De hecho, no tengo ni idea de cómo encontrarlo. No querría molestar, pero ¿podría dejarle esto?

Se acercó a depositar una cosa en la mesa, y al verla retroceder un pequeño dolor recorrió a Mercer. En el vasto mar silencioso que formaba el pasado de William había aparecido un mástil, solo para volver a perderse en el horizonte.

Un momento, pensó.

—Pues iba a tomarme un café. ¿Le apetece uno?

La inquietud tiñó el rostro de la mujer, o la tristeza, abstracta pero penetrante. Era de una belleza bastante espectacular, aunque tal vez un poco flaca. La mayoría de los adultos cuando estaban tristes parecían replegarse y envejecer y perdían su atractivo; tal vez fuera un recurso evolutivo, para producir gradualmente una raza maestra de homínidos inmunes a las emociones, pero, en tal caso, el gen se había saltado a aquellos Hamilton-Sweeney.

—No puedo —respondió por fin—. Tengo que llevar a los niños con su padre. —Señaló el sobre—. Si pudiera, si ve a William antes de Nochevieja y se lo da, ¿podría decirle… que este año necesito que vaya?

—Que vaya ¿adónde? Perdón. No es asunto mío, desde luego.

—Encantada de conocerle, señor Goodman. —Se detuvo junto a la puerta—. Y no se preocupe por las circunstancias. Me alegro de saber que mi hermano tiene a alguien.

Se había retirado sin darle tiempo a preguntar qué insinuaba. Mercer se asomó al pasillo para verla marcharse, taconeando por los cuadrados de luz de las baldosas. Luego miró el sobre cerrado que tenía en las manos. No llevaba matasellos, solo una mancha de líquido corrector donde debería estar la dirección y una caligrafía apresurada que rezaba William Hamilton-Sweeney III. Mercer no sabía que tuviera un numeral romano.

La mañana de Navidad se despertó con sentimiento de culpa. Un poco más de sueño podría haberlo aliviado, pero años de ritual pavloviano lo imposibilitaban. Su madre solía entrar en el cuarto cuando todavía era de noche y tirar calcetines repletos de naranjas de Florida y baratijas del colmado a los pies de su cama y la de C. L.; y luego fingía que se sorprendía cuando sus hijos se despertaban. Ahora que en teoría era adulto ya no había calcetines, y permaneció echado junto a su amante roncador durante lo que le pareció una eternidad, contemplando cómo la luz avanzaba por el pladur. William lo había instalado apresuradamente para cerrar un hueco donde dormir en el espacio sin divisiones del loft y nunca había encontrado el momento de pintarlo. Además del colchón, las únicas concesiones a la domesticidad eran un autorretrato inacabado y un espejo de cuerpo entero girado en paralelo a la cama. A veces, avergonzado, Mercer pillaba a William mirando al espejo cuando estaban in flagrante, pero era una de esas cosas sobre las que sabía que no debía preguntar. ¿Por qué no podía respetar esas pequeñas reticencias? En cambio, lo atraían cada vez más, hasta que para proteger los secretos de William terminaba, por fuerza, teniendo los suyos propios.

Pero sin duda el sentido de la Navidad radicaba en no seguir dando la espalda y amargándose. La temperatura había ido descendiendo de manera continuada y la prenda más gruesa de William era la cazadora de Ex Post Facto, así que Mercer había decidido regalarle una parka, un envoltorio cálido que lo rodearía adondequiera que fuera. Había ahorrado cincuenta dólares de cada uno de sus últimos cinco sueldos y había ido a Bloomingdale’s vestido todavía con lo que William llamaba su disfraz de profesor —corbata y americana con coderas—, pero esto no pareció persuadir a los vendedores de que era un cliente respetable. De hecho, un detective con bigotillo de roedor lo había seguido desde la sección de ropa de abrigo a la de hombre y luego a la de etiqueta. Aunque quizá fuera una suerte: de lo contrario tal vez Mercer no hubiera descubierto el abrigo Chesterfield. Era precioso, leonado, como tejido con el fino pelaje de unos gatitos. Cuatro botones y tres bolsillos interiores, para pinceles, bolígrafos y cuadernos. El cuello, el cinturón y el cuerpo eran de tres tonos distintos de lana añal. Era lo bastante extravagante para que William se lo pusiera y extraordinariamente cálido. También estaba muy por encima de las posibilidades de Mercer, pero una suerte de rebelión embelesada o de embeleso rebelde lo condujo hasta la caja registradora y, de allí, al mostrador de envolver regalos, donde lo empaquetaron en un papel estampado con un enjambre de bes doradas. Ya hacía semana y media que el abrigo estaba escondido debajo del futón. Incapaz de esperar más, Mercer fingió un ataque de tos y William se despertó.

Después de preparar el café y enchufar el árbol, Mercer le dejó el paquete en el regazo.

—Hostia, cuánto pesa.

Mercer apartó una pelusa.

—Ábrelo.

Observó atentamente a William mientras la tapa soltaba un poquito de aire y el papel de seda se arrugaba.

—Un abrigo.

William intentó musitar cierta exclamación, pero pronunciar el nombre del regalo, como todo el mundo sabía, era lo que hacías frente a una decepción.

—Pruébatelo.

—¿Encima de la bata?

—Antes o después tendrás que probártelo.

Solo entonces William comenzó a decir lo que tocaba: que necesitaba un abrigo, que era bonito. Desapareció en el hueco del dormitorio y se entretuvo allí un rato inusitadamente largo. Mercer prácticamente le oía girar ante el espejo ladeado, tratando de decidir cómo se sentía. Al final, la cortina de cuentas volvió a abrirse.

—Es estupendo.

Al menos le quedaba estupendo. Con el cuello levantado, resaltaba las bellas facciones de William, la aristocracia natural de sus pómulos.

—¿Te gusta?

—Un sueño de abrigo en Technicolor. —William imitó varios gestos, se palpó los bolsillos, giró a cámara—. Es como lucir un jacuzzi. Pero ahora me toca a mí, Merce.

Al otro lado de la habitación, las bombillas de los comercios parpadeaban débilmente contra la luz de mediodía. El pie del árbol estaba vacío, salvo por los pelos de gato y algunas agujas; Mercer había abierto el regalo de su madre la noche anterior, mientras hablaba con ella por teléfono, y sabía por cómo había firmado la tarjeta que C. L. y su padre se habían olvidado o no habían querido mandar regalos por separado. Mercer se había preparado ante la eventualidad de que William tampoco le hubiera comprado nada, pero ahora William le tendía desde el hueco del dormitorio un paquete que había envuelto en papel de diario con gesto de borracho.

—Ten cuidado —dijo, depositándolo en el suelo.

¿Alguna vez no tenía cuidado Mercer? Le asaltó un fuerte olor a lubricante al abrir el papel y descubrir una cuadrícula de teclas blancas y ordenadas: una máquina de escribir.

—Es eléctrica. La encontré en una casa de empeños del centro, está como nueva. Se supone que van mucho más rápido.

—No deberías haberte molestado —dijo Mercer.

—La que tienes está hecha una mierda. Si fuera un caballo, le pegarías un tiro.

No, de verdad, no debería haberse molestado. Aunque Mercer aún no había reunido el valor para contárselo a William, la lentitud con que progresaba —o no— su «trabajo en curso» no tenía nada que ver con la máquina, al menos en el sentido convencional. Para evitar más secretos, abrazó a William. El calor de su cuerpo penetró incluso el suntuoso abrigo. Entonces William debió de ver el reloj del horno.

—Mierda. ¿Te importa si enciendo la tele?

—No me digas que hay partido. Es festivo.

—Sabía que lo entenderías.

Mercer intentó sentarse con William unos minutos a ver su querido deporte, pero para él el fútbol americano televisado era tan interesante, o incluso tan narrativamente inteligible, como un circo de moscas, de modo que se levantó y fue a la cocina a seguir con las otras estaciones de la cruz navideña. Mientras la multitud rugía y los anunciantes ensalzaban las virtudes de las maquinillas de doble hoja y la pasta con queso Velveeta, Mercer glaseó el jamón y troceó los ñames y abrió el vino para dejarlo respirar. Él no bebía —había visto lo que le había hecho el alcohol al cerebro de C. L.—, pero se le había ocurrido que un Chianti animaría a William.

La cocina de dos quemadores fue caldeando el ambiente. Mercer se acercó a abrir una rendija la ventana y espantó a las palomas que se habían posado en el macetero de los geranios, vacío durante el invierno. Bueno, en realidad era un bloque de hormigón. Los pájaros volaron por los cañones que formaban las fábricas abandonadas, a tramos perdidos entre las sombras, a ratos iluminados por una explosión de luz. Cuando volvió a mirar a William, el Chesterfield estaba de vuelta en la caja, en el suelo junto al futón, y la bolsa extragrande de chucherías estaba casi vacía. Mercer notó cómo se convertía en su madre.

Durante el descanso se sentaron con los platos en las rodillas. Mercer había supuesto que al detenerse la acción quizá William apagase el televisor, pero ni siquiera bajó el volumen ni apartó la vista.

—Los ñames están riquísimos —dijo. La música reggae, la Noche Amateur del Apollo y la comida eran las únicas afinidades electivas de William con la negritud—. Ojalá dejaras de mirarme así.

—Así ¿cómo?

—Como si me hubiera cargado a tu cachorrito. Siento que el día no haya estado a la altura de tus expectativas.

Mercer no se había dado cuenta de que lo miraba fijamente. Desvió la mirada hacia el árbol, que ya comenzaba a secarse en su soporte de aluminio.

—Es la primera Navidad que paso fuera de casa. Si intentar mantener algunas tradiciones me convierte en un iluso, pues supongo que lo soy.

—¿No te parece significativo que la sigas considerando tu casa? —William se secó la comisura de la boca con la servilleta. Sus modales a la mesa, hermosos, fuera de lugar, deberían haberle dado una pista—. Somos mayorcitos, Merce. Creamos nuestras propias tradiciones. La Navidad podría consistir en doce noches seguidas de discoteca. Si quisiéramos, podríamos almorzar ostras a diario.

Mercer no atinaba a discernir qué parte de lo dicho era sincera y hasta qué punto William solo trataba de ganar la discusión.

—En serio, William, ¿ostras?

—Las cartas sobre la mesa, querido. Esto es por el sobre que no paras de intentar plantarme delante de las narices, ¿verdad?

—Bueno, ¿es que no piensas abrirlo?

—¿Por qué iba a abrirlo? No contiene nada que vaya a hacer que me sienta mejor. ¡Mierda!

Mercer tardó un segundo en comprender que William estaba hablando con el partido, donde alguna brutalidad anunció el inicio del tercer cuarto.

—¿Sabes qué creo? Creo que ya sabes lo que contiene, William.

Al igual que Mercer, de hecho. O, al menos, tenía sus sospechas.

Fue a por el sobre y lo tendió hacia el televisor; una sombra anidaba tentadoramente en su interior, como el secreto oculto en el corazón de una radiografía.

—Creo que es de tu familia.

—Lo que yo querría saber es cómo ha llegado hasta aquí sin matasellos.

—Lo que yo querría saber es por qué representa semejante amenaza.

—Cuando te pones así no se puede hablar contigo, Mercer.

—¿Por qué a mí no se me permite querer cosas?

—Sabes perfectamente que yo no he dicho eso.

Ahora le tocaba a Mercer plantearse cuánto quería decir las palabras que salían de su boca y hasta qué punto solo buscaba ganar. Por el rabillo del ojo veía la batería de cocina, el estante de libros ordenados alfabéticamente, el árbol, todo comodidades en las que, era verdad, William había cedido por él. Pero ¿y el plano emocional? En cualquier caso, él también había dicho demasiado para retractarse.

—Te voy a decir lo que quieres: que tu vida se quede como está mientras yo me retuerzo alrededor como una parra.

En las mejillas de William aparecieron puntos pálidos, como ocurría siempre que se rompían los límites entre sus vidas interiores y exteriores. Durante un segundo William podría haber saltado por encima de la mesa del café. Y durante un segundo Mercer podría haberlo agradecido. Podría haber probado que él era más importante para William que su autocontrol, y qué fácil habría resultado pasar de forcejear enfadados a ese otro forcejeo más dulce. En cambio, William cogió el abrigo.

—Salgo.

—Es Navidad.

—Es otra cosa que podemos hacer, Mercer. Podemos disponer de ratos a solas.

Pero Solitas radix malorum est, pensaría después Mercer, al recordar. La puerta se cerró, dejándolo a solas con la comida que apenas habían tocado. También el apetito lo abandonó. Había algo de escatológico en la tenue luz vespertina, debilitada por el árbol y la capa de hollín que cubría la ventana, y también en el frío que se colaba por la rendija que había abierto. Cada vez que pasaba un camión, las puntas deshilachadas del portabotellas de mimbre temblaban como las agujas de un delicado sismómetro. Sí, todo, personal, mundial e históricamente, estaba desmoronándose. Mercer fingió un rato que se entretenía con el flujo de camisetas de la pantalla. Pero en realidad se había escondido de nuevo en su cabeza dando pequeños tirones para realizar la clase de ajustes que le permitirían seguir viviendo así, con un novio que se marchaba el día de Navidad.

2

Últimamente Charlie Weisbarger, de diecisiete años, había dedicado mucho tiempo a las apariencias. No era presumido, no creía serlo, ni se gustaba exageradamente, pero la perspectiva de volver a ver a Sam lo atraía sin remedio hacia el espejo. Era curioso: se suponía que el amor te empujaba a superar las limitaciones, pero, por lo que fuera, su amor por Sam —como la música que había descubierto ese verano o su trastorno voluntario— solo había terminado devolviéndolo a las orillas de sí mismo. Era como si el universo tratara de darle una lección. El reto, suponía, estaba en negarse a aprender.

Cogió un álbum del montón que había junto al equipo y puso un penique sobre la aguja para que no saltara. El primer elepé de Ex Post Facto, de 1974. Datos complementarios: se publicó unos meses antes de la desintegración del grupo, por lo que también era su último disco. Mientras los poderosos acordes rasgaban los altavoces, Charlie sacó una caja negra y redonda de la balda del armario adonde había desterrado la indumentaria de su infancia. El polvo se pegaba a la tapa, como la superficie viscosa de una sopa fría. En lugar de desaparecer cuando lo sopló, se arremolinó y se le metió en la boca, de modo que Charlie limpió el resto con lo que tenía más a mano, un viejo guante de béisbol apretujado como un escroto contra la base de la mesilla de noche.

Aunque sabía lo que contenía la caja, la visión del gorro de pieles negro del abuelo nunca dejaba de provocarle una sacudida de soledad que le recorría todo el cuerpo, como tropezar con un nido del que hubieran huido todos los polluelos. El Sombrero del Viejo País, lo llamaba mamá, como en «David, ¿tiene que volver a ponerse el Sombrero del Viejo País?». Pero para Charlie siempre sería el Sombrero Manhattan, el que se había puesto el abuelo un par de diciembres atrás cuando habían ido a la Ciudad, los dos solos. La tapadera había sido un partido de los Rangers, pero sobre lo que le había hecho jurar a Charlie que mantendría el pico cerrado era que en realidad iban al Espectacular de Navidad del Radio City. Había sido brusco de la leche, el viejo polaco, abriéndose paso a empellones. La verdad, Charlie no entendía a qué venía tanta intriga: de todos modos nadie se creería que el abuelo pagase por ver a aquellas bailarinas shiksa. Después, puede que durante una hora, se quedaron viendo la pista de hielo del Rockefeller Center, contemplando a los patinadores. Charlie no iba bien abrigado, pero sabía que no debía quejarse. Al final, el abuelo se acercó y abrió el puño nudoso. Dentro, embalsamado en papel de cera, había un caramelo de azúcar y mantequilla que a saber de dónde había salido, como la última reliquia sacada de contrabando de una zona de guerra, más preciada por haber estado escondida.

Lo cierto era que le daba pena al abuelo. Desde el milagroso nacimiento de sus hermanos gemelos se suponía que nadie debía admitir que habían relegado al primogénito, pero el abuelo pretendía reparar la situación: una franqueza que Charlie agradecía. Ese año había pedido ir a Montreal por Hanuká, pero mamá y el abuelo todavía se culpaban mutuamente de la muerte de papá. Así que era casi como si fueran dos muertes. Lo único que le quedaba a Charlie era el sombrero.

Le sorprendió descubrir que el cabezón del abuelo no había sido mucho mayor que el suyo. Posó ante el espejo de la puerta del ropero, de tres cuartos, de perfil derecho. Costaba adivinar qué opinaría Sam porque, aparte del sombrero, únicamente llevaba calzoncillos y camiseta, y también porque entre Charlie y el espejo parecían interponerse cambiantes nubarrones de atractivo y asco. Sus largas extremidades blancas y la pelusilla de gentil de sus mejillas desprendían cierta chispa hormonal, pero, claro, en esos tiempos ocurría otro tanto con el ruido de un asiento del autocar escolar, el aroma a aceite para bebés o ciertos productos alimenticios provocativamente moldeados. Y el asma era un problema. El pelo rojo tomate era un problema. Se caló el sombrero, llenó de aire el pecho de palomo. Cambió la postura para tapar el grano del muslo derecho. (¿Era posible tener un grano en el muslo?) Se comparó con la foto de la portada del disco: tres hombres toscos, flacos como él, y un travesti que daba miedo. No estaba seguro de poder imaginarse a ninguno de ellos con el sombrero, pero daba igual; le parecía bonito.

Además, lo había elegido a propósito para violar los cánones del buen gusto. En la amplia normalidad media del amplio y normal Long Island, 1976 había sido el año del après-ski. La idea consistía en aparentar que habías bajado un eslalon de camino a la escuela: jerséis acrílicos y gorras de lana y anoraks acolchados con abonos del telesilla colgando de las cremalleras. Los abonos, que amarilleaban dolorosamente fuera de temporada, eran la única manera que tenía Charlie de conocer los nombres de las estaciones; su tribu, por lo general, no esquiaba. Y el sombrero del abuelo… bueno, para el caso podría haberse paseado con una peluca empolvada. Pero ese era el sentido de ser punk, le había enseñado Sam. Rebelarse. Darle la vuelta. Recuerdos de su verano ilícito, de la docena larga de viajes a la Ciudad antes de que mamá lo estropeara todo, se agitaban deliciosamente en su interior, como habían hecho la semana pasada cuando había contestado al teléfono para descubrir a Sam del otro lado. Pero qué rápido volvía a hundirse el placer en los lodos de los sentimientos habituales: la mezcla de arrogancia y arrepentimiento, como si estuvieran a punto de quitarle algo para lo que estuviera preparado, o no, a renunciar.

Giró a la cara B, por si acaso había un riff que se hubiera saltado o un matiz de sentido del fraseo que no hubiera memorizado. Brass Tactics, se llamaba el disco. Era el favorito de Sam; se había vuelto loquita por el cantante, el tipo menudo de la chupa de cuero y la cresta que hacía una peineta desde la portada. Ahora también era el disco favorito de Charlie. Ese otoño lo había escuchado una y otra vez, aprobándolo como no había aprobado nada desde Ziggy Stardust. Sí, él también se sentía solo. Sí, él también conocía el dolor. Sí, se había tumbado en el suelo de la buhardilla la tarde del funeral de su padre y había escuchado el viento caliente entre los árboles de fuera y sí, había oído cómo las hojas se volvían marrones y se había preguntado si, de verdad, algo tenía sentido. Sí, se había pasado el año con una pierna colgando por fuera de la ventana y había visto cómo le explotaba el cráneo como un melón en el cemento agrietado de la calle, pero sí, se había reprimido por una razón, y quizá esta fuera la razón. Había descubierto Ex Post Facto demasiado tarde para verlos en directo, pero ahora habían vuelto a reunirse para dar un concierto de Nochevieja, con un tipo que conocía Sam de sustituto de Billy Tres-Palos al micrófono, había dicho Sam, y un espectáculo pirotécnico para el gran final. Lo de «un tipo» dolía, pero ¿acaso no había admitido ella que lo necesitaba… refiriéndose a Charlie?

La nieve se acumulaba en el alféizar mientras Charlie daba un último repaso al ropero. Tiritar era poco viril, y estaba decidido a no pasar frío. Por otro lado, con calzoncillos largos parecía no tener sexo, y cuando Sam le bajara la cremallera esa noche —cuando estuvieran solos en la habitación iluminada por la luna de sus ensoñaciones (la misma eventualidad para la que se había metido en el bolsillo un condón añejo, tamaño extragrande)— no quería cagarla. Decidió, a modo de solución de compromiso, llevar los pantalones del pijama por debajo de los vaqueros. Así los vaqueros le ajustaban más, como si fuera el quinto Ramone. Aspiró a fondo del inhalador, apagó el tocadiscos y se echó la bolsa al hombro.

Arriba, su madre fregaba los platos. Los gemelos estaban sentados a sus pies en el linóleo arrugado, empujando un juguete de aquí para allá. Un coche Matchbox, vio Charlie, con un muñeco atado al techo con una goma como si fuera el equipaje. «Está malito», explicó Izzy. Abe imitó la sirena de una ambulancia. Charlie frunció el ceño. Habían alertado a su madre de su presencia y no podía imaginarse dejando de traslucir decepción cuando la mujer se girase. Entonces se fijó en el cable retorcido que unía la cabeza de su madre con el teléfono de pared. «¿Eres tú, tesoro?», preguntó la madre. Y al teléfono: «Acaba de entrar». Charlie le habría preguntado con quién hablaba, solo que ya lo sabía.

—Sí, me voy —dijo Charlie con cautela.

Su madre sujetaba el teléfono entre la barbilla y el hombro. Los brazos continuaban con las abluciones por encima del agua humeante de la pila.

—¿Necesitas que te lleve en coche?

—No, voy a casa de Mickey. Puedo ir andando.

—La nevada empeorará antes de que despeje.

—Estoy bien, mamá.

—Bueno, pues entonces hasta el año que viene.

La broma lo desconcertó un momento, igual que cada año, como la primera chica que lo pellizcaba el día de San Patricio. Incluso después de entenderla, un líquido amargo le subió a la garganta. En realidad lo que quería era que su madre se volviera, lo mirase e intentara detenerlo. Pero ¿por qué? Solo se escapaba una noche y regresaría al amanecer, y nada iba a cambiar porque nunca cambiaba nada.

Fuera, libre de los complejos encantos que lo vinculaban al hogar, se movía con más facilidad. Cogió la bici del lateral del garaje y escondió la bolsa para pasar la noche detrás de la caldera. Contenía un señuelo de ropa sucia recolectada del suelo del dormitorio. La nieve comenzaba a espesar y había empezado a cuajar en el suelo, como una hoja de papel de cera lisa. Las ruedas dibujaban grandes surcos negros a su estela. Cuando pasó bajo una farola, un monstruo engulló la tierra delante de él: largo y flaco por abajo, de espaldas y melenas enormes (la chaqueta abultada, el gorro de pieles). Siguió pedaleando, entornando los ojos ante las dagas de nieve.

El centro de Flower Hill, pese a los esfuerzos del Ayuntamiento, no podía disimular lo que era. De día falsificaba una urbanidad venida a menos —había una floristería, un salón de bodas, una tienda de discos mediocre—, pero por la noche los escaparates iluminados anunciaban las auténticas urgencias de la población. Masajes. Tatuajes. Armería. A la puerta de un ultramarinos vacío, un Santa Claus mecánico pivotaba rígidamente al ritmo de «Dulce Navidad» con las piernas encadenadas a una valla. Charlie, que ya no se sentía las manos, paró y entró a por un chute de café. Le subió a los diez minutos, cuando escondió la bici debajo de unos matorrales de la estación. De verdad que tenía que acordarse de comprar un candado.

Encontró a Sam esperándole en un cono de luz al fondo del andén. Hacía medio año que no la veía, pero por el modo en que se mordía la uña del pulgar de la mano del cigarrillo supo que algo la carcomía por dentro. (O en cualquier caso, debería haber sido capaz de adivinarlo gracias a su conexión telepática. ¿Cuántas noches había pasado en vela hablando mentalmente con ella desde que lo castigaron? Pero, a la hora de la verdad, la telepatía, la gnosis y los otros superpoderes que en algún que otro momento había imaginado poseer no existían. En la vida real nadie veía a través de las paredes. Nadie (pensaría luego, después de lo que ocurrió) podía revertir la flecha del tiempo.) Sorprendentemente, Sam no le vio resbalar en la nieve al echar a correr. Incluso cuando ya estaba prácticamente encima de ella, Sam continuó mirando la cara lunar del reloj de la estación y los copos blancos que allí se desvanecían. Charlie quería abrazarla, pero como el ángulo de sus cuerpos lo impedía, se conformó con darle un puñetazo suave en el hombro; quedó mal, en absoluto como la muestra de afecto que habría resultado en manos más expertas que las suyas, de modo que lo transformó en un bailecito, lanzando puñetazos al aire, fingiendo que la había golpeado de casualidad. «Ey! O! Let’s go!» Y por fin Sam volvió hacia él la cara tanto tiempo escondida: los ardientes ojos negros, la nariz respingona con el aro de plata y la boca nacida para las películas, un pelín demasiado grande, de donde manó una voz cascada por el tabaco (su mayor virtud):

—Cuánto tiempo.

—Sí, bueno. He estado ocupado.

—Creía que estabas castigado, Charlie.

—Sí, también.

Sam alargó la mano hacia el sombrero de pieles. Las mejillas de Charlie quemaban mientras ella inspeccionaba el traumatismo capilar autoinfligido que había derivado indirectamente en el exilio. «Pareces un paciente del manicomio», le había dicho su madre. Le había vuelto a crecer el pelo, casi todo. Mientras, Sam también se había retocado el suyo, se lo había cortado como un chico y se lo había teñido de negro. Era casi tan alta como Charlie, y con la americana negra disimulándole las curvas parecía Patti Smith en la portada de Horses, el segundo disco favorito de ambos. Aunque a saber qué escuchaba Sam ahora que se había mudado a la Ciudad para estudiar en la universidad. Cuando le preguntaba por la vida universitaria, decía que era un coñazo. Charlie le ofreció el sombrero.

—¿Lo quieres? Calienta.

—Solo han sido quince minutos.

—La calle resbala. Y he tenido que parar a tomarme un café. Perdona, no tengo coche. —Charlie nunca mencionaba lo malo que era para su asma que ella fumara como un carretero, y ella, por su parte, en ese momento fingió no darse cuenta de que Charlie aspiraba una bocanada química del estúpido inhalador—. Mi madre piensa que voy a pasar la noche en casa de Mickey Sullivan, para que veas en qué mundo vive. —Pero Sam ya se había vuelto hacia donde las vías se perdían en la oscuridad. Una luz se deslizó hacia ellos como una slider blanca en dirección al plato. El tren de las 20.33 a Penn Station. En unas horas la bola caería en Times Square y, por todo Nueva York, hombres y mujeres se girarían hacia quien tuvieran al lado para darle un beso inocente, o no tan inocente. Fingió que la tensión del pecho al subir al vagón era producto de la cafeína—. Como si me importara lo que piensa Mickey. Ese capullo ya ni siquiera me saluda en el comedor.

Los tres, Mickey, Charlie y Samantha, deberían ir al mismo curso. Pero el temible padre de Sam, el genio pirotécnico, la había mandado a las monjas en primaria y luego a un colegio privado de Nueva York. Debía de haber funcionado; Sam solo tenía seis meses más que él, pero era lo bastante lista para saltarse sexto y estar ya en la universidad. Mientras que Mickey y él eran estudiantes del montón y ya ni siquiera eran amigos. Quizá Charlie debería haberse buscado a alguien más dispuesto a servirle de coartada esa noche, porque si su madre telefoneaba a los Sullivan a medianoche para darles las gracias (no era probable, pero aun así), tendría problemas, un montón de hediondos problemas. ¿Y si su madre descubría de dónde había sacado el dinero para dos billetes de ida y vuelta a la Ciudad? Estaría encerrado en su cuarto hasta 1980.

—¿Tienes los tíquets?

—Creía que invitabas tú.

—Me refiero al concierto de Ex Post Facto.

Sam se sacó un folleto arrugado del bolsillo.

—Ahora se llaman Ex Nihilo. Nuevo cantante, nuevo nombre. —Por un momento, su ánimo pareció decaer—. Pero de todos modos no vamos a la ópera. No hacen falta entradas.

Charlie la siguió por el pasillo, bajo las luces parpadeantes, y esperó cuanto pudo a recordarle que no podía sentarse de espaldas, por el estómago. De nuevo, Sam pareció malhumorada; Charlie pensó por un segundo que ya había gafado su (no pudo evitar pensarlo así) cita. Pero Sam había abierto la puerta y lo conducía al siguiente vagón.

Esa noche el tren de Long Island pertenecía a los críos. Incluso los adultos eran críos. Eran tan pocos que cada grupillo de juerguistas podía dejar varias filas de asientos rojos y azules del Bicentenario a cada lado a modo de parachoques. Los chavales hablaban mucho más fuerte que los adultos y saltaba a la vista que querían que los escucharan, como para reclamar sus derechos, una manera de decir «No te tengo miedo». Charlie se preguntó cuántas madres de Nassau County no tendrían ni idea de dónde estaban sus hijos esa noche, cuántas madres simplemente les habrían concedido la libertad. En cuanto pasó el revisor, empezaron a rular cervezas. Alguien tenía un transistor, pero el altavoz era pésimo y a aquel volumen solo se oía una voz gimiendo excitada. Probablemente Led Zeppelin, cuyas bobadas tolkiensianas habían conformado la banda sonora del túnel de lavado donde Charlie había trabajado en primero, pero de la que había renegado el verano pasado, cuando Sam calificó a Robert Plant de «chulito misógino». Podía ser así, ácida y apasionada, y ahora su silencio le pilló desprevenido. Cuando un chaval unas cuantas filas más allá simuló que les lanzaba una lata de cerveza, Charlie intentó atraparla, como un tonto. Los amigos del chaval se rieron. «Criajos», musitó Charlie en lo que le pareció un tono mordaz, solo que no lo bastante alto para que le oyeran, y volvió a hundirse en el ruidoso escay de su asiento de cara a la marcha. Sam se había girado de nuevo para ver los edificios de Queens destellando al otro lado de la ventanilla, o para mirar cómo su aliento condensado los convertía en fantasmas.

—¿Va todo bien? —preguntó Charlie.

—¿Por qué?

—Es fiesta. No pareces tener mucho ánimo festivo. Además, ¿no deberías estar documentándolo todo para la revista? —Durante el último año Sam había publicado un fanzine mimeografiado sobre la escena punk del centro. Era una parte importante de quién era, o había sido—. ¿Y la cámara?

Sam suspiró.

—No lo sé, Charlie. Me la habré dejado en alguna parte. Pero he traído esto. —De la bolsa militar del regazo salió una botella sin etiqueta de color marrón y pegajosa—. Es lo único que he encontrado en el mueble bar. El resto ya es prácticamente agua.

Charlie olió la boca de la botella. Licor de melocotón. Se la llevó a los labios, confiando en que no tuviera gérmenes.

—¿Seguro que estás bien?

—¿Sabes que eres la única persona que me lo pregunta?

Apoyó la cabeza en el hombro de Charlie. Él seguía sin saber lo que pensaba Sam, pero el calor medicinal del licor le había llegado a las tripas y besarla («hacérsela», como diría R. Plant) otra vez volvía a parecer posible. Durante el resto del trayecto, tuvo que imaginarse el temblor de los carrillos del presidente Ford para no empalmarse.

Pero en Penn Station la inquietud de Sam regresó. Sam apretó el paso entre el gentío que apestaba a perrito caliente, caras que avanzaban demasiado rápido para distinguirlas. Charlie, ahora bien lubricado, tuvo la impresión de que a su espalda brillaba una luz potente que encendía cada pelo teñido de negro de la nuca de Sam, sus diversos pendientes, las puntas menudas y delicadas de sus orejas: como si un equipo de cine la siguiera, iluminándola. Con luz que no se reflejaba en las cosas, sino que emanaba del interior. Del interior de Sam.

Subieron al tren rápido de la línea 2 en dirección a Flatbush Avenue, afortunadamente no muy lleno, y, mientras atravesaban una estación, pareció que el convoy replicaba las sílabas incomprensibles del conductor: Flat-bush, Flat-bush. Sam se giró en el asiento. Las vigas del andén cada vez más largo descompusieron la luz. Charlie se fijó por primera vez en un pequeño tatuaje en la nuca de Sam. Parecía una corona de rey dibujada con torpeza por un niño, pero no quería preguntarle por ello y recordarle así todas las cosas que por lo visto ya no sabía de ella. Soltó la barra a la que se agarraba y se metió las manos en los bolsillos, y se quedó plantado tratando de absorber las sacudidas: Flat-bush, Flat-bush. Era un juego que le había enseñado Sam llamado «surfear el metro». Perdía el primero que trastabillaba.

—Mira. —Como ella no miró, lo intentó de nuevo—. Juega.

—Ahora no.

Su voz carecía de la indulgencia maternal a la que Charlie estaba acostumbrado, y de nuevo pensó que la noche se torcía, como la luz de la estación por la que pasaban.

—A los mejores tres de cinco.

—A veces eres muy niño, Charles.

—Ya sabes que no me gusta Charles.

—Bueno, pues deja de comportarte como un Charles.

Le avergonzó que lo dijera tan alto. Cualquiera que no estuviera al caso podría pensar que ni siquiera le caía bien. De modo que Charlie se abalanzó sobre el banco de enfrente, como si hubiera decidido que aquel era su sitio. En la calle Catorce, una de las puertas se atascó y dejó solo una rendija para salir. Y, por supuesto, como era un caballero, le cedió el paso, aunque no se lo agradeciera. Luego cogieron el metro para otra parada más y salieron a la calle Christopher. Antes de que lo castigaran, salían juntos por la zona, comían helado, tomaban sedantes y se bebían el whisky del padre de Sam. Achispados a media tarde, Charlie se mofaba de los homosexuales que entraban en las tiendas eróticas mientras, al sur, los edificios se alzaban como reinos. El cielo que entonces se extendía en lo alto como un gran parche de tambor azul anaranjado ahora se desprendía a trocitos sobre sus cabezas. Y Charlie estaba asándose con los dos pares de pantalones. Le dijo a Sam que tenía que mear.

—Vamos con el tiempo justo, Charlie.

Pero él se coló en el lavabo de una pizzería con un cartel que advertía ¡SOLO PARA CLIENTES! Con la puerta cerrada, se quitó los vaqueros y el pijama, se guardó este último en el bolsillo de la chaqueta y volvió a ponerse los pantalones. El tipo del mostrador lo fulminó con la mirada al salir.

—Mira, si vas a ponerte así… —comenzó a decir Sam.

—Así ¿cómo?

—Así. Me contagias la ansiedad. ¿Y podrías fijarte un poco? Estás cortando el paso.

Y, efectivamente, Charlie vio que no dejaba pasar. Las manzanas transversales, del West Village hacia el este, rebosaban de turistas, tíos raros y universitarios. Pero ¿desde cuándo le importaba a Sam la buena educación?

—Sam, tengo la impresión de que estás enfadada conmigo, y no he hecho nada.

—¿Qué quieres de mí, Charlie?

—No quiero nada —repuso él, bordeando peligrosamente el lloriqueo—. Me llamaste tú, ¿recuerdas? Yo solo quiero que volvamos a ser colegas.

Sam lo meditó un instante. De haber podido mandarle alguna señal, una de las abstrusas encajadas de mano de los de tercero, escupirle en la palma o dibujar una cruz, lo habría hecho.

—Vale —dijo Sam—, pero vamos de una vez, ¿puede ser?

Iban a la antigua sede de un banco llena de cagadas de paloma de un tramo del Bowery venido particularmente a menos, con el pórtico cubierto de pintadas que en otra época Sam hubiera insistido en fotografiar. La cola arrancaba de una puerta lateral, y se pusieron al final, bajo una errática farola. Una docena de personas más adelante, un imperdible le guiñó el ojo a Charlie desde la cara de un tipo alto; se parecía a un amigo de Sam con pinta de ogro que había visto una vez, no muy lejos de allí. Charlie se avergonzó del sombrero. Quería quitárselo antes de que el tipo, si es que era él, los viera, pero entonces se apagó la farola. Cuando volvió a encenderse, Charlie le dio un codazo a Sam.

—Oye, ¿no conoces a ese?

Sam miró alrededor, malhumorada.

—¿A quién? —Pero el edificio se había tragado al imperdible, y Sam vio a otro hombre, del tamaño y la forma de un frigorífico industrial, que abría y cerraba la puerta de acero de la salida de incendios sin, por lo visto, ver a la gente que la cruzaba—. Ah, es Bullet. —Se diría que Sam coleccionaba conocidos mayores. Este iba cubierto de tatuajes, cuchillos de tinta negra que se extendían desde el cuello hasta la cara del color toffe cual pintura de guerra, y vestía de cuero de los pies a la cabeza, con un pendiente con forma de puñal—. Es el gorila.

—No tengo carnet —susurró Charlie.

—¿ Y para qué quieres el carnet? Relájate. Y sígueme.

Charlie se encasquetó el gorro y se obligó a enderezar la espalda. Sus esfuerzos por parecer adulto no importaron; el gorila estaba levantando a Sam del suelo con un abrazo de oso y la cara partida por una sonrisa rosa y amplia.

—Pensaba que esta noche no te veríamos, preciosa.

—Hay otros sitios, otra gente —dijo ella—. Ya sabes cómo va.

—¿Quién es el palillo? —Señaló a Charlie con la cabeza sin mirarle.

—Charles.

—Pues con ese sombrero tiene pinta de estupa.

—Charles mola. Saluda, Charles.

Charlie musitó algo, pero no tendió la mano. Le intimidaba la gente negra en general y en particular aquel hombre, que, de haberlo sabido, podría partirlo en dos sobre la rodilla como a una astilla. Si es que era negro y no supermoreno, o turco, o lo que fuera: con tanto tatuaje costaba decidirse.

—Oye —dijo Sam, inclinándose—, ¿alguien ha preguntado por mí?

—¿Por ti?

—Sí… ¿Han preguntado si estaba? ¿Un pijo? ¿Guapo? ¿Treintañero? ¿Un poco fuera de lugar?

Sam estaba temblorosa, expectante, reluciente de nieve fundida. Charlie intentó no transmitir la menor expresión. No permitas nunca que te vean sangrar, le había dicho el abuelo antes de desaparecer en un DC-10 una semana después del shiva.

Entretanto, algo parecido a la lástima, una mirada del tipo «¿Dónde están tus padres?», había reemplazado la máscara jovial del gorila.

—No lo sé, corazón. Llevo aquí desde las ocho y, ya te digo, creía que hoy no vendrías.

—Charlie —dijo Sam—, ¿me esperas aquí con Bullet un segundo, que tengo que ir a comprobar una cosa?

De modo que esperó, cambiando el peso de pie, intentando apartarse del gorila. Las palomas aguardaban en el cuello doblado de la farola. Una persona vestida de mimo, solo que no necesitaba maquillaje para empolvarse la cara, salió tambaleándose del local y se cayó en la acera helada. Se reía sin parar, y Charlie quiso acercarse, pero nadie más se movió. El gorila se encogió de hombros, como diciendo «¿Qué vas a hacer?».

¿Qué iba a hacer? Aquel verano del Bicentenario, el verano de Sam, había llegado como una ola azul cristalino y había atrapado su anodina vida, arrastrándola en una tremenda pendiente y lanzándola en tal ángulo que Charlie había tenido que levantar la vista para ver la orilla. Pero como todas las olas, al final había roto y, de todas maneras, a Charlie siempre le habían dado miedo las alturas. Después había vuelto a ver a Sam una vez, desde el asiento del acompañante del coche familiar que su madre ya no le dejaba conducir. Sam estaba sentada en una parada de autobús de Manhasset. Y quizá le hubiera visto, pero algo había empujado a Charlie a reprimirse y algo había empujado a Sam a reprimirse: la parte de Sam que, ahora Charlie lo comprendía, se había quedado fuera, cabalgando una ola doble, probando la ciudad a ver si era lo bastante fuerte para ella. Tranqui, se dijo Charlie. Tú, tranqui.

—Oye, Charlie —le dijo Sam cuando reapareció—. Si tuviera que ir un momento a la zona alta, ¿estarías bien tú solo durante una hora?

Charlie habría hecho cualquier cosa por ella, por supuesto. Se habría perdido el concierto de Ex Post Facto o comoquiera que se llamaran ahora si ella quisiera. Pero ¿qué pasaba cuando lo que quería Sam era que no hiciera nada?

—Joder, Sam. Creía que querías pasar la Nochevieja conmigo.

—Claro que quiero, pero me sentaría fatal que te perdieras el primer pase y yo… Tengo un problema y no puedo seguir dándole largas. —Tras el deflector de la pared del almacén, los golpes de una batería indicaron que cambiaban de la música grabada a la música en directo—. Está empezando. ¿Estarás bien? —Sam se volvió hacia el gorila—. Bullet, ¿te importa cuidar de Charlie?

—¿No sabe cuidarse solo? ¿Charlie es retrasado mental o qué?

—Menuda mierda —dijo Charlie a nadie en particular.

—Bullet…

El gorila alargó una mano y, haciendo pinza con su enorme pulgar y el índice, levantó el ala del sombrero del abuelo para que Charlie pudiera verle los ojos.

—Es broma, jefe.

Charlie no le hizo caso y se centró en Sam.

—¿Qué ha pasado con aquello de que me necesitabas?

—Y te necesito, Charlie. Voy a necesitarte. Mira, si a las once no he regresado, ve a buscarme. Quedamos a las doce menos cuarto en los bancos de la parada del IND de la calle Setenta y dos. ¿Sabes dónde es?

—Pues claro que sé dónde es.

No tenía ni idea.

—En cualquier caso, te prometo que nos dan las campanadas juntos.

La palma de su mano entre la orejera y le mejilla de Charlie fue como una piscina fresca en un día caluroso. Luego se alejó caminando de espaldas y, por primera vez desde el andén del LIRR, pareció que lo veía. Pese a los secretos que obviamente seguía guardando, Charlie quería creerla. Quería creer que era posible que aquella criatura salvaje y libre lo necesitara. Pero se había ido. El gorila, Bullet, abrió la puerta. Charlie pensó en un coche con las portezuelas abiertas cruzando el aparcamiento de la escuela, perdiéndose de vista mientras las voces del interior seguían tentándolo: «Vamos, Weisbarger. Sube». Pero ya no era real; como tampoco lo era que ya hubiera besado a Sam, en el sótano de aquella extraña casa de la Tercera Este hacía un montón de meses. Lo que era real, en el vacío que Sam había dejado, era el recuerdo del tacto de su piel y la música que salía atronando de las fauces del club.

3

No había lugar más desolado en la tierra que un Gristedes en Nochevieja. Ramilletes de perejil mustio aferrándose a los agujeros de las cestas de la compra; fluorescentes deprimentes, uno de ellos gris como un diente muerto; el viejo paralítico al principio de la cola, agitando el monedero. Era el último lugar donde querrías hacer balance de tu vida. De hecho, durante la mayor parte de la última década, Keith Lamplighter había conseguido evitar pensar en la compra. Por la mañana partía hacia Lamplighter Capital Associates y regresaba a casa más o menos a esta hora, entre las siete y las ocho, a una nevera repleta: como si las lechugas hubieran brotado tras la puerta cerrada, había asegurado Regan, hacia el final. «Ni siquiera sabes dónde está la tienda.» Lo cual no era verdad: Keith lo sabía. Era solo que se olvidaba de los números: ¿entre la Sesenta y cinco y la Sesenta y cuatro? ¿O entre la Sesenta y cuatro y la Sesenta y tres? Había pasado por delante a menudo, pero no le ocupaba espacio en la conciencia, como el número de su extensión de la oficina no ocupaba espacio en su conciencia porque nunca había tenido ocasión de telefonearse. Ahora estaba empezando a conocer el Gristedes como conoces a una persona con la que estás muy enfadado: íntimamente, desde dentro, pensó al tiempo que un timbre expulsaba el cajón del dinero de su escondite.

No, Regan tenía razón, como de costumbre. El éxito en América era como la interpretación del Método. Te daban un problema concreto para trabajarlo y, si eras lo bastante bueno en tu papel, conseguías convencerte a ti mismo de su importancia (la del problema). Mientras, los actores que no habían pasado el corte se afanaban entre bambalinas, tirando de sogas, garantizando que cuando te volvieras hacia la luna esta estuviera en su lugar. Te decías que eras el único que trabajaba, incluso cuando el telón que tenías detrás se ondulaba, como agitado por los delicados movimientos de los ratones. ¿Cuántas veces había decidido Keith recientemente tener presentes a sus agotados secundarios? ¿Ser mejor persona, mejor cristiano? Pero era como si una reacción alérgica a los Gristedes lo bloqueara. La luz tenía un tono verde desvaído que conseguía que todo cuanto tocaba pareciera asqueroso. Quizá fuera para irradiar la comida, para evitar que esporas microscópicas se esparcieran por las provisiones de soltero de Keith —pretzels y frankfurts Sabrett y bollos de viento— hasta que saliera de la tienda. Si es que alguna vez conseguía salir.

Como el viejo del principio de la cola se había marchado tambaleándose, alrededor solo quedaban mujeres. Clavaban la vista en el suelo incoloro de baldosas moteadas o en las estrellas de culebrón de las revistas. Justo delante, unos mechones se habían soltado de la sosa coleta de una madre adolescente embarazada ya de su siguiente hijo: un peinado para alguien que no tenía tiempo de peinarse. Parecía no ver a su hija tirándole de la larga bufanda, suplicándole por favor una chocolatina Almond Joy. Por un segundo, el telón estuvo a punto de abrirse, el corazón de Keith se activó… En otro tiempo aquella podía haber sido la punta de su bufanda. Aquella podía haber sido su mano buscando la moneda que sin duda habría encontrado de haber sido esa su hijita. Pero había creído que tenía cosas mejores que hacer, y la niña parecía saberlo; cuando Keith le regaló lo que debía de ser una sonrisa anodina, la niña se acurrucó contra la pierna de la madre, que le miró con una expresión que decía a las claras: «Pervertido».

Le costó varias vidas llegar a la registradora. La «caja», dirían los jóvenes. De niño, Will había querido ser cajero. Cuando tenía tres o cuatro años y Regan todavía se pasaba todo el día en casa con él, salvo contados asuntos de la Junta. Regan se había sonrojado, aunque Keith no había querido traslucir su desaprobación. «Eso no es lo que dijiste ayer, tesoro. Dile a papá lo que dijiste ayer.» Keith notó que algo le brotaba por dentro. ¡Quería ser como su papá! Pero cuando Will no respondió, Regan dijo: «Camión de bomberos. Quería ser un camión de bomberos». Bueno, pues claro, porque con cuatro años o los que tuviera, ¿cómo iba a entender lo que hacía un asesor financiero? Resultó que ni el mismo Keith lo entendía. Pero aquel se convertiría en uno de esos momentos, uno de esos pequeños momentos domésticos que había dejado perder tras el telón mientras estaba ocupado en el centro del escenario, triunfando. Y ahora, esforzándose por mirar a los ojos de la hosca adolescente que iba sumando compras y por recordar que era igual de real que él, volvió a hacerlo. A pensar solo en él, en cómo llegar a donde se dirigía. Y en que llegaría tarde.

En realidad, llevaba tiempo buscando una excusa para faltar a la gala anual de los Hamilton-Sweeney. El tío Amory había firmado en persona la invitación, pero incluso el intermezzi de cinco minutos en que Regan y él se encontrarían para pasarse a los críos le resultaba insoportable, y aunque entre una multitud de varios cientos de invitados debiera ser posible evitarse, Keith sabía que no sería así. Regan se mantendría cerca de él, aparentemente porque eran adultos y podían comportarse como tales, pero en realidad para castigarse. Últimamente Keith había comprendido que Regan llevaba mucho tiempo castigándose.

Aunque ahora que se había llevado a Will y a Cate y se había mudado a Brooklyn, tenía la impresión de que también le castigaban a él. Keith vagaba por el viejo piso como un espectro sin capacidad para cambiar nada de lo que veía. A falta de los libros de Regan, los que quedaban se habían desmoronado en montones decrépitos sobre los estantes o se habían caído al suelo. Regan también se había llevado las lámparas y su millón de fotos enmarcadas. A veces por la noche, a oscuras, Keith oía a niños fantasmales resbalando por los pasillos en calcetines. Todavía podrían vivir allí, si Regan no hubiera terminado por enterarse de la vez que se había traído a la amante a casa. Era una información que Keith había excluido de su confesión, consciente del dolor que causaría. (Bueno, eso y la edad de la amante. Y el nombre.)

Había jurado no volver a meter a Samantha en casa, y desde que habían roto se negaba a responder a sus llamadas. Luego, esa misma semana, Samantha lo había telefoneado al trabajo. Se las había apañado para conseguir el número, el que él no se sabía. Samantha pasaría fin de año en la Ciudad; ¿podían quedar? Keith no pudo evitar que se le pusiera dura al pensar en ella, o en el fantasma de ella, arrodillada en el sofá con las bragas de algodón blancas, los codos en el apoyabrazos, mirando por encima del hombro, desafiante. «Tenemos que hablar —dijo Samantha—. No estoy preñada, que lo sepas. Pero es importante.» Keith respondió que sus suegros lo esperaban en la gala. Lo que, técnicamente, era cierto, y por si Samantha pensaba que le había arruinado la vida, quería que comprendiera que no era así. Pero quizá, añadió, tuviera un rato a última hora de la tarde, siempre y cuando quedaran en un espacio público. «No tienes razón para preocuparte, Keith. No eres tan irresistible. Además, iré con un amigo.» Y así habían acordado encontrarse a las nueve y media en un club del centro llamado The Vault.

El frío aire nocturno lo sacó de su ensimismamiento. Las primeras nieves silenciaban la calle. Se quedó un minuto de pie, respirándolo, escuchando el meticuloso tic de los copos al golpear la bolsa de la compra que se apoyaba en la cadera. A media manzana de distancia, una figura con un carrito de la compra había salido con paso inseguro al cruce de peatones. El semáforo prohibía cruzar y teñía la nieve de rojo. Keith se fijó en los faros de una hilera de taxis más al norte, que bajaban la cuesta acelerando. ¿Veían algo los taxistas con semejante temporal?

Alcanzó al comprador en apuros justo a tiempo de empujarlo hasta el bordillo. Era el viejo de la tienda, un tipo calvo y menudo con una gorra de pescador sucia. «Dios. Ándese con más cuidado», dijo Keith. El hombre le miró parpadeando desde detrás de unas gafas gruesas, con los ojos húmedos y perplejos de un animal de granja. Dijo algo con una voz aguda que sonó a español, pero las consonantes casi habían desaparecido. Keith se descubrió replicando despacio y con acento, como si así hiciera su inglés más inteligible. Al final, mediante una ridícula pantomima, señalando cosas y levantando ciertos dedos, sacó en claro que el hombre vivía unas manzanas más al sur.

De hecho, muchísimo más lejos. Era evidente que el viejo era capaz de avanzar, pero del brazo de Keith y en la nieve cada vez más profunda se movía solo a pasos minúsculos y malhumorados. Tardaron diez minutos en recorrer los primeros cien metros; cruzaron la Cincuenta y nueve todavía más despacio. Keith se planteó si no estaría asustando al hombre en lugar de ayudándole, si el hombre, tal vez, imaginaba que lo estaba secuestrando. Keith solicitaba ayuda en silencio a otros peatones, pero tenían asuntos propios que atender y, sabedores de la obligación que buscaba traspasarles, fingían no verle. Estaba claro que era voluntad divina que el viejo fuera responsabilidad de Keith.

Para cuando llegaron a la tierra de nadie del este de Grand Central, a Keith se le habían entumecido las manos desnudas, y la bolsa de la compra, inundada de agua, comenzaba a rajarse. No tenía ni idea de qué hora era; cabía la posibilidad de que Samantha se hubiera cansado de esperarle. Por fin, ante un edificio de aspecto abandonado, el hombre dejó de moverse. «¿Aquí —preguntó Keith—. ¿Se queda aquí? ¿Si que-da aquí? ¿Domicilia? ¿La casa?» Soltó con cautela la manga. El hombre se derrumbó contra los barrotes de la pequeña verja que protegía los cubos de basura de lo que fuera que necesitaran protección los cubos de basura. Enroscó las manos alrededor de los barrotes.

—Déhala i —dijo, o así sonó, y se lamió la saliva de los labios.

Keith obvió un pequeño escalofrío de déjà vu.

—Venga conmigo, señor. Entremos.

Pero el hombre no se soltaba. «Déhala i», insistía. ¿O lo preguntaba? Miró por encima del hombro de Keith, con los ojos muy abiertos, aterrados. Un taxi pirata pasó de largo por la resbaladiza calle nevada. Viejo terco. Keith se soltó y entró a fisgar en la portería con la esperanza de encontrar a alguien que conociera al viejo y lo dejara entrar, suponiendo que fuera su bloque. Vio una moqueta con quemaduras de cigarrillos, listines telefónicos amarillos amontonados contra una pared, una luz de ascensor atascada en el cuarto piso, pero ni un alma. ¿Quién dejaba solo a un anciano trastornado?

Recordó, salido de la nada, el libro de Las mil y una noches que le había regalado a Will un año por Navidad. O mejor dicho, que Regan compró en su nombre. Cubiertas plastificadas, ilustraciones a acuarela, el olor a pegamento del lomo. A veces, cuando llegaba a casa a tiempo, tenía que leérselo a Will. El cuento que pedía siempre el niño, una y otra vez, trataba de un viejo que le rogaba a un viajero que le cruzara el río a cuestas. Una vez subido al viajero, el hombre se negaba a bajarse. A Will no parecía alterarle, pero a Keith le parecía espeluznante, en particular la ilustración: la piel azul pálido del viejo, las piernas nervudas ahogando el pecho de su benefactor, convertido ya en esclavo. Una alegoría de la paternidad, quizá, o del amor romántico. Tampoco recordaba cómo conseguían romper el hechizo al final, porque en los cuentos las maldiciones tienen que romperse en algún momento. ¿Era un rasgo exclusivo de los cuentos?

De pronto apareció una joven a su lado, escupida por la nieve. Tenía los labios carnosos, parecía dominicana o puertorriqueña, y vestía una minifalda con medias de rejilla que no debían de quitarle mucho frío. «Isidor —dijo la mujer—, niño malo.» Arrancó al hombre de la barandilla como arrancarías una rosa de un enrejado. «Le estás haciendo tu truco al caballero, ¿verdad?» La parálisis del viejo, a aquella distancia, pareció una afirmación triunfal. La mujer se volvió hacia Keith. Entonces vio que no era joven —probablemente tendría su edad—, pero llevaba tanto pintalabios y rímel que, a la luz de los faros de los coches, por ejemplo, habría pasado por extra de una película porno. El michelín que le asomaba entre la cinturilla y la parka, como material sobrante que se habían olvidado al fabricarla, solo sirvió para enternecerlo todavía más. «Se lo va haciendo a la gente. No sé por qué. Camina bien.» Contemplaron cómo el viejo se arrastraba con las puntas de los pies hacia dentro hasta la puerta del edificio. Una uña esmaltada giró alrededor de una oreja. «La locura.» Y luego, después de darle otro repaso a Keith, la mujer enfiló la esquina pavoneándose.

Al verla marcharse, Keith cayó en la ironía de todo el asunto: conocía aquella manzana. Allí, en la esquina, estaba el club de strip-tease llamado Lickety Splitz. Y en la puerta de al lado el hotel por horas adonde solía llevar a Samantha, frente al que las gogós se mezclaban durante el descanso con chaperos travestidos venidos desde la Tercera Avenida. Se protegió de la nieve entornando los ojos. Algo en él se vino abajo. Hacia el norte o hacia el sur: ¿qué sentido tenía decidir? Tiró la bolsa de la compra en uno de los cubos de basura abollados y siguió a la stripper. Era, se dijo, como si hubieran decidido por él. Como si no fuera su cerebro el que le decía que cada calle que se alejaba de sus pecados lo hundía todavía más en ellos. El sonido de la nieve al caer alrededor era como el de los pies tras las bambalinas o unas risillas glóticas, si no de Dios padre, entonces tal vez de sus ángeles, arcángeles, principados, tronos, dominaciones, potestades, serafines, de monaguillo en Stamford se los sabía todos. ¿Cuál le faltaba? Un pájaro lo sobrevoló, de tejado a tejado. Ah, sí, el querubín, el cupido, el niñito risueño.

4

Pero, para empezar, ¿qué estaba haciendo allí? ¿Por qué ese día a esa hora en particular? (Y por detrás, como un perpetuo carillón de viento: ¿Por qué a mí, en lugar de que no pase nada?) Pronto William Hamilton-Sweeney tendría razones para replantearse esas mismas preguntas. En su momento, sin embargo, habría respondido que había ido a Grand Central por el motivo exacto que le había dado a Mercer: para estar solo. Durante años había acudido allí cuando necesitaba pensar o no pensar, o actuar o no actuar a partir de las cosas que pensaba o no pensaba. De acuerdo, también influía la arquitectura que solía impresionarle de joven, los arcos, los apliques, el zodíaco azul de la bóveda en el centro de todo, donde las palomas anidaban entre estrellas. Pero hacía tiempo que la mugre había apagado el color y los anuncios habían estropeado las líneas. Lo que subsistía era la sensación de la vida de cualquiera reduciéndose entre el gentío hasta una fina rodaja que se derretía. Antiguamente, la cercanía con el bloque de cuarenta plantas de oficinas que lucía el nombre de la familia había multiplicado las posibilidades de provocar un escándalo, o de dar pena, pero, ahora, cualquier subordinado de su padre de las afueras con el que se hubiera topado de subida del nivel inferior probablemente ni siquiera hubiera apartado la vista del tablón de salidas antes de marcharse a toda prisa. Y, en todo caso, los años habían intensificado y completado el anonimato de William. En los círculos en los que se movía ahora (en la medida en que todavía se movía en algún círculo), cruzar al norte de la calle Catorce, al menos al este de la Octava Avenida, significaba zarpar desde el fin del mundo.

William se plantó cerca de una escalera, esperando a ver hasta qué punto le había afectado la traición del sobre. Los recuerdos de la expresión lastimera de Mercer amenazaban con transformarse en recuerdos de su madre, pero William hizo aquello que le había enseñado un profesor de dibujo de flotar fuera del mundo, de permitir que sus ojos olvidaran lo que se suponía que estaban viendo. «Eres lo que percibes.» Él percibía perneras tiznadas por las impresiones de las escaleras metálicas. Puertas abriéndose para dejar entrar a los Santa Claus del Ejército de Salvación y sus campanas. Partículas doradas tamizadas por franjas de triste luz vespertina, pulpa de papel y ceniza de cigarrillo y piel mudada de americanos. La gente era más o menos lo que uno se esperaría en fiestas, e incluso eso era una presencia ilusoria. En serio, los lastimosos consumidores apurados con sus compras de última hora en realidad ya estaban en Westchester, con las zapatillas peludas puestas, viendo cómo ardía el tronco navideño. Era excepcional que alguien estuviera de verdad aquí, estaba pensando William, cuando del pasadizo abovedado que conducía a la línea 7 asomó un punk gigantesco de nombre Solomon Grima.

Habría costado no verlo incluso sin los imperdibles o el deslumbrante uniforme blanco de hockey o el enorme talego colgado del hombro. Medía más de dos metros y estaba más pálido que de costumbre, y fruncía los labios como un conejo. Aliviado, William se fijó en que el punk no había apartado la vista del suelo. Y entonces, como si intuyera el peligro, la apartó. Fingir no verlo habría puesto a prueba su credulidad. ¡Qué sencillo sería el mundo si las personas pudieran admitir abiertamente que se odian! Por otro lado, no estábamos en ese mundo. Y William todavía creía, utopías aparte, en la buena educación.

—¡Sol! —saludó, tratando de parecer amistoso.

—Billy.

—De todas las terminales del mundo…

Sol ya estaba buscando las salidas, lo que significaba que William jugaba con ventaja. Ídem: la camiseta de los Rangers; Sol lucía un estilo punk agresivo, iba con la cabeza rapada, multitud de piercings y tatuajes (¿llevaba uno nuevo en el cuello?) y, por principio, debería oponerse al fascismo de los deportes de equipo. Pero, claro, William se acordó de su ropa, el abrigo ridículo que arrastraba por el suelo al caminar. Casi con total seguridad Sol informaría de ello a su ex némesis, Nicky Caos, para quien ejercía de soldado raso, escanciador y avatar. El truco estaba en mantenerse a la ofensiva para evitar que Sol se fijara.

—¿Vas atrasado con las compras?

—¿Qué? Ah. —Sol miró el talego como si fuera un depredador de la jungla que acabara de saltarle desde un árbol—. No, eh… Entreno de hockey. La pista gratis más cercana está en Queens.

—¿El día de Navidad? Ni siquiera sabía que jugaras al hockey.

—Bueno, pues sí.

Nadie podría acusar jamás a Solomon Grima de ser un gran conversador.

—Supongo que siempre has tenido madera de ejecutor. Solo acuérdate de quitarte todos esos piercings antes de jugar. —Sin respuesta—. Bueno, ¿y cómo va? ¿Qué tal Nicky?

Sol se molestó; ¿por qué todo el mundo daba por sentado que tenía que saber cómo le iba a Nicky?

—Es mera cortesía. Solo preguntaba a qué os dedicáis ahora que ya no tenéis el grupo.

—Los hay que tenemos que trabajar.

—No recuerdo que fuera el caso de Nicky. Tengo entendido que le ha dado por pintar.

—Típico de ti, Billy, como si la pintura todavía importara mientras el mundo a tu alrededor se va a la mierda. —Y ahí Sol, al recurrir a la vieja cantinela de Nicky del arte versus la cultura, pareció relajarse; de hecho, un pensamiento cruzó al trote su expresión, cuando en la mayoría habría pasado al galope—. Pero supongo que Nicky tenía intención de quedar. Hemos estado ocupados, hemos reunido el grupo.

—Y un carajo.

Desde el comienzo, Ex Post Facto había sido obra de William. Bueno, suya y de Venus de Nylon. Lo habían soñado aquel borroso verano del 73. William había garabateado un manifiesto y un puñado de canciones, habían enrolado a un par de amigos para la sección rítmica, Venus había encontrado unos viejos uniformes de bolos en un mercadillo, les había dado un aire paramilitar y se los habían puesto para ir a un club nocturno donde a veces controlaba la puerta un Ángel del Infierno que vivía en el edificio de William. En aquellos primeros conciertos eran un cuarteto. Solo después de grabar el disco se les había unido Nicky Caos. El sonido necesitaba una segunda guitarra, insistió, a pesar de que su pericia musical conseguía que Nastanovich, al bajo, pareciera el puto Charlie Mingus. No, Nicky quería tocar la guitarra porque William tocaba la guitarra, pintar porque William pintaba. A veces parecía que en realidad lo que quería Nicky Caos era ser más William que William, incluso a pesar de que William se desvivía por convertirse en cualquier otra cosa. Sol se cambió la bolsa de hombro y se estremeció.

—Es verdad. Nicky ha conseguido un bolo en Nochevieja, de reencuentro.

—¿Y por qué iba a hacer algo así? Tenéis exactamente cero componentes originales de la banda.

—Esta vez tenemos una P. A. de verdad para mí.

Probablemente robada, conociendo a Sol. Como el uniforme de hockey, sospechosamente prístino, vistos el barro de las botas y la porquería negra debajo de las uñas.

—Además tenemos a Big Mike.

Ah. De modo que también le habían robado al batería. Y si tenían a Big Mike, ¿quién más quedaba para interponerse en su camino? Venus se había lavado las manos y Nastanovich ya no se encontraba en situación de objetar nada. De repente, William no lograba recordar a qué trataba de aferrarse. Con todo, la habitual indiferencia de Nicky hacia el resto de la gente sacó al autócrata que llevaba dentro.

—Bueno, mientras no uséis la firma…

—¿El qué?

—Dile que puede quedarse con Big Mike, pero no con el nombre, Ex Post Facto me pertenece.

—Pero necesitamos un nombre, tío. ¿Cómo crees que hemos conseguido un bolo en el Vault?

—Seguro que se os ocurre algo. A Nicky siempre se le han dado bien las palabras.

Por un momento entró en liza algo inevitable, una apelación a una camaradería que en realidad nunca había existido.

—Deberías venir a vernos. A lo mejor te llevas una sorpresa.

—Es posible que vaya. Pero, un momento… ¿no te falta algo?

—¿Eh?

—El palo.

Tocó el punto del ancho hombro de Sol donde debería llevar apoyado un palo de hockey. El abrigo de cuatrero estaría cargado de electricidad estática porque saltó una chispa entre los dos, muda entre el ruido de la terminal. Y, curiosamente, dio la impresión de que el tiempo menguaba. En la cúspide del salto literal que dio Sol, el miedo miró a William desde detrás de una cara blanca del susto. Luego Sol se forzó a recuperar el facsímil de la vieja mueca Grima.

—Se lo he partido en la cabeza a un tipo que me ha cabreado.

—Seguro que sí —dijo William—. En fin, nos vemos.

Y antes de concretar cuándo (¿quizá en Nochevieja?), Sol salió pitando hacia la línea 6.

Putas fiestas, pensó William. Ocasiones, en apariencia, para replantearte la vida, pero ¿cómo se supone que vas a hacerlo cuando otras personas tiran de ti hacia quien solías ser? Incluso ahora, por ejemplo, sabía que no iba a poder reprimir la curiosidad por lo que tramaba Nicky Caos, igual que sabía que en cuestión de minutos estaría de vuelta en los lavabos del sótano, en busca de las diversas formas de dulce liberación que allí le aguardaban. La verdad fuera dicha, probablemente era la razón por la que había ido hasta Grand Central. Pero, aparte de la tontería del hockey, ¿cuál era la excusa de Sol Grima?

5

Mercer desató el cordel del exiguo fajo de páginas manuscritas, las depositó boca abajo en la mesilla del café y enroscó un DIN A4 en el tambor de la IBM Selectric, cuyo zumbido se le antojó acusatorio. Desde hacía medio año, había dejado creer a William que se trataba más o menos de un ritual. Si, cuando llegaba a casa de enseñar, William estaba en el Bronx atendiendo a su propia obra magna —un díptico titulado Prueba I y II— no pasaba nada; Mercer podía aprovechar el rato para deslomarse en los viñedos de la novela. Y si luego, durante la cena, Mercer se negaba a comentar los avances de la jornada era por su política de no revelar los detalles y no porque no existieran. En realidad, solo se sentaba de vez en cuando a la maltrecha Olivetti, igual que hacía en Altana. Aunque, las más de las veces, se apoltronaba en el sofá con un ejemplar decrépito de Proust. Bloqueado, se diría. Pero ¿cuándo había detenido al viejo Mercer el bloqueo del escritor? Probablemente era solo un sinónimo de la incapacidad para ponerse a trabajar en serio y, en cuanto tocara aquellas teclas vírgenes, un incendio le recorrería el cerebelo lanzando por sus dedos letras ardientes que abrasarían la página. Para cuando volviera William, se habría completado un milagro navideño: la duplicidad se habría exorcizado para siempre, meses de inercia se habrían transubstanciado en arte.

Pero las cosas no sucedían como en las novelas, y siguió sin ocurrírsele nada. La última luz del día avanzó despacio como un cortejo por el mobiliario de segunda mano, el póster de Los caballeros las prefieren rubias, la gata atigrada como una odalisca sobre el Magnavox con antena de cuernos, el laminado de la minicocina a medida, el minúsculo espejo colgado sobre el lavamanos porque el baño estaba en el pasillo, a compartir con toda la planta (otra rareza de cuando aquello era una fábrica). Las cenizas de la comida de Navidad, de vuelta en la cocina, parecían una pieza del museo de sus fracasos personales.

Prueba de la naturaleza derivativa de la distracción de Mercer —distracción derivada de otra distracción— fue que no oyó a nadie subiendo las escaleras hasta que empezó a traquetear el pomo de la puerta. Había anochecido, la persona que intentaba entrar era solo una silueta contra el grueso cristal y se comportaba de un modo extraño. ¿Un adicto de mirada desencajada encorvado sobre un cuchillo? ¿Un vigilante voluntario de etnia blanca dispuesto a des-integrar él solo el barrio? Era William. Y cuando abrió la puerta y encendió la luz del techo, tenía el labio partido y el ojo derecho cerrado por la hinchazón. Bajo el Chesterfield echado al hombro, una especie de cabestrillo improvisado unía el brazo derecho al torso. Durante el confuso microsegundo antes de levantarse de un salto, Mercer quedó suspendido entre pasado y presente, eros y philia.

—Dios santo, William, ¿qué te ha pasado?

—No es nada.

Su voz manó de lo alto del pecho, de un lugar que Mercer ni siquiera sabía que existía. William desvió la mirada mientras Mercer lo examinaba de cerca.

—¡Por Dios! ¡Cómo que nada!

—No dramatices. Es solo un esguince. Ya se curará.

Mercer ya estaba revolviendo el neceser en busca de la mercromina, en la que su madre depositaba una fe ciega cuando C. L. aparecía en ese estado. El pecado se paga. Obligó a William a sentarse en el futón y le apartó el pelo enmarañado de la cara con el pulgar. Tenía otro corte en la frente, un cardenal de primera a juego con el brazo.

—Supongo que no vas a contarme lo que ha pasado.

William estaba pálido. Temblaba un poco.

—Mercer, por favor. Me he caído por las escaleras.

Lo más probable era que le hubieran robado la cartera. A William le gustaba picar a Mercer con «el miedo que le daba el hombre negro», pero la única vez que Mercer se había dejado arrastrar al norte de la Ciento diez —costillas en Sylvia’s seguidas por Patti LaBelle en el Apollo— la pobreza que vio convirtió su nivel de vida en claramente lujoso. Vagabundos de aspecto marchito se rascaban en los portales, mirándolo como si fuera una especie de Benedict Arnold… Aplicó unos toquecitos delicados de mercromina en el corte. William respiró hondo.

—¡Ay!

—Te lo mereces, cariño, me has dado un susto de muerte. Estate quieto.

Esa noche, y de hecho toda la última semana de 1976, William se negó a ir al médico. Típico, pensó Mercer. Aunque en secreto siempre había admirado la independencia de su amante: la sonrisa que mantenía incluso en las discusiones de mesa más acaloradas con los amigos y el código morse que su mano parecía transmitir al muslo de Mercer por debajo del faldón blanco del mantel, el aire a exención secreta. Vivir con él era como ver la cara de la luna que suele ocultársenos. Y mientras curaba las heridas de William —ojo a la virulé, mandíbula magullada, esguince autodiagnosticado de «leve»—, Mercer volvió a pensar que, si lo hacía todo bien, con el tiempo William terminaría dependiendo de él. Trasladó el televisor al dormitorio. Cocinó platos complicados, sin decir ni pío cuando William prefería inflarse a chocolatinas. En contra de sus instintos, no insistió para que William le contara lo ocurrido. Y cuando, en Nochevieja, William por fin anunció que comenzaba a volverse loco, que necesitaba pasar un par de horas en el estudio, Mercer se tragó sus objeciones y lo acompañó hasta la puerta.

En cuanto se quedó a solas, recogió lo que pudo de la encimera desplegable y sacó la pequeña tabla de planchar. Cogió del burro que estaba junto a la puerta el esmoquin de William y su traje bueno, con el que había llegado a la Ciudad y que ahora sabía que le hacía parecer un vendedor de seguros. Había reservado mesa para cenar a las nueve, en un pequeño restaurante deconstructivista del centro que a William le había encantado el verano pasado. Y tal vez luego salieran un rato, los dos solos. Lo cierto era que hacía mucho que no iban a bailar. Mercer atacó metódicamente todas las arrugas y después dejó las chaquetas sobre el cobertor. Parecían muñecas de papel, la blanca del esmoquin de William y la suya marrón apagado, rozándose apenas por la punta de las mangas, donde iban las manos. Pero cuando sonó el teléfono supo, incluso antes de contestar, quién llamaba.

—¿Dónde estás? —no pudo evitar preguntar—. Son casi las ocho.

Cambio de planes, anunció William. ¿Había mencionado que se había encontrado con un viejo conocido que le había contado que Nicky y los demás presentaban el nuevo proyecto esa noche? Le correspondía, así lo había decidido, verificar en persona que sería un desastre total.

—Deberías venir. Será como ver estrellarse el Hindenburg.

Se oían voces de fondo.

—Se diría que ya estás acompañado.

—Estoy en una cabina, Mercer. Una china intenta venderme cigarrillos que se han caído de un tráiler. —Se oyó un ruido amortiguado y, de hecho, escuchó a William, apartado del teléfono, diciendo: «No. No, gracias»—. Pero sí, supongo que nos encontraremos con alguien. No tendrás que pagar. Bullet está en la puerta.

—Bullet me da miedo, William.

—No puedo no ir. Necesito ver con mis propios ojos el alcance de esta farsa.

—Lo sé, pero creía que todavía no estabas bien del brazo…

—Esto es punk, Merce. Da igual cómo vayas.

Se produjo un pico en el ruido de fondo. Un televisor o una radio parecían tratar de endilgar algo, el qué exactamente se perdió en los kilómetros de cable telefónico. Ver de lejos. Oír de lejos. Alguien lo bastante cerca para ahogar incluso los anuncios se rió o tosió. Por primera vez que admitiera conscientemente, Mercer se planteó si William estaría poniéndole los cuernos.

—¿Sabes qué? No me encuentro demasiado bien.

—¿Qué dices?

—Estoy dolorido. Griposo. —Demasiados detalles; el secreto de mentir, había aprendido Mercer, consistía en no parecer demasiado deseoso de persuadir a nadie. Pero quería que William captara la mentirijilla, que volviera a casa a consolarlo. El segundo de vacío que siguió le bastó para deducir que no lo haría. La voz le salió ronca sin fingirlo—. ¿No tienes que pasar a cambiarte?

—¿Por qué no sales, cielo? Desmelénate un poco.

—Ya te lo he dicho, no me encuentro bien. Necesito echarme un rato.

Siguió un silencio audible; el cable lo ocupó y lo retorció hasta crear un sonido, un débil zumbido algodonoso.

—Bueno, no me esperes despierto. Nos quedaremos hasta tarde.

—¿Quiénes?

—Cuídate, Merce. Toma mucho líquido. Hasta el año que viene.

Y con otra erupción de sonido, casi con toda seguridad una carcajada, la conversación terminó y solo quedó el tono de línea.

Mercer regresó al dormitorio con las chaquetas a juego. Había pensado en sorprender a William con una especie de alcoba de la felicidad; ahora le habían privado de ese futuro y, al ponerse las gafas, solo vio lo joven que parecía en el espejo de la pared. No joven de un modo andrógino y sexy, al estilo de la época, sino más bien inocente, franco. La barriga fofa, la piel oscura destacándose contra el elástico blanco de los calzoncillos. Había supuesto que la incomodidad que a veces le embargaba al estar en público con William se debía a la vergüenza de… bueno, ser como eran. Pero ahora se preguntaba si no temía que fuera solo esto, la negritud, lo que William veía cuando le miraba. Que gente le considerase una especie de trofeo. Los mejores momentos habían tenido lugar en ese piso, donde actuaban solo el uno para el otro: contando sueños, jugando al Scrabble, disfrutando (William) o tolerando (Mercer) los deportes de la tele. A su espalda, en el espejo, asomaba el árbol de Navidad reseco. Y, encima del radiador, el dichoso sobre.

No lo había tocado desde Navidad, pero ahora lo cogió: crema, de gramaje denso, con aroma (pese a la peste a cajón de gato del loft) a una sustancia tan preciosa que solo existía en los libros: mirra, quizá, o mandrágora. La plancha aún estaba lo bastante caliente para abrir el sobre con el vapor. La tarjeta, tal como había sospechado, era una invitación. «Los Gould de ricos blasones», había dicho William de su madrastra y su tío, la única vez que había hablado de sí mismo, la semana en que Mercer había descubierto que, efectivamente, era el heredero de los Hamilton-Sweeney, aunque repudiado. «Un palo de golf rampante sobre campo azur.» Anotó la dirección y volvió a cerrar el sobre. En la bobina de cable transformada en mesilla del café, William se había dejado una botella de whisky de centeno, que para Mercer siempre había tenido connotaciones literarias, de Robert Burns pasado por Salinger. Le dio un tiento, y después otro. No captó ninguna de las tan rumoreadas sensaciones de suavidad y sofisticación. Sin embargo, poco a poco, fue envolviéndolo una capa de triste resolución.

Se embutió en el esmoquin de su amante y el abrigo Chesterfield que William había abandonado en favor de la chupa de motorista (casi como si lo hubiera sabido). Mercer retorció la pajarita de William alrededor de su mano, tratando de hacerse daño. Bebió un sorbo. Cuando la persona del espejo le pareció lo bastante remota, bajó a toda prisa, no fuera a cambiar de opinión. Era imposible encontrar taxi en Hell’s Kitchen por la noche, sobre todo cuando tú también eras oscuro. Pero el frío lo había despejado todo, de modo que vio el faro verde rajado del tren a dos manzanas de distancia. Las ramas del único árbol superviviente, un infructuoso peral de flor, se grababan en blanco. Tras ellas, detrás de un remolino de nieve, la cima del Empire State Building flotaba sobre una luz vaporosa, y Mercer notó que dentro de él también flotaba algo: sus esperanzas, supuso. El año de convivencia pasiva había terminado. Esa noche iba a tomar cartas en el asunto y conseguiría algo grande. Tenía que conseguirlo. Sí, ese año, el Año de Mercer, iba a ser diferente.

6

Regan había estado demasiado metida en lo que significaba ser una Hamilton-Sweeney para verlo con claridad. Para ella, la casa de Sutton Place donde se había criado no era distinta de las casas de sus compañeras de clase: espaciosa, sí, pero no llamativa. Papá trabajaba hasta tarde, y William y ella tenían la casa a su entera disposición. En primero de secundaria ya se conocía hasta el último rincón, los escondites más seguros y en qué ventanas tocaba más el sol según la hora del día, y así habrían continuado eternamente, como en un pueblecito dentro de una bola de nieve, los tres solos (o los cuatro, contando a Doonie, la cocinera y niñera de facto), encerrados en la claridad hermética dejada por la muerte de su madre, de no haber tenido los Gould otras ideas.

Había terminado viéndolos así, como un paquete —los Gould—, incluso a pesar de que Felicia se había presentado primero. Una noche la mesa estaba puesta para cuatro y Felicia apareció en el vestíbulo: una mujercilla pajaril a quien papá en persona ayudó a quitarse el abrigo. Papá presentó a su «amiga» a Regan, que observaba desde las escaleras, y la niña no necesitó que le dijeran nada más: no necesitó las ávidas manos de Felicia acariciando respaldos de sillas y mesas, separando ya lo caro de lo meramente sentimental, ni necesitó las miradas intencionadas de Doonie, la negación con la cabeza y los labios apretados. Luego, a los pocos meses, apareció Amory, como un puño asomando de un guante blanco. Amory iba a incorporarse a la empresa, anunció papá, tras varias copas de vino nada propias de él. William, sentado enfrente, disimuló la irritación bajo un manto de atenciones. El hermano de Felicia no iba a ser menos, y la cena se convirtió en una especie de combate de gladiadores de falta de sinceridad ante las narices de papá, que no paró de sonreír, como si estuviera sentado a otra mesa, en un placentero sueño privado.

Al poco papá había decidido, independientemente, dijo, que William aprovecharía mejor su talento en un internado. «¿Lo ves? —dijo William, en conferencia desde Vermont, y luego desveló su mote secreto—. Los Gules son despiadados.» Regan se dijo que era el complejo de persecución de su hermano, pero era cierto que Amory y Felicia pasaban más por casa desde que William no estaba. Y cuando papá por fin le pidió matrimonio, Felicia empezó a maquinar el traslado de todo el clan al castillo del Upper West Side.

O tal vez no fuera un castillo, costaba decidirse. Se alzaba en la cima de un alto edificio de ladrillo, invisible desde la calle; solo podías verlo desde dentro (como tu cabeza, pensó Regan, delante de él en Nochevieja). No tenía número de puerta, y el término «penthouse» o «ático», gracias a Bob Guccione, habría quedado por debajo de la dignidad del nombre de la familia, que Felicia, por supuesto, había adoptado. Decías que venías «a ver a los Hamilton-Sweeney». Estas últimas sílabas nunca le sonaron más ajenas en sus labios que entonces. El conserje y otro trabajador estaban mirando un televisor pequeño tras el mostrador. Regan no podía imaginarse a Felicia aprobando su presencia, pero antes de que el conserje apartara los ojos de la pantalla se sintió culpable de ser tan condescendiente. ¿Cómo se llamaba aquel hombre? ¿Manuel? ¿Miguel? «Para la gala», añadió Regan.

El modo en que el hombre la miró la hizo avergonzarse de varias partes de su cuerpo en las que intentaba no pensar, la clavícula desnuda bajo el abrigo, el triste escote que trataba de disimular con un broche de mariposa, el mechón de peinado rebelde que le caía por el cuello. ¿Y por qué debería reconocerla Miguel? Regan evitaba aquel lugar siempre que podía. Solo recientemente, desde que a papá empezaba a fallarle la memoria, había comenzado a pasarse por allí para conseguir su firma en varios negocios de la empresa. Y además, Regan no era la misma que hacía unos meses; era soltera.

—Soy Regan. La hija.

—Sí, señorita Regan. —Consultó la lista, como para volver a comprobar que no perteneciera a una célula terrorista que intentara infiltrarse en el piso—. Enseguida la acompaño.

El ascensor era de los antiguos, con una verja de acordeón y la incómoda sensación de estar flotando. Aunque había un taburete junto a las palancas, Miguel permaneció de pie. A Regan no se le ocurría nada que decir. Entonces la verja se abrió y dejó ver un vestíbulo de techos altos, vacío salvo por el gran cuadro azul de Mark Rothko de la pared y, flanqueándolo, dos altos… ¿cómo llamarlos…? Braseros, supuso Regan, coronados por una llama de gas.

La pequeña gala de Nochevieja de Felicia apenas había cambiado en una década. Era como el juego de las estatuas. Le dabas la espalda durante un año, la vida continuaba, pero cuando volvías a girarte, todo seguía tal cual lo habías dejado. Las mismas cuatrocientas personas, la misma conversación, la misma risa beoda ante los mismos chistes manidos. La única diferencia era el tema. El tema, opinaba Felicia, imponía cierto grado de disciplina a un cuerpo social por lo demás ingobernable. El año anterior (Dios, ¿tan poco tiempo había pasado?) había sido «Noche hawaiana», con lo que en lugar de lo que fuera que solía decorar las mesillas auxiliares había jarrones de aves del paraíso y piñas con purpurina azul adhesiva. Guirnaldas de orquídeas frescas, transportadas en avión desde el Pacífico, entretejían con precisión los balaústres de las escaleras. La falda hawaiana de Felicia prácticamente devoraba su figura menuda. El año anterior a ese el tema había sido ibérico; Regan solo recordaba metros de terciopelo y pantalones de torero. ¿Y qué significaban los braseros de este año? «¿Que se haga la luz?» «¿Déjame acercarme a tu fuego?» Si estuviera Keith, lo habría transformado en una adivinanza, pero una vez dentro, entre la gente, habría disimulado sin problemas lo frívolo que le parecía todo aquello. La idea de enfrentarse a su padre y los Gould sin él le daba ganas de volver a Brooklyn Heights, pagar a la niñera y que se fuera. La mitad de las cajas del piso nuevo estaban por abrir. Pero era demasiado tarde. Probablemente Miguel ya había vuelto a la portería y ella estaba sola en el umbral. Colgó el abrigo en el ropero de la entrada, sin hacer caso del guardarropía que habían instalado en el pasillo de la izquierda. El trato especial la hacía sentirse culpable. Desde varias habitaciones de distancia llegaba el tableteo borracho del piano. Cogió aire y enfiló hacia allí.

Siempre la pillaba por sorpresa la oleada de sonido al doblar la esquina que daba al gran salón, la gran cantidad de gente. Los rollos de tela verde que cubrían las paredes le recordaron a un partido al que la habían llevado sus padres años atrás, antes de que demolieran el Polo Grounds y ella se hiciera de los Yankees: las explanadas mal iluminadas e infestadas de palomas, puntuadas por cuadrados de verde chillón tras los cuales aguardaban el verano, la humanidad y la vida. Salvo que, bajo el resplandor de otra media docena de antorchas de interior, aquel verde resultaba infernal, combustible. La cháchara se acumulaba en las bóvedas del techo. Por debajo, cada invitado lucía un antifaz, como en la commedia dell’arte. Volvió a encogérsele el estómago; nadie le había dicho que llevara antifaz. Además, no le veía sentido; ¿de verdad no se reconocían porque cubrían una pequeña porción de sus facciones: pómulos y puente? No, el verdadero propósito de los antifaces era proporcionar a la anfitriona un medio para confirmar que había impuesto su voluntad a los invitados allí reunidos. Con respecto a Felicia, uno solo podía optar entre dos posturas viables: escapar, como había terminado haciendo William, o someterse.

Justo entonces, un horripilante Scaramouche se plantó junto a su codo. La nariz falsa, larga y con forúnculos, parecía moverse de forma insinuante.

—Por Dios —dijo Regan, llevándose una mano al pecho—. Me has asustado.

La voz de debajo del antifaz sonó gangosa, forzada. Regan dedujo que no era mucho mayor que su hijo, y no logró entender lo que decía.

—¿Qué?

—He dicho: ¿quiere uno?

Regan miró la cesta que le tendía, donde se amontonaban varios antifaces del Llanero Solitario confeccionados en plástico negro barato. Por educación, cogió uno y se ajustó la goma a la cabeza. Antes de que pudiera darle las gracias, el niño se había esfumado.

No iban escasos de servicio, eso sí. Parecía haber más criados que invitados. Los canapés circulaban a la altura de los hombros. Detrás de la barra de bar de cada pared, un par de Polichinelas con cocteleras se afanaban por atender a la demanda, como un único organismo de cuatro brazos. Regan se puso a la cola. La verdad es que estaba más a gusto ahora que llevaba antifaz. Nadie la señaló por haber llegado tarde, ni por ser la nueva jefa de relaciones públicas, la presunta heredera y la integrante más joven de la Junta, y ningún invitado le preguntó por Keith y los niños. Podía aguantar una hora así sin problemas y luego podría irse a casa. Descalzarse, mortificarse con algún galo, poner Carly Simon lo bastante flojito para no despertar a Will y Cate y asomarse a verles las caras, iluminadas por una tira de luz del pasillo, antes de regresar al salón a montarse su propia fiesta, de esas en que, si te apetecía, podías llorar; su terapeuta estaría orgulloso de ella.

Al principio de la cola, cogió una copa de champán y dio media vuelta. Un hueco entre el gentío le permitió ver por primera vez a la mujer de su padre, iluminada desde atrás por una chimenea de piedra tan grande que podías pasearte por dentro. A contraluz, el cuerpo de Felicia era todo un borrón, salvo el antifaz, cuyas lentejuelas rojas resplandecían con inteligencia. Plumas de pavo real se erguían desde cada una de las sienes. Entonces, la fiesta volvió a tragársela. Regan ignoraba si Felicia no la había visto o solo lo había fingido. En cualquier caso, estaba de suerte, pero la desquiciaba que Felicia fuera siempre la que tuviera la sartén por el mango. El antifaz la había envalentonado, o quizá el champán, que le cosquilleaba al fondo de la garganta. Cogió otra copa de una bandeja que pasaba y luego, sin conciencia de haber cruzado la sala, esperó a que Felicia cogiera las manos del dignatario o potentado con el que estaba hablando. El apretón de manos era la forma en que te hacía saber que te liberaba.

Cuando el hombre se marchó, Regan y su madrastra se quedaron cara a cara. Los ojos de Felicia parecieron refugiarse en el plumaje extraordinario y, solo desde allí, instalados a salvo, se arriesgaron a mirarla. Puesto que mirar siempre implicaba un riesgo, ¿verdad? Regan notó el comienzo de la sabiduría, de un descubrimiento reprimido dentro que se liberaba auráticamente al tender Felicia las manos.

—Regan, querida, ¿eres tú? Apenas te reconozco.

—Tú estás estupenda. El antifaz es magnífico.

Regan no consiguió aceptar las manos que le tendían.

—Oh, es solo un detalle de Carnaval que me trajo tu padre la última vez que estuvo en los trópicos. A ver, necesito que me digas sinceramente lo que opinas de la decoración, porque sé que la mayoría me dirán lo que sea con tal de congraciarse. Son tiempos difíciles, pero hemos invertido más recursos que nunca.

Es decir, más recursos de papá. Más de lo que habrían sido los recursos de Regan, si no hubiera renunciado tiempo atrás a su parte de la fortuna de los Hamilton-Sweeney.

—Has vuelto a superarte —dijo Regan—. Y hablando de papá… ¿anda por aquí?

—Le dije que no reservara el vuelo de regreso para el día de la gala. Le dije: Bill, nunca se sabe. ¿Chicago? ¿De la manera que se levanta allí el viento del lago, sin previo aviso? Amory y yo vivimos décadas en Buffalo. Nosotros sabemos lo que es un invierno de verdad.

—Creía que la clínica estaba en Minnesota. ¿Qué está haciendo en Chicago?

—Escala. Su ayudante ha telefoneado a las cuatro para decirme que no despejarían la pista hasta que dejara de nevar, a las nueve como muy pronto, es decir —consultó el reloj de pulsera, ceñido y de oro—, hace una hora. Y, claro, no he vuelto a estar cerca de un teléfono. Diría que ahora nos está llegando la punta de la tormenta.

—¿Y has seguido adelante con la fiesta?

—Bueno, pues claro. Habría sido una irresponsabilidad no hacerlo. Esta gente cuenta con nosotros. —Los ojos parecieron asomar de sus trincheras de lentejuelas. El resto de la sala se fundió—. Pero ¿dónde se ha metido ese marido tuyo? Es tan divertido en sociedad.

—Keith no va a venir, no creo —respondió Regan en voz baja.

—¿Hum?

Hacía mucho tiempo que Regan había renunciado a atisbar en la caja negra del matrimonio de su padre y, por tanto, no tenía ni idea de si su comunicación privada rebasaba su, a esas alturas, lánguida reciprocidad pública; no obstante, parecía imposible que estuviera en proceso de divorciarse sin que Felicia se hubiera enterado. Como la mayoría de los regímenes autoritarios, el de los Gould se basaba en la información. De hecho, Amory había trabajado en la Oficina de Servicios Estratégicos de joven, antes de entrar en el sector privado.

—Hemos decidido separarnos. A modo de prueba.

Regan detestaba todas las combinaciones posibles, esta inclusive, en cuanto salían de su boca. «Un tiempo separados.» «Tomar distancia.» Curiosamente, sin embargo, el calculado desfile de emoción pareció suspenderse; Felicia separó los labios y Regan tuvo la impresión de que quería quitarse la máscara. Tal vez Felicia no estuviera al corriente. Entonces, el momento pasó.

—Has informado a tu padre, imagino.

—Por supuesto.

—Siempre ha tenido buen ojo para la gente.

—Pero si papá adora a Keith.

—Pues justo lo que te digo. Todos lamentaremos mucho su ausencia. Díselo la próxima vez que lo veas, ¿sí? Aunque, por supuesto, estamos contigo y con los niños.

—Los niños estarán bien. Se adaptan a estas cosas, como sin duda recordarás. No imagino por qué no te lo habrá comentado papá, incluso en su estado.

La fiesta había vuelto a primer plano. Se había ido densificando, brazos y hombros enfundados se apretaban. Cerca de allí, una bandeja iba dejando una estela de aroma a carne asada. Alguien volvía a maltratar el piano. Seguía maltratándolo.

—Pues ahora me pregunto si no sería por eso por lo que tu tío Amory ha estado tan alicaído toda la noche. Está buscándote. Asegura que para tratar de la Junta, algo relacionado con la empresa, tema sobre el que, como bien sabes, no hay forma de educarme. ¿Dónde se habrá metido? —La mujercilla se puso de puntillas, una ridiculez, como si un par de centímetros más fueran a permitirle distinguir a su hermano entre la muchedumbre. Regan se sintió aliviada al verla des-levitar con la decepción pintada, tal vez exageradamente, en la parte visible de la cara—. Bueno, pues no lo veo. Pero seguro que os encontráis antes de que acabe la fiesta. Ha insistido en que no te deje marchar sin tener ocasión de hablar primero contigo.

Regan no pensaba darle el gusto a Felicia de que la viera sentirse amenazada.

—Bueno, tú también tendrás que tratar con mucha gente y yo necesito una copa.

—Por supuesto.

—Pero, ya te digo, esta vez te has superado. Por cierto, ¿cuál es el tema de la decoración?

—¿No te llegó la invitación?

—La leería por encima.

—«La máscara de la muerte roja.» Una broma privada de mi hermano. Son los años de la plaga y demás. Ya sabes que tiene un sentido del humor peculiar.

—Muy gracioso.

—Un placer verte, Regan.

Había sido su intercambio verbal más largo desde hacía años, y desde luego el más desconcertante, y por tanto en algún momento Regan había bajado la guardia, al menos en lo tocante a las manos, y ahora Felicia se abalanzó sobre ella. Las palmas de las manos de Felicia se cerraron alrededor de las de Regan como frías plantas carnívoras. Eran capaces de generar una energía enorme.

—Y, Regan, querida, la cabeza siempre alta. Es lo que nos ha tocado en la vida, igual que a los hombres les corresponde no tener remedio, y, en el fondo, vete a saber qué es lo más duro.

O, sea que lo sabían, pensó Regan, no tanto con amargura como con aprensión, mientras regresaba al gentío. Cuando miró atrás, su madrastra volvía a ser un antifaz negro con la chimenea de fondo, como un haz de astillas aguardando las llamas.

Evitar a Amory Gould jamás había resultado sencillo y esa noche no era una excepción. Los riesgos del salón eran obvios; la sala iba llenándose de más gente más borracha conforme se acercaban las doce y Amory podía estar acechando desde detrás de un buen número de máscaras. Por otro lado, los espacios donde Regan quedaba expuesta disminuían. Se refugió en un cuarto de baño durante un rato, pero no podía quedarse allí para siempre y, cuando la balanza la animó a pesarse, cosa que le había prohibido el doctor Altschul, se retiró a una habitación contigua, que solían dedicar a la música (desde donde llegaban las notas del piano). Apoyó la espalda en la pared para no caerse y siguió con la tercera copa de champán. Aguanta hasta medianoche, pensó. Una hora más y habrás cumplido la sentencia. Un televisor manchaba la penumbra desde encima de una mesa de drapeados naranjas. Dick Clark no había envejecido desde que Regan iba a la universidad. Un hombre cambió de cadena y puso el partido. ¿Le importaba a alguien? «Por favor», dijo Regan.

Si quince años atrás —por ejemplo, el fin de semana que se convirtió en la fiesta de compromiso de su padre y Felicia en la casa de verano de los Gould en Block Island— le hubieran dicho que un día detentaría cierto poder sobre aquella gente, los hombres con pantalones de gabardina y sus mujeres con piratas y pañoleta, no se lo habría creído. Fuera del escenario solía pasar desapercibida, carecía de la locuacidad de su hermano. Era lo que le había atraído del teatro de Vassar: el guión ya estaba escrito. Y, sin embargo, en la víspera de su boda, papá le había pedido que se incorporase al Consejo de Administración de la compañía. Ya antes, su padre debía de haberse fijado en que Regan había adelgazado mucho y habría intuido que no era feliz (lo que en su teología común equivalía a debilidad espiritual). «No tienes que hacerlo», le había dicho Regan. Se sostuvieron la mirada un buen rato. Luego su padre le dijo que creía en ella. Se diría que había reservado el cargo para William, el heredero, pero que de pronto Regan le parecía más adecuada. Además, no iba a ganarse la vida de actriz; era una Hamilton-Sweeney, por amor de Dios.

Regan había actuado con discreción y diligencia durante años de reuniones mensuales de la junta, y entonces, el verano pasado, justo cuando el doctor Altschul le sugirió que, ya que Cate comenzaba la escuela, quizá debería buscar algo en lo que ocupar el tiempo, había quedado vacante el puesto en el problemático departamento de Relaciones Públicas y Comunicación. Regan insistió en pasar por una entrevista como todo el mundo, pero estaba cantado que conseguiría el trabajo. No se le ocurría un candidato mejor preparado; llevaba más o menos toda la vida tratando de poner buena cara al mal tiempo.

Por otro lado, no tenía la seguridad de que Amory no hubiera dispuesto la marcha del anterior responsable de RR.PP. puesto que, sobre todo, Amory se dedicaba a disponer las cosas. En realidad nunca le veías hacerlo, claro está; simplemente lo veías corretear por los márgenes de la sala con la habilidad de una sepia, oscureciendo el entorno… y luego quizá infirieras su intervención porque las cosas habían salido a su gusto. El Hermano Diabólico, lo llamaban los ejecutivos júnior. Si trabajabas suficiente tiempo en la empresa, terminabas con la impresión de que Amory estaba en todas partes y en ninguna, como una concepción deísta de Dios. Aunque Regan había aprendido que parte de la genialidad de Amory radicaba en que solo intervenía cuando de verdad importaba. Y solo en una ocasión, aquel largo fin de semana en Block Island, había experimentado en persona el poder de sus disposiciones. Por entonces Amory aún era joven y tenía una expresión viva bajo el parpadeo de las antorchas mientras le ofrecía bebidas frutales en tazas con forma de dioses tiki y su mano tersa persistía al final de la espalda de Regan. Esta no había visto los negros nubarrones que comenzaban a formarse al oeste, sobre la franja de cielo azul cada vez más oscuro.

En cierto modo, nunca se habían despejado. Y cuando Regan oyó la voz de Amory en el pasillo, su voz inconfundible, aguada y delicada, respondiéndole a alguien que volvería «enseguida a enterarse del resultado», se sintió encoger. Se presionó la mejilla con la copa de champán para regularse la temperatura y el pie se enganchó con la goma del antifaz y la soltó de la grapa. El antifaz se cayó. Una de las esposas se volvió a mirarla con expresión de reproche. Vale, puede que estuviera achispada, pero ¿qué había pasado con la solidaridad femenina? Entonces la puerta del lavabo del pasillo se cerró y Regan vio una escapatoria. Apuró la copa, la dejó en el primer sitio que encontró y se escabulló de la habitación. Ni rastro de Amory. Detrás de Regan, la fiesta era una locura. En dirección contraria, perfilada de blanco, quedaba la puerta de vaivén de la cocina. Corrió hacia allí, confiando en perderse de vista antes de que Amory saliera del lavabo. Pero los invitados se multiplicaban, una marea de gente regresaba al centro de la fiesta. Peor aún, Regan no llevaba antifaz. En el pasado se habían contentado con charlar con Keith, con quien podía hablarse de cualquier cosa. Para ella, apenas tenían una palabra. Sin embargo, ahora que le era imprescindible alcanzar el final del pasillo, sus manos no paraban de agarrarla de la manga. Estás fabulosa, Regan, qué estilizada. ¿Cómo está Keith? ¿Dónde está Keith? Con lo que querían decir, según supuso Regan: «¿Es verdad lo que se rumorea?». Su don para pasar desapercibida le estaba fallando. Le pareció oír la cadena del váter. «Fatal, la verdad, en pleno divorcio», espetó. Y, sin aguardar la reacción, abrió la puerta de vaivén.

La cocina era larga y estrecha y no pegaba con el resto del piso, hasta que caías en que era la única estancia que los invitados no debían admirar embobados. Al principio Regan había fantaseado con pasar allí las tardes, compadeciéndose con Doonie, pero Felicia la había despedido para contratar a su cocinera y al final Regan se resignó a convertirse en una intrusa, agrupada con los ricachones del otro lado de la puerta. Esta vez se encontró con seis u ocho mujeres de piel oscura trabajando en las diversas encimeras, secando platos, descongelando masas que perfumaban el ambiente de levadura. A diferencia de los camareros que iban y venían, ellas no llevaban antifaz. Y al fondo de la cocina, sentado a una pequeña mesa repleta de botellas de vino, pasando desapercibido, un negro con chaqueta blanca. Se había subido la cara falsa y a Regan, incluso achispada, le bastó un segundo para recordar dónde había visto la auténtica de debajo: mejillas redondas, gafas anodinas, dientes de conejo.

—¡Señor Goodman! ¿Es usted?

Había olvidado que los negros también se ruborizan. El hombre murmuró algo que ella no entendió, y Regan lo levantó y le ofreció la mejilla para que la besara. La cocinera más cercana miró con expresión de censura. Regan se sentó, decidida a aparentar que el amante de William —porque, obviamente, era el amante de William— y ella eran viejos amigos.

—¡No me puedo creer que le hayas convencido para venir! ¿Dónde está? —Regan miró alrededor.

—¿William? Eh, esto… No sabe dónde estoy exactamente.

Regan se vino abajo.

—¿Exactamente?

—No lo sabe. Se me ocurrió venir en su lugar. Es una larga historia.

Estudió una de las botellas. La humedad de tanto cocinar había comenzado a arrugar la etiqueta. El disgusto del señor Goodman distrajo a Regan del suyo.

—Entonces ¿qué haces aquí dentro? Deberías estar codeándote con la gente guapa. Norman Mailer anda por aquí.

Le estiró de la manga de la chaqueta, demasiado pequeña. Quizá se pasara de confianza, solo se habían visto una vez, pero al menos había alguien en la fiesta que no le debía lealtad a los Gould.

—No he durado ni diez minutos. Una mujer me ha entregado esto. —Se sacó del bolsillo una servilleta estrujada, un hatillo minúsculo de comida mordisqueada—. Creo que me ha tomado por un camarero.

—Habrá sido el esmoquin. ¿Es de William?

Él sonrió, y Regan comprendió que, incluso avergonzado, era encantador.

—¿Me he pasado?

—Al menos tendrás una buena anécdota que contar cuando regreses a tu otra vida. Yo no tengo adónde volver. Esta es mi otra vida.

—Pues te pega.

—¿Sí? —Regan se llevó las manos a la cara. Una de ellas, las manos o la cara, seguía caliente, pero no habría sabido decir cuál. Por lo general era una señal de alarma que su cuerpo y su cabeza se desconectaran—. Es el alcohol. A propósito, tomemos otra copa.

Había cogido una botella de vino de la mesa y escudriñaba las encimeras en busca del sacacorchos.

—¿Seguro que te conviene otra copa?

Regan hurgó en un cajón para todo, sin hacer caso de la consternación del servicio de la periferia.

—Para celebrar que nos hemos encontrado. La verdad, ha sido una agradable sorpresa.

No consiguió encontrar un sacacorchos, pero allí, entre gomas y batidores de alambre y pinceles, el desorden secreto del hogar de Felicia, se escondía una navaja del Ejército Suizo. Regan desplegó los diversos apéndices. Sacacorchos, sacacorchos… Cualquiera habría supuesto que los suizos estarían preparados para esa contingencia, pero lo mejor que encontró fue una hoja larga y estrecha. La clavó en el corcho e intentó arrancarlo como una posesa.

—Eh… ¿Regan? —dijo Mercer, estirando la mano.

Y entonces la navaja se cerró. Por un momento, después de que el filo hubiera atravesado la piel y la carne del pulgar (pero antes de que las alarmas de la inmensidad neuroquímica alcanzaran a Regan), el dedo atrapado podría haber pertenecido a otra persona o ser una muestra anatómica de cera. Hostia, pensó Regan. Parece hondo. Y entonces prácticamente se oyó un burbujeo cuando el futuro que había estado proyectando —una copa de vino, un brindis con Mercer Goodman, una escapada de la fiesta a escondidas de Amory— se disolvió y el pulgar se convirtió en el suyo. Manó la sangre, una gota, una riada, sobre el mármol blanco grisáceo que los separaba. La impresionó que pudiera salir algo tan espeso y tan rojo del interior de su cuerpo. Y ella que pensaba que su vida no le pertenecía y, todo ese tiempo, le latía dentro. Luego siguió ese segundo casi vertiginoso de siempre, antes de sentir el dolor.

7

Charlie había intentado comportarse como si esa noche no fuera para tanto —como si saliera constantemente a clubes nocturnos—, pero en realidad confiaba en que Sam le guiara por los campos de sogas de terciopelo y bolas de discoteca que imaginaba que le aguardaban. En cambio, estaba completamente solo, al fondo de una sala negra y bochornosa, atestada como un vagón de metro. No se veía el escenario; lo único que alcanzaba a ver delante eran hombros, cuellos, cabezas y los huecos entre ellos, un nimbo de luz, un esporádico pie de micrófono, un puño o una rociada de… ¿qué era aquello?, ¿saliva?, surcando el aire. La música también sonaba turbia y, sin los anillos caducifolios de un disco que examinar, costaba distinguir dónde terminaba una canción y comenzaba la siguiente, o si lo que escuchaba eran canciones. Lo mejor que podía hacer era mirar en la misma dirección que el resto del público, saltar de manera más o menos rítmica y confiar en que nadie detectara su decepción. ¿Y quién iba a fijarse? El camarero era el único que estaba más lejos que él del escenario. Charlie se quitó la chaqueta e intentó atársela a la cintura como veía que hacían los otros chicos en la escuela, pero se le cayó al suelo, arrastrada por el peso de los pantalones del pijama que llevaba en el bolsillo y ahora alguien lo miraba, una chica, de modo que tuvo que fingir que no le importaba de tanto que disfrutaba con la música. Puso su cara de pocos amigos más impresionante e intentó imaginar qué aspecto tendría de sentirse transportado.

—Joder —dijo la chica, cuando el grupo por fin hubo terminado.

¿Hablaba con él?

—¿Qué?

—Mola, ¿eh? —Ahora los altavoces escupían música grabada; habían vuelto a encender las luces navideñas del techo, multiplicadas por las partes de un gran espejo que no estaban cubiertas de pintura en espray, y la muchedumbre se le acercaba como una oleada, borrachos como cubas. La chica era alta, aunque no tanto como Sam, y curvilínea y rellenita por debajo de una enorme camiseta de los Rangers. Tenía rasgos delicados y femeninos—. Pero creo que estás pisándole el abrigo a alguien.

—Ah… Es mío. —Charlie se agachó a recogerlo de un charco que confiaba en que fuera solo de cerveza. Cuando se irguió, la chica intercambiaba muecas con alguien de la otra punta. Probablemente se burlaban de él; a Charlie le pareció detectar el símbolo internacional de borracho: el pulgar hacia la boca y el meñique levantado como la trompa de un elefante. Bueno, pues se podía ir a la mierda—. Me voy.

—No, espera. —La chica lo agarró por la parte de arriba de la manga—. Me gusta cómo bailas. Como si no te importara una mierda que te vean. No eres uno de esos universitarios que hacen posturitas para encajar. A la gente le asusta dejarse llevar como tú.

Fijo que va puesta de algo, pensó Charlie, para tener los ojos tan vidriosos, con las luces navideñas destellando en ellos como estrellas baratas; puesta de algo que la hacía parecer mayor y más interesante de lo que era. Se encogió de hombros.

—Sencillamente son uno de mis grupos favoritos.

—¿No Me Jodas?

—¿Perdón?

—Si te gustan No Me Jodas, espera a ver a los cabezas de cartel.

Charlie se avergonzó de la confusión. Por eso no le habían gustado.

—No, si hablaba de ellos. De Ex Post Facto. O Nihilo.

—Nihilo —le corrigió ella la pronunciación.

—Eso. Son los mejores.

—¿De veras? Mi amigo les hace el sonido. Es posible que pueda colarte en el camerino. Pero a cambio tendrás que hacer algo por mí. Ah, joder. Me encanta este tema. Ven a bailar conmigo.

—Ni siquiera sé cómo te llamas.

—Llámame C. A. —dijo la chica por encima del hombro mientras se abría paso entre torbellinos de punks.

—Charlie —dijo él, o musitó.

Entonces cambió el disco. Una voz como la de un viejo amigo sonó por los altavoces: «Jesús murió / por los pecados de alguien, / pero no por los míos». En el espejo de las pintadas de encima de la barra, Charlie seguía pareciendo un desastre, pero por lo visto alguien opinaba lo contrario, ¿y qué importaba si estaba un poco rechoncha? Charlie solo lamentaba que Sam no estuviera allí para verlo.

Bailaron junto a una repisa que bordeaba la pared a la altura del pecho. Charlie quizá ni la hubiera visto de no haber sido por las filas de vasos de plástico amontonados como lemmings, con cubitos de diversos colores a medio derretir. Cogió una de las bebidas para que C. A. no notara que era menor de edad. Le costaba recordar que tenía solo diecisiete años, que era un timorato hierbajo que había brotado en sus botas militares. Conforme el tema se acercaba a la velocidad de escape, también Charlie se fue arrimando. Imposible que estuviera en el mismo lugar donde hacía apenas unos minutos se sentía tan solo. En todas las direcciones había gente, olorosa, enrollada, ondulante. Y a su lado esa chica generosa y suave con su enorme camiseta, bailando cada vez más cerca, y cuando de casualidad el pecho de Charlie le rozó las tetas, la chica simplemente sonrió, como si hubiera un televisor en la pared de detrás de Charlie donde hubiera visto algo divertido. Charlie apuró el culo de líquido azul traslúcido y, mientras todavía le adormecía el velo del paladar y le alejaba la superficie de la cara del cráneo, la rodeó con un brazo.

—Me alegro de que hayas decidido hablar conmigo —gritó Charlie.

Estaba sopesando la conveniencia o la estupidez de contarle que lo habían dejado plantado cuando ella se llevó un dedo a la boca.

—Espera. Ahora viene la mejor parte.

Charlie se saltó el medio segundo en que podría haberse sentido dolido y se entregó durante el resto del tema, el feliz zumbido de la sala cargada de humo y de luces con el pelo sudado pegado a la frente y la chaqueta en la mano como un pompón.

Cuando el disco terminó, Charlie miró a los nazgules que circulaban alrededor, cualquiera de los cuales podría ser el novio del que acababa de acordarse. No tenía claro qué debía hacer a continuación; la bragueta se le movía contenta cuando, en el invisible sotobosque por debajo de los hombros, C. A. apoyó el dorso de la mano en su entrepierna.

—Oye, Charlie, lo de ese favor. ¿Llevas algo?

—¿Algo?

—Quiero un poco de lo que te has metido. Porque, sea lo que sea, está claro que me apetece.

—Hum… Estoy pelado.

Sam era la que compraba las drogas, cuando las había. Charlie no habría sabido con quién hablar aparte de los tíos del colegio que vendían Valiums robados del botiquín de sus madres. Y la chica se apartó, asqueada; su mano ya se había retirado de entre las piernas de Charlie.

—Qué coñazo —dijo, sacudiendo la melena—. Te aseguro que te habría compensado como es debido. —Aunque no parecía particularmente pillada por él. Quizá fuera demasiado puesta para que le importara—. Pero, si quieres venir conmigo al backstage, seguro que Sol tiene algo. Solo necesito diez pavos.

Sol era el nombre del cabeza hueca ese que conocía Sam; al fin y al cabo, debía de ser a él a quien había visto fuera.

—Un momento. ¿Solomon Grima es tu novio?

—Sí, el ingeniero de sonido. Pensaba que me habías dicho que eran tu grupo favorito.

Que fue justo cuando volvieron a apagarse las luces. La música grabada se detuvo en mitad de una sílaba. El gentío se abalanzó hacia el escenario y casi tiran a Charlie. «Escuchad, guarros…», dijo una voz, y el resto se perdió en el rugido que creció alrededor de Charlie. Lo empujó hacia delante y, aunque la aglomeración era más densa a cada paso —una pared de cazadoras de cuero con tachuelas bloqueó su avance a varios metros del escenario—, estaba más cerca que nunca de la música en directo, salvo en su bar mitzvá. La potencia monofónica del sonido borró cualquier impresión que le hubieran causado aquellos capullos de esmoquin. Se produjo una avalancha, que se precipitó montaña abajo partiendo árboles y casas como juguetes de hojalata, arrasando cualquier sonido que se cruzara en su camino y borrándolo con un rugido blanco. Mientras, Charlie notaba cómo lo engullía por completo, incapaz de decir si era bueno o malo, incapaz, incluso, de que le importara. En disco, en las versiones de Ex Post Facto, las canciones eran tensas y angulosas, con cada instrumento superando a los otros: la batería espasmódica, el bajo lacónico y el Farfisa de Venus de Nylon luminoso como el verano. Era, en particular, la distancia entre el engreído fraseo pretendidamente británico del cantante y el berrido apasionado de la guitarra lo que había atraído a Charlie. Parecía que la guitarra expresara el dolor que el cantante, Billy Tres-Palos, no pudiera permitirse admitir. Ahora todos los que aparecían en la portada se habían marchado menos el batería. Una guitarra estaba en manos de un negro con el pelo verde y la otra colgaba del grueso cuello que acababa de asomar por encima. Era el nuevo cantante, el nuevo amigo de Sam. Pelo negro rapado, salvaje, de constitución poderosa. Una persona que hacía cosas, le había contado Sam por teléfono, así de ambigua. Su cara blanca y sudorosa se contorsionaba a escasos metros de distancia, inclinándose por encima de todos ellos. Parecía prometer la libertad total, a condición de una sumisión total. Y resultaba que someterse era lo que Charlie Weisbarger hacía mejor. Apoyó las manos en los hombros de desconocidos. Se aupó hacia el cantante para replicarle las palabras que en otro tiempo habían pertenecido solo a Charlie y Sam: «Ciudad en llamas, ciudad en llamas / Uno es el gas, dos la cerilla / y nosotros otra ciudad en llamas».

Al final terminó. Encendieron las luces, se vació la sala. Una voz incorpórea anunció que el grupo volvería a medianoche para el segundo pase, y Charlie se contrajo dolorosamente de regreso al tamaño habitual de su cuerpo. A modo de medicina, cogió otra copa medio vacía de la barra de la pared, pero era casi todo hielo deshecho. Entonces vio a C. A. al lado del escenario, charlando con otro tipo con pinta de motero. Le tocaba a Charlie agarrarla del brazo. A ella le costó un minuto recordar quién era Cha ...