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CóMO LIGAR CON UN DUQUE (AMANTES REALES 1)

Megan Mulry

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Fragmento

1

SI UN AÑO ANTES ALGUIEN LE HUBIERA DICHO a Bronte Talbott que iba a dejar su trabajo y su vida en Nueva York por algún motivo y en concreto por una relación, por una relación romántica, ella habría respondido inmediatamente y sin asomo de duda: «¡Y una mierda!». Bronte no buscaba que ningún hombre la conquistara y pusiera su mundo patas arriba. No tenía pensamientos absurdos sobre vivir su propio cuento de hadas y feliz para siempre. Había tenido que luchar mucho y le gustaba demasiado su trabajo de publicista para tirarlo todo por la borda por un hombre. Pero esa noche en la fiesta de despedida de David y Willa Osborne se produjo el principio de la transformación que convirtió a Bronte en una persona que tenía poco que ver con la de antes.

Acababa de cruzar el abarrotado vestíbulo del apartamento que David y Willa tenían en Tribeca y vio a «mister Texas» al otro lado de la proverbial habitación atestada de gente. Demasiado llena, con mucho humo y no menos ruido. Justo en ese momento él dejó de mirar a la persona con la que hablaba, como si su tardía llegada le hubiera desencadenado una reacción inesperada pero muy bienvenida, y le dedicó una medio sonrisa que tuvo el efecto de hacer desaparecer de repente el ruido y las distracciones que había a su alrededor.

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¡Zas!

Se habían visto solo un par de veces. En los últimos años se había convertido en un invitado intermitente dentro de su círculo de amigos. Vivía y trabajaba en Chicago, pero venía a la ciudad de vez en cuando a pasar lo que él llamaba «fines de semana a lo grande». Él y David se habían hecho amigos cuando trabajaron juntos en un asunto financiero y descubrieron su amor mutuo por el ambiente musical de la capital de Texas, Austin, y por el alcohol.

Al principio Bronte no le prestó mucha atención porque hablaba demasiado alto y se tomaba demasiadas confianzas. Es que era de Midland, Texas, por el amor de Dios. Pero ese momento de intimidad a contracorriente, en medio de aquella marabunta, le hizo darse cuenta de que le apetecía tener algo que ver con alguien que hablaba demasiado alto y se tomaba demasiadas confianzas. Por una vez no tenía ganas de ser ella la que llevara todo el peso de la conversación. O de su equipaje, para qué negarlo.

Su parte racional con voz de Gloria Steinem le decía: «¿Mi madre se manifestó en Washington para esto?». Se puso hecha una furia, pero la ignoró. Esa era la vergonzosa verdad: había en ella un deseo latente de convertirse en la atractiva acompañante de alguien. De tener a alguien que se ocupara de ella.

—Hola —saludó él.

Había abandonado la conversación de la que hasta entonces había sido el centro de atención, como era habitual, y ahora estaba allí a su lado en la improvisada barra. Había botellas medio vacías de vodka Belvedere, Johnnie Walker Blue y ron Myers’s desperdigadas por la encimera de granito negro de la estrecha y moderna cocina de David y Willa.

—Hola —le respondió Bronte mientras se servía una copa de vino tinto.

Los dos estaban temporalmente solos en un espacio bastante tranquilo.

—¿Y qué? —preguntó—. ¿Crees que irás a visitar a Willa y David a Londres cuando se vayan para allá?

—Eso espero. Solo he ido una vez a Londres, pero me encantó. —Le dio un sorbo al vino y esperó a que él continuara la conversación.

—¿Qué te pareció el concierto?

—¿Qué concierto?

—¡El del Madison Square Garden! —exclamó sonriendo—. Creía que todos los de aquí habían ido.

—Oh, yo no.

Un amigo borracho entró tambaleándose en la cocina y sacó un refresco de la nevera. Después pasó haciendo eses entre ellos.

—Hola, Bronte.

Ella sonrió mientras miraba a ese pobre tipo chocar con el marco de la puerta al salir y a continuación levantó la vista para encontrarse a mister Texas observándola entre interesado y travieso.

—¿Y cómo has podido perdértelo? —dijo arrastrando un poco las palabras.

Ella miró su copa y después a él.

—Lo eché a cara o cruz y finalmente tocó la exposición de Rothko en el MoMA en vez de ir al concierto. Mi prima se muda a Los Ángeles y era la última vez que podíamos salir juntas antes de que se marchase.

—No creo que yo me hubiese perdido ese concierto por nada del mundo, mucho menos por una aburrida exposición en un museo. Estuve en la Capilla Rothko de Houston, nena, y me pareció un sitio bastante pobre.

Bronte se rió. Nunca había oído una mala crítica de Rothko. Ni tampoco que la llamaran «nena». Si su padre, el intelectual, estuviera vivo para conocer a ese tío, le habría odiado desde el primer momento.

—¿Y qué tipo de arte te gusta? ¿Los cuadros de perros jugando al póquer?

Sonrió.

—Sí, claro, me encanta el bulldog con el cigarrillo colgando. Estoy seguro de que lo que tiene entre manos es un full.

—Te estás haciendo el cateto… —le dijo.

—La vida es genial, ¿por qué malgastarla con todos esos expresionistas abstractos suicidas?

Si lo hubiera dicho cualquier otra persona se habría sentido ofendida, pero él había demostrado tener una extraña forma de hacer que sus intereses intelectuales parecieran, si no estúpidos, al menos innecesariamente difíciles.

—Ya, claro. —Lo miró por encima de su copa y se preguntó si estaría borracho. Tenía un pequeño temblor en la boca y la mirada algo desenfocada. Pero parecía lo bastante sobrio para no apartar la atención de los labios de Bronte.

—¿Quieres ir a dar un paseo?

Ella volvió a reír.

—Son casi las dos de la madrugada. ¿Adónde íbamos a pasear?

—No lo sé. Se me había ocurrido que podía acompañarte a casa y todo eso, ya sabes.

Exageró el acento texano al decir esa última frase y ella tuvo que admitir que era muy sexy. Llevaba muchísimo tiempo sin sentirse atraída por nadie. Y ahora le gustaba ver su mirada fija en ella. Había estado tan centrada en ascender uno o dos escalones en el negocio de la publicidad que había tenido las miras puestas en otras cosas. Era una experta a la hora de compartimentar. Si estaba centrada en el trabajo, no había más que trabajo; no podía estar el noventa por ciento centrada en su profesión y el diez en seducir a alguien.

Bronte consideraba estos años tras acabar la carrera como el capítulo de su vida en que se iba a dedicar a «ir subiendo peldaños». Estaba decidida a hacer todo lo que hiciera falta para ganarse el respeto de su jefa y sus colegas, para demostrar que no era una cabeza de chorlito que solo quería trabajar unos años hasta encontrar un marido o pasarse después a otra industria. Costara lo que costase ella iba a convertirse en una agresiva ejecutiva de cuentas de publicidad. No estaba dispuesta a esperar a que llegara el hombre perfecto para conquistarla.

Pero…

La verdad es que este hombre estaba demostrando ser increíblemente bueno en eso de la conquista. Y era fuerte, rubio, seguro de sí mismo, divertido. Le recordaba al Kim de Kipling, el pequeño amigo de todo el mundo, pero grande.

—¿Has leído Kim de Rudyard Kipling?

—¿Es como El libro de la selva? He visto los dibujos con mis sobrinas. —Su sonrisa era contagiosa y traviesa.

Todos los hombres que entraban en la cocina a por una cerveza le saludaban con una mezcla de respeto y camaradería. Una sarta de «Hola, tío» y «¿Qué hay, compañero?» salpicados de momentos de chocar esos cinco y asentimientos de cabeza enfáticos interrumpían constantemente su incipiente conversación.

—¿Por qué te felicitan por el concierto? —le preguntó Bronte en un momento de calma.

Él soltó una carcajada y fue como si hubieran rasgueado las cuerdas de un bajo dentro de ella.

—No me están felicitando. Es solo que todos estamos de acuerdo en que fue increíble. El placer compartido y todo eso.

Había dicho eso último más despacio, justo eso y en ese momento, y aunque ella sabía que era un truco de seducción que seguramente tenía ensayado (o ya no necesitaba ensayarlo porque le salía natural), se dejó llevar por la cálida ola de deseo que le provocó.

—Me gusta como suena eso —dijo Bronte en voz baja.

«El placer compartido y todo eso», repitió en su mente. Le gustaría saber algo más sobre ese «todo eso».

Él estiró el brazo y le quitó a Bronte la copa casi vacía de la mano. Un gesto algo machista que le molestó y a la vez le encantó. Se odió un poquito por ello.

—¿Y si quería tomarme otra copa de vino? ¿O beberme el último sorbo de esa?

Pero él sabía (y ella sabía que él sabía) que no le importaba abandonar el final de esa copa o la posibilidad de tomarse otra por la oportunidad de salir de esa fiesta de la mano de ese tío bueno carismático, imponente y poco aficionado a Rothko.

Él ya empezaba a tirar de ella en dirección a la puerta cuando Willa y David entraron en la cocina bastante borrachos y agarrándose el uno al otro de la cintura. Bronte le soltó la mano al texano.

—¡Estás aquí! —exclamó Willa casi cantando. Y le dio a Bronte un abrazo emotivo.

—Willa, hoy hemos comido juntas, pero actúas como si llevaras años sin verme.

—Lo sé, pero te voy a echar de menos. —Todavía agarrándole la mano a Bronte, se volvió hacia el héroe rubio que tenían al lado—. ¡Y tú! Tienes que conocer a Bronte Talbott. Es fabulosa. —La voz de Willa tenía una cadencia entre pija británica y borracha común.

Mister Texas sonrió por encima del hombro de Willa y le guiñó un ojo cómplice a Bronte.

—Gracias por las presentaciones, Willa —dijo—. Bron y yo nos estábamos conociendo ya. Por favor, convéncela de que soy el hombre adecuado para acompañarla a casa.

—¡Oh, Bron! ¡Deja que te acompañe! Es tan americano, ¿a que sí? —Willa le cogió el bíceps como si fuera un boxeador—. Todo músculo y fuerza bruta.

David puso los ojos en blanco y apartó la mano de Willa del brazo de su amigo.

—Cariño, deberías dejar de manosear a los invitados. Además, creía que querías que Bronte conociera a Max.

—Ah, claro. ¿Y quién no querría conocer al soltero más cotizado de toda Inglaterra? —Willa abrió mucho los ojos y le dedicó a Bronte una mirada de complicidad algo borracha—. Pero si no tiene la decencia de darse prisa, se va a perder al mejor partido de la fiesta.

Bronte se ruborizó pero no supo si era porque acababan de decir que era el mejor partido de la fiesta o porque el posesivo texano acababa de volver a cogerle la mano.

—Me parece que hoy no es su día de suerte. —El acento texano había vuelto en todo su esplendor a la vez que esa mano que la agarraba con firmeza—. Deja que te acompañe a casa, nena. Seguro que necesitas dar un buen paseo para librarte de tanto Rothko.

Sí que necesitaba librarse de Rothko. Necesitaba librarse de toda su vida.

Se sentía como si hasta ese momento su vida hubiera sido un estresante intento de equilibrio entre la rebelión y la conformidad. A pesar de su gusto por Rothko, a Bronte le atraían las personas y las ideas que le servían para rebatir la despreciable visión que su padre tiene del mundo y donde la humanidad se divide en dos grupos: uno compuesto por el centenar de personas inteligentes y el otro por el resto, que eran simplemente idiotas. Lionel Talbott había sido un brillante académico que no podía soportar la veneración de la cultura popular que mostraba su hija. En sus primeros años de adolescencia su adicción a la revista Hello! había sido algo casi enfermizo, sobre todo en presencia de su padre. Él, que había estudiado en Inglaterra, quería que se dedicase a leer a Shakespeare y a Marlowe.

Lo que empezó como un mero acto de insubordinación, pronto se convirtió en una fascinación de por vida. ¿Él quería que mostrara interés por la historia de Inglaterra? Muy bien. Empezó por los tórridos romances de Enrique VIII y siguió hasta llegar al glamour de Diana de Gales. Le gustaban sobre todo los rebeldes caballeros que por lo general llevaban pañuelos blancos bien planchados en el bolsillo de la chaqueta y las mujeres elegantes que habían nacido sabiendo llevar un tocado con estilo y naturalidad. Su padre siempre aborreció la fascinación por la realeza de Bronte y ridiculizó hasta la saciedad el inconsolable drama adolescente que Bronte montó cuando murió Diana. Claro que su desaprobación solo sirvió para reforzar la admiración de ella por todo lo que tenía que ver con la realeza británica (y ocasionalmente con la danesa y la francesa cuando los matrimonios lo exigían).

Más adelante las circunstancias dieron un giro inesperado y retorcido y ella se encontró leyendo a Shakespeare y a Marlowe en secreto, pero exhibiendo la última novela romántica del período Regencia o dejando una novela rosa, de las que tenían un hombre medio desnudo en la portada, en la mesita del café del salón solo para contrariar a su padre. Por desgracia todas esas refriegas adolescentes no culminaron en la madurez en un entendimiento mutuo entre padre e hija, sino en una guerra abierta cuando Bronte se negó a ir a Princeton. Ese había sido su golpe de gracia antiintelectual.

Hasta ahora.

Cuánto habría despreciado su padre a este texano rubio, musculoso y amante de los cuadros de perros jugando a las cartas. No es que se sintiera atraída por él por esas razones superficiales y antipaternales, claro. Pero eso tampoco le venía mal. Mister Texas era inteligente, bien educado y bien informado (tenía un máster en relaciones internacionales y otro en administración de empresas con especialidad en finanzas empresariales por la Universidad de Texas), y a pesar de todo eso prefería dejar a un lado todos sus títulos y disfrutar de una botella de vino St. Estèphe o de un lenguado de Dover en su punto.

—Era un medio para alcanzar un fin y todo eso —dijo bromeando cuando ella le preguntó por qué había seguido estudiando después de la universidad si creía que la educación superior no valía la pena.

—Ya estás otra vez con «y todo eso», ¿eh? —dijo Bronte—. Me encanta cómo le quitas importancia a «todo eso», que es por lo que yo he estado luchando estos seis años desde que me licencié en la universidad.

Caminaron en silencio un rato. Pero era un silencio agradable, pensó Bronte. El aire fresco de marzo la hacía sentir muy alerta.

—¿Así que es solo por el dinero? —le preguntó mientras seguían yendo al norte por Hudson Street. Habían cruzado Canal Street e iban entrando más en el SoHo. Las calles a las tres de la madrugada estaban tranquilas y parecían desiertas.

—Con el dinero no existe eso de «solo», Bron.

Había empezado a llamarla Bron ya desde el principio. No sabía si era porque su amiga borracha la había llamado así o porque siempre establecía ese nivel de intimidad con todo el mundo, pero tampoco le importaba. Le gustaba el sonido de su voz cálida vibrando al decir su nombre.

Se fijó (casi por casualidad, como notó después) en que no importaba lo que dijera porque ese rasgueo de su voz le resultaba seductor independientemente de lo que saliera de su boca. Podría estar leyendo las instrucciones de configuración de un módem y ella de todas formas suspiraría y batiría las pestañas como una adolescente enamorada.

Pero además de todo eso de llamarla «Bron» con la voz profunda, rasgueante y sexy, también estaba el hecho de que la estaba acompañando a casa y cogiéndola de la mano. Y no se estaba poniendo posesivo, sobón, ni avasallador ni nada por el estilo.

Solo le cogía la mano.

«No existe eso de “solo”», dijo para sus adentros.

—Y si con el dinero no existe eso de «solo», ¿qué pretendes hacer con todo ese sucio dinero cuando hayas juntado suficiente?

—¿Suficiente? ¡Nunca es suficiente! —Rió—. Además, ya hago cosas con él: voy a mis conciertos favoritos, me quedo en una suite impresionante en el Four Seasons, vuelo a Londres para pasar un fin de semana con los amigos, bebo martinis en Dukes y como pichón en Mark’s, voy a esquiar a Aspen, pesco macabíes en Yucatán, cazo en Argentina, hago windsurf en el cañón del río Columbia. Ya sabes… vivo la vida.

Bronte intentó verle como un gilipollas presuntuoso, pero él hacía que todo pareciera perfectamente divertido y vital. «¿Quién no querría ir a pescar macabíes a Yucatán?», se dijo. No es que ella pudiera diferenciar un macabí de una chuleta de buey con su hueso y todo, pero todo eso sonaba apetecible cuando lo decía con su acento despreocupado y optimista.

Y ella quería ser parte de todo eso y reírse en la cubierta del barco sobre los bajíos de agua turquesa mientras él pescaba al escurridizo macabí y la miraba luciendo su gran sonrisa texana.

—Esta es mi casa —murmuró cuando llegaron justo delante de su modesto edificio de apartamentos en el West Village.

Él no le soltó la mano y se acercó para darle un beso en los labios, algo breve, nada exigente.

Justo lo que tenía que hacer.

—Gracias por acompañarme a casa.

—El placer ha sido mío. ¿Estás libre mañana, nena?

—Claro. —Tuvo que contenerse para no ruborizarse ante ese uso tan familiar de «nena»—. ¿Qué día es mañana? ¿Domingo? Sí, he quedado con una amiga por la mañana, pero después de eso estoy libre.

—¿Quieres que quedemos en Balthazar para comer? —preguntó.

—Me parece muy bien.

—Quedamos entonces. —Volvió a inclinarse y le dio otro beso en los labios, demorándose un poco más esta vez.

—Hummm —ronroneó Bronte mientras se pasaba la lengua lentamente por el labio inferior después de que él se apartara, y abrió los ojos despacio.

—Ha estado bien, ¿eh? —preguntó mirándola a los ojos hasta que ella asintió—. Claro que sí —dijo confiado—. Vale, sube a tu apartamento antes de que te pida que me dejes subir contigo. Te veo en Balthazar mañana. ¿A mediodía te va bien?

—Perfecto.

—Perfecto —asintió él y le dedicó uno de esos guiños especialidad de la casa.

Bronte entró en el portal y le sonrió por encima del hombro mientras él se quedaba allí parado esperando para asegurarse de que cruzaba la segunda puerta sin problemas.

Esa noche se metió en la cama pensando que había encontrado a un hombre, un hombre adulto y educado, que la había acompañado a casa, le había dado un beso de buenas noches y que no parecía tener ni un solo impulso neurótico. Y que además pensaba que ella era perfecta.

Max dejó una nota sobre la encimera de la cocina y después tiró de la puerta para cerrarla sin hacer ruido al salir, aunque en realidad no había ninguna posibilidad de despertar a David y a Willa hasta dentro de varias horas por lo menos. Había caído destrozado en su habitación de invitados poco después de llegar a las dos de la madrugada y se había despertado a las seis y media cuando los camiones de la basura empezaron a hacer ruido en la calle. Su vuelo desde Londres había sufrido un retraso tras otro y le habrían venido bien unas cuantas horas más de sueño, pero una vez que se despertaba ya era imposible volver a cogerlo. Estuvo leyendo en la cama varias horas. Después decidió ir a Balthazar a comer algo y les dejó una nota a David y a Willa para que fueran allí a reunirse con él cuando pudieran.

Llegó a la hora punta de la comida del domingo, pero vio un asiento vacío en la barra. Le sonrió a la encargada cuando pasó a su lado y se sentó frente al espejo que había detrás de la camarera de la barra para tener unas buenas vistas del restaurante lleno de gente. Pidió un Bloody Mary con especias y empezó a examinar la imagen reflejada de la sala. En la esquina del fondo detuvo su mirada en una mujer muy atractiva. Tenía las mejillas encendidas y estaba escuchando atentamente a un hombre rubio del tipo jugador de rugby. Que una mujer así estuviera con un hombre como ese era un desperdicio, pensó Max con frialdad. Incluso desde esa distancia Max pudo ver que su postura erguida y su mirada alerta apenas podían contener su poderosa energía. El musculitos que estaba con ella parecía moverse a la mitad de velocidad que ella, y asentía y sonreía a cámara lenta, como uno de esos muñecos cabezones. Max no quería ser hipercrítico (¿y a él qué le importaba?), pero estaba claro que esos dos iban de cabeza al fracaso.

—¿Ya sabe lo que quiere?

La camarera era una rubia alta y de rasgos angulosos, y aunque le estaba preguntando qué iba a pedir para comer, no pudo evitar hacer un gesto con la boca para sugerir que tal vez ella podría servirle algo más de lo que venía en la carta. «Si mi hermano Devon estuviera aquí —pensó con una sonrisa melancólica—, al menos uno de los dos habría podido aprovechar esa potencial oferta tácita.»

—Algo de comer nada más, creo. —Max era un firme seguidor de esa escuela de ligue cuya máxima era: «Mira pero no toques». Si no, una cosa llevaba a la otra y al final todo acababa hecho un lío. Devon, por otro lado, tenía un doctorado magna cum laude en: «Toca todo lo que quieras». Y siempre conseguía salirse con la suya sin pensárselo dos veces.

Max pidió una tortilla y siguió observando a la gente. Sus ojos volvieron al rincón del fondo para ver qué tal le iba a la nerviosa morena, pero ahora el reservado estaba vacío.

—¡Oh, ahí estás! —exclamó Willa, y después se tocó la frente porque su voz demasiado alta estaba empeorando su resaca.

—Se ha quedado libre una mesa al fondo —dijo David—. Vamos a sentarnos.

Willa gruñó mientras se situaba entre ambos hombres.

—Necesito tomarme algo. —Miró alrededor en busca de un camarero y después volvió a ver a Max—. Siempre juro que no voy a emborracharme otra vez y después lo vuelvo a hacer. Juro que…

Max sonrió a la vez que chasqueaba los dedos para llamar la atención de un camarero que pasaba. Habló muy rápido en un francés perfecto, y el parisino atareado asintió, apuntó el pedido de otros dos Bloody Mary y siguió su camino.

—¿Por qué eres la única persona que conozco que puede hacer eso sin parecer un idiota integral? —le preguntó Willa.

—¿Magnetismo animal? —le dijo Max con una sonrisa con la que se estaba burlando de sí mismo.

—A ti te parecerá broma —le contestó Willa—, pero es más que eso. Es que hagas lo que hagas nunca pareces un gilipollas prepotente…

—Y nosotros sí, claro —la interrumpió David.

—Ja, ja. Qué gracioso. No, en serio. Tienes un toque. Parece, no sé cómo decirlo, como si establecieras una especie de colegueo.

—Bueno, gracias, Willa. Me alegro de que apruebes mis modales.

—Lo hago. —Le sonrió al camarero cuando trajo las bebidas—. Gracias. —Su sonrisa desapareció cuando volvió a mirar a Max—. Pero sigo enfadada contigo porque llegaste demasiado tarde para conocer a mi amiga. Haríais una pareja fabulosa.

—¿Y por qué crees eso? —La imagen de la morena que había estado admirando justo en aquella misma mesa en la que estaban sentados ellos ahora apareció un segundo en su mente. Seguro que haría cualquier esfuerzo para conquistar a alguien como ella.

—Porque es enérgica, inteligente y divertida. Y tú eres… bueno… —Willa se detuvo un momento a pensar—. Tú.

Max le sonrió a Willa por eso. Había asumido que ella terminaría la frase con alguno de esos tópicos como «el soltero más cotizado de la familia real». Por mucho que odiara admitirlo, le gustaba ver que, incluso a la edad de treinta y cuatro años, era algo más que la mera suma de sus títulos y sus propiedades.

—Gracias, Willa. Supongo.

—De nada. Supongo.

Comieron y volvieron a Tribeca, donde se acomodaron en el enorme sofá a ver el baloncesto universitario. Max les estuvo tomando el pelo por esa vida americana tan absurdamente grande, pero admiraba en secreto la pura audacia del diseño americano y, en último término, de la mente americana. Aunque cuestionaba la naturaleza del usar y tirar y la obsolescencia programada de muchas empresas estadounidenses, apreciaba que tuvieran las agallas de pensar a gran escala y lanzarse a por ello. Él descendía de una larga estirpe de hombres y mujeres que se enorgullecían de preservar las cosas. Era admirable. Pero también resultaba asfixiante.

—¿Y qué va a pasar ahora? —preguntó David.

Max levantó la vista de su novela. Nunca le había gustado ver los deportes americanos, pero por alguna razón que no llegaba a comprender le gustaba leer en la misma habitación en la que estaba la televisión con su constante soniquete de comentarios y cháchara. Sabía a qué se refería David con su pregunta.

—Tampoco tengo mucha «libertad de acción», como tú sueles decir. Acabaré el semestre, un trabajo de verano en Londres, los fines de semana en Dunlear soportando las arengas de mi madre y después volveré a Chicago el año que viene para terminar y defender mi tesis. Ya después… empezará todo.

—Vamos, Max, no me vas a decir que no lo veías venir.

—Bueno, claro que lo he visto venir. Durante la mayor parte de mi vida es lo único que he visto venir. Estos años en Chicago han sido un enorme respiro. Ahí solo soy yo y asciendo o no dependiendo de mis propios méritos. En el Hyde Park de Chicago no soy el hijo mayor del duque de Northrop, ni tampoco el marqués de Dunlear, ni el septuagésimo cuarto en la línea de sucesión al trono, ni estoy en las listas de los solteros más cotizados de la realeza…

—Vale, vale, lo entiendo.

—No soy nada de esa mierda. Pero me siento culpable solo por pensar en ello como «esa mierda», porque deseo con todas mis fuerzas hacerlo bien. Estar a la altura de todo ello, supongo.

David miró la televisión.

—Son muchas cosas, no te voy a decir que no. Pero eres listo. —Se volvió y miró a su amigo sonriendo porque era obvio que decir solo que era listo era quedarse muy corto. Max Heyworth siempre, desde que ambos estuvieron juntos en Eton, había sido muy respetado por ser uno de los alumnos más brillantes en todas partes. Y no del tipo de esos intelectuales estereotípicos distraídos que siempre tienen la mente en las nubes. La mente de Max funcionaba de una forma metódica y precisa. Su tesis doctoral sobre economía teórica en la Universidad de Chicago era prácticamente incomprensible para el resto de sus amigos y familiares.

—¿Ya está quejándose otra vez por tener que convertirse en duque? Todavía te faltan eones para eso. ¡Vamos, no te lo creas tanto! —El acento pijo que había puesto Willa rebajó la seriedad de la conversación y los tres se echaron a reír. Ella se dejó caer en el sofá al lado de David y él le rodeó los hombros con el brazo para que pudiera ponerse cómoda—. Ojalá hubieras llegado antes anoche, Max. Mi amiga lleva soltera mucho tiempo…

—Eso sí que es un verdadero respaldo a todos sus méritos, Willa —dijo David sin apartar la vista de la televisión.

—Pero ¿qué demonios iba a hacer yo con una novia americana? —preguntó Max.

David puso los ojos en blanco.

Willa siguió con el tema.

—Quererla, por supuesto. ¡Y después casarte con ella!

—Oh, claro. ¿Y el día de mi boda no sería el peor de la vida de la duquesa? —preguntó Max—. Tal vez merezca la pena solo por ver la cara de mi madre cuando llegue a casa con una «plebeya». ¡Y americana además!

David soltó una carcajada.

—¿Y con quién está intentando emparejarte ahora? ¿Con la princesa de Dinamarca de doce años? —Max puso los ojos en blanco, y David siguió—: ¿O tal vez con la de catorce años de España?

—Oh, David, déjalo —le pidió Max.

—Tienes razón; catorce es demasiado mayor para ti. ¿No hay algún bebé real en Mónaco?

Max empezó a reírse a pesar de todo, y Willa también soltó una risita.

—Ya sabes cuál es el lema de Sylvia: «Es tan fácil querer a una persona de sangre real como a una plebeya, así que…».

—¡Mejor que te enamores de una de sangre real! —corearon los tres al unísono.

Willa dejó de reírse primero.

—Oh, esto es lo único que me mejora la resaca: reírme. Gracias.

—De nada —dijo Max—. Siempre estoy encantado de ser el blanco de todas vuestras bromas.

—Pero ¡si no nos reímos de ti! —protestó Willa—. ¡Nos reímos de tu madre!

Max miró al libro que tenía abierto en el regazo y sintió que lo que quedaba de su humor desaparecía.

—Pero no está del todo equivocada.

—¿Qué quieres decir? —preguntó David.

—Quiero decir que en algún momento tendré que casarme…

—¿Y por qué «tendré que»?

—Quiero decir que quiero casarme, pero también tengo que hacerlo porque… ya sabéis… en algún momento tengo que tener un heredero y al menos otro hijo por si acaso.

—Lo primero es lo primero —dijo Willa—. Tienes que encontrar una chica. Eso suele ser un buen principio para lo de los niños.

—Haces que parezca tan fácil como entrar en el bar de la esquina y pedir una pinta.

—Bueno… —David señaló a Max como si fuera la prueba A de la acusación—. Como Willa ha dicho, tú eres «tú» después de todo.

—Exacto. Tú no estás nada mal, y no intentes negarlo —intervino Willa—. Esa percha alta, morena y atractiva no es fácil de rechazar a la ligera. Piensa en eso como si fuera una materia prima, una baza de negociación. —Willa agitó la mano en el aire—. Ya sabes, alguno de esos términos económicos tuyos… ¿Una opción? ¿Una prerrogativa? Lo que sea, pero tienes que usar lo que tienes.

—Willa, eres un encanto —murmuró David sin apartar la vista de la repetición de la canasta de tres puntos.

—Ya sabes lo que quiero decir. Es… demasiado bueno. —Willa miró a su marido y después a su atractivo amigo—. Lo eres y lo sabes.

Max puso los ojos en blanco para evitar hacer un chiste, pero la presión de la realidad no desaparecería. Cuando terminara el semestre en Chicago, solo su quinto y último año quedaría entre él y su futuro, y eso le parecía una especie de collar que cada vez le apretaba más. Ya tenía el trabajo en la City londinense esperándole para cuando volviera al Reino Unido. Los fines de semana tenía que pasarlos obligatoriamente con sus padres en el castillo de Dunlear. Las citas a ciegas. Todavía no lo habían dicho de manera clara, pero existía la posibilidad de que Max empezara a asumir poco a poco las responsabilidades del ducado durante los próximos diez años. Su decisión de hacer sus estudios de posgrado causó en su momento un gran altercado entre sus padres, porque su madre quería que empezara a vivir en Northrop House en Londres en cuanto acabara su licenciatura en Oxford. Por suerte su padre apoyó las decisiones de Max de comprarse su propia casa en Fulham, trabajar en la City un par de años y después cursar estudios de posgrado en Estados Unidos.

Sylvia, lady Heyworth, duquesa de Northrop, tuvo que ceder al fin. Aquella ocasión fue la única en que Max había oído a su padre levantar la voz y aparentemente tuvo el efecto deseado. Pero la duquesa no estaba nada contenta con lo que ella llamaba los años de «perder el tiempo» de Max.

Él sacudió la cabeza y levantó la vista de su regazo para encontrarse a Willa y a David mirándole con una preocupación genuina.

—¿Estás bien? —le preguntó David.

Max mostró su mejor sonrisa de «todo va de perlas».

—Sí, claro. No puedo quejarme de nada. Sí que mi madre es un poco agobiante… pero, bueno, eso no es nuevo para nadie. Estoy bien. —No se notó ni una pizca de falsedad en su entusiasmo. Había llegado a perfeccionar eso, al menos: que todos estén contentos; no hace falta preocupar a todo el mundo.

David pareció escéptico.

—Búscate una novia en Chicago para tratar de relajarte un poco.

—No es probable que la encuentre, pero lo intentaré.

2

BRONTE DURMIÓ COMO UN BEBÉ la noche que mister Texas la acompañó a casa desde la fiesta de David y Willa. Y siguió durmiendo bien muchas noches después de eso. Durmió profundamente durante meses incluso, disfrutando de sus atenciones y animada por la atracción y la apreciación que veía que despertaba en él.

Cuando volvió a Chicago, la primera conversación por teléfono fue sublime. Esa voz, esa necesidad…

Durante las primeras semanas compartieron cada noche las historias de sus vidas. Después esas conversaciones se fusionaron en la mente de Bronte para crear una especie de montaje de «primeros momentos de un nuevo amor». Todo importaba entonces.

—¡Mi madre también es profesora! —exclamó él.

—Qué curioso. ¿Y tu padre es perforador de pozos de exploración? Qué interesante. ¿Pone «perforador» en los formularios para los impuestos en el apartado de «Profesión»?

—Supongo que sí. —Rió—. Es lo más probable.

—¿Alguna vez has querido hacer lo mismo que él?

—¡Claro, nena! ¿Qué niño de ocho años no quiere sacar petróleo? Pero creo que, en cierta forma, ahora hago algo parecido en mi negocio, pero sobre el papel. El comercio tiene el mismo enfoque especulativo, ¿sabes a qué me refiero? Es un riesgo. Ya me he visto con el agua al cuello un par de veces.

Lo dijo como si arruinarse fuera algo normal y habitual. No había dejado de ser un vaquero. «O no ha dejado de ser un crío», había respondido su madre con flagrante desaprobación cuando Bronte le contó esa historia. No sabía por qué, pero Cathy Talbott no estaba muy entusiasmada con el nuevo novio de su hija.

Bronte le veía como un espíritu libre. Estaba cansada de ser tan crítica. Le encantaba su forma de vivir la vida a tope. A pecho descubierto, como él decía.

Después de contarse todos los posibles detalles de sus vidas y encontrar similitudes, coincidencias y significados ocultos cogieron la costumbre de verse un fin de semana sí y otro no para pasar unos días con música, alcohol y sexo en abundancia.

Incluso meses después, cuando las conversaciones con contenido pasaron a ser poco más que murmullos amorosos, el sonido de su voz por el teléfono le resultaba tan excitante como el sexo.

Recordaba una noche del mes de julio a eso de las dos de la madrugada en su zona horaria. Bronte respondió al teléfono y oyó un susurro ronco.

—¿Estás despierta?

—Apenas, pero háblame mientras finjo que estoy dormida.

—Acabo de volver de una comida increíble. No puedo esperar a que vengas el viernes por la noche. Quiero llevarte a cenar y verte comer la mejor comida que has probado en tu vida. Quiero ver tu cara cuando le hinques el diente a esa crème brûlée.

—Oh —murmuró con un hilo de voz provocado por la falta de sueño—. Yo tampoco puedo esperar. Te veo el viernes. —Le dio las buenas noches y volvió a acurrucarse para aprovechar unas horas más de ese sueño que necesitaba desesperadamente.

Pasaron ese verano en un torbellino de habitaciones de hotel, conciertos y botellas de vino caras. Muchos «fines de semana a lo grande».

A principios de agosto ella estaba empezando a ponerse de los nervios.

—¿Estás ahí, nena? —Oyó su voz a través del contestador mientras intentaba salir corriendo para coger la llamada, pero tuvo que pelearse con las llaves para sacarlas de la cerradura y después tropezó con la pila de ropa sucia de camino al teléfono.

—¡Hola! —le respondió sin aliento.

—No hago más que pensar en ti, Bron. ¿Quieres que nos veamos en Las Vegas este fin de semana?

¿Realmente la gente dejaba todo lo que tuviera que hacer para irse a Las Vegas el fin de semana?, empezaba a preguntarse Bronte. Si había alguien así, ella no lo conocía. ¿Le estaba sugiriendo Las Vegas en plan fuga romántica? ¿Le estaba pidiendo que se casara con él después de cinco meses de llamadas de teléfono espectaculares? Y también unos cuantos fines de semana de sexo genial, se corrigió.

—Eh… ¿Qué hay en Las Vegas?

Soltó el enorme bolso que llevaba. Se estaba retrasando en el trabajo (por pasar todas las noches al teléfono con él y los fines de semana de acá para allá para verle) y había tenido que llevarse un par de archivos de presentaciones a casa.

—Ya sabes, lo de siempre. Una cama enorme… Y los Rolling Stones. En acústico.

«Con una entrada que vale quinientos dólares», pensó ella.

Quería que Bronte fuera con él, era obvio… No dejaba de pensar en ella, ¿no acababa de decirlo? Pero ella no estaba en una situación económica tan boyante como para comprar un billete de avión de última hora a Las Vegas ni tampoco para pagarse, como sospechaba que tendría que hacer, su entrada para un concierto privado y acústico con sus buenos amigos Mick Jagger y Keith Richards.

—No sé —vaciló—. Tengo trabajo atrasado y una presentación muy importante la semana que viene.

—Pero ¿has oído lo que te acabo de decir? Tengo entradas para ver a Mick y a Keith con ...