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CONDENADOS

Glenn Cooper

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Fragmento

1

Emily oyó los pasos que se acercaban desde lejos. Antes de girarse para enfrentarse a la amenaza, tensó los músculos y contuvo el aliento después de llenarse los pulmones.

Dejó escapar todo el aire de golpe al ver a un hombre con un cuchillo.

Desde niña le habían enseñado a huir del peligro, no a encararse a él, pero ahora no había otra alternativa. Lo tenía casi encima y la velocidad jugaba a favor de él.

El entrenamiento recibido guio su reacción.

Desvió la mano con la que su agresor empuñaba el cuchillo con un movimiento lateral del brazo izquierdo y utilizó el derecho para atacarle, golpeándole en el cuello con la parte inferior de la palma de la mano.

En cuanto él empezó a tambalearse hacia atrás, ella afianzó los pies en el suelo y lanzó una violenta patada con la pierna derecha que impactó de lleno en la entrepierna del agresor.

Este se desplomó.

Todavía tenía el cuchillo en la mano, pero no por mucho tiempo. Ella le dio otra patada y cuando el pie le golpeó en la muñeca, soltó el arma.

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Ella escapó.

La sala se llenó de aplausos y vítores.

—Así se hace, señoras y señores, en esto consiste el Krav Maga —anunció John Camp con su voz ronca alzándose sobre el barullo—. Buen trabajo, doctora Loughty. ¿Os habéis fijado en el modo en que se ha defendido y ha atacado simultáneamente? Eso es lo que quiero que aprendáis a hacer todos.

Emily aceptó los elogios con elegancia y, al pasar junto a John, le sonrió cuando este le dio una discreta palmadita en el culo. Se situó junto al resto de los aprendices y el atacante se recolocó las protecciones para recibir la respuesta de la siguiente víctima.

Al finalizar la clase, los alumnos recogieron sus pertenencias y salieron del gimnasio. Emily se lo tomó con calma y cuando ya solo quedaban allí ella y John, él se le acercó sin prisas y la abrazó con ternura.

—Hubiera podido repeler tu ataque —dijo ella cuando sus labios se separaron.

—Me alegro de que no me hayas arreado una patada en las pelotas.

—Vaya, veo que ya empiezas a dominar el inglés británico…

—La vida consiste en aprender cada día.

Hacían buena pareja. Ella era alta, pero él la superaba en treinta centímetros. Su tez era oscura, tenía el cabello castaño, muy corto y espeso como la crin de un caballo, y los ojos a juego. Ella era pálida, una rubia natural de ojos azules con un suave acento regional, una terquedad heredada de su padre escocés y un aspecto físico y un estoicismo heredados de su madre sueca. Él era estadounidense de pura cepa. Se complementaban a la perfección. El trabajo de él siempre había sido físicamente exigente y a los cuarenta y tres años seguía en plena forma, con sus largas extremidades y su espalda ancha. Ella tenía treinta y siete y un trabajo sedentario. Debía esforzarse por mantenerse en forma y la clase de tácticas de defensa personal al estilo israelí que le daba John era una manera de conseguirlo.

—Tengo que irme —dijo ella.

—¿Qué haces esta noche?

—He de volver al laboratorio. Vamos con dos días de retraso con Hércules.

—Esperaba que pasaras la noche conmigo.

—Estoy loca por ti —dijo ella—, pero en estos momentos Hércules me está volviendo aún más loca.

—¿Estás nerviosa?

—¿Tú qué crees?

—Ayer vi un artículo en uno de esos periodicuchos que aventuraba que Hércules iba a crear pequeños agujeros negros que destruirían el mundo.

—No dejes que te llenen la cabecita de ideas inquietantes —lo tranquilizó ella—. No vamos a volar por los aires nuestro precioso planeta. Me preocupa más que acabemos rompiendo un juguetito de treinta mil millones de dólares. Eso irritaría muchísimo a mamá y a papá. Y por cierto, ¿por qué lees esos infames tabloides?

—Por las chicas que salen en la página tres.

—Lo imaginaba.

—Cuando el experimento esté en marcha y funcione, quiero que recuperemos nuestras fiestas de pijamas.

—Se están convirtiendo en un hábito, ¿no?

John deslizó sus grandes manos por la espalda de Emily.

—Mis vicios son peores que los tuyos. Me han dicho que tengo una personalidad dada a las adicciones.

—Creo que eso te lo dije yo.

—El tabaco: controlado. Las mujeres: creo que, si te exceptúo, también controlado. El alcohol: bueno, en eso todavía estamos trabajando. Mi vida reducida a un listado.

Emily volvió a besarle y se apartó.

—Aparte de añorarme, ¿a qué vas a dedicar la noche?

—Es probable que haga la colada.

—Sobre todo asegúrate de separar la ropa blanca de la de color.

—Viniendo de una física experta en partículas, me tomaré muy en serio ese consejo.

A las ocho de la tarde, el laboratorio principal del MAAC estaba a pleno rendimiento, como si fueran las diez de la mañana de cualquier jornada laboral. El colisionador de partículas llevaba dos años inactivo y había mucha presión por que se reiniciase con éxito y en la fecha prevista. Un problema eléctrico en una bobina había provocado la pérdida de energía de un imán que derivó en una explosión de helio y un incendio. Había costado sesenta millones de dólares reemplazar un centenar de imanes superconductores dañados y sus engastes, y purgar los tubos de vacío contaminados. El daño político no había resultado tan fácil de reparar. Dirigentes de ambos lados del Atlántico vociferaban pidiendo cabezas. Gastar millones en una extraña investigación en partículas subatómicas era algo difícil de vender incluso en tiempos económicamente boyantes.

Como directora del proyecto Hércules, la primera responsabilidad de Emily era poner en marcha las simulaciones iniciales y, para hacerlo, esa noche necesitaba utilizar un elevado porcentaje de la capacidad del ordenador central.

—¿Falta mucho?

Emily no apartó la mirada de la pantalla.

—Casi está, Henry. Unos cuarenta minutos más deberían bastar.

Henry Quint, de mandíbula cuadrada y voluntad inquebrantable, jamás elogiaba o menospreciaba a ninguno de sus subordinados de forma directa. Pese a la reputación que tenían los directores estadounidenses de no andarse por las ramas, Quint prefería un modo más rebuscado de manejar a su equipo y optaba por hacer que sus subordinados supieran lo que pensaba de un modo tangencial, a través de terceros.

—Ya veo. Los ingenieros están en ello. Necesitan un montón de energía para probar las bobinas.

—Cuarenta minutos.

—Ya me lo ha dicho. Les pediré que contacten directamente con usted si este margen resulta problemático.

Quint, el director general del MAAC, se alejó sin prisa mientras ella mascullaba comentarios nada amables. Hacía seis años que ese hombre era su superior jerárquico, pero Emily nunca había llegado a sentirse cómoda con él. A diferencia de su anterior jefe, un físico de partículas íntegro, Quint era, a aquellas alturas de su carrera, más gestor que científico. Y muy al contrario de lo que sucedía con su sociable predecesor, Emily no mantenía relación alguna con Quint fuera del trabajo. Echaba tanto de menos a Paul Loomis que le resultaba hasta doloroso. Lo único que la motivaba a seguir adelante era Hércules y la esperanza de que se produjera la fusión.

Con suerte, todo sería más grato después de la fusión. Al menos ella tendría que rendir cuentas ante un nuevo director general.

El colisionador masivo angloamericano, el MAAC, era el primo grandullón del LHC, el gran colisionador de hadrones del CERN en Suiza. El colisionador suizo fue en su día un auténtico mastodonte que trazaba una circunferencia de veintisiete kilómetros en túneles excavados en las profundidades de la campiña suiza y francesa. El MAAC era más de seis veces más grande ya que medía unos ciento ochenta kilómetros. Los túneles, que seguían más o menos el trazado de la autovía M25, rodeaban la gran ciudad de Londres a unos ciento cincuenta metros bajo tierra. El principal laboratorio del complejo estaba al este, en Dartford, en un conjunto de edificios anodinos a las afueras de la ciudad.

El MAAC había sido construido para superar al LHC en plan «el nuestro es mayor que el vuestro» como solo los estadounidenses son capaces de hacer. Cuando resultó políticamente complicado encontrar una ubicación para el programa dentro del territorio estadounidense, se incorporó a los británicos como socios y, después de billones de dólares gastados y de una década dedicada a la construcción, el MAAC volvía a estar listo para ponerse en marcha. Si todo iba bien, el Hércules I lanzaría protones con sus dos haces de veinte TeV, teraelectrovoltios, a toda velocidad bajo la campiña inglesa para colisionar con mucha más energía de la que el LHC había conseguido. Y si el experimento se desarrollaba sin problemas significativos, el Hércules II elevaría la energía hasta la teórica capacidad máxima de treinta TeV por haz. Y con esta potencia, si los gravitones existían, el MAAC tendría muchas posibilidades de dar con ellos.

Gravitones.

Las partículas subatómicas que transmiten fuerza ya se habían descubierto en tres de las cuatro fuerzas fundamentales del cosmos. El electromagnetismo cuenta con el fotón. La poderosa fuerza que mantiene unido el núcleo de los átomos tiene gluones. La débil fuerza responsable de la descomposición radiactiva tiene bosones W y Z. La gravedad es la única excepción. Todas las teorías unificadas de la física predijeron la existencia del gravitón, pero jamás se había podido observar. El gravitón era el premio.

La gravedad era la más débil de las fuerzas fundamentales, y cuanto más débil es la fuerza, más energía se necesita para detectarla. Y ahí aparece Hércules. Los experimentos ATLAS y CMS en el LHC habían logrado por fin descubrir el elusivo bosón de Higgs. Si todo salía bien, los experimentos Hércules del MAAC superarían a los del LHC al descubrir el gravitón.

Emily terminó con las simulaciones y dejó el ordenador central en manos de los ingenieros. Se estiró y luego cruzó el laboratorio hasta el despacho de Matthew Coppens. Matthew había sido la primera persona a la que había contratado en el laboratorio, un joven muy serio licenciado en física por Oxford al que había conocido en el CERN cuando los dos trabajaban en el programa ALICE. Cuando Paul Loomis la contrató para el MAAC, ella se lanzó sobre Matthew y lo convenció para que fuera su adjunto. No le resultó difícil, pues la mujer de Matthew detestaba vivir en Suiza. Su hijo mayor era autista y los colegios suizos les parecían bastante fríos e insensibles.

Matthew, con su incipiente calvicie y su delgadez, estaba inclinado sobre una pila de papeles.

—¿Sigues inquieto por los strangelets?

Él alzó la vista y la miró.

—Me conoces demasiado bien.

—Escucha, Matthew, me alegro de que alguien se preocupe por valorar los peores escenarios posibles después de que Paul se haya marchado, pero las probabilidades de que Hércules I produzca strangelets son más o menos las mismas que las de ganar la lotería tres semanas consecutivas. Además, vamos a arrancarlo a una velocidad moderada. No llegaremos a los treinta TeV hasta que no hayamos comprobado que con veinte es seguro.

Él asintió y giró la cabeza.

—¿Estás bien? —le preguntó Emily.

—Sí, estoy bien. Un poco cansado, pero supongo que todos lo estamos.

—¿La familia bien?

—Todos bien, Emily.

Su tono le indicó que estaba harto del interrogatorio, así que lo dejó tranquilo y se dirigió a la cocina para prepararse una taza de té.

John Camp vivía en un apartamento bastante nuevo a unos cinco kilómetros del MAAC. Llevaba dos años largos allí, lo cual suponía el récord absoluto de permanencia en una misma residencia de toda su vida adulta. Aquello había traído consigo que en su mente empezara a formarse una especie de espíritu doméstico y por primera vez prestaba atención a detalles como que las servilletas y los cubiertos no estuviesen desparejados. Le atribuía el mérito a Emily. Antes de que la reactivación del Hércules hubiese interferido en su rutina, ella se quedaba en su casa dos o tres noches por semana e insistía en que la cama estuviese hecha y la cocina recogida. Pero la sala de estar era puro Camp, con su enorme Samsung sintonizado a los canales de deportes estadounidenses para ver los partidos de fútbol americano de los 49ers y los de béisbol de los Giants, un bar bien surtido y unas estanterías de IKEA rebosantes de libros de historia y tratados militares y de fotos enmarcadas donde él aparecía abrazando por los hombros a sonrientes camaradas de armas con metralleta.

Apoltronado en el sofá, con el torso desnudo y unos pantalones de chándal de talle bajo, bebía una lata grande de cerveza. El televisor estaba encendido pero sin sonido, y John leía un libro sobre las campañas militares durante las cruzadas cuando sonó el timbre.

Sonrió y gritó hacia la puerta:

—¡Qué agradable sorpresa! Usa tu llave.

El timbre volvió a sonar y se levantó para abrir.

—Pensaba que habías dicho que no vendrías —comentó mientras iba hacia la puerta.

Pero cuando la abrió descubrió que no era Emily.

—Hola, forastero —saludó la alta belleza de cabello negro.

—Dios mío, Darlene —respondió él subiéndose un poco los pantalones.

—Espero no interrumpir. ¿Estás solo?

—Hasta ahora sí. Qué sorpresa.

La invitó a entrar y le dio el preceptivo abrazo.

—Hoy he tenido una sesión de fotos en Londres. Mañana vuelo a Milán. He pensado en dejarme caer para ver si te encontraba y aquí estoy.

—¿Cómo me has localizado?

—Vic tenía tu dirección, pero no tu nuevo teléfono. No figuras en el listín. No pensaba que Dartford estuviera tan lejos. El taxímetro ha subido a ciento sesenta libras.

John negó con la cabeza, incrédulo. Había venido en taxi desde Piccadilly. Típico de Darlene. El coche seguía junto al bordillo por si necesitaba volver al centro de Londres. Darlene pagó al taxista y John cogió sus maletas.

Una vez dentro, ella miró a su alrededor y dijo:

—Tu último apartamento en Londres parecía la residencia de una fraternidad universitaria. ¿Ha aparecido alguna domadora de fieras?

Se quitó la chaqueta de cuero de color claro. Era alta y esbelta y vestía ropa cara. Su trabajo como modelo parecía ir viento en popa.

—Estoy saliendo con alguien, si es eso lo que me estás preguntando. ¿Una copa?

—¿Recuerdas cómo me gustan los martinis? ¿Me puedes preparar uno?

—Lo recuerdo y te lo puedo preparar.

Sacó hielo del congelador y llenó la coctelera mientras ella se acomodaba en el sofá.

—No me digas que estás viendo un partido de críquet.

John apagó el televisor y murmuró:

—A buen hambre no hay pan duro.

—No pareces muy contento de verme.

—La verdad es que no mucho.

Sirvió el martini en un vaso y se disculpó por no tener aceitunas ni la copa adecuada.

Darlene tomó un largo sorbo.

—Es todo un poco brumoso —comenzó—. ¿Fui yo la que rompió contigo o fuiste tú el que tomó la decisión?

Él abrió otra lata de cerveza.

—Tú me ponías los cuernos y yo te los ponía a ti. Pero recuerdo que yo estaba más resentido.

—Nunca he soportado que utilices palabras que no entiendo.

—Yo estaba más hasta los huevos.

—Los hombres siempre tan finos. —Ella suspiró—. ¿Y cómo es esa chica?

—¿Quién?

—Tu nueva novia.

—No es asunto tuyo.

—Vale. ¿Por qué dejaste el cuerpo diplomático?

—Reflexioné y decidí que no quería recibir una bala dirigida contra el embajador. Es un cretino.

—¿Puedes darme una respuesta seria a una pregunta seria?

—Después de veinte años de servicio me había ganado el derecho a una pensión. Aquí me salió un trabajo en el sector privado. Además, resulta que me he aficionado a la cerveza inglesa.

—Y tu novia… ¿también es inglesa?

—Como ya te he dicho, no es asunto tuyo.

—¿Puedo fumar?

—Fuera.

Darlene se acabó muy rápido el martini y le pidió otro. Todavía quedaba algo en la coctelera.

—No te importa que me quede, ¿verdad? Hay un buen trecho de aquí a Londres.

Él se encogió de hombros.

—Las sábanas de la cama de la habitación de invitados están limpias. Me marcho temprano a trabajar.

—¿Puedo darme una ducha?

Él le indicó el camino.

—Por allí.

Ella sonrió y salió de la habitación con el martini en la mano.

John oyó el agua correr y de pronto se sorprendió recordando su desnudez. Era delgada, pero a diferencia de muchas de sus colegas tenía carne y curvas ahí donde había que tenerlas. En los viejos tiempos él solía meterse en la ducha detrás de ella para disfrutar de un poco de húmeda diversión. Pero entonces recordó lo cabrona que era y cerró de golpe la espita de las evocaciones pornográficas.

Cuando reapareció, en sujetador y tanga negros y el pelo mojado recogido en una toalla, con aires de seductora diosa exótica, él soltó un taco.

—Maldita sea, Darlene, no tengo ninguna intención de reengancharme contigo.

Ella se le acercó.

—¿Se dice así? ¿Reengancharse?

Él se mantuvo firme.

—Escucha. Me detestas y yo te detesto. Lo dejamos en ese punto, ¿te acuerdas?

—Somos personas adultas. Mañana me habré marchado. ¿Qué problema hay? ¿Te he dicho ya que te he echado de menos?

—No me echas de menos. Estás un poco borracha y muy caliente.

Ella se acercó más y le recorrió la espalda con las manos, que después deslizó bajo el elástico de sus pantalones.

—Lo que sucede en Dartford se queda en Dartford, ¿de acuerdo, John?

Él cerró los ojos y aspiró el perfume que ella se había puesto después de la ducha. Qué fácil sería dejar que sus manos se dieran un paseo.

Pero sus febriles pensamientos se detuvieron en seco cuando oyó el ruido de la llave en la cerradura.

Se las apañó para separarse de Darlene, pero la tenía a solo treinta centímetros de él cuando entró Emily y su sonrisa de deshizo más rápido que un trozo de mantequilla en una sartén caliente.

—No es lo que parece —dijo él con voz ronca.

—No hablas en serio —respondió Emily.

Darlene no hizo intento alguno por taparse un poco.

—Hola. Soy Darlene. Una vieja amiga de John.

—Ha llegado inesperadamente de Nueva York —explicó él con voz débil—. Emily, yo no tenía ninguna intención de…

Pero ella no estaba dispuesta a dejarle terminar. Le lanzó una mirada furiosa y gélida y, sin mediar palabra, se volvió y cerró de un portazo al salir.

Darlene se cruzó de brazos.

—Parecía simpática —dijo con una sonrisa taimada.

John dio unos pasos hacia la puerta, pero decidió que era inútil. Emily no le creería. Conocía su reputación y a menudo le reprendía por ella en broma. Esa noche no habría ni comprensión ni perdón. Para ser sinceros, ni él mismo se creía su propia versión. Se conocía lo suficiente para saber que no habría sido capaz de mantenerse alejado de las deliciosas curvas de Darlene. Se desplomó en una silla y se cubrió la cara con las manos.

Darlene cogió una manta que había en el sofá y se cubrió como si de pronto le avergonzase estar semidesnuda.

—Dios mío, John, no creía que llegase a verte así.

—¿Verme cómo?

—Enamorado.

Los estadounidenses del MAAC lo llamaban «el día del reto»; los británicos, «el día del partido». Hércules volvía a funcionar y a las cinco de la madrugada el aparcamiento empezaba a llenarse de personal para el arranque de las diez de la mañana.

John había llegado una hora antes que el resto y había aparcado en la plaza reservada al director de seguridad. Desde la atalaya de su despacho observaba las llegadas y cuando vio a Emily salir de su coche bajó al recibidor para cruzársela en la entrada.

—Hola —fue todo lo que se le ocurrió decir.

—No quiero hablar contigo.

El día anterior lo había estado evitando y no le cogió las llamadas ni respondió a sus mensajes. En la sala en que se había reunido al equipo del Hércules para dar la orden de inicio de la operación había estado sentada frente a John durante más de una hora evitando cualquier contacto visual.

Él habló en voz baja. En la recepción había dos de sus hombres.

—Me siento fatal.

—Me alegra oírlo. Me marcho, John. Hoy tengo la cabeza muy lejos de ti.

—¿Podemos hablar más tarde?

Ella lo rozó al pasar.

—Lo siento —dijo él sin alzar la voz, pero Emily ya se había alejado. Sabía lo importante que era para ella aquel día, así que añadió en un susurro—: Buena suerte.

John estaba de vuelta en su despacho cuando el subdirector de seguridad, Trevor Jones, entró para su reunión programada sobre cómo torear a los plumillas de los medios de comunicación. Trevor era un emigrante jamaicano de segunda generación sin rastro del acento isleño de sus padres. Era un chico de barrio de pura cepa, con esa fanfarronearía propia de un chaval que se ha tenido que espabilar en las calles de Londres. A los veinte años había entrado en la Policía Metropolitana de Londres como agente; al cabo de tres años ascendió a sargento y enfiló una carrera meteórica. Entonces llegó el 7 de julio de 2005. Fue el responsable de acordonar la zona del atentado contra el autobús. Y allí mismo decidió que quería aportar su granito de arena para luchar contra aquello. Se alistó en el ejército y fue ascendiendo hasta convertirse en un sargento muy condecorado de la Guardia Real de Dragones. Cuando John comenzó a buscar a un subdirector de seguridad para el laboratorio, la solicitud de Trevor destacó por encima de las demás. El control de la seguridad del MAAC era un trabajo tan monótono como cualquier otro del sector privado, pero John decidió confiar en un hombre con la experiencia de Trevor. Había participado en misiones en zonas calientes de Irak y Afganistán en las que el propio John había servido como comandante de los Boinas Verdes. En su opinión, si Trevor tenía la fortaleza de carácter necesaria para comandar a un grupo de hombres en combate, se podía confiar en él para gestionar los detalles de seguridad de un laboratorio civil de física de partículas.

Trevor era un tipo muy animado.

—¿Todo el mundo está preparado para darle una patada en el culo a un protón y lanzarlo alrededor de Londres?

—La cuenta atrás está en marcha —respondió John sin ningún entusiasmo.

Trevor lo observó como si fuese un bicho raro.

—Tienes un aspecto horroroso, si me permites el comentario —le soltó mientras se sentaba—. ¿Va todo bien?

—No podría ir mejor —dijo John de manera nada convincente—. Vamos a hacer una última revisión de los protocolos, ¿de acuerdo?

Trevor mostró su inconfundible sonrisa pletórica.

—Para eso estoy aquí, jefe.

A quince minutos de la hora cero, Emily estaba en su puesto en la sala de control subterránea con un muro de pantallas LED delante. Matthew Coppens y el resto de sus ayudantes y otros miembros del equipo estaban también en sus puestos, colocados en una teatral disposición de semicírculos concéntricos elevados. Henry Quint no tenía ninguna responsabilidad directa durante el proceso de arranque, excepto la de autorizar la cuenta atrás final, y permanecía de pie en la grada superior toqueteándose la corbata y abriendo y cerrando obsesivamente su bolígrafo.

—¿Qué temperatura tenemos? —preguntó Emily con una tensión mal disimulada en el tono de voz.

—Nos mantenemos estables a 1,7 K —respondió su experto en refrigeración.

—De acuerdo, pongamos en marcha el sincrotrón.

Ahora el MAAC era de manera oficial el lugar más frío de la Tierra, más incluso que el espacio exterior.

Unas cuarenta mil toneladas de nitrógeno líquido habían enfriado cinco toneladas de helio hasta los 4,5 K o -268,7 º C. A continuación, el helio ultrafrío se había bombeado a los veinticinco mil imanes del MAAC y las unidades de refrigeración llevaron a los imanes a su temperatura operativa de 1,7 K, justo por debajo del cero absoluto.

Cada imán medía quince metros y pesaba treinta y cinco toneladas. Las bobinas magnéticas estaban hechas de filamentos enroscados de niobio–titanio siete veces más delgados que un cabello humano. Si se desenredasen y estirasen, las fibras llegarían hasta el Sol y volverían a la Tierra veinticinco veces. A 1,7 K se convertían en superconductores de electricidad sin resistencia y creaban los potentes campos magnéticos necesarios para doblar los rayos de protones alrededor de la enorme circunferencia.

Se inyectaría combustible de iones de plomo en los elevadores de tensión y se canalizaría hasta el sincrotrón, donde se acelerarían y transferirían al MAAC; allí, dos haces de partículas de protones, uno moviéndose en el sentido de las agujas del reloj y el otro en la dirección inversa, se acelerarían todavía más en minúsculas cavidades hasta alcanzar su velocidad de colisión de veinte TeV y serían lanzados por el circuito de ciento ochenta kilómetros desplegado alrededor de Londres a una velocidad próxima a la de la luz, o a once mil revoluciones por segundo.

Cuando los haces se acercaban al punto de colisión en el espectrómetro detector de muones, un mastodonte de una altura equivalente a siete pisos ubicado tan solo tres metros por debajo del anfiteatro de la sala de control de Dartford, se reconcentrarían hasta unos dieciséis milímetros, una tercera parte del grosor de un cabello humano, para incrementar las posibilidades de la colisión protón–protón. Y cuando los haces colisionasen, producirían una energía de colisión de dos mil TeV, la más alta jamás alcanzada por un acelerador de partículas, y cada colisión de un ion de plomo generaría temperaturas quinientas mil veces más elevadas que las del núcleo del Sol.

John vigilaba la sala de control y otros puntos del perímetro del laboratorio a través de los monitores del circuito interno del complejo que había en su despacho. Observó a los periodistas congregados en la zona de visitantes y la aglomeración de camionetas con antenas de satélite en el aparcamiento. Pero básicamente se dedicó a contemplar a Emily con el volumen al máximo para escuchar las conversaciones de la sala de control.

—Muy bien, informadme en el momento en que el sincrotrón alcance la máxima potencia —dijo Emily cuando faltaban cinco minutos para la hora cero.

—Máxima potencia, doscientos GeV de aceleración —informó uno de los técnicos al poco rato.

—De acuerdo —continuó ella—. Entramos en los últimos cuatro minutos de la cuenta atrás para la inyección del MAAC.

Cambió al francés para preguntarle a David Laurent, su jefe de espectroscopia, si el detector de muones estaba conectado. Era un chiste recurrente entre ellos. Emily dominaba el alemán y había hecho un posdoctorado en Ulm, pero su francés era más rudimentario. Laurent sonrió y le dijo que los sistemas estaban operativos.

A un minuto de la hora cero, Emily inició la inyección y el relleno de los disparadores de partículas con el combustible de plomo y, cuando faltaban treinta segundos, le hizo a Henry Quint la petición formal de autorización para encender los haces.

Diez segundos antes, Quint se limitó a decir:

—Adelante.

Emily hizo un rápido gesto de asentimiento a Matthew Coppens.

John contempló sus labios en el monitor mientras ella entonaba la cuenta atrás final y se preguntaba si alguna vez volvería a besarla.

—… cuatro, tres, dos, uno. Iniciando la puesta en marcha.

En el mapa elíptico del MAAC desplegado en la pantalla más grande de la sala de control aparecían dos puntos, uno rojo y otro verde, en la ubicación del sincrotrón al oeste de Dartford. Los puntos empezaron a desplazarse en direcciones opuestas alrededor de Londres. Pese a que el recorrido de los haces de protones se plasmaba gráficamente con una periodicidad de una órbita por segundo, cada reaparición representaba una progresiva aceleración de miles de órbitas.

Hubo vítores en la sala de control, pero Emily hizo callar a todo el mundo al interesarse por las ascendentes energías de colisión.

—David, ¿qué dice el detector? —le preguntó a Laurent, esta vez en inglés.

—Está apareciendo el primer rastro de colisión.

—Uno superado, quedan cientos de trillones por venir —replicó Emily.

John mantenía la cámara enfocada en ella con el zoom. Pensó que parecía inmensamente feliz.

Siguió dando en voz alta las lecturas de energía.

—Quince TeV, dieciséis, diecisiete, dieciocho, diecinueve, veinte TeV. ¡Estamos a pleno rendimiento!

Hubo un estallido de aplausos en la sala.

De pronto Emily dejó escapar un grito ahogado. Su monitor indicaba que el nivel de energía seguía aumentando.

—Matthew —llamó—. ¿Qué pasa? Estamos a veintidós TeV y sigue subiendo.

Matthew la miró y murmuró circunspecto:

—Lo siento.

—¿Qué quieres decir con que lo sientes? ¿Quién ha autorizado esto?

—Yo, doctora Loughty —respondió Quint desde las gradas superiores.

—¿Por qué no se me ha informado? —preguntó ella.

—Ya hablaremos de esto más tarde, en privado, ¿de acuerdo? —pidió Quint.

—Esto no es aceptable. Explíquemelo ahora. ¿Por qué no se me ha informado?

—Porque no le habría parecido bien. La decisión la he tomado yo y asumo la responsabilidad —dijo Quint—. Es necesaria para la supervivencia del MAAC. Y ahora, por favor, siga adelante hasta alcanzar los treinta TeV.

Emily lanzó a Matthew una mirada furiosa.

—¿Has actuado a mis espaldas? —le preguntó.

—Me ha obligado a hacerlo, Emily —contestó él, apesadumbrado—. Me amenazó con despedirme si te lo contaba.

Más arriba, en su despacho, a John le hervía la sangre. Veía reflejado en el rostro de Emily el dolor por el engaño. Henry Quint también era el jefe de John, quien compartía la pobre opinión que sobre él tenía Emily. Y ahora sentía deseos de arrearle un puñetazo en plena cara.

—Jefe, ¿eso es seguro? —le preguntó Trevor acercándose a él.

—No parece que a ella se lo parezca —murmuró John.

Emily observaba en silencio cómo la energía de colisión iba aumentando. El primer objetivo del Hércules I era calibrar la seguridad a veinte TeV antes de subir el umbral. Sabía perfectamente qué estaba haciendo Quint. Había decidido saltarse la seguridad de un plumazo en una maniobra política.

—Veintiséis TeV, veintisiete, veintiocho, veintinueve —recitaba Emily en voz baja.

Cuando el sistema registró los treinta TeV, ella descendió hasta el punto más bajo del enorme anfiteatro que era la sala de control y dio la espalda a las pantallas LED para dirigirse a Quint y a su callado equipo de científicos. John la siguió con una de las cámaras, alarmado por la ira que ardía en su rostro.

—Hay que bajar a los veinte TeV de inmediato —dijo dirigiéndose a todos—. Matthew, por favor, hazlo.

—Denegado —respondió Quint—. Asumo toda la responsabilidad.

—Doctor Quint, si no permite que el doctor Coppens reduzca la energía o cancele la operación, no tendré más remedio que presentar mi dimisión inmediata.

—Haga lo que tenga que hacer, doctora Loughty, pero este experimento continuará a treinta TeV —dijo él elevando cada vez más el tono de voz.

En la sala de control, las cabezas iban y venían de Emily a Quint. Nadie parecía prestar atención a los monitores hasta que David Laurent se dio cuenta de que su espectrómetro de muones se había vuelto loco.

—¡Eh! ¡El detector se está saliendo del gráfico! —gritó con su voz chillona—. No entiendo esta actividad.

Emily estaba a punto de subir corriendo por la escalera para mirar la pantalla cuando sucedió algo.

John lo vio a través del monitor y parpadeó perplejo e incrédulo. Antes de que pudiese decir nada, oyó a Trevor gritando:

—¡Dios mío! ¿Qué cojones ha pasado?

Emily había desaparecido.

Y donde antes estaba ella, ahora había otra persona.

Durante las siguientes horas y días volverían a visionar la grabación de ese momento una y otra vez, miles de veces, pasándolo a cámara lenta, fotograma a fotograma. Las cámaras de alta definición grababan a sesenta fotogramas por segundo. Fuera lo que fuese lo que había sucedido, había pasado durante el brevísimo intervalo entre dos fotogramas.

En cada una de las tomas de las diversas cámaras, un fotograma mostraba con toda claridad a Emily y en el siguiente fotograma aparecía con idéntica claridad un hombre.

Un hombre corpulento con el cabello negro azabache.

En tiempo real, John lo vio en primer plano, mirando a la cámara con una mueca de pánico en su tosco rostro. Y acto seguido, en otro monitor que mostraba un ángulo más amplio, vio al hombre subiendo a toda prisa por la escalera de la sala de control y noqueando con suma violencia a los técnicos que se interponían en su camino, a los que derribaba como si fueran bolos.

—¡Bloquea las puertas! —le gritó John a Trevor—. ¡Aísla el laboratorio! Que no salga ni entre nadie. Quédate aquí. Voy a bajar a la sala de control.

—Muy bien, pero ¿qué está pasando, jefe?

—No tengo ni puta idea.

Y mientras corría hacia el ascensor, desenfundó su arma con ira y miedo por primera vez desde que había dejado el ejército.

2

John utilizó su llave de seguridad para llamar al ascensor. Los segundos parecían minutos y cuando las puertas se cerraron, el descenso a la sala de control resultó demasiado lento para su grado de nerviosismo.

El ascensor se detuvo con suavidad. John salió precipitadamente entre las puertas que se abrían y recorrió el pasillo en el que varios grupos de científicos iban de un lado a otro desconcertados. Algunos, a los que el extraño había derribado, cojeaban o estaban magullados.

—¿Dónde está la doctora Loughty? —gritó John.

Matthew Coppens lo miró en un silencio perplejo con una patética ausencia de expresión en el rostro.

—¿Cómo se ha podido colar un intruso? —quiso saber John.

Nadie tenía respuesta.

—¿Hacia dónde se ha ido?

Alguien gritó que se había dirigido hacia el hueco de la escalera. Fue entonces cuando John se percató de que el doctor Quint estaba en el suelo, cerca de una de las salidas, y se presionaba con una mano la cabeza, que le sangraba profusamente.

John enfundó la pistola y llamó a Trevor con su walkie:

—¡Está en las escaleras! —Y acto seguido bramó—: ¡Doctor Coppens, cancele el experimento! ¡Y que alguien traiga un botiquín!

—¡No, que la prueba siga adelante! Usted no tiene autoridad para cancelarla, señor Camp —gritó Quint.

—Como responsable de la seguridad, tengo toda la autoridad. Se ha producido un grave fallo y la doctora Loughty ha desaparecido. No sabemos qué demonios está pasando aquí. Si después quiere despedirme, estupendo, pero entretanto, Matthew, ¡apaga este trasto!

A Matthew no hizo falta que se lo repitieran. Regresó a toda velocidad a su puesto de trabajo e inició la desconexión de los imanes, lo que produjo una inmediata disminución de la energía de colisión. John indicó apresuradamente a la persona más próxima cómo debía vendarle la cabeza a Quint para cortar la hemorragia y luego desenfundó de nuevo el arma y se dirigió hacia las escaleras.

Subir toda la escalera de emergencia era una buena escalada, el equivalente a un edificio de treinta plantas. John se puso en marcha e intentó hablar con Trevor por radio, pero en aquel hueco no funcionaba.

Una sucesión de cámaras le permitió observar al hombre de cabello negro subiendo por ahí. El tipo se detenía cada par de minutos para recuperar el aliento, pero era imposible que John lo alcanzase. A través de las cámaras de los niveles inferiores, Trevor veía a John intentando comunicarse con el walkie, pero lo único que le llegaba a él era el ruido de la energía estática.

Trevor cambió la frecuencia y advirtió a gritos a los guardias del vestíbulo que se preparasen para interceptar al intruso. Después, movió una de las cámaras de la recepción para tener una buena panorámica de la puerta de la escalera.

—¡Inmovilizadlo y desarmadlo! ¡Utilizad fuerza no letal! —gritó por el aparato.

Todas las entradas y salidas del laboratorio estaban ya automáticamente bloqueadas. Trevor deseaba subir al vestíbulo para reforzar a sus hombres, pero el protocolo exigía que alguien permaneciese en el puesto de mando.

Los dos fornidos guardias de la recepción se prepararon y, cuando el fugitivo abrió la puerta y emergió en el vestíbulo, le ordenaron que se detuviese. Uno de ellos le apuntó con una Taser.

El intruso tenía la mirada de un loco. Se lanzó hacia los guardias como un toro embistiendo un capote rojo, cargó contra uno de ellos y lo derribó como si fuera un chiquillo, magullado y doblado sobre sí mismo. El segundo guardia disparó la Taser. Los dos dardos impactaron en la áspera tela marrón de la chaqueta del intruso y descargaron sobre él sus cinco mil voltios de potencia.

El tipo se desplomó en el suelo. Trevor contemplaba la escena a través de un monitor y tuvo que tragar saliva cuando vio que el hombre se levantaba casi de inmediato, asestaba un contundente puñetazo en la mandíbula al guardia, le quitaba el arma que llevaba enfundada en la pistolera y salía corriendo por el vestíbulo.

Decidió dejar a un lado el protocolo y echar a correr hacia el vestíbulo, con su 9 mm en una mano mientras con la otra trataba de comunicarse con su compañero.

—John, ¿me oyes?

El radiotransmisor emitió una crepitación y se escuchó una voz apenas audible.

—Ya casi he llegado. ¿Lo tenéis?

Alcanzó el vestíbulo y vio al intruso de cabello negro empujando con desesperación las puertas de cristal cerradas y golpeando con las palmas de las manos en el cristal.

—Quieto —gritó Trevor, apuntándole con la pistola.

El tipo no hizo caso y comenzó a patear la puerta.

El guardia derribado se puso en pie y empuñó su arma.

—Quieto y al suelo o te dispararemos —ordenó Trevor, acercándose.

El hombre se volvió un momento sin decir palabra. Su rostro feroz y retorcido decía lo suficiente. Se giró de nuevo hacia la puerta y Trevor oyó cómo quitaba el seguro de la pistola.

—Suelta la pistola, colega —le advirtió Trevor—, o te dispararé. —Se dirigió a John por el radiotransmisor—: Jefe, tenemos una situación de peligro. Tiene una pistola. Permiso para utilizar fuerza letal.

La señal ahora era potente.

—No disparéis si podéis evitarlo. Lo necesitamos vivo para interrogarlo. Ya casi he llegado.

El tipo del cabello negro disparó sola una vez. El cristal de la puerta se resquebrajó y él completó el trabajo con su bota y saltó hacia el exterior.

—¡Detente! —volvió a gritar Trevor, pero cuando el primer guardia parecía a punto de apretar el gatillo, él le ordenó que bajase el arma.

John apareció justo en ese momento en la puerta de la escalera, intentando recuperar el aliento, y se hizo una rápida composición de lugar. Había un guardia en el suelo gimiendo de dolor. Trevor y el otro guardia permanecían en posición de disparo mientras el intruso de cabello negro corría hacia el aparcamiento.

—Ha abierto la puerta de un tiro, jefe —le informó Trevor.

—No podemos dejar que se nos escape —gritó John mientras atravesaba el vestíbulo a toda velocidad—. ¿Puedes darle en una pierna?

—Lo intentaré.

Trevor falló el primer disparo, buscó un buen ángulo, volvió a apuntar y disparó de nuevo. El hombre recibió el impacto en el muslo derecho, se giró y disparó cuatro veces seguidas en dirección al vestíbulo, rompiendo más cristales y obligando a todo el mundo a tirarse al suelo y gatear para ponerse a cubierto.

John se parapetó detrás de uno de los sofás de la recepción y asomó la cabeza con cautela.

—¿Estáis todos bien? —preguntó a gritos.

No había nadie herido.

Se puso en pie justo a tiempo de ver que el hombre se abalanzaba sobre una mujer en la zona del aparcamiento reservada a los visitantes, la empujaba hacia el asiento del conductor de su Ford y se subía al coche pegado a ella.

—Ha cogido a una de las periodistas —gritó John—. Trev, llama a la policía. Voy a intentar detenerlo.

John atravesó la puerta destrozada, derrapando sobre los cristales esparcidos por el suelo, y corrió hacia el aparcamiento, pero el Ford ya se alejaba a gran velocidad, golpeando el parachoques de un coche aparcado en su carrera hacia la verja.

—¡Salida A, salida A! —gritó John por el radiotransmisor—. Tenemos a un hombre armado y con una rehén aproximándose hacia vosotros. Anotad la matrícula, pero no intentéis detener el vehículo. La policía está en camino.

No pudo hacer otra cosa que observar impotente cómo el Ford atravesaba a toda velocidad la salida con la verja levantada y giraba en dirección al centro de Dartford.

Las horas siguientes fueron anómalas y caóticas. Lo primero que hizo John fue asegurarse de que la prensa abandonaba el campus haciendo las menos preguntas posibles. Los periodistas se habían reunido en el centro de prensa y por fortuna ninguno de ellos había presenciado el incidente del vestíbulo. Fueron reticentes a abandonar el recinto, por decirlo suavemente, pero con una alerta de seguridad en curso no tenían más remedio que obedecer.

Con Quint fuera de combate mientras le vendaban la herida de la cabeza, John tomó en solitario el mando de la investigación del incidente. Se analizaron las grabaciones de las cámaras del circuito interno y se entrevistó al personal de la sala de control que había sido testigo directo de lo ocurrido. Pese a la evidencia de que Emily se había volatilizado, John insistió en que se examinase el laboratorio palmo a palmo. El móvil de Emily estaba en su mesa de trabajo de la sala de control. Cuando la búsqueda concluyó sin resultado alguno, cogió las llaves del coche de Emily de su despacho y revisó el vehículo en el aparcamiento.

Emily ya no estaba. Había desaparecido sin dejar rastro.

Con la búsqueda todavía en marcha, John le encargó a Trevor que tomase el mando de la investigación sobre el misterioso intruso. Trevor cooperó con la policía que estaba peinando Dartford en busca de la reportera secuestrada, una periodista científica freelance de Londres, y colaboró con la unidad de criminalística encargada de buscar huellas dactilares en cualquier superficie que el fugitivo hubiese podido tocar. El jefe de prensa del laboratorio preparó un comunicado en el que aseguraba que el MAAC había sido apagado por seguridad tras producirse la intrusión no autorizada de un hombre armado que más tarde había secuestrado a una periodista. Esa era toda la información que se iba a dar por el momento.

Habían pasado dos horas cuando Quint, con un aparatoso vendaje en la cabeza, regresó al laboratorio y reunió a los directores del proyecto en un gabinete de crisis. John le informó sobre la búsqueda de Emily y del intruso, y sobre la marcha de las investigaciones policiales. Matthew Coppens, que no había ...