Loading...

CONTIGO EN EL MUNDO

Sara Ballarín

5


Fragmento

1

COMENZAR

Estuve pensando qué ponerme durante más de media hora. Me tiré encima de la cama con las domingas al viento, muerta de asco y resoplando. Que me apetecía un montón el momento, irónicamente hablando y tal. No era yo muy fina con la moda, así que no sabía cómo tienes que vestirte para quedar con tu novio cuando vas a dejarle. Deberían publicar un artículo en alguna revista de trapitos aconsejando cómo narices vestirse para joderle la vida a una persona. Debía ir sencilla, supuse, cero maquillaje, zapato plano, o mejor zapatilla. Un poco zarrapastrosa, vaya. Que él no pensara que me estaba tomando a risa el «No eres tú, soy yo…», que es una frase manida que no dice nada, pero, bueno, queda bien antes de romperle el corazón a alguien. «Joder, venga, Vega», me dije, «que no solo eres una rompecorazones sino que además ¡vas a llegar tarde!».

La nuestra era una relación de las denominadas «estables», porque llevábamos tres años saliendo sin altibajos ni tormentos, así que todo el mundo nos hacía compartiendo piso en breve, pasando por el altar y criando descendencia. Pero a mí como que me daba un repelús horroroso pensar en esas cosas porque tenía muy claro que no las quería, y menos con Samuel. Algo había ido apagándose en mí y ya no sentía lo mismo por él. Le había dejado de querer, sí. Y ya no podía más. Tenía treinta años y la sensación de haber cumplido los cincuenta, como una viejoven que no sabe si es una cosa o la otra. Mi relación era absolutamente monótona y predecible; me cortaba las alas, me ahogaba, me aburría y me hacía ver la vida de color gris. Y no es que yo fuera una aventurera, pero sí que me gustaba un poco de emoción, de enamoramiento tontorrón, de independencia y a la vez de compañerismo con tu pareja. Encajar dos personalidades, sin anularlas ni restringirlas; solo acoplándolas a unas necesidades comunes, pero respetando las individuales. Tampoco pedía mucho, ¿no?

Recibe antes que nadie historias como ésta

Así que en ese mismo instante, con tres años de relación a las espaldas, había decidido ponerme mis leggins y mi camiseta de los Rolling Stones para ir a casa de Samuel a decirle «No eres tú, soy yo…». Él me había invitado a ver una película y yo iba resuelta a dejarle. Madre mía. Me daba mucha pena y un palo tremendo, porque que Samuel fuera un amor de persona no me lo ponía fácil. No puedo decir nada malo de él. Era tierno, atento, divertido, inteligente, me cuidaba, se preocupaba por mí y me apoyaba en todo. Creo que era la mejor persona que había conocido jamás. O, al menos, a mí me lo había dado todo. Pero yo ya no estaba enamorada de él, por mucho que quisiera o por mucha pena que me diera, como en la canción de La Habitación Roja, «Ayer», que resonaba constantemente en mi cabeza esos días. Y él algo se olía, claro. No era tonto y sabía que el «tenemos que hablar» caería un día u otro. Y ese día había llegado.

Samuel me abrió la puerta vestido con una camiseta medio rota, calzoncillos colganderos y calcetines blancos de deporte subidos hasta la espinilla. Joder, a mi libido casi le dio un infarto. Si al menos se hubiera quitado los calcetines… Respiré, pensando que quizá lo habría pillado a medio vestir, pero no. Pasamos al salón, nos sentamos en el sofá y él y sus calcetines blancos seguían ahí. Y es que, por mucha confianza que se tenga con tu pareja, hay unos límites. Estar en calzoncillos y calcetines es uno de ellos. Mear mientras el otro se lava los dientes, otro.

—Samuel, ponte unos pantalones, ¿no? —dije tratando de ser amable. Además, tampoco me apetecía romper con él de esa guisa. Lo veía hasta humillante para él.

—Es que tengo calor.

—Ah.

Bueno, pues… from lost to the river.

—Esto…, Samuel, tenemos que hablar.

Soy de un original… Samuel me miró como un conejito asustado y se me puso un nudo en la garganta.

—Joder —se limitó a decir, porque sabía lo que venía a continuación.

—Samuel, lo siento, de verdad. Lo he pensado mucho, muchísimo, y he intentado recuperar lo que teníamos, pero ya no es lo mismo. Hace un tiempo que la cosa no va bien y yo ya no… Yo… ya no estoy enamorada de ti y creo que es mejor que lo dejemos. Lo siento en el alma, pero no le veo futuro a esto.

Hala, así, a las bravas. Directa, a bocajarro y sin sutilezas. Ay, Vega. Y es que en el fondo no quería llenar el discurso de frases típicas que no dicen nada y que además dan falsas esperanzas. No. Prefería clavar el puñal en un golpe seco, certero y único. Nada de «nos damos un tiempo» o explicaciones enrevesadas sobre sentimientos, porque cuando dejas de querer a una persona no hay más que rascar.

—Joder, Vega. Y me lo sueltas así —dijo.

—Lo siento, en serio. Sabes que no me gustan los adornos y que no tengo tacto. Y sabes que no estamos bien.

—¡Claro que sí, joder!

—No, Samu, no lo estamos. Yo no lo estoy y tú es imposible que lo estés cuando una de las partes de la pareja no está entregada al cien por cien. Tú te mereces otra relación, otra persona. Una que sea tan buena como tú, que no sea tan independiente como yo o que comparta tus planes de vida. Y sabes que yo no soy esa persona.

Se quedó callado. Era perfectamente consciente de lo que había. Habíamos estirado la relación hasta su límite y ya no se podía forzar más.

—¿Por qué no nos damos un tiempo? Un tiempo para que tú te pienses las cosas con tranquilidad.

—Porque sabes que esas cosas no funcionan. No cuando lo tienes claro —dije con un hilo de voz. Él se quedó callado bajando la cabeza—. Samuel, lo siento de verdad, pero con lo distintos que somos, con los planes tan diferentes de vida que llevamos yo… no puedo seguir.

—Pero ¿por qué? —Se levantó del sofá—. ¿Hay otro?

—Claro que no. Es que ya no funciona. Siempre hemos tenido proyectos de vida distintos, y al llegar a una edad en la que hay que empezar a ponerlos en práctica me doy cuenta de que nos están comiendo. Tú quieres casarte, tener hijos e ir a comer a casa de tu madre los domingos y yo no quiero casarme ni tener hijos ni ir a comer a casa de nadie los domingos.

—Joder.

—Lo siento. No es por tu culpa, ni por la mía. Simplemente hay veces en las que las relaciones no funcionan, por muy buenas que hayan sido.

—Pero yo te quiero, Vega.

—Y yo a ti, pero como persona y como alguien que ha estado conmigo tres años, no como novio ni como compañero en la vida. Lo siento. Ojalá quisiera lo mismo que tú y ojalá encuentres quien lo quiera, pero yo… no puedo.

No dijo nada más. Si algo tenía Samuel era orgullo. Odiaba que le dejaran, claro, pero en el fondo se lo esperaba. Quizá le costara más reconocer la realidad que a mí, pero la conocía y sabía que la relación estaba rota hacía tiempo. Así que, viendo que ya no decía nada ni me miraba, decidí que lo mejor que podía hacer era irme.

—Me voy, Samuel —dije levantándome y acercándome a él para despedirme.

—Adiós, Vega —respondió mirando por la ventana y dándome la espalda.

Me encaminé a la puerta del salón y antes de cruzarla me giré. Samuel seguía de espaldas.

—Espero de corazón que todo te vaya muy bien.

—Adiós, Vega.

Asentí en silencio y me fui. Cuando me metí en el ascensor resoplé y sentí que me había quitado un peso gigante de encima. Y no es que yo fuera fría o no tuviera sentimientos, es que había estado tan agobiada y asfixiada que ahora no podía sentirme mal por algo que había hecho aguas tiempo atrás. Llegué a la calle y me encendí un cigarro. Fumaba muy poquito, más de forma social que otra cosa, aunque en esa ocasión lo necesitaba. Suspiré. Pasados los primeros segundos de liberación, me dio un poco de pena Samuel, por ser tan bueno y porque la cosa no hubiera salido bien… para él. No me sentía culpable tampoco. No me gustaba la idea de que Samuel o nadie sufriera por mi culpa, eso desde luego, y me habría gustado que las cosas hubieran sido distintas; pero eso no significaba que tuviera remordimientos. Había tomado una decisión meditada y me sentía liberada. Ahora tenía que recomponer un poco mi vida, renacer, pensar en un plan de trabajo mejor e independizarme cuanto antes.

Y si quería renacer y ser una especie de ave fénix con mi melena morena tenía que buscar un trabajo normal y dejar de hacer el vago. Estaba decidida: se acabó lo de dar clases particulares de violín a los cuatro mocosos que solo eran mis alumnos porque sus papás pensaban que era muy cool decir eso de que sus retoños tocaban el violín o el piano. Se acabó un trabajo de pocas horas y nula estabilidad cuando me había pegado la friolera de catorce años estudiando en el conservatorio una carrera que no me había deparado más que fracasos. Bueno, fracasos no; seamos sinceros: no es que yo aspirara a una meta imposible, como tocar en una importante orquesta sinfónica; ni siquiera quise opositar a profesora de un conservatorio porque estuve en uno tantos años que les cogí tirria. En cuanto acabé la carrera de violín, hice unos cursos de perfeccionamiento, toqué en una agrupación sinfónica local que se disolvió al cabo de un tiempo y después me salió lo de las clases particulares que no es por nada, pero mal pagadas no estaban. Dinero y tiempo libre en el que tocarme el… eso. El toto, me refiero. Pero claro, ya tenía treinta años y sentía la necesidad imperiosa de emprender mi propio camino y ser un poco dueña de mi vida. Que ya lo era, ojo, porque si algo he sido siempre es muy mía y muy independiente, pero necesitaba dar un paso más y, sobre todo, salir de casa de papá y mamá.

Por eso, un par de tardes después de dejar a Samuel, cuando estaba echando un vistazo a una conocida página web de ofertas de trabajo, llamé corriendo a una escuela de música de un municipio cercano a donde yo vivía que había puesto un anuncio en el que pedían de forma urgente profesor de violín por renuncia de la profesora titular. Estaba casi temblando mientras sonaba el tono de llamada, pero respiré hondo y cuando el director de la escuela, un tal Leandro, me respondió, fingí ser superprofesional. En aquella llamada Leandro me explicó que la profesora había dimitido de su puesto porque se mudaba a otra ciudad y que, a punto de comenzar las clases, necesitaban un sustituto. Hablamos un poquito, le conté mi currículo y me preguntó si podía ir para una entrevista al día siguiente. ¡Y claro que podía! ¡Estaba eufórica! Si conseguía ese trabajo se resolvería mi incertidumbre laboral porque trabajaría más horas, tendría un salario medio, estaría en una escuela profesional… Así que al día siguiente, cuando me fui hacia el municipio en coche e hice la entrevista cara a cara, lo di todo. Primero una pequeña charla otra vez con Leandro, que resultó ser un hombre de unos cincuenta y cinco, rechoncho y con la cara roja tipo «qué bonachón». Después me describió un poco la escuela. No era muy grande, pero tenían una buena oferta de instrumentos y muchos años de andadura. También me informó de los cursos que tendría que dar y luego me pidió que hiciera una prueba práctica. Vamos, que tocara el violín. Me salió bastante bien y en ese mismo momento Leandro me dijo que el puesto era mío y me preguntó si podía incorporarme ya.

—Bueno —dije carraspeando—, por mí, perfecto, pero tendría que buscarme un apartamento y eso; que aunque esto está cerca, no lo suficiente para ir y venir en coche todos los días.

—Yo tengo en propiedad dos apartamentos en el centro. Se encuentran en un mismo bloque pequeño y ambos están libres. Podrías quedarte en cualquiera de los dos, aunque el bajo está más habitable y tiene terraza. En todo caso, podrías estar allí unos días hasta que encontraras algo que te gustara o si te gusta, hablaríamos de alquilártelo.

Se encogió de hombros y yo dudé un segundo. ¿Sería de fiar?

—No sé; así tan de repente… —Fingí hacerme la modosa.

—Lo entiendo, pero es que nos urge tanto encontrar a alguien… No podemos empezar el curso escolar sin profesora de violín.

—¿Podría verlo?

—Claro.

Eran dos apartamentos en un bloque de tan solo dos pisos, como me había dicho Leandro, en una plaza bastante tranquila. Y tenía razón el más majete era el bajo, y la terraza me pareció que daba mucho juego. El piso era antiguo y pequeño. Nada más entrar por la puerta ya veías el salón-cocina y en lo alto la única habitación, que estaba a modo de altillo sobre la cocina, separada por una barandilla de madera y a la que se accedía por unas escaleras desde el salón. El salón-cocina tenía un sofá cama, mesa con cuatro sillas, un televisor, una cocina empotrada con pegotes de aceite en casi todos los armarios y un cuarto de baño pequeño y no muy limpio. Un poquito de asquete ya daba. Lo bueno era que estaba a solo diez minutos andando de la escuela y, además, estaba a dos calles de una playa, por lo que se podían perdonar el mal estado y las reducidas dimensiones. Pensé que con una buena limpieza, una visita a Ikea y un taladro, pasaría de ser la casa de Fétido Adams a un apartamento muy cuqui. ¿He dicho yo «cuqui»? Matadme.

El caso es que acepté. Sí. Así de repente, sin pensar mucho y sin calibrar demasiado. Llevada por un impulso. Pero ¿qué tenía que perder? En mi ciudad no me quedaban más que unos padres deseando que volara del nido, una hermana que hacía su vida con su marido, ninguna relación sentimental, ningún trabajo y amigas que se habían desconectado del grupo y aunque seguíamos de vez en cuando en contacto, ya no era ni de lejos lo mismo. Tan solo tenía a mi mejor amiga, Elsa. Pero tenía que hacer mi vida también, ¿no? Leandro y yo nos dimos un apretón de manos y acto seguido me dio las llaves del apartamento para que pudiera hacer la mudanza y me incorporara en cuatro o cinco días a más tardar a la escuela. Tras despedirnos, me volví en coche, sonriendo como una boba con Izal y su «Despedida» sonando a tope. Sí, sonreí sin parar. Porque me sentía viva, me sentía de nuevo independiente y de nuevo yo. La Vega de siempre, que cambiaría de ciudad, de trabajo, de gente y de vida. Con todas las posibilidades y puertas abiertas que eso suponía.

Pero no todo el mundo a mi alrededor comprendió ni aceptó de buen grado el hecho de que me lanzara a una piscina sin saber si estaba llena o no, por voluntad propia y en aras de la aventura y la búsqueda de la madurez. Y no, no hablo de mis padres, de mi hermana, de mis amigas o de Samuel, quien, por otro lado, me había llamado ya dos veces desde la ruptura y se mostró indignado y abatido por mi marcha. No. Tenía una especie de bebé a mi cargo al borde de la desesperación ante mi inminente traslado.

—Pero si es un sitio pequeño… —lloriqueó Elsa, mi mejor amiga, mientras daba un sorbo a su White Label con Fanta de limón.

—Es un cambio de ciudad y un cambio de todo; mejor que sea pequeño y manejable.

—No digas que cambias de ciudad. Es un pueblo.

—Ciudad pequeña, pueblo grande… Qué más da. —Me reí yo.

—Te morirás de asco. Y no vas a tener a nadie que soporte tu mala baba.

La miré de arriba abajo con una ceja levantada pero riéndome. Elsa tenía los ojos claros y rasgos finos. No era el prototipo de chica guapa que deslumbra al mundo con su belleza, pero tenía una cara de niña mala y descarada que atraía a todo rabo, digo bicho viviente, con su pelito rubio corto con raya a un lado y flequillo largo. Además, siempre vestía como recién salida de Vogue, con lentejuelas, plumas y cosas brillantes. Ante mi sonrisa, hizo un puchero y luego se echó un eructo. Joder, la iba a echar mucho de menos. Igual era la única persona a la que añoraría de verdad.

—Espero que vengas a verme, nenita.

—Claro que sí. Joder, ¿qué voy a hacer sin ti aquí? —repetía sin cesar—. ¿Quién aguantará mis penas por Roberto?

—Yo no aguanto tus penas con Roberto, ni a Roberto desde hace tiempo, chata —respondí levantando mi copa de gin-tonic a modo de brindis.

Elsa hizo una mueca burlona y me sacó el dedo corazón.

—Siento dejarte, Elsa, de verdad. Sabes que eres más que mi hermana y que va a ser muy duro estar sin ti.

—Oye, que si te vas a poner rollo exaltación de la amistad, que sepas que está ya muy visto y pasado de moda. Además, hoy no llevo el rímel bueno y paso de parecer un mapache. Gracias. —Sonrió y yo me la quise comer.

—No te hagas la dura —dije riendo—. Sabes de sobra que me vas a fundir la batería del teléfono a llamadas y whatsapps.

—No te vayas y no tendrás ese problema. —Sonrió sarcástica.

La miré de arriba abajo. Mi Elsa, cuánto la iba a echar de menos.

—¿Sabes qué molaría? —dije.

—Sorpréndeme.

—Que dejaras al imbécil de Roberto y te vinieras conmigo. Encima de mi nueva casa hay un apartamento que Leandro quiere alquilar…

Ella se echó a reír.

—¡Ni de coña! No te quiero tanto.

Me reí. Fin de la conversación.

De momento.

Al día siguiente cargué el coche de mi padre de todo lo que pude y emprendí mi marcha al que sería mi nuevo hogar. Como el piso estaba tan ajado, tenía pensado hacerle un lavado de cara antes de meter nada así que me pasé todo el día limpiando de arriba abajo todos los rincones habidos y por haber. Todo. Cuando terminé, me senté en el sofá y me abrí una lata de cerveza que había traído en una neverita con comida. Estaba sudorosa y olía fatal, pero empecé a sentirme un poco más en casa al verlo todo limpio, fresco y con buen olor. Estaría bien ahí, seguro. No necesitaba grandes lujos, así que ¿qué más podía pedir? Nada, coño, que no era Paris Hilton. Me levanté y abrí una ventana con un pequeño balconcito en el que pensé que quedarían muy bien unas macetitas con flores y miré al frente. Una explanada verde se entreveía entre el hueco de varios chopos que se mecían y delimitaban lo que parecía el césped de una piscina municipal. Cerré los ojos e inspiré hondo. Sí, estaría muy bien.

Al acabar de poner los trastos más necesarios y hacer del piso algo ya habitable, decidí dar por concluida la primera jornada de puesta a punto e ir a pasear por la playa, que estaba a menos de dos minutos. Era mediados de septiembre y hacía una tarde estupenda para salir. Además, así luego iría hacia la escuela para aprenderme el camino. Cuando llegué, me senté en la arena mirando al mar, hipnotizada. Para mí el mar siempre había sido como sedante y de adolescente fantaseaba con vivir en un sitio con playa. Y ahora… ahí estaba. En un pueblo costero, como siempre había querido. Hice un barrido general a la arena semidesértica rogando por que hubiera cada día esa paz. Lejos, muy lejos, me parecía que quedaban Samuel y mi trabajo de mierda. Mis problemas se veían minúsculos con el frescor de la brisa que corría en la caída de la tarde. Me puse metafísica preguntándome si podría empezar de nuevo y pensando que cuando cierras puertas, siempre se abren otras para sorprenderte. ¿Qué me depararía esa nueva puerta? De momento, hambre como si fuera un elefante, así que dejé de ponerme metafísica, que no era mucho mi rollo, y me levanté para volver a casa y cenar.

Al llegar a mi plaza, me fijé en una librería que tenía al lado de mi bloque. Vi cómo se llamaba y sonreí. «Qué curioso», pensé. El nombre del sitio me recordaba a uno de mis libros favoritos, La invención de Morel, de Bioy Casares: librería Morel. Sonreí, porque desde fuera tenía buena pinta y me gustó que un sitio así estuviera justo debajo de mi casa, como si fuera el decorado perfecto para una obra de teatro que comenzaría al día siguiente, cuando estuviera instalada del todo y empezara las clases. Una obra en la que todo sería distinto y nuevo a partir de ese momento. Sin Samuel, sin mi familia, sin mis amigas y con un nuevo trabajo. Era como arrancar de cero y me sentía con unas ganas tremendas de embarcarme en esa aventura desconocida, de lanzarme con todo a la piscina, de vivir esa experiencia y de aprender con ella. Sí. Estaba muy contenta con mi decisión. Tenía una nueva oportunidad ante mí, las ganas de aprovecharla y la ilusión de que ese nuevo comienzo determinara, por fin, mi lugar en el mundo.

2

ACTO PRIMERO

No voy a mentir: las primeras tres semanas de mi nueva vida fueron una auténtica y descomunal mierda. Sin paliativos. Mi horario era muy bueno, de tres a ocho de la tarde, y lo que yo pensé que sería un sitio en el que conocer gente e irte de cañas después del trabajo resultó ser una escuela de música con profesores de casi sesenta años que tras terminar las clases huían a sus casas. Así que me pegaba la mañana dando vueltas por el pueblo para conocerlo y moverme, tratando de establecer una rutina, y por la tarde me iba a la escuela para después volver a casa donde cenaba, veía la tele, me daba un baño, leía un libro o escuchaba música, que era lo que más me gustaba hacer. Muy cool la primera semana. Soportable la segunda. A la tercera ya quería coger una recortada y matar. Pero a la cuarta semana me acostumbré y lo cierto es que me sentí mejor y más relajada. Y la verdad es que empecé a cogerle el gusto a eso de ser un lobo solitario, que, en el fondo, es lo que había sido siempre.

Además, no me podía quejar: salía las mañanas a andar por la playa a paso marcial para que mi culo que crece por momentos no me comiera y eso me daba una vida que nunca había pensado. Ver el mar y sentirlo en los huesos era tan evocador como liberador. Me gustaba, sí. Caminar por la playa a primera hora del día era uno de los grandes placeres que disfrutaba en mi nueva pequeña ciudad. La arena estaba desierta y apenas me cruzaba con uno o dos corredores, algún nadador valiente o alguna pareja rezagada de la noche anterior. El agua todavía no tenía ese brillo artificial de las cremas solares que dejan los bañistas veraniegos en masa y se respiraba tranquilidad. Era como estar en una playa virgen, y escuchar el sonido de las olas era el mejor bálsamo para empezar bien el día.

Esa mañana había amanecido gris y con una extraña presión atmosférica que daba sensación de bochorno en octubre. Las nubes mostraban sus matices más oscuros y parecía que fuera a llover de un momento a otro pero, aun así, me apeteció ir a dar un paseíto a la playa, y eso que era sábado. No mi típica caminata quemacalorías tempranera que solía hacer a diario, sino una simple vuelta, y ver el mar. Me puse unos pantalones deportivos cortitos rosa palo muy monos y modernos, mis cómodas botas Hunter por si llovía encima de unas calzas blancas, una camiseta blanca y una camisa vaquera clara desabrochada. No iba más estrafalaria porque no se podía. Pasé de coger paraguas, porque ir con paraguas es de cobardes, y salí dispuesta a quitarme el estrés de la semana que acababa de terminar. Estaba todavía haciéndome al trabajo y a dar clases de una forma más profesional, así que quería hablar con Leandro para saber si lo estaba haciendo bien y pedirle que me guiara un poco.

Seguí mi paseo sabadero pensativa y mi mente divagó a temas prosaicos como los primeros exámenes o qué hacer con un par de alumnos que provocaban mucho mal. En fin, cosas cotidianas. Y paseé mucho y me abstraje tanto pensando que me perdí. Joder, hacía falta ser lerda de la vida para perderse en una playa a la que iba todos los días, pero así fue.

De repente me vi en una zona que no me sonaba de nada, con un pequeño pantalán y algunos veleros amarrados meciéndose con el vaivén del agua. Oía hasta el crujir de sus cuerdas y, por un momento, me sentí relajada. Había algo decadente en el ambiente grisáceo del día a punto de llover, en el mar que se agitaba bravío, en la soledad que se respiraba en la playa y en esos constantes crujidos de cascos chocando, cabos balanceándose y maderas chirriando. Me parecía estar dentro de una escena de una película de suspense, aunque en realidad me encontraba de lo más tranquila. Era como estar en un mundo de sonidos y sensaciones distintos al tronar del asfalto, los gritos y las prisas. Me pregunté cómo sería navegar en uno de esos cacharros, con el mar como fondo, sin tiempo que medir y con el único objetivo de perseguir un perpetuo atardecer. Me pregunté qué sentiría al pasar una noche durmiéndome con el ruido de esas maderas y mecida por el mar, adormilándome con el balanceo sutil y el continuo olor a sal. Suspiré cerrando los ojos, porque sentí de golpe toda la paz del mundo, aunque a la vez me invadió una sensación de melancolía al ver todo eso tan cerca de mí y a la vez tan lejos e inalcanzable. Era como si me hubiera quedado anclada en una especie de mes de septiembre sin fin. Y me acordé, no sé por qué, de la canción mítica de Otis Redding, «Sittin’ on the Dock of the Bay», una de las favoritas de mi amiga Eli. Me recreé unos segundos en esa sensación de bienestar con banda sonora mental inesperada hasta que entendí por qué me había acordado de esa canción: estaba sonando de verdad.

Procedía de uno de los veleros, uno bastante viejillo y no muy grande que era el que más cerca de la orilla estaba. Se llamaba My Way, según podía leerse en la aleta de babor. Al avanzar un poco hacia el barco para escuchar mejor la música, vi la silueta de un chico que se erguía en la cubierta. Estaba de pie colocando unos cabos, o amarrándolos, o a saber, y de la fuerza se le tensaban los músculos del brazo. Llevaba unos pantalones vaqueros ajustados y una camiseta azul de manga corta. Hacía fresquito, pero imagino que si estaba haciendo esfuerzos físicos la ropa le sobraba. Y qué bien que le sobrara porque… ¡qué brazacos! Me fijé en el cigarro que colgaba de sus labios carnosos y en el humo que subía en espiral hacia su oscuro pelo muy rizado y largo hasta casi el mentón. Y antes de que pudiera gritarle al mundo un «me palpita la pepita», comenzó a llover. Rápido y fuerte, empezaron a caer las gotas de una brutal tormenta que se veía venir. Y lo primero que hice, como acto reflejo cuando las gotas me cayeron sin avisar, fue dar un pequeño chillido, más instintivo que otra cosa, maldecir y reconocer que llevar paraguas tampoco es de tan, tan cobardes.

El chico del velero se percató de mi presencia al oírme gritar y, sin molestarse por la lluvia, como si hiciera un sol resplandeciente, vino sin prisa hacia mí. Al hacerlo, vi su camiseta algo mojada ya y su cara seria con una mirada castaña y dura. Sí, dura. Tanto que tuve un tórrido, pero que muy tórrido, pensamiento.

—Anda, sube —me gritó desde su barco, como si me llevara viendo un largo rato y no le hubiera quedado más remedio que ser amable.

—Eh… —titubeé.

—¡Venga! —apremió serio haciendo un gesto con la mano—. Te vas a empapar.

—Bueno, vale.

Me acerqué corriendo y subí. Iba a presentarme o algo, pero el chico, al ver que ya subía, se metió en el camarote o como se llame (que yo de Popeye tenía poco y las partes de un barco como que no) sin hacer la menor seña. Yo le seguí, porque no tenía sentido quedarme ahí de pie a la intemperie; para eso me quedaba en la arena, ¿no? Así que entré detrás de él y bajé los escalones justo cuando se estaba terminando de poner una camiseta seca y una chaqueta de lana con estampados geométricos algo ajada. De refilón miré un poco a mi alrededor para situarme, y para cotillear un poco, que nunca había visto un barco o velero o lo que fuera eso por dentro. Decepción total, no es por nada. Siempre había imaginado que esos cacharros en su interior eran como yates lujosos y lo que veían mis ojos era todo lo contrario. Era poco espacioso y, nada más bajar los escalones, se abría una pequeña estancia que tenía a un lado la minúscula cocina empotrada, sobre el suelo una alfombra rollo hippie y, al otro, una mesa con dos bancos acolchados y un sofá biplaza con un televisor empotrado enfrente. Todo de madera. Al fondo se abría un minúsculo pasillo en uno de cuyos laterales se divisaba una puerta corredera que parecía el baño y perpendicular a esta, enfrente de las escaleras de entrada, una puerta entreabierta por la que se dejaba ver una cama sin hacer. Estaba decorado muy acogedor, eso sí, y había muchos objetos personales, así que deduje que el chico vivía allí.

Volví a fijarme en él cuando se movió de nuevo yendo hacia lo que parecía el baño y sacó una toalla limpia que me tendió sin mediar palabra. Me sequé como pude la cara; el pelo, que me chorreaba; e intenté disimular la transparencia que el agua había dejado en mi camiseta blanca, dejando entrever un poco las… eso. Las tetas, me refiero.

—Gracias.

—El baño está ahí, si lo necesitas —dijo señalándolo con una voz grave y ronca.

—Sí, vale.

Me fui al baño, me quité la camiseta mojada y el sujetador, me sequé las peras y me abroché la camisa vaquera. Ahora sonaba de fondo «Turnedo», de Iván Ferreiro, y sonreí porque me pareció una canción de lo más apropiada para ese momento, aunque todavía no imaginaba cuánto. Me sequé bien el pelo con la toalla, no fuera encima a acatarrarme por la gracia, me peiné con un peine de púas que había por ahí (¡peine de púas! Dios…) y decidí que ya estaba presentable. Cuando salí, el chico había preparado café y me preguntó, sin mucha ceremonia ni insistencia, si quería una taza.

—No, gracias —dije comprobando que no había parado de llover.

Como él no me decía nada y ni me miraba siquiera, empecé a sentirme un poco incómoda. Él bebía de su taza con los ojos fijos en una ventanita encima de la fregadera y una mano apoyada en la encimera, dándome la espalda. Así que visto que no le hacía mucha gracia cobijarme ahí, decidí irme.

—Me tengo que ir —dije al fin—. Tampoco me va a pasar nada por mojarme, solo es agua.

Por primera vez el chico me miró a los ojos y medio sonrió. Tenía una sonrisa bonita y con personalidad, de boca no muy grande pero con los labios carnosos. La torcía mucho, y eso le daba cierto aire chulesco. La verdad es que era un tío que a mí me resultaba, cuanto menos, inquietante. Quizá fuera esa mirada fuerte a la par que melancólica pero tenía algo que me atraía.

—Sí —me respondió volviendo al café y a no mirarme—. Solo es agua. Pero me ha parecido que chillabas al sentirla. —Sonrió de lado con clara expresión de reírse de mí, aunque le viera de perfil.

—Ha sido instintivo —dije de mala gana, en plan chulo—. Bueno, será mejor que me vaya.

—Como quieras —contestó en un tono inexpresivo, encogiéndose de hombros y bebiendo su café.

Me encaminé a la salida y subí las escaleras. No llevaba ni dos, cuando me acordé de mis buenos modales.

—Gracias por el cobijo y la toalla.

—De nada —dijo sin mirarme.

—Adiós, eh… —lancé la pregunta silenciosa y lo que me sorprendió es que él la pilló.

—Mario.

Mario. Se llamaba Mario.

Mario.

3

LA LIBRERÍA MOREL

Llegué a casa calada hasta los huesos, claro, con la ropa chorreando, el pelo hecho un moñigo y estornudando sin parar. Lo primero que hice fue despelotarme, poner a David Bowie y meterme en una larga y calentita ducha a ritmo de «Life on Mars?», una de mis canciones favoritas. Salí de la ducha y comencé el periplo de repasar la depilación envuelta en la toalla y con una especie de turbante casero en el pelo para que se fuera secando, después me embadurné de cremas varias para, según prospectos, mantener mi celulitis a raya y tonificar la piel (sin hacer más ejercicio que andar, ejem), sobrehidratarla y que luciera como si tuviera veinte años, suavizar la caída natural de un pecho tirando a grande o evitar las manchas en la cara. ¿Realmente servían de algo? A saber, pero a mí al menos me relajaba. Y además, con la lluvia cayendo y Bowie sonando, como que todo era muy yo y… me gustaba. Me miré en el espejo y sonreí, porque por primera vez desde hacía mucho tiempo sentí que me gustaba a mí misma. Y me parecía fatal que hubiera que añadir la frase típica de «está mal que yo lo diga». No, no estaba mal que yo lo dijera. Es genial ese «me gusto a mí misma». Joder, eso es motivo de celebración, no de sentirse avergonzada o de pensar que estás siendo pretenciosa. No es que tengamos que ir en plan diva o caer en la soberbia, rotundamente no, pero somos como somos y hay que intentar llevarlo con orgullo. Eso sí, no eché las campanas al vuelo, porque seguro que pasado un ratito esa sensación desaparecería y volvería a ver mi pelo demasiado largo y desquebrajado, imposible de alisar; mis pechos demasiado grandes para no llamar la atención; las caderas más bien anchotas que le hacían la vida imposible a los pantalones de Mango; los pelos de las piernas que se me enquistaban mientras yo rezaba por conseguir dinero para hacerme la depilación láser; el vientre que se hinchaba como un balón de baloncesto si comía un poco más de la cuenta y un culo que se aproximaba por momentos al de la Kardashian. En fin, las cosas que ves cada mañana cuando te miras en el espejo pero que, como por arte de magia, un ratito cada dos años desaparecen de tu cabeza y te ves bien. Debe ser alguna alineación cósmica. Recordadme que llame a Sandro Rey para preguntarle. Ejem.

El caso es que salí del baño como si hubiera estado en un spa de superlujo y, queriendo alargar ese momento de vida contemplativa, cogí el violín y le dije susurrando que quería hacer magia con él. Lo tomé y las notas del aria de la Suite número 3, de Bach, salieron solas de mis dedos. Me encantaba esa pieza. Era alegre y a la vez nostálgica; como el colofón tras haber salido de un túnel negro y árido y que de repente apareciera la luz. El optimismo hecho música. Me gustaba y me salió sola en el momento de mi vida en el que sentí que más feliz estaba.

Cuando terminé, llamé a Elsa porque, a pesar de estar bien, la echaba terriblemente de menos, y después me asomé al balcón con macetitas a fumarme un cigarrito, toda feliz yo. La plaza bullía de gente esa mañana, los bares abiertos, los comercios, gente yendo y viniendo y… la librería Morel abierta. Me extrañó, porque en el tiempo que llevaba en el pueblo había tenido el cartelito típico de «Cerrado por vacaciones», así que decidí bajar a dar una vuelta.

Nada más abrir la puerta, la típica campanita sobre el marco avisó de que esta se abría. Avancé sigilosa al no ver ni un alma, y estudié el lugar. Si me hubieran dicho que en lugar de una librería de pueblo estaba en una librería salida de Harry Potter o en la mismísima Shakespeare and Company me lo habría creído, porque el sitio era… encantador. Una sala enorme con el suelo de madera oscura dividida en varias secciones, con el mostrador a la izquierda de la entrada. Hasta ahí, normal. Una escalera de caracol de forja negra subía desde un rincón al lado del mostrador hasta esconderse en lo que suponía sería un almacén. La escalera en cuestión estaba, cómo no, llena de libros apilados en los extremos de cada escalón. Todo era de madera vieja y quizá era eso lo que le daba ese aire bucólico: se respiraba antigüedad, alma. Sí; el sitio emanaba aura, ...