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CONTIGO HASTA EL FINAL (#KISSME 4)

Elle Kennedy

0


Fragmento

1
Sabrina

—Mierda. Mierda. Mierda. Mieeeeeerda. ¿Dónde he puesto las llaves?

El reloj del estrecho pasillo me dice que tengo 52 minutos para hacer un trayecto de 68 minutos en coche si quiero llegar a tiempo a la fiesta.

Miro otra vez en el bolso, pero las llaves no están ahí. Recorro a toda velocidad las distintas estancias de la casa. ¿Vestidor? No. ¿Cuarto de baño? Acabo de entrar. ¿Cocina? Tal vez…

Estoy a punto de darme la vuelta cuando oigo un tintineo metálico detrás de mí.

—¿Estás buscando esto?

El desprecio se aferra a mi garganta mientras me giro para entrar en un salón tan pequeño que los cinco viejos muebles que lo ocupan —dos mesas, un sofá de dos plazas, un sillón y una silla— se agolpan como sardinas en lata. El trozo de carne sentado en el sofá agita mis llaves en el aire. Ante mi suspiro de irritación, él sonríe y se las mete debajo de su culo cubierto con un pantalón de chándal.

—Ven a por ellas.

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Me paso la mano con frustración por el pelo recién alisado y miro fijamente a mi padrastro.

—Dame las llaves —exijo.

Ray me mira de forma lasciva como respuesta.

—Joooder. Sí que estás buena esta noche. Te has convertido en una nenita de verdad, Rina. Tú y yo deberíamos hacerlo.

Ignoro la mano carnosa que cae a su entrepierna. Nunca he conocido a un hombre tan desesperado por tocarse sus propios huevos. Hace que Homer Simpson parezca un caballero.

—Tú y yo no existimos el uno para el otro. Así que no me mires, y NO me llames Rina. —Ray es la única persona que me llama así, y lo detesto con toda mi alma—. Y ahora, dame las llaves.

—Ya te lo he dicho... Ven a por ellas.

Apretando los dientes, meto la mano debajo de su culo de vaca y palpo en busca de mis llaves. Ray gime y se retuerce como el asqueroso de mierda que es hasta que mi mano hace contacto con el metal.

Tiro de las llaves y me vuelvo a girar hacia la puerta.

—¿Por qué le das tanta importancia? —se burla a mi espalda—. No somos familia, así que no hay incesto.

Me detengo y uso treinta segundos de mi precioso tiempo para mirarlo con incredulidad.

—Eres mi padrastro. Te casaste con mi madre. Y… —Me trago un torrente de bilis—, y ahora te estás acostando con la abuela. Así que, no, no tiene nada que ver con que tú y yo no seamos familia. Tiene que ver con que eres la persona más asquerosa del universo y tu sitio debería ser la cárcel.

Sus ojos color avellana se entrecierran.

—Cuidao con lo que dices, señorita, o un día de estos vas a llegar a casa y las puertas van a estar cerradas.

Ya, claro.

—Pago un tercio del alquiler —le recuerdo.

—Bueno, pues igual tienes que pagar más.

Se vuelve a la televisión y dedico otros valiosos treinta segundos a fantasear con darle un golpe en la cabeza con el bolso. Perder esos segundos merece la pena.

En la cocina, la abuela está sentada a la mesa, fumando un cigarrillo y leyendo la revista de cotilleo People.

—¿Has visto esto? —exclama—. Kim K sale desnuda otra vez.

—Guay para ella. —Cojo mi chaqueta del respaldo de la silla y me dirijo a la puerta de la cocina.

He descubierto que es más seguro dejar la casa por la parte de atrás. Normalmente hay bandas que se congregan en las escaleras de entrada de las estrechas casas de nuestra calle. Una calle cuanto menos acaudalada, en esta parte cuanto menos acaudalada de South Boston. Además, nuestro aparcamiento está detrás de la casa.

—He oído que Rachel Berkovich se ha quedado preñada —comenta mi abuela—. Debería haber abortado, pero supongo que va en contra de su religión.

Aprieto otra vez los dientes y me giro para mirar a mi abuela. Como de costumbre, lleva una bata desgastada y unas zapatillas rosas de pelo, pero su cabello rubio teñido está peinado a la perfección y su rostro está completamente maquillado, aunque rara vez salga de casa.

—Es judía, abuela. No creo que vaya en contra de su religión, pero incluso si lo fuera, es lo que ella ha decidido hacer.

—Probablemente quiere esos cupones extra de comida que dan por maternidad —concluye mi abuela, echando un largo hilo de humo en mi dirección. Mierda. Espero no oler como un cenicero cuando llegue a Hastings.

—Seguro que esa no es la razón por la que Rachel ha decidido tener el bebé. —Ya tengo una mano en la puerta. Me muevo con inquietud esperando una oportunidad para despedirme de mi abuela.

—Tu madre pensó en abortar de ti.

Ya estamos.

—Vale, hasta aquí —murmuro—. Me voy a Hastings. Vuelvo por la noche.

Su cabeza se aleja de golpe de la revista y su mirada se estrecha mientras observa mi falda negra de punto, mi jersey negro de manga corta con cuello barco y mis zapatos de tacón de ocho centímetros. Puedo ver las palabras formándose en su cabeza antes incluso de que salgan de su boca.

—Qué esnob vas. ¿Vas a esa universidad pija tuya? ¿Tienes clases un sábado por la noche?

—Voy a un cóctel —le respondo de mala gana.

—Oooh, un cóctel. Espero que los labios no se te agrieten al besarle el culo a todos ahí en el pueblo.

—Vale, gracias, abuela. —Abro de un tirón la puerta de atrás, forzándome a añadir—: Te quiero.

—Yo también te quiero, pequeña.

Y es verdad que me quiere, pero a veces ese amor está demasiado contaminado, tanto que no sé si me hace daño o me ayuda.

No hago el trayecto al pequeño pueblo de Hastings en cincuenta y dos minutos ni en sesenta y ocho. Me lleva una hora y media de reloj porque las carreteras están fatal. Pasan otros cinco minutos antes de que encuentre un sitio para aparcar y, cuando llego a la casa de la catedrática Gibson, estoy más tensa que las cuerdas de un piano… y me siento igual de frágil.

—Buenas, señor Gibson. Siento mucho llegar tarde —le digo al hombre con gafas que aparece en la puerta.

El marido de la catedrática Gibson me ofrece una leve sonrisa.

—No te preocupes, Sabrina. Hace un tiempo horrible. Permíteme el abrigo. —Eleva una mano y espera pacientemente mientras yo me peleo con mi chaqueta de lana.

La catedrática Gibson llega cuando su marido está colgando mi chaqueta barata entre todos los abrigos caros del armario. Parece tan fuera de lugar como yo. Rechazo de una patada mi complejo de pobre y consigo sacar una amplia sonrisa.

—¡Sabrina! —grita la catedrática Gibson. Su dominante presencia me sobresalta—. Me alegro de que hayas llegado sana y salva. ¿Sigue nevando?

—No, solo llueve.

Hace una mueca de horror y me coge del brazo.

—Peor aún. Espero que tu plan no sea volver a la ciudad esta noche. Las carreteras serán una gran placa de hielo.

Como tengo que trabajar por la mañana, tendré que hacer ese recorrido independientemente de cuáles sean las condiciones de la carretera, pero no quiero que se preocupe así que le dedico una sonrisa tranquilizadora.

—Estaré bien. ¿Sigue aquí?

La catedrática me aprieta el antebrazo.

—Sí, aquí sigue. Y tiene unas ganas locas de conocerte.

Genial. Cojo aire profundamente por primera vez desde que llegué y dejo que me guíen, atravesando la habitación, hasta una mujer de pelo corto y canoso vestida con una americana larga y recta en color pastel sobre unos pantalones negros. El atuendo es más bien soso, pero los diamantes que brillan en sus orejas son más grandes que mi dedo pulgar. Y además… parece demasiado simpática para una catedrática de Derecho. Siempre me los había imaginado como criaturas serias y duras. Como yo.

—Amelia, permíteme que te presente a Sabrina James. Es la estudiante de la que te he hablado. De las primeras de la clase; tiene dos trabajos y ha sacado un 77 en sus exámenes de acceso a la facultad de Derecho. —Gibson se vuelve a mí—. Sabrina, te presento a Amelia Fromm, catedrática en Harvard, una investigadora extraordinaria en Derecho Constitucional.

—Es un placer conocerla —digo, extendiendo mi mano y rogando a Dios que esté seca y no sudada. He estado estrechando mi propia mano una hora antes de venir para ensayar este momento.

Amelia me aprieta la mano con ligereza antes de dar un paso atrás.

—Madre italiana y abuelo judío, de ahí la extraña combinación de mi nombre y apellido. James es un apellido escocés, ¿de ahí viene tu familia? —Sus brillantes ojos me analizan de arriba a abajo, y resisto el impulso de moverme con nerviosismo con mi ropa barata del Target.

—No lo sé, señora. —Mi familia viene de la alcantarilla. Escocia parece demasiado agradable y real para ser nuestra patria.

Ella agita una mano.

—No es importante. Apartemos la genealogía a un lado. Así que has pedido que te admitan en Harvard para tu postgrado, ¿no? Es lo que me ha comentado Kelly.

¿Kelly? ¿Conozco a alguna Kelly?

—Se refiere a mí, querida —dice la catedrática Gibson con una carcajada.

Me sonrojo.

—Sí, lo siento. Pienso en usted como la catedrática Gibson.

—¡Qué formal, Kelly! —le acusa la catedrática Fromm—. Sabrina, ¿a dónde más has enviado la solicitud de admisión?

—Boston College, Suffolk y Yale, pero Harvard es mi sueño.

Amelia eleva una ceja al oír las dos primeras, ambas facultades de segundo y tercer nivel en Boston.

Gibson acude en mi defensa.

—Quiere estar cerca de su casa. Y obviamente debería estar en algún lugar mejor que Yale.

Las dos catedráticas resoplan de forma despectiva a la vez. Gibson se graduó en Harvard, y por lo que parece, una vez te gradúas en Harvard, te conviertes en una persona antiYale.

—Según todo lo que Kelly ha compartido conmigo, parece que sería un honor para Harvard contar contigo.

—Estudiar en Harvard sí que sería un honor para mí, señora.

—Las cartas de admisión se van a enviar pronto. —Sus ojos brillan traviesos—. Me aseguraré de… recomendarte.

Amelia ofrece otra sonrisa y casi me desmayo de feliz alivio. No estaba lamiéndola el culo. Harvard es de verdad mi sueño.

—Gracias —consigo decir con voz quebrada.

Gibson señala la comida.

—¿Por qué no comes algo? Amelia, quiero hablar contigo sobre el informe ese que según me dicen ha salido de la Universidad de Brown. ¿Has tenido ocasión de echarle un vistazo?

Las dos se alejan, profundizando sobre la interseccionalidad del feminismo negro y la teoría de la raza, tema en el que Gibson es experta.

Voy a la mesa de los aperitivos, que está cubierta con un mantel blanco y repleta de quesos, crackers y fruta. Dos de mis mejores amigas, Hope Matthews y Carin Thompson, ya están ahí. Una de tez oscura y la otra de tez clara, son los dos ángeles más hermosos e inteligentes del universo.

Me acerco a ellas y casi colapso en sus brazos.

—¿Y? ¿Cómo ha ido? —pregunta Hope con impaciencia.

—Bien, creo. Dijo que sería un honor para Harvard contar conmigo y que la primera remesa de admisiones se enviaría pronto.

Cojo un plato y empiezo a cargarlo, deseando que los pedazos de queso fueran más grandes. Tengo tanta hambre que me podría comer un queso entero. Llevo todo el día con dolor de estómago por los nervios de esta reunión y, ahora que ha terminado, quiero tirarme de cabeza a la mesa con comida.

—Bah, estás admitida sí o sí —declara Carin.

Gibson es la tutora de las tres. La catedrática es una gran defensora de proporcionar ayuda a las mujeres jóvenes. Hay otras organizaciones de networking en el campus, pero su influencia está dirigida exclusivamente hacia el avance de la mujer y yo no podría estar más agradecida.

El cóctel de esta noche está pensado para que sus alumnas se reúnan con miembros de las facultades de los programas de postgrado más competitivos del país. Hope va en busca de una plaza en la facultad de Medicina de Harvard, mientras que el objetivo de Carin es MIT, el Instituto de Tecnología de Massachusetts.

Sí, el interior de la casa de Gibson es un océano de estrógenos. Además de su marido, solo hay dos hombres más. Voy a echar mucho de menos este lugar después de la graduación. Ha sido un hogar lejos del hogar.

—Cruzo los dedos —le digo en respuesta a Carin—. Si no entro en Harvard, entonces será Boston o Suffolk. —Que no estaría mal, pero Harvard prácticamente me garantiza un lanzamiento al trabajo que quiero tras graduarme: un puesto en uno de los mejores bufetes de abogados del país, o lo que todos llaman BigLaw.

—Entrarás —dice Hope con confianza—. Y espero que una vez que consigas esa carta de aceptación, dejes de matarte, porque, madre mía, cariño, se te nota muy tensa.

Muevo la cabeza en círculos para relajar mi rigidez. Sí, ESTOY muy tensa.

—Ya, tía. Mi agenda es una locura total estos días. Me acosté a las dos de la madrugada porque la chica que se suponía que iba a cerrar el Boots & Chutes me dejó colgada y tuve que cerrar yo, y después me he despertado a las cuatro para ir a correos a organizar paquetes. He llegado a casa sobre las doce del mediodía, me he echado a descansar un rato y casi me quedo dormida.

—¿Todavía estás trabajando en los dos sitios? —Carin se aparta su pelo pelirrojo de la cara—. Habías dicho que ibas a dejar el de camarera.

—Todavía no puedo. Gibson me dijo que en la facultad de Derecho no quieren que trabajemos durante el primer año. La única forma de permitirme eso es teniendo suficiente pasta ahorrada para comida y alquiler antes de septiembre.

Carin hace un ruido compasivo.

—Te entiendo. Mis padres han pedido un crédito tan grande que podría comprarme un país pequeño con el dinero.

—Ojalá te mudases con nosotras —dice Hope con pesar.

—¿En serio? No tenía ni idea —bromeo—. Solo lo llevas diciendo dos veces al día desde que empezó el semestre.

Arruga su preciosa nariz en mi dirección.

—Te FLIPARÍA el sitio que ha alquilado mi padre para nosotras. Tiene ventanales y está justo al lado del metro. ¡Transporte público! —Mueve las cejas tentadoramente.

—Es demasiado caro, H.

—Sabes que yo cubriría la diferencia. O mis padres lo harían —se corrige. Su familia tiene más dinero que un magnate del petróleo, pero nunca lo adivinarías hablando con ella. Hope tiene más que nadie los pies en la tierra.

—Lo sé —digo mientras engullo unas minisalchichas—. Pero me sentiría culpable, y después la culpa se convertiría en resentimiento y ya no seríamos amigas, y no ser tu amiga es una mierda.

Sacude su cabeza en mi dirección.

—Si en algún momento tu obstinado orgullo te permite pedir ayuda, aquí estoy.

—Aquí ESTAMOS —interviene Carin.

—¿Ves? —Agito mi tenedor entre las dos—. Por esto no puedo vivir con vosotras. Significáis demasiado para mí. Además, esta fórmula me va bien. Tengo casi diez meses para ahorrar antes de que comiencen las clases el próximo otoño. Todo controlado.

—Por lo menos vente a tomar una copa con nosotras cuando acabe esta historia —dice Carin.

—Tengo que ir en coche a casa. —Hago una mueca—. Me toca ordenar paquetes mañana.

—¿En domingo? —pregunta Hope.

—Me pagan un 50 por ciento más. No he podido rechazarlo. La verdad es que debería irme a casa pronto. —Pongo mi plato sobre la mesa e intento ver qué está pasando más allá de la enorme ventana del mirador. Todo lo que veo es oscuridad y vetas de lluvia en el cristal—. Cuanto antes esté en la carretera, mejor.

—No. Con este tiempo, no. —Gibson aparece junto a mi codo con una copa de vino—. La previsión meteorológica anuncia placas de hielo. La temperatura está bajando y la lluvia se está convirtiendo en hielo.

Una mirada a la cara de mi tutora y sé que tengo que ceder. Lo hago, pero con gran reticencia.

—De acuerdo —digo—, pero protesto. Y tú... —Inclino la punta de mi tenedor en dirección a Carin—. Más te vale tener helado en el congelador si me tengo que quedar en tu casa; si no es así, me voy a cabrear mucho.

Las tres se ríen. Gibson se separa del grupo, dejándonos hacer de networkers todo lo bien que pueden hacerlo tres estudiantes de último curso de universidad. Después de una hora relacionándonos, Hope, Carin y yo cogemos nuestros abrigos.

—¿A dónde vamos? —le pregunto a las chicas.

—D’Andre está en el Malone’s y le dije que le vería allí —me contesta Hope—. Tardamos unos dos minutos con el coche, así que no deberíamos tener problemas.

—¿En serio? ¿Al Malone’s? Es un bar de jugadores de hockey —me quejo—. ¿Qué hace D’Andre ahí?

—Beber y esperarme. Además, necesitas echar un polvo, y los deportistas son tu tipo favorito.

Carin se ríe.

—Su único tipo.

—Oye, tengo una muy buena razón para preferir a los deportistas —argumento.

—Lo sé. Ya nos la has dicho. —Eleva las cejas y resopla—. Si quieres que te resuelvan una pregunta de estadística, ve a los frikis de las matemáticas. Si quieres cumplir con una necesidad física, ve a los deportistas. La herramienta de trabajo de un deportista de élite es su cuerpo. Ellos lo cuidan, saben como empujar sus límites, bla, bla, bla. —Carin hace un gesto con su mano izquierda.

Le saco mi dedo corazón.

—Pero el sexo con alguien que te gusta es mucho mejor. —Esto lo dice Hope, que lleva con D’Andre, su novio jugador de fútbol americano, desde primero.

—Me gustan… —protesto— durante la hora o así que los uso.

Compartimos una risa por mi comentario, hasta que Carin recuerda a un chico que bajó la media.

—¿Recuerdas a Greg «diez segundos»?

Me estremezco.

—Primero, gracias por sacar a la luz ese mal recuerdo, y segundo, no estoy diciendo que no los haya defectuosos. Solo digo que las probabilidades son mejores con un atleta.

—¿Y los jugadores de hockey son defectuosos? —pregunta Carin.

Me encojo de hombros.

—No te podría decir. No los he tachado de mi lista de polvos potenciales por su actuación en la cama, sino porque son capullos con privilegios que reciben favores especiales de los profesores.

—Sabrina, cariño, tienes que olvidarte ya de aquello —anima Hope.

—No. Los jugadores de hockey quedan descalificados.

—Dios, ¡pero no sabes lo que te estás perdiendo! —Carin se lame los labios con excesiva lascivia—. ¿Ese tío con barba que hay en el equipo? Quiero saber lo que se siente. Las barbas están en mi lista de cosas que hacer antes de morir.

—Pues adelante. Mi boicot hacia los jugadores de hockey solo significa que quedan más tíos para ti.

—Eso que dices me parece guay, pero... —Sonríe—. ¿Necesito recordarte que te tiraste al señor Di Laurentis?

Puaj. Eso es un recuerdo que NO necesito escuchar.

—Primero, estaba totalmente borracha —me quejo—. Segundo, fue en segundo, valga la redundancia. Y tercero, esa es la razón por la que paso olímpicamente de los jugadores de hockey.

A pesar de que la Universidad de Briar tiene un equipo de fútbol que ha ganado un campeonato, se la conoce como una universidad de hockey. Los tíos con patines son tratados como dioses. Un buen ejemplo es Dean Heyward-Di Laurentis. Estudia Ciencias Políticas como yo, por lo que hemos coincidido en varias clases, incluyendo Estadística en segundo. Esa clase fue la hostia de dura. Todo el mundo lo dio todo.

Todo el mundo menos Dean, que se estaba follando a la profesora asistente.

Y… ¡sorpresa!, le puso un sobresaliente, que no se merecía NI DE COÑA. Lo sé con certeza, porque el trabajo final lo hacíamos juntos y vi la mierda que le entregó.

Cuando me enteré de que había sacado un diez, le quería cortar los huevos. Fue superinjusto. Me dejé la piel en esa clase. Joder, me dejo la piel en todo lo que hago. Cada uno de mis logros está manchado con mi sangre, sudor y lágrimas. Y mientras tanto, ¿a un imbécil se le entrega el mundo en bandeja? Menuda mierda.

—Se está cabreando otra vez —le susurra Hope a Carin.

—Está pensando en cómo Di Laurentis consiguió sacar un 10 en esa clase —dice Carin en un susurro gritado—. Necesita echar un polvo como el comer. ¿Cuándo fue la última vez?

Empiezo a extender el dedo corazón de nuevo cuando me doy cuenta de que no puedo recordar mi último polvo.

—Fue con… eh, ¿Meyer? El del equipo de lacrosse. Eso fue en septiembre. Y después, Beau... —Me ilumino— ¡Ja! ¿Veis? Solo ha pasado poco más de un mes. Para nada una emergencia nacional.

—Querida, alguien con tu agenda no puede estar un MES sin sexo —responde Hope—. Eres una bola ambulante de estrés, lo que significa que necesitas una buena dosis de polla por lo menos… todos los días —resuelve.

—Cada dos días —rectifica Carin—. Hay que darle tiempo al jardín privado para que descanse.

Hope asiente con la cabeza.

—Vale. Pero esta noche, nada de descanso para tu coño...

Suelto una carcajada por la nariz.

—¿Te queda claro, cariño? Has comido, te has echado una siesta por la tarde, y ahora necesitas un poco de morbo —afirma Carin.

—¿En el Malone’s? —digo con cautela—. Acabamos de dejar claro que el sitio ese está petado de jugadores de hockey.

—No exclusivamente. Seguro que Beau está ahí. ¿Quieres que le pregunte a D’Andre? —Hope levanta el móvil, pero sacudo la cabeza.

—Beau requiere demasiado tiempo. El tío quiere hablar durante los polvos. Yo quiero hacerlo y marcharme.

—¡Oooh! ¡Se pone a hablar! Qué miedo.

—Para ya.

—Oblígame. —Hope echa hacia atrás la cabeza, golpeando sus largas trenzas contra mi abrigo y después sale de la casa de Gibson.

Carin se encoge de hombros y la sigue, y después de un segundo de duda, yo también. Nuestros abrigos están empapados cuando llegamos al coche de Hope, pero llevamos las capuchas puestas, así que el pelo sobrevive al aguacero.

Realmente no estoy de humor para ponerme a ligar con nadie esta noche, pero no puedo negar que mis amigas tienen razón. He estado hasta arriba de curro y tensión durante semanas, y durante estos últimos días sin duda he sentido... ganas. El tipo de ganas que solo pueden ser saciadas con un cuerpo duro y musculado y con una polla, esperemos, por encima de la media.

La cuestión es que soy extremadamente selectiva respecto a con quién me enrollo y, tal y como temía, cuando cinco minutos después las chicas y yo entramos en el Malone’s, está repleto de jugadores de hockey.

Pero bueno, si esas son las cartas que me han tocado, supongo que no pasa nada por jugar con ellas y ver qué pasa.

Aun así, mientras sigo a mis amigas hasta la barra, tengo cero expectativas.

2
Tucker

—Aléjate de esa, chaval. Es tóxica.

Dean está ofreciendo su sabiduría —generalmente equivocada— a nuestro estudiante de primero y extremo izquierdo, Hunter Davenport, mientras entro en el Malone’s huyendo de la lluvia torrencial.

Las carreteras están fatal y no tengo demasiadas ganas de estar aquí esta noche, pero Dean insistió en que teníamos que salir de fiesta. Dean ha estado todo el día deambulando de aquí para allá sin parar por nuestra casa, megagruñón y, obviamente, cabreado, pero cuando le pregunté por qué, se encogió de hombros y me dijo que estaba nervioso.

Mentira total. Se me podría considerar una persona tranquila en comparación con mis ruidosos compañeros de equipo, pero no soy tonto. Y ni de casualidad necesito ser un detective para juntar las pistas.

Allie Hayes, la mejor amiga de la novia de nuestro compañero de piso, se quedó a dormir en casa anoche.

Dean es un donjuán.

Las chicas adoran a Dean.

Allie es una chica.

Ergo, Dean se acostó con Allie.

Además, toda la ropa estaba esparcida por el salón, porque Dean es físicamente incapaz de tener relaciones sexuales en su dormitorio.

Aún no lo ha reconocido, pero estoy seguro de que en algún momento lo hará. También estoy seguro de que sea lo que sea lo que pasó entre ellos anoche, Allie no está buscando repetirlo. El por qué eso molesta a Dean, el rey de las citas de una noche, es algo que aún tengo que averiguar.

—A mí no me parece tóxica —dice Hunter mientras me sacudo el agua del pelo.

—Oye, Pluto —gruñe Dean en mi dirección—, sécate el pelo en otro sitio.

Resoplo y sigo la mirada de Hunter, que está pegada con Super Glue a una chica delgada de pelo castaño en la inmensa barra que mira justo en la otra dirección. Veo una falda corta, unas piernas de morir y cabello tupido y oscuro que cae por su espalda. Por no mencionar el culo más redondo, más apretado y más sexy que he tenido el placer de admirar jamás.

—Muy bien —observo antes de sonreírle a Dean—. Entiendo que ya te la has pedido, ¿no?

Su rostro se torna blanco de terror.

—Ni de coña. Es Sabrina, hermano. Ya me retuerce los huevos en clase cada día. No necesito que me los retuerza fuera de la uni.

—Espera un momento, ¿esa es Sabrina? —digo lentamente. ¿ESA es la chica que Dean jura que es su enemiga número uno?—. La he visto por el campus, pero no había caído en que ella era la chica de la que siempre te andas quejando.

—La misma —murmura.

—Pues qué pena, oye. Resulta muy agradable mirarla. —Más que agradable, la verdad. En el diccionario, junto a «Atractivo», hay una foto del culo de Sabrina. También podría estar junto a las palabras «Increíble», «¡Joder!» y «Megarrico».

—¿Cuál es la historia entre vosotros dos? —mete baza Hunter— ¿Es una ex?

Dean retrocede.

—¡¿Qué dices?!

El estudiante de primero frunce los labios.

—¿Así que no estaré rompiendo el código de hermanos si le entro?

—¿Quieres entrarle? Adelante. Pero te advierto que esa cabrona te va a comer vivo.

Aparto mi cara para esconder una sonrisa. Suena a que alguien ha podido rechazar a Dean. Sin duda hay alguna historia entre ellos, pero incluso después de que Hunter le presione, Dean no suelta más información. Al otro lado de la estancia, Sabrina se da la vuelta. Probablemente haya sentido tres pares de ojos sobre ese culo, dos de los cuales tienen mucha hambre.

Su mirada encuentra la mía y la mantiene. Hay desafío en sus ojos. El competidor que hay en mí se levanta para hacerle frente.

¿Eres suficiente para mí?, parece estar preguntándome.

No tienes ni idea, cariño.

Una chispa de calor enciende su mirada… hasta que cae sobre Dean. De inmediato, sus exuberantes labios se afinan y extiende el dedo corazón hacia nosotros.

Hunter gruñe y murmura algo sobre que Dean arruina sus posibilidades. Pero Hunter es un niño y esa chica tiene suficiente fuego dentro como para encender el mundo. No puedo imaginármela queriéndose llevar a un chaval de dieciocho años a la cama, especialmente a uno que ve la derrota con el primer obstáculo. El chaval tiene que ser más fuerte si quiere jugar con los mayores.

Busco dinero en mi bolsillo.

—Voy a por una birra. ¿Necesitáis una recarga?

Los dos niegan con la cabeza. Después de haber cumplido mi deber de amigo, me dirijo a la barra y a Sabrina, llegando justo al mismo tiempo en el que el camarero le da su bebida.

Pongo un billete de veinte en la barra.

—Yo invito, y para mí una Miller cuando puedas.

El camarero coge el billete y va deprisa a la caja registradora antes de que Sabrina pueda oponerse. Me lanza una mirada contemplativa y después se lleva la botella de cerveza a los labios.

—No me voy a acostar contigo porque me hayas invitado a una cerveza —dice por encima del cuello de la botella.

—Espero que no —respondo encogiéndome de hombros—. Mi listón está más alto que eso.

Le ofrezco un gesto de cortesía con la cabeza y me dirijo con tranquilidad de vuelta a la mesa donde algunos de mis compañeros de equipo están reunidos. Detrás de mí puedo sentir sus ojos perforándome la espalda. Como no puede verme, permito que una sonrisa de satisfacción se extienda por mi rostro. Esta es una chica acostumbrada a que la persigan, lo que significa que tengo que introducir un poco de sorpresa en mi caza.

En la mesa, Hunter mira a otro grupo de chicas, y la cabeza de Dean está enterrada en su teléfono. Probablemente le esté enviando mensajes a Allie. Me pregunto si los otros chicos saben que hicieron el guarro anoche. Probablemente no. Garrett y Logan están en Boston con sus novias hasta mañana, así que es probable que no tengan ni idea aún. Pero Garrett no hacía más que insistirle a Dean para que mantuviera sus manos alejadas de Allie este fin de semana. No quería que ningún drama interfiriera en su actual vida perfecta con la mejor amiga de Allie, Hannah.

Dado que no ha habido broncas, pollos, ni llamadas de teléfono a gritos, apostaría a que Dean y Allie están manteniendo el rollo de anoche en secreto.

Justo cuando Hunter abre la boca para soltarle una frase ridícula a una de las chicas que se ha dirigido a nuestra mesa, las luces parpadean amenazantes.

Dean frunce el ceño.

—¿Esto es el Apocalipsis o algo así?

—Está lloviendo con mucha fuerza —le digo.

Después de eso, Dean decide largarse. Yo me quedo en el bar, a pesar de que ni siquiera quería salir esta noche. No sé por qué, pero esa breve conversación con Sabrina me ha alterado más que un poco.

No es que haya escasez de chicas en mi vida. Puede que no presuma de mis conquistas como hacen Dean, Logan o mis compañeros de equipo, pero tengo mucha actividad. Incluso me permito algún rollo de una sola noche si me apetece.

Y ahora mismo, me apetece.

Quiero a Sabrina debajo de mí. Sobre mí. En cualquier lugar que quiera ponerse me parecerá bien. Y lo quiero con tantas ganas, que tengo que frotarme la barba con la mano para no ceder a la necesidad de deslizarla más abajo y frotar otra cosa.

Todavía no estoy seguro de cómo me siento con el tema de la barba. Me la dejé crecer en la época del campeonato la primavera pasada, pero se me fue de las manos en plan hombre de las montañas, así que decidí afeitármela durante el verano. Después creció de nuevo porque soy que te cagas de vago con eso y recortarla es mucho más fácil que afeitarse del todo.

—Siéntate, tío —me anima Hunter. Sus ojos dejan ver de forma activa que ellas son tres chicas y nosotros somos solo dos, pero estas chicas, a pesar de ser superguapas, no me interesan en absoluto.

—Todas tuyas, chaval.

Vacío mi botella y vuelvo a la barra junto a la que Sabrina sigue de pie. Otro par de depredadores se ha acercado. Les dirijo una mirada de pocos amigos y me deslizo a un espacio recién desocupado a su lado.

Apoyo un codo detrás de mí contra la barra, ofreciéndole la ilusión óptica de que hay más espacio entre nosotros. Me recuerda un poco a esos caballos salvajes de ojos enormes, piernas largas y la promesa tácita de la mejor monta de tu vida. Pero si juegas tus cartas demasiado pronto, se escapará y será imposible capturarlo.

—Así que eres amigo de Di Laurentis.

Las palabras salen de forma casual, pero teniendo en cuenta que ella y Dean no se caen muy bien, probablemente solo haya una manera correcta de responder y esa es negarlo todo.

Aun así, no voy a hacerle eso a un amigo, ni siquiera para tener sexo. Y sea cual sea el asunto pendiente que Sabrina tiene con Dean, no me incumbe, al igual que la opinión de Dean sobre Sabrina no va a influirme en lo que estoy buscando con ella. Además, soy un gran defensor del dicho ese de que hay que empezar como uno quiere continuar.

—Es mi compañero de piso.

Sabrina no hace esfuerzo alguno en ocultar su repulsa, ni en que va a pasar de mí.

—Gracias por la cerveza, pero creo que mis amigas me están llamando. —Señala con la cabeza a un grupo de chicas.

Observo al grupo y ninguna de ellas está mirando en nuestra dirección. Vuelvo a ella con un triste movimiento de cabeza.

—Cúrratelo un poco más. Si quieres que me vaya, dímelo. Tienes pinta de ser una chica que sabe lo que quiere y que no tiene miedo a decirlo.

—¿Eso es lo que Dean te ha contado? Apuesto a que dice que soy una capulla, ¿a que sí?

Esta vez opto por mantener la boca cerrada. En lugar de hablar, le doy un sorbo a mi bebida.

—Tiene razón, lo soy —continúa—. Lo soy y no me siento mal por ello.

Echa hacia adelante su barbilla de una forma adorable. La pellizcaría, pero creo que perdería algún dedo y los voy a necesitar más tarde esta noche. Mi plan es tenerlos por todo su cuerpo.

Ella le da otro trago a la cerveza a la que le he invitado, y observo los delicados músculos de su garganta. Joder, es guapísima. Dean podría haberme dicho que se dedica a asesinar bebés y aun así yo estaría aquí. Sabrina tiene ese tipo de atracción.

Y no soy solo yo. La mitad de la población masculina del bar está lanzando miradas de envidia en mi dirección. Inclino mi cuerpo ligeramente para ocultarla de la vista de los demás.

—Vale —le digo sin importancia.

—¿Vale? —Su rostro muestra la expresión de confusión más bonita del mundo.

—Sí. ¿Se supone que debía ahuyentarme?

Sus cejas perfectas se juntan.

—No sé qué más te ha dicho, pero no soy fácil. No estoy en contra de los rollos, pero soy selectiva con quién dejo entrar en mi cama.

—Dean no me ha contado nada sobre ese tema. Solo dice que te gusta retorcerle los huevos. Pero ambos sabemos que el ego de Dean puede soportar un golpe de vez en cuando. La pregunta es si te mola. Parece que sí, porque él es el único tema del que hablas. —Me encojo de hombros—. Si es así, me piro ahora mismo.

Dean me dijo que no sentía nada por Sabrina, pero quiero asegurarme de que tampoco quedan emociones pendientes por su parte. El tono de su voz cuando dijo su nombre era de cabreo, pero no amargo, algo que entiendo como una buena señal. El enfado puede surgir de un montón de cosas. La amargura suele venir de sentimientos heridos.

Cuando —que no un «si» condicional— nos metamos en la cama, deberá ser porque ella quiere estar conmigo, no porque le parezca una manera de vengarse de Dean.

Su mirada viaja sobre mi hombro hacia donde mi compañero de equipo sigue sentado, luego vuelve a mí. Ella y yo bebemos en silencio un poco. Sus ojos marrón chocolate son difíciles de leer, pero tengo la sensación de que está sopesando mis palabras con cuidado. Puede ser que esté esperando a que yo hable, a que llene el silencio, pero estoy siendo paciente. Además, me da tiempo para analizarla de cerca. Y desde esta distancia, es aún más guapa de lo que pensaba.

No solo tiene un culo de primera división y unas piernas infinitas. Su escote es de esos que puede convertir a un hombre a una religión. En plan: «Gracias, Jesús, por crear a esta gloriosa criatura y, POR FAVOR, Señor, haz que no sea lesbiana». No mirar descaradamente a las bonitas colinas que se elevan sobre su camiseta es una de las cosas más difíciles que he tenido que hacer en la vida.

Por fin deja su botella en la barra.

—Solo porque seas guapo no significa que esté interesada en ti.

Sonrío.

—Por algo habrá que empezar.

Una sonrisa forzada sale de las comisuras de sus labios. Se seca la mano en su falda y la extiende.

—Sabrina James. Ya he oído todas las bromas posibles sobre si soy una bruja y no, no estoy pillada por Dean Di Laurentis.

Cojo su mano y aprovecho el contacto para tirar de ella y acercarla un poco más hacia mí. Con esta chica hay que ir paso a paso.

—John Tucker. Me alegra oír eso, pero debes saber que Dean es como un hermano para mí. Hemos estado codo con codo en el hielo durante cuatro años, llevamos viviendo juntos tres, tengo la intención de soltar un discurso en su boda y espero que él haga lo mismo en la mía. Dicho esto, también te digo que es mi amigo, no mi padre.

—Espera, ¿te vas a casar? —dice confundida.

Es gracioso que, de todo lo que he dicho, sea esa parte de la que habla. Acaricio la parte exterior de su brazo con mi mano y, sin apretarla, rodeo su muñeca con mis dedos.

—En el futuro, querida. En el futuro.

—Vaya. —Coge su cerveza y la deja cuando ve que está vacía—. ¿De verdad QUIERES casarte?

—En algún momento. —Me río ante su asombro—. Ahora no, pero sí, un día quiero estar casado y tener un hijo o tres. ¿Tú?

El camarero llega y le suelto otros veinte dólares en su dirección.

Pero Sabrina niega con la cabeza.

—Tengo que conducir. Una cerveza es mi límite.

Pido dos aguas en su lugar, y el camarero vuelve al instante con dos vasos altos.

Las luces parpadean una vez más, mandándole una sacudida de urgencia a mis entrañas. Tengo que cerrar este acuerdo pronto o lo perderé por completo.

—Gracias —dice mientras bebe agua—. Y no. No me veo a mí misma con hijos o marido en un futuro próximo. Además, pensaba que a los jugadores de hockey les gustaba jugar a varias bandas.

—En algún momento incluso los mejores se retiran. —Sonrío sobre mi vaso.

Se ríe.

—Vale, vale. Te concedo eso. Y, ¿qué carrera estás estudiando, John?

—Tucker. Todo el mundo me llama Tucker o Tuck. Y Empresariales.

—¿Para gestionar todo el dinero que ganes con el hockey?

Todavía no le he soltado la muñeca y, con cada frase, voy eliminando la distancia que hay entre nosotros.

—No. —Bajo la mirada a mi rodilla—. Demasiado lento para la liga profesional. Me hice bastante daño en la rodilla en el instituto. Soy lo suficientemente bueno como para tener beca aquí, pero conozco mis límites.

—Vaya, lo siento. —Hay sincero pesar en su tono de voz.

Dean es imbécil. Esta chica es tan maja como la que más. Estoy impaciente por poner mi boca en ella.

Y mis manos.

Y mis dientes.

Y mi polla dura como el acero.

—No lo sientas. Yo no lo hago.

Deslizo mi brazo a lo largo de la barra hasta que Sabrina básicamente está de pie en el círculo de mis brazos. Sus pies están entre los míos y, si moviese mis caderas ligeramente hacia adelante, haría el contacto que mi cuerpo está deseando que haga con todas sus fuerzas. Pero si hay una cosa que he aprendido en todos los años que he jugado al hockey es que la paciencia tiene recompensa. Uno no lanza de inmediato cuando el stick recibe el disco. Uno espera al hueco adecuado.

—La verdad es que nunca fue lo que quise —agrego—. Y creo que es una de esas cosas que tienes que perseguir a tope.

Y entonces me lo da: el hueco.

—Y ¿qué es lo que quieres?

—A ti —contesto sin rodeos.

Ocurren dos cosas. Las luces se apagan por completo y a ella casi se le cae el vaso. La máquina de discos se para y de repente el bar se queda demasiado tranquilo. A nuestro alrededor hay algunas carcajadas y algún grito de consternación.

—No os quitéis los pantalones, niños —grita uno de los camareros—. Vamos a ver qué pasa. El generador se encenderá en cualquier momento.

Como si eso fuera una señal, un zumbido llena el aire y a continuación un tenue resplandor de luz ilumina la habitación repleta de gente.

—¿Todavía tienes sed? —pregunto, acariciando el interior de su muñeca con movimientos largos y suaves. Subo hacia la parte interna del codo y bajo otra vez hasta la muñeca. Lo repito. Una vez y otra vez, y otra más.

Su mirada baja a nuestras manos unidas y sus ojos se ensanchan como si acabara de darse cuenta en ese preciso momento de que nos hemos estado tocando durante los últimos diez minutos más o menos. Me acerco y acaricio mi nariz contra el borde exterior del lóbulo de su oreja, llenando mis pulmones con su olor a especias.

Podría estar aquí todo el día. Hay algo maravilloso en prolongar la expectación hasta que casi duele. Hace que la liberación posterior sea todavía más explosiva. Tengo la sensación de que el sexo con Sabrina James me pondrá la cabeza del revés.

No puedo aguantar más.

Después de hacer una respiración profunda, una que impulsa sus tetas perfectas contra mi pecho, se retira. No demasiado, pero lo suficiente como para crear una línea de distancia.

—No me van las relaciones —dice sin rodeos—. Si hacemos esto…

—¿Hacer qué? —No puedo evitar provocarla.

—ESTO… No te hagas el tonto, Tucker. Eres más listo que eso.

Una risa se me escapa.

—Está bien. De acuerdo... —Agito una mano—. Continúa…

—Si hacemos esto —repite—, es solo sexo. Nada de sensación rara a la mañana siguiente. Nada de darse el número de teléfono.

Le doy una última caricia antes de liberarla, dejando que lea en mi silencio lo que ella necesita. Dudo mucho que una vez vaya a ser suficiente para ninguno de los dos, pero si eso es lo que necesita creer esta noche, me parece bien.

—Entonces, vámonos.

Sus labios se curvan.

—¿Ahora?

—Ahora. —Humedezco mi labio inferior con la lengua—. A menos que quieras quedarte aquí un rato más y seguir ignorando el hecho de que nos morimos por arrancarnos la ropa el uno al otro.

Deja escapar una risa gutural que va directa a mis huevos.

—Muy buena, Tucker.

Dios. Me flipa la forma en la que mi nombre sale de sus labios sensuales y carnosos. Quizá le pida que lo diga cuando haga que se corra.

El deseo que crece atravesándome es tan fuerte que tengo que apretar el culo y respirar por la nariz para intentar frenarlo. Agarro el codo de Sabrina y nos abro camino a empujones hacia la puerta. Algunas personas dicen mi nombre, o me dan palmaditas en la espalda para darme la enhorabuena. Los ignoro.

Fuera sigue diluviando. Tiro de Sabrina para acercarla a mí y pongo mi cazadora de hockey color plata y negro sobre su cabeza. Afortunadamente, mi pick-up está cerca.

—Aquí.

—Buen sitio para aparcar —comenta.

—No me puedo quejar. —Es una ventaja de ser titular en el equipo de hockey de la universidad ganadora del campeonato.

Le ayudo a subir a la pick-up. Después me deslizo en el asiento del conductor y arranco el motor.

—¿A dónde?

Ella tiembla un poco, aunque no estoy seguro de si es por el frío o por otra razón.

—Vivo en Boston.

—Entonces a mi casa. —Porque ni de coña puedo esperar la hora que se tarda en llegar a la ciudad. Mi polla está a punto de explotar.

Pone su mano en mi muñeca antes de que pueda meter la marcha atrás.

—Vives con Dean. ¿No va a ser un poco incómodo para ti?

—No. ¿Por qué lo sería?

—No sé. —Su dedo índice se desliza hacia delante para frotar mis nudillos.

Aprieto los dientes a la vez que mi erección casi atraviesa la cremallera. La única razón por la que no la besé un segundo después de salir del bar es porque, si hubiera empezado, probablemente me la habría tirado contra el muro del edificio. Pero ahora me está tocando, y mi autocontrol es más esquivo que una nube de vapor.

—Hagámoslo aquí —dice con decisión.

Arrugo la frente.

—¿En la pick-up?

—¿Por qué no? ¿Necesitas velas y pétalos de rosa? Es solo sexo —insiste.

—Querida, sigue diciendo eso y voy a empezar a preguntarme si de verdad es a mí al que quieres convencer. —Mi respiración se corta cuando su pulgar acaricia en pequeños círculos el centro de la palma ...