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CONTRA LA FUERZA DEL VIENTO (DREAMING SPIRES 2)

Victoria Álvarez

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Fragmento

Prólogo

La primera vez que embarcó se obligó a pensar que podría ser la última. Su padre siempre le había dicho que la mar era una amante traicionera a la que no convenía tomarse a la ligera, y ningún marinero respiraría tranquilo hasta estar seguro, como sus compañeros en aquel momento, de que el peligro había quedado atrás y de que en unas pocas horas el enorme río que remontaban los conduciría sanos y salvos a puerto. Había motivos para estar satisfechos, y él lo sabía de sobra: la expedición había tenido el éxito que esperaban, sus bolsillos estaban llenos y seguramente la ciudad les recibiría con honores en cuanto pusieran un pie en ella.

Suspirando, estiró los dedos para tratar de desentumecerlos antes de aferrar de nuevo las asas. ¿Por qué se sentía entonces tan inquieto? ¿De dónde venía aquel presentimiento que le atenazaba el estómago desde que había abierto los ojos por la mañana, como si alguien le estuviera susurrando al oído que habían pecado de soberbios y que lo peor aún estaba por llegar?

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Todavía le costaba reconocer sus propias manos cuando las veía apoyadas sobre la rueda del timón, como si fueran demasiado pequeñas para aquel trabajo, o demasiado grandes para pertenecer a un muchacho que había abandonado su casa solo unos meses antes. «Acabarás acostumbrándote —le había dicho Smith, el antiguo timonel que de vez en cuando subía de las cocinas para echarle una mano—. Todos hemos tenido miedo la primera vez que nos tocó hacernos cargo de una bestia como esta.»

Bestia, aquella era la palabra. Un monstruo que ronroneaba mansamente entre sus dedos pero que apenas unas horas antes había cabalgado entre bramidos sobre las olas del golfo de México. El sol se había puesto hacía tiempo sobre los cuerpos y maderos a la deriva que habían dejado a sus espaldas, y en aquellos momentos la noche era negra como el pecado. Las velas se agitaban como fantasmas sobre sus cabezas, meciéndose con la brisa que hacía crujir la arboladura y arrastraba hasta ellos el aroma del pantano.

«El aroma del hogar.» El joven se preguntó si alguna vez sería capaz de pensar en la ciudad a la que se dirigían como en un auténtico hogar. Habría dado cualquier cosa por compartir el buen humor de los marineros que charlaban en la toldilla, matando las horas que quedaban para que acabara la guardia de prima con sus cartas y sus petacas.

—Una mulata auténtica, pero tan blanca que a la luz de las velas la confundirías con una damisela recién venida de Europa. No me extraña que esté siempre tan solicitada… —dijo un joven.

—Creo que Dave tiene tantas ganas de desembarcar que si no le sujetamos se tirará al agua en cuanto aparezcan las luces de Nueva Orleans —comentó otro hombre, arrancando un coro de risotadas a su alrededor—. Tu amiguita seguirá esperándote, no importa lo que aún tardemos en llegar. ¡Por lo menos mientras no te presentes en su casa con las manos vacías!

El joven, sin soltar las asas del timón, se volvió para echar un vistazo al círculo de marineros sentados en el suelo. Habían colocado un candil sobre la cubierta y sus rostros parecían flotar en medio de un resplandor anaranjado. Lo único que iluminaba el resto del bergantín era el resplandor de las estrellas.

—Maldita sea, con tanto hablar de mujeres se nos ha ido el santo al cielo —protestó otro de los hombres mientras recogía las cartas desperdigadas—. Hemos escogido la peor noche del viaje para apostar. Ahora mismo todos tenemos una única idea en la cabeza.

—No es para menos —rezongó Dave—. Una semana más encerrados aquí dentro y acabaría enamorándome de Smith.

—Estáis escandalizando al muchacho —oyó que les advertía el antiguo timonel, y las carcajadas se hicieron aún más fuertes. Incluso el aludido se permitió esbozar una sonrisa—. No nos hagas caso, chico; creo que todos tenemos la sangre demasiado caliente esta noche.

Rezongando entre dientes, el anciano apoyó una mano en la cubierta para tratar de ponerse en pie. El crujido de sus articulaciones siempre le recordaba al de los mástiles.

—Charlie —le oyó decir en voz más baja, aproximándose al timón—. ¿Va todo bien?

—Claro que sí —contestó el joven, un poco sorprendido—. ¿Por qué lo preguntas?

—Bueno, llevamos cerca de dos horas haciendo el idiota a tu lado y me parece que no te he oído reír más que un par de veces. No es que seamos muy ingeniosos, pero me llama la atención que estés tan sombrío precisamente hoy, cuando regresamos a casa…

El joven guardó silencio durante unos instantes.

—Tú lo has dicho, Smith —repuso, consciente de cómo su acento extranjero siempre solía traicionarle en los momentos tensos—. Algunos aún no podemos considerarla nuestra casa.

Hubo ruido de pasos descendiendo la escalera del castillo de popa y la corpulenta silueta del capitán apareció en cubierta ante ellos. Los dos marineros guardaron silencio hasta que se hubo alejado unos metros, recortándose en negro contra las estrellas.

—Hay algo oscuro esta noche con nosotros, y no hablo del cielo —dijo de repente el joven a media voz. Al mirarle con más atención Smith reparó en lo pálido que estaba—. Hemos navegado más veces con luna nueva, pero hoy todo parece distinto… como si hubiera algo extraño a nuestro alrededor. Lo llevo pensando desde que empezamos a remontar el Mississippi, pero no me atrevía a decíroslo. Ya sé lo que pensáis de los presentimien…

Antes de que acabara de hablar, una sacudida recorrió el barco, una vibración que hizo temblar cada uno de los palos de la arboladura y que arrojó sobre la cubierta a los marineros que acababan de ponerse en pie. El joven tuvo que hacer un esfuerzo por no perder el equilibrio, aferrándose aún más a las asas del timón mientras Smith, soltando una maldición, agarraba a su vez uno de los brazos de su compañero. Parecía perplejo.

—Por el amor del cielo, ¿qué demonios ha sido eso?

—No lo sé —murmuró Charlie, cuyos dedos temblaban sobre la rueda—. Quizá solo se trate de algún pecio hundido. Los restos de otro barco que acabamos de dejar atrás…

—No hay pecios hundidos en esta parte del Mississippi —exclamó Dave al otro lado de la toldilla. También ellos estaban pálidos—. Y esta sacudida no ha sido producida por una colisión contra nuestro casco. ¡Los palos temblaban casi como si fueran a partirse!

—¿Qué significa esto? —oyeron bramar al capitán. De nuevo les llegó el sonido de sus pasos, esta vez acercándose a la popa—. ¿No sois vosotros los encargados de hacer la guardia de prima esta noche? ¿Cómo es posible que no os hayáis dado cuenta de qué…?

Un nuevo estruendo ahogó sus palabras, esta vez tan intenso que ni siquiera se oyó gritar a los marineros. La madera del barco crujió como si alguien estuviera a punto de arrancarla y las velas remolinearon en las alturas, luchando por soltarse de las jarcias.

Al muchacho le pareció que se le iba a parar el corazón cuando miró por encima del hombro del capitán y comprendió qué estaba ocurriendo. Las estrellas se acababan de esconder tras unos repentinos nubarrones, y el viento empezaba a rizar la superficie del río como si aún estuvieran surcando el golfo de México. La corriente hacía zozobrar el barco de un lado a otro, saltando a merced de los vaivenes como un caballo encabritado.

Aquello era inexplicable. Un minuto antes todo estaba en calma, y lo único que mecía las velas era la brisa que recorría el río. ¿Cómo podía haberse desatado una tempestad de ese calibre si ni siquiera estaban en alta mar?

—¡Por Dios! —volvió a gritar Smith cuando la primera ola rompió contra la proa, inundando casi por completo la cubierta. El bergantín se inclinó de repente hacia un lado, y los marineros se apresuraron a agarrarse a los aparejos para no caer al agua—. ¡Es el infierno que se está abriendo ante nosotros para hacernos pagar por nuestros pecados!

—Eso habrá que verlo —rugió el capitán—. ¡Estamos a unos minutos de Nueva Orleans y aunque este cascarón se haga trizas, aunque debamos hacer el resto del viaje a nado…!

Enmudeció cuando al otro lado del navío, por encima de la proa anegada, asomó una nueva ola, demasiado alta para que pudieran escalarla. Horrorizados, se limitaron a observar cómo la muralla de agua crecía en altura, oscureciendo aún más el horizonte, y se cernía sobre ellos mientras el bergantín se elevaba poco a poco en la misma dirección.

—¡Todo a estribor! —vociferó el capitán. Charlie se apresuró a obedecer, aunque sus dedos se agitaban tanto que no comprendía cómo podían seguir sujetando el timón. No hubo tiempo para más; justo cuando el barco empezaba a virar, la enorme ola se deshizo en un torrente que arrastró todo lo que encontró a su paso por la cubierta.

Hubo gritos entre el palo mayor y el trinquete, y tres hombres salieron despedidos por el costado de estribor. Smith gimoteó mientras Charlie apretaba los párpados con fuerza, rezando todas las oraciones que sabía para despertarse de repente y darse cuenta de que solo había sido una pesadilla. Pero lo que sentía era dolorosamente real: el azote de las olas contra la cara, el balanceo demencial de la nave, las maldiciones del capitán. En medio de aquel infierno de agua dulce, se encontró pensando de repente en su padre y en su hermano pequeño, y en cómo lo había abrazado su madre antes de que se marchara de casa con un hatillo colgando del hombro.

Le pareció que su patrón gritaba de nuevo, pero esta vez nadie pudo entender qué les decía. El agua no se había conformado con barrer la superficie de la nave, sino que había logrado llegar hasta el interior del casco, y el inconfundible borboteo que se propagaba por las entrañas del bergantín no dejaba lugar a dudas sobre lo que iba a suceder. Aquel sonido equivalía a una condena a muerte, y todos lo sabían.

Smith estaba en lo cierto: el infierno les había abierto sus puertas de par en par.

I

La casa de las orquídeas

1

Alexander Quills había oído decir muchas veces que la historia siempre se repite, pero hasta entonces no había creído en el destino más de lo que creería alguien de casi cuarenta años en los cuentos de hadas. Él era un hombre de ciencias y siempre se había jactado de serlo; en su mente no había espacio para las supersticiones, y cuando se embarcaba en la investigación de un fenómeno sobrenatural, se aseguraba de hacerlo del modo más pragmático posible. Las casualidades no eran para él más que unas curiosas coincidencias que no había que tomarse en serio… o al menos así fue hasta el día en que al llegar a su casa de Oxford volvió a encontrarse con una carta de un desconocido que trastocaba no solo su universo sino también el de todos cuantos formaban parte de él.

Era una soleada tarde de finales de mayo y en Caudwell’s Castle reinaba una calma sorprendente, teniendo en cuenta la cantidad de personas que por entonces vivían bajo su techo. La sobrina de Alexander, Veronica, había conseguido entradas para el teatro y se había llevado con ella a Oliver Saunders y a su esposa Ailish, amigos de la familia que desde hacía dos años se alojaban en casa de los Quills. Lo único que se oía a lo lejos era al ama de llaves cotilleando en las habitaciones del servicio con Maud, la nueva cocinera. «No me puedo creer que por una vez mi propio reino me pertenezca —pensó Alexander con un suspiro de satisfacción. Se quitó el sombrero y se pasó una mano por el cabello, del mismo castaño claro salpicado de canas que su barba—. Seguramente esto volverá a ser pronto una jaula de grillos, así que más me vale apurar estas horas de paz.»

Silbando entre dientes un aria de ópera, se dirigió hacia la sala de estar de la planta baja para relajarse con una copa. La habitación de grandes ventanales abiertos al río Isis parecía más pequeña que antes por el arpa de Ailish colocada en una esquina. A su lado Alexander había puesto en una mesita lacada el gramófono que Oliver y ella le habían regalado las pasadas navidades. Estuvo buscando un rato entre sus discos hasta dar con el que le interesaba, una grabación de El holandés errante interpretada por la Filarmónica de Berlín que había comprado hacía poco, y se dispuso a disfrutar.

Adoraba a Wagner casi tanto como lo había hecho su esposa Beatrix. El paso del tiempo aún no había conseguido paliar el dolor de haberla perdido cinco años antes, pero Alexander se había acostumbrado a convivir con él; a aquellas alturas la tristeza era algo tan suyo como podía serlo el sonido de su propia respiración. Se disponía a agarrar la botella de brandy más cercana cuando reparó en un montón de cartas que le había dejado allí el ama de llaves. Todas estaban remitidas a la imprenta del Dreaming Spires, el periódico dedicado a las nuevas ciencias del que Alexander se hacía cargo junto con sus amigos Oliver y Lionel.

El recuerdo de todo lo que les había pasado en su momento en la costa irlandesa, después de haber recibido una misiva aparentemente inofensiva firmada por una tal Lisa Spillane, aún le hacía sonreír cuando abría el correo. Nadie había podido imaginar por entonces hasta qué punto cambiaría sus vidas viajar al pequeño pueblo de Kilcurling para investigar una muerte relacionada con la banshee que moraba en su castillo. Sobre todo en el caso de Oliver, que había regresado a Oxford con una esposa y una historia que contar. No obstante, aquella tarde Alexander no encontró en su correspondencia nada remotamente parecido a lo que les había conducido a Irlanda, no hasta que rasgó un pequeño sobre con matasellos de Edimburgo que le llamó la atención por estar bastante manoseado. Pero lo que realmente le sorprendió no fue tanto lo que les contaba el desconocido que había decidido escribirles sino la gran arrogancia con que lo hacía.

Miércoles, 27 de mayo de 1905

A la atención del equipo editorial del Dreaming Spires:

Me pongo en contacto con ustedes para hacerles una propuesta convencido de que resultará de su interés, teniendo en cuenta la línea que ha seguido su publicación en estos últimos años. Soy un lector asiduo que disfruta enormemente con sus crónicas de sesiones de espiritismo y sus artículos dedicados a los últimos descubrimientos realizados en el campo de las nuevas ciencias. La profesionalidad con la que siempre han llevado a cabo sus investigaciones me ha hecho comprender que por mucho que lo intentara no podría encontrar a nadie más idóneo que ustedes para colaborar en cierto asunto que me traigo ahora mismo entre manos. Un asunto que, si me permiten el atrevimiento, resultaría a la larga tan provechoso para el Dreaming Spires como para mí mismo, porque coincide con los temas que según tengo entendido ustedes suelen tratar más frecuentemente en su publicación.

No obstante, la cuestión que me ocupa es demasiado trascendental para despacharla por carta. Probablemente pensarán que se trata de un exceso de confianza por mi parte, pero les aseguro que me sentiría muy honrado si aceptaran entrevistarse conmigo en Edimburgo, la ciudad en la que me encuentro pasando unos días. En estos momentos me alojo en la habitación 552 del hotel North British, a la que pueden escribirme para concertar una cita. Mientras este sea mi hogar me gustaría que ustedes también pudieran considerarlo suyo.

Con la esperanza de que esta misiva sea la primera de una fructífera correspondencia entre nosotros, se despide atentamente,

MONSIEUR E. SAVIGNY

«Lo que me faltaba por ver —se dijo Alexander, resoplando para sí—. ¿En su hogar tienen problemas con espíritus o poltergeist? ¡Contacte con los redactores del periódico Dreaming Spires y asegúrese de que le dejan en paz para siempre!» Supuso que aquello era inevitable teniendo en cuenta la difusión que había alcanzado la publicación; en los dos últimos años las ventas se habían cuadruplicado y no había ni un college en Oxford en el que sus artículos no fueran comentados con alborozo entre los estudiantes. Por supuesto, el éxito suele atraer a los oportunistas como la miel a las moscas, y últimamente la cantidad de cartas que recibían solicitando los servicios de los investigadores del Dreaming Spires se había incrementado de una manera alarmante. Normalmente era August Westwood, otro de los amigos de Alexander que colaboraba con el periódico, quien se encargaba de contestar, pero como hacía seis meses que se había marchado de misionero a Rajastán no podía seguir echándoles una mano con aquella tediosa tarea.

En cualquier caso, esa no era una carta que se pudiera tomar en serio nadie, sino una soberana tomadura de pelo en la que Alexander no estaba dispuesto a pensar más de lo necesario. Cuando los primeros compases de Mit gewitter und storm resonaron en la habitación, monsieur Savigny había quedado relegado al olvido y su mente se mecía en un agradable duermevela que ni siquiera las tempestades y tormentas de las que hablaba el timonel de El holandés errante conseguían enturbiar. Pero para su desgracia, monsieur Savigny no parecía ser uno de esos hombres que se resignan a ser olvidados así como así.

Tres días más tarde volvió a tener noticias suyas. Cuando Alexander se dejó caer por la nueva y amplia imprenta del Dreaming Spires instalada en High Street para dar a sus empleados los artículos para el siguiente número, comprobó que entre las cartas que les estaban esperando volvía a haber una enviada desde Edimburgo. Y era la misma que había leído en Caudwell’s Castle, sin cambiar ni una sola coma; saltaba a la vista que el concienzudo Savigny quería contactar con ellos costara lo que costara. Cada vez más irritado, Alexander se ajustó las gafas, sacó una pluma y se apoyó en una de las máquinas de la imprenta para garabatear unas líneas con las que zanjar de una vez aquella situación.

Lunes, 1 de junio de 1905

A la atención de monsieur E. Savigny:

Le escribo en nombre del equipo editorial del Dreaming Spires con la intención de agradecerle sus buenas palabras y la confianza que al parecer ha depositado en nuestra labor. No obstante, sentimos tener que comunicarle que en estos momentos nos resulta imposible aceptar su invitación. Si lo que tanto le preocupa tiene que ver con el mundo espiritista, o está interesado en realizar alguna clase de exorcismo, le aconsejamos ponerse en contacto con la Sociedad de Investigaciones Psíquicas. Ellos son los mayores especialistas con los que contamos en Inglaterra ahora mismo, y sin duda estarán encantados de atenderle.

Reiterándole nuestro agradecimiento, se despide atentamente,

LA REDACCIÓN

Pero el asunto no concluyó ahí. Ni muchísimo menos. Alexander no tenía manera de saber si Savigny había seguido su consejo y había comenzado a acribillar a cartas a la Sociedad de Investigaciones Psíquicas, aunque no era muy probable dado que esa misma semana volvió a saber de él. El jueves por la mañana entró de un excelente humor en su despacho del Magdalen College, donde había recuperado su antigua plaza de profesor de Física Energética después de la muerte del rector Claypole a comienzos de curso, y tras colgar su levita descubrió que aún no había logrado librarse del acoso de aquel tipo.

Porque allí estaba de nuevo, sobre su escritorio: otra carta de Savigny. Alexander empezaba a estar tan furioso que tardó un momento en darse cuenta de un detalle que le congeló poco a poco la sangre. Esta vez Savigny no se había dirigido al equipo editorial del Dreaming Spires, sino al profesor Quills en persona. ¡Pero nadie sabía que se hallaba al frente de la publicación! Los artículos siempre aparecían firmados con las iniciales de sus autores, incluidas las ilustraciones de su sobrina Veronica. El único que había abandonado el anonimato después de publicar la novela que lo había convertido en uno de los autores más prometedores de Oxford era Oliver…, pero en el caso de Alexander era sencillamente imposible que alguien lo relacionara con un profesor del Magdalen College.

Sin embargo, Savigny lo había conseguido. Puede que aquel francés metomentodo fuera capaz de conseguir lo imposible. Tratando de mantener la calma, alargó una mano para abrir la carta cuando de repente reparó en algo inquietante. En el sobre aparecía un membrete que le resultó muy familiar: el del hotel Randolph, uno de los más elegantes de Oxford. «No —se espantó Alexander mientras lo rasgaba—. No puede ser verdad…»

Jueves, 4 de junio de 1905

Estimado profesor Quills:

No he podido evitar sonreír al reconocer su estilo en la carta en la que tan amablemente rechazaba mi propuesta; solo usted podría ser tan diplomático. Sin embargo, y a pesar de que la diplomacia sea una cualidad por la que no siento más que admiración, me temo que no me queda más remedio que insistir. En mi caso suelen decirme que la persuasión es uno de mis rasgos más distintivos, y encontrará que no soy alguien acostumbrado a que le lleven la contraria, ni siquiera cuando lo hace un caballero con el que simpatizo tanto como usted.

¿Debo suponer que ha sido la perspectiva de un viaje a Escocia lo que le ha disuadido de entrevistarse conmigo? Si la distancia suponía un problema, no tiene que preocuparse más por ello; precisamente ayer por la tarde llegué a Oxford para alojarme unos días en el hotel Randolph antes de regresar al continente. Seguramente conozca este establecimiento; está situado enfrente del museo Ashmolean en el que tengo entendido que trabaja actualmente su amigo Lionel Lennox.

Pronto me volveré a poner en contacto con usted para establecer sin más dilaciones los términos de nuestra entrevista. Confío en que no tardemos demasiado en mantenerla.

Atentamente,

MONSIEUR E. SAVIGNY

Los dedos de Alexander estrujaron la carta hasta convertirla en una bola que arrojó a la papelera del despacho. Aquella broma estaba yendo demasiado lejos, y no le encontraba ni pizca de gracia la mirara como la mirara. Si se daba a conocer en su ciudad a qué se dedicaba cuando no impartía clases en la universidad… Bueno, a él no le parecía que escribir en un periódico dedicado a las nuevas ciencias fuera nada de lo que tuviera que avergonzarse, pero estaba seguro de que no todos los miembros del claustro de profesores lo verían de la misma manera. Y había tardado demasiado en recuperar su antigua plaza para permitir que por una pequeña venganza tramada por un desconocido todo su trabajo cayera en saco roto. Rezongando para sí, Alexander cogió de nuevo su levita, se la puso tan rápidamente que casi tiró unos cuadernos de notas al suelo y se precipitó hacia la puerta del despacho, resuelto a acabar con aquel asunto de una vez.

El hotel Randolph no quedaba demasiado lejos del Magdalen College. Alexander avanzó rápidamente por High Street, siguiendo la pronunciada curvatura de la calle y dejando atrás las fachadas arenosas rematadas por agujas y gabletes puntiagudos de una docena de colleges. Los estudiantes abarrotaban las calles, celebrando a voz en grito el final de los exámenes y el comienzo del verano; el profesor se abrió camino como pudo entre ellos y en menos de diez minutos se encontraba ante la fachada del hotel. Efectivamente, el soberbio palacio neogótico en que se alojaba Savigny estaba situado frente al museo Ashmolean en el que Alexander suponía que Lionel estaría trabajando en esos momentos. Decidido a averiguar como fuera qué se proponía aquel personaje tan fastidioso, empujó con decisión la puerta para penetrar en la lujosa recepción del hotel.

Dentro todo era cristal, terciopelo, velas encendidas en las arañas del techo. Había un mostrador a la derecha de una escalera alfombrada en rojo, y Alexander saludó con una sonrisa al muchacho uniformado que permanecía de pie al otro lado. Al verle le había parecido que sería pan comido sonsacarle alguna información sobre quién era realmente el caballero que le escribía, pero por desgracia estaba equivocado.

—¿Monsieur Savigny? No, no se hospeda con nosotros nadie con ese apellido.

—¿Está seguro? Por lo que tengo entendido llegó a Oxford ayer por la tarde. Si pudiera hacerme el favor de echar un vistazo al registro de entrada, tal vez supiéramos…

Pero el muchacho negó con la cabeza, cruzando las manos encima del mostrador.

—Me gustaría poder serle de ayuda, caballero, pero me temo que no estoy autorizado a darle esa información. La discreción siempre ha sido una de las principales cualidades del hotel Randolph, y si hubiera alguna queja al respecto, por insignificante que fuera…

—Por supuesto. Lo entiendo perfectamente. —Alexander se puso de nuevo el sombrero que se había quitado al entrar—. Siento haberle hecho perder el tiempo. Debe de ser un error.

Pero no lo era. El profesor sabía que no lo era. El ruido de los cubiertos y el aroma del beicon y los huevos revueltos que los clientes del Randolph estaban degustando en el comedor lo acompañó de regreso al exterior, donde se detuvo unos instantes antes de encaminarse de nuevo hacia el sur. Pero esta vez prefirió marcharse a su casa en lugar de a su despacho del Magdalen. Estaba demasiado confundido para concentrarse en su trabajo, y sabía que no serviría de nada pasar las siguientes horas emborronando un montón de papeles si no tenía la cabeza puesta en sus investigaciones.

De manera que Savigny no existía. No era más que un nombre falso. Seguramente lo habría escogido para que Alexander no pudiera averiguar de quién se trataba hasta que fuera demasiado tarde para echarse atrás. «Pronto me volveré a poner en contacto con usted», le había prometido en su última carta.

Dejó escapar una maldición entre dientes, pero aquella mañana tan extraña aún le deparaba unas cuantas sorpresas. Cuando se disponía a empujar la verja de entrada a su propio jardín, se encontró con que un niño de unos ocho años salía en aquel momento de la casa. Llevaba unos pantalones mugrientos sujetos con un tirante y una gorra llena de remiendos en la cabeza, y parecía tener tanta prisa que se dio de bruces con el profesor.

—¿Estás bien? —le preguntó Alexander, agarrándolo por un hombro antes de que se pudiera caer. Pero el niño, sin pronunciar palabra, se soltó de un tirón y echó a correr de nuevo como alma que lleva el diablo—. ¡Oye! —exclamó él—. ¡Vuelve aquí ahora mismo!

—¡Profesor Quills! —le llamó desde la puerta la señora Hawkins, el ama de llaves.

No se había dado cuenta de que la mujer estaba de pie en el umbral. Alexander se quedó mirando cómo se alejaba el niño por la misma calle que acababa de recorrer y después se reunió con ella en la escalera. El ama de llaves le alargó un sobre que tenía en la mano.

—Lo acaba de traer ese pilluelo al que casi ha tirado al suelo. No ha querido decirme quién lo ha enviado ni de qué se trata; solamente que me asegurara de dárselo a usted en persona. Le han debido de prometer una buena propina si se daba prisa en hacer el recado…

A Alexander casi no le sorprendió encontrarse de nuevo con el membrete del hotel Randolph, ni con aquella caligrafía con la que empezaba a estar muy familiarizado. Ni tampoco que el tono de las misivas se estuviera volviendo más burlón a cada momento.

Jueves, 4 de junio de 1905

¿Hasta cuándo vamos a jugar al ratón y el gato, profesor Quills? No negaré que me esperaba una reacción similar por su parte (desde que le conozco me ha dado muestras más que sobradas de su prudencia, y con eso se ha ganado para siempre mi respeto), pero encuentro muy poco elegante que tratara de sonsacarle al personal del Randolph lo que podría conocer de primera mano si accediera a reunirse conmigo.

Seamos amigos, profesor. No tiene nada que temer de mí. Si quisiera dar a conocer sus coqueteos con lo sobrenatural a sus colegas del Magdalen College lo habría hecho mucho antes, se lo aseguro. Pero no ganaría absolutamente nada con su caída en desgracia, y no tengo por costumbre emprender acciones que no me proporcionen a la larga alguna clase de beneficio. Me temo que estoy demasiado ocupado para perder el tiempo con una vendetta tan pueril como la que teme que acabe llevando a cabo contra usted.

Supongo que lo más prudente será acabar cuanto antes con esto. Si le parece bien podemos encontrarnos esta tarde a las cinco y media en el Jardín Botánico. He oído decir que las inquilinas de la Casa de las Orquídeas tienen unos colores magníficos esta primavera.

Por su propio bien, espero que no vuelva a defraudarme.

MONSIEUR E. SAVIGNY

La maldición que soltó Alexander esta vez fue tan explícita que la señora Hawkins enrojeció intensamente. Desde que trabajaba en su casa nunca lo había visto tan furioso.

—Esto ha dejado de ser una broma —masculló el profesor, arrugando casi la carta.

—¿A qué… se refiere? —se atrevió a preguntar ella—. ¿No serán malas noticias?

—No. Tal vez. Aún es pronto para saberlo. Aunque empiezo a sentirme como una marioneta a la que alguien está haciendo bailar para entretenerse —contestó Alexander entre dientes, guardándose el papel—. En fin, supongo que lo único bueno de todo esto es que no tardaré en salir de dudas, tanto si me gusta lo que tengo que oír como si no.

Entró en el recibidor seguido por la señora Hawkins y se desprendió de la levita y el sombrero para dejarlos en sus manos; ella seguía observándole con cierta prevención.

—Qué silencioso vuelve a estar todo esta mañana… ¿Es que no hay nadie en casa?

—El señor y la señora Saunders dijeron que volverían antes de comer. Creo que hoy tenían que continuar con sus pesquisas en el norte. Y su sobrina está encerrada arriba, pintando en el ático. Me avisó hace un par de horas de que tenía mucho trabajo pendiente y de que no se me ocurriera molestarla si no quería que me tirara los pinceles a la cara.

—Siempre tan dulce y delicada. Confiaba en que la señora Saunders fuera una buena influencia para ella, pero no le hace más caso que a ninguno de nosotros, por mucho que la adore. Bien —suspiró apoyando una mano en la barandilla de la escalera—, creo que no me queda más remedio que convertirme en el blanco de esos pinceles. Deséeme suerte.

A juzgar por la expresión de la señora Hawkins, lo que hacía falta para plantar cara a Veronica Quills no era suerte, sino una armadura completa con guanteletes y yelmo incluidos. Alexander subió un tramo tras otro de escalera, con el ceño fruncido todavía por el asunto de las cartas, y se detuvo ante la única puerta que había en el tercer piso de la casa. El característico olor a pintura que se había convertido con el paso de los años en la seña distintiva de su sobrina (Eau de Veronique, solía llamarla Lionel) inundaba casi por completo el rellano. Llamó un par de veces con los nudillos.

—¡Le he dicho que no me molestara a menos que hubiera un incendio en la casa!

—Veronica, soy yo —le contestó su tío, tratando de armarse de paciencia—. Ya sé que estás muy atareada esta mañana, pero necesito que me hagas un pequeño favor.

Hubo un resoplido al otro lado de la puerta, un ruido de pasos, el sonido de una tela sacudiéndose, y al cabo de unos segundos la hoja se abrió unos centímetros. El rostro de Veronica asomó por la rendija, enmarcado por una masa de rizos castaños desordenados. Tenía la mejilla derecha manchada de algo negro y sus piernas desnudas asomaban por debajo de una camisa masculina.

—Sois peores que el papa Julio Segundo presentándose cada día en la capilla Sixtina para acosar a Miguel Ángel —le espetó ella—. ¿No tendrías que estar en el Magdalen College?

—Ha habido un cambio de planes hace un rato —contestó Alexander. Dio un paso hacia la puerta, pero Veronica no le dejó entrar—. ¿Eso que tienes en la cara es carbón?

—Carboncillo. —Alzó una mano para mostrarle el ramillete de barritas negras que sujetaba—. Estoy haciendo unos estudios anatómicos. ¿Qué me ibas a pedir?

—Necesito que te acerques un momento al museo Ashmolean para darle a Lionel un mensaje de mi parte. Dile que deje todo lo que tenga entre manos esta tarde y que se reúna conmigo a las cinco y cuarto delante del Magdalen. Se trata de algo importante.

—¿Y por qué no vas tú, si no piensas pasar la mañana trabajando en tu despacho?

—Han pasado ciertas cosas inesperadas… acontecimientos sobre los que me gustaría reflexionar con calma antes de que Oliver y Ailish vuelvan a casa y nos reunamos para comer. Además, conoces el Ashmolean como la palma de tu mano; no tendrás problemas para localizar a Lionel si no se encuentra ahora mismo en el despacho del conservador.

Veronica guardó silencio durante unos instantes. Su cuervo Svengali dejó escapar un desagradable graznido y apareció aleteando para posarse sobre su hombro derecho.

—Empiezo a pensar que solo me ves como una recadera —comentó la joven, aunque acabó encogiéndose de hombros—. Está bien, pero primero quiero terminar lo que estoy haciendo. Faltan dos meses para la exposición de la Royal Academy, y si quiero que me dé tiempo a presentar mi Endimión tengo que dedicarle las veinticuatro horas del día.

—No te preocupes; le diré a la señora Hawkins que haga acopio de paciencia —dijo Alexander esbozando una sonrisa antes de dirigirse hacia la escalera—. Gracias, Veronica.

—Espera un momento —oyó que le llamaba su sobrina, y se volvió hacia ella. Salió de la habitación con los pies descalzos y Svengali moviéndose nerviosamente sobre su hombro para mantener el equilibrio—. ¿Estás seguro de que todo va bien?

—Más o menos —contestó Alexander con cierta sorpresa—. ¿Por qué lo preguntas?

—Bueno, tendrías que mirarte en un espejo. No te había visto tan malhumorado desde que el año pasado dejamos caer por la escalera uno de esos detectores de ectoplasmas que patentaste.

Alexander sonrió de nuevo a su pesar. Se acercó a Veronica para apartar un rizo que le caía por la cara, haciendo caso omiso a su ceño fruncido. Le parecía increíble que hubiera cumplido veintidós años ya; para él seguía siendo la misma niña malencarada a la que había acogido en su casa después de que su hermano Hector muriera de un ataque al corazón. Una niña que había hecho de su ático una auténtica leonera, que arrojaba huevos podridos a los políticos y que usaba como modelos para sus cuadros a aristócratas con los que probablemente había tenido más que palabras, pero una niña al fin y al cabo.

—No te preocupes por mí. Simplemente estoy confundido, eso es todo. Cuando las cosas se aclaren, te contaré lo que ha pasado; por ahora no hace falta que pienses en ello.

Svengali respondió por Veronica dándole un picotazo en la mano. Alexander tomó aquello como una señal de que aquel día aún iba a dar para mucho. Se despidió de su sobrina y regresó a la planta baja de Caudwell’s Castle, aunque mientras bajaba por la escalera, frotándose los dedos contra el chaleco, no podía dejar de pensar en lo que seguía llevando en el bolsillo, ni en los ases que aún guardaría en la manga monsieur Savigny.

2

—Ya lo has oído: a las cinco y cuarto delante del Magdalen College —dijo Veronica después de asegurarse de que los pasos de su tío se perdían escaleras abajo. Se volvió hacia la silueta desnuda que yacía perezosamente tumbada en su cama, entre moldes de yeso de diferentes partes del cuerpo, lienzos a medio pintar y caballetes a punto de descoyuntarse—. Haz el favor de no olvidarlo otra vez o me volverá a echar en cara que nunca me acuerde de darte sus recados. Aunque no entiendo por qué he de hacerlo yo.

Lionel Lennox soltó un gruñido. Dejó en el suelo el corazón de la manzana que se estaba comiendo y estiró ambos brazos por encima de la cabeza para desentumecerlos.

—Has vuelto a cambiar de postura —se lamentó la joven. Svengali alzó el vuelo para posarse con otro graznido en el alféizar de la ventana—. No sé cómo pudo parecerme una buena idea dibujarte a ti. A este paso mi pobre Endimión nunca pasará de ser un boceto.

—La próxima vez podrías pedírselo a uno de tus compañeros de la escuela de arte.

—La próxima vez puede que lo haga, y también otras cosas aparte de posar. Pero me temo que ninguno de ellos se las apañaría tan bien como tú para trepar por el enrejado del jardín.

Regresó junto a su caballete para examinar con aire crítico el estudio anatómico en el que llevaba trabajando cerca de una hora. No podía quejarse de cómo había quedado el perfil de Lionel, pero la proporción de los brazos no la convencía, y el ángulo de la cabeza tampoco era el que estaba buscando. Algo lógico, pensó con cierto fastidio, si su improvisado modelo no era capaz de estarse quieto ni un cuarto de hora, sobre todo teniendo cerca a una mujer que solo llevaba puesta la camisa que le había cogido prestada después de uno de sus acostumbrados escarceos entre las sábanas.

En el fondo Lionel tenía razón: le habría ido mejor pidiéndole el favor a alguno de los amigos pintores con los que Ailish y ella coincidían cada tarde en la Escuela de Arte Ruskin, pero la mañana no habría sido tan divertida. Cogió el lienzo para enseñárselo.

—¿Ves a qué me refiero? ¿Ves todas estas líneas paralelas? Son las que me has hecho trazar cada vez que te has movido. Así no hay quien haga un buen trabajo…

—Yo lo encuentro estupendo —contestó Lionel con una sonrisita—. Has sabido captar lo mejor de mí. ¡Espero que no se te ocurra estropearlo poniéndome una hoja de parra!

Veronica hizo el amago de darle una patada en las costillas. Lionel agarró su pie a tiempo para hacerle perder el equilibrio. La muchacha cayó a su lado en la cama, riendo.

—Eres un presumido, pero me temo que tendré que cambiarte la cara. El pelo y los ojos oscuros le sientan muy bien a un personaje mitológico, pero la barba de varios días…

—Eso me da lo mismo. Las mujeres que vean tu cuadro seguirán reconociéndome.

—Pero mi tío no —sonrió Veronica, dejando el lienzo en el suelo. Se volvió hacia su amigo apoyándose en un codo—. Y espero que no lo haga nunca. Sabes tan bien como yo que el día que descubra en qué consiste nuestra relación me encerrará bajo siete llaves.

—No entiendo a qué viene tanta mojigatería. Tú misma dices que Oliver y Ailish se pasan la mitad de las noches metiendo ruido y nunca he visto que les llame la atención.

—Oliver y Ailish están unidos por el sagrado lazo del matrimonio. —Veronica hizo la señal de la cruz ceremoniosamente—. Para alguien como mi tío eso es más que suficiente.

—Entiendo… Entonces, señorita Quills, lo más sensato es que nosotros también nos casemos para no seguir ofendiendo al Altísimo con actos tan impuros como el de hoy.

Había tratado de decirlo en tono serio, pero la expresión de pavor que se pintó de repente en el rostro de Veronica le arrancó una carcajada. La rodeó por la cintura para atraerla más hacia sí, deslizando una mano bajo la camisa que apenas cubría sus caderas.

—¡Solo era una broma! ¡Parece mentira que a estas alturas todavía no me conozcas!

—Claro que sí, pero hay cosas con las que no se puede bromear —replicó ella. Lionel volvió a reírse cuando se puso una mano teatralmente encima del corazón—. Casi me ha entrado taquicardia por tu culpa. Hablarle de matrimonio a alguien como yo es como…

—Como proponerle a Guy Fawkes ser miembro del Parlamento. Ya lo sé, y pienso exactamente lo mismo que tú. Habría que estar loco para echarse esa soga al cuello por propia voluntad. Aunque apuesto a que tu tío sigue esperando que cualquier día sientes la cabeza, aceptes a uno de tus pretendientes y te conviertas en una amante esposa por convivir cada día con ese perfecto modelo de felicidad conyugal que son los Saunders.

—Demasiado perfecto —repuso Veronica, reclinando la cabeza con languidez sobre las almohadas—. Te aseguro que mis tés se endulzan solos cada vez que me acerco a ellos.

La mano de Lionel había seguido ascendiendo por la pronunciada pendiente de su cadera, arremangándole la camisa alrededor de la cintura. Cuando su piel quedó completamente expuesta, se incorporó para comenzar a recorrerla con los labios, dejando un rosario de pequeños besos que remató con un mordisco. Veronica sonrió con los ojos medio cerrados. Al otro lado de la ventana, las abejas zumbaban sobre las aguas del Isis salpicadas de flores por las que se deslizaban las barcazas que se dirigían a Folly Bridge.

—Me pregunto qué será eso tan importante que quiere contaros mi tío —comentó la joven pasados unos minutos—. Parecía bastante alterado… casi enfadado, por raro que resulte en una persona tan apacible como él. ¿Qué crees que puede haber descubierto?

—No tengo ni idea, pero dentro de unas horas nos enteraremos. —Lionel le dio una palmada en el trasero antes de incorporarse—. Debería regresar al Ashmolean antes de que se me haga tarde, y tú deberías salir de casa dentro de un rato con la excusa de ir a buscarme al museo. De lo contrario tu tío acabará sospechando que hay gato encerrado.

—¿Seguro que nadie te pondrá problemas por faltar al trabajo también esta tarde?

Lionel soltó una risotada, aunque cuando se acordó de que la señora Hawkins aún seguiría merodeando por el primer piso de Caudwell’s Castle se apresuró a bajar la voz.

—Cielo, me encanta tu sentido del humor. Yo soy ahora mismo la única persona en esa institución con el derecho a reprender al resto del personal por no acudir a trabajar.

—Tú y sir Arthur Evans —le recordó Veronica—. Me parece que a veces olvidas que te han nombrado ayudante del conservador del Ashmolean, no conservador en persona.

—Tú dame un par de años, cinco como mucho. A Evans cada vez le gusta menos el estilo de vida oxoniense; esta primavera no ha hecho más que hablarme de las ganas que tiene de dedicarse exclusivamente a sus excavaciones en Cnosos. No aguantará mucho más tiempo en un despacho. Cuando quieras darte cuenta, te encontrarás asistiendo a la inauguración del museo Ashmolean-Lennox, acuérdate de mis palabras.

—Tampoco creo que tú estés hecho para pasar el resto de tu vida en un despacho —le contestó Veronica, mirando cómo Lionel se sentaba en el borde de la cama y buscaba sus pantalones entre el caos que apenas permitía distinguir el suelo—. Te gustan demasiado la aventura, las emociones fuertes… Puede que sujetar las riendas de un museo como ese te haga sentir poderoso, pero ambos sabemos que no es lo que mejor se te da.

—Si te refieres a saquear tumbas, supongo que sí, sigue siendo mi especialidad. Gracias por el cumplido.

—Sería un cumplido si no supiera lo inconsciente que eres. Algún día cometerás un error del que no te sacarán tu talento para la improvisación ni tu labia con las mujeres.

—¿A qué viene eso? —se extrañó él—. ¿Qué tratas de…?

—Ya sabes a qué me refiero. Parece mentira que no aprendieras la lección hace dos años, cuando esos saqueadores del Valle de las Reinas estuvieron a punto de matarte de un disparo para hacerse con la reliquia que acababas de sacar a la luz. Pensé que eso te haría ser más sensato, pero me equivocaba. Sigues siendo tan temerario como siempre.

Un profundo silencio siguió a sus palabras. Veronica había imaginado que Lionel protestaría asegurándole que era capaz de cuidar de sí mismo, no que se quedaría completamente mudo al escucharla. De repente la corriente que se colaba por la ventana resultaba mucho más desapacible de lo que cabría esperar de un soplo de aire primaveral.

—¿He dicho alguna inconveniencia? —preguntó, sorprendida ante aquel cambio—. ¿O es que andas metido en un asunto aún más peligroso del que no te apetece hablarme?

—No te preocupes; no me he buscado problemas últimamente —murmuró Lionel sin volverse hacia ella—. No más de los que tenía desde lo del Valle de las Reinas, al menos.

Se puso en pie mientras se abrochaba el cinturón, tratando de hacer caso omiso a la mirada de inquietud que le seguía dirigiendo su amiga. Lionel fue caminando poco a poco hasta la ventana, y al encontrarse ante los cristales entreabiertos se detuvo con los ojos clavados en su propio reflejo. Fue inevitable: su mirada se acabó posando de manera instintiva sobre la cicatriz que adornaba uno de sus hombros, un tatuaje más claro que la piel que lo circundaba y que parecía latir con saña cada vez que pensaba en la responsable de aquella herida.

Trató de apartar de su mente los recuerdos que le asaltaron de repente: el calor de unos labios pintados de rojo rozándole por última vez, cerca de la boca; el perfume a sándalo que exhalaban unos cabellos en los que en algún momento había deseado perderse; la luz de unos ojos que se habían reído de él entre los pliegues de un pañuelo siroquero, entre las plumas de un sombrero negro. Que el saqueador que casi había acabado con su vida hubiera resultado ser la mujer más sensual que había conocido nunca aún seguía pareciéndole una cruel broma del destino. Tanto como el hecho de que ella hubiera guardado silencio durante todo el tiempo que pasó en Irlanda con sus amigos y con él, escuchándole contar su hazaña del Valle de las Reinas con una sonrisa que a Lionel por entonces le había parecido de admiración.

Ni siquiera el hecho de ser considerado un héroe por haber plantado cara a los ladrones que la acompañaban en Egipto le hacía sentirse mejor consigo mismo. Ni tampoco que sir Arthur Evans, impresionado por la valentía con la que había defendido la excavación que en realidad Lionel estaba saqueando a espaldas del director, le hubiera nombrado su mano derecha en el Ashmolean. Una parte de él temía que reapareciera en cualquier momento, dispuesta a marcarle de nuevo sin dejar de enarbolar aquella sonrisa tan peligrosa como su pistola.

—Será mejor que me marche ant ...