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CONTRA LAS ESTRELLAS

Claudia Gray

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Fragmento

1

Dentro de tres semanas, Noemí Vidal morirá aquí, en este mismo lugar.

Lo de hoy es solo una práctica más.

Noemí quiere rezar como el resto de los soldados que tiene a su alrededor. El suave murmullo ondulante de sus voces le recuerda las olas rompiendo contra la orilla. La gravedad cero hace que parezca que están debajo del agua, con el pelo flotando alrededor de la cabeza, los pies meciéndose fuera de los arneses como arrastrados por la corriente. La única prueba de lo lejos que están de casa es la estrella oscura que asoma al otro lado de las ventanillas.

Los otros soldados que están con ella comparten una mezcla de distintas fes. Casi todas las Gentes del Libro se sientan cerca los unos de los otros: los judíos se cogen de las manos; los musulmanes están sentados en una esquina para poder rezar mejor en dirección al lejano punto del firmamento en el que está la Meca. Como los demás miembros de la Segunda Iglesia Católica, Noemí tiene su rosario de cuentas en la mano, el pequeño crucifijo tallado en piedra flotando cerca de la cara. Lo aprieta con fuerza con la esperanza de que la ayude a no sentirse tan hueca por dentro. Tan pequeña. Tan desesperada por vivir una vida a la que ya ha renunciado.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Todos son voluntarios, del primero al último, pero ninguno está realmente preparado para morir. Dentro de la nave de transporte, el aire está cargado de una terrible determinación.

«Veinte días —se recuerda Noemí a sí misma—. Me quedan veinte días.»

No es mucho a lo que aferrarse, así que mira hacia la fila en la que está sentada su mejor amiga, una de los civiles que los acompaña, pero solo para trazar posibles trayectorias para la Ofensiva Masada, por lo que no morirá en el proceso. Los ojos de Esther Gatson están cerrados en señal de ferviente oración. Si Noemí pudiera rezar como ella, quizá no estaría tan asustada. Esther lleva el pelo, largo y dorado, recogido en dos gruesas trenzas enroscadas alrededor de la cabeza, como una aureola y, de pronto, Noemí siente que la llama del valor vuelve a encenderse en su interior.

«Esto lo hago por Esther. Si no sirve para salvar a nadie más, al menos que la salve a ella… Aunque solo sea de momento.»

Casi todos los soldados que la rodean tienen entre dieciséis y veintiocho años. Noemí solo tiene diecisiete. Su generación se está diezmando por momentos.

Y la Ofensiva Masada será el mayor sacrificio de todos.

Es una misión suicida, aunque nadie utiliza esa palabra. Setenta y cinco naves atacando al mismo tiempo, todas con un mismo objetivo. Setenta y cinco naves que volarán en mil pedazos. Noemí pilotará una de ellas.

La Ofensiva Masada no decantará la guerra del lado de Génesis, pero sí le dará más tiempo. Su vida a cambio de tiempo.

«No. —Noemí mira otra vez a Esther—. Tu vida a cambio de la suya.»

En esos últimos años de la guerra, han caído miles de personas y la victoria no parece cercana. La nave que los transporta tiene casi cuarenta años, lo cual la convierte en una de las más nuevas de la flota de Génesis, pero cada vez que Noemí levanta la mirada descubre algo nuevo: un parche que insinúa una vía reparada en el casco, las ventanas cubiertas de marcas que difuminan las estrellas que brillan al otro lado, el desgaste de los arneses que los sujetan a los asientos. Incluso tienen que limitar el uso de la gravedad artificial si quieren conservar la potencia.

Ese es el precio que Génesis tiene que pagar a cambio de una atmósfera limpia, de la salud y del bienestar de todas las criaturas que pueblan el planeta. En Génesis no se construye nada nuevo mientras lo antiguo siga funcionando. Su sociedad se ha comprometido a limitar la industria y las manufacturas, lo cual les ha supuesto más beneficios que desventajas, o al menos así fue hasta que la guerra volvió a estallar, años después de que cerraran las últimas fábricas de armamento y se construyeran las nuevas naves de combate.

La Guerra de la Libertad terminó hace más de tres décadas, o eso parecía, y en Génesis estaban convencidos de haberla ganado. El planeta empezó a recuperar la normalidad. Las cicatrices de la guerra seguían estando muy presentes; Noemí siempre fue más consciente que la mayoría. Pero incluso ella, como todos los demás, creyó que por fin estaban a salvo.

Hasta que hace dos años el enemigo regresó. Desde entonces, Noemí ha aprendido a disparar y a pilotar un caza. Ha aprendido a llorar por los amigos caídos en acto de servicio. Ha aprendido a mirar hacia el horizonte, ver humo y saber que el pueblo más cercano ya no es más que un montón de escombros.

Ha aprendido a luchar. Ahora le toca aprender a morir.

Las naves del enemigo son nuevas; sus armas, más poderosas; y sus soldados ni siquiera son de carne y hueso. Son ejércitos de mecas: robots con aspecto humano, pero sin piedad, sin puntos débiles, sin alma.

«¿Qué clase de cobarde participa en la guerra, pero se niega a librarla en persona? —piensa Noemí—. ¿Qué clase de monstruo mata a los habitantes de otro planeta y no arriesga ni a uno de los suyos?

»Lo de hoy no es más que una incursión de prueba —se recuerda a sí misma—. Nada importante. Solo tienes que recorrer la zona y aprendértela para que, cuando llegue el día, por muy asustada que estés, seas capaz de…»

De pronto, empiezan a brillar unas luces naranjas a lo largo de todas las filas. Es la señal que indica que la gravedad artificial está a punto de activarse. Aún es demasiado pronto. Los soldados intercambian miradas de preocupación, pero la amenaza saca a Noemí de su ensoñación. Se coloca en posición y respira hondo.

¡Bam! Cientos de pies chocan al mismo tiempo contra el suelo metálico. Ella nota que el pelo le cae hasta la barbilla; lleva una cinta acolchada en lo alto de la frente que impide que le caiga sobre la cara. Solo necesita un segundo para entrar en modo de combate: se quita el arnés y coge el casco. Siente el exotraje, de color verde oscuro, pesado pero flexible, tan preparado para la batalla como ella.

Porque parece que eso es lo que les espera.

—¡Todos los guerreros a sus cazas! —grita la capitana Baz—. Parece que tenemos naves a punto de cruzar la puerta en cualquier momento. ¡Despegamos en cinco minutos!

El miedo desaparece, desplazado por el instinto del guerrero. Noemí se une a las filas de soldados que se dividen en escuadrones y corren hacia sus cazas por los estrechos pasillos de la nave.

—¿Qué hacen aquí? —murmura el novato que tiene justo delante, un chico con la cara redonda, mientras avanzan a toda prisa por el túnel entre paneles desmantelados y cables al descubierto. Bajo las pecas, está pálido como la cera—. ¿Es que sabían lo que íbamos a hacer?

—Aún no nos han atacado, ¿verdad? —señala Noemí—. Eso significa que no saben nada de la Ofensiva Masada. En realidad, es una suerte que nos los hayamos encontrado aquí, así podemos enfrentarnos a ellos lejos de casa, ¿no?

El pobre novato asiente. Está temblando. A Noemí le gustaría decirle algo más, animarlo, pero sabe que las palabras nunca han sido lo suyo. Siempre ha sido brusca, un poco arisca incluso, con el corazón tan bien disimulado tras un temperamento incendiario que casi nadie sabe que ella también tiene sentimientos. A veces le gustaría poder volverse del revés para que la gente viera lo bueno antes que lo malo.

La batalla saca lo peor que hay en ella, algo que en las actuales circunstancias resulta de hecho positivo. En cualquier caso, ahora ya tampoco no tiene mucho sentido intentar mejorar como persona.

Esther, que va justo delante del chico, se da la vuelta y le sonríe.

—Todo saldrá bien —le promete con esa voz tan dulce que tiene—, ya lo verás. En cuanto te montes en el caza, recordarás el entrenamiento y te sentirás el más valiente de todos.

El chico le devuelve la sonrisa, visiblemente más tranquilo.

Cuando se quedó huérfana, Noemí odiaba el mundo por el mero hecho de existir, odiaba a los demás porque no sufrían como ella y se odiaba a sí misma por seguir respirando. Los padres de Esther, los Gatson, fueron muy amables al acogerla, pero ella no podía evitar ver las miradas que intercambiaban, la frustración por hacer tanto por alguien que no podía o no quería agradecérselo. Pasaron años antes de que pudiera sentir gratitud o cualquier otro sentimiento que no fuera odio y rencor.

Pero Esther nunca le hizo sentirse mal. Ya en aquellos primeros días, los peores, sabía que no tenía sentido intentar animarla con palabras vacías sobre el pasado o sobre la voluntad de Dios, y eso que por aquel entonces solo tenían ocho años. Era consciente de que lo único que Noemí necesitaba era a alguien que estuviera ahí, que no le pidiera nada, pero que le hiciera saber que no estaba sola.

«¿Cómo puede ser que no se me pegara nada de ella?», piensa Noemí mientras recorren los últimos metros a la carrera. Quizá tendría que haberle pedido que le enseñara.

Esther se aparta a un lado y le indica al chico que se coloque junto a Noemí. Acto seguido, se gira hacia esta y le dice:

—Tranquila.

Demasiado tarde.

—Tú hoy no tienes caza asignado, solo una nave de reconocimiento. Con esa cosa no puedes entrar en combate; deberías limitarte a monitorizarnos desde aquí. Díselo a la capitana Baz.

—¿Y qué crees que me dirá? ¿Siéntate aquí y haz un poco de calceta? Las exploradoras también pueden transmitir información muy valiosa. —Esther niega con la cabeza—. No puedes mantenerme alejada de todas las batallas, lo sabes, ¿verdad?

«No, solo de la peor de todas.»

—Si te pasa algo, tus padres me matarán, y eso si Jemuel no me coge primero.

Esther reacciona como cada vez que alguien menciona a Jemuel: las mejillas se le ponen coloradas de placer y aprieta los labios para disimular una sonrisa. Sin embargo, su mirada transmite el mismo dolor que si acabara de ver a su amiga herida y sangrando en el suelo. Hubo un tiempo en que Noemí se alegraba cada vez que veía aquella mirada porque significaba que Esther se preocupaba por su desamor como por su propia felicidad, pero ahora la encuentra irritante.

—Noemí —se limita a decir—, mi deber, al igual que el tuyo, es estar ahí fuera. Así que déjalo ya.

Esther tiene razón, como siempre. Noemí respira hondo y avanza aún más deprisa por el pasillo.

Su división adopta la formación de despegue: una hilera de cazas pequeños e individuales, elegantes y aerodinámicos como dardos. Se sube de un salto al asiento del piloto. Al otro lado de la sala, ve a su amiga haciendo lo mismo con tanta decisión que parece que vaya a entrar en combate. La cubierta transparente de la cabina se cierra sobre su cabeza y, mientras se pone el casco, ve que Esther le dedica una mirada, una que significa «Eh, que no estoy cabreada contigo. Lo sabes, ¿verdad?». Es una de las miradas que mejor se le da, lo que tiene su mérito ya que es alguien que casi nunca pierde los nervios.

Noemí le devuelve la sonrisa de siempre, la que significa «No te preocupes». Seguro que no se le da tan bien como a su amiga, más que nada porque es la única persona con la que la ha practicado.

Pero Esther sonríe de oreja a oreja. Lo entiende. Le basta con eso.

La compuerta del hangar empieza a abrirse, exponiendo los cazas del escuadrón a la fría oscuridad del espacio en los confines más remotos de este sistema solar. Génesis es poco más que un punto verde y borroso en la distancia; el sol bajo el que nació Noemí sigue dominando el cielo, pero desde aquí parece más pequeño que cualquiera de las lunas de su planeta vistas desde la superficie. Ese primer instante, cuando no hay nada frente a ella más que estrellas infinitas, es tan precioso que no puede evitar emocionarse como si fuera la primera vez.

Y, como siempre, no puede evitar pensar en su deseo más secreto, más egoísta: «Ojalá pudiera explorarlo todo…».

De pronto, la compuerta se abre por completo y allí está, frente a ella: la Puerta de Génesis.

Es un enorme anillo del color de la plata pulida, formado por una mezcla de componentes metálicos y de decenas de kilómetros de ancho. Dentro del anillo, Noemí puede ver un brillo débil, como la superficie del agua cuando casi es demasiado tarde para que se refleje algo en ella, pero no lo suficiente. También sería hermoso, piensa, si no fuera la mayor amenaza para la seguridad de Génesis. Cada puerta estabiliza uno de los extremos de una singularidad, un atajo a través del espacio-tiempo que permite que una nave recorra media galaxia en un instante. Así es como el enemigo llega hasta ellos; aquí es donde empieza el combate.

Noemí distingue a lo lejos los restos de algunas de esas batallas pasadas, fragmentos de naves que volaron en pedazos hace mucho, mucho tiempo. Parte de los escombros no son más que esquirlas de metal. Otros trozos son bloques enormes y retorcidos, incluso alguna que otra nave entera. Todos los restos orbitan lentamente alrededor de la puerta, atraídos por la fuerza de la gravedad.

Pero poco importan comparados con las formas grises que se abren paso a través de ella. Son las naves del enemigo, del planeta decidido a conquistar Génesis y quedarse para siempre con sus tierras y sus recursos.

La Tierra.

Envenenaron su propio planeta. Colonizaron Génesis solo para poder trasladar hasta allí a miles de millones de sus habitantes y acabar también envenenándolo. Pero son pocos los planetas capaces de sustentar vida. Son sagrados. Y deben ser protegidos.

Las luces de aviso empiezan a parpadear y Noemí suelta los anclajes que la retienen mientras por el micrófono del casco la voz de la capitana Baz anuncia:

—Vamos allá.

«Desconexión de los anclajes: correcta.» La nave flota, libre de los amarres, y se mantiene ingrávida en el vacío. Los demás se elevan a su alrededor, listos para salir en desbandada. Las manos de Noemí se mueven por el panel de colores brillantes que tiene delante. Se sabe de memoria cada botón, cada tecla, el significado de todas las lucecitas. «Lectura de los sistemas: correcta. Ignición: activada.»

El caza sale disparado como un cometa plateado atravesando la oscuridad del espacio. El brillo de la puerta se intensifica como una estrella a punto de convertirse en supernova, señal de que hay más naves de la Tierra en camino.

Cierra las manos sobre los controles. Frente a ella, la puerta despide una luz cegadora y, acto seguido, un enjambre de naves aparecen a través de ella, una tras otra.

—¡Tenemos cinco…, no, siete naves de clase Damocles confirmadas! —anuncia la capitana Baz—. Los hemos pillado por sorpresa. Aprovechemos la ventaja.

Noemí acelera y su caza plateado se dirige a toda velocidad hacia la Damocles más alejada. Las Damocles son naves largas, planas y bastante pesadas, sin gravedad artificial ni sistemas de soporte vital porque no transportan humanos. Dependiendo del tamaño de la nave, cada Damocles transporta entre diez y cien mecas, todos fuertemente armados, preparados para el combate y listos para matar.

Los mecas no le tienen miedo a la muerte porque ni siquiera están vivos. No tienen alma. Solo son máquinas de matar.

El mal en su estado más puro.

Noemí observa con los ojos entornados cómo se abre la primera compuerta. Gracias a Dios son naves pequeñas, pero aun así transportan un poderoso destacamento de mecas. Si pudieran volatilizar un par de Damocles antes de que liberen su cargamento letal…

Demasiado tarde. Los mecas emprenden el vuelo protegidos por exoesqueletos de metal, con el revestimiento justo para que los guerreros robóticos que hay en su interior no se congelen en el frío del espacio. Mientras los cazas de Génesis se acercan, los mecas empiezan a tomar posición. Extienden las extremidades para expandir el campo de tiro, como depredadores a punto de saltar sobre su presa. A pesar de las batallas que ha librado, del duro entrenamiento al que se ha sometido, Noemí no puede evitar estremecerse.

—Secuencia de ataque… ¡ahora! —ordena Baz.

En el casco de Noemí retumban los gritos de combate de sus compañeros. Hace girar el caza hacia la izquierda y elige su primer objetivo.

—¡Matadlos a todos! —grita alguien a través del comunicador.

Los disparos de los mecas cortan el aire y se dirigen hacia Noemí, ráfagas de un naranja encendido que podrían mutilar un caza en cuestión de segundos. Se escora hacia la izquierda, devuelve los disparos. A su alrededor, los cazas de Génesis y los mecas de la Tierra se dispersan y las formaciones se disuelven en el caos de la batalla.

Como casi todos los genesianos, Noemí cree en la Palabra de Dios. Aunque a veces le asaltan preguntas y dudas que los ancianos son incapaces de responder, es capaz de citar cada capítulo y cada versículo sobre el valor de la vida y la importancia de la paz. Las cosas contra las que dispara no están vivas de verdad, pero tienen forma humana. Sabe que la sed de sangre que arde en su interior no está bien, ni tampoco la ira que siente, por justificada que esté. Pero hace caso omiso. No le queda más remedio que luchar, por el bien de sus compañeros de armas y de su planeta.

Noemí sabe perfectamente cuál es su deber: luchar hasta el último aliento.

2

Abel rememora de nuevo la historia mientras flota en gravedad cero, rodeado por la silenciosa penumbra del compartimento de carga de una nave fantasma. Las imágenes en blanco y negro se suceden en su mente con una exactitud total; es como si las viera proyectadas sobre una pantalla, tal y como se hacía siglos atrás. Posee una memoria eidética, de modo que solo necesita ver las cosas una vez para que no se le olviden.

Y disfruta recordando Casablanca, contándose a sí mismo todas las escenas, en orden, una y otra vez. Las voces de los personajes suenan tan reales en su cabeza que es como si los actores estuvieran allí mismo, flotando a su alrededor en el compartimento de carga.

—¿Dónde estuviste anoche?

—¿Anoche? No tengo la menor idea. Hace demasiado tiempo.

Es una buena historia, de esas que no empeoran con las repeticiones, lo cual es una suerte para Abel, que lleva ya casi treinta años atrapado en la Dédalo. Es decir, 15.770.900 minutos o 946.700.000 segundos aproximadamente.

(Ha sido programado para redondear números tan grandes cuando no pertenecen al campo de la investigación científica. Por lo visto, a los mismos humanos que le han otorgado la capacidad de mesurar con tanta precisión les resulta molesto la mención de cifras tan elevadas. No tiene sentido, al menos no para Abel, pero ha aprendido a no esperar comportamientos racionales de los seres humanos.)

La oscuridad de su confinamiento, casi total, hace que le resulte más fácil imaginarse la realidad en blanco y negro, como en la película.

Nueva entrada. Forma: destellos de luz irregulares. El drama se detiene en su mente y levanta la mirada para analizar…

Disparos de bláster. Otra batalla entre la Tierra y las fuerzas de Génesis.

Abel fue abandonado durante una de esas batallas. Tras un largo silencio, la contienda se reactivó hace dos años. Al principio, le pareció alentador. Si las naves de la Tierra volvían por fin al sistema genesiano, tarde o temprano darían con la Dédalo y la remolcarían para recuperar todo lo que hubiera en su interior, incluido Abel.

Y tras treinta horribles años de suspense, por fin podría cumplir la directriz número uno: proteger a Burton Mansfield.

«Honrar al creador. Obedecer sus directrices sobre todas las cosas. Preservar su vida a toda costa.»

Pero sus esperanzas se han desvanecido a medida que la guerra se ha ido dilatando. Nadie ha ido a buscarlo y no parece que eso vaya a ocurrir, al menos no en un futuro cercano. Quizá tampoco en un futuro lejano. Y aunque Abel es más fuerte que cualquier ser humano, al nivel de los mecas de combate más poderosos, es incapaz de abrir la puerta presurizada que lo separa del resto de la Dédalo. (Lo ha intentado. A pesar de conocer los ratios que juegan en su contra hasta el último decimal, lo ha intentado. Treinta años son mucho tiempo.)

Es imposible que ni él mismo ni la nave fueran abandonados a la ligera. Ha revisado los distintos escenarios muchas veces, pero es incapaz de aceptarlo. Puede que Mansfield tuviera que huir para salvarse, que tuviera la intención de volver a buscarlo y que sencillamente no pudiera. Aquel día, la batalla se intensificó de tal modo que cualquier intento de huida de la Dédalo habría sido imposible. Es probable que Mansfield muriera a manos de las tropas enemigas el mismo día que Abel se quedó encerrado.

Y, sin embargo, Burton Mansfield es un genio, el creador de los veintiséis modelos de mecas que actualmente sirven a la humanidad. Si alguien pudo idear una forma de sobrevivir a aquella última batalla, ese tuvo que ser él.

Claro que también existe la posibilidad de que su creador muriera más tarde. Treinta años atrás ya era un hombre que apuraba los últimos años de la madurez, y ya se sabe que los accidentes son algo habitual entre los humanos. Quizá por eso no ha venido a buscarlo. Solo la muerte ha podido separarlo de su creador.

Existe otra posibilidad. Es la menos plausible de todas, pero no por ello es menos válida: Mansfield podría seguir a bordo, pero en criosueño. Las cámaras de la enfermería podrían mantener a un ser humano con vida, con un soporte vital mínimo, durante un tiempo indefinido. La persona en cuestión estaría inconsciente, envejeciendo a menos de una décima parte del ritmo normal y esperando a que alguien lo devolviera a la vida.

Lo único que Abel tendría que hacer sería llegar hasta él.

No obstante, para que eso ocurriera, para que pudiera encontrar a Mansfield, antes tendrían que encontrarlo a él. Hasta ahora, las tropas de la Tierra no han invertido ni un minuto en buscar naves funcionales entre el campo de escombros en el que se encuentra la Dédalo. Nadie ha encontrado a Abel; ni siquiera lo están buscando.

«Algún día…», se dice a sí mismo. La victoria de la Tierra es inevitable, ya sea dentro de dos meses o de doscientos años. Y Abel puede vivir ese tiempo perfectamente.

Pero entonces Mansfield ya estará muerto. Puede que, después de tantos años, ni siquiera Casablanca le parezca ya tan interesante…

Ladea la cabeza y observa con más atención el trozo de firmamento que se ve a través de la ventana del compartimento de carga. Tras unos segundos, toma impulso contra la pared más próxima y se acerca más. Tiene que mirar a través de su propio reflejo traslúcido, de ese hombre de pelo corto y rubio flotando alrededor de la cabeza que parece sacado de un manuscrito medieval.

Esta batalla se está acercando a la Dédalo más que cualquiera de las anteriores. Algunos cazas ya están en los límites del campo de escombros; si las fuerzas de la Tierra siguen dispersando a las tropas de Génesis, en breve alguno de los mecas estará muy cerca de la nave.

Muy, muy cerca.

Debe decidir cuanto antes cómo enviar una señal. Tiene que ser un método primitivo, y la señal, muy básica. Pero no necesita hacerle llegar información al humano, no tiene que preocuparse por las limitaciones de un cerebro orgánico. Entre semejante caos, cualquier patrón, por pequeño que sea, llamará la atención de otro meca y, si se le presenta la oportunidad de investigar, su programación le animará a hacerlo.

Abel toma impulso contra la pared para propulsarse al otro lado del compartimento de carga. Después de treinta años, se conoce al dedillo las pocas herramientas que hay, ninguna capaz de encender los motores, abrir la puerta o comunicarse directamente con otra nave. Pero eso no significa que no sirvan para nada.

En una esquina, suspendida a unos centímetros de la pared, hay una sencilla linterna.

«Es útil para las reparaciones —le dijo un día Mansfield, entornando los ojos azules y sonriendo—. Los humanos no podemos cablear una nave basándonos únicamente en el recuerdo de sus planos. No como tú, mi querido muchacho. Nosotros necesitamos ver.» Abel recuerda que le devolvió la sonrisa, orgulloso de poder sustituir a los humanos, seres débiles, y serle más útil a su creador.

Y, aun así, es incapaz de menospreciar a la humanidad porque Mansfield forma parte de ella.

Coge la linterna y se propulsa de nuevo hacia la ventana. ¿Qué mensaje podría enviar?

«Nada de mensajes. Solo una señal. Hay alguien aquí, alguien que quiere contactar. Lo demás ya vendrá después.»

Acerca la linterna a la ventana y la sostiene en alto. No la ha usado en las casi tres décadas que lleva aquí, así que aún está cargada. Un fogonazo, seguido de dos, tres, cinco, siete, once…, y así hasta completar los diez primeros números primos. El plan es repetir la secuencia hasta que alguien la vea.

O hasta que la batalla termine y se vuelva a quedar solo muchos años más.

«Pero alguien me verá», piensa.

No debería tener esperanza, al menos no como los humanos. Sin embargo, en estos últimos años su mente se ha visto obligada a profundizar en sí misma. Sin estímulos nuevos a su alrededor, ha tenido que reflexionar sobre cada partícula de información, cada interacción, cada elemento de su existencia antes de ser abandonado en la Dédalo. Algo ha cambiado en su funcionamiento interno y seguramente no para mejor.

Porque la esperanza conlleva dolor y, aun así, Abel no puede dejar de mirar por la ventana y desear desesperadamente que alguien lo vea para no tener que pasar más tiempo solo.

3

—¡Atención, enemigo a las doce! —grita la capitana Baz.

Noemí vira bruscamente hacia abajo y zigzaguea entre el metal retorcido de los mecas que acaban de destruir. Pero los buques Damocles siguen escupiendo más y más unidades, demasiadas para que su escuadrón pueda hacerse cargo de todas. Hoy solo han salido los voluntarios de la Ofensiva Masada, y encima para practicar. La idea no era enfrentarse en una batalla como esta y, tal como van las cosas, se nota.

Hay mecas por todas partes. Sus enormes exoesqueletos de ataque atraviesan las maltrechas naves de su escuadrón como una lluvia de meteoritos en llamas. A medida que se acercan, los exotrajes, que tienen apariencia de seudonaves afiladas, se transforman en criaturas monstruosas de extremidades metálicas capaces de atravesar las líneas de Génesis como quien atraviesa una hoja de papel.

De vez en cuando, alguno pasa fugaz junto a su nave y Noemí puede ver los mecas que viajan en su interior, las máquinas dentro de las máquinas. Tienen apariencia humana, lo cual a veces hace que a los novatos les cueste más disparar. Ella misma dudó durante su primera escaramuza, cuando le pareció ver a un hombre de unos veintitantos, con el pelo negro y la piel mulata como la suya; podría haber sido su hermano si Rafael hubiera tenido la oportunidad de crecer.

Aquel momento de duda, tan humano por otra parte, estuvo a punto de costarle la vida. Los mecas no vacilan. Van a muerte, siempre.

Desde entonces, ha visto la misma cara devolviéndole la mirada decenas de veces. Es un modelo Charlie, ahora lo sabe. Un guerrero varón estándar, despiadado e implacable.

«Hay veinticinco modelos en producción —les explicó Darius Akide, uno de los ancianos, el día que habló por primera vez en clase durante el adiestramiento—. Cada uno tiene un nombre que empieza por una letra distinta del abecedario, desde Bistró hasta Zebra. Todos los modelos tienen apariencia humana, excepto dos. Y todos son más fuertes que cualquier humano. Están programados con la inteligencia justa para poder cumplir con sus responsabilidades básicas. No es mucha, sobre todo en los modelos dedicados al trabajo manual, pero los guerreros que nos mandan a nosotros…, esos sí que son listos. Condenadamente listos. Mansfield solo los privó de los niveles más elevados de inteligencia, los que les podrían llevar a desarrollar una conciencia.»

Noemí abre los ojos como platos en cuanto la pantalla táctica de su caza se ilumina. Aprieta con fuerza los controles de las armas que lleva a bordo y dispara en cuanto tiene el meca a tiro. Durante una décima de segundo, le ve la cara («Una Reina, el modelo de guerrero femenino») antes de que el exotraje y el meca que contiene exploten en mil pedazos. No queda nada, solo fragmentos de metal. Bien hecho.

«¿Dónde está Esther?» Hace un par de minutos que no aparece en su campo visual ni ella en el de su amiga. Podría decirle algo, pero sabe que durante una batalla no se puede usar el intercomunicador para enviar mensajes personales. Solo le queda buscarla.

«¿Y cómo voy a encontrar a alguien entre semejante caos? —se pregunta mientras dirige la nave hacia un grupo de mecas y les dispara tan rápido como se lo permiten las armas. El fuego que recibe a cambio es tan brutal que, por un momento, la oscuridad del espacio se tiñe de un blanco cegador—. Las fuerzas invasoras no dejan de crecer. La Tierra se está volviendo cada vez más atrevida. No tienen intención de rendirse, ni ahora ni nunca. La Ofensiva Masada es nuestra única esperanza.»

De pronto, se acuerda del pobre chico que temblaba mientras corrían hacia sus cazas. Hace rato que su identificador no aparece en la pantalla. ¿Se habrá perdido? ¿Estará muerto?

Y Esther… Las naves de reconocimiento están prácticamente indefensas…

El clamor de la batalla que la rodea se detiene un instante y por fin puede activar el escáner en busca de la nave de su amiga. Cuando la localiza, experimenta un momento de euforia —está intacta, Esther está viva—, aunque enseguida frunce el ceño. ¿Adónde va?

Entonces se da cuenta de lo que acaba de ver y siente la descarga de adrenalina.

Uno de los mecas se ha alejado del campo de batalla. Ha dejado de luchar, así, sin más. Es la primera vez que ve un comportamiento como ese. El meca se dirige hacia el campo de escombros que hay cerca de la puerta. ¿Habrá sufrido algún error interno? Da igual. Por la razón que sea, Esther ha decidido seguir a ese estúpido cachivache, supone que para investigar qué se trae entre manos. El problema es que ahora está demasiado lejos de las tropas de Génesis que podrían protegerla. Si el meca encuentra lo que está buscando o su Damocles decide pasar a control manual, caerá sobre Esther en cuestión de segundos.

Las órdenes de Noemí le permiten defender a un compañero que se encuentre en grave peligro. Así pues, vira a la izquierda y acelera con tanto ímpetu que sale disparada contra el respaldo del asiento. Los disparos cegadores que la rodean se desvanecen hasta que su visión del espacio vuelve a ser nítida. La Puerta de Génesis aparece ante ella, rodeada de plataformas armadas. Cualquier nave que se acerque sin un código de la Tierra será destruida. Incluso desde el otro extremo de la galaxia, la Tierra mantiene a Génesis siempre a tiro de sus láseres.

A medida que acelera hacia la posición de Esther, Noemí presta cada vez menos atención a los sensores de la pantalla. Le basta con lo que ve desde la cabina de su caza. La nave de reconocimiento de su amiga revolotea alrededor del meca, usando los estallidos de energía de los sensores para confundirlo, pero no le sirve de mucho. Hasta ahora, el meca ha conseguido esquivarlos con destreza. Al parecer, se dirige hacia uno de los restos de basura cósmica, el más grande. No, no es basura cósmica, es una nave abandonada, una especie de vehículo civil. Noemí nunca había visto algo así: tiene forma de gota, más o menos del tamaño de un edificio de tres plantas y con una superficie reflectante que apenas ha perdido el brillo, a pesar del paso de los años. Invisible a simple vista, al menos hasta ahora.

«¿Pretende llevarla de vuelta a la Tierra?» La nave está abandonada, eso es evidente, pero no parece que tenga ningún desperfecto importante, al menos no desde lejos.

Si la Tierra la quiere, tendrá que impedírselo. Noemí se imagina a sí misma destruyendo el meca y capturando la nave con forma de gota para la flota de Génesis. Quizá podrían añadirle armas, convertirla en una nave de guerra. Dios sabe lo bien que les vendría.

Claro que el meca es una Reina o un Charlie, lo cual significa que le espera una buena refriega.

«Que así sea.»

Disminuye la velocidad a medida que se va acercando. Ya casi los tiene a tiro…

De pronto, el meca cambia de objetivo y se da la vuelta. Extiende los brazos del exoesqueleto y agarra la nave de reconocimiento de Esther como si fuera una planta carnívora y su amiga un insecto. Tal y como están posicionados, el meca debe de estar justo encima de Esther, mirándola directamente a los ojos.

«¡Armas!» Pero no puede dispararle al meca sin darle también a Esther. Si fuera otra persona, dispararía. Cualquier piloto capturado de esa manera puede darse por muerto, y si dispara, al menos podrá destruir al meca…

«… pero es Esther. Por favor, ella no…»

El meca libera un brazo, coge carrerilla con un movimiento sorprendentemente humano y atraviesa el casco de la nave de su amiga.

El grito de Noemí la deja sorda dentro de su propio casco. Da igual, no necesita oír; lo que necesita es salvar a Esther cuanto antes.

«Diez minutos. Los exotrajes tienen aire para diez minutos. Venga, venga, venga…»

El meca suelta a Esther y da media vuelta para retomar lo que estaba haciendo, pero de pronto se detiene. Por fin la ha detectado en el escáner. Noemí dispara antes de que la máquina tenga tiempo siquiera de apuntar.

Con un fogonazo de luz, el meca explota en un millón de chispas. Noemí atraviesa lo que queda de él y se dirige hacia Esther mientras cientos de esquirlas de metal impactan contra la cubierta de la cabina.

«¿Tenemos tiempo de volver al transporte? No, no mientras la batalla no haya terminado. Vale. La nave abandonada. Quizá pueda restaurar el soporte vital; o si no, seguro que tiene oxígeno para recargar las reservas de Esther. Material de primeros auxilios. Puede que hasta tenga una enfermería. Por favor, Dios, que tenga enfermería.»

Se siente como si le estuviera rezando a la nada, pero aunque Dios no le responde, seguro que ha escuchado sus súplicas. Por el bien de Esther.

Se le empaña un poco el visor, pero tiene que aguantarse las ganas de llorar o acabará con el casco lleno de lágrimas y cegada en el peor momento posible. Se muerde los carrillos y se dirige a toda velocidad hacia los restos de la nave de reconocimiento.

—Esther, ¿me recibes?

Silencio. Noemí sabe que está fuera del radio de comunicaciones del resto de sus compañeros. Aunque la capitana Baz se percate de su ausencia, no oirá sus transmisiones y, por tanto, no se le ocurrirá mandar ayuda. Incluso puede que ya hayan pasado a engrosar las listas de bajas.

—Saldremos de esta —le promete a Esther, y a sí misma, mientras acerca el caza a la nave de su amiga.

Por fin se hace una idea de la gravedad de los daños de la nave de reconocimiento, el metal está reducido a virutas, pero el casco de Esther parece estar intacto. ¿Se mueve? Sí, le parece que sí. «Está viva. Saldrá de esta. Solo tengo que llevarla hasta esa nave.»

Activa el cable de remolque y la pieza magnética se pega al casco del vehículo de Esther. Rápidamente, escanea la nave con forma de gota. Y ahí está, la puerta del hangar.

Las placas de la puerta se abren automáticamente, accionadas por sensores magnéticos. Noemí siente tal alivio que está a punto de echarse a llorar.

Siempre le ha parecido que sus plegarias no recibían respuesta, que ahí arriba nadie escuchaba sus súplicas. Pero parece que, después de todo, Dios no se ha olvidado de ella.

4

El caza de Génesis dispara contra el modelo Reina y lo destruye. Abel siente que, en su interior, la esperanza salta en mil pedazos. Es casi una sensación física, como si su armazón interno se hubiera desmoronado.

«Tengo que hacerme un diagnóstico completo en cuanto pueda.»

Está flotando en la oscuridad del compartimento de carga, como una herramienta más suspendida en la noche eterna de esta estancia. Sin gravedad. Sin un objetivo. ¿Cuánto tiempo tardarán en agotársele las baterías internas? Fueron fabricadas para durar unos dos siglos y medio…, pero está usando muy poca energía, lo que significa que podrían durar el doble. O más. Podría pasar más de medio milenio antes de que se convirtiera en un simple pedazo de metal.

No le tiene miedo a su propia muerte. Su programación no se lo permite.

Pero sí puede tener miedo a los cientos de años de soledad que le esperan, a no descubrir qué ha sido de Burton Mansfield, a no volver a ser útil nunca más.

¿Un meca puede perder la razón? Quizá Abel será el primero en averiguarlo.

Sin embargo, de pronto ve que uno de los cazas de Génesis engancha al otro y emprende la marcha. ¿Están…? ¿Es posible que…?

Sí. Quieren subir a bordo de la Dédalo.

Son tropas enemigas, guerreros de Génesis. Como tal, suponen una amenaza inminente para la seguridad de Burton Mansfield.

(Que quizá ya no esté a bordo. O lleve muchos años muerto. Abel es consciente de ello, pero aun así prioriza la eliminación de cualquier riesgo para la vida de su creador —cualquier riesgo, por remoto que sea— por encima de todo lo demás.)

La nave de Génesis se dirige hacia el hangar principal. Abel revisa el diseño de la nave y los planos de la Dédalo aparecen frente a él como proyectados sobre una pantalla. Los ha revisado a menudo en estos últimos treinta años; ha repasado hasta el último dato que conoce con el objetivo de no sucumbir al aburrimiento más absoluto. Sin embargo, de pronto los planos le parecen más vívidos, como si las líneas le ardieran dentro de la cabeza.

«Hangar principal: nivel uno. Dos niveles por debajo de mi compartimento de carga. —Después de tres décadas, Abel ya piensa en la estancia como si fuera suya—. Cuando los cazas de Génesis entren en el hangar, el piloto ileso tratará de llegar a la enfermería para socorrer a su camarada herido —calcula—. Si el principal objetivo del piloto fuera la seguridad y no el rescate, el caza habría regresado con el resto de la flota de Génesis.» En el hangar principal hay un botiquín de primeros auxilios, pero no sabe si sigue allí; y aunque así fuera, su contenido sería de poca utilidad para alguien gravemente herido.

«Para salir del hangar, el piloto tendrá que activar la energía auxiliar. Puede hacerlo desde allí mismo, suponiendo que los daños de la Dédalo no sean demasiado graves. Cualquier piloto con un mínimo entrenamiento debería ser capaz de hacerlo en cuestión de minutos, por no decir segundos.»

La mente de Abel repasa todas las posibilidades, cada vez más y más rápido. Esta es la primera situación nueva a la que se enfrenta desde hace treinta años. Sus capacidades mentales siguen intactas, a pesar del tiempo que lleva encerrado. Es más, se siente más ágil que nunca.

Pero ahora hay un componente emocional añadido. La esperanza se ha convertido en algo mucho más estimulante: la excitación. El simple hecho de ver algo, lo que sea, fuera del compartimento de carga se le antoja una experiencia increíble…

… aunque nada puede compararse con la confirmación de que por fin podrá buscar a Burton Mansfield. Y encontrarlo. Puede que incluso salvarlo.

—Excelente —dijo Mansfield mientras examinaba los puzles que Abel acababa de resolver—. Tu habilidad para el reconocimiento de patrones es inmejorable. Lo has terminado casi en un tiempo récord.

A pesar de estar programado para disfrutar de los elogios, en especial los de su creador, a Abel también podían asaltarle las dudas.

—¿Mi rendimiento ha sido adecuado, señor?

Mansfield se acomodó en su butaca de piel con el ceño ligeramente fruncido.

—Entiendes que la excelencia incluye, por definición, la idoneidad, ¿verdad?

—¡Sí, señor! Claro que sí. —Abel no quería que Mansfield pensara que las bases de datos dedicadas al lenguaje no se había cargado de forma correcta—. Quería decir… que muchas de mis pruebas de rendimiento han superado los récords preexistentes. Y estos resultados en concreto, no.

Tras un momento de silencio, Mansfield se rio entre dientes.

—Vaya por Dios. Parece que tu personalidad se ha desarrollado tanto que te has convertido en un perfeccionista.

—¿Eso es bueno, señor?

—Mejor de lo que crees. —Se levantó de la butaca—. Ven conmigo, Abel.

Burton Mansfield tenía la oficina en su casa de Londres. El edificio era de reciente construcción y, aunque por fuera se parecía a cualquiera de los polígonos cubiertos de espejos que poblaban la exclusiva comunidad privada de la colina, por dentro se parecía más a una casa de 1895 que de 2295. Los suelos de madera estaban cubiertos de alfombras tejidas a mano y, a pesar de la cantidad de relojes atómicos que poblaban la estancia, había un ruidoso reloj de pared marcando los segundos desde una esquina, con el péndulo de latón balanceándose de un lado a otro. En las paredes colgaban cuadros de los maestros antiguos: un santo de Rafael, una lata de sopa de Warhol. Y aunque el fuego y la chimenea eran hologramas, el clima interior de la casa creaba el efecto de que las llamas desprendían calor.

Mansfield era un varón humano de estatura media, con el pelo rubio oscuro y los ojos azules. Sus rasgos eran normales, atractivos incluso, si Abel entendía correctamente los principios estéticos por los que se regían los humanos. (Y esperaba que fuera así, porque el rostro de su joven creador había servido de modelo para el suyo.) Incluso las excentricidades de su apariencia resultaban llamativas y aristocráticas: el pico de viuda en la frente, la nariz un poco aguileña y los labios atípicamente gruesos. Vestía con un estilo sencillo de inspiración japonesa: chaqueta vaporosa y abierta, pantalones de pierna ancha.

Abel, por su parte, llevaba el mismo mono gris que solían usar casi todos los mecas. Le venía bien y además resultaba práctico. Entonces ¿por qué a veces no se sentía del todo… cómodo?

Antes de que pudiera considerar la cuestión en profundidad, se vio arrastrado de nuevo a la realidad por Mansfield, que señalaba hacia la ventana o, más bien, hacia el patio que había al otro lado.

—¿Qué ves ahí fuera, Abel? Mejor dicho, ¿a quién ves?

Solía usar «quién» y no «qué» para referirse a los mecas, y él le agradecía la cortesía.

—Veo a dos modelos Perro y a un Yugo realizando las tareas del jardín. Uno de los Perros se está ocupando del sistema hidrofónico del huerto, mientras que el otro está podando los setos con la ayuda del Yugo.

—Tenemos que trabajar en tu exceso de entusiasmo por el detalle. —Mansfield suspiró—. Es culpa mía, por supuesto. No me hagas caso. La cuestión es: si te mandara al jardín, podrías ocuparte del sistema hidrofónico, ¿verdad? ¿Y podar los setos?

—Sí, ...