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CORAZóN DESNUDO (TRILOGíA CORAZóN 3)

Elena Montagud

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Fragmento

1

Muchos años antes…

Cariño, nos vamos un rato al parque, ¿vale?

Blanca alzó la vista del peluche que tenía entre las manos y observó a su madre, que llevaba en las suyas una camiseta infantil y una faldita rosa que a ella no le gustaban nada. Sin embargo, no protestó. Era una niña obediente. También bastante seria y silenciosa. Se pasaba las horas en su dormitorio, con sus juguetes, hablando con ellos y consigo misma. No le gustaba mucho ir al parque. Nunca conseguía conectar con los otros chiquillos. Se quedaba apartada mirando cómo saltaban a la comba o jugaban al escondite. Casi nunca la invitaban a unirse a ellos. Además, allí a veces también iba él. Ese niño que le había dado alguna patada en el trasero y que un día le gritó que era la más fea de la escuela.

Se dejó hacer mientras su madre la vestía con esa ropa y le peinaba luego la larga melena hasta que le quedó lisa. Ya por ese entonces Blanca tenía un cabello bastante difícil de dominar.

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—Quiero que conozcas a alguien.

—¿A quién? —preguntó la niña mientras toqueteaba la nariz del peluche con nerviosismo.

—A un niño y a su mamá. Ya verás, son muy simpáticos. Te van a gustar.

—¿Puede venir Señor Lobo? —Zarandeó el muñeco.

—Que se quede aquí hoy. ¡Podrás jugar mucho con ese niño!

—A lo mejor él no quiere jugar conmigo.

—¿Por qué dices eso? —Su madre se agachó y la miró con expresión seria.

Blanca desvió la mirada y se encogió de hombros. En realidad, María era consciente de que su hija era, en cierto modo, distinta a los demás críos. Ya desde muy pequeña, según le habían explicado las maestras, le costaba relacionarse con los otros niños del colegio y, al parecer, se pasaba las horas en clase dibujando tonterías en los cuadernos o, simplemente, distraída con mirada soñadora. A María le preocupaba. Su marido era así desde que se conocieron de jóvenes: serio, taciturno, callado, muy nervioso. Como Blanca. A veces incluso tenía tics. Y lo que ella quería era que su hija se animara, se divirtiera y se riera. Le costaba tanto… Casi nunca veía una sonrisa en su carita.

—Cojo el bolso y nos vamos.

Cinco minutos después tres figuras bajaron en el ascensor. La tercera era Javier, el hermano menor de Blanca, quien por ese entonces tan solo era un bebé. A él tampoco le prestaba demasiada atención, y a María le inquietaba que tuviera celos, aunque los médicos le aseguraban que se debía a que su hija era «un poco cerrada». Al salir a la calle se toparon con un espléndido sol. La mujer se hizo visera con una mano para protegerse los ojos y sonrió.

—¿Has visto qué fantástica tarde?

Blanca asintió con semblante serio y María chascó la lengua. Cualquier otra niña de su edad se sentiría eufórica por conocer a un chiquillo con quien jugar y se pondría a dar brincos bajo ese maravilloso sol. La cogió de la mano y se dirigieron al parque, con el cochecito de Javi por delante. Mientras esperaban en el semáforo la algarabía infantil llegó hasta sus oídos.

—¿No quieres saber cómo se llama el niño al que vas a conocer? —le preguntó María.

De nuevo, Blanca se encogió de hombros en un gesto de indiferencia. Su madre suspiró. El pedagogo de la escuela le había aconsejado que intentara relacionar a la pequeña con alguien nuevo. La llegada de esa mujer y su hijo al pueblo era una excelente oportunidad. Ella misma se llevaba genial con Nati. En poco tiempo habían hecho buenas migas.

Entraron en el parque y caminaron hasta la zona infantil. Pasaron por el corrillo de unas compañeras de Blanca. Las niñas detuvieron su juego y las miraron. María apreció que su hija se encogía un poco, pero no quiso darle mucha importancia. Además, había divisado a lo lejos a su nueva amiga y a su hijo en un banco.

—¡Hola! —exclamó al llegar.

—¿Qué tal, María? —Nati se levantó mientras el crío se quedaba sentado, observando la escena con gesto risueño.

—Muy bien. ¿Y vosotros?

—Todavía no habíamos venido aquí, y eso que lo tenemos al lado. Es un parque muy bonito.

—Es perfecto tanto para los pequeños como para los adultos —coincidió María.

Blanca se encontraba al lado de su madre, cogiéndola de la mano con mucha fuerza. Conocer a personas nuevas, de la edad que fuera, la ponía nerviosa. Justo en ese instante, Nati desvió la atención de su hermanito y volvió la cabeza hacia ella.

—Tú debes de ser Blanca, ¿a que sí?

Asintió en silencio cuando su madre le apretó ligeramente la mano.

—Yo soy Nati. Y este… —Señaló al niño que permanecía en el banco—. Este es mi hijo, Adri.

Blanca lo miró. Tenía el cabello castaño oscuro y revuelto, un poco más largo que el resto de los niños que conocía. Dominaban su cara unos ojos grandes y redondos, brillantes. Se levantó y se acercó a ella. Y le dedicó una sonrisa.

—¿Por qué no vais a jugar mientras nosotras hablamos? —María soltó la mano de su hija, y esta intentó cogérsela de nuevo.

—Cuéntale a Blanca lo que te gusta hacer, Adri. —Nati dio un beso en la cabeza a su hijo. A continuación, ambas mujeres ocuparon el banco.

Blanca se quedó muy tiesa, retorciéndose las manos, sin saber qué hacer o decir. Adrián la miraba con curiosidad, también en silencio, pero después echó a caminar. Al ver que ella no lo seguía, le hizo un gesto para que lo acompañara. Una vez que se separaron de las madres el chiquillo le preguntó:

—¿Cuántos años tienes?

—Casi diez. ¿Y tú?

—Once.

—Nunca te he visto en el cole.

—Yo no voy al tuyo. El tuyo es más pijo que el mío.

Sin poder evitarlo, Blanca esbozó una tenue sonrisa. Caminaron hasta dos columpios libres y se sentaron. Durante unos minutos callaron, pero ella se dio cuenta de que, a diferencia de lo que le sucedía siempre, le apetecía hablar con él.

—¿Qué es eso que decía tu madre?

—¿A qué te refieres? —El niño ladeó la cabeza hacia ella y la miró con el ceño fruncido.

—Decía que hay una cosa que te gusta hacer.

—¡Ah, sí! —Se rio. Y Blanca, por unos segundos, quiso ser capaz de reírse también de esa forma. Tan tranquila, tan inocente—. Me gusta tocar.

—¿Tocar? —Parpadeó sin entender.

—La guitarra.

La chiquilla abrió mucho los ojos y la boca, sorprendida. En clase de música tocaban la flauta, pero nada más. La guitarra la tocaban los cantantes famosos.

—¿Tienes una guitarra?

—Sí, pero es muy vieja. Me la regaló mi abuelo.

Blanca no supo qué decir. En ocasiones envidiaba a las niñas de su clase, tan parlanchinas todas. A ella se le daba bien poner palabras sobre un papel, pero le costaba un mundo soltarlas por la boca. Tomó impulso y se balanceó en el columpio. Adrián hizo más de lo mismo.

—¡Puedo enseñártela algún día! —exclamó él mientras se columpiaban.

—Vale —murmuró Blanca, y no tuvo claro si Adrián la había escuchado.

Un par de minutos después el chiquillo aminoró un poco la velocidad del columpio y, sin detenerlo por completo, saltó. Blanca lo miró con fascinación y deseó poder imitarlo, aunque le daba miedo. Al final paró alzando una nube de polvo con los pies y se bajó también, preguntándose qué era lo que se proponía Adri.

—¿A qué quieres jugar? —le preguntó este.

Se encogió de hombros. Los juegos no le llamaban mucho la atención porque no se consideraba buena en ninguno. Era muy torpe saltando a la comba, corría despacio y la pillaban siempre porque nunca sabía dónde esconderse.

—¿Hacemos como que somos cantantes famosos?

—Yo no sé cantar —murmuró Blanca.

—Pues canto yo y tú bailas —le propuso él.

—Tampoco sé.

Adrián alzó las cejas y la miró como si fuera un bicho raro. Blanca agachó la cabeza, pero, al levantarla, se topó con una sonrisa como la de antes. Amistosa, enorme, cálida. Y se sintió bien. Pensó que a ese niño no le molestaría que cantara o bailara mal.

—Vale, vamos a cantar —accedió.

—¿Te sabes alguna de Queen?

Blanca arqueó las cejas. ¿Quién era Queen? No había oído ese nombre nunca. Su madre le había regalado por Navidad un casete de Bom Bom Chip!, y a ella le gustaba mucho una canción que se titulaba Miércoles que hablaba de una niña muy rara. En ocasiones también escuchaba a Laura Pausini y, a veces, a los BackStreet Boys, que estaban muy de moda.

—Vale, no lo sabes. —Adrián meditó durante unos segundos—. ¿Y Guns N’ Roses?

Blanca volvió a negar con la cabeza. Le dio miedo que él se enfadara y ya no quisiera jugar con ella. Sin embargo, Adri dijo:

—Pues elige tú una.

Con un poco de vergüenza, le propuso la de Bom Bom Chip!, pero Adrián no tenía ni idea de cómo sonaba. Para su sorpresa, le pidió que se la enseñara. Media hora después, sentados en el suelo, ambos tarareaban la canción. Cuando se cansaron se pusieron a jugar a piedra, papel o tijera. Él era mucho mejor que ella, todas las veces parecía adivinar lo que iba a sacar.

—¿Cómo es tener un hermano? —le preguntó el niño.

—No lo sé. ¿Tú no tienes?

—No. ¿Piensas que tu madre quiere más al bebé que a ti?

Blanca se encogió de hombros. Jamás se lo había planteado. Ella también lo quería, por supuesto, pero nunca había sabido cómo expresarlo. Y no era porque le molestara en absoluto. Simplemente no le salía cogerlo en brazos, aunque su madre siempre insistía en ello, ni tampoco hacerle carantoñas como veía que hacían las mujeres cuando paseaban por las calles. Javi era un bebé muy mono y sonriente, y eso a ella le provocaba desconcierto. Tan solo alguna noche, a escondidas, se acercaba a la cuna y le daba un beso, aspirando el olor a Nenuco y a polvos de talco que tanto le gustaba, y sentía en el pecho una sensación extraña, como de tranquilidad.

—A mí me encantaría tener uno —continuó Adri, que en ese momento hacía figuras con la tierra del parque—. Cogerlo, abrazarlo, besarlo, jugar con él.

Desde el banco, María, que observaba a los chiquillos, tenía por su parte también en el pecho una sensación de sosiego. Era la primera vez que veía charlar tanto a su hija. Es más, hasta había esbozado alguna que otra sonrisa.

—Parece que se llevan bien, ¿no?

—Se me quita un peso de encima —respondió María, contenta—. Blanca no tiene demasiados amigos, que digamos. A decir verdad… nunca quiere jugar con los otros niños.

—Bueno, es que Adri no es como los otros. —A Nati se le oscureció el semblante—. Ha sufrido mucho y creo que, por eso, es bastante empático.

María cayó en la cuenta de que Nati no había mencionado a su marido en las conversaciones que habían mantenido, y se preguntó si el sufrimiento del pequeño guardaba alguna relación con eso. No quiso interrogarla, pero su nueva amiga se explicó.

—Es que Adri no tiene padre.

—¿Eres madre soltera?

—Más o menos.

—¿Murió? —Al fin, la curiosidad venció a María.

—Podría considerarse así.

Y ahí quedó todo. Sin embargo, en encuentros posteriores, cuando ambas mujeres estrecharon su relación de amistad, se confesarían un montón de cosas, entre ellas que el padre de Adrián los había abandonado.

—No se lo cuentes a tu hija —le rogó Nati con lágrimas en los ojos—. Para Adri ese hombre está muerto. Es más fácil para él pensar eso, y casi que para mí también. Si algún día quiere, él se lo dirá a Blanca.

—Tranquila, soy una tumba —declaró María.

Meses después, tras pasar una tarde en la plaza Mayor, en la que Adrián había conseguido que Blanca jugara con él a la pelota, María preguntó a su hija:

—¿Te cae bien Adri?

La niña arrugó la nariz como siempre hacía cuando pensaba en algo, y al final se encogió de hombros. Su madre le acarició el cabello, deseosa de que mostrase algo de emoción, tal como sucedía con ese chiquillo que, poco a poco, parecía estar despertando a su pequeña.

—Es muy simpático y divertido, ¿verdad?

—Sí, pero también es pesado.

—¿Por qué dices eso?

—Porque siempre me hace muchas preguntas.

—Bueno, eso es porque le interesas.

—¿Le intereso? —Blanca miró a su madre sin entender.

—Sí, que quiere ser tu amigo.

—Ah.

—¿No te gusta?

—¿Qué?

—Tener uno. Un amigo.

—Sí, está bien.

—Con él te ríes mucho, ¿no? Veo que lo pasáis bien.

—Sí. —La pequeña asintió, y en sus ojos destelló algo que alegró a María—. No es como los chicos de mi clase.

—¿No? ¿Por qué?

—No sé. Porque con él puedo hablar.

—Pero eso es genial, ¿no?

—Sí. Pero es raro.

—Cariño… —La mujer le cogió la mano y le acarició los deditos rechonchos. En los últimos tiempos su hija había engordado un poco y habían tenido que ponerle gafas, algo que le preocupaba porque los niños podían ser muy crueles—. En realidad es normal. En ocasiones es difícil encontrarlo, pero en el mundo hay alguien que está destinado a cada uno de nosotros.

—¿Destinado?

—Me refiero a que para cada persona existe alguien que es perfecto. Y Adri es el amigo ideal para ti. Como un alma gemela.

—¿Qué? —La chiquilla la miró con gesto raro, y María contuvo la risa.

—Un alma gemela es alguien que te entiende, que siempre desea lo mejor para ti, que estará contigo en lo malo y en lo bueno, con quien tienes un montón de cosas en común y que te quiere mucho.

—No creo que Adri sea mi alma gemela —negó Blanca.

—Eso no se sabe nunca. —Y María volvió a acariciarle la cabeza y sonrió.

No sabía muy bien los motivos ni de dónde había salido esa sensación, pero lo cierto era que se le antojaba que ese chiquillo de pelo revuelto y ojos enormes que ocupaban una cara delgada iba a convertirse en uno de los pilares fundamentales de su hija.

Cuando llegaron a casa Blanca se fue directa a su dormitorio y María se quedó pensando en el salón. Diez minutos después, con Javi en brazos, se acercó a comprobar lo que hacía la niña y descubrió que había cogido algunas de sus revistas del corazón y las hojeaba.

—¿Qué estás buscando, cielo?

—A Queen.

La mujer la miró sorprendida. Como no sabía inglés, no solía escuchar música de grupos extranjeros.

—No los encontrarás en esa revista. ¿Qué pasa con ellos? —Javi le estiró del pelo mientras balbuceaba.

—Adri dice que molan mucho y quiero saber qué cantan.

María sonrió al oír esa palabra de la boca de su hija, «molan». En ocasiones su vocabulario era más como el de una persona mayor que el de una niña de su edad, así que le sorprendió esa expresión tan juvenil.

—Un día pondremos en la radio una emisora en la que suenan a menudo, ¿vale?

Se alegró al darse cuenta de que Blanca deseaba conocer aquello que a su nuevo amigo le gustaba. Si eso no era amistad…

La niña se levantó del suelo y fue hacia ella con los brazos estirados. Tardó en comprender que lo que quería era coger a Javi. Se lo tendió con la sorpresa dibujada en la cara.

—Javi es un bebé guapo, ¿a que sí?

—Claro que sí, cariño.

—¿Y yo?

María asintió. En realidad, Blanca no tenía una de esas bellezas de las que hacían gala otras niñas de su clase. Tenía el pelo demasiado desgreñado, la nariz muy chata y mofletes gordezuelos. Y, encima, los labios bastante gruesos, aunque eso quizá se convertiría en una cualidad favorecedora cuando fuera mayor.

—Tú eres preciosa.

—Eso no es lo que dijo aquel niño —murmuró mientras acunaba a su hermano.

—Bueno, ¿y qué más da lo que piensen los demás?

María observó a su hija con Javi en brazos y la emoción la desbordó. Era la primera vez que Blanca se mostraba tan interesada en el bebé. ¿A qué se debía?

—Adri no tiene hermanos, mamá.

Entonces María comprendió. De nuevo pensó que la presencia de aquel chiquillo iba a ser beneficiosa para su pequeña. Muchos años después, cuando ambos discutieran y se separaran, todavía seguiría creyéndolo. María era una de esas personas que, de verdad, creía en las almas gemelas.

—Y tampoco tiene padre. Se murió cuando él era muy chiquitito. Se lo oí decir a su madre —dijo Blanca con un leve rastro de tristeza en su voz. Y a María hasta le cosquilleó el estómago al percibir que su hija cada vez era más proclive a expresar sus sentimientos—. Pobrecito, ¿verdad? Yo creo que se siente muy solo.

—Pues mira, un día lo invitamos a casa, ¿vale?

—¿A mi habitación?

La chiquilla puso cara de susto. María era consciente de que para Blanca su espacio vital era algo muy importante, pero quería dar un paso más.

—¿No te gustaría? Seguro que a él sí. Podéis pasar aquí un buen rato con ese juego de mesa tan chulo que pediste a los Reyes… ¿Cómo se llama?

—El Cluedo —respondió Blanca. Y aceptó.

El sábado siguiente, por primera vez, se jugó con alguien que no fuera ella misma al Cluedo. Adri y ella se rieron a carcajadas mientras trataban de desvelar un misterio y comían patatas fritas y bebían Coca-Cola.

2

Un sonido me saca del ensimismamiento. Se trata de mi móvil. En la pantalla parpadea el nombre de Begoña. Aunque sea mi mejor amiga y tan solo pretenda animarme, ahora mismo no soy capaz de hablar con nadie.

No recordaba aquello que me dijo mi madre poco tiempo después de conocer a Adrián. Lo de las almas gemelas. Algo en lo que yo nunca había creído tras mi pérdida de fe en la amistad y en el amor. Algo en lo que sí creí al hacerme amiga de Begoña. Y ahora, algo que creo con todas mis fuerzas al amar a Adrián.

Pero se me va. Hoy se marcha a Nueva York, y no sabemos qué nos deparará la distancia, aunque estos días ya se ha alejado de mí de algún modo. Me preguntó si podía quedarse aquí, en mi apartamento, porque el pueblo le recordaba a su padre. Yo acepté, y no sé si fue una buena idea. Lo más seguro es que no. Tenerlo bajo el mismo techo, sin apenas poder tocarlo, sin rozar sus pensamientos… Ha sido una de las cosas más duras de mi vida. Convino en pasar bastante tiempo fuera de casa para no complicarlo más, pero regresaba por las noches y a los dos nos ahogaban las paredes. Me he percatado de que mi presencia en estos instantes no le beneficia y eso me asusta. A pesar de que me ha asegurado que me quiere y que estos meses en los que estemos separados no significarán una ruptura definitiva, una parte de mí se siente dolida, triste y desesperanzada.

Echo un nuevo vistazo al reloj de la mesilla de noche. Me he pasado toda la mañana en la cama, con una presión en el pecho que no me dejaba levantarme. Sé que debo ser la misma que antes, que he de luchar, tomarme esto como una oportunidad para aprender y madurar, pero no se me olvida que en poco menos de dos horas Adrián cogerá un avión y nos separará un mundo. Quizá conozca a una actriz bonita y se enamore de ella. Se dará cuenta de que con otras el amor no es tan complicado como conmigo y decidirá que es el momento de avanzar. Eso es de lo que me convencí yo tiempo atrás. Pero ya no. Ahora lo que más deseo en este mundo es compartir la vida con él y, de alguna manera, tengo que demostrárselo.

Esta mañana se ha despertado muy temprano. Se le veía apesadumbrado, inquieto. Anoche pensé que a lo mejor haríamos el amor, como en una triste despedida, pero no ha sido así.

—¿A qué hora sale tu avión? —le he preguntado.

—Blanca… —La nuez le ha bailado en la garganta, como es usual en él cuando está nervioso—. Es mejor que no me acompañes.

—Pero…

—Sabes que será más difícil.

Me he controlado para no echarme a llorar. Creo que los dos hemos soltado muchas lágrimas estos días, aunque siempre a escondidas, para no dañarnos más.

—Nos despedimos ahora, será lo mejor. —Ha tratado de esbozar una sonrisa y le ha salido una mueca.

Me he limitado a observar sus maletas con semblante serio. Él se ha acercado al borde de la cama y me ha cogido una mano. La suya estaba muy fría y eso me ha devuelto a la realidad.

—Vamos, no estés triste.

—Me cuesta evitarlo.

—Ya te dije que no quiero que pienses que esto es un adiós definitivo. En serio, Blanca, no lo es.

—Entonces ¿por qué actuamos como si lo fuera?

Adrián se ha mordido el labio inferior y luego ha negado con la cabeza. Ha apartado la mirada y me ha soltado la mano.

—He llegado a una conclusión.

—¿A cuál?

—A que tú no quieres estar conmigo porque formo parte de un secreto que te duele demasiado.

—No es así…

—Te entiendo, de verdad. Yo misma pasé por eso. Pero luego conseguí superarlo. Lo que no sé es si tú serás capaz. Me da miedo que no lo seas.

—Vamos, Blanca…

—¿Eres lo suficientemente fuerte o estás demasiado roto, Adrián?

Mi pregunta le ha molestado, lo he notado. Se ha levantado y se ha marchado a la cocina para prepararse el desayuno. Y mientras él comía, o quizá fingía que lo hacía, me he duchado y he pensado en cómo me sentiré durante su ausencia.

Y una hora después ambos nos encontrábamos en la puerta. Adrián, con las maletas detrás; yo, esperando a ver lo que hacía. Supuse que salía hacia el aeropuerto con tiempo de sobras, como si deseara marcharse cuanto antes. Al final no he podido evitarlo: me he lanzado a sus brazos. Nos hemos abrazado en lo que ha parecido el momento más eterno y, a la vez, el más breve. Sentía que se me escurría de la piel, que su esencia se desprendía de la mía. He buscado sus labios y me ha recibido de manera tímida, casi ausente. Y mi corazón se ha arrugado.

—Hablaremos, ¿vale?

Simplemente he asentido. Quiero creer que así será. No me gustaría regresar a la Blanca negativa.

—Solo serán unos meses de trabajo, ya lo verás.

He acallado unas palabras que han acudido a mi mente. ¿Y el tiempo que me ha pedido? No se va solo por el trabajo, sino también para intentar encontrarse y darse cuenta de si funcionamos, si es capaz de llevar una relación a pesar de lo de su padre, así que no entiendo por qué ha fingido que no ocurría nada.

—Cuídate, ¿vale? Necesito que estés bien.

Ha vuelto a abrazarme. He notado cómo temblaba bajo mis manos. He hecho un gran esfuerzo para no llorar. Al separarnos, le brillaban los ojos.

Juro que nada más cerrarse la puerta el pecho se me ha congelado. Era real. Podía notarlo… Un frío extendiéndose por mi garganta y las extremidades de mi cuerpo. Luego he corrido hasta la ventana y me he asomado de forma disimulada. Adrián ha alzado la cabeza momentáneamente y le he dicho adiós con una mano, aunque no me ha correspondido. Quizá no me ha visto; tenía la mirada perdida. Diez minutos después he regresado a mi dormitorio porque me sentía agotada y me he quedado dormida hasta que la primera llamada de Begoña ha interrumpido mi sueño.

El móvil vuelve a sonar. Ni me molesto en dejarlo con el volumen a cero. El sonido se ha convertido en una letanía. Me doy la vuelta con desgana y alargo el brazo para coger el teléfono. Observo el nombre de mi amiga hasta que se torna borroso. Suelto un suspiro y descuelgo. Antes de apoyarme el aparato en la oreja ya oigo los gritos de Bego.

—¡Blanca! ¡¿Estás ahí?! ¡¿Todo va bien?!

—Hola —murmuro.

Un largo suspiro al otro lado de la línea, como si Begoña estuviera desinflándose.

—No sabes el susto que me has dado.

—¿Por qué? ¿Qué pasa?

—A ver, deja que te ilumine. Hoy se va tu novio, el amor de tu vida, con el que habías empezado una relación después de tantos años de estupideces y con el que tenías muchas esperanzas… —Toma aire—. Bueno, que se va a Nueva York porque necesita un tiempo. Y tú… seguro que te sientes perdida. Y yo llamándote desde hace más de una hora y tú que no contestabas… ¡Pensaba que habías hecho alguna locura!

—¡Tú sí que dices locuras! —respondo, molesta por el hecho de que se le haya pasado por la cabeza algo así—. Ya ves que sigo aquí, así que tranquilízate.

—No me hables de esa forma, que voy a tu casa y…

De repente rompo a llorar. Begoña se calla para permitir que suelte lo que llevo dentro, aunque me recompongo enseguida. Me he prometido que sería fuerte, que llevaría todo esto de la mejor forma posible y, aunque antes no lo habría conseguido, sé que ahora soy capaz.

—¿Cariño? —se atreve a preguntar.

—Me ha pasado una cosa rara al verlo en la calle marchándose. Como que el corazón se me congelaba —murmuro—. En serio, he notado un frío recorriéndome todo el cuerpo. Pero no solo estoy triste yo, Bego. Él también lo parece. ¿Por qué nos hacemos esto?

—Porque sois estúpidos, no hay más que añadir.

—Pensaba acompañarlo al aeropuerto, pero se ha negado.

Begoña resopla al otro lado de la línea. Me inclino hacia la mesilla de noche donde había dejado un vaso con agua y bebo mientras mi amiga guarda silencio.

—Y le has hecho caso —dice al fin.

—¿Y qué iba a hacer? No puedo obligarlo, si no quiere… Además, me sentía lejos de él, a pesar de todo lo que hemos vivido estos meses.

—Mira, mi cielo, Adrián no se marcha por ti. Métete eso en la cabeza, por si acaso, que luego piensas cosas raras. Adrián se va porque no se encuentra, porque sabe que ahora es lo mejor para los dos y para no dañaros más.

—Eso es lo que me gustaría creer. Pero la verdad es que estos días lo he notado muy distante.

—Adrián está sufriendo, simplemente es eso. Tú que pasaste por una depresión y trastornos por lo que te ocurrió de pequeña sabes lo que es. En esas épocas actuamos raro, mal… Incluso con las personas que amamos. Puede que más con ellas. Y cada uno vive el sufrimiento a su manera. Algunos necesitamos a nuestros seres queridos cerca, otros los alejan.

—Como hice yo —musito—. Estoy tratando de ser positiva y realista, pero estos días he pensado alguna vez que había dejado de amarme y que me decía eso como excusa.

—No es cierto —objeta mi amiga con tono duro—. Adrián te ha querido desde que erais unos críos y sigue siendo así. Un sentimiento como ese no se esfuma de un día para otro.

—¿Ni siquiera después de lo que hice?

—Vale, cometiste un error. Pero no es tan grave. Todo pasará. —Calla unos segundos y después añade—: Si deseas a Adrián en tu vida, debes mantenerte firme. Recuperarlo. Demostrarle que lo amas, enseñarle que tú eres la persona perfecta con la que estar. Tú, y nadie más. A pesar del dolor, de los fallos, de las dudas. Dejarle claro que, aunque paséis por momentos malos, los buenos contarán más.

—Siempre te molesto con mis problemas, Bego.

—No lo haces. Quiero ayudarte.

—Y yo a ti.

—Yo estoy bien.

Sé que es mentira. Tal como me dijo, las cosas no han ido bien con el marido de la mujer que es actualmente su pareja. Aunque él en un primer momento se mostró tranquilo y comprensivo, todo ha cambiado en poco tiempo. Al parecer está enfadado, y mucho. Lo ha pagado con su esposa, y Begoña sufre. Incluso tiene miedo porque no sabe lo que va a suceder.

—¿Me acerco a tu casa? —me pregunta con tono dulce.

—Si vienes aquí se te va a caer la moral por los suelos.

—No me apartes, Blanca. Eso es lo peor que harás. Ahora necesitas a gente a tu lado. A tus padres, a tu hermano, a Sebas, a mí.

—Lo sé —murmuro.

—Mira, haz una cosa.

—¿Qué?

—Ve al aeropuerto.

—¿Cómo?

—Dale la sorpresa. Acude allí y despídete de él de verdad.

—Ya me ha dejado claro que no quiere.

—No lo creo. A veces decimos cosas que realmente no pensamos porque suponemos que es lo mejor.

—¿Y si se enfada más?

—Ay, Blanca… ¿Dónde quedaron esas ansias tuyas de enfrentarte a todo y arriesgarte?

—No sé si es lo correcto. Me encantaría, pero…

—Pero ¡nada! En ocasiones necesitamos un empujón. Creo que Adrián lo necesita. De ti.

—Lo pensaré.

—Pues hazlo rápido, cariño, porque vas justa de tiempo.

Colgamos cinco minutos después. Sus palabras liándose en mi cabeza, la cual se mantiene firme en la decisión de respetar lo que Adrián me ha dicho. Mi corazón, por el contrario, golpeando con fuerza para que corra al aeropuerto y le confiese todo lo que siento.

No sé cuánto ha pasado cuando suena el timbre de abajo. Me levanto con la idea de que se tratará del cartero, pero me sorprendo al oír la voz de Javi. ¿Qué hace mi hermano aquí? Mientras sube me acicalo un poco ante el espejo de la entrada para que no vea mi mal aspecto. Lo espero apoyada en el marco de la puerta. Él me muestra una sonrisa al salir del ascensor y me abraza con ternura. En los últimos tiempos hemos conseguido acercarnos más y eso es algo que me hace sentir bien.

—¿Ocurre algo? —le pregunto mientras lo animo a entrar en el piso.

—Tenía que llevar unos papeles a la uni y se me ha ocurrido hacerte una visita.

—¿Te traigo algo para beber? ¿Una Coca-Cola?

—¿Una cerveza, quizá? —inquiere con un gesto inocente.

Asiento y me dirijo a la cocina. Saco una lata de birra de la nevera y añado en la bandeja un cuenco con patatas fritas. Javi ya se ha sentado en el sofá cuando regreso portando las cosas.

—¿Tú no vas a tomar nada? —me pregunta al tiempo que abre la lata.

—No me apetece.

—Adri ya se ha ido, ¿no?

Me muerdo el labio inferior y desvío la mirada, aunque noto la de mi hermano clavada en mí.

—No te preocupes, Blanca. Todo irá bien. Estaréis lejos, pero os queréis.

—Es demasiado complicado.

—¿Sabes? Lo vi hace un par de días, cuando fue al pueblo a despedirse de la tía Nati.

—¿Sí? —Me vuelvo hacia mi hermano y lo miro con anhelo.

—Se le veía muy apenado.

—Los dos lo estamos. Es duro que se vaya.

—En serio, Blanca. Estaba triste y muy liado.

—Ya.

—A ver, por una parte, está contento por esta oportunidad —continúa Javi, que juguetea con la anilla de la lata—. Pero eso no significa que no se sienta mal por tener que irse y dejarte aquí.

—No conoces todo lo que ha pasado.

—¿Me lo cuentas?

La verdad es que nunca he confesado a Javi mis problemas o lo que se me cruzaba por la cabeza. No hemos tenido esa relación estrecha de otros hermanos.

—Me pidió un tiempo. Hice algo mal y debe alejarse.

—¿Qué dices? —Javi se echa a reír, y lo observo con los ojos muy abiertos—. Pero ¡si Adri te adora!

—Ni que estuvieras en su mente.

—No, pero se le nota. Y estuvimos hablando.

—¿De qué?

—De ti.

Trago saliva. ¿Qué es lo que Adrián habrá charlado sobre mí con mi hermano?

—Me dijo que te cuidara, que necesita que estés bien y fuerte. Que eres muy importante para él. —Da un trago a la cerveza y luego coge una patata frita—. Y que le preocupa la distancia.

—Pero ¡si es él quien quiere un tiempo!

—No sé, tía… Vamos, que está encoñado de ti y punto.

Le doy vueltas a lo que me ha contado durante unos minutos. Javi se dedica a curiosear una revista de moda que hay sobre la mesa y a comentar lo buena que está no sé quién.

—¿Dónde se esconden estas tías? —dice señalando a Megan Fox.

De repente me levanto con brusquedad. Javi alza la barbilla y me mira con una ceja arqueada.

—¿Qué pasa?

—Me voy.

—¿Qué? ¿Adónde?

—Al aeropuerto.

Echo a correr hacia el dormitorio y lo dejo en el salón con la boca abierta. Regreso con las llaves del coche en la mano. Javi sigue observándome patidifuso.

—¿Quieres quedarte aquí, Javi? Termínate la cerveza, y si todavía estás cuando vuelva, continuamos hablando.

—Pero… ¿qué vas a hacer?

—Dejar claro a Adrián que soy la mujer con la que debe estar.

Mi hermano mueve la cabeza sin entender nada.

Salgo de casa con el corazón palpitándome como un loco. En la calle hace un calor espantoso y me da un ligero mareo por no haber comido en toda la mañana. Me meto en el coche con los nervios a flor de piel, preocupada por no llegar a tiempo. Para colmo, me topo con un atasco. Resoplo una y otra vez al volante, y la mujer del coche de al lado me mira con una sonrisa divertida en el rostro. Lanzo una ojeada tras otra al reloj, consciente de que cada minuto me aleja más de Adrián.

Por fin llego al aeropuerto y me encuentro con un aparcamiento atestado. Más bufidos. Pero luego un golpe de suerte: un coche se dispone a abandonar una plaza y me coloco detrás, a la espera de ocuparla yo. En breve Adrián embarcará y, si no me doy prisa, no podré despedirme de él como debería haberlo hecho.

Abandono el vehículo en un enredo de pies. Me tuerzo uno corriendo y cubro el resto del camino cojeando. Después me dolerá el tobillo horrores, pero ahora ni siquiera me doy cuenta. Hay un montón de gente en el aeropuerto, feliz de poder marcharse a sus tan esperadas vacaciones de septiembre. Miro a un lado y a otro, cada vez más nerviosa.

Me dirijo al mostrador de información y pregunto por el vuelo a Nueva York. Me indican la dirección y corro hacia el control de seguridad con pinchazos en el costado. Al llegar, me recibe una cola larguísima. Busco a Adrián con la mirada entre toda esa gente, pero no lo veo. «¡No me digas que ya ha pasado el control! Que no sea así porque entonces…»

Una pareja está despidiéndose enfrente de mí. Él la estrecha entre sus brazos con todas sus fuerzas y ella llora. Y luego el hombre la separa de su pecho y le da un tierno beso. Y yo deseo hacer lo mismo con Adrián. Darle ese beso que nos ha faltado. Que se lleve uno que le recuerde todo lo que hemos vivido y lo que está por llegar.

Ninguno de esos viajeros es Adrián. El nudo de mi pecho se cierra, cruel. Me paso la lengua por los labios, ansiosa y preocupada. Agacho la cabeza, rendida. Adrián ya estará a punto de embarcar, y en breve el avión despegará y me quedaré en tierra, sola, sin poder confesarle lo que guardo dentro. La fe que tengo en nosotros.

—¿Blanca?

Esa voz me obliga a darme la vuelta con una pequeña exclamación. Descubro a mi Adrián a punto de incorporarse a la cola, mirándome con un gesto de sorpresa. Trago saliva, con las palabras agolpadas en la garganta. Me acerco despacio, grabando en mis retinas su imagen para no olvidarla mientras permanezcamos separados. Una vez ante él, estudia mi rostro, se lo bebe con los ojos. Y el corazón me palpita encabritado.

—Pensé que ya habías subido al avión.

—Debería, pero he estado haciendo tiempo —dice con voz ronca. Tiene los ojos enrojecidos, consecuencia de no haber dormido mucho últimamente.

—¿Y eso?

—No sé, me costaba.

Siento una llama de esperanza en el pecho. ¿Acaso me aguardaba? ¿Deseaba que viniera, aunque ni él mismo era consciente?

—¿Qué haces aquí? —me pregunta.

—He venido para decirte algo.

Arquea una ceja y ladea la cabeza. Me muero por acariciarle el pelo, las mejillas, esa barba que le ha crecido en las últimas semanas, pero de momento me contengo.

—Espero que no te enfades. Me habías dicho que no querías que te acompañara.

—La verdad es que ahora mismo lo último que podría hacer es enfadarme.

Mi cuerpo clama por abalanzarse sobre el suyo y quedarme abrazada a él toda una eternidad. No obstante, cojo aire para hablar.

—He venido para decirte que este viaje no nos separará. Que entiendo que ahora estés molesto, triste, que no encuentres una salida, y que ni siquiera te sientas bien conmigo. Pero voy a luchar, Adrián. Voy a luchar con todas mis fuerzas para demostrarte que soy la persona indicada para ti y que todos nuestros esfuerzos por crear algo juntos no han sido ni serán en vano. Necesitas un tiempo, y lo comprendo. Te lo daré. Pero también te enseñaré que ambos nos necesitamos, y que tú y yo es lo único que tiene sentido.

Abre la boca, aunque no suelta palabra alguna. Sus ojos brillan más que de costumbre y, para mi sorpresa y alegría, esboza una leve sonrisa. Esa que había desaparecido. Y entonces, sí. Me lanzo a sus brazos, le rodeo el cuello con los míos y lo beso. Y él reacciona. Me toma de la cintura y acompasa el movimiento de sus labios. Nos besamos un buen rato, poniéndolo todo en ese largo beso, diciéndonos con él todas las cosas que no sabemos decir de otra forma. Adrián me estrecha con fuerza antes de separarnos, pues la cola ha avanzado y debe tomar su avión.

—Gracias —dice con los dedos entrelazados con los míos.

—¿Querrás que…? —Carraspeo—. ¿Querrás que te escriba alguna vez? ¿O ese tiempo que necesitas significa una absoluta falta de contacto?

Temo su respuesta.

—Claro. Hazlo si te apetece. Cuéntame todo lo que desees… —Por su tono parece algo dubitativo—. Esto no implica que nos ignoremos el uno al otro. Es solo que… —Se frota los ojos—. Estaba ahogándome aquí. Y no quiero arrastrarte a ti.

No le pregunto si responderá a mis correos de inmediato. Quizá no lo haga, puede que sea lo más probable, pero ese beso me ha demostrado que no todo está perdido. Nos amamos, aunque todavía no hayamos aprendido a hacerlo. Sin embargo, ahí está ese sentimiento: uno luminoso que, sea como sea, nos ayudará.

—Hasta pronto, Blanca.

—Cuídate —susurro.

—Y tú. Mucho.

Nos soltamos las manos. Mis dedos aún notan la calidez de los suyos. Lo veo avanzar poco a poco en la cola. Yo plantada, observando su marcha, aunque menos triste que antes.

Y cuando él se vuelve para decirme adiós con la mano el pecho se me ensancha. Alzo la mía y compongo un «te quiero» silencioso con los labios. Adrián asiente y, a pesar de no devolvérmelo, lo leo en sus ojos.

3

Resultó que Javi no había acudido a mi casa únicamente porque ardía en deseos de ver a su hermana mayor. Cuando regresé, tras despedirme de Adrián, no me dio tiempo a regodearme en la pena porque lo encontré sentado en mi sofá con los pantalones medio bajados, observándose algo con atención. Se apresuró a subírselos en cuanto me vio. Por suerte, no estaba «entretenido» con lo que se me había pasado por la cabeza.

—¿Puede saberse qué haces así? —Me quedé plantada ante él, extrañada.

Javi se sentó y se frotó las manos a la vez que apretaba los labios.

—Verás, es que tengo que decirte algo más.

—¿Qué? —Bajé la vista a su entrepierna en cuanto se posó la mano en ella y se rascó con una expresión de dolor.

—Javi, ¿qué te pasa ahí? —Le señalé el pantalón con horror.

—No lo sé… —Agachó la vista avergonzado—. No sé si tengo bichos o qué…

—¡¿Bichos?! —Lo tomé del brazo y tiré de él para que se levantara de mi sofá—. ¿Te refieres a ladillas?

—Sí…

—¿Tú te lo has mirado? Quiero decir… ¿las has visto?

—No he encontrado nada. Lo tengo rojísimo, eso sí. Y me escuece un montón cuando meo.

—Pueden ser otras… cosas, no ladillas. Y esperemos que no lo sean. —Moví la cabeza y lo miré con incredulidad—. ¿Qué has estado haciendo por ahí? ¿Has tenido sexo sin condón, Javi?

—Quedé con una de mis ex compañeras de piso… Y, no sé, la tía me molaba. Bebimos bastante y…

—¡Eres un inconsciente! —le grité.

—¡Oye, no soy el primero ni el último al que le ocurre esto!

—Obviamente. Pero ¡es que los otros me importan más bien poco! —Luego bajé la voz y lo miré con preocupación—. Aparte del embarazo, existen un montón de enfermedades de transmisión sexual peligrosas.

—¿Es que acaso tú no lo has hecho nunca sin protección?

—Por supuesto que no.

—¿Ni siquiera con Adrián?

—Él es diferente —musité con las cejas fruncidas—. Adrián y yo sabíamos que estamos sanos.

—¿Y si no hubiera sido así? Porque alguien puede mentirte, y nunca sabes tampoco…

—Adrián no me mentiría —contesté, y de inmediato recordé que, en realidad, sí me había ocultado muchas cosas. Traté de no volver a darle importancia. Eso es algo que ya he aceptado—. Y, en todo caso, ahora se trata de ti, no de mí. Justamente por decirme que se trata de una de esas chicas de tu antiguo piso… No me sorprende.

—Ella no es como piensas —protestó mi hermano.

—¿No será tu ex esa chica?

—No, es una amiga suya. Y no suele acostarse con cualquiera que se le pone a tiro.

No parecía sincero del todo. Lo miré con suspicacia y me encogí de hombros. No valía la pena discutir porque de lo que se trataba en ese momento era de solucionar las cosas. Javi me pidió que lo acompañara al médico y sugirió ir a mi ginecóloga. Le expliqué que a donde tenía que ir él era a otro tipo de especialista. Llamé a mi doctora y le pregunté por un buen urólogo. Ella misma se ofreció a contactar con uno a fin de solicitar cuanto antes una cita. Al final, por suerte, la conseguimos para el día siguiente. Javi me suplicó una y otra vez que no se lo contara a nuestros padres.

—¿Estás loco? Claro que no. ¿Les dije algo de lo de tu antiguo piso? —Chasqué la lengua—. Si papá se entera de esto, de una patada voladora a lo Chuck Norris te envía a otro país.

De modo que a la mañana siguiente nos fuimos al urólogo. Diagnóstico tras horas de espera: clamidiasis. Javi no tenía ni idea hasta que se lo expliqué con un lenguaje más simple: tenía hongos. Me miró con expresión horrorizada y al salir de la consulta estaba cabreado con la chica con la que se había acostado. La insultó y, en el fondo, me supo mal y salí a defenderla. La culpa era de los dos: ninguno se había parado a pensar en utilizar protección.

—La clamidiasis puede aparecer por haber tomado antibióticos.

—Pero ¡si me han recetado eso a mí! —Me miró como si fuera estúpida.

—Sí, pero a muchas mujeres les sale después de haberlos tomado. Los antibióticos nos bajan las defensas. —Me callé porque, en el fondo, a Javi no le importaban todas esas explicaciones—. ¿No decías que ella no es de las que se acuestan con cualquiera? ¿Por qué te enfadas tanto entonces?

—Pues eso espero, porque si no…

—No estarás frecuentando otra vez malas compañías, ¿verdad?

—¡Que no, Blanqui!

Suspiré y lo dejé correr. Lo único que me consuela es que Javi va a vivir en otro piso en la zona universitaria y que sus compañeros son tres chicos serios y callados que apenas nos saludaron antes de correr a encerrarse en su cuarto para estudiar parte de un temario que ni siquiera habían empezado.

—No tenemos nada en común esos pringados y yo, Blanca.

—¿Por qué los llamas así? Son personas como tú y yo. Les gusta estudiar, ser responsables. ¿Qué hay de malo en ello?

Y entonces mi hermano pareció recordar lo que me sucedió en la adolescencia, porque se calló e incluso pidió disculpas.

Desde entonces ha pasado una semana y he tenido tiempo para pensar. Y, por supuesto, mis pensamientos han estado puestos todo el rato en Adrián. Creí que recibiría un correo en el que me explicase algo, pero tan solo obtuve un mensaje al móvil con un escueto «He llegado bien, todavía no tengo teléfono propio». Como no vi reflejado su número, no me atreví a contestar. Y desde entonces espero algo más, algo que me ayude a no añorarlo tanto y a no sentirme terriblemente sola por las noches.

—Archiva este expediente allí, por favor. —Noto unos golpecitos en el hombro y, al darme la vuelta, me encuentro con la cara seria de Begoña—. ¿Estás en lo que estás? —me pregunta en tono seco.

—Perdona —musito, y me apresuro a hacer lo que me ha pedido, aunque no sé si me he enterado del todo.

—Ahí no. En el otro —masculla con enfado.

—Lo siento.

—Deja de disculparte y haz las cosas bien. En nada vamos a abrir, Blanca, y te quiero aquí conmigo. No solo tu cuerpo. Lo que necesito es tu cabeza —me regaña.

—Lo sé. —Le doy la espalda mientras guardo el expediente.

—¿Qué estabas haciendo? —La veo de reojo inclinada sobre mi escritorio—. ¿Es eso lo que creo que es?

—Supongo.

—Un correo electrónico.

—Sí.

—¿Es para Adrián?

—¿Para quién si no? No tengo más amores por ahí —suelto, irónica.

—¿Has recibido alguna noticia más después de su mensaje? —me pregunta con curiosidad.

—Te lo habría contado de ser así.

Me lanza una mirada extraña para después proseguir con sus labores. El despacho continúa patas arriba porque Begoña se ha traído a casi todos sus clientes anteriores y hay un montón de asuntos por revisar.

—¿Piensas que no debería escribirle?

—Blanca, si a ti te apetece, hazlo.

—Es que no sé nada de él y ya hace más de una semana que se marchó. Parece que lo de darnos un tiempo iba más en serio de lo que insinuó.

—Hija mía, ¿y tú eres licenciada en Derecho? Se te quedó la inteligencia en la universidad —se mofa.

—¿Por qué dices eso?

—No tendrá internet todavía.

—Hoy en día es posible conectarse en todas partes.

—Bueno, estará con el jet lag.

—O quizá…

—¡Eh, eh! —Alza un dedo en señal de advertencia—. Te lo dije: tonterías a mí no. Fuiste a despedirlo al aeropuerto, hecho que me hace sentir muy orgullosa de ti, y tú misma me aseguraste que lo viste sorprendido y alegre.

—Sí, pero…

—Ni peros ni nada. Deja que se ubique. De momento, envíale esto. —Señala la pantalla.

—Ahora me siento ridícula. Le decía en él cosas muy ñoñas.

—Adjúntale una foto tuya en pelotas y verás como no piensa que eres cursi.

—¡Begoña! —Me entra la risa tonta y mi amiga se une a mí—. La antigua Blanca lo haría, pero ahora no es la ocasión.

—La antigua Blanca era más atrevida.

—Ahora es distinto, y lo sabes. Necesito recuperarlo y debo hacerlo poco a poco. No quiero asustarlo.

—Me parece a mí que Adrián es de los que se asustan poco.

Un bonito recuerdo aparece en mi mente y me dibuja en el rostro una sonrisa nostálgica.

—¿Sabes que mientras estuvo en Barcelona practicamos cibersexo?

—Cariño, ¡eso ya lo hacía yo cuando tú te dedicabas a ensayar las coreografías de los BackStreet Boys!

Me carcajeo en toda su jeta. Begoña se sienta enfrente de mí y se ríe también hasta que la cara se le pone completamente roja.

—Aunque… bueno, tu historial tampoco se queda atrás.

—Ahora todo lo que sé deseo hacerlo con Adrián. Solo con él.

—¡Voy a vomitar arcoíris! —Bego se lleva dos dedos a la boca.

—¿No me decías siempre que querías verme así? —La miro sin borrar la sonrisa. Begoña consigue que los momentos difíciles lo sean menos—. Además, mira quién habla, la que no para de proclamar lo fantástica y valiente que es ...