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CORAZóN INDOMABLE (TRILOGíA CORAZóN 2)

Elena Montagud

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Fragmento

1

Apenas puedo mantener los ojos abiertos. Me empujan y trastabillo. Se me enreda un pie con otro y a punto estoy de comerme el suelo, que parece arenas movedizas. Se me escapa una carcajada de esas que va acompañada de una sonora pedorreta. Un par de pupilas oscuras me observan divertidas, con los párpados entornados. Aunque he perdido la mesura hace un par de horas, cuando la cuarta copa, cargadísima, me resbalaba garganta abajo, alzo la barbilla, muy digna, e interrumpo la risa hasta quedarme muy seria.

—¿Qué pasa? ¿Te parezco graciosa?

Vale. En mi cabeza he pronunciado esas palabras, aunque lo más probable es que de mi boca haya salido algo muy distinto.

—¿Perdona?

El chico se me acerca un poco más y arrima una oreja a mis labios. No se me ocurre otra cosa que darle un mordisquito en el lóbulo. Se aparta sacudiendo la cabeza, pero con una sonrisa que me convence de que mi atrevimiento le ha gustado.

—¡Que si te parezco graciosa! —chillo para hacerme oír por encima de la música. Esta vez logro pronunciar la frase entera y que, al menos, no tenga la impresión de que estoy hablándole en una extraña lengua indígena.

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—Me pareces eso y mucho más, guapita —responde él agrandando la sonrisa.

—¿Como qué? —pregunto con la voz pastosa.

Mis ojos vuelven a descender en caída libre. Parpadeo. Los abro cuanto puedo y trato de centrar la mirada en el tío que tengo delante.

—¡Como que vas muy borracha! —grita.

Sus labios me hacen cosquillas en la oreja. Su mano, de manera disimulada, se ha apoyado en mi cintura.

—¿Qué te hace pensar eso? —Me llevo una palma al pecho en mi mejor imitación de una damisela ofendida.

—Pues que si no llego a sostenerte, aterrizas en el suelo. —Se aparta un poco para mirarme a la cara—. Eso… y que sujetas dos copas. —Me las señala con expresión risueña.

Bajo la vista y reparo en que es cierto. ¿Cuándo las he pedido? Ni me he enterado. Supongo que sí voy un poco ciega. Pero ¡la noche es joven y estoy pasándomelo en grande!

—¡Claro! —convengo con una sonrisa borrachuza—. Una es para ti. —Le tiendo la copa de balón y la toma con una ceja arqueada—. Es un gin-tonic, malpensado. No soy una pirada que echa drogas en las bebidas. —Realmente no sé si pronuncio todas las letras o me como la mitad, aunque él parece entenderme.

—¿Me lo juras?

A pesar de lo mal que voy, me doy perfecta cuenta de que el tío ha empezado a coquetear conmigo. Tampoco es que yo esté comportándome como una mojigata. Doy un gran trago a mi gin-tonic y suelto un gemido de placer con los ojos cerrados.

—¿Con quién has venido? —me pregunta.

—No lo sé. —Me encojo de hombros.

—¿Cómo que no lo sabes?

Me acompañan Begoña y Sebas, pero los he perdido de vista en algún momento de la noche. En realidad, he sido yo quien ha hecho todo lo posible por quedarme sola y que dejaran de darme el coñazo con que estoy bebiendo demasiado. Venga ya, como si ellos no le dieran al alpiste.

—¿Y tú?

Alguien me da un empujón y choco contra el chico, con lo que su copa se derrama sobre mi brazo desnudo. Se me escapa otra carcajada. Hay que ver, cuando vas borracha todo te parece gracioso.

—Con unos amigos —responde, y señala con el dedo índice hacia atrás.

Asiento con la cabeza y vuelvo a beber. Me oculto tras la copa para observarlo, aunque lo cierto es que todo lo veo un pelín borroso… No está mal. No es que sea un tío guapísimo con un cuerpo ideal, pero pasa del aprobado; de hecho, hasta se merece un notable. Tiene el pelo muy negro y corto y una sonrisa atractiva.

—¿Cómo te llamas? —quiere saber. De nuevo, sus dedos están rozando mi cintura.

—¿Qué nombre crees que me pega? —Ladeo la cabeza, juguetona.

—Amanda.

—¿Amanda? —Arrugo el entrecejo.

—Significa la que debe ser amada.

—¡Vaya! Eres todo un donjuán. ¿Te has ligado a alguna novicia?

—No me van mucho las monjas —dice siguiéndome el juego.

Justo ahora empieza a sonar una canción que este verano estaba de moda. Es una de esas con una letra subida de tono para bailar muy juntos. J. Balvin y su Ginza caldean el ambiente de la discoteca. Las tías que se hallan a mi lado chillan y se ponen a bailar como locas. Mi acompañante les lanza unas cuantas miradas en absoluto disimuladas. Ni de coña esas pelanduscas van a levantármelo. Bueno, no es que haya pensado nada cochino con él. Aún no.

—«Si necesitas reguetón, dale. Sigue bailando, mami, no pares. Acércate a mi pantalón, dale. Vamos a pegarnos como animales» —canto.

Me aproximo a él con un vaivén de caderas. Aparta la vista de las otras y de inmediato la posa en mí. Apoyo una mano en su hombro mientras alzo la otra por encima de la cabeza. Me atrapa de las caderas y me acerca a su pantalón, tal como indica la canción. Suelto un grito animado al comprobar que está dispuesto a proseguir con el juego.

—«Y hoy yo estoy aquí imaginando. Sexy baila y me deja con las ganas…» —canto a voz en cuello.

Con un movimiento de lo más sensual me doy la vuelta y pego el trasero a la cremallera de sus vaqueros. El tío tampoco se corta ni un pelo. Me desliza la mano desde la cadera hasta el vientre y me aprieta aún más contra él. A los pocos segundos de frotamiento nada disimulado, su erección me saluda. Sonrío y continúo bailoteando. La falda de mi vestido se contonea a mi ritmo. Su otra mano (por cierto, ¿dónde ha dejado la copa que le he regalado?) me roza las medias a medio muslo. Noto su respiración, un poco agitada, junto a mi oído.

Muevo las caderas y el trasero. En este momento, con todo el alcohol que llevo en vena, ni me planteo cómo nos verán los demás. Supongo que como la típica pareja salida de discoteca que parece estar a punto de darse un revolcón en el suelo.

Cierro los ojos y me dejo llevar por el ritmo caliente de la canción. La mano que tengo en el vientre me echa hacia atrás y me acerca aún más a un cuerpo que está mucho más macizo de lo que había imaginado. Bajo y subo después con el trasero pegado a su entrepierna, cómo no, que ahora ya está más dura que la de Nacho Vidal en su mejor época.

Tira de mí hacia atrás bailando hasta alejarme del gentío y llevarme a un rincón apartado donde un par de parejas que quizá acaban de conocerse, como nosotros, están dándose el lote de lo lindo.

Repito el movimiento de caderas. Bien prieto contra mi culo. Su mano ya no está en el centro de mi vientre, sino más abajo, mientras que la otra se acerca con disimulo a la parte alta de mi muslo. Me acaricia con la nariz el lóbulo de la oreja. Esta noche voy a tener compañía.

Me zafo de él, me doy la vuelta y me quedo mirándolo con esa expresión de: «¿Estás preparado para todo lo que se te viene encima, chato?». No parece dudar ni un instante en su respuesta porque me atrapa de las manos y vuelve a pegarme a su cuerpo. Solo es unos centímetros más alto que yo, de manera que su erección choca contra la fina tela de mi vestido. Antes de que se enganche a mis labios, ya tengo la boca entreabierta. Su lengua se me introduce sin escrúpulos. Ambos sabemos a alcohol, y eso me excita. Me agarro de su brazo con la mano libre. Vaya, qué duro está. No, si al final me marcaré un tanto de los buenos… Al menos Begoña no me dará la lata con que me he ido con el más feo de la discoteca. En el fondo, ahora mismo me daría igual. Lo único que me apetece es tener a este tío dentro de mí, dominarlo, demostrarle todo lo que puedo ofrecerle y después marcharme sin tan siquiera decirle mi nombre.

—Tomás —murmura contra mi boca.

—¿Mmm?

—Me llamo…

Detengo los besos y lo miro con una sonrisa ladeada.

—Da igual. No voy a decirte el mío.

—¿Por qué no? —pregunta curioso.

—¿Lo necesitas para liarte conmigo o qué?

Le corto la risa con otro beso. Enrosco mi lengua a la suya, y le permito que me estruje las nalgas y me las manosee como si no hubiera un mañana. Su erección aprieta contra mi bajo vientre. Un gemido escapa de mi boca. De la suya, un jadeo.

—No lo he hecho nunca en los baños de una discoteca —dice entre beso y beso. Sé que es una proposición encubierta.

—Pues alguna vez tendrá que ser la primera —respondo con voz gangosa. No lo pienso un solo segundo. Estoy caliente.

Doy unos golpecitos en el hombro a un tío enorme que tengo delante y, cuando se da la vuelta, le pongo mi copa en la mano. Me mira con los ojos muy abiertos, pero no espero a que diga nada. Cojo del brazo a mi ligue, quien está descojonándose, y salgo por patas.

—Qué malo es el alcohol —se burla.

—¿Malo? No dirás eso dentro de unos minutos.

—¿Insinúas que si no fueras borracha no estarías liándote conmigo?

—Insinúo que en nada vas a estar gritando de placer.

—O quizá lo hagas tú.

—¡Eso espero, por Dios! —exclamo con gesto teatral.

Me encamino hacia los baños. O eso creo, porque veo que corrige mi rumbo. No es la primera vez que voy al aseo esta noche, lo que pasa es que ahora mismo mi cabeza no es un GPS.

—¿Hombres o mujeres? —Se detiene ante la entrada de ambos.

—Hombres, que sois menos cerdos.

—¿En serio?

—Nunca sabes lo que puedes encontrarte en el lavabo de tías —le digo con una mueca de horror.

Antes de que pueda reírse, ya lo he empujado dentro. Un par de tíos están meando, pero no me importa. Reparo en que nos miran con una mezcla de sorpresa y diversión. Ya les gustaría colarse con nosotros en uno de los cubículos. Empujo a mi acompañante al interior de uno y cierro la puerta con un golpe de trasero. No me da tiempo a reaccionar. Ya lo tengo otra vez pegado a mis labios. Me los muerde, y yo a él. Sonríe sobre mi boca. Succiono su lengua y gimo de placer.

—Dios, qué buena estás —jadea.

Me baja las medias en un arrebato y me coge de las nalgas mientras me besa con tanto ímpetu que creo que su lengua me saldrá por la nuca. Le subo la camiseta y le acaricio el vientre mientras desliza una mano hasta mi sexo para acariciármelo por encima del tanga. Un dedo se introduce en él y se empapa de mi humedad.

—¡Vaya! —exclama.

Estoy cachonda, aunque puede que no tanto por él como por el alcohol, que me pone locas perdidas las hormonas. Unas cuantas copas de más me convierten en la mujer más salida del universo. Eso… y la rabia que tengo desde hace un tiempo.

Su dedo entra en mí, arrancándome un gemido. Me muerdo el labio inferior y le deslizo la cabeza hasta mis pechos. Me los deja libres bajándome los tirantes del vestido. No llevo sujetador y eso parece gustarle. Me chupa un pezón. Lo succiona. Lo mordisquea. Muevo las caderas hacia delante y hacia atrás al ritmo de su dedo. Introduce otro. Acerco una mano a su entrepierna y se la aprieto. A continuación busco hasta dar con el botón y la cremallera del vaquero. De repente me tiemblan las manos, pero trato de no hacer caso, ni tampoco a una vocecilla interior que insinúa que soy una cualquiera y que lo que estoy haciendo es una puta mierda.

—No tengo condones —dice.

Me quedo en silencio. No me encuentro bien. Y, al cerrar los ojos, me vienen a la mente unos tatuajes. Alentado por mi mutis, me baja el tanga. Me aparta las manos y, cuando quiero darme cuenta, su pantalón y sus calzoncillos están rozando el suelo y su pene está rozando mi sexo húmedo. Sé que este tío entrará en mí sin miramientos y me hará gritar. Y eso es genial, ¿no? Disfrutar. Olvidar. Olvidarme de mí. Abandonarme a mi suerte con los espasmos del placer. Sin embargo, me noto rara. En cualquier otro momento del pasado el alcohol que he ingerido ayudaría a que mi trasero ya estuviera chocando contra la puerta. Pero ahora tengo la sensación de que el suelo ya no es tan firme. Siento que esto no es lo que deseo de verdad. Que no me gusto. Que tengo que detener estas locuras. Que este hombre no es, y nunca podrá serlo, el que me llene, el que haga que me quiera con todos mis defectos. Que todo se reduce a un nombre, y no es el suyo.

—Con lo mojada que estás, y qué estrecha… —oigo que protesta mi acompañante al tiempo que trata de abrirse camino hacia mi interior.

Cierro los ojos con tanta fuerza que me mareo. El estómago me da un vuelco. ¿Voy a vomitar?

—No… Para. No. —Callo y aprieto los dientes.

Pero hace caso omiso de mis negativas.

Estoy borracha, pero todavía soy consciente de que debo detenerlo de alguna forma. Me revuelvo y me estruja contra su cuerpo. Algo similar al pánico se cierne sobre mí. ¿Qué he hecho? ¿Qué cojones estoy haciendo con mi vida y conmigo misma para terminar en los cochambrosos aseos de una discoteca con un tío cualquiera? Me dije que ya no quería algo así.

Justo en este instante una voz femenina provoca que abra los ojos. La reconozco. Es Begoña y está gritando.

—¡Lo siento! ¡Lo siento! —exclama una y otra vez.

Segundos después unos golpes retumban en la puerta de nuestro urinario.

—¡Ocupado! —gruñe mi ligue.

—¡Abre! —El tono de Begoña es imperioso.

—¡Que te he dicho que está ocupado!

Begoña no desiste. Golpea con más fuerza, ocasionando que mi espalda vibre. Empuja la puerta y, como no nos hemos preocupado en echar el cerrojo, salimos disparados hacia atrás. Tomás (¿se llamaba así?) acaba sentado en el retrete con los pantalones y los calzoncillos por los tobillos. Yo, con el culo al aire, me doy la vuelta y me topo con una Begoña furiosa.

—¡Vete al de tías! —protesta él.

—¿Es que no ves lo mal que está? —Begoña me atrapa de la mano y con la otra me sube el tanga y las medias como puede y me coloca el vestido.

Él se viste también y la mira con la boca abierta, sorprendido.

—¡Ah, que sois amigas! —Lanza una carcajada—. Oye, que no tiene quince años. Ya es mayorcita para saber lo que hace. No nos estropees la diversión.

—Ella va muy mal. Tú no —le recrimina Bego.

Presencio la escena como si me hubiera desprendido de mi cuerpo, que parece haberse convertido en un simple caparazón. Begoña tira de mí para sacarme del urinario, pero él me coge de la otra mano, reacio a dejarme marchar.

—¡Para o aviso a los seguratas! —le advierte ella con un bufido.

—Ha sido tu amiguita la que ha venido a calentarme la polla. —Se le ve cabreado, y me encojo entre ambos.

Un par de curiosos se asoman y nos observan cuchicheando. Intuyo que mi ex ligue no quiere problemas porque me suelta y levanta las manos al tiempo que sacude la cabeza.

—Controla a tu amiga. A los tíos no nos gustan las guarras —escupe con rabia.

—¡Vete a la mierda! —le grita Begoña, y se apresura a sacarme del aseo.

Los pies se me enredan una y otra vez. Bego me grita, y cada vez me hago más pequeña.

—Nada… malo… —farfullo, con unas tremendas ganas de vomitar.

—¡¿Que no estabas haciendo nada malo?! —Frena y me detiene de golpe, y me coge de la barbilla para que la mire—. ¡Ibas a tirarte a un tío al que no conoces de nada en un lavabo asqueroso! ¡Y sin protección! ¿Tú sabes la de enfermedades que corren por ahí? Él tenía razón en algo: ¡no eres una quinceañera! ¿En qué pensabas? ¡Joder, está claro que en nada! O a lo peor lo hacías con la pepitilla. Eres una inconsciente, Blanca, no puedes hacer algo así y…

Una presencia familiar se sitúa a nuestro lado. Adivino que es Sebas. Me coge del otro brazo y exclama, para hacerse oír:

—¡Por mucho que la regañes ahora, no va a servir de nada! ¡Ha bebido demasiado para entenderte!

Oh, menos mal que uno de mis amigos es un poco más amable. Asiento con la cabeza; está en lo cierto.

—¡Es que no puede seguir así! —bufa Begoña en mi oreja—. Y encima el día de tu cumpleaños… ¡Te lo está fastidiando!

—No pasa nada…

Una arcada me sobreviene. Me inclino hacia delante de golpe, a punto de echar el estómago por la boca. Bego suelta un grito y se dispone a devolverme a los aseos.

—No. Mejor la llevamos afuera para que le dé un poco el aire.

Entre los dos me conducen al exterior de la discoteca. Begoña ya no dice nada, pero carraspea una y otra vez como cuando está nerviosa. Camino con la cabeza gacha, en una horrible pugna interior por no dejarme los intestinos en la pista de baile.

Una vez fuera, el gélido vientecillo nocturno me azota la cara. Suelto un suspiro de agradecimiento. Sebas y Begoña me apoyan en una pared, pero al ver que me tambaleo vuelven a agarrarme.

—Madre mía… No me lo puedo creer. Pero ¿cuánto ha bebido desde que se ha escabullido de nosotros?

La voz de Bego se me antoja un poco más lejana que antes, a pesar de que aún se encuentra a mi lado. Otra arcada me proyecta hacia delante, pero no me sale nada. Tampoco es que haya cenado mucho.

—Deberíamos irnos ya —comenta Sebas mientras me sujeta con fuerza del brazo.

—¿Dónde está tu chaqueta, Blanca? —Begoña se inclina hasta que su rostro queda delante del mío. De repente soy consciente de que tan solo llevo el vestido de tirantes y estoy helada. Hasta me castañetean los dientes. Me encojo de hombros—. ¡Por Dios! —exclama cabreada—. Sebas, quédate con ella mientras voy adentro, a ver si la encuentro. Te cojo también la tuya.

Cuando se marcha, mi amigo y yo nos quedamos en silencio. Al menos él entiende que me encuentro fatal y que no puedo hablar. Me quedo apoyada en la pared, con las manos cruzadas en el vientre para atenuar el frío y el dolor de estómago.

Al alzar la mirada me topo con la de Sebas. Parece preocupado por mí, aunque me regala una sonrisa, que le agradezco en silencio. Nos conocemos desde hace poco tiempo, pero se ha convertido en un buen colega, en alguien que siempre está ahí para soportar mis neuras, que en estas últimas semanas han sido muchas.

Me habré quedado en mi mundo porque de pronto me doy cuenta de que Sebas se ha alejado unos pasos y está hablando con unos chicos. Los observo con la vista borrosa. Imagino que son amigos. Trato de fingir que estoy bien, ya que no quiero avergonzarlo. Una leve vibración en el costado me alerta. Al bajar la mirada, descubro mi bolso colgándome de un hombro. Vaya, no me acordaba de que lo llevaba encima. Puede que quien me llame sea Begoña, cagándose en todo porque no encuentra mi chaqueta.

Saco mi móvil y, a duras penas, veo el símbolo del chat en la pantalla. Al abrirlo con dedos de goma descubro que es Adrián quien me escribe. Resoplo. Desde que fui al piso, lo pillé con la buitrona, confesó aquello y me marché hace casi tres semanas, no hemos vuelto a vernos ni he dado señales de vida. Él sí. Él me llamó muchas veces los tres primeros días, aunque al cuarto se cansó. Y entonces empezó a enviarme mensajes de disculpa. Mensajes bonitos que deberían haberme hecho sentir mejor, pero fue al revés. El miedo creció. Y la desconfianza. Y supe que estaba bajando muchos peldaños y que volvía a ser una adolescente asustadiza que se empeñaba en creer que era valiente. ¿Que por qué no lo he bloqueado si no tengo la intención de responderle? Sinceramente, no lo sé. A veces, por las noches, leo alguno de sus mensajes. Y lloro. O me emborracho. Y me dan ganas de golpearme, de hacerme daño por fuera y por dentro, de correr y huir. Como hoy.

No debería hacerlo, pero abro la aplicación y trato de centrar la mirada para leerlo. Masoquista…

Hola, Blanca, creo que tendríamos que quedar. Deja que me explique. Déjame intentar solucionarlo. No vuelvas a hacer lo de tiempo atrás. No voy a quedarme de brazos cruzados, no después de todo lo que ha pasado desde nuestro reencuentro. Nos merecemos algo mejor que una nueva despedida con rencor. Me propuse alejarme de ti, pero no puedo. Que fueras tú quien vino a mi casa para poner las cartas sobre la mesa me abrió los ojos.

Suelto un gemido. Niego con la cabeza. Sebas continúa charlando con esos chicos, aunque sin apartar la vista de mí. El móvil me tiembla entre las manos y a punto está de caérseme al suelo. Tecleo una respuesta.

No puedeser. Tú y yo no poemos ser niamigos porque lo qhicste cnesashcias es horrible… yjderno…

Me temo que el mensaje no está bien escrito; aun así, le doy a «Enviar». No han pasado ni dos segundos cuando mi móvil vibra de nuevo, esta vez por una llamada entrante. Doy un brinco. «No lo cojas, Blanca. No cometas más estupideces esta noche.» Pero lo hago. Me lo acerco a una oreja.

—¿Blanca?

La voz de Adrián me deja estacada. Un pincho muy afilado se me clava en el pecho. Me falta el aire.

—¿Estás ahí?

—No…

—¿Te pasa algo? Tu mensaje…

—Para ya —murmuro con voz pastosa.

—¿Has bebido? —pregunta ansioso.

—No puedo hablar contigo. —Se me traban las palabras.

—¿Dónde estás? ¿Estás con alguien? ¿Con Begoña?

—Tienes que dejar de…

Se me escapa una arcada y el móvil cae al suelo. El vómito cae justo al lado, salpicándolo.

De inmediato tengo a Sebas junto a mí, cogiéndome el pelo para que no me lo manche. Vomito por segunda vez y le riego las puntas de sus bonitos zapatos.

—¡Por Dios, Blanca! —exclama.

—¡Ya tengo la chaqueta! —oigo anunciar a Begoña. Sus tacones llegan a nuestro lado—. ¡Madre mía, va a echar hasta la primera papilla!

Una mano masculina recoge mi móvil. Imagino que es Sebas.

—Estaba hablando por teléfono. Todavía hay alguien al otro lado.

—¿Qué? ¿Quién? —pregunta Bego.

Quiero decirles que cuelguen, pero los espasmos en el estómago no me dan tregua. La vista se me nubla.

«Dios, Blanca, tu vida es una completa farsa.»

2

No sé exactamente dónde estoy, pero atino a reconocer que se trata de un lugar cómodo. Algo blandito…

A los pocos segundos percibo que se trata de una cama. La mía, para ser exactos. Al palpar el lado derecho descubro un bulto. Oh, oh, creo que hace un rato estaba muy borracha… y espero no haber hecho nada de lo que arrepentirme. Si tengo suerte, será Begoña la que se ha acurrucado a mi lado y estará cuidándome.

Sin embargo, el perfume que llega hasta mi nariz no es Escada, el que usa mi amiga. No, este es uno muy masculino y, para mi sorpresa, también muy familiar. Casi doy un brinco en la cama. Se filtra algo de luz por las rendijas de la persiana, aunque no la del sol. Todavía es de noche. ¿A quién me he traído a casa y lo he dejado meterse en mi cama?

Me da un poco de miedo averiguarlo, pero trago saliva y pregunto en un murmullo:

—¿Sebas?

Mi acompañante suelta un gruñido y se da la vuelta para mirarme. Contengo un grito y hasta la respiración. Sus grandes y profundos ojos se clavan en mí. Brillan en la penumbra. Lo veo sonreír de manera triste y una congoja se apodera de mí.

—¿Quién es Sebas?

—Yo… —Se me quedan atragantadas las palabras.

Quiero levantarme, salir de entre las sábanas y el edredón y echar a correr. Para mi mala suerte, no me responden las extremidades.

—Como ya te habrás dado cuenta, no soy ese tal Sebas.

El sarcasmo de su voz me descoloca. Al bajar la mirada me topo con esos labios carnosos que en tantas ocasiones he besado en los últimos tiempos. Los que saboreé por primera vez en mi vida. Pero… ¿qué hace él aquí?

—No, por favor —me quejo, y vuelvo a cerrar los ojos.

Adrián no dice nada. Nos quedamos en silencio un rato, hasta que me atrevo a abrirlos de nuevo y descubro que se ha arrimado a mí un poco más. Ahora su rostro está mucho más cerca, y me echo hacia atrás en la cama.

—No vuelvas a dormirte, loca.

Gimo. Hundo la nariz en la almohada con tal de no mirarlo, aunque, por otra parte, me muero de ganas. Esto no debería estar pasando. Él no tendría que estar aquí, sino Begoña, o incluso Sebas. Pero no él.

—Begoña… —murmuro.

—¿Qué?

Un movimiento me sobresalta y hundo más la cara en la almohada.

—¿Dónde está mi amiga?

—Realmente no lo sé, Blanca. Cuando he llegado, me has abierto la puerta. Estabas sola.

—¿De verdad he hecho eso? —Lo miro atónita—. ¡No puedo recordarlo!

—Ibas fatal, así que… Es normal que no te acuerdes —dice Adrián, tan cerca de mi rostro que su aliento me eriza la piel.

—Pero ¡¿por qué estás en mi cama?!

—Me lo has pedido tú.

Vuelvo a gemir. Me dan ganas de taparme la cara con la almohada, pero como él también tiene la cabeza apoyada en ella, no hay manera. Me incorporo, dispuesta a abandonar este pequeño y cálido espacio que es una trampa infernal. Sin embargo, aún no he puesto el trasero en el borde cuando Adrián me atrapa del brazo y tira de mí hasta tumbarme de nuevo. Caigo boca arriba de sopetón y él se coloca sobre mí, a horcajadas y con las manos rozándome el cabello.

—¿Qué haces? —pregunto en un jadeo.

Ante su proximidad, el corazón me late con tanto ímpetu que es lo único que oigo durante unos segundos. Eso y la respiración entrecortada de Adrián, quien me mira con fiereza.

—¿No es esto lo que querías, Blanca? ¿No me has llamado para que venga y te folle?

Su tono es duro, seco, desprovisto de cariño, de empatía siquiera. Hace tan solo unos días me enviaba unos mensajes de lo más tiernos y ahora, sin embargo, parece tremendamente enfadado.

—No. Yo no te he llamado para nada —atino a responder. En realidad, no lo sé. ¿Habré sido tan estúpida para pedirle por teléfono algo así? La verdad es que, con lo que he bebido, me creo capaz de todo, pero…

—Me has dicho que estabas muy cachonda y que me necesitabas dentro de ti —continúa.

Su rostro está tan cerca que, a pesar de la poca luz que hay, adivino su expresión. Sí, está enfadado, muy molesto, y una extraña sonrisa se dibuja en su rostro.

Lo miro con los ojos muy abiertos. Ese sabor amargo que llenaba mi boca cuando pensaba en él años atrás vuelve a invadirme. Una sensación de inquietud revolotea en mi estómago.

—¿Ya hemos…? —Ladeo el rostro y busco en la cama señales de haber mantenido sexo.

—¿Con lo borracha que ibas? —Adrián suelta una carcajada y sacude la cabeza—. Nada más abrirme la puerta y regresar a tu cama has caído grogui.

—Escucha, ha sido un error. No sé qué he hecho, pero no deberías haber venido. —Trato de mantener la voz firme, aunque su cercanía no ayuda demasiado. Más bien, nada.

—No me extraña.

—¿Qué?

—Como siempre, te comportas como una niña caprichosa. Me llamas, me dices cosas guarras, me pones duro, vengo como un gilipollas y después… Dime, Blanca, ¿qué va a suceder después?

Hace presión hacia abajo con las manos, con lo que me hundo un poco más en la almohada. Acerca el rostro y sus labios casi rozan los míos. Contengo la respiración.

—Pues lo siento, pero no…

—¿Crees que voy a irme así como así, Blanca? No está bien que quieras que los demás te den todo y tú, en cambio, no des nada.

—¡Eso no es cierto! —replico con voz chillona.

—¿Ah, no? ¡Entonces demuéstrame que no me has llamado por tu ego! ¡Muéstrame que has marcado mi número porque necesitabas oír mi voz! —me grita.

Se calla, como si sus propias palabras le hubieran sorprendido. Se muerde el labio inferior, y vuelvo a tragar saliva, cada vez más amarga. Oh, Dios, ¿cómo hemos llegado hasta aquí de nuevo? ¿Es que no ve que cuando estamos juntos somos como una bomba a punto de estallar?

Parece que también se da cuenta de lo extraña e incómoda que resulta la situación, ya que se aparta, rueda por la cama y, a continuación, se sienta de espaldas a mí con la cabeza entre las manos. Me entra un horrible malestar en el cuerpo y, durante un instante, quiero llorar. Llorar aquí, junto a él, a su lado. Demostrarle que sus palabras no son ciertas, que no tengo un corazón elástico, que me duele tenerlo lejos, pero también cerca.

Abandono la cama y me quedo de pie unos segundos. Me tambaleo, presa de un terrible mareo. Tengo que arrimarme a la pared y apoyarme en ella para no darme de bruces contra el suelo. Sé que lo que me provoca todo esto es él. Adrián. Reparo en que tan solo llevo unas braguitas y me asusto. Y, cuando alzo la vista, lo tengo delante de mí, observándome con los labios apretados y los ojos más brillantes que un par de estrellas.

—Debes irte. Debes dejar todo como estaba —le ruego.

Adrián coge aire, luego lo suelta despacio. Me mira muy serio. La nuez le baila en la garganta. Se acerca un poco más, invadiéndolo todo con su fragancia, con su presencia, con sus pupilas, con su altura.

—Probemos, Blanca. Quiero comprobar cuántas negativas eres capaz de darme —dice.

Parpadeo, sin comprender qué pretende exactamente. De repente sus manos golpean la pared a ambos lados de mi cabeza. Encojo los hombros y abro la boca, dispuesta a insistir en que se vaya. Sin embargo, el contorno de sus labios no me permite pensar.

—Si te dijera que quiero arreglarlo todo y que toda esta mierda acabe… ¿tú qué dirías? ¿Sí o no?

—No… —murmuro con la garganta llena de alfileres.

—Si te preguntara si, en todo este tiempo en el que hemos vuelto a coincidir una y otra vez, has sentido algo por mí… ¿qué dirías?, ¿que sí o que no?

—No… —Ladeo el rostro y me muerdo el labio inferior. Estoy segura de que sabe que miento.

—Si te dijera que voy a pegarte a esta pared, besarte y follarte durante toda la noche, como me habías pedido, ¿dirías sí o dirías no?

Antes de que pueda pensar con frialdad, los calambres que noto en el bajo vientre han tomado el control de mi cuerpo. Los pezones, ya enhiestos, me duelen. Lo miro con labios temblorosos, aunque en realidad tiemblo entera, y respondo:

—Sí.

Adrián esboza una sonrisa que dice mucho. Dice que es el ganador esta vez, que tiene claro que mi piel se vuelve loca con una simple mirada suya.

—Sí —repito, y en mi cabeza resuena una letanía que asegura que estoy obrando mal, que debería ser consecuente con mi actitud de semanas atrás.

Pero antes de que pueda hacer nada, noto las manos de Adrián en mis mejillas. Su cuerpo me aprisiona contra la pared. Sus labios cubren los míos en una demanda necesitada, hambrienta y exigente. No es como las últimas veces. Ahora es él quien está al mando. Y no quiero pararlo, a pesar de todo.

Nos besamos durante mucho rato en un lío de lenguas, labios, jadeos, rabia. Él sabe a dominación. Yo tengo en la boca el regusto del miedo. Por más que quiera luchar, Adrián me torna débil, pequeña, indecisa. Y odio sentirme así, por eso no puedo darle más. No debo darle más que sexo porque lo que me gustaría es ser fuerte con él, y segura, y una Blanca que lucha por todo.

—Voy a follarte, Blanca. Con mi boca, con mi lengua, con mis dedos —dice ansioso al tiempo que sus manos se deslizan por todo mi cuerpo y me lo toca, me estruja los pechos, tira de mis pezones, me pellizca el vientre.

Me quedo callada, simplemente dejando que haga lo que quiera conmigo, que consiga que me sienta morir con cada una de sus caricias. Una de sus manos se cuela en mis braguitas y me descubre húmeda. Se me escapa un gemido, mezcla de placer y vergüenza. ¿Por qué siempre estoy tan dispuesta para él? ¿Por qué mi cuerpo no puede mentirle?

Gruñe en mi boca al tiempo que acaricia mi sexo rasurado. Empapa el dedo índice en mi humedad y lo pasa por todo mi pubis. Arqueo la espalda y, al fin, con todas mis defensas derribadas, me aferro a la suya. Se la araño cuando su dedo entra en mí. Gimo cuando traza círculos en mi interior. Dejo escapar un grito cuando me invade con otro. Su otra mano está ocupada en desabrocharse el vaquero. Lo ayudo. Y también lo libero de la camiseta, y le acaricio el corazón derretido en la clavícula, paso mis uñas por el tatuaje del pez koi y me pierdo en el de la pluma que se deshace en aves. Adrián me muerde la barbilla con furia. Me hace daño, pero me gusta. Otro de sus dedos juega en mi sexo, provocándome una oleada tras otra de placer en el vientre.

—¡Dios, Adrián…! —gimo con los ojos cerrados.

Suelta una risa y acerca más su cuerpo al mío. Sin poder contenerme, bajo la mano derecha y lo toco por encima del bóxer. Está duro y húmedo. Meto dos dedos, como una niña tímida, y le acaricio el glande. Adrián gime de esa manera tan suya que me vuelve loca. Solo nuestros jadeos y gruñidos quiebran el silencio de la noche. Le rodeo el sexo con una mano y empiezo a moverla de arriba abajo. Adrián se pega a mí. Sus dedos trazan círculos en mi interior. Gimo.

—Esto… me recuerda a… nuestra última vez, de adolescentes… —dice con la voz cargada de placer.

Yo también me acuerdo. Fue tan hermoso… Y a la vez muy triste.

Adrián me atrapa un pecho con la otra mano y me lo estruja. Nos masturbamos entre gemidos, suspiros y algún beso que otro, pero no en la boca, como si él también supiera que nos destrozaríamos si nuestros labios volvieran a rozarse. Cuando saca los dedos para tocarme el clítoris los tiene mojadísimos. Me lo pellizca, y arqueo la espalda, busco a tientas su brazo y se lo aprieto. Acelero el movimiento de mi mano y noto las contracciones de su pene.

—Nadie me hace sentir como tú, Blanca. Ninguna mujer hará nunca que me corra como lo consigues tú —gruñe en mi frente y, acto seguido, me la besa con ardor mientras me pego a su cuerpo.

Estoy a punto de correrme, pero entonces refrena las caricias en mis clítoris y vuelve a introducirme dos dedos. Grito. Echo la cabeza hacia atrás, deseando que fuera su polla la que estuviera follándome. Pero eso sería más. Sería peor. Y hasta él lo sabe.

Mi mano también está húmeda. Adrián no tardará mucho en correrse, pero parece que quiere alargarlo y, en realidad, yo también. Ojalá el tiempo se detuviera y lo único que tuviéramos que hacer fuera masturbarnos, sin pensar en nada más, solo sintiendo nuestros cuerpos, nuestras cálidas respiraciones, nuestros gemidos. Creo que nos pasamos diez minutos más así, acelerando y desacelerando, notando las contracciones de nuestro respectivo sexo, atrapando el placer muy dentro de nosotros. En un momento dado aprecio que no puedo más. Aprieto los muslos al tiempo que Adrián se centra en mi clítoris hinchado y dos de sus dedos escarban en mi interior. Me voy con un grito contenido.

Apenas me da tiempo a reaccionar. Me siento confundida ante toda esta energía que Adrián me demuestra. Antes de que pueda darme cuenta me atrapa de las corvas y me alza en vilo. Me coloca las piernas a ambos lados de su cintura y mi trasero choca contra la fría pared. Sé lo que pretende, y lo mejor sería que se lo impidiera, pero no lo hago. Su sexo roza mi entrada y, sin más, se cuela en mí de una acometida. Se me escapa un grito que es mezcla de dolor y placer. Adrián gruñe junto a mi cuello. Me lo besa, lo lame. Le da mordiscos rabiosos. Rabiosos como su manera de follarme. Me embiste con frenesí. Mi culo impacta una y otra vez contra la pared. Clavo los talones en su trasero y me aferro a sus hombros. Esto es tan bueno… Así que, ¿cómo podría ser malo algo que se siente tan placentero, tan hermoso…? ¿Cómo puedo continuar pensando que no estamos hechos para esto?

—Blanca… —jadea.

Ni siquiera puedo responder. Sus embestidas me elevan a un lugar en el que soy un ser de luz, no de carne y hueso. No tengo palabras, ni quiera voz. Solo soy carne y piel desbordada por el gozo, la lujuria y el deseo.

El vientre de Adrián provoca un ruido delicioso en el mío. Nuestros sudores se funden en uno solo. Vuelvo a arañarle la espalda y grito un poco más fuerte cuando de repente entra muy, muy dentro de mí. Sería capaz de desmayarme. Esto es como un sueño. Me siento como si flotara, como si no fuera real.

—Blanca… —repite.

Abro los ojos y se encuentran con los suyos. Me dirige una mirada intensa, oscura, algo triste. Pero continúo muda, ya no puedo ni gemir. Mi corazón, que late a un ritmo despiadado, estallará de un momento a otro. Me suelta de una nalga y me coge de la barbilla. Sus dedos, exigentes, se clavan en mi carne.

—Quiero que recuerdes que nadie te follará como yo lo hago. Tú misma lo dijiste —murmura con una voz tan ronca que no parece la de él.

Y entonces me besa. Profundamente. Es un beso empañado de todos nuestros recuerdos de adolescencia. Su lengua me traspasa un sabor que nunca olvidaré, que no encontraré en otros hombres, lo sé. Y sigue besándome al tiempo que acelera sus movimientos. Intento acompasarme a su ritmo y, de repente, la voz renace en mi garganta y grito.

El orgasmo invade cada rincón de mi cuerpo, cada pliegue de mi piel. Y Adrián también se corre. Explota en mi interior, me inunda, y siento una calidez que me trastoca. Oculta la cabeza en mi cuello y lo huele, lo mordisquea, sin cesar en sus sacudidas. Y cuando estoy a punto de reponerme, me estremezco de nuevo y vuelvo a gritar. Grito tanto que creo que me quedaré afónica y hasta que moriré con esta tortura de placer. Y su nombre, que en la boca me sabe amargo, se convierte en un canto.

Rompo la noche gritando: «¡Adrián!».

—Blanca… ¡Blanca!

Una voz femenina me alarma. ¿Qué…? Apenas puedo abrir los ojos. Me escuecen muchísimo. Y la cabeza va a estallarme. En realidad, me duele todo el cuerpo, como si me hubieran dado una paliza. Atino a reconocer mi cama al palpar las sábanas y el edredón. Tengo la garganta llena de alfileres y una sed tremenda, pero también una terrible presión en el estómago. Cuando me coloco de lado, aún con los ojos cerrados, me doy cuenta de que sigo un poco borracha. Debí de beberme hasta el agua de las macetas para estar así. Acomodo la cabeza en la almohada, pero todo me da tantas vueltas y la luz me molesta tanto que suelto un gruñido.

Un leve sonido me sobresalta. ¿Hay alguien más conmigo en el dormitorio? Trato de abrir los ojos, pero apenas consigo separar un poco los párpados. Aun así, distingo la ventana y la persiana medio bajada. Unos tenues rayos de sol se filtran y me provocan aguijonazos en la cabeza. Gimoteo. Oigo un carraspeo a mi espalda. Trato de darme la vuelta, pero apenas puedo moverme.

—Tranquila… Espera, te traeré un vaso de agua.

¿Por qué? ¿No estaba hace nada teniendo sexo con Adrián? ¿No estaba a punto de morirme de placer? Por fin logro abrir los ojos del todo y descubro que la habitación está vacía. No hay ni rastro de él. El corazón me da un vuelco cuando veo que es Begoña quien entra en el dormitorio con un vaso y algo más entre sus dedos.

—Es un comprimido de Motilium. Te ayudará con las náuseas. Debes de tener muchas… Has estado toda la noche vomitando, bonita.

Mi amiga me pasa una mano por la espalda y me ayuda a incorporarme. La miro confundida, y ella arquea una ceja mientras me trago la pastilla.

—Yo…

—No te acuerdas de nada, ¿verdad? Pues te comportaste como una loca. Le fastidiaste el cumpleaños a Sebas.

Hago pucheros. Dios, me encuentro tan mal… Y encima tengo unas ganas terribles de llorar. Consecuencias de la resaca.

—He…

—¿Qué? —Begoña se sienta en el borde de la cama y se arrima a mí.

—He tenido un sueño —digo en voz baja.

—¿Y con lo mal que estabas te acuerdas?

—Era tan raro…

Me doy cuenta de que estoy sudada y de que aún siento una especie de cosquilleo en el sexo. Me he despertado cachondísima, para qué mentir.

—¿De qué iba?

—He soñado con… Adrián —susurro, y la miro asustada.

—Vaya… —Begoña se lleva un dedo al entrecejo y se lo frota.

—¿O no ha sido un sueño? —pregunto con una mezcla de esperanza y temor.

—A ver, sé que no puedes verte, pero estás hecha una piltrafa, Blanca. ¿Crees que podrías haber follado en tu estado?

—No lo sé.

—Voy a serte sincera: Adrián estuvo aquí.

Doy un brinco en la cama y atrapo a Begoña del brazo. Le ruego con la mirada.

—¿Por qué?

—Tú lo llamaste, o quizá lo hizo él, pero la cuestión es que estaba preocupado por ti.

—¿Y por qué le dejaste entrar? —pregunto escandalizada.

—¿Y qué querías que hiciera? ¿Que le cerrara la puerta en las narices? Se presentó sin avisar.

—¡Es mi casa, Begoña! ¿Y cómo permitiste que me viera así? —me señalo. Llevo un pijama, no como en el sueño, donde estaba en bragas—. ¿De verdad lo soñé?

Mi amiga suspira. Me coloca las sábanas y el edredón, como queriendo evitar darme una respuesta que quizá no me guste.

—¡Dime, por favor! ¿Qué pasó?

—Cuando llegó y lo viste… Te volviste loca. Gritaste que estabas así por su culpa. —Se calla y me mira. Yo no atino a decir nada—. Luego te pusiste fatal, a vomitar a chorros. Parecías una regadera. Tuvimos que meterte en la cama, y he dicho «tuvimos» porque Adrián me ayudó. Menos mal que él estaba aquí, porque si no, yo sola… No eres una pluma, maja. Sebas tuvo que irse porque su novia ya había salido de trabajar. Total, que te acostamos…

Oculto el rostro detrás de las manos, muerta de la vergüenza.

—Nos tiramos despiertos toda la noche y hablamos. Adrián es un buen tío, Blanca, pero…

—Pero ¿qué?

—Estaba muy enfadado. Le molestaron tus reproches. Le cabreó verte así. —Me señala y suspira. Quiero desaparecer—. Soy tu amiga, y sabes que siempre estaré a tu lado, pero creo que esta vez él tiene razón, en parte. Tenía todo el derecho del mundo a enfadarse. ¡No le permitiste explicarse, sacaste tus conclusiones y quizá no estaba mintiéndote!

—La he cagado. ¡Joder! La he fastidiado mucho —gimoteo.

—¿Y no era eso lo que querías? ¿No buscabas que se alejara de ti? —Begoña me mira con gesto triste.

—Yo… —Me dejo caer en la cama, abatida, rendida, consciente de que quizá haya perdido esta partida—. No lo sé. ¿Crees que debería llamarlo?

—Me parece que ahora mismo no es la mejor idea.

—¿Puedes dejarme sola? —le pido en un murmullo.

—No estás bien…

—Por favor, lo necesito.

Begoña se queda unos minutos más sentada conmigo, hasta que decide levantarse y se encamina a la puerta. Antes de salir, me dice:

—Tienes que permitir que pase el tiempo para que las aguas se calmen. Céntrate en ti y mantente alejada de Adrián para que él también pueda hacerlo. Tiene tanto derecho como tú a seguir con su vida sin sufrir. Os hacéis daño. Sois dos lenguas de fuego que cuando entran en contacto se queman aún más.

Sacudo la cabeza. Me molesta que Begoña me hable así porque, en el fondo, es la verdad. Y sé que está comportándose como una buena amiga, pero ahora mismo solo la rabia que llevo dentro no me deja pensar con claridad.

—Te llamo esta noche.

Sale de la habitación y, segundos después, oigo la puerta de la calle. Me muerdo el labio con tanta fuerza que me hago sangre. Un sueño… Un maldito sueño. Uno en el que me dolía Adrián, pero en el que también estaba feliz durante los minutos en los que se quedaba dentro de mí. Recorro el dormitorio con la mirada. Mareada, aturdida y asustada. Reparo en una hoja de papel que hay en la mesilla, al lado del móvil. Me lanzo a cogerla. Una letra descuidada y un mensaje que me deja desolada.

Blanca:

Lo siento… Creo que acudir a tu casa ha sido un error. Verte de esa forma me ha molestado y defraudado. Verte tan borracha me hace pensar que no sé quién eres y que no conozco apenas nada de tu vida actual ni de lo que haces. Estoy tan enfadado… Porque te encierras en ti misma, y no permites que los demás te ayuden o te ofrezcan lo que sea que necesites. Estaba dispuesto a luchar, pero me parece que ya no lo estoy. ¿Para qué, si siento que tus miedos y desconfianzas son mayores que las ganas de tenerme a tu lado? La gente se cansa. Se cansa de quienes se quejan a todas horas, están tristes siempre y apartan a los demás de su vida. ¡Y al fin y al cabo ahora tienes una bonita, y la has construido tú! Y, aun así, tienes miedo. No me creíste cuando te dije que esa chica no forma parte de mi vida desde hace muchísimo. Ni siquiera antes lo hizo, porque todo lo ocupabas tú, Blanca. Pero sé que nunca me creerás, ya que para ti lo único cierto y válido es lo que tú piensas. Y si hubieras regresado al día siguiente como te pedí, lo habríamos hablado con tranquilidad. Pero volviste a huir, como diez años atrás. Gritas, pones mala cara, discutes, pero no me confiesas tus verdaderos sentimientos. Quizá solo así podríamos haber empezado algo. Ya no puedo más. Debo continuar con mi vida, y tú con la tuya. Verte tan bebida me ha hecho comprender el daño que he vuelto a hacerte y que es inevitable de cualquier forma, y como te confesé, es lo último que querría. No deseo que conserves el recuerdo de aquel ...