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CRESS (LAS CRóNICAS LUNARES 3)

Marissa Meyer

5


Fragmento

 

 

Uno

Su satélite daba un giro completo alrededor del planeta Tierra cada dieciséis horas. Era una prisión que tenía una vista interminablemente imponente: vastos océanos azules, nubes que se arremolinaban y alboradas que envolvían en fuego la mitad del mundo.

Cuando la encarcelaron, nada le gustaba más que apilar sus almohadas sobre el escritorio empotrado en la pared y colocar su ropa de cama sobre las pantallas para hacerse una pequeña alcoba. Fingía que no estaba en un satélite, sino en un módulo espacial en ruta hacia el planeta azul. Pronto aterrizaría y pisaría tierra de verdad, sentiría el brillo real del sol e inhalaría oxígeno auténtico.

Miraba fijamente los continentes durante horas, imaginando cómo sería aquello. En cambio, siempre evitaba la vista de Luna. Algunos días su satélite pasaba tan cerca que Luna abarcaba todo el panorama y alcanzaba a distinguir los enormes domos brillantes sobre su superficie y las rutilantes ciudades donde habitaban los lunares. Donde ella también había vivido. Hacía años. Antes de que la desterraran.

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Cuando era niña, Cress se escondía de Luna durante esas horas dolorosamente largas. A veces se refugiaba en el pequeño baño y se distraía haciendo elaboradas trenzas con su cabello; o se metía debajo de su escritorio para cantar canciones de cuna hasta que se quedaba dormida; o soñaba con una madre y un padre y se imaginaba cómo jugarían con ella, le leerían historias de aventuras y le cepillarían el cabello amorosamente, hasta que por fin —por fin— Luna se hundía nuevamente detrás de la Tierra protectora, y ella estaba a salvo.

Aun ahora, Cress empleaba esas horas para meterse debajo de su cama y dormir una siesta, leer, escribir canciones en su cabeza o descifrar códigos complejos. Todavía le desagradaba mirar las ciudades de Luna. Albergaba una paranoia secreta: si ella podía observar a los lunares, seguramente ellos también podrían ver más allá de sus cielos artificiales y verla a ella.

Durante más de siete años esa había sido su pesadilla.

Pero ahora el horizonte plateado de Luna avanzaba lentamente por la esquina de su ventana, y Cress no prestó atención. Esta vez su muro de pantallas invisibles le estaba mostrando una nueva pesadilla.

Palabras brutales salpicaban los canales de noticias; fotografías y vídeos se desdibujaban ante sus ojos mientras pasaba de un canal a otro. No podía leer con suficiente rapidez.

14 CIUDADES ATACADAS EN TODO EL MUNDO

OLA DE ASESINATOS DEJA 16.000 TERRÍCOLAS MUERTOS EN DOS HORAS

LA MAYOR MASACRE DE LA TERCERA ERA

La red estaba plagada de horrores: gente muerta con el abdomen desgarrado y la sangre corriendo hacia las alcantarillas de las calles. Feroces criaturas humanoides con sangre coagulada en la barbilla y bajo las uñas, y manchando sus camisas. Paseó la mirada sobre todos ellos mientras con una mano se tapaba la boca. Respirar se volvió cada vez más difícil cuando descubrió la verdad.

Ella era la responsable de eso.

Durante meses había impedido que la Tierra detectara esas naves lunares, acatando sin quejarse las órdenes de Sybil, su señora, como la lacaya adiestrada que era.

Ahora sabía qué clase de monstruos iban a bordo de esas naves. Ahora entendía qué había estado planeando Su Majestad desde el principio, y ya era demasiado tarde.

16.000 TERRÍCOLAS MUERTOS

La Tierra estaba desprevenida, y todo porque ella no había sido suficientemente valiente para negarse a las exigencias de su señora. Había hecho su trabajo y luego había mirado para otro lado.

Apartó la vista de las imágenes de muerte y masacre y se concentró en otra noticia que anunciaba nuevos horrores.

El emperador Kaito de la Comunidad Oriental había puesto fin a los ataques al aceptar casarse con la reina lunar Levana, quien se convertiría en la nueva emperatriz de la Comunidad.

Los periodistas de la Tierra, sorprendidos, tenían posturas encontradas sobre este controvertido acuerdo diplomático. Algunos lo consideraban un ultraje y proclamaban que la Comunidad y el resto de la Unión Terrestre deberían estar preparándose para la guerra, no para una boda. Pero otros se apresuraban a justificar la alianza.

Moviendo en círculo los dedos sobre la delgada pantalla transparente, Cress subió el volumen para escuchar a un hombre que hablaba sobre los posibles beneficios: no más ataques ni especulaciones sobre cuándo podría ocurrir un ataque. La Tierra conocería mejor la cultura lunar. Los lunares compartirían sus avances tecnológicos. Serían aliados.

Además, la reina Levana solo deseaba gobernar la Comunidad Oriental. Seguramente dejaría en paz al resto de la Unión Terrestre.

Pero Cress sabía que había que ser tonto para creer eso. Una vez que la reina Levana se convirtiera en emperatriz, mandaría asesinar al emperador Kaito, reclamaría el gobierno del país y lo usaría como trampolín para reunir a su ejército e invadir el resto de la Unión. No se detendría hasta tener todo el planeta bajo su control. Este pequeño ataque, estas dieciséis mil muertes... eran solo el comienzo.

Cress silenció la transmisión, apoyó los codos en el escritorio y hundió ambas manos en su rubia melena. Sintió un frío repentino, a pesar de que la temperatura se mantenía estable dentro del satélite. Detrás de ella, una de las pantallas leía en voz alta con una voz infantil que había programado durante cuatro meses de aburrimiento enloquecedor cuando tenía diez años. La voz era demasiado alegre para la información que estaba comunicando: un blog médico de la República Americana que anunciaba los resultados de la necropsia practicada a uno de los soldados lunares.

Los huesos se reforzaron con biotejido rico en calcio, en tanto que a los cartílagos de las articulaciones principales se les inyectó una solución salina para aumentar su flexibilidad y elasticidad. Los dientes caninos e incisivos se reemplazaron por implantes que imitan colmillos e incisivos de lobo, y se observa el mismo refuerzo de los huesos en la mandíbula, para poder triturar huesos y otro tipo de tejidos. La reconfiguración del sistema nervioso central del sujeto y su amplia manipulación psicológica fueron la causa de su agresividad incontenible y de que su comportamiento fuera semejante al de un lobo. El doctor Edelstein ha señalado que una técnica avanzada de manipulación de las ondas bioeléctricas del cerebro también pudo haber contribuido a...

—Silenciar transmisión.

La dulce voz de diez años se detuvo y en el satélite solo se escuchó el murmullo de los sonidos que durante mucho tiempo habían permanecido en el fondo de la conciencia de Cress. El ronroneo de los ventiladores. El tamborileo del sistema de soporte vital. El borboteo del tanque para reciclar agua.

Cress juntó a la altura de la nuca los gruesos mechones de cabello y se pasó la cola por encima del hombro —el pelo se le enredaba en las ruedas de la silla si no tenía cuidado—. Ante ella, las pantallas parpadearon y desplegaron más y más información proveniente de canales terrícolas. También había noticias que llegaban de Luna, de sus «valientes soldados» y de la «ardua lucha que llevó a la victoria»: estupideces aprobadas por la Corona, naturalmente. Cress había dejado de prestar atención a las noticias lunares a partir de los doce años.

Enrolló distraídamente su cabello en su brazo izquierdo, formando una espiral del codo a la muñeca, sin reparar en la maraña que se aglomeraba en su regazo.

—Oh, Cress —murmuró—. ¿Qué vamos a hacer?

—Por favor aclara tus instrucciones, Hermana Mayor —respondió su yo de diez años.

Cress cerró los ojos ante el brillo de la pantalla.

—Entiendo que el emperador Kai solo intenta parar la guerra, pero debe saber que la boda no detendrá a Su Majestad. Levana lo matará si sigue con sus planes de casarse con ella, y cuando eso ocurra, ¿qué pasará con la Tierra? —Una jaqueca le martillaba las sienes—. Creí que Linh Cinder se lo había dicho en el baile, pero ¿y si me equivoco? ¿Y si él aún no tiene idea del peligro que corre?

Girando en su silla, deslizó los dedos sobre un canal de noticias que estaba en silencio, introdujo un código y abrió una ventana oculta que revisaba cien veces al día. La ventana de D-COM se abrió como un agujero negro, abandonada y silenciosa, en la parte superior del escritorio. Linh Cinder aún no había tratado de ponerse en contacto con ella. Quizá su chip había sido confiscado o destruido. Tal vez ni siquiera lo tenía consigo.

Resoplando, cerró el enlace y con unos movimientos rápidos de las puntas de los dedos desplegó una docena de ventanas diferentes, conectadas a un servicio de alerta que vigilaba la red constantemente en busca de cualquier información relacionada con la cíborg lunar que había sido detenida una semana antes. Linh Cinder. La chica que había escapado de la prisión de Nueva Beijing. La chica que había sido la única vía que Crees había encontrado para advertir al emperador Kaito sobre las verdaderas intenciones de la reina Levana en caso de que aceptara la alianza matrimonial.

El canal principal no había sido actualizado en once horas. En medio de la histeria por la invasión lunar, la Tierra parecía haberse olvidado de su fugitiva más buscada.

—¿Hermana Mayor?

Sobresaltada, Cress se aferró a los brazos de la silla.

—¿Sí, Pequeña Cress?

—Nave de la señora detectada. Se calcula la llegada en veintidós segundos.

Cress salió catapultada de la silla al escuchar la palabra «señora», pronunciada, aun después de todos esos años, con un dejo de terror.

Sus movimientos eran un baile coreografiado con precisión, que había dominado tras años de práctica. En su mente se convirtió en una bailarina de la segunda era, desplazándose a lo largo de un escenario oscuro mientras iniciaba la cuenta atrás.

00.21. Cress oprimió con la palma el botón que extendía el colchón.

00.20. Giró hacia la pantalla y colocó todas las noticias sobre Linh Cinder debajo de una ventana con propaganda de la Corona lunar.

00.19. El colchón aterrizó en el suelo con un golpe seco, y las almohadas y las sábanas quedaron revueltas como si acabara de levantarse.

00.18, 00.17, 00.16. Sus dedos bailaron en las pantallas, ocultando canales de noticias y redes sociales de la Tierra.

00.15. Una vuelta, una búsqueda rápida de las dos esquinas de la manta.

00.14. Con un giro veloz de muñecas, la manta se alzó como la vela henchida de un barco.

00.13, 00.12, 00.11. Tiró de la manta para alisarla, mientras se dirigía al otro lado de la cama, y giró sobre su eje hacia las pantallas en el lado opuesto de su habitación.

00.10, 00.09. Dramas de la Tierra, música grabada, literatura de la segunda era, todo guardado.

00.08. Una vuelta de regreso a la cama. Un grácil doblez en la manta.

00.07. Dos almohadas apiladas simétricamente contra la cabecera. Un movimiento con el brazo para sacar el cabello atrapado bajo la manta.

00.06, 00.05. Fue de un lado a otro, agachándose y levantándose, para recoger calcetines o cintas de cabello abandonados y echarlos por el conducto de renovación.

00.04, 00.03. Pasó rápidamente por los escritorios, recogió su único tazón, su única cuchara, su único vaso y un puñado de bolígrafos, y los depositó en el contenedor de la despensa.

00.02. Una pirueta final para revisar su trabajo.

00.01. Una exhalación complacida que culminó con una graciosa reverencia.

—La señora ha llegado —dijo la Pequeña Cress—. Solicita una extensión del brazo de acoplamiento.

El escenario, las sombras, la música; todo desapareció de los pensamientos de Cress, aunque en sus labios permaneció una sonrisa ensayada.

—Desde luego —gorjeó, moviéndose como un cisne hacia la rampa principal de abordaje.

Había dos rampas en su satélite, pero solo una se había usado. Ni siquiera estaba segura de que la entrada opuesta funcionara. Cada una de las anchas compuertas de metal se abría para dar paso a una escotilla de acoplamiento, y más allá, al espacio.

Excepto cuando había un módulo espacial estacionado allí. El modulo espacial de la señora.

Cress tecleó en el tablero de mando. Un diagrama mostraba en la pantalla el anclaje que se iba extendiendo, y escuchó un golpe sordo cuando la nave se acopló. Los muros a su alrededor se sacudieron.

Había memorizado los momentos que seguían; podía contar el número de latidos entre cada sonido familiar. El zumbido de los motores de la pequeña nave al apagarse. El sonido metálico del puerto al acoplarse y sellarse alrededor del módulo espacial. El vacío del oxígeno expulsado al espacio. El pitido que confirmaba que el paso entre los dos módulos era seguro. La puerta de la nave espacial al abrirse. Los pasos que resuenan en el corredor. El silbido del acceso al satélite.

Hubo un tiempo en que Cress esperaba calidez y amabilidad de su señora. Que quizá Sybil la mirara y dijera: «Mi querida y dulce Crescent, te has ganado la confianza y el respeto de Su Majestad la reina. Puedes regresar conmigo a Luna; serás aceptada como una de nosotros».

Eso había pasado hacía mucho tiempo, pero la sonrisa ensayada de Cress permanecía firme aun frente a la frialdad de Sybil.

—Buen día, mi señora.

Sybil aspiró por la nariz. Las mangas bordadas de su túnica blanca revoloteaban a los lados de la gran caja que cargaba, llena de las provisiones usuales: comida y agua para Cress y, desde luego, el botiquín.

—¿Ya la encontraste?

El sobresalto borró su sonrisa congelada.

—¿Encontrarla, señora?

—Si este es un buen día, ya debes de haber cumplido la simple tarea que te encomendé. ¿Es así, Crescent? ¿Encontraste a la cíborg?

Cress bajó la vista y se clavó las uñas en las palmas.

—No, mi señora. No la he encontrado.

—Ya veo. Entonces, después de todo, no es un buen día, ¿cierto?

—Yo solo quise decir... Su compañía siempre es... —balbució bajando la voz.

Obligando a sus manos a relajarse, se atrevió a levantar la vista hacia la mirada furiosa de Sybil.

—He estado leyendo las noticias, mi señora. Pensé que quizá estaríamos contentas por el compromiso de Su Majestad.

Sybil dejó caer la caja sobre la cama cuidadosamente arreglada.

—Estaremos satisfechos cuando la Tierra esté bajo control lunar. Hasta entonces, hay trabajo que hacer y tú no deberías perder el tiempo leyendo noticias y chismes.

Se acercó al monitor donde estaba la ventana secreta de D-COM y la evidencia de la traición de Cress a la Corona lunar, y la chica se puso tensa. Pero Sybil pasó de largo hacia una pantalla que mostraba un vídeo del emperador Kaito hablando delante de la bandera de la Comunidad Oriental. Con un toque, la pantalla se apagó y quedó a la vista el muro metálico y una maraña de conductos de calefacción detrás.

Cress soltó el aire lentamente.

—Desde luego, espero que hayas encontrado algo.

Se irguió.

—Linh Cinder fue localizada en la Federación Europea, en un pequeño poblado del sur de Francia, aproximadamente a las seis de la tarde, hora lo...

—Eso lo sé muy bien. Y también sé que después fue a París, mató a un taumaturgo y a varios agentes especiales inútiles. ¿Algo más, Crescent?

La chica tragó saliva y comenzó a enrollarse el cabello alrededor de las muñecas, haciendo un bucle en forma de ocho.

—En Rieux, Francia, a las diecisiete cuarenta y ocho, el dependiente de una tienda de piezas para naves y vehículos actualizó el inventario del almacén y eliminó del mismo un dispositivo de energía que podría ser compatible con una Rampion 214, Clase 11.3, pero no registró ninguna forma de pago. Pensé que tal vez Linh Cinder robó... o a lo mejor hechizó...

Dudó. Sybil quería seguir creyendo que la cíborg era vacía, aunque ambas sabían que no era verdad. A diferencia de Cress, que sí era vacía, Linh Cinder tenía el don lunar. Podía haber estado sepultado u oculto de alguna manera, pero ciertamente se había mostrado en el baile anual de la Comunidad.

—¿Un dispositivo de energía? —preguntó Sybil, sin hacer caso del titubeo de Cress.

—Convierte hidrógeno comprimido en energía para impulsar...

—Sé lo que es —estalló la taumaturga—. ¿Me estás diciendo que el único avance que has logrado es encontrar evidencias de que está reparando su nave? ¿Que ahora será aún más difícil localizarla, una tarea que no pudiste cumplir cuando estaban en la Tierra?

—Lo siento, mi señora. Estoy intentándolo. Es que...

—No me interesan tus excusas. Todos estos años he convencido a Su Majestad de que te deje vivir, bajo la premisa de que tenías algo valioso que ofrecer, algo aún más valioso que la sangre. ¿Me equivoqué al protegerte, Crescent?

Ella se mordió un labio para no recordar todo lo que ella había hecho por Su Majestad durante su cautiverio: diseñar incontables sistemas de espionaje para mantener vigilados a los líderes de la Tierra, intervenir las comunicaciones entre diplomáticos y bloquear las señales de satélite para permitir que los soldados de la reina invadieran la Tierra sin ser detectados, por lo que ahora tenía las manos manchadas con la sangre de dieciséis mil terrícolas. Pero eso no tenía importancia. A Sybil solo le importaban sus fracasos, y no haber encontrado a Linh Cinder era su mayor fracaso hasta ese momento.

—Lo siento, mi señora. Me esforzaré más.

La taumaturga entornó los ojos.

—Me voy a enfadar mucho si no encuentras pronto a esa chica.

Atrapada por la mirada de Sybil, Cress se sintió como una polilla fijada con un alfiler a una tabla de exploración.

—Sí, mi señora.

—Bien.

Inclinándose hacia delante, Sybil le acarició la mejilla. Fue algo parecido al gesto de aprobación de una madre, pero sin llegar a serlo. Luego se volvió y liberó los mecanismos de cierre de la caja.

—Ahora dame tu brazo —ordenó al tiempo que sacaba una jeringa hipodérmica del botiquín.

 

 

Dos

Wolf saltó del contenedor y se abalanzó sobre ella. Cinder luchó para contener su pánico instintivo. La anticipación de otro golpe endureció cada uno de sus músculos, pese al hecho de que él todavía no aplicaba toda su fuerza contra ella.

Cerró los ojos un instante antes del impacto y se concentró.

Sintió que el dolor se le clavaba en la cabeza como un cincel en el cerebro. Apretó los dientes para combatirlo, tratando de insensibilizarse y no sentir las oleadas de náuseas que siguieron.

El golpe no llegó.

—Deja de cerrar los ojos.

Con las mandíbulas todavía apretadas, se obligó a abrir primero un ojo y luego el otro. Wolf estaba frente a ella, con la mano derecha a medio camino de su oreja. Su cuerpo estaba inmóvil, como si fuera de piedra, porque ella lo retenía. La energía del chico era caliente y palpable, pero no la alcanzaba porque ella lo mantenía a raya con la fuerza del don lunar.

—Es más fácil si los tengo cerrados —siseó Cinder. Pronunciar esas pocas palabras ya le suponía un gran esfuerzo mental.

Los dedos de Wolf se retorcieron. Luchaba contra los límites del control de la muchacha. Entonces, su mirada saltó más allá de ella, pues un golpe entre los omóplatos de Cinder la precipitó hacia su pecho, y ella dejó de dominar el cuerpo del chico, apenas a tiempo para que él alcanzara a sostenerla.

Detrás de ella, Thorne se rio entre dientes.

—También es más fácil acecharte sin que te enteres.

—¡Esto no es un juego! —exclamó Cinder, volviéndose hacia él y dándole un empujón.

—Thorne tiene razón —dijo Wolf. Ella advirtió que estaba extenuado, aunque no estaba segura de si se debía al combate interminable o, lo más probable, a que se sentía frustrado por tener que entrenar a una principiante—. Cuando cierras los ojos, te vuelves vulnerable. Tienes que aprender a usar el don sin dejar de ser consciente de lo que ocurre a tu alrededor, sin dejar de estar activa.

—¿Activa?

Wolf estiró el cuello hacia ambos lados, produjo algunos crujidos y lo sacudió.

—Sí, activa. Quizá tengamos que enfrentarnos al ataque simultáneo de docenas de soldados, y tú, con suerte, podrías controlar solo a nueve o diez..., aunque por ahora eso es ser demasiado optimistas.

Ella lo miró arrugando la nariz. Wolf continuó:

—Eso significa que serás vulnerable a muchos más. Tienes que poder controlarme estando presente tanto física como mentalmente. —Dio un paso hacia atrás mientras se pasaba la mano por la cabellera despeinada—. Si hasta Thorne puede sorprenderte por la espalda, tenemos problemas.

—Nunca subestimes el sigilo de una mente criminal —dijo Thorne, mientras se abrochaba los puños de la camisa.

Scarlet se echó a reír desde el contenedor de plástico donde estaba sentada con las piernas cruzadas saboreando un tazón de avena.

—¿Mente criminal? Llevamos toda una semana planeando cómo infiltrarnos en la boda real y hasta ahora tu mayor contribución ha sido averiguar cuál de las azoteas del palacio es la más espaciosa para que tu preciosa nave no se raye al aterrizar.

Varios tableros se iluminaron en el techo.

—Estoy totalmente de acuerdo con las prioridades del capitán Thorne —dijo Iko a través de los altavoces de la nave—. Como este será mi debut en la pantalla grande, quiero dar una buena imagen. Muchas gracias a todos.

—Bien dicho, preciosa —dijo Thorne lanzando un guiño a los altavoces, aunque los sensores de Iko no tenían la capacidad de detectarlo—. Además, me gustaría que tuvierais en cuenta el uso correcto que ha hecho Iko de la palabra «capitán» para referirse a mí. Creo que podríais aprender mucho de ella.

Scarlet volvió a reír. Wolf alzó una ceja, sin dejarse impresionar, y la temperatura de la plataforma de carga saltó un par de grados debido a que Iko se sonrojó por la lisonja.

En cambio, Cinder los ignoró a todos. Se tomó un vaso de agua tibia mientras daba vueltas a lo que le había dicho Wolf. Sabía que tenía razón. Mientras que controlar a terrícolas como Thorne y Scarlet le resultaba tan fácil como cambiar el sensor fundido de un androide, para controlarlo a él tenía que llevar al límite sus habilidades. Y ahora tendría que ser capaz de hacer las dos cosas.

—Vamos a intentarlo de nuevo —dijo al tiempo que se apretaba la cola de caballo.

Wolf volvió a prestarle atención.

—Quizá sería mejor que descansaras un poco.

—No voy a poder descansar cuando me persigan los soldados de la reina, ¿o sí?

Cinder se puso a rotar los hombros, tratando de llenarse de energía. El dolor de cabeza se había apagado, pero tenía la camiseta empapada de sudor en la espalda y le temblaban todos los músculos por el esfuerzo de haber practicado ya dos horas con Wolf.

—Esperemos que nunca tengas que enfrentarte al ejército real de la reina —dijo él, frotándose las sienes—. Creo que tenemos posibilidades contra sus taumaturgos y agentes especiales, pero los soldados de avanzada son diferentes. Son más animales que humanos y no reaccionan bien a la manipulación mental.

—¿Se debe a que es la gente la que reacciona? —preguntó Scarlet mientras pasaba la cuchara por el fondo del tazón.

Wolf se volvió para mirarla y algo en sus ojos se suavizó. Era una mirada que Cinder había notado cientos de veces desde que él y Scarlet se incorporaron a la tripulación de la Rampion, y sin embargo, al verla, todavía sentía que estaba invadiendo un espacio íntimo.

—Lo que quiero decir es que son impredecibles, incluso bajo el control de un taumaturgo. —Y añadió mirando de nuevo a Cinder—: O de cualquier lunar. La alteración genética a la que se someten para convertirse en soldados afecta a su cerebro, además de a su cuerpo. Son impredecibles, salvajes..., peligrosos.

Thorne se inclinó hacia el contenedor de Scarlet y fingió que le susurraba:

—Creo que no se ha dado cuenta de que es un luchador clandestino que todavía se hace llamar Wolf, ¿no te parece?

Cinder se mordió la cara interna de la mejilla para sofocar la risa.

—Razón de más para que esté lo mejor preparada que pueda. Quisiera evitar otro encuentro como el que tuvimos en París.

—No eres la única.

Wolf empezó a balancearse sobre los talones. Al principio, Cinder había creído que era una señal de que estaba listo para otra ronda de entrenamiento, pero después pensó que simplemente él era así: siempre en movimiento, siempre inquieto.

—Eso me recuerda que quiero conseguir más dardos tranquilizantes cuando volvamos a aterrizar. Cuantos menos soldados tengamos que combatir o anular con un lavado de cerebro, mejor.

—«Dardos tranquilizantes», anotado —intervino Iko—. También me tomé la libertad de programar este práctico reloj regresivo. T menos quince días, nueve horas para la boda real.

La pantalla de red de la pared se iluminó y desplegó un enorme reloj digital que llevaba la cuenta atrás en décimas de segundo.

Cinder miró fijamente el reloj durante tres segundos y eso bastó para hacer que se sintiera mal por la ansiedad. Apartó la mirada y estudió el resto de la pantalla, donde aparecía su plan para impedir la boda de Kai y la reina Levana. En el lado izquierdo de la pantalla había una lista de los pertrechos que necesitaban: armas, herramientas, disfraces y ahora dardos tranquilizantes, y en el centro, un plano del palacio de Nueva Beijing. A la derecha, una lista de preparativos absurdamente larga. Ninguno aparecía tachado todavía, aunque llevaban varios días planeando la misión.

El número uno de la lista consistía en preparar a Cinder para cuando, inevitablemente, se reencontrara con la reina Levana y su corte, y aunque Wolf no lo había dicho de forma explícita, ella se daba cuenta de que su don lunar no mejoraba con suficiente rapidez y comenzaba a pensar que tardarían años en completarlo de manera satisfactoria, pero solo les quedaban otras dos semanas.

En líneas generales, el plan consistía en causar una distracción el día de la boda para que ellos pudieran deslizarse dentro del palacio durante la ceremonia y anunciar al mundo que Cinder era la verdadera princesa perdida, Selene. Luego, con la atención de todos los medios de comunicación del mundo, exigiría que Levana renunciara a la corona y se la entregara, con lo que se acabaría la boda y su reinado de un solo golpe.

Cinder no tenía claro qué pasaría después. Se imaginaba las reacciones del pueblo lunar cuando se enterara de que su princesa extraviada no solo era una androide, sino que no sabía nada de su mundo, su cultura, sus tradiciones y su política. Lo único que evitaba que todo ese peso que sentía en el pecho la aplastara era la certeza de que, pasara lo que pasase, no había modo de que fuera una gobernante peor que Levana.

Tenía la esperanza de que su pueblo lo viera de la misma manera.

El vaso de agua se agitaba en su estómago. Por milésima vez, entre sus pensamientos se metió la fantasía de arrastrarse bajo las mantas de su litera de tripulante y esconderse hasta que el mundo olvidara por completo que hubo una princesa lunar. Pero en lugar de ello, se apartó de la pantalla y sacudió los músculos.

—Bueno, estoy lista para volver a intentarlo —anunció, y adoptó la posición de combate que Wolf le había enseñado.

Pero él se había sentado junto a Scarlet para dejar reluciente el tazón de avena. Con la boca llena, indicó el suelo con los ojos y luego tragó el bocado.

—¡Lagartijas!

Cinder dejó caer los brazos.

—¿Qué?

—Tu entrenamiento no solo consiste en practicar el combate —dijo Wolf, señalándola con la cuchara—. Podemos fortalecer la parte superior de tu cuerpo y entrenar tu mente al mismo tiempo. Trata de estar consciente de lo que te rodea. Concéntrate.

La cíborg echó chispas por los ojos cinco segundos antes de tirarse al suelo. Había contado once cuando escuchó que Thorne se apartaba del contenedor.

—¿Sabes? De niño pensaba que las princesas llevaban tiaras y organizaban meriendas. Ahora que conozco una princesa de verdad, tengo que decir que me siento decepcionado.

Cinder no supo si lo decía a modo de insulto, pero esos días la palabra «princesa» le ponía los nervios de punta.

Exhaló con fuerza y se puso a hacer lo que Wolf le había indicado. Se concentró. Captó con facilidad la energía de Thorne cuando pasó junto a ella rumbo a la cabina.

Iba por la lagartija catorce cuando consiguió inmovilizar al muchacho, imposibilitándole poder mover los pies.

—¿Qué pasa...?

Cinder se irguió y proyectó una pierna al frente en un semicírculo. Pegó con el tobillo en las pantorrillas de Thorne, quien soltó un grito y cayó de espaldas con un gruñido.

Radiante, la princesa cíborg alzó la vista en busca de la aprobación de Wolf, pero él y Scarlet estaban hablando y riéndose de algo. A él hasta se le veían los caninos, que tanto cuidado ponía siempre en ocultar.

Cinder se puso de pie y le tendió la mano a Thorne, quien, aunque le sonreía, se frotaba la cadera haciendo una mueca de dolor.

—Puedes ayudarme a escoger una tiara cuando terminemos de salvar al mundo.

 

 

Tres

El satélite se sacudió cuando el módulo espacial de Sybil se desconectó del puerto de acoplamiento y Cress volvió a quedarse sola en la galaxia. A pesar de lo mucho que anhelaba compañía, siempre era un alivio cuando la taumaturga la dejaba, y esta vez aún más de lo usual. Normalmente, su señora la visitaba cada tres o cuatro semanas, apenas con la frecuencia necesaria para extraer otra muestra de sangre de manera segura, pero esta era la tercera ocasión en que se presentaba desde el ataque de los híbridos de lobo.

No recordaba haber visto jamás a su señora tan ansiosa.

La reina Levana debía de estar cada vez más desesperada por encontrar a la chica cíborg.

—La nave de mi señora Sybil se ha desacoplado —anunció la Pequeña Cress—. ¿Jugamos?

Si Cress no hubiera estado tan nerviosa por la visita, habría sonreído, como solía hacer cuando la Pequeña Cress le hacía esa pregunta. Era un recordatorio de que no estaba completamente sola.

Cress había aprendido hacía años que la palabra «satélite» provenía de una expresión en latín que significaba «acompañante», «sirviente» o «adulador». Las tres acepciones le resultaban irónicas, dada su soledad, hasta que programó a la Pequeña Cress. Entonces lo comprendió.

Su satélite le hacía compañía. Su satélite obedecía sus órdenes. Su satélite nunca la cuestionaba ni estaba en desacuerdo ni tenía molestas ideas propias.

—Tal vez podamos jugar después —dijo—. Será mejor que revisemos primero los archivos.

—Por supuesto, Hermana Mayor.

Era la respuesta esperada. La respuesta programada.

Cress se preguntaba con frecuencia si ser una hermana mayor de verdad era así: tener esa clase de control sobre otro ser humano. Fantaseaba con programar a su señora Sybil con la misma facilidad con la que había programado la voz del satélite. ¡Cómo cambiaría el juego si por una vez la taumaturga tuviera que seguir sus órdenes en lugar de que fuera al revés!

—Activar todas las pantallas.

Cress se puso de pie ante su paisaje de pantallas transparentes, unas grandes, otras pequeñas, algunas desplegadas sobre el escritorio empotrado en el muro, otras colgadas de las paredes del satélite en ángulo óptimo para mirarlas sin importar en qué parte de la habitación circular estuviera.

—Limpiar todos los mensajes.

Las pantallas se pusieron en blanco, lo que le permitió mirar a través de los muros desnudos del satélite.

—Abrir archivos recopilados: Linh Cinder; 214 Rampion, Clase 11.3; emperador Kaito de la Comunidad Oriental; y... —hizo una pausa, disfrutando la oleada de expectación que la invadía— Carswell Thorne.

Cuatro pantallas se llenaron con la información que Cress había estado recabando. Se sentó a revisar los documentos, que casi había memorizado. La mañana del 29 de agosto Linh Cinder y Carswell Thorne escaparon de la prisión de Nueva Beijing. Cuatro horas después, Sybil le había dado a Cress una orden: encontrarlos. La instrucción, como descubrió más tarde, provenía de la misma reina Levana.

Había tardado solo tres minutos en reunir información acerca de Linh Cinder, pero casi toda la que había encontrado era falsa. Una falsa identidad terrestre escrita para una chica que era lunar. Cress ni siquiera sabía cuánto tiempo había estado Linh Cinder en la Tierra. Simplemente había aparecido hacía cinco años, cuando (supuestamente) tenía once de edad. Su biografía incluía registros familiares y escolares previos al «accidente de nave» en el que murieron sus «padres» y que hizo necesaria su cirugía cibernética, pero todo eso era falso. Al rastrear la ascendencia de Linh Cinder en solo dos generaciones se llegaba a un callejón sin salida. Los registros habían sido elaborados para engañar.

Cress miró la carpeta en la cual seguía descargándose información sobre el emperador Kaito. Su archivo era inmensamente más grande que los otros, como si cada momento de su vida hubiera quedado registrado y clasificado, desde grupos de admiradoras en la red hasta documentos oficiales del gobierno. Todo el tiempo aparecía información, pero había aumentado de manera explosiva desde el anuncio de su compromiso con la reina. Nada de eso era útil. Cerró las actualizaciones.

El archivo de Carswell Thorne había requerido un poco más de trabajo. A Cress le costó cuarenta y cuatro minutos entrar en los archivos gubernamentales de la base de datos del ejército de la República Americana y de otras cinco instituciones que tenían que ver con él, recabar transcripciones de juicios y de los artículos que en ellos se mencionaban, expedientes militares y registros de educación, licencias y declaraciones de ingresos, así como una cronología que comenzaba con su certificado de nacimiento y continuaba con los numerosos premios y reconocimientos que obtuvo mientras crecía, hasta su aceptación en el ejército de la República Americana, a la edad de diecisiete años. La secuencia se interrumpía después de su cumpleaños número diecinueve, cuando se extrajo el chip de identidad, robó una nave especial y desertó de las fuerzas armadas. El día en que se convirtió en un bribón.

Se reanudó dieciocho meses después, el día en que fue encontrado y arrestado en la Comunidad Europea.

Además de todos los informes oficiales, había una considerable cantidad de histeria y chismes entre los numerosos grupos de fanáticas que habían surgido ante el nuevo estatus de celebridad de Carswell Thorne. Desde luego, ni siquiera se acercaba a los del emperador Kai, pero parecía que a bastantes chicas terrícolas les resultaba atractivo este apuesto donjuán prófugo de la ley. Eso no le molestaba a Cress. Ella sabía que tenían una idea equivocada acerca de él.

En la parte superior del archivo tenía un holograma tridimensional de su graduación militar. Cress prefería esta imagen digitalizada a la infame fotografía de prisión que se había hecho tan popular, en la que Thorne guiñaba un ojo a la cámara, pues en el holograma vestía uniforme recién planchado con botonadura de plata reluciente y mostraba una sonrisa confiada.

Cada vez que miraba esa sonrisa, Cress se derretía.

Siempre.

—Hola de nuevo, señor Thorne —susurró al holograma.

Luego, con un suspiro de arrobamiento, cogió la única carpeta que quedaba.

La 214 Rampion, Clase 11.3. La nave militar de carga que Thorne había robado. Cress lo sabía todo acerca de la nave, desde su distribución hasta su bitácora de mantenimiento (tanto la ideal como la real).

Todo.

Incluida su localización.

Con el toque de un dedo sobre la barra superior de la carpeta, sustituyó el holograma de Carswell Thorne por el de un mapa de coordenadas galácticas. La Tierra brilló tenuemente; los bordes ásperos de los continentes le resultaban tan familiares como la programación de la Pequeña Cress. Después de todo, había pasado la mitad de su vida observando el planeta a 26.071 kilómetros.

Alrededor del planeta titilaban miles de pequeños puntos que indicaban la posición de cada nave y satélite desde allí hasta Marte. Un vistazo le indicó que en ese momento podía mirar por la ventanilla que daba hacia la Tierra y ver una nave exploradora de la Comunidad que pasaría junto a su satélite no identificado. Hubo un tiempo en que habría estado tentada de enviar un saludo, pero ¿qué sentido tendría?

Ningún terrícola confiaría jamás en una lunar, y mucho menos la rescataría.

Así que Cress ignoró la nave y, mientras tarareaba para sí, fue eliminando los pequeños marcadores del holograma hasta dejar solo el que identificaba a la Rampion. Un solo punto amarillo, desproporcionado en el holograma, de forma que ella pudiera analizarlo en el contexto del planeta que estaba debajo.

Volaba a 12.414 kilómetros por encima del océano Atlántico.

Desplegó la identificación de su propio satélite en órbita. Si alguien trazara una línea de su satélite al centro de la Tierra, atravesaría la costa de la Provincia de Japón.

No estaban cerca. Nunca lo estaban. Después de todo, era una enorme zona orbital.

Ubicar las coordenadas de la Rampion había sido uno de los mayores retos en la carrera de Cress como hacker. Aun así, le había llevado solo tres horas y cincuenta y un minutos lograrlo, y todo ese tiempo su pulso y su adrenalina estuvieron disparados.

Ella tenía que encontrarlos primero.

Porque tenía que protegerlos.

A fin de cuentas, había sido cuestión de matemáticas y deducción. Utilizó la red del satélite para captar los pulsos de todas las naves que orbitaban en torno a la Tierra. Descartó aquellas que tenían rastreadores, pues sabía que a la Rampion se lo habían quitado. Luego excluyó aquellas que eran demasiado grandes o demasiado pequeñas.

La mayoría de las naves restantes después de esa selección eran lunares y, desde luego, esas ya estaban bajo su control. Durante años había estado interrumpiendo sus señales y confundiendo sus ondas de radar. Muchos terrestres creían que las naves lunares eran invisibles gracias a un truco mental. Si hubieran sabido que en realidad era un insignificante caparazón el que les causaba tantos problemas...

Al final, solo tres de las naves que orbitaban la Tierra cumplían los criterios de selección, y dos de ellas (sin duda naves piratas) no perdieron tiempo para aterrizar en la Tierra cuando se dieron cuenta de que estaba en marcha una enorme búsqueda espacial en la cual no querían quedar atrapados. Por curiosidad, Cress revisó después los registros policíacos terrestres sobre su acercamiento y encontró que ambas naves habían sido descubiertas cuando reingresaron en la atmósfera de la Tierra. Delincuentes tontos.

Eso dejaba solo una nave. La Rampion. Y a bordo de ella, Linh Cinder y Carswell Thorne.

En los doce minutos posteriores a su ubicación, Cress bloqueó cualquier señal que los pusiera en riesgo de ser localizados, usando el mismo método. Como por arte de magia, la 214 Rampion, Clase 11.3 se había esfumado en el espacio.

Luego, con los nervios agotados por la tensión mental, se dejó caer sobre su cama deshecha y miró al techo con una sonrisa radiante. Lo había logrado. Los había hecho invisibles.

Un pitido sonó en una de las pantallas y desvió la atención de Cress del punto flotante que representaba a la Rampion. Se volvió e hizo un gesto de dolor cuando un mechón de cabello se enredó en las ruedas de la silla. Lo sacó de un tirón mientras con la otra mano interrumpía la hibernación de la pantalla. Un movimiento de sus dedos agrandó la imagen.

TEORÍAS CONSPIRATIVAS DE LA TERCERA ERA

«Otra vez no», murmuró.

Los teóricos de las conspiraciones se habían vuelto locos desde la desaparición de la chica cíborg. Algunos decían que Linh Cinder trabajaba para el gobierno de la Comunidad o para la reina Levana; que estaba conchabada con la princesa lunar desaparecida o sabía dónde estaba la princesa lunar; que estaba relacionada de alguna manera con el brote de letumosis, o que había seducido al emperador Kaito y estaba embarazada de una «cosa» lunar-terrícola-cíborg.

Había casi la misma cantidad de rumores en torno a Carswell Thorne, incluidas teorías sobre la verdadera razón por la que estaba en prisión —entre ellas, conspirar para asesinar al emperador anterior—, sobre cómo había estado trabajando con Linh Cinder desde hacía años, antes de que esta fuera arrestada, y sobre sus conexiones con una red clandestina que se había infiltrado en el sistema carcelario desde hacía años, preparándose para el día en que necesitara su ayuda. Esta nueva teoría sugería que Carswell Thorne era en realidad un taumaturgo lunar cuya misión era ayudar a Linh Cinder, de modo que Luna tuviera una excusa para iniciar la guerra.

Básicamente, nadie sabía nada.

Excepto Cress, quien estaba enterada de los delitos de Carswell Thorne, de su juicio y su fuga; al menos de los elementos de su fuga que pudo reunir utilizando los vídeos de vigilancia de la prisión y los testimonios de los guardias de turno.

De hecho, estaba convencida de que sabía más acerca de Carswell Thorne que cualquier otra persona viva. En una vida en la cual lo novedoso y lo diferente era tan raro, él se había convertido en algo fascinante para ella. Al principio, le molestaba su aparente codicia e imprudencia. Cuando desertó del ejército, había dejado a media docena de cadetes y dos oficiales varados en una isla del Caribe. Había robado una colección de estatuas de diosas de la Segunda Era a un coleccionista privado de la Comunidad Oriental y un juego de muñecas para dormir venezolanas que estaban en préstamo en un museo en Australia, y que probablemente no volverían a exhibirse al público. Había acusaciones adicionales por un robo fallido a una joven viuda de la Comunidad que poseía una vasta colección de joyería antigua.

Cress había seguido hurgando, cautivada por el camino que Thorne seguía hacia su autodestrucción. Como si estuviera viendo la colisión de un asteroide, no podía apartar la mirada. Pero entonces habían empezado a surgir extrañas anomalías en su investigación.

Edad: ocho años. La ciudad de Los Ángeles vivió cuatro días de pánico después de que un raro tigre de Sumatra escapara del zoológico. Los vídeos de vigilancia de la jaula mostraban al joven Carswell Thorne, de paseo con sus compañeros de clases, abriendo la jaula. Luego diría a las autoridades que lamentaba lo que había hecho, pero es que el tigre se veía triste encerrado de esa manera. Afortunadamente, nadie, ni siquiera el tigre, resultó lastimado.

Edad: once años. Sus padres informaron a la policía de que les habían robado por la noche: un collar de diamantes había desaparecido del joyero de su madre. El collar fue rastreado hasta un sitio de ventas en la red, que mostraba que había sido vendido recientemente a un comprador en Brasil por 40.000 univs. El vendedor era, desde luego, nada menos que Carswell, quien no había tenido oportunidad de enviar el collar; lo obligaron a devolver el pago y a ofrecer una disculpa formal.

En esa disculpa, que se hizo pública para evitar que otros adolescentes tuvieran la misma idea, él aseguró que solo estaba tratando de obtener dinero para una institución caritativa local que ofrecía androides asistentes a los ancianos.

Edad: trece años. Carswell Thorne fue expulsado una semana del colegio después de pelearse con tres chicos de su grado, pelea que perdió, de acuerdo con el informe del androide médico. Él afirmó que uno de los muchachos había robado una pantalla portátil a una chica llamada Kate Fallow. Carswell estaba tratando de recuperarla.

Uno tras otro, los problemas llamaban la atención de Cress. Robo, violencia, allanamiento, expulsiones del colegio, reprimendas de la policía. Aun así, cada vez que le daban la oportunidad de explicarse, Carswell Thorne siempre señalaba una razón. Una buena razón. De las que detienen el corazón, aceleran el pulso y causan asombro.

Como ocurre cuando el sol asciende sobre el horizonte, su percepción comenzó a cambiar. Después de todo, Carswell Thorne no era un canalla sin corazón. Si alguien se tomara la molestia de conocerlo, descubriría que era compasivo y caballeroso.

Él era exactamente la clase de héroe con el que Cress había soñado toda la vida.

Tras ese descubrimiento, los pensamientos sobre Carswell Thorne empezaron a infiltrarse en ella a cada momento. Soñaba con profundas conexiones entre sus almas, besos apasionados y aventuras temerarias. Estaba segura de que bastaría simplemente con que él la conociera para que sintiera lo mismo. Sería uno de esos romances épicos que surgen con una explosión y arden al rojo vivo por toda la eternidad. El tipo de amor que el tiempo, la distancia o incluso la muerte no podrían separar.

Porque si había algo que Cress sabía acerca de los héroes es que no podían resistirse a una damisela en apuros.

Y ella, ciertamente, estaba en apuros.

 

 

Cuatro

Scarlet presionó una almohadilla de algodón contra la comisura de la boca de Wolf al tiempo que sacudía la cabeza.

—Quizá no dé muchos golpes, pero cuando pega, es en serio.

Pese al moretón que empezaba a aparecer en su mandíbula, Wolf estaba resplandeciente y un brillo se reflejaba en su mirada bajo las luces de la enfermería.

—¿Viste cómo me hizo tropezar antes de lanzar el golpe? No lo vi venir.

Se frotó las manos vigorosamente contra los muslos. Sus pies golpeteaban contra el costado de la mesa de exploración.

—Creo que por fin estamos logrando algo.

—Bueno, me alegro de que estés orgulloso de ella, pero sería mejor que la próxima vez te pegara con la mano no metálica.

Scarlet desechó el algodón. La herida, justo donde el labio se había partido contra uno de los caninos superiores, no había dejado de sangrar, pero ya no estaba tan mal. Tomó un tubo de ungüento medicinal y continuó:

—Vas a tener otra cicatriz en tu colección, y esta más o menos hace juego con la que tienes junto a la boca, así que por lo menos serán simétricas.

—No me importan las cicatrices —dijo él, encogiéndose de hombros. Una chispa maliciosa brilló en sus ojos—. Ahora me traen mejores recuerdos que antes.

Scarlet se detuvo un instante, con una pizca de ungüento en la punta del dedo. Wolf tenía la mirada puesta en sus manos huesudas. Sus mejillas tenían un leve rubor.

En segundos, la propia Scarlet comenzó a sentirse arrebolada al recordar la noche que pasaron como polizones en el tren elevado. Cómo dibujó con los dedos la pálida cicatriz en el brazo de Wolf; cómo frotó los labios contra las débiles marcas de su rostro; cómo él la tomó en sus brazos...

Le dio un empujón en el hombro.

—Deja de sonreír tanto —le dijo, untando el bálsamo en la herida—. La estás empeorando.

Wolf controló la expresión de su rostro, pero aún tenía un brillo en los ojos cuando se atrevió a levantarlos hacia ella.

Aquella noche en el tren elevado había sido la única vez que se habían besado. Scarlet no contaba la ocasión en que la besó mientras él y los demás agentes especiales, la «manada», la mantenían secuestrada. Wolf había aprovechado la ocasión para entregarle un chip de identidad con el que luego pudo escapar, pero no hubo afecto en ese beso, y en ese entonces ella sentía desprecio por él.

Pero esos momentos en el tren elevado le habían producido más de una noche de insomnio desde que habían abordado la Rampion. Acostada, sin sueño, se imaginaba que se levantaba furtivamente de la cama. Se escabullía por el corredor hasta el cuarto de Wolf y, sin decir una palabra cuando él abría la puerta, se apretaba contra su cuerpo, enredaba los dedos en su pelo y se envolvía en esa especie de seguridad que solo había encontrado en sus brazos.

Pero nunca lo había hecho. Y no por miedo a un rechazo: Wolf no había hecho ningún esfuerzo por disimular sus persistentes miradas, y alargaba el momento cada vez que se tocaban, por trivial que fuera el encuentro. Además, nunca retiró lo que dijo después del ataque: «Tú eres la única, Scarlet. Siempre serás la única».

Sabía que Wolf esperaba que ella tomara la iniciativa, pero cada vez que se sentía tentada, recordaba el tatuaje de su brazo, el que lo marcó para siempre como agente lunar especial. Todavía tenía el corazón roto por la pérdida de su abuela y por saber que Wolf podría haberla salvado. Podría haberla protegido. Incluso podría haber impedido que pasara lo que pasó.

Pero no era justo. Eso había sido antes de conocerse, antes de que ella le importara. Y había tratado de rescatar a su abuela. Los otros agentes habrían podido matarlo, y entonces sí que estaría sola.

Quizá sus vacilaciones se debían a que, si era honesta consigo misma debía admitirlo, Wolf todavía le provocaba algo de miedo. Cuando estaba contento y se mostraba seductor y, a veces, adorablemente torpe, era fácil olvidarse de que tenía un lado oscuro. Pero Scarlet lo había visto pelear en demasiadas ocasiones, y no era como las luchas de entrenamiento que sostenía con Cinder, sino combates en los que podía romperle el cuello sin misericordia a un hombre o arrancarle la carne hasta los huesos a su oponente con sus dientes afilados.

Los recuerdos todavía la hacían temblar.

—¿Scarlet?

Se sobresaltó. Wolf la miraba con el ceño fruncido.

—¿Te pasa algo?

—Nada. —Esbozó una sonrisa y se sintió aliviada de no sentir tensión.

Sí, había algo oscuro en su interior, pero el monstruo que vio no era el mismo que el hombre que estaba sentado frente a ella. Fuera lo que fuese lo que los científicos lunares le hubieran hecho, Wolf había demostrado una y otra vez que podía tomar sus decisiones y que las cosas podían ser diferentes.

—Estaba pensando en cicatrices —le dijo mientras enroscaba la tapa del ungüento. El labio de Wolf había dejado de sangrar, aunque el moretón le duraría varios días.

Scarlet lo tomó por la barbilla, inclinó el rostro de Wolf lejos de ella y le plantó un beso en la herida. Él inhaló profundamente, pero, salvo por eso, se quedó quieto como una piedra, una hazaña inusitada en él.

—Creo que vas a sobrevivir —dijo ella. Le quitó el vendaje y lo arrojó al cubo de basura.

—¿Scarlet? ¿Wolf? —La voz de Iko restalló en los altavoces—. ¿Podéis venir a la plataforma de carga? Hay algo que quiero que veáis.

—Allá vamos —respondió Scarlet, y se puso a guardar el resto del instrumental de enfermería mientras Wolf saltaba de la mesa de exploración. Cuando ella se volvió para mirarlo, él sonreía y se frotaba la herida con un dedo.

En la plataforma de carga, Thorne y Cinder estaban sentados en uno de los contenedores, inclinados sobre un mazo de naipes. La cíborg seguía con el pelo revuelto; aún no se había peinado tras su semivictoria sobre Wolf.

—¡Oh, vaya! —exclamó Thorne alzando la vista—. Scarlet, explícale a Cinder que está haciendo trampa.

—No hago trampa.

—Jugaste dos dobles seguidos. No puedes hacer eso.

Cinder cruzó los brazos.

—Thorne, acabo de descargar en mi cerebro el reglamento oficial. Sé qué se puede hacer y qué no.

—¡Ajá! —Chasqueó los dedos—. ¿Lo ves? No puedes descargar nada a medio juego en este casino. Son las reglas de la casa. Es trampa.

La cíborg levantó las manos y las cartas salieron volando por todo el compartimento. Scarlet pescó un tres en el aire.

—Yo también aprendí que no puedes ...