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CUANDO APARECEN LOS HOMBRES

Marian Izaguirre

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Fragmento

 

—Ya está todo.

Natalia acababa de entrar en la cocina. Llevaba todavía el uniforme de recepcionista: falda ajustada, chaqueta negra con un ribete rojo en el bolsillo, impecable, como siempre. Se había soltado el pelo y parecía contenta.

—¿Los muebles de la terraza también?

—Sí, Marçal los ha guardado en el cobertizo.

—Los habrá tapado con la lona, supongo…

—Sí, tranquila. Todo quedará en orden.

Teresa continuó rellenando las tartaletas con la muselina de erizos que el chef había dejado en la nevera la noche anterior.

—¿Te ayudo?

—Claro.

Natalia se acercó y al contemplar la muselina esbozó una sonrisa afectuosa, breve.

—¿La ha hecho Pierre?

—Sí. Y está perfecta, mira.

Teresa sostuvo la cucharilla de rellenar en alto. No se volcó una sola gota sobre la fuente.

—Es un buen chef —admitió Natalia—. No le costará ningún esfuerzo encontrar un nuevo trabajo.

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Teresa le acercó la bandeja con las tartaletas a Natalia.

—Sigue tú. Voy a ver cómo va el fuego.

La recepcionista miró a su jefa de soslayo. Una mujer madura, de cuarenta y tantos, pero con una belleza atemporal que seguramente venía de su hermosa melena rubia y de su piel clara, casi transparente; o del cuerpo, asombrosamente estilizado, de brazos largos y cintura breve, algo que envidiaba con todas sus fuerzas. Pero Natalia sabía muy bien que la belleza de Teresa tenía un componente secreto que se proyectaba desde el gesto, ensimismado y distraído como el de una adolescente, y que se sostenía en difícil equilibrio: un comportamiento siempre afectuoso y aquella actitud distante que a veces la volvía inaccesible. Le pareció que estaba cansada. Iba a preguntarle si había dormido mal, cuando vio que se abría la puerta de la cocina.

—¿Os ayudo?

Pierre, el joven chef, sí se había cambiado de ropa. Su pelo mostraba señales de haber sido cuidadosamente retocado con una capa de gomina. Se acercó, a pesar de la mirada condescendiente que le habían lanzado las dos mujeres, y cogió el recipiente donde había dejado preparada la muselina de erizos. La inclinó con habilidad hacia un lado y luego hacia el otro.

—Conserva buena textura, ¿no?

Natalia le quitó el recipiente de las manos y siguió rellenando una corta hilera de tartaletas, mientras le apartaba con un gesto del codo.

—Sal de aquí, la jefa ha dicho que hoy tienes prohibido entrar en la cocina.

Natalia sonrió cuando, a pesar de todo, Pierre se acercó al fogón, abrió la cazuela industrial en la que hervían a fuego muy lento nueve aves de mediano tamaño, y metió una cuchara en la salsa.

—Está divina, jefa —dijo sin poder ocultar la admiración que le producía—. Un día de estos tengo que robarte la receta…

Teresa le apartó del fuego.

—¿Quieres irte de una vez?

Agitó la cazuela siempre para el mismo lado, en sentido inverso a las agujas del reloj. Los pichones habían mermado y la salsa estaba ahora más espesa.

—No, hasta que me cuentes el secreto de la salsa de la reina. Nunca me has explicado por qué la llamas así.

Teresa apagó el fuego y se quitó el delantal. Llevaba una blusa de seda cruda y se había recogido las mangas por encima del codo.

—Ni lo pienso hacer ahora, ¿qué te crees?

—Venga, jefa, sé un poco complaciente, que acabas de despedirme…

Teresa se rio sin poder evitarlo.

—Yo no te he despedido; hemos tenido que cerrar temporalmente, eso es todo. Y sabes muy bien que cuando esta dichosa crisis pase, te mandaré buscar y te traeré de nuevo a Port de l’Alba, aunque tenga que recorrerme, una a una, todas las estrellas Michelin.

El chef agitó la cabeza varias veces, aceptando a regañadientes que la receta de la salsa siguiera fuera de su alcance. Lo cierto es que, si hubiera querido, podría haber descifrado los ingredientes y adaptarla a su gusto, pero no le parecía bien; era como robarle a un hijo la foto de su madre. Sabía que esa receta llevaba en manos de la familia de Teresa casi cien años y que seguramente cada generación había añadido, o quitado, ingredientes a su antojo, que la salsa se había ido acoplando a los tiempos como los platos de la mejor cocina tradicional. Además, cada vez que lo intentaba había algo que se le escapaba, aunque no supiera decir qué demonios era.

Se acercó a su jefa y la besó en la frente. Teresa sintió una ligera conmoción. De repente, el mar abrupto, las mareas, el imprevisible oleaje, los charcos retenidos en la arena fría. En ese paisaje líquido, agreste y desalentador, su yo verdadero luchaba por salir a flote. ¿Por qué ahora?

—Bueno, al menos hemos vaciado los congeladores —comentó Pierre con un gesto que pretendía ocultar lo vulnerable que se sentía al despedirse del hotel Arana. Se acercó al fuego e introdujo un pincho de madera en uno de los pichones—. Están en su punto, ¿no?

—Yo me encargo, no te preocupes —dijo Teresa con un tono que no admitía réplica—. Y ahora sal de la cocina, por favor.

Pierre salió a regañadientes. Al otro lado del ojo de buey se veían las cabezas de los empleados del hotel, cortadas, como reyes decapitados o prohombres en un viejo billete de cien pesetas. Los últimos huéspedes habían dejado el hotel un par de días antes. Cuarenta y ocho horas después todo estaba recogido, las mesas del exterior, las vajillas y cristalerías, las sábanas blancas y las almohadas de pluma. Teresa había ordenado montar una gran mesa junto al ventanal que daba al cabo para despedirles a todos como se merecían. Y había elegido preparar ella misma el plato principal: pichones en salsa de la reina. Llevaba dos días haciéndolo. El caldo con las carcasas y los tallos de cebolletas, con el laurel y el atado de hierbas, con los despojos. Los pichones embebidos en coñac, la salsa con el toque de azafrán… Ahora todo se estaba acabando. Los últimos siete años de su vida iban a concluir con aquella comida.

—¿Qué harás a partir de mañana? —preguntó Natalia cuando se quedaron solas de nuevo.

—No lo sé. Me quedaré aquí una temporada. Creo que solo quiero leer, pasear y dormir.

—¿No irás a Perpiñán?

Teresa alzó la barbilla instintivamente. La sensación de tener una aguja clavada en un nervio volvió, como tantas otras veces, doliendo de aquel modo incomprensible, complicándolo todo.

—No, creo que no.

Natalia guardó un significativo silencio.

—Se ha acabado, ¿verdad? —dijo al fin.

Teresa asintió.

—¿Por qué? ¿Su mujer se ha enterado?

—No es eso —respondió con apatía—. Él no la va a dejar y yo no quiero que la deje.

—¿Entonces?

—Se ha terminado, eso es todo. Hay hombres que llevan la fecha de caducidad escrita en la frente.

Natalia no insistió. Había asistido a esa misma situación demasiadas veces y no conseguía entender por qué una mujer como Teresa era incapaz de encontrar un hombre con el que compartir su vida. «Cuando se agota el deseo —le había comentado Teresa un día—, no nos queda nada.» Ni a ellos ni a mí. Natalia suspiró decepcionada.

—Sigues enamorada de un fantasma. Ninguno conseguirá estar nunca a su altura, ¿verdad?

Teresa pensó en Mikel. Su rostro joven, secreto, sus manos anchas y fuertes. Pensó en las mareas, que dejaban al aire playas sumergidas y arrastraban cualquier vestigio de voluntad. Era cierto. Nadie podría.

—Por Dios, Teresa —dijo Natalia—, no puedes seguir tan sola.

Teresa le dio la espalda.

—Sí puedo —respondió medio tono por debajo de su voz normal. Entonces se volvió. Natalia vio cómo le brillaban los ojos. Azules y húmedos—. Nunca he estado de otro modo.

A veces no conseguía entenderla. Le daba miedo aquella frialdad premeditada, porque sabía que no era real.

—Traeré el vino, si te parece.

Teresa asintió sin añadir nada más. Sacó la llave del bolsillo y se la entregó.

—Sube seis botellas de ese Gaillac de 2001. Que te ayude Pierre.

Vio a través del ojo de buey de la cocina cómo la recepcionista hacía un gesto al chef y cómo Pierre acudía solícito. Era tan evidente que Teresa esbozó una sonrisa. No pudo evitar imaginarlos en la bodega besándose como dos adolescentes. Por un instante sintió el olor de sus salivas, mezclándose, pasando de una lengua a la otra, notó los dedos en un costado que no era el suyo y sin embargo lo era, y creyó que la aguja estaba clavada esta vez en el bajo vientre.

No podía. Estaba demasiado agotada para volver a pensar en ello. Comprobó la temperatura de la mesa caliente, subió un poco el termostato, echó las almendras y las avellanas molidas en la cazuela, y removió nuevamente la salsa. El mundo daba vueltas en su cabeza con la misma exasperante lentitud.

 

Eran más de las seis de la tarde de aquel 4 de octubre de 2009, cuando se levantaron de la mesa. La luz se había hecho muy débil y convertía el mar en una mancha oscura y gris. A lo lejos, algo brillaba en el agua: un resto de sol, tembloroso como el lomo de un pez. Solo después consiguió comprender cuánta oscuridad se escondía detrás de su fulgor.

Teresa les despidió, uno a uno, en la puerta de entrada. Una recepcionista, un jefe de cocina, dos camareras, una gobernanta y un pinche. Y Marçal. Siete sueldos que ya no tendría que pagar, siete cuotas de la Seguridad Social, catorce pagas extraordinarias al año. También Marçal se fue a su pequeña casa, aunque él no se iría nunca del hotel Arana. A no ser que tuviera que venderlo todo…

—Vas a coger frío —dijo Natalia cuando apareció con su maleta—. Toma, ponte esto.

Había sacado un grueso jersey que Teresa tenía siempre en el despacho.

—¿Quién te lleva? ¿Pierre?

Natalia asintió. Por un instante le invadió una enorme pena. No era probable, pero le asaltó la idea de que quizá no se volvieran a ver.

—¿Se queda alguien contigo esta noche?

Teresa se encogió de hombros.

—Marçal y su mujer, ya sabes. Creo que ha venido el hijo.

Natalia hizo una mueca. El guardés y su mujer vivían en una casita adyacente al hotel.

—Vaya... Ese chico no me gusta nada, va a acabar mal.

Pierre había detenido la moto frente a ellas. Teresa vio que se había puesto una cazadora de cuero que le hacía parecer un adolescente de barrio.

—En fin… Pobre Marçal —murmuró Natalia mientras se acercaba a besarla—. Cuídate y descansa.

Teresa mantuvo durante un rato el abrazo de despedida. Sintió que temblaba como un niño al que le apagan la luz. Intentó que Natalia no se diera cuenta.

—Tú también —dijo—. Aunque no sé si vas a descansar mucho —añadió señalando a Pierre.

Esta vez fue Natalia la que se encogió de hombros. Sus grandes ojos negros relampagueaban como el agua del mar en las noches de invierno.

En la cama, mientras el mar y el viento rugían fuera de la torre como fieras enfrentándose, recordó la fecha en la que estaban, 4 de octubre, festividad de San Francisco de Asís, y el refrán que su abuela solía repetir cada año: «El cordonazo de San Francisco se hace notar, tanto en la tierra como en el mar». Sintió que, por una vez, las palabras de aquella vieja inclemente tenían algún sentido.

 

Se levantó temprano. Las persianas de la claraboya se habían quedado abiertas y la luz le dio directamente en la cara nada más abrir los ojos. Había soñado con su madre, subida en un Ford Taunus de color verde pastel, un coche descapotable que se alejaba por la estrecha carretera de la costa. Era un sueño recurrente, familiar. De pequeña solía soñar que volaba, que bajaba las escaleras de dos en dos, luego de tres en tres, que empezaba a dar pasos en el aire y caminaba sobre la nada, fuera del mundo. En ese sueño se sentía poderosa, privilegiada, con posibilidades de escapar. Más tarde, cuando ya era una mujer y gobernaba su propia vida, dejó de soñar con pasos en el aire y empezó a tener este otro sueño: su madre que se alejaba en un coche verde por una interminable carretera sobre acantilados. El color del coche y el del mar eran exactamente el mismo. El cielo de ese sueño era de un amenazante gris oscuro.

La mañana se le fue en un abrir y cerrar de ojos. Era un día triste, sin aliento, vago y desvaído como la luz de otoño. Tenía que ordenar papeles, recoger algunas cosas de última hora, pero no lo hizo. Recorrió las habitaciones, contemplando la desnudez de los colchones cubiertos con sábanas, los aparadores cerrados, las vitrinas con las copas boca abajo...

Pensó en la muda. En su caja llena de historias y recetas. ¿Era eso lo único que podía salvar? ¿Un recetario escrito con letra pequeña, llena de ángulos, como gritos sin aire? La letra de las personas es su voz secreta, un susurro inacabable con el que consiguen vaciar el tiempo.

La muda. Todos la llamaban así. Su presencia silenciosa todavía deambulaba por la casa. Ni siquiera podía asegurar que fueran familia. Una mujer a la que su madre tampoco había llegado a conocer y que, sin embargo, les había dejado esta casa en herencia. Y algo más. Algo que perduraba en el tiempo. Sólido. Seguro. «En la cocina tengo voz», había escrito Elizabeth Babel en una de sus cartas. Curioso que se apellidara Babel. Era fácil imaginarla en los fogones, cocinando para la familia Dennistoun, construyendo una torre confusa de voces que solo así podían salir del interior de su pecho. ¿Sabía, cuando escribió las recetas, que alguien las cocinaría de nuevo muchos años después? Oca con nabos de Capmany, pollo con hígado de sepia y cigalas, pato con peras de Puigcerdá… Pichones en salsa de la reina. Páginas manuscritas encerradas durante años y años en la torre, como una doncella que esperara a su príncipe. No llegó, ¿verdad, Elizabeth?

Buscó la caja de metal. Era una caja de dulce de membrillo La Tropical, litografiada con motivos de estilo modernista. En la tapa había una imagen de mujer con un papagayo en una mano y un arco en la otra. El borde de la tapa, desgastado por los dedos que la habían abierto una y otra vez, dejaba asomar manchas de metal gris bajo la pintura dorada y verde. Era honda. De una hondura que iba más allá de sus veinticinco centímetros de profundidad.

Teresa se sentó frente al ventanal. El mar estaba cubierto de picos de espuma, como si lo agitaran desde dentro.

Abrió la caja, como tantas otras veces, y sacó una carta, la primera de las que había escrito Elizabeth Babel. En el sobre, en vez de dirección, había una fecha: 12 de diciembre de 1915.

Empezó a leer.

Y de pronto, quedó sumergida en la intensa concentración de las palabras.

En su sonido sin voz.

 

Querida Elizabeth:

Necesito explicar lo que me pasa. Hablar. Yo que no puedo hacerlo como lo hacen los demás. Necesito contarle a alguien lo que siento, porque si no reventaré.

Primero pensé en llevar un diario… Pero eso, en el fondo, es como pensar y ya pienso demasiado. Lo que yo quiero es contar mis cosas a otro, escribir cartas, meterlas en un sobre como si pudiera enviárselas a una íntima amiga, pero no se me ocurre nadie que no sea yo misma... ¿Quién iba a querer ser amiga de una muda? Y, además, ¿a qué otra persona podría contarle yo mis cuitas o mis venturas con mayor sinceridad? Quizá a mi padre…, pero él ya no está y, a pesar de que mi madre dice siempre que nos ve desde el cielo, dudo mucho que me pueda oír.

Él decía a veces que yo era especial, que era mucho más lista que los otros niños, mucho más madura. Incluso les decía a los demás que podía llegar a ser novelista. Si me viera ahora… Ojalá te hubiera escrito mucho antes, cuando él todavía estaba vivo.

Tengo que empezar por esa ausencia: la de mi padre. Por la vida que perdimos y ya no podremos recuperar.

Llegamos a Port de l’Alba hace casi un año, cuando mi madre se casó por segunda vez. Veníamos de aquella ciudad horrible en la que una epidemia de tifus había matado a casi dos mil personas. A mi padre también. A él no le mató el tifus, o sí, porque fue su lucha por combatir las epidemias y la insalubridad de los barrios más pobres de Barcelona lo que le llevó a encabezar la revuelta. Cayó abatido por un disparo de los guardias y con el ingeniero inglés, que había trabajado sin descanso proyectando el nuevo acueducto y las torres del agua, murió nuestra vida. Luego, tan solo un año después, mi madre aceptó casarse con Robert Dennistoun, un inglés como nosotros, que vivía en una vieja casa en el campo, en las afueras de Port de l’Alba. Veníamos con una historia, para quedarnos sin historia.

Una tartana. Y un payés que se entendía por señas con mi madre. Por señas. Como yo. Eso me hizo pensar que quizá no fuera todo tan horrible. A veces la gente que tiene voz tampoco puede utilizarla. La nuca de aquel hombre. Rapada y gris. Mientras el caballo trotaba, con las riendas flojas, pensaba en qué llevaría él dentro de esa cabeza. ¿Tendría recuerdos como los míos, imágenes oscuras y palabras atascadas que nunca iban a salir de allí? No lo parecía. A nuestro alrededor todo se veía apacible. El cielo de abril después de la lluvia, limpio tras las nubes sueltas, el camino lleno de charcos en cuya superficie se multiplicaban las copas de los pinos, a veces más oscuras, a veces difusas, como si se reflejaran en un espejo desgastado…, mi hermano dormido en brazos de mi madre, y el sonido de los cascos del caballo sobre el suelo reblandecido, que apenas conseguía amortiguar las voces que yo llevaba en mi interior.

Intentar entender. Esto era lo que más me preocupaba.

¿Por qué había muerto mi padre? ¿Por qué participó en aquella algarada si él mismo había construido la red de abastecimiento del agua? ¿Quién le convenció de que el agua que venía de las minas estaba contaminada? Había nombres en mi cabeza. Culpables. Todos culpables de la muerte del ingeniero inglés. Los guardias que dispararon, los propietarios de las minas, un amigo de la familia que denunció a Aguas de Montcada como responsable del brote y con el que mi padre pintó cruces rojas en todas las fuentes contaminadas… El tifus. También. Ese bicho invisible que mataba a la gente... Incluso los muertos. Sí. También los dos mil muertos. Si no se hubiera infectado tanta gente mi padre aún estaría vivo.

El viaje fue demasiado corto. Habría necesitado el doble para dar rienda suelta a todo aquel barullo que tenía dentro. Un nudo de preguntas enmarañadas a las que nadie quería responder. Y yo ni siquiera podía hacerlas, porque me faltaba algo que los demás tenían: la voz. Ojalá tampoco hubiera tenido aquella amalgama de palabras sin sentido en la cabeza.

Soy muda. Soy sorda. No salen palabras de mi garganta, no entran sonidos en mi cuerpo. Pero no hay un muro totalmente infranqueable entre los demás y yo, porque mi padre me enseñó el lenguaje de los signos y yo aprendí a leer los labios. Y así las palabras que por dentro conozco y sé con qué letras están hechas, viven en mis manos y allí adquieren forma de besos. O de hambre. O de risa. O de temor.

Eso es lo que le dijo mi madre a Robert Dennistoun: háblale de frente, puede leer los labios.

Estábamos allí, en la puerta de la casa, rodeados de pinos que todavía goteaban y de unos matorrales oscuros. El sol había vuelto a salir. Entre las nubes el cielo era ahora muy azul. Como los ojos de mi padre. Olía bien. Pensé que una cosa era cierta: el tifus nunca podría llegar hasta ese lugar.

¿Qué esperaba yo de aquel hombre alto, rubio, con el rostro rojo como un tomate, y que en lugar de llevar chaqueta o levita iba vestido como un aldeano? No lo sé. También eso era contradictorio. Me irritaba profundamente que mi madre se hubiera casado con él tan rápido, por poderes, dijeron, me fastidiaba imaginar que dormirían en la misma cama y que él la tocaría, que acariciaría su pelo castaño y que, por las mañanas, cuando nos sirvieran el desayuno, él la besaría en la frente como hacía mi padre cada día. «Lo he hecho por vosotros —nos dijo a Marcus y a mí—, para sacaros de esta ciudad insalubre, para que podáis crecer sanos en el campo.» La odié con todas mis fuerzas en esos momentos.

¿Quién era ese tal Robert Dennistoun? ¿De dónde había salido? Mi madre nos explicó que era un viejo amigo de mi padre, que también era ingeniero y que había venido a Cataluña para trabajar en la extracción del corcho. Yo me lo imaginaba arrancando cortezas de los alcornoques, pero no, parece que se había dedicado a construir carreteras y trazados de ferrocarril. Ya no trabajaba. Se había retirado y vivía allí, como un campesino. Era viudo y tenía dos hijos algo mayores que nosotros. Mi madre lo sabía todo sobre Robert Dennistoun, pero yo no le había visto nunca. Ni a él ni a aquellos hijos salvajes que se criaban en el campo y que iban a la escuela montados a caballo.

En fin. Allí estaban Robert Dennistoun y sus hijos. Sonriendo como tontos. El hijo mayor me estrechó la mano, muy formal, y me dio la bienvenida con una larga parrafada de la que solo una frase despertó mi interés:

—Me llamo Pye.

¿Pye? ¿Qué clase de nombres era ese?

¿Pye? ¿Había entendido bien?

—Y yo Gertrude —dijo su hermana sin mirarme. Acto seguido se fue hacia mi hermano, que se agarraba a las faldas de mi madre, y se agachó frente a él. Marcus se echó a llorar de inmediato. No oigo, pero sí veo. Aunque a veces más valdría no ver.

Mis pies. Enfundados en unos botines marrones, con cordones de algodón, sucios por la lluvia y el barro. Mis piernas. Cubiertas por la falda de popelín con tres cenefas azules. Eso era todo. No podía levantar la vista más allá.

—Elizabeth…

Un tirón en la manga.

—Elizabeth…

Mi nombre saliendo de los labios de mi madre, la mujer del ingeniero inglés. De dos ingenieros ingleses. ¿Cómo había podido? Pensé que nunca se lo perdonaría.

—Elizabeth…

Elizabeth era como me llamaba cuando quería reprenderme.

Levanté la vista. Robert Dennistoun me miraba con su sonrisa bobalicona.

—Queremos que tu hermano y tú consideréis esta casa como vuestro hogar —dijo haciendo aspavientos. Al parecer había elevado mucho la voz.

Mi madre le cogió suavemente de un brazo.

—Es sorda —dijo con delicadeza—. No puede oírte, aunque grites, pero te entenderá si le hablas siempre de frente, ¿verdad, tesoro?

Asentí rápidamente un par de veces, mientras observaba divertida cómo Robert Dennistoun se ponía aún más colorado.

Gertrude se había acercado.

—¿No puedes hablar? —preguntó mirándome con el ceño fruncido.

Pye hablaba ahora con Marcus, que había dejado de lloriquear por fin. Pensé que no era el momento de que empezara a llorar yo, así que intenté emitir alguno de los sonidos que había practicado sin descanso. Quería demostrar que no era una tarada, que podía responder a sus preguntas, aunque fuera torpemente. Pero solo me salió aquel gruñido gutural que me avergonzaba aún más que el silencio.

—¿Y no puedes hablar por señas?

Era Gertrude otra vez. Me pareció que esa chica podía ser un poco metomentodo.

Entonces asentí de nuevo. En aquella época yo siempre llevaba una libreta colgada del cuello para poder escribir, pero no me dio la gana de usarla. Moví las manos rápidamente.

—Dice que está muy contenta de conocer a su nueva familia —tradujo mi madre libremente. Yo no había dicho familia, había dicho personas, pero casi se lo agradecí porque eso me hacía parecer mucho más cordial de lo que en realidad era. No solamente no creía en absoluto que aquellos tres extraños fueran mi familia, sino que ni siquiera deseaba estar allí, en aquel poblacho costero y en aquella casa apartada de todo. Hubiera dado cualquier cosa por volver a Barcelona. El tifus ya estaba controlado. No sabía por qué diantres teníamos que estar allí.

—Estudiaremos el lenguaje de signos todos, ¿verdad, chicos?

Pye inclinó la cabeza cortésmente y Gertrude se encogió de hombros, mientras levantaba las cejas en un extraño mohín que no era de protesta, sino más bien de indiferente aceptación. Ninguno de los dos parecía demasiado preocupado por responder a nuestras expectativas. Se comportaban con tanta naturalidad que era como si la idea de defraudarnos jamás hubiera pasado por sus cabezas. Intenté hacer lo mismo. Dejé que entraran y me quedé unos minutos más en el jardín, ignorándoles, para centrar mi atención en lo que Robert Dennistoun había llamado mi nuevo «hogar».

Pues sí. La casa de Los Cuatro Relojes iba a ser mi nuevo hogar. Una edificación alargada y regular, con grandes ventanas, muy altas, del tamaño de una persona. Sobre algunas de ellas, quizá las de las estancias más importantes, había tejadillos de cerámica azul y rejas de panza abombada, como esos hombres que pasan el tiempo en suculentas comidas. Era bonita, eso no se podía discutir. La torre fue lo que más me gustó. Ancha y cuadrada. En cada uno de los frentes había un reloj. El que daba a la fachada principal era un reloj de sol. Los otros tres eran mecánicos. Desde luego no se parecía en nada a las auténticas casas de campo de la zona que había contemplado durante el viaje en tartana: todas de paredes de piedra sin encalar, con ventanas mucho más pequeñas, casas ancladas en la tierra, pesadas y perennes como las generaciones que las habían habitado durante siglos. Algunas tenían una torre vigía que, al menos a mí, me sugería guerras medievales o ataques sanguinarios. Pero esta era una torre para tiempos de paz. Con sus cuatro relojes y una barandilla de madera en la parte más alta. Pensé: subiré ahí en cuanto pueda. Yo sola. Cuando nadie me vea. Subiré y miraré el mar, mientras me escondo de todos.

—¡Elizabeth!

Otro tirón de la manga. Mi madre.

Entré tras ella. La casa de Robert Dennistoun producía un sereno bienestar, algo que hacía pensar en vacaciones de verano y tiempo sin relojes. Y sin embargo yo no conseguía quitarme de encima aquella estúpida angustia que llevaba agarrada al estómago como una zarpa. A pesar de la casa, de los pinos y de la limpia brisa que venía del mar.

Un montón de sentimientos contradictorios. Había algo en mi angustia que tenía que ver con la voluntad de sufrir y que chocaba con aquel hermoso lugar y lo hacía añicos. Mi luto, luchando por abrirse camino entre las ganas de recorrer las estancias, blancas, limpias, ventiladas, y el deseo de abrir los brazos al cielo dando las gracias por haber salido de Barcelona. Me negaba en redondo. Necesitaba resistir. Quería conservar intacto mi dolor. No sucumbir ante la esperanza de una nueva vida. Tenía que agarrarme al miedo para no dejar paso a la confianza. Mi padre había muerto y yo no tenía derecho a ser feliz. Y además, ¿quién había dicho que fuera a serlo? ¿Feliz? ¿En casa de Robert Dennistoun? ¿Con aquella familia? No, desde luego... De ninguna manera.

—Te acompaño a tu habitación.

Gertrude se había quedado en el vestíbulo, esperándome. Mi madre y Marcus habían desaparecido. Era como si la casa se los hubiera tragado. La seguí por el largo pasillo, mientras pensaba en cuántos años me llevaría. Yo acababa de cumplir los quince. Ella debía de tener dieciséis o diecisiete. Era casi tan alta como su padre, muy rubia, con los ojos azules y la piel cuajada de pecas. Todavía vestía de corto, con una falda oscura y una blusa blanca de una tela suave y arrugada. Tenía pecho, pero no llevaba corsé.

Fíjate, querida Elizabeth, hablo en pasado remoto y solo han transcurrido ocho meses desde que llegué aquí. A veces me veo a mí misma como si fuera un sueño ajeno. Allí, detrás de Gertrude, esa muchacha desconocida que decían que iba a ser mi hermana.

—Dormirás en el cuarto contiguo al mío —dijo abriendo la puerta de una habitación que no era grande, pero cuya ventana daba a los acantilados. Era una ventana de dos hojas, del suelo al techo, sin rejas, y me gustó la idea de poder salir por allí sin que nadie me viera. Al otro lado se veían dos palmeras y, más allá, una enorme extensión de agua. El mar.

Gertrude se sentó en la cama. ¿Por qué no se iba? Ya me había enseñado la habitación, no tenía nada más que hacer allí.

—¿Y de verdad te entiende la gente cuando hablas por señas?

Pero qué es lo que quería… ¿Acaso no lo había visto con sus propios ojos? Me puse a deshacer el equipaje de mal humor.

—Mi padre dice que no podrás ir a la escuela del pueblo como nosotros, que te tienen que buscar un profesor especial.

Vaya, ahora resultaba que Robert Dennistoun tomaba decisiones sobre mi educación. ¿Se lo habría consultado a mi madre? ¿Habría accedido ella de buen grado? Mi padre jamás permitió que nadie me marginara por no poder hablar. Me enseñó el lenguaje de signos él mismo y enseguida me mandó a la escuela Montblanc, donde impartían clases los seguidores de Ferrer i Guàrdia y donde aprendí a leer y escribir. Era fácil, digan lo que digan: un juego de cartones y letras que pronto se volvían palabras, y luego frases, y a veces conceptos abstractos como alegría o tristeza… A leer los labios aprendí yo sola.

—Bueno, te dejo. —Gertrude se había puesto en pie—. Comeremos a la una. Quima ha hecho pichones en salsa de la reina para daros la bienvenida.

Se va. Por fin se va. Las palabras me suben por las piernas como hormigas hambrientas.

—Elizabeth, sepárale los huesos a tu hermano.

Lo hago con destreza. Primero separo las pechugas, luego abro los muslos del pichón, voy dejando cada huesecillo en una esquina del plato y mojo cada pequeño trozo de carne oscura en la salsa, para que a Marcus no se le haga una bola y no lo escupa. No podemos quedar mal en nuestro primer día.

Yo también lo intento, aunque el plato me repugna. Trago con dificultad, como si tuviera un tapón de corcho en la boca del estómago. ¿Qué comida era esa? ¿Pájaros? ¿Qué clase de gente podía comer eso?

Trago. Despacio. Muy despacio. Contengo como puedo las arcadas.

Y de pronto veo que Pye coge un muslo con la mano y se lo lleva a la boca sin que nadie se ofenda. Robert Dennistoun me mira y sonríe. Ya no me habla a voces.

Y luego, cuando pasamos al salón, el padre y el hijo se quedan dormidos sin ningún miramiento. Poco a poco, lo que hasta entonces eran las rígidas normas de comportamiento que tanto nos había costado aprender, fueron ablandándose, relajándose hasta quedar derretidas como mantequilla al fuego. Gertrude desapareció de la sala sin ninguna explicación y mi madre cruzó las manos sobre su vestido negro sin más.

Y entonces sí. Corro por el pasillo, abro la puerta de mi habitación, salgo por la ventana y vomito bajo una de las palmeras.

Esa noche apenas pude dormir. Todo aquel mundo nuevo daba vueltas en mi cabeza. Veía sombreros de paja colgados en el vestíbulo, botas de montar tiradas en el porche, cuadros en las paredes de los pasillos, veía rostros que me miraban con sospecha y ordenaba las letras que componían aquellos nombres en un panel luminoso que estaba detrás de la cortina de mis ojos; me afanaba en ordenarlo todo porque de pronto la vida se había convertido en algo demasiado complicado para mí. También veía palabras desconocidas, pronunciadas en el idioma local que yo no conseguía entender del todo, las veía escritas, primero de una manera, luego de otra, sin que ningún significado exacto se pudiera colocar a su lado, y sobre todo trataba de encontrarle algún sentido al hecho de que nosotros estuviéramos allí.

Luego pasaron los días, lentos y complicados, con demasiadas cosas que aprender. El profesor especial al que se había referido Gertrude nunca llegaba. Mi madre empezó a enseñar a leer a Marcus y yo deambulaba por el jardín y por las rocas del cabo durante horas. Nadie me prohibía nada, nadie me decía nunca lo que tenía que hacer.

En noviembre empezó el frío. Aprendí a hacer buñuelos de viento y panellets con Quima, la cocinera, que era muy aficionada a los dichos en su lengua, cosa que a mí me costaba bastante descifrar, y que se pasó todo el otoño repitiendo cosas como al parlar, com al guisar, un granet de sal, sin importarle gran cosa que la entendiera o no, aunque siempre que soltaba alguna de esas frases enigmáticas me guiñaba un ojo con picardía. Luego yo tenía que intentar que mi madre me explicara qué diantres significaban esos dichos, aunque la mayor parte de las veces ella tampoco les encontraba sentido. Aprendí a jugar al Scrabble con Gertrude, un juego de mesa que consistía en formar palabras con fichas de hueso pintadas, y que enseguida me pareció aburrido. Trataron de enseñarme a montar, pero eso sí que no dio ningún resultado. Me caí un par de veces y me dejaron por imposible. Aprendí a fisgar en las habitaciones, cuando no había nadie, y a hurgar en los armarios. Y entonces encontré el traje de esgrima.

Era de tela gruesa, como las fundas de los pianos, y de un blanco amarillento. Había medias blancas, zapatos blancos, un peto acolchado y una careta que se parecía a la que usaba Ferran, el marido de Quima, cuando iba a recoger la miel de las colmenas. Había también una especie de espada, con la hoja muy delgada y sin filo, que tenía en la punta un botón en forma de flor. Yo había visto grabados de esgrima en las revistas, pero, sobre todo, había leído Los tres mosqueteros, El príncipe y el mendigo y La pimpinela escarlata. Mi padre me los había traído de Inglaterra. Miles Hendon, el personaje que aparecía en la novela de Mark Twain, era mi espadachín preferido. Un noble caído en desgracia, alguien que lo ha perdido todo menos su nobleza de espíritu. Me puse el traje. Con el peto. Me ajusté la careta. Y ataviada de esta guisa me planté ante el espejo, adoptando las posiciones que había visto en las revistas y, sobre todo, las que había imaginado en la lectura de aquellos libros.

—¿Qué haces aquí?

El rostro sonrosado de Robert Dennistoun asomó de repente en la luna del espejo en el que yo fingía ser una consumada esgrimista. No me volví. No podía moverme. Pero leí su voz a través del reflejo. Y capté su enfado.

Me quité el traje en cuanto se fue. No me había dado tiempo a disculparme.

Esa noche Quima hizo gelatina de pollo, que era el único plato que me gustaba, porque Quima lo servía en raciones individuales y les ponía zanahorias y calabacines en forma de flor que temblaban en el plato como si fueran flanes; pero no fui capaz de probar un solo bocado. Robert Dennistoun no dijo una palabra sobre mi comportamiento de esa tar ...