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CUANDO LOS HECHOS CAMBIAN

Tony Judt

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Fragmento

adorno

ÍNDICE

Portadilla

Índice

Dedicatoria

Citas

Introducción: De buena fe, por Jennifer Homans

PRIMERA PARTE. 1989: NUESTRA ÉPOCA

1. Cuesta abajo hasta el final

2. Europa: la gran ilusión

3. Delitos y faltas

4. ¿Por qué fue útil la Guerra Fría?

5. Freedom y Freedonia

SEGUNDA PARTE. ISRAEL, EL HOLOCAUSTO Y LOS JUDÍOS

6. El camino a ninguna parte

7. Israel: la alternativa

8. Un lobby, no una conspiración

9. El «problema del mal» en la Europa de la postguerra

10. Ficciones sobre el terreno

11. Israel debe desmontar su mito étnico

Recibe antes que nadie historias como ésta

12. Israel sin clichés

13. ¿Qué se debe hacer?

TERCERA PARTE. EL 11- S Y EL NUEVO ORDEN MUNDIAL

14. Sobre La peste

15. Su peor enemigo

16. Cómo vivimos ahora

17. El sentimiento antiestadounidense en el mundo

18. El nuevo orden mundial

19. ¿Está condenada la ONU?

20. ¿Qué hemos aprendido, si es que hemos aprendido algo?

CUARTA PARTE. CÓMO VIVIMOS AHORA

21. El esplendor del ferrocarril

22. ¡Que vuelva el ferrocarril!

23. La bola de demolición de la innovación

24. ¿Qué está muerto y qué pervive en la socialdemocracia?

25. Generaciones en la encrucijada

QUINTA PARTE. A LA LARGA TODOS ESTAMOS MUERTOS

26. François Furet (1927-1997)

27. Amos Elon (1926-2009)

28. Leszek Kołakowski (1927-2009)

Relación cronológica de los ensayos y reseñas publicados por Tony Judt

Notas

Notas explicativas y del traductor

Índice analítico

Sobre el autor

Créditos

 

 

 

 

Para Joe

 

 

 

 

Cuando los hechos cambian, cambio de opinión. ¿Usted qué hace, señor?

Cita generalmente atribuida a John Maynard Keynes

 

 

Serán otros los que harán la historia […] Solamente puedo decir que sobre esta tierra hay plagas y hay víctimas, y que, en la medida de lo posible, uno tiene que negarse a estar del lado de la plaga.

Albert Camus, La peste

adorno

INTRODUCCIÓN: DE BUENA FE

 

POR JENNIFER HOMANS

 

 

 

Para mí, la única manera posible de escribir esta introducción consiste en separar al hombre de las ideas. Sin eso, el retroceso hacia el hombre, al que amé y con el que estuve casada desde 1993 hasta su muerte en 2010, se impone sobre el avance hacia las ideas. Cuando lean estos ensayos espero que también ustedes se centren en las ideas, porque son buenas ideas y se escribieron de buena fe. «Buena fe» tal vez fuera la expresión favorita de Tony y un valor que tenía en la más alta consideración, y se aferró a él en todo lo que escribió. Para él eso significaba, creo yo, escribir de un modo libre de cálculos y maniobras, intelectuales o de otro tipo. Una exposición limpia, clara y honesta.

Este es un libro sobre nuestro tiempo. El arco es descendente: desde las alturas de la esperanza y de la posibilidad, con las revoluciones de 1989, a la confusión, la devastación y la pérdida del 11-S, la guerra de Irak, la creciente crisis de Oriente Próximo y —como ya lo vio Tony— el declive autodestructivo de la república estadounidense. A medida que cambiaban los hechos y se desenvolvían los acontecimientos, Tony se encontró yendo progresiva y lamentablemente contracorriente, luchando con toda su fuerza intelectual por hacer que la nave de las ideas, aunque fuera levemente, tomara un rumbo diferente. La historia finaliza de manera brusca con su prematura muerte.

Este libro, para mí, es también un libro muy personal, ya que «nuestro tiempo» fue también «mi tiempo» con Tony: los primeros trabajos coinciden en los primeros años de nuestro matrimonio y del nacimiento de nuestro hijo Daniel, y siguen a través de nuestro tiempo juntos en Viena, París, Nueva York, el nacimiento de Nicholas y el crecimiento de la familia. Nuestra vida juntos comenzó, no por casualidad, con la caída del comunismo en 1989: yo era una estudiante de postgrado en la Universidad de Nueva York, en la que Tony enseñaba. En el verano de 1991 estuve viajando por Europa central y a mi vuelta quise saber más. Me aconsejaron que recurriera a Tony Judt como tutor para un estudio independiente.

Lo hice y comenzó nuestro romance, entre libros y conversaciones sobre política europea, guerra, revolución, justicia y arte. No se trató del habitual programa de entrevistas: nuestro segundo «encuentro de curso» tuvo lugar cenando en un restaurante. Tony puso los libros a un lado, pidió el vino y me habló de cuando estuvo en Praga, aún bajo el comunismo, y más tarde, en 1989, caminando de noche a través de plazas y calles silenciosas cubiertas por la nieve, poco después de la Revolución de Terciopelo, claramente asombrado ante el histórico giro del destino… y ante los sentimientos que hacían ya su aparición entre nosotros. Fuimos al cine, a exposiciones de arte, comimos comida china y él hasta cocinó (mal). Finalmente —la clave de nuestro noviazgo— me invitó a un viaje por Europa: París, Viena, Budapest, y un viaje bajo la tormenta por el puerto del Simplón capaz de ponerte los pelos de punta (conducía yo, él tenía migrañas). Cogíamos trenes y yo le veía absorto con los horarios, cronometrando salidas y llegadas, disfrutando como un niño en una tienda de golosinas: Zermatt, Brig, Florencia, Venecia…

Fue un romance estupendo y fue un romance europeo, parte del romance aún mayor con Europa que definía la vida y la obra de Tony. A veces creo que él se consideraba a sí mismo europeo. Pero en realidad no lo era. Es verdad que hablaba francés, alemán, italiano, hebreo, checo y algo de español, pero no se encontraba «en casa» en ninguno de los lugares donde se hablan. Era más bien centroeuropeo, pero tampoco exactamente eso; no compartía su historia lo suficiente, excepto por compromiso profesional y raíces familiares (judíos rusos, polacos, rumanos y lituanos). Era también muy inglés, por hábito y crianza (se movía sin esfuerzo entre el cockney de su infancia y su desenvuelta prosa de Oxbridge), pero en realidad tampoco lo era: demasiado judío, demasiado centroeuropeo. No es que fuera un extranjero respecto a alguno de esos lugares, aunque en ciertos casos sí lo era; más bien estaba unido a trozos de todos ellos, y esa es la razón por la que no podía desentenderse de ninguno.

Así que tal vez no resulte sorprendente que, si bien nos instalamos en Nueva York desde el principio, pasamos mucho tiempo de nuestra vida en común planeando vivir —o ganarnos la vida— en algún otro sitio. Éramos unos expertos empaquetadores y a menudo bromeábamos sobre escribir juntos un libro que se llamaría algo así como «Siéntase en Europa como en casa: todo lo que necesita saber sobre escuelas y propiedades inmobiliarias». Con diferencia el mejor regalo que le hice a Tony fue la guía de ferrocarriles de la agencia Thomas Cook.

Fue después de 2001 cuando realmente se estableció (yo ya lo había hecho). Ello se debió en parte a su salud: ese año se le diagnosticó un cáncer severo, fue operado, le radiaron y le administraron otras terapias de drenaje. En parte, también, debido al ataque contra el World Trade Center. Cada vez se hizo más difícil viajar, y el horror del acontecimiento, combinado con su enfermedad, tuvo un efecto hogareño. Quería quedarse en casa conmigo y los chicos. Lentamente, por las razones que fueran, durante los años que siguieron se fue haciendo cada vez más estadounidense, aunque nunca del todo; es irónico que fuera precisamente cuando se daban las razones de mayor peso para ser crítico con su política. Pasó el test y adquirió la nacionalidad: «examinadme», les decía a los niños todas las noches, y estos le ponían a prueba con regocijo, sin que importase que hubiera enseñado política estadounidense en Oxford durante años. Hacia 2003 noté una transición, en su pensamiento y en su escritura, del «ellos» al «nosotros»: «Nuestro modo de vida actual».

Esos fueron también los años del Remarque Institute, que Tony fundó en 1995 y dirigió hasta su muerte. Los dos ejes sobre los que se cimentó fueron los mismos que constituyen las dos preocupaciones principales de su obra escrita: la cohesión entre Europa y Estados Unidos y la historia y la política contemporáneas. Al mismo tiempo estaba escribiendo Postguerra (2005), un empeño descomunal, que ponía diariamente a prueba su fortaleza física e intelectual, así como su disciplina, sobre todo teniendo en cuenta que se recuperaba de un cáncer. Recuerdo bien su agotamiento y su determinación cuando insistía en escribir también los artículos de este volumen, incluso estando (como él decía) en las «minas de carbón» de tan importante libro sobre Europa. Me preocupaba lo mucho que se exigía a sí mismo, pero, mirando atrás, veo que no podía evitarlo. Mientras se sumergía en Postguerra, él oía cantar a los canarios de las minas de nuestro tiempo: estos artículos, que nos piden —especialmente a «nosotros» los estadounidenses— que volvamos la mirada hacia el siglo XX mientras nos abrimos paso por el XXI, fueron resultado de ello.

 

 

Así que esta es una recopilación de artículos, pero es también una recopilación de obsesiones. Las obsesiones de Tony. Están todas aquí: Europa y Estados Unidos, Israel y Oriente Próximo, la justicia, la esfera pública, el Estado, las relaciones internacionales, la memoria y el olvido, y, por encima de todo ello, la historia. Su advertencia, que se repite a lo largo de estos artículos, de que estamos siendo testigos de una «época económica» que ha quedado reducida a una «era del terror»[1] y que inicia una «nueva época de inseguridad»[2], era un síntoma de lo desalentado y preocupado que estaba por el rumbo que estaba tomando la política. Tenía grandes esperanzas y era un agudo observador. En estos ensayos os encontraréis, creo yo, tanto con un clarividente realista —que creía en los hechos, los acontecimientos, los datos— como con un idealista que aspiraba nada menos que a una vida bien vivida, pero no solo para él, sino para la sociedad.

He expuesto los trabajos por orden cronológico además de temático, ya que la cronología era una de sus mayores obsesiones. Después de todo era historiador, y tenía poca paciencia con las modas posmodernas de la fragmentación textual o la alteración narrativa, especialmente en la escritura histórica. No estaba realmente interesado en la idea de que no hay una única verdad (¿acaso no era evidente?) o en la deconstrucción de tal o cual texto.

Creía que la auténtica tarea no era la de decir lo que algo no era, sino lo que era; exponer un relato convincente y escrito con claridad a partir de la evidencia disponible, y hacerlo con un ojo puesto en lo que es bueno y justo. La cronología no era simplemente una convención profesional o literaria, era un requisito previo; incluso, tratándose de historia, una responsabilidad moral.

Algunas palabras a propósito de hechos: nunca he conocido a nadie tan comprometido con los hechos como Tony, algo que sus hijos aprendieron desde el principio: debemos a Daniel, hoy de diecinueve años, el título de este volumen, sacado de una cita de Keynes, probablemente apócrifa, que era uno de los mantras favoritos de Tony: «Cuando los hechos cambian, cambio de opinión. ¿Qué hace usted, señor?». Lo aprendí bien pronto de Tony, en una de esas situaciones domésticas que resultan elocuentes a la hora de arrojar luz sobre un hombre. Al poco tiempo de casarnos compramos una casa en Princeton, New Jersey (por idea suya), pero se trataba de un hogar más en teoría que en la práctica. En teoría, Tony quería vivir allí, pero en la práctica vivíamos en Nueva York, o estábamos viajando por Europa, o camino de algún otro sitio. Finalmente, la quise vender: nos suponía una sangría económica y, francamente, no me apetecía nada tener que vivir allí algún día. Entonces tuvo lugar una larga y difícil discusión sobre qué hacer con la casa, que pasó a ser un debate y, finalmente, un silencioso y enojado punto muerto sobre el significado emocional, histórico y geográfico de las casas y del hogar, y sobre por qué aquella en particular era o no adecuada para nosotros.

Discutir con Tony era un auténtico desafío, ya que era un maestro en la esgrima dialéctica y podía hacer que cualquier argumento que utilizaras se volviera contra ti. Finalmente, en un movimiento estratégico desesperado por mi parte, elaboré una hoja de cálculo donde se contabilizaban los hechos: costes, horarios de trenes de cercanías, tarifas, total de horas transcurridas en Penn Station, las obras. Lo estudió atentamente y accedió en el acto a vender la casa. No hubo necesidad de reproches, remordimientos, recriminaciones ni más discusiones. Él ya estaba pensando en el plan siguiente. Para mí, esa era una cualidad asombrosa y admirable. Le dotaba de una especie de claridad de pensamiento que le hacía no aferrarse a sus ideas o, como descubrí más tarde, a su prosa. Cuando los hechos cambiaban, cuando se producía un argumento mejor y más convincente, cambiaba realmente de opinión y pasaba al punto siguiente.

Pero era alguien con firmes convicciones. Lo cual no era un atributo existencial, sino que le había costado su trabajo: leía, ingería, absorbía y memorizaba más datos, más «cosas reales», como le gustaba decir, que nadie que yo haya conocido. Por esa razón no le gustaban los actos sociales ni las fiestas: era tímido, de alguna manera, y prefería quedarse en casa y leer; podía sacarles más partido a los libros, decía, lejos de la cháchara de los «intelectualoides». Funcionaba casi como una máquina con su memoria, y llegaba a sus posicionamientos rápida y decididamente, tras filtrar un problema dado por su extraordinario almacén de conocimientos y su mente analítica. No es que confiara en sí mismo de una manera absoluta; como todos nosotros, tenía grietas emocionales y momentos en los que la razón y el buen juicio le abandonaban, pero que por lo general se daban en su vida, no en sus escritos. En materia de ideas no era un escéptico; tenía una especie de dominio intelectual natural y la capacidad de recurrir a ideas y argumentos sin mayor complicación.

Era un gran escritor porque estaba siempre afinando sus palabras, armonizándolas, de una manera artesanal, con su sintonía interior. Tenía su propio sistema de escritura, y todos los artículos de este libro fueron escritos conforme al mismo método, incluso los que van de 2008 a 2010, cuando estaba ya enfermo y tetrapléjico. Primero leía todo lo que podía sobre un determinado tema, tomando abundantes notas a mano, en blocs de notas de papel amarillo pautado. Luego venía el boceto, con códigos de color A, B, C, D con detalladas subcategorías: A 1 i, A 1 ii, A 2 iii, etcétera (más blocs de notas). Luego se sentaba durante horas ante la mesa del comedor, sin parar, como un monje, asignando un lugar en el boceto a cada línea de sus notas, a cada dato, fecha, cuestión o idea. Lo siguiente —y esta era la fase clave— era volver a transcribir todas sus notas originales por el orden establecido en el boceto. Para cuando se sentaba a escribir el correspondiente artículo había copiado, recopiado y memorizado la mayor parte de lo que necesitaba saber. Luego, a puerta cerrada, escribía durante ocho horas consecutivas al día hasta que el trabajo quedaba hecho (con pequeñas interrupciones para bocadillos de paté de levadura y un café exprés bien cargado). Por último, el «pulido».

Nada de esto cambió cuando se puso enfermo, solamente fue más difícil. Alguien tenía que reemplazar sus manos para pasar las páginas de los libros, reunir los materiales, buscar en la red y teclear. Mientras su cuerpo decaía, volvió a enseñarse a sí mismo cómo pensar y escribir —el más privado de los actos— con otra persona, un tributo a la flexibilidad de su mente extraordinaria. Trabajaba con un ayudante, pero tenía que hacer la mayor parte de ese trabajo de memoria, en su cabeza, por lo general de noche, componiendo, clasificando, catalogando, reescribiendo sus apuntes mentales de acuerdo con su boceto —A, B, C, D— para que a la mañana siguiente lo tecleara yo, o nuestros hijos, o una enfermera o su ayudante.

Creo que no se trataba simplemente de un método. Era un mapa mental. La lógica, la paciencia, la intensa concentración y la cuidadosa construcción del argumento, la marcial atención al dato y al detalle, la confianza en sus convicciones hacían que, a diferencia de la mayoría de los escritores, rara vez se desviara de su proyecto original. La dificultad llegó cuando se topó con cosas de su interior que no veía o no conocía del todo: no los «hechos sobre el terreno» sino los «hechos interiores», las cosas que sencillamente estaban ahí, como si fueran los muebles de su mente. La más obvia tenía que ver con su condición de judío.

Para Tony, ser judío se daba por sentado; era el mueble más antiguo del lugar. Era la única identidad que inequívocamente poseía. No era religioso, nunca fue a la sinagoga, nunca practicó nada en casa; le gustaba citar a Isaac Deutscher (cuyos libros le había dado su padre cuando era un muchacho) a propósito de los «judíos no-judíos». Si hablaba sobre ser judío lo hacía con referencia al pasado: a las cenas de los viernes por la noche, cuando era niño, con sus abuelos, que hablaban yiddish, en el East End de Londres; al (muy judío) humanismo laico de su padre («No creo en la raza, creo en la humanidad») y a la decidida renuncia de su madre, que apoyaba a la reina de Inglaterra y no quería que se circuncidase a sus nietos, no fuera que volvieran de nuevo «los malos tiempos»; o a su abuelo Enoch, el proverbial judío errante, que siempre tenía las maletas listas y que pasó viajando la mayor parte de su vida.

Otro dato: el sombrero. Hace unos años, estábamos yendo al bar mitzvah de la hija de un buen amigo nuestro en una sinagoga del Upper East Side de Nueva York. Íbamos con retraso, en taxi, y estábamos ya llegando cuando Tony literalmente entró en pánico: había olvidado su sombrero. Por importante que fuera, ya llegábamos tarde y se perdería parte de la ceremonia si volvía atrás. ¿Podía ir sin él? No, de verdad que no podía, y me quedé sorprendida ante la intensa e inexplicable ansiedad que parecía superarle. Se volvió a por su sombrero, que era una apropiada prenda, ya pasada de moda, que yo no recordaba haber visto nunca antes. Cuando se deslizó dentro de la sinagoga para reunirse conmigo se quedó atónito al comprobar que él era el único que lo llevaba: todos los demás invitados iban vestidos de etiqueta. Estaba indignado y algo ofendido, pero sobre todo confundido, y se sentía manifiestamente fuera de lugar. ¿Qué clase de judíos eran aquellos?

Tony había tenido su propio bar mitzvah («hicimos lo debido», explicó más tarde su padre) y, como en su juventud fue un enardecido sionista (luego desengañado), hablaba bien el hebreo y fue traductor en Israel durante la guerra de 1967. Cuando nuestros hijos eran pequeños acordamos que nos gustaría que tuvieran al menos alguna educación religiosa. Mi formación era protestante pero sobre todo atea, así que pronto abandonamos la idea de la escuela dominical y, a cambio, conocimos a Itay, un estudiante de postgrado del Seminario Teológico Judío, que una vez a la semana venía a nuestro apartamento de Washington Square para enseñar a los chicos hebreo, historia bíblica y cultura. Por decisión de Tony, no hubo bar mitzvah. A mi juicio, el mensaje estaba claro: dentro de los límites de su crianza decididamente estadounidense, Tony quería que los chicos supieran los porqués y los dóndes del sombrero. Después de eso, sería ya cuestión de ellos mismos. Cuando más tarde ambos insistieron en que, realmente, no se sentían judíos en absoluto, la conversación pronto pasó a referirse al Holocausto. Nicholas no se alteró: no necesito ser judío, dijo, para comprender lo triste y trágico que fue. Tony estaba sorprendido por su ambivalencia, pero no molesto; después de todo, ellos no tenían su pasado.

¿Y qué había del Holocausto? Un amigo que conocía bien a Tony me comentó una vez que este nunca había escrito sobre el Holocausto, y que había centrado su erudición en el siglo XIX y los comienzos del XX, y que luego había dado el salto a la época de la postguerra. Eso es verdad, pero —y este es un pero apabullante— la guerra y sus campos de exterminio fueron asuntos centrales de su Postguerra y de buena parte del resto de su obra, si bien no constituyeron su tema principal: el epílogo de Postguerra se titula «Desde la Casa de los Muertos».

Además, poco después de que se publicara el libro, agradecí a Tony que me lo hubiera dedicado, pero le dije que en el fondo sabía que también estaba dedicado a alguien más: a Toni. Entonces lloró —y él no era un hombre que llorase a menudo o fácilmente—. Toni era su tocaya, la prima de su padre, que había perecido en Auschwitz. Ella era el espíritu del libro y una especie de permanente presencia oscura en su cabeza. ¿Se trataba de culpa, tal vez? No exactamente la culpa del superviviente —él había nacido en 1948— sino una especie, llegué a creer, de agujero negro en su mente, de peso, incomprensible, como lo es el mal o el diablo, en el que residen ese momento de la historia y ese aspecto de su condición de judío. Era algo turbio y emocional, pero lo que sí me parecía claro era que la tragedia de Toni era una responsabilidad en la vida de Tony, ligada de algún modo a la idea de la buena fe.

Lo cual nos lleva a Israel. En una serie de artículos que datan de comienzos de 2002, Tony expuso sus posiciones, en las que apelaba a soluciones pragmáticas. Los ensayos de este libro dan una idea, espero, de cómo y por qué se adentró en esas aguas revueltas. Después de la publicación de La alternativa en 2003, se produjeron unas desagradables amenazas y un dañino nivel de vituperación ad hominem en la prensa, que demostraban tristemente la imposibilidad de un debate abierto sobre el tema, al menos en Estados Unidos. Ese artículo y los sucesivos hablan por sí solos. Solo puedo hacer constar que la rabia suscitada por sus posiciones, y la cada vez más intratable y racista política de Israel, le afectaron profundamente.

Después de su artículo sobre los asentamientos publicado en el New York Times en 2009, un colega le escribió a Tony: «¿Qué se debe hacer?». Quiso contestarle, aunque estaba ya enfermo y enfrentándose a las difíciles condiciones físicas de la rápida progresión de su enfermedad. No obstante, asumió el asunto con una resuelta aunque sombría determinación y redactó una respuesta enérgica y ambiciosa con la ayuda de su antiguo alumno Casey Selwyn, quien tecleó sin descanso durante largos días, a menudo sin un momento para comer o beber, mientras Tony dictaba y revisaba el texto. Yo lo seguí trabajando junto a él y lo discutimos con todo detalle; no me acababa de parecer que estuviera a su nivel habitual y así se lo dije. Frustrado por su discapacidad física e incapaz de perfeccionar el argumento a su gusto, se desanimó y, súbitamente, lo dejó de lado.

Al volverlo a leer ahora, no tengo del todo claras las razones por las que lo hizo. Perseveró con otras cosas. ¿Por qué no con esta? Las ideas, si bien con puntos débiles en algún momento —y solo en algún momento—, siguen teniendo fuerza. ¿Por qué se echó atrás? ¿Y me equivoco yo publicándolas ahora? No puedo saber lo que haría él, pero lo ofrezco aquí porque veo en ese ensayo —quizá precisamente porque es tan genuino— una especie de auténtico coraje intelectual. Tiene la característica resistencia de Tony al dogma, a los «huevos rotos», a las posturas atrincheradas; su buena disposición para retomar el hilo político dondequiera que lo enreden los acontecimientos (obsérvese el retorno a la solución de dos Estados) e intentar, con tanta imaginación como de la que pueda hacer acopio, que la historia, la moralidad y el pragmatismo —los hechos sobre el terreno— pesen sobre los asuntos aparentemente insolubles. Ante una situación imposible, tanto personal como política, su pretensión es la de exponer un razonamiento honrado y claro.

Ese mismo año murieron sus dos mayores apoyos intelectuales: Amos Elon y Leszek Kołakowski. Escribió sobre ambos, incluso mientras estaba preparando y enfrentando su propia muerte. «A largo plazo estamos todos muertos», le gustaba bromear, cuando estaba animado: otra vez Keynes. En realidad, Tony no tenía héroes, sino que tenía sombras, muertos a los que no había conocido salvo en los libros, que estaban continuamente a su alrededor. Llegué a conocerlos bien. Keynes era uno de ellos. Algunos otros (eran muchos) fueron Isaiah Berlin, Raymond Aron, A. J. P. Taylor, Bernard Williams (un amigo, pero aun así), Alexander Pope, Philip Larkin, Jean Renoir y Vittorio de Sica. También estaba, por supuesto, Karl Marx, y —doblemente por supuesto— los hermanos Marx, que aparecían en proyecciones rituales, junto con Orson Welles en El tercer hombre. A los dos que tenía más cercanos y a los que quizá más admiraba eran Albert Camus, cuya fotografía estaba sobre su escritorio, y George Orwell, quien, en cualquier caso, siempre me parecía que estaba por todas partes. Esos fueron algunos de los hombros sobre los que se apoyó, y algunos de los hombres a cuya altura intentó vivir, de buena fe.

En su último mes, dedicó su atención a otro asunto apremiante. El más allá comienza: «Yo nunca he creído en Dios», una interesante formulación para un hombre de la Ilustración, que es lo que realmente era, ya que deja la cuestión tan escasamente abierta. Los hechos, a fin de cuentas, podrían cambiar cuando estés muerto. Entretanto, comenzó a desarrollar toda una argumentación sobre la herencia, los actos conmemorativos y lo que podemos dejar tras nosotros, que era el único más allá sobre el que sabía algo. Lo que él podía dejar atrás, por supuesto, era su recuerdo, y sus escritos. Nunca terminó ese ensayo: se interrumpe a su mitad en forma de notas y pensamientos desperdigados. Uno de ellos dice así:

 

Uno no puede escribir con la vista puesta en el impacto o en la respuesta. De ese modo distorsionas esta última y corroes la integridad del escrito mismo. En ese sentido, es como lanzar algo hacia la Luna: hay que calcular que ya no estará en el mismo sitio cuando el cohete llegue allí. Antes que nada es mejor saber por qué lo estás lanzando y preocuparte menos por que tenga un aterrizaje seguro…

Tampoco puede uno prever el contexto, en un futuro sin restricciones, de los motivos de los lectores. Así que lo único que puedes hacer es escribir lo que debas, signifique eso lo que signifique. Un tipo de obligación muy diferente.

 

 

 

 

PRIMERA PARTE

 

1989: NUESTRA ÉPOCA

adorno

1. CUESTA ABAJO HASTA EL FINAL

 

 

 

Entre los historiadores del mundo de habla inglesa hay una discernible «generación Hobsbawm». Consiste en hombres y mujeres que emprendieron el estudio del pasado en algún momento de «los largos años sesenta», entre, digamos, 1959 y 1975, y cuyo interés por el pasado reciente estaba irrevocablemente determinado por los escritos de Eric Hobsbawm, por mucho que ahora disientan de muchas de sus conclusiones. Hobsbawm publicó en esos años una impresionante cantidad de obra influyente: Rebeldes primitivos (Ariel, 1983), que fue publicada en 1959, introdujo a los jóvenes estudiantes urbanos en un mundo de protesta rural, en Europa y fuera de ella, con el que ahora estamos mucho más familiarizados, en buena medida gracias al trabajo de investigadores cuyas imaginaciones fueron originalmente estimuladas por el pequeño libro de Hobsbawm. Industria e Imperio (Ariel, 1988) y El capitán Swing (con George Rude; Siglo XXI, 2009) sustancialmente moldean de nuevo la historia de Gran Bretaña y del movimiento trabajador británico; vuelven a suscitar el interés académico por una tradición medio enterrada de la historiografía radical británica, revigorizando la investigación acerca de las condiciones y las experiencias de los propios artesanos y obreros, pero aportando a ese compromiso un nivel inédito de sofisticación técnica y una rara amplitud de conocimiento.

Si las conclusiones e interpretaciones de esos libros parecen hoy convencionales es solo porque ahora es difícil recordar el aspecto que tenía su objeto de estudio antes de que Hobsbawm lo hiciera suyo. No hay tiroteo revisionista o enmienda a la moda que pueda restarle valor al perdurable impacto provocado por el conjunto de su obra.

Pero la huella más duradera en nuestra toma de conciencia histórica nos llegó a través de su gran trilogía sobre «el largo siglo XIX», desde 1789 hasta 1914, cuyo primer volumen, La era de la revolución (Crítica, 2003), fue publicado en 1962. Es difícil evaluar la influencia de ese libro, precisamente porque se ha convertido en una parte tan indeleble de nuestra percepción del periodo que toda la obra subsiguiente o bien lo incorpora de una manera inconsciente o bien opera contra él. Su esquema general, que interpreta la época como la de una agitación social dominada por la emergencia y el acceso a la influencia de la burguesía del noroeste de Europa, acabó convirtiéndose en una interpretación «convencional», expuesta actualmente a una crítica y a una revisión constantes. Le siguió en 1975 La era del capitalismo (Guadarrama, 1977), un estudio magistral de los años centrales del siglo XIX que hace uso de una extraordinaria variedad de material y profundidad de conocimiento. Ese libro sigue siendo, según mi punto de vista, la más importante de las obras de Hobsbawm que, al tiempo que explica las muchas transformaciones del mundo en los años centrales de la era victoriana, las sitúa en el marco de una unificada y aun así convincente narrativa histórica. En La era del Imperio (Crítica, 1998), que se publicó doce años más tarde, había un inconfundible aire elegíaco, como si al principal historiador del último siglo le entristeciera de algún modo ver cómo este llegaba a su conclusión entre sus manos. La impresión general es la de una época de cambio proteico, en la que se pagó un alto precio por la rápida acumulación de riqueza y conocimiento; pero una época, sin embargo, repleta de promisión y de visiones optimistas de futuros radiantes y prósperos. El siglo XIX, como nos recordaba Hobsbawm en su último libro, fue «mi periodo»; como Marx, alcanza su mejor nivel como disector de sus pautas ocultas, y dejaba pocas dudas acerca de su admiración y respeto por sus asombrosos logros.

De modo que sorprende un tanto que Eric Hobsbawm haya decidido añadir un cuarto volumen que trata sobre «el corto siglo XX». Como él mismo admite en el prólogo: «He evitado trabajar sobre la época que se inicia en 1914 durante la mayor parte de mi carrera». Y explica esa aversión con unos argumentos convencionales: estamos demasiado cerca de los acontecimientos para ser desapasionados (en el caso de Hobsbawm, nacido en 1917, en su mayoría los ha vivido), aún no está disponible un cuerpo suficiente de material interpretativo, y es demasiado pronto para exponer lo que, en su conjunto, significa.

Pero está claro que existe otra razón, una que ciertamente el mismo Hobsbawm no rechazaría: el siglo XX ha finalizado con el aparente derrumbe de los ideales y las instituciones políticas y sociales con las que él se había comprometido durante la mayor parte de su vida. Es difícil no ver en ello un oscuro y lúgubre relato de error y desastre. Al igual que otros miembros de una notable generación de historiadores británicos comunistas o excomunistas (Christopher Hill, Rodney Hilton, Edward Thompson), Hobsbawm dirigió su atención profesional al pasado revolucionario y radical, y no solo porque la línea del Partido hiciera virtualmente imposible escribir abiertamente sobre el cercano presente. Para un comunista de toda la vida que también es un intelectual serio, la historia de nuestro siglo presenta un número de obstáculos a la interpretación casi insuperables, como lo demuestra inadvertidamente su última obra.

Sin embargo, Hobsbawm ha escrito lo que, de muchas maneras, es un libro extraordinario. Su argumento está explícita y directamente reflejado en su estructura tripartita. Su primera parte, «La era de la catástrofe», cubre el periodo que abarca desde el estallido de la Primera Guerra Mundial hasta la derrota de Hitler; la segunda, «La edad dorada», da cuenta de la etapa, extraordinaria y sin precedentes, de crecimiento económico y transformación social que comenzó hacia 1950 y acabó a mediados de los setenta, provocando el «Deslizamiento de tierras», como llama Hobsbawm a la tercera y última parte de su libro, que trata la historia de las dos últimas décadas. Cada parte tiene un tema dominante, frente al que se contraponen los detalles de su historia. Para las décadas que siguieron al asesinato de Sarajevo, el autor describe un mundo que durante cuarenta años va tropezando «de una catástrofe a otra», una era de miseria y horrores, un tiempo en el que millones de refugiados deambularon impotentes por el subcontinente europeo, y cuando las leyes de la guerra, forjadas tan concienzudamente durante los siglos anteriores, fueron abandonadas por completo. (De 5,5 millones de prisioneros rusos en la Segunda Guerra Mundial, murieron aproximadamente 3,3, una estadística entre muchas que hubiera sido totalmente inconcebible para una generación precedente). De la «edad dorada» que siguió a la Segunda Guerra Mundial, Hobsbawm señala que fue el momento en el que, para el 80 por ciento de la humanidad, terminó por fin su medievo, un tiempo de drástico cambio social y dislocación, en Europa y no menos en el mundo colonial sobre el que las potencias europeas renunciaban ahora a ejercer su control. Pero el éxito explosivo del capitalismo occidental de la postguerra, que generó un crecimiento económico sin precedentes mientras distribuía los beneficios de ese crecimiento entre una cantidad cada vez mayor de gente, trajo consigo las semillas de su propia corrupción y disolución. No en vano Eric Hobsbawm ha adquirido una reputación por las sofisticadas y sutiles lecturas marxistas de su material.

Las expectativas y las instituciones puestas en marcha por la experiencia de una rápida expansión y por la innovación nos han legado un mundo con pocos puntos de referencia reconocibles o prácticas heredadas, con una carencia de solidaridad entre generaciones o entre actividades. Por poner un ejemplo, la democratización del conocimiento y de los recursos (incluidas las armas) y su concentración en manos privadas no controladas amenazan con socavar las instituciones mismas del mundo capitalista que los originaron. Sin prácticas compartidas, culturas comunes, aspiraciones colectivas, el nuestro es un mundo «que ha perdido su orientación y se desliza hacia la inestabilidad y la crisis».

En pocas palabras, la historia del siglo XX de Eric Hobsbawm es la historia del declive de una civilización, la historia de un mundo que, al tiempo que ha llevado a su pleno florecimiento el potencial material y cultural del siglo XIX, ha traicionado su promesa. En tiempos de guerra, ciertos Estados han recobrado el uso de armas químicas sobre civiles desarmados (incluidos los propios, en el caso de Irak); las desigualdades sociales y medioambientales surgidas de fuerzas de mercado descontroladas están en alza, mientras todo sentido colectivo hacia intereses y herencias compartidos disminuye con rapidez. En política, «el declive de los partidos de masa organizados, de clase, ideológicos (o ambos), [ha] eliminado el principal mecanismo social para hacer de hombres y mujeres unos ciudadanos políticamente activos». En materia cultural todo es ahora «post-algo»:

 

postindustrial, postimperial, posmoderno, postestructural, postmarxista, post-Gutenberg, o lo que sea. Como los funerales, estos prefijos [toman] un reconocimiento oficial de muerte sin que ello implique ningún consenso o certeza alguna sobre la naturaleza de muerte tras la vida.

 

Hay como un aire de Jeremías, de fatalidad inminente, en buena parte de la tesis de Hobsbawm.

Sin embargo, ello no le resta mérito a su solidez. Como todo lo demás que ha escrito Hobsbawm, «la época de los extremos» es descrita y analizada con una prosa sencilla, libre por completo de jerga, pomposidad y pretensiones. Los puntos importantes están expuestos con frases breves, llamativas y a menudo ingeniosas: el impacto político de la Primera Guerra Mundial está contenido en la observación «no hubo antiguo gobierno que quedara en pie entre las fronteras de Francia y el Mar de Japón»; se nos recuerda la baja estima de Hitler por las democracias: «La única democracia que se tomó en serio fue la británica, a la que acertadamente consideraba como no enteramente democrática». La más bien baja opinión del propio Hobsbawm sobre la Nueva Izquierda de los sesenta se hace explícita:

 

Precisamente en el momento en el que ilusionados jóvenes izquierdistas estaban citando la estrategia de Mao Tse-tung para el triunfo de la revolución mediante la movilización de incontables millones de campesinos contra los fortificados baluartes urbanos del statu quo, esos millones estaban abandonando sus pueblos y se trasladaban a vivir a las ciudades por su cuenta[3].

 

La referencia a los millones de campesinos nos recuerda que, a pesar de ser abiertamente eurocéntrico, Hobsbawm tiene una especial amplitud de intereses[4]. Su solidario y muy directo conocimiento de América Latina en particular enriquece su explicación del impacto mundial de la Depresión, del mismo modo que su comparación de la Solidaridad de Polonia con el Partido de los Trabajadores de Brasil, como sendos movimientos nacionales obreros que se desarrollaron durante los años ochenta en oposición a la política de un régimen represivo, es sugestiva y original. Sin lugar a dudas, su omnívora interpretación está dirigida más hacia el sur que hacia el este, con los desafortunados resultados de los que hablo más adelante; pero aparentemente ha mantenido su cercana relación con la literatura sobre los radicales peruanos y los bandidos (y no bandidos) napolitanos, a la que utiliza de manera reveladora en su discurso acerca de las transformaciones en las sociedades atrasadas. Y puede, con igual comodidad, suministrar evidencias basadas en la Food and Food Production Encyclopedia [Enciclopedia de la alimentación y la producción alimentaria] de 1982 (un artículo sobre «Productos cárnicos formados, fabricados y reestructurados») para dar su opinión sobre el consumismo.

Este libro nos recuerda también que Eric Hobsbawm es, por inclinación y formación, un historiador económico, y que es particularmente analítico en ese campo. Alcanza su mejor nivel cuando habla de la Depresión, o de la naturaleza y las consecuencias del boom de la postguerra, y mayormente evita la narrativa militar o política. Sus descripciones de los disparates económicos del mundo soviético («una colonia productora de energía de las economías industriales más avanzadas; p. ej., en la práctica, la mayoría de sus propios satélites occidentales») o de la economía socialista como un «sistema industrial bastante arcaico basado en el hierro y el humo» son sensiblemente superiores a sus análisis políticos de esas mismas sociedades.

De un modo similar, se siente más cómodo cuando habla del fascismo como un producto de la crisis económica mundial que cuando realiza una más bien breve exposición de sus fuentes políticas. Su relato del impresionante derrumbe de los regímenes comunistas en 1989 raya con el determinismo económico; no es que niegue que las crisis de deuda y la mala gestión económica fueran factores importantes de la caída del comunismo, en absoluto; pero al hablar de ellas Hobsbawm está claramente en territorio familiar, en el que prefiere quedarse. Sin embargo, esto da una fuerza considerable a su visión de los desarrollos occidentales a partir del punto de inflexión de 1974. Ofrece un análisis claro y contundente de los dilemas a largo plazo de la economía internacional. Igualmente lúcida es su descripción de la crisis de la economía nacional de bienestar, que surgió cuando los líderes nacionales trataron de evitar los costes políticos de la recesión económica gravando con impuestos a una menguante población trabajadora para subvencionar a las víctimas de sus políticas.

A pesar de ese énfasis en las tendencias econó ...