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CUCHILLO DE PALO (REFRANES, CANCIONES Y RASTROS DE SANGRE 2)

César Pérez Gellida

5


Fragmento

PERSONAJES

Personajes principales:

Ramiro Sancho. Inspector de policía del Grupo de Homicidios de Valladolid.

Erika Lopategui. Doctora en Psicología.

Ólafur Olafsson. Excomisario de policía de la Brigada de Homicidios de Reikiavik.

Jaap Keergaard. Arcángel Uriel de la Congregación de los Hombres Puros.

Álvaro Peteira. Subinspector de policía del Grupo de Homicidios de Valladolid.

Joseph Onazi. Gerente del club El Pensador.

Vincent Dare. Mano derecha de Joseph Onazi.

Solomon Akindele. Mano izquierda de Joseph Onazi.

Ike Bakare. Responsable de la red de trata de personas que suministra al club El Pensador.

Juliet Akide. Prostituta del club El Pensador.

Santiago Cabarcos. Camarero del club El Pensador.

Corteza de Roble. Gran Maestre de la Congregación de los Hombres Puros.

Vlade Ilić. Arcángel Miguel de la Congregación de los Hombres Puros.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Nikita Dzhelíev. Arcángel Rafael de la Congregación de los Hombres Puros.

La estatua de mármol. Arcángel Gabriel de la Congregación de los Hombres Puros.

Otros personajes:

Áxel Botello. Agente de policía del Grupo de Homicidios de Valladolid.

Daniel Navarro. Agente de la Unidad Motorizada.

Patricio Matesanz. Subinspector de policía del Grupo de Homicidios de Valladolid.

Sara Robles. Inspectora de policía del Grupo de Homicidios de Valladolid.

Santiago Salcedo. Jefe de la Brigada de la Policía Científica de Valladolid.

Aurora Miralles. Titular del Juzgado de Instrucción nº 1 de Valladolid.

Manuel Villamil. Médico forense.

Carlos Herranz-Alfageme, «Copito». Comisario de la comisaría de distrito de las Delicias.

Carmen Montes. Agente de policía del Grupo de Homicidios de Valladolid.

Carlos Gómez. Agente de policía del Grupo de Homicidios de Valladolid.

Azubuike Makila. Inspector General de la Interpol.

Connor Murphy. Miembro del Comité Ejecutivo de la Interpol.

Morgan Ekiang. Trabajador chadiano del polígono industrial A Granxa.

Peter Frei, «Alderamin». Guardián de la Congregación de los Hombres Puros.

Rosemarie Slosse, «Deneb». Guardián de la Congregación de los Hombres Puros.

Zoltán Szabó, «Altarf». Guardián de la Congregación de los Hombres Puros.

Cerbero. Custodio de la Congregación de los Hombres Puros.

Flegias. Custodio de la Congregación de los Hombres Puros.

Minotauro. Custodio de la Congregación de los Hombres Puros.

Anteo. Custodio de la Congregación de los Hombres Puros.

Pluto. Custodio de la Congregación de los Hombres Puros.

Gerión. Custodio de la Congregación de los Hombres Puros.

Efialtes. Custodio de la Congregación de los Hombres Puros.

Caronte. Custodio de la Congregación de los Hombres Puros.

Nasidio. Custodio de la Congregación de los Hombres Puros.

Karatu. Dogo argentino.

Txus. Gerente del restaurante Milagros.

Luis. Encargado del Zero Café.

Paco, «Devotion». Pincha del Zero Café.

PRÓLOGO

Tras leer Cuchillo de palo acudí al viejo rito que me acompaña al finalizar cualquier novela de Pérez Gellida; esto es, deambular silencioso en el trabajo y en el hogar con semblante de pasmo, cavilar largo y tendido mientras finjo cumplir con las rutinas y, en definitiva, ofrecerme un margen de tres o cuatro días algo nebulosos para que el impacto recibido pueda diluirse sin perjudicar mi equilibrio mental. Nada nuevo bajo el sol, pues. O todo nuevo, porque muy poco o nada tiene que ver lo que aún estoy digiriendo con la obra precedente de este ya consagrado artista noir.

Es esta, sin duda alguna, la novela de Ramiro Sancho. Ese castellano seco, austero y pelirrojo que nos distrae con sus refranes de Sancho Panza para golpearnos con ímpetu de Quijote. En esta ocasión, lo vamos a acompañar directamente a los infiernos tanto en lo personal como en lo profesional. Sospecho a estas alturas que su barba cobriza no es sino el símbolo de las abrasivas calderas del averno, y por eso, cuando se la mesa, está jugando no solo con el diablo, sino que también trata de apaciguar esos demonios interiores que nutren sus rincones oscuros. Sancho bebe, Sancho folla –cuando puede–, Sancho dispara, Sancho esnifa, Sancho sufre, Sancho investiga, Sancho busca, Sancho llora. Sancho es ese corcho que flota a duras penas entre la violenta espuma de nuestros días, fruto de sus tempestades de acero y fuego. Pero esta vez el corcho se hunde, y nosotros con él. Por eso amamos a Sancho. Por eso admiramos a Sancho. Y luego, el formidable elenco que lo acompaña; viejos conocidos como su inseparable amigo Peteira, el pasma gallego, expresión máxima de la camaradería, o ese otro madero nórdico, Ólafur Olafsson, que pelea contra su aulladora jauría al tiempo que nos regala reflexiones de corte existencialista, perlas negras dignas de coleccionar en la memoria. Y, cómo no, Erika Lopategui, un personaje femenino imposible de recrear en una mente masculina y paradójicamente tan real y trascendente. Tan gellidista.

Pérez Gellida, pertinaz y preñado de talento, continúa apretándonos las tuercas con notable furia. Ha forjado un universo tenebroso, cercano, cruel, salvaje, creíble y, sobre todo, perturbador, muy perturbador. En este vertiginoso Cuchillo de palo se machihembra el terrible poder de una sociedad secreta que nos inquieta precisamente porque intuimos que nosotros, los vulgares mortales, somos la carne de cañón para esas organizaciones criminales hoy llamadas grandes corporaciones, con la barbarie de ese otro mal más reconocible por cercano pero igualmente perverso: el de las mafias que trafican con mujeres para reconvertirlas en mera mercancía de taxímetro entre las ingles.

Como habrás supuesto, mi estimado e imprudente lector, en estas páginas te vas a enfrentar de nuevo al mal con mayúsculas representado en sus múltiples formas. Sin paños calientes, inmisericorde, ni falta que hace. Y permíteme añadir que si no estás dispuesto a ser partícipe del malévolo juego que propone Gellida, te has equivocado de novela. No es Cuchillo de palo una simple novela de buenos, malos y regulares. Va más allá. Hunde sus raíces en la lamentable condición humana que devasta a sus semejantes y florece en estas páginas que estás a punto de deshojar.

Querido lector, sumérgete en el papel o en tu pantalla y déjate arrastrar por la prosa gellidista hasta que te acuchille las meninges. Si al acabar la lectura precisas de varias jornadas para hacer la digestión es que aún tienes alma.

Ojalá sea así.

Ramón Palomar

Periodista y autor de Sesenta kilos (Grijalbo)

EL SUFRIMIENTO NO DISTINGUE ENTRE CULPABLES E INOCENTES

Residencia de Peter Frei

Gutach (Alemania)

Febrero de 2013

A esas alturas, colgado por los pies de la viga maestra, maniatado y amordazado, tenía la certeza de que iba a morir. Las únicas incógnitas que le faltaban por despejar eran cuándo y, sobre todo, cómo.

No eran asuntos menores.

Y esa insoportable presión craneal en aumento.

En tales circunstancias, la verdadera dificultad radicaba en exprimir su intelecto atendiendo a razones de índole espacial. Podría decirse que Peter Frei se encontraba en una posición comprometida. Y tanto era así que ni siquiera reconocía los muebles del salón. Su extraordinaria estufa de porcelana se había convertido en un vulgar armatoste blanco en el que la portezuela de hierro fundido era un gran bostezo; la mesa de nogal parecía estar custodiada por las sillas, presa, retenida en un injusto cautiverio. Como él. El plano invertido hacía que la decoración —barroca, pero de corte modernista y que en origen adornaba las paredes con notable acierto y mesura— configurase una grotesca salpicadura de objetos inservibles, mal perfilados, casi pueriles.

Y seguía sin saber nada de Rosemarie.

Aunque quizá esa fuera la única buena noticia, porque, aunque desconocía cuánto tiempo había transcurrido, que no hubiera dado señales de vida implicaba necesariamente que su destino ya había sido sellado. Ningún arcángel deja testigos. Paradójicamente, aquella evidencia le reconfortaba. No angustiarse barajando hipótesis sobre la suerte que habría corrido su esposa le ahorraba un tormento innecesario. Como cada noche, había asistido al ritual de la ingesta de pastillas que garantizaban a Rosemarie una inmediata y larga estancia en los dominios de Morfeo. Así, convino consigo mismo que no habría sufrido y que ya estaría ocupando el puesto que le correspondía en el más allá, donde muy pronto se reencontrarían. La técnica de autosugestión había funcionado y, en consecuencia, lo único que preocupaba a Peter Frei era la incertidumbre que rodeaba al tipo de suplicio que más pronto que tarde le tocaría vivir. Eso era un hecho, porque nadie que hubiera estampado su firma en El Cartapacio de Minos podía quebrar uno de los nueve pilares sobre los que se asentaba el Templo, normas perfectamente recogidas en el Novem Regulas. Nueve prefectos que habían sido dictados por el Gran Arquitecto, el primer Gran Maestre de la Congregación. Y el primero de ellos establecía que la permanencia era indubitable: Ex nunc ad eternum («Desde ahora hasta siempre»). Él había atentado contra uno de esos pilares y los arcángeles eran los encargados de proteger la pureza del Templo de las amenazas, tanto externas como internas.

El expresidente del Partido Cristiano-Demócrata y Flamenco supuso que el trabajo se lo habrían asignado a alguno de los arcángeles mayores; a Gabriel o a Rafael, aunque en su fuero interno deseaba que hubiera caído en las manos de Miguel, por la dosis de dignidad que tal honor aportaría a su ineludible cita con la muerte. Fuera quien fuere su verdugo, lo estaba escuchando revolver en la planta superior. Necesitaba evadirse de la realidad, pero esa sensación de aplastamiento localizada en el entrecejo no le permitía concentrarse. De forma inconsciente, abrió la boca todo lo que pudo como si con la maniobra fuera a lograr que el dolor se escabullera por la comisura de los labios. Sorprendentemente funcionó y el momento de alivio le dio pie a escarbar en su pasado reciente.

Su implicación en la nefasta resolución del caso de De Bruyn provocó que la Asamblea lo señalara como único responsable. No tuvo otra alternativa que desaparecer. Apenas dispuso de tiempo para vaciar las cuentas de las entidades locales y, sin necesidad de entrar en vacuas explicaciones con Rosemarie, abandonaron con lo puesto su lujosa residencia de Bruselas. Peter Frei condujo sin descanso hasta el lugar más recóndito que encontró en su memoria: los frondosos bosques de abetos plateados de la Selva Negra. A pesar de que hacía mucho tiempo que no visitaba la zona, conservaba muy turgentes esas imágenes cultivadas durante los largos veranos en los que sus padres lo dejaban a cargo de los abuelos maternos en Gengenbach. Años de constantes descubrimientos, de felicidad inocente y sincera. Debía de tener dieciséis cuando falleció el abuelo y ocho meses después le siguió su fiel esposa, los mismos que tardaron sus padres en vender la casa empujados por la golosa revalorización inmobiliaria que trajo el estallido del negocio turístico de la región. Al principio no le dio importancia, pero cuando llegó el primer junio echó en falta el contacto con las fuerzas vivas de la naturaleza, el aire puro, los olores agrestes, la intensidad de los colores y el grado de veracidad de los sabores. Se acordaba perfectamente de esa sensación porque fue la primera vez que probó la amargura del deseo insatisfecho. En aquellos días, Peter Frei no podía imaginar lo que sería capaz de conseguir a lo largo de una vida exenta de trabas morales. Y sin embargo, aún era menos predecible que, con setenta y uno ya cumplidos, ocupando un escalafón de poder más que privilegiado en el seno de la Congregación, se viera forzado a tener que esconderse de los suyos. Aunque fuera en aquel idílico paraje. Peter Frei empleó varias jornadas en encontrar una casa amueblada decentemente en alguna de las poblaciones que se fueron encontrando en el camino. A la postre se decidieron por una de apariencia humilde en Gutach, a unos treinta kilómetros del espacio vital del que partían sus recuerdos. No se podía equiparar con la de sus abuelos en ningún aspecto, pero todas las carencias se compensaban con su perfecta localización en las mismas entrañas de la Selva Negra, apartada del circuito turístico básico. Al margen del mundo, pero, sobre todo, fuera del alcance de la Asamblea.

O por lo menos así lo había creído hasta hacía solo unas horas, cuando salió al cobertizo a por algo de leña y alguien le atacó por la espalda.

Una repentina punción en la parte posterior de la cabeza le forzó a apretar los párpados. Trataba de abrirlos al tiempo que se retorcía buscando la forma de aminorar el sufrimiento que le provocaba la gravedad. En aquella expuesta tesitura, su instinto le exigía estar bien atento a lo que estaba sucediendo a su alrededor, pero sus ojos se negaron a continuar procesando imágenes de aquel entorno desordenado.

Necesitaba descansar.

Peter Frei se pasó la lengua por los labios. Los notó ásperos, algo abultados y, aunque no podía verse la cara, intuyó con acierto que la tendría inflamada a causa de la acumulación de sangre.

Y ese leve e incesable balanceo, casi imperceptible pero agobiante por ser imposible de controlar.

Un crujido provocó la inmediata rigidez de todas las fibras de su cuerpo. El quejido de la madera carcomida de la escalera era una alarma indubitable. Fijó la mirada en el punto en el que su cerebro, presionado y anegado por el exceso de flujo sanguíneo, había calculado el encuentro visual con el arcángel.

Retuvo involuntariamente el aliento; contuvo voluntariosamente el miedo.

No por esperada, la protesta acústica del primer peldaño resultó menos angustiosa. Un hombre corpulento metido en una edad impropia para el oficio se detuvo al pie de la escalera. Posó la mano sobre el remate del balaustre y le dedicó una mirada mohína, cansada. Un profuso bigote ocultaba la frontera labial acrecentando la apatía de un rostro expectante, libre de expresividad. Al notar que un impulso eléctrico le iba conquistando el espinazo, Peter Frei tuvo la sensación de que iba a ser la chispa que haría estallar definitivamente su cabeza, pero no tuvo esa ventura y, motivado por la contrariedad, soltó un vigoroso gruñido que murió amortiguado en la mordaza. Tal esfuerzo se hizo patente en las sienes y en las cavidades oculares, al límite del descorche. Apretó con fuerza los párpados albergando la esperanza de retener los ojos en su sitio y no aflojó hasta que un cercano olor acerbo le obligó a hacerlo. Su reacción fue tan cotidiana como antinatural, pero se explicaba por la imposibilidad de su sistema nervioso para administrar un nuevo sobresalto.

El hombre de profuso mostacho carraspeó con vehemencia.

—Voy a retirarle esto —anunció—. No haga ninguna estupidez que pueda lamentar.

El arcángel dejó su arma sobre la mesa y se despojó de la gabardina raída y arrugada, en sintonía con el resto de su poco decoroso atuendo. Sus movimientos eran lentos, desesperadamente adormecidos para el estado frenético en el que Peter Frei volvía a estar sumido. Este invirtió unos segundos en recobrar la movilidad de la lengua, que se comportaba torpemente, como si no reconociera su hábitat natural, mucho más árido que de costumbre.

El arcángel agarró una de las sillas del comedor por el respaldo y se sentó frente a él aguardando pacientemente a que recobrara el habla.

—Tenemos dos vías para resolver esto: la rápida y la dolorosa, usted elige —le expuso en perfecto inglés, pero arrastrando un dejo que su interlocutor no fue capaz de identificar. El tono era calmado, extrañamente sosegado y nada hostil.

Peter Frei balbuceó algo ininteligible que obtuvo un fastidioso resoplido por respuesta. Acto seguido, el hombre se incorporó y desapareció de su campo de visión antes de regresar con un trapo húmedo con el que le empapó los labios y el cielo de la boca sin ninguna delicadeza.

—Le diré qué necesito y lo que puedo ofrecerle a cambio —prosiguió—. Quiero que me facilite la ubicación exacta del equipo con el que se comunica con sus hermanos de la Congregación y las claves de acceso. A cambio le ofrezco su vida y la de su esposa.

Peter Frei frunció el ceño de manera exagerada para dejar constancia de su desconcierto. Consecuentemente, sus facciones, descolocadas y deformes por los efectos de la gravedad y la acumulación sanguínea, conformaron una caricatura tragicómica.

—Su mujer está arriba —certificó el arcángel interpretando la mueca—; no obstante, me temo que ni ella está en disposición de bajar ni usted de subir, así que va a tener que hacer un acto de fe.

Pero Peter Frei no estaba sorprendido por el hecho de que Rosemarie siguiera viva. Lo que no le encajaba era que un arcángel quisiera algo que supuestamente ya tenía. Aquello no tenía ningún sentido.

—¿Quién es usted? —logró verbalizar.

—No está en disposición de hacer ninguna pregunta. Le estoy dando la oportunidad de…

Un ruido proveniente de la planta superior interrumpió la frase.

—¡¿Quiénes son ustedes?!

El hombre se volvió a sentar, se mordió el bigote y se frotó la cara con ambas manos.

—Claro…, qué estúpido. Ya entiendo. Ustedes son los que terminaron con Zadkiel. Y, por lo que veo, también han conseguido librarse de Uriel —conjeturó—. ¡Por supuesto! Usted es el inspector de Homicidios y arriba está la chica del pelo rojo, ¿me equivoco? —preguntó dando paso a una carcajada estentórea que terminó extinguiéndose en una concatenación de toses secas y agónicas. Cuando recobró el aliento su expresión había cambiado.

»¡Ustedes y yo estamos en el mismo barco! Cerbero habrá tenido que pagar una fortuna por mi cabeza, pero también habrá pagado por las suyas, téngalo por seguro. ¡Bájenme de aquí y les contaré todo lo que necesiten saber! —añadió eufórico.

Cincuenta minutos más tarde Peter Frei estaba sentado en una silla y Ólafur Olafsson tenía lo que habían venido a buscar. Aquella información les permitiría seguir escalando hasta la cúspide de la Congregación de los Hombres Puros.

—Bueno, señor…

—Dejémoslo ahí.

—Bueno, señor «Dejemosloahí» —bromeó Peter Frei—. He cumplido mi parte. Ya pueden marcharse, pero antes le agradecería que me liberara de mis ataduras y me permitiera reunirme con mi esposa —sugirió amablemente mostrándole las muñecas.

—Eso no va a ser posible.

La voz provenía de lo alto de la escalera; del mismo lugar desde el que cayeron dos objetos que terminaron rebotando varias veces contra el suelo sin producir apenas ruido. Ólafur Olafsson clavó los ojos en el que aterrizó a escasos centímetros de sus deslucidas botas.

Una máscara.

Una máscara de fauno.

Una máscara de fauno que reconoció de inmediato.

Una máscara de fauno que reconoció de inmediato porque era una de esas que aparecían en las imágenes en blanco y negro, en esas escenas que seguían atormentándolo desde que las viera por primera vez en casa del inspector Sancho, en Valladolid.

Ólafur alargó el brazo para recogerla y la colocó en su regazo para observarla de cerca detenidamente, como haría un artesano empeñado en revisar la calidad de su obra. Estaba fabricada en látex y predominaban los rasgos humanoides, a pesar de que de la frente partían unos discretos cuernos de corte diablesco. La piel era rugosa al tacto y estaba adornada por implantes de pelo animal; los ojos eran incrustaciones semitraslúcidas; tenía el hocico chato y largas orejas terminadas en punta. Ensimismado en los detalles, se generó un silencio pastoso en el que el islandés solo escuchaba sus propios latidos como premonitorios timbales de una marcha fúnebre.

Y de nuevo esos fotogramas a modo de flashes intermitentes pero inagotables, del todo insufribles.

Ólafur Olafsson volvió en sí antes de que en su mente viera cómo la daga de empuñadura templaria se hundía en el abdomen de la joven. Apretó con vigor los puños para tratar de detener el temblor de sus manos e inhaló profundamente echando la cabeza hacia atrás para facilitar la entrada de oxígeno.

Peter Frei supo leer las señales de la ira reprimida.

—Puedo explicarlo…

No pudo continuar. Ólafur se abalanzó sobre él mascullando fonemas en su lengua materna al tiempo que trataba de ponerle la máscara. Sin embargo, por más que estiraba la abertura inferior no lograba pasársela por la cabeza. Hasta que comprendió el entuerto: esa máscara no era la suya.

Recogió la otra, muy similar pero con los cuernos de talla mayor, y se la ajustó en el primer intento a pesar de la enconada oposición de su dueño.

—Como el zapato de la maldita Cenicienta —valoró entre dientes.

—¡Escúcheme, por favor!

—¡Baja aquí a la mujer! —le gritó a Jaap Keergaard—. ¡Ahora!

—¡Puedo explicárselo! Se trata solo de un juego. ¡Un juego inocente!

Las palabras sonaban mortecinas por el efecto atenuante del látex; muy en cambio, el material sintético no logró atemperar el primer puñetazo.

Los siguientes tampoco.

Cuando los gritos ahogados de una mujer en camisón le hicieron detenerse, Ólafur Olafsson ya tenía el corazón en los nudillos.

—Siéntala ahí —le indicó a su compañero entre jadeos—. Inmovilízala.

En su bien conservado cutis se podía apreciar la huella de la crispación. Cada arruga era un profundo surco labrado por el miedo, cada gesto una declaración de culpabilidad. Porque si algo tenía claro Rosemarie Slosse era que el hombre que había golpeado brutalmente a su marido no iba a reconsiderar la sentencia.

—Esto es suyo, señora —le dijo Ólafur Olafsson antes de colocarle la máscara sin miramiento alguno—. Ahora vamos a ver juntos una película —anunció al matrimonio antes de hacer una indicación a su compañero, un hombre con una larga coleta rubia que le caía inerte sobre una espalda ancha como Castilla y cubierta por una elegante levita negra—. Y trae también lo tuyo mientras yo reanimo a este despojo miserable.

—¿Seguro?

—Completamente.

No hubo intercambio de palabras durante el tiempo que necesitó Jaap Keergaard, arcángel de la Congregación redimido, para llegar hasta donde habían ocultado el vehículo y regresar al salón acarreando la bolsa de un portátil en una mano y lo que él llamaba «el arca de la sinceridad» en la otra. En realidad, esta no era más que una sencilla caja de madera de pequeñas dimensiones, con refuerzos de latón en las juntas, cien veces lijada y mil barnizada. De la tapa brotaba una rudimentaria asa de cobre colocada con posterioridad para facilitar su traslado. Peter Frei y Rosemarie Slosse se estremecieron al percibir el ruido de cacharrería que salió de su interior al posarla en el suelo.

Ólafur Olafsson encontró sus gafas en el bolsillo interior de la gabardina y, tras ajustárselas con el dedo índice, no perdió un solo segundo en poner en marcha el ordenador y ejecutar el vídeo. Transcurridos unos minutos, eternos para unos, efímeros para otros, señaló la pantalla con el índice.

—Aquí estáis, hijos de puta. Inseparables —murmuró parando la imagen al reconocer las máscaras. No lo habría conseguido tan rápido de no estar una al lado de la otra—. ¿Este es el juego inocente que me mencionaba? Seguro que ella no opina lo mismo. ¡Una niña!

Ninguno de los dos se atrevió a hablar.

—¿Qué me aconsejas? —le preguntó a su compañero, que permanecía inmóvil y con los brazos cruzados. El islandés se quitó las gafas, ya no las necesitaba.

—Depende de cuáles sean tus propósitos —respondió Jaap abriendo la tapa del arca.

El matrimonio se removió en su silla, a pesar de que no alcanzaban a comprender el cometido de los artilugios que contenía.

—Si alguno se mueve o grita, dispárale en la cara.

Ólafur se puso en cuclillas dando la espalda a los reos.

—Las sandalias del pescador con el tenedor del hereje siempre dan resultado —sugirió el propietario del arca.

Ambos utensilios habían sido diseñados y fabricados por Jaap Keergaard, inspirándose en artilugios de tortura medievales. Las sandalias del pescador eran dos zapatos de hierro unidos al tobillo con grilletes y rematados con nueve largos clavos, distribuidos convenientemente por la suela excepto en la parte delantera. El desafortunado portador del calzado tenía que permanecer de puntillas mientras era interrogado si quería evitar ensartarse en las puntas. El tenedor era aún más simple. Una barra de metal regulable en extensión y rematada en sus extremos por dos afilados tridentes. Se fijaba en la base del cuello, apoyado entre las clavículas y la barbilla, forzando al sujeto a inclinar la cabeza hacia atrás para que no le perforara la carne.

La combinación de los artilugios resultaba casi diabólica. El peso de la cabeza hacía que fuera harto complicado conseguir no apoyarse sobre los talones.

—Colócaselo.

—No será agradable —le advirtió.

—Colócaselo —insistió Ólafur.

Jaap Keergaard asintió antes de girarse y dirigirse a la silla en la que Peter Frei estaba bien amarrado.

—A él no, a ella —le corrigió—. Y no le quites la máscara.

La mujer temblaba tanto que casi no se sostenía en pie, lo cual no era nada aconsejable para la prueba de equilibrio y aguante a la que se iba a someter. Sumida en una extraña mansedumbre, no opuso resistencia alguna. Apenas gimoteaba.

Peter Frei asistía con ojos incrédulos al proceso de preparación de su esposa.

—¡Dígame qué más quiere saber! ¡Maldita sea! ¡Se lo he contado todo! ¡¡Absolutamente todo!!

—No todo —repuso Ólafur Olafsson visiblemente alterado—. ¿Cuándo y dónde aconteció… eso? —quiso saber señalando hacia el portátil.

Peter Frei dejó caer la mirada al suelo.

—Yo en su situación me daría prisa si pretende evitar el martirio de su querida esposa.

—Es un acto de purificación —desveló sin levantar la vista.

—En qué consiste.

—Es cosa de Corteza de Roble. Él los instauró, ¿qué podíamos hacer nosotros?

—Ustedes no sé, pero usted debería contarme lo que necesito saber antes de que se le agoten las fuerzas a su esposa.

—Tiene su origen en una celebración pagana, creo. Los antiguos griegos pensaban que durante los solsticios se abría una puerta de comunicación entre los dioses y los hombres a través de la cual nos eran desvelados los enigmas de la creación, el orden y el caos, la configuración del firmamento…, cosas así.

Peter Frei pronunciaba todo lo rápido que era capaz sin despegar la mirada de una temblorosa Rosemarie.

—Ya, cosas así. Y se ofrecía un sacrificio humano para honrar a los dioses, ¿verdad? —conjeturó Ólafur Olafsson.

—No, a los dioses no. El Gran Arquitecto solo se manifiesta a través de los movimientos de la doncella durante el tránsito entre la vida y la muerte. El custodio elegido aplica el remedio en el abdomen de la doncella y, solo entonces, el Gran Maestre descifra el trance.

—El remedio es la daga que porta ese animal.

—Sagitta es su nombre.

—Sagitta —repitió con hastío—. ¿Quién es el verdugo?

—Lo decide Corteza de Roble —dijo sin quitar los ojos de su esposa—, el Gran Maestre de la Congregación. Es… un privilegio, un reconocimiento a su trayectoria.

—Un premio.

—¡Reservado a los nueve custodios! Nosotros solo somos guardianes. Tenemos la obligación de asistir, según se establece en El Cartapacio de Minos —aclaró en tono exculpatorio.

—Claro, claro…, inocentes guardianes forzados por los dictámenes de un viejo cuaderno que nadie sabe si existe.

—¡No lo entiende! ¡Él cuenta con los arcángeles! ¡Y existe, por supuesto que El Cartapacio existe! —rebatió indignado—. Todos lo hemos visto al estampar nuestra rúbrica en él. Así se sella el compro…

Los gemidos de su esposa interrumpieron la frase.

—¡Aguanta, Rosemarie! ¡Sé fuerte! —la animó.

—Céntrese —le recriminó el islandés chasqueando los dedos para llamar su atención—. Yo soy un hombre impío y carezco de fe. Necesito ver. ¿Dónde podría ojear esa reliquia?

El guardián compuso un gesto de incredulidad.

—Solo el Gran Maestre y Damocles lo saben. Cuando accede al cargo jura custodiar El Cartapacio de Minos, porque…, digámoslo así, resultaría un tanto comprometido para la Congregación que cayera en las manos equivocadas.

—Ya. Un tanto comprometido. Hábleme ahora de Damocles, ese al que llaman el protector y vigilante —preguntó recordando una parte del informe de De Bruyn.

—Era el encargado de proteger el Templo con su ejército de arcángeles y de vigilar el tesoro más preciado de la Congregación.

—¿Era?

—Era, sí, porque hace tiempo que desapareció. Es un asunto considerado tabú, pero todos pensamos que Corteza de Roble tuvo que ver en ello.

—Ya. Se lo quitó del medio.

—Para controlar directamente a los arcángeles —completó—. Pero nadie lo sabe con certeza.

—Así que si él ya no está, ¿quién vigila el Cartapacio?

Peter Frei negó con la cabeza.

—Esos asuntos no nos competen a los guardianes. También he escuchado que, en realidad, la función de Damocles era vigilar las cenizas de Dante, el primer Gran Maestre de la Congregación.

Ólafur resopló con notable amargura.

—Es una vieja leyenda. No sé qué hay de verdad en todo ello. Dicen que, en algún momento, la Congregación se hizo con las cenizas del poeta, o parte de ellas, y las ocultaron en el mismo sitio donde esconden El Cartapacio.

Un lamento prolongado volvió a desviar la atención del interrogado.

—¡Atiéndame a mí! —le recriminó el islandés—. Vamos a obviar el asunto de Dante, lo dejamos para otra novela, ¿de acuerdo? Ahora dígame, ¿dónde tienen lugar estas atrocidades?

—¡Se va a clavar eso en el cuello! ¡Tengan piedad!

—Conteste —dijo Ólafur, piadoso.

—¡Por Dios…! Nunca se celebran en el mismo lugar y es el propio Corteza de Roble quien lo determina. A los asistentes nos llega la notificación solo veinticuatro horas antes. Son emplazamientos sagrados, mágicos. Ese, en concreto, creo que se celebró hace varios años, demasiados, en una ermita abandonada cerca del río Celeste en Costa Rica, pero otras veces ha tenido lugar en sitios diferentes.

—¿Como cuáles?

—¡¿Qué importa eso?! Ya le he dicho que jamás se repiten.

—¡Responda!

—Bajo el puente Overtoun en Escocia, o en la Terraza de Minerva en pleno parque Yellowstone, o en el bosque Aokigahara en Japón, o en los castillos de Gondar en Etiopía…; sitios así, cargados de misticismo y espiritualidad.

Un grito desesperado anunció el agotamiento de la resistencia de Rosemarie.

—¿Dónde tendrá lugar el siguiente?

—¡Por Dios bendito! —profirió Frei—. ¡No aguanta más! ¿No lo ve? ¡No puede más!

Rosemarie corroboró sus palabras emitiendo un ruido lastimoso que sonaba a preludio de una rendición. Ólafur le hizo una indicación a Jaap Keergaard y este retiró el tenedor del hereje de la barbilla antes de sujetar a la mujer por las axilas y sentarla en el suelo.

—¡Continúe!

—Se rumorea que el siguiente acto de purificación se celebrará en algún lugar de Budapest.

—Ya. Se rumorea.

—Sí, solo son habladurías que se producen en las capas bajas de la organización. Dicen que en Budapest hay un lugar muy especial para Corteza de Roble y, según parece, quiere conmemorar por todo lo alto los veinte años que va a cumplir vistiendo la túnica de Dante.

—Dígame dónde va a celebrarse esa atrocidad.

—Lo desconozco, tiene que creerme —aseguró Frei.

—¡Ponla de nuevo en pie!

—¡No, no, no! ¡Tiene que creerme! —insistió—. ¡No lo sé! ¡Por favor! Si lo supiera ...