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CUIDADO CON ELLA

Teresa Toten

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Fragmento

Martes, 22 de marzo

Kate y Olivia

Ninguna de las chicas se movió. La rubia que estaba en la cama no se movió porque le era imposible, y la rubia de la silla no lo hizo porque, bueno, parecía que tampoco podía.

Dos médicos, un enfermero y un camillero irrumpieron en la habitación perturbando su silencio. Levantaron el cuerpo de la cama con una sábana, cambiaron la ropa de cama, comprobaron su pulso y la frecuencia cardíaca, dieron golpecitos, palparon y dirigieron una luz hacia los ojos ciegos. Esta vez retiraron el largo tubo que había estado pegado a la boca de la chica. Ver cómo retiraban el tubo era desagradable.

El cuerpo convulsionó, se arqueó y a continuación sufrió un espasmo.

Cuando se fueron, la chica de la silla reanudó su vigilia, adormecida por el olor a amoníaco y látex. Los médicos nunca le decían nada, así que dejó de preguntar. La chica postrada en la cama estaba atada a una maraña de tubos y cables. Iban de su maltrecho cuerpo a varios monitores y a un palo que se ramificaba como un árbol de acero cuyas flores eran bolsas de líquido intravenoso. Unos cacharros pitaban y zumbaban a un ritmo aleatorio que ninguna de las chicas oía. En las cuarenta y ocho horas que habían pasado desde su llegada, la chica de la silla rara vez había interrumpido su vigilia para estirarse, dormir o ir al baño. Su pelo rubio, generalmente perfecto, se aferraba ahora a su cuero cabelludo más graso y oscurecido por el sudor, el barro y la sangre seca.

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Se sentó y se dejó llevar, hechizada, por los monitores, por los puntos de colores siempre cambiantes, los gráficos indescifrables y sobre todo por la línea verde ondulante. La línea verde era importante. No se había alterado, no en todas esas horas…, no hasta que el detective Akimoto se aclaró la garganta en el umbral de la puerta. La chica se esforzó para mirarlo a los ojos.

—Lo siento, pero voy a necesitar que te vayas fuera un momento.

La chica se giró hacia su amiga, cuya boca estaba enrojecida e inflamada allí donde le habían arrancado el esparadrapo.

El detective abrió un pequeño bloc de notas negro.

Hizo clic varias veces con su bolígrafo.

—Ahora, por favor.

Había otros hombres fuera, dando vueltas por el pasillo. Policías.

—Tenemos algunas preguntas sobre tu amiga y también sobre un tal… Marcus Redkin.

Mark.

La chica se fue levantando lentamente. La habitación daba vueltas por el esfuerzo.

—Sí, señor. —Le echó una última mirada a la línea verde ondulante.

La chica en la cama ya no estaba inerte, no del todo. Pero nadie la vio. Las palabras cayeron de su boca, en silencio resbalaron de las sábanas hasta caer al suelo.

Pero nadie la oyó.

Jueves, 17 de septiembre

Kate

No soy una mentirosa compulsiva y no miento por diversión. Solo miento cuando tengo que hacerlo. El problema es que miento desde siempre porque siempre he tenido que hacerlo. Me siento cómoda con el peso de mis mentiras. Así que estoy bien. Eso es todo lo que tengo que decir al respecto. Bueno, eso y que quiero una vida mejor. Espera, eso es una mentira. Quiero una vida INCREÍBLE.

Y otra cosa: los perros y los niños pequeños me adoran, así que ese viejo dicho vale de poco. Las niñas ricas y piradas también me adoran. Soy «esa» amiga, la amiga «cómo he podido vivir sin ti». La amiga «eres la caña». La amiga con los hombros empapados de lágrimas. Soy la mano amiga, la salvavidas; pero los salvavidas tienen un precio. Estoy divagando. Me encanta esa palabra: «divagar». Es arrogante, y no tan fácil de usar en una frase como se podría llegar a pensar.

La había estado observando desde hacía días.

Los primeros días de colegio todo giraba en torno a la «caza», a no perder el tiempo en gente que no lleva a ningún lado. Sentí esa sensación familiar que roza la pesadilla y que te pone la cabeza como un bombo: a dónde ir, quién será quién, no hagas el ridículo en el nuevo colegio, etcétera, etcétera. Pero me puedo concentrar como nadie. Unas cuantas chicas fueron analizadas y descartadas. Demasiado normales, demasiado estándar, demasiado unidas, o —el verdadero beso de la muerte— no forradas de verdad a pesar de tener todos los adornos y complementos. Conozco la diferencia. Antes de venir aquí, pasé la mayor parte de mi secundaria en el oeste del país, en los mejores colegios privados femeninos. Yo era la becada, la que vivía en la residencia. La chica a la que te llevabas a casa los fines de semana y las vacaciones tras convencer a tus padres. He tenido mucha práctica.

A ver, sé bien lo taradas que están estas tías detrás de su armadura de Range Rover y Louboutin. Pero yo sabía que tenía que haber «alguien». Mi pase VIP tenía que estar en algún rincón de las aulas de último curso.

Y cuando empezó la segunda semana de clase, allí estaba ella, toda rubia natural, con mucha pasta y con el puntito justo de trauma. Guapa, sin pertenecer a ningún grupito de populares, y apestando a Lexatin, Paroxetina o cosas así. Algo que, por cierto, se podría decir de la mitad de las estudiantes del colegio. Pero esta chica tenía algo más, un extra. Era evidente, había algo en ella. Olivia Michelle Sumner: si ese nombre no suena a DINERO, ningún nombre suena. De arriba abajo de Barneys y Bloomingdale’s. Pija y con pasta de verdad. Las demás chicas la rodearon mientras chillaban: «¡Bienvenida de nuevo, Olivia!»; «¡Has vuelto!»; «¡Qué guay verte!»; «¡Uau, hola!». Pero no eran de las suyas. Eso estaba claro. Olivia capeó la situación en plan piloto automático. Algo había ahí. Alguna historia. Fantástico. Olivia Sumner y yo compartíamos solo una clase, Literatura Avanzada, pero era todo lo que necesitaba.

Y ahora, obsérvame.

Presta mucha atención.

La supervivencia del más apto, baby.

Viernes, 18 de septiembre

Olivia

Olivia mecía el teléfono, negando con la cabeza.

—No, papá, ha ido bien. Más que bien, de verdad. Tal y como dijiste. —Recorría despacio la longitud del salón. Cuando eso ya no le consiguió calmar, subió el peldaño hasta el comedor, rodeó la mesa de acero inoxidable, y se desvió hacia la biblioteca para, finalmente, invadir los cuatro dormitorios, uno por uno. Olivia evitó entrar en la cocina. Anka estaba tirando cacerolas por todas partes maldiciendo el robot de cocina—. No ha pasado nada en toda la semana, tal y como pensamos. No cambiarme de centro ha sido la decisión acertada.

Volvió al salón.

—No, los profesores no han hecho ningún drama en público ni nada así, pero me han dicho que están ahí para lo que necesite, al mejor estilo Colegio Waverly. —Olivia se dejó caer, sin sentarse del todo, en el sillón de mohair antes de levantarse y ponerse a pasear de nuevo—. Bueno, tal y como sospechaba, la clase de Literatura Avanzada va a ser dura porque me ha tocado la señora Hornbeck otra vez. Gracias a Dios ya me he leído la obra de teatro de Albee y lo de Cormac McCarthy. Pero es posible que necesite un profe particular para asegurarnos de que el nivel de mis resultados académicos sea bueno, ¿vale? —¿Dónde estaba ese libro de Cormac McCarthy? Se dirigió a su habitación, entró, se olvidó de para qué había ido allí y salió de nuevo—. No, me puedo sacar las Mates y la Física con los ojos cerrados, ya lo sabes. —Ahora estaba en el dormitorio de su padre. Elegante madera de roble con nudos y telas de franela en distintas tonalidades de gris y marrón la abrazaron. Olivia se dejó llevar. Le encantaba la habitación de su padre. El suave dorado mantequilla de las piezas artísticas hechas con ledes brillaba contra los bocetos de Modigliani y Caravaggio. Los cuadros descansaban tranquilamente en las paredes cubiertas de tela de carbón vegetal que calentaban el dormitorio, reflejando seguridad, reflejando a su padre—. No, a ningún sitio. Ya estoy hasta arriba de trabajos. Me llevará todo el fin de semana acabarlo todo. Sí. —Asintió—. Un poco oxidada, sí.

El resto del ático contenía incomprensible arte moderno brasileño yuxtapuesto con esculturas chinas antiguas. Parecía estar diseñado por el conservador de un museo, lo que, por supuesto, era así, conservadora en este caso. Su esposa número dos. Pero aquí, en su refugio, era lo más cerca que su padre estaba de lo tradicional y de sí mismo.

—No, ahora solo un miércoles sí y otro no. Ya te lo dije ayer. —Reprimió un gemido—. Sí, sigue siendo a las cinco y cuarto. Mira, fue sugerencia del doctor Tamblyn. Está muy positivo. —Olivia se miró a sí misma en el espejo y se dio la vuelta—. Claro que sí. Consúltalo con Tamblyn cuando quieras. No pienso dejar nunca más la medicación. Lección aprendida, y a lo bestia. —Agarró el teléfono con tanta fuerza que se le marcó un surco en la palma de la mano—. Te lo prometo. Jamás. ¿Podemos dejarlo ya? Estoy bien, estamos bien. Además, Anka está aquí y es un halcón. Oye, ata bien atados todos esos importantes acuerdos internacionales para que podamos seguir pagando la luz en esta casa. —Olivia sonreía, pero podía sentir el peso de su preocupación apretándole el pecho—. Bueno, ya sabes… —Se sentó y luego se levantó de la cama hecha con esmero—. Todas fueron majas.

¿Qué hora era? Su estómago empezaba a echar espuma. El Modigliani y la franela gris ya no la tranquilizaban, y Olivia empezó a moverse de un lado a otro de nuevo. Otra vez al salón, otra vez a los ventanales que se extendían por todo el perímetro del ático. Se quedó fascinada con el arte que había en el exterior de los ventanales: la inmensidad de Central Park y las luces hipnóticas del edificio Dakota. Tener Nueva York a sus pies suavizaba y protegía su alma.

—No conozco muy bien a las chicas, papá. Recuerda, iban a tercero el año pasado y yo a cuarto. Son un año más pequeñas que yo, y el año pasado, bueno, fue el año pasado. Pero han sido majas conmigo. —¿Lo habían sido? Seguro que habían cotilleado por ahí. ¿Acaso importaba?— Venga, papá, que es Waverly. Toda la que allí es alguien tiene el móvil de su loquero en «favoritos». —El cielo se había despojado de su sedoso vestido púrpura para meterse en un vestido negro básico—. Estoy segura de que haré alguna amiga. Y si no, no es más que un año, ¿no?

A ella el cielo le gustaba negro como la tinta, siempre había sido así. Le relajaba.

—No, no quería decir eso. Por supuesto que haré amigas. Oye, ¿tienes que quedarte en Chicago antes de ir a Singapur? —Tenía que mantener la concentración—. ¿El domingo? ¡Genial, papá! ¿Lo sabe Anka? Vale, se lo digo. No, prefiero ir a nuestro restaurante de siempre. Ya llamo yo.

Olivia se dirigió de nuevo al sillón.

—¿Te viene bien a las siete y media? —La espuma burbujeaba en su estómago. Olivia había descrito una vez la espuma como una cosa de color rosa, una mezcla de sangre caliente y saliva—. Sí. No, va a ser estupendo, papá. Estoy impaciente. —El doctor Tamblyn había dicho que el medicamento acabaría solventando también el tema de la espuma. También había dicho que tenía que ser muy rigurosa con las tomas y no retrasarse—. Por supuesto. Déjalo ya… sabes que voy a estar bien. Yo también te quiero. —Olivia colgó el teléfono. Se sentó en la chaise longue, esta vez con todo su peso.

Y esperó.

—¿Olivia? ¿Hass acabato de teléfono con sseñor Ssumner? —Anka entró en la habitación, secándose las manos en el delantal. La interna tenía una formidable colección de delantales—. ¿No toca la passtilla de medicamento? Ess lass sseis y media en punto. Debía sser a lass sseis en punto, ¿no? ¿Quiere que traigo tuss aguass? ¿Olivia?

Iba a tener que hablar con Anka para que dejara de darle la brasa. Olivia conocía las pautas.

En vez de eso, asintió con la cabeza, suspiró y esperó a SENTIR algo. Lo que fuera.

Lunes, 21 de septiembre

Kate

Prácticamente vivo en una alcantarilla.

El salto de la alcantarilla al «premio» de Yale está empezando a hacer que mi concentración se tambalee, y eso ya es mucho decir.

Merezco algo mejor. Algo MUCHO mejor.

Soy la estudiante becada de este año en Waverly, y la preciosa beca lleva consigo un sueldo decente. También echo las mañanas en la oficina de administración del colegio y ADEMÁS me dejo los cuernos en el supermercado trabajando dos turnos de diez horas todos los fines de semana… Y, aun así, esta ratonera es lo mejor que me puedo permitir. Mi hogar durante los últimos meses ha sido un trastero convertido en sótano en el supermercado y botica chino Chen. Estoy sin un pavo. Ponerse guapa cuesta un ojo de la cara, incluso en Chinatown: peluquería, maquillaje, uñas… todo suma. Por no hablar de los accesorios. Doy gracias a Dios por los uniformes.

En Waverly, por supuesto, nadie sabe lo de Chen. Piensan que vivo con mi tía inexistente. En todas las demás escuelas privadas estaba interna, pero Waverly no tiene residencia. Lo que sí tiene es la mejor puntuación en lo tocante a estudiantes que logran entrar en la universidad elegida como su primera opción. Y antes de admitirme necesitaban asegurarse de que el tema de mi alojamiento estaba cerrado. Necesitaba una dirección. De ahí lo de la alcantarilla. Como he dicho antes, solo miento cuando tengo que hacerlo, y tengo que hacerlo muchas veces.

No he deshecho las maletas. No lo haré. Esto es temporal. Sí, TEMPORAL. Además, me espanta pensar en que la sustancia viscosa que baja por las paredes se junte con el hedor de la col en descomposición y contamine mis uniformes a estrenar de la tienda de segunda mano. Tengo una cama plegable de hierro cubierta con sábanas desgastadas de Spiderman, una pequeña mesa camilla, una silla de aluminio, un espejo que no está mal, un mueble para el televisor que utilizo como mesilla de noche, un fregadero lleno de marcas de óxido y un mueble de cocina con un hornillo estilo camping gas encima. He vivido en sitios peores, como durante el período de tiempo entre el horror de las casas de acogida y los internados privados, pero es más difícil ahora. Sé lo que hay ahí fuera y quiero un pedazo.

Algo que me inquieta es que a la señora Chen no parezco caerle bien. No me gusta no caer bien. Me pone nerviosa. Caer bien es mi arma más preciada. En el número uno de la lista de razones para pensar que «no le caigo bien» está que, aunque soy perfecta para poner delante de una puerta y atraer gente, la señora Chen me tiene en el callejón de descarga de pedidos de mango y col china. Mi abanico de encantos chocó contra el muro del delantal impoluto de la señora Chen. Además, el señor Chen parece vivir atemorizado por su mujer. Así que, sigo su ejemplo y me limito a transportar cajas, preparar y poner precio a las verduras, y permanecer invisible. Sé que no soy la primera estudiante en disfrutar de la oportunidad de «contrato-mazmorra» de los Chen, pero estoy absolutamente convencida de que soy su primera estudiante de Waverly y su primera chica blanca, o gweilo, como he oído que me llaman. Creo que significa «niña fantasma» o «extranjera», o algo así. Cualquiera de los dos significados es perfecto. En el lado positivo, me alimento muy bien, aunque principalmente todo es a base de hortalizas y frutas. Ahora soy muy buena con un wok, y mi piel nunca ha tenido mejor aspecto.

Mataría por un filete.

En comparación, el turno en la oficina de Waverly es como un día en un resort de lujo. Las aulas de Waverly y los auditorios tienen wifi y están equipados con las últimas pizarras interactivas y aplicaciones, pero su sistema de archivos parece de Hogwarts. Trajeron a una consultora el año pasado, y estoy echando una mano con el arduo trabajo de pasar todos los archivos en papel a los servidores virtuales de la nube. Me necesitan.

Y yo necesito tener acceso a ese sistema.

Siempre soy la primera en llegar, a las 6.55 de la mañana. El señor Jefferson, gerente de Waverly —o conserje, en otras palabras— abre el centro para mí. Incluso la señora Draper, secretaria de admisiones y workaholic de grado olímpico, no llega hasta las 7.05. Mi nivel de caer bien está en la estratosfera con ella y bastante bien situado con el resto del equipo de administración, incluyendo a la directora, la señora Goodlace; al señor Rolph, jefe de estudios de secundaria; a la señora Kelly, jefa de estudios de primaria; a la doctora Kruger, tutora y psicóloga; y a las más importantes, las auxiliares administrativas, la señorita Shwepper y la señora Colson. Cada colegio tiene una Shwepper o una Colson. Ambas mujeres son más viejas que Dios y son las que de verdad tienen las llaves del poder, porque saben dónde están enterrados todos los cadáveres. La basura de los estudiantes y la del personal, toda, la tienen con un código de colores y a salvo bajo su peinado con demasiada laca.

El personal y la dirección de Waverly siguen esperando ansiosos la llegada de un crack de la ciberrecaudación de fondos para que sea el próximo director de Desarrollo. Pero el señor Rolph tendrá que seguir nadando solo un poco más en las aguas de estrógenos de Waverly, porque al tal señor Mark Redkin, nada más llegar, se lo llevaron a una conferencia sobre el futuro de las donaciones en los centros educativos privados que se celebraba al noreste del país.

Cuando Draper entró esa mañana, se me acercó tras volver sobre sus pasos.

—Estás demostrando una iniciativa admirable, Kate. Me has ganado todos los días hasta el momento. —Se sentó en el borde del escritorio de Shwepper, que yo usaba como zona de tránsito para mis archivos. Draper tenía un cuerpo esbelto de galga que endurecía su apariencia física un poco. No se había enterado del dicho: «después de los cuarenta, hay que elegir entre cara o culo». Analicé su olor. La fragancia principal era Orange Blossom de Jo Malone. Todo el colegio estaba loco por Jo Malone. Bien podrían haberlo incluido con las chaquetas color berenjena y las faldas plisadas grises. Bajo el aroma a azahar del Orange Blossom percibí un leve toque de champú caro, de la clase de champú que se compra en los salones de belleza Vidal Sassoon. Cortes de pelo rectos arquitectónicos a juego con sus trajes rectos arquitectónicos. Uno se podría cortar con sus líneas rectas. Y bajo sus perfumes, con esfuerzo, se abren paso aromas a café negro, a caramelo de menta y al olor inconfundible de Camel. Mi padre fumaba Camel.

Nuestra secretaria de admisiones fumaba en secreto.

Draper parecía estar esperando a que yo hablara. No me había dado cuenta de que era un cumplido. Fallo patoso por mi parte.

—Bueno, simplemente intento hacerme indispensable, señora Draper.

—Y lo has conseguido en un tiempo récord, querida. Esta oficina está recorriendo el camino hacia el mundo moderno con tu ayuda, por mucho que a algunos les pese. Y cuando llegue el señor Redkin… —Hizo una pausa y se quedó absorta en su mundo por un segundo—. Bueno, solo quiero que sepas que estamos satisfechos con tu trabajo.

Intenté ruborizarme. Generalmente funcionaba.

—Gracias, señora.

Draper asintió antes de ir a paso largo hacia su despacho, que contenía el importantísimo ordenador de la secretaría de admisiones. Ahí es donde entraría yo al día siguiente. Tenía que llegar antes de las 6.30 de la mañana. Todo lo que necesitaba saber estaba en ese equipo. A alguien en Waverly le podría venir bien una compañera de piso para llenar su vacío existencial. Con un poco de suerte, ese alguien sería Olivia Sumner. Lo vi al instante. La buena vida. Un camino despejado para el «premio».

Nada se interpone en mi camino.

Martes, 22 de septiembre

Kate

6.34h.

El ordenador, casi en estado de coma, estaba tardando una eternidad en volver, renqueante, a la vida. Yo sabía que Shwepper y Colson estaban muy unidas a sus piezas de museo y esperaban pacientemente a que toda la moda de lo digital pasase de largo, pero ¿qué hacía Draper con este mastodonte? Toda la oficina parecía un decorado para un anuncio de Microsoft de 1993.

Vamos, vamos, pequeño. Ven a mí. Vamos. ¡Sí! Los expedientes de los estudiantes de Waverly… ¡Por fin! El texto empezó a aparecer en párrafos perezosos, pero allí estaban. Los expedientes de los estudiantes estaban organizados alfabéticamente por año de graduación. ¿Qué contendría el mío? No había tiempo. Vale, vale. Ni siquiera había encendido las luces por temor a que el señor Jefferson pudiera entrar a ver qué pasaba. Cada crujido en el viejo suelo de roble hacía que mi estómago se encogiera. Escribí «Olivia Michelle Sumner» y contuve la respiración mientras la pantalla tardaba sus habituales tres o cinco años en cargar. ¿Quién podía trabajar así? ¿Con esta cosa? Cargando, cargando…

¡Ya te tengo!

Era un expediente estándar bastante escueto, pero también contenía un informe en una página anexa.

PERFIL DEL ESTUDIANTE

INFORME SOBRE TRABAJO SOCIAL

NOMBRE DE LA ESTUDIANTE: Olivia Michelle Sumner

NÚMERO DE ESTUDIANTE: 624501

FECHA DE NACIMIENTO: 2 de septiembre de 1997

SEXO: Mujer

CENTRO EDUCATIVO: Colegio Waverly

PADRE: Sr. Geoffrey Sumner

MADRE: Sra. Elizabeth Sumner (de soltera Whitaker). Fallecida

PRESENTES EN LA REUNIÓN: Dra. Evelyn Kruger, Dr. Russell Tamblyn, Sr. Geoffrey Sumner

ANTECEDENTES: La estudiante pasó diez semanas como paciente interna y seis como paciente externa en el Houston Medical.

EVALUACIÓN DEL FUNCIONAMIENTO ACTUAL: Los problemas psicológicos que se presentan están completamente resueltos de acuerdo con la política de readmisión y de acuerdo a los documentos de evaluación del Houston Medical proporcionados por el doctor Tamblyn.

OBJETIVO/INTERVENCIÓN: No se requiere.

RESUMEN Y RECOMENDACIONES: El doctor Tamblyn y el señor Sumner solicitan que tanto el informe de readmisión como la evaluación de la estudiante se consideren confidenciales. Todas las solicitudes para la divulgación de la información confidencial quedan denegadas a partir de este día. El doctor Armstrong estuvo de acuerdo y le confirmó al señor Sumner que la señora Goodlace, directora del colegio, también se mostraba de acuerdo.

Dr. E. Armstrong 04 de septiembre

¿Confidencial? ¿Qué es lo que es confidencial? Eso tenía que ser interesante. Mmm, la madre, fallecida… Me quedé pensando en eso hasta que me di cuenta de que eran las 6.46 y que tenía que comenzar con el laborioso proceso de cerrar la sesión. Vale, estaba claro que había chicha en todo esto, aunque no sabía qué exactamente. ¿Olivia estuvo hospitalizada? ¿Por qué? Bueno, eso ya de por sí es llamativo. La anorexia y el abuso de sustancias eran los temas estrella en los colegios privados, pero los trastornos de ansiedad y la depresión iban rápidamente ganando posiciones y acercándose al primer puesto. ¿Era alguna de esas cosas? ¿Algo distinto?

Estaba ya a salvo sacando cajas con carpetas de archivos para ordenarlos cuando oí los pasos inconfundibles de la señora Goodlace. No me tuve que girar. La directora del colegio tenía una pisada sólida y seria, como la persona seria y sólida que era. Un día sí y otro también calzaba unos pumps de Stuart Weitzman de cinco centímetros de tacón que debían tener más años que yo. Pero lo cierto era que cada día eran unos diferentes. Me fijo en ese tipo de cosas. Goodlace debió recopilar unos cien pares cuando estaban tan de moda hace cincuenta años y los iba rotando desde entonces. Era temprano para ella. Draper ni siquiera había llegado.

—Buenos días, Kate. Madre mía, sí que has llegado pronto.

—Podría decir lo mismo de usted, señora.

—Touché. —Casi sonríe, pero parecía demasiado preocupada para hacerlo realmente—. Nuestro anunciadísimo director de Desarrollo viene por fin hoy, y quiero echarle un buen vistazo a mis notas para la reunión que tenemos a las nueve. Nuestro equipo de dirección, y desde luego este departamento, está… —se aclaró la garganta— esperando su llegada como agua de mayo.

—Bueno, la recaudación de fondos es el elemento vital de un centro como este. Es algo que aprendí en todos los otros colegios a los que he ido.

—¿Aprendiste eso? Sí, sí que lo es. —Hizo una pausa—. Y estoy segura de que el señor Redkin será un enorme activo. Así que ya sabes por qué ESTOY aquí. ¿Qué haces TÚ aquí tan temprano?

—Hay mucho trabajo que hacer, también hay que ordenar las carpetas. Los archivadores son un poco desastre. En realidad, lo de los archivos es increíble. —Dirigí la mirada a las cajas con clara intención.

—Kate, eres la becada de Waverly, no la esclava de Waverly. —Se unió a mi mirada y observó las cajas—. No puedo permitir que haya personas preocupadas por tu bienestar, ¿sabes?

—Creo que las dos sabemos que nadie estará de verdad preocupado, señora.

—No es cierto, Kate. No es cierto —dijo mientras se alejaba—. Yo sí que lo estaría.

Goodlace era bastante maja para lo habitual en gente como ella, así que, quién sabe, tal vez yo a ella sí le importaba algo. Pero no lo suficiente. Eso lo sabía bien de antes. Necesitaba mucho más para pasar el resto del año, para llegar a donde me dirigía. Necesitaba a una Olivia que se preocupara.

—Sí, señora. Muchas gracias, señora —le dije a su espalda.

Lunes, 28 de septiembre

Olivia

Parecía como si el armario de Olivia hubiese vomitado su contenido en la cama. Cinco chaquetas granates del uniforme —desde la extremadamente ajustada hasta la de estilo boyfriend, y de la radiantemente nueva a usada pero «con rollo»—, enredadas con once camisas blancas con apresto de tintorería que procedían de Barneys y no de la tienda del colegio. Y abriéndose camino a la fuerza bajo toda esa pila, cuatro faldas de franela gris que iban de supercorta a corta, con los obligatorios imperdibles plateados de Tiffany’s, y un nido de pájaros de corbatas a rayas marrones y grises. Había una pequeña montaña de medias en varias tonalidades y texturas, todas sin abrir y con pinta de quedarse de esa manera. Una estudiante de último curso no llevaría medias ni muerta, ni siquiera en medio de una tormenta de nieve, y mucho menos en un día de otoño. Las chicas de último curso llevaban calcetines hasta las rodillas con el elástico dado de sí en su justa medida, haciendo imprescindible estar constantemente tirando de ellos hacia arriba. Había uniformes dentro de los uniformes… Siempre ha sido así y siempre lo será.

Olivia arrugó con las manos una de las impolutas camisas y se sentó sobre ella para rematar el trabajo, mientras se ponía sus holgados calcetines hasta las rodillas. Una vez acabado ese paso, se metió la camisa recién arrugada por dentro de la segunda falda más corta y cogió su chaqueta más ajustada. Era su tercer look de uniforme completo y había acertado, la combinación perfecta entre «me preocupo» y «me importa un bledo».

Así es como el ritual había funcionado siempre. Después de treinta y cinco minutos bajo una ducha abrasadora, se ponía a rebuscar y desechar el interior de su armario cada vez con más urgencia. Una vez por fin hecha la selección, Olivia corría de nuevo a su cuarto de baño a comenzar el ritual de treinta y siete minutos de peluquería y maquillaje, para salir aparentemente fresca y con la cara lavada. En los pocos segundos que le sobraban, se tragaba las pastillas de la mañana con el smoothie verde que Anka acababa de batir. Una vez terminado el desayuno, la interna iba al cuarto de Olivia para comenzar el proceso de volver a llenar el armario-vestidor, mientras que Olivia embutía los pies en sus Doc Martens de una talla más pequeña y raspados en su justa medida, y cogía su mochila negra de Prada. Estaba «perfecta». No es que importara. Era solo la forma en la que se hacían las cosas.

Antes de irse, Olivia siempre gritaba:

—Bueno, me marcho. ¡Hasta luego, Anka! Disfruta del día.

Y Anka, enterrada hasta el fondo del vestidor, siempre respondía:

—¡Buenas ssuerte, sseñorita Olivia! Que Dioss te bendice a todo el día.

Ninguna de las dos oía las palabras de la otra, pero ambas estaban convencidas de que se les había deseado un día repleto de milagros.

Waverly era una preciosa mansión de piedra un poco al norte de la Quinta Avenida. Mientras recorría a pie el trayecto, Olivia aprovechaba para prepararse. Este año, incluso había rezado un par de veces. Eso era algo nuevo. La oración no formaba parte de la terapia cognitivo-conductual en la que había participado en el hospital de Houston el año anterior, pero era algo muy importante para su compañera de cuarto, Jackie, que estaba ingresada por un TOC casi paralizante y por autolesionarse haciéndose cortes. Jackie sostenía que rezar le ayudaba con las «trampas» de su cabeza y que, además, ¿qué daño podía hacer? Olivia llegó a la conclusión de que la lógica del razonamiento era de peso y comenzó a rezar de forma ocasional con indiferente entusiasmo.

Atravesó las excesivas puertas talladas de Waverly, pasó de largo su taquilla y se fue directamente a la clase de Literatura Avanzada de la profesora Hornbeck. Olivia saludó con la cabeza, sonrió y dijo «hola» a todas las chicas a las que había que saludar. Incluso fingió interés cuando Madison Benner jadeó de forma histérica al referirse al nuevo e increíble director de Desarrollo:

—¡En cuanto lo veáis, me decís! OH MY GOD! En serio, chicas. ¡Ningún tío así de megabueno ha cruzado estos pasillos en cien años!

—No hago más que oír eso. ¡Qué ganas de ver cómo es! —Olivia dijo esta frase con tono de envidia, porque estaba segura de que era la emoción que se esperaba de ella. Una pequeña ...