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DE ACERO

Silvia Avallone

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Fragmento

Índice

Portadilla

Índice

Dedicatoria

Cita

Primera parte. Amigas del alma

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Segunda parte. Algas

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Tercera parte. Ilva

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Cuarta parte. Elba

Capítulo 39

Notas

Sobre la autora

Créditos

A Eleonora, Erica y Alba,

Recibe antes que nadie historias como ésta

mis mejores amigas.

Y a todos los que hacen el acero.

«Las cosas mejores resplandecen de miedo.»

DON DELILLO, Libra

La adolescencia es una edad potencial.

PRIMERA PARTE

Amigas del alma

1.

En el círculo desenfocado de la lente la figura, sin cabeza, apenas se movía.

Un jirón de piel en primer plano, a contraluz.

Aquel cuerpo había cambiado de un año para otro, despacio, debajo de la ropa. Y ahora en los prismáticos, en verano, explotaba.

El ojo, desde lejos, mordisqueaba los detalles: el lazo de la parte de abajo del bikini, un filamento de alga en un costado. Los músculos tensos encima de la rodilla, la curva de la pantorrilla, el tobillo manchado de arena. El ojo se agrandaba y enrojecía a fuerza de excavar en la lente.

El cuerpo adolescente salió de un salto del campo visual y se arrojó al agua.

Un instante después, reajustado el objetivo, calibrado el foco, reapareció dotado de una espléndida melena rubia. Y una carcajada tan violenta que incluso desde aquella distancia, aunque fuera sólo mirándola, te sacudía. Era como meterse de verdad entre esos dientes blancos. Y los hoyuelos de las mejillas, y el hueco entre los omoplatos, y el del ombligo, y todo lo demás.

Ella estaba jugando como cualquiera a su edad, sin sospechar que estaba siendo observada. Abría la boca. ¿Qué estará diciendo? ¿Y a quién? Se zambullía al encuentro de una ola, volvía a salir del agua con el triángulo del sujetador descolocado. Una picadura de mosquito en el hombro. La pupila del hombre se contraía, se dilataba como bajo los efectos de algún estupefaciente.

Enrico miraba a su hija, era más fuerte que él. Espiaba a Francesca desde el balcón, después de comer, cuando no estaba de turno en la planta siderúrgica Lucchini. La seguía, la estudiaba a través de las lentes de los prismáticos de pesca. Francesca chapoteaba en la orilla con su amiga Anna, se perseguían, se tocaban, se tiraban del pelo, y él ahí arriba, clavado con el cigarro en la mano, sudando. Él, gigantesco, con la camiseta empapada, con el ojo muy abierto, atareado bajo ese calor de locos.

La vigilaba, o eso era lo que decía, desde que empezó a ir a la playa con ciertos chicos mayores, ciertos elementos que no le inspiraban confianza alguna. Que fumaban, que seguro que hasta se hacían porros. Y cuando le hablaba a su mujer de esos inadaptados con los que estaba su hija, gritaba como un poseso. ¡Se hacen porros, se chutan cocaína, trafican con pastillas, se quieren follar a mi hija! Esto último no lo decía explícitamente. Daba un puñetazo a la mesa o a la pared.

Pero quizá hubiera adquirido la costumbre de espiar a Francesca antes: desde que el cuerpo de su niña parecía haberse descamado y había ido adquiriendo gradualmente una piel y un olor precisos, nuevos, tal vez, primitivos. Se había sacado de la manga, la pequeña Francesca, un culo y un par de tetas irreverentes. Los huesos de la pelvis se le habían arqueado, formando un tobogán entre el busto y el abdomen. Y él era su padre.

En aquel momento observaba a su hija agitarse dentro de los prismáticos, lanzarse con todas sus fuerzas hacia delante para atrapar una pelota. Su pelo, empapado, se le adhería a la espalda y a los costados, a toda la extensión de su piel taraceada de sal.

Los adolescentes jugaban a voleibol en círculo, alrededor de ella. Francesca, esbelta y en movimiento, en un único clamor de gritos y salpicaduras donde el agua era más baja. Pero Enrico no atendía al juego. Enrico estaba pensando en el bañador de su hija: Dios mío, si se le ve todo. Bañadores como ésos deberían estar prohibidos. Y si uno solo de esos jodidos bastardos se atreve a tocarla, me bajo a la playa con un garrote.

—Pero ¿qué estás haciendo?

Enrico se volvió hacia su mujer, que estaba observándolo de pie, en el centro de la cocina, con una expresión mortificada. Porque Rosa se mortificaba, se resecaba, viendo a su marido a las tres de la tarde con los prismáticos en la mano.

—Vigilo a mi hija, si no te importa.

Aguantar la mirada de esa mujer no siempre resultaba fácil, ni siquiera para él. Había una acusación constante, clavada en las pupilas de su esposa.

Enrico frunció la frente, tragó saliva:

—Vamos, es lo mínimo, digo yo...

—No seas ridículo —masculló ella.

Él miró a Rosa como se mira algo molesto, que nos hace enfurecer y nada más.

—¿Te parece ridículo echar una ojeada a mi hija, con los tiempos que corren? ¿Es que no ves con qué gente va a la playa? ¿Quiénes son esos tipos de ahí, eh?

A aquel hombre, cuando se le alteraba la bilis —y sucedía muy a menudo—, se le congestionaba la cara, se le hinchaban las venas, de una forma que daba miedo.

A sus veinte años, antes de dejarse crecer la barba y acumular todos esos kilos, no tenía tanta rabia. Era un chico muy guapo, recién contratado en la fábrica, que desde niño había ido esculpiéndose los músculos a fuerza de cavar la tierra. Se había vuelto un gigante en los campos de tomates, y después a paladas de carbón de coque. Un hombre como tantos, emigrado del campo a la ciudad con un zurrón en el hombro.

—Es que ni te das cuenta de que lo que está haciendo, a su edad... ¡Y fíjate cómo cojones va vestida!

Después, con los años, había cambiado. Día tras día, sin que nadie se diera cuenta. Aquel gigante que jamás había traspasado los límites de Val di Cornia, que no había visto ningún otro pedazo de Italia, era como si se hubiera congelado por dentro.

—¡Contesta! ¿Es que no ves cómo cojones va vestida tu hija?

Rosa se limitó a apretar con más fuerza el trapo con el que acababa de secar los platos. Rosa tenía treinta y tres años, las manos llenas de callos, y desde el mismo día de su boda había dejado de cuidarse. Su belleza de muchacha del sur se había diluido entre tanto detergente, en el perímetro de aquellos suelos fregados todos los días desde hacía quince años.

Su silencio era duro. Uno de esos silencios enquistados, de ataque.

—¿Quiénes son esos chicos, eh? ¿Los conoces?

—Son buenos chicos...

—¡Ah, de modo que los conoces! ¿Y por qué no me dices nada? ¿Por qué en esta casa nunca se me dice nada, eh? Francesca contigo sí que habla, ¿verdad? Sí, contigo se pasa horas y horas hablando...

Rosa arrojó el trapo sobre la mesa.

—Pregúntate la razón —resopló— de por qué no habla contigo.

Pero él ya no la escuchaba.

—¡A mí no se me dice nunca nada! ¡A mí no se me dice nunca nada, manda narices!

Rosa se inclinó sobre el barreño con el agua sucia. Algunas de las mujeres de su edad, en verano, seguían yendo a la discoteca. Ella no había pisado jamás una.

—¿Qué te crees que soy? ¿Un idiota? ¿Te parezco un idiota? ¡Pero si va por ahí hecha una puta! ¿Y cómo la estás criando tú, eh? ¡Felicidades! Pero cualquier día de éstos, voy y...

Ella levantó el barreño y lo vació en el fregadero de la terraza, con los ojos fijos en los grumos negros del remolino del desagüe. Habría querido verlo muerto, derrumbado por el suelo, agonizante.

—¡Os mando a tomar por culo, a ti y a ella! ¿Para eso trabajo yo? ¿Por ti? ¿Por esa puta?

Y pasar por encima de él con el coche, triturarlo sobre el asfalto, reducirlo a una papilla, al gusano que era.

También Francesca lo entendería. Matarlo. Si no lo hubiera amado, si me hubiera buscado un trabajo, si hace diez años me hubiera marchado de aquí.

Enrico le dio la espalda y asomó su cuerpo gigantesco sobre la barandilla, bajo el sol que a las tres de la tarde pesa como el acero y lo pisotea todo. La playa, al otro lado de la calle, estaba repleta de sombrillas y de gritos. Vaya muchedumbre, pensó. Y volvió a encender la colilla del puro que tenía entre los dedos. Dedos achaparrados, rojos y callosos. Los dedos de un obrero que no usa guantes, ni siquiera cuando debe medir la temperatura del arrabio.

A un lado estaba la playa, invadida por los adolescentes a aquella hora bestial. Al otro lado, el hocico plano de las colmenas populares. Y todas las persianas echadas a lo largo de la calle desierta. Los ciclomotores alineados en las aceras estaban aparcados de través, cada uno con su pegatina, con su letrero de rotulador: FRANCE, TE QUIERO.

El mar y los muros de aquellas colmenas, bajo el sol ardiente del mes de junio, parecían la vida y la muerte intercambiándose gritos. No había nada que hacer: Via Stalingrado, para quienes no vivían allí, vista desde fuera, era desoladora. Es más: era la miseria.

Un balcón más arriba, en el cuarto piso, otro hombre se asomaba por la barandilla oxidada y miraba hacia la playa.

Enrico y él eran las únicas figuras humanas asomadas.

El sol aturdía. Y el revoque se caía a pedazos.

El hombrecillo, con el torso desnudo, acababa de cerrar en aquel momento la lengüeta del móvil. Un enano, en comparación con el gigante de los prismáticos del tercer piso. Durante toda la llamada había estado gritando: no porque estuviera enfadado, sino porque aquél era su tono de voz. Había hablado de dinero, de cifras astronómicas, y no había apartado ni por un instante sus ojillos avispados de la playa, buscando algo que a aquella distancia, sin gafas, no podía encontrar.

—Un día de éstos me bajo yo también a la playa. ¿Quién me lo prohíbe? Al fin y al cabo, me han despedido —rió para sí mismo, en voz alta.

Desde el interior de la casa se oyó un grito.

—¿Quéeee?

—¡Nada! —contestó él, tras acordarse de que tenía mujer.

Sandra apareció en la terraza con la fregona chorreando amoníaco.

—¡Artu! —gritó blandiendo la fregona—. ¿Qué pasa, es que te has vuelto loco?

—¡Pero si estaba bromeando! —hizo un gesto con la mano.

—Pues no tiene ninguna gracia. En estos momentos, que tenemos que pagar el lavavajillas, los plazos de la radio del coche de tu hijo... ¡Más de un millón de liras por una radio! Nada menos, y a este que le da por hacer bromas...

No era una broma. Le habían pillado de verdad en la planta robando bidones de gasóleo.

—Apártate, vamos. Que tengo que pasar la fregona.

Desde que le contrataron, Arturo mangaba el gasóleo al señor Lucchini, sin más, para llenar el depósito y vendérselo a los campesinos. Durante tres años nadie se había dado cuenta. Y ahora, su puta madre...

—Te he dicho que te apartes, este suelo está hecho una pena.

Se quitó de en medio silbando. Entró en la cocina. Era un hombrecillo alegre, expansivo; tenía un montón de amigos. Iban a despedirlo, estaba lleno de deudas y él silbaba.

Cogió un níspero del cesto de encima de la mesa, le dio un mordisco distraído. Fructificaban en su cabeza negocios increíbles: de esos de estrés cero y todo ganancias.

—Deja de limpiar de una vez. ¡Siempre estás limpiando!

—Vaya... ¿Por qué? ¿Es que vas a limpiar tú?

Arturo había conocido, esporádicamente, las fatigas del trabajo, esas que su mujer probaba con rigor desde los dieciséis años de edad y que, por ejemplo, les habían permitido pagar todos los meses el alquiler y criar a dos hijos. Había sido, en orden cronológico: carterista, obrero en varias fábricas: Lucchini, Dalmine, Magona d’Italia, y después jefe de sección otra vez en Lucchini. Nacido en Procida, a los diecinueve años emigró a Piombino para entrar en la fábrica, una nueva existencia, legal por fin, honrada. Consideraba a los inscritos en el sindicato como unos pringados. Una sola certeza en la vida: que trabajar cansa.

—¿Y Anna? ¿Está en la playa?

—Sí, con Francesca.

—¿Y Alessio?

Sí, mañana ganaría al póquer y después, con el dinero que se embolsara, haría sus negocios. Lo presentía. ¿Cómo suele decirse? Es el destino. Y a Sandra, con los negocios, le compraría un diamante, un... ¿Cómo se llama? Un De Beers..., uno de esos que son «para siempre».

—Supongo que estará también en la playa.

—Tengo que hablar seriamente con tu hijo. Quiere comprarse a toda costa un Golf GT... ¿Para qué le hace falta un Golf GT?

Sandra levantó la cabeza del suelo ya seco, y se quedó así, bajo la luz, sudando durante unos instantes.

—Déjale que diga lo que quiera. Total, no tiene dinero.

Entró otra vez en casa y se sentó en la mesa de la cocina. Se puso a observar atentamente a su marido: en todos esos años no había cambiado. «A partir de mañana...» decía siempre, y ella se lo tragaba una y otra vez.

—Tu hijo vota a Forza Italia —dijo Sandra fingiendo que sonreía—. Quiere un cochazo, no la justicia social. Quiere aparentar, darse pisto... Pero además, ¡mira quién habla, si tú tienes un coche de cincuenta millones de liras! A propósito, ¿has pagado el impuesto de circulación?

—¿El impuesto de circulación?

La fingida sonrisa se le borró inmediatamente del rostro:

—Antes de pensar en el dinero de tu hijo, piensa en no jugarte el tuyo.

—Ya estamos...

Arturo hinchó las mejillas y resopló como un toro.

—Sí, exacto: ya estamos —Sandra se puso de pie de un salto y empezó a agitar los brazos en el bochorno remansado de la cocina—. ¡Pobre de él, que le dan tanto la coña! A mí no me tomas el pelo. ¿Adónde ha ido a parar tu último sueldo?

—¡Sandra!

—¡Si ni siquiera ha entrado en el banco! Te lo has jugado, ¡venga, dilo! Antes incluso de meterlo en el banco, él se lo ha jugado... ¿Es que me has visto cara de idiota o qué?

Se golpeó con el dedo índice en la frente sudada, con los rizos enrollados en los rulos y las cejas mal depiladas.

Arturo abrió los brazos.

—Venga, dame un beso...

Eso era lo que hacía siempre aquel hombre. Cuando ya no sabía a lo que agarrarse, se volvía afectuoso.

Los dos desaparecieron en el vientre de la casa.

Ahora también la persiana del matrimonio Sorrentino estaba echada como las demás del edificio (todas excepto una). Al bajar, se había enganchado a la mitad.

—¡A ver cuándo arreglas la persiana, Artu!

Silencio. Después se oyó correr el agua del grifo en el baño, el ruido de una hoja de afeitar al borde del lavabo. Y Arturo empezó a cantar. Su preferida: Maracaibo, mare forza nove, fuggire sì, ma dove? Za-zà[1].

A las tres de la tarde, en junio, los ancianos y los niños se metían en la cama. Fuera, la luz lo abrasaba todo. Las amas de casa, los jubilados en chándal de acetato que han sobrevivido a los altos hornos, inclinaban la cabeza, asfixiados delante del televisor.

Después de comer, las fachadas de aquellas colmenas todas iguales, unas pegadas a las otras, se parecían a las paredes de los nichos apilados en un cementerio. Mujeres con las pantorrillas hinchadas y las nalgas oscilantes bajo las batas bajaban al patio y se sentaban a la sombra en torno a mesas de plástico. Jugaban a las cartas. Agitaban furiosamente los abanicos y por lo general hablaban de minucias.

Los maridos, si no estaban en el trabajo, no asomaban la nariz fuera de casa. Desganados, sin camiseta, se quedaban en el salón chorreando sudor, cambiando de canal con el mando a distancia. Ni siquiera escuchaban a esos gilipollas de la televisión. Se limitaban a mirar a las azafatas, a esas furcias que eran justamente lo contrario de sus mujeres.

El próximo año pongo el aire acondicionado, por lo menos en el salón. Si mañana no me pagan las horas extraordinarias, te juro que voy a cabrearme.

Arturo se afeitaba la barbilla y cantaba una cancioncilla de su infancia, cuando la política de viviendas populares construyó las colmenas delante de la playa para los obreros de las acererías. También los obreros metalúrgicos, según las ideas de la junta municipal comunista, tienen derecho a casas con vistas. Con vistas al mar, no a la fábrica.

Cuarenta años después, todo había cambiado: los precios estaban en euros, la televisión era de pago, los navegadores eran satelitales y ya no existían ni la Democracia Cristiana ni el Partido Comunista. La vida era muy distinta ahora, en 2001. Pero seguían en pie las colmenas, la planta siderúrgica y el mar también.

La playa de Via Stalingrado, a esas horas, estaba atiborrada de chicos vociferantes, neveras portátiles, sombrillas amontonadas unas sobre otras. Anna y Francesca tomaban carrerilla en la arena, caían al agua con un grito victorioso, salpicando por todas partes. A su alrededor, enjambres de adolescentes se lanzaban con todos sus músculos tensos hacia un frisbee o una pelota de tenis.

Muchos decían que aquella playa era espantosa porque no había instalaciones, la arena se mezclaba con la herrumbre y las inmundicias, por en medio pasaban los desagües y sólo iban allí los delincuentes y los pobres diablos de las casas populares.

Montones y montones de algas que nadie en el ayuntamiento daba orden de recoger.

Enfrente, a cuatro kilómetros, las playas blancas de la isla de Elba relucían como un paraíso imposible. El reino virgen de los milaneses, de los alemanes, esos turistas satinados con sus Cayenne negros y sus gafas de sol. Pero para los adolescentes que vivían en las colmenas, para los don nadie que chorreaban sudor y sangre en las acererías, la playa de delante de casa era ya el paraíso. El único realmente real.

Cuando el sol derretía el asfalto, el bochorno apestaba y las toses que expulsaban las chimeneas de la Lucchini se remansaban sobre las cabezas, la gente de Via Stalingrado se iba descalza a la playa. No tenían más que cruzar la calle y se tiraban al mar dándose un tripazo.

A Anna y Francesca nadie las veía salir nunca del agua. Causaba impresión verlas nadar en paralelo hasta la última boya. Algún día llegarían hasta la isla de Elba —a nado, decían— y no regresarían jamás.

Los veinteañeros, antes de bañarse, se reunían en el bar en amplios corrillos. Se movían en pandillas, y la pandilla se coagulaba por lo general en torno a algo elemental: el número del portal, el grado de violencia de la actividad laboral, la calidad de las sustancias estupefacientes y, por último, la afición a un equipo de fútbol.

Ellos no se desvivían por tirarse al agua como los de trece años. Antes un vermú, un pitillo, una partida de póquer. Tenían pectorales y abdominales, o bien enormes barrigas desbordantes. Eran como divinidades olímpicas. Y mientras sus hermanitos caían en delirio ante un tubo de escape trucado, ante la discoteca en la que no podían entrar, ellos ejercían de amos con sus voces y con sus golpes, sus bólidos dotados de alerones que el sábado por la noche —con las ventanillas bajadas y los codos fuera— rozaban los ciento noventa kilómetros por hora.

También las chicas zurraban. Zurraban sobre todo si lo que estaba en juego era un tío guapo al estilo de Alessio. El verano era la ocasión, la pasarela entre las casetas con el pelo suelto. Para quien podía permitírselo, para quien tenía la edad y el cuerpo para hacerlo. Para hacer el amor en la caseta oscura. Sin pensárselo, sin preservativo, y la que se quedaba embarazada, y él lo aceptaba, había ganado.

«Ya nos falta poco», se susurraban una a la otra Francesca y Anna. Cuando una chica mayor llegaba a la playa montada en un flamante escúter, la desarzonaban con la imaginación y se ponían a horcajadas en su lugar. «Nos falta poco», cuando el sábado por la noche las demás salían con purpurina en las mejillas, carmín en los labios y tacones altos, y ellas se quedaban en casa probándose ropa con la música a todo volumen.

El mundo aún tenía que llegar. El mundo llega a los catorce años.

Se lanzaban contra la cresta de la ola, juntas, si pasaba algún trasbordador y la piel del mar se encrespaba de verdad. De ellas ya hacía un par de años que se hablaba, en el bar, en las mesas de los chicos mayores: se decía que no estaban nada mal. Espera a que crezcan y ya verás.

Anna y Francesca, trece años, catorce casi. La morena y la rubia. Allí en medio de todos esos chicos, esos ojos, esos cuerpos, que en el agua retrocedían al estado indiferenciado, de cuerpo mudo y entusiasta. Jugaban a robar el balón, justo cuando un muchacho estaba a punto de lanzar a portería. Una portería hecha con dos palos de madera hincados en la arena. Y un patadón que quiere afirmar el gol.

Corrían entre la multitud, se volvían a mirarse, se cogían de la mano. Sabían que la naturaleza estaba de su parte, sabían que era una fuerza. Porque en ciertos ambientes, para una chica sólo cuenta la belleza. Y si eres una pringada, lo tuyo no es vida. Si los chicos no escriben en los pilares del patio tu nombre y no te dejan mensajitos por debajo de la puerta, no eres nadie. A los trece sólo quieres morirte.

Anna y Francesca salpicaban sonrisas aquí y allá. Nino, que las llevaba a hombros, sentía el calor de su sexo en la nuca. Massimo, antes de lanzarlas al agua, las asediaba con cosquillas y mordiscos. Delante de todos. Y ellas dejaban que el primero que pasaba les hiciera de todo, sin el menor escrúpulo, sin la menor consciencia. Porque sí, con el mundo al alcance de la mano, a despecho de quienes se quedaban mirando.

Pero no eran las únicas que sentían determinadas cosas nuevas en el cuerpo. También a las pringadas, a las feúchas como Lisa, acurrucada en su toalla, les hubiera gustado revolcarse sobre la arena delante de todos y correr sin aliento hasta el agua.

En la carrera de Anna y Francesca, que chocaban contra brazos, sonrisas y pelotas de tenis, con la parte de arriba del bikini medio suelta, había un desafío. Y quienes las miraban les envidiaban ese pecho, ese culo, la sonrisa impúdica de quien dice: yo existo.

La arena se mezclaba en el agua baja con las algas, se convertía en una papilla. Corrían, la morena y la rubia, por el mar. Se sentían horadadas por los ojos masculinos. Era eso lo que querían, que las mirasen. No había un porqué preciso. Estaban jugando, se veía, pero iban en serio también.

La morena y la rubia. Ellas dos, siempre y sólo ellas dos. Cuando salían del agua iban cogidas de la mano como si fueran novios. Y en el servicio del bar entraban juntas. Desfilaban arriba y abajo por la playa, volviéndose primero una y después la otra, cuando recibían algún piropo. Hacían que te pesase, esa belleza que tenían. La usaban con violencia. Y si Anna, de vez en cuando, te saludaba aunque fueras una pringada, Francesca no saludaba nunca, no sonreía nunca. Excepto a Anna.

El verano de 2001 nadie podrá olvidarlo. Hasta el derrumbe de las torres fue, en el fondo, para Anna y Francesca, parte del orgasmo que experimentaban al descubrir que su cuerpo estaba cambiando.

A esas alturas, una sola persiana seguía levantada. Un solo hombre sudaba asomado al balcón con unos prismáticos en las manos.

Enrico se obstinaba en buscar la cabeza rubia de su hija entre las olas, en medio de los cuerpos de los demás adolescentes que jugaban al voleibol, al fútbol, a las palas. En aquel revoltijo de brazos, senos y piernas, aislaba el torso de Francesca en el interior de la lente, lo enfocaba, fijaba en un estado de alerta animal sus movimientos en contacto con el mar.

La espalda de Francesca, cubierta de cabellos rubios empapados de agua. Su trasero redondo: algo que no debería verse, que nadie debería ver nunca. En cambio, Enrico lo miraba, chorreando sudor. Aquel cuerpo esbelto y perfecto que su hija se había sacado de la manga, de la noche al día, a la vista de todos.

2.

En lugar del casco llevaba una gorra lisa de los Chicago Bulls, con dos tachones en los lados de la visera.

Le acababa de meter un puñetazo a ese mamón. Se había soltado los tirantes del mono a propósito para darle a su derecha mayor libertad. La carga en suspensión, enganchada en el gigantesco cabrestante de la grúa de puente, se balanceaba en el bochorno como un péndulo. Su bíceps seguía en tensión. Como todo su rostro sucio de hierro fundido.

—¡Repite eso que has dicho! —gritó Alessio por encima del estruendo—. ¡Repítelo, coño!

El chaval se tocó la magulladura que le había quedado impresa en la cara.

—¿Ves esto de aquí? —golpeó con la mano en el dorso áspero de un caldero de dieciséis toneladas.

No tenía ni dieciséis años, el chaval.

—¿Qué has dicho que hace mi hermana? —escupió un grumo de catarro—. La próxima vez que te atrevas... ¿Ves esto bien? —y señaló de nuevo el caldero—: Aquí dentro te meto y te ahogo.

Mil quinientos treinta y ocho grados, ésa es la temperatura a la que se funde la aleación. El acero no existe en la naturaleza. No es una sustancia elemental. La secreción de miles de brazos humanos, contadores eléctricos, brazos mecánicos y a veces el pelaje de un gato que acaba metido ahí dentro.

El chico bajó la mirada. Estaba recién contratado, le acababan de salir una decena de pelos en la barbilla. Todos lo miraban, los compañeros, contentos por la refriega.

—Te meto dentro y te ahogo —repitió Alessio rechinando los dientes. Después se encendió un cigarrillo.

Un hombre anciano, uno de mantenimiento, se encaramó a la grúa de puente para comprobar los cables e insultó a Alessio, que había dejado el caldero colgando sin ninguna precaución. Otro hombre dio la vuelta a la página del calendario Maxim, que se había quedado en mayo. Sustituyó una morena en tanga vuelta de espaldas por las tetas enormes de una rubia a horcajadas sobre una moto.

Alessio se quitó la camiseta empapada de sudor. Nadie, ni su mejor amigo siquiera, podía atreverse a hablar de su hermana... La palabra pronunciada por el chaval se le volvió a la cabeza. Tuvo que tragar un bolo enorme de saliva y limadura de hierro, para permanecer en calma.

Estaban en el centro de una explanada de hierba seca, una estepa encajada entre las verguetas y la torre negra del cuarto alto horno. Alessio tiró la colilla al suelo, la aplastó de inmediato con el pie: cualquier cosa prendería fuego a las dos de la tarde. Apagó el teclado que gobernaba el sistema de pesos y contrapesos en la grúa de puente de doce metros de alto y veinticuatro de ancho. Un zoo entero: en el cielo descollaban torres almenadas, grúas de todo género y especie. Animales oxidados de cabezas cornudas.

—¡Cornudo! —le gritó el de mantenimiento.

Alessio había bloqueado los cables de repente y casi le secciona un pie.

El légamo denso y negro del metal fundido bullía en los calderos, toneles panzudos transportados por trenes torpedo. Cisternas dotadas de ruedas que se parecían a criaturas primordiales. Alessio acababa su turno, se echaba encima una botella entera de agua.

El metal estaba por todas partes en su estado naciente. Ininterrumpidas cascadas de acero y arrabio reluciente y luz viscosa. Torrentes, rápidos, estuarios de metal fundido siguiendo los terraplenes de las coladas y en las cuencas de los barriles, trasvasado a los canales, vertido en los moldes de los hornos y de los trenes.

Si levantabas la mirada, veías vapores grasientos y sonidos robóticos amalgamarse. A cualquier hora del día y de la noche la materia era transformada. Llegaban minerales y carbones del mar, atracaban en el puerto industrial en gigantescos barcos mercantes: carburante transportado en cintas elevadoras, pasos elevados y autopistas aéreas que corrían y recorrían los kilómetros infinitos que separan el muelle de la coquería y los altos hornos. Sentías cómo la sangre te circulaba a un ritmo enloquecido, allá en medio, desde las arterias a los vasos capilares, y los músculos te aumentaban en pequeñas fracturas: retrocedías al estado animal.

Alessio, pequeño y vivo en aquel desmesurado organismo.

Echó un vistazo a la rubia del calendario Maxim. Perenne deseo de follar, allí dentro. La reacción del cuerpo humano en el cuerpo titánico de la industria: que no es una fábrica, sino la materia que cambia de forma.

Tiene un nombre y una fórmula: Fe26C6. La fecundación asistida tenía lugar en una ampolla tan alta como un rascacielos, la urna herrumbrosa de Afo 4, que tiene centenares de brazos y tripas, y un tricornio en lugar de cabeza. Pero no es suficiente. Hacían falta otras tripas: los convertidores, las laminadoras, docenas de sacas calientes y vertiginosas, las tubas, los folículos gaseosos de rigor.

Se encaminó semidesnudo hacia la salida sur, el chico rubio que, después de ocho horas de grúa de puente, se inyectaba otras dos de pugilato, y el martes, el viernes y el sábado, a la discoteca. Pensaba en Anna, su hermana. En que ella y su amiga Francesca se estaban pasando: con el carmín, con el bikini transparente, las tardes a escondidas con los chicos... No quedaba más remedio que estar detrás de ellas, o mejor, echarles el freno.

Cruzó a pie el parque de verguetas: murallas de barras de acero, y él, en comparación, era un enano. Nadie lo sabía fuera, pero dentro había casetas y áreas de servicio, desvíos, plazas y cruces. Alessio cruzó un par de vías sin preocuparse por los trenes torpedo que aparecían cada cuarto de hora. Saludó a los camioneros en fila bajo la canícula, con las ventanillas bajadas y las piernas extendidas sobre el salpicadero. Estaban esperando para cargar las barras, los blooms, los tochos. Después se dirigirían a todas las ciudades de Europa, con remolques parecidos a elefantes y el Jesucristo luminoso, verde o fucsia, bien a la vista en la cabina.

Le dio una patada al cadáver putrefacto de un ratón. Llegó hasta el paseo secundario, donde a Cristiano le gustaba echar carreras con los buldóceres.

Sentía como una presión en la nuca, la de la torre negra de Afo 4, la gigantesca araña que digiere, mezcla, eructa. Sentía cómo se cernían sobre su cabeza las chimeneas semiderruidas y las que aún seguían vivas, resoplando fuego como dragones. Florescencias azuladas, nubes tóxicas en cantidad suficiente para apestar no sólo Val di Cornia sino la Toscana entera.

Se dejaba a sus espaldas el corazón: el gasómetro que, de explotar, haría saltar por los aires todo Piombino, los esqueletos póstumos de los tres altos hornos aún no desmantelados, y más abajo, al fondo, la coquería donde se trabajaba a base de brazos y palas, como en el siglo XIX.

No había cielo. Había una pajarera. Las llamas violetas de los hornos, los brazos de las grúas, las toneladas de los metales embragados en los ganchos de los polispastos. La serie interminable de las naves, de los talleres, de los búnkeres. Es una obsesión autosuficiente. Las chimeneas, las activas y las apagadas. Sobre su cabeza crepitaban constantes llamas violetas, rojas, negras. Giraban los brazos de las grúas, amarillas, verdes, toneladas de metal remolineaban como pájaros, nubes amarillas de carbono, negras por las bocas de las chimeneas. Se llama ciclo continuo integral.

Alessio pisoteaba ortigas y restos de ladrillos refractarios. El metal saturaba el terreno y su piel.

Llegaban más camioneros, más vehículos. Una lombriz enorme de cabinas y remolques a la espera y, como era habitual, algo que no funcionaba. El tiempo se alargaba, se licuaba. Apagaban los motores.

Si cuentas las grietas del sistema, no te bastan los dedos de las manos ni de los pies.

Alessio caminaba a buen paso, quemaba líquidos y kilómetros en la canícula de la ciudad paralela. Millones de émbolos en los motores de excitación en serie —sí, la excitación y la serie— se movían en sincronía a un ritmo vertiginoso, el movimiento elemental de la máquina que es igual a la vida. A veces, para resistir el hastío o el miedo, tenías que sentarte en un rincón y desabrocharte la bragueta.

Alessio estaba nervioso y pensaba en su hermana, en lo acojonante que era el Golf GT. Si había algo que realmente no podía soportar eran esos babosos pringados de izquierdas. Los de todos los partidos no eran más que unos fantasmones comunistas: cuántos aires se daban, menudos rollos con esas grandes palabras que te soltaban. En las generales del 13 de mayo, él había votado a Forza Italia. Estaba convencido: las palabras no sirven de nada.

Había letreros torcidos en las desviaciones. Los obreros los desviaban a propósito para tomar el pelo a los camioneros y a los controladores. Lo hizo él también una vez, con Cristiano: habían mandado a los visitantes al parque de carriles en vez de al parque de tochos. Una de las muchas diversiones de ese parque de atracciones herrumbroso, medio desmantelado ahora, pero donde hacía treinta años trabajaban treinta mil personas, con el mercado en plena expansión, Occidente que reproduce el mundo y lo exporta.

Ahora sólo quedaban dos mil, incluida la gente de las subcontratas. Los dueños se la estaban llevando al Este. Algunas ramas de la fábrica morían, chimeneas y naves industriales que saltaban por los aires con TNT. Se estaba yendo todo a tomar por culo. Pero ellos, obreros de la séptima generación, se entretenían montando en las excavadoras como si fueran toros, con las radios portátiles a lo bestia y una anfetamina disuelta bajo la lengua.

Se adapta uno a todo. Y quienes mejor se adaptan son los gatos. Los había a centenares, en los sótanos de debajo del comedor, todos enfermos, todos blancos y negros a fuerza de cruzarse siempre entre ellos.

Alessio atravesaba las desoladas landas de las últimas naves industriales, hacia el final del ciclo productivo. Cuando llegabas a plasmar una rodada, el espacio se extendía: empezaban los cañizales, las marismas y tú podías soltar un suspiro de alivio.

Yo no voto a esos pringados, me niego. Por la bolera no quiero ni verlos. Los comunistas son una mierda de tíos.

Alessio fichaba, saludaba a la mujer que se marchitaba en la garita, se deslizaba fuera.

Allí fuera estaba el mar.

En el cambio de turno, un enjambre de obreros se desperdigaba por el aparcamiento. Antes de montar en el coche, un Peugeot con dos alerones laterales y uno posterior, Alessio se detuvo un instante a mirarlo. El alto horno. Llamadlo por su nombre: Afo 4. Deformadlo en UFO, como hace todo el mundo. El objeto no identificado. Aunque a su alrededor estalle una guerra mundial (ocurrió de verdad en el 44, con la fábrica invadida por los nazis), él sigue allí, imperturbable y laborioso. Y una sonrisa te la arranca siempre, de miedo y de estupor. Como ahora sonreía Alessio, mientras lo miraba.

Su larga trompa aspiracarbón, los testículos donde se cuece el acero, su hocico de tricornio, su esqueleto poderoso de catedral brutal en sus albores. El comienzo. Igual que estaba comenzando el cuerpo rosa y lanoso de su hermana a desarrollar los senos, las caderas, a atraer. La pelusa rubia de la ingle, bajo las axilas. Su olor animal, cuando volvía de la playa y se quitaba el bikini para darse una ducha.

No podía creer que Anna se metiera ya en las casetas con los chicos. Y quién sabe qué narices hacían.

3.

Era un juego, y no era un juego.

Sobre el lavabo, en el espejo manchado de pasta de dientes, la rubia y la morena se reflejan en su versión más descarada. Están inmóviles y ansiosas. El labio fingidamente ceñudo, el pelo suelto. Hay un pequeño lector portátil en equilibrio sobre la lavadora, con el volumen a tope. Vomita un viejo CD de Alessio de los años noventa.

Anna y Francesca, cuando no hay nadie en casa de Anna.

Los dos cuerpos vibran como el sonido, junto al sonido. Aguardan el arranque de la canción para lanzarse.

La ventana está abierta. Se han encerrado con llave en el baño. Lo hacen todos los lunes por la mañana, en verano, cuando ya no hay colegio y todo el mundo está trabajando. Levantan la persiana, apartan la cortina. Se quedan semidesnudas en el centro del cuarto. Y en el edificio de enfrente sólo quedan en casa los jubilados y los que se tocan el nabo.

Se han maquillado, exageradamente. El carmín corrido fuera de sus límites, el rímel goteando a causa del calor y formando grumos en las pestañas, pero a ellas no les importa. Éste es su pequeño carnaval privado, una provocación que lanzan fuera de la ventana. En el fondo, saben que puede haber alguien que las espíe y se desabroche los pantalones.

En cuanto la voz de la cantante arranca, Anna y Francesca, descalzas, se contonean ferozmente. Improvisan coreografías al estilo de Britney Spears. Y les sale de miedo, a juzgar por los ojos que se clavan en ellas desde las casas de enfrente.

The summer is magic, is magic. Oh, oh, oh... The summer is magic...

Anna, en el r ...