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¿DE QUIéN TE ESCONDES?

Charlotte Link

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Fragmento

 

Gousainville, Francia

Lunes, 7 de diciembre

Necesitó tan solo unos segundos para abrir la puerta. Utilizó un alambre que había doblado tal y como años atrás le había enseñado Boris, su hermano mayor. En aquel entonces ella era una niña mientras que Boris era ya casi adulto; cualquiera que conociera sus peculiares aficiones habría apostado a que algún día sería un criminal: se entretenía forzando cerraduras y abriendo ventanas con una palanca, y llegó a adquirir mucha destreza. Sin embargo, acabó siendo un carpintero muy formal y jamás en la vida había infringido la ley.

Selina empujó la puerta y se coló rápidamente en la habitación; cerró tras de sí y se apoyó en ella un instante. Por el momento todo estaba saliendo según el plan, había logrado no hacer ruido. Sin embargo, sabía que podían descubrirla y que, si eso pasaba, estaría perdida. Si Igor y Sergei la pillaban intentando escapar, ya podía darse por muerta.

Sus ojos se acostumbraron a la penumbra. Había una farola en la calle, al otro lado de la valla del jardín, pero un árbol impedía el paso de la luz. Entre las sombras reconoció el contorno de los muebles: un escritorio, estanterías, un archivador. El despacho de Taisia. Ella era la peor. Igor y Sergei eran unos matones, pero esa mujer era la cabeza pensante; fría, despiadada y sin el menor escrúpulo. En esa casa mandaba ella. Y todos la obedecían.

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Selina había visto aquella estancia una vez, de pasada, aprovechando que la puerta se había quedado abierta unos minutos. Así fue como se dio cuenta de que allí, a diferencia de en el resto de la casa, las ventanas no tenían rejas. La puerta principal estaba reforzada con barrotes y habían desenroscado las manillas de todas las ventanas. Era imposible escapar, había demasiadas dificultades y suponía hacer mucho ruido. Eso frustraba cualquier plan de huida.

La única posibilidad de fugarse estaba en aquella habitación: el despacho de la jefa. Por lo visto no le gustaban las rejas ni las ventanas sin manillas, tal vez quisiera ventilar el despacho de vez en cuando. No obstante, siempre mantenía la puerta cerrada con llave. Y seguro que la llevaba siempre encima.

Taisia ya se había acostado y las demás chicas no se encontraban en la casa. Igor y Sergei jugaban a las cartas en la salita junto a la cocina. Selina sabía que tenían prohibido tomar alcohol, así que no podía esperar que se emborracharan y bajaran la guardia o perdieran reflejos. Estaban sobrios y en alerta como perros de caza. Si se les ocurría revisar su habitación…

Solo de pensarlo le entraron sudores. No podía permitirse pensar en eso: le temblarían las rodillas, caería presa del pánico y terminaría cometiendo algún error.

Aún tenía el alambre en la mano, así que se agachó y lo escondió debajo del archivador. Lo acabarían encontrando, pero daba igual que descubrieran cómo lo había hecho. Si lograba escapar, estaría ya muy lejos. El alambre lo había extraído de un corsé, descosiendo las costuras pacientemente con las uñas. A las chicas no se les permitía tener siquiera una lima de manicura, y mucho menos unas tijeras; cuando estaban en la casa debían entregar hasta las horquillas. Resultaba casi imposible hacerse con cualquier tipo de objeto.

Pero Selina lo había conseguido.

Porque era astuta. Y porque, además, contaba con ayuda.

Llevaba el móvil en el bolsillo de los vaqueros. Haber burlado todos los controles con éxito rozaba el milagro. En parte, aquel logro se debía a que, en el poco tiempo que llevaba en la casa, todavía no habían efectuado un registro de las habitaciones. Las otras chicas le habían contado que los hacían sin previo aviso y que lo dejaban todo patas arriba. Comprobaban cada grieta de la pared, cada recoveco, cada compartimento del armario. Pero lo peor de todo eran los cacheos, de los que Taisia se ocupaba personalmente. Selina se ponía mala solo de pensar en aquella repugnante mujer examinándole todas las cavidades del cuerpo. Aparte de que encontraría el teléfono, y no quería ni imaginarse las consecuencias que eso podía acarrear. Sin duda sería el final de su salvación. Por eso era crucial que aquella noche todo saliera bien. Sabía que era su única posibilidad. Debía conseguirlo ese día. No habría una segunda vez.

Finalmente se atrevió a avanzar por la habitación. Muy despacio, para no tropezar. No debía tirar, tocar ni mover nada, no debía desplazar ni una silla. De pronto cayó en la cuenta de que no sabía si la ventana estaba protegida con un sistema de alarma. El miedo la hizo detenerse y reflexionar. Como no había manera de comprobarlo, su única opción era correr el riesgo. O bien abortar la misión y regresar a su habitación. Pero retirarse la atemorizaba tanto como continuar. Había tenido la inmensa suerte de bajar los dos tramos de escalera y cruzar el pasillo de la planta baja sin que nadie la viera. Era casi imposible que volviera a lograrlo, pues Igor y Sergei hacían rondas aleatorias. Podía encontrárselos de frente en cualquier momento. En tal caso, que Dios se apiadara de ella.

Así que debía correr el riesgo de que sonara la alarma. A lo mejor conseguía salir y perderse a toda prisa entre las sombras. De pronto oyó un ruido extraño, pero enseguida reconoció que eran sus dientes que entrechocaban. No sabía que la expresión «castañetear los dientes» respondiera realmente a un reflejo físico. Estaba aterrorizada, pues era consciente de que aquello era una locura y de que la probabilidad de no sobrevivir a aquella noche era muy alta.

Rodeó la mesa. El portátil de Taisia reposaba cerrado sobre el escritorio. Se trataba de un modelo pequeño. Lo cogió sin pensárselo demasiado, era muy fácil llevárselo. Quién sabía lo que podía contener. Sin duda lo fundamental era huir, escapar de aquella locura, pero, oculto tras el más puro y genuino instinto de supervivencia, latía otro deseo: vengarse de aquella gente. Quizá algún día. De algún modo.

Cuando alcanzó la ventana, estaba sofocada. Desde que abrió la puerta hasta aquel instante habían transcurrido tres minutos escasos, pero tenía la sensación de haber realizado un trayecto eterno y extenuante. Estaba empapada en sudor y el jersey se le pegaba al cuerpo. Se sentía lúcida y electrizada, y a la vez agotada. Al borde del colapso. Y en ese momento no podía permitirse tener un colapso.

Alargó el brazo hasta la manilla de la ventana, la agarró y tiró de ella con cuidado. Esperaba que se disparara el estridente pitido de la alarma, pero todo permaneció en silencio. Giró la manilla.

Silencio total.

La ventana se abrió.

Un aire frío y húmedo invadió la habitación. Inspiró profundamente. ¿Cuánto llevaba sin salir y sin respirar otra cosa que el olor a cerrado de aquella vieja casa? A pesar de que en aquel suburbio industrial de la periferia de París no había más que unos pocos árboles y arbustos, sin apenas verde, Selina sintió la fragancia de la tierra, de las agujas de pino, de la madera. Las lágrimas inundaron sus ojos porque, durante unos segundos, la invadieron los recuerdos: los paseos con sus padres cuando era niña y, luego, también con su novio Sarko. Los domingos salían a dar largas caminatas con el perro del chico bajo las espesas ramas de los árboles. En los bosques el olor era idéntico al que percibía ahora.

¿Cómo había podido despreciar a Sarko y su tímido amor? ¿Cómo había podido rechazarlo sin pestañear?

«Nada de llantos —se amonestó—. ¡Ahora no!»

Trepó al alféizar de la ventana y miró hacia abajo. Pese a que se trataba de un bajo elevado, había poca altura. Eso sí, debía tener cuidado al caer para evitar torceduras, ya que todo dependía de la rapidez con que pudiera alejarse de allí. Por un instante pensó en dejar el ordenador, ya que podía complicarle el salto, pero al final decidió llevárselo.

Selina se dejó caer. Aunque aterrizó sobre tierra blanda, tuvo la impresión de hacer muchísimo ruido. Cualquiera en diez kilómetros a la redonda habría oído a una mujer saltando desde una ventana. Solo que en diez kilómetros a la redonda no había nadie salvo Igor, Sergei y Taisia. Ya no vivía nadie por allí. Había comercios vacíos, un taller de vehículos abandonado y un centro comercial a medio construir. Aparte de eso, nada. Desde los horribles atentados terroristas de noviembre, en París había una gran presencia policial y militar, al menos eso le habían contado. Pero allí no había ni rastro de la policía.

Igor y Sergei podían matarla en aquel jardín y nadie se enteraría.

No se oían ruidos en el interior de la casa. Aún no habían notado nada.

Atravesó el jardín corriendo y saltó la valla, que por fortuna no supuso un gran obstáculo. Se atrevió a mirar atrás: todo seguía a oscuras.

Debía de haber llovido, porque la calle estaba mojada. Negra como el carbón y brillante, bañada por la luz de las pocas farolas que aún funcionaban.

Había memorizado el camino: debía seguir recto y girar a la izquierda en el primer cruce. Después de unos doscientos metros llegaría a las obras abandonadas del centro comercial. Él la estaría esperando en el aparcamiento. Era lo acordado: alguien la recogería con un coche. Solo podía rezar para que fuera puntual, porque esa persona, y sobre todo ese automóvil, eran su única esperanza.

Echó a correr con todas sus fuerzas.

 

Hoy sé que mi madre empezó a beber muy pronto, aunque cuando realmente cayó en el alcoholismo fue cuando mi padre nos abandonó. En aquel entonces yo tenía siete años y no entendía bien las cosas pero, echando la vista atrás, diría que en ese momento todo se precipitó. A la hora de la cena siempre había una botella de vino en la mesa que, para cuando me acostaba, ya estaba vacía. Yo no tenía ni idea de qué era el alcohol, solo sabía que aquel líquido no olía bien y me extrañaba que a mi madre le gustara tanto. Después de cenar se sentaba frente al televisor con la botella y una copa, y enseguida se le cerraban los ojos. De vez en cuando se despertaba sobresaltada, se servía otra vez y seguía bebiendo. Antes no se quedaba dormida con tanta facilidad, por eso llegué a la conclusión de que el vino contenía algo que daba mucho sueño.

Ella nunca recogía la mesa, así que lo hacía yo. Con el tiempo cada vez tardaba menos porque no había gran cosa que retirar. Dejó de cocinar y apenas hacía la compra. A menudo solo cenábamos la media baguete seca que sobraba del desayuno con algo de queso. Y eso en los días buenos, porque a veces solo tomábamos pan con mantequilla.

Como almorzaba en la escuela, no me resultaba tan duro encontrarme por la noche con una cena tan modesta. Pero añoraba los tiempos pasados. Mi madre solía preparar platos maravillosos, ponía la mesa en el salón y encendía las velas, y mi padre volvía a casa del trabajo y se alegraba de vernos. Sobre todo a mí. En aquella época yo iba a la guardería y él siempre quería saber qué tal me había ido el día y qué cosas había hecho. Se sabía los nombres de los otros niños y, si le contaba que me había peleado con mi amiga Bernadette, al día siguiente me preguntaba si nos habíamos reconciliado.

Más adelante, en la escuela primaria, Bernadette y yo seguíamos siendo amigas y riñendo a diario. Pero mi madre nunca mostró el menor interés al respecto. Si yo sacaba el tema durante la cena, ella exclamaba: «Por Dios, Nathalie, ¡siempre igual! ¡Siempre igual! ¿Por qué no maduráis de una vez?».

Y después tomaba unos sorbos de Grand Marnier. Aquel licor pegajoso, dulce y fuerte se había convertido en su bebida predilecta. Al poco rato se le ponían los ojos vidriosos y se le nublaba la vista. Entonces me resultaba prácticamente imposible hablar con ella porque rechazaba cualquier tema que le planteara. Así aprendí que las cosas importantes debía decírselas al comienzo de la cena, cuando aún se podía tratar con ella. Por ejemplo, si necesitaba dinero para una excursión del colegio o para comprar un cuaderno nuevo; o si me tenía que firmar las notas.

Vivíamos en Metz, la capital de Lorena. Por su proximidad a la frontera con Alemania, muchos habitantes trabajaban allí y hablaban alemán. En segundo tuve que elegir una lengua extranjera y me decanté por ese idioma. Mi padre me animó. Fue poco antes de que nos abandonara.

Mis padres nunca se peleaban, o por lo menos yo no me enteraba; por eso su separación me pilló por sorpresa. Más tarde comprendí que las cosas iban mal desde hacía mucho tiempo y que yo era una ingenua porque no me había dado cuenta. Disfrutaba con las elegantes cenas que preparaba mi madre cada noche y me parecía lo más normal del mundo que se arreglara y se pusiera vestidos bonitos, medias finas y zapatos de tacón. Se maquillaba con esmero y se ponía perfume en el cuello. Yo envidiaba su ropa, aunque era ajena a la desesperación con que lucía sus mejores galas para atraer a un hombre que llevaba mucho tiempo sin interesarse por ella. Más adelante, cuando yo tenía trece o catorce años, me contó que él la había engañado cuando estaba embarazada, y que desde entonces no había dejado de hacerlo. Cuando hablaba del tema daba la impresión de que mi padre había tenido una aventura con cualquier mujer que pasara por su lado. Quizá ella le reprochaba cosas que no eran verdad, pero muchas de sus sospechas iban bien encaminadas. Él era encantador y muy guapo, y todo lo que me fascinaba, como sus atenciones, su seguridad, su buen humor y su amabilidad, encandilaba también a otras personas. Muy especialmente a las mujeres.

Mi padre era jefe de departamento en una empresa que fabricaba ropa interior. ¡Qué oportuno! Mi madre poseía la mejor lencería sin tener que gastar un céntimo, pero por desgracia no le servía para reconquistar a su marido.

Cuando su problema con la bebida empeoró, no me imaginé que su adicción la destruiría tanto a ella como a la relación que nos unía. Yo era una niñita triste que había perdido a su papá.

—¿Adónde se ha ido? —pregunté a mi madre con lágrimas en los ojos cuando me confesó que se había marchado y que ya no volvería.

Estaba pálida, con una copa en la mano. La rellenó por tercera vez con un generoso chorro de Grand Marnier y se la bebió de un trago.

—Ha elegido a la otra —respondió—. Por fin.

Parece ser que llevaba algún tiempo apartado de las aventuras esporádicas, pero a cambio se había producido una catástrofe mucho mayor: se había enamorado de otra mujer.

—¿Quién es? —quise saber.

—Una modelo de lencería —contestó, sirviéndose más—. De veinte años.

Yo tenía siete, y los veinte me parecían tan lejanos como los cuarenta o los cincuenta. No podía comprender por qué mi padre nos abandonaba a nosotras, a su familia, por aquella mujer.

—¿Vendrá a vernos?

—Dios mío, Nathalie, ¡vaya pregunta! —exclamó. Apuró la copa y tomó de nuevo la botella.

Aquella mañana de junio de 2002 mi madre avanzó a trompicones hasta la cama y se quedó inmediatamente dormida.

A mi padre no lo volví a ver. Se mudó a París con la modelo de lencería de veinte años. Nos enviaba dinero de manera regular.

Pero, al margen de eso, dejamos de existir para él.

 

Sofía, Bulgaria

Noviembre de 2015

I

Sofía era aún peor que Plovdiv, y eso que se suponía que el cambio iba a ser para mejor. Kiril creyó que allí encontraría un trabajo como el de su amigo Dano, que se había marchado un año antes. Dano siempre había sido el valiente, el atrevido; Kiril, en cambio, el inseguro e indeciso. Su amigo había conseguido enseguida un puesto en el aeropuerto y hablaba maravillas de la vida en Sofía:

—Aquí todo es muchísimo mejor. Hay miles de oportunidades. ¡No lo pienses más y vente de una vez!

Kiril tomó la decisión cuando la situación en Plovdiv se hizo insostenible. Cuando el cierre del pequeño vivero donde había trabajado durante años lo dejó en la calle. Cuando todos los intentos por encontrar otro trabajo fracasaron. Cuando los nueve meses de la prestación por desempleo se agotaron y el subsidio familiar apenas alcanzaba para mantenerlos a él, a su esposa Ivana y a sus cinco hijos. Cuando, después de tres meses sin pagar el alquiler, el casero amenazó con desahuciarlos.

Ivana se pasaba el día llorando.

—No quiero acabar en Stolipinovo, Kiril. Me da mucho miedo. ¡No pienso ir allí!

Stolipinovo era el barrio más pobre de la ciudad. Era el lugar con el que se amenazaba enviar a los niños que no estudiaban. Acabar allí suponía tocar fondo. Bloques soviéticos de color gris, decadentes, ruinosos. Viviendas húmedas, cochambrosas, heladas. Basura amontonada en la calle. Grupos de niños desaliñados de los que no se sabía si tenían un hogar al que volver o si llevaban tiempo viviendo en la calle. Perros famélicos, despeluchados y enfermos que deambulaban buscando desesperadamente algo de comida. Pestilencia. Mugre. Desolación.

A Stolipinovo no dejaban de llegar periodistas extranjeros. Tomaban fotografías, documentaban la miseria. Kiril se imaginaba cómo se estremecerían los ricos habitantes de Alemania, Francia o Inglaterra al observar aquellas instantáneas. Bulgaria, hogar de los pobres de Europa. Quien no lo creyera solo tenía que viajar hasta allí.

Tras el desahucio, Stolipinovo habría sido su siguiente parada y por eso Kiril decidió jugárselo todo a una carta: olvidó sus dudas y sus miedos, y se mudó a Sofía con la familia al completo. Si Dano lo había logrado, él también lo conseguiría. Su amigo le prestó algo de dinero y lo avaló, de ahí que les alquilasen una vivienda pese a no tener trabajo. Residían en lo alto de un bloque que a Kiril se le antojaba una torre de cajas de zapatos. Daba la sensación de que el edificio estaba torcido. Seguramente no lo estaba, pero lo parecía.

El piso era minúsculo: dos habitaciones para siete personas. Por la noche los niños dormían juntos en el dormitorio, mientras que Kiril e Ivana abrían el sofá cama del salón. Había además una cocina, pero era tan pequeña que no cabían todos al mismo tiempo y tenían que comer en dos turnos. Aunque tampoco era mucho lo que Ivana podía poner en la mesa…

Kiril se consolaba pensando que, en verano, los niños pasarían la mayor parte del tiempo en la calle y se haría más llevadero. En aquel momento, sin embargo, estaban a finales de noviembre y, pese a la falta de nieve, el frío arreciaba día tras día. Se avecinaba un invierno crudo y gélido que se prolongaría hasta bien entrado marzo.

Y él seguía sin trabajo.

En las últimas semanas había notado que la actitud de Dano ya no era tan amable. Aunque los había ayudado mucho, empezaba a perder la paciencia después de meses sin que la situación mejorara. Kiril se veía obligado a pedirle dinero constantemente, para el alquiler, para la comida… Los niños necesitaban con urgencia botas de invierno pero eso ni se atrevía a mencionárselo. Un día su amigo le comentó que ya le había prestado una suma elevada y que dudaba mucho que algún día pudiera devolvérsela.

—Y como comprenderás —añadió—, ¡todo no puedo perdonártelo!

—Lo sé —contestó consternado—, pero es que parece que estoy gafado. Me dejo la piel buscando trabajo y no me sale nada.

Se encontraban en un bar. Fuera era de noche, hacía frío y soplaba el viento; dentro hacía muchísimo calor y había demasiada gente. Olía a tabaco, a sudor, a alcohol. La clientela entraba y salía, y cuando el aire gélido se colaba por la puerta Kiril respiraba agradecido. Le dolía la cabeza, llevaba sin probar bocado desde el desayuno. La noche anterior no había pegado ojo porque Ivana se pasó horas llorando. Solo se le ocurrió una cosa para consolarla: «Volveré a hablar con Dano. Quizá nos ayude».

Por eso estaba allí sentado. Cuando se presentó en casa de su amigo este propuso salir a tomar algo. Por supuesto Kiril vaciló, pero Dano insistió: «Yo pago la cerveza, ¡vamos!».

Ya al segundo trago se sintió mareado. Necesitaba meterse algo en el estómago, pero no se atrevió a pedir nada. En la mesa de al lado había un hombre tomando un guiso cuyo aroma casi hizo que se le saltaran las lágrimas.

Se desmayaba de hambre.

—Mira, Dano, sé que ya nos has ayudado mucho, pero es que ahora mismo… estamos en las últimas. No puedo pagar el alquiler de noviembre, casi no tengo ni para comer. Ivana llora sin parar. Los niños rebañan el plato y ponen cara de pena pero no podemos darles nada más. Están siempre malos porque andan por la calle sin ropa de abrigo. No sé qué será de nosotros si nos cortan la calefacción, estoy desesperado. Hemos tocado fondo. He tocado fondo.

Se le saltaron las lágrimas y se las secó con un gesto de impotencia casi infantil. No llorar, sobre todo no llorar. Intuía que las lágrimas, en lugar de ablandar a Dano, lo crisparían aún más.

—Tienes demasiados hijos —sentenció su amigo.

Kiril asintió con humildad, aunque pensó que aquel comentario era injusto y del todo innecesario.

—Durante años tuve mi trabajo en el vivero. Sabe Dios que no me pagaban mucho, pero al final siempre me las apañaba. Incluso con cinco hijos.

—Ya, pero no puedes traer al mundo un niño tras otro confiando en que siempre ganarás lo bastante para mantenerlos a todos —repuso Dano—. Y del subsidio familiar mejor no hablamos. ¡Con eso no tienes ni para empezar!

Él no tenía esposa ni hijos, por lo que su vida era mucho más fácil.

«Aunque también más inestable y solitaria», pensó Kiril, sin decirlo.

—Pero no puedo librarme de mis hijos —dijo con una risa nerviosa, consciente de que la idea era un auténtico disparate.

Dano exhaló un suspiro, le dio un trago a la cerveza, posó el vaso en la mesa y clavó la mirada en su amigo.

—Esto no puede seguir así, Kiril. No puedo ayudarte más. Llevo meses manteniendo a una familia de siete miembros y no veo que esto vaya a cambiar. Algo así acaba destruyendo las mejores amistades, lo sabes de sobra.

—Solo tenemos que pasar el invierno. En invierno es mucho más difícil encontrar trabajo. Ya en primavera…

—Venga, hombre, ¡no te engañes! ¿Cuándo vinisteis a Sofía? ¡En abril! En plena primavera. Y no encontraste nada. Y en verano tampoco. Ahora que estamos en otoño, ¿de verdad crees que la próxima primavera va a ser todo distinto? Joder, Kiril, ¡no seas tan ingenuo!

—Tú me convenciste para que viniera a Sofía. Me dijiste que…

—¿Ahora me vas a echar la culpa a mí? ¿Después de todo lo que he hecho por vosotros? A lo mejor ya no te acuerdas de cómo estabais en Plovdiv, allí no teníais futuro. Sofía era una buena oportunidad, sí, pero nada más. ¡No es culpa mía que no sepas aprovechar las oportunidades!

—Hago todo lo que puedo. Yo…

—Mira, el otro día un compañero de trabajo me habló de un negocio interesante —lo interrumpió—. Interesante de verdad. El tío se embolsó miles de euros en un santiamén. Y fíjate que he dicho euros, no leva.

Kiril se quedó mirándolo embobado. El salario medio en Bulgaria era de unos trescientos euros al mes. Aquel «miles de euros» le parecía sacado de un cuento de hadas. De un cuento turbio. Porque no era posible ganar tanto dinero de manera legal.

Su amigo bajó la voz aunque fuera innecesario. El ruido era tan ensordecedor que costaba trabajo escuchar las propias palabras, por lo que resultaba del todo imposible oír la conversación de una mesa vecina.

—Dales una oportunidad a tus hijos —susurró Dano—. Dásela al menos a uno.

Kiril no tenía ni idea de a qué se estaba refiriendo.

II

La mujer se llamaba Viara y su aspecto, lejos de resultar antipático, inspiraba confianza y respeto. Tenía una voz agradable y un rostro inteligente y bonito. Llevaba un elegante traje gris azulado que parecía adquirido en una boutique; lo que estaba claro es que no provenía de los grandes almacenes en los que Ivana había comprado ropa. Tenía buenos modales: al entrar en el piso se quitó las botas mojadas y sacó del bolso, como por arte de magia, unos zapatos de ante que combinaban con el traje y con los que calzó sus delicados pies. Sentada en el desfondado sofá del salón en el que cada noche dormían Kiril e Ivana, sujetaba con ambas manos la taza de café que le habían ofrecido. La usaba para calentarse. La habitación estaba helada.

Fue el compañero de trabajo de Dano quien les habló de Viara. Durante días Kiril vivió en conflicto consigo mismo y con Ivana antes de concertar el encuentro. Diciembre estaba a la vuelta de la esquina y, aunque no nevaba, el aire era húmedo y muy frío. El casero les había enviado un aviso y les había cortado la calefacción por los retrasos en el pago del alquiler.

Su situación no podía ser más desesperada.

—Bien, hablemos de su hija Ninka —comenzó la mujer—. Me han dicho que tiene diecisiete años.

—Correcto —confirmó Kiril.

Ivana no dijo nada. Tenía los ojos clavados con tanta intensidad en aquella desconocida que parecía querer adentrarse en su mente para captar cada uno de sus pensamientos e impresiones.

—¿Podrían presentármela? —pidió Viara.

Kiril se levantó y se dirigió a la habitación contigua. Volvió con Ninka, que estaba esperando allí. Se había acicalado como mejor supo: llevaba un vestido negro de algodón, algo gastado pero muy ceñido, decorado con encaje blanco en el cuello y los puños; se había puesto unas medias color carne y unas bailarinas marrones que, además de desentonar, tenían las puntas rozadas. Su melena rubia, recién lavada, le llegaba casi hasta la cintura. Observaba a la desconocida con unos ojos azul oscuro que reflejaban miedo y esperanza a partes iguales. Esta se levantó y le tendió la mano.

—Hola, Ninka. Soy Viara.

La adolescente sonrió con timidez.

—Hola.

La mujer se giró hacia Kiril.

—Su hija es una preciosidad. Sería una pena que…

—¿El qué? —saltó Ivana.

—Que no lo aprovechara. Las firmas de cosmética y de moda pagan una fortuna por rostros como el suyo. Ninka tiene algo especial. Me alegro de que me hayan llamado.

—Este amigo mío… Dano… me comentaba que usted dirige una de las agencias de modelos más importantes de Europa.

—Sí, así es. Tenemos la sede en Roma pero vengo mucho a mi país porque aquí hay chicas muy hermosas. Aunque he de decir —añadió mientras examinaba de nuevo a Ninka— que hacía mucho tiempo que no veía a una joven tan bonita.

Ninka se sentía incómoda; su madre le hizo una señal con los ojos y pudo abandonar aliviada la habitación. Tenía las mejillas al rojo vivo. ¡Iba a ser modelo! Llevaba dos días como en un sueño, desde que sus padres habían mencionado esa posibilidad.

—Además es muy lista —apuntó Kiril cuando se volvieron a quedar a solas con Viara—. Y ambiciosa.

—Entiendo —contestó ella—. Y como es tan lista y ambiciosa ustedes quieren brindarle la oportunidad de labrarse un buen futuro.

—Así es. Estoy seguro de que podría llegar muy lejos en la vida. Solo que aquí… tiene muy pocas posibilidades.

—Disculpen que sea tan directa —replicó Viara—, pero aquí no tiene ninguna posibilidad. Según lo que me ha contado el compañero de su amigo Dano… —Carraspeó discretamente, se sentó en el sofá y agarró la taza de café, el único objeto de la estancia que desprendía algo de calor.

—Sí —admitió Kiril. ¿De qué serviría mentir?—. Ahora mismo estamos en las últimas, ya no sabemos qué hacer. Soy incapaz de cuidar de mis hijos, de mi mujer o de mí mismo. No veo otra solución… —Tuvo que tragar saliva porque otra vez se le pusieron los ojos llorosos. La situación le había destrozado tanto los nervios que se había convertido en un hombre de lágrima fácil—. Solo veo esta posibilidad…

—Han tomado la decisión adecuada —afirmó suavemente la mujer—. Comprendo que no les resulte sencillo dar este paso. Pero le están proporcionando a Ninka un futuro seguro y próspero. Y al mismo tiempo mejoran la situación de sus otros hijos.

Ivana, callada hasta el momento, intervino:

—¿De verdad que le irá bien? Solo tiene diecisiete años y nunca ha estado fuera de casa. Jamás ha tenido novio. En muchos sentidos sigue siendo… una niña.

—Nosotros nos preocupamos mucho de las chicas —aseguró Viara con voz tranquilizadora—. Queremos ofrecerles una gran carrera como modelos o incluso como actrices. Las cuidamos como si fueran hijas nuestras.

—Dano nos contó que la hija de un amigo suyo acaba de marcharse a Europa, por eso conocía su agencia. ¿Sabe qué tal le va a esa joven?

—Estupendamente, por supuesto. A todas nuestras chicas les va estupendamente.

—¿Y podríamos visitar a Ninka?

Por primera vez la mujer dudó unos segundos.

—De eso ya hablaremos más adelante —repuso—. Es importante que al principio se acostumbre a su nueva vida. Tendrá una agenda apretada: un día Milán, otro Londres, después Roma o París… No le quedará mucho tiempo libre. Pero le va a encantar, eso se lo puedo asegurar. A todas les encanta.

—Dios mío, ojalá sea así —deseó Kiril.

Tras ese comentario se instaló en la habitación un silencio incómodo, debido a un punto muy concreto que quedaba por tratar.

Viara sabía muy bien qué era eso que los padres no se atrevían a mencionar. Un aspecto que convertía la situación en algo terrible pero que, dadas sus circunstancias, no podían soslayar.

—Tres mil euros —dijo sin rodeos—. Mil quinientos para ustedes; la otra mitad, para su hija.

Por fin estaba sobre la mesa. Kiril se dio cuenta de que se había quedado sin aliento. Levantó la vista para mirar a Ivana. Mil quinientos euros era una cantidad considerable. Con ese dinero podrían pagar el alquiler hasta el verano, poner la calefacción y comprar ropa de abrigo para sus otros cuatro hijos. Comer en condiciones dejaría de ser un problema. Kiril podría buscar trabajo más tranquilo. Su situación mejoraría de un modo que nunca se habrían atrevido a soñar.

«Estamos vendiendo a nuestra hija por mil quinientos euros.»

Aquella frase resonaba como un trueno en la habitación, pese a que nadie la había pronunciado.

Y Viara también la oía.

—El dinero de Ninka es un anticipo por su trabajo. Una vez allí, lo ganará en un santiamén, pero así evitamos que llegue sin medios. La parte que les entregamos a ustedes es en reconocimiento por su labor en la educación de su hija. Todo ello se liquidará después mediante nuestra comisión. Pueden estar tranquilos: aquí no hay nada ilegal, eso es lo último que querríamos.

Kiril, que había contenido la respiración, soltó el aire con alivio. Su invitada acababa de pronunciar una frase importante: «Aquí no hay nada ilegal». Esa frase era algo a lo que podían aferrarse.

Por primera vez en todo el día (a decir verdad, por primera vez en semanas) en el rostro de Kiril apareció algo que recordaba vagamente a una sonrisa.

«¿Lo ves? —decía la mirada que dedicó a su esposa—. Es lo que Dano nos aseguró: la propuesta es seria, podemos fiarnos de esta gente.»

Ivana no le correspondió con una sonrisa pero al menos en sus ojos asomó un renovado brillo de esperanza; la esperanza de estar haciendo lo correcto.

—Nuestras chicas viajan en coche —explicó Viara—. Hay un chófer disponible pasado mañana. Como ven, todo podría ser muy rápido.

—¿Tan pronto? —preguntó Ivana, sorprendida—. ¿Antes de Navidad?

—Esta Navidad su hija podrá enviarles un paquete lleno de regalos maravillosos —contestó la mujer con una gran sonrisa.

Kiril posó la mano en el brazo de su esposa.

—Es mejor así. Nos resultará más difícil si lo postergamos.

—Pero es que… tan pronto…

Él tuvo que morderse la lengua para no recordarle que, si no pagaban el alquiler de inmediato, la semana siguiente estarían en la calle. Aunque no hacía falta que se lo recordase. La amenaza del casero había sido la razón de que Ivana accediera a concertar una cita con aquella mujer.

—Cuanto antes se marche Ninka, antes se librará del frío de esta casa —insistió él—. Y podrá empezar una vida mejor.

Ivana asintió con la cabeza. Se levantó y salió de la habitación. Por el temblor de sus hombros, Kiril supo que estaba llorando.

—Para las madres siempre es difícil —dijo Viara con compasión.

«Para los padres, también», pensó Kiril.

—Estamos haciendo lo correcto, ¿verdad? —preguntó con un deje de angustia.

—No le quepa la menor duda —respondió la mujer.

 

Lyon, Francia

Miércoles, 9 de diciembre

 

 

A Nathalie aquel tipo le parecía repugnante pero llevaba ya cuatro horas acurrucada en el portal de una de las incontables bocacalles del Quai Perrache de Lyon, a resguardo de la fría llovizna. Sentía que las rodillas le flaqueaban de hambre y estaba dispuesta a que se le acercara quien fuera, por mucho que, como ese hombre, apestara a alcohol y tuviera pinta de violador.

«Vete a la mierda» es lo que normalmente le habría espetado a un tipo así. Pero intentó poner buena cara y sonreír. Notó que la sonrisa le salía muy forzada: a fin de cuentas, estaba cansada, hambrienta y congelada.

Y exhausta y muerta de miedo.

—¿No tendrá por casualidad unos céntimos? —le pidió.

El hombre volvía de la compra, llevaba una bolsa de plástico en la que se oía el entrechocar de botellas. Algo de dinero debía de quedarle. A menos que se lo hubiera gastado todo en alcohol…

—Nada de nada —contestó con una sonrisa maliciosa—. Estoy sin blanca.

Ella no se lo creyó pero tampoco era cuestión de discutir. Se inclinó ligeramente hacia delante: no sabía que el hambre causaba tanto dolor. Sentía como navajazos en el estómago.

Pese a estar muy bebido, el tipo advirtió sus retortijones.

—Llevas tiempo sin comer, ¿eh? —preguntó sin abandonar la sonrisilla.

¿Para qué disimular?

—Sí —admitió.

—Si te vienes conmigo te daré un bocadillo. Y una sopa para que entres en calor.

La sola mención de aquellas palabras («bocadillo», «sopa» y «calor») estuvo a punto de arrancarle un gemido. Imaginó que aquel hombre viviría en una pocilga y que le serviría alimentos medio podridos en platos mugrientos. Pero estaba dispuesta a hacer muchas concesiones para que se le pasaran los calambres del estómago y entrar en calor aunque fuera durante media hora.

—¿Cómo te llamas? —inquirió el tipo.

Nathalie sabía que no debía revelarle su verdadero nombre bajo ningún concepto. No podía correr ningún riesgo.

—Aurélie —mintió.

Así se llamaba la mujer que la había llevado hasta Lyon tras recogerla en un área de descanso de la autopista, muy cerca de Dijon. Aquel había sido el mejor momento del día: el calor dentro del coche, el azote de la lluvia contra los cristales, el confortable asiento, la música relajante en la radio… Con ella no había nada que temer; era muy amable y le pidió, preocupada, que dejara de hacer autostop.

—Es muy peligroso… ¿Adónde quieres ir?

—A la Provenza —contestó.

Allí estaba el apartamento. El lugar de encuentro.

Lamentablemente Aurélie iba solo hasta Lyon, donde vivían sus padres, para pasar una semana con ellos. Nathalie esperaba que le propusiera acompañarla o que comieran juntas, pero la joven tenía prisa: en cuanto atravesaron el enorme túnel de la autopista le pidió que se apeara, antes de dirigirse al centro de la ciudad.

—Te aconsejo que cojas el tren —dijo al despedirse—. Con el TGV llegarías enseguida a Aix.

—Buena idea —respondió Nathalie, sin confesar que no tenía dinero para un billete en el tren de alta velocidad. Es más, no le quedaba nada, ni un céntimo, cero. La noche anterior había comprado una hamburguesa y una botella de agua, y se gastó todo lo que llevaba.

Sin dinero y tan hambrienta que, en aquel portal, decidió ir a casa de ese indeseable con la esperanza de conseguir un trozo de pan y una sopa.

—Aurélie —repitió él—. Qué nombre más bonito. Yo me llamo Yves.

—Hola, Yves.

—Vamos, vente conmigo —insistió.

Nathalie se incorporó con cuidado, temiendo que las piernas no la sostuvieran. Creyó que le fallarían las rodillas pero sorprendentemente logró levantarse y mantenerse en pie sin tambalearse. Se encontraban en la calle Marc-Antoine Petit, se había fijado antes. Al final de la calle se veía a dos mujeres que recorrían arriba y abajo el Quai Perrache, en espera de clientes. Ya antes de refugiarse en aquel portal Nathalie comprendió que había acabado en un mal barrio. Algunas casas amenazaban ruina, mientras que otras parecían recién rehabilitadas. A pesar de la lluvia había ropa tendida en muchos balcones. Un hombre y una mujer discutían en alguna vivienda, tan acalorados que sus gritos eclipsaban el estruendo de la transitada Autoroute du Soleil, la autopista que, en su camino al Mediterráneo, discurría entre el Quai Perrache y el Ródano. Nathalie había visto una panadería y un pequeño restaurante, pero también numerosos comercios que llevaban tiempo cerrados, con tablones cubriendo los escaparates. Alrededor de algunos bares cochambrosos merodeaban unos tipos con pinta de camellos. Parecía importarles bien poco que la estación de ferrocarril, situada detrás del barrio, estuviera atestada de policías: Francia seguía marcada por los atentados del 13 de noviembre, el estado de excepción persistía en todo el país. El despliegue policial y militar era patente en todas partes. Aquello suponía un riesgo también para Nathalie; si se quedaba allí mucho tiempo algún agente se fijaría en ella y probablemente acabarían deteniéndola.

Debía esconderse en algún sitio.

Deseó que Yves no pensara que le iba a devolver el favor. A pesar de encontrarse muerta de hambre y desesperada, no tenía la más mínima intención de acostarse con él. Llegado un punto quizá tendría que hacerlo, pero de momento no había alcanzado ese punto. Aquel hombre le daba asco y, además, estaba convencida de que sería portador de alguna enfermedad horrenda. Casi podía sentirla.

—¿Solo comer? —se aseguró. Él esbozó una sonrisa lujuriosa—. No puedo pagarte. Ni con dinero ni de ninguna otra forma.

—¿Vienes o no vienes? —insistió él.

Nathalie examinó sus opciones ante una situación de peligro. El hombre era bastante más alto que ella pero delgado, y no parecía muy fuerte. Además, estaba borracho. Confió en que, si intentaba algo, conseguiría quitárselo de encima.

Volvió a encender el móvil sin que él se diera cuenta. Lo había desconectado para ahorrar batería, pero tal vez tuviera que pedir auxilio. Aunque en ningún caso debía llamar a la policía.

Agarró firmemente su pequeño bolso, en el que llevaba el pasaporte, el móvil y el monedero vacío. Sus únicas posesiones.

Después siguió a aquel desconocido hasta su casa.

 

La Cadière, Francia

Lunes, 14 de diciembre

Llovía a cántaros. Llevaba así desde primera hora y no parecía que fuera a escampar en todo el día. El cielo y el mar se fundían en un velo gris impenetrable. El Bec de l’Aigle, el portentoso peñasco en forma de pico de águila que se internaba en el Mediterráneo, no se veía a través del chaparrón, síntoma de que el temporal tardaría en remitir.

El valle, húmedo y plomizo, parecía extrañamente inmóvil bajo la escasa luz de aquel día de diciembre.

Simon no dejaba de sorprenderse por la velocidad con que la Provenza, un paraíso idílico de cielo azul y sol radiante, se transformaba en un lugar anodino en cuanto cambiaba el tiempo. En cuestión de segundos perdía su color y su belleza: todo cuanto la hacía atractiva y deseable.

«Es como si dependiera del sol y sin él no fuera nada», pensó.

Desde el ventanal de la casa de su padre miraba hacia el mar sin llegar a atisbarlo. Abajo, en el valle, los coches circulaban por la autopista como si fueran de juguete. Eso era lo único que parecía seguir con vida.

Todo lo demás había muerto, ahogado por la lluvia y por una tristeza casi tangible.

Simon, con el teléfono en la mano, llevaba casi una hora preguntándose si debía llamar a Kristina. Se esperaba una negativa por parte de ella que acabaría de una vez con su endeble relación; eso si no había terminado ya, cosa de la que no estaba seguro. Unos días antes le había hecho daño al decirle que quería pasar las Navidades a solas con sus dos hijos en el sur de Francia. Pensó que lo comprendería pero montó en cólera. Y después cayó en una profunda tristeza.

«Voy a llamarla. Al fin y al cabo ya no puedo empeorar más las cosas.»

Marcó el número y esperó. Ella contestó al tercer tono. Gracias a Dios. Simon temía que no respondiera al ver el prefijo francés en la pantalla.

—Hola, Kristina —saludó con voz ronca—. Soy yo. Simon.

—Hola.

—Te estoy llamando desde Francia.

—Sí. Ya lo he visto.

Ella se quedó a la espera. Simon notó que no estaba nada comunicativa; dadas las circunstancias, lo contrario era pedir demasiado. Por lo general hablaba mucho, deprisa y muy animada, pero en aquel momento parecía limitarse a lo estrictamente imprescindible. Aunque su tono era educado, carecía de todo afecto.

—He venido antes de lo previsto —explicó Simon—. Yo solo. Sin los niños.

—Vaya.

—Sí… No querían venir. Así que no he tenido que esperar a las vacaciones escolares. —Al decirlo se percató de lo mucho que le dolía ese asunto. Que lo hubieran dejado plantado. A dos semanas de las Navidades.

—Lo lamento —dijo ella.

En realidad no quería confesarle lo humillado que se sentía, pero no pudo evitarlo.

—Ese tío, el tal Leon, los tiene embobados. Les ha regalado unos trineos increíbles con dos asientos, volante y no sé qué más…

—Pero si aquí no ha caído ni un copo —se extrañó Kristina.

—Ya, pero hay pistas de nieve artificial. En fin, se los ha camelado para que se queden. Si eres hábil, a los niños de esa edad puedes convencerlos de lo que quieras. Pero creo que, en el fondo, quien mueve los hilos es Maya.

Oyó que Kristina exhalaba un leve suspiro. Sabía que sus quejas la sacaban de quicio. Que si Maya, su exmujer. Que si Leon, el guaperas sin escrúpulos por el que lo había abandonado. Que si los niños empezaban a considerarlo su nuevo padre. Que si Maya, de manera sutil pero evidente, los ponía en su contra, en contra de su propio padre. Simon era consciente de que a ninguna pareja le gusta que el otro hable sin parar de su ex, pero no sabía cómo obviarlo. En aquel momento era lo que más le preocupaba. Junto con sus finanzas, la crisis que atravesaba y otro millón de cosas más.

En ocasiones se sorprendía de que una mujer como Kristina quisiera estar con un hombre como él.

—Puede que esta vez no sea cosa de Maya —respondió ella—. A lo mejor no era buena idea llevarte allí a los niños. Me dijiste que el año pasado se aburrieron mucho.

En eso tenía razón. Simon había pasado con ellos la Nochevieja anterior, que resultó un fiasco total a pesar de que hizo buen tiempo, con sol y viento. Pero ¿qué iban a hacer allí dos criaturas de once y ocho años? Meterse en el mar podía ser peligroso y, además, era imposible aguantar mucho rato dentro del agua. El viento era demasiado frío para quedarse jugando en la arena. El Aqualand, atracción veraniega por excelencia con sus enormes toboganes y piscinas, estaba cerrado. Los niños se quejaban y no paraban de protestar mientras él intentaba inventarse actividades que les cayeran en gracia. El día antes de su regreso se produjo en París el atentado contra la redacción de la revista satírica Charlie Hebdo. Durante el viaje por la autopista encontraron patrullas de policía fuertemente armadas en todos los peajes, y los grandes paneles que solían informar de los atascos y las obras mostraban la frase JE SUIS CHARLIE. Las letras naranjas resplandecían en el lluvioso atardecer invernal. Más tarde Simon tuvo la impresión de que el atentado y su repercusión fueron lo único que sus hijos encontraron emocionante de aquellas vacaciones, un pensamiento que lo entristecía profundamente.

—No puedo permitirme llevarlos a Florida ni nada parecido —se defendió—. Esta casa es lo único que tengo…

—La casa es de tu padre —corrigió Kristina—. Y te la presta. Siempre dices que cada vez que quieres usarla tienes que aguantar que te llame «fracasado». ¿Por qué no dejas de pedírsela?

—¿Y dónde quieres que vaya?

—Quédate en casa. Es mucho mejor que dejarte humillar.

—¿Y que los niños pasen todas las vacaciones metidos en mi piso…? Ya me dirás cómo lo consigo.

—Pues tendrán que acostumbrarse, y eso depende de ti. Igual que deberían acostumbrarse a que haya una mujer en tu vida. Pero, claro, ¡no quieres abrumarlos!

La conversación había alcanzado el punto crítico.

—Quiero darles tiempo.

Kristina soltó una risa sin la menor alegría.

—Nos conocemos desde junio, Simon. Hace ya medio año. ¿Cuánto tiempo necesitas para darles una pista de que a lo mejor hay alguien en tu vida?

—Soy su padre. Les costará asumir que tendrán que compartir mi cariño con otra persona.

—Claro… Y como te quieren tantísimo, les da igual tu plan y te dejan más solo que la una a dos semanas de Navidad —espetó ella con cinismo—. ¡Espabila, Simon! Eres una marioneta a merced de tu familia. Hacen contigo lo que quieren, todos y cada uno de ellos. Porque saben que pueden. Porque jamás te defiendes. Porque no eres… —Dejó la frase a medias.

«Porque no eres lo bastante hombre», pensó Simon. Su padre no dejaba de repetírselo. Dudaba que ella le dijera algo tan duro, pero estaba claro que lo que tenía en la punta de la lengua se le parecía bastante.

Llegados a ese punto ya no le importaba rebajarse un poco más. De todos modos, Kristina ya no esperaba nada de él.

—¿Te apetece venir? —preguntó, y añadió en voz baja—: Me gustaría mucho.

Ella no dudó ni un segundo.

—No. No quiero ir, Simon. Y, si te soy sincera, creo que lo nuestro ya no va a ninguna parte.

—¿Qué quieres decir?

—Lo que has oído. No vuelvas a llamarme. No me escribas. Aclárate la cabeza, decide si en tu vida hay sitio para una mujer. Y si es así, sal a buscarla. Lo siento, pero lo nuestro termina aquí. —Colgó.

Simon se quedó mirando el móvil. La lluvia golpeaba el tejado. De fondo se oyó el chillido de un pájaro, quizá una gaviota.

Se preguntó si habría alguien en el mundo que igualara su extraordinaria eficacia para torpedearse y hundirse a sí mismo. Pero algo le decía que el récord de aquella lamentable y patética disciplina lo tenía él.

Más adelante se preguntó muchas veces qué habría sucedido si Kristina hubiera aceptado la invitación. Seguramente no se habría montado en el coche para bajar hasta el mar y pasear bajo la lluvia por la playa desierta. En lugar de eso, habría decorado la casa con adornos navideños, colocando estrellas e instalando una guirnalda luminosa en la cubierta del balcón. Se sentiría lleno de ilusión y buen humor. Después habría ido al supermercado Casino a hacer la compra: champán, salmón, aceitunas, una baguete. Cosas que le gustaban a Kristina. Habría apilado leña junto a la chimenea para encenderla por la noche. Habría puesto velas nuevas en los candelabros.

Aunque en realidad se engañaba; el sí de Kristina no podía cambiar el hecho de que todo lo que emprendía en su vida le salía mal. Eso sí, al menos los preparativos lo habrían mantenido lo basta ...