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DE REPENTE, SOLOS

Isabelle Autissier

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Fragmento

 

Se pusieron en marcha temprano. El día promete ser sublime, como a veces puede serlo en esas tormentosas latitudes, el cielo de un azul profundo, con una particular transparencia propia de la franja 50 de latitud sur. Ni un rizo en la superficie, Jasón, el barco, parece ingrávido encima de una alfombra de agua oscura. Los albatros, sin viento, pedalean despacio alrededor del casco.

Sacaron el esquife hasta muy arriba de la playa y bordearon la antigua base ballenera. Las chapas metálicas roñosas, doradas por el sol, que mezclan los colores ocres, leonados y rojizos, tienen un aire alegre. Los hombres abandonaron la estación y los animales se adueñaron de ella; esos mismos animales a los que durante tanto tiempo los hombres persiguieron, golpearon, destriparon y echaron a cocer en inmensas calderas que, ahora, se hacen ruinas. Alrededor de cada montón de ladrillos, en las casetas derrumbadas, en medio de un revoltijo de tubos que ya no sirven para nada, descansan grupos de pingüinos circunspectos, familias de leones marinos y de elefantes marinos. Permanecieron un buen rato contemplándolos y ya bien entrada la mañana empezaron a remontar el valle.

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«Unas tres horas largas», les había dicho Hervé, una de las pocas personas que había pisado aquel lugar. En esa isla, en cuanto te alejas de la llanura costera, dejas la vegetación. El mundo se vuelve mineral; peñascos, precipicios y unos picos coronados por glaciares. Caminan a buen ritmo, riéndose como colegiales de pindongueo delante del color de una piedra, de la pureza de un riachuelo. Cuando llegan al primer saliente, antes de perder de vista el mar, hacen otra pausa. Es tan sencillo y tan bello que resulta casi indescriptible. La bahía rodeada de cortados negruzcos, el agua removida por la ligera brisa que se levanta brilla como la plata, la mancha anaranjada de la vieja estación y el barco, su valeroso barco, parece dormir con las alas plegadas, igual que los albatros de la mañana. Mar adentro, unos mastodontes inmóviles, blancoazulados, brillan bajo la luz. No hay nada más apacible que un iceberg en la bonanza. Unos inmensos rasguños rayan el cielo, nubes de altura sin sombra, que el sol ribetea de oro. Permanecen durante mucho tiempo fascinados, disfrutando de aquella vista. Sin duda, demasiado tiempo. Louise se da cuenta de que el oeste se oscurece y sus antenas de montañera se despliegan en modo alerta.

—¿No te parece que sería mejor que regresáramos? Vienen nubes.

El tono es falsamente alegre, pero lo perfora la inquietud.

—¡Claro que no! Ay, siempre tienes que preocuparte por algo. Si el cielo se cubre, pasaremos menos calor.

Ludovic intenta no mostrar impaciencia en la voz, pero, francamente, Louise lo irrita con esa desazón suya. Si le hubiera hecho caso, no estarían allí, completamente solos en esa isla al otro extremo del mundo, nunca habrían comprado el barco ni habrían empezado ese formidable viaje. Sí, a lo lejos el cielo se está oscureciendo, pero, en el peor de los casos, se mojarán. Ese es el precio de la aventura, precisamente ese es el objetivo, despertarse del letargo de la rutina de París, porque corrían el peligro de que esa rutina los sumiera en una cómoda apatía y los dejara sin una vida plena. Cumplirían los sesenta y se arrepentirían de no haber vivido, de no haber luchado y de no haberse expuesto a nada. Ludovic se contuvo hasta encontrar un tono conciliador.

—Es la única ocasión que tendremos para ir a ver ese famoso lago seco. Hervé me dijo que en ninguna otra parte del mundo encontraríamos nada parecido, un laberinto de hielo en la tierra. ¿Recuerdas las increíbles fotos que nos enseñó? Además no voy a cargar los piolets y los crampones para nada. Ya lo verás, vamos a disfrutar muchísimo y tú la que más.

Le toca la fibra sensible. La montañera es ella. Incluso Ludovic eligió ese destino por ella: una isla austral pero montañosa; un revoltijo de picos, a cada cual más virgen, plantados en medio del océano Atlántico, a más de 50º latitud sur.

Ya son las dos de la tarde y, cuando alcanzan la última cresta, el cielo se oscurece completamente. Hervé no mintió, es asombroso. Un cráter de más de un kilómetro de largo se abre en un óvalo perfecto. Está completamente vacío, y los lados, cubiertos de unos círculos concéntricos que dejó el retroceso del agua, como la lúnula de una uña gigante. No queda absolutamente nada de agua. Por un extraño fenómeno de sifón, el lago se vació por debajo de una barrera rocosa. Solo quedan unos gigantescos hielos, algunos de varias decenas de metros de alto, depositados en la antigua depresión, como testimonio de la época en la que solo eran parte del glaciar de abajo. ¿Cuánto tiempo llevarán allí, apretujados como un ejército olvidado? Bajo el cielo, ahora gris, los monolitos, salpicados de polvo viejo, desprenden una desgarradora melancolía. Louise aboga una vez más por dar media vuelta.

—Ya sabemos dónde está, podemos volver, no merece la pena empaparse...

Sin embargo, Ludovic desciende rápidamente la pendiente gritando de gozo. Deambulan un rato por entre los hielos varados. De cerca, los hielos parecen siniestros. Los blancos y los azules, por lo general resplandecientes, están manchados de tierra. Un lento deshielo destiñe su superficie y les da el aspecto de un pergamino comido por los insectos. Pese a todo, a Louise y a Ludovic les subyuga aquella oscura belleza. Sus manos se deslizan por los alveolos desgastados, acarician la pared fría mientras dejan volar la imaginación. Lo que se funde bajo su mirada existía mucho antes que ellos, mucho antes de que llegara el Homo sapiens a conmocionar la superficie planetaria. Empiezan a hablar en susurros, como si estuvieran en una catedral, como si sus voces pudieran romper el frágil equilibrio.

La lluvia empieza a caer e interrumpe su meditación.

—De todas formas, este hielo es una porquería. A Hervé le pareció divertido subirse encima pero, francamente, no veo el interés. Mejor sería que nos diéramos prisa en volver. Se levanta viento y puede cargarse el pequeño motor fuera borda del esquife.

Entonces, Louise ya no se queja, sencillamente ha pasado a dar órdenes. Ludovic conoce ese tono de voz irrevocable y también sabe que Louise por lo general tiene intuición y buen criterio. A dar media vuelta.

Vuelven a trepar por el cráter y corren pendiente abajo hacia el valle abierto. Las chaquetas ya restallan con el viento y los pies resbalan en las piedras húmedas. El tiempo ha cambiado a toda velocidad. Cuando alcanzan el último pico, se dan cuenta, sin decir ni una palabra, de que la bahía no se parece en nada a la pacífica vista de cuando llegaron. Un hada malvada la ha convertido en una superficie negra cubierta de cuchillas rabiosas. Louise corre, Ludovic se tropieza detrás de ella y refunfuña. Llegan a la playa sin aliento. Las olas se estrellan en un caos y la pareja ve cómo el barco se zarandea brutalmente en el extremo de la cadena del ancla.

—Bueno, vamos a empaparnos, ¡nos ganaremos un buen chocolate caliente! —fanfarronea Ludovic—. ¡Ponte delante y rema fuerte de cara a la ola mientras yo empujo! En cuanto pasemos el oleaje, arrancaré el motor.

Arrastran el esquife mientras esperan un momento de calma. El agua helada les golpea hasta las rodillas.

—¡Ahora! ¡Deprisa! ¡Rema..., pero rema por Dios!

Ludovic resbala en la arena mojada y Louise pelea con el remo en la parte delantera del esquife. Una primera ola se estrella y llena el barquito de agua, la siguiente lo coge de costado, lo levanta y lo vuelca como si nada. A ellos los lanza uno contra otro en medio de un burbujeo blanquecino.

—¡Mierda!

Ludovic atrapa con una mano la amarra del esquife que ya arrastra el reflujo. Louise se masajea el hombro.

—El motor me ha dado en la espalda. Me he hecho daño.

Chorrean uno junto al otro, la repentina violencia los asusta.

—Vamos a empujar el esquife hasta allí. En ese recodo de la playa las olas rompen menos.

Valerosamente tiran del barquito hacia un lugar que parece más adecuado. Cuando llegan, tienen que aceptar que la situación apenas es mejor. Intentan la maniobra dos veces y las dos veces se ven lanzados dentro de un torbellino de espuma.

—¡Para ya! Nunca lo conseguiremos y me duele mucho.

Louise se derrumba en el suelo. Se sujeta el brazo gesticulando, le caen unas lágrimas invisibles por la cara, que la lluvia azota. Ludovic, rabioso, da una patada que hace que se levante un montón de arena. La frustración y la furia lo invaden. ¡Asqueroso país! ¡Qué mierda de isla, de viento y de mar! Media hora, como máximo una hora antes y, en ese momento, estarían secándose delante de la estufa y riéndose de sus aventuras. Lo enfurece la impotencia y la sensación de remordimiento que se insinúa dolorosamente.

—Tienes razón, no lo conseguiremos. Escucha, vamos a refugiarnos en la estación y a esperar a que esto pase. El viento ha subido de velocidad, pronto bajará.

Con mucho esfuerzo llevan de nuevo el esquife a lo alto de la playa, lo atan a un poste desvencijado y se meten por entre los restos de planchas y chapas.

Durante sesenta años el viento ha hecho su labor en la antigua base ballenera. Algunos edificios están por dentro como si los hubiera destruido una explosión. Las piedras salieron volando y rompieron los cristales, por ahí se metió el viento y se ocupó de lo demás. Otras edificaciones se inclinan peligrosamente, a la espera del golpe de gracia. Junto a un gran paño de madera ladeado, donde se cargaban las ballenas para descuartizarlas, una casita llama la atención de Louise y Ludovic. Pero, dentro, un espantoso olor se les mete por la garganta. Cuatro elefantes marinos, amontonados unos encima de otros, eructan con mucho ruido ante la interrupción.

Decepcionados, se meten entre las ruinas hacia un edificio de dos plantas que parece en mejor estado. Una bandada de pingüinos imperturbables pasa por delante de ellos y Ludovic está tentado de ir a por ellos, para que paguen por esa indiferencia. El interior es lúgubre, oscuro y húmedo. Un viejo alicatado, unas mesas de chapa y unos calderos ajados les revelan que aquello debía de ser una cocina colectiva. La habitación contigua parece, en efecto, un refectorio. Louise se derrumba en un banco aterida de frío. Siente dolor, pero sobre todo miedo. Conoce las manifestaciones de la montaña, allí sabe qué hacer, en el peor de los casos enterrarse en la nieve en un saco de dormir y esperar. Aquí, se siente perdida. Ludovic sube por la escalera de hormigón. Arriba, encuentra dos amplios dormitorios, unos cubículos separados por medios tabiques y en cada uno de ellos un colchón destrozado, una mesita y un armario abierto de par en par. Algunas fotos descoloridas, unos zapatos tirados, una ropa andrajosa colgando de un clavo, parece que unos hombres muy contentos de poder huir de ese infierno abandonaron el lugar a toda prisa. Al fondo, una puerta medio arrancada de sus goznes da paso a una habitacioncilla con unas vigas de madera y mejor amueblada: la habitación del capataz, seguro.

—Ven, aquí arriba se está mejor. Esperaremos a cubierto.

«A cubierto» era mucho decir. Se tumban en la cama y esta gime. La lluvia golpea con fuerza contra los cristales desunidos de la ventana, se cuela dentro y ya ha formado un charco en un rincón podrido del suelo. La luz verdosa resalta los regueros de humedad sobre una pintura que fue blanca. La única silla está rota y Ludovic se pregunta, extrañamente, por qué. Solo un viejo escritorio con un cajón, como el de los maestros de principios de siglo, parece intacto.

—¡Bueno, pues este es nuestro refugio de montaña! Vamos, déjame que te vea la espalda. Y tenemos que secarnos.

Ludovic se concentra para conseguir un tono de voz apaciguante y dar así la impresión de que todo eso solo es una peripecia, pero le tiemblan las manos ligeramente. Ayuda a Louise a desnudarse para escurrir la ropa que chorrea. Louise, desnuda, con ese cuerpo delgado y musculoso, parece frágil. Ella siempre se negó a ponerse morena cuando estaban en mares cálidos. Solo tiene bronceados los brazos, la cara y la parte inferior de las piernas, lo que hace que el resto de su pálida encarnación destaque. El flequillo negro le gotea en los ojos verdes con chispas de color castaño. Esos ojos fueron lo primero que le hizo caer rendido hace cinco años. A Ludovic le inunda una oleada de ternura. La frota con su jersey, tan rápido como puede, para que entre en calor y retuerce la ropa empapada de Louise. El hombro izquierdo de Louise muestra un buen tajo, seguro que fue la hélice, y una placa ancha que se está amoratando. La mujer tiembla y se deja hacer como una muñeca. Ludovic también se frota, pero pronto siente el frío de la ropa empapada que se le pega a la piel. En verano, la temperatura apenas sube de los 15 grados cuando hace bueno. Ahora, el termómetro debe aproximarse a los 10 grados.

—¿Tenemos un mechero?

—En la mochila.

Por supuesto, Louise, la alpinista, nunca sale sin su precioso mechero. Ludovic también encuentra dos mantas isotérmicas y se apresura a envolver a su mujer con ellas.

Revolviendo en la cocina, descubre una especie de gran bandeja de horno de aluminio y arranca las tablas de unas estanterías escacharradas. Sube todo, con un cuchillo corta en ramitas la madera y acaba encendiendo un pequeño fuego. Pese a que la puerta está abierta, el humo invade rápidamente la habitación, pero eso es mejor que nada.

Ludovic se obliga a salir para examinar la situación. El viento ha aumentado y las ráfagas hacen que el mar humee. Más de 40 nudos. No es el apocalipsis pero resulta imposible llegar al barco. Entre la cortina de lluvia, ve que este se mantiene valerosamente frente a las olas. El techo nuboso ha bajado hasta ocultar el alto de los acantilados en la grisalla y la luz se debilita.

—Me parece que pasaremos la noche aquí —anuncia Ludovic—. ¿Queda algo de comer?

Louise ha recuperado un poco de energía y mantiene el fuego reconfortante, aunque las tablas, al quemarse, desprenden un terrible olor a alquitrán. Cuelgan las chaquetas cerca del fuego y se apretujan uno contra otro mordisqueando unas barritas de cereales.

A ninguno de los dos le apetece comentar la situación. Ese es, lo saben, un terreno peligroso en el que corren el riesgo de enfrentarse: Louise, la prudente, Ludovic, el impetuoso. Las explicaciones llegarán más tarde, cuando dejen atrás ese desagradable episodio. Los dos reconstruirán la historia, ella le demostrará que han sido inconscientes, él contestará que era imprevisible, discutirán y luego se reconciliarán. Eso casi se ha convertido en un ritual, en una válvula de seguridad de sus diferencias. Ninguno se reconocerá vencido, pero cada uno, seguro de tener razón, aceptará una paz de valientes. De momento, hay que hacer frente a la situación juntos y esperar. Con los ojos enrojecidos por el humo, se van secando en medio de un estrépito que va aumentando. En el piso de abajo, el viento ruge en las habitaciones abandonadas. Es una modulación de base continua con entonaciones más agudas en cada ráfaga. De vez en cuando se instala una breve pausa y ambos sienten cómo se les relajan los músculos al unísono. Luego se reanuda el bufido y les parece aún más fuerte. Por todas partes resuenan las chapas metálicas como enormes cajas. Louise y Ludovic permanecen en silencio, a ambos los absorbe esa lúgubre sinfonía. El cansancio de la caminata y aún más la consecuencia de las emociones se abaten sobre ellos. Finalmente, Ludovic descubre una manta que huele a polvo viejo, se acurrucan en la pequeña cama y se duermen inmediatamente.

Ludovic se despierta por la noche. Los ruidos han cambiado. Deduce que el viento ha rotado y ahora sopla de tierra. Su violencia aun ha aumentado. Arriba, a lo lejos, se oye el estruendo que baja rápidamente al valle en redobles de tambor, luego golpea el edificio, que parece oscilar con los golpes. Ludovic considera que la rotación del viento es una buena señal, se acerca el final de la tempestad. En la oscuridad y con la tibia humedad de los cuerpos enredados, disfruta por un instante de un sentimiento de calma. Ahí están los dos y ningún otro ser humano en miles de kilómetros a la redonda, solos en ese gran vendaval. Pero están a cubierto y pueden reírse de la tempestad. Ludovic percibe cada parcela de su cuerpo como si fuera autónoma, acumulando los ingredientes de esa extraña situación: el hueco del colchón se hunde bajo su espalda, la lenta respiración de Louise contra su pecho, un soplo de aire que llega de ninguna parte y le roza la cabeza. Está tentado de despertarla para hacerle el amor, pero recuerda que le duele el hombro. Mejor será dejarla dormir. Mañana por la mañana, quizá...

Poco antes del alba, el ruido cesa brutalmente. Los dos se dan cuenta medio adormilados, luego vuelven a dormirse, esta vez completamente tranquilos.

Un rayo de sol saca a Louise de su letargo. Hasta que llegó la calma tuvo pesadillas: veía cómo una ola gigante hacía volar los cristales de su piso en el distrito 15 de París y luego se encontraba a la deriva, en una bals ...