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DIARIO DE DIEZ LUNAS

Carmen Garijo

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Fragmento

 

 

 

Te quería, y por eso confiaba en ti. En un edificio anodino de una calle anodina de esta gran ciudad, tumbada en esta cama de la planta 11 donde miles de desconocidos se han deseado, se han abrazado antes, veo sus sombras entrelazarse en las paredes. Y no sé si estoy soñando o son tan reales como tu sombra, que se aleja dejándome aquí, sola en la oscuridad de mi propia sangre. Cierro los ojos y todo se vuelve rojo. Los abro. Rojo. Ya no me deja respirar esta máscara de látex con la que tantas veces hemos jugado. Porque te quiero, y confío en ti. Pero hoy ha sido diferente. No ha surtido efecto mi señal, con los brazos atados sobre el pecho y la bola de goma impidiéndome hablar: las manos abiertas pidiéndote ayuda, pidiéndote aire, pidiéndote la redención. Y ahora, a diferencia de tantas otras veces, tú, mi dueño, mi dios, no me has liberado de las sombras. No me has abrazado mientras recuperaba la respiración. No me has consolado mientras lloraba en tus brazos, asustada y a la vez agradecida ante quien me quita y me da la vida por su sola voluntad. Porque me amas, y por eso confío en ti. Soy tuya y me place cumplir tus deseos más ocultos, que solo yo puedo entender y colmar con mi total entrega. Hoy he sentido tu sombra deslizarse lejos de mí, y he sabido que ya estaba decidido. Que mi entrega no tendría más recompensa que una incierta luz al final de un incierto túnel. ¿Será verdad que te has ido, que no vas a volver despacio, sin hacer ruido, para salvarme de improviso una vez más? Mi respiración es agónica, todo es rojo a mi alrededor, me agito, me hundo en esta roja oscuridad. Ya no encuentro placer en la tortura. Solo encuentro muerte. Y no me importa morir si ese es tu deseo, el último que colmaré. Te quería, y confiaba en ti. Por eso estoy aquí, tumbada en esta cama de la planta 11 de este edificio anodino que nadie se para a mirar. Muriéndome.

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PRIMERA LUNA

 

 

 

Mario entró en casa, soltó el maletín junto al arca de la entrada y se aflojó el nudo de la corbata. El sudor y el roce de la camisa habían dejado un cerco rojo en su cuello, como si hubiera intentado degollarse. Era un hombre moreno, fuerte, con un cuello robusto que siempre le daba problemas para encontrar camisas que no le apretaran. Rascándose la piel enrojecida fue hacia el salón, donde encontró a Elena dormida en uno de los sofás, con la cajita de un test de embarazo en la mesita del teléfono. Sorprendido por encontrarla en casa antes de las ocho de la tarde, se acercó y miró el color de la prueba. Positivo. Le tomó una mano a su mujer y la besó en la frente inclinándose sobre ella despacito, con delicadeza, como se besa a una niña a la que hay que proteger.

«Está tan cansada…, con esas ojeras y la piel de repente tan blanca, parece una niña». Y Mario sintió que, desde ese momento, ya nada sería igual entre ellos. Cómo amarla. Qué debía sentir un hombre. Qué se suponía que debía hacer. Cómo pedirle sexo, deseo, todo lo que necesitaba de ella, cuando vivía algo tan frágil en su interior. No quería perderla. Era egoísta, se daba cuenta. «Joder, ¿qué se supone que tiene uno que decir cuando va a ser padre de alguien a quien ni siquiera conoce?».

—Elena…, Nena…, cómo estás…

—¡Ay! ¡Mario!, te estaba esperando, quería decirte…

—Ya lo sé, Nena. He visto el Predictor. ¿Estás contenta? Se llamará como yo, como mi padre y como mi abuelo, ¡Mario!

—¡Mario! ¿Y si es niña?

—Pues María, claro.

De repente, todas las telarañas que el sueño había sembrado en la mente de Elena se despejaron. Una despertaba y qué encontraba. A un extraño egoísta que se apropiaba de su vida, que le hacía sentir mal. Que le provocaba la náusea con ese olor a hombre, a sudor, a whisky. ¡Mario! ¡María! No percibía en su marido orgullo, ni cariño… Elena odiaba llorar, mostrarse débil. Pero no podía parar las lágrimas delante de ese hombre monstruoso, al que acababa de descubrir viviendo a su lado. «Lo odio. Me odio. No quiero seguir con esto. Mi niño, mi niña, te mereces algo más. Otro padre que te quiera a ti, no a sí mismo reflejado en otra persona. Te mereces otra madre, una mujer de una pieza, que sepa desde el principio qué hay que hacer. Te quiero, como quiera que te llames, pero siento que no te merecemos».

—Elena, no llores, dónde vas. ¡Qué he dicho!

Mario no entendía nada mientras miraba cómo su mujer corría por el pasillo. Esa mujer a la que a pesar de todo admiraba. Tan complicada. Tan frágil. Tan fuerte. Tan sencilla.

—Voy al baño. Tengo que vomitar. ¡Eres un cabronazo!

—Pues empezamos bien. ¡Vaya embaracito nos espera!

 

 

Ocho y diez de la mañana. Elena abrió los ojos cuando oyó cerrarse la puerta de la entrada. La noche había sido larga, habían vuelto a hacer el amor como antes, con más pasión que paciencia, con más ternura que técnica. «Tengo que controlar mis nervios», pensó, recordando su reacción de la tarde anterior. «No quiero convertirme en la típica embarazada llorica de las pelis americanas». Ahora que Mario se había ido a trabajar se levantó, fue al baño, vomitó, se duchó, se lavó los dientes, marcó un teléfono y se tumbó en el sofá.

—Mamá, soy yo. Nada, que estoy embarazada y quería decírtelo a ti la primera porque…

—¡Qué alegría, Elenilla, hija! La mejor noticia que me podías dar. ¿De cuánto estás? ¿Para cuándo viene el niño? ¡O la niña! En cuanto se acerque la fecha, yo me voy allí contigo, ¿eh? Ah, claro, tu marido y la pesada de su hermana que digan lo que quieran, pero tu madre soy yo, y vas a necesitar que te cuide. ¡Hija, para cuándo calculas que viene, que no me dices nada!

Lola, la madre de Elena, estaba feliz y su voz cálida, optimista y confiada, siempre mandona y llena de energía, la tranquilizaba en la misma medida en que, desde su adolescencia hasta ahora mismo, la sacaba de quicio.

—No lo sé, mamá. Y no te hagas muchas ilusiones. Y no lo cuentes todavía, que mira lo que pasó la otra vez y…

—¡Ay, ni te acuerdes de aquello! ¡Si es de lo más normal! Yo, antes de teneros a vosotras, perdí un niño que se iba a llamar Antonio, como tu abuelo. Pero, claro, luego vinisteis tú y tu hermana y no os iba a poner Antonia, pobrecillas. Y mira tu prima Ana, dos abortos y la niña tan bonita, que ya mismo cumple un añito… Por cierto, que la vi el otro día y me dijo que su hermano Antonio…

—Mamá, por favor, me da igual la prima Ana y la colección familiar de Antonios. Ahora solo puedo pensar en mi estómago. Antes de hacerme la prueba creí que me había salido una úlcera o algo parecido. Me paso el día vomitando, mami. —Por fin, un hombro en el que llorar—. Ayer de camino al trabajo tuve que pararme en una cafetería para vomitar. Y anoche no me pude ni siquiera terminar un melocotón. ¿Qué hago, mamá? El niño va a salir enano, a este paso.

—No te preocupes tanto, Elenilla, hija mía, la naturaleza sabe más que nosotros y si cuaja, es que todo va bien. ¿Has ido ya al médico? ¿Qué te ha dicho? ¿Es la misma, esa amiga de tu cuñada, o vas a cambiar?

—Es la misma, pero todavía no he ido. Dentro de un rato tengo la primera cita. Ya me conoce, además me toca por el seguro y también tiene privada, así que es fácil lo de las bajas, los análisis… y me cae bien. Como es amiga de mi cuñada Yoli, pues se toma interés. ¿Tú qué crees, mamá? Si estamos a mitad de junio y mi última regla fue como el 10 de mayo… pues nacería para finales de febrero, pero eso nunca se sabe, ¿verdad? Y como es el primero…

—Claro, hija, tú tranquila, que ahí dentro no se queda, ya vendrá, cuando Dios quiera. ¿Será niña?

—Ay, yo qué sé, no me agobies. Bueno, sí, la verdad es que yo creo que es niña. Pero cómo lo voy a saber. Lo único que quiero es no pensar, no llorar, no morirme de miedo y que pasen rápido los tres primeros meses.

—Claro, hija, tú tranquila, que será lo que Dios quiera. Tú no te pongas nerviosa, que luego los niños salen muy llorones. ¿Y lo vas a decir en tu trabajo a ese señor, tu jefe, tan guapetón y tan majo?

—Pues… no sé si esperar a que se note más… Es que dentro de dos meses se va el director de cuentas, y ese puesto iba a ocuparlo yo. No sé qué hacer, no creo que sean tan machistas solo por estar embarazada…

—¡Pues claro, cariño! No te preocupes, que te lo mereces la que más, eres la más lista y además la más mona de todas. Ninguna de tus compañeras, ni siquiera tu hermana, tiene tanto estilo como tú, y siempre has sacado las mejores notas. Bueno, menos cuando aquella profesora estúpida, aquella…, cómo se llamaba…

—Bueno, mami, yo también te quiero. Te llamo esta noche, ¿vale?

«Menudo subidón tiene la abuela. Vas a ver, chiquitina. Para esta noche ya nos habrá organizado toda la casa, tu cuartito, tu canastilla y hasta tu bautizo. Tú tranquila, mi niña. Quédate aquí conmigo calentita. Que la abuela charla mucho pero va a cuidar de las dos».

Solo eran las ocho y veinte de la mañana y Elena no podía más. Todavía no se había vestido, tenía cita con la tocóloga antes del trabajo y todo le parecía tan difícil… Además tenía que pedir hora con el dentista… «¿Dónde está el sujetador negro?». No quería encontrarse al final del embarazo sin dentadura… Ya le había advertido Dori, la higienista, la otra vez… «¿No abrocha? ¿Y el blanco? Mierda, ahora tengo que cambiar de braguitas, dónde hay… unas blancas…». Recordaba lo que le dijo Dori, que no era verdad que cada embarazo costase un diente, pero sí que agravaba los problemas ya existentes. «Maldita cremallera, siempre se atasca a mitad de la espalda… pero cómo me va a abrochar el vestido si ya estoy como una vaca. Ya he perdido la cintura. Nunca volveré a ser delgada, casi sin caderas, como un chico con tetas…, bueno, de tetas justo ahora no me puedo quejar…, mejor una blusa y el traje gris…, dónde está el maldito bolso… y la tarjeta del seguro que va a caducar pronto y nunca se sabe, si hay algún problema… Ah, apareció, maldito bolso…». Hablaría con Mario. Seguro que estaba tan asustado como ella, no tenía que ser tan injusta. Aunque qué morro, él tendría que ser el fuerte, por los dos. O por los tres. ¿Podría seguir yendo al gimnasio? Tampoco quería convertirse en una ñoña llena de lacitos y melindres. O mejor, tendría que cambiar de ejercicio y nadar, es lo que recomendaban todos los manuales. Ah, las llaves…, tenía de pronto muchísima hambre… pero se le había hecho tarde. «De todas formas da igual, seguro que vomitaría antes de llegar al ambulatorio. Qué desastre, dónde narices he vuelto a dejar el bolso…».

—Buenos días, Rafael.

—Buenos días, doña Elena, ya me ha referido, al salir su esposo, que estaba yo fregando el portal, la buena nueva. Mi más rendida felicitación, y que sea para bien.

—Gracias, Rafael, por sus felicitaciones. Que tenga usted un buen día.

«Anda que el portero, tampoco es cursi ni nada, y ceremonioso. Seguro que lleva media hora pensando la frasecita. ¿Y Mario?, qué cotilla, si le ha faltado tiempo para largarlo. Para que luego digan de las mujeres».

 

 

Elena de la Lastra. Una mujer valiente. Que andaba deprisa y a grandes zancadas. Acostumbrada a hablar alto y tener razón. Elena entró suave, tímida, en el ambulatorio y se dirigió, escaleras arriba, a la planta 1 consulta 7 de Tocología. Doctora Susana López Pinto. Demasiado bien se sabía el camino desde la otra vez, cuando acudió tantas veces en pocas semanas. Al principio subió aquellas escaleras incrédula. En pocos días ilusionada. Asustada. Alarmada. Para acabar en una de las camas del edificio de Maternidad de La Paz. Deshecha. A medida que subía la escalera iba perdiendo más y más confianza. Quizá era demasiado pronto. Quizá demasiado tarde. Náuseas. Se detuvo a mitad de los escalones, apoyándose en la pared con los ojos cerrados. «Respira hondo, tienes que tranquilizarte. Respira. Tranquila». Falsa alarma.

—No tienes que sentirte culpable, Elena. —La doctora, quien ya la llevó la vez anterior, le hablaba dulcemente, como una madre le hablaría a una hija asustada ante su primera regla—. Es relativamente frecuente que el primer embarazo no llegue a cuajar, como dicen las abuelas. En tu caso fue un proceso natural, no hay ninguna razón objetiva para que se repita ahora. —Miró a Elena a los ojos con una sonrisa, intentando transmitirle seguridad—. A ver… el Predictor confirma el embarazo, y según tus cálculos… apenas estás de cuatro semanas. Esto quiere decir, según las tablas, que tu fecha aproximada de parto será el 9 de febrero, pero tenemos que confirmarlo con una analítica completa. En cualquier caso, aunque son cuarenta semanas, desde la semana 38, que es la fecha de la edad de fertilización del bebé, y dependiendo según las abuelas de las fases de la luna, el parto puede adelantarse o atrasarse… En fin, ya sabes, esto no son matemáticas —le hablaba casi con ternura al verla tan seria, mirando las tablas como si fueran el oráculo—. ¡Vamos, Elena, alegra esa cara, mujer!

—Perdona, Susana, es que no sé qué decir.

Elena de nuevo tenía doce años y le daba vergüenza reconocer que necesitaba fiarse de alguien, que alguien le diera la certeza de que esta vez no iba a pasar nada.

—Esto no ha hecho más que empezar, Elena. Y llámame Tana, por favor, hay confianza. Mira, tenemos mucho tiempo por delante. Lo primero, una analítica completa para confirmar todo y descartar posibles problemas. Tu Rh es positivo, ¿verdad? No hay problema por esa parte. Para una ecografía es pronto, mejor lo dejamos para tu próxima visita, más o menos en la semana 5, aunque es un poco pronto… Pero te la puedo hacer en mi consulta, por la tarde, ¿te parece bien? Y te quedas más tranquila.

Con estos detalles prácticos Elena iba bajando de su nube particular. Susana había visto una y mil veces esa misma expresión en sus pacientes, y sabía que nada de lo que le dijera podría animarla. Era algo que tendría que vivir a solas.

—Mientras tanto cuídate, mímate y descansa todo lo que puedas, sin dejar de hacer tu vida normal. Los cuidados básicos ya los conoces, es cuestión de sentido común… Nada de fumar, ni alcohol. No tomes carnes crudas, como precaución, hasta que tengamos la analítica. Y puedes hacer deporte o ejercicios suaves, siempre sin cansarte en exceso. Como guía, calcula que cuando no puedas hablar a la vez que haces el ejercicio debes bajar el ritmo.

—Sí, ya lo sé, Tana. De verdad que te agradezco tus ánimos…, es que… no sé qué me pasa…

—No tienes que explicarme nada, Elena. Pero tienes que hacer el esfuerzo. Dentro de unos días ni recordarás esta incertidumbre. ¿Tienes mi número de móvil? Para cualquier cosa no dudes en llamarme. Y si no me localizas díselo a Yoli, ya sabes que casi todas las semanas nos vemos aunque sea un ratito. Con toda confianza.

—Muchas gracias, Tana, por todo. —Sonríe…, lo intenta—. Y no te preocupes, me cuidaré al máximo. —Elena se levantó, se puso la chaqueta—. Gracias, pediré cita para la próxima semana, ya en tu consulta privada, si te parece. Ahora vamos a vernos a menudo…

«Parece tan sencillo». Elena bajaba las escaleras decidida, atravesando el hall de las consultas externas donde esperaban dos mujeres embarazadísimas, que miraron con envidia su tripa, aún plana. Salió de la clínica y avanzó por la acera buscando el sol en su piel. «Que alegre la cara. Que no me culpabilice. Ya lo sé. Lo sé con la cabeza. Pero el corazón tiene sus propias razones. Pienso una cosa y hago todo lo contrario. No me entiendo ni yo. Tengo que llamar a Yoli. Lo haré en cuanto tenga un minuto, como se entere por Tana y no por Mario o por mí se va a cabrear. Qué coñazo, encima a quedar bien con la gente, como si no tuviera bastante con lo que tengo».

 

 

Al día siguiente, ya a las ocho y media de la mañana, la cola para las extracciones de sangre en la clínica de la aseguradora desanimaba a cualquiera. Elena tenía el número 25, y acababan de entrar los primeros pacientes. Dejó al cuidado de su turno a la señora que tenía el número 24 y fue a sentarse. No tenía buena cara. Demasiado blanca, con unas ojeras oscuras que no llegaban a desaparecer ni siquiera bajo el flash iluminador de Christian Dior.

Se sentó con aire abatido, cerró los ojos unos instantes pero inmediatamente se levantó para ir al cuarto de baño.

—Pero Elena, reinona, ¿qué haces por aquí tan temprano?

—Buenos días, Marcos. —«Joder, el que faltaba, ¿qué hará aquí el capullo de Marcos?»—. Pues nada, una amiga, que tiene que sacarse sangre y es una hipocondríaca… Bueno, te dejo, que está en el baño y ya casi le toca. Voy a buscarla.

—Vale, hasta luego, jefaza. ¡Oye, que te dejas el bolso en la silla! Si quieres le digo al boss que estás aquí, por si llegas un poco tarde.

—No, no te preocupes, gracias, si esto es cuestión de media hora. A las diez estoy allí de sobra.

Lo que le faltaba, el cotilla de Marcos. Y seguro que se había olido algo nada más verla. Vaya puñetera casualidad… Pero, claro, su mujer era enfermera, seguro que la traía cada mañana de la manita, como si fuera boba. Y encima le tenía que preguntar su vida en capítulos. Si la gente pasara de ella solo la mitad de lo que a ella le interesaba la vida de nadie… Seguro que para cuando llegara a la oficina ya estaba todo el mundo cotilleando, haciendo conjeturas, lo último que le interesaba en este momento. Qué mala suerte, pero qué puñetera…

Una señora mayor entró en el baño y al oír los sollozos de Elena se acercó a la puerta del retrete y golpeó suavemente la puerta.

—Señora, ¿le ocurre algo? ¿Quiere que llame a una enfermera?

—No, no, gracias. —Elena salió rápidamente, secándose las lágrimas con la manga—. Es que estoy un poco mareada, pero ya se me pasa. Gracias.

«Qué vergüenza, si es que lloro por nada, serán las hormonas que…».

—¡Venga, muchachita, que se te pasa el turno! ¿Dónde te habías metido? Ya van por el 21, y están entrando de tres en tres.

—Gracias, señora, no sabe cómo se lo agradezco.

—Nada, hija, nada, si para eso estamos las mujeres, para ayudarnos entre nosotras, que si una tiene que contar con un hombre para algo… Si se te nota en la carita que vas a ser madre, ¿verdad, hija? Si yo te contara, cuando iba a nacer mi primer hijo, el Pepe…, que ya tengo nietos y todo, no te vayas tú a figurar, y bien guapos, pero entonces la vida era de otra manera y los hombres no…

«Tierra, trágame».

 

 

De pie frente al arco de entrada de Torre Picasso, donde Elena trabajaba como ejecutiva de cuentas en la agencia de publicidad y relaciones públicas DBCO España, dudó un momento, miró el reloj y, como faltaban unos minutos para las diez, decidió dar una vuelta a la manzana mientras ordenaba sus ideas. No sabía qué sería mejor. Si decir a sus compañeros más cercanos que estaba embarazada o esperar a decírselo a Jaime Planas, el director de su división. Aunque en la cabeza de Elena, tan confusa, aún quedaba un resquicio de sensatez que le avisaba del peligro que corría su nuevo puesto, aún virtual y a merced de la rumorología. Sería profundamente injusto, y la pondría en una situación muy difícil dentro de la empresa, que le denegaran el ascenso y se lo ofrecieran a un chico menos preparado y con menos experiencia que ella, solo por estar embarazada. Pero sabía que no podía fiarse de su jefe. Y mucho menos de los siempre demasiado lejanos y crípticos intereses de la compañía, normalmente cambiantes en virtud de los intereses propios de quien los interpretaba. Y el mejor amigo del hijo de Jaime, Pedro, trabajaba codo con codo con Elena y aspiraba en secreto a ese puesto, para el que se sentía mejor preparado que cualquier mujer. «Dónde va a parar. Ellas nunca tendrán la capacidad de abstracción y organizativa de un hombre. Por mucho que quieran ser como nosotros, las mujeres son seres prácticos, hechas para el día a día. Para que la vida en cada departamento sea más confortable, para solucionar los pequeños roces entre los miembros de un equipo… Pero las grandes estrategias, los planes a largo plazo, la definición de objetivos… son cosas de hombres. Además son medio lelas. Cuando se enamoran son capaces de guardar las gafas de sol en el cesto de las patatas. Qué no harán con un balance anual, ¡ja, ja, ja!». Así hablaba Pedro, un niñato mimado y chulito que se creía alguien y se peinaba con fijador como el director general, el muy pelota. Y así pensaban el 90 por ciento de los hombres que rodeaban a Elena. Y ella estaba harta, más que harta, de tener que demostrar sus capacidades a diario como si fuera su primer día de trabajo. Estaba más que harta de ir a trabajar enferma para no tener que oír que las mujeres, ya se sabe, con el rollo hormonal se escaqueaban siempre que les daba la gana. Estaba más que harta de saberse examinada a cada paso por sus jefes. Y por sus compañeros.

Mejor sería callarse, esperar un mes, rezar por que nadie se lo notara, por no empezar a vomitar en medio de la oficina. Mejor sería no decir nada todavía, aceptar el puesto que era suyo, que se había merecido tras años de trabajo sin horarios ni condiciones. Y luego explicar lo que le pasaba. Algo natural, absolutamente normal y a lo que tenía absolutamente todo el derecho. Sin ningún tipo de duda. Aunque…

—Buenos días, Pepita, ¿ha llegado Jaime?

—Hola, Elena, sí, ha llegado hace un momentito. Está con Marcos. ¿Sabes ya la noticia? Han encontrado muerto en su casa de Zúrich a uno de los jefes suizos, al director financiero. Al parecer por algún juego sexual raro. Lo encontraron con una bolsa atada a la cabeza, y unas pastillas de esas que… se usan para…, en fin, ya sabes, poppers… —Al notar que Elena no sabía nada, y que además no la estaba entendiendo, prefirió callarse, prudente—. Bueno, ya te lo contarán ellos. Si quieres aviso a Jaime cuando salgan. Tiene que pasar por aquí para recoger las dietas de la última convención.

—No, no me había enterado de nada. Ayer salí pronto y acabo de llegar, no he hablado con nadie… Pero bueno, no le digas nada a Jaime, ya lo veré. Y hasta luego, que voy tarde.

—Venga, hasta luego, Elena.

«Valiente cabronazo, el tal Marquitos. Le había faltado tiempo para ir a hacerle la pelota al jefe. Claro, como es coleguita de Pedro, comen juntos y van a la salida a la bolera de Azca a ligarse a las niñatas… Menudo par de horteras, el tal Pedro Picapiedra y el Marcos Mármol, con su gomina y su prozac. Poppers, ¿no es lo que inhalan los gais para potenciar el orgasmo? ¿Dónde había leído algo sobre eso…? Y una bolsa en la cabeza, qué raro. De verdad que la gente está fatal».

Elena trabajaba en su despacho. Un espacio luminoso decorado por ella misma con muebles en acero y detalles en cuero color tabaco. Con una magnífica vista de Madrid. La primera vez que entró aquí se sintió como en una de esas películas de ejecutivos neoyorquinos. Ahora raras veces miraba por la cristalera, y colocó su mesa de espaldas a ella.

—Elena, tu marido por la línea 2. ¿Te paso o estás ocupada?

—No, María, pásamelo, por favor, pero por la línea privada. Gracias.

—Muy bien. Por cierto, cuando puedas tengo unos gastos que pasarte a la firma…

—Sí, en cuanto veas que cuelgo puedes pasar. ¿Mario? ¿Hola?

—Doña Elena, hola, soy Toni. Le paso ahora mismo con don Mario. ¡Y enhorabuena!

—Nena…, no, nada, te llamaba solo para ver cómo estás. Te veo preocupada y no sé si…

—Que no sabes qué. Qué no sabe, el señor director general. Pues si tú no lo sabes tiene gracia, a ver quién me ha hecho esto. —Le hablaba brusca, enfadada con él, con la tal Toni, con el mundo, con ella misma. No sabía con qué estaba enfadada pero no lo podía evitar.

—Elena, no saques las cosas de quicio. Estás muy tensa.

—Tensa. —Su voz tenía doble filo—. Ya. Mario, entérate, por favor. Estoy cansada, enferma, asustada, estresada. Me estoy jugando mi trabajo. Está en juego toda mi vida y tú opinas que estoy tensa. Desde luego, qué morro tenéis los hombres. Y encima lo vas radiando por ahí, al portero, a tu Toni, al sursum corda, sin consultar conmigo. Yo quería guardar el secreto. Pero al señor ni se le ocurre preguntar. Si quieres puedes dar una rueda de prensa, ya veo los titulares…

—Te estás pasando. —Mario quería ser paciente, sabía que tenía que serlo, pero no entendía nada.

—Perdona, vale. Estoy muy nerviosa, no sé qué me pasa. Y es verdad que me estoy pasando. A ver si va a ser que estoy embarazada… —Intentaba hacer una broma, hacerse perdonar, pero su voz sonaba demasiado triste—. Nos vemos en casa y hablamos, amor.

—Ehhh, también te llamaba por eso, Nena. Tengo una reunión a las ocho con los de programación y los de compras externas y no creo…

—Ahh, lo olvidaba, donreuniónimportantealasocho. Pues nada, esperaré a que tenga usted un hueco en su agenda para hablar de algo mil veces menos importante que sus reuniones: su mujer y su hijo. Y por cierto, le dices a tu secretaria, esa monada con cinturita de avispa y nombre de gigoló, que me puede hablar de tú. Al fin y al cabo solo soy una gorda que ya no cuenta ni para…

—Elena, así no puedes seguir. No hay quien te entienda. Y no estoy dispuesto a dejar que me culpabilices de…

—De nada, mi amor, tú no tienes la culpa de nada. ¡Tú con la vida te fumas un puro!

«Cómo he sido capaz, le he colgado. En ocho años nunca antes le había colgado el teléfono a Mario. No soy capaz de controlar mis nervios y la tengo que pagar con él. Estoy fuera de control. Tengo que hacer algo. Ordenar mi vida, ahogarme en tila, pedirle a Tana algún calmante…».

Tenía que disculparse y comenzaba a marcar cuando se abrió la puerta y apareció María con una carpeta de papelotes en los brazos.

—¿Puedo pasar o espero, Elena?

—Ah, María, sí, sí, pasa, no era nada importante. ¿Qué me traes?

 

 

Cuatro de la tarde. Iroco, un restaurante para ejecutivos en la calle Velázquez, muy cerca del Retiro. Con un precioso y cuidado comedor de verano al estilo del SoHo neoyorquino. Elena entró, deslumbrante en su traje de chaqueta Boss Woman al que las nuevas formas de su cuerpo, más rotundas, aportaban una electrizante carga de glamour y sensualidad. Buscó con la mirada. Se detuvo ante unos ojos que la miraban con sorpresa y avanzó decidida, dejándole el corazón destrozado al señor de la mesa cinco, que por un instante soñó que lo buscaba a él.

Un cuarentón muy bien conservado, de pelo engominado, impecablemente vestido de Armani de la cabeza a los pies, se levantó para retirar la silla donde ella iba a sentarse.

—Elena, cada día estás más guapa. Qué haces para estar así, ojazos. Mira cómo tienes a todo el restaurante. Como motos nos hemos puesto todos los tíos nada más entrar tú.

—Venga ya, Quisco, déjate de zalamerías. —Elena estaba tensa, incómoda—. ¿Cómo estás?

Quisco sonrió, dejando ver una dentadura deslumbrante recién blanqueada con láser por el doctor Somosierra, el dentista de moda en Madrid. Se acercó al oído de ella, divertido y cariñoso, hablando bajito.

—Si te vas a poner tan seria… Don Francisco, por favor. Pero no te enfades así, rubita, que me ma ...