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DíAS DE SOL, NOCHES DE VERANO

Leigh Bardugo / Francesc Lia Block / Libba Bray

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Fragmento

CABEZA, ESCAMAS, LENGUA, COLA

LEIGH BARDUGO

CABEZA

Abundan los rumores acerca de Annalee Saperstein y los motivos que la llevaron a trasladarse a Little Spindle, pero la historia favorita de Gracie era la que hacía referencia a la ola de calor.

En 1986 Nueva York sufrió un verano tan espantoso que todo aquel que tenía donde ir abandonó la ciudad. El asfalto se ablandó a causa del calor, un hombre apareció muerto en la bañera con un ventilador eléctrico medio sumergido entre las peludas rodillas y la luz se iba y venía como una trampa luminosa para insectos atestada de polillas. En el Upper West Side, sobre las panaderías y los colmados, sobre los supermercados Woolworth’s y Red Apple Market, la gente dormía destapada, chupaba hielo y abría las ventanas de par en par, rezando para que corriera la brisa. Esa fue la razón de que, una asfixiante noche de julio, cuando el Hudson se saltó los márgenes y se largó de juerga por ahí, el río encontrase abierta la ventana de Ruth Blonksy, trabada con una caja de zapatos Candie abollada.

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Ruth había pasado la tarde en Riverside Park con sus amigos, tomando granizados de limón y luciendo un vestidito color membrillo, aunque en realidad se trataba de un camisón de estilo retro que había teñido con dos cajas de Rit y un resultado dudoso. Las predicciones anunciaban lluvia desde hacía varios días, pero el cielo todavía se cernía plomizo sobre la ciudad, como una barriga hinchada de nubes grises que se negaban a rasgarse. Con la piel perlada de sudor, Ruth se inclinó sobre la barandilla del parque para contemplar el creciente caudal del río, opaco y casi negro bajo el tapado cielo, y experimentó la inquietante sensación de que el agua le devolvía la mirada.

Una gota de helado de limón resbaló de la cucharita rosa que llevaba en la mano y Ruth se sobresaltó, como si una lengua fría le hubiera lamido la cara interna de la muñeca. En ese momento Marva Allsburg gritó:

—¡Vamos a Jaybee a mirar discos!

Ruth lamió la gota de limón de su muñeca y no volvió a pensar en el río.

Sin embargo, por la noche, cuando despertó con las sábanas empapadas de sudor y una maraña de juncos a los pies de la cama, el pegajoso rastro del azúcar fue lo primero que le vino a la cabeza. Se había dormido vestida y llevaba el camisón color membrillo enrollado a la altura de la barriga. Debajo, su cuerpo era presa de un calor febril. Recordaba a medias haber soñado con el dios del río, una potente fuerza que serpenteaba bajo las profundas corrientes del sueño con su piel grisácea salpicada de verde y azul. Notaba aún la caricia de un beso en los labios y tenía la cabeza embotada, como si acabara de ascender muy deprisa de una gran profundidad. Sus oídos tardaron un poco en despabilarse y ella en reconocer el olor musgoso y metálico del cemento húmedo, y luego le costó un rato más identificar el murmullo que entraba por la ventana abierta: el golpeteo rítmico de la lluvia en las calles todavía sumidas en la quietud previa al alba. El calor había remitido al fin.

Nueve meses más tarde, Ruth dio a luz a una niña de ojos color verde alga y el pelo como sargazos marinos. Cuando el padre de Ruth la echó a patadas por las escaleras del apartamento insultándola en polaco y en inglés y farfullando improperios sobre el puertorriqueño que había llevado a Ruth al baile de fin de curso, Annalee Saperstein la acogió, sin hacer caso de los susurros ni de las muecas de incredulidad que se prodigaban por el barrio. Annalee trabajaba en la lavandería autoservicio de la calle Sesenta y nueve, abierta las veinticuatro horas. Nadie tenía muy claro cuándo dormía, porque si pasabas por delante siempre la veías sentada al mostrador haciendo crucigramas bajo las luces fluorescentes, rodeada de máquinas que zumbaban y traqueteaban, fuera la hora que fuese. Joey Pastan le contestó mal una vez que se quedó sin monedas de veinticinco, y juraba que las secadoras le gruñeron, así que a nadie le pilló por sorpresa que Annalee creyera a Ruth Blonsky. Y el día que Annalee, en la cola del colmado Gitlitz, atizó al padre de Ruth en el pecho con el medio kilo de cecina cortada muy fina que acababa de comprar y le espetó que los espíritus del río son impredecibles, nadie se atrevió a contradecirla.

La hija de Ruth rechazaba la leche. Se limitaba a beber agua salada y a comer kilos y kilos de ostras, almejas y minúsculos cangrejos de río, que llegaban en grandes cajones al atestado apartamento de Annalee. Pero la dieta debió de sentarle bien, porque la niña de ojos verdes se convirtió en una jovencita tan hermosa que un cazatalentos la abordó mientras cruzaba la avenida Ámsterdam. Llegó a ser una famosa modelo, conocida por sus labios carnosos y sus andares lánguidos, y le compró a su madre un ático en Park Avenue que decoraron con cuadros de rosas del desierto y lechos de arroyos secos. Le entregaron a Annalee Saperstein una buena suma de dinero, que le permitió dejar el trabajo en la lavandería y mudarse a la ciudad de Little Spindle, donde abrió una franquicia de la heladería Dairy Queen.

Al menos, eso contaba una de las historias que corrían por ahí acerca de la llegada de Annalee Saperstein a Little Spindle, y a Gracie le gustaba porque cuadraba con el personaje. ¿Por qué, si no, iba a comprar Annalee ejemplares del Vogue italiano y francés, si siempre se vestía con prendas de estar por casa y sandalias Birkenstock con calcetines?

La gente decía que Annalee SABÍA cosas. Por eso acudió a verla Donna Bakewell el verano que un coche atropelló a su terrier y no podía parar de llorar, ni siquiera para dormir, o comprar una lata de judías verdes en el Price Chopper, o contestar al teléfono. La gente la llamaba y la oía sollozar e hipar al otro lado. Sin embargo, a saber por qué, una charla con Annalee obró lo que ningún médico ni pastilla había logrado y secó las lágrimas de Donna de una vez y para siempre. Y por eso Jason Mylo, que tenía la impresión de que su exmujer había echado una maldición a su nueva camioneta Chevrolet, acudió a la heladería a horas intempestivas para hablar con Annalee. Y también por eso, cuando Gracie Michaux vio emerger algo sumamente parecido a un monstruo marino de las aguas del lago Little Spindle, no dudó en acudir en busca de Annalee Saperstein.

Gracie había estado descansando a orillas de la que consideraba SU cala, un entrante rocoso en la ribera sur del lago que nadie más parecía conocer o considerar digno de atención. Se trataba de un paraje demasiado umbrío para que la gente acudiera a tomar el sol, y carecía de las mesas campestres o de las cuerdas para columpiarse que atraían a los veraneantes como moscas durante la temporada turística. Estaba lanzando piedras para que rebotaran en la superficie del agua y recordándose que no debía rascarse la costra de la rodilla, porque quería estar guapa con los pantalones cortos que había cortado aún más al cumplir catorce años, aunque siguió haciéndolo igualmente, cuando oyó un chapoteo y vio una, dos, tres jorobas asomar de la superficie azul del agua, una sierra pequeña y reluciente que estaba allí y al momento siguiente ya no estaba, precedidas del azote de —la mente de Gracie se negaba a aceptarlo y a la vez lo gritaba a los cuatro vientos— una COLA.

Gracie se retiró a rastras hacia los pinos y luego se puso de pie. El corazón le latía desbocado según esperaba un nuevo revuelo en el agua, o que algo enorme y escamoso se arrastrara hasta la arena, pero no fue así. Notó en la boca el sabor salobre de la sangre. Se había mordido la lengua. Escupió una vez, montó en su bici y pedaleó a toda velocidad por el desigual camino de tierra hacia el liso asfalto de la carretera principal. Le ardían las piernas según cruzaba el pueblo a toda pastilla.

No llegó muy lejos, porque Little Spindle no era gran cosa. Había un supermercado, una gasolinera con el único cajero automático del pueblo, una clínica veterinaria, una serie de tiendas de recuerdos y el antiguo centro cultural que se había convertido en biblioteca pública cuando la de Greater Spindle se inundara diez años atrás. A Little Spindle no habían llegado el tráfico, los bloques de apartamentos ni las elegantes villas que se prodigaban en Greater Spindle, tan solo unas cuantas casitas de alquiler y la fonda Spindrift. Si bien el lago era casi tan grande como el de Greater Spindle y estaba rodeado de tierras igual de bonitas, Little Spindle emanaba algo que ahuyentaba a la gente.

De lejos, la laguna ofrecía un aspecto agradable. Vibrantes destellos azules asomaban entre los pinos y la luz del sol se reflejaba en la superficie igual que astillas de cristal, relucientes como diamantes. Sin embargo, a medida que te ibas acercando, tu humor empezaba a cambiar y para cuando alcanzabas la orilla te sentías profundamente deprimido. Tal vez te exhortaras a acercarte a la playa a pesar de todo, y puede que incluso te columpiaras en el viejo neumático, pero después de soltar la cuerda, mientras planeabas una fracción de segundo sobre el agua, comprenderías que habías cometido un terrible error, que cuando traspasaras la superficie nadie volvería a verte, porque el lago no era un lago, sino una boca: ávida, azul y lúgubre. Algunas personas parecían ser inmunes a los efectos del lago de Little Spindle, pero otras se negaban a mojarse siquiera los pies.

El único negocio que marchaba viento en popa durante todo el año era la heladería Dairy Queen, y eso que Stewart se encontraba a pocos kilómetros de allí. Sin embargo, la respuesta al enigma de por qué Annalee había instalado su local en Little Spindle en lugar de hacerlo en Greater Spindle solo ella la conocía.

Gracie no se encaminó directamente a la heladería aquel día, no. Tardó un rato. De hecho, pedaleó hasta su casa, tiró la bici en el jardín y tuvo la mano en la puerta mosquitera antes de cambiar de idea. A su madre y a Eric les gustaba pasar los sábados en el jardín trasero, tirados en sendas tumbonas de plástico, donde dormitaban con las manos unidas como dos nutrias. Ambos trabajaban largas horas en el hospital de Greater Spindle y se echaban la siesta como quien practica un deporte.

Gracie se detuvo en la puerta de su casa, con la mano tendida. ¿Qué le iba a decir a su madre, en realidad? ¿A su agotada madre, que siempre mostraba una expresión preocupada, incluso cuando dormía? Por un instante, a orillas del lago, Gracie se había sentido como una niña, pero ya tenía catorce años. Su reacción no era propia de una chica mayor.

Montó nuevamente en la bici y pedaleó despacio, con aire meditabundo, sin rumbo fijo, y su certeza empezó a evaporarse como si el mismo sol se la arrancara a golpe de sudor. ¿Qué había visto en realidad? ¿Un pez quizás? ¿Unos cuantos peces? Pese a todo, alguna intuición más profunda debió de guiarla, porque cuando llegó a la altura de la heladería se desvió hacia el aparcamiento medio lleno.

Annalee Saperstein, como de costumbre, estaba sentada en una mesa de la ventana, haciendo un crucigrama. Delante de ella se derretía un helado de vainilla con cacahuetes. Gracie conocía a Annalee principalmente por las historias que se contaban de ella, y también porque su madre le pedía con frecuencia a Gracie que invitase a Annalee a cenar.

—Es mayor y está sola —decía la madre de Gracie.

—No parece importarle.

La madre agitaba un dedo en el aire como si dirigiera una orquesta invisible.

—A nadie le gusta estar solo.

Gracie intentaba no poner los ojos en blanco. Lo intentaba.

Ahora tomó asiento en el duro banco rojo, enfrente de Annalee, y le dijo:

—¿Sabe usted algo de Idgy Pidgy?

—Buenas tardes a ti también —gruñó Annalee sin alzar la vista del crucigrama.

—Perdón —se disculpó Gracie. Se planteó si explicarle que había tenido un día muy raro, pero en vez de eso optó por añadir—: ¿Cómo está?

—Viva, de momento. ¿Sabes para qué sirve un peine?

—Es inútil. —Gracie intentó devolver su lacio cabello negro a la coleta—. Mi pelo va a su bola. —Aguardó un momento antes de añadir—: Pues eso… ¿Qué sabe del monstruo del lago?

Gracie sabía que no era la primera persona que había visto algo raro en las aguas de Little Spindle. En los años sesenta y setenta se habían multiplicado los avistamientos, aunque la madre de Gracie les echaba la culpa a las drogas que tan en boga estaban en aquel entonces. El ayuntamiento trató incluso de convertir al monstruo en una atracción turística apodándolo Idgy Pidgy, «el monstruito de Little Spindle», y pintando una simpática serpiente marina de enormes ojos saltones en el cartel de «BIENVENIDOS A LITTLE SPINDLE». La historia no había cuajado, pero aún se veían los contornos del monstruo en el cartel y, algunos inviernos atrás, alguien le había añadido un enorme falo con pintura de grafiti. Durante los tres días que tardó el ayuntamiento en percatarse de la broma y borrarla, el cartel mostraba a Idgy Pidgy tratando de mantener relaciones con la última «E» de SPINDLE.

—¿Te refieres al monstruo del lago Ness? —preguntó Annalee a la vez que miraba a Gracie a través de sus gruesas gafas—. Te has quemado la piel.

Gracie se encogió de hombros. Siempre se estaba quemando la piel, recuperándose de las quemaduras solares o a punto de quemarse.

—Me refiero al monstruo de NUESTRO lago.

El ser que ella había visto no se parecía al monstruo del lago Ness. La forma era totalmente distinta. Recordaba bastante, de hecho, a la ridícula serpiente del cartel.

—Pregúntale al niño.

—¿A qué niño?

—No sé cómo se llama. Es un veraneante. Viene cada día sobre las cuatro a tomar un helado con salsa de cereza.

Gracie adoptó una expresión de asco.

—La salsa de cereza es repugnante.

Annalee señaló a Gracie con el boli.

—Pues la gente la pide.

—¿Y cómo es?

—Delgado. Lleva una mochila muy grande, morada. Pelo rubio, casi blanco.

Gracie se hundió en el asiento. Todo su cuerpo emanaba decepción.

—¿Eli?

Conocía a casi todos los chavales que llevaban algún tiempo veraneando en Little Spindle. Solían relacionarse entre ellos nada más. Los padres organizaban barbacoas y los hijos iban de acá para allá en sus bicis de montaña, armando jaleo. Se apoderaban de los lagos, tomaban algo en Rottie’s Red Hot o en Dairy Queen y acudían a Youvenirs, la tienda de recuerdos, el último día de vacaciones, para comprar una gorra o un llavero. Pero Eli siempre estaba solo. La casa que alquilaba su familia debía de quedar al norte del lago, porque cada mes de mayo lo veías recorrer la carretera hacia el sur, vestido con un pantalón corto a cuadros de colores y cargado con su mochila morada. Se pateaba todo el camino hasta la biblioteca, enfundado en unas Vans machacadas, y pasaba allí la tarde entera, solo, hasta que recogía su enorme mochila y se arrastraba de vuelta a casa como una cochinilla rubia siniestra, no sin antes pasar por la heladería… a tomar un helado con salsa de cereza, por lo visto.

—¿Por qué no te cae bien?

Era difícil de explicar. Gracie se encogió de hombros.

—Es un poco «lo peor».

—¿La salsa de cereza de las personas?

Gracie se rio con ganas y luego se sintió fatal, porque Annalee la escudriñó a través de sus gafotas y le espetó:

—Tú, en cambio, eres la reina del pueblo, ¿verdad? No te vendría mal hacer amigos.

Gracie se estiró el borde deshilachado de sus pantalones recién cortados. Tenía amigos. Mosey Allen le caía bien. Y Lila Brightman. Se sentaban juntas a comer, la esperaban antes de entrar al colegio. Pero sus amigas vivían en Greater Spindle, igual que casi todos sus compañeros de clase.

—Además, ¿qué puede saber Eli Cuddy de Idgy Pidgy? —le soltó Gracie.

—Se pasa la vida en la biblioteca, ¿no?

Algo de razón tenía Annalee. Gracie hizo tamborilear los dedos sobre la mesa y se rascó aún más el desconchado esmalte lila de la uña del pulgar. Recordó la historia de la niña de ojos verdes y el dios del río.

—Entonces ¿nunca ha visto nada parecido a Idgy Pidgy?

—Apenas puedo ver el boli que tengo en la mano —rezongó Annalee.

—Pero si una persona viera un monstruo, uno de verdad, no una especie de… metáfora, esa persona estaría mal de la cabeza, ¿verdad?

Annalee se empujó las gafas al puente de la nariz con un dedo retorcido. Detrás de las lentes, sus ojos marrones mostraban la congestión de la artritis.

—Hay monstruos por todas partes, tsigele —dijo—. Nunca está de más conocerlos. —Tomó una cucharada del charco en que había mudado su helado y se relamió—. Ahí tienes a tu amigo.

Eli Cuddy estaba plantado junto al mostrador, con la mochila a cuestas, pidiendo un helado. El problema de Eli no era únicamente que pasara más tiempo en la biblioteca que al aire libre. Eso a Gracie le traía sin cuidado. El problema era que nunca hablaba con nadie. Y que siempre parecía un poco… mojado. Como si la ropa se le adhiriese al escuálido cuerpo. Viéndolo tenías la sensación de que, si tocaras su piel, la notarías pegajosa.

Eli tomó asiento en un reservado para dos y apoyó un libro en la pendiente de la mochila para leer mientras comía.

Vaya forma de comerse un cucurucho, se exasperó Gracie mientras lo veía tomar minúsculos mordiscos. Y entonces recordó la silueta del lago. El reflejo del sol en el agua, protestó su mente. Escamas, insistió su corazón.

—¿Qué significa tsigele? —le preguntó a Annalee.

—Cabra pequeña —respondió esta—. Bee, Bee, todo el día balando. Venga, vete ya.

Bueno, ¿y por qué no? Gracie se secó las manos en los pantalones y se encaminó al reservado con parsimonia. Se sentía más audaz de lo normal. Tal vez porque nada de lo que le dijera a Eli Cuddy tendría la menor trascendencia. Si Gracie quedaba en ridículo, ¿a quién se lo iba a contar Eli?

—Qué tal —dijo. Él alzó la vista y parpadeó. Gracie no sabía qué hacer con las manos, así que puso los brazos en jarras, pero luego pensó que parecía una animadora a punto de hacer su bailecito y las dejó caer—. Eres Eli, ¿verdad?

—Sí.

—Yo soy Gracie.

—Ya lo sé. Trabajas en Youvenirs.

—Ah —respondió ella, lacónica—. Sí.

En verano, Gracie trabajaba un ratito por las mañanas en la tienda de recuerdos del pueblo, donde Henny, por pena más que nada, le dejaba quitar el polvo por unos pocos dólares la hora. ¿Había visto a Eli por allí alguna vez?

Eli estaba esperando. Gracie se maldijo por no haber preparado de antemano lo que le iba a decir. Soltarle a bocajarro que creía en los monstruos se le antojaba tan patético como confesar que duermes con peluches, igual que anunciar: Sigo siendo una niña. Todavía me da miedo que algo se me enrosque a la pierna y me arrastre debajo de la cama.

—¿Conoces al monstruo del lago Ness? —le espetó.

Eli frunció el entrecejo.

—En persona, no.

Gracie se lanzó de lleno.

—¿Crees que podría existir realmente?

Eli cerró el libro con parsimonia y la miró con unos ojos muy serios, muy azules. El ceño de su frente se acentuó. Tenía las pestañas tan claras que casi parecían de plata.

—¿Has mirado mi ficha de la biblioteca? —la acusó—. Porque eso es un delito.

—¿Qué? —Ahora le tocaba a Gracie escrutar a Eli—. No, no te he estado espiando. Era solo una pregunta.

—Ah. Bueno. Vaya. Porque tampoco estoy seguro de que sea delito.

—¿Y por qué te preocupa tanto que la gente sepa lo que haces en la biblioteca? ¿Lees porno?

—Sin parar —respondió él con idéntica seriedad—. Todo el porno que puedo. La colección de la biblioteca de Little Spindle es pequeña pero exquisita.

Gracie resopló y Eli esbozó una sonrisa mínima.

—Vale, pervertido. Annalee me ha dicho que a lo mejor sabías algo de Idgy Pidgy y todo ese rollo.

—¿Annalee?

Gracie señaló con la cabeza el reservado de la ventana, donde un hombre de expresión agobiada, vestido con una camisa hawaiana, se había sentado delante de Annalee. El desconocido le hablaba en susurros y rompía a trocitos una servilleta de papel.

—La dueña del local.

—Me gusta la criptozoología —explicó Eli—. Bigfoot. El monstruo del lago Ness. Ogopogo.

Gracie titubeó.

—¿Y crees que todos existen de verdad?

—No todos. Es poco probable. Pero nadie estaba seguro de que el calamar gigante existiera hasta que empezaron a aparecer por las playas de Nueva Zelanda.

—¿De verdad?

Eli asintió con seguridad.

—En el Museo de Historia Natural de Londres hay un espécimen que mide ocho metros y medio de largo. Y piensan que es de los pequeños.

—No fastidies —resolló Gracie.

Otro asentimiento rotundo.

—No fastidio.

En esta ocasión Gracie se rio con ganas.

—Espera —le dijo—. Voy a pedir una tarrina Blizzard. No te marches.

Eli no se marchó.

El verano dio un giro sinuoso, perezoso y radical para Gracie. Por las mañanas «trabajaba» en Youvenirs arreglando los cachivaches de los escaparates y señalando a los escasos clientes dónde estaba la caja registradora. A mediodía se reunía con Eli y acudían juntos a la biblioteca o iban en bici a la cala de Gracie, aunque Eli pensaba que había pocas probabilidades de que el avistamiento se repitiera.

—¿Por qué iba a volver? —preguntaba él mientras escudriñaban las sombrías aguas.

—Vino una vez, ¿no? A lo mejor le gusta la sombra.

—O puede que solo pasara por aquí.

Casi siempre hablaban de Idgy Pidgy. O, al menos, ese era el tema con el que iniciaban casi todas sus conversaciones.

—Es posible que fuera un pez —arguyó Eli. Estaban sentados bajo una sombrilla de Rottie’s Red Hot hojeando un libro sobre mitos norteamericanos.

—Pues sería un pez muy grande.

—Las carpas pueden llegar a pesar veinte kilos.

Gracie negó con la cabeza.

—No. Las escamas eran distintas. Parecían joyas. Como un abanico de orejas marinas. Como nubes que se desplazaran por el agua.

—¿Sabes? Todas las culturas poseen su propia megafauna. En Brasil ha sido avistado un cuervo azul gigante.

—Seguro que no era un cuervo azul. Y eso de «megafauna» suena a grupo musical.

—No será un grupo muy bueno.

—Yo iría a verlo. —Gracie negó con la cabeza—. ¿Por qué comes así?

Eli se quedó de una pieza.

—¿Cómo?

—Como si tuvieras que escribir una descripción de cada bocado. Estás comiendo una hamburguesa con queso, no desactivando una bomba.

Eli, sin embargo, lo hacía todo de la misma manera: despacio, concienzudamente. Era así como montaba en bici. Así era como escribía en su libreta azul de espiral. Tardaba cosa de una hora en escoger lo que iba a tomar en Rottie’s Red Hot, aunque el menú únicamente ofrecía cinco platos que nunca cambiaban. Era un chico raro, desde luego, y Gracie se alegraba de que sus amigas del cole pasaran casi todo el verano en Greater Spindle para no tener que hablarles de Eli. Y sin embargo, en parte, también le gustaba que Eli se tomara las cosas tan en serio, como si todo mereciera su plena atención.

Redactaron una lista con todos los avistamientos de Idgy Pidgy. Menos de veinte en toda la historia del pueblo, el más antiguo de los cuales se remontaba a la década de 1920.

—Deberíamos compararlos con los avistamientos del monstruo del lago Ness y de Ogopogo —propuso Eli—. Para ver si existe una pauta. Así sabríamos cuándo montar guardia en el lago.

—Guardia —repitió Gracie al mismo tiempo que garabateaba una serpiente marina en el margen de la lista—. Como si fuéramos policías. Podríamos establecer un perímetro.

—¿Y para qué?

—Es lo que hacen en las series policíacas. Establecen un perímetro. Para cercar al criminal.

—No veo la tele, ¿te acuerdas?

Los padres de Eli eran antipantallas. Eli podía usar los ordenadores de la biblioteca, pero no tenía internet en casa, ni móvil ni televisor. Por lo visto, también eran vegetarianos, y Eli engullía tanta carne como podía cuando podía elegir. Las patatas fritas eran lo más parecido a verduras que Gracie le había visto comer. Gracie se preguntaba a veces si sería más pobre que ella. Nunca le faltaba dinero para el salón recreativo o para comprarse un bollo, pero siempre llevaba la misma ropa y parecía constantemente hambriento. Las personas adineradas no veraneaban en Little Spindle. Pero también es verdad que la gente sin dinero no veraneaba en ninguna parte. Gracie no estaba segura de querer saberlo. Le gustaba eso de que nunca hablaran de sus padres o del colegio.

Recogió la libreta de Eli y preguntó.

—¿Cómo vamos a montar guardia si no conoces los procedimientos policiales?

—Hay montones de libros protagonizados por buenos detectives.

—¿Como Sherlock Holmes?

—Conan Doyle es un poco aburrido. A mí me gustan Raymond Carver, Ross Macdonald, Walter Mosley. Durante mi fase negra leí todos sus libros.

Gracie añadió unas burbujitas al dibujo de Idgy Pidgy.

—Eli —dijo sin mirarlo—. ¿De verdad crees que vi algo en el lago?

—Es posible.

Ella lo presionó.

—¿O me sigues la corriente para tener alguien con quien pasar el rato?

No pretendía imprimirle un tono tan duro a la pregunta, pero lo hizo, quizás porque le daba mucha importancia a la respuesta.

Eli ladeó la cabeza con ademán pensativo, como si buscara la respuesta más franca posible, como si estuviera despejando la incógnita de una ecuación.

—Puede que sí, en parte —respondió por fin.

Gracie asintió. Le agradó que no intentara contentarla.

—Me parece bien. —Se levantó de la mesa—. Tú serás el veterano amargado que bebe demasiado y yo el joven de gatillo fácil.

—¿Puedo llevar un traje barato?

—¿Tienes un traje barato?

—No.

—Pues lleva esos estúpidos pantalones a cuadros que te pones siempre.

Se acercaron en bici a todos y cada uno de los rincones en los que Idgy Pidgy había sido avistado, desde su pueblo a Greater Spindle. En algunos parajes daba el sol, otros estaban en sombras, unos eran playas despejadas, otros estrechos cordones de roca y arena. No había ninguna pauta. Cuando se cansaban de Idgy Pidgy se encaminaban al centro recreativo a jugar a los bolos o al minigolf. A Eli se le daban fatal ambos juegos, pero parecía encantado de perder una partida tras otra según anotaba escrupulosamente sus patéticas puntuaciones.

El viernes anterior al Día del Trabajo almorzaron delante de la biblioteca: sándwiches de tomate y mazorcas de maíz frías que la madre de Gracie había preparado a principios de semana. Sobre la mesa campestre que habían escogido se extendía un mapa de Estados Unidos y Canadá. El sol caía a plomo sobre sus hombros, y Gracie se sentía pegajosa y apática. Quería ir al lago, a nadar, no a buscar a Idgy Pidgy, pero Eli alegó que tenía demasiado calor para moverse.

—Seguro que hay alguna barbacoa por ahí —comentó Gracie mientras se tendía en el banco y rascaba con los dedos de los pies la hierba seca de debajo de la mesa—. ¿De verdad quieres pasar tu último viernes de vacaciones mirando mapas en mitad del pueblo?

—Sí —le aseguró él—. De verdad que sí.

Gracie se sorprendió a sí misma sonriendo. Su madre, por lo visto, quería pasar con Eric todo el tiempo que pudiera. Mosey y Lila vivían prácticamente puerta con puerta y eran amigas íntimas desde los cinco años. Resultaba agradable eso de que alguien prefiriese tu compañía por encima de cualquier otra, aunque fuera Eli Cuddy.

Se tapó los ojos con el brazo para protegerlos del sol.

—¿Tenemos algo para leer?

—He devuelto todos los libros.

—Léeme los nombres del mapa.

—¿Por qué?

—Porque no quieres ir a nadar y a mí me gusta que me lean en voz alta.

Eli carraspeó.

—Burgheim. Furdale. Saskatoon…

Así leídos, todos seguidos, casi tenías la sensación de estar escuchando una historia.

Al día siguiente, cuando quedó con Lila y Mosey para ver los fuegos artificiales de Okhena Beach que marcaban el fin de las vacaciones, Gracie pensó en invitar a Eli, pero no sabía muy bien cómo explicar todo el tiempo que había pasado con él y le pareció más conveniente quedarse a dormir en casa de Mosey. No quería sentirse totalmente desplazada cuando se reanudaran las clases. Se le antojaba una inversión para el año escolar que se avecinaba. Pero cuando llegó el lunes y no vio a Eli recorriendo la carretera principal de camino a la heladería, se sintió un poco vacía.

—¿Ya se ha marchado el chaval? —le preguntó Annalee a Gracie, que estaba empujando un cucurucho volcado en un plato. Había decidido rebañarlo en salsa de cereza. Era tan asquerosa como recordaba.

—¿Eli? Sí. Ha vuelto a la ciudad.

—Parece majo —observó Annalee, que retiró el platito de Gracie y tiró el helado a la basura.

—Mi madre me ha pedido que la invite a cenar el viernes por la noche —se zafó Gracie.

Aunque también habría podido admitir que quizás Eli Cuddy era algo más que majo.

El mes de mayo siguiente, justo antes del Día de los Caídos, Gracie se acercó a su cala de Little Spindle. Había acudido a menudo a lo largo del año escolar. Estuvo haciendo los deberes allí hasta que el aire se tornó demasiado frío como para permanecer sentada a la intemperie y luego, cuando llegó el invierno, se acercaba a observar como los bordes del agua se congelaban. Se pegó un susto de muerte cuando la rama de un abedul se partió bajo el peso del hielo y cayó a las someras aguas con un gemido resignado. Y aquel último viernes de mayo, se aseguró de encontrarse en la orilla lanzando piedras que rebotaban en el agua por si acaso la fecha era mágica, o Idgy Pidgy llevaba un reloj en el corazón que lo despertaba ese día. No sucedió nada.

Pasó por Youvenirs, pero había estado allí el día anterior ayudando a Henny a prepararlo todo para el verano y no quedaba nada que hacer. Al final terminó en Dairy Queen pidiendo unas patatas fritas rizadas que en realidad no le apetecían.

—¿Esperando a tu amigo? —le preguntó Annalee mientras buscaba el crucigrama en el periódico.

—Solo me estoy comiendo unas patatas.

Cuando vio a Eli, Gracie experimentó una embarazosa oleada de alivio. Había crecido, mucho, pero seguía igual de delgado, y húmedo, y tan serio como siempre. Gracie no se movió; tenía un nudo en el estómago. ¿Y si ya no quería ser su amigo? Pues vale, se dijo a sí misma. Pero Eli echó un vistazo al local antes siquiera de acercarse al mostrador y, cuando la vio, su pálido semblante se iluminó como fuegos artificiales de color plata.

La risa de Annalee sonó sospechosamente burlona.

—¡Eh! —saludó Eli a Gracie según se acercaba. Parecía como si las piernas le brotaran de la barbilla—. He descubierto una cosa alucinante. ¿Te apetece una tarrina?

Y así, sin más, el verano volvió a empezar.

ESCAMAS

El hallazgo alucinante era una sala polvorienta en el sótano de la biblioteca que estaba repleta de viejos álbumes de vinilo. Albergaba también un tocadiscos y un montón de auriculares embutidos en un nido de cables negros en espiral.

—Menos mal que siguen ahí —suspiró Eli—. Los encontré justo antes del Día del Trabajo y tenía miedo de que alguien hubiera hecho limpieza durante el invierno y los hubiera tirado.

Gracie se sintió una pizca culpable por no haber pasado aquel fin de semana con Eli, pero también la complació descubrir que él llevaba esperando todo el año para mostrarle su hallazgo.

—¿Funciona? —preguntó señalando la torre del estéreo.

Eli pulsó un par de interruptores y al momento brillaron unas lucecitas rojas.

—Allá vamos.

Gracie extrajo un disco de los estantes y leyó el título: Jackie Gleason: Music, Martinis and Memories.

—¿Y qué pasa si a mí solo me apetece la música?

—Pues escuchamos un tercio del disco.

Eligieron un montón de álbumes, compitiendo para encontrar el que tuviera la portada más rara —tostadoras con alas, hombres en llamas, princesas bárbaras en bikinis de metal— y los escucharon todos, tendidos en el suelo, con los auriculares negros encasquetados en las orejas. Casi todo era horrible, pero unos cuantos álbumes les encantaron. Bella Donna mostraba a Stevie Nicks en la carátula vestida como un ángel de Navidad y con una cacatúa en la mano. Lo oyeron de principio a fin, dos veces, y cuando llego Edge of Seventeen, Gracie se imaginó a sí misma surgiendo de un lago envuelta en un largo vestido blanco, volando entre los bosques, con la melena ondeando al viento.

Solo mientras pedaleaba de vuelta a casa, tan hambrienta que le gruñía el estómago, cantando Ooh baby ooh baby ohh, Gracie cayó en la cuenta de que Eli y ella no habían mencionado a Idgy Pidgy ni una sola vez.

Si bien Gracie no les había ocultado exactamente a Mosey y a Lila la existencia de Eli, tampoco les había hablado de él. No estaba segura de que les fuera a caer bien. Una tarde, sin embargo, mientras Eli y ella tomaban algo en Rottie’s Red Hot, un claxon se dejó oír en el aparcamiento. Cuando Gracie se volvió a mirar, allí estaba Mosey en el Corolla de su padre, acompañada de Lila, que viajaba en el asiento del copiloto.

—Pensaba que tenías carné de principiante —observó Gracie cuando Mosey y Lila se apretujaron con ellos en el banco redondo.

—A mis padres no les importa si solo cojo el coche para venir a Little Spindle. Así no me tienen que traer ellos. ¿Dónde te habías metido? —Mosey miró a Eli con expresión elocuente.

—En ninguna parte. En Youvenirs. Ya sabes.

Eli no hizo el menor comentario. Se limitó a crear una torcida montaña de kétchup junto a sus patatas fritas.

Picaron algo. Hablaron de tomar el tren a la ciudad para ver un concierto.

—Es muy raro que tu familia veranee aquí y no en Greater Spindle. ¿A qué se debe? —le preguntó Mosey a Eli.

Él torció la cabeza a un lado, como si meditase a fondo la respuesta.

—Siempre hemos venido aquí. Creo que les gusta la paz.

—A mí también —asintió Lila—. El lago no tanto, pero en verano se está bien aquí, cuando Greater Spindle se llena de gente.

Mosey se embutió una patata frita en la boca.

—El lago está encantado.

—¿Ah, sí? —preguntó Eli, y se inclinó hacia ella.

—Una mujer ahogó allí a sus hijos.

Lila puso los ojos en blanco.

—Menudo cuento.

—La Llorona —asintió Eli—. Hay leyendas parecidas por todas partes.

Genial, pensó Gracie. A partir de ahora cazaremos fantasmas todos juntos.

Trató de hacer caso omiso de la sensación rara que notaba en la barriga. Se había dado la excusa de que no quería que sus amigas conocieran a Eli porque él era un tanto rarito, pero ahora no estaba tan segura. Quería mucho a Mosey y a Lila, pero en su compañía siempre se sentía un poco sola, incluso cuando se sentaban las tres juntas alrededor de una hoguera o se acurrucaban en la última fila del Spotlight a ver una sesión matinal. No quería sentirse así en presencia de Eli.

Cuando Mosey y Lila se fueron a Greater Spindle, Eli apiló las cestitas de plástico en una bandeja y dijo:

—Ha sido divertido.

—Sí —convino Gracie, quizás con demasiado entusiasmo.

—Mañana podríamos ir a Robin Ridge en bici.

—¿Todos?

Un ceño se dibujó entre las cejas de Eli.

—Bueno, sí —respondió—. Tú y yo.

Todos.

LENGUA

Gracie no habría sabido señalar el momento exacto en el que Eli dejó de estar mojado, únicamente el instante en el que ella se percató. Estaban tumbados en el suelo de la habitación de Mosey y la lluvia azotaba las ventanas.

Gracie se había sacado el carné de conducir ese verano, y al novio de su madre no le importaba dejarle la ranchera de vez en cuando para que pudiera desplazarse a Greater Spindle. El dinero para gasolina era otro cantar. Había mejores trabajillos para estudiantes en Greater Spindle, pero ninguno le garantizaba que sus horarios coincidieran con los turnos de su madre, así que Gracie seguía trabajando en Youvenirs, a donde podía acudir en bici.

Tenía la sensación de que Little Spindle se cerraba en torno a ella, como una playa que se estrecha más y más según sube la marea. La gente hablaba de los exámenes de selectividad, de solicitar plaza en esta universidad o la otra, de prácticas veraniegas. Parecía como si la vida acelerase por momentos y todo el mundo cogiera carrerilla, listo para salir disparado hacia el futuro en trayectoria calculada al detalle. Gracie, en cambio, no sabía por dónde tirar.

Cuando la asaltaba esa horrible sensación, corría a reunirse con Eli en la heladería Dairy Queen o en la biblioteca. Bajaban a la fonoteca y colocaban en fila todos los álbumes de Bowie para poder admirar ese rostro tan frágil y misterioso que tenía, o escuchaban discos de los teleñecos, al mismo tiempo que trataban de descifrar las pistas que aparecían en la portada del Sgt. Pepper’s. Gracie no sabía qué haría cuando empezara el año escolar.

Viajaron a Greater Spindle en la ranchera de Eric sin un plan concreto en mente, con la radio a toda pastilla y las ventanillas bajadas para ahorrar la gasolina del aire acondicionado, sudando contra los asientos de plástico. Cuando estalló la tormenta decidieron refugiarse en casa de Mosey a ver películas.

Sentadas en la cama, Lila y Mosey se pintaban las uñas de los pies y se ponían canciones la una a la otra. Gracie estaba tirada en la moqueta con Eli, que le leía en voz alta un libro muy aburrido sobre cauces de ríos. Gracie no prestaba demasiada atención. Tumbada de bruces con la cabeza sobre los brazos, escuchaba la lluvia en el tejado y el murmullo de Eli. Se sentía bien por primera vez en mucho tiempo, como si le hubieran remojado en agua fresca el nudo que siempre le oprimía la boca del estómago.

Los envolvía el constante fragor de los truenos. En el exterior reinaba un ambiente cargado y electrizado. Gracie tenía la piel de gallina por culpa del aire acondicionado, pero le daba pereza levantarse para quitarle potencia o pedir un jersey.

—Gracie —dijo Eli, y le empujó el hombro con un pie descalzo.

—¿Mmm?

—Gracie. —Eli se levantó y, cuando siguió hablando, se había acercado mucho y estaba susurrando—. Esa cala que te gusta no tiene nombre.

—¿Y?

—Todas las playas y las ensenadas tienen un nombre, pero tu cala no.

—Pues pongámosle uno —murmuró ella.

—¿Roca…, Media Luna?

Gracie se dio media vuelta en el suelo y miró las estrellas amarillas que salpicaban el techo de Mosey.

—Es horrible. Parece el nombre de una urbanización, o de una pasta. ¿Qué te parece el archipiélago de Gracie?

—No es un archipiélago.

—Pues algo potente. Algo sobre Idgy Pidgy. La cala del Dragón o la Serpentina.

—No tiene forma de serpiente.

—La Boca del Monstruo.

—¿LA BOCA DEL MONSTRUO? ¿Quieres que la gente salga corriendo?

—Pues claro. Playa de la Espalda Plateada.

—Los Espalda Plateada son gorilas.

—Escamas Plateadas. Algo que empiece por «es».

—Escollo.

—Perfecto.

—Pero no es un escollo.

—Lo podemos llamar la cala de Eli el Ahogado cuando te ahogue allí. Así no hay manera.

Gracie recuperó la postura anterior y lo miró. Eli estaba apoyado sobre los codos, detrás del libro abierto. Ella tenía otra idea en la punta de la lengua, pero se le escurrió como un pez que escapa del sedal.

Mosey y Lila hablaban en murmullos quedos. La música sonaba bajita en el teléfono de Lila. La camiseta de Eli le marcaba los hombros y la luz de la lamparilla de Mosey creaba una especie de halo en torno a su cabeza. Gracie percibió en su amigo el aroma de la tormenta, como si se hubiera traído el rayo a casa, como si estuviera hecho de la misma lluvia densa que las nubes. Su piel ya no parecía húmeda, sino que emitía un delicado fulgor. Eli sostenía la página con un dedo y a Gracie le entraron ganas de acariciarle los nudillos, la muñeca, el finísimo vello rubio del antebrazo. Se apartó una pizca según intentaba sacudirse de encima esas ideas.

Eli la miraba con aire pensativo.

—Tendría que ser un nombre descriptivo —dijo con una expresión tan seria y concentrada como de costumbre. Tenía un rostro encantador. El ademán pensativo proyectaba su barbilla hacia delante y le abultaba el entrecejo.

Gracie soltó lo primero que le vino a la cabeza.

—Podríamos llamarla la cala Pedro.

—¿Por…?

—Porque siempre tiramos piedras.

¿Tenía sentido lo que estaba diciendo?

Él asintió como si lo meditara y luego esbozó una sonrisa absurda, radiante, preciosa a más no poder.

—Es perfecto.

El viaje a casa se le antojó a Gracie una especie de tortura: el aire fresco que entraba por las ventanillas, la ...