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DILE A MARIE QUE LA QUIERO

Jacinto Rey

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Fragmento

1

Aix-en-Provence, agosto de 1944

El día que iba a cambiar irremediablemente la vida de Paul Chevalier amaneció con un olor a ceniza amarga.

La amenaza de ser detenido por la Gestapo había desarrollado en él una intuición acerada. El olor a ceniza le indicaba que algo iba a suceder; y muy pronto. Sin embargo, desde que Paul se había embarcado en su guerra particular, todos los días ocurría algo. ¿Cómo interpretar, entonces, esa señal?

Miró hacia la puerta del café y comprobó que todo estaba en orden. Tras el desembarco de los aliados en Normandía unas semanas atrás, ni siquiera los colaboracionistas dudaban de la derrota de Hitler. La ocupación alemana estaba tocando a su fin, pero Paul no podía bajar la guardia. No ahora.

En el gramófono del café sonaba la melodía Nuages, interpretada por Django Reinhardt, que le hizo recordar los veranos que habían precedido a la guerra, el aroma de la lavanda, el sonido de las cigarras en la penumbra de la siesta. Cuando el conflicto hubiese terminado sería difícil acostumbrarse a una vida sin insignias nazis ni cartillas de racionamiento; sin el repicar de las suelas de madera en los callejones oscuros.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Sentada a su lado, Mathilde fumaba un cigarrillo sin tragar el humo. La luz del sol se reflejaba en sus cabellos, acentuando la palidez de su rostro. Tenía la mirada ausente, como si sus pensamientos estuvieran en otro lugar.

Paul le había pedido que se reuniera con él esa tarde, aunque sabía que no podía confiar en ella. Temiendo una trampa, llevaba en el bolsillo una pistola Walther, antigua pertenencia de un soldado alemán abatido durante una emboscada. Conocía las prácticas de tortura de la Milice, el grupo paramilitar creado por Vichy para emular a la Gestapo. Llegado el caso, vendería cara su piel.

Un hombre entró en el café. Su mandíbula apretada y su mirada vidriosa hicieron comprender a Paul que algo iba mal. Instantes después hizo su aparición el miliciano Vancelle.

Sorprendido por su presencia, Paul empezó a disparar hacia los recién llegados. Los dos hombres respondieron con prontitud, convirtiendo el café en un bosque de gritos y cristales que obligó a los clientes a buscar refugio bajo las mesas. Paul sintió un fuerte dolor en el brazo derecho y cayó al suelo.

El tiroteo había cesado...

Se levantó con dificultad y observó el cadáver del hombre que acompañaba a Vancelle, pero no vio al miliciano por ningún lado.

Entonces reparó en Mathilde. Tenía la cabeza apoyada sobre la mesa de mármol y de su boca manaba un hilo de sangre. Le bastó una ojeada para saber que no podría hacer nada por ella. Mathilde movió un brazo con dificultad, sacó una fotografía del bolsillo y susurró:

—Dile a Marie que la quiero.

Paul acarició sus cabellos, guardó el retrato de la niña y besó el rostro de Mathilde. A partir de ese momento, nada volvería a ser como antes.

2

Berlín, 1938

Mathilde Friedberg observó la acera nevada desde la ventana. En las últimas noches apenas había dormido, por temor a que las tropas de la Sturmabteilung detuviesen a su marido. Las SA habían instigado los disturbios de la Noche de los Cristales Rotos, durante los cuales habían ardido sinagogas y comercios. Los escaparates destrozados habían inundado las aceras de Berlín y miles de ciudadanos judíos habían sido deportados a campos de concentración.

Mathilde Friedberg pertenecía a una familia aristocrática cristiana de la Baja Sajonia, cuyos orígenes podían documentarse hasta el siglo XI. Un antepasado suyo había participado en la Primera Cruzada, atendiendo a la llamada del emperador bizantino Alexios I; otro había sido consejero de Enrique VII, coronado emperador germánico en 1438. A ojos del barón Von Eisler, su hija Mathilde había echado por tierra ocho siglos de historia al casarse con un judío.

Su matrimonio con Erik Friedberg tuvo lugar unos meses antes de que entrase en vigor la «ley para la protección de la sangre y el honor alemán», que prohibía los matrimonios y relaciones extramaritales entre judíos y arios. Una ley posterior había retirado a las personas de origen judío la ciudadanía alemana, el derecho al voto y el ejercicio de cualquier cargo público. Los judíos no podían trabajar como abogados, médicos o periodistas y tenían prohibida la entrada en los hospitales públicos.

Nacida en Berlín y bautizada con agua del río Spree, Mathilde no deseaba vivir en ningún otro lugar del mundo. No obstante, la situación se había vuelto insostenible en Alemania en los últimos años. Y todavía podía empeorar.

Un tercio de los judíos alemanes había abandonado el país desde el nombramiento de Hitler como canciller. A pesar de la discriminación contra los judíos, del terror que reinaba en la capital, Erik se resistía a abandonar Berlín. Tal vez la noticia que Mathilde tenía que darle le hiciese cambiar de opinión.

Observó su reflejo en la ventana. Llevaba el pelo cortado a la altura de la nuca, como durante la adolescencia, y su piel ofrecía un brillo ceniciento en la penumbra del cuarto. Sus rasgos le recordaban un poco a los de su bisabuela Hannelore, cuyo retrato lucía en la mansión familiar de Französische Strasse, que Mathilde no había vuelto a pisar desde el día en el que informó a sus padres de su intención de casarse con Erik.

Se apartó de la ventana y acarició el teclado de su máquina de escribir Underwood. Era un viejo modelo de finales del siglo anterior y, a diferencia de otras máquinas más modernas, no permitía integrar un cartucho de dos colores. Mathilde la había comprado en un mercadillo, con el anticipo recibido por su primera novela.

Sobre la mesa se encontraba el manuscrito, recién terminado, de su cuarta novela infantil. Igual que las anteriores, estaba centrada en las peripecias del loro detective Hermann, y confiaba en que tuviese una buena acogida. Erik llevaba cinco años sin poder subir a un escenario y la única fuente de ingresos del matrimonio eran los libros de Mathilde.

La mujer escuchó unos pasos en la escalera y permaneció inmóvil. Llevaba varios días escribiendo a oscuras, para evitar que la luz se viese desde la calle. Circulaban historias atroces sobre lo sucedido en los últimos días: niños acuchillados mientras dormían, ancianos a los que las tropas de las SA habían empujado al suicidio, rabinos inmolados en el interior de sus sinagogas.

La puerta se abrió y Mathilde observó, aliviada, que se trataba de su marido. Erik iba todas las tardes a visitar a su padre, cuya salud había empeorado en los últimos meses, y se reunía después con otros actores desempleados en un café en la avenida Unter den Linden.

Erik sonrió con tristeza, mostrando una miríada de arrugas prematuras. Se quitó el abrigo, la misma prenda que llevaba el día en que había conocido a Mathilde, besó a su mujer en la mejilla y se sentó en un sillón, junto a una columna de libros de un metro de altura. Mathilde pensó en darle la noticia en ese momento, pero el aire taciturno de Erik le hizo dudar. Lo conocía bien y sabía que algo le inquietaba.

—¿Cómo está tu padre? —preguntó ella, al tiempo que apoyaba una mano en el hombro de su marido.

—Igual que siempre.

—Entonces, ¿qué es lo que te preocupa?

Erik acarició la mano de su mujer. Mathilde tenía un sexto sentido para leer sus estados de ánimo.

—Tenemos que mudarnos de este piso.

—¿Mudarnos? —preguntó ella—. ¿Por qué?

—Orden de la policía de Berlín. A partir del mes que viene los judíos tendremos vetado el acceso a esta calle. Y a muchas otras de la capital.

Mathilde se dio cuenta de que había dejado de nevar. Los nazis no se habían contentado con prohibir a los judíos su asistencia a las escuelas arias o con impedir la venta de sus periódicos. No se darían por satisfechos hasta que el último de ellos se hubiese marchado de Alemania.

—Las restricciones incluyen cines, cabarés, teatros y piscinas —añadió Erik—. Terminarán por encerrarnos en establos.

—No digas eso.

Mathilde acarició la mejilla de Erik con el dorso de la mano. A pesar de las privaciones y miserias de los últimos años, habían permanecido juntos. Decididamente, no era el mejor momento para darle la noticia. No quería que el recuerdo de ese momento se viese empañado por una sombra de tristeza.

—Nos mudaremos a otro apartamento —dijo Mathilde—. Si permanecemos juntos, no me importa dónde estemos.

Erik cogió las manos de su mujer y la miró a los ojos.

—No lo entiendes. Al estar casada conmigo recibirás el mismo trato que si fueses judía. —El rostro de Mathilde se tensó al oír sus palabras—. Si te divorcias de mí —prosiguió él— volverás a ser admitida en la comunidad racial alemana. Recuperarás todos tus derechos.

Mathilde apartó sus manos con brusquedad.

—Vámonos a Francia, Erik. Este ya no es nuestro país.

Mathilde había pasado varios veranos en París y, gracias a una institutriz de Clermont-Ferrand que había tenido de niña, hablaba perfectamente francés. Había apostado en el hipódromo de Longchamp, asistido a conciertos en la Salle Pleyel y comprado perfumes en la casa Caron. Podrían vivir en un lugar seguro, a salvo de la locura nazi.

—No puedo dejar solo a mi padre —dijo Erik—. Además, sin dinero no llegaremos muy lejos.

Mathilde pensó que quizá debería tragarse su orgullo y pedirle ayuda a su padre. El problema era que si Erik se enteraba, nunca se lo perdonaría.

—Con el dinero que reciba por mi novela podríamos irnos a París.

—¿De veras crees que, con los tiempos que corren, alguien va a comprar libros infantiles?

Erik se levantó y caminó hacia la ventana. Observó la calle en la que habían vivido durante los últimos años y que pronto tendría prohibido pisar. Mathilde lo siguió y se situó a su lado.

—Todo saldrá bien —afirmó ella.

Erik la besó en la frente, para evitar mirarla a los ojos. Ambos sabían que nada saldría bien.

3

El barón Von Eisler entró en el vestíbulo del Hotel Adlon con los ademanes de un hombre que habría podido adquirir ese establecimiento.

El hotel, el más lujoso de Berlín, estaba situado en Pariser Platz, en las inmediaciones de la Puerta de Brandeburgo y de las embajadas de Francia, Gran Bretaña y Estados Unidos. Frecuentado por numerosas celebridades alemanas y extranjeras, era también uno de los lugares favoritos de la jerarquía nazi.

El barón Von Eisler saludó a varias personas antes de sentarse, en solitario, en un sillón con vistas a la avenida Unter den Linden. Pidió un whisky Lagavulin de dieciséis años y mientras se recreaba en su sabor a humo y turba recordó un chiste que había oído contar a su chófer, sin saber que le escuchaba. El ministro del Interior, Hermann Goering, y el de Propaganda, Joseph Goebbels, morían e iban al infierno. Como castigo, Goering recibía mil uniformes, sin un espejo en el que poder admirarse; Goebbels recibía mil discursos, pero ningún micrófono para pronunciarlos.

Manfred von Eisler no se había afiliado al Partido Nacionalsocialista por convencimiento ni por oportunismo, sino para darle credibilidad a ese grupo de fanáticos. Su familia había gozado de riqueza y poder durante muchas generaciones y desconfiaba por naturaleza de toda persona que no pudiese documentar sus orígenes a lo largo de al menos dos siglos. De no ser por el apoyo del barón Von Eisler y de otras personalidades prominentes, el presidente Hindenburg nunca habría aceptado nombrar a Adolf Hitler canciller de Alemania.

Von Eisler se preguntaba si no había abierto una caja de Pandora apoyando a un hombre que creía en rituales arcanos y fantasías esotéricas. Tal vez Hitler no sería tan fácil de manipular como opinaban los Krupp, Thyssen y demás notables que lo habían llevado al poder.

Con sus rituales histriónicos y su obsesión por idolatrar al «cabo austriaco», los nazis eran un mal menor. Como una mayoría de alemanes, Manfred von Eisler no los había tomado en serio al principio. Sus proclamas rimbombantes y los gestos teatrales de su máximo dirigente parecían extraídos de un vodevil. Para su sorpresa, los nazis habían rescatado a la economía alemana del marasmo y alejado el fantasma del comunismo.

El barón vio acercarse a Maximilian Veidt con un portafolio negro en la mano. El editor llegaba puntual a la cita, pero parecía incómodo. Como director de Propaganda del Tercer Reich, Manfred von Eisler estaba acostumbrado a provocar esa sensación en los demás. Especialmente cuando invitaba a su interlocutor a reunirse con él sin explicarle el motivo.

El barón saludó al director de la editorial Schwarz y le pidió que se sentara. Von Eisler no dejaba nada al azar y antes de su cita había consultado los archivos de la Gestapo sobre Maximilian Veidt.

El editor había nacido en Viena y después de finalizar sus estudios de arquitectura se había trasladado a Berlín. A pesar de la hiperinflación y la difícil situación política, en los años veinte Berlín era una ciudad vibrante y llena de vida. Cuando un amigo le propuso fundar una editorial para publicar libros técnicos decidió unirse al proyecto. Tras el fallecimiento de su socio, Veidt había extendido el catálogo de la editorial a manuales escolares y publicaciones infantiles.

El editor era miembro del Partido Nazi aunque, según la Gestapo, albergaba sentimientos ambivalentes respecto a su ideología. Como empresario veía con buenos ojos el crecimiento económico de los últimos años. La censura impuesta por el ministro de Propaganda, Joseph Goebbels, era cada vez más férrea y el mejor negocio para una editorial se encontraba en los manuales escolares y los panfletos que las SA, SS y Juventudes Hitlerianas consumían en grandes cantidades. Para participar en ese negocio era preciso estar afiliado al Partido Nazi y encontrarse en buenos términos con algunas personalidades importantes. Especialmente con el barón Von Eisler.

Maximilian Veidt pidió un whisky para acompañar al director de Propaganda y conversaron sobre la reciente anexión de Austria por el Reich alemán.

El barón Von Eisler bebió un trago de whisky y chasqueó la lengua para impregnarse de su acidez. Permaneció unos instantes en silencio con el fin de obtener la completa atención de su interlocutor.

—El Ministerio de Propaganda desea imprimir quinientos mil ejemplares de Mein Kampf —dijo finalmente—. ¿Estaría usted interesado?

—Sería un honor publicar la obra de nuestro Führer.

Von Eisler observó la Puerta de Brandeburgo desde la ventana. En su cumbre se encontraba la cuadriga guiada por la diosa romana Victoria, que Napoleón había llevado a París después de la derrota prusiana en Jena y que los alemanes habían recuperado tras la abdicación del emperador en 1814.

—¿Cuál es su línea editorial? —preguntó, aunque conocía perfectamente la respuesta.

—Publicamos libros infantiles y manuales escolares. Nuestra especialidad son las obras de contenido técnico.

—¿Figura Mathilde Friedberg entre sus autores?

El hombre lo miró en silencio, sorprendido de que el director de Propaganda poseyera esa información.

—Así es. ¿La conoce?

Von Eisler depositó el vaso de whisky sobre la mesa y se inclinó ligeramente hacia el editor.

—Mathilde Friedberg es mi hija.

4

Joel Friedberg puso agua al fuego para hacer un té. La artrosis, que le obligaba a caminar con muletas, dificultaba cada vez más sus movimientos. Casi todos los médicos judíos habían emigrado de Alemania y sus homólogos arios tenían prohibido tratar a los hebreos.

El suegro de Mathilde vivía en Littenstrasse, en un bloque de apartamentos que se había convertido con los años en un gueto. Joel Friedberg había ejercido como abogado en Berlín hasta que, un día de julio de 1933, las tropas de las SA entraron en magistratura y expulsaron a todos los letrados de origen judío.

A raíz de su expulsión Joel Friedberg pensó en marcharse de Alemania, como hicieron muchos de sus colegas, pero fue retrasando día tras día su partida. Cuando finalmente decidió hacerlo, su estado de salud se lo impidió.

El apartamento olía al linimento casero, a base de pétalos de manzanilla y aceite de oliva, que Joel Friedberg utilizaba para combatir la artrosis. Su único consuelo era que su esposa no había visto su caída en desgracia ni experimentado las continuas vejaciones a los judíos desde el nombramiento de Hitler como canciller.

Lil Stephanus, fallecida en 1931, había sido una de las grandes actrices dramáticas en el Deutsches Theater. Max Reinhardt, la figura central del teatro alemán a principios del siglo XX, la había descubierto durante una representación de Macbeth en un pequeño teatro de Spandau. Desde aquel día la actriz se convirtió en una de las divas del Deutsches Theater y empezó a actuar en roles secundarios en películas de Robert Wiene y Fritz Lang.

Cuando la conoció, Joel Friedberg acababa de establecerse como abogado y se enamoraron casi a primera vista. Durante años fueron una de las parejas más envidiadas de Berlín. Obtenían las mejores mesas en los restaurantes y la actriz era tratada como una celebridad por sus numerosos admiradores. Después del nacimiento de sus dos hijos, Gabriel y Erik, Lil Stephanus regresó a los escenarios y alcanzó unas cotas de popularidad todavía mayores. Un cáncer acabó con su vida a los cuarenta y cinco años, cuando se encontraba en la cima de su carrera.

Joel Friedberg oyó que llamaban a la puerta. Erik no solía ir a verlo por las mañanas y nunca recibía otras visitas. Caminó hacia la entrada, ayudándose de las muletas, y comprobó que se trataba de Mathilde.

—¿A qué se debe tan agradable sorpresa?

Su nuera lo besó en la mejilla y entró en el apartamento. A pesar de los dolores que le impedían dormir y de que su pensión había sido denegada, el padre de Erik siempre tenía una sonrisa para ella.

—Iba hacia la editorial y decidí hacerte una visita.

Su suegro la miró con curiosidad. Mathilde iba a visitarlo frecuentemente, pero siempre en compañía de Erik.

—Estaba hirviendo agua. ¿Quieres un té?

—Yo me encargo de hacerlo.

Mathilde fue a la cocina y vertió en una tetera el agua que empezaba a hervir. Regresó con ella en una bandeja y la dejó encima de la mesa.

—¿No vas a contarme por qué has venido a verme?

Mathilde observó que su suegro estaba sentado en la misma silla que cuando lo había conocido. Aquel día, Joel Friedberg llevaba un traje oscuro y olía fuertemente a colonia. Aunque su aspecto severo la intimidó al principio, Mathilde se había emocionado ante su calurosa felicitación cuando le informaron de su deseo de contraer matrimonio. Ojalá sus padres hubiesen reaccionado de la misma forma.

—Tengo tanto miedo que soy incapaz de dormir —confesó Mathilde—. La situación de los judíos se ha vuelto insostenible.

—Y quieres que convenza a Erik de que os marchéis de Alemania...

Joel Friedberg se levantó con dificultad y cogió un retrato del aparador. En él se veía a Erik junto a su hermano Gabriel, que había emigrado en 1933 a Noruega, donde ejercía como médico. Erik era lo único que le quedaba en Berlín.

5

Mathilde esperó pacientemente en la sala de reuniones de la editorial Schwarz. Cuando publicó su primera novela la editorial era un lugar lleno de animación. Cuatro años después, a imagen del cambio experimentado por Berlín, en sus oficinas reinaba un silencio de mausoleo.

La secretaria de Maximilian Veidt abrió la puerta y guio a Mathilde hasta el despacho del editor. Este llevaba un monóculo en el ojo derecho y un pañuelo rojo en la chaqueta del traje, a juego con la insignia del Partido Nazi que adornaba su solapa.

Mathilde se sentó en el borde de la silla, con las rodillas muy juntas. Sobre la mesa había un retrato de Adolf Hitler y los cuadros expresionistas que colgaban de las paredes durante su anterior visita habían sido reemplazados por fotografías del Estadio Olímpico durante una manifestación nazi.

Maximilian Veidt la recibió con la amabilidad de siempre y charlaron durante unos instantes sobre la transformación experimentada por Berlín en los últimos años. Mathilde observó que el editor tenía un aspecto más envarado que durante su último encuentro. Le había llamado por teléfono una semana antes, para informarle de que tenía lista la nueva entrega del loro Hermann, y Maximilian Veidt le invitó a pasar por la editorial para charlar sobre su publicación.

—¿Has preparado un borrador del contrato? —preguntó Mathilde tras depositar el manuscrito sobre la mesa.

El editor se sacó el monóculo y lanzó una ojeada hacia el lugar de la estantería que años atrás habían ocupado las obras de su admirado Sigmund Freud.

—Me temo que no puedo publicar tu novela.

Mathilde se mostró decepcionada, aunque no del todo sorprendida. El hecho de que su marido fuese judío no había impedido la publicación de sus obras anteriores, pero el clima de antisemitismo se había vuelto aún más extremo.

Ante el silencio de Mathilde, el editor se limpió la frente con un pañuelo y prosiguió:

—Ninguna de tus novelas ha sido un éxito de ventas. Si estalla la guerra, nadie comprará libros infantiles.

El silencio de Mathilde hacía las cosas aún más difíciles para Veidt. Había pasado todo el fin de semana reflexionando sobre la proposición del barón Von Eisler y el dilema que encerraba: ser fiel a sus ideales o vender su alma al diablo. ¿Cuánto quedaba en él del hombre que ambicionaba cambiar el mundo y que consideraba la literatura un arma para conseguirlo?

Si los negocios hubiesen marchado bien habría podido permitirse otra postura. Desgraciadamente, los libros se acumulaban en el almacén y los proveedores habían dejado de concederle crédito. La editorial se encontraba al borde de la quiebra. Si no aceptaba la condición impuesta por el barón acabaría en la ruina.

Maximilian Veidt tenía miedo al deshonor, pero temía aún más a la miseria. No se sentía con fuerzas para crear otro negocio, y mucho menos para enfrentarse a uno de los hombres más poderosos del régimen. Especialmente cuando había un sustancioso contrato en juego.

Mathilde recogió el manuscrito de su novela y se dirigió hacia la puerta.

—Nunca olvidaré lo que has hecho por mí en los últimos años —le dijo al editor—. Siempre te estaré agradecida.

Maximilian Veidt tragó saliva con dificultad y caminó hacia ella.

—Prueba en otra editorial —balbuceó—. Lo siento de veras.

Mathilde estrechó la mano de Veidt y abandonó su despacho. ¿De dónde iban a sacar el dinero para marcharse a París?

...