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DIME QUIéN SOY

Julia Navarro

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Fragmento

Índice

Cubierta

Portadilla

GUILLERMO

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

SANTIAGO

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

PIERRE

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

ALBERT

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

MAX

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Recibe antes que nadie historias como ésta

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

FRIEDRICH

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Epílogo

Créditos

Acerca de Random House Mondadori

cover portadilla

Para mi madre,

sin ella no habría llegado hasta aquí.

Para mis abuelos Teresa y Jerónimo,

por su cariño y generosidad,

y por lo mucho que he aprendido de ellos.

Su recuerdo siempre me acompaña.

Y para mi querida amiga Susana Olmo,

por las muchas risas compartidas.

Agradecimientos

A Riccardo Cavallero quiero agradecerle su apoyo decidido y confianza en mis novelas. Tiene el talento de hacer lo difícil, fácil.

Y como siempre, al equipo de Random House Mondadori que ha hecho posible esta novela. Gracias a todos por su ayuda y a Cristina Jones por su paciencia.

También a Fermín y Álex por estar siempre cerca.

GUILLERMO

1

—Eres un fracasado.

—Soy una persona decente.

Mi tía levantó la vista del folio que tenía en las manos. Lo había estado leyendo como si el contenido del escrito fuera una novedad para ella. Pero no lo era. En aquel currículo estaba resumida mi breve y desastrosa vida profesional.

Me miró con curiosidad y siguió leyendo, aunque yo sabía que no había mucho más que leer. Me había llamado fracasado no con ánimo de ofenderme, sino como quien afirma algo evidente.

El despacho de mi tía resultaba agobiante. En realidad lo que me incomodaba era su actitud altiva y distante, como si por haber triunfado en la vida le estuviera permitido mirarnos al resto de la familia por encima del hombro.

Me caía mal, pero yo tampoco había sido nunca su sobrino favorito, por eso me sorprendió cuando mi madre me dijo que su hermana quería verme con urgencia.

La tía Marta se había convertido en la matriarca de la familia, incluso dominaba a sus otros dos hermanos, el tío Gaspar y el tío Fabián.

Se le consultaba todo, y nadie tomaba una decisión sin haber recibido su visto bueno. A decir verdad, yo era el único que la evitaba y quien, al contrario que el resto de mis primos, nunca buscaba su aprobación.

Pero allí estaba ella, orgullosa de haber salvado y triplicado el patrimonio familiar, un negocio dedicado a la compraventa y reparación de maquinaria, gracias, entre otras razones, a su oportuno matrimonio con el bueno de su marido, el tío Miguel, por quien yo sentía una secreta simpatía.

El tío Miguel había heredado un par de edificios en el centro de Madrid, cuyos inquilinos le reportaban buenas rentas todos los meses. Más allá de reunirse con el administrador de los edificios una vez al mes, nunca había trabajado. Su única preocupación consistía en coleccionar libros raros, jugar al golf y escapar con la menor excusa de la mirada vigilante de mi tía Marta, a quien había cedido gustoso esas reuniones mensuales con el administrador sabiendo que ella tenía la inteligencia y la pasión necesarias para acertar en todo cuanto hacía.

—Así que tú al fracaso lo llamas ser una persona decente. Entonces, ¿crees que todos los que triunfan son indecentes?

Estuve a punto de decir que sí, pero eso me habría supuesto tener un disgusto con mi madre, de manera que decidí dar una respuesta más matizada.

—Verás, en mi profesión ser decente suele conducir a que te quedes sin empleo. No sabes cómo está el periodismo en este país. O estás alineado con la derecha o lo estás con la izquierda. No eres más que una correa de transmisión de las consignas de uno o de otro. Pero intentar contar simplemente lo que pasa y opinar honradamente, te lleva a la marginación y al paro.

—Siempre te había tenido por un chico de izquierdas —dijo mi tía con cierta sorna—. Y ahora gobierna la izquierda…

—Ya, pero el gobierno quiere que los periodistas afines cierren los ojos y la boca ante sus errores. Criticarlos significa el extrañamiento. Dejan de considerarte uno de los suyos y, claro, como tampoco eres de los otros, te quedas en tierra de nadie, o sea en el paro, como estoy yo.

—En tu currículo pone que ahora trabajas en un periódico digital. ¿Cuántos años tienes?

Me fastidió la pregunta. Ella sabía perfectamente que estaba en la treintena, que era el mayor de los primos. Pero era su forma de demostrarme el desinterés que sentía por mí. Así que decidí no decirle cuántos años tenía puesto que era evidente que ella ya lo sabía.

—Sí, hago crítica literaria en un periódico de internet. No he encontrado otra cosa, pero al menos no tengo que pedir dinero a mi madre para comprar tabaco.

Mi tía Marta me miró de arriba abajo, como si fuera la primera vez que me veía, y pareció vacilar antes de decidirse a hacerme su propuesta.

—Bien, te voy a ofrecer un trabajo y además bien pagado. Confío en que estés a la altura de lo que esperamos de ti.

—No sé lo que quieres ofrecerme pero mi respuesta es no; aborrezco los gabinetes de prensa de las empresas. Si he venido a verte es porque me lo ha pedido mi madre.

—No pienso ofrecerte ningún puesto en la empresa —respondió como si fuera una locura el que yo pudiera trabajar en la empresa familiar.

—Entonces…

—Entonces quiero hacerte un encargo para la familia, algo más personal; en realidad, algo privado.

Mi tía continuaba mirándome sin estar segura de si no estaría equivocándose con su propuesta.

—Se trata de que investigues una vieja historia familiar: una historia relacionada con tu bisabuela, mi abuela.

Me quedé sin saber qué decir. La bisabuela era tema tabú en la familia. No se hablaba de ella; y mis primos y yo apenas habíamos logrado saber algo del misterioso personaje, de quien estaba prohibido preguntar y de quien no existía ni una sola fotografía.

—¿La bisabuela? ¿Y qué es lo que hay que investigar?

—Ya sabes que soy yo quien tiene casi todas las fotos de la familia, y había pensado hacer un regalo a mis hermanos las próximas Navidades. Por eso empecé a seleccionar fotografías antiguas para encargar copias. También busqué entre los papeles y documentos de mi padre, porque recordaba haber visto alguna más entre sus cosas y, efectivamente, encontré algunas y… bueno, entre los papeles había un sobre cerrado, lo abrí y allí estaba esta foto…

Mi tía se volvió hacia la mesa de despacho y cogió un sobre del que sacó una fotografía. Me la dio vacilando, como si temiese que yo fuera un manazas y aquella imagen no fuera a estar segura en mis manos.

El retrato tenía los bordes rotos y el paso del tiempo lo había impregnado de una pátina amarillenta, pero aun así resultaba fascinante la imagen de una joven sonriente vestida de novia y con un ramo de flores.

—¿Quién es?

—No lo sé. Bueno, creemos que puede ser nuestra abuela, tu bisabuela… Se la enseñé a tu madre y a mis hermanos y todos coincidimos en que nuestro padre se parecía a ella. El caso es que hemos decidido que ha llegado la hora de indagar qué pasó con nuestra abuela.

—¿Así, de repente? Nunca nos habéis querido decir nada sobre ella. Y ahora tú encuentras una foto que crees que puede ser de nuestra antepasada y decides que hay que averiguar qué pasó.

—Tu madre te habrá contado algo sobre ella…

—Mi madre me ha contado lo mismo que tú has contado a tus hijos: prácticamente nada.

—No es que nosotros sepamos demasiado; nuestro padre nunca hablaba de ella, ni siquiera el paso del tiempo le mitigó el dolor de su pérdida.

—Por lo que sé, no la conoció. ¿No lo abandonó cuando era un recién nacido?

Mi tía Marta parecía dudar entre contarme todo lo que sabía o despedirme de inmediato. Supongo que pensaba que a lo mejor yo no era la persona adecuada para abordar el asunto que se traía entre manos.

—Lo que sabemos —respondió— es que nuestro abuelo, o sea, tu bisabuelo, se dedicaba a la importación y venta de maquinaria, sobre todo de Alemania. Viajaba mucho, y no solía decir ni cuándo se iba ni, menos aún, cuándo pensaba regresar, lo que, como puedes suponer, no debía de gustar nada a su mujer.

—Es imposible que ella no se enterara. Si él hacía la maleta, supongo que ella le debía de preguntar adónde iba; en fin, esas cosas son las normales.

—No, él no actuaba así. Tu bisabuelo decía que él llevaba la maleta en la cartera, es decir, le bastaba con el dinero que llevaba encima. De manera que no le hacía falta preparar nada, iba comprando lo que necesitaba. No sé por qué actuaba así. Pero imagino que eso debió de ser una fuente de conflictos en el matrimonio. Como te digo, tu bisabuelo era muy emprendedor y amplió el negocio, no sólo a la venta de máquinas industriales sino también a su reparación, y en ese momento en España se necesitaba de todo. Un día él se marchó en uno de sus viajes. Durante su ausencia ella hacía la vida que en aquella época acostumbraban las chicas de su posición. Por lo que sabemos, ella acudió a casa de unos amigos, ya sabes que antes las visitas eran un entretenimiento inocente y sobre todo barato. Uno iba a visitar a unos amigos o familiares una tarde, ellos te la devolvían días después, y los salones de las casas se convertían, de esa manera, en lugares de encuentro. En uno de esos encuentros ella conoció a un hombre, desconocemos quién era ni a qué se dedicaba. Una vez oímos que era marino de la Armada argentina. Parece ser que ella se enamoró y huyó con él.

—Pero ya había nacido el abuelo, ya tenía un hijo.

—Sí, y de muy corta edad. Lo dejó al cuidado del ama, Águeda, la mujer que tu abuelo creyó que era su madre hasta que, ya mayor, se enteró de la verdad. Tu bisabuelo se amancebó con Águeda y tuvo una hija con ella, la tía Paloma, hermanastra de tu abuelo; ya conoces esa rama de la familia.

—En realidad no, nunca habéis tenido demasiado interés en que nos conozcamos, sólo los he visto en algún entierro —respondí con cierta insolencia, para provocarla.

Pero mi tía no era de las que respondían a una provocación si no le interesaba hacerlo, así que me observó con un destello de irritación y decidió seguir hablando como si no me hubiera escuchado.

—Tu abuelo decidió cambiarse el apellido de su madre, por eso se llamaba Fernández de segundo. Cuando se cambia de apellido, hay que elegir uno que sea frecuente.

—Tampoco nunca he conseguido saber cómo se llamaba de verdad —respondí, harto de la conversación.

—No lo sabemos, nunca lo hemos sabido. —El tono de voz de mi tía Marta parecía sincero.

—¿Y a qué viene ahora ese interés por la historia de vuestra abuela?

—Esta foto que te he enseñado nos ha llevado a tomar la decisión. He hecho copias; te daré una porque puede servirte para la investigación. Creemos que es ella, pero si no lo es da lo mismo: ha llegado la hora de saber.

—¿De saber qué? —Me divertía intentar irritarla.

—De saber quiénes somos —respondió mi tía.

—A mí no me importa lo que fue de esa bisabuela, me trae sin cuidado, yo sé quién soy y eso no lo va a cambiar lo que hiciera esa mujer tantos años atrás.

—Y a mí no me importa que a ti no te importe. Si te encargo este trabajo es porque no sabemos qué nos vamos a encontrar, y los trapos sucios, si es que los hay, prefiero que se queden en familia. Por eso no contrato a un detective. De manera que no te estoy pidiendo ningún favor, te estoy ofreciendo un trabajo. Eres periodista, sabrás cómo investigar. Te pagaré tres mil euros al mes y todos los gastos aparte.

Me quedé en silencio. Mi tía me había hecho una oferta que sabía que no podría rechazar. Nunca había ganado tres mil euros, ni siquiera cuando trabajé como reportero en televisión. Y ahora que estaba en una situación profesional lamentable, malviviendo con la crítica literaria para un periódico de la red cuyo sueldo no alcanzaba los quinientos euros al mes, aparecía ella como la serpiente que tentó a Eva. Quería decirle que no, que se guardara su dinero donde quisiera, pero pensé en mi madre, en cómo mes tras mes tenía que prestarme para el recibo de la hipoteca del piso que había comprado y no podía pagar. Bueno, en realidad, me consolé diciéndome que no había nada de deshonroso en indagar el pasado de mi bisabuela y, encima, que me pagaran por ello. Peor habría sido aceptar un trabajo a cambio de contar y cantar alabanzas al político de turno.

—Creo que con un par de meses tendrás suficiente, ¿no? —quiso saber tía Marta.

—No te preocupes, no creo que tarde tanto en averiguar algo sobre esa buena señora. Para mi desgracia, lo mismo dentro de unos días he terminado la investigación.

—Pero quiero algo más —dijo mi tía en tono conminatorio.

—¿Qué? —pregunté con desconfianza, como si de repente hubiera despertado de un sueño: nadie paga tres mil euros al mes por saber qué fue de su abuelita.

—Tendrás que escribir la historia de mi abuela. Hazlo como si fuera una novela, o como tú quieras, pero escríbela. La encuadernaremos y ése será el regalo que haré a la familia la próxima Navidad.

Sometí a mi madre a un exhaustivo interrogatorio para que recordara cuanto pudiera de su padre, o sea, de mi abuelo. La buena mujer dedicó un rato a adornarle con todas las virtudes intentando revolver en mi memoria. Yo lo recordaba alto, delgado, muy erguido, poco hablador. Un día me dijeron que el abuelo había sufrido un accidente de coche que lo dejó impedido en una silla de ruedas hasta que murió.

Todos los domingos, cuando yo era un niño, acudía con mi madre a la casa del abuelo. Allí participábamos de una comida familiar con largas sobremesas en las que me aburría enormemente.

El abuelo nos observaba a todos mientras comía en silencio, y sólo de vez en cuando intervenía.

La tía Marta era la menor de los hermanos. Por entonces estaba soltera y vivía con él, y por eso se había hecho cargo de la empresa de mi abuelo, de la misma manera que había asumido el control de aquella casa enorme y oscura. Así que no guardaba nada en mis recuerdos que me diera una pista sobre la madre del abuelo, la misteriosa señora que un día desapareció abandonándolo en manos del ama de cría.

Tengo que confesar que comencé la investigación con desgana, supongo que por lo poco que me importaba lo que pudiera haber hecho una antepasada.

Empecé a indagar por el lugar obvio: acudí a la oficina del Registro Civil para solicitar una partida de nacimiento de mi abuelo.

Evidentemente, en las partidas de nacimiento figura siempre el nombre de los progenitores del inscrito, así que era la mejor manera de averiguar cómo se llamaba la madre de mi abuelo. Me preguntaba por qué no lo habría hecho la tía Marta en vez de pagarme tres mil euros por ir al registro.

Una amabilísima funcionaria dio al traste con mis expectativas de éxito al decirme que no podía entregar una partida de nacimiento de alguien que había muerto.

—¿Y para qué quiere usted una partida de nacimiento de don Javier Carranza Fernández?

—Es que es mi abuelo, bueno, era mi abuelo, ya le he dicho que falleció hace quince años.

—Ya, por eso le pregunto que para qué quiere usted su partida de nacimiento.

—Estoy haciendo el árbol genealógico de la familia y precisamente el lío está en que mi abuelo se cambió el apellido materno por un problema familiar. En realidad, no se llamaba Fernández de segundo apellido, y eso es lo que yo trato de averiguar.

—¡Ah, pues no puede hacerlo!

—¿Y por qué no?

—Porque si, como usted asegura, su abuelo se cambió el apellido, entonces su expediente está en el Registro Especial, y sólo se puede consultar cualquier dato de ese registro si lo solicita el propio interesado o hay una orden judicial.

—Está claro que el interesado no puede solicitar nada —respondí de malhumor.

—Sí, eso está claro.

—Oiga, era mi abuelo, se apellidaba Fernández y no sé por qué. ¿No cree que tengo derecho a saber cómo se llamaba mi bisabuela?

—Mire usted, desconozco cuáles son sus problemas familiares y además no me interesan. Yo solamente cumplo con mi obligación y no puedo darle ninguna partida de nacimiento original de su abuelo. Y ahora, si no le importa, tengo mucho trabajo…

Cuando se lo conté a mi madre, me di cuenta de que no le sorprendía nada la escena con la funcionaria. Pero tengo que reconocer que me dio una pista que podía servirme para empezar.

—Al abuelo, lo mismo que a nosotros y también a vosotros, sus nietos, lo bautizaron en la iglesia de San Juan Bautista. Allí se casó, y allí nos hemos casado nosotros y espero que algún día también tú te cases en esa iglesia.

No respondí que por el momento mi único compromiso serio era con el banco que me había concedido el préstamo para comprarme un apartamento. Había firmado una hipoteca a pagar durante los siguientes treinta años.

La iglesia de San Juan Bautista necesitaba con urgencia una reparación de la cúpula; así me lo contó don Antonio, el viejo párroco, que se lamentaba de la desidia de los feligreses ante el estado del edificio.

—La gente da cada vez menos limosnas. Antes siempre encontrabas un benefactor para hacer frente a estos problemas, pero ahora… ahora los ricos prefieren poner en marcha fundaciones para desgravar impuestos y defraudar al fisco, y no dan un duro para estas cosas.

Lo escuché pacientemente porque el pobre anciano me caía bien. Me había bautizado, dado la primera comunión, y, si por mi madre fuera, también me casaría, aunque la verdad es que lo encontraba muy mayor para tan larga espera.

Don Antonio se quejó durante un buen rato antes de preguntarme qué quería.

—Me gustaría ver la partida de bautismo de mi abuelo Javier.

—Tu abuelo don Javier sí que se portó bien con esta parroquia —recordó don Antonio—. ¿Y para qué quieres su partida de bautismo?

—Mi tía Marta quiere que escriba una historia familiar y necesito saber algunas cosas. —Decidí responder diciendo casi toda la verdad.

—Pues no creo que sea fácil.

—¿Por qué?

—Porque todos los documentos antiguos están en los archivos del sótano; durante la guerra se revolvieron los registros parroquiales y ahora están desordenados. Tendríamos que volver a ordenar todo lo que hay abajo, pero el obispo no me quiere mandar un cura joven que sepa de archivos y yo ya no tengo edad para poner en orden tantos papeles y documentos; y, claro, tampoco te voy a dejar que andes mirando sin ton ni son.

—No le prometo nada, pero puedo hablar con mi tía Marta para ver si quiere ayudar a la parroquia contratando a una bibliotecaria o archivera que le ayude a usted a poner orden…

—Eso estaría muy bien, pero no creo que a tu tía Marta le importe mucho el estado de los documentos de esta parroquia. Además, apenas la vemos por aquí.

—De todos modos, se lo voy a pedir, por intentarlo no perdemos nada.

Don Antonio me miró con agradecimiento. Era un pedazo de pan, uno de esos curas que con su bondad justifican a la Iglesia católica.

—¡Que Dios te ayude! —exclamó.

—Pero mientras tanto me gustaría que me dejara buscar la partida de bautismo de mi abuelo. Le prometo que no voy a curiosear en ningún papel ni documento que no tenga que ver con lo que busco.

El viejo sacerdote me miró fijamente intentando leer en mis ojos la verdad de mis intenciones. Sostuve la mirada mientras componía la mejor de mis sonrisas.

—De acuerdo, te dejaré entrar en el sótano, pero me darás tu palabra de que sólo buscarás la partida de bautismo de tu abuelo y no te dedicarás a curiosear… confío en ti.

—¡Gracias! Es usted un cura estupendo, el mejor que he conocido nunca —exclamé lleno de agradecimiento.

—No creo que conozcas a muchos curas, tú tampoco vienes demasiado a la iglesia, de manera que la estadística me favorece —respondió don Antonio con ironía.

Cogió las llaves del sótano y me guió a través de una escalera oculta tras una trampilla situada en la sacristía. Una bombilla sujeta a un cable que se balanceaba era la única luz de aquel lugar lleno de humedad que, al igual que la cúpula de la iglesia, también necesitaba una buena reforma. Olía a cerrado y hacía frío.

—Me tendrá que indicar usted por dónde tengo que buscar.

—Aquí hay un poco de desorden… ¿En qué fecha nació tu abuelo?

—Creo que en 1935…

—¡Pobrecillo! En vísperas de la guerra civil. Mal momento para nacer.

—En realidad, ningún momento es bueno —respondí yo por decir algo, aunque inmediatamente me di cuenta de que había dicho una estupidez porque don Antonio me miró con severidad.

—¡No digas eso! ¡Precisamente tú! Los jóvenes de hoy en día no sois conscientes de los privilegios que tenéis, os parece natural tener de todo… por eso no apreciáis nada —refunfuñó.

—Tiene usted razón… He dicho una tontería.

—Pues sí, hijo, sí, has dicho una tontería.

Don Antonio iba de un lado a otro mirando archivadores, revolviendo entre cajas alineadas contra la pared, abriendo arquetas… Yo lo dejaba rebuscar a la espera de que me dijera qué hacer. Por fin, señaló tres archivadores.

—Me parece que ahí está el libro de bautismos de esos años. Verás, hubo niños a los que bautizaron mucho tiempo después de nacer, no sé si sería el caso de tu abuelo. Si no lo encuentras ahí, tendremos que buscar en las cajas.

—Espero tener suerte y encontrarlo…

—¿Cuándo vas a empezar?

—Ahora mismo, si no le importa.

—Bueno, yo tengo que preparar la misa de doce. Cuando termine, bajaré para ver cómo vas.

Me quedé solo en aquel sótano lúgubre pensando en que los tres mil euros de la tía Marta me los iba a ganar con creces.

Pasé toda la mañana y parte de la tarde dejándome la vista en el libro de bautismos, descolorido por el transcurso del tiempo, pero sin encontrar nada de mi abuelo Javier.

A las cinco de la tarde ya no soportaba el picor en los ojos; el hambre golpeaba mi estómago con tal insistencia que no pude ignorarlo por más tiempo. Regresé a la sacristía y pregunté por don Antonio a una beata que estaba doblando los manteles de misa.

—Está en la rectoría, descansando, hasta las ocho no hay misa. Me ha dicho que si aparecía usted, se lo dijera. Si quiere verlo, salga por ese pasillo y llame a una puerta que encontrará. Comunica la iglesia con la vivienda de don Antonio.

Le agradecí las indicaciones aunque conocía perfectamente el camino. Encontré al sacerdote con un libro en las manos, pero parecía estar dormitando. Lo desperté para darle cuenta del fracaso de mis pesquisas, y le pedí permiso para regresar al día siguiente temprano. Don Antonio me citó a las siete y media, antes de la primera misa de la jornada.

Por la noche llamé a mi tía Marta para pedirle que hiciera alguna donación a la iglesia de San Juan Bautista. Se enfadó conmigo por la petición, recriminándome que no tuviera más consideración por el modo de gastar el dinero de la familia. La engañé diciéndole que don Antonio era fundamental para la investigación que estaba llevando a cabo y que en mi opinión, debíamos tenerle contento para que colaborara. Pensé que el pobre cura se habría llevado un disgusto si me hubiera escuchado hablar así de él, pero a mi tía Marta no la habría convencido de otra manera. A ella poco le importaba la bondad de don Antonio y sus dificultades para sacar adelante su iglesia. Así que la convencí de que al menos hiciera una donación en metálico para ayudar a la reparación de la cúpula.

No fue hasta cuatro días después cuando encontré la ansiada partida de bautismo de mi abuelo. Me puse nervioso, porque al principio no estaba seguro de que fuera la que buscaba.

Teniendo en cuenta que mi abuelo había repudiado el apellido de su madre, cambiándoselo por otro más corriente, el de Fernández, tardé en comprender que aquel Javier Carranza era a quien buscaba.

Bien es verdad que los apellidos Carranza y Garayoa no son muy corrientes, y menos en Madrid, pero aun así se me pasó por alto por el Garayoa. Sí, ahora sabía que la madre de mi abuelo se llamaba Amelia Garayoa Cuní.

Me sorprendió que tuviera un apellido vasco y otro catalán. Curiosa mezcla, pensé.

Extraje del sobre la foto que me había dado la tía Marta como si la imagen de la joven pudiera confirmarme que, en efecto, ella era aquella Amelia Garayoa Cuní que en la partida de bautismo de mi abuelo aparecía como su madre.

Realmente aquella joven de la fotografía debió de ser muy atractiva, o acaso me lo parecía a mí porque ya había decidido que realmente era mi bisabuela.

Leí el registro del bautismo varias veces hasta convencerme de que era el que buscaba.

«Javier Carranza Garayoa, hijo de don Santiago Carranza Velarde y doña Amelia Garayoa Cuní. Bautizado el 18 de noviembre de 1935 en Madrid.»

Sí, no había lugar a dudas, aquél era mi abuelo y la tal doña Amelia Garayoa su madre, que había abandonado al marido y al hijo para fugarse, al parecer, con un marino.

Me sentí satisfecho de mí mismo diciéndome que me estaba ganando los primeros tres mil euros prometidos por mi tía.

Ahora tenía que decidir si la hacía partícipe de mi hallazgo o si continuaba investigando antes de desvelarle el nombre de nuestra antepasada.

Le pedí a don Antonio que me permitiera fotocopiar la página donde aparecía registrado el bautismo de mi abuelo, y tras jurar solemnemente que le devolvería el libro intacto y a la mayor brevedad, me marché.

Hice varias copias. Después fui yo quien insistió a don Antonio que guardara aquel libro original bajo siete llaves, pero que lo tuviera a mano por si volvía a necesitarlo.

Ya sabía cómo se llamaba mi bisabuela: Amelia Garayoa Cuní. Ahora tenía que encontrar alguna pista sobre ella y pensé que lo primero era buscar algún miembro de su familia. ¿Habría tenido hermanos? ¿Primos? ¿Sobrinos?

No tenía ni idea de si el apellido Garayoa era muy común en el País Vasco, pero convenía que viajara allí cuanto antes. Llamaría a todos los Garayoa que encontrara en los listines telefónicos, aunque aún no había decidido qué iba a decir a mis interlocutores… si es que me cogían el teléfono.

Pero antes de irme de viaje, pensé en echar una ojeada al listín telefónico de Madrid. Al fin y al cabo, mi bisabuela había vivido aquí, se había casado con un madrileño. Quizá tenía algún familiar…

No esperaba hallar nada, pero para mi sorpresa encontré dos familias Garayoa en la guía de Madrid. Apunté los teléfonos y las direcciones mientras pensaba cómo debía proceder. O bien les llamaba, o bien me presentaba directamente a ver qué pasaba. Me incliné por lo segundo y decidí que al día siguiente probaría suerte con la primera dirección.

2

El edificio estaba situado en el barrio de Salamanca, la zona rica de Madrid. Estuve un rato paseando por la calle intentando fijar en la retina cada detalle de la finca y sobre todo ver quiénes entraban y salían, pero al final lo único que conseguí fue llamar la atención del portero.

—¿Espera a alguien? —me preguntó mosqueado.

—Pues no… o mejor dicho sí. Bueno, verá, es que no sé si en esta casa vive la familia Garayoa.

—¿Y usted quién es? —quiso saber, y con su pregunta me di cuenta de que efectivamente allí había algún Garayoa.

—Pues un familiar lejano. ¿Podría decirme quién de los Garayoa vive aquí?

El portero me miró de arriba abajo intentando convencerse de que yo era una persona a la que se podía dar esa información, pero no terminaba de despejar sus dudas, de manera que le enseñé mi carnet de identidad. El hombre lo miró y me lo devolvió de inmediato.

—Pero usted no se llama Garayoa…

—Garayoa era mi bisabuela, Amelia Garayoa… Mire. Si le parece, usted consulta a los Garayoa que vivan en esta casa y si me permiten subir a visitarlos, subo, y si no, me marcho.

—Espere aquí —me ordenó, y por su tono de voz deduje que no quería que entrara en el portal.

Impaciente, aguardé en la calle, preguntándome quién viviría en esa casa, si alguna vieja sobrina de mi bisabuela, o primos, o sencillamente unos Garayoa que no tuvieran nada que ver con mi familia. A lo mejor, me dije, el apellido Garayoa era tan común en el País Vasco como el Fernández lo era en el resto de España.

Por fin el portero salió en mi busca.

—La señora dice que suba usted —me anunció sin tenerlas todas consigo.

—¿Ahora? —pregunté, aturdido, porque en realidad no esperaba que nadie me recibiera sino, al contrario, que el portero me mandara desaparecer.

—Sí, ahora. Suba usted al tercero.

—¿Tercero derecha o izquierda?

—La casa de las señoras ocupa toda la planta.

Decidí subir por la escalera, en vez de coger el ascensor, para que me diera tiempo a pensar qué iba a decir a los que vivían en aquella casa, pero mi decisión aumentó la desconfianza del portero.

—¿Por qué no coge el ascensor?

—Porque me gusta hacer ejercicio —respondí, desapareciendo del campo de visión de su mirada inquisidora.

Una mujer aguardaba ante la puerta abierta; de mediana edad, con traje gris y el cabello corto. Noté que me miraba con más desconfianza que el portero.

—Las señoras lo recibirán ahora. Pase, por favor.

—¿Y usted quién es? —pregunté con curiosidad.

Ella me miró como si mi pregunta hubiera violado su intimidad. Me observó con disgusto antes de responder.

—Soy el ama de llaves, me encargo de todas las cosas de la casa. Cuido de las señoras. Esperará en la biblioteca.

Al igual que el portero, hablaba de «las señoras», lo que me hacía suponer lo evidente: que allí vivían dos o más mujeres.

Me condujo hasta una sala espaciosa, con vetustos muebles de caoba y las paredes recubiertas de libros. Un sofá de piel de color marrón oscuro junto a otros dos sillones ocupaban un extremo de la estancia.

—Siéntese, avisaré a las señoras de que está usted aquí.

No me senté, sino que me puse a curiosear los libros perfectamente encuadernados en piel. Me llamó la atención que, salvo libros, no hubiera ningún otro objeto en la biblioteca, ni un adorno, ni un cuadro, nada.

—¿Le interesan los libros?

Me volví avergonzado, como un niño al que pillan metiendo la mano en el tarro de la mermelada. Balbuceé un «sí» mientras miraba a la mujer que me había hablado. Su aspecto no delataba una edad concreta: podría tener cincuenta o sesenta años.

Alta, delgada y de cabello castaño oscuro, vestía con elegancia un traje de chaqueta y pantalón y, como únicos adornos, llevaba unos pendientes y una alianza de brillantes.

—Perdone que la haya molestado, me llamo Guillermo Albi.

—Sí, eso ha dicho el portero, sé que le ha mostrado el carnet de identidad.

—Era para que no desconfiara, en fin, para que viera que no soy un loco.

—Bueno, un poco raro sí que es que se presente usted en esta casa preguntando si vive aquí alguien de la familia Garayoa, y afirmando que su bisabuela era Amelia Garayoa…

—Pues aunque parezca raro es la verdad. Soy bisnieto, o eso creo, de Amelia Garayoa. ¿Sabe usted quién es?

La mujer esbozó una sonrisa amplia y me miró divertida antes de responder.

—Sí, sé quién es Amelia Garayoa. En realidad soy yo, y es evidente que no soy su bisabuela.

Me quedé sin saber qué decir. De manera que aquella mujer, que de repente se me antojó que se parecía a mi tía Marta, era Amelia Garayoa, y, efectivamente, dada su edad no podía ser mi bisabuela.

—¿Se llama usted Amelia Garayoa?

—Sí, ¿le parece mal? —me preguntó con ironía.

—No, no, en absoluto; perdone, es que… en fin, todo esto es un lío.

—Para empezar, me gustaría saber a qué se refiere cuando dice «todo esto es un lío» y, en segundo lugar, ¿quién es usted? ¿Qué quiere?

El ama de llaves entró en la biblioteca antes de que yo pudiera responder y anunció solemnemente:

—Las señoras los esperan en la sala.

Amelia Garayoa me miró dudando si debía o no conducirme a esa sala donde al parecer otras señoras esperaban.

—Mis tías son muy mayores, pasan de los noventa años cada una, y no me gustaría que turbara su tranquilidad…

—No, no lo haré, no es esa mi intención, yo… me gustaría explicarles por qué estoy aquí.

—Sí, convendría que nos lo explicara —respondió con sequedad.

Salió de la biblioteca y yo la seguí azorado. Me sentía un intruso a punto de hacer el ridículo.

La sala era espaciosa, con dos amplios miradores. Pero lo que más llamaba la atención era una imponente chimenea de mármol en la que crepitaba la leña. A cada lado de la chimenea había un sillón orejero, y frente al fuego un sofá de piel negro.

Dos ancianas que parecían gemelas ocupaban los sillones. Tenían el pelo blanco y lo llevaban recogido en forma de moño. Vestían idénticas faldas de color negro. Una lucía un jersey de color blanco y la otra de color gris.

Ambas me observaban con curiosidad sin decir nada.

—Le presento a mis tías abuelas —dijo Amelia—. Este joven se llama Guillermo Albi.

—Buenas tardes; perdonen mi irrupción, son ustedes muy amables al recibirme.

—Siéntese —me ordenó la más anciana, la que llevaba el jersey blanco.

—Le hemos recibido porque mis tías así lo han decidido, yo no era partidaria de hablar con un extraño —cortó Amelia dejando claro que, si por ella fuera, me despediría sin más.

—Lo entiendo, ya sé que no es muy habitual presentarse en una casa diciendo que uno tuvo una bisabuela que se apellidaba Garayoa y preguntar si saben ustedes algo de ella. Les pido disculpas y espero no molestarlas demasiado.

—¿Qué es lo que quiere? —me preguntó la anciana del jersey gris.

—Antes que nada, quizá sea mejor decirles quién soy… Mi familia tiene una pequeña fábrica, Máquinas Carranza, que dirige mi tía Marta; les voy a dar la dirección y los teléfonos, así ustedes pueden indagar sobre mí, y yo regreso cuando ustedes sepan que soy una persona de bien y que no hay nada raro en mi visita…

—Sí —dijo Amelia—, usted me va a dejar todas sus direcciones, es lo mejor, y su teléfono, y…

—No seas impaciente, Amelia —interrumpió la anciana del jersey gris—, y usted, joven, díganos de una vez qué quiere y a quién busca y cómo ha dado con esta casa.

—Me llamo Guillermo Albi, y al parecer tuve una bisabuela que se llamaba Amelia Garayoa. Digo al parecer porque esa bisabuela es un misterio, sabemos poco o casi nada de ella. En realidad, no hemos descubierto cómo se llamaba hasta ayer, cuando encontré la partida de bautismo de mi abuelo, y allí figuraba el nombre de su madre.

Extraje del bolsillo de la chaqueta una fotocopia de la partida de bautismo de mi abuelo y se la acerqué a la anciana del jersey blanco. Cogió unas gafas que tenía sobre la mesa y leyó con avidez el documento, me clavó una mirada acerada y sentí que estaba leyendo hasta mis pensamientos más ocultos.

No pude sostener aquella mirada, de manera que desvié la vista hacia la chimenea. Ella le entregó el documento a la anciana del jersey gris, quien también lo leyó detenidamente.

—Así que usted es nieto de Javier —afirmó la anciana del jersey gris.

—Sí, ¿lo conoció usted? —pregunté.

—¿Y cómo se llama la esposa de Javier? —añadió la anciana del jersey gris sin responder a mi pregunta.

—Mi abuela materna se llamaba Jimena.

—Siga con su historia —terció la anciana del jersey blanco.

—Verán, mi tía Marta, que es la hermana de mi madre, encontró hace poco una foto y pensó que podía ser de su misteriosa abuela desaparecida. Como yo soy periodista y ahora estoy pasando una mala racha, prácticamente estoy en el paro, se le ocurrió ponerme a investigar qué sucedió con Amelia Garayoa. En realidad, ni mi madre ni mis tíos supieron hasta ayer cómo se llamaba su abuela. Su padre se cambió el apellido Garayoa por el de Fernández, y parece que nunca hablaba de su madre; en la familia era un tema tabú. Durante un tiempo creyó que su madre era Águeda, el ama de cría, con la que mi bisabuelo tuvo otra hija. Supongo que debió de ser muy duro enterarse de que su madre lo había abandonado. Ninguno de sus hijos se atrevió nunca a preguntarle qué había sucedido, de manera que en la familia no tenemos ninguna información.

—¿Y por qué quiere su tía Marta saber qué fue de la madre de su padre? —preguntó Amelia Garayoa, la sobrina nieta de las dos ancianas.

—Pues, porque, como les he dicho, encontró una foto y pensó que podía tratarse de esa Amelia Garayoa, y se le ocurrió que yo podría escribir una historia, la historia de esa mujer. Mi tía quiere regalar el relato a sus hermanos las próximas Navidades. Será un regalo sorpresa. Y no quiero engañarlas: a mí poco me importa lo que mi bisabuela hizo y las razones que la llevaron a ello, pero ya les he comentado que estoy pasando por un mal momento profesional y mi tía me va a recompensar generosamente por esta historia. Tengo una hipoteca que pagar y, la verdad, es que me da vergüenza seguir pidiendo dinero a mi madre.

Las tres mujeres me observaban en silencio. Caí en la cuenta de que llevaba más de media hora en aquella casa y que no había parado de hablar, de explicarles quién era, mientras que seguía sin saber nada de ellas. Tonto de mí, me había sincerado hasta el ridículo, como si fuera un adolescente cogido en falta.

—¿Tiene esa foto que encontró su tía? —preguntó la anciana del jersey blanco con voz temblorosa.

—Sí, he traído una copia —respondí, y la extraje del bolsillo de la chaqueta.

La anciana esbozó una amplia sonrisa al contemplar la imagen de aquella joven vestida de novia.

Las otras dos mujeres se acercaron para mirar la imagen. Ninguna decía nada, y su silencio me ponía nervioso.

—¿La conocen? ¿Conocen a la muchacha del retrato?

—Joven, ahora nos gustaría quedarnos a solas. Usted quiere saber si conocemos a esa Amelia Garayoa que al parecer fue familiar suyo… Puede ser, aunque el apellido Garayoa tampoco es que sea infrecuente en el País Vasco. Si nos deja esa fotocopia de la partida de bautismo y la foto… nos sería de gran ayuda —dijo la anciana del jersey gris.

—Sí, no tengo inconveniente. ¿Creen que puede ser un familiar de ustedes?

—¿Qué le parece si nos deja su teléfono? Nosotras nos pondremos en contacto con usted —continuó hablando la anciana del jersey gris, sin responder a mi pregunta.

Asentí. No podía hacer otra cosa. Amelia Garayoa se levantó del sofá para despedirme. Incliné la cabeza ante las dos ancianas, murmuré un «gracias» y seguí a la mujer elegante que me había guiado hasta el salón.

—Lo que sí es una casualidad es que se llame usted como mi bisabuela —me atreví a decirle a modo de despedida.

—No lo crea, en mi familia hay muchas Amelias; tengo tías, primas y sobrinas con ese nombre. Mi hija también se llama Amelia María, como yo.

—¿Amelia María?

—Sí, para distinguirnos unas Amelias de las otras, unas se llaman simplemente Amelia y otras Amelia María.

—¿Y estas dos señoras ha dicho usted que son sus tías abuelas?

Amelia dudó si debía responder a mi pregunta. Finalmente habló.

—Sí. Ésta es la casa familiar; cuando me quedé viuda, me vine a vivir con ellas, son muy mayores. Mi hija vive en Estados Unidos. Somos una familia muy unida; tías, sobrinas, nietos… en fin, nos queremos y cuidamos los unos de los otros.

—Eso está muy bien —respondí por decir algo.

—Son muy mayores —insistió—. Las dos pasan de los noventa, aunque tienen buena salud. Le llamaremos —dijo mientras me cerraba la puerta.

Cuando llegué a la calle tenía la sensación de estar noqueado. La escena vivida me parecía surrealista, aunque en realidad también lo era el encargo de tía Marta y mi desfachatez presentándome en una casa ajena para preguntar a unas desconocidas si sabían algo de mi bisabuela.

Decidí no comentarle nada a mi tía, al menos quería esperar a ver si las señoras decidían llamarme y volver a verme o si, por el contrario, me cerraban su puerta para siempre.

Pasé varios días pendiente del teléfono, y cuanto más pensaba en aquellas mujeres, más seguro estaba de que había encontrado una pista; lo que no sabía es adónde podía llevarme.

—¿Guillermo Albi? Buenos días, soy Amelia María Garayoa.

Aún no me había levantado, eran las ocho de la mañana, y el sonido del teléfono me produjo un sobresalto, pero mucho mayor fue el escuchar la voz de aquella Amelia Garayoa.

—Buenos días —balbuceé sin saber qué decir.

—¿Le he despertado?

—No… no… Bueno, en realidad sí, anoche estuve leyendo hasta tarde…

—Ya. Bueno, da lo mismo. Mis tías quieren verle, han decidido hablar con usted. ¿Puede venir esta tarde?

—¡Sí! ¡Claro que sí!

—Bien, si le parece lo esperamos en casa a las cinco.

—Allí estaré.

No colgó el teléfono. Parecía dudar antes de seguir hablando. Oía su respiración al otro lado de la línea. Por fin habló. Su voz había cambiado de tono.

—Si por mí fuera usted no volvería a pisar nuestra casa, creo que sólo nos va a traer problemas, pero mis tías han tomado la decisión y yo no puedo más que respetarla. Ahora bien, le aseguro que si intenta perjudicarnos, acabaré con usted.

—¿Cómo dice? —pregunté sobresaltado por la amenaza.

—Sé quién es usted, un periodista sin fortuna, un individuo conflictivo que ha tenido problemas en todos los medios en los que ha trabajado. Y le aseguro que si su comportamiento excede lo que yo creo razonable, haré lo imposible por que no pueda volver a encontrar trabajo el resto de su vida.

Colgó el teléfono sin darme tiempo a replicar. Por lo pronto, ya sabía que la tal Amelia María Garayoa había estado investigándome, mientras que yo había cometido el error de quedarme sentado a la espera de una llamada en lugar de haber indagado en la vida de aquellas extrañas mujeres. Me dije a mí mismo que como periodista de investigación estaba resultando un auténtico desastre, aunque como procuro ser benevolente con mis defectos, también me dije que lo mío nunca había sido la investigación, sino la crónica política.

Fui a comer a casa de mi madre, con la que terminé discutiendo a propósito de mi futuro inmediato. A mi madre no le parecía mal que hubiese aceptado el encargo de tía Marta, puesto que eso significaba ganar tres mil euros al mes, pero me recordó que ese sueldo tenía fecha de caducidad, que en cuanto averiguara cuatro cosas sobre la bisabuela y escribiera el relato, debería volver a vivir de mi profesión y, según ella, no estaba buscando ningún trabajo mejor que el de crítico literario en un periódico digital.

Mi madre consideraba que un periódico digital era igual a nada, puesto que a ella jamás se le ocurriría encender el ordenador para leer el diario en la red; de manera que lo que yo hacía le parecía irrelevante. Razón no le faltaba, pero yo estaba demasiado nervioso para escuchar sus quejas, y tampoco quería sincerarme contándole que iba a visitar esa misma tarde a las ancianas. Estaba seguro de que no me habría guardado el secreto y se lo habría contado a tía Marta.

A las cinco menos cinco entraba en el portal de la casa de las Garayoa. Esta vez el portero no me puso inconvenientes.

Abrió la puerta el ama de llaves, quien, con un breve «buenas tardes» seguido de «pase, las señoras le esperan», me acompañó hasta el salón de la chimenea, allí donde había estado la vez anterior.

Las dos ancianas me recibieron con gesto serio. Me sorprendió no ver a su sobrina nieta, Amelia María, así que pregunté por ella.

—Está trabajando, suele terminar tarde. Es broker, y a estas horas suele tener mucha tarea pendiente de la Bolsa de Nueva York —me explicó una de las ancianas.

En esta ocasión, la que parecía más mayor vestía un traje negro, mientras que la otra, que había vuelto a optar por un jersey de color gris, más oscuro que el anterior, también lucía un collar de perlas.

—Le explicaremos por qué hemos decidido hablar con usted —dijo la anciana de negro.

—Yo se lo agradezco —respondí.

—Amelia Garayoa es… bueno, mejor dicho, era familiar nuestro. Sufrió mucho cuando tuvo que separarse de su hijo Javier. Nunca se lo perdonó a sí misma. No se puede volver sobre el pasado para deshacerlo, pero ella siempre sintió esa deuda. Jamás pudo pagarla, no supo cómo. Sí le podemos decir que no hubo ni un momento de su vida en que no pensara en Javier.

Pareció dudar antes de proseguir.

—Le ayudaremos.

Escuché con asombro las palabras de la anciana vestida de negro. Hablaba con voz cansina, como si le costara decir aquellas palabras, y no sé por qué, pero sentí que remover el pasado iba a provocarles un enorme dolor.

La anciana de negro se había quedado en silencio, observándome, como buscando fuerzas para proseguir.

—Les estoy muy agradecido por haber decidido ayudarme… —dije, sin saber muy bien qué más añadir.

—No, no nos lo agradezca; usted es el nieto de Javier, y además le pondremos condiciones —replicó la anciana de gris.

Me di cuenta de que su sobrina nieta, Amelia Garayoa, no me había dicho sus nombres; en realidad no me las había presentado, y por eso yo mentalmente las identificaba por el color de la ropa. No me atrevía a preguntarles cómo se llamaban dada la solemnidad que estaban imprimiendo a aquel momento.

—Además, no le va a resultar nada fácil enterarse de la historia de su bisabuela —intervino de nuevo la anciana de negro.

Estas últimas palabras me dejaron perplejo. Primero me decían que me iban a relatar la historia de mi antepasada y luego me anunciaban que ese conocimiento no estaría exento de dificultad, pero ¿por qué?

—Nosotras no podemos contar lo que no sabemos, pero sí orientarle. Lo mejor será que rescate usted del pasado a Amelia Garayoa, que siga todos y cada uno de sus pasos, que visite a algunas personas que la conocieron, si es que aún viven, que reconstruya su vida desde los cimientos. Sólo así podrá escribir su historia.

Quien hablaba ahora era la anciana de gris. Tenía la impresión de estar convirtiéndome en un títere de las dos mujeres. Ellas movían los hilos, ellas iban a dictar las condiciones para permitir asomarme a la vida de mi antepasada, y no me darían ninguna otra opción que no fuera la de atenerme a sus deseos.

—De acuerdo —dije a regañadientes—, ¿qué tengo que hacer?

—Paso a paso, iremos paso a paso —continuó hablando la anciana de gris—. Antes de empezar, tiene que comprometerse a algunas cosas.

—¿A qué quieren que me comprometa?

—En primer lugar, a que seguirá nuestras indicaciones sin rechistar; somos muy mayores y no tenemos ganas, ni tampoco tiempo, para convencerlo de nada, de manera que usted siga nuestras instrucciones y así llegará a saber qué sucedió. En segundo lugar, a asumir que nos reservamos el derecho de decidir qué puede o no hacer con el texto que escriba.

—¡Pero eso no lo puedo aceptar! ¿Qué sentido tiene que ustedes me ayuden a investigar la historia de Amelia Garayoa si luego deciden no permitirme que lo que escriba se lo entregue a mi familia?

—Ella no fue una santa, pero tampoco un monstruo —murmuró la anciana de negro.

—Yo no tengo ninguna intención de juzgarla. Puede que para ustedes resulte tremendo que hace más de setenta años una mujer se marchara de casa dejando a su hijo en manos de su marido, pero hoy en día eso no resulta nada extraordinario. No considero que una mujer pueda ser tachada de monstruo por abandonar a su familia —protesté.

—Son nuestras condiciones —insistió la anciana de gris.

—No me dan muchas opciones…

—Lo que le pedimos no es tan difícil…

—Bien, acepto, pero ahora me gustaría que ustedes respondieran a algunas preguntas. ¿Qué relación tuvieron con Amelia Garayoa? ¿La conocieron? Y por otro lado, ¿quiénes son ustedes? Ni siquiera sé sus nombres… —dije en tono de protesta.

—Verá, joven, nosotras pertenecemos a una época en que la palabra dada tenía valor de ley; de manera que ¿nos da su palabra de que acepta nuestras condiciones? —insistió la anciana de gris.

—Ya les he dicho que sí.

—En cuanto a quiénes somos… como usted ya habrá intuido, somos familia directa de Amelia Garayoa y, por lo tanto, indirectamente familia de usted. En el pasado compartimos con ella sus inquietudes, sus decisiones, sus errores, sus penas… Se podría decir que somos las albaceas de su memoria. Su vida transcurrió paralela a la nuestra. Lo importante no es quiénes somos nosotras sino quién fue ella, y le vamos a ayudar a que lo descubra —afirmó con rotundidad la anciana de negro.

—En cuanto a nuestros nombres… Llámeme doña Laura y a ella —dijo la anciana de gris señalando a la otra anciana— doña Amelia.

—¿Amelia? —pregunté desconcertado.

—Ya le dijo mi sobrina que en nuestra familia hay muchas Amelias… —respondió doña Laura.

—¿Puedo saber por qué esa afición al nombre de Amelia?

—Antes era común poner a las hijas el nombre de la madre, o el de la abuela, o el de la madrina, así que en nuestra familia encontrará unas cuantas Amelias y Amelia Marías. Precisamente a mi hermana le pusieron Amelia María, aunque siempre la hemos llamado Melita para distinguirla de mi prima Amelia, ¿verdad? —dijo doña Laura mirando a la otra anciana.

Por lo menos ya sabía cómo se llamaban las dos ancianas, que por lo que entendía eran hermanas.

—Perdonen que insista, pero me gustaría saber exactamente el grado de parentesco que tenían ustedes con mi bisabuela. Deduzco que eran sus primas…

—Sí, y estábamos muy unidas, eso téngalo por seguro —respondió doña Laura.

—Bien, ahora que hemos llegado a un acuerdo, lo mejor es que usted se ponga a trabajar. Le vamos a entregar un diario, le servirá para empezar a conocer a su bisabuela —afirmó la anciana de negro.

—¿Un diario? ¿De Amelia? —dije extrañado.

—Sí, de Amelia. Lo empezó a escribir siendo una adolescente. Su madre se lo regaló cuando cumplió catorce años, y ella estaba feliz, porque entre otras cosas, soñaba con ser escritora.

La anciana de negro sonreía mientras evocaba el recuerdo del diario de Amelia.

—¿Escritora? ¿En aquella época? —pregunté yo con sorpresa.

—Joven, imagino que sabe que siempre ha habido mujeres que han escrito, y cuando se refiere a «aquella época» no lo haga como si fuera la Prehistoria —intervino doña Laura con aire de enfado.

—Entonces, Amelia, mi bisabuela, quería ser escritora…

—Y actriz, y pintora, y cantante… Tenía unas enormes ganas de vivir y cierto talento para el arte. El diario fue el mejor regalo de cuantos recibió en aquel cumpleaños —afirmó doña Melita—, pero ya le hemos dicho que tiene usted que ir descubriéndola poco a poco. De manera que lea este diario, y cuando lo termine, venga a vernos y le indicaremos el siguiente paso.

—Sí, pero antes de que lea el diario deberíamos de explicarle algo de cómo era la familia, cómo vivían… —indicó doña Laura.

—Perdonen, para aclararme, ¿usted es doña Laura y a usted debo llamarla doña Amelia María como a su sobrina nieta o doña Melita? —pregunté interrumpiendo a doña Laura.

—Como quiera, eso no es importante. Lo que queremos es que lea el diario —protestó doña Melita—. En cualquier caso, joven, la nuestra era una familia acomodada de empresarios e industriales. Gente educada y culta.

—Es necesario que pueda contextualizar lo que pasó —insistió, irritada, doña Laura.

—No se preocupen, sabré hacerlo…

—Amelia nació en 1917, un período convulso de la historia, el año en que triunfó la Revolución soviética, cuando aún no había terminado la Primera Guerra Mundial. En España había un gobierno de concentración, y reinaba Alfonso XIII.

—Sí, sé lo que sucedió en 1917… —Temía que doña Laura se empeñara en darme una lección de historia.

—Joven, no se impaciente, la vida de las personas tiene sentido si se explica en su contexto, de lo contrario es difícil que usted entienda nada. Como le decía, Amelia, y yo misma, crecimos en los años de la dictadura de Primo de Rivera, asistimos a la victoria republicana en las elecciones municipales de 1931 con la consabida proclamación de la República y la marcha de Alfonso XIII al exilio. Luego vinieron los gobiernos de centroizquierda, y en 1932 la aprobación del Estatuto de Cataluña, el intento de golpe de Estado de Sanjurjo, en 1933 el triunfo de las derechas agrupadas en la CEDA, la huelga general revolucionaria de 1934…

—Me hago cargo de que vivieron momentos difíciles —dije intentando cortar el discurso de la anciana.

En ese momento entró en el salón Amelia María, la sobrina nieta de las dos ancianas. La verdad es que me hacía un lío con tanta Amelia. Apenas me miró, besó a sus tías y les preguntó qué tal habían pasado el día.

Después de un intercambio de generalidades al que asistí atento y en silencio, Amelia María se dignó hablarme.

—Y a usted, ¿cómo le va?

—Bien, y muy agradecido por la decisión de sus tías de ayudarme. He aceptado todas sus condiciones —respondí con cierta ironía.

—Estupendo, y ahora, si le parece, mis tías deberían descansar, el ama de llaves me ha dicho que lleva usted aquí más de dos horas.

Me fastidió la manera expeditiva de echarme, pero no me atreví a contrariarla. Me levanté e incliné la cabeza ante las dos ancianas. Fue en ese momento cuando doña Melita me tendió dos cuadernos con tapas de tela de color cereza, desgastadas por el paso del tiempo.

—Éstos son dos de los diarios de Amelia —me explicó mientras me los entregaba—. Trátelos con mucho cuidado, y en cuanto los lea, venga a vernos.

—Así lo haré, y, repito, muchas gracias.

Salí de la casa exhausto, y no sabía por qué. Aquellas ancianas, a pesar de su aparente imperturbabilidad, me transmitían una tensión extraña, y en cuanto a su sobrina nieta, Amelia María, no disimulaba su animadversión hacia mí, seguramente por su convencimiento de que estaba perturbando la tranquilidad de sus tías.

Cuando llegué a mi apartamento, apagué el teléfono móvil para no tener que responder a ninguna llamada. Estaba ansioso por enfrascarme en la lectura de los diarios de mi bisabuela.

3

«¡Soy feliz! La fiesta de mi cumpleaños ha sido un éxito. Mamá es única cuando organiza festejos, y además me ha hecho el mejor regalo: este diario. Papá me ha regalado una pluma y mi hermana, unos guantes. Pero además de éstos he tenido otros muchos regalos, de los abuelos, de los tíos, y mis amigas también han sido muy generosas.

Mi abuela Margot ha insistido a papá para que Antonietta y yo vayamos a pasar con ella el verano a Biarritz. ¡Me encantaría! Sobre todo porque me ha dicho que también ha invitado a Laura, que es mi prima favorita. No es que me lleve mal con mi hermana Antonietta, pero tengo tanta confianza con Laura…

Laura dice que tenemos mucha suerte de tener una abuela francesa, porque a ella le divierte tanto como a mí pasar el verano en Biarritz. Yo creo que la suerte es tener una familia como la nuestra. Tiemblo al pensar que hubiera podido nacer en otra familia. Papá le ha dicho a la abuela que iremos a pasar parte de las vacaciones con ella.

Ahora estoy cansada, hoy ha sido un día lleno de emociones, continuaré mañana…»

El diario de Amelia era el de una adolescente de familia acomodada. Al parecer, el padre de Amelia, o sea, mi tatarabuelo, era vasco por parte de padre y vasco francés por parte de madre. Se dedicaba al comercio y viajaba por toda Europa y también por América del Norte. Tenía un hermano abogado, Armando, padre de Melita, Laura y Jesús, los primos de mi bisabuela.

A Amelia y a su hermana Antonietta las cuidaba una niñera inglesa, aunque su hada protectora era su ama de cría, Amaya, una guipuzcoana por la que sentían gran devoción, y que continuó realizando otras labores al servicio de la familia.

Mi bisabuela había sido una estudiante aplicada. Al parecer, lo que más le gustaba era la pintura y el piano; soñaba con ser una artista famosa en cualquiera de las dos disciplinas, y tenía un talento innato para los idiomas. Era con su prima Laura con quien compartía sus secretos de adolescentes. Su hermana Antonietta era dos años menor que ella, pero para Amelia eso era una eternidad.

Por lo visto, el padre de Amelia insistía en que sus dos hijas estudiaran y obtuvieran una buena formación. Ambas iban a las teresianas, y recibían clases de francés y de piano.

Mi tatarabuelo debió de ser un personaje un tanto especial porque de vez en cuando viajaba con su familia fuera de España. Amelia contaba en su diario sus impresiones sobre Munich, Berlín, Roma, París…, relatos de una niña llena de ganas de vivir.

En realidad aquel diario me resultó aburrido. No me interesaba nada la vida cotidiana de Amelia y, salvo el descubrimiento de que su prima favorita se llamaba Laura y de que una de sus abuelas era francesa, el resto era un relato almibarado que resultaba tedioso. Por eso decidí volver a encender el móvil, llamar a una amiga y salir a tomar una copa para distraerme. El segundo diario lo dejé para el día siguiente.

«Tengo tuberculosis. Desde hace días guardo cama y el médico no permite que tenga visitas. Laura ha venido esta mañana aprovechando que papá está de viaje en Alemania y que mamá a las nueve siempre va a misa. Laura me ha traído como regalo un diario como aquel que me regaló mamá cuando cumplí los catorce.

No he permitido que se acerque a la cama, pero su visita me ha proporcionado una gran alegría. Para mí Laura es más que una prima: es como una hermana, me comprende mejor que nadie, mucho más que Antonietta. Y me ha conmovido su regalo: este diario. Me ha dicho que así me aburriré menos y se me pasará el tiempo más rápido. Pero ¿qué voy a contar si no puedo moverme?»

«Ha venido el médico a verme, y reconozco que me fastidia que me trate como si fuera una niña. Ha dicho que debo continuar descansando, aunque es conveniente que respire aire puro. Mamá ha decidido mandarme al campo, a casa del ama Amaya. Habían pensado mandarme a casa de la abuela Margot en Biarritz, pero la abuela lleva una temporada con resfriados que no se terminan de curar, o sea que no está bien para cuidar a una enferma de tuberculosis. Además, don Gabriel ha dicho que es mejor que respire el aire puro de la montaña.

Mamá está preparando todo para que nos vayamos al caserío de la familia del ama. El ama Amaya me cuidará, mamá tiene que quedarse con Antonietta y esperar a que papá regrese de Alemania, pero vendrá a verme de vez en cuando. Prefiero marcharme a seguir encerrada en esta habitación; si no fuera por las visitas de Laura, me volvería loca. Aunque temo que al final pueda contagiar a mi prima. Nadie sabe que viene a verme, sólo el ama, pero ella no dice nada.»

«El ama Amaya deja que me levante. No me obliga a estar en la cama. Dice que si me siento con fuerzas, lo mejor es que salga a respirar aire puro como dijo don Gabriel. Aquí, en la montaña, lo que sobra es aire puro.

Los padres del ama son mayores, me cuesta entenderlos, porque todo el tiempo hablan vasco, pero el hijo mayor de Amaya, Aitor, me está enseñando. Papá dice que tengo un don especial para las lenguas, y la verdad es que aprendo rápido.

Me llevo bien con Aitor, y también he congeniado con Edurne, la otra hija del ama que tiene mi misma edad… bueno, unos meses más. Aitor y Edurne son muy diferentes, les pasa como a Antonietta y a mí. El ama quiere que Edurne nos acompañe a Madrid, a servir en nuestra casa. Le he prometido que convenceré a mamá. Edurne es muy silenciosa, pero siempre sonríe, y procura estar atenta al menor de mis deseos.

Papá recomendó a Aitor para que trabajara en una casa del PNV en San Sebastián. Pasa allí toda la semana. Dice que está muy contento con el trabajo, hace recados, está atento a los visitantes y también le encargan algunos pequeños trabajos de oficina, como escribir sobres. Aitor me lleva tres años, pero no me trata como a una cría.

El ama está muy pendiente de él, se siente muy orgullosa de su hijo. La pobrecita casi no ha vivido con ellos, vino a nuestra casa cuando yo nací, y ahora me doy cuenta de que ha debido de ser muy duro criarnos a nosotras en vez de a sus hijos. ¡Les ha tenido que echar tanto de menos!

Hemos ido a San Sebastián para llamar a la abuela Margot; está un poco mejor y ha prometido venir a verme.

A Aitor le sorprende que hable en francés con mi abuela, pero es que siempre hemos hablado en francés. La abuela Margot también habla en francés con papá. Sólo habla en español con mamá, pero es que a mamá no se le dan muy bien los idiomas, y aunque sabe hablar francés, sólo lo habla cuando vamos a Biarritz.»

«He ido con Aitor a pasear por la montaña. El ama le ha dicho que no me canse, sin embargo yo me siento mejor, y le he insistido en que si trepábamos un poco hacia la cumbre, podríamos ver Francia.

Pienso en la abuela Margot. Me gustaría verla, pero aún estoy convaleciente. En cuanto esté mejor iré a verla a Biarritz.

Aitor conoce un camino para entrar en Francia sin necesidad de pasar el control de la aduana. Bueno, me ha dicho que hay muchos senderos que llevan a Francia y que la gente de aquí los conoce, sobre todo los pastores. Su abuelo se los ha enseñado. Al parecer, su abuelo y otros pastores alguna vez se han ganado algunas pesetas con el contrabando. Aitor me ha hecho prometer que no se lo diré a nadie y no lo haré, no quiero pensar en lo que diría mi padre.

Aitor me ha contado que no quiere quedarse para siempre en el caserío. Estudia por las noches, cuando regresa del trabajo. Me lleva sólo tres años. Además, ahora está aprendiendo francés; se lo enseño yo a cambio de que él me siga enseñando vasco.

Aitor dice que yo también soy vasca. Y lo dice como si eso fuera ser especial. Pero yo no me siento especial, me da lo mismo ser vasca o de cualquier otro lugar. No logro sentir lo mismo que él, dice que es porque no vivo en esta tierra. No sé. Me siento orgullosa de llamarme Garayoa, pero porque es el apellido de papá, no porque sea un apellido vasco. No, por más que Aitor me diga, no logro sentir nada especial por el hecho de ser medio vasca.

Ahora hablo en vasco con Aitor y también con el ama Amaya y con sus padres. Me divierte hacerlo. La gente de los caseríos habla en vasco y se asombra al escucharme. No lo hago del todo mal. Aitor ha adelantado mucho en francés. Su madre dice que no le va a servir de nada, que mejor sería que aprendiera bien a ordeñar, pero Aitor no se quedará aquí, lo tiene decidido. Cuando regresa de San Sebastián, trae el periódico. Nos cuenta que la situación política está mal. Mamá suele decir que desde que se fue el rey vamos de mal en peor, pero papá no opina lo mismo, es simpatizante de Acción Republicana, el partido de don Manuel Azaña. Aitor tampoco parece sentir ninguna simpatía por Alfonso XIII. Claro que Aitor sueña con una patria vasca. Yo le pregunto qué haría con quienes no son vascos, y me responde que no me preocupe, que soy una Garayoa.

A la hora de la cena nos ha contado que se formó una coalición de derechas que se llama CEDA y que se presentaron a las elecciones. Yo, la verdad, no sé si eso es bueno o malo, se lo preguntaré a mis padres cuando dentro de unos días vengan a verme. ¡Les echo tanto de menos! Antonietta no vendrá porque aún no estoy curada del todo.»

«Me ha costado mucho volver a separarme de mis padres. Cuando el coche se ha puesto en marcha me he puesto a llorar como una niña pequeña. Don Gabriel ha dicho que aún no estoy curada del todo y tendré que quedarme en casa del ama un tiempo más, pero ¿cuánto? No me lo dicen y eso me desespera.

He convencido a mamá para que permita que Edurne venga con nosotros a Madrid; le he dicho que puede ser una buena doncella, y que se lo debemos al ama Amaya por habernos cuidado tan bien a Antonietta y a mí. Al principio se ha resistido, pero luego ha aceptado, y me ha dado una gran alegría porque me ha dicho que pondrá a Edurne a ocuparse de Antonietta y de mí.

Papá ha regresado preocupado de Alemania, nos ha hablado del nuevo canciller, se llama Adolfo Hitler. Según papá, Hitler hace unos discursos que encienden a la gente, pero a mi padre le inquieta, no se fía de él. Seguramente es porque a Hitler no le gustan los judíos y el socio de papá, herr Itzhak Wassermann, es judío. Al parecer, los judíos han empezado a tener problemas. Papá le ha ofrecido a herr Itzhak que se establezca en España, pero el hombre asegura que es un buen alemán y no debe temer nada. Herr Itzhak está casado y tiene tres hijas, son muy simpáticas, Yla es de mi edad. Han pasado algunos veranos con nosotras en la casa de Biarritz, y Antonietta y yo también hemos ido invitadas a su casa en Berlín. Espero que a ese Hitler se le pase su aversión por los judíos. Después de Laura, Yla es mi mejor amiga.»

«Mis padres han regresado y hemos ido a San Sebastián. Estábamos invitados a merendar en casa de un amigo de papá, es un dirigente del PNV, y papá y él se han pasado la tarde hablando de política.

Mi padre ha dicho que de seguir las cosas tan revueltas, el presidente Alcalá Zamora terminará convocando elecciones anticipadas. Papá ha explicado que las derechas están asustadas por las decisiones que toma el gobierno, y las izquierdas creen que no se están llevando a cabo las transformaciones sociales que esperaban.

No me he movido en toda la tarde para escuchar a mi padre, y eso que mamá y nuestra anfitriona han insistido para que charlara con ellas en otro salón, pero me interesaba más lo que hablaban mi padre y su amigo. No entiendo mucho, pero me gusta la política.»

«Amaya tiene una amiga de la infancia casada con un pescador. Es una suerte, porque algún sábado nos invitan a salir en el barco. Es pequeño, pero el marido de la amiga del ama Amaya lo maneja con destreza. Llevamos bocadillos y comemos en alta mar. Nos reímos mucho porque siempre nos metemos en aguas francesas. Pero es que en el mar no hay fronteras. El pescador nos ha enseñado a Aitor y a mí a llevar el barco. Su hijo Patxi, que es de la edad de Aitor, es pescador como él, y le acompaña todos los días cuando sale a pescar al amanecer. Creo que si no estudiara me gustaría ser pescadora. ¡Me siento tan bien en el mar!»

Llevaba toda la mañana leyendo el segundo diario de mi bisabuela y debo confesar que este segundo relato me entretenía más que el primero. Por el diario supe que Amelia estuvo viviendo en el caserío de su ama casi seis meses antes de ser dada de alta, y aunque tenía muchos deseos de regresar a su casa, le costó decir adiós a Aitor.

El joven le hablaba de política, intentaba contagiarle con entusiasmo su amor por la «patria vasca», le hablaba de un pasado idílico y de un futuro en que los vascos tendrían su propio Estado.

A mi bisabuela tanto le daba lo que fuera del País Vasco; a ella lo que le importaba era la compañía de Aitor.

«No ha sido fácil despedirnos. Aitor ha pedido el día libre y lo hemos pasado andando por el monte. Ya conozco cuatro senderos distintos para entrar en Francia; alguno de estos senderos los utilizan los contrabandistas. Pero aquí todos se conocen y nadie denuncia a sus vecinos hagan lo que hagan.

Me pregunto si regresaré pronto y, sobre todo, qué hará Aitor ahora que me marcho. Supongo que conocerá a alguna chica y se casará, es lo que esperan sus abuelos. Lo han educado para que se haga cargo del caserío.

Aunque él no lo dice, lo que de verdad le gustaría es dedicarse a la política; cada día está más metido en las cosas de su partido, y sus jefes tienen confianza en él.

Hace unos días acompañé a Amaya y a Edurne a San Sebastián, fuimos a hacer algunas compras y luego pasamos por la sede del PNV donde Aitor trabaja. Amaya se sintió muy orgullosa al ver la consideración que todos tienen por su hijo, sus jefes lo elogiaron mucho, y dijeron que tiene un gran porvenir.

Me alegro por él, pero… bueno, lo confesaré: sé que yo no estaré en ese porvenir, y eso me duele.»

«Me voy mañana temprano. Aitor nos llevará a la estación de San Sebastián.

Amaya está triste. Si por ella fuera se quedaría en el caserío, pero dice que tiene que seguir trabajando para ayudar a sus padres y a sus hijos. Sueña con que Aitor se haga político y que Edurne encaje con nuestra familia y se quede como doncella, pero entonces, ¿quién se haría cargo del caserío? Creo que lo que Amaya quiere es que Edurne ocupe su lugar y ser ella quien regrese junto a sus padres.

Los abuelos de Aitor nunca han salido de estas montañas, lo más lejos que han ido es a San Sebastián. Dicen que no tienen interés en conocer nada, que todo su mundo está aquí y que éste es el mejor de los mundos.

Papá suele decir que hay dos clases de vascos, los que salen a conquistar el mundo y los que creen que no hay mundo detrás de las montañas. Él es de los primeros; los abuelos de Aitor, de los segundos. Pero son buenas personas. Al principio me parecían adustos y reservados; eso es porque desconfían de los que venimos de fuera. Sin embargo, cuando vencen su timidez, te das cuenta de que son muy sentimentales.

Algunas noches, después de la cena, nos sentábamos junto a la chimenea y el abuelo cantaba canciones que al principio yo no entendía, pero que imaginaba nostálgicas. Ahora yo también las sé cantar, y sé que papá se va a sorprender cuando me escuche hablar en vasco.

Se acaban las páginas del diario, no sé si volveré a escribir otro. Ya lo he dicho: mañana regreso a casa, y creo que durante mi estancia aquí me he hecho mayor. Me siento como si tuviera mil años.»

Cumplí con lo pactado y telefoneé a las ancianas para decirles que ya había leído los dos diarios y preguntarles cuándo podía visitarlas de nuevo. Pensaba en qué podían haberme preparado para continuar mi «aprendizaje» sobre la vida de mi bisabuela.

No pude hablar con ellas directamente, pero el ama de llaves me citó para tres días después. Decidí dedicar ese tiempo a esbozar el primer relato de la vida de mi bisabuela, aunque, hasta el momento, no había encontrado nada extraordinario.

Doña Melita y doña Laura se asemejaban a dos estatuas. Siempre sentadas en los mismos sillones, pulcramente vestidas de negro y de gris, peinadas con moño, con perlas o brillantes en las orejas y una aparente fragilidad que no se correspondía con el vigor con que me manipulaban.

Aquel día estaban acompañadas por otra mujer tan anciana como ellas. Pensé que era una amiga o algún familiar. No me la presentaron, pero me acerqué a ella para estrecharle la mano, y la sentí temblorosa.

La mujer, también vestida de negro, pero con el rostro más arrugado, y sin joya alguna, parecía nerviosa. Pensé que era mayor que doña Laura y doña Melita, si es que aún se puede ser más mayor una vez cumplidos los noventa.

Observé que doña Melita le cogía la mano con afecto y se la apretaba como intentando darle ánimos.

Me preguntaron por los diarios, que les entregué sin demora, querían saber qué pensaba de Amelia.

—Pues la verdad es que no me parece nada especial, supongo que era la típica chica de familia acomodada de aquella época.

—¿Nada más? —quiso saber doña Melita.

—Nada más —respondí pensando qué se me podía haber escapado, que fuera especial, de aquellos dos relatos juveniles.

—Bien, ahora ya tiene una idea de cómo era Amelia en la adolescencia, y ha llegado el momento de que sepa cómo y por qué se casó —explicó doña Laura al tiempo que miraba de reojo a doña Melita—. Y lo mejor es que se lo cuente alguien que estuvo viviendo con ella, sin despegarse de su lado, durante unos años cruciales en su vida. Alguien que la llegó a conocer muy bien —continuó diciendo doña Laura mientras miraba a la anciana que no me habían presentado y que además no había despegado los labios—. Edurne, éste es el bisnieto de Amelia y don Santiago —dijo doña Laura dirigiéndose a la anciana.

Me sobresalté. ¿Edurne? ¿Sería la Edurne hija del ama, de Amaya? Me dije que no era posible tanta suerte.

La anciana a la que llamaban Edurne clavó sus ojos cansados en los míos y leí en ellos cierto temor. Se la notaba incómoda. Su aspecto era mortecino, como de alguien que, además de tener muchos años, estuviera enferma.

—¿Usted es la hija del ama, de Amaya? —le pregunté, ansioso por escuchar su respuesta.

—Sí —murmuró.

—¡Me alegro de conocerla! —exclamé con sinceridad.

—Sepa que Edurne va a hacer un gran esfuerzo hablando con usted. Tiene los recuerdos frescos, como si todo hubiera sucedido ayer, pero… en fin, está enferma… tenemos una edad en que nos salen goteras por todas partes. De manera que escúchela y no la canse mucho —ordenó doña Laura.

—¿Puedo preguntar?

—Sí, claro, pero no pierda el tiempo con preguntas, lo importante es lo que Edurne puede contarle —respondió otra vez doña Laura—. Y ahora, por favor, váyanse a la biblioteca, allí estarán más tranquilos para hablar.

Asentí. Edurne miró a las ancianas, y éstas hicieron un gesto casi imperceptible como animándola a hablar conmigo.

La anciana caminaba con dificultad apoyándose en un bastón; pasito a pasito, la seguí hasta la biblioteca.

Edurne comenzó a desgranar sus recuerdos…

SANTIAGO

1

«Cuando llegamos a Madrid, doña Teresa me explicó que a partir de ese momento debía ocuparme de sus dos hijas, de la señorita Amelia y la señorita Antonietta.

Mi trabajo consistía en cuidar de la ropa de las señoritas, ordenarles la habitación, ayudarlas a vestirse, acompañarlas a hacer visitas… Mi madre me fue enseñando cómo encargarme de sus cosas. Al principio lo pasé mal, a pesar de tener la inmensa suerte de compartir techo con ella.

Doña Teresa me instaló en el cuarto de mi madre, donde metió otra cama. Aunque la casa era grande, éramos las únicas que vivíamos con la familia, el resto del servicio se alojaba en las buhardillas. Supongo que teníamos ese privilegio porque al haber sido mi madre el ama de las niñas, siempre debía estar cerca para darles de mamar. Luego, cuando las destetaron, ella siguió conservando el cuarto y se quedó de sirvienta para todo. Lo mismo limpiaba que ayudaba en la cocina; hacía cuantas tareas le encomendaban.

Mi madre quería que yo aprendiera el oficio de doncella, dejarme bien situada en la casa, y poder ella regresar al caserío a pasar junto a sus padres sus últimos años.

Yo nunca había visto una casa como aquélla, con tantos salones y dormitorios, y tantos objetos de valor. Temía romper algo, y solía sujetarme la falda y el delantal para, al pasar, no rozar los muebles.

Conocer a la señorita Amelia hizo que el trabajo no me resultase tan difícil. Aunque la situación había cambiado, cuando ella estuvo en el caserío era una más, pero en aquella casa yo no me atrevía a llamarla por su nombre, por más que me insistía en que me olvidara del «señorita».

Lo que sí le gustaba es que habláramos en vasco. Su intención era fastidiar a su hermana, aunque a mí me aseguraba que era para no olvidarlo. Don Juan no quería que habláramos en vasco, y la reprendía; le decía que ésa era lengua de campesinos, pero ella no obedecía.

Por las mañanas solía acompañar a la señorita Antonietta al colegio. La señorita Amelia recibía clases en casa porque aún estaba convaleciente. Por las tardes, cuando regresaba la señorita Antonietta, me permitían estar sentada en un rincón de la sala de estudios mientras una profesora que les ayudaba en sus tareas les hacía hablar en francés y tocar el piano. Me gustaba escuchar las lecciones porque me permitían aprender. En cuanto se recuperó la señorita Amelia empezó a estudiar para maestra, lo mismo que la señorita Laura.

El año 1934 no fue un buen año. Al señor le empezaron a ir mal los negocios. Herr Itzhak Wassermann, su socio en Alemania, estaba sufriendo el acoso de Hitler contra los judíos, un trabajo del que se encargaban los hombres de las SA. El negocio iba de mal en peor, y en varias ocasiones habían amanecido con los cristales de la tienda rotos por aquellos energúmenos. Viajar a Alemania era cada vez más complicado, sobre todo para quienes como el señor aborrecían a Hitler y no le importaba decirlo en alto. Don Juan empezó a adelgazar, y doña Teresa estaba cada día más preocupada por él.

—Creo que papá se está arruinando —me dijo un día la señorita Amelia.

—¿Por qué dice eso? —le pregunté asustada, pensando que si el señor se arruinaba yo tendría que regresar al caserío.

—Tiene deudas en Alemania, y aquí las cosas no van muy bien. Mi madre dice que es por culpa de las izquierdas…

Doña Teresa era una mujer muy católica, de orden, monárquica, y sentía pavor ante los disturbios que provocaban algunos partidos y sindicatos de izquierda. Ella era buena persona y trataba con afecto y respeto a todos los que servíamos en la casa, pero era incapaz de entender que la gente pasaba muchas necesidades y que las derechas que gobernaban no sabían hacer frente a los problemas de aquella España. Practicaba la caridad, pero ignoraba lo que era la justicia social, que era lo que reclamaban los obreros y campesinos.

—¿Y qué haremos mi madre y yo? —quise saber.

—Nada, os quedaréis con nosotros. No quiero que os vayáis.

Amelia se carteaba con Aitor. Mi hermano siempre que nos escribía a madre y a mí metía un sobre cerrado con una carta para Amelia. Ella le respondía del mismo modo, entregándonos un sobre cerrado que nosotras metíamos a su vez en nuestro sobre.

Yo sabía que mi hermano estaba enamorado de Amelia, aunque nunca se atrevería a decírselo, y también sabía que Aitor a ella no le era indiferente.

Un lunes por la tarde, don Juan regresó a casa antes de lo habitual y se encerró en el despacho con doña Teresa. Estuvieron hablando hasta bien entrada la noche, sin permitir que las señoritas los interrumpieran. Aquella noche Amelia y Antonietta cenaron solas en la sala de estudios, preguntándose qué estaría pasando.

A la mañana siguiente, doña Teresa convocó a todo el servicio y nos ordenó que limpiáramos la casa a fondo. La familia iba a celebrar una cena durante el fin de semana, con invitados importantes, y quería que la casa reluciera.

Las señoritas estaban entusiasmadas. Salieron con su madre de compras y regresaron cargadas de paquetes. Iban a estrenar vestidos.

El sábado, doña Teresa parecía nerviosa. Quería que todo estuviera perfecto, y ella, siempre tan afable, se impacientaba si algo no estaba a su gusto.

Una peluquera vino a casa a peinar a la madre y a las hijas, y por la tarde yo las ayudé a vestirse.

Amelia llevaba un vestido rojo y Antonietta uno azul. Estaban preciosas.

—¡Hacía tanto tiempo que no recibíamos! —exclamó mientras la peluquera le ordenaba los cabellos en tirabuzones recogidos en la nuca con un pasador.

—No exageres, todas las semanas tenemos visitas —respondió Antonietta.

—Ya, pero a merendar, no para una cena.

—Bueno, es que antes no nos dejaban asistir porque éramos pequeñas. Mamá dice que vendrán algunos amigos de papá con sus hijos.

—¡Y no los conocemos! Son amigos nuevos de papá… ¡Qué emoción!

—No entiendo cómo te puede gustar conocer a gente nueva. Será un aburrimiento, y mamá estará vigilándonos para que nos comportemos correctamente. La cena es muy importante para papá, necesita nuevos socios para la empresa…

—¡A mí me encanta conocer gente nueva! A lo mejor habrá entre ellos algún joven guapo… Lo mismo te sale novio, Antonietta.

—O a ti, eres mayor que yo, de manera que tienes que casarte antes. Como no te des prisa te vas a quedar para vestir santos.

—¡Me casaré cuando quiera y con quien quiera!

—Sí, pero hazlo pronto.

Ninguna de las dos sospechaba lo que iba a pasar aquella noche.

A las ocho llegaron los invitados. Tres matrimonios con sus hijos. En total, catorce personas que se sentarían a la mesa ovalada primorosamente decorada con flores y candelabros de plata.

Los señores de García, con su hijo Hermenegildo. Los señores de López-Agudo, don Francisco y doña Carmen, con sus hijas Elena y Pilar. Y los señores de Carranza, don Manuel y doña Blanca, con su hijo Santiago.

Antonietta fue la primera en fijarse en Santiago. Era el más guapo de los invitados. Alto, delgado, con el cabello castaño claro, casi rubio, y los ojos verdes, muy elegantemente vestido; era imposible no fijarse en él. Yo también lo miraba escondida entre las cortinas.

En aquel entonces debía de contar casi los treinta años y se le veía seguro de sí mismo.

A su alrededor revoloteaban las otras señoritas invitadas. Yo conocía bien a Amelia y sabía de sus tácticas para hacerse notar.

Saludó con amabilidad a los invitados de sus padres y se situó junto a su madre escuchando a las señoras invitadas como si le interesara cuanto decían. Era la única de las jóvenes presentes que parecía inmune al magnetismo de Santiago, al que ni siquiera miraba.

La señorita Antonietta, junto a las señoritas Elena y Pilar López-Agudo, intentaba acaparar la atención de Santiago, que se había convertido en el centro de la conversación de los jóvenes invitados. No sólo porque era el mayor, sino también por su simpatía. Yo no podía escuchar desde donde estaba lo que decían, pero tenía a las señoritas embobadas.

Las doncellas sirvieron los aperitivos y a mí me enviaron a la cocina a ayudar a mi madre y a las cocineras, pero en cuanto podía regresaba a mi escondite, desde donde contemplar aquella fiesta que llenaba mis sentidos del olor a perfume y cigarrillos que desprendían a partes iguales las señoras y los caballeros.

Me preguntaba cuál sería el siguiente paso de Amelia para llamar la atención de Santiago. Él se había dado cuenta de que la única que no participaba de la conversación de los jóvenes en la mesa era la hija mayor de los anfitriones, y empezó a mirarla de reojo.

Doña Teresa había colocado en la mesa una tarjeta con el nombre de cada invitado, y Amelia estaba sentada junto a Santiago.

Se la veía tan guapa… Al principio ella no prestaba atención a Santiago, hablaba con el joven Hermenegildo, al que habían situado a su izquierda.

No fue hasta mediada la cena cuando Santiago no pudo aguantar más la indiferencia manifiesta de Amelia y se empeñó en iniciar una conversación en la que ella parecía participar con cierta desgana.

Cuando terminaron de cenar, para mí era evidente que Amelia había logrado su objetivo: echar un lazo al cuello de Santiago.

Una vez se fueron los invitados, los señores se quedaron en el salón con sus hijas para comentar cómo había transcurrido la velada.

Doña Teresa estaba exhausta, tanta era la tensión que había acumulado durante la semana en su empeño de que todo resultara perfecto. Mi madre decía que nunca la había visto tan nerviosa, y le extrañaba porque doña Teresa estaba acostumbrada a recibir invitados.

Don Juan parecía más relajado; la velada había servido a sus propósitos según supimos después: estaba intentando asociarse con el señor Carranza para salvar su negocio. Aunque en realidad quien salvó la situación de la familia fue Amelia.

Les escuché hablar, por más que doña Teresa les pedía que bajaran la voz.

—Si Manuel Carranza se interesa, como parece, por el negocio, estaríamos salvados…

—Pero, papá, ¿tan mal nos van las cosas? —preguntó Amelia.

—Sí, hija, ya sois mayores y debéis saber la verdad. El negocio en Alemania no va bien y temo por mi buen amigo y socio herr Itzhak. El almacén donde guardábamos la mercancía, la maquinaria comprada para traer a España, lo han sellado los nazis, no me han permitido acceder a él. Y allí estaba nuestro dinero, invertido en las máquinas. También han confiscado las cuentas del banco. El empleado que teníamos, el bueno de herr Helmut Keller, está preocupado. Haber trabajado con un judío lo convierte en sospechoso, pero es un hombre valiente, y me aconseja que espere; me asegura que intentará salvar lo que pueda del negocio. Le he dado todo el dinero que he conseguido, que no es mucho dadas las circustancias, pero no podía dejarle abandonado a su suerte…

—¿Y herr Itzhak, e Yla? —preguntó Amelia alarmada.

—Estoy intentando traerles aquí, aunque se resisten; no quieren abandonar su casa. Me he puesto en contacto con la Casa Universal de los Sefardíes, una organización encargada de establecer vínculos con los judíos sefardíes.

—Pero herr Itzhak no es sefardí —exclamó doña Teresa.

—Ya lo sé, pero les he pedido consejo, hay muchos españoles influyentes que los apoyan —respondió don Juan…

—¿Muchos? Ojalá tuvieras razón —protestó doña Teresa con tono crispado.

—También me he puesto en contacto con una organización que se llama Ezra, que en castellano significa «Ayuda»; se dedica a ayudar a los judíos, sobre todo a los que huyen de Alemania.

—¿Podrás hacer algo, papá? —preguntó Amelia compungida.

—No depende de tu padre, Amelia —la corrigió doña Teresa.

—Don Manuel Azaña ve con simpatía a los judíos —respondió don Juan. En fin, parece que el mundo se está volviendo loco… Hitler ha declarado que su partido, el Partido Nazi, es el único que puede actuar en Alemania. Y por si fuera poco, Alemania ha abandonado la II Conferencia Mundial sobre el Desarme. Ese loco está preparando la guerra, estoy seguro…

—¿La guerra? ¿Contra quién? —preguntó Amelia.

Pero don Juan no pudo responderle, porque doña Teresa preguntó a su vez:

—¿Y aquí qué va a pasar? Tengo miedo, Juan… La izquierda quiere una revolución…

—Y la derecha está en contra del régimen republicano, y hace lo imposible porque la República sea inviable —respondió con cierto enfado don Juan.

El matrimonio tenía diferencias políticas, puesto que doña Teresa provenía de una familia de tradición monárquica y don Juan era un republicano convencido. Claro que en aquella época las mujeres no llevaban sus diferencias políticas muy lejos, e imperaba la opinión del señor de la casa.

—¿Y qué vas a hacer con el señor Carranza?

La pregunta de Antonietta sorprendió a sus padres. Antonietta era la pequeña, era bastante silenciosa y reflexiva, mucho más que Amelia.

—Voy a intentar comprar maquinaria en Norteamérica. Los costes serán más altos, puesto que hay un océano de por medio, pero dada la situación en Alemania, creo que no tengo otra opción. Le he presentado un estudio detallado a Carranza, y está interesado. Ahora mi problema es conseguir un crédito para poder formalizar la sociedad… Creo que él me puede ayudar. Está muy bien relacionado.

—¿Con quién? —inquirió Amelia.

—Con banqueros y políticos.

—¿Políticos de las derechas? —insistió.

—Sí, hija, pero también tiene buenos contactos con el Partido Radical de Lerroux.

—Por eso era tan importante esta cena ¿verdad, papá? —siguió hablando Amelia—. Querías causarle buena impresión, y que viera que tenías una casa estupenda, una familia… Mamá es tan guapa y elegante…

—¡Vamos, Amelia, no digas esas cosas! —respondió doña Teresa.

—Pero es la verdad. Cualquiera que te conozca se da cuenta de que eres una gran señora. La señora Carranza no es tan elegante como tú —insistió Amelia.

—La señora Carranza pertenece a una excelente familia. Esta noche, hablando, hemos descubierto que tenemos conocidos en común —sentenció doña Teresa.

—Su hijo Santiago es el más difícil de convencer —murmuró don Juan.

—¿Santiago? ¿De qué quieres convencerlo?

—Trabaja con su padre, y éste le tiene mucha ley. Al parecer, Santiago es un buen economista, muy sensato, y viene aconsejando bien a su padre. Tiene dudas sobre la viabilidad del negocio; alega que la inversión es demasiado grande, él prefiere seguir comprando maquinaria en Bélgica, Francia, Inglaterra, incluso en Alemania; dice que es más seguro —explicó don Juan.

No podía verle el rostro, pero no me costó imaginar que en aquel momento Amelia estaba tomando una decisión: ser ella quien venciera las resistencias de Santiago para salvar a su familia de las dificultades económicas que afrontaban. Amelia era muy novelera, se veía a sí misma como las heroínas de las novelas que leía, y sus padres, sin saberlo, le estaban dando la ocasión de demostrarlo.

Dos semanas después, los señores de Carranza invitaron a don Juan y su familia a compartir el almuerzo del domingo en una finca que tenían en las afueras de la ciudad.

Por aquel entonces don Juan no ocultaba su nerviosismo, dado que don Manuel Carranza empezaba a darle largas en cuanto a asociarse para traer maquinaria de América. Además, la situación política se estaba complicando, España parecía ingobernable.

Amelia estuvo varios días pensando cómo iba a vestirse para la ocasión. Aquel almuerzo dominical era su gran ocasión para apretar el lazo que había colocado en el cuello de Santiago, ya que era consciente de que la invitación de los Carranza se debía al interés que ella había logrado suscitar en éste. Don Juan había comentado que, pese a las reticencias de Santiago, había sido idea de él invitarlos a compartir la jornada del domingo, insistiendo en que fuera acompañado de su encantadora familia.

Sé, porque Amelia me lo contó, que aquel día fue clave en lo que ella llamaba «mi programa de salvación».

El almuerzo se celebró sin más invitados que la familia Garayoa, es decir, don Juan y doña Teresa, Amelia y Antonietta, y desde el primer momento Santiago evidenció su interés por Amelia.

Ella desplegó todos sus ardides: indiferencia, amabilidad, sonrisas… ¡Qué sé yo! Era una gran seductora.

Aquel domingo, Santiago se enamoró de ella, y creo que ella también de Santiago. Eran jóvenes, guapos, distinguidos…

Él, que parecía que iba para solterón, sin novia formal, se había dejado prendar por una jovencita que expresaba opiniones políticas con gran desparpajo: defendía que las mujeres debían conseguir los derechos que les estaban negados; confesaba, ante el horror de su madre, que no tenía la más mínima intención de convertirse en señora de su casa, sino que, si se casaba, ayudaría en todo a su marido, además de ejercer como maestra, que decía era su vocación.

Todas estas cosas y más las fue desgranando con la gracia y simpatía que le eran naturales, y según me contó Antonietta, cuanto más hablaba Amelia, más se rendía Santiago.

Comenzaron a verse a la manera de aquella época. Él pidió permiso a don Juan para «hablar» con Amelia, y el señor se lo dio encantado.

Santiago solía venir casi todas las tardes a visitar a Amelia; los domingos salían juntos, siempre acompañados por Antonietta y por mí. Amelia le permitía que cogiera su mano y le sonreía apoyando la cabeza sobre su hombro. Santiago se derretía al mirarla. Ella tenía un pelo precioso, de un color castaño tan claro que era casi rubio, y unos ojos grandes, almendrados. Era delgada, no muy alta, pero es que por aquel entonces las mujeres no éramos altas, no es como ahora. Él sí que era alto, le sacaba por lo menos la cabeza. A su lado parecía una muñeca.

Santiago terminó sucumbiendo ante Amelia, lo que supuso la salvación de don Juan. La familia Carranza le facilitó un aval para obtener un crédito, y se asociaron con él —bien es verdad que como socios minoritarios— en la nueva empresa desde la que don Juan se proponía comprar e importar maquinaria de América.

Don Juan y Santiago terminaron simpatizando, ya que el joven estaba afiliado al partido de Azaña y era un republicano convencido como mi señor.

—¡Me caso! ¡Santiago me ha pedido que me case con él!

Recuerdo como si fuera hoy a Amelia entrando en la sala de estar donde se encontraban sus padres.

Aquel domingo yo no la había acompañado porque estaba resfriada y le había tocado a Antonietta hacer sola el papel de carabina.

Don Juan miró con sorpresa a su hija, no se esperaba que Santiago se decidiera tan pronto a pedirla en matrimonio. Apenas habían pasado seis meses desde que habían comenzado a salir; además, él tenía previsto viajar la semana siguiente a Nueva York para empezar a visitar fábricas de maquinaria.

Amelia abrazó a su madre, quien, por su expresión, no parecía satisfecha con la noticia.

—Pero niña, ¿qué locura es ésa? —expresó con desagrado doña Teresa.

—Santiago me ha dicho que él no quiere esperar más, que ya tiene edad para casarse, y está seguro de que soy la mujer que estaba esperando. Me ha preguntado que si le quiero y si estaba segura de mis sentimientos hacia él. Le he dicho que sí, y hemos decidido casarnos cuanto antes. Él se lo dirá esta noche a sus padres, y el señor Carranza te llamará para pedir mi mano. Podemos casarnos a finales de año, pues antes no nos daría tiempo a organizarlo todo. ¡Tengo tantas ganas de casarme!

Amelia parloteaba sin parar, mientras sus padres intentaban que se calmara para poder hablar con ella con cierta serenidad.

—Vamos a ver, Amelia, todavía eres una niña —protestó don Juan.

—¡No soy una niña! Sabes que la mayoría de mis amigas o se han casado o están a punto de hacerlo. ¿Qué pasa, papá? Creía que estabas contento de mi noviazgo con Santiago…

—Y lo estoy, no tengo quejas de la familia Carranza, y Santiago me parece un joven cabal, pero sólo hace unos meses que os conocéis y hablar de boda me parece algo precipitado, aún no sabéis el uno del otro lo suficiente.

—Tu padre y yo fuimos novios cuatro años antes de casarnos —alegó doña Teresa.

—No seas anticuada, mamá… Estamos en el siglo XX, entiendo que en tus tiempos las cosas fueran de otra manera, pero hoy en día han cambiado. Las mujeres trabajan, salen solas a la calle y no todas se casan, algunas deciden vivir su propia vida con quien les da la gana… Por cierto, que se ha acabado eso de tener que llevar una carabina cuando salgo con Santiago.

—¡Amelia!

—Mamá, ¡es ridículo! ¿No confías en mí? ¿Acaso pensáis mal de Santiago?

Los padres de Amelia se sentían desbordados por el ímpetu arrollador de su hija. No había vuelta atrás: ella se había comprometido a casarse y lo haría, con o sin su permiso.

Se acordó que la boda se celebraría cuando don Juan regresara de América; mientras, doña Teresa, junto a los padres de Santiago, irían organizando los pormenores de la boda.

Quizá fuera por la influencia de Santiago, aunque a decir verdad Amelia siempre había mostrado interés por la política, pero en aquellos meses parecía más preocupada por lo que sucedía en España.

—Edurne, el presidente Alcalá Zamora ha pedido a Alejandro Lerroux que vuelva a formar gobierno, y va a incluir a tres ministros de la CEDA. No creo que sea la mejor solución, pero ¿acaso tiene otra salida?

Naturalmente no esperaba mi respuesta. En aquella época Amelia hablaba sobre todo consigo misma; yo era el frontón hacia el que lanzaba sus ideas, pero nada más, aunque me daba cuenta de lo influenciable que era. Muchas de las cosas que decía eran un calco de lo que le escuchaba a Santiago.

A principios de octubre de 1934, Santiago llegó muy alterado a casa de los Garayoa. Don Juan estaba en América y doña Teresa se encontraba con sus hijas discutiendo por la pretensión de Antonietta de salir sola.

—¡La UGT ha convocado una huelga general! El día cinco pararán España —gritó Santiago.

—¡Dios mío! Pero ¿por qué? —Doña Teresa estaba angustiada por la noticia.

—Señora, la izquierda no se fía, y con razón, de la CEDA. Gil-Robles no cree en la República.

—¡Eso lo dicen los izquierdistas para justificar todo lo que hacen! —protestó enérgica doña Teresa—. Son ellos los que no creen en la República; en esta República quieren una revolución como la de Rusia. ¡Que Dios nos libre de ella!

Otra doncella y yo servimos un refrigerio al tiempo que escuchábamos la conversación.

No es que Santiago fuera un revolucionario, todo lo contrario, pero creía firmemente en la República, y desconfiaba de quienes la denostaban al tiempo que la utilizaban.

—No querrás que pase como en Alemania —terció Amelia.

—¡Calla, niña! Qué tendrá que ver ese Hitler con nuestra derecha. No te dejes engatusar por la propaganda de las izquierdas, que no traerán nada bueno para España —se quejaba doña Teresa.

Amelia y Santiago se quedaron en la sala de estar, mientras doña Teresa y Antonietta se excusaban aduciendo un quehacer imaginario. La señora no tenía ganas de discutir con Santiago, y a esas alturas ya había aceptado que los jóvenes se vieran sin acompañantes.

—¿Qué va a pasar, Santiago? —preguntó con inquietud Amelia nada más quedar a solas con su novio.

—No lo sé, pero algo gordo se prepara.

—¿Nos podremos casar?

—¡Claro! No seas boba, nada impedirá que nos casemos.

—Pero sólo faltan tres semanas para la boda.

—No te preocupes…

—Y papá aún no ha llegado…

—Su barco atracará dentro de unos días.

—Le echo tanto de menos… sobre todo ahora que está todo tan revuelto. Sin él me siento insegura.

—¡Amelia, no digas eso! ¡Me tienes a mí! ¡Jamás permitiría que te pasara nada!

—Tienes razón, perdona…

Los días siguientes los vivimos con angustia. No imaginábamos qué podía llegar a pasar.

El gobierno respondió a la convocatoria de huelga general decretando el estado de guerra, pero la huelga no fue un éxito, al menos no en todas partes. Aquella noche mi madre me dijo que los nacionalistas no la iban a secundar y los anarquistas tampoco.

Lo peor fue que en Cataluña el presidente de la Generalitat, Lluís Companys, proclamó el Estado catalán en la República Federal Española.

Amelia temía cada vez más por su boda, ya que los Carranza tenían negocios en Cataluña, y uno de los socios de don Manuel era catalán. Doña Teresa también estaba afectada; era medio catalana y tenía familiares en Barcelona.

—He hablado con la tía Montse y está muy asustada. Han detenido a mucha gente de entre sus conocidos, y ella misma ha visto desde el balcón cómo se combatía en las Ramblas. No sabe cuántos muertos ha habido, pero cree que muchos. Doy gracias a Dios de que mis padres no tengan que ver esto.

Los padres de doña Teresa habían muerto, y sólo le quedaba su hermana Montse y un buen número de tías, primos y demás familiares repartidos por toda Cataluña, además de en Madrid.

Amelia me pidió que llamara a mi hermano Aitor al País Vasco para intentar saber qué pasaba. Lo hice y ella, impaciente, me arrancó el teléfono de las manos.

Aitor nos explicó que su partido se había mantenido al margen de la huelga, y que donde realmente había prendido la llama de la revolución era en Asturias. Los mineros habían atacado los puestos de la Guardia Civil, y se habían hecho con el control del Principado.

Mientras, en Madrid, el gobierno encargó a los generales Goded y Franco que acabaran con la rebelión, y éstos aconsejaron que fueran las tropas de los Regulares de Marruecos la punta de lanza de la represión.

Fueron días de incertidumbre hasta que el gobierno sofocó la rebelión. Pero aquello era sólo un ensayo de lo que estaba por venir…

En aquellos días fue cuando Amelia conoció a Lola. Aquella muchacha sin duda la marcó para siempre.

Una tarde, a pesar de las protestas de doña Teresa, Amelia decidió salir a la calle. Quería ver con sus propios ojos los estragos de lo sucedido. La excusa fue la de visitar a su prima Laura, que llevaba varios días enferma.

Doña Teresa le ordenó que no saliera y mi madre le suplicó que se quedara en casa, e incluso Antonietta intentó convencerla de ello. Pero Amelia hizo un alegato sobre su deber de visitar a su prima favorita en un momento de enfermedad, y, desobedeciendo a su madre, salió a la calle seguida por mí. No es que yo fuera por voluntad propia, sino porque mi madre me ordenó que no la dejara sola.

Madrid parecía una ciudad en guerra. Se veían soldados por todas partes. Yo la seguí de mala gana hasta la casa de su prima, que era ésta, la misma donde ahora estamos, y que se encontraba a pocas manzanas de la de Amelia. Estábamos llegando cuando vimos a una muchacha correr como una desesperada. Pasó delante de nosotras como una exhalación y se metió en el portal de la casa a la que nos dirigíamos. Miramos hacia atrás pensando que alguien la perseguía, pero no vimos a nadie, aunque dos minutos después dos hombres aparecieron por la esquina gritando «¡Alto, alto!». Nos paramos asustadas, hasta que los hombres nos alcanzaron.

—¿Han visto pasar a una joven corriendo por aquí?

Yo iba a contestar que sí, que se acababa de meter en el portal, pero Amelia se adelantó.

—No, no hemos visto a nadie, nosotras vamos a visitar a una prima que está enferma —explicó.

—¿Seguro que no han visto a nadie por aquí metiéndose en algún portal?

—No, señor. Si hubiéramos visto a alguien, se lo diríamos —respondió Amelia con un tono de voz de señorita remilgada que yo no le había oído hasta ese momento.

Los dos hombres, policías seguramente, parecieron dudar, pero el aspecto de Amelia los disuadió. Era la viva imagen de la chica burguesa, de buena familia.

Continuaron corriendo, discutiendo entre ellos por haber perdido a la muchacha, mientras nosotras entrábamos en el portal de la casa donde vivía la señorita Laura.

No estaba el portero, y Amelia sonrió satisfecha. El hombre estaría en algún piso a requerimiento de algún vecino o haciendo cualquier mandado.

Con paso decidido, Amelia se dirigió hacia el fondo del portal y abrió una puerta que daba al patio. Yo la seguí asustada, pues imaginaba a quién estaba buscando. Y efectivamente, entre cubos de basura y herramientas se escondía la muchacha que huía de la policía.

—Ya se han ido, no te preocupes.

—Gracias, no sé por qué no me has denunciado, pero gracias.

—¿Debería haberlo hecho? ¿Eres una delincuente peligrosa? —dijo Amelia sonriendo, como si encontrara la situación divertida.

—No soy una delincuente; en cuanto a peligrosa… supongo que para ellos sí, puesto que lucho contra la injusticia.

A Amelia le interesó de inmediato aquella respuesta, y aunque yo tiraba de su brazo instándole a que subiéramos al piso de la señorita Laura, ella no me hizo caso.

—¿Eres una revolucionaria?

—Soy… sí, se podría decir que sí.

—¿Y qué haces?

—Coso en un taller.

—No, me refería a qué clase de revolucionaria eres.

La muchacha la miró con desconfianza. Se le notaba que dudaba de si debía responder o no, pero el caso es que lo hizo sincerándose con Amelia, al fin y al cabo una desconocida.

—Colaboro con algunos compañeros del comité de huelga, llevo mensajes de un lugar a otro.

—¡Qué valiente! Yo me llamo Amelia Garayoa, ¿y tú?

—Lola, Lola García.

—Edurne, ve a mirar con cuidado a la calle, y si ves algo sospechoso, ven a decírnoslo.

No me atreví a protestar y me dirigí hacia el portal temblando de miedo. Pensaba que si los policías me veían, podían sospechar y nos llevarían detenidas a las tres.

Me tranquilizó ver que aún no estaba el portero, y apenas asomé la cabeza para mirar a ambos lados del portal. No se veía a aquellos dos hombres.

—No hay nadie —les informé.

—No importa, creo que es mejor que Lola no salga todavía. Vendrá con nosotras a casa de mi prima. Te presentaré como una amiga de Edurne a la que hemos encontrado de camino. Os darán de merendar en la cocina mientras yo esté con mi prima, y para cuando nos vayamos, habrá pasado tiempo suficiente para que esos hombres hayan dejado de buscarte por aquí. Además, mi tío Armando es abogado y si la policía viniera a buscarte, supongo que sabría qué hacer.

Lola aceptó con alivio la propuesta de Amelia. No entendía la razón de por qué aquella chica burguesa la ayudaba, pero era la única opción que tenía y la aprovechó.

Laura estaba en la cama, aburrida, mientras su hermana Melita daba clases de piano, y su madre tenía una visita. En cuanto a su padre, don Armando, hermano del padre de Amelia, aún no había regresado del despacho.

Una doncella nos acompañó a Lola y a mí a la cocina, donde nos ofreció un vaso de leche con galletas, y Amelia se quedó junto a su prima comentándole su última aventura.

Dos horas estuvimos en casa de don Armando y doña Elena, visitando a Laura; dos horas que a mí se me antojaron eternas porque imaginaba que de un momento a otro la policía llamaría a la puerta buscando a Lola.

Cuando por fin Amelia decidió regresar a casa llegó don Armando, quien, preocupado porque pudiéramos andar solas por la calle con la situación caótica que había en Madrid, se ofreció a acompañarnos. No había más de cuatro manzanas entre una casa y otra, pero aun así don Armando insistió en escoltar a su sobrina. El buen hombre no se extrañó cuando Amelia le informó de que venía con nosotras Lola, a la que presentó como una buena amiga de Edurne. Yo bajé los ojos para que don Armando no viera mi nerviosismo.

—Tu padre se enfadaría conmigo si te dejara ir sola con este caos. Lo que no entiendo es cómo te han permitido salir. No están las cosas para ir por la calle alegremente, Amelia; no sé si sabes que en Asturias se ha desatado una auténtica revolución, y aquí, aunque ha fracasado la huelga, la izquierda no se resigna a dejar las cosas como estaban, hay mucho exaltado…

Amelia observaba de reojo a Lola, pero ésta permanecía con el gesto impasible, mirando hacia abajo como yo.

Cuando llegamos a casa, doña Teresa agradeció sinceramente a su cuñado que nos hubiera acompañado.

—No puedo con esta niña, y desde que se va a casar parece que se ha vuelto más insensata. Estoy deseando que regrese su padre. Juan es el único que puede con ella.

Cuando don Armando se fue, doña Teresa se interesó por Lola.

—Edurne, no sabía que tenías amigas en Madrid —dijo doña Teresa mirándome con curiosidad.

—Se conocen de encontrarse cuando Edurne sale a hacer algún recado —respondió con rapidez Amelia, y menos mal que lo hizo porque yo habría sido incapaz de mentir con tanto desparpajo.

—Bueno, pues si a esta joven no se le ofrece nada, creo que deberíamos ir a cenar, tu hermana Antonietta nos está esperando —concluyó doña Teresa.

—No, si yo tengo que irme, ya voy con mucho retraso. Muchas gracias, señorita Amelia, doña Teresa… Edurne, nos vemos pronto, ¿vale?

Asentí con la cabeza deseando que se marchara y que nunca más volviéramos a verla, pero mis deseos no iban a cumplirse, porque Lola García se cruzaría de nuevo en el camino de Amelia y en el mío.

2

Por si fueran pocas las emociones de la jornada anterior, la mañana siguiente también nos deparó sorpresas.

Santiago había quedado en pasar a ver a Amelia, pero no vino en todo el día.

Amelia estaba primero preocupada y luego furiosa, y pidió a su madre que llamara a casa de los padres de Santiago con la excusa de hablar con la madre de su novio sobre algún pormenor de la boda.

Doña Teresa se resistía, pero al final cedió en vista de que Amelia amenazaba con presentarse ella misma en casa de Santiago.

Aquella tarde Amelia conoció un aspecto de la personalidad de su futuro marido que no podía ni imaginar.

La madre de Santiago informó a la madre de Amelia que su hijo no estaba, que no había acudido a almorzar ni había telefoneado, y no sabía si aparecería a la hora de la cena. A doña Teresa le sorprendió que la madre de Santiago no se mostrara alarmada, pero ésta le explicó que su hijo tenía por costumbre desaparecer sin decir ...