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DREAMOLOGY

Lucy Keating

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Fragmento

28 de agosto

Estoy en medio del gran vestíbulo del Museo Metropolitano de Arte de Nueva York, frente al ala egipcia, exactamente a un metro del lugar donde vomité el día de mi décimo cumpleaños. Pero esta vez no hay riñoneras, ni se oye el chirriar de las zapatillas de deporte contra el lustroso suelo. Esta vez, a mis pies, no hay un charco de color rosa recién vomitado (helado de fresa, para más información) salpicado de trocitos de cereales («Solo porque es tu cumpleaños», había dicho papá por primera y última vez). En esta ocasión lo que hay es un vestido de pedrería de seis kilos idéntico al que llevó Beyoncé en la entrega de los premios Grammy. Esta noche las luces brillan con intensidad y la gente está hablando en susurros y mirando en mi dirección. Esta noche, por alguna razón, soy alguien importante. Bebo champán y me paseo por las salas admirando las obras de arte. Y es ahí donde me encuentra Max, en la sección de los Impresionistas, delante de las bailarinas de Degas.

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—Yo también sé bailar.

Me rodea la cintura y la temperatura de mi cuerpo sube al instante.

—Demuéstramelo —digo.

No necesito desviar la mirada del cuadro para notar sus ojos en mí, para saber que está sonriendo. Tengo grabados en mi cerebro todos los rasgos de su rostro, todos sus gestos. Vivo con el miedo constante de olvidarle.

Me coge del brazo, me da una vuelta y cierro los ojos. Cuando los abro estamos en el jardín de la azotea, bailando. Los arbustos están cubiertos de lucecitas centelleantes.

—Estás muy guapo con esmoquin —susurro cerca de su cuello.

—Gracias. Es el que llevó Beyoncé en los Grammy —dice muy serio, y ambos estallamos en carcajadas.

Sin darme tiempo a recuperar el aliento, Max me abraza con más fuerza y me besa, inclinándome tanto hacia atrás que pierdo el equilibrio y la cabeza. Hasta hoy ignoraba que un mareo pudiera ser agradable.

—Te he echado de menos —dice entonces, y me da otra vuelta.

El repartidor del Joe’s Pizza de la 110 aparece en la azotea con gesto impaciente.

—¿Tienes hambre? —me pregunta Max—. He pedido algo de comer.

Pero dentro de la caja no hay una pizza, sino una galleta Oreo gigante, cortada en ocho porciones como si fuera una tarta. Cogemos un pedazo cada uno. Nada más llevármelo a la boca vislumbro un brillo travieso en los ojos de color grisazulado de Max, que con un gesto rápido me estampa su galleta en la mejilla. ¡Paf! Inmediatamente le lanzo yo la mía.

Corremos por las galerías, agazapándonos detrás de estatuas romanas y esquivando a mecenas indignados, mientras nos arrojamos puñados de tarta Oreo. En ese momento veo que un guardia de seguridad del museo se acerca a nosotros a paso ligero. Cuando lo observo con detenimiento me doy cuenta de que es mi profesor de Ciencias de secundaria. Un tipo que siempre me cayó mal. Corremos más deprisa.

Cuando finalmente llego al patio de la tumba de Perneb, me detengo y me vuelvo hacia Max. Ambos estamos cubiertos de galleta. Las joyas de la exposición de indumentaria europea adornan mis brazos y mi cuello y Max lleva un yelmo en la cabeza. Parecemos una pareja de reyes que han perdido el juicio. Seguro que el país que gobernáramos se sublevaría contra nosotros.

Max dice algo pero no puedo oírlo a través del yelmo. Levanta la visera, dejando ver unas mejillas acaloradas.

—Tiempo muerto —repite.

Nos tumbamos en el patio de la tumba y escuchamos la música sinfónica y el murmullo de las conversaciones que continúan fuera. Sobre nuestras cabezas, donde debería estar el techo del Met, hay un cielo estrellado.

—¿Sabías que cuando los reyes egipcios fallecían se hacían enterrar con sus seres queridos? —le digo.

—Creo que solo enterraban a los criados, para que pudieran servirles en el más allá —me corrige Max, siempre tan sabelotodo.

—Si yo me muriera, haría que te enterraran conmigo. —Ruedo sobre el costado para mirarle.

—¡Muchas gracias! —exclama—. Es, con mucho, lo más espeluznante que me has dicho nunca.

Un resoplido débil retumba contra los muros de piedra y me percato de que hay un jabalí africano tendido junto a Max, mirándolo afectuosamente.

—¿Quién es? —pregunto.

—Agnes. —Señala a la cerda con la cabeza—. Ha estado siguiéndome desde el ala de Oceanía. Creo que se ha enamorado de mí.

—Pues ya estás poniéndote en la cola, Agnes —le espeto descansando la cabeza en el pecho de Max y aspirando hondo. Como siempre, huele a jabón de la ropa con un ligero aroma de madera. Los latidos de su corazón me arrullan.

—No te duermas —me suplica—. No hemos tenido suficiente tiempo.

Pero no estoy de acuerdo. Esta noche ha sido perfecta, no podría desear nada más.

—Nos vemos pronto —digo, rezando para no dormirme hasta oírle decir a él esas mismas palabras.

Es nuestra frase, una costumbre casi supersticiosa, para asegurarnos de que volveremos a encontrarnos.

—Nos vemos pronto —responde al fin con un suspiro.

Los párpados se me cierran despacio, mientras escucho a Agnes resoplando suavemente en mi oído.

1

Los museos están para ser visitados,

no para vivir en ellos

Jerry está roncando directamente en mi boca y su cálido aliento perruno me acaricia con cada exhalación.

—Ahora entiendo lo de Axgnes —murmuro.

—¿Quién es Agnes? —pregunta mi padre desde el asiento del conductor.

Por debajo de su voz me llega el tenue sonido de un intermitente, regular como un metrónomo.

—Nadie —contesto enseguida, sin que él se percate de la rapidez con la que lo he hecho.

Mi padre es un cerebrito. Reconocido neurocientífico —lo que no quiere decir mucho a menos que tú también lo seas—, comprende cosas sobre la mente que para la mayoría son un misterio. Pero en los temas del corazón es un desastre. No tengo interés alguno en hablarle de Max, por lo que en momentos como este tales deficiencias son una ventaja.

Me desperezo y me incorporo.

—Creo que me he dormido —digo con la voz algo ronca.

—Siempre sucumbes al traqueteo, desde que eras un bebé —explica mi padre, permanentemente en modo profesor—. Aviones, trenes, coches... Jerry y tú lleváis horas durmiendo, pero has elegido el momento idóneo para despertarte. —Sonríe por el retrovisor—. Echa un vistazo a tu nueva ciudad.

Hace un gesto torpe con el brazo a lo Vanna White, como si Boston fuera un rompecabezas de letras gigantes todavía por completar. Estamos dejando la I-90 y el centro histórico nos saluda cortés desde el otro lado de un pintoresco río Charles. La imagen hace que la ciudad de Nueva York, donde hemos vivido diez años, parezca... en fin, Nueva York. ¿Hay algo que se le pueda comparar?

El sonido de los neumáticos de nuestro coche sobre el hormigón de la rampa de salida de la autopista marca un ritmo constante —uno-dos-tres, uno-dos-tres— y lo reproduzco nerviosa con los tres dedos intermedios de mi mano derecha, como si estuviera tocando el piano. Nunca se me ha dado bien el piano. Mi profesor le dijo a mi padre que «me faltaba disciplina» antes de rechazarme como alumna, probablemente el primer caso en la historia de las clases de música. Aun así, sigo adorando la música, particularmente el ritmo. El ritmo es un patrón, y los patrones dan sentido a las cosas. Yo me descubro tamborileando uno siempre que estoy nerviosa o me siento insegura.

Me apoyo en la portezuela del pasajero, en la bulliciosa calle Beacon, sujetando una caja marcada como UTENSILIOS DE COCINA que casi con seguridad contiene abrigos de invierno y comida para perro. Me protejo los ojos del sol de agosto con la mano y echo un largo vistazo a la casa de doscientos años que se alza frente a mí. De niños todo nos parece muy grande y al revisitarlo de mayores nos damos cuenta de que es mucho más pequeño de lo que pensábamos y de lo diminutos que éramos nosotros entonces. Esa casa, que fue de mi madre antes que nuestra, y de su madre antes que suya, sigue siendo inmensa. Me extraña que de niña no me perdiera en ella durante días.

—Te perdiste unas cuantas veces —asegura mi padre desde los escalones cuando expreso mis inquietudes en voz alta—. Pero mandábamos a Jerry en tu busca y siempre te encontraba.

En este momento Jerry está despatarrado en el asiento de atrás, descansando la cabeza con su acostumbrada apatía mientras me mira por la ventanilla.

—Seguro que de joven tenías más energía —le digo arqueando una ceja.

La casa, de cinco plantas, es de ladrillo rojo y la puerta y los postigos están pintados de negro carbón, a juego con las demás casas de la calle. Dispuestas en hilera, me recuerdan a las pijas de mi antiguo colegio que llevaban las mismas gafas de sol. No puedo evitar preguntarme cuántas manzanas de Nueva York ocuparía si pusiéramos el edificio en horizontal.

—¿Todo esto es nuestro? —pregunto.

—Ajá —gruñe mi padre mientras abre finalmente la puerta de la calle con una maleta encajada bajo el brazo izquierdo—. Lo es ahora que la abuela ya no está. Como tu madre no tiene hermanos, todo ha pasado a ser nuestro.

Se esfuerza por hablar despreocupadamente, por mencionar a mi madre con desenfado, pero no puede ser fácil regresar a la casa donde vivimos todos juntos antes de que ella se fuera a África para nunca volver.

Entro en el vestíbulo circular pintado de granate y contemplo la lustrosa barandilla de madera de una escalera de caracol que parece elevarse hasta el infinito. La casa huele a viejo. No a viejo en el mal sentido... simplemente a polvo, como si el edificio entero fuera una caja de antigüedades que lleva demasiado tiempo abandonada en el sótano.

Mi padre me guía por un elegante comedor, con cuadros de paisajes y una pesada araña de luces, hasta la cocina, que es sobria pero espaciosa, como si hubiera sido diseñada exclusivamente para ofrecer fiestas espléndidas. Me asaltan pequeños recuerdos: comiendo milhojas de crema en la mesa con la abuela, tendida bajo el piano de cola del salón del primer piso mientras un invitado deleita al resto de los comensales, la ratonera donde dejaba gominolas por la noche que al día siguiente ya no estaban, hasta que mi secreto fue descubierto y taparon el agujero. Estas estancias no son las de una familia moderna. Simplemente hay demasiadas. Y ahora solo somos dos. Bueno, dos y un perro peludo.

Finalmente llegamos a una habitación esquinera situada en el tercer piso, con pesadas cortinas de brocado azul y paredes de color lavanda.

—He pensado que este podría ser tu cuarto. —Mi padre arrastra los pies mientras busca las palabras adecuadas—. Era la habitación de tu madre cuando tenía tu edad. Es un poco más seria que la habitación donde dormías antes de que nos fuéramos de aquí.

Miro a mi alrededor, examinando la cama con dosel, las fotografías de lugares remotos y la ornamentada chimenea repleta de cajitas de plata y recuerdos con forma de hipopótamos y jirafas. Ahora mi madre vive en Madagascar, en un centro de investigación con versiones reales de esas mismas criaturas.

—Vale —digo.

—¿Estás segura? —pregunta mi padre.

—Creo que sí... —titubeo.

—Genial —concluye, y regresa rápidamente al coche para seguir con la tarea de trasplantar nuestras vidas.

Acabo de sacar del camión de transporte mi millonésima caja mientras Jerry me sigue de un lado a otro sin apartar la vista de mí. Dicen que los perros no establecen contacto visual por respeto y porque entienden que tú eres el jefe de la manada, pero Jerry siempre me mira directamente a los ojos. Me pregunto qué dirá eso de nuestra relación.

Cuando entro en el vestíbulo mi mirada se dirige hacia un sobre amarillo que descansa sobre la mesa, con mi nombre escrito a mano con la letra de mi abuela.

—Lo encontré en el saloncito de la abuela —oigo decir a mi padre, y cuando levanto los ojos lo veo en la escalera, luchando con una caja marcada como LIBROS DE ALICE—. No sé qué contiene. Tu abuela lo guardaba todo. Ella lo llamaba meticulosidad; yo, obsesión. Tendrías que ver su armario. Si la memoria no me falla, ordenaba la ropa por colores.

Examino el sobre desconcertada y, al mismo tiempo, con una extraña sensación de alivio. Es la primera señal de que, efectivamente, estoy destinada a vivir aquí. Lo abro con cuidado y, al volcar el contenido encima de la mesa, un puñado de tarjetas postales de fina cartulina marrón cae sobre la superficie de mármol. Cojo una. En una cara hay una imagen de tres globos elevándose hacia el cielo. En la otra, escrito con gruesas letras de mecanografía, leo:

imagen

Frunzo el entrecejo, dejo la postal y cojo otra. Pone exactamente lo mismo. Y también la siguiente. Hay nueve postales, todas ellas con globos en una cara, todas ellas con la misma extraña felicitación de cumpleaños en la otra. Examino los matasellos y descubro que desde mi marcha han enviado una tarjeta postal cada año coincidiendo con el día de mi cumpleaños. Pienso en los recordatorios de las visitas que la consulta de mi dentista me enviaba siempre en Nueva York: un diente con una cara maquillada. ¿Desde cuándo un diente lleva colorete?

Debajo de la pila de postales hay una nota escrita en un papel turquesa de tacto suave.

Querida Alice:

Ignoro si te serán de alguna utilidad, pero no he tenido el valor de tirarlas.

Con todo mi cariño,

TU ABUELA

Sonrío y sacudo la cabeza. Así era mi abuela. Llana, elegante, directa. Por lo menos escribiendo, que es como mejor la conocía. Mi padre nunca quiso volver a Boston después de nuestra partida, siempre encontraba alguna excusa. A lo largo de los años yo había visto a mi abuela unas pocas veces, cuando viajaba a Nueva York para el estreno de una obra de Broadway o para una exposición en el Guggenheim. Siempre iba perfectamente peinada e impecablemente vestida. Al verla, me preguntaba si todo el mundo vestía tan correctamente en la vejez o si a mis ochenta años yo seguiría llevando jerséis con agujeros en los puños para meter los pulgares...

Me suena el móvil.

—Te daba por muerta —dice Sophie cuando respondo—. ¿Demasiado ocupada cargando el coche en Harvard para responder a mis mensajes? —pregunta con acento pijo.

No puedo evitar reír al oírla.

—¿No me digas que ya me echas de menos? —le pregunto.

—¡En absoluto! —bromea.

—¿Y eso? —lloriqueo.

—Porque tengo tu clon, mema. Ahora mismo estoy con ella. De hecho, no le hace ninguna gracia que esté hablando contigo. Quiere saber qué tienes tú que no tenga ella.

Sophie fue mi primera amiga en Nueva York y ha sido mi mejor amiga desde entonces. Entre nosotras nos gastamos la broma de que secretamente hacemos un clon de la otra para que nos haga compañía cuando no estamos juntas. Nadie pilla la broma y nos gusta que así sea.

—Pues yo sí te echo de menos —confieso.

—¿Qué ocurre?

Sophie se ha puesto seria de repente. Siempre lo nota cuando me pasa algo, lo que la mayoría de las veces es irritante.

—Me siento rara en esta casa —digo—. Tendrías que verla, Soph. Parece un museo.

—Pero ¡a ti te encantan los museos! —exclama. Ella no puede entenderlo porque vive en un piso de Park Avenue tan impoluto que siempre temo que mi mera presencia lo ensucie. Los padres de Sophie se ganan la vida vendiendo arte. Arte moderno grande, como esferas gigantes de césped artificial y vídeos de desconocidos nadando que proyectan en las paredes de su salón—. En serio, Alice, si desaparecieras, el primer lugar donde le diría que te buscara al sexy detective del Departamento de Policía de Nueva York que se presentara en mi casa sería el Met o el MoMa.

—Los museos están para ser visitados, no para vivir en ellos —afirmo poniendo los ojos en blanco—. Esto no es un hogar.

—Lo será —me tranquiliza—. Estás cansada del viaje, eso es todo.

—Estuve durmiendo casi todo el camino... —Mi voz se apaga al recordar el instante en que me quedé dormida sobre el pecho de Max. Le cuento a Sophie la noche en el Met y contesta que es todo muy romántico. Pero su tono dice otra cosa—. Sé que estoy loca por seguir pensando en él de ese modo —admito—, no hace falta que me lo recuerdes. —Hemos tenido esta conversación un millón de veces.

Sophie suspira.

—Estás empezando una nueva vida, Al. Quizá sería una buena idea, ya sabes... salir con un chico con el que puedas estar de verdad.

—Yo siento que estamos juntos... —protesto.

—Ya me entiendes, Alice —replica Sophie con un levísimo tono de impaciencia—. Alguien a quien puedas tener de verdad. Y presentar a tus amigos. Alguien con quien poder morrearte detrás de un arbusto en las excursiones a la montaña. Alguien que sea... real.

«Real.» Esta última palabra queda flotando entre nosotras, y muevo la cabeza de un lado a otro avergonzada. Sophie tiene razón. Independientemente de lo que sienta por Max, sigue existiendo un problema. La noche en el Met fue un sueño. Hasta donde me alcanza la memoria, cada noche que he pasado con Max ha sido un sueño. Porque Max es el chico de mis sueños... y únicamente de mis sueños.

Porque Max en realidad no existe.

2

El veneno de la serpiente marina de pico

Soy totalmente consciente de que parece una completa locura estar enamorada de alguien a quien no he visto jamás, de alguien que ni siquiera es real. Pero como no puedo recordar una época de mi vida en que no haya soñado con Max, me cuesta diferenciar una cosa de la otra. Los lugares cambian, y también las historias, pero Max es una constante, me recibe en cada sueño con su sonrisa pícara y su gran corazón. Es mi alma gemela.

Aun así, sé que esto no puede durar eternamente. De modo que, por si acaso, lo anoto todo en mi libreta. Sophie la llamó en una ocasión mi diario de sueños, como si fuera algo que podrías encontrar junto a la sección de inciensos en una tienda de regalos. Mi diario va conmigo a todas partes y en estos momentos viaja en mi bolsa de I ♥ NEW YORK, dentro de la cesta de mimbre de una oxidada bicicleta que encontré en el jardín trasero de la casa de mi abuela. La he bautizado con el nombre de Frank, abreviatura de Frankenstein, porque prácticamente la rescaté de entre los muertos.

Ahora mismo Frank está detenida entre los dos pilares de piedra que separan la Bennett Academy del resto del mundo y que parecen decir «Ah, no, ni se te ocurra. Aquí no». Lo que dicen en realidad, grabado en su fachada de granito, es: QUIEN HALLE SOLAZ ENTRE ESTOS MUROS, HALLARÁ SOLAZ EN SU INTERIOR. No sé si creérmelo.

Inspecciono el aparcamiento de los estudiantes, repleto de relucientes Volvos y todoterrenos Audi, y echo una mirada a Frank. La única razón de que me encuentre aquí es el programa de reciprocidad que Harvard tiene con Bennett para los hijos de sus profesores. El folleto sostiene que es porque Marie Bennett, que fundó el colegio en el porche trasero de su casa en torno a 1800, era hija de un rector de Harvard, de ahí que desde entonces haya existido una «relación basada en el respeto mutuo».

—A saber qué significa eso —comenté anoche, después de que mi padre leyera en alto la descripción durante la cena.

—Significa que tener de alumna a la hija del director del Departamento de Neurociencias es bueno para la imagen de Bennett —explicó mi padre—. Y a cambio recibirás una educación secundaria de lujo gratis.

—¿Estás seguro? —pregunté ladeando la cabeza y enrollando mis espaguetis extrafinos con el tenedor—. Porque yo diría que conseguí la beca gracias a mis habilidades deportivas.

—Por supuesto —asintió mi padre siguiéndome la broma—. Probablemente fue ese trofeo que ganaste en cuarto. Recuérdame el motivo.

—Tiempo récord en el hula-hoop —dije antes de llevarme un bocado de pasta a la boca—. El momento cumbre de mi carrera deportiva.

—Eso era. —Se limpió la boca con la servilleta y me guiñó un ojo.

Aparco la bici delante del edificio principal, que más que un instituto parece la Casa Blanca, y recorro el lustroso vestíbulo de mármol prácticamente de puntillas porque no se me ocurre otra manera más apropiada de hacerlo. Llamo a la puerta del despacho del director con los nudillos para llegar puntual a mi cita de las nueve de «encuentro y bienvenida», expresión que anoche me hizo arrugar la nariz cuando la leí en mi carpeta informativa.

—Adelaaante.

La respuesta cantarina me sobresalta, pero no veo a nadie en la sala de espera, así que entro en el despacho del director Hammer evitando las miradas severas de los viejos retratos. Es como si la Biblioteca Pública de Nueva York se hubiese condensado en una pequeña habitación: madera oscura, lámparas de bronce e hileras interminables de libros.

—¿Qué has hecho?

Al oír esa voz me vuelvo tan deprisa que tropiezo con la mesita de centro y caigo de espaldas sobre la alfombra morada. Escudriño la figura que ahora me contempla desde arriba y me alegro de haber elegido un pantalón corto en lugar del vestido de tirantes naranja que había barajado ponerme esta mañana. Solo alcanzo a ver pelo, mucho pelo. Rubio y rebelde.

—N... nada —respondo al fin, pestañeando varias veces—. Soy... soy nueva.

—Pues te aconsejo que te largues pitando —dice el pelo alargando un brazo y levantándome del suelo.

La cara que aparece ante mis ojos es de pasmo, debido básicamente a unas cejas grandes y oscuras que contrastan con los rizos aclarados de surfero y los ojos de color azul claro.

—¿Qué has hecho tú? —pregunto mirándole con recelo.

—¿Yo? —Se lleva una mano al corazón como si le hubiera clavado un puñal—. ¿Qué te hace pensar que he hecho algo? —Pero por la forma en que le brillan los ojos sé que no debo creerle—. ¿Es que no puede uno disfrutar de una siestecita en el despacho del director? Me gusta cómo huelen sus libros encuadernados en piel. —Una sonrisita casi imperceptible tira de la comisura de sus labios.

—Ah, Oliver, está aquí —dice el director Hammer al entrar mientras se quita la americana y la cuelga en la percha de la puerta.

Es un hombre bajo y fornido, probablemente de unos cuarenta y cinco años, pero aparenta más, sin duda por tener que lidiar con estudiantes como Oliver. Lleva unas gafas de delicada montura metálica y un pantalón impecablemente planchado.

—Sí, señor —responde Oliver-el-velludo tomando asiento en el sofá y apoyando despreocupadamente el brazo en el respaldo—. Le echaba tanto de menos, Rupert, que no podía esperar más.

—Ya lo creo que podía. —Hammer se sienta frente a un escritorio del tamaño de una mesa de biblioteca, hasta arriba de papeles—. En realidad está aquí porque, por razones que aún no alcanzo a comprender, se ha metido en un lío antes de que haya comenzado siquiera el curso.

—En realidad es una falta menor. —Oliver pone los ojos en blanco.

—Pagar a otro estudiante por su acreditación para poder aparcar su coche en el campus cuando el trimestre pasado le fueron retirados sus privilegios no me parece una falta menor —replica el director.

—¿Qué quiere que haga? —protesta Oliver—. ¿Cómo puedo ir a buscar mi almuerzo si no? ¿Quiere que muera de inanición?

—Le propongo una idea descabellada: ¿qué tal la cafetería? —responde Hammer impasible.

—Rupert, si he de pasar días enteros de mi último año de instituto en esta pocilga claustrofóbica, acabaré pagando a un estudiante no para que me dé su acreditación, sino para que me arrolle con su coche.

El director se remueve en su asiento al escuchar la palabra «pocilga» y en ese momento repara en mi presencia.

—¿Y usted quién es? —pregunta.

—Alice Baxter-Rowe —contesto—. Aunque, si no le importa, prefiero que me llame Alice Rowe. Puedo esperar afuera...

—Quédese donde está, Alice —me ordena Hammer—. Es usted la que tiene cita. Por cierto, bienvenida a Bennett. En cuanto a usted, Oliver, no puedo expulsarle porque sé que eso es justamente lo que quiere. No salga de este campus en todo el día o le juro por Dios que conseguiré que también tenga que pasar aquí la noche. Le comunicaré las medidas disciplinarias una vez que haya hablado con sus padres.

Los ojos claros de Oliver se han vuelto casi negros.

—Le deseo suerte —se limita a farfullar antes de salir del despacho.

—Señorita Rowe —dice el director Hammer tras cerrarse la puerta—, siéntese. Le pido disculpas por la escena con Oliver. Le aseguro que es raro encontrar a un estudiante tan desencantado.

—No se preocupe. —Me encojo de hombros y tomo asiento—. En realidad, lo he encontrado muy entretenido.

El director frunce el entrecejo.

—Confío en que no demasiado. Lleva aquí solo diez minutos, no me gustaría que se juntara con la gente equivocada. Hablando de... —Es un hombre decididamente serio. No exactamente huraño, pero interesado en nimiedades.

«Ya estamos», pienso para mí. Es un tono al que me he acostumbrado. Un tono de advertencia.

—Tiene ante usted una gran oportunidad, Alice.

—Habla como mi padre. —Mi voz suena algo tensa.

Pero el director apenas me presta atención.

—Tiene unas notas excelentes —prosigue echando una ojeada a mi expediente—, pero las observaciones de sus profesores me preocupan.

Me muerdo el interior de la mejilla.

—Supongo que se refiere a mi falta de concentración.

—Supone bien. Todos sus profesores mencionan la misma palabra: «potencial». Todos están de acuerdo en que tiende a «dispersarse». —Hace el gesto de las comillas cuando menciona la palabra «dispersarse»—. Si se centrara en lo que realmente quiere, podría conseguir lo que se propusiera.

Sé lo que quiere que le diga. ¡Que estoy lista! Que sé a qué universidad quiero ir y qué quiero ser y qué quiero que graben en mi tumba. Pero no lo estoy, no estoy lista y no sé qué quiero.

Ante mi pertinaz silencio, el director Hammer carraspea.

—Dígame, ¿cuál es su primera clase de hoy? —pregunta en un tono afable.

—Psicología social con el señor Levy —respondo consultando mi horario.

—Sabia elección. Estoy seguro de que le gustará. —Se levanta para abrir la puerta y caigo en la cuenta de que no le he visto sonreír ni una vez—. Y recuerde, Alice, estamos aquí para ayudarla. Queremos que obtenga el máximo partido de esta experiencia.

—Gracias.

Le estrecho la mano y en cuanto la puerta se cierra tras de mí pongo los ojos en blanco.

—¿Tan terrible ha sido? —pregunta Oliver.

Está sentado en el mostrador de la sala de espera como si fuera la encimera de una cocina, al lado de una recepcionista con pinta de carcamal que intenta ocultar su regocijo.

—¿Qué haces todavía aquí? —pregunto.

Baja del mostrador de un salto.

—Charlar con Roberta, mi único y verdadero amor. —Oliver guiña un ojo a la mujer sentada detrás del mostrador—. No te preocupes, Roberta, nuestro idilio ilícito está a salvo con Alice. Es nueva, por lo que no conoce a nadie.

Roberta menea la cabeza.

—Deja que te acompañe a tu primera clase —me dice Oliver. Y no es un ruego.

—Qué cara tan alegre para ser su primer día en un colegio nuevo —señala el señor Levy cuando entro en Psico 201—. Usted debe de ser Alice. Tuve a todos estos estudiantes el trimestre pasado, en Introducción a la psicología, y la suya es la única cara que no ...