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EFECTO DOMINó

Olivier Norek

0


Fragmento

Prólogo

La psicóloga empujó el cenicero de cristal hacia delante. Aunque los estores estaban bajados tres cuartas partes, un rayo de sol cruzó la habitación e iluminó la danza del humo en suspensión.

—¿Le apetece contarme cómo empezó todo?

El hombre aplastó el cigarrillo con un giro de muñeca y dijo:

—Es una historia que tiene varios principios.

La psicóloga, nerviosa, balanceaba el bolígrafo entre los dedos. Era evidente que el hombre que tenía enfrente la intimidaba.

—Al menos, ¿sabe por qué está aquí?

—Porque he matado a dos personas. ¿Teme que se convierta en un hábito?

—Solo ha matado a una. Y en legítima defensa. Respecto al segundo caso…

Seco e impaciente, el hombre no la dejó terminar.

—Un miembro de mi equipo ha muerto. Es mi responsabilidad. Viene a ser lo mismo.

Rebuscó en el bolsillo de la chaqueta y sacó un paquete de tabaco aplastado. La psicóloga movió el bolígrafo entre los dedos con más ímpetu.

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—Nadie ha vivido lo que usted. Nadie se atrevería a juzgarlo. Solo me gustaría que lo repasáramos juntos, desde el principio.

—¿Desde el asesinato o desde la fuga de la cárcel?

—Un poco antes.

—Entonces ¿desde el secuestro del crío?

—Ese es un buen principio, y, por favor, no olvide nada.

El hombre se encogió de hombros y encendió otro pitillo.

—No entiendo qué relevancia puede tener, puesto que mi decisión ya está tomada.

—Insisto. Además, sabe que en estas circunstancias esta conversación es obligatoria.

El hombre dio una profunda calada y luego accedió de mala gana.

—Me llamo Coste. Victor Coste. Soy capitán de la Subdirección de la Policía Judicial de Sena-Saint-Denis, departamento 93.

PRIMERA PARTE

Entre cuatro paredes

Aquí estás completamente solo. Y si algún día crees tener un amigo... no te fíes de él.

ESCALPELO

1

Tres meses antes

Centro penitenciario de Marveil

Módulo 2, celda de ingreso

Loco de amor. Casi adicto. Hasta un límite asfixiante. Así que a la mujer le faltaba el aire. Y cuanto más se alejaba ella, más se hundía él en una mórbida depresión. Demasiada medicación y unos nervios difícilmente controlables.

Una noche, con las maletas en la entrada, la mujer le dijo adiós, pero él se negó a creerlo y se interpuso entre ella y la puerta. Entonces, la mujer le habló del otro hombre y algo en su cerebro se desconectó. Pasó al modo ataque. El hombre la golpeó una primera vez, en el rostro. La impresión hizo que la mujer perdiera el equilibro y apoyara una rodilla en el suelo, espantada ante ese primer gesto de violencia y sangrando por la nariz. Luego, él le miró los labios, pensó que otro los había besado y volvió a empezar, una y otra vez, sentado encima de ella, a darle puñetazos con ambos puños, lanzando la cabeza de izquierda a derecha, igual que un artista furioso lacera la tela.

Los policías escribieron en el atestado que el rostro de la víctima estaba cóncavo, completamente metido hacia dentro. Los médicos de urgencias intentaron salvarle el ojo; no lo consiguieron.

Durante la detención preventiva, al hombre lo vio el psiquiatra, que le dio varias pastillas para tranquilizarlo. Pero de eso hacía más de veinte horas. Nada más desde que fue puesto a disposición judicial y el juez decretó prisión provisional.

El hombre pasó de los calabozos del juzgado a la jaula de un furgón celular y luego a una celda individual del módulo de ingreso de la prisión de Marveil, para quedarse allí las primeras noches.

Antes de que la puerta de madera y metal se cerrara detrás de él, le preguntó al vigilante:

—¿Cómo está ella?

El vigilante era la mitad de joven que él e intentó interpretar el papel de adulto.

—Da un paso atrás para que cierre la puerta.

—¿Va usted a volver? No pueden dejarme sin pastillas.

—Mañana verás al subdirector de tratamiento cuando te evalúe. Preséntale una solicitud para ver al psiquiatra y, si todo va bien, conseguirás la medicación en dos semanas, pero solo si te portas bien, das un paso atrás y cierro la puerta.

—Vale, ¿y para esta noche?

El vigilante apoyó la mano en el espray lacrimógeno que llevaba enganchado al cinturón y el detenido dio un paso atrás.

—Vale, vale. Entonces, solo un cigarrillo y fuego, ¿puede ser? Llevo tres días sin fumar.

—Tú no eres el único aquí. Deja que termine la ronda y volveré.

* * *

Centro penitenciario de Marveil

Videovigilancia, 23.30 h

En los monitores de control, todas las celdas del módulo de ingreso mostraban el mismo cuadro. Los nuevos detenidos estaban sentados en la cama, incapaces de dormir, mirando al vacío e intentando asumir la situación. Fundamentalmente, aceptarla. La esperanza alarga el tiempo y desgasta los nervios. La resignación permite estar en paz. Aceptar la pena es el único modo de soportarla. Sin embargo, esa aceptación puede tardar un tiempo.

En la celda número 6, el detenido se levantó. En la sala de control, los dos vigilantes nocturnos se sentaban a la mesa y se turnaban para calentar la fiambrera en el microondas. El detenido se envolvió con las sábanas y luego con la manta y se sentó en medio de la celda. La fiambrera de uno de los vigilantes giraba en el microondas, recalentando un guiso de la víspera. De entre las sábanas y la manta sintéticas escapó un poco de humo. A la temperatura deseada, el microondas emitió un tintineo. El plato estaba listo. El vigilante agarró la fiambrera, la abrió sin mucha convicción y, al darse cuenta de que la mesita estaba invadida con la comida y las revistas de sus compañeros, se dirigió hacia la silla de las pantallas de control. Dejó los cubiertos, desdobló la servilleta, levantó la mirada y gritó:

—¡Fuego! ¡Joder, hay fuego en la 6!

Las llamas adquirieron tal magnitud que la pantalla se volvió loca y se quedó en blanco.

A todo correr, los dos vigilantes alcanzaron al que estaba de ronda, ya alerta por los gritos. Para entonces, este había desplegado una parte de la manguera de incendios y los tres tiraron de ella hacia la celda 6, al fondo del pasillo. La última, evidentemente.

—¡Tirad, mierda! ¡Tirad!

El que acababa de gritar, a todas luces el jefe de servicio, se dirigió al funcionario de ronda.

—¡Demarco! ¡Ve a abrir la celda, hay que inundarla! ¡Deprisa!

Dejaron atrás la 3 y luego la 4, la manguera se les escapó de las manos, tiraron más fuerte y deshicieron un nudo, ganaron un metro, dejaron atrás la 5 y se detuvieron en seco: la manguera estaba tensada al máximo, a cincuenta centímetros exactamente de la entrada de la celda 6. Sin ninguna posibilidad de llegar al incendio y de enviar allí la menor gota de agua. Demarco había abierto la puerta y estaba ahí, paralizado, frente a aquella bola de una intensa luminosidad, rodeada de llamas lo bastante altas como para lamer las paredes y el techo. Las sábanas y la manta se fundían, eran una con la piel, un amasijo de tejido, plástico y carne. Y ese olor a carne a la parrilla…

—¡La manguera es demasiado corta!

—Imposible. ¡Tirad, coño! ¡Demarco, mierda! ¡Échanos una mano!

No obstante, aunque los tres hombres hubieran tenido la fuerza de seis, nada habría cambiado. Desde que la instalaron, la administración nunca había comprobado la operatividad de aquella manguera, y le faltaba un metro.

Uno de los vigilantes corrió en busca de un extintor. La piel y la carne ya se habían consumido y entonces era la grasa la que se quemaba envuelta en una humareda agria y negra. El recluso había dejado de gritar desde hacía largos segundos.

Dos extintores vacíos más tarde, la espuma blanca química convertía el cuerpo carbonizado en un muñeco de nieve.

El jefe de servicio lo llamó «barbacoa». Aseguró que no era la primera que veía, aunque quiso respaldar al nuevo, al que estaba de ronda.

—No podíamos hacer nada, ¿estamos? ¿Me oyes, Demarco?

Demarco no había dicho una palabra y era muy probable que tampoco hubiera oído el apoyo del jefe de servicio. Solo pareció despertarlo la siguiente observación:

—Tendremos que mandar la información a la Rotonda[1] para que se dupliquen los cacheos a los nuevos. ¿Cómo narices habrá podido prenderse fuego este tipo?

Ante esa pregunta, a Demarco se le encogió el estómago. Deslizó la mano en el bolsillo del pantalón del uniforme. Vacío. El jefe de servicio se dio cuenta de que el rostro del nuevo había pasado de un color blanco impactante a un lívido enfermizo.

—Demarco, no tendrías que haber presenciado esto en tu primera semana. Lo siento mucho. Voy a pedir que te den un día de baja.

Demarco asintió sin decir nada y se dirigió hacia el lavabo; los otros dos se quedaron convencidos de que iba a vomitar. Una vez solo, frente al espejo, empezó a rebuscar febrilmente en los bolsillos de la chaqueta. También vacíos. Estuvo a punto de perder el conocimiento, pero se mantuvo en pie gracias a las paredes.

A su vez, el jefe de servicio despertó en plena noche al subdirector de tratamiento, su superior directo, propietario de un chalé encantador en Marveil, donde fueron encendiéndose las luces a medida que el subdirector pasaba de una habitación a otra mientras escuchaba las malas noticias colgado al teléfono. Su subordinado siguió con el informe:

—Por la cara que puso el nuevo, creo que fue él quien le dejó el mechero.

—¿Seguro?

—Yo registré al preso cuando llegó. No llevaba nada encima.

El subdirector de tratamiento se sirvió un vaso de agua fresca en la cocina y con un gesto tranquilizador indicó a su mujer, que estaba apoyada en el marco de la puerta, que volviera a la cama.

—Está bien. Dele unos días de baja. Si va a verlo con remordimientos, envíemelo. A todos los efectos, el centro penitenciario no es responsable de esta muerte.

2

La ciudad de Marveil acoge el mayor centro penitenciario de Europa. Como a un vecino indeseable, un gemelo maléfico. Tanto la una como el otro son del mismo tamaño: exactamente ciento cuarenta hectáreas. Si se coge el plano de Marveil y se dobla por la mitad, ciudad y prisión se superponen a la perfección, con la simetría de un test de Rorschach.

Y, para empeorar aún más las cosas, las prisiones solo llevan el nombre del lugar que las alberga. De manera que, si alguien dice «vivo en Fresnes» o «en Fleury-Mérogis», el que lo escucha piensa que es un asesino o un violador. Marveil no es la excepción que confirma la regla.

Una prisión con las dimensiones de una ciudad, en la que el alcalde sería el director, los funcionarios serían los policías y los habitantes, todos criminales.

A quinientos metros del centro urbano y de las familias que hacen la compra semanal, se encuentran las primeras alambradas de espino que protegen los muros desconchados del monstruo de hormigón de arquitectura asfixiante. «Modelo del sistema carcelario francés», dijeron el día de su inauguración, en 1970.

Actualmente no es más que un caos de violencia que los funcionarios controlan a distancia, sin atreverse a entrar en las celdas ni a salir al patio. Un medio en el que hasta el cabrón más curtido se vuelve vulnerable como una pompa de jabón.

Y en ese nido de perros rabiosos es donde Nunzio Mosconi, al que llamaban Nano, veintidós años y tirando a guapo, no muy fuerte y, sobre todo, nada preparado, acababa de aterrizar por el atraco a una joyería, aunque le salió bien. El asunto se complicó por un reloj de lujo numerado que nunca debería haberse puesto. Un error de aficionado, de principiante.

Mal karma, Nano.

* * *

Alex esperaba fuera, ante la puerta principal del centro penitenciario. Aplastó el tercer cigarrillo en el suelo. A su alrededor, otras mujeres y familias enteras aguardaban el momento de la visita en una inmensa zona de aparcamiento, rodeada de campo. Nadie para recibirlos. Simplemente, el altavoz colgado encima de la puerta escupió una lista de nombres. Alex oyó el suyo y se dirigió hacia la recepción con una bolsa de deporte negra en la mano. Detrás del higiafono y del cristal antibalas, el rostro severo de los funcionarios. También ellos en prisión.

—Vengo a ver a Nunzio Mosconi.

—¿Y usted es?

—Alex Mosconi. Su hermana.

Comprobación en las listas de visitas. Un timbre, un ruido de cerraduras metálicas. A un lado de la gigantesca doble puerta principal, otra, más pequeña, acababa de abrirse. Alex pasó por un arco detector de metales, luego por un túnel de rayos X, apretando con los dedos la bolsa de deportes y esperando que el contenido le diera valor a su hermano. Luego se dirigió a la Rotonda, el punto neurálgico de la prisión.

Desde la Rotonda parten, como en una estrella, cinco ramas que dan a Marveil una planta pentagonal. Esas ramas son los cinco módulos penitenciarios, separados por un patio. Cada módulo debería contener ochocientos reclusos y la suma de los cinco no sobrepasar las cuatro mil plazas, pero una sagaz organización del espacio, a la que algunos llamarían sin reservas hacinamiento, permitía acoger a mil presos más de la capacidad máxima.

Desde la Rotonda, Alex fue escoltada junto a los demás visitantes hasta una escalera que conducía al corredor del locutorio. Cada corredor, cada celda se parece a las otras, por lo que una vez dentro ya no hay ninguna referencia. Estás en una zona de la prisión como podrías estar en cualquier otra. Estás en ninguna parte.

Alex cambió su documento de identidad por un permiso de visita y vio que le atribuían un número de cabina. Abrieron la bolsa y la registraron. Algo de ropa limpia, unas revistas, una baraja de cartas. Alex ya se sabía casi de memoria la lista de efectos personales autorizados y los prohibidos.

Después de que se abriera la puerta de barrotes, otro control más y otro arco detector de metales. Tres días antes, un vigilante se encontró con el mango afilado de un cepillo de dientes atravesándole el cuello; le perforó la carótida. Los enfermeros penitenciarios le salvaron la vida in extremis. Mucha sangre en el embaldosado blanco. La dirección estaba aterrorizada, y el personal, de los nervios. Desde entonces, aumentaron los controles internos y externos.

Alex miró el tíquet de la cabina del locutorio y se dirigió hacia la número 8. Una cabina de plexiglás transparente, intimidad cero. Dentro, Nano ya la estaba esperando, con la cabeza gacha. Cuando se abrió la puerta, el chico levantó el rostro y a Alex se le encogió el corazón.

—Mierda…, pero ¿quién te ha hecho eso?

Salvo que ella era chica y le sacaba ocho años, físicamente Alex se parecía mucho a su hermano: su misma cara de querubín, sus ojos de color verde pálido y una silueta delgaducha.

—Dime algo, Nano.

Nano se sorbió los mocos y la nariz desviada le lanzó una descarga eléctrica justo detrás del cerebro. Entre el ojo derecho hinchado y las costillas doloridas, las punzadas de dolor se mezclaban.

—No quieras saberlo. De todos modos, no puedes hacer nada. ¿Has visto al abogado?

Alex lo miró. Su hermano pequeño negaba la realidad.

—Nano, lo siento mucho. Ya no tienes abogado. Se acabó. Aparte de la remisión de la pena, no sé qué más podemos esperar.

Aquello era lo más doloroso para Alex. Ponerle los pies en la tierra a un chaval que no perdía la esperanza.

—Sabes que si fuera posible me cambiaría por ti —acabó diciendo, inútilmente.

Nano se quedó casi sin voz.

—Alex, tienes que sacarme de aquí, voy a reventar. Voy a reventar o acabarán reventándome.

Por detrás de ellos pasó un vigilante con chaqueta, pantalón de uniforme y polo azul, y controló el interior de la cabina a través del acristalamiento de plástico. Detuvo la mirada en las caderas de Alex y, sin ningún disimulo, le recorrió con los ojos el culo y las piernas. En la calle, Alex le habría dado un rodillazo en los huevos a modo de advertencia. Allí, apretó los dientes e hizo como si nada.

—¡Nano! Dime quién te ha hecho esto.

—Mi compañero de celda.

—Hijo de puta. ¿Lo dices en serio? El abogado me aseguró que los de nuevo ingreso estaban en celdas individuales.

—Sí. Eso creía yo también. Pero me metieron con todos nada más llegar. Parece ser que la semana pasada hubo un incendio en las celdas de ingreso. Todavía están restregando las paredes.

—¿Y no puedes decírselo a los guardias?

—A ellos se la pela. Ni me escupirían si me vieran envuelto en llamas.

Alex comprobó con disimulo que nadie la veía, se metió la mano en el sujetador y sacó una tarjeta de teléfono móvil. Los arcos detectores de metal estaban tan mal calibrados que, con un poco de inteligencia y valor, en Marveil podía meterse de todo.

—De cien minutos, como me pediste. ¿Crees que podrás conseguir un móvil?

Nano se escondió la SIM en la boca y con un lengüetazo la sujetó entre las encías y la mejilla.

—No es para mí, es para el Máquina.

—¿El Máquina?

—Es el mote de mi compañero de celda. Aquí pierdes tu nombre. A todos nos ponen un mote.

—¿Y a ti cómo te llaman?

—El Listo. Porque hablo correctamente.

Sonó un timbre estridente que anunciaba el final de la media hora de visita. Nano agarró la mano de su hermana.

—Alex, ¿puedes hacer algo por mí?

—Lo que quieras —le aseguró con convicción.

Las otras visitas ya se levantaban y, como esa era la única distracción humana de la semana, todos los reclusos miraban con interés quién había venido a ver a quién. Para tener envidia o bur­larse después. Nano miró al suelo porque el favor que iba a pedirle a su hermana resultaría incómodo para los dos.

—Antes de irte…, dame un beso en la boca, delante de los demás.

Alex no lo entendió inmediatamente. Luego se dio cuenta de que su hermano tenía que demostrar que era heterosexual porque en ese lugar se aprovechaba cualquier debilidad.

Alex se levantó, se inclinó por encima de la mesa que los separaba y, adrede, permitió que se le subiera la camiseta dejando al descubierto su cintura, luego rodeó a su hermano con los brazos y lo besó con ternura durante un buen rato. Lo suficiente como para que todo el mundo se regodeara. Los vigilantes, tan dispuestos a acabar con cualquier contacto físico, esperaron unos segundos más de lo normal. Los otros presos grabaron la escena, la piel ambarina y las curvas, para volver a verla cuando llegara la noche.

Alex salió de la cabina 8 y, antes de seguir al vigilante hasta la salida, se volvió hacia Nano y gritó bastante fuerte:

—¡Te quiero, mi niño!

3

Módulo 3, celda 342

El Máquina (asesinato) y Listo (atraco)

 

El vigilante abrió la puerta haciendo tintinear el pesado juego de llaves y Nano se reencontró con su compañero de celda. La puerta se cerró a su espalda y la cerradura se engranó con un ruido metálico tan seco y grave como una sentencia.

Unas paredes pegajosas cubiertas de pósters de coches y de porno en primer plano, el suelo pringoso, dos camas que habían colonizado las pulgas, un televisor portátil crepitante, encendido las veinticuatro horas del día, una mesa de madera quemada por el hornillo de gas improvisado y un inodoro sin más intimidad que una sábana a modo de cortina. Olor a sudor, a pis, a calor y a mugre. Una ventana bloqueada. Nada de aire.

En medio de los nueve metros cuadrados institucionales, un negro imponente hacía flexiones contando en voz alta. Paró en la doscientas treinta y se levantó, sudando, con dos enormes manchas debajo de las axilas y las venas de la frente aún abultadas por la congestión. El mote de «Máquina» le pegaba mucho.

—Entonces, Nena, ¿has visto a tu tío?

Nano se sentó en la cama y dejó encima la bolsa que le había llevado su hermana.

—Era mi chica.

El Máquina se le acercó y le soltó una sonora bofetada.

—Tú no tienes chica, Nena; tú eres una maricona.

Realmente, Nano habría preferido «Listo», el apodo que se había inventado para su hermana. Pero su mirada dulce, su juventud y los rasgos delicados no habían jugado a su favor y lo habían clasificado entre las presas. Nano encajó el golpe sin rechistar. No era el primero.

—¿Tienes la SIM y la baraja de cartas?

Nano abrió la bolsa y empezó a rebuscar dentro. El Máquina, impaciente, se la arrancó de las manos, la vació completamente en el suelo y cogió la baraja de cartas. Luego Nano se metió los dedos en la boca y le dio la tarjeta de teléfono. Se había sometido a las exigencias de su compañero de celda; quizá tuviera una tarde tranquila. Pero hacía tiempo que el Máquina no había tenido ninguna visita y algo así como una frustración se apoderó de él. Una frustración que solo sabía manejar de una manera.

—Acércate. No te habré hecho daño, ¿no?

Nano se levantó. Una vez se quedó sentado en actitud de temeraria rebeldía y ya sabía que eso no era buena idea. El negro se tumbó en su litera.

—Ve despacio, chaval.

Nano se arrodilló, cerró los ojos y empuñó la intimidad del Máquina mientras recitaba mentalmente, como una oración: «Veintiún días de prisión provisional. Quizá el día veintidós sea mejor».

4

Patio del Módulo 3, conocido como «la selva»

Duración: una hora. Trescientos detenidos, un vigilante en la torre

 

Día veintidós. Nano estaba en un rincón, entre una pared de hormigón armado y la alambrada, que tenía la parte superior cubierta de púas. Perseguía uno de sus sueños favoritos. El de ser invisible. Invisible en medio de los lobos.

Otro de sus sueños lo llevaba a Córcega, a cuando era niño y podía correr por la playa con los ojos cerrados, sin temor a darse de bruces con un recluso o con un alambre de espino en plena jeta.

Correr con los ojos cerrados. Ser invisible. Libre, en definitiva.

Por el patio deambulaban centenares de presos. Algunos se entretenían haciendo deporte, fumando porros o comentando los últimos cotilleos. Otros, en grupo, relataban sus hazañas de armas o decidían el siguiente objetivo. Todos se miraban de arriba abajo, se medían y se desafiaban. Centenares de presos y otras tantas amenazas.

En el extremo noroeste del patio se alzaba una torre de vigilancia de unos veinte metros de altura y, desde la garita de control acristalada, un vigilante observaba con prismáticos las idas y venidas de los reclusos. La torre no estaba directamente construida sobre el suelo del patio, sino sobre una plataforma de tres metros de alto y treinta metros cuadrados de superficie, para evitar que los presos pudieran escalarla. De manera que debajo de la torre había treinta metros cuadrados ciegos, que habían dejado sin ningún tipo de control a propósito, treinta metros cuadrados donde más valía no estar.

Aquí el futuro es escasamente mañana y, frente a ese futuro, a Nano le dio un ataque de ansiedad. Respiración entrecortada, visión limitada, un sollozo en la garganta. Los síntomas de una buena crisis de ansiedad en el lugar exacto donde no debía darle. Nano lo sabía, aquello no podría soportarlo durante mucho tiempo más. Nadie, y mucho menos él, estaba hecho para aquel infierno. Un hombre se apoyó en la misma alambrada que él, a un metro de distancia.

—Respira profundamente.

Nano no lo había visto hasta entonces y su cuerpo se crispó. Un individuo equivale a un peligro potencial. El chaval lo miró detenidamente. Unos cuarenta años, piel mate, cabeza rapada, mandíbula apretada y una mirada negra impasible.

El desconocido insistió:

—Respira profundamente. Si te ven lloriqueando, van a divertirse contigo.

Nano se repuso.

—No iba a llorar.

—Vale, entonces todo bien. ¿Por qué coño estás aquí?

—Atraco.

—Eso me la sopla. Si no eres un chivato o un pedófilo, a nadie le importan un carajo los motivos por los que estés aquí. Lo que te pregunto es qué haces en el Porche.

Al ver la cara que ponía Nano, el desconocido se dio cuenta de que debería enseñarle algunas reglas.

—Mierda, pero ¿tú cuándo has entrado? Ya deberías saber esto. Lo que hay debajo de la torre se llama Porche y tú no querrás que te arrastren allí. Ven, camina conmigo.

Nano sabía que un gesto amable, cualquier favor o el más mínimo consejo tenía un precio, y él se negaba a ser deudor. Cascársela al Máquina dos veces al día ya era bastante.

—Está bien, pero voy a quedarme. No te he pedido nada y no te debo nada.

—Chaval, que no pasa nada, no eres mi tipo…

Algo en un extremo del patio llamó la atención de aquel hombre. Preocupado, repitió el consejo:

—Créeme, tienes que salir de ahí.

A unos veinte metros, sentado en una esquina del patio en un trozo de hierba desgastada, un hombre achaparrado, estilo cabeza rapada, tatuado del cuello a los brazos, se liaba un porro sin demasiado disimulo. Se le acercó un grupo de seis presos jóvenes que fingían discutir entre ellos. Delgados y altos, todos en chándal, caminaban riéndose burlonamente. Parecían hienas mirando a su alrededor, como si un golpe a traición pudiera llegarles de cualquier sitio, cuando eran ellos los que se preparaban para dar ese golpe. En cuanto pasaron por delante del preso tatuado, dieron media vuelta y, por sorpresa, lo levantaron del suelo y lo llevaron al Porche. El hombre, al que cargaban como a una presa de caza, soltaba patadas y puñetazos al vacío. Desde todas partes sonaron pitidos, que no venían de los vigilantes sino de los presos que llamaban al espectáculo. Alguien iba a llevarse una buena tunda y nadie quería perdérselo.

En el extremo opuesto del patio, el Máquina seguía jugando al póquer con otros presos. Levantó la mirada hacia el guirigay: una paliza en el Porche. Él había dado muchas más de las que había recibido. Hacía tiempo que eso ya no le interesaba. Volvió a concentrarse en la partida.

Una multitud se agolpó debajo de la torre, tan compacta que Nano no veía nada. Gritos de dolor y de ánimo divertidos; luego, en menos de treinta segundos, los cerca de sesenta espectadores se dispersaron y la víctima se quedó inerte en el suelo, con la cara hecha papilla y el brazo doblado en un ángulo imposible. Dos de las hienas se encargaron de agarrarlo por las piernas y arrastrarlo fuera de la arena del circo, al alcance de la vista del vigilante de la torre. El sol golpeaba en el cristal de los prismáticos del vigilante quien, tras evaluar la situación, escupió por el altavoz:

—¡A la puerta!

Las hienas lo arrastraron, dejando tras ellos un rastro de tierra ensangrentada, y lo soltaron delante de la puerta de entrada del patio, que se abrió tímidamente. De allí salieron los brazos de unos funcionarios, agarraron al preso, que seguía inconsciente, tiraron de él y la puerta se cerró de nuevo. Oficialmente, no había pasado nada y la calma reinó de nuevo. Nano, un poco alarmado, se dirigió al desconocido:

—Joder, podrían haberlo matado. ¿Cómo pueden dejar esta zona sin vigilancia?

—¿El Porche? Es la zona para desfogarse. Eso regula las tensiones. Si los presos no lo hicieran aquí lo harían en las celdas, en los pasillos o en el comedor, y eso a los guardias les acojona. De manera que les dan un ring para que ajusten cuentas. Cuanto más cerca estés del Porche, más peligro corres de que te arrastren hacia dentro, y, sin ánimo de ofender, tú no levantas un palmo.

Debajo de la torre una mancha roja coloreaba el suelo polvoriento. Nano se dio cuenta de que, probablemente, el patio era más peligroso que la celda. Incluso con el cabrón del Máquina dentro. Nano alargó la mano.

—Gracias, tío. Soy Nunzio, bueno, Nano.

—Ya lo sé, Nena. Yo soy Gabriel. Aquí, Escalpelo.

—¿Por qué?

—Dicen que degollé a una mujer.

—¿Y es verdad?

Escalpelo estalló en carcajadas.

—Pues claro que sí.

El timbre anunció el final del patio. Nano aprovechó para pedirle un favor a ese ángel de la guarda.

—Las cosas no andan muy bien en mi celda. ¿Crees que podrías ayudarme? Puedo hacer que te manden pasta, si quieres.

Escalpelo le dio dos palmadas en la espalda, sonriendo.

—Aquí estás completamente solo. Y si algún día crees tener un amigo… no te fíes de él.

5

Módulo 3, celda 342

El Máquina (asesinato) y Nena (atraco)

 

El Máquina entró en la celda con los puños cerrados, visiblemente furioso. Cuando la puerta se cerró a su espalda, dio dos golpetazos contra la pared y Nano se acurrucó sobre su colchón. El Máquina se dirigió hacia su litera, metió la mano debajo de la almohada y sacó un porro ya liado. Se plantó otra vez delante de la puerta, la golpeó y gritó con voz grave de animal:

—¡Guardia! ¡Eh, guardia!

Apareció un ojo que oscureció la mirilla de la puerta.

—Eh, guardia, dame fuego.

—¿Ya no tienes?

—No, lo he perdido al póquer.

Un ruido de llave, de cerrojo y luego la puerta se abrió. El vigilante extendió el mechero y encendió el canuto del Máquina, que dio dos enormes caladas malolientes. El vigilante desapareció envuelto en humo y la puerta volvió a cerrarse.

La marihuana, otro modo de garantizar algo de tranquilidad. Una parte nada desdeñable de los que estaban en Marveil era por delitos relacionados con las drogas. Que estas se toleraran dentro de la prisión era una ironía de la vida.

Antes de que al Máquina se le ocurriera emprenderla con él, Nano intentó ser compasivo.

—Siento mucho lo de tu mechero.

El negro enrojeció el extremo del canuto absorbiéndolo como un aspirador.

—También he perdido la baraja de cartas. Necesitaré otra.

—Se la pediré a mi chica.

—También le pedirás fotos suyas en pelotas. No te molestará compartirla, ¿no?

Nano se imaginó la cabeza del Máquina estallando contra la pared.

—No, claro que no.

* * *

Módulo 3, celda 321

Escalpelo (asesinato) y Cocinas (envenenamiento)

 

Escalpelo se estaba afeitando mientras su compañero de celda, un viejo turco de setenta años que olía a especias, terminaba de construir un hornillo para calentar la comida con una lata de conservas y dos resistencias.

Una maquinilla al mes. La cuchilla desgastada cortó superficialmente el cuello de Escalpelo, que se cubrió la herida con un trozo de papel higiénico para detener las pocas gotas de sangre.

—¿Conoces al Máquina?

Cocinas ni levantó la cabeza; estaba completamente concentrado en su faena. Había sido condenado a doce años por envenenamiento, y desde hacía algunos ocupaba el puesto de responsable del comedor. Si alguien necesitaba artículos de baño, comida decente o cigarrillos, Cocinas podía proporcionárselo.

—Sí. Es de los negros de Saint-Ouen. Ni muy agradable ni muy inteligente. Una mala mezcla.

Escalpelo se quitó los restos de espuma de afeitar echándose agua y se pasó la palma de la mano por la piel. Cocinas interrumpió su tarea.

—¿Me lo preguntas por el chaval? Te he visto hablando con él en el patio.

—¿Crees que podemos hacer algo?

—Anda, déjalo. Ya sabes que lo único que tenemos que hacer es protegernos de los demás. Yo vendo comida a esos animales, por eso me dejan en paz. Y también porque voy a palmarla aquí. Eso lo respetan. En cuanto a ti, desde que saben que decapitaste a tu mujer, tienen miedo de que les rajes.

—Degollé, no decapité. Y no era mi mujer. Tengo una mujer. A la otra apenas la conocía. Y, además, no lo hice.

El turco levantó la mirada al techo, exasperado.

—¡Cállate! Bastante me ha costado elaborar tu leyenda. Incluso me inventé tu mote. Hazte un favor, Gabriel, olvida a ese chaval.

Escalpelo comprobó la hora, agarró la toalla y se colocó delante de la puerta.

—¿No vas a la playa, Cocinas?

—No, tengo que terminar este hornillo para la 323.

* * *

En fila, con otros diez reclusos, Escalpelo siguió al vigilante hasta las duchas. El Máquina y Nano se habían puesto al principio de la cola. El suelo enmohecido, las baldosas rotas y cortantes, una constelación de manchas de todos los fluidos que el cuerpo pueda fabricar incrustadas en las paredes, ratas y garrapatas… hongos garantizados. Cada uno se colocó debajo de una alcachofa roñosa, de donde un escuálido hilo de agua se escapaba con dificultad.

—Tenéis diez minutos —soltó el vigilante antes de salir de allí y dejarlos sin vigilancia.

El Máquina y Nano se situaron al lado de Escalpelo. El negro lo miró de arriba abajo durante unos segundos y Escalpelo no dejó pasar aquel desafío.

—Deja de mirarme así, que me voy a enamorar. Y ya sabes que no es bueno que me enamore.

El Máquina sonrió dejando asomar dos dientes rotos. Sabía que ese hombre de cabeza rapada y mirada negra, casi vacía, tenía la lengua afilada. Miró a su alrededor y luego volvió a fijar la atención en Gabriel.

—Creo que ya estás limpio, Escalpelo. Tendrías que dejarnos un poco de intimidad.

Apenas terminó la frase, entraron tres tipos en las duchas y todos los presos se marcharon. Nano mantuvo la mirada baja mientras Gabriel evaluaba a los recién llegados. Si tumbaba a uno, quizá los otros darían marcha atrás. El Máquina se quedó asombrado al ver que no se iba.

—¿Estás seguro, Escalpelo? ¿De verdad no quieres hacerme caso?

Gabriel recordó las primeras palabras de Cocinas: «Aquí lo que sobra son problemas, y puedes estar seguro de que los tendrás, así que no te metas en los de los demás porque podrías tener una indigestión».

Gabriel cruzó la mirada con Nano. La postura encorvada del chaval lo decía todo. Había cedido, no se resistía, se había convertido en una víctima. De mala gana, Gabriel cogió el gel y la toalla y se largó. Para sorpresa de Nano, el Máquina hizo lo mismo y el chaval pensó que tal vez había decidido darle un respiro. Cogió sus cosas y se apresuró a seguir al Máquina, pero este lo frenó poniéndole una mano en el hombro.

—No, tú quédate un poco más.

Nano miró preocupado a los otros tres que estaban desnudándose. Luego, como quien no quiere la cosa, dijo:

—Pero si ya he terminado.

—Ya lo sé. Pero también te he perdido al póquer.

6

A pocos metros de la puerta de las duchas, el funcionario Demarco contó por segunda vez a los reclusos. Seguía faltando uno. Desde hacía un mes, Demarco sustituía a Chabert, de quien se decía que había recibido un tajo en la carótida con un cepillo de dientes afilado como un puñal a base de restregarlo por el suelo. Así que se había dado prisa en aprender a identificar l ...