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EL AMOR EMPIEZA DESPUéS DEL CAFé (COFFEE LOVE 1)

Xuso Jones

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Fragmento

1

Lunes.

Paulo se pone los cascos de su iPhone y se lanza a la calle, hacia el trabajo.

Because I’m happy.

Al subirse a la moto, al ajustarse el casco, los guantes, al arrancar...

I’m a hot air ballon that could go to space.

Al fichar, al subir en el ascensor...

Because I’m happy.

... parece que todo el mundo a su alrededor es una coreografía que va en perfecta sincronía con la canción...

Clap along if you feel like a room without a roof.

¡Clinc! Planta quinta. Cool Partners. Esta es su oficina, y sí que tiene techo. Vaya si lo tiene. Pero oye, valor y al toro. Paulo pulsa PAUSE y Pharrell Williams se calla para dejar paso a la realidad. Justo en ese momento pasa el otro becario, Miguel.

—¡Buenas tardes! ¡Ya era hora!

—Buenos días, Miguel, ¿qué tal el finde?

—Bru-tal, estuvimos en el vip del evento de Beastfeaster, la leche...

Paulo mira el reloj. Son las 8.30. No es tan tarde como para que se lo eche en cara, qué rabias es Miguel. Pero le funciona. Por lo que se ve, a él SÍ que le invitaron al evento. Paulo se curró toda la logística, se hinchó a mandar invitaciones y confirmar asistencia de blogueras, pero fue Miguel el que se coló en la fiesta vip. «Asco de vida», piensa Paulo.

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Como cada lunes, acaba de aterrizar de morros en la realidad, su realidad. Cool Partners, la mejor agencia de publicidad del mundo. Eso dicen.

«Asco de vida», se va repitiendo a sí mismo mientras localiza su mesa y saca su MacBook Pro de la funda de neopreno. «Asco de vida.» Lo dice en su cabeza más que nada porque si lo dijera en voz alta, le oiría todo el mundo. Esa es la maravilla de las oficinas open space, mucha modernidad, pero cero intimidad. Se te oyen hasta los pensamientos.

El acorde de arranque del Mac lo devuelve de un manotazo a tierra firme. En cuanto abre el Outlook empiezan a acumularse las peticiones de sus compañeros.

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Qué manía tiene la gente con las mayúsculas en la línea de asunto. Puedes oler su histeria antes de abrir el mensaje. El mail con menos mayúsculas es de Vanessa, su novia. Aunque mejor dejarlo para el final, no sabe si tiene fuerzas para enfrentarse a ella, aún no se ha tomado el segundo café y ese «NI» atufa a mosqueo.

Paulo siempre había soñado con ser publicista. De pequeño se grababa las películas de la tele y rebobinaba hasta llegar a los anuncios. Se sabía la música de todos. Se plantaba en medio del salón, todo orgulloso, y podía recitar de memoria el texto del Primo de Zumosol o la canción del Cola Cao. Recortaba los anuncios que más le gustaban de las revistas de su madre y los coleccionaba en una carpetilla a la que había pegado tantos adhesivos que casi podía leerse en braille. Cuando acabó el instituto y llegó el momento de decidir carrera, él no tuvo dudas: Publicidad. Se volcó con tanto entusiasmo en los estudios que consiguió hacer curso y medio por año. Su expediente destacaba tanto que la conocidísima agencia Cool Partners le ofreció unas prácticas. Lo que le pagaban era tan mísero que lo llamaban «ayuda al transporte». Tendrían que haberlo llamado «ayuda a la moral».

Pero Paulo no lo dudó. ¿Cómo le vas a decir que no a tu sueño por precario que sea? Si Cool Partners le quería en su equipo, él no iba a ponerse estupendo. Al fin y al cabo, su familia no tenía problemas de dinero y allí vería cómo trabajaban las mentes brillantes de la publicidad, esa especie mágica de criaturas llamadas «creativos». Aquel era el lugar donde se forjaban las grandes ideas, esas que te pegan un fogonazo en la cabeza al tenerlas. Averiguaría cómo nacen los grandes eslóganes que pasan a la historia, como «La chispa de la vida» o el «Just Do It».

Y vaya si lo descubrió. Y vaya si vio «Just Do It». Pero con un significado distinto: más que «Hazlo sin pensar» era «Haz lo que yo te diga... ¡Y hazlo ya!». Desde el primer momento fue el último mono: «Pásame esto a limpio», «Corrígeme este PowerPoint», «Llévame este Facebook sin cobrar ni un euro», «Ve a hacer lo que yo te diga y sin cuestionarlo, que así es como trabajan los profesionales, ya te llegará tu turno». Pero el turno no llegaba, y cuando se animaba a tener una idea y decirla en voz alta, podía oír los grillos en la habitación.

Así que lo que parecía un lugar ideal en el que aprender los entresijos del sector y pasarse el día teniendo ideas brillantes se convirtió a las pocas semanas en un agujero negro de codazos entre compañeros, de campañas pensadas con dejadez, echando mano de las ideas de siempre, ciñéndose al gusto del cliente y sin una pizca de imaginación o ganas de innovar. Paulo, además, ni tan siquiera rozaba de lejos estos proyectos, ya que, la mitad de las veces, su trabajo consistía en todo lo que se quedaba detrás del anuncio: contratar el catering, avisar a los extras, confirmar a los eléctricos...

«Mierda, ¡los eléctricos!»

Tenía que avisar del cambio de horario de rodaje del anuncio de Coca-Cola, si no, se iba a liar. Uf, menos mal que su cerebro le echaba un cable de vez en cuando. Al lío. Volvió a abrir la bandeja de entrada. Ahí, debajo del marrón, había otro marrón: ahí estaba el mail de Vanessa, esperándole. Su chica llevaba unos días de morros por una tontería que ocurrió el viernes.

La semana anterior había terminado igual de aburrida que comenzó, así que Paulo decidió invitarla a cenar a Tatel para intentar que el fin de semana tuviera otro sabor. Ella llegó con un vestido ajustadísimo de color bronce que resaltaba aún más su eterno moreno y su figura de modelo. A los pies, unas sandalias de vértigo con tiras que se cruzaban a lo gladiator, con un diminuto bolso a juego con tachuelas doradas. Estaba impresionante, como siempre. Impecable y sexi, parecía de verdad una gladiadora, con un imán poderoso para atraer todas las miradas de su alrededor. Algunos mechones de su larga melena le caían afectadamente por la espalda, castaña y espectacular.

El drama vino precisamente por el pelo...

—¿Te gusta? Me he tirado toda la tarde en la pelu, no me ha dado tiempo ni de comer. Tenía que repetirme la queratina, rehacerme las californianas, escalármelo un poco... Y al final les he pedido que me hicieran este moño deshecho. Se ve un poco Alexa Chung, ¿no? Esa es la idea...

—Te queda precioso, pero tú eres más guapa que Alexa Chung.

A Paulo le alucinaba cada día más lo guapa que era Vanessa, su preciosa novia, y no podía evitar sonreír como un tonto mientras le hablaba. Lo hipnotizaba, por no decir que se le ponía cara de bobo cada vez que la miraba...

—Paulo, te lo estoy preguntando en serio. —Sus labios carnosos se juntaron en una mueca que anunciaba que se estaba empezando a mosquear—. No estoy media vida en la peluquería para que después no seas capaz ni de darme tu opinión...

Él sonreía de medio lado. El carácter malcriado de Vanessa le hacía más gracia que cualquier otra cosa. Decidió contraatacar con más amor. Si no puedes con el enemigo, fríelo a besos.

—Pues te daré mi opinión: cuando más me gusta tu pelo es después de pasar la noche juntos, cuando te despiertas con la melena esparcida sobre la almohada, enredado, alborotado... —Con la última palabra le cogió la mano a su chica.

—Es que no se puede hablar en serio contigo, de verdad. ¿Eso te parece una respuesta? —Vanessa le retiró la mirada y palpó sobre el mantel para coger su móvil.

—¿Qué pasa? Es la verdad, me encantas a primera hora de la mañana, un poquito antes de despertarte... No necesitas maquillaje, ni mechas... Eres la mujer más bonita del mundo.

Y nada más decir esto, le estalló una bomba nuclear en todos los morros, que era justo todo lo contrario de lo que Paulo pretendía con su declaración de amor.

—¡No valoras nada todo mi esfuerzo! ¡Eres un egoísta y solo piensas en ti!

Los ocupantes de las mesas que rodeaban la de Paulo y Vanessa callaron de repente y se impuso un silencio más espeso que cualquiera de las salsas de sus platos.

—Vanessa, mi amor, no es eso. Solo te digo que me gustas de todas las maneras, que eres tan guapa que no necesitas...

—¡Ya estás otra vez! ¿Sabes cuánto dinero me he gastado esta tarde en la peluquería...? No, claro, a ti no te importa, porque tú ni lo valoras...

—Por favor, baja la voz, nos está mirando todo el mundo...

—¡Tienes razón! —Vanessa agarró el móvil entre sus dedos como un águila cuando atrapa a su presa y se lo metió en el bolso—. ¡Me voy, así no daremos ningún espectáculo!

—Vanessa, espera, por favor. Volvamos a empezar, venga. Los dos estamos cansados y estresados.

—¡Tú siempre estás cansado y quejándote! Y me estoy empezando a hartar. Yo no comencé a salir con un cansado de la vida, yo comencé a salir con alguien que quería triunfar.

—Baja la voz, te lo pido por favor, Vanessa...

Pero ella tenía su propia idea de cómo tenía que acabar la cena y se quedó callada el resto de la velada. Cuando vino el camarero con los postres, Paulo le pidió la cuenta sin ni siquiera mirarlo. Quería irse de allí cuanto antes, arrancarse del cogote las miradas que le estaban taladrando. Vanessa y él se despidieron fríamente en la puerta. Paulo empezó a andar a los pocos minutos. Levantar la mirada le costó quince calles. La quería, pero a veces se le hacía cuesta arriba su carácter.

A ese viernes desastroso le siguió un sábado y un domingo solitarios, durante los cuales Paulo recapacitó e intentó firmar la paz: llamó a Vanessa, le envió wasaps, probando todas las combinaciones de emoticonos posibles... Y al final hizo lo que hacemos todos y no debería hacer nadie: hurgar en las redes sociales. Y ahí encontró mensajes de Vanessa... que no eran para él: un montón de fotos colgadas en Facebook e Instagram de juergas en Malasaña el sábado por la noche con sus amigos, duck face teñidas de rojo discoteca, sonrisas en el Retiro el domingo... Ni rastro de esa tristeza que a él le había teñido de negro todo el fin de semana.

Antes de seguir con los mails histéricos del día, Paulo decide que esto solo lo levanta la cafeína y se dirige hacia el office. Al regresar, se cruza con su jefa.

—¿La tienes ya?

Ni «hola», ni «buenos días», ni «¿cómo te ha ido el fin de semana?». Bienvenidos al lenguaje oficial de Cool Partners. ¿Tiene usted educación? ¿Acaso se interesa por los seres humanos? Pues deje sus sentimientos en la puerta antes de entrar...

—Sí, en un minuto te la llevo.

—Te espero.

Y se da la vuelta subida a su escoba de bruja. Paulo comienza a imprimir la lista. Nada más darle a IMPRIMIR, suena el teléfono. Es su jefa.

—Pablo... ¿Puedes comprobar si me he dejado mi pañuelo Carolina Herrera en la sala de reuniones?

—Paulo.

—Paulo, eso. El de Carolina Herrera con las florecitas...

—Claro, te llevo ahora mismo la lista vip y paso por allí a ver...

—¿No entiendes el castellano o qué? ¡Pásate ahora!

El golpe seco del teléfono se le clava muy adentro, le sienta como si se lo hubieran dado a él en las costillas.

Se acerca a la sala de reuniones y ve el pañuelo encima de una silla. Lo pone sobre la caja de los dosieres, que deja en la mesa de reuniones del despacho de su jefa. Ella asiente al teléfono, sin ni tan siquiera dignarse a mirarlo. De vuelta a su sitio, se sienta frente al portátil para saborear el café, que se ha quedado frío y sin crema, aguachirle total.

Mientras limpia la bandeja de entrada del mail, le llega un nuevo mensaje. La propuesta de lista de reproducción temática que presentó para la after party del desfile «ha sido descartada». Así, sin más, sin ninguna razón que lo justifique. La noticia le sienta como un tiro. Se había prometido intentarlo una vez más y se había llevado a casa el proyecto para presentar una propuesta que les dejara alucinados. En su cabeza se veía como esos héroes oficinistas de las pelis que tiran de café y pizzas hasta dar con la cojoidea que deja impresionados a todos en la reunión. Pues ni cojoidea ni impresión: ha dedicado los cuatro últimos fines de semana a este tema y ahora acaban de tirarlo a la basura sin darle ninguna explicación. Una razón menos para estar contento. Otro lunes de mierda. «Asco de vida.» ¿Dónde narices trabajará Pharrell Williams para estar tan happy de la vida?

De repente, la pantalla del iPhone se ilumina. Tiene un wasap, y es de Vanessa: «No te olvides de ponerme en la lista de la pasarela 080 Barcelona Fashion. Es muy importante para mí. Por favor, no me defraudes».

Parece que se le ha pasado el enfado. Paulo se pone tan contento con la buena noticia que decide no hacerle caso al vuelco que le da su estómago cuando sus ojos se topan con la palabra «defraudar» en el mensaje. Qué exagerada es Vanessa, qué maneras de decir las cosas.

2

El motorista acaba de llegar con una bandeja de sushi variado, una ensalada de algas con pepino y sésamo y una cajita con dos mochis con anko que Paulo sabe que tendrá que comerse solo, ya que Vanessa es más de jugar con la comida que de comérsela. Pero el japo tiene un precio mínimo si quieres que te lo lleven a casa y muy mala leche si no llegas al cupo.

Su novia está radiante. Ir a la pasarela 080 ha sido una experiencia única para ella y está feliz y muy ilusionada con todos los post que escribirá con las fotos y las entrevistas que ha podido hacer tanto en los cócteles de presentación de las colecciones como en el backstage. Y lo están celebrando con cenita a domicilio en casa de Paulo.

Los ojos le brillan como dos estrellas fugaces. Igual que cuando empezaron el último año del instituto y se enamoraron a primera vista. No para de hablar y de reírse con esa musiquita que tanto echaba él de menos.

—¡He podido entrevistar a Custo! ¿Sabes qué es eso? Y, además, me ha regalado un vestido que es... ¡perfecto! Me queda como un guante, ya verás cómo rabian de envidia las demás blogueras.

Vanessa sonríe con sus dientes perfectos y blanquísimos, y a Paulo le parece que el mundo cabe dentro de su boca.

—Y tengo una galería de más de veinte fotos para hacer un álbum especial del backstage... ¡Qué pasada! ¡Voy a darle al blog el empujón definitivo para subir a primera línea! Que se preparen las it-girls de casa buena con su postureo pijo... ¡Vanessa Snake ya está aquí!

Echa la cabeza hacia atrás en el sofá y se ríe como las malas de las películas. Paulo está poniendo la mesa: dos manteles individuales de bambú, dos juegos de palillos y dos platos de cerámica, a juego con dos cuencos en los que ella tomará té verde y él un poco de vino blanco. A Paulo le gustaría que se tomara una copita con él, pero prefiere no insistir porque hoy no quiere romper el buen rollo que ha inundado su salón. ¿Podrá grabarse esta felicidad en el disco duro del cerebro para usarla como combustible los días malos? «Ojalá fuera tan fácil», piensa.

—¿No quieres probar este? Es de gamba. Está rico, mira... —Paulo baña ligeramente el rollito envuelto en alga nori y se lo acerca con cariño a Vanessa.

—¡Ni hablar! Ese pescado está lleno de mercurio.

—Mira que dices tonterías...

Paulo se pone cariñosón y la agarra por la cintura. Ella se deja querer, como siempre, y se recuesta en el sofá debajo de él, no sin antes echar un vistazo al móvil para mirar las alertas. En medio de la sesión de besos y caricias ...