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EL ÁNGEL DE LAS TORMENTAS (LA LEY DEL MILENIO 2)

Trudi Canavan

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Fragmento

1

Cuando Betzi se fue a la cama antes que nadie con la excusa de que le dolía la cabeza, Rielle supo que su amiga tramaba algo. Algo muy peligroso. Y dudaba mucho que pudiera convencerla de que lo dejara estar.

Así que no dijo nada. Antes de retirarse a dormir, entró a escondidas en el estudio, cogió dos cardas y las colgó del viejo tapiz que cubría la puerta de la habitación que compartían. Cuando la despertó un tintineo metálico seguido de una maldición proferida por Betzi, Rielle se incorporó como un resorte.

—No pensarás en serio que te dejaré salir sola —murmuró.

Se oyó el roce de la falda de Betzi cuando se volvió. «Y tampoco me equivocaba respecto a eso —se dijo Rielle—. Se ha acostado con la ropa puesta para no hacer ruido al vestirse.»

—No puedes impedirme que vaya —repuso Betzi, descolgando las cardas.

—Betzi, es demasiado peligroso para...

Pero, sin hacerle caso, la muchacha pasó con sigilo al otro lado del tapiz. Rielle se levantó para perseguirla. La tenue luz del alba penetraba por los resquicios entre los postigos, surcando el aire polvoriento. Cuando se percató de que Rielle la había seguido, la joven se detuvo unos instantes en lo alto de la escalera de mano que conducía a la planta inferior.

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—¿Cómo es que tú también estás vestida?

—Porque no pienso permitir que andes por ahí fuera sola.

La expresión ceñuda de la chica desapareció.

—¿Vas a acompañarme?

—Como bien has dicho, no puedo impedirte que vayas.

El entrecejo de Betzi se frunció de nuevo.

—Maese Grasch te ha dicho que lo hagas, ¿verdad?

—Puede que sea ciego, pero no tiene un pelo de tonto.

Encogiéndose de hombros, Betzi comenzó a descender. Sus zapatos no hacían el menor ruido... porque los llevaba colgados del hombro por los cordones. A Rielle no se le había ocurrido esta solución. Dormir con las botas puestas había resultado de lo más incómodo.

Bajó en pos de Betzi hasta la sala. El taller de los tejedores constaba de tres plantas: el cuarto de trabajo principal, a ras de calle, la sala de estar, situada encima, y los dormitorios, en el piso superior. La expresión «sala de estar» describía bien el recinto, pues era allí donde sus ocupantes llevaban a cabo todas las actividades salvo dormir y trabajar. La intimidad y el espacio eran bienes escasos en los hogares schpetanos. Solo la puerta delantera de la casa y la del retrete eran sólidas; las demás consistían en tapices o colgaduras; los de encima del taller estaban demasiado desteñidos para que se distinguiera el dibujo original.

Se sentaron en un banco, junto a la estufa, y la muchacha comenzó a atarse los cordones de las botas. A Rielle la corroyó la envidia al ver los delicados pies de su amiga, y no era la primera vez. Betzi se acercaba más al ideal de belleza schpetano que a la mujer schpetana típica. Menuda y curvilínea, de manos y pies pequeños y un rostro pálido en forma de corazón enmarcado por una mata de rizos rubios, atraía admiradores por doquier. A su lado, Rielle se sentía larguirucha, desgarbada y morena, pese a que en su lugar de origen había sido simplemente una mujer «del montón», aunque Izare la consideraba «agradable a la vista» e «interesante».

Izare. Hacía mucho tiempo que Rielle no pensaba en el que había sido su amante. El dolor que la había embargado tras su terrible separación se había atenuado, si bien aún la escocía en ocasiones, cuando yacía despierta en la cama, rememorando el pasado.

«Después de cinco años supongo que piensa en mí tan poco como yo en él... y sin duda preferiría olvidarme del todo.»

De vez en cuando se preguntaba qué estaría haciendo él. ¿Vivía aún en Fogo? ¿Seguía ganándose la vida con la pintura, o su relación con ella había arruinado su reputación? «En cinco años pueden cambiar muchas cosas. Quizá se casó y ha tenido los hijos que tanto anhelaba. Eso espero. Es posible que ya no lo añore tanto, pero tampoco le deseo una vida de infelicidad.»

Betzi se puso de pie y se dirigió hacia la pequeña habitación entre la sala de estar y el estudio de tejido donde maese Grasch recibía a las visitas. Deslizó la mano detrás de uno de los pequeños tapices de muestra, sacó un paquetito atado con un cordel y se lo colgó de la pretina. Tras regresar a la puerta principal, descorrió con cuidado la pesada barra que la atrancaba por la parte de atrás. Sin pararse a pensar a qué se exponía o cerciorarse de que la calle estuviera desierta, cruzó el umbral. Rielle salió tras ella y se sintió aliviada al ver que no había nadie alrededor. Introdujo la cadena sujeta al extremo de la barra en un agujero de la jamba y, después de cerrar la puerta, tiró de ella hasta colocar la tranca de nuevo en su sitio.

Era imposible hacer esto de forma silenciosa, y Betzi chistó al oír el ruido.

—No podemos dejarlos desprotegidos —señaló Rielle.

—Ya lo sé, Rel, pero ¿no podías atrancarla sin tanto estrépito?

—Si lo creyeras posible, lo habrías hecho tú misma —replicó Rielle, pasando la cadena por el agujero hasta que repiqueteó contra la parte interior de la pared. En el interior del edificio, un bebé rompió a llorar. Betzi agarró a Rielle del brazo para apartarla de allí y atravesó la calle hacia las sombras de una calle lateral. Se detuvo un momento con el fin de asegurarse de que estaban solas antes de soltarla y proseguir su camino.

Su forma de andar destilaba seguridad en sí misma. De no ser porque Rielle la conocía bien, habría visto en ello la arrogancia ingenua de una joven bonita y consentida que conseguía lo que quería con demasiada facilidad. Esa era desde luego la imagen que se había formado de Betzi en un principio. Sin embargo, aquella audacia no era signo de debilidad e ignorancia, sino de fuerza y determinación. Su corta vida no había sido nada fácil, pero cada revés que sufría la motivaba a aprovechar al máximo todos los momentos de felicidad.

Incluso si eso implicaba aventurarse a salir a las calles de una ciudad en la que reinaba la desesperación porque llevaba demasiado tiempo sitiada.

—Vamos, Rel —la apremió Betzi, dando zancadas más largas—. No nos dejarán acercarnos a la muralla si se reanudan los combates.

Rielle dio media vuelta y se levantó la falda lo suficiente para apurar el paso y alcanzar a su amiga, que arqueó las cejas pero se quedó callada, pues no había nadie que pudiera verla. La chica tenía la ventaja de que estaba acostumbrada desde pequeña a enfundarse en las múltiples capas de ropa que los schpetanos consideraban un atuendo decoroso. Rielle nunca había aprendido a moverse tan ágilmente con esas vestimentas como las mujeres del lugar. Le había costado menos adoptar la costumbre local de ir con el cabello descubierto en público, pues siempre le había molestado la obligación de llevar velo, aunque el pelo negro y liso la delataba como forastera.

Ambas aminoraron la marcha cuando un soldado apareció al doblar una esquina. No alzó la vista mientras se aproximaba, cojeando y bamboleándose. ¿Estaría ebrio, quizá? En teoría no quedaba una gota de licor en la ciudad. ¿Habían descubierto alguna bodega oculta?

Cuando se cruzaron, ella oyó que se le cortaba la respiración cada vez que apoyaba el peso sobre la pierna derecha. Al volver la vista atrás, vislumbró una mancha oscura y reluciente en la parte posterior del pantalón del hombre.

—Está herido —susurró.

—Está caminando —repuso Betzi.

Tras intercambiar una mirada sombría, siguieron adelante a toda prisa.

Los rumores sobre las vejaciones cometidas contra los ciudadanos habían empezado a circular no mucho después de la llegada del rey con su ejército. Al principio, Doum estaba atestada de soldados. Conforme el asedio se prolongaba, el hastío y el hambre se agravaban, y el familiar laberinto de calles se había transformado poco a poco en una clase distinta de campo de batalla. La falta de comida convertía a las personas desesperadas en ladrones. Hombres curtidos en batalla y temerosos de estar viviendo sus últimos días salían en busca de cualquier placer disponible.

Lo más seguro era quedarse bajo techo. Por fortuna, los tejedores más viejos aún recordaban historias sobre cómo sus abuelas habían sobrevivido al asedio anterior cultivando alimentos en los tejados. Habían hecho subir a las azoteas a los tejedores jóvenes con brotes de tubérculos y puñados de semillas valiosas.

«Casi todos creíamos que el cerco finalizaría antes de que esas plantas dieran fruto —recordó Rielle—. Las cultivamos solo para tranquilizarlos. Y fue una suerte.»

El asedio había durado más de tres mediatemporadas, o cuatroseries, según el sistema local de medir el tiempo. Cincuenta días. Las pocas hortalizas que crecían en macetas y grietas eran su único sustento, aparte de los animales pequeños que los niños cazaban y que antes consideraban alimañas.

La mayoría de los tejedores soportaba esa vida de confinamiento. En cambio, Betzi, dado su temperamento inquieto, había empezado a salir a hurtadillas. Había adquirido esta costumbre después de que unos capitanes del ejército visitaran a los creadores de los famosos tapices de Doum. Más tarde le confesó a Rielle que, en el instante en que su mirada se había cruzado con la del capitán Kolz, se había enamorado de él..., y él de ella.

Como los había visto juntos, Rielle no tenía motivos para dudar que su afecto fuera sincero. Y, puesto que en el pasado se había visto devorada por una pasión similar, comprendía que Betzi corriera semejantes riesgos para verlo.

«Al menos tiene una amiga que la protege.»

Conforme se aproximaban a la muralla, Betzi comenzó a caminar más deprisa. Tras torcer una esquina, enfilaron una calle bloqueada por tres soldados. A diferencia del militar herido con el que se habían cruzado, aquellos hombres repararon de inmediato en su presencia. Al ver primero a Betzi, se enderezaron ligeramente, pero en cuanto sus ojos se posaron en Rielle, arrugaron el entrecejo. Ella estaba acostumbrada a que la gente del lugar la mirara con expresión ceñuda. Sabía que, en general, el gesto no reflejaba hostilidad, sino desconcierto. No sabían qué pensar de ella. Era forastera, y sin embargo saltaba a la vista que no procedía de ningún país que los schpetanos conocieran u odiaran. Esa era la razón por la que había viajado a una tierra tan distante de la suya, para iniciar una nueva vida en un lugar donde nadie tuviera conocimiento de los crímenes que había cometido.

Verse atrapada en una guerra civil no formaba parte de sus planes.

Betzi había vacilado unos instantes, pero entonces echó a andar de nuevo hacia ellos.

—¿Alguno de vosotros, valientes soldados, sabe dónde está el capitán Kolz?

Los tres intercambiaron una mirada.

—Qué va —respondió uno.

—No lo he visto —dijo otro, volviéndose hacia ella.

—Me parece que está muerto —añadió el tercero.

—No está muerto. —Betzi alzó la barbilla—. De lo contrario, me habría enterado.

Esto pareció divertir a los hombres.

—¿Ah, sí? ¿Y eso por qué?

Ella cruzó los brazos.

—Simplemente me habría enterado. ¿Podría uno de vosotros llevarnos hasta él? Tengo una cosa de suma importancia que entregarle.

Rielle soltó un gemido imperceptible.

—¿Y qué es eso tan importante? —preguntó el hombre de menor estatura, insertando los pulgares en los bolsillos de las caderas y acercándose a ella con paso tranquilo.

—Algo que le concierne a él, no a ti.

«Oh, Betzi —pensó Rielle, tendiendo la mano hacia el brazo de la chica—. Confías demasiado en que el nombre de Kolz te sacará de cualquier apuro.» No todos los soldados apreciaban al capitán, que castigaba con más frecuencia los ataques contra civiles desde que conocía a Betzi.

—Vámonos —susurró.

Betzi retrocedió un paso mientras el hombre se aproximaba.

—Bueno, si no vais a...

Él se abalanzó hacia delante y la agarró por los brazos, que ella alzó de forma instintiva para protegerse.

—¿Qué regalito le traes al apuesto capitán? —inquirió el hombrecillo. Al ver el pequeño bulto que llevaba atado a la cintura, le soltó la muñeca y lo cogió—. ¿Es esto? —El envoltorio de tela se rasgó cuando intentó arrancarlo de un tirón de la pretina, y del interior cayó la bufanda que Rielle había visto tejer a Betzi: se había pasado horas hilando lana extraída de su propia almohada y enlazándola por medio de una aguja de hueso con una técnica que Rielle aún no había conseguido dominar.

—¡Devuélvemela! —exigió Betzi al ver que el hombre recogía la bufanda. Cuando extendió el brazo para intentar recuperarla, Rielle la agarró por el talle.

—Deja que se quede con ella —le aconsejó—. Ya tejerás otra con la lana de mi almohada —agregó mientras los otros soldados se acercaban.

Betzi hizo caso omiso de ella.

—Al capitán Kolz no le hará ninguna gracia cuando se entere... ¡Ay, Rel! —A pesar de todo, no se resistió cuando Rielle tiró de ella hacia atrás. El hombrecillo la había soltado con el fin de examinar la bufanda, y Rielle comprobó aliviada que Betzi aprovechaba la oportunidad para empezar a desandar el camino. Su expresión pasó del desafío y la rabia al miedo cuando se volvió hacia Rielle. Los ojos se le desorbitaron, y algo los hizo detenerse con una sacudida. Al echar un vistazo por encima del hombro de su amiga, Rielle advirtió que la mano del hombre aún sujetaba el cordón que estaba atado a la pretina de Betzi.

Los otros soldados se aproximaban con grandes zancadas para rodearlas.

—¡Rielle! —jadeó Betzi, intentando apartar los brazos del hombrecillo a manotazos—. ¡Este es uno de esos momentos!

A Rielle le dio un vuelco el estómago. Betzi tenía razón. Si la amenaza de denunciar a los soldados ante el capitán no les preocupaba, era o bien porque Kolz había muerto y ellos estaban bajo el mando de alguien más poderoso, o bien porque pretendían impedir que se formulara denuncia alguna.

—Ángeles, perdonadme —musitó. Tras enlazar el brazo con el de Betzi, giró en redondo para encararse con el más cercano de los dos hombres que se disponían a agarrarla. Absorbiendo un poco de magia, le asió la mano y pensó «¡Calor!», esperando no haber olvidado el truco que su amiga le había enseñado.

El soldado reculó con un grito de dolor. Cuando ella se volvió hacia el segundo, oyó una maldición detrás de sí. De pronto, Betzi la arrastró hacia delante, hacia el sitio en el que se encontraban originalmente los tres hombres. Confiando en que su amiga sabía lo que hacía, Rielle giró sobre los talones y arrancó a correr con ella.

No oyeron pasos a sus espaldas. Cuando llegaron al final de la calle, Rielle miró atrás y vio a los tres hombres juntos, fulminándolas con la mirada. Sus sentidos captaron dos destellos de Mancha, la oscuridad que habían dejado Betzi o ella al consumir parte de la magia que flotaba en el ambiente.

Una magia que pertenecía a los Ángeles. Rielle se estremeció. En Schpeta la gente creía que a los Ángeles no les disgustaba que alguien utilizara la magia en circunstancias extremas, para defender el pellejo. El Ángel que había conocido en el templo de la Montaña le había expresado algo similar antes de enviarla al otro lado del mundo para empezar de cero: «Te doy permiso para usarla si tu vida corre peligro y no te queda otra opción».

Estas palabras habían resonado en su mente muchas veces desde que se había declarado el asedio.

«No sabemos con certeza si tenían la intención de matarnos —caviló Rielle—. Pero no pienso esperar a que un cuchillo me rebane el cuello para estar segura. —Demasiadas mujeres habían aparecido forzadas y muertas en las calles de Doum como para correr ese riesgo—. Además, si los Ángeles fueran tan despiadados como afirman los sacerdotes de mi país natal, mi alma ya estaría condenada de todos modos. La verdad es que no tengo mucha prisa por averiguar quién tiene razón.»

Salieron a una calle más ancha que separaba las casas de la ciudad de la muralla. La muchacha, que aún iba del brazo de Rielle, se detuvo un momento y luego la guio hacia una escalera de piedra que ascendía hasta las almenas. Los soldados del ejército del rey que aún se hallaban en condiciones de combatir estaban apostados en lo alto de la muralla o bien descansaban abajo, jugando alguna partida, charlando, ocupándose de sus armas, su armadura o sus heridas. Sus filas habían menguado desde la última vez que Rielle había estado allí, y casi todos llevaban algún vendaje.

«Parecen cansados —observó ella—. Asustados. Enfadados. O todo a la vez.»

Betzi se paró en seco.

—Allí está —dijo por lo bajo—. ¡El capitán Kolz!

Al seguir la dirección de su mirada, Rielle divisó más adelante a un joven que parecía exhausto apoyado en el antepecho almenado de una torre en lo alto de la muralla. Su amiga la obligó a acelerar casi hasta correr, ansiosa por reunirse con su amante. Algo en su mano oscilaba adelante y atrás. A Rielle se le escapó una carcajada cuando vio que se trataba de la bufanda: Betzi había rescatado la prenda, además de a sí misma.

El capitán bajó la vista a la calle, y a Rielle no le sorprendió que se fijara en ellas, ya que llamaban la atención por ser las únicas personas que caminaban con brío. La sonrisa que le iluminó el rostro levantó la moral de Rielle, pero acto seguido la desanimó un poco. Era posible que la atracción entre Betzi y él no durara mucho una vez que pasara aquella situación tan dura —si es que sobrevivían—, pero no podía ahuyentar de su mente la certeza de que su única amiga acabaría abandonándola por él.

Betzi le soltó el brazo, entró a la carrera en la torre y subió con agilidad las escaleras del interior. Rielle la siguió con más parsimonia y, cuando llegó arriba, se encontró a la chica y al capitán totalmente embelesados el uno con el otro, mientras varios soldados divertidos fingían no darse cuenta. Se percató de que Kolz ya llevaba la bufanda al cuello.

—¡... han dicho que habías muerto! No les he creído —aseguraba Betzi. Le dedicó una sonrisa de oreja a oreja a Rielle cuando llegó junto a ellos—. Hemos...

Sus palabras fueron interrumpidas por un fuerte sonido, que resonó por toda la muralla. Del exterior de la ciudad llegó el ruido del toque de una trompa seguido de un ruido que ella solo había oído durante las festividades: el rugido de muchas muchas personas que gritaban a la vez. La sonrisa del capitán se desvaneció y, junto con los otros guerreros, se dirigió rápidamente al borde exterior de la muralla para echar una ojeada cautelosa por entre los huecos del almenaje.

—Nos atacan. —Se volvió hacia ellas—. Marchaos a casa.

Sin embargo, Betzi se le acercó, manteniéndose apartada de las aberturas. Rielle fue tras ella.

—Estaré más segura aquí que en la calle mientras duren los combates —replicó Betzi, con una seriedad impropia de ella.

Kolz reflexionó unos instantes.

—En ese caso, bajad al interior de la torre y quedaos allí hasta que pueda acompañaros a casa.

La joven asintió y, tras hacerle una seña a Rielle para que la siguiera, corrió hacia las escaleras. Cuando empezaron a descender, un silbido en el aire a poca altura por encima de sus cabezas las impulsó a agacharse. Se precipitaron hacia el interior del hueco de la escalera y se detuvieron para mirar hacia arriba. Varias líneas oscuras destellaban en lo alto. Se oían gritos procedentes de abajo, amortiguados por las paredes de la torre.

Pero esas voces pronto quedaron ahogadas bajo el clamor de las huestes que se aproximaban. Mientras Rielle y Betzi bajaban a toda prisa, se cruzaron con varios soldados que subían abriéndose paso a empujones. Cada una se acurrucó en un rincón del recinto superior. Allí solo quedaba un arquero que se desplazaba de una aspillera a otra, apuntando con el arco flechado.

Fuera, el rugido de los asaltantes se sumó al vocerío de los sitiados, para luego fragmentarse en gritos y alaridos, la estridencia de los clarines y el entrechocar de las armas cuando el enemigo llegó frente a la muralla. El arquero disparó una flecha tras otra hasta que el carcaj quedó vacío y entonces se marchó precipitadamente, dejándolas solas. Betzi se volvió hacia Rielle con los ojos muy abiertos. Sosteniéndole la mirada, esta se percató de que llevaba un rato paralizada de terror. Cuando su amiga se acercó a la ventana que daba al campo de batalla, Rielle recuperó la movilidad de las piernas. Con el corazón martilleándole el pecho, se dirigió a la ventana por el otro lado.

—Procura que no te alcance una flecha —le advirtió a Betzi, aunque ya estaba asomando la cabeza.

Rielle también echó un vistazo al exterior. Ante ella se abría un paisaje que conocía bien. Cumbres rocosas escarpadas se elevaban detrás de las colinas abovedadas. La primera vez que había visto esas montañas, le habían parecido dientes negros engastados en encías verdes, y, en efecto, el nombre con que los schpetanos se referían a ellas significaba «dientes de los Ángeles».

Las colinas ya no eran tan verdes, pues los campos de cultivo habían sido pisoteados hasta quedar reducidos a barrizales o cosechados para alimentar a las tropas del Usurpador. El campamento enemigo se encontraba a varios cientos de pasos de distancia. Lo separaban de la muralla de la ciudad varios montículos alargados y rectos que antes no estaban allí.

Rielle proyectó los sentidos y respiró aliviada al no percibir el menor rastro de Mancha. Aunque la guerra civil había sido brutal e implacable, ni el rey ni el Usurpador se habían atrevido a ordenar que se utilizara la magia, pues no deseaban incurrir en la ira de los Ángeles. Todo el mundo había elucubrado acerca de si uno u otro bando caería tan bajo en algún momento, pero ella dudaba que llegaran a ese extremo. Solo los sacerdotes tenían permitido adiestrarse en la magia, y era poco probable que el rey o el Usurpador encontraran a alguno que estuviera dispuesto a usarla en la guerra.

Otro toque de trompa sonó al otro lado de la muralla, pero esta vez con un timbre distinto. El estruendo en el exterior de la torre se atenuó unos instantes y luego cambió de tono. Una voz de aviso se transmitió desde abajo y se repitió una y otra vez, en los alrededores de la torre y también a lo lejos. Los soldados subían y bajaban la escalera a la carrera, lo que obligó a Rielle y a Betzi a regresar a sus rincones.

—Se retiran —bramó alguien en lo alto de la torre. Rielle reconoció la voz de Kolz. La expresión atribulada de Betzi desapareció.

—¿No será una trampa? —inquirió una voz más débil desde la calle.

—Es posible. ¿Ha sobrevivido alguien a la apertura de la brecha?

—Iré a comprobarlo.

Betzi y Rielle se acercaron de nuevo a la ventana y vieron que las fuerzas del Usurpador se replegaban y los soldados se perdían de vista tras los montículos antes de reaparecer al otro lado. De pronto, una de las estructuras puntiagudas del campamento enemigo se vino abajo, y luego otra.

—¿Están desmontando las tiendas? —se preguntó Rielle.

—¿Quiénes son esos que se acercan por el camino? —señaló Betzi.

Rielle escudriñó el paisaje con los ojos entornados.

—¿Dónde?

—Tres hombres, uno con una casaca dorada, y dos con ropa extraña. Forasteros, quizá.

—Tienes una vista mucho más aguda que yo —dijo Rielle—. Tal vez si se acercaran... —Se le cortó la respiración cuando vio al trío.

—El de la casaca dorada podría ser el Usurpador —oyó decir a Betzi—. Los otros dos...

Rielle abrió la boca para hablar, pero le faltó el aliento.

—... tienen un aspecto que recuerda un poco el de los sacerdotes —continuó Betzi—. ¿No me habías comentado que en el norte visten de azul oscuro? ¿Rel?

A Rielle empezaron a arderle los pulmones. Cuando relajó la garganta, el aire entró a grandes bocanadas.

—¿Qué te ocurre, Rel?

Ella sacudió la cabeza, pero no podía apartar la mirada de los tres hombres que se aproximaban a la ciudad. Su corazón se debatía entre la esperanza y el miedo. «Si se trata de... Si ellos son...»

—... escolta a estas dos mujeres de las almenas a su casa —dijo una voz arriba, en la entrada de la escalera.

—Pero, mi capitán... —empezó a protestar Betzi.

—Vete a casa, Bet —dijo Kolz—. Echa el cerrojo. Te enviaré un mensaje cuando sepamos cuál es exactamente la situación.

Una mano asió a Rielle por el brazo y tiró de ella, apartándola de la ventana. Un recuerdo que había atado firmemente al pasado se liberó, despertando en ella ecos de un miedo profundo y la visión de un hombre desesperado que blandía un cuchillo. Cerró los ojos, apresó el recuerdo y lo arrumbó de nuevo. Cuando abrió los párpados, lo que vio fue el rostro de Betzi.

—Vamos, Rel. —Esta la tomó del brazo y la condujo escaleras abajo.

Entonces la torre le recordó a Rielle otro edificio. «Un presidio en las montañas. Un sacerdote joven de mirada lasciva. Un sacerdote con una cicatriz. Un Ángel más hermoso de lo que un mortal podría aspirar a ser...»

La intensa luz del sol hizo que crispara el rostro y la devolvió al presente. Betzi se detuvo. El joven arquero, a un paso de distancia, arrugó el entrecejo al fijarse bien en Rielle por primera vez. Respirando hondo, esta reprimió los recuerdos y el impulso de regresar corriendo a la ventana de la torre para confirmar que se había confundido.

Porque tenía que tratarse de una confusión.

—¿Te encuentras bien, Rel? —preguntó Betzi.

—Sí.

La joven se volvió hacia el arquero.

—Ve tú delante —dijo en tono alegre, y los tres echaron a andar por las silenciosas calles de Doum.

2

De pie frente al telar, Rielle contemplaba el tapiz a medio terminar y dejó que sus recuerdos se superpusieran al dibujo.

Las canillas que aún pendían de la superficie estaban recubiertas de polvo. Hacía más de un año que ella no trabajaba en el tapiz. Había sido su labor de práctica, en el que probar y pulir las técnicas que le habían enseñado. A esas alturas ya tendría que haberlo terminado y desocupar el telar, pero la vieja estructura de madera estaba demasiado torcida para tejer tapices valiosos con ella, y la única discípula que Grasch había admitido desde que Rielle había finalizado su instrucción aún no había completado siquiera su primer año de aprendizaje sobre la elaboración y tintura de la lana.

La tela presentaba errores propios de una novata, pero esa no era la razón por la que ella la había abandonado. Hasta el inicio del asedio, el taller había estado muy solicitado y mantenía ocupados a todos los tejedores, pero no era por eso por lo que ella no se había guardado unas horas para acabarlo. Betzi y otras chicas la habían instado a sentarse frente al telar, pero no habían conseguido convencerla de que trabajara con él.

El problema era que tejer la parte que faltaba entrañaba un enorme riesgo. Tanto el karton —el dibujo que se colgaba detrás del tapiz y que servía como guía— como el diseño pintado mostraban formas vagas en la zona sin terminar, porque ella no se atrevía a añadir los detalles que revelarían el sujeto de la obra. A menudo se preguntaba por qué había elegido ese tema precisamente, sobre todo después de prometer que nunca volvería a hablar de ello. No obstante, sus manos habían dibujado el karton casi como si las controlara otra persona.

Tal vez así había sido. La posibilidad de que un Ángel la hubiera guiado era lo único que le había impedido cortar en pedazos y quemar la obra inconclusa.

—El primer tapiz de un tejedor dice más sobre él de lo que cabría imaginar —había asegurado Grasch cuando los otros tejedores habían empezado a hacer conjeturas acerca de por qué ella no había continuado tejiendo.

—O sobre otra persona —había añadido Betzi—. Sea quien sea ese hombre. ¿Un ex amante, quizá?

—Es un sacerdote —había señalado Tertz.

—¿Y qué? Los sacerdotes no están obligados a permanecer célibes en todos los países.

Rielle sonrió al rememorar la conversación. «En esa época Betzi me odiaba. Y yo a ella.» La joven había sido la favorita en la tejeduría, aunque Grasch se declaraba enemigo de favoritismos. Rielle había estado ansiosa por demostrarle su valía al maestro tejedor después de que el maestro pintor de la ciudad la rechazara tras poner a prueba sus habilidades con una actitud de mofa y desprecio.

Las manos le temblaban tanto cuando Grasch examinó sus aptitudes artísticas que a duras penas había conseguido pintar algo, y los tejedores habían intercambiado miradas y palabras que ella no entendía pero que ponían de manifiesto su escepticismo. Aunque le habían proporcionado alimentos y un lugar donde dormir, ella creía que había fracasado porque el maestro tejedor le encargaba las tareas más sencillas y humildes. Tardó varios meses en aprender lo suficiente de su idioma para descubrir que aprender a hilar y a teñir el hilo constituía la primera etapa de su formación, y que cocinar, limpiar y atender a los tejedores eran faenas que se asignaban a todos los aprendices nuevos.

No había sido un único incidente el que había transformado en amistad la antipatía entre Betzi y ella, sino una sucesión de pequeños momentos en que se habían ganado su respeto mutuo. Aunque tenían personalidades muy distintas, a Rielle le gustaba pensar que sus almas eran similares. Antes de entrar en el taller, ambas habían llevado una vida que les había curtido el carácter. Cada una respetaba la necesidad de la otra de guardar ese pasado en secreto.

Al oír un sonido tras ella, Rielle se sobresaltó.

—¿De modo que ha llegado el momento? —preguntó una voz sibilante por la edad.

Rielle se volvió en la dirección de la que procedía, entornando los ojos. Había acercado el telar a la única ventana que no tenía los postigos clavados al marco para disuadir a los intrusos. Como tenía los ojos adaptados a la luz, tardó un rato en ver al anciano sentado en un rincón oscuro del taller.

—Maestro tejedor —dijo—. Creía que estaría en el piso de arriba. Si le molesto...

—No, en absoluto —replicó él—. Es un placer para mí escuchar de nuevo los sonidos del telar. Me llevaría una desilusión si interrumpieras tu trabajo.

Ella bajó la vista para contemplar las canillas que había estado alineando en las bandejas.

—Entonces supongo que debo continuar. —Curiosamente, su tono denotaba mayor seguridad de la que ella sentía en realidad.

—En efecto. —Suspiró—. Siento el mundo girar.

Un escalofrío le bajó a Rielle por la espalda. Percibía el atisbo de verdad en la frase hecha, la conciencia de que estaba produciéndose un gran cambio en el mundo, pero se negaba a reconocerlo. Aun así, le infundía una sensación de urgencia. Tejer era un proceso lento. No sabía cuánto tiempo le quedaba.

Tras colocar un taburete frente al telar, se sentó, sopló el polvo que cubría los hilos y las canillas, y estudió los colores. Aún conservaban sus tonos intensos. De unas bayas locales se obtenía un tinte casi tan vibrante como el pigmento de gemazul que se empleaba en su país natal para pintar los espirituales. Ella había intentado elaborar pintura a partir de ellas, pero el resultado había sido decepcionante, carente de brillo. Una buena base para un tinte no siempre lo era también para una buena pintura, y viceversa.

Los tonos negros se conseguían con una mezcla de estiércol y barro del lugar. Los rojos se extraían de pieles vegetales y metales oxidados; los amarillos de una flor de los prados, todas ellas materias primas fáciles de conseguir, por lo que disponía de abundante hilo de las tonalidades de color carne que necesitaba. El hecho de que los schpetanos fueran casi tan pálidos como el sujeto de su obra representaba una ventaja.

Cogió una canilla y comenzó a enganchar con la punta los hilos alternos de la urdimbre y a pasar el carrete entero cuando consideraba que el color debía ser distinto, para luego continuar tejiendo en la dirección contraria. Unos golpecitos bastaron para empujar el hilo nuevo entre los viejos, de forma que quedaran bien ajustados. Trabajando por secciones pequeñas, rellenó el hueco entre el cuello y la mandíbula, siguiendo el ángulo que guardaba en la memoria más que el dibujo del karton. Unas puntadas adicionales aquí y allá, mezcladas con el siguiente tono, creaban la ilusión de sombra.

Una vez que había empezado, sus manos no tardaron en encontrar su ritmo. A medida que el rostro cobraba forma, ella tejía a una velocidad cada vez mayor. Ahora que había tomado una decisión, solo quería asegurarse de terminar el tapiz antes de... Tal vez solo antes de que los otros tejedores descubrieran lo que estaba haciendo. De modo que eligió los colores con cuidado. Cualquier error la retrasaría aún más.

Conforme trabajaba, iba abriendo las puertas del pasado y preparándose para lo peor.

Pero el dolor que había creído que sería siempre demasiado intenso para soportarlo no pasó de un leve malestar. Solo quedaban la tristeza y un ligero sentimiento de culpa. ¿Se habría apagado tan rápidamente su amor por Izare aunque hubieran seguido juntos? ¿No habría debido durar más de cinco años su pesar por haberle roto el corazón a su amante y haber frustrado las aspiraciones de su propia familia? Los tapices de mayor calidad tardaban siglos en desteñirse. En comparación con eso, el tiempo que ella llevaba en el exilio era una insignificancia.

Por otro lado, nada menos que un Ángel la había perdonado por utilizar la magia, la causa de todo ese sufrimiento. Así pues, ¿no debía perdonarse a sí misma? Pero había hecho algo mucho peor: había matado a un sacerdote por medio de la magia.

Se estremeció al recordarlo. Sa-Gest era un hombre vil y manipulador que se valía del chantaje para obligar a las mujeres a acostarse con él. Sin embargo, no lo había conseguido con ella, y todo hombre merecía la oportunidad de defenderse antes de recibir sentencia. Aun así, la horrorizaba más la idea de haber matado a alguien y lo fácil que había resultado, que haberlo matado a él en particular.

«Estaba allí, y al momento siguiente ya no estaba.» Lo había despeñado al arrojarlo del camino que discurría al borde de un precipicio, y para ello había consumido la magia de una extensa zona del valle.

Estaba convencida de que, si hubiera visto el cadáver, su recuerdo no dejaría de atormentarla. En vez de ello, era la imagen de un hombre con una piel de una palidez extrema —del color del hilo con el que estaba tejiendo— la que asaltaba sus sueños, mientras dormía y durante la vigilia.

«Quedas perdonada, Rielle Lázuli. Y te hago una propuesta: si juras no volver a emplear la magia, salvo para defenderte, te ofrezco una segunda vida. No podrás regresar a tu hogar. No deberás comunicarte con aquellos a quienes has dejado atrás. Viajarás a una tierra lejana donde serás una forastera y una desconocida.»

Sus labios eran... ¿de qué color? Se quedó vacilante, con las manos quietas, intentando hacer memoria. Si el tono no destacaba, debía de ser porque armonizaba con el resto de la cara. «Así que seguramente sus labios eran más rosados que la piel, pero no lo bastante oscuros para parecer pintados.»

Eran más carnosos que la línea fina que formaba la típica boca schpetana, más semejantes a los de la raza a la que Rielle pertenecía. Continuó tejiendo despacio hasta que el resultado le pareció adecuado. Retrocedió unos pasos y se sobresaltó al percatarse de que había algo muy similar a una sonrisa en esa boca. No recordaba si lo había visto sonreír en algún momento, aunque tenía la sensación de que sí. Tal vez era solo por la indulgencia y la bondad que había mostrado hacia ella, cualidades que no le habían enseñado a esperar de un Ángel que lidiaba con los impuros: personas que habían robado y utilizado magia que pertenecía a los Ángeles.

No fue la única de sus creencias que descubrió que eran erróneas ese día.

«Te doy permiso para usar la magia si tu vida corre peligro y no te queda otra opción.»

Se le hizo un nudo en el estómago al pensar en la magia que Betzi y ella habían empleado para librarse de los soldados. Costaba dejar atrás una vida entera de cautela. No había recurrido a la magia cuando, poco después de que la admitieran como aprendiz, uno de los porteadores de literas de palacio la había acorralado y manoseado. Solo había conseguido escapar porque el hombre, presa de un ataque de tos, había dejado de sujetarla con fuerza. Como aún no se llevaba bien con Betzi, le había sorprendido que esta, al adivinar lo ocurrido, le manifestara por primera vez su solidaridad sin el menor asomo de burla.

—¿Se te da bien tejer la oscuridad? —le había preguntado la chica. Para entonces, Rielle conocía lo suficiente el idioma local para entender la pregunta y sabía que los schpetanos tenían inclinación a pasar por alto las transgresiones menores y ocasionales—. Si es así, puedo enseñarte un par de trucos para ahuyentar a hombres como ese —le había ofrecido—. Y no esperes a que te acorralen de nuevo para aprenderlo. Como todo en la vida, requiere práctica.

Rielle no había aceptado la oferta hasta que había comenzado el asedio. Aunque el Ángel le había dado permiso para usar la magia, ella no podía demostrarlo. Era cierto que él había parado los pies a los sacerdotes del templo de la Montaña que obligaban a las mujeres impuras a concebir y criar a clérigos más poderosos, pero habían transcurrido años de sufrimiento antes de su intervención. Rielle no quería averiguar cómo se castigaba en ese país a los impuros, ni confiar en que los Ángeles la salvarían, a menos que no le quedara otra salida.

Betzi le había enseñado a crear una llama diminuta haciendo vibrar el aire para calentarlo, así como a endurecer y desplazar el aire para apartar objetos. La había animado a practicar el truco, alegando que si los Ángeles querían acaparar la magia para sí pero permitían su uso en defensa propia, sin duda lo mejor sería utilizarla del modo más eficiente posible.

Aun así, el empleo de la magia había llevado a Rielle a soñar que caminaba por las calles principales de Fogo vestida con harapos, mientras la multitud le lanzaba inmundicias. Se le revolvían las tripas de miedo cada vez que se encontraba cerca de un sacerdote schpetano.

Y ahora el Ángel estaba allí, si los rumores que había oído tras su llegada al taller confirmaban de verdad lo que ella había visto en la muralla. ¿Había acudido a castigarla? Sintió un escalofrío al imaginar la desaprobación en los intemporales ojos del Ángel; ojos tan oscuros que a ella le había costado distinguir el límite entre el iris y la pupila. «¿Cómo plasmar eso? Tal vez con un negro cálido y uno frío. ¿Y si hago lo mismo con el pelo?»

Se detuvo unos instantes para llevarse la mano al cabello. Cuando había llegado a Doum, le llegaba ya a los hombros. Había hecho creer a la gente del lugar que las mujeres de Fogo siempre llevaban el pelo corto, y que más tarde ella se lo había dejado crecer porque le gustaba la costumbre local. Negro y brillante, tenía fascinada a Betzi, a quien le encantaba hacerle trenzas.

El Ángel tenía el pelo negro, pero con reflejos azulados allí donde le daba la luz. Cuando Rielle terminó de tejer la frente, observó la bandeja de canillas y el tono de azul que había elegido. Era un color poco común, pero ella lo había reconocido esa mañana bajo la muralla de la ciudad, y no solo en las túnicas de los sacerdotes.

Frunció el entrecejo. «Puede que no se trate de él. A lo mejor es un sacerdote normal con un tocado azul oscuro muy ceñido. —Sin embargo, algo en su forma de caminar le había puesto la carne de gallina—. Tonterías. Nunca lo vi de pie en el templo de la Montaña. ¿Cómo iba a reconocer sus andares?»

Oyó que Grasch suspiraba detrás de ella. Al cobrar conciencia repentinamente de la habitación en la que se encontraba, todos los sonidos que hacía le parecían más fuertes y definidos de lo habitual. Echaba en falta oír un murmullo de voces alrededor mientras trabajaba. Otras labores de tejido eran solitarias: solo una persona por vez podía manejar el telar de ropa. En cambio, la confección de tapices permitía que trabajaran al mismo tiempo todos los que cupieran uno al lado del otro frente a la máquina. A veces, cuando se aproximaba un plazo de entrega, los tejedores se arracimaban en el taller. Los que tenían buena voz se ponían a cantar, y los demás coreaban, tarareando.

Sin embargo, el lugar se tornaba cada vez más silencioso conforme se prolongaba el asedio. Los encargos habían mantenido ocupados a los tejedores, pero cuando llegó un momento en que se había acabado el hilo de un color esencial y ya no quedaba tinte, no habían tenido otra opción que dejar sus tapices inacabados. Todos los aumes de los que se obtenía la lana habían sido sacrificados por su carne. Cuando les llegaron rumores de que se agotaban las reservas de combustible, los tejedores temieron que la gente acudiera a llevarse la madera de los telares para usarla como leña, o que los obligaran a ellos a quemarla. Razón de más para que Rielle finalizara su tapiz cuanto antes. Era más probable que decidieran prescindir de un telar defectuoso que de uno bueno.

La cabeza por fin quedó terminada. Ella continuó tejiendo hacia el borde, alargando las líneas radiales que partían de la figura. Eran negras, en vez de blancas, como de costumbre. Ella sospechaba que esto, más que una manera poco convencional de representar a un Ángel, era la decisión más peligrosa que había tomado. Pero no podía negar lo que sus ojos y su mente habían percibido. Sabía que las líneas blancas que se apreciaban en las pinturas de los templos eran una ilusión creada por la negrura de la Mancha que irradiaba un Ángel cuando absorbía magia. Pero dar a entender que un Ángel generaba Mancha al utilizar la magia podía considerarse una blasfemia.

Cuando remetió el último hilo en su sitio, cortó la última punta y depositó la última canilla en la cesta, sintió que se había desprendido de un peso antiguo y que uno nuevo ocupaba su lugar sobre sus hombros.

«Bien, helo aquí. Mi secreto, revelado. No es más que una cuestión de si lo he hecho bien o no.» Se levantó de su silla, dio media vuelta y se acercó a Grasch. El anciano dormía, roncando con suavidad, pero tenía el sueño ligero y se despertó al oír los pasos de Rielle. Ella se volvió y alzó la vista hacia el Ángel que la miraba con fijeza desde el telar. El corazón le dio un vuelco.

«Es él. Quizá lo he idealizado con el tiempo, pero la esencia está ahí. Sobrenatural. Eterna. Bondadosa.»

—Has terminado —adivinó Grasch—. ¿El resultado es el que esperabas?

Rielle respiró hondo.

—Sí —respondió en voz baja, exhalando.

—¿Y quién es?

—Valhan.

Él frunció el ceño al no reconocer el nombre.

—El Ángel de las Tormentas.

El anciano arqueó las cejas.

—No es el nombre por el que lo conocemos. —Volvió la cabeza hacia el tapiz—. Ojalá pudiera verlo.

—Lo siento. He esperado demasiado.

Él sonrió.

—No lo sientas. Sé muy bien que hay cosas que no deben hacerse de forma precipitada.

—¿Quiere que se lo describa?

—No. —Sonrió de nuevo, como si hubiera visto la expresión de sorpresa de Rielle—. Háblame de la visión que tienes en la mente. Otros me hablarán del tapiz que has tejido. A menos que no estés preparada para mostrarlo.

Ella contuvo un estremecimiento.

—Estoy tan preparada como puedo estarlo.

—En ese caso, diles que vengan.

Ella giró sobre los talones, caminó hasta la puerta y apartó el tapiz que la cubría. La luz de la entrada principal inundaba el zaguán, iluminando a las personas que se encontraban allí de pie.

—¡Rielle! —Betzi dio un salto y rodeó al grupo—. ¡Estás aquí! Ha venido alguien a... ¡Oh! ¡Lo has terminado! —Agitó la mano para indicar a Rielle que regresara al taller y se detuvo en la puerta, sujetando el tapiz que colgaba del dintel mientras contemplaba la imagen del Ángel.

—Yo... —titubeó Rielle.

—Benditos Ángeles de la misericordia y el Juicio Final —exclamó una voz masculina.

Rielle se quedó sin respiración cuando una figura apartó con delicadeza a Betzi y entró en la habitación. Su túnica de sacerdote schpetano le rozó la piel cuando pasó por su lado. Otra figura lo siguió, y, a la luz de la ventana, Rielle vislumbró el azul intenso de una túnica que le resultaba mucho más familiar, así como la cicatriz que le surcaba el rostro. Su miedo cedió el paso a la incredulidad, después a la esperanza y, por último, a la alegría.

—Sa-Mica —dijo.

—¡Es él! —dijo el sacerdote schpetano. Por el sonido de sus pasos, ella supo que se acercaba al tapiz y se preparó para una reprimenda. En vez de ello, el hombre añadió, en tono de asombro—: Es increíble. ¡No cabe duda de que ella lo conoce!

Sa-Mica no apartó la mirada de ella.

—Doy gracias a los Ángeles por verte sana y salva, Rielle Lázuli —le dijo en lengua foguiana—. Hemos recorrido un largo camino para encontrarte.

3

—Un largo camino, en efecto —respondió Rielle—. Yo también he realizado ese viaje, por si no lo recuerdas. —Sonrió—. ¿Cómo estás, Sa-Mica?

—Bien. —Adoptó por unos instantes una expresión contradictoria que al instante causó desazón en Rielle, quizá porque rara vez lo había visto esbozar una sonrisa, y solo de forma fugaz. Aunque Sa-Mica nunca le había hablado de su infancia transcurrida en el templo de la Montaña, ella sospechaba que lo atormentaban recuerdos desagradables y remordimientos terribles. Sin embargo, la incertidumbre que percibía en su mirada era algo nuevo. Tal vez era su propio temor a lo que pensaran los demás cuando vieran el dibujo de su tapiz lo que la movía a interpretarla así. Cuando dirigió la vista hacia el sacerdote local, el corazón le dio un brinco en el pecho. El corte de su túnica revelaba que no se trataba de un clérigo corriente, sino de alta jerarquía.

«Sa-Mica podrá responder por mí —se dijo—. Podrá confirmar que este era el aspecto que ofrecía el Ángel.»

Por otro lado, Sa-Mica también se hallaba presente cuando ella había prometido no hablarle a nadie del Ángel. Al volverse para averiguar qué había alterado tanto al otro sacerdote, su expresión cambió, y la conciencia de la insensatez que había cometido le cayó encima como un jarro de agua fría. ¿Cómo explicaría el impulso que la había llevado a terminar el tapiz? De pronto esa excusa le parecía ridícula.

—Creía que te encontraríamos en el taller de los artistas —dijo él, sin el menor deje de desaprobación—. Pero veo que has encontrado otra disciplina digna de tu talento.

—¿Se enfadará el Ángel? —preguntó ella, aliviada porque el sacerdote schpetano no entendía el foguiano.

—¿Por esto? No veo motivo. Es un retrato justo y favorecedor —contestó Sa-Mica, divertido, pero al advertir el nerviosismo de Rielle, arrugó el entrecejo—. Hay algo más que te preocupa.

—Prometí no hablar de él —reconoció ella con voz débil. Cuando él enarcó las cejas, extendió las manos a los costados—. No pensaba terminarlo, pero hoy ha ocurrido algo... algo que me ha impelido a ello.

Él asintió.

—El capitán Kolz dice que nos has visto llegar.

En ese momento, ella se acordó de Betzi. La joven desplazaba la vista entre el sacerdote local, Rielle, el sacerdote extranjero y el tapiz, con los ojos desorbitados y la boca abierta en una mueca de desconcierto y emoción.

—No estaba segura de que fueras tú —admitió Rielle, dirigiéndose a Sa-Mica—. Aun así..., eso no es excusa. Lo prometí.

Sa-Mica quitó hierro a sus temores con un ademán de la mano.

—Creo que eso pronto carecerá de importancia. —La expresión de inquietud asomó de nuevo a su rostro y él señaló la puerta, mirando al otro clérigo—. Será mejor que regresemos.

El semblante del sacerdote local no reflejó el menor atisbo de comprensión, y Rielle se percató de que ambos religiosos desconocían sus respectivos idiomas. A pesar de todo, el schpetano asintió, pues había captado el tono y los gestos pese a no entender las palabras. Extendió la mano hacia la puerta, observando a Rielle con expectación.

—El Ángel solicita que te reúnas con él en palacio —dijo en schpetano.

El Ángel. Valhan. A Rielle la asaltó la sensación de que su estómago se tornaba ingrávido. Él estaba allí y quería volver a verla. Tragó en seco y se volvió hacia Sa-Mica.

—¿De verdad habéis venido por mí?

—Él ha venido por ti —repuso el sacerdote.

Rielle le dedicó una sonrisa nerviosa a Betzi al pasar junto a ella, antes de posar de nuevo la vista en Sa-Mica.

—¿Por qué?

Otra vez la expresión atribulada.

—No lo sé, pero nada de lo que él ha dicho o hecho me da motivos para creer que está enfadado contigo.

Su tono era de disculpa. Quizá lo que le preocupaba era su desconocimiento de lo que sucedía. Debía de preguntarse si el Ángel no se fiaba de él, o si guardaba un secreto peligroso. Ella sintió un escalofrío al pensar en esta última posibilidad, pero no tuvo tiempo para reflexionar sobre ello porque enseguida llegó al zaguán. Estaba repleto de tejedores curiosos. Durante el breve trayecto hasta la puerta principal respondió «no lo sé» tres veces a las preguntas que le lanzaban y, cuando salió, se encontró rodeada por un pequeño grupo de artesanos del barrio que habían acudido a ver al sacerdote extranjero. Sa-Mica la alcanzó, el clérigo schpetano apareció tras él y, tras ejecutar una leve pero respetuosa reverencia, les hizo señas para que lo siguieran.

Rielle comprobó sorprendida que ya había anochecido, si bien la calidad de la luz parecía indicar que el sol aún se cernía sobre el horizonte, en algún lugar tras las densas nubes. El sacerdote generó una llama pequeña y la hizo flotar por delante de ellos para que iluminara el camino. La ruta para llegar a palacio era sinuosa y, en su mayor parte, cuesta arriba. Rielle estaba acostumbrada a recorrerla, y Sa-Mica estaba habituado a viajar, por lo que era el sacerdote local quien marcaba el ritmo, pues iba jadeando y se detenía a menudo para recuperar el aliento. Saltaba a la vista que no solía relacionarse con los habitantes de la zona baja de su ciudad natal. O tal vez eran ellos quienes iban a hablar con él.

Cuando enfilaron la calle principal, una multitud de espectadores alineados a los lados los obligó a caminar por el medio, lo que despertó en Rielle recuerdos desagradables de su expulsión de Fogo que le provocaron un estremecimiento. «Ellos no son hostiles», se dijo cuando se sorprendió a sí misma buscando frutas y verduras podridas en las manos de la gente. Pero, naturalmente, ya hacía tiempo que todas las verduras, tanto las podridas como las sanas, habían sido desechadas o consumidas.

Rielle había visitado el palacio en cuatro ocasiones a lo largo del último año, pero antes de eso nunca había estado allí. Había acompañado a Grasch a entregar tapices al rey y otros schpetanos poderosos. Él siempre llevaba consigo a algunos de los tejedores que habían colaborado con él en la confección de la pieza, después de instruirlos en los protocolos que regían el trato entre los tapiceros y sus clientes ricos.

Un patio se extendía frente a la fachada labrada del edificio. Era el espacio más amplio de los que se encontraban dentro de las murallas del castillo, y ese día estaba abarrotado. Soldados y ciudadanos contemplaban con atención una carreta situada ante las puertas del palacio o, más bien, al grupo de hombres que se encontraban junto a ella. Algunos vecinos gritaban airados, agitando los brazos como para ahuyentar a los hombres. Al fijarse mejor, Rielle vio vainas de espadas vacías, desgarrones en las chaquetas donde antes debía de haber insignias de rango cosidas. Los hombres procedían del ejército del Usurpador.

«¿Qué hacen aquí?»

Un sacerdote se hallaba de pie frente a la puerta del palacio, con los brazos extendidos en actitud imperiosa pero pacificadora. El gentío estaba tan distraído con él y los soldados que no reparó en Rielle y Sa-Mica hasta que estos se acercaron al grupo. La muchedumbre prorrumpió en un grito, y los rostros giraron hacia el extraño sacerdote de túnica azul. El clamor se redujo de inmediato a un murmullo apagado. Los soldados se volvieron para ver qué había ocasionado este cambio y observaron a Sa-Mica con perplejidad hasta que lo reconocieron.

—Solo deseamos servir al Ángel —declaró en alto uno de los soldados enemigos, aprovechando el repentino silencio.

El sacerdote que estaba ante la puerta asintió.

—Todos lo deseamos. He hablado con el Ángel. Os da las gracias por vuestra ofrenda y os exhorta a distribuirla entre la gente de Doum. Yo me quedaré para mantener el orden.

Tras dedicarle una reverencia, los soldados se volvieron hacia la carreta. Mientras Sa-Mica y Rielle pasaban junto a ellos, los hombres retiraron la cubierta del vehículo. Rielle entrevió sacos de cereales, toneles de vino y aceite, incluso cajas de fruta. Todo ello fruto del saqueo de los territorios colindantes con Doum, seguramente. Lo último que ella presenció de la escena antes de entrar fue a la multitud que, habiendo perdonado rápidamente a los soldados, se abalanzaba hacia delante, y al sacerdote que salía a su encuentro con grandes zancadas.

Avanzaron por un largo pasillo, desierto salvo por los guardias apostados a intervalos regulares.

—El hombre que habéis traído a la ciudad —dijo Rielle mirando a Sa-Mica—, ¿era el Usurpador?

Él movió la cabeza afirmativamente.

—¿Y su ejército?

—Se ha retirado. Con la excepción de esos valientes de allí atrás que aspiran a seguir a Valhan. —Suspiró—. Ha ocurrido lo mismo en todas las etapas de nuestro viaje. Valhan siempre les ordenaba que regresaran a sus casas y siguieran adelante con sus vidas. De no haberlo hecho, imagino que habríamos llegado acompañados por nuestro propio ejército.

—¿Tan malo habría sido eso?

Él la miró y torció el gesto.

—Un ejército requiere alimentos y organización. Atrae a personas que pretenden sacar provecho de él y explotarlo.

—Además, no es que él necesite protección —añadió Rielle. Entonces ¿qué lo había llevado hasta allí? Encontrarla a ella no podía ser el único motivo.

«Pronto lo sabré. A menos que el Ángel decida tenerme en ascuas como a Sa-Mica.» Cuando se aproximaban al final del pasillo, notó un hormigueo en el estómago. Estaba más nerviosa que en su primer encuentro con él, pero en aquel entonces no tenía ni idea de a quién o a qué iba a conocer. ¿Sentía lo mismo Sa-Mica cada vez que acudía a la presencia del Ángel, o se había acostumbrado?

Cuando salieron por una puerta abovedada a una estancia varias veces más grande que todas las habitaciones de los tejedores juntas, un guardia situado junto a la entrada hizo sonar una campana. La sala estaba llena de gente, hombres y mujeres, jóvenes y viejos que tenían en común la suntuosidad de sus ropajes. Todos los ojos se posaron en los recién llegados, con un brillo de curiosidad. El rumor de voces se atenuó y se sumó a él el golpeteo suave de calzado delicado sobre madera pulida cuando los presentes se apartaron para formar un pasillo hasta el estrado del rey. El corazón de Rielle latía con fuerza. Inspiró profundamente.

Sin embargo, sobre el estrado no había nadie. El rey se encontraba de pie, a un lado de la multitud. Recorrió el pasillo creado por sus súbditos, sonriente y con los brazos abiertos.

—¡Bienvenidos, bienvenidos! —exclamó, indicándoles por señas que se acercaran, de modo que se encontraron en mitad del camino—. ¿Así que esta es la joven que busca el Ángel? —Rielle se agachó para comenzar a ejecutar la complicada reverencia con que la gente del lugar saludaba a la realeza, pero él se lo impidió tomándola de las manos—. Rielle Lázuli, te brindo una bienvenida tardía a mi país. ¿Por qué no viniste a verme en cuanto llegaste? Es un honor para mí conocer a una amiga de los Ángeles.

Ella consiguió esbozar una sonrisa.

—Gracias, majestad. ¿Me habríais creído, si os lo hubiera dicho?

Él soltó una risita.

—Seguramente no. Tienes razón. Es un relato demasiado increíble. Aun así, me alegra que eligieras mi país para instalarte. Y ahora todos formamos parte de tu historia, pues nos ha salvado de una derrota segura aquel que te busca.

Rielle no pudo evitar desplazar la vista por la estancia.

—No está aquí, pero volverá más tarde —le aseguró el monarca—. Se está preparando un banquete en tu honor. Ven, te llevaré al comedor.

«¿Un banquete? —Rielle pensó en la carreta del patio y en los habitantes de la ciudad que se morían de hambre—. ¿Dónde almacena la comida para un banquete? ¿Habrá enviado provisiones el Usurpador? ¿O quizá sean ciertos los rumores de que se guardan reservas de alimentos en el palacio?» Sin decir nada, aturdida y con un poco de náuseas por los nervios, salió de la sala en pos del rey.

A continuación, todo se desarrolló como en un sueño. Ella cenó junto al monarca schpetano, diversas personas cuyos nombres le resultaban familiares pero a quienes no había conocido en persona le encargaron que transmitiera varios mensajes al Ángel y la interrogaron sobre su encuentro anterior con él. Sa-Mica permanecía sentado a su lado, en silencio, hasta que alguien cayó en la cuenta de que ella podía traducir sus palabras, y entonces las preguntas se centraron en la relación de él con el Ángel. Para alivio de Rielle, el sacerdote habló de su pasado con la misma vaguedad que ella.

«Sin duda tiene tan pocas ganas de revelar la clase de lugar que era el templo de la Montaña cuando se crio allí como yo de contarles que me desterraron por utilizar magia y que soy una asesina —pensó—. Pero ¿por qué no está aquí el Ángel? ¿O es que... él no come?»

Los platos constaban de ingredientes sencillos debidamente condimentados y decorados para que resultaran más sabrosos y atractivos. La única carne era de aume, asada y bastante correosa. El rey se disculpó, aduciendo que la res era vieja pero la única que quedaba en la ciudad. El hambre de Rielle se calmó enseguida, pues estaba acostumbrada a comer poco y tenía el estómago más inclinado a encogerse de ansiedad que a digerir la comida. En cierto momento, Sa-Mica se excusó y se fue. Cuando regresó, tenía una expresión tensa y pensativa.

—Está a solas, sentado, contemplando las montañas —le informó a Rielle.

—¿Por qué no se une a nosotros? —preguntó ella.

—No le gusta estar rodeado de tanta gente. —Sa-Mica se encogió de hombros—. Pasaba así casi todo el tiempo en el templo de la Montaña.

—¿Sucedió algo fuera de lo normal antes de que decidiera venir? —apuntó, con la esperanza de que él le diera alguna pista sobre las intenciones del Ángel.

Sa-Mica negó con la cabeza.

—No, pero no hemos venido aquí directamente. Viajamos hacia el norte, hasta la más lejana de las ciudades de hielo, y cuando llegamos... —Hizo una pausa y sacudió la cabeza de nuevo.

—¿Qué? ¿Qué hizo él?

El sacerdote suspiró.

—Debo decírtelo. No quiero inquietarte, pero ¿y si algún día necesitaras saberlo? En el punto situado más al norte, absorbió toda la magia antes de encaminarse de vuelta hacia el sur. No dejamos atrás la Mancha hasta que pasamos Llura.

Ella lo miró fijamente. Recordaba que en Llura hacía un calor insoportable. Si esta población estaba tan lejos de las ciudades del hielo en el norte como de la fría Schpeta, la Mancha debía de ser inmensa.

—¿Qué hizo con ella?

—Nada, hasta donde yo sé.

—O sea, que se prepara para algo.

Los hombros del clérigo subieron y bajaron. Tras su mirada se traslucían muchos días de preocupaciones acumuladas en silencio. Ella abrió la boca para preguntarle de qué tenía miedo, pero la cerró otra vez. Si él hubiera estado dispuesto a hablar de ello, lo habría hecho. «¿Por qué iba un Ángel a despojar a medio mundo de magia? —Pensó en los ejércitos que se habían apostado frente al castillo el día anterior. Aunque estaban desesperados, no habían infringido la ley del Ángel que prohibía el uso de la magia en un conflicto—. Pero ¿y si lo hubieran hecho?»

¿Qué mejor manera de impedir que la gente utilizara la magia que hacerla desaparecer del mundo? Si bien esto también privaría de magia a los sacerdotes, los fieles seguirían respetándolos por sus conocimientos sobre los Ángeles y su contacto con ellos.

«Pero ¿qué tiene que ver todo esto conmigo?»

Después de esta reflexión, no fue capaz de probar bocado. El vino la invitaba a armarse de un falso valor, pero ella hizo caso omiso de él. Cuando paseó la vista por la estancia, advirtió que los comensales desviaban la mirada de inmediato. Debían de preguntarse por qué esa extranjera morena, que había conocido a un Ángel, llevaba tanto tiempo viviendo entre ellos... y por qué merecía su atención especial. «Yo también me lo pregunto.» El tiempo transcurría con lentitud, pero la propulsaba hacia un futuro desconocido e inminente que, muy a su pesar, imaginaba catastrófico, aunque a la larga resultara beneficioso para el mundo.

Cuando el sacerdote que había acudido a la tejeduría entró en el comedor y se acercó al rey con paso veloz, una mezcla de temor y esperanza se apoderó de ella. De pronto se había hartado de esperar, quería que aquello acabara ya. Fuera lo que fuese.

—Él, el Ángel, aguarda en la sala de audiencias, majestad —barbotó el hombre mientras se imponía el silencio en la estancia—. Desea ver a Rielle Lázuli.

—En ese caso, no debemos hacerle esperar. —Tras dedicarle una sonrisa a Rielle, el rey se puso de pie. La tomó de la mano y la ayudó a levantarse de la silla.

Ella respiró hondo y exhaló despacio, lo que no alivió su sensación de tener el estómago revuelto ni la ayudó a recuperar su pulso normal. «Tal vez debería haberme bebido el vino.» Le flaqueaban las piernas mientras, caminando junto al monarca, salió del comedor y enfiló el pasillo que conducía a la sala de audiencias. Tras ellos se oía el susurro de las pisadas de los cientos de comensales que los seguían con sus delicados zapatos.

Él esperaba de pie, en la parte interior del banco circular sobre el estrado del rey. Líneas radiales —finísimos hilos de Mancha— brotaban de él, destellantes, antes de desvanecerse. Ella apartó la vista, pero entonces le vino a la memoria algo que Sa-Mica le había dicho tantos años atrás. «No le gusta que la gente oculte la mirada. Pues bien. Alzaré la vista cuando lleguemos ante él. No sería un buen momento para tropezar con la falda y caerme de bruces.» El tacto cálido de la mano del rey bajo la suya mientras la guiaba hacia delante le resultaba extrañamente tranquilizador. Cuando el monarca se detuvo frente al estrado, ella miró hacia arriba.

Al principio, lo único que podía pensar era que el rostro de su tapiz era un retrato mucho más fiel de lo que cabía esperar después de tanto tiempo, aunque no era del todo exacto. El Ángel tenía los labios mucho más finos y la frente menos inclinada. Entonces ella se preguntó si él le habría leído el pensamiento y se le encendieron las mejillas. Sin embargo, su vergüenza se evaporó cuando él la miró a los ojos. Sus extraños ojos oscuros le recordaron a Rielle de una forma poco agresiva que se hallaba ante un ser que no era humano. Que, si quisiera, podría destrozarle el alma.

A pesar de todo, ella lo amaba. No del mismo modo en que había amado a Izare, con el cuerpo y el corazón. Lo amaba con el alma.

El Ángel suavizó su expresión de forma casi imperceptible. Alzó un brazo para indicarle que se acercara. Ella subió al estrado, ya sin rastro de debilidad en las piernas.

—Rielle Lázuli. Te concedí una segunda vida —dijo él en schpetano, y un grito ahogado multitudinario resonó en la sala—. La has aprovechado bien. Has repuesto con creces la magia que consumiste.

Estas palabras infundieron ánimos a Rielle, además de alivio y una ligera sensación de triunfo. «¡Es verdad! ¡He generado más magia creando tapices de la que robé para matar a Sa-Gest!» Y en un lapso de solo cinco años. Había creído que le llevaría una vida entera, y eso suponiendo que lo consiguiera.

—Has forjado una vida aquí, una vida que podrás reanudar cuando esta ciudad se recupere de la guerra. Pero tienes la capacidad de ir mucho más allá. Voy a regresar a mi mundo. Te invito a acompañarme para unirte a los artesanos que viven allí, creando belleza y magia. ¿Vendrás conmigo?

Un jadeo colectivo escapó de la boca de los presentes. Rielle contempló al Ángel mientras daba vueltas a sus palabras en su cabeza.

«¿Viajar a su mundo? ¿Allí donde habitan los Ángeles? ¿Para pintar y tejer?»

O quedarse donde estaba, en una tierra que no era la suya, trabajando en tapices que representaban escenas elegidas por otros. Pero ¿cómo iba a abandonar a Betzi...? Aunque sin duda Betzi se marcharía con el capitán Kolz. En cuanto a los tejedores..., los echaría de menos, sobre todo a Grasch.

Pero no tanto como para rechazar la oferta del Ángel. «Jamás volvería a ver a Izare ni a mi familia, pero esa posibilidad me está vedada de todos modos, y además dudo que quieran verme. En el reino de los Ángeles viviría entre personas que me comprenderían. Creadores y servidores de los Ángeles, como yo.»

—Sí —respondió con voz débil y se aclaró la garganta—. Sí —repitió con firmeza. Un susurro de entusiasmo recorrió al público.

Valhan sonrió.

—¿Hay algo que desees hacer antes de partir?

Ella desplazó la vista por la sala hasta localizar a Sa-Mica. Este tenía el ceño fruncido, pero cuando sus miradas se encontraron, relajó las cejas, con una expresión que a Rielle le pareció de alivio. Todas sus preocupaciones habían resultado infundadas.

—Solo... despedirme —respondió en foguiano—. ¿Podrías hacer llegar mensajes a mis familiares? Para que sepan adónde voy, aunque dudo que lo crean. —Él inclinó la cabeza. Ella miró al rey y cambió al idioma schpetano—. Os ruego que transmitáis mi agradecimiento a Grasch y los tejedores, y a Betzi y al capitán Kolz mi deseo de que vivan felices juntos. —El monarca asintió, sonriendo. Ella se dirigió de nuevo a Valhan—. Eso es todo.

—En ese caso, no hay motivo para demorar más la partida —declaró él.

Dio unos pasos hacia ella y la tomó de las manos. Tenía la piel fresca. «De modo que esto es lo que se siente al tocar a un Ángel.» Alzó los ojos y vio que él tenía la mirada fija en un lugar lejano, más allá de las paredes de la habitación.

De pronto, todo se volvió negro.

Sus sentidos se adaptaron casi de inmediato. La ausencia de magia que captaba su mente era tan absoluta que ya no engañaba a sus ojos de modo que percibieran oscuridad. Sin embargo, su pensamiento la buscaba de forma instintiva, en vano, y recordó lo que Sa-Mica le había contado respecto a cómo el Ángel había sustraído la magia de una parte tan grande del mundo. ¿Se había apropiado del resto? Al dirigir la vista más allá del Ángel, vislumbró a los sacerdotes schpetanos, boquiabiertos y conmocionados.

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