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EL BúHO

Samuel Bjork

5


Fragmento

 

 

 

Un viernes durante la primavera de 1972, justo cuando el pastor de la iglesia de Sandefjord iba a cerrar las puertas para irse a casa, recibió una visita muy especial que le hizo tomar la decisión de mantener el despacho abierto un rato más.

Nunca antes había visto a la mujer joven, pero conocía muy bien al hombre que la acompañaba. Se trataba del hijo mayor de la persona más querida de la ciudad, un naviero que no solo era una de los empresarios más ricos del país, sino también uno de los pilares de la iglesia, y cuya donación había hecho posible, entre otras cosas, la rehabilitación del gran retablo de caoba, tallado diez años antes. El retablo, obra del escultor Dagfin Werenskiold, mostraba diecisiete escenas de la vida de Jesucristo y el pastor estaba extremadamente orgulloso de él.

La joven pareja tenía una petición muy especial. Querían casarse, pero necesitaban que el pastor llevase a cabo la ceremonia en la intimidad. La petición en sí no era muy extraña, pero las circunstancias resultaban lo suficientemente llamativas como para que al principio el pastor pensara que debía de tratarse de una broma. Sin embargo, conocía bien al naviero y sabía que el viejo era muy religioso y conservador, y después de un rato comprendió que la pareja hablaba en serio. En los últimos tiempos, el naviero había estado muy enfermo y los rumores decían que no le quedaba mucho. El joven que ahora estaba delante de él iba a recibir una importante herencia en breve, pero su padre había impuesto una condición. No debían entrar personas ajenas a la familia en la ecuación. Bajo ningún concepto la mujer con la que su heredero se casara podía tener hijos de matrimonios anteriores. Y ahí residía el problema. Lamentablemente, la mujer de la que el hijo del naviero estaba perdidamente enamorado sí tenía hijos de una relación anterior: una niña de dos años y un niño de cuatro. Los niños tenían que desaparecer y el pastor debía casar a la pareja, para que la mujer cumpliera con las condiciones exigidas por el conservador naviero. ¿Era posible?

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El plan que la pareja había ideado era el siguiente: el joven tenía un pariente lejano en Australia, que había accedido a hacerse cargo de los niños hasta que se formalizaran todos los documentos. Los niños estarían fuera un año o dos, y después volverían a casa. Posiblemente, el naviero incluso podía ir al cielo antes. ¿Qué opinaba el pastor? ¿Podía encontrar un hueco en su alma para ayudarles a superar esta crisis?

El pastor fingió reflexionar un rato, pero en realidad la decisión ya estaba tomada. El sobre que el joven había puesto discretamente encima de la mesa era grueso, y ¿por qué no iba a ayudar a una joven pareja en apuros? Además, las exigencias del viejo naviero no le parecían nada razonables. El pastor accedió y casó a la pareja menos de una semana más tarde, en una ceremonia sencilla, delante del colorido retablo en una iglesia cerrada con llave.

Un poco menos de un año más tarde, en enero de 1973, el pastor recibió una nueva visita en su despacho. Esta vez la mujer joven venía sola. Estaba visiblemente preocupada y le dijo al pastor que él era el único con quien podía hablar. Algo iba mal. No había tenido ninguna noticia de los niños. Le habían prometido fotos y cartas, pero no había llegado nada, ni una palabra. De hecho, empezaban a entrarle dudas de si de verdad existía ese pariente en Australia. Además, la mujer dijo que su marido ya no era la persona que ella había conocido. No hablaban, ni siquiera compartían dormitorio, y además tenía secretos, oscuros secretos, que ni siquiera podía mencionar en alto, casi ni se atrevía a pensar en ellos. ¿Había algo que el pastor pudiera hacer? Este la tranquilizó y dijo que quería ayudarla, naturalmente. Ya pensaría en un modo de hacerlo y le pidió que volviera unos días más tarde.

A la mañana del día siguiente encontraron a la mujer muerta, doblada sobre el volante de su coche, en una profunda zanja cerca de la lujosa propiedad de la familia naviera en Vesterøya, no muy lejos del centro de Sandefjord. En el periódico se dejaba intuir que la mujer había conducido ebria y que la policía consideraba que se trataba de un trágico accidente.

Después de haber atendido a la familia en el entierro, el pastor decidió hacer una visita al joven naviero. Le dijo la verdad, explicando que la mujer había ido a verle el día antes del accidente y que había expresado su preocupación por los niños. ¿Había algo que no iba bien? El joven naviero escuchó y asintió. Explicó que su mujer había estado muy enferma últimamente. Había tomado pastillas y había bebido demasiado. El propio pastor ya había visto cómo había terminado la tragedia. A continuación, el joven apuntó una cifra en una hoja de papel y la dejó sobre la mesa. ¿Esta ciudad no era demasiado pequeña para el pastor? ¿No sería mejor servir al Señor en otro lugar, tal vez más cerca de la capital? Unos minutos más tarde ya habían cerrado los detalles. El pastor se levantó de la silla y esa fue la última vez que vio al joven y poderoso naviero.

Unas semanas más tarde hizo las maletas.

Nunca más volvió a pisar Sandefjord.

 

 

 

La niña trataba de mantenerse totalmente quieta, tumbada bajo una manta en el sofá, mientras esperaba que los otros niños se quedasen dormidos. Ya había tomado la decisión. Esa noche lo haría. Ya no iba a tener más miedo. No esperaría más. Tenía siete años y ya era casi mayor. Lo haría cuando estuviera un poco más oscuro. No se había tomado la pastilla para dormir. La había colocado bajo la lengua y allí se había quedado todo el tiempo, incluso cuando había enseñado a la señora Juliane lo bien que se había portado.

—Déjame ver.

Lengua fuera.

—Buena chica. Siguiente.

Su hermano llevaba mucho tiempo haciéndolo. Desde aquella vez en que lo habían encerrado en la bodega. Lo hacía todas las noches, dejaba la pastilla bajo la lengua sin tragar.

—Déjame ver.

Lengua fuera.

—Buen chico. Siguiente.

Había pasado tres semanas ahí abajo, en la oscuridad, porque no quería pedir perdón. Todos los niños sabían que no había cometido ningún error, pero aun así los mayores lo habían encerrado. Y desde aquella vez ya no era el mismo. Todas las noches dejaba la pastilla bajo la lengua sin tragar y, en medio del letargo producido por los primeros efectos de su propia pastilla, ella veía cómo la sombra de su hermano se deslizaba por la habitación y desaparecía.

Algunas veces soñaba con el lugar al que iba. En una ocasión él era un príncipe que tenía que viajar a un país extranjero para besar a una princesa que llevaba mucho tiempo dormida. En otra, era un caballero que mataba a un dragón con una espada mágica que estaba clavada tan fuerte en una piedra que solo un chico muy especial podía sacarla. Eso pasaba en los sueños. No en la vida real. Ella no sabía lo que pasaba en la vida real.

La niña esperó hasta que oyó que los otros niños dormían, y luego salió sigilosamente de la casa. Era invierno, pero todavía hacía calor aunque la tenue luz del atardecer ya envolvía los árboles. La niña caminó descalza sobre el patio, manteniéndose entre las sombras hasta que alcanzó la arboleda. Tras comprobar que nadie la había visto, echó a correr a lo largo del sendero que bajaba entre los grandes árboles hacia la verja, la que tenía un cartel con un texto en inglés: «Los intrusos serán denunciados». Este era el lugar donde ella había decidido comenzar la búsqueda.

Había oído que su hermano y los otros chicos hablaban en voz baja sobre ello. Decían que había un lugar donde podías estar solo. Un viejo cobertizo en ruinas, una pequeña cabaña que estaba escondida en el extremo del terreno, pero ella nunca la había visto con sus propios ojos. Se levantaban a las seis de la mañana todos los días y se acostaban a las nueve. Siempre en punto, el horario nunca cambiaba, con tan solo dos descansos entre las clases, los deberes, el yoga, la colada y todas las demás tareas que tenían. La niña sonreía ante el sonido de los grillos y sintió cómo la suave hierba le cosquilleaba bajo los pies cuando salió del sendero y continuó sigilosamente a lo largo de la valla hacia el lugar en donde se imaginaba que debía de estar la pequeña cabaña. Por la razón que fuera, no tenía miedo. Se sentía casi ligera. El terrible miedo llegaría más tarde, pero de momento se sentía feliz, como una mariposa libre, totalmente sola con sus pensamientos en medio del bonito bosque, que olía tan bien. Su sonrisa se volvió más amplia y deslizó los dedos sobre una planta que se parecía a una estrella, era casi como estar dentro de uno de los sueños que solía tener cuando no le daban las pastillas más fuertes. Se agachó para pasar por debajo de una rama y ni siquiera se sobresaltó cuando oyó un ruido entre los arbustos a pocos metros de distancia. ¿Podía ser un koala que se había aventurado a bajar de los árboles, o un canguro que había saltado la valla? Sonrió para sí y pensó en lo bonito que sería acariciar un koala. Sabía que tenían zarpas afiladas y que en realidad no había que achucharles, pero aun así trató de imaginarse cómo sería, con el pelo suave y caliente entre sus dedos, el morro húmedo haciéndole cosquillas en el cuello. Casi había olvidado por qué había venido, cuando de repente se despertó y se quedó completamente inmóvil. La fachada de la cabaña estaba a tan solo unos metros de distancia. La niña ladeó la cabeza y contempló con curiosidad las grises tablas de madera que de repente se habían materializado delante de ella. Así que era verdad, después de todo, lo que habían comentado entre susurros. Había un lugar en el bosque. Un lugar donde era posible esconderse y estar totalmente a solas. Se movió sigilosamente hacia la fachada gris y sintió un escalofrío agradable bajo la piel mientras se acercaba a la puerta.

La niña todavía no sabía que lo que estaba a punto de ver la iba a cambiar para siempre, que la iba a perseguir todas las noches en los años venideros, bajo la manta en el duro sofá, en el vuelo al otro extremo del planeta después de que la policía fuera a buscarles en medio del llanto de todos los niños, bajo el edredón en la cama blanda del nuevo país donde todos los sonidos eran diferentes. No sabía nada de esto cuando levantó la mano hacia la manija de madera y abrió la puerta lentamente, con un chirrido.

Dentro estaba oscuro. Sus ojos tardaron unos segundos en acostumbrarse, pero no había dudas. Al principio solo se veía el contorno, pero luego cada vez más. Él estaba sentado ahí dentro.

Su hermano.

No llevaba ropa. Se encontraba completamente desnudo, pero su cuerpo se hallaba cubierto de… ¿plumas? Permanecía agazapado en un rincón, un ser torcido, parecido a un pájaro, una cosa de otro mundo que tenía algo en la boca. Un pequeño animal. ¿Un ratón? Su hermano estaba cubierto de plumas y tenía un ratón muerto entre los dientes.

Esa fue la imagen que le cambió la vida. Su hermano, girándose lentamente hacia ella, con una expresión ligeramente sorprendida en los ojos. Parecía que no la reconocía. La luz que entraba por la sucia ventana, por encima de la mano cubierta de plumas que se movía despacio en el aire. La boca que se convirtió en una sonrisa con unos dientes blancos y brillantes cuando sacó el ratón y clavó sus ojos muertos en los de ella. Después agitó las plumas y dijo:

—Yo soy el búho.

 

 

 

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El botánico Tom Petterson sacó la bolsa con la cámara del coche y se quedó un rato admirando las vistas de las aguas del fiordo, tranquilas como un espejo. Después echó a andar por el bosque. Era un sábado de principios de octubre y el fresco sol bañaba el paisaje a su alrededor con una luz maravillosa; los rayos incidían suaves sobre las hojas rojas y amarillas del otoño que no tardarían mucho en caer y dar paso al invierno.

Tom Petterson amaba su trabajo. Sobre todo cuando podía llevarlo a cabo en el campo. Las diputaciones de Oslo y Akershus le habían encargado la tarea de registrar ejemplares de Dracocephalum ruyschiana, una flor en peligro de extinción que crecía en la zona alrededor del Fiordo de Oslo. Tom había recibido un aviso a través de su blog y hoy iba a comprobarlo. Iba a registrar el número y la localización exacta de los ejemplares recién descubiertos.

La Dracocephalum ruyschiana era una planta extremadamente rara que alcanzaba una altura de entre diez y quince centímetros, y tenía flores pequeñas de color azul oscuro que en otoño se secaban y se convertían en frutos marrones que recordaban a aristas de cebada. No solo la especie estaba en peligro de extinción, también era el hogar del escarabajo de Dracocephalum ruyschiana, muy difícil de ver, un pequeño insecto de color azul brillante que se alimentaba exclusivamente de estas flores. Las maravillas de la naturaleza, pensó Tom Petterson, y sonrió para sí, mientras salía del sendero y continuaba siguiendo la descripción de la ruta que el perspicaz biólogo aficionado le había enviado. Nunca lo diría en alto, porque le habían educado en la creencia de que no había nada parecido a un dios, sus padres habían insistido especialmente en ello, pero algunas veces no podía evitar pensarlo. La Creación. Todas estas cosas pequeñas y grandes que estaban tan maravillosamente interrelacionadas. Las aves que volaban muy lejos rumbo al sur cada otoño para anidar, cubriendo unas distancias enormes y terminando siempre en el mismo lugar. Las hojas que cambiaban de color en las mismas fechas cada otoño, convirtiendo los árboles y el suelo en obras de arte vivas. No, nunca lo diría en alto, pero a menudo lo pensaba.

Tom Petterson trabajaba en el Instituto de Ciencias Biológicas de la Universidad de Oslo. Eso era lo que había estudiado y después de graduarse le habían ofrecido un puesto de trabajo. El año anterior se había hablado en los pasillos de la posibilidad de que se convirtiera en director del instituto, pero Tom Petterson no había dado ningún paso para obtener el puesto. ¿Director del instituto? No, eso suponía llevar a cabo demasiadas tareas administrativas. Le gustaba su propio puesto, las expediciones en la naturaleza, por eso había estudiado botánica. No para perder el tiempo en reuniones.

Cuando lo llamaron de la diputación aceptó el encargo con orgullo. Ansiaba ser el protector de la Dracocephalum ruyschiana. El botánico sonrió para sí al pensar en el descubrimiento que había hecho en la isla de Snarøya unos años antes. Un gran conjunto de flores en la guardería de los millonarios. No todo el mundo se había alegrado, claro está; los que habían comprado terrenos en el lugar donde él encontró las plantas habrían preferido construir sus chalés y piscinas en paz, pero la Dracocephalum ruyschiana estaba protegida por la convención de Berna y no podía ser molestada bajo ningún concepto.

Dobló a la derecha entre dos grandes abetos y siguió el curso de un arroyo cuesta arriba hacia el lugar en donde se suponía que estaban las plantas. Sonrió para sí otra vez. Tom Petterson era un férreo defensor del medio ambiente y le había encantado ver cómo, por una vez, una pequeña especie ganaba la lucha contra las palas mecánicas.

Saltó el arroyo y, de repente, se quedó quieto al oír algo que se movía entre la maleza delante de él. Petterson levantó la cámara, listo para disparar. ¿Un tejón? ¿Era eso lo que había visto? ¿Ese animal nocturno no tan común como la gente creía? Siguió los ruidos y poco después llegó a un pequeño claro, decepcionado por no haber visto nada. Le faltaba una buena foto de un tejón para su blog, y además habría sido una bonita historia, tres Dracocephalum ruyschiana y un tejón, una perfecta excursión de sábado.

Había algo tendido en el suelo en medio del claro.

«Un cuerpo desnudo de color blanco azulado».

«Una chica».

«¿Una adolescente?».

Tom Petterson se llevó un susto tan grande que no se dio cuenta de que la cámara se le caía de las manos y aterrizaba entre el brezo del suelo.

«Había una chica muerta en el claro».

«¿Plumas?».

Por Dios.

«Había una adolescente desnuda en el bosque».

«Rodeada de plumas».

«Con un lirio blanco en la boca».

Tom Petterson se dio media vuelta y, abriéndose paso por la espesura con la respiración entrecortada, encontró el sendero, bajó corriendo como pudo hasta el coche y llamó al 112.

2

 

 

 

El investigador de homicidios Holger Munch estaba sentado en el coche delante de su antiguo hogar en Røa, arrepentido de haber aceptado la invitación. Había vivido en la casa unifamiliar junto con su exmujer Marianne hasta hacía unos diez años, y no la había pisado desde entonces. El corpulento investigador encendió un cigarrillo y bajó la ventanilla. Unos días antes había ido a hacerse los análisis anuales y el médico le había vuelto a decir que debía reducir el consumo de grasa y dejar de fumar, pero eso no entraba en los planes del policía de cincuenta y cuatro años. Por lo menos lo último. Holger Munch necesitaba los cigarrillos para pensar, y si había algo que le gustaba era justo eso, usar la cabeza.

Holger Munch amaba el ajedrez, los crucigramas, las matemáticas, cualquier cosa que obligase al cerebro a trabajar. Pasaba mucho tiempo delante del ordenador, chateando con sus amigos sobre las partidas de ajedrez de Magnus Carlsen, o sobre la solución de problemas matemáticos grandes o pequeños, por ejemplo uno que le acababa de mandar por e-mail su amigo Yuri, un profesor de Minsk que había conocido en la red quince años antes.

 

Una vara de metal está clavada en el fondo de un lago. La mitad de la vara se encuentra bajo tierra. Una tercera parte de la vara está bajo el agua. Ocho metros de la vara sobresalen del agua. ¿Qué longitud tiene la vara? Saludos, Y.

 

Munch reflexionó un poco antes de dar con la respuesta, y estaba a punto de enviar el e-mail cuando sonó el teléfono. Miró la pantalla. Era Mikkelson, su jefe de Grønland. Munch dejó que el teléfono sonara unos segundos, sopesando la posibilidad de contestar, pero al final decidió cortar la llamada. Pulsó el botón rojo y volvió a meterse el teléfono en el bolsillo. Ahora tocaba estar con la familia. En eso se había equivocado, aquella vez hacía poco más de diez años. No había dedicado el tiempo suficiente a la familia. Había trabajado día y noche y, cuando llegaba a casa, tenía la cabeza en otro sitio. Y ahora estaba otra vez delante de esa casa, en la que ella ya vivía con otro.

Holger Munch se rascó la barba y miró, a través del espejo, la gran caja envuelta en papel rosa con lazos dorados que descansaba en el asiento trasero. Era el cumpleaños de Marion, su nieta. Su ojito derecho cumplía seis. Por eso había aceptado subir hasta aquí, hasta Røa, aunque en realidad había decidido no volver a pisar esta casa. Munch dio una calada profunda al cigarrillo y pasó la mano por el dedo donde hasta hacía un momento había estado la alianza. Seguía llevándola, diez años después de la ruptura. No había podido quitársela. Marianne. Había sido su gran amor. Se había imaginado que siempre estarían juntos y él no había salido con nadie, ni una sola vez, tras el divorcio. No es que le hubieran faltado ocasiones. Varias mujeres habían mostrado interés, pero no le apetecía. No le había parecido correcto. Sin embargo, ahora lo había hecho, se había quitado la alianza. Estaba en el armario de las medicinas en el cuarto de baño de su casa. No había podido tirarla. Y eso que habían pasado diez años. ¿Tenía sentido mantener la esperanza? ¿O estaba equivocado? ¿Debía hacer lo que varios de sus amigos le habían aconsejado? ¿Seguir con su vida? ¿Buscar a otra?

Holger Munch suspiró hondo, dio otra calada al cigarrillo y volvió a mirar el gran regalo rosa. Posiblemente se había pasado esta vez también. Su hija, Miriam, le había echado la bronca muchas veces a lo largo de los años porque pensaba que le consentía demasiados caprichos. Le daba todo lo que ella quería. Esta vez había comprado algo que no era políticamente correcto, pero era algo que él sabía que su nieta quería más que cualquier otra cosa. Una muñeca Barbie, con una gran casa Barbie y un coche Barbie. Ya podía imaginarse el sermón que le soltaría su hija Miriam. Sobre niños consentidos. Sobre el cuerpo de la mujer y modelos e ideales, pero, por Dios, a fin de cuentas no era más que una muñeca, ¿no? ¿Qué podía tener de malo, si era lo que la niña quería?

El teléfono sonó de nuevo. Era Mikkelson otra vez, y una vez más Munch pulsó el botón rojo. Cuando el teléfono sonó por tercera vez, estuvo a punto de cogerlo. «Mia Krüger». Pensó con cariño en su joven colega, pero aun así no contestó. Había que estar con la familia. La llamaría más tarde. Tal vez podría quedar con ella después para tomar una taza de té en el Justisen. Le vendría bien, después de esta sesión. Hablar con Mia. Hacía tiempo que no quedaban y la echaba de menos.

Hacía tan solo unos meses que la había ido a buscar a una isla de la costa de Trøndelag.

Ella se había aislado del mundo, sin teléfono, y él había tenido que tomar un avión hasta Værnes, alquilar un coche y convencer a la policía local para que le llevaran en una lancha hasta donde se encontraba. Se había llevado una carpeta de un caso. Eso fue lo que la había convencido para volver a la capital.

Holger Munch respetaba a toda la gente de la unidad, pero Mia Krüger era muy especial. La había sacado de la academia antes siquiera de que hubiera terminado sus estudios, cuando todavía no tenía más que veintipocos años, por recomendación del director de la academia, un antiguo colega. Holger Munch había quedado con ella en una cafetería, una reunión informal fuera de la academia. Mia Krüger. Una chica joven que llevaba un jersey blanco y pantalones negros ajustados, con un pelo largo y negro, casi parecía una india, y unos ojos de color azul, el azul más claro que había visto en su vida. Lo había desarmado desde el primer momento. Era inteligente y tranquila, con mucha confianza en sí misma. Parecía que se daba cuenta de que él había venido a probarla, pero aun así contestó con educación y con un peculiar brillo en los ojos, como diciendo: «¿Crees que soy boba o qué?».

Muchos años antes, Mia Krüger había perdido a Sigrid, su hermana gemela. La habían encontrado muerta por una sobredosis de heroína en un sótano de Tøyen. Mia había echado la culpa al novio de Sigrid y muchos años después, durante un registro rutinario de una caravana junto a Tryvann, lo habían encontrado por casualidad, esta vez con una nueva víctima a su lado. En un arrebato de ira, Mia Krüger lo había matado de dos disparos en el pecho. El propio Holger Munch estaba presente y sabía que el acto podía clasificarse como defensa propia, pero después de haber testificado a su favor lo habían trasladado, mientras que habían obligado a Mia a someterse a un tratamiento. Tras casi dos años en la comisaría de Hønefoss, a Munch, por fin, lo habían llamado para dirigir la unidad de investigación de la calle Mariboesgate. Él, a su vez, había reincorporado a Mia, pero, después de haber resuelto el caso de la carpeta, el jefe de Grønland había considerado que ella seguía mostrando señales de inestabilidad. Mikkelson la había suspendido otra vez, diciendo que no podía volver a la oficina hasta que un psicólogo no le diera el alta.

Munch cortó una llamada más de su jefe de Grønland y se quedó mirándose en el espejo. ¿Qué creía que estaba haciendo? Habían pasado diez años y aquí estaba, delante de la misma casa donde ella ahora vivía con otro, ¿y todavía pensaba que las cosas se arreglarían?

«Eres bobo, Holger Munch. No era solo Mia la que tenía que haber ido al psicólogo».

Munch suspiró y salió del coche. Ya empezaba a hacer más frío. El verano había terminado definitivamente, y también el otoño, según parecía, y eso que el mes de octubre acababa de empezar. Se ajustó la trenca alrededor de la barriga, sacó el teléfono y mandó la respuesta a Yuri.

 

48 metros ;) HM

 

Dio una última calada al cigarrillo, sacó el enorme regalo del asiento trasero, inspiró hondo dos veces y comenzó a subir lentamente por el camino de grava hacia el chalé blanco.

3

 

 

 

Mia Krüger vio que el hombre del bigote fino movía la boca al otro lado del gran escritorio, pero no tenía fuerzas para escucharle. Las palabras no llegaban hasta sus oídos. Echaba en falta las gaviotas. El olor de las olas que rompían contra las rocas. La tranquilidad. Y se preguntó una vez más por qué había accedido a hacer esto. Ir al psicólogo. Hablar sobre sí misma. Como si eso fuera a ayudar. Sacó una pastilla del bolsillo y se arrepintió una vez más de haberlo aceptado. Debería haber dimitido, sin más.

«Inestable y no apta para trabajar».

Puñetero Mikkelson, que no tenía ni idea de nada, que nunca había tenido que enfrentarse a un caso y que solo estaba donde estaba porque sabía cómo lamer la parte más baja de la espalda de los políticos.

Mia suspiró y trató una vez más de entender qué era lo que había dicho el hombre tras el escritorio. Ahora parecía que le tocaba contestar, pero no había oído la pregunta.

—¿Qué quieres decir? —dijo, pensando en la chiquilla delgada con la nuca rapada y el flequillo rubio que había visto salir por la gran puerta que daba a la sala de espera, llena de revistas con portadas que a ella no le decían nada. «Recupérate con entrenamiento mental. Ponte en forma con el método 1-2-3».

—¿Las pastillas? —dijo el psicólogo, seguramente por tercera vez, echándose hacia atrás en la butaca y quitándose las gafas.

Una señal de cercanía, de que ahí podía estar segura. Mia suspiró y se puso la pastilla sobre la lengua. Según parecía, él no sabía con quién estaba hablando. Ella podía ver el interior de las personas desde que era pequeña. Por eso echaba en falta las gaviotas. Allí no había maldad. Solo naturaleza. Las olas que rompían contra las rocas. Los ruidos de la calma y de la nada por todas partes.

—Bien —contestó Mia, esperando que fuera lo correcto.

—¿Así que has dejado de tomarlas? —insistió el psicólogo, poniéndose las gafas otra vez.

—No me costó más que un par de semanas.

—¿Y el alcohol?

—Hace mucho que no tomo ni una gota —respondió Mia, de nuevo sin decir la verdad.

Miró el reloj que estaba encima de la cabeza del psicólogo, las agujas que se movían con demasiada lentitud y le decían que todavía le quedaba un rato. Pensó con odio en Mikkelson otra vez e incluyó a este psicólogo, con oficinas en el mejor barrio del oeste de Oslo, en el pensamiento, pero luego se dio cuenta de que el último no tenía la culpa. Solo quería ayudar. Y se suponía que era de los buenos. El psicólogo Mattias Wang. Ella en realidad había tenido suerte, solo había escogido un nombre de la lista en la red después de haber tomado la decisión de darle una oportunidad. No quería ir a uno del Estado. ¿Existía el secreto profesional en Grønland? No parecía muy probable, sobre todo en su caso, el caso de Mia Krüger.

—¿Por qué no hablamos un poco de Sigrid?

Mia había bajado la guardia un poco, pero ahora volvió a ponerse la armadura. Él podría ser el mejor y más amable psicólogo del mundo, pero Mia no había venido para hablar de su interior. Quería volver al trabajo. Echar unas horas donde el psicólogo. Conseguir el certificado que necesitaba. «Parece totalmente recuperada, no le cuesta hablar de ello, entiende sus problemas. Recomiendo la reincorporación inmediata a jornada completa».

Sonrió un poco para sí y le hizo una peineta imaginaria a Mikkelson.

«No apta para trabajar».

Que te jodan, eso fue lo primero que pensó, naturalmente, pero se había rendido después de cinco semanas de soledad en el nuevo piso que había comprado en Bislett, rodeada de cajas de cartón que no tenía fuerzas para abrir, atrapada en un cuerpo que pedía pastillas a gritos, porque ella se las había dado durante tanto tiempo. Había perdido a toda la gente que había querido. Sigrid. Mamá. Papá. La abuela. En el cementerio en las afueras de Åsgårdstrand solo faltaba ella. Lo único que quería era dejar este mundo. Escaparse de toda esta miseria. Sin embargo, después de un tiempo, Mia se había dado cuenta de que sus colegas le caían bien. Durante el periodo en que había trabajado tras el intervalo solitario en la isla, había tenido la sensación de que era posible, de que vivir podría tener una especie de sentido, después de todo. En todo caso, le daría una oportunidad. Por un tiempo. Eran buenas personas. Buena gente; gente que, de hecho, le importaba.

Munch. Curry. Kim. Anette. Ludvig Grønlie. Gabriel Mørk.

—¿Sigrid? —repitió el hombre desde el otro lado del escritorio.

—¿Sí? —dijo Mia, y perdió el hilo de nuevo, pensando en la chica que había visto salir del despacho, la que tenía una cita antes de ella. Habría quince años de diferencia entre las dos pero ambas tenían la misma expresión de vergüenza. «Sí, yo también vengo aquí, yo tampoco soy normal».

—Deberíamos hablar de ello, ¿no?

El psicólogo otra vez, ahora parecía que no iba a poder escabullirse.

«Sigrid Krüger,

hermana, amiga e hija.

Nacida el 11 de noviembre de 1979. Fallecida el 18 de abril de 2002.

Muy querida. No te olvidaremos nunca».

El psicólogo se quitó las gafas otra vez y volvió a echarse hacia atrás en la butaca.

—Deberíamos hablar de ella en breve, ¿no te parece?

Mia se subió la cremallera de la cazadora de cuero y señaló el reloj de la pared.

—Claro —dijo, con una leve sonrisa—. Pero tendrá que ser la próxima vez.

Mattias Wang parecía casi decepcionado al descubrir que las agujas del reloj indicaban que la hora había terminado.

—Bueno, de acuerdo —dijo, dejando el bolígrafo sobre el cuaderno delante de él—. ¿A la misma hora la próxima semana?

—Vale.

—Es importante que… —añadió el hombre del bigote, pero Mia ya estaba saliendo por la puerta.

4

 

 

 

Holger Munch sintió cierta irritación, pero también una especie de alivio, cuando entró en su antigua casa por primera vez en diez años. Irritación porque había aceptado acudir a celebrar ahí el cumpleaños de Marion. Alivio porque le había preocupado un poco la idea de andar rodeado de viejos recuerdos, no sabía muy bien cómo iba a sentirse, pero la casa en la que ahora se encontraba ya no se parecía a la antigua. La habían reformado. Habían tirado algunos tabiques. Las paredes estaban pintadas de otros colores. Munch se sorprendió pensando en que su antiguo hogar se había vuelto bastante bonito, y, cuanto más veía de él, más se tranquilizaba. Y no había ni rastro de Rolf, el profesor de Hurum. Al final la tarde quizá no iba a ser tan horrible, después de todo.

Marianne lo había recibido en la puerta, con la misma expresión en la cara que en las ocasiones anteriores en las que se habían visto obligados a pasar tiempo juntos, ya fueran confirmaciones, cumpleaños o funerales, y con un saludo educado y amable. No había abrazos ni muestras de afecto, pero tampoco amargura, decepción u odio en sus ojos, como las primeras veces en que se habían visto tras el divorcio. Solo una sonrisa reservada, pero amable: «Bienvenido, Holger, siéntate en el salón, estoy preparando la tarta para Marion, seis velitas. No me puedo creer que ya sea tan mayor».

Munch colgó la trenca en el pasillo y, estaba a punto de llevar el regalo al salón, cuando oyó un pequeño aullido, seguido del ruido de alguien que bajaba por las escaleras con pequeños pasitos expectantes.

—¡Abuelo!

Marion se acercó corriendo y le dio un largo abrazo.

—¿Es para mí? —preguntó la niña, mirando el regalo rosa con grandes ojos.

—Felicidades —dijo Munch con una sonrisa, acariciando el pelo de su nieta—. ¿Cómo te sientes ya con seis años?

—No muy diferente, la verdad, casi igual que ayer, cuando tenía cinco —contestó sonriendo la precoz Marion, sin apartar los ojos del regalo—. ¿Puedo abrirlo ya, abuelo, ahora mismo? Por favor, ¿puedo?

—Habrá que esperar hasta después de cantar —dijo Miriam, que también había bajado del primer piso.

La hija de Munch se acercó a él y le dio un abrazo.

—Qué alegría que hayas podido venir, papá. ¿Qué tal estás?

—Todo bien —dijo Munch, y la ayudó a llevar el gran paquete hasta el salón, hasta una mesa donde había más regalos.

—Oh, todo esto para mí, por favor, ¿puedo abrirlos ya…? —suplicó la niña. Era evidente que llevaba demasiado tiempo esperando.

Munch miró a su hija, quien le devolvió una sonrisa. Le gustó ver la expresión de su cara. La relación entre ellos tras el divorcio había sido todo menos cordial, por decirlo de una manera suave, pero durante los últimos meses parecía que el odio que la hija había sentido hacia él durante todos esos años estaba pasando poco a poco.

Diez años. Una relación fría entre padre e hija. Por el divorcio. Porque había trabajado demasiado. Y, luego, por extraño que pudiera parecer, fue el mismo trabajo lo que les había vuelto a unir, como si, después de todo, hubiera algún tipo de justicia en el mundo. Menos de seis meses antes, Miriam y Marion se habían visto directamente involucradas en un caso importante, tal vez el más difícil de los que la unidad se había ocupado. La niña de cinco años secuestrada por una persona enferma. Se podría haber pensado que aquello crearía una distancia aún mayor entre ellos, que la hija le hubiese considerado responsable de la desgracia también en esa ocasión, pero había ocurrido lo contrario. Miriam no se lo había tenido en cuenta, solo se había mostrado feliz de que la unidad resolviera el caso. Un nuevo tipo de respeto. A Munch le parecía que se le notaba en los ojos, ahora lo miraba de otra manera, comprendía lo importante que era su trabajo. Ambas, tanto Miriam como Marion, habían ido a terapia con un buen psicólogo de la policía para superar todas las cosas horribles que habían pasado. Afortunadamente, daba la impresión de que no le había afectado mucho a la niña. Demasiado pequeña para comprender lo mal que podría haber salido, tal vez. Era cierto que algunas noches habían sido más difíciles, cuando Marion se despertaba tras unas pesadillas extrañas, pero se le había pasado enseguida. A la madre le había costado más, claro está. Miriam había seguido con el psicólogo por un tiempo sin Marion. Quizá todavía iba, Munch no estaba seguro del todo, todavía no tenían una relación tan cercana como para contárselo, pero por lo menos iban bien encaminados. Paso a paso.

—¿Dónde está Johannes? —preguntó Munch cuando se sentaron en el sofá.

—Bueno, ya sabes, está de guardia. Llamaron de Ullevål. Ha tenido que marcharse. Vendrá si ve que puede. Ya sabes, el trabajo, no es tan fácil cuando eres una persona importante —dijo la hija, guiñándole un ojo.

Munch le devolvió una sonrisa amable, agradeciendo las palabras.

—Ya está hecha la tarta —anunció Marianne, y entró sonriente en el salón.

Holger Munch la miró de reojo. No quería hacerlo fijamente, pero no fue del todo capaz de quitarle los ojos de encima. Por un momento se cruzaron las miradas y, de repente, a Munch le entraron ganas de llevársela de vuelta a la cocina y rodearla con sus brazos, igual que en otro tiempos. Afortunadamente consiguió reprimirse con la ayuda de Marion, que ya no era capaz de aguantar más.

—¿Puedo abrirlos ya? Los regalos son mucho más importantes que esa estúpida canción.

—Primero tenemos que cantar y soplar las velas —dijo Marianne, pasando la mano por el pelo de su nieta—. Y hay que esperar a que venga todo el mundo, para que vean cuántas cosas bonitas te han traído.

Marianne, Miriam, Marion y él. Holger Munch no podía haber pedido mejor compañía para pasar una buena tarde. Sin embargo, fue como si las palabras de su exmujer sobre la necesidad de esperar a todos estuvieran sacadas de una obra de teatro, una réplica que señalaba que algo iba a pasar, porque en aquel momento se abrió la puerta de la calle y allí estaba Rolf, el profesor de Hurum, con una sonrisa en la cara y un enorme ramo de flores en las manos.

—Hola, Rolf —le recibió Marion, corriendo con una sonrisa en la cara hacia la puerta para darle un abrazo.

Munch sintió una punzada al ver cómo los pequeños brazos se cerraban alrededor del hombre, que a él le caía muy mal, pero se le pasó rápidamente. Amaba a la niña por encima de cualquier otra cosa en el mundo, y para ella la vida siempre había sido así. El abuelo, solo. La abuela y Rolf, juntos.

—¡Mira cuántos regalos me han hecho!

Arrastró al profesor de Hurum hasta el salón para que pudiera ver la mesa de los regalos.

—Qué bonito —dijo el profesor, pasándole la mano por el pelo.

—¿También son para mí? —preguntó Marion, sonriendo, mientras señalaba el gran ramo de flores que sujetaba en la mano.

—No, son para tu abuela —dijo el profesor, echando una mirada a Marianne, que los estaba contemplando desde la puerta.

Munch vio la mirada que le devolvió su exmujer. Y por fin terminó la buena sensación. El idilio. El falso idilio. Se levantó para saludar, estrechó la mano del profesor y se quedó mirando mientras el hombre al que en realidad odiaba entregaba el ostentoso ramo de flores a su exmujer y le daba un beso en la mejilla.

Por fortuna, volvió a salvarle Marion, cuya cara se había puesto totalmente roja de la tensión y ya no podía esperar más.

—Ahora sí que hay que cantar la canción —dijo la niña en voz alta, recordando cariñosamente a Munch la razón por la que había venido.

Cantaron rápidamente, sabiendo que Marion no escuchaba. Sopló las velas de la tarta y se abalanzó sobre los regalos.

Menos de media hora más tarde, la niña ya había terminado. Estaba casi agotada, sentada delante de sus regalos. Le habían gustado las cosas de Barbie, la niña se había colgado alrededor de su cuello, y, si Munch había esperado una mirada de reprobación por parte de Miriam por haberse pasado y elegido mal de nuevo, esta vez no llegó. La hija solo había sonreído, casi parecía una sonrisa de agradecimiento, y le había transmitido la sensación de que todo estaba en orden.

Después de que la niña abriese los regalos, hubo un momento incómodo. Marianne y el profesor estaban en un sofá al otro lado de la mesa, parecía que se esperaba una conversación que ninguno de ellos en realidad quería tener, pero Munch fue salvado de nuevo, esta vez por el teléfono. Era Mikkelson otra vez, y ahora le vino muy bien contestar. Munch se disculpó y salió a las escaleras, donde encendió un cigarrillo, largamente deseado, y contestó la llamada.

—¿Sí?

—¿Qué, ya no coges el teléfono? —gruñó una voz irritada en el otro lado.

—Asuntos familiares —contestó Munch.

—Qué bonito —dijo Mikkelson con sarcasmo—. Siento de verdad interrumpir el idilio, pero te necesito.

—¿Qué ocurre? —preguntó Munch con curiosidad.

—Una adolescente —continuó Mikkelson, ya un poco más tranquilo.

—¿Dónde? —dijo Munch.

—En las afueras de Hurum. Un excursionista la ha encontrado hace unas horas.

—¿Y estamos seguros?

—¿De qué?

—De que se trata de un 233.

Munch dio una larga calada al cigarrillo. Pudo oír cómo se reía la pequeña Marion al otro lado de la puerta. Alguien la estaba persiguiendo por la casa, seguramente el idiota que le había quitado el sitio. Munch negó con la cabeza con irritación. La celebración de un cumpleaños en su antigua casa. ¿Qué se había pensado?

—Me temo que sí —confirmó Mikkelson—. Te necesito allí inmediatamente.

—Vale, ya estoy en camino —dijo Munch, y colgó.

Tiró el cigarrillo y ya estaba bajando por las escaleras cuando se abrió la puerta y Miriam salió.

—¿Todo en orden, papá? —preguntó la hija, mirándole con una expresión preocupada.

—¿Qué? Sí, claro… Solo son… cosas del trabajo.

—De acuerdo —dijo Miriam—. He pensado que debería…

—¿Qué, Miriam? —la apremió Munch con impaciencia, pero se relajó, acariciándole el hombro con suavidad.

—Prepararte para la gran noticia —dijo la hija sin mirarle a los ojos.

—¿Qué clase de noticia?

—Van a casarse —contestó Miriam rápidamente, todavía sin mirarle.

—¿Quiénes?

—Mamá y Rolf. He intentado decirles que hoy quizá no fuera el mejor día para anunciarlo, pero…

Miriam ya lo estaba mirando, visiblemente preocupada.

—¿Entras o qué?

—Ha surgido un caso —dijo Munch lacónicamente, y luego no supo qué más podía decir.

¿Casarse? La tarde había empezado tan bien, había pensado que… Bueno, ¿qué era lo que había pensado? Se enfadó consigo mismo. ¿Qué se había esperado? Idioteces. Pero ahora tenía otra cosa en que pensar. Algo mucho más importante.

—¿Así que te marchas? —preguntó Miriam.

—Sí —respondió Munch.

—Espera un poco, te traigo el abrigo —le indicó Miriam, y volvió con su trenca.

—Les felicitas de mi parte —dijo Munch secamente y comenzó a bajar hacia el coche.

—Llámame, ¿vale? Quiero hablar contigo de una cosa, es bastante importante para mí. Cuando te venga bien, ¿OK? —dijo Miriam tras él.

—Claro, Miriam. Te llamaré —contestó Munch, y echó a andar más rápido por el camino de grava. Entró apresuradamente en el Audi negro y arrancó el coche.

5

 

 

 

No eran ni las cinco de la tarde cuando Holger Munch llegó a la zona acordonada por la policía en las afueras de Hurum, pero aun así estaba casi totalmente oscuro. Enseñó su tarjeta a través de la ventanilla y un joven aspirante a policía que parecía un poco avergonzado por haberle parado le indicó rápidamente que pasara.

Munch aparcó el coche en el arcén a un centenar de metros más allá del cordón y salió a la fresca tarde de otoño. Encendió un cigarrillo y se ajustó la trenca.

—¿Munch?

—¿Sí?

—Soy Olsen, el coordinador de la operación.

Munch apretó la mano enguantada que pertenecía a un policía alto de mediana edad al que no reconocía.

—¿Cuál es la situación?

—La víctima fue encontrada alrededor de seiscientos metros más arriba de esta carretera en sentido noroeste —dijo el hombre fornido, señalando el oscuro bosque.

—¿Quién está ahí ahora?

—Los técnicos. El médico forense. Uno de los tuyos… ¿Kolstad?

—Kolsø.

Munch abrió el maletero del Audi, sacó sus botas y estaba a punto de ponérselas cuando sonó su teléfono.

—Munch.

—Soy Kim. ¿Ya has llegado?

—Sí, estoy abajo, en la carretera. ¿Y tú?

—En la carpa aquí arriba. Vik ya ha terminado y empieza a perder la paciencia, pero les he dicho que no la muevan hasta que no vengas. Bajo a buscarte.

—De acuerdo, muy bien. ¿Qué tal pinta tiene?

—Tenemos una larga noche por delante. Un hijo de puta muy enfermo.

—¿Qué quieres decir? —dijo Munch, y de repente sintió cómo una sensación de malestar iba apoderándose de él.

«¿Un hijo de puta muy enfermo?».

Holger Munch tenía casi treinta años de experiencia como investigador de homicidios y había visto casi de todo, cosas que harían que las personas normales no pudieran dormir por las noches, pero raras veces perdía la compostura, normalmente era capaz de mantener una distancia profesional con respecto a lo que veía. Si la afirmación hubiera venido de uno de los otros, no le habría preocupado. Si hubiera sido Mia, que no tenía armazón y dejaba que todo le afectara profundamente, o Curry, con sus constantes altibajos, ¿pero Kim Kolsø? A Munch le daba mala espina.

—¿Quieres que te lo cuente o prefieres verlo? —continuó Kolsø.

—Resúmemelo —dijo Munch, y se metió un dedo en el oído cuando un coche patrulla encendió de repente las sirenas y le pasó rozando.

—¿Me oyes? —dijo Kolsø a través del móvil.

—Sí, sí, repíteme lo último otra vez.

—Una adolescente, probablemente dieciséis o diecisiete años —continuó Kolsø—. Desnuda. Parece una especie de…, no sé cómo decirlo…, ¿ritual? Hay un montón de plumas alrededor de ella. Y velas…

Munch se metió de nuevo el dedo en el oído cuando otro coche patrulla siguió al primero con las sirenas activadas.

—… colocadas como formando una especie de símbolo…

Kolsø volvió a desaparecer. Munch miró con irritación a Olsen, que hablaba por teléfono, señalando con la mano hacia algo que estaba sucediendo junto a los cordones.

—No te oigo —dijo Munch.

—Una especie de estrella —continuó Kolsø.

—¿Qué?

—Una adolescente desnuda. El cuerpo está colocado en una posición extraña. Los ojos están abiertos de par en par. Hay un montón de plumas por aquí…

Kolsø desapareció de nuevo.

—No te entiendo —gritó Munch, y se metió el dedo en el oído otra vez.

—… Una flor.

—¿Qué?

—Alguien le ha metido una flor en la boca.

—¿Una qué?

—No te oigo bien —se escuchó la voz entrecortada de Kim—. Ahora bajo.

—Vale, estoy junto a… —dijo Munch al móvil, pero Kolsø ya había colgado. Munch negó con la cabeza y dio otra calada profunda al cigarrillo mientras Olsen, el coordinador de la operación, caminaba hacia él otra vez.

—Unos periodistas curiosos se han acercado demasiado, pero parece que por fin hemos conseguido acordonar toda la zona.

—Bien —dijo Munch—. ¿Habéis empezado a hacer las rondas por las casas de ahí arriba?

—Sí —contestó Olsen.

—¿Alguien ha visto algo?

—Todavía no me han comunicado nada.

—De acuerdo, procura que den una vuelta por el camping que hay más arriba, supongo que está cerrado a estas alturas del año, pero hay caravanas. Quién sabe, puede que tengamos suerte.

El coordinador asintió y desapareció.

Munch se calzó las botas altas y encontró un gorro en el bolsillo de la trenca. Tiró el pitillo y prendió otro con los dedos rojos y fríos; apenas fue capaz de encender el mechero. Joder, si hacía nada todavía era verano. No eran ni las cinco de la tarde y la oscuridad ya era impenetrable.

Kim apareció por la linde del bosque y se acercó a él con una expresión contrariada, detrás de una potente linterna.

—¿Ya estás preparado?

«¿Preparado?».

Kolsø estaba francamente irreconocible. Lo que había visto en el bosque le había afectado de una manera que preocupaba aún más a Munch.

—Sígueme de cerca. El terreno está quebrado de cojones, ¿vale?

Munch asintió con la cabeza y siguió a su colega, que normalmente era un hombre muy tranquilo, hacia el sendero que subía por el bosque.

6

 

 

 

Miriam Munch estaba delante de la puerta de un piso de la calle Møllergata, pensando en si debía pulsar el timbre o no.

El piso de Julie. Una de sus viejas amigas. Le había enviado varios SMS en los que le decía que tenía que ir a toda costa. Habían sido amigas íntimas unos años antes, en la época en la que solían frecuentar el Blitz y trabajaban de voluntarias en Amnistía Internacional, dos chicas jóvenes y rebeldes con toda la vida por delante y una fe firme en que merecía la pena protestar contra los más poderosos. Ahora todo aquello parecía pertenecer a un pasado lejano. A otra época. Una vida completamente diferente. Miriam suspiró y acercó el dedo lentamente al timbre, pero luego lo retiró. Se quedó reflexionando un poco más. Marion estaba en casa de la abuela y Rolf. Iba a pasar allí la noche. De hecho, iba a pasar allí todo el fin de semana después de su cumpleaños, había insistido en ello. Johannes estaba trabajando, como siempre, y no le apetecía mucho ir a casa, donde no había nadie, pero aun así le costaba llamar al timbre. No es que no estuviera acostumbrada a salir por ahí desde que había tenido a Marion, por Dios, tenía una vida social. Era otra cosa. Se miró los zapatos y le pareció que tenía una pinta cursi. Con esa falda y los zapatos de vestir. Ni se acordaba de la última vez en que se había puesto esa ropa. Había estado una hora delante del espejo en casa, probándose diferentes prendas, maquillándose, cambiando de idea, quitándose la ropa y el maquillaje. Acabó sentada en el sofá viendo la televisión y tratando de encontrar algo que la calmase de alguna manera, pero no había sido posible. Así que había vuelto a apagar la tele, se había maquillado de nuevo, había pasado un rato más delante del espejo con diferentes prendas, y ahora estaba aquí. Nerviosa como una adolescente, con un nudo en el estómago por primera vez en tanto tiempo que ni recordaba la última vez que le había sucedido.

«¿Qué andas haciendo?».

No podía comprenderlo. «Ella era feliz». Había repetido esta frase en su cabeza muchas veces a lo largo de las últimas semanas. «Eres feliz, Miriam». Tienes a Johannes. Tienes a Marion. Tienes la vida que quieres. Aun así no podía dejar de pensar en ello. Pensar en cosas que no debería. Lo había intentado, pero los pensamientos no querían desaparecer. Por las noches, con la cabeza descansando sobre la almohada antes de dormir. Por la mañana, en el momento en que se despertaba. Delante del espejo mientras se lavaba los dientes. Cuando acompañaba a Marion a la escuela y se despedía de ella junto a la gran puerta de hierro forjado. Los mismos pensamientos, una y otra vez, y esa imagen en la cabeza. Una cara. La cara. Siempre la misma cara.

«No, esto no es posible».

Ya se había decidido.

«Hasta aquí hemos llegado».

Inspiró y empezó a bajar las escaleras, cuando de repente se abrió la puerta detrás de ella y Julie salió.

—¿Miriam? ¿Adónde vas?

Parecía que su amiga ya había bebido bastante, agitaba una copa de vino en una mano y se reía en alto.

—Te he visto desde la ventana y he pensado que igual no encontrabas la puerta. Venga, entra, hay un montón de gente ya.

Julie levantó la copa de vino en un brindis e hizo un gesto a Miriam para que subiera.

—Me he equivocado de piso —mintió Miriam. Volvió a subir las escaleras lentamente y dio un abrazo a su amiga.

—Cariño —resopló Julie, y le plantó un beso en la mejilla—. Vamos, entra.

Su amiga de pelo corto, con la que había compartido todo hacía unos años, arrastró a Miriam al interior del piso y cerró la puerta de una patada.

—No hace falta que te quites los zapatos, vamos ya, quiero presentarte a todo el mundo.

Miriam, reticente, se dejó llevar hasta el salón, que se encontraba lleno. Había gente sentada en las ventanas, en los sofás, en las butacas y en el suelo, el pequeño piso estaba totalmente abarrotado. El espeso humo de tabaco y de otras sustancias menos legales llenaba la habitación, envolviendo las botellas y los vasos de todos los tipos y colores. Un chico joven con una cresta verde en la cabeza había secuestrado el equipo de música y acababa de poner un disco de los Ramones con el volumen tan alto que parecía que las paredes temblaban, y Julie tuvo que gritar para que la gente le prestara atención. Miriam habría preferido prescindir de esa atención, pero al final Julie lo consiguió.

—Vamos, Kyrre, tío. —Julie silbó—. Quita ese punk de aficionados.

Miriam, que estaba de pie en la puerta y cogida de la mano de su amiga, no dijo nada y, de repente, tuvo la sensación de estar demasiado arreglada y demasiado expuesta.

—Vamos, todo el mundo, escuchaaad —gritó Julie otra vez, cuando el chico de la cresta verde bajó el volumen a regañadientes—. Esta es mi vieja y querida amiga, Miriam. Se ha pasado al bando de los pijos, así que trata ...