Loading...

EL COLOR DE LA MAGIA (MUNDODISCO 1)

Terry Pratchett

4


Fragmento

EL COLOR DE LA MAGIA

En un lejano juego de dimensiones de segunda mano, en un plano astral ligeramente combado, las ondulantes nieblas estelares fluctúan y se separan.

Vamos...

La Gran Tortuga A’Tuin se acerca, nadando lentamente por el golfo interestelar, con los pesados miembros llenos de hidrógeno congelado, la enorme y viejísima concha llena de cráteres de meteoros. Con unos ojos del tamaño de mares, encostrados de lágrimas reumáticas y polvo de asteroides, Él contempla fijamente el Destino.

En una mente más grande que una ciudad, con lentitud geológica, Él piensa sólo en el Peso.

Por supuesto, la mayor parte del peso se debe a Berilia, Tubul, Gran T’Phon y Jerakeen, los cuatro elefantes gigantes sobre cuyos lomos y amplios hombros bronceados por las estrellas descansa el disco del mundo, enguirnaldado por una enorme catarata a lo largo de toda su circunferencia, y cubierto por la bóveda azul pálido del cielo.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Hasta ahora, la astropsicología no ha sido capaz de averiguar en qué van pensando.

La Gran Tortuga era una simple hipótesis, hasta que el pequeño y reservado reino de Krull, cuyas montañas se alzan junto a la mismísima Periferia, construyó una grúa con poleas junto al risco más escarpado. Sus habitantes hicieron bajar un receptáculo de latón con ventanas de cristal de cuarzo, para que algunos observadores echaran un vistazo a través de la cortina de niebla.

Cuando fueron izados de nuevo por grandes grupos de esclavos, los primeros astrozoólogos trajeron mucha información sobre la forma y naturaleza de A’Tuin y los elefantes, pero esto no resolvió las preguntas fundamentales sobre la naturaleza y propósito del Universo.

Por ejemplo, ¿cuál era en realidad el sexo de A’Tuin? Los astrozoólogos aseguraron, con apabullante autoridad, que no se obtendría respuesta para esta pregunta vital hasta que se construyera un sistema de grúas más potente para hacer bajar un receptáculo mayor al espacio profundo. Entretanto, sólo podían especular sobre el cosmos conocido.

Existía la teoría de que A’Tuin venía de la nada y seguiría arrastrándose a velocidad regular, con Paso Uniforme, hacia la nada, durante el resto de los tiempos. La mayoría de los intelectuales apoyaban esta teoría.

Una alternativa, sostenida sobre todo por los más religiosos, era que A’Tuin se arrastraba desde el Lugar de Nacimiento hacia el Momento de la Cópula, al igual que todas las estrellas del cielo que, evidentemente, también viajaban a lomos de tortugas gigantes. Cuando llegaran, copularían breve y apasionadamente por primera y única vez, y de tan ardiente unión nacerían nuevas tortugas que transportarían nuevos mundos. Se conocía esta hipótesis como Teoría del Big Bang.

Así estaban las cosas en aquel memorable atardecer, cuando un joven cosmoqueloniólogo, de la facción del Paso Uniforme, probando un nuevo telescopio con el que esperaba medir con precisión el albedo del ojo derecho del Gran A’Tuin, fue el primer extranjero en ver el humo provocado por el incendio en la ciudad más antigua del mundo.

Más tarde, aquella noche, se concentró tanto en sus estudios que olvidó el tema por completo. Pero el caso es que fue el primero.

Hubo otros...

El fuego rugía en la ciudad dividida de Ankh-Morpork. Al lamer el Distrito de los Magos, las llamas se tornaban azules y verdes, salpicadas incluso con chispas del octavo color, el octarino. Cuando se abrían paso entre las cubas y tiendas de aceite, en la calle del Mercado, progresaban en una serie de explosiones y estallidos deslumbrantes. En las calles de los fabricantes de perfumes, el humo era dulce. Cuando el fuego tocaba manojos de extrañas hierbas secas, en los almacenes de los drogueros, volvía locos a los hombres y les hacía hablar de Dios.

Para entonces, todo el centro de Morpork estaba iluminado. En la otra orilla del río, los ciudadanos de Ankh, más ricos y dignos, reaccionaban con valentía ante la situación demoliendo febrilmente los puentes. Pero las naves en los muelles de Morpork —cargadas de grano, algodón y madera, y cubiertas de alquitrán— ardían ya alegremente... y, una vez convertidas en cenizas las amarras, se acercaban decididamente a la otra orilla, empujados por la marea descendente, incendiando palacios y lujosas casitas, mientras pasaban como luciérnagas medio ahogadas en dirección al mar. En cualquier caso, las chispas cabalgaban a lomos del viento, para ir a posarse en la otra orilla, eligiendo preferentemente los jardines ocultos y patios remotos.

El humo del alegre incendio se elevaba a kilómetros de altura, en una columna negra esculpida por el viento, que se podía divisar desde todo el Mundodisco.

Desde luego resultaba impresionante desde la oscura y fría colina, a pocas leguas, donde dos figuras contemplaban el incendio con auténtico interés.

El más alto de los dos mordía de cuando en cuando un muslo de pollo, y se apoyaba sobre una espada poco más baja que un hombre de estatura media. Sólo cierto aire de inteligencia cautelosa le salvaba de parecer un bárbaro de las heladas llanuras del Eje.

Su compañero era mucho más bajo, y se envolvía de la cabeza a los pies en una capa marrón. Más tarde, cuando tenga ocasión de caminar, veremos que sus movimientos son ligeramente felinos.

Ninguno de los dos había pronunciado más allá de un par de palabras en los últimos veinte minutos, a excepción de una disputa breve e inconclusa sobre si determinada explosión, particularmente llamativa, había tenido lugar en el almacén de aceite o en el taller de Kerible el Hechicero. Incluso apostaron dinero al respecto.

Ahora, el hombretón había terminado de roer el hueso, y lo tiró a la hierba con una sonrisa pesarosa.

—Se acabaron esos pequeños callejones —dijo—. La verdad, me gustaban.

—Y todos los tesoros... —comentó el pequeño—. Me pregunto si las piedras preciosas arderán. Dicen que son una especie de carbones —añadió pensativo.

—¡Todo el oro fundido, deslizándose por las zanjas...! —siguió su compañero, ignorándole—. ¡Y todo ese vino hirviendo en los barriles...!

—Había ratas —señaló el de marrón.

—¡Y qué ratas!

—En pleno verano, no se podía vivir ahí.

—Eso encima. Pero no se puede evitar sentir, aunque sea por un momento...

Se detuvo.

—Le debíamos ocho piezas de plata al viejo Fredor, el de La Sanguijuela Escarlata —siguió, ya más animado.

El hombrecillo asintió.

Guardaron silencio un rato, mientras toda una nueva serie de explosiones trazaba una línea roja a través de una hasta entonces oscura sección de lo que fuera la ciudad más grande del mundo. Luego, el más alto se movió, inquieto.

—¿Comadreja?

—¿Sí?

—¿Quién lo habrá iniciado?

El espadachín menudo, al que llamaban Comadreja, no dijo nada. Observaba el camino bajo la luz rojiza. Muy pocos viajeros habían pasado por allí desde que la Puerta Deosil fuera una de las primeras en derrumbarse entre una lluvia de brasas al rojo blanco.

Pero, ahora, subían dos figuras. Los ojos de Comadreja, siempre más agudos en la penumbra o a media luz, distinguieron las formas de dos hombres a caballo, seguidos por una especie de animal más bajo. Se trataría sin duda de algún rico mercader, que huía con todos los tesoros sobre los que había conseguido poner sus manos frenéticas. Comadreja se lo dijo a su compañero, que suspiró.

—Lo de salteadores de caminos no nos pega —dijo el bárbaro—. Pero, como tú bien dices, corren tiempos duros, y esta noche no tendremos camas calientes.

Se cambió la espada de mano. Cuando el jinete más adelantado estuvo cerca, saltó a la carretera, alzó un brazo y compuso una sonrisa cuidadosamente calculada para resultar tranquilizante y amenazadora a la vez.

—Disculpe, señor... —empezó a decir.

El jinete tiró de las riendas y se echó hacia atrás la capucha. El hombretón pudo ver un rostro salpicado de quemaduras superficiales y restos de una barba chamuscada. Hasta las cejas habían desaparecido.

—Quita de en medio —dijo el rostro—. Eres Bravd el Ejeño,* ¿no?

Bravd comprendió que le habían quitado la iniciativa.

—¿No me has oído? Aparta —insistió el jinete—. Ahora no puedo perder tiempo contigo, ¿entiendes?

Miró a su alrededor.

—Y eso va también por ese saco de pulgas que tienes por compañero, se esconda donde se esconda. Sí, por ese que adora la oscuridad.

Comadreja se acercó al caballo y observó atentamente la desaliñada figura.

—Vaya, vaya, ¿a quién tenemos aquí? Rincewind, el mago, ¿no? —dijo como si estuviera encantado, mientras archivaba en la memoria la descripción que de él acababa de hacer el mago, para cuando llegara el momento de la venganza—. Me pareció reconocer tu voz.

Bravd escupió y guardó la espada en la vaina. Rara vez valía la pena atracar a un mago. No solían llevar ningún tesoro digno de tal nombre.

—Demasiado fanfarrón para ser un mago de tercera —murmuró.

—No me has comprendido bien —dijo el mago con voz fatigada—. En cualquier otro momento, me darías tanto miedo que me temblarían las rodillas, pero es que ahora tengo una sobredosis de terror. No te preocupes; cuando lo supere, tendré tiempo de asustarme convenientemente de ti.

Comadreja señaló la ciudad en llamas.

—¿Has pasado por ahí? —inquirió.

El mago se frotó los ojos con una mano enrojecida.

—Estaba ahí cuando empezó. ¿Veis a ése, al de atrás?

Señaló hacia detrás, más abajo, al tramo de camino por donde todavía se aproximaba su compañero. Éste había optado por un método de monta que implicaba caerse de la silla cada pocos segundos.

—¿Y? —preguntó Comadreja.

—Él lo inició —respondió sencillamente Rincewind.

Bravd y Comadreja observaron la figura, que cabalgaba torpemente por el camino con un pie en un estribo.

—Un incendiario, ¿eh? —dijo al fin Bravd.

—No —respondió Rincewind—. No exactamente. Digamos sólo que, si se organizara el caos más completo, este tipo se subiría a una colina bajo una tormenta de truenos, con una armadura de cobre empapada, gritando «¡Todos los dioses son unos bastardos!». ¿Tenéis algo de comer?

—Hay un poco de pollo —dijo Comadreja—. A cambio de la historia.

—¿Cómo se llama? —preguntó Bravd, que tenía tendencia a quedarse atrás en las conversaciones.

—Dosflores.

—¿Dosflores? —se extrañó Bravd—. ¡Qué nombre tan raro!

—Y no sabes ni la mitad —replicó Rincewind, desmontando—. ¿Has dicho que hay pollo?

—Picante —asintió Comadreja.

El mago gimió.

—Eso me recuerda —añadió Comadreja, chasqueando los dedos— que hubo una explosión muy fuerte, hace una... bueno, pongamos una media hora...

—Fue cuando voló por los aires el viejo almacén de aceite —respondió Rincewind, estremeciéndose ante el recuerdo de la lluvia ardiente.

Comadreja se dio media vuelta y sonrió expectante a su compañero, que gruñó, sacó una moneda de la bolsa y se la tendió. Entonces, les llegó un grito desde el camino, un grito que se cortó bruscamente. Rincewind ni siquiera levantó la vista de su ración de pollo.

—Una de las muchas cosas que no sabe hacer es montar a caballo —dijo.

De repente, se puso rígido, como si acabara de recordar algo. Dejó escapar un breve chillido de pánico, se levantó bruscamente y se perdió en la oscuridad. Cuando volvió, llevaba al llamado Dosflores colgando inerte de un hombro. Era un tipo delgado y menudo. Vestía ropas extrañas: unos pantalones hasta la rodilla y una camisa de colores tan vivos y enfrentados, que los sensibles ojos de Comadreja se sintieron ofendidos incluso en aquella penumbra.

—Parece que no se ha roto nada —suspiró Rincewind.

El mago jadeaba. Con un leve gesto, Bravd indicó a Comadreja que fuera a investigar la forma que había supuesto era un animal de carga para los bultos.

—Será mejor que no lo intentes —dijo el mago, mientras examinaba al inconsciente Dosflores y sin levantar la vista—. Créeme. Lo protege un poder.

—¿Un hechizo? —preguntó Comadreja, volviendo a sentarse y cruzando las piernas.

—¡Nooo! Pero creo que es algún tipo de magia. No de la acostumbrada. Quiero decir, puede transformar el oro en cobre, al tiempo que sigue siendo oro; enriquece a los hombres destruyendo sus propiedades, permite que el débil camine sin temor entre ladrones, y traspasa las puertas más fuertes para apoderarse de los tesoros más protegidos. Ahora mismo, me tiene esclavizado para que siga a este loco de buena o mala gana, y le proteja de todo daño. Es más fuerte que tú, Bravd. Y creo que es más astuto incluso que tú, Comadreja.

—¿Y cómo se llama esa poderosa magia?

Rincewind se encogió de hombros.

—En nuestro idioma la denominamos sonidore-flejado-de-espíritus-subterráneos. ¿Hay vino?

—Sabes que no me faltan mañas en los asuntos de magia —señaló Comadreja—. Sin ir más lejos, el año pasado, con la ayuda de mi amigo aquí presente, despojé al famoso Archimago de Ymitury de su cayado, su cinturón de joyas de luna y de su vida, más o menos en ese orden. No me da miedo ese sonido-reflejado-de-espíritus-subterráneos del que hablas. De todos modos —añadió—, has conseguido interesarme. ¿Por qué no me cuentas más?

Bravd miró la forma que se movía por el camino. Ya estaba más cerca, y se veía mejor con la luz previa al amanecer. Tenía un extraño parecido con...

—¿Una caja con patas? —dijo.

—Os lo contaré todo al respecto —aseguró Rincewind—. Si tenéis vino, claro.

Abajo, en el valle, se oían rugidos y silbidos. Alguna persona más razonable que el resto había ordenado que se cerraran las grandes esclusas del río, en el punto donde el Ankh salía de la ciudad dividida. Privado de su cauce habitual, el río había inundado las orillas, y se vertía ahora por las calles asoladas por el fuego. Pronto el continente de llamas se convirtió en una serie de islas, que se empequeñecían a medida que avanzaba la oscura marea. Sobre la ciudad, el humo y el vapor se alzaban en una espesa nube que ocultaba las estrellas. Comadreja pensó que parecía un champiñón gigantesco, quizá un hongo.

La ciudad doble, con la orgullosa Ankh y la pestilente Morpork, de cuya forma preincendio son simple reflejo todas las demás ciudades del espacio y el tiempo, había soportado muchos asaltos en su larga y populosa historia, y siempre consiguió florecer de nuevo. Así que el incendio y la subsiguiente inundación, que destruyó todo lo que no era inflamable y añadió una corriente particularmente ruidosa a los problemas de los supervivientes, no señaló su fin. Más bien fue un ardiente punto y seguido, una carbonizada coma, o bien un punto y coma al rojo en su historia.

Muchos días antes de los acontecimientos que acabamos de relatar, un barco subió por el río Ankh con la marea del amanecer. Atracó entre muchos otros, en el laberinto de fondeaderos y muelles de la orilla de Morpork. Llevaba un cargamento de perlas rosa, nueces de leche y piedra pómez, algunas cartas oficiales para el Patricio de Ankh... y un hombre.

El hombre fue el que atrajo la atención de Hugh el Ciego, uno de los mendigos de guardia aquella mañana en Muelle Perla. Dio un codazo en las costillas de Wa el Tullido, y señaló al hombre sin decir palabra.

Ahora el extranjero estaba al lado del muelle, observando cómo varios marineros esforzados bajaban por la pasarela un gran cofre con cantos de latón. Junto a él había otro hombre: evidentemente, el capitán del barco. Los marineros tenían el aspecto del que espera un enriquecimiento inminente, y todos los nervios de Hugh el Ciego, que tendía a vibrar incluso ante la presencia de una diminuta cantidad del oro más impuro a cincuenta pasos, hicieron sonar una alarma mental.

Cierto; cuando el cofre quedó en el muelle, el extranjero rebuscó en su bolsa, y se divisó el brillo de una moneda. De muchas monedas. De oro. Hugh el Ciego, con el cuerpo temblando como la vara de un zahorí en presencia de agua, silbó para sí mismo. Dio otro codazo a Wa, y le hizo alejarse rápida y discretamente por un callejón cercano, en dirección al centro de la ciudad.

Cuando el capitán volvió al barco, dejando al extranjero con gesto despistado al lado del muelle, Hugh el Ciego sacó a relucir su taza de mendigo y echó a andar por la calle con una sonrisa congraciante. En cuanto le vio, el extranjero empezó a rebuscar rápidamente en su bolsa.

—Buenos días tengas, señor —empezó a decir Hugh el Ciego.

... Y se encontró frente a frente con una cara que tenía cuatro ojos, en vez de dos. Se dio la vuelta para salir corriendo.

El extranjero soltó una exclamación, agarrándole por el brazo.

Hugh era consciente de que, junto a la barandilla del barco, los marineros se estaban riendo de él. Al mismo tiempo, sus sentidos superespecializados detectaron una superpoderosa impresión de dinero. Se detuvo en seco. El extranjero le soltó, para pasar rápidamente las páginas de un librito negro que se había sacado del cinturón.

—Hola —dijo tras un rato.

—¿Qué? —se sorprendió Hugh.

El hombre le miró sin comprender.

—Hola —repitió, más alto de lo necesario, y tan cuidadosamente que Hugh casi pudo oír las letras encajando una a una en su sitio.

—Pues hola —respondió.

La sonrisa del extranjero se hizo aún más amplia, y rebuscó de nuevo en su bolsa. Esta vez, cuando sacó la mano, llevaba en ella una gran moneda de oro. De hecho, era un poco mayor que la corona ankhiana de ocho mil dólares. Aunque el diseño de la moneda no le resultaba familiar, hablaba un idioma que Hugh comprendía a la perfección. «Mi actual propietario —decía— necesita algo de ayuda. ¿Por qué no se la ofreces, para que tú y yo podamos irnos por ahí a pasarlo bien?»

Los sutiles cambios en la postura del mendigo tranquilizaron mucho al extranjero, que consultó de nuevo el librito.

—Deseo que me lleve a un hotel, casa de huéspedes, posada, hospedería, albergue —dijo.

—¿A cuál de todos? —se sorprendió Hugh, al que había tomado desprevenido.

El extranjero hizo un gesto dubitativo.

Hugh era consciente de que una pequeña multitud de pescaderas, buscadores de conchas y curiosos les observaban con interés.

—Mire —dijo rápidamente—, conozco una buena taberna. ¿Le basta con eso?

Le recorrió un escalofrío ante la idea de que la moneda de oro escapara de su vida. Se quedaría con ésa, aunque Ymor confiscase todas las demás. Además, decidió Hugh, el gran cofre que transportaba el equipaje del recién llegado parecía también lleno de oro.

El hombre de cuatro ojos consultó el libro.

—Deseo que me lleve a un hotel, casa de huéspedes, posada, hospedería...

—Sí, vale, vale. Vamos —se apresuró a responder Hugh.

Cogió uno de los bultos y echó a andar rápidamente. Tras un momento de duda, el extranjero le siguió.

Una riada de ideas se abrió camino por la mente de Hugh. Arrastrar tan fácilmente al extranjero hasta el Tambor Roto era sin duda un golpe de suerte, y probablemente, Ymor le recompensaría. Pero, pese al aspecto inofensivo de su nuevo conocido, algo intranquilizaba a Hugh, y ni por su vida podía imaginar qué era. Por muy raros que resultasen, no se trataba de los dos ojos de más. Era otra cosa. Echó un vistazo atrás.

El hombrecillo caminaba tranquilamente por el centro de la calle, mirando a su alrededor con una expresión de auténtico interés.

Y lo que Hugh vio tras él le hizo estremecerse.

El enorme cofre de madera que viera por última vez descansando sólidamente al lado del muelle, pisaba los talones de su amo con un suave trotecillo regular. Muy despacio, por si acaso un movimiento repentino le hacía perder el escaso control que le quedaba sobre sus propias piernas, Hugh se inclinó suavemente para echar un vistazo bajo el cofre.

Tenía cientos de patitas.

Lenta, muy lentamente, Hugh se dio la vuelta y siguió caminando hacia el Tambor Roto.

—¡Qué extraño! —dijo Ymor.

—Y llevaba un gran cofre de madera —añadió Wa el Tullido.

—Tiene que ser un mercader, o un espía —aseguró Ymor.

Arrancó un trozo de carne de la chuleta que tenía en la mano, y lo lanzó al aire. No había alcanzado el cenit de su arco, antes de que una forma negra surgiera de las sombras de un rincón del techo y bajara en picado, atrapando la carne en el aire.

—Un mercader o un espía —repitió Ymor—. Preferiría que fuese un espía. Los espías valen el doble, porque luego, cuando los entregamos, suele haber una recompensa. ¿Tú qué opinas, Whitel?

Frente a Ymor, el segundo ladrón más importante de Ankh-Morpork entrecerró su único ojo y se encogió de hombros.

—He investigado la nave —dijo—. Es un barco mercante libre. A veces hace la travesía a las islas Marrones. Los habitantes de allí son salvajes. No saben lo que es un espía, y supongo que se comen a los mercaderes.

—Tiene un cierto aire de mercader —contribuyó Wa—. Pero no está gordo.

Se oyó un ruido de alas junto a la ventana. Ymor levantó su mole de la silla, cruzó la habitación y volvió con un gran cuervo. Cuando le quitó de la pata la cápsula con el mensaje, el animal voló para reunirse con sus compañeros entre las vigas. Whitel lo miró sin el menor afecto. Los cuervos de Ymor eran famosos por la lealtad hacia su amo, hasta el punto de que el intento de Whitel de obtener un ascenso y adquirir el rango de ladrón más importante de Ankh-Morpork le había costado la mano derecha y el ojo izquierdo. Pero no la vida; Ymor nunca culpaba a un hombre por ser ambicioso.

—BI2 —comentó Ymor, echando a un lado el pequeño cilindro y desenrollando el menudo documento del interior.

—Gorrin el Gato —respondió automáticamente Whitel—. Está de guardia junto a la Torre del Gong, en el Templo de los Dioses Menores.

—Dice que Hugh ha llavado a nuestro extranjero al Tambor Roto. Bueno, no está mal. Broadman es... amigo nuestro, ¿verdad?

—Sí —asintió Whitel—. Si sabe lo que le conviene.

—Tu hombre, Gorrin, ha estado entre sus clientes —siguió Ymor con tono animado—, porque dice algo sobre una caja con patas, si estoy descifrando correctamente sus garabatos.

Miró a Whitel por encima del papel.

Whitel apartó la vista.

—Se le disciplinará —aseguró simplemente.

Wa observó al hombre que se inclinaba en su silla, vestido de negro, tan imperturbable como un puma de la Periferia en su rama de la selva, y supo que Gorrin, el encargado de la vigilancia desde el Templo de los Dioses Menores, se reuniría pronto con esas deidades en las múltiples dimensiones del Más Allá. Y le debía a Wa tres monedas de cobre.

Ymor arrugó la nota y la arrojó a un rincón.

—Creo que nos daremos una vuelta por el Tambor Roto algo más tarde, Whitel. Y quizá incluso probemos esa cerveza que tanto gusta a tus hombres.

Whitel no dijo nada. Ser la mano derecha de Ymor era como si te azotaran amablemente hasta la muerte con cordones perfumados de zapatos.

La ciudad dividida de Ankh-Morpork era la más importante de todas las que bordeaban el Mar Circular. También era hogar de un buen número de bandas, gremios de ladrones, sindicatos y otras organizaciones por el estilo. Ésta era una de las razones de su prosperidad y riqueza. La mayoría de las personas humildes de la orilla Levo del río, en los laberínticos callejones de Morpork, complementaba sus magros ingresos desempeñando algún que otro puesto sin importancia para las diferentes bandas enfrentadas. Tanto era así que, cuando Hugh y Dosflores entraron en el patio del Tambor Roto, los jefes de buena parte de las bandas ya sabían que había llegado a la ciudad alguien que parecía tener un tesoro. Los informes de los espías más observadores incluían detalles sobre un libro que contaba al extranjero lo que tenía que decir, y de una caja que andaba sola. Estos hechos se descartaron inmediatamente. Ningún mago capaz de tales hechizos se acercaría a dos kilómetros de los muelles de Morpork.

Todavía era la hora en que la mayor parte de los ciudadanos se acababa de levantar o estaba a punto de meterse en la cama, así que había poca gente en el Tambor Roto para ver a Dosflores bajar por la escalera. Cuando el Equipaje apareció tras él, y empezó a descender confiadamente peldaño a peldaño, los clientes sentados junto a las toscas mesas de madera clavaron miradas de sospecha en sus vasos como un solo hombre.

Broadman estaba echando una bronca al pequeño troll que barría el bar cuando el trío pasó junto a él.

—¿Qué demonios es eso? —quiso saber.

—¡No hagas ningún comentario! —siseó Hugh.

Dosflores ya estaba pasando las hojas del libro.

—¿Qué hace éste con el libro? —preguntó Broadman, con los brazos en jarras.

—Le cuenta lo que tiene que decir. Ya sé que parece ridículo —murmuró Hugh.

—¿Cómo puede un libro contar a un hombre lo que debe decir?

—Deseo alojamiento, habitación, hospedaje, casa de huéspedes, pensión completa, ¿están limpias las habitaciones, una habitación con vistas, cuál es la tarifa por noche? —dijo Dosflores, sin pararse a respirar ni una vez.

Broadman miró a Hugh. El mendigo se encogió de hombros.

—Tiene mucho dinero —aseguró.

—Entonces, dile que serán tres monedas de cobre. Y esa Cosa tendrá que quedarse en los establos.

El extranjero hizo un ademán dubitativo.

Broadman alzó tres gruesos dedos enrojecidos, y el rostro del hombrecillo se iluminó repentinamente con la luz de la comprensión. Rebuscó en su bolsa y puso tres grandes monedas de oro en la mano de Broadman.

Broadman las contempló. Representaban aproximadamente cuatro veces el valor del Tambor Roto, personal incluido. Miró a Hugh. No podía esperar ayuda de él. Miró al extranjero. Tragó saliva con dificultad.

—Sí —dijo con una voz extrañamente aguda—. Y luego están las comidas, claro. Eh... comprendes, ¿no? Comidas. Tú comer. ¿No?

Hizo los gestos apropiados.

—¿Coer? —inquirió el hombrecillo.

—Algo así —respondió Broadman, que empezaba a sudar—. Anda, échale un vistazo al librito.

El extranjero abrió el libro y recorrió una página con el dedo. Broadman, que podía leer con cierto esfuerzo, atisbó la página por encima. Lo que vio no tenía sentido.

—Comeeer —dijo el hombrecillo—. Sí. Chuletas, salpicón, estofado, picadillo, ragú, fricandó, hamburguesa, tajada, souflé, pastel de fruta, manjar, sorbete, cereales, salsa, sin salsa, con guarnición, las alubias no me gustan, golosinas, mermelada, jamón. Menudillos de pollo.

Miró al tabernero.

—¿Todo eso? —preguntó débilmente Broadman.

—Siempre habla así —afirmó Hugh—. No me preguntes por qué. Simplemente, lo hace.

Todos los ojos de la habitación estaban clavados en el extranjero..., excepto el par perteneciente a Rincewind el mago, que estaba sentado en el rincón más oscuro de la sala, con una pequeña jarra de cerveza entre las manos.

Estaba mirando el Equipaje.

Observad a Rincewind.

Observadle. Huesudo y larguirucho, como la mayoría de los magos, y envuelto en una túnica color rojo oscuro que lleva unos cuantos signos cabalísticos místicos bordados en lentejuelas oxidadas. Cualquiera le habría tomado por un simple aprendiz de hechicero que había escapado de su maestro por rebeldía, aburrimiento, miedo o un gusto persistente por la heterosexualidad. Pero lleva al cuello la cadena con el octágono de bronce que le señala como alumno de la Universidad Invisible, cuyo campus trascendía el espacio y el tiempo, y nunca estaba exactamente Aquí o Allá. Los graduados solían salir como auténticos magos, pero Rincewind —tras un desafortunado acontecimiento— abandonó las aulas sabiendo sólo un hechizo, y ahora sobrevive en la ciudad explotando su talento innato para los idiomas. Evita trabajar por cuestión de principios, pero tiene un ingenio rápido que deja las mentes de sus conocidos a la altura de la de un roedor avispado. Y reconoce ...