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EL COMENSAL (CABALLO DE TROYA 2015, 6)

Gabriela Ybarra

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Fragmento

Nota previa

Esta novela es una reconstrucción libre de la historia de mi familia, sobre todo la primera parte, que transcurre en el País Vasco en la primavera de 1977, seis años antes de que yo naciera. Durante los meses de mayo y junio de aquel año secuestraron y asesinaron al padre de mi padre: mi abuelo Javier. Escuché por primera vez la historia a los ocho años. Un compañero de clase en el colegio, nieto del fiscal que había llevado el caso, me explicó cómo su abuelo pescó el cadáver del mío en la ría del Nervión con una red traíña, del tipo que usan los gallegos para capturar boquerones. Años más tarde, la nieta de un médico forense, compañera de clase en otro colegio, me confesó que su abuelo había diseccionado el cuerpo del mío después de que lo encontraran atado de pies y manos y arrollado por un tren cerca de la estación de Larrabasterra. Durante muchos años tomé las dos historias por ciertas y las mezclé con conversaciones escuchadas en casa hasta elaborar una versión propia. Pero en julio de 2012 sentí la necesidad de profundizar en los detalles del asesinato de mi abuelo. Mi madre había fallecido hacía casi un año, y a raíz de su enfermedad, mi padre había empezado a hablar de la muerte de forma extraña. Sospeché que el secuestro podía tener algo que ver. Metí el nombre de mi abuelo en Google y visité hemerotecas. Tomé muchas notas sobre lo que leí: transcripciones literales de noticias y reacciones. Pero las escenas que imaginaba terminaron filtrándose en mi crónica. Lo que cuento en las siguientes páginas no es una reconstrucción exacta del secuestro de mi abuelo ni lo que realmente le ocurrió a mi familia antes, durante y después de la enfermedad de mi madre: los nombres de algunos personajes están cambiados y varios pasajes son fabulaciones a partir de anécdotas. A menudo, imaginar ha sido la única opción que he tenido para intentar comprender.

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PRIMERA PARTE

I

Cuentan que en mi familia siempre se sienta un comensal de más en cada comida. Es invisible, pero está ahí. Tiene plato, vaso y cubiertos. De vez en cuando aparece, proyecta su sombra sobre la mesa y borra a alguno de los presentes.

El primero en desaparecer fue mi abuelo paterno.

La mañana del 20 de mayo de 1977 Marcelina puso un hervidor de agua en el fuego. Aprovechando que el líquido todavía estaba en reposo, cogió un plumero y comenzó a desempolvar la porcelana. Un piso más arriba, mi abuelo entraba en la ducha, y al fondo del pasillo, en donde las puertas formaban una U, descansaban los tres hermanos que aún vivían en la casa. Mi padre ya no vivía ahí, pero en una escala entre Nueva York y otro destino había decidido acercarse a Neguri para pasar unos días con su familia.

Cuando sonó el timbre Marcelina estaba lejos de la entrada. Mientras pasaba su plumero por un jarrón chino escuchó que alguien gritaba desde la calle: «¡Ha habido un accidente, abran la puerta!», y corrió hasta la cocina. Miró un instante el hervidor, que ya había empezado a silbar, y deslizó el cerrojo sin asomarse a la mirilla. Al otro lado del umbral, cuatro enfermeros encapuchados se presentaron abriendo sus batas para mostrar las metralletas.

«¿Dónde está don Javier?», dijo uno. Sacó un arma y apuntó a la chica para que les indicara el camino hasta mi abuelo. Dos hombres y una mujer subieron por las escaleras. El cuarto se quedó abajo, vigilando la entrada de la casa y revolviendo papeles.

Mi padre se despertó al sentir algo frío rozándole la pierna. Abrió los ojos y se encontró a un hombre levantando su sábana con el cañón de un arma. Al fondo de la habitación, una mujer repetía que estuviera tranquilo, que nadie le iba a hacer daño. Después la chica avanzó despacio hasta la cama, agarró sus muñecas y las esposó al cabecero. El hombre y la mujer salieron del cuarto, dejando a mi padre solo, maniatado, con el torso descubierto y la cabeza girada hacia arriba.

Pasaron treinta segundos, un minuto, tal vez más. Tras un lapso de duración indefinida, los encapuchados volvieron a entrar en el cuarto. Pero esta vez no venían solos; junto a ellos aparecieron dos de mis tíos varones y mi tía pequeña.

Mi abuelo seguía en la ducha cuando oyó que alguien gritaba y aporreaba la puerta. Cerró el agua, y como los ruidos no cesaban, se enroscó una toalla y asomó la cabeza al pasillo para ver lo que ocurría. Un hombre con el rostro cubierto metía el revés de su codo en la boca de Marcelina; con la mano contraria sujetaba la metralleta que apuntaba al hueco de la puerta abierta. El hombre entró en el baño y se sentó sobre la taza. Agarró a la asistenta por la falda y la obligó a arrodillarse sobre un charco en el suelo. A escasos centímetros, mi abuelo trataba de arreglarse frente al reflejo del arma. Se peinó y se engominó, pero los dedos le temblaban y no pudo trazar recta la raya que atravesaba su cabeza. Al terminar salió del baño, cogió un rosario, unas gafas, un inhalador y un misal. Se anudó la corbata y a punta de metralleta caminó hasta la habitación en la que se encontraban sus hijos.

Los cuatro hermanos lo esperaban maniatados sobre la cama, mirando cómo una mujer sostenía las muñecas de Marcelina. En el silencio se oía el silbido del hervidor.

Cuando terminó de esposar a la asistenta, la mujer bajó a la cocina, colocó el recipiente sobre la encimera y apagó el fogón. Mientras, en el piso de arriba, sus compañeros reorganizaban a los rehenes. Primero les hicieron moverse hacia los lados de la cama hasta dejar un hueco. Luego arrancaron la corbata del cuello de mi abuelo y lo sentaron en el medio.

El más corpulento de los hombres sacó una cámara de una bolsa de cuero negro que colgaba de su cintura y abrió el pasamontañas a la altura del ojo para asomarse al visor, pero ni mi padre, ni mis tíos ni mi abuelo lo miraban. El encapuchado chascó un par de veces los dedos para captar su atención, y cuando al fin lo logró, apretó el botón tres veces.

* * *

Un punto que aún no ha sido aclarado es el paradero de las fotos que hicieron a la familia los secuestradores y las tres instantáneas de Ybarra que se llevaron al abandonar la casa.

«Estoy en disposición de asegurar», afirmaba uno de los hijos, «que no hemos recibido ninguna de las tres imágenes de mi padre como prueba. No sabemos qué habrá sido de ellas, y tampoco de las fotos que nos tomaron a la familia con mi padre momentos antes de llevárselo. En éstas aparecemos los hijos que entonces estábamos en la casa, con él, en grupo y despidiéndonos antes de partir.»

El País, viernes 24 de junio de 1977

* * *

El monte Serantes estaba cubierto por una niebla densa y pesada que se descomponía en chubascos. Los torrentes bajaban por la ladera hasta la ría del Nervión, que poco a poco se iba llenando como una bañera. Su cauce no se desbordó, pero sí lo hizo el del Gobela, un río que fluía muy cerca de la casa de mi abuelo. En la avenida de los Chopos el agua invadía la calle, cubría las aceras y entraba con violencia en los garajes. Las luces de algunos coches se encendían solas. Desde dentro de la casa la lluvia se oía fuerte, como si alguien estuviera tirando mendrugos de pan contra los cristales. Afuera había varias vías cortadas: Bilbao-Santander a la altura de Retuerto, Neguri-Bilbao por el valle de Asúa y Neguri-Algorta.

A partir de las ocho y cuarto de la mañana los coches se amontonaron en los accesos al centro de Bilbao formando un tapón de dieciocho kilómetros que se extendía hasta Getxo. Por todo Vizcaya se escuchaba la lluvia, los coches y el chocar de los limpiaparabrisas contra las lunas. Mi abuelo estaba encerrado en el maletero de un SEAT 1430 familiar que huía lento. En la parte delantera estaban dos de los secuestradores con la radio encendida. Nadie sabía aún nada. Todavía sonaba «Y te amaré» de Ana y Johnny entre la información sobre el tráfico y las noticias.

* * *

Los artículos en los días que siguen al secuestro son poco elaborados y breves. El primer reportaje a fondo que encuentro se publicó el 25 de mayo de 1977 en el suplemento «Blanco y Negro» del diario ABC. Se titula «Lo más que me pueden hacer es darme dos tiros». Pocas líneas más abajo hay una columna con un encabezado que dice: «Esposas de marca francesa».

* * *

Cuando mi padre pisó los charcos del jardín aún no había conseguido deshacerse de las esposas. Al llegar a la verja, golpeó la puerta hacia fuera con un hombro y salió a la calle. El agua bajaba desbocada por el asfalto. Mi padre analizó la acera, la farola, los arbustos y el pelo empapado de una señora cargada con la compra que se paró a su izquierda. La mujer apoyó las bolsas en el suelo para cubrir su cabeza y lo saludó. Él le contestó educado, pero escueto, y siguió andando y mojándose hasta que se detuvo frente a una casa con muros de piedra y setos que se agitaban entre las verjas. Tocó el timbre. Dijo: «Hola, soy el vecino de la casa de al lado, ¿puedo usar el teléfono?». Se escuchó un zumbido, la puerta tembló y una asistenta con moño lo invitó a pasar. La chica lo guió hacia el interior de la casa, se paró frente a un teléfono color hueso que colgaba de la pared y le tendió el auricular. Al ver las esposas hizo un gesto raro con la boca y se santiguó. Mi padre, chorreando y sin mirarla, marcó rápido el número de la policía. Dijo su nombre, su apellido, su ubicación y resumió lo ocurrido aquella mañana. Luego se calló para escuchar al agente. La asistenta tenía los ojos tirantes, como su moño. Mi padre, por el contrario, parecía sereno.

* * *

Antes de marcharse, los asaltantes avisaron a mis tíos de que no podrían denunciar el secuestro hasta el mediodía. A las doce menos cuarto, dos de los hermanos lograban soltarse de los barrotes de la cama. A las doce y media llegaba la policía y unos quince minutos más tarde, la prensa.

Los agentes liberaron primero a las mujeres. Luego siguieron con mi tío menor, quien, al verse libre, bajó corriendo al jardín a gritar el nombre de mi abuelo entre las hortensias. Mi padre atendía a los periodistas en el porche. Los reporteros colocaban las grabadoras bajo su mentón y él decía: «Se han portado con total corrección. Hemos estado todo el tiempo muy tranquilos».

A medida que se acercaba la hora de la comida llegaban más policías y periodistas. También fueron apareciendo el resto de los hermanos y algunos primos. El hermano mayor miraba hacia el fondo de la carretera. Mientras, el pequeño seguía en el jardín buscando a mi abuelo entre las hortensias.

* * *

El más grande tenía los ojos azules y vestía anorak verde y pantalones vaqueros. El segundo, moreno y delgado, llevaba una camisa a cuadros en tonos oscuros. La mujer, espigada, llevaba un chubasquero de color butano. El cuarto, de estatura media, no se quitó la bata blanca de enfermero en todo el tiempo que permaneció en la casa. Las edades de los cuatro asaltantes estaban comprendidas entre los veinte y los veinticinco años.

Blanco y Negro, sábado 25 de mayo de 1977

A continuación aparecen dos imágenes de mi padre con las esposas de aluminio de marca francesa: Peripedose.

Imagen

II

El viento entró por la puerta de servicio rodeando los fuegos de la cocina y golpeando las ...