Loading...

EL CORAZóN DE LA BESTIA

Brie Spangler

0


Fragmento

imagen

Una historia de amor transgénero.

Nadie está a gusto en su propio cuerpo. Pero Dylan siente que el suyo es demasiado. Demasiado alto, demasiado peludo, demasiado grande.

En terapia conocerá a Jamie y, por primera vez en su vida, encajará. Ella le mira como nadie lo ha hecho antes. Y cuando él la mira, ve en ella todo lo que siempre ha querido. En cambio los demás, cuando miran a Jamie, ven algo completamente distinto.

Y cuando la presenta como «su chica», sus amigos se ríen. Demasiado.

¿Somos lo que ven los demás? ¿O somos lo que queremos ser?

Sigue el hashtag #corazónbestia

Si quieres saber más sobre imagen síguenos en:

imagen ellasdemontena

Recibe antes que nadie historias como ésta

imagen @ellasdemontena

Encontrarás más información de todas nuestras novedades, noticias de nuestros autores, compartirás opiniones con otros lectores y muchas sorpresas más.

Para Matt,

porque lo quise dejar incluso más veces

que palabras hay en este libro, y tú siempre me dijiste:

«Sigue escribiendo»

1

No sé qué habrá caído primero, si la pelota o yo.

En teoría, ha sido la pelota porque se ve que yo, pobre de mí, un puro amasijo de fibra y músculo, no soy capaz de andar y mascar chicle al mismo tiempo, y mucho menos encima recuperar una pelota perdida. Menos mal que nadie me vio trepando por la fachada hasta el tejado porque habría habido guasa para rato. Lo mismo de siempre, cosas como «No hagas eso», «Pesas demasiado», «Eres demasiado alto», «Tienes pelo por todas partes». A todo el mundo le encanta recordarme el aspecto que tengo. Como si no tuviera espejos. Pero allí arriba no se oía a nadie. No se movía nada, ni siquiera el viento. Me he acercado hasta el borde, donde se junta el canalón de las dos vertientes, y me he puesto de pie sobre una hilera de tejas inestables. Mi sombra se ha proyectado en el césped del suelo, larga y delgada.

No tendría que haber mirado.

Y es que es bastante duro medir casi un metro noventa y cinco, tener suficiente vello corporal como para sepultar a un pueblo entero y encima tener que comprar la ropa en la sección de godzillas. Los uniformes de tallas normales no me caben. Antes de que empezara el curso, mi madre tuvo que coser esos ridículos escudos escolares en chaquetas marrones y polos blancos de la talla de un piano de media cola. Parezco un trol salido de debajo del puente que ha pensado que apuntarse a una escuela católica de precio razonable era lo mejor para su futuro.

Hoy el día no ha empezado tan mal; podría haber sido peor. Mientras tomaba mi desayuno frugal consistente en seis tortitas, cuatro tostadas y un puñado de lonchas de beicon, he pensado que mi madre debía de estar inspirada, porque me ha dicho: «Este va a ser tu año, Dylan, ¡lo presiento!». Y quién sabe. Tal vez sí que después de esta mierda de estirones épicos de treinta centímetros que mi cuerpo insiste en repetir cada dos por tres y de haber tenido que afeitarme desde sexto de primaria, este segundo de secundaria podría ser mi año. Sería un cambio agradable. Fíjate, incluso me he encontrado una moneda de la buena suerte en la calle de camino a la parada del autobús. Una señal clarísima de que mi padre estaba pensando en mí. Seguro.

Ahora bien, la bonita promesa del año de buena suerte se ha venido abajo cuando me he enterado de que en el Saint Lawrence este año han prohibido que los chicos usen gorra y lleven el pelo largo. El colegio en pleno se ha girado para mirarme fijamente.

Siempre llevo el pelo igual: me hago la raya en medio, en horizontal, lo peino hacia delante para que me cubra la cara al máximo y me encasqueto la gorra. Mi madre lo odia. Dice que me cuelga por la cara. Que me oculta los ojos. Pero mi pelo es mi tema.

Rectifico: era mi tema.

Madison va y suelta:

—¡Por Dios, ahora tendremos que ver la cara de la Bestia todos los días!

Os juro que ha dicho eso. Estábamos en plena reunión de principio de curso. Yo estaba sentado justo en la fila de detrás de ella. JP se partía de risa, ¡cómo no! Cuando Fern Chapman ha mirado a Madison y ha puesto los ojos en blanco y le ha ordenado que cerrara el pico, casi se me sale el corazón del pecho y se pone a bailar la conga de la alegría.

Gracias, Fern Chapman. Por eso estoy enamorado de ti como un idiota.

Es tan guapa que cuesta respirar cuando estás a su lado. El aire se hace más denso.

—Pero llévate a Madison contigo, Bestia. ¡A tu cueva! —ha dicho JP a la vez que me daba un codazo desde su silla para que me riera.

Y eso es lo que he hecho porque, joder, qué remedio te queda si el director del colegio, plantado en mitad del escenario del Saint Lawrence, acaba de anunciar su nueva política, cuya principal consecuencia es mostrar al mundo entero que soy una inmundicia genética.

Estar sentado junto a mi mejor amigo, JP, es la prueba irrefutable de mi teoría. No en plan karma, no, no; es tan fácil como que una sola de las pecas de JP vale más que mi cuerpo entero. Así de claro. Por lo que respecta al físico, podríamos decir que JP es un héroe de flamante armadura montado en un caballo de un blanco reluciente, que desenvaina su sable de empuñadura dorada y me da muerte mientras el pueblo lo vitorea. Esa es la realidad. Su lema es: «Simul adoratur», que si lo buscarais en el traductor de Google vendría a significar, sin exagerar ni un pelo, «ser adorado». Se me parte el alma viéndolo coleccionar chicas como quien colecciona mariposas para luego atravesarles el corazón.

Sin embargo, por extraño que parezca, quiero a JP porque no se asusta de mí. Nunca me ha resultado fácil hacer amigos. Mi madre siempre me decía: «Habla con los otros niños, ¡enséñales tu sonrisa!». (Por favor, mamá)... Siempre que lo intentaba, salían corriendo. O peor: fingían que no me veían. Cuando estaba en primero y pesaba trece kilos más que cualquier otro chico, JP fue el único que me preguntó: «¿Quieres jugar?». Claro que le dije que sí. Y si a cambio me pedía que de vez en cuando le diera una paliza a alguien, yo lo hacía porque él quería que fuéramos amigos. Tampoco había para tanto. Normalmente me bastaba con acercarme amenazadoramente al muchacho en cuestión y fulminarlo con la mirada. Además, andar junto a JP es un distintivo de honor en el Saint Lawrence. No pienso sacrificar el asiento que ocupo a su lado en el comedor.

JP es el mejor, solo que a veces lo odio. Como ahora. Si no fuera por él, seguramente no habría subido al tejado y tal vez todavía tendría pelo. Ha sido idea suya lo de ir al peluquero al salir del instituto. Ha dicho que pagaba él, y yo me he quedado alucinado porque es tan rico que da asco y yo soy más pobre que las ratas. «JP debe de saber que tengo la moral por los suelos», he pensado al sentarme en el sillón. Era un detallazo por su parte. Así que le he dicho al peluquero que quería el mismo corte de pelo que JP, exactamente el mismo. Él se lo echa hacia un lado y siempre le queda perfecto. Las chicas aprovechan para pasarle los dedos por el pelo a la menor oportunidad. Eso es lo que quiero. Y justo cuando se lo estaba diciendo, el tío va y me rapa toda la parte central de la cabeza. Pero¿ qué co...? He saltado de la silla sin siquiera quitarme la capa de plástico esa ridícula y me he abalanzado sobre él. El tío se ha encogido, como se encoge siempre todo el mundo, y ha señalado a JP. Me ha dicho que le había dado veinte dólares de propina para que me afeitara la cabeza. En ese mismo momento, JP se ha echado a reír. Yo también me he echado a reír, pero eso es distinto. A mí no me quedaba otro remedio.

O sea que ahora llevo la cabeza rapada. No me gusta. Me recuerda demasiado a la quimio. Me pregunto qué pensará mi padre de mi nuevo corte de pelo, él que era todo un experto en este estilo en particular. Si es que todavía piensa, claro.

He intentado borrar de la cabeza lo mucho que detesto mi imagen de paciente de quimioterapia, y lo he logrado. Hasta que he llegado a casa, me he quitado la gorra y he visto mi reflejo en el espejo del recibidor. Por si alguien lo pregunta, sí, el cristal hecho añicos y el rastro de gotas de sangre hasta el tejado son cosa mía. No es para tanto. Necesitaba un poco de aire fresco. Así que he recogido la pelota que estaba allí arriba desde hacía tiempo, he respirado hondo, me he resbalado, y la pelota y yo hemos caído dando tumbos. El final perfecto para un día perfecto.

Pero ¡todavía podía mejorar! Mis vecinos, los Swampole, me han oído impactando en el suelo como un meteorito y también los gritos y han llamado a una ambulancia. Ahora estoy en el hospital, acabo de despertarme de una operación de dos fracturas espiroideas en la pierna derecha y el ruido de esta máquina me está volviendo loco. ¿De verdad tiene que pitar cada vez que me late el corazón? Ojalá alguien lo pare. El ruido, quiero decir. Cada vez que suena oigo la voz de Madison repitiendo una y otra vez: «¡Por Dios, ahora tendremos que ver la cara de la Bestia todos los días! ¡Por Dios, ahora tendremos que ver la cara de la Bestia todos los días!...».

Cierro los ojos para dejar de ver el blanco exagerado de la habitación del hospital y siento cierta decepción. No creía que fuera a acabar aquí. No lo tenía previsto. Tengo la pierna derecha atada al armazón metálico de la cama, de ella sobresalen pernos, clavos y alambres, y en el viaje que llevo por la morfina me veo en un espectáculo de marionetas psicodélico. Me arrebujo en la cama del hospital e inhalo el aire químico del centro como si fuera el perfume de Fern Chapman. O su desodorante; lo que sea que hace que huela de esa forma tan increíble. No voy a mentir: he tenido sueños en los que soy invisible y no hago más que andar detrás de ella y aspirar su olor.

Supongo que en mis próximos sueños tendré que andar cojeando. Las muletas me vienen perfectas. A partir de ahora lo que me llamarán será «el Muletas». «¡Eh, mirad al Muletas!», dirá la gente cuando pase por mi lado. Me gusta la idea. Es mucho más normal.

El silencio dura poco.

Mi madre entra en la habitación como una exhalación.

—¡Dylan!

No sostiene en la mano su habitual taza de té chai para el trayecto de vuelta a casa. Debe de haber venido zumbando desde Beaverton, donde trabaja muchas horas y en cuya tienda para empleados nos compra el calzado con descuento. Me abate una oleada de culpabilidad. No hay en el mundo suficiente té chai para borrar el susto de que su hijo haya sido trasladado en ambulancia al hospital y operado de urgencia mientras a ella la localizaban en el trabajo. Después de esto, tal vez necesite pasarse a la kombucha.

—¡Cariño! —exclama. Cruza como un bólido la habitación y casi me asfixia con un tremendo abrazo—. He venido en cuanto he podido. El médico me ha puesto al corriente mientras estabas dormido, dice que te pondrás bien. ¿Cómo te encuentras?

Podrían ponerme un poco más de morfina. No es que me duela nada, pero no hay nada como la morfina.

—Mejor que nunca.

—¿Necesitas algo?

Una transformación genética de pies a cabeza.

—No.

Mi madre se aparta un poco y mira alrededor del panteón. Quería decir de la habitación. Un escalofrío le recorre la espalda.

—Te pareces muchísimo a tu padre —musita.

No me cabe duda. Verme lleno de tubos, calvo y más pálido que una barra de pegamento debe de retrotraerla a la época en que el grandote de mi padre se encontraba tumbado en una cama de hospital.

Una nueva sonrisa aflora a sus mejillas, esa sonrisa que le forma arrugas incluso en los pómulos cuando se esfuerza por no pasarse de efusiva. Suelta la barra metálica del lateral de la cama.

—Me gusta tu corte de pelo; así puedo verte otra vez la cara. Estás mucho mejor que escondido detrás de tanta greña. —Me rodea la mejilla con la mano suavemente como cuando era pequeño—. Eres clavadito a él.

No digo nada porque es verdad, he visto las fotos y tiene razón. Podrían plantarte delante una foto de mi padre y creerías que soy yo. El mismo cuerpazo que cubre la imagen entera y la misma cara capaz de romper el objetivo. Pero yo soy más peludo; suerte que tiene uno.

—Ay, Dylan. —Mi madre suspira mientras me ahueca la almohada—. El médico me ha dicho que estabas intentando recuperar una pelota, ¿verdad? Podríamos haber encontrado una forma mejor de bajarla de allí, ¿no crees?

—Mmm...

—Creía que odiabas el fútbol.

Ignoro el comentario y alcanzo el dosificador del calmante. Una dosis; dos; tres.

—¡Para! —exclama arrancándomelo de la mano—. Solo nos falta tener que pasar por un centro de desintoxicación todas las mañanas antes de ir a clase. No, hoy no vamos a volvernos adictos a la morfina, muchas gracias.

—V-va mu-muy bien. Mmm-mola.

—No lo dudo —responde—. Bueno, mientras esperábamos a que te despertaras, he llamado al colegio y les he dicho que empezarás el curso cojeando de una pierna.

Debajo de los párpados cerrados, pongo los ojos en blanco en el mismo momento en que noto un subidón de calmante.

—En fin. ¿A quién más se lo has dicho? —¿A Fern Chapman?, pienso para mis adentros.

Juro que si Fern cruza esa puerta con su aire glamuroso, me moriré.

—He avisado al colegio y a la familia.

—¿Y a mis amigos? —Me da miedo preguntárselo—. Por favor, dime que seré el primero en contárselo a JP.

—No te enfades, cariño... —Se muerde el labio.

—... pero ya le has mandado un mensaje. —Termino la frase en su lugar.

—No, no; ha sido él quien me ha mandado un mensaje a mí. Se ha enterado de que te había ocurrido algo y quería asegurarse de que estás bien. ¿No es eso lo que hacen los amigos?

—Supongo que sí.

—No mates al mensajero. Fuisteis vosotros los que de pequeños decidisteis que seríais como hermanos, no yo. JP cuidaba de ti. —Mi madre hace amago de reírse—. Bueno, puede que JP no viera tu aterrizaje, pero seguro que papá disfrutó desde su asiento en primera fila.

Los dos nos echamos a reír, pero suena a risa falsa. Claro que ¿qué otra cosa podemos hacer? Nada. El hombre al que cada día me parezco más, tanto por la estatura como por el vello y el volumen en continua expansión, se fue hace doce años. Tuvo una muerte lenta y dura a causa del cáncer, así que espero que por lo menos esté por ahí arriba partiéndose de risa.

Siento frío en la cabeza. Poco a poco, me la toco y noto el pelillo incipiente; ni rastro de la tela de algodón desgastada ni de la rígida visera gastada.

—¿Dónde está mi gorra? —pregunto de inmediato.

Mi madre mira alrededor.

—No lo sé.

Me incorporo y estiro el cuello a izquierda y derecha, buscándola.

—No puede ser. Mi gorra... ¿Dónde está?

—Túmbate —insiste—. Dylan, la pierna, tienes que tenerla en alto.

—No pasa nada. —Empiezan a oírse pitidos y entran unos cuantos enfermeros y enfermeras gritándome que deje de moverme—. Solo quiero mi gorra —intento decir lo más lenta y calmadamente posible. Pero no sirve de nada. Mil millones de manos y brazos frenéticos me sujetan contra la cama. Supongo que debo de ser tan grande como dicen—. No es por la pierna —trato de asegurarles. Cualquiera diría que están inmovilizando a un búfalo que se revuelve en el agua. ¡Eh! ¡Que soy yo!—. Solo quiero mi gorra, nada más.

—¿Quieres taparte la cabeza? —pregunta una de las enfermeras.

—Te traigo algo —se ofrece el primer enfermero que ha entrado—. Enseguida vuelvo.

Mi madre se acerca y me acaricia el hombro.

—No pasa nada, cariño —dice—. Eres muy guapo, ¿sabes? No hace falta que te escondas detrás de ninguna gorra. Eres una persona muy atractiva, por dentro y por fuera, y algún día...

—Mamá... Déjalo.

Mi madre... Dios, ¿por dónde empiezo? ¿Le suelto la verdad sin anestesia? Mi madre es de las que, cuando un completo extraño se hace daño en el pie, lo acompaña a casa en coche y le da la mitad de los ahorros de su vida para asegurarse de que sale adelante. Cuando se trata de mí, eso se traduce en que no para de agobiarme con sus piropos maternos hasta que, mal que me pese, no me cabe duda de lo maravilloso que llego a ser.

El hecho de que tenga que esforzarse tanto por convencerme me molesta aún más que lo que me dice.

—Aquí tienes.

El enfermero ha vuelto con un casquete de algodón. Le echo un vistazo y lo dejo a un lado de la cama.

—Gracias —le digo de todos modos.

No me veo poniéndome ninguna otra cosa en la cabeza que no sea mi gorra de béisbol. Mi gorra y yo hemos superado juntos mucha mierda; es como mi yelmo. Este casquete de hospital, en cambio, no es capaz de protegerme de la mierda en absoluto. Me quedo mirando la estructura metálica. El sistema de poleas y cables mantiene mi pierna inmóvil, en alto. Mi pierna. Un vacío me recorre por dentro mientras la miro. Como si estuviera desprovista de vida. Un pez espada que libró una dura batalla pero que al fin cayó en el puerto.

—Dylan, cariño, ¿estás bien? —pregunta mi madre.

—Me duele. —Finjo sentir algo de dolor, pero ella no cede, así que me retuerzo un poco más. Se ha puesto tan contenta al volver a verme la cara que la desencajo de puro sufrimiento solo para ella, y entonces me permite accionar la bomba del calmante. (¡Bien!)—. Necesito hablar con el médico.

El enfermero que ha entrado en primer lugar comprueba la respuesta nerviosa de los dedos de los pies, y la enfermera sale de la habitación.

—Voy a buscarlo —se ofrece.

Me muerdo el labio superior. ¿Debo seguir? ¿Debo hacerle una pregunta que hasta ahora solo le he hecho a Google? Creo que sí. Al cabo de veinte minutos más o menos, el traumatólogo que me ha operado, el doctor Jensen, entra y calibra la situación.

—¿Qué le ocurre, señor Ingvarsson?

No puede decirse que no es directo con los enfermos.

—No importa —mascullo, y la vergüenza vuelve a invadirme de lleno—, ya se me ha pasado.

Todo el mundo me mira. El médico mira a mi madre.

—¿Puedo hablar con mi paciente?

—Claro —responde ella.

Mi madre sigue allí plantada, pestañeando con inocencia.

El médico la mira con las cejas enarcadas hasta que mi madre no puede seguir ignorando la insinuación.

—Voy... Mmm... Voy a buscar algo para comer. Vuelvo en un momento. —Hace una pausa. Los enfermeros se detienen a medio camino, como si estuvieran esperando a marcharse con ella—. ¿Te traigo algo?

—No —respondo.

—¿Estás seguro? Puedo salir a comprarte una hamburguesa o cualquier otra cosa. ¿Pastel de manzana? Te encanta el pastel de manzana.

—¡Mamá!

—De acuerdo, muy bien, entendido.

Desaparece.

En cuanto nos quedamos solos, el doctor Jensen me mira directamente a los ojos.

—Veamos, chico, ¿cuál es el verdadero problema?

Sus ojos son como un láser.

—Es, o sea... Bueno, a ver, ¿usted podría...? —Sacudo la cabeza, esta cabeza tan patética.

—Si puedo ¿qué?

El doctor Jensen mira el reloj.

Suspiro y lo intento de nuevo. Puede que sea mi única oportunidad.

—¿Podría recomendarme a alguien que... pudiera cambiarme?

2

No me estoy quejando, simplemente digo que es injusto.

Y lo peor es que si se me ocurre comentarlo con alguien, siempre me dicen que me aguante. Menos mi madre, claro, porque siempre me responde lo mismo: «Eres maravilloso, eres increíble, te quiero y siempre te querré. ¡Hip, hip, hurra!», y suelta toda esa retahíla tan típica de las madres. Por eso ya nunca le cuento las cosas que me preocupan de verdad. Además, no creo que eso vaya a hacer que deje de ser peludo.

La primera vez que me puse una camiseta de manga corta para ir a clase, cuando estábamos en séptimo, Madison dijo que parecía que me hubiera metido en un tarro de pegamento y me hubiera revolcado por el suelo de una peluquería canina. Después de eso no volví a ponerme manga corta hasta noveno, cuando a finales de septiembre hacía un calor inhumano.

Por algo me apodan Bestia. O Bola Peluda, Hombre de las Nieves y también Hombre Lobo. Todos los días, un nombre distinto. Yo me río, pero odio todos esos motes. Ojalá no fuera un trozo de carne con pelo y no me creciera la barba a los cinco minutos de haberme afeitado. Ojalá no tuviera los dedos tan peludos que ni siquiera veo si llevo puesto el anillo de mi padre. Ojalá no me saliera el pelo por el cuello de la camiseta, ni por delante ni por detrás.

Sé que las chicas comentan que es asqueroso. Soy consciente de ello.

Uno de los peores días de mi vida fue cuando me depilaron la espalda. Fue muy humillante que mi madre me llevara a su centro de estética, pero estaba desesperado. El verano pasado mis amigos y yo planeamos ir al parque acuático y yo quería que todos vieran que era capaz de salir de las cavernas. Creí que tal vez si algunas chicas veían que tengo suficiente músculo en el cuerpo para lanzar una vaca por encima de mis suaves hombros desprovistos de pelo, me verían con otros ojos. Por desgracia, descubrí que es imposible depilarse la espalda si tienes la destreza de un Tiranosaurio Rex. No llegaba a todas partes y necesité la ayuda de profesionales con experiencia, así que mi madre me llevó a su centro de estética. Aquí entran las risas enlatadas.

La chica que me atendió me acompañó detrás de una cortina y yo me quedé allí plantado, como un pasmarote.

Ella me miró de arriba abajo y dio un paso atrás.

—¿Qué hacemos?

—¿A qué se refiere?

—Que qué parte del cuerpo quieres depilarte —dijo agitando los brazos como si tratara de ahuyentar a una mosca enorme.

Si hubiera sabido lo duro que me resultaba encontrarme tras aquella cortina blanca, tal vez no habría puesto aquella cara de asco. Tragué saliva y pensé en el parque acuático. En ser un chico normal.

—¿La espalda? —pregunté con un hilo de voz—. ¿Los hombros?

—Quítate la camisa.

Obedecí.

Ella chascó los dientes y suspiró.

—Túmbate.

Volví a hacerle caso. Tardó cuatro horas en depilarme, las cuatro horas más dolorosas de mi vida, pero valió la pena: cuando terminó tenía toda la piel suave. La esteticista se dejó caer en la silla y mi madre le dio una buena propina.

Los dos sabíamos que cualquier cosa que mi madre dijera resultaría de mal gusto, así que no hizo ningún comentario, pero cuando llegué a casa me eché el pelo hacia delante y di vueltas y vueltas frente al espejo. Ni rastro de vello. Ya no parecía un felpudo sino una persona. Era increíble. Ya podía ir al parque acuático. Estaba listo para que Fern Chapman saltara sobre mis hombros y ganar juntos las batallas en la piscina.

Fern. ¿Qué puedo decir de Fern? Es guapísima y huele a flores. Es el tipo de chica que me gustaría tener a mi lado para que JP me diera su aprobación. Tiene unos enormes ojos azules y es menuda, así que podría rescatarla de un edificio en llamas o de un coche tras un accidente si fuera necesario. Es de tamaño bolsillo, como diría JP. Perfecta.

Pero el día en el parque acuático no fue perfecto. No pude tirarme por los toboganes. Va contra las normas entrar en la piscina con la cabeza cubierta, así que me quedé sentado en la terraza porque no quería que nadie me viera la cara. Cuando dije que no me tiraba por los toboganes porque no me apetecía, todos se echaron a reír y lo único que se les ocurrió decir fue: «Mejor, porque podrías romperlos». Por si fuera poco, no me sirvió de nada haberme depilado de arriba abajo. Nadie hizo el más mínimo comentario. Comentario agradable, quiero decir, porque JP me preguntó: «¿Qué has hecho con toda tu moqueta?». Más risas. Y me dio una palmada en la espalda, desnuda y dolorida, porque le parecía divertidísimo.

Pero si me podían gastar las bromas que quisieran, ¿por qué se apartaban todos de mí? Las chicas me rehuían, como si me tuvieran miedo. En el bar, me ofrecí a pagar las patatas fritas de mi compañera de clase de español porque a ella le faltaban quince centavos. No veo que eso tenga nada de malo ni de raro. Me porté como un auténtico caballero, de los que sacan tres dólares de la cartera: «Deja, te invito yo». Me planté delante de ella con toda mi altura y la miré con cariño, sin dejar de sonreír en ningún momento. Me comporté de la forma más agradable que sé. ¿Y qué hizo ella? Masculló algo que no pude oír, miró a su amiga con cara de «¡Oh, Dios mío!» y salió en estampida, dejando las patatas fritas encima de la barra. Está visto que, haga lo que haga, les doy asco.

Así que me puse la camisa, me senté en una hamaca de plástico bajo la sombrilla y fingí leer mensajes muy importantes. En realidad lo que hice me sirvió para ver desde primera fila cómo JP le ofrecía su toalla a Fern Chapman cuando salieron juntos de la piscina. Ella la cogió con una sonrisa.

El doctor Jensen se aclara la garganta.

Me da una palmada en el brazo, y el día en el parque acuático se desvanece. Mi pierna. Las paredes blancas. El doctor Jensen mira su reloj de pulsera.

—¿Sigues aquí?

—Sí —mascullo—. Sigo aquí, en el hospital.

—¿Qué quieres decir con lo de cambiarte? ¿Podrías concretar un poco más?

—¿Concretar?

—Explicar qu...

—Ya sé lo que quiere decir «concretar» —le suelto. No soy imbécil. Nunca lo he sido y nunca lo seré. De todos modos, no pienso volver a abrir la boca como no sea para darle las gracias por derivarme a un especialista.

El doctor Jensen pasa unas cuantas hojas de su tablilla sujetapapeles y toma algunas notas. Me traspasa la cabeza con su mirada de precisión fulminante.

Mis pulgares se incordian el uno al otro.

—Un cirujano plástico, o algo así —mascullo. Esa gente hace milagros. Seguro que consiguen que desaparezca el ogro recortando por aquí y por allá, y recolocan las cosas para que parezca una persona normal. Lo he visto en Discovery Channel.

—¿Y qué tiene que ver un cirujano plástico con tu pierna rota? —pregunta.

—No, no lo digo por eso... Ya sé que lo de la cirugía plástica suena mal, pero ¿sabe?, es... —¿Lo primero que haría si ganara la lotería?

—Necesito que me lo expliques mejor.

Me ahogo de calor. Me arden las mejillas.

—Es que no parezco un chico de quince años.

—Créeme, no todos los chicos de quince años son iguales, y hay cosas mucho peores que medir casi un metro noventa y cinco y pesar ciento veinte kilos. Si me preguntas qué haría yo, pediría una beca para entrar en un equipo de fútbol americano —dice, sacando el bolígrafo del bolsillo.

Pongo cara de exasperación. Por eso precisamente odio el fútbol americano. Es para lo único que creen que sirvo. Grandote + feo = fútbol americano. El doctor Jensen pasa una página de su cuaderno y hace algunas anotaciones.

—¿Cuándo empezó a tener importancia tu aspecto?

—¿Importancia?

—¿Cuándo empezó a preocuparte?

—Creo que en sexto.

—¿Y cuántos años tenías cuando empezaron los cambios físicos?

—Diez u once —respondo—. Estaría en cuarto.

—Eso debió de ser divertido.

Toma notas.

—Puf. —Más bien no.

—¿Cómo andas de autoestima?

Si soy sincero, la perdí en la taza del váter. Si soy doblemente sincero, arrastro una depresión desde hace cuatro años.

—No muy bien.

—En una escala del uno al diez en la que diez es el valor más alto, ¿cuánto dirías que influye el aspecto físico en tu vida cotidiana? —pregunta el doctor Jensen—. Me refiero a cómo influye en tu estado de ánimo, en las actividades extraescolares, en tu vida social, etcétera.

Once. Daría cualquier cosa por quitarme de encima cincuenta kilos y treinta o cuarenta centímetros. Por ser normal. Eso es lo único que quiero, ser normal.

—No lo sé, puede que un siete —miento.

—Ya —asiente el doctor con una mueca—. ¿Has tenido novia alguna vez?

—No.

—¿Y te gustaría tenerla?

—Sí.

—¿Y por qué crees que nunca has tenido novia? —pregunta.

Ya ha empezado a retorcer el cuchillo.

—¿Quizá porque tengo una cara que solo una madre es capaz de querer? —Señalo mi careto.

—No hay para tanto —dice—. Yo diría que tienes aspecto de tío duro.

Más bien parezco el hombre de Cromañón.

El bolígrafo del doctor Jensen estrena otra hoja de papel.

—¿Qué tal te va en el colegio?

—Bien.

—¿Y en casa?

—Bien.

—¿Madre? ¿Padre? ¿Hermanos?

—Mi madre es genial aunque un poco pesada. No tengo hermanos. Y mi padre murió cuando yo tenía tres años.

Detiene el bolígrafo un momento.

—Lo siento.

—No pasa nada —digo—. Sé que debería sentirlo más, pero cuando mi padre murió yo era muy pequeño y lo único que recuerdo de él es que estaba muy enfermo y que todo el mundo insistía en que morirse era lo mejor que le podía pasar. No recuerdo nada más.

Vuelve a coger el bolígrafo y sigue tomando notas.

—¿Dirías que tu nuevo corte de pelo tiene algo que ver con que te rompieras la pierna? —pregunta con precisión técnica.

—Mmm...

—¿Por qué dudas?

—¿Cómo sabe que el corte de pelo es nuevo?

El doctor sonríe para sus adentros.

—Ya no estamos en verano. Curso nuevo, corte de pelo nuevo. Me parece que además llevabas gorra.

—Ah, sí, bueno... —Intento echarme a reír—. En el colegio han cambiado las normas y ahora no podemos llevar el pelo largo. Y encima han prohibido las gorras.

—¿Y cuándo ha sido eso?

—Hoy. —Ahora el bolígrafo escribe a un ritmo frenético—. Pero... es una coincidencia.

—Y precisamente hoy te has caído del tejado y te has roto la pierna, a las... —pasa varias páginas— tres y media de la tarde.

—Estoy bien.

—Te has fracturado la pierna por dos sitios diferentes y los huesos se te sujetan gracias a las férulas y los clavos de titanio. No parece que estés muy bien —observa—. ¿Te has autolesionado alguna vez?

—¿Qué? ¡No! Yo no me he autolesionado. ¿Habla en serio?

—Dylan, te has caído del tejado el mismo día que han prohibido ir al colegio con gorra. —Arquea una ceja.

—¡Porque prefiero que me conozcan por las muletas que por ser un monstruo!

—Ahí está. —El doctor Jensen baja la vista a la tablilla sujetapapeles y casi escribe un libro entero en la última hoja—. Creo que hay una persona con quien deberías hablar. Me pondré en contacto con ella. Es la doctora Burns, la codirectora de la planta de psicología, y dirige un magnífico programa de terapia de grupo ambulatoria para adolescentes con problemas aquí mismo, en el hospital.

—Espere, yo no... Doctor Jensen, yo no tengo problemas —protesto desde la cama.

Él me da una palmada en el brazo y sale tranquilamente de la habitación esbozando una sonrisa.

—Hablaré con tu madre.

—No, no...

Desaparece y me quedo solo en la habitación. Mierda, mierda, mierda, mierda, mierda.

Dedico un minuto a pensar en la forma de escapar antes de que mi madre cruce la puerta como una bala. El doctor Jensen la sigue.

—¡Oh, Dylan! —exclama, y se abalanza sobre mí.

—No, mamá, no. ¡No es lo que crees! Estoy bien.

—¿Lo has hecho a propósito?

Empieza a acariciarme y a manosearme por todas partes.

—Más o menos —confieso—. Pero no quería hacer ninguna locura. Fue un accidente.

—¡Sabía que no habías subido a por la pelota! —Se me abraza. Jamás me he sentido tan tonto—. Bueno, sea lo que sea lo que te recomiende esa psicóloga, lo haremos, porque no estoy dispuesta a que te tires del tejado cada vez que la vida te resulte dura. ¡Podrías haberte matado de un golpe en la cabeza!

Lo dice como si fuera algo malo.

—Solo pretendía hacerme un esguince en el tobillo.

—¿Es por tu padre? —pregunta, llevándose la mano al pecho. Su mano es tres veces más pequeña que la mía; somos polos opuestos. Si yo soy el minotauro que acecha en el laberinto, con los ojos oscuros lanzando destellos rojos en la penumbra, mi madre es una liebre que mastica hojas de diente de león en una pradera, cuyos ojos castaños pestañean y pestañean hasta que los cazadores se vuelven vegetarianos. No lo entiendo. Estoy por pedir una prueba de maternidad—. ¿Tanto lo echas de menos que quieres irte al cielo con él? —Empieza a echarle la culpa a mi difunto padre porque es su válvula de escape cuando las cosas se ponen feas conmigo—. ¿Es eso?

—No, mamá, de verdad que no hay para tanto.

—En cierta manera sí —se inmiscuye el presuntuoso doctor Jensen—. Pero la doctora Burns es maravillosa; te enseñará algunas estrategias para apañártelas cuando tengas que superar obstáculos y así la próxima vez el tejado te resultará menos tentador.

—En realidad...

—Allí estará —me interrumpe mi madre—. Irá encantado.

—Bien —dice el doctor Jensen, y le da a mi madre una tarjeta blanca—. Le pediré que les llame a lo largo del día para informarles.