Loading...

EL DESTINO DEL TEARLING (LA REINA DEL TEARLING 3)

Erika Johansen

0


Fragmento

El Huérfano

Mucho antes de que la Reina Roja de Mortmesne ascendiera al poder, el Glace-Vert ya era una causa perdida. Era una taiga remota, a la sombra del Fairwitch; en sus endurecidas llanuras solo se vislumbraba un atisbo de hierba, y sus escasas aldeas no eran más que un puñado de chozas apiñadas en el barro. Pocos se aventuraban más al norte de Cite Marche, a menos que no hubiera alternativa, pues la vida en esas llanuras era difícil. Todos los veranos, los aldeanos del Glace-Vert se asfixiaban de calor; todos los inviernos pasaban hambre y frío.

Sin embargo, ese año abrigaban un nuevo temor. Las congeladas aldeas tenían las puertas bien cerradas, y las rodeaban vallas recién construidas; detrás de esas vallas, los hombres pasaban las noches en blanco, con los puñales de caza sobre las rodillas, como centinelas fantasmales. Las nubes tapaban la luna, aunque esas nubes todavía no vaticinaban las nieves del invierno del Fairwitch. En las estribaciones, los lobos aullaban en su extraño idioma, lamentándose de la escasez de comida. La desesperación no tardaría en animar a las manadas a descender hacia el sur, hacia los bosques, para cazar ardillas y armiños, o a algún crío lo bastante insensato para adentrarse solo en el bosque invernal. Pero ahora, de pronto, a las dos y diez, los lobos callaron todos a la vez. Lo único que se oía en el Glace-Vert era el gemido solitario del viento.

Recibe antes que nadie historias como ésta

Algo se movía por las oscuras estribaciones: la negra figura de un hombre que trepaba por la empinada ladera. Avanzaba con paso seguro, aunque con precaución, anticipándose a los peligros. Salvo por su respiración, acompasada pero acelerada, era casi invisible, poco más que una sombra que se movía entre las rocas. Había pasado por el Soto de Ethan, donde se había detenido dos días antes de continuar hacia el norte. En el pueblo le habían contado toda clase de historias acerca de la plaga que acosaba a sus habitantes: un ser que por la noche se llevaba a los más jóvenes. Ese ser tenía un viejo nombre en el alto Fairwitch: el Huérfano. Hasta entonces, el Glace-Vert nunca había tenido que preocuparse por cosas así, pero ahora las desapariciones estaban extendiéndose hacia el sur. Al cabo de dos días, el hombre ya había oído suficiente. Quizá los aldeanos lo llamaran «el Huérfano», pero el hombre conocía el verdadero nombre de aquel ser, y, aunque él era rápido como una gacela, no habría podido huir de su sentido de la responsabilidad.

«Está en libertad —pensó el Traedor sombríamente mientras sorteaba los espinos que cubrían la ladera—. No acabé con él cuando tuve ocasión de hacerlo, y ahora está en libertad.»

Esa idea lo atormentaba. Durante años había ignorado la presencia de Row Finn en el Fairwitch porque sabía que estaba retenido. Cada pocos años desaparecía algún niño; era lamentable, pero había peores males que combatir. El Tearling, sin ir más lejos, donde casi cincuenta niños desaparecían todos los meses con la aprobación del estado. Ya antes de instaurarse la remesa, el Tear siempre había sido como un niño díscolo que precisaba atención constante. Los Raleigh alternaban entre la indiferencia y el expolio, y los nobles peleaban por cada pedacito mientras el pueblo moría de hambre. Durante tres largos siglos, el Traedor había visto cómo el sueño de William Tear se hundía cada vez más en el lodo. En el Tearling ya no había nadie capaz de ver el mundo mejor de Tear, y mucho menos de reunir el valor necesario para perseguirlo. Solo el Traedor y los suyos lo sabían, solo ellos recordaban. Ellos no envejecían. No morían. El Traedor robaba para distraerse. Se divertía atormentando a los peores Raleigh. No perdía de vista el linaje de los Tear, casi por pasar el rato, tratando de convencerse de que quizá sirviera de algo. Era fácil detectar la sangre de los Tear, pues había ciertas cualidades que siempre acababan apareciendo: integridad, intelectualismo y férrea determinación. A lo largo de los años habían ahorcado a algunos Tear acusados de traidores, pero ni siquiera con la soga al cuello perdían aquel sutil aire de nobleza que distinguía a los miembros de la familia. El Traedor reconocía esa nobleza: era el aura de William Tear, el magnetismo que había convencido a casi dos mil personas para que cruzaran con él el océano hacia lo desconocido. Hasta la bruja mort, pese a su perversidad, tenía un diminuto atisbo de aquel glamour. Pero la Reina Roja no había tenido descendencia. Durante mucho tiempo, el Traedor estuvo convencido de que el linaje se había perdido.

Y entonces apareció la niña.

El Traedor aspiró entre los dientes al notar que se le clavaba una espina en la mano. No llegó a atravesarle la piel; hacía una eternidad que no sangraba. Había intentado muchas veces poner fin a su vida, hasta que decidió que era una causa perdida. Tanto a Row como a él los habían castigado, pero ahora el Traedor se daba cuenta de que había estado ciego. Rowland Finn no había dejado de conspirar ni un solo instante de su vida. Él también había estado esperando a la niña.

Era la primera heredera Raleigh que no se había criado en la Ciudadela. El Traedor la había observado a menudo; iba en secreto a la casita cuando no tenía nada que hacer, y a veces incluso cuando estaba ocupado. Al principio no percibió gran cosa en ella. Kelsea Raleigh era una niña tranquila e introvertida. El grueso de su educación parecía estar en manos de aquella vieja severa, lady Glynn, pero el Traedor intuía que la personalidad de la niña estaba siendo discretamente modelada por el antiguo guardia real, Bartholemew. A medida que crecía, la niña iba rodeándose de libros, y eso, más que ninguna otra cosa, convenció al Traedor de que merecía una atención especial. Sus recuerdos de los Tear iban desvaneciéndose, perdiendo brillo y volviéndose borrosos. Pero eso sí lo recordaba: a los Tear siempre les habían gustado los libros. Un día había visto a la niña sentarse debajo de un árbol delante de la casita y leerse un libro entero en cuatro o cinco horas. El Traedor estaba escondido entre los árboles a más de diez metros, pero sabía darse cuenta de cuándo alguien estaba ensimismado; si se hubiera acercado sigilosamente a la niña y se le hubiera sentado delante, ella ni siquiera lo habría visto. Sí, era como los Tear. Le importaba más lo que pasaba dentro de su cabeza que lo que ocurría fuera.

A partir de ese día, siempre había uno de los suyos vigilando la casita, a todas horas. Si algún viajero mostraba más interés de la cuenta por sus ocupantes (en varias ocasiones habían seguido a Bartholemew hasta su casa desde el mercado), nunca volvió a saberse nada del curioso. El Traedor ni siquiera estaba seguro de por qué se había esforzado tanto. Era una corazonada, y algo que William Tear les había inculcado desde el principio era que el instinto era real, y que había que confiar en él. El Traedor intuía que la niña era diferente. Importante.

«Podría ser una Tear —les dijo a sus hombres una noche, alrededor del fuego—. Podría serlo.»

Siempre existía esa posibilidad. En la guardia de Elyssa había varios hombres cuyos orígenes él desconocía. Tear o no, la niña requería un escrutinio minucioso, y, a medida que pasaban los años, él fue adaptando sutilmente su actividad. Cada vez que Thomas Raleigh se proponía forjar una alianza real con algún poderoso noble del Tear, el Traedor centraba toda su atención en él: asaltaba sus caravanas y sus almacenes, robaba sus cosechas y desaparecía en la oscuridad. Un buen atraco cuando se suponía que Thomas estaba vigilando, y cualquier alianza en ciernes se iba rápidamente al traste. Al mismo tiempo, el Traedor empezó a preparar el terreno en Mortmesne, ante las mismísimas narices de la Reina Roja. El Traedor sabía que si la niña llegaba algún día al trono, su primera prueba consistiría en ocuparse de la remesa. Mortmesne estaba abierto a cualquiera que supiera sacar partido del descontento, y, tras varios años de trabajo minucioso y paciente, había una sólida rebelión en marcha. Durante mucho tiempo, el Traedor había tenido diversos asuntos de que ocuparse, y era lógico que no le hubiera prestado tanta atención a Row Finn.

De pronto distinguió una silueta que se alzaba más allá, entre las rocas, y se detuvo. Para cualquier otro, quizá no fuera más que una silueta oscura, pero el Traedor, dotado de una excelente visión nocturna, vio que era un crío: un niño de cinco o seis años. Vestía con harapos, y estaba pálido debido al frío. Sus ojos eran oscuros e impenetrables. Iba descalzo.

El Traedor se quedó mirándolo, helado hasta la médula.

«No acabé con él cuando pude hacerlo.»

El niño salió disparado hacia él, y el Traedor le bufó como un gato. Los ojos del niño, que se habían animado, ávidos, se apagaron bruscamente y se clavaron en el Traedor.

—No soy alimento para ti —le espetó el Traedor—. Ve a buscar a tu amo.

El niño se quedó mirándolo un momento más, desconcertado, y luego desapareció entre las rocas. El Traedor se tapó los ojos; notó que el suelo se inclinaba, como si se hallara dentro de un oscuro torbellino. Cuando la niña había destruido el puente de Nueva Londres, la certeza había cristalizado dentro de él, pero todos los momentos a partir de entonces parecían un desfile de dudas. La niña estaba retenida por los mort, y el último mensaje de Howell dejaba claro que se estaban preparando para trasladarla a Demesne. La Reina Verdadera había llegado por fin, pero había llegado demasiado tarde.

Algo descendía por la ladera. Solo era una brizna en la oscuridad, pero hacía mucho tiempo que nadie podía sorprender al Traedor. Se preparó y esperó. ¿Cuándo había sido la última vez que habían mantenido una conversación? Hacía más de dos siglos, cuando todavía ocupaba el trono James Raleigh. El Traedor había querido comprobar si Row podía matarlo. La reunión había acabado en un concurso de trinchado, sí, pero ninguno de los dos había derramado ni una sola gota de sangre.

«Éramos amigos —recordó de pronto el Traedor—. Buenos amigos.»

Pero esos días ya pertenecían a un pasado lejano; habían transcurrido varias vidas. Aquella forma oscura fue definiéndose hasta convertirse en un hombre, y el Traedor se puso en guardia. Los pobladores del Fairwitch habían inventado muchas leyendas sobre el Huérfano, pero al menos una cosa era cierta: decían que aquel ser tenía dos caras, una clara y otra oscura. ¿Cuál de las dos iba a ver él?

La clara. La cara que se volvió hacia el Traedor era la misma que él siempre había visto: pálida, despótica y taimada. Row siempre había sido un excelente embaucador; hacía mucho tiempo había convencido al Traedor para que tomara la peor decisión de su vida. Se observaron el uno al otro en silencio, de pie en la ventosa ladera, con todo el territorio de Mortmesne extendiéndose detrás de ellos.

—¿Qué quieres? —preguntó Row.

—Convencerte para que dejes esto. —El Traedor señaló la ladera de la montaña—. Este rumbo que llevas. No le deparará nada bueno a nadie, ni siquiera a ti.

—¿Cómo sabes qué rumbo llevo?

—Avanzas hacia el sur, Row. He visto a los tuyos acechando por la noche en las aldeas, más abajo del Glace-Vert. No sé qué final de partida tienes previsto, pero seguro que los pobres aldeanos mort no podrán participar en ella. ¿Por qué no los dejas tranquilos?

—Mis niños tienen hambre.

El Traedor detectó un movimiento a su derecha: era otro, una niña de unos diez años; estaba encaramada en una roca y lo observaba fijamente, sin pestañear.

—¿Cuántos niños tienes ya, Row?

—Pronto serán una legión.

El Traedor se quedó callado, y sintió que el agujero oscuro dentro de él se ensanchaba un poco más.

—Entonces ¿qué?

Row no dijo nada y se limitó a sonreír. Era una sonrisa sin humanidad, y el Traedor reprimió el impulso de retroceder.

—Ya destrozaste una vez el reino de Tear, Row. ¿De verdad necesitas volver a hacerlo?

—Conté con ayuda para destrozar la tierra de Tear, amigo mío. ¿Tanto tiempo ha pasado que lo has olvidado, o acaso te has absuelto?

—Me siento culpable de mis pecados. Intento repararlos.

—Y ¿cómo te va? —Row extendió un brazo y señaló las tierras que se extendían abajo—. Mortmesne es una cloaca abierta. El Tear sigue hundiéndose.

—No, ya no. Se mantiene a flote.

—¿La niña? —Row soltó una risa hueca, lúgubre—. Venga, Gav. La niña solo tiene un criado fiel y cierto talento para las relaciones públicas.

—No me engañas, Row. Tú también la temes.

Row permaneció callado un largo momento, y entonces preguntó:

—¿Qué haces aquí, Gav?

—Servir a la niña.

—¡Ah! Así que tus lealtades han vuelto a cambiar.

Eso le dolió, pero el Traedor no mordió el anzuelo.

—Ella tiene tu zafiro, Row. Tiene el zafiro de Tear, la sangre de Tear. Ha estado allí.

Row titubeó, pero su oscura mirada seguía siendo inescrutable.

—¿Dónde?

—En el pasado. Ha visto a Lily y a Tear.

—¿Cómo lo sabes?

—Me lo dijo ella, y no miente. Tarde o temprano llegará hasta Jonathan. Y hasta nosotros.

Row no contestó. Paseó la mirada por las rocas. El Traedor consideró que había derribado por fin ese muro de indiferencia, así que contuvo su rabia y siguió presionándole.

—¿No te das cuenta, Row, de que esto cambia las cosas?

—No cambia nada.

El Traedor suspiró. Se había guardado un último dato, lo había escondido para utilizarlo únicamente en caso de absoluta necesidad. Era una táctica desesperada que pondría a Row a la caza. Pero la situación era desesperada. La reina estaba cautiva en Mortmesne, y, sin ella, el Traedor temía que el Tearling se derrumbara, con la intervención de Row o sin ella.

—Han visto la corona.

Row levantó la cabeza de golpe, como un sabueso que detecta un rastro en el aire.

—¿La corona?

—Sí.

—¿Dónde?

El Traedor no contestó.

—¿Cómo sabes que no es la corona Raleigh?

—Porque yo destruí la corona Raleigh hace años, para asegurarme de que Thomas nunca pudiese llevarla. Esta es la auténtica corona, Row.

—Mi corona.

El abatimiento se apoderó del Traedor. Hubo un tiempo en que él había ayudado a ese hombre, y no solo de buen grado sino con entusiasmo. Ambos habían cometido crímenes terribles, pero únicamente el Traedor se había arrepentido. Row robaba sin miramientos y nunca miraba atrás. El Traedor se preguntó por qué se habría molestado en subir hasta allí, pero arrinconó ese pensamiento y siguió insistiendo.

—Si nos hiciéramos con la corona, Row, podríamos dársela a la niña y reparar los daños. Compensar el pasado.

—Te pasas la vida torturándote, atormentado por el sentimiento de culpa, y das por hecho que los demás hacemos lo mismo. No intentes inculcarme conciencia. Si me entero de dónde está mi corona, la recuperaré.

—Y entonces ¿qué? Ni todos los reinos del mundo podrían cambiar lo que nos ha pasado.

—Ya veo por dónde vas. Crees que la niña puede acabar contigo.

—Podría ser.

—Pero ¿lo haría? —Los labios de Row dibujaron una sonrisa maliciosa—. Esa muchacha es un libro abierto, y está locamente enamorada de ti.

—Lo único que ve es a un joven atractivo.

—En realidad ¿por qué has subido hasta aquí? —preguntó Row. El Traedor distinguió un destello rojizo en sus ojos cuando se le acercó un poco más—. ¿Qué esperabas conseguir?

—Esperaba llegar a un acuerdo. Que me ayudes a encontrar la corona. Que me ayudes a recomponer el Tearling. Nunca es demasiado tarde, Row, ni siquiera ahora.

—Demasiado tarde ¿para qué?

—Para expiar nuestros crímenes.

—¡Yo no he cometido ningún crimen! —dijo Row en voz baja, y el Traedor se alegró de haber metido el dedo en la llaga—. Aspiraba a algo mejor, nada más.

—¿Y Katie?

—Será mejor que te marches. —Los ojos de Row relucían intensamente, y su tez estaba palideciendo.

«Por lo menos todavía siente», se dijo el Traedor, y entonces se dio cuenta de lo poco que eso significaba. No existía emoción alguna en el mundo capaz de superar las ansias de Row.

—Y ¿qué pasa si no me voy?

—Si no te vas, dejaré que mis niños te cacen.

El Traedor miró de reojo a la niña que estaba encaramada en la roca. Sus ojos tenían un brillo casi febril que le produjeron aprensión, a su pesar. Los pies descalzos de la niña, los dedos de sus pies encogidos sobre la roca fría, le preocuparon enormemente, aunque no habría podido explicar la razón.

—¿Qué son, Row?

—Nunca has sabido leer, Gav. Esto es una magia muy antigua, anterior a la Travesía, anterior a Jesucristo. Son unos seres muy arcaicos, pero me servirán.

—Y ¿los dejas sueltos en el Glace-Vert?

—Tienen el mismo derecho que cualquier otro animal.

Esa afirmación era tan típica que al Traedor estuvo a punto de escapársele una carcajada. Era como si Row y él estuvieran en las orillas del Caddell, con catorce y quince años, cada uno con una caña de pescar en la mano.

—Vete ya —dijo Row con una voz cargada de veneno; su rostro había palidecido por completo—. No te cruces en mi camino.

—Y si no, ¿qué me harás, Row? Sabes que anhelo la muerte.

—¿También anhelas la de otros? ¿La de la niña? —El Traedor vaciló, y Row compuso una sonrisa—. Me ha liberado, Gav, ha roto la maldición. Ya no la necesito para nada. Si te cruzas en mi camino, o si ella se cruza en mi camino, acabaré con ella. Será lo más fácil que haya hecho jamás.

—Row. —De pronto se sorprendió adoptando un tono suplicante—. No lo hagas. Piensa en Jonathan.

—Jonathan está muerto, Gav. Tú me ayudaste a matarlo.

El Traedor se dio impulso y golpeó a Row, que salió despedido y se estrelló contra una roca cercana. Sin embargo, el Traedor sabía que, cuando se levantara, Row estaría ileso y no tendría ni una sola marca.

—Ay, Gav —susurró Row—. ¿No hemos hecho esto muchas veces ya?

—No las suficientes.

—Tú haz tu nuevo mundo, y yo haré el mío. Ya veremos quién gana.

—¿Y la corona?

—Mi corona. Si es verdad que aparece, me la quedaré.

El Traedor se dio la vuelta y se alejó tambaleándose, y a punto de estuvo caerse por la ladera. Había dado unos pasos cuando se dio cuenta de que veía borroso porque tenía los ojos empañados. El viento lo atravesaba. No podía pensar en Tear sin llorar, así que se concentró en lo que vendría a continuación.

El sacerdote llevaba más de un mes desaparecido, y no había ni rastro de él. Los hombres del Traedor estaban repartidos por las regiones central y septentrional de Mortmesne, pero iba a necesitar que algunos regresaran. Lear y Morgan, quizá Howell. El Traedor llevaba mucho tiempo preparando la rebelión que ahora asolaba Mortmesne; sin embargo, la corona era primordial. Para buscarla, los necesitaba a todos. Y luego estaba la niña...

Notó que lo observaban, se dio la vuelta y sintió que el viento frío penetraba aún más en sus huesos. La ladera que tenía detrás estaba llena de niños pequeños, de ojos oscuros en unas caras pálidas. Iban descalzos.

—Dios mío —murmuró.

La noche parecía atestada de fantasmas. Oyó la voz de Jonathan Tear, desde siglos atrás, y no obstante muy cercana.

«No fracasaremos, Gav. ¿Cómo vamos a fracasar?»

—Pues fracasamos —dijo el Traedor en voz baja—. Dios mío, fracasamos estrepitosamente.

Se dio la vuelta y siguió descendiendo por la ladera, demasiado deprisa y con menos cuidado, casi corriendo. En varias ocasiones estuvo a punto de perder el equilibrio, pero tenía prisa. Al llegar al pie de la ladera, echó a correr por las estribaciones hasta llegar al bosquecillo donde había dejado atado su caballo.

En la ladera, los niños esperaban en silencio como una gran ola detenida. Respiraban acompasadamente, produciendo un sonido ronco y vibrante que resonaba entre las rocas, pero de sus labios no se veía salir ni pizca de vaho. Row Finn, de pie al frente de ellos, observaba aquella diminuta figura que se veía a lo lejos. En otros tiempos, Gavin había sido el hombre más fácil de manipular del mundo. Pero esos tiempos habían pasado a la historia, igual que el propio Gavin, pues su verdadera identidad había quedado sepultada bajo la leyenda del hombre a quien llamaban el Traedor. Ese hombre sí podía plantear un verdadero problema, pero Row seguía optimista mientras recorría con la mirada el pálido mar de niños que lo rodeaba. Ellos siempre obedecían, y estaban eterna e insaciablemente hambrientos. Solo esperaban a que les diera la orden.

—La corona —dijo en voz baja, y sintió que lo invadía una gran emoción, una emoción que recordaba de mucho tiempo atrás: empezaba la cacería, y al final estaba la promesa de sangre. Había esperado casi trescientos años.

»Adelante.

LIBRO I

1

El Regente

Examinada en retrospectiva, la regencia Glynn no fue realmente una regencia. El papel de un Regente es sencillo: guardar el trono y hacer de barrera para los usurpadores en ausencia del gobernante legítimo. Como guerrero por naturaleza, Maza era el más indicado para la tarea, pero su exterior de guerrero también ocultaba una perspicaz mente política y, quizá más sorprendente aún, una fe inquebrantable en la visión de futuro de la reina Glynn. Tras el fracaso de la segunda invasión mort, el Regente no se quedó sentado esperando a que regresara su Señora, sino que concentró todo su considerable talento en la visión de la reina, en su Tearling.

Historia del Tearling

según MERWINIAN

Durante un breve período, Kelsea se había esforzado para abrir los ojos cada vez que el carro pasaba por encima de un bache. Parecía una buena forma de marcar el paso del tiempo, y de ver cómo iba cambiando el paisaje. Pero ya había parado de llover y la intensa luz del sol le producía dolor de cabeza. Cuando otra sacudida volvió a despertarla de lo que parecía una siesta interminable, mantuvo los ojos cerrados y escuchó el ruido de los cascos y el tintineo de las bridas de los caballos que cabalgaban alrededor del carro.

—Ni siquiera una moneda de plata —refunfuñó un hombre a su izquierda, en lengua mort.

—Percibimos un salario —replicó otro—. Un salario muy pequeño.

—Es verdad —intervino un tercero—. Mi casa necesita un tejado nuevo. Con la miseria que ganamos no lo podré pagar.

—¿Queréis parar de quejaros?

—Y tu ¿qué? ¿Sabes por qué nos vamos a casa con las manos vacías?

—Yo soy soldado. Mi trabajo no consiste en saber cosas.

—Yo he oído algo —murmuró la primera voz, contenida—. Dicen que todos los generales y sus coroneles, de Ducarte para abajo, están recibiendo su parte.

—Pero ¿qué parte? ¡Si no hay botín!

—No necesitan botín. Ella va a pagarles directamente, con el dinero del erario, y a los demás nos dejará colgados.

—Eso no puede ser cierto. ¿Por qué iban a pagarles por nada?

—¿Quién sabe por qué la Señora Carmesí hace lo que hace?

—¡Ya basta! ¿Queréis que nos oiga el teniente?

—Pero si...

—¡Cállate!

Kelsea siguió escuchando un minuto más, pero no oyó nada, así que volvió a inclinar la cabeza hacia el sol. Pese al persistente dolor de cabeza que tenía, la luz le aliviaba las magulladuras, como si le atravesara la piel e hiciera sanar el tejido de debajo. Hacía tiempo que no se veía en un espejo, pero todavía notaba la nariz y los pómulos hinchados, y se imaginaba qué aspecto debía de ofrecer.

«Hemos cerrado el círculo —pensó, y reprimió una risotada cuando el carro volvió a pasar por un bache—. Veo a Lily, me convierto en Lily, y ahora tengo unas lesiones iguales que las suyas.»

Kelsea había estado diez días cautiva: seis atada a un poste en una tienda de campaña mort, y los cuatro últimos encadenada en aquel carro. La rodeaban unos jinetes provistos de armaduras, lo que descartaba cualquier plan de huida, pero aquellos jinetes no eran el problema más acuciante de Kelsea. Su problema más acuciante estaba sentado al fondo del carro, y la miraba fijamente con los ojos entrecerrados por el sol.

Kelsea no sabía dónde lo habían encontrado los mort. No era mayor (quizá no fuera mucho mayor que Pen), y tenía una barba bien recortada que semejaba una correa bajo su barbilla. No tenía el porte de un carcelero jefe; de hecho, Kelsea empezaba a dudar que tuviera algún cargo oficial. ¿Podía ser que alguien le hubiera lanzado las llaves de las cadenas de Kelsea, sencillamente, y le hubiera encargado la tarea de vigilarla? Cuanto más lo pensaba, más convencida estaba de que eso era exactamente lo que había pasado. No había vuelto a ver ni de lejos a la Reina Roja desde aquella mañana en la tienda. Toda aquella operación destilaba improvisación.

—¿Cómo estás, preciosa? —le preguntó el carcelero.

Kelsea no le contestó, pero se estremeció ligeramente. La había llamado «preciosa», pero ella no sabía si era un comentario personal o no. Se había vuelto guapa, sí, era un duplicado de Lily; pero habría dado cualquier cosa por poder recuperar su antiguo rostro, aunque tampoco sabía si ser fea le habría permitido librarse de las atenciones de aquel hombre. Cuando llevaban tres días en la tienda de campaña, le había propinado una paliza, golpeándole a conciencia la cara y el torso. Kelsea no sabía qué era lo que lo había provocado, ni si estaba enfadado; mientras la agredía, su rostro había permanecido desprovisto de toda expresión.

«Si tuviera mis zafiros», pensó Kelsea sosteniéndole la mirada, sin bajar la vista para que él no lo interpretara como una señal de debilidad. La debilidad era un acicate para él. Kelsea se había pasado muchas horas de aquel viaje fantaseando sobre lo que haría si recuperaba sus zafiros. En su corta experiencia de reina había experimentado diversas formas de violencia, pero la amenaza que representaba aquel carcelero era completamente nueva: una violencia que no parecía tener ningún origen ni ningún objetivo, del todo gratuita. Y aquella falta de sentido era lo que la desesperaba, y eso también le recordaba a Lily. Una noche, hacía aproximadamente una semana, había soñado con Lily y con la Travesía, una reluciente y llamativa pesadilla con fuego, un mar encrespado y un amanecer rosado. Pero la vida de Lily estaba, de alguna manera, encapsulada en los zafiros, y Kelsea los había perdido, y ahora se preguntaba, casi con ferocidad, por qué demonios había tenido que pasar por todo aquello, por qué había tenido que ver tanto. Ahora tenía la cara de Lily, el pelo de Lily, los recuerdos de Lily. Pero ¿de qué le servía todo eso, si no podía ver el final de la historia? Row Finn le había dicho que ella era una Tear, pero Kelsea no sabía de qué le servía eso sin los zafiros. Ni siquiera conservaba la diadema de lady Andrews, que se había perdido en el campamento. No conservaba nada de su antigua vida.

«Por una buena razón.»

Cierto. Era importante que no perdiera de vista el Tear. Al final de aquel viaje la esperaba la muerte (ni siquiera sabía por qué seguía viva), pero había dejado atrás un reino libre, gobernado por un buen hombre. Su mente evocó la cara de Maza, sombría y seria, y de pronto lo echó tanto de menos que las lágrimas amenazaron con derramarse por debajo de sus párpados cerrados. Las contuvo, consciente de que el hombre que estaba sentado al fondo del carro disfrutaría viéndolas. Estaba convencida de que una de las razones por las que le había pegado con tanta rabia era que Kelsea se había negado a llorar.

«Lazarus», pensó tratando de aliviar su tristeza.

Ahora Maza ocupaba su trono, y, aunque él no viera el mundo exactamente como lo veía ella, sería un buen gobernante, justo y honrado. Y, aun así, Kelsea sentía una leve congoja, que se acrecentaba con cada kilómetro recorrido. Nunca había salido de su reino, ni una sola vez en toda su vida. No sabía por qué seguía con vida, pero no tenía duda alguna de que iba a Mortmesne a morir.

Notó que algo se deslizaba por su pantorrilla y se sobresaltó. El carcelero se había acercado arrastrándose por el suelo del carro y le acariciaba la pierna con un dedo. Kelsea no habría podido sentir más asco si hubiera visto una garrapata atravesándole la piel. El carcelero volvía a sonreír, y arqueaban las cejas como si aguardara una respuesta.

«Ya estoy muerta», se recordó Kelsea. En teoría, era una muerta viviente desde hacía meses. Ese pensamiento implicaba una gran libertad, y esa libertad le permitió recoger las piernas, como si se acurrucara en su rincón del carro, y entonces, en el último momento, arquear la espalda y arrearle una patada en la cara al carcelero.

El hombre cayó hacia un lado con un fuerte golpazo. Los jinetes que cabalgaban alrededor del carro se echaron a reír, la mayoría de ellos con una risa cruel; Kelsea dedujo que el carcelero no les caía muy bien, pero eso no la ayudaría en nada. Recogió las piernas y colocó las manos encadenadas delante del cuerpo, dispuesta a defenderse lo mejor que pudiera. El carcelero se incorporó; sangraba por la nariz, pero él no debía de notarlo, porque ni siquiera se molestó en limpiarse la sangre que resbalaba por su labio superior.

—Solo estaba jugando —dijo con arrogancia—. ¿No te gustan los juegos, preciosa?

Kelsea no le contestó. Los repentinos cambios de humor de aquel tipo eran lo primero que le había hecho pensar que no estaba bien de la cabeza. No había forma de prever ningún patrón de comportamiento. Rabia, confusión, jovialidad... Reaccionaba de un modo diferente cada vez. De pronto se dio cuenta de que sangraba y se limpió la sangre con una mano, pasándola luego por el suelo del carro.

—Será mejor que te comportes, preciosa —la reprendió imitando el tono de un profesor que regaña a un alumno díscolo—. Ahora yo me encargo de ti.

Kelsea se acurrucó en el rincón. Volvió a pensar con aflicción en sus zafiros, y de pronto se dio cuenta, sorprendida, de que en realidad tenía intención de sobrevivir a aquel viaje, aunque aún no supiera cómo. El carcelero solo era un obstáculo más que había que vencer. Pero ella estaba decidida a regresar a la Ciudadela.

«La Reina Roja jamás lo permitirá.

»Entonces ¿por qué me devuelve a Demesne?

»Para matarte. Seguro que planea poner tu cabeza en el sitio de honor de la Avenida de las Picas.»

Pero a Kelsea aquello le parecía demasiado fácil. La Reina Roja era directa. Si lo que quería era matar a Kelsea, su cadáver ya estaría pudriéndose en las orillas del Caddell. Tenía que haber algo que la Reina Roja deseaba obtener de ella, y, si así era, tal vez Kelsea lograra regresar a casa.

«A casa». Esta vez no pensó en las tierras, sino en las personas. Lazarus. Pen. El Traedor. Andalie. Arliss. Elston. Kibb. Coryn. Dyer. Galen. Wellmer. El padre Tyler. Por un momento, Kelsea los vio a todos juntos, como si estuvieran reunidos a su alrededor. Entonces esa imagen desapareció, y la luz del sol volvió a deslumbrarla y a causarle dolor de cabeza. No era una visión, sino solo su mente, que trataba de liberarse. Ya no volvería a haber más magia; la realidad era aquel carro polvoriento que avanzaba inexorablemente, alejándola de su hogar.

Maza nunca se sentó en el trono.

A veces Aisa creía que lo haría. Entre los miembros de la guardia aquello ya se había convertido en motivo de chanzas: Maza subía a la tarima con decisión... y se sentaba en el último peldaño, con los enormes brazos apoyados en las rodillas. Si había sido un día largo, tal vez se aviniera a usar un desvencijado sillón que había allí cerca, pero el trono propiamente dicho permanecía desocupado, un vacío monolito de plata que relucía en lo alto de la tarima y que servía para recordarles a todos la ausencia de la reina. Aisa estaba convencida de que eso era precisamente lo que pretendía Maza. Ese día, Maza ni siquiera había subido a la tarima, y se había sentado a la cabecera de la mesa de comedor de la reina. Aisa se quedó de pie detrás de su silla. Había varias personas más de pie; pese a ser enorme, en aquella mesa no cabían todos. Aisa no creía que allí pudiera darse ninguna amenaza violenta, pero de todas formas tenía una mano en el puñal. Raramente lo soltaba, ni siquiera para dormir. La primera noche después del puente (ahora la vida mental de Aisa parecía dividida en antes y después del puente), Maza le había asignado una habitación para ella sola, muy cerca de las dependencias de la guardia. A pesar de que Aisa quería mucho a sus hermanos, se alegró de librarse de ellos. Aquella parte de su vida, la parte que correspondía al pasado, la parte de la familia, parecía desaparecer cuando estaba trabajando con la guardia. No había espacio para ella. Aisa se sentía segura en su nueva habitación, más segura de lo que jamás se había sentido, pero a veces, cuando despertaba por la mañana, se encontraba el puñal en la mano.

Arliss estaba sentado al lado de Maza, con uno de sus apestosos cigarrillos entre los dientes, hojeando un montón de documentos que tenía delante. Arliss vivía para los datos y las cifras, pero Aisa no sabía de qué iban a servirle sus registros en aquel caso. El problema de la reina no podía resolverse sobre el papel.

Junto a Arliss estaba el general Hall, acompañado de su ayudante, el coronel Blaser. Ambos llevaban todavía puesta la armadura, pues acababa de regresar del frente. Durante toda la semana anterior, los últimos restos del ejército tear habían seguido a la enorme caravana militar mort, que cruzó el Caddell e inició su avance, lento pero constante, hacia el este, atravesando el Almont. Por imposible que pudiera parecer, los mort estaban replegándose: habían recogido su material de asedio y volvían a casa.

«Pero ¿por qué?»

Nadie lo sabía. El ejército tear estaba diezmado, y las defensas de Nueva Londres eran endebles; Elston decía que los mort habrían podido atravesarlas sin ningún problema. El ejército mantenía estrechamente vigilados a los invasores, por si se trataba de una trampa; sin embargo, a esas alturas, hasta Maza parecía convencido de que la retirada era real. Los mort se marchaban. No tenía sentido, pero era lo que estaba pasando. Según el general Hall, los soldados mort ni siquiera saqueaban por el camino.

Todo eso eran buenas noticias, pero el humor de los que estaban sentados a aquella mesa distaba mucho de ser jovial. Seguían sin saber nada de la reina. Los mort no habían dejado atrás su cadáver al retirarse. Andalie decía que estaba prisionera, y a Aisa le hervía la sangre solo de pensarlo. El primer deber de un guardia real era proteger al gobernante del peligro, y, aunque la reina no estuviera muerta, todavía estaba a merced de los mort. Ni siquiera su madre sabía qué le estaba pasando en el campamento.

Al otro lado de Maza estaba sentado Pen, pálido y demacrado. Por mucho que sufrieran Aisa y los otros guardias pensando en lo que podía estar sucediéndole a la reina, nadie sufría como Pen, que era su guardia personal... «y algo más», pensó Aisa. Últimamente no se podía contar mucho con él, pues por lo visto lo único que era capaz de hacer era estar deprimido y beber, y, cuando alguien decía su nombre, solo levantaba un poco la cabeza, con gesto de ligero desconcierto. Una parte de Pen se había perdido el día que la reina había destruido el puente, y aunque estaba sentado al lado de Maza, ocupando el lugar de un guardia personal, seguía con la mirada fija en la mesa, ausente. Coryn, sentado a su lado, estaba tan alerta como siempre, de modo que Aisa no se preocupaba, pero sí se preguntaba hasta dónde llegaría la tolerancia de Elston respecto a Pen. ¿Cuánto tardaría alguien en decir la verdad en voz alta: que Pen no estaba en condiciones de desempeñar su trabajo?

—Empecemos —anunció Maza—. ¿Qué noticias hay?

El general Hall carraspeó.

—Creo que antes que nada, señor, debería presentar un informe. Hay buenas razones.

—Pues adelante. ¿Dónde están los mort?

—Están en el Almont central, señor, y se acercan al nacimiento del Crithe. Recorren como mínimo cinco millas diarias, casi diez desde que dejó de llover.

—¿No dejan nada atrás?

Hall negó con la cabeza.

—Hemos buscado trampas. Creo que la retirada es auténtica.

—Bueno, algo es algo.

—Sí, señor, pero...

—¿Y los desplazados? —inquirió Arliss—. ¿Podemos empezar a devolverlos a sus casas?

—No sé si será seguro. Deberíamos esperar a que la caravana militar mort se haya alejado un poco más.

—En el norte del Reddick ya han caído las primeras nieves, general. Si no recogemos las cosechas pronto, no habrá nada que cosechar. —Arliss hizo una pausa y expulsó una voluta de humo—. Además, tenemos todos los problemas a los que se puede enfrentar una ciudad superpoblada: alcantarillado, tratamiento de aguas, enfermedades... Cuanto antes la vaciemos, mejor. Tal vez sí...

—Hemos visto a la reina.

Todos se pusieron alerta. Hasta pareció que Pen despertaba.

—¿A qué estáis esperando? —preguntó Maza con brusquedad—. ¡Informad!

—La vimos ayer por la mañana, en el delta del Crithe. Está viva, pero esposada, encadenada a un carro. No tiene ninguna oportunidad de huir.

—¡Pero si partió el maldito puente de Nueva Londres por la mitad! —renegó Arliss—. ¿Cómo van a atarla unas cadenas a un carro?

—No pudimos verla bien —dijo Hall con serenidad—. La caballería mort es demasiado nutrida. Pero uno de mis hombres, Llew, tiene vista de halcón. Está casi seguro de que la reina ya no lleva los zafiros de Tear.

—¿Cómo está? —intervino Pen.

Hall se sonrojó; miró a Maza y dijo:

—Quizá sería mejor que lo habláramos...

—Lo hablaremos ahora mismo —dijo Pen en voz muy baja—. ¿Está herida?

Hall miró, acongojado, a Maza y este hizo un gesto afirmativo.

—Sí. Tiene cardenales en la cara; hasta yo pude verlo con el catalejo. Le han pegado.

Pen se recostó en la silla. Aisa no podía verle la cara, pero tampoco había necesidad. Sus hombros caídos lo decían todo. Toda la mesa guardó silencio un momento.

—Al menos iba de pie en el carro —se aventuró a decir Hall—. Si se tiene en pie es que no está gravemente herida. No creo que tenga ningún hueso roto.

—¿Dónde va ese carro? —preguntó Maza.

—Justo en el centro de la caballería mort.

—¿No hay ninguna posibilidad de un ataque directo?

—No, ninguna. Aunque mi ejército no estuviera terriblemente diezmado, los mort no quieren arriesgarse. Está rodeada de soldados a caballo por los cuatro costados, en un radio de al menos treinta metros. La llevan a toda velocidad por la Calzada Mort, aventajando a la infantería. Supongo que la llevan directamente a Demesne.

—A la mazmorra del Palais. —Pen apoyó la frente en una mano—. ¿Cómo demonios vamos a sacarla de allí?

—La rebelión mort está a punto de llegar a Demesne —le recordó Maza—. La gente de Levieux nos será útil.

—¿Cómo sabe que puede confiar en él?

—Lo sé, y basta.

Aisa arqueó las cejas. No había vuelto a pensar en Levieux, que se había marchado de la Ciudadela hacía más de una semana. Era atractivo, pero la belleza no significaba nada a la hora de pelear. Alain, uno de sus hombres, sí sabía unos cuantos buenos trucos de cartas, pero no podían compararse con los de Bradshaw. Quizá un mago fuera capaz de entrar en la mazmorra del palacio mort, pero Maza no confiaba en los magos.

—Ahora la Reina Roja se enfrentará a un problema en su flanco derecho —caviló Arliss—. No hay botín: ni oro, ni mujeres... No sé cómo ha conseguido que su ejército se retire, pero seguro que los soldados no están contentos.

—Eso mismo habrá pensado Levieux. Los soldados que no han recibido su paga se convierten en excelentes rebeldes. Espera poder reclutar a un gran número de ellos cuando el ejército regrese a casa.

—Y eso ¿de qué nos sirve a nosotros —preguntó Pen —si no tenemos a la reina?

—Eso ya lo hablaremos más tarde, Pen —lo reprendió Maza—. De momento, cálmate.

Aisa arrugó la frente. Maza consentía continuamente a Pen: intentaba animarlo y no lo reprendía cuando este adoptaba una actitud insubordinada. Aisa habría impuesto al joven una dura sanción y, si eso no hubiera bastado, le habría dado una bofetada.

—Siga enviándome informes de la retirada —le dijo Maza a Hall—, pero concéntrese en la reina. Escoja a dos de sus mejores hombres para que la sigan una vez en Mortmesne. Asegúrese de que no le perdemos la pista. Pueden retirarse.

Hall y Blaser saludaron con la cabeza y se dirigieron hacia la puerta.

—Tenemos que hablar del Arvath —dijo Arliss.

—¿Qué pasa con el Arvath?

Arliss recogió sus documentos y los dejó a un lado.

—Esta mañana una muchedumbre ha causado algunos desperfectos en la ciudad. Por lo visto se han congregado en el circo y, desde allí, han ido hasta Bethyn’s Close.

—Esta clase de disturbios no son nada nuevo.

—Este era especial. Tengo entendido que el principal asunto en discusión era la falta de moralidad del gobierno de la reina.

Maza frunció el entrecejo, y lo mismo hizo Aisa. Ahora que el problema de los mort se alejaba rápidamente, surgía otro que ocupaba su lugar: el Santo Padre. El mismo día en que la reina había salido de la ciudad, el Arvath había anunciado públicamente su negativa a pagar el impuesto sobre la propiedad, así como su intención de absolver a cualquier seglar que se negara a hacer lo mismo.

—¿Qué relación tiene esa turba con el Arvath? —preguntó Coryn.

—Ninguna —contestó Arliss—. El grupo se dispersó mucho antes de que llegaran los alguaciles, y ya no tenemos ejército capaz de ocuparse del descontento civil. Pero entraron en una casa del borde de Bethyn’s Close y aterrorizaron a las dos mujeres que vivían allí. Por llevar un estilo de vida inmoral.

A Maza había empezado a temblarle un músculo de la cara.

—El Santo Padre cree que si me presiona lo suficiente no recaudaré los impuestos de la reina. Pero se equivoca.

—Los nobles siguen negándose a pagar sus impuestos, excepto Meadows y Gillon. La Guardería se va a llevar la mayor parte del Tesoro. Hemos perdido los ingresos de los peajes del puente. Dentro de pocos meses estaremos con el agua al cuello.

—Pagarán. —Maza compuso una sonrisa tan feroz que Aisa retrocedió asustada, pero al cabo de un momento su rostro recuperó su expresión habitual—. ¿Se sabe algo de esos dos sacerdotes?

—No, no hay ni rastro de ellos. Han desaparecido. Pero el Arvath se ha enterado de que hemos igualado su recompensa. —Arliss volvió a hurgar en su montón de papeles—. En un mensaje de ayer, el Santo Padre exige que retiremos nuestra recompensa por el padre Tyler, si queremos entrar en el Cielo.

—Si queremos entrar en el Cielo —repitió Maza—. Algún día yo mismo me ocuparé de que ese hombre conozca a Jesucristo.

—Y hay otro informe preocupante. Hace dos días, uno de mis espías vio a unos sacerdotes que salían de Nueva Londres por la carretera secundaria que rodea la ciudad.

—¿Adónde iban?

—A Demesne, seguramente. Mi hombre los siguió un buen trecho por la Calzada Mort.

El semblante de Maza se ensombreció.

—¿Lo investigamos? —preguntó Elston.

—No —contestó Maza tras reflexionar un momento—. Si el Santo Padre tiene tratos con la Reina Roja, mi fuente en el Palais nos informará. ¿Qué más?

Arliss repasó su lista.

—Tenemos que recoger la cosecha antes de que nieve. El reino entero está hambriento de frutas y hortalizas frescas. Creo que los primeros labriegos que vayan a recoger una cosecha podrían poner los precios que quieran.

—Eso no es un buen incentivo para los que trabajan las tierras de un noble.

—Sí, pero todos los nobles siguen en Nueva Londres. —Arliss compuso una sonrisa tan traviesa que Aisa no pudo evitar sentir cierta simpatía por él en ese momento, a pesar de los cigarrillos apestosos y todo lo demás—. Si un lord no se ocupa de sus tierras mientras los mort las atraviesan, ¿quién puede decir qué fue de la cosecha?

—Y ¿y si los mort se dedican a saquear por el camino de regreso? —preguntó Elston.

—No, no está habiendo pillaje. Se lo he preguntado al segundo de Hall. No tocan los cultivos, sabe Dios por qué. —Arliss se encogió de hombros y añadió—: Dejemos que los campesinos vayan a recoger las mejores piezas. Aunque solo recolecten unos pocos días, podrían asegurarse el invierno si consiguieran ser los primeros en llegar al mercado. Y su éxito sería un aliciente para los demás.

Maza asintió con la cabeza y dijo:

—Ocúpese usted de ello.

—Merritt sigue esperando fuera —le recordó Elston.

—¿Cuántos cadén lo acompañan?

—Tres.

—¿Solo?

—Sí, señor. Pero no son tres cualesquiera. Son los hermanos Miller.

—Vaya. —Maza meditó brevemente sobre aquel dato.

Aisa no sabía quiénes eran los hermanos Miller, pero habían discutido mucho sobre si debían dejar entrar a unos cadén en el Pabellón Real. A Elston no le gustaba la idea, como a casi todos los otros guardias, pero Maza estaba decidido a dejarlos pasar, y Aisa confiaba en que se saliera con la suya. Estaba deseando ver de cerca a unos cadén.

—Muy bien, que pasen.

Maza subió a la tarima, y Aisa aguantó la respiración, expectante. Pero, en lugar de sentarse en el trono, Maza se colocó en el último peldaño mientras Devin entraba por la puerta con los cadén.

El jefe, Merritt, medía más de un metro ochenta, pero se movía como Maza, con la agilidad de un hombre corpulento capaz de adquirir una velocidad considerable en caso necesario. Tenía una gran cicatriz en la frente. Aisa, que se había hecho varias heridas de puñal en las manos y los brazos durante los entrenamientos, conjeturó que aquella cicatriz no era lo bastante limpia para haber sido hecha por un cuchillo. Parecía más bien una herida infligida por unas uñas humanas. Había oído hablar de Merritt; todos habían oído hablar de él, pues, incluso entre los cadén, estaba considerado uno de los más selectos. En cambio, los tres hombres que iban detrás de él eran un enigma.

Entraron en la sala formando un triángulo, uno delante y dos detrás, en una formación defensiva que Aisa reconoció gracias a sus sesiones de entrenamiento. Sus capas color sangre destacaban contra la piedra gris de las paredes de la Ciudadela. Los tres eran muy distintos físicamente: uno alto, otro de mediana estatura, y otro más bajo, y todos tenían diferentes tonalidades de pelo castaño, desde el más claro hasta el más oscuro. Sin embargo, guardaban un extraño parecido, no físico, que Aisa no supo identificar. Cuando uno se movía, también lo hacían los otros dos; se orientaban como una tríada, sin decir nada y sin hacerse señales abiertamente, y Aisa dedujo que llevaban mucho tiempo trabajando juntos. Elston, en su calidad provisional de capitán, había decretado que ninguno de los cadén podría acercarse a más de tres metros de Maza, y Aisa se alegró de que hubiera tomado aquella precaución. Aquellos tres hombres parecían peligrosos.

Merritt señaló uno a uno sus acompañantes.

—Los Miller. Christopher, Daniel, James.

Maza los miró y dijo:

—Tenía entendido que os habían echado del gremio.

—El gremio se lo ha pensado mejor —replicó el más alto, Christopher, con tono cordial.

—¿Por qué?

—Somos útiles, Regente.

—Fuisteis útiles hace seis años. No he vuelto a saber nada de vosotros desde entonces.

—Pero no hemos estado ociosos —aportó James.

—Claro que no. —El tono de Maza se afiló—. Habéis estado buscando a la reina.

Los tres cadén permanecieron callados con gesto hostil, sosteniéndole la mirada, hasta que Maza transigió.

—El pasado pasado está. Tengo un trabajo para vosotros, y para tantos miembros de vuestro gremio como quieran participar.

—Nuestro gremio está muy ocupado —dijo James.

Aisa le pareció que era una respuesta mecánica. Se preguntó si los cadén siempre responderían con una negativa la primera vez.

—Sí, estáis ocupados —dijo Maza con un deje burlón—. Me han contado algunas historias. Los cadén, salteadores de caminos. Los cadén, mercenarios. Los cadén organizando peleas de perros y cosas peores.

—Hacemos lo que nos piden. ¿Qué hay de malo en eso?

—Esas cosas son indignas de vosotros; no fue para eso para lo que os reclutaron. Perjudican el prestigio de vuestro gremio. Yo tengo un trabajo mejor. Difícil y peligroso. Y que exige cierta astucia. Aunque tuviera a mi disposición un ejército intacto, no les encargaría esta misión a unos soldados.

El tercer cadén, Daniel, habló por primera vez.

—¿De qué trabajo se trata?

—Se trata de limpiar la Guardería.

—Eso es muy fácil —dijo James riendo—. Lo único que necesitas es una cisterna.

—No, no es nada fácil —lo contradijo Maza sin sonreír siquiera—. Ahí abajo el espacio es muy reducido, hay mujeres y niños expuestos a un peligro considerable. Y también hombres, y la reina querrá saber quiénes. Quiero sacar de allí a los inocentes sanos y salvos, y a los proxenetas y empresarios, vivos y detenidos.

—¿Cuánto vas a pagar por este trabajo?

—Un precio cerrado. Diez mil libras al mes durante tres meses. Si vuestro gremio no lo consigue en ese tiempo, dudo mucho que pueda hacerse.

—¿Habrá bonificación por hacerlo en menos tiempo?

Maza miró a Arliss, que asintió a regañadientes y dijo:

—Si lo hacéis en dos meses, pero bien hecho, os pagaremos los tres meses.

Los Miller formaron un corro y hablaron en voz baja mientras el resto de los presentes esperaban. Merritt no participó en la deliberación, sino que se quedó un poco apartado, impertérrito. Él ya había accedido a ayudarlos gratis; según Maza, estaba en deuda con la reina. Pero Aisa tenía sus dudas. ¿Qué clase de deuda podía hacer que un cadén trabajara gratis?

Maza observaba a los tres hermanos con gesto de indiferencia, pero Aisa no se dejó engañar por su expresión. Había algo que lo impulsaba a hacer aquello. Ella nunca había oído hablar de la Guardería antes de lo del puente, y nadie quería contarle nada de aquel lugar abiertamente, pero ya había entreoído bastante para hacerse una idea de cómo era aquel sitio: una madriguera qu ...