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EL DIARIO DEL DIABLO

Robert K. Wittman / David Kinney

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Fragmento

PRÓLOGO
La cámara de seguridad

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«¡Viva la Alemania eterna!». Los nazis de la localidad reciben a Alfred Rosenberg (en el centro, con la mano levantada) en Heiligenstadt, Turingia, en 1935 (ullstein bild/ullstein bild vía Getty Images).

El palacio en lo alto de la montaña se erguía sobre una amplia extensión de ondulados campos bávaros, tan encantadores que todos los llamaban el Gottesgarten, «el jardín de Dios».

Desde las aldeas y las casas de labranza que bordeaban el sinuoso río situado a sus pies, Schloss Banz llamaba la atención. Sus múltiples alas de piedra resplandecían con una luminosidad dorada por los rayos del sol, y un par de delicadas torres con remates de cobre se elevaban hacia el cielo en la fachada de su iglesia barroca. El lugar tenía una historia milenaria: como centro comercial, como castillo fortificado desde el que oponer resistencia a diversos ejércitos y como monasterio benedictino. Había sido saqueado y destruido en tiempos de guerra y reconstruido de forma un tanto extravagante para los Wittelsbach, la familia real de Baviera. Reyes y duques, y en cierta ocasión incluso el káiser Guillermo II, el último emperador de Alemania, habían honrado con su presencia sus opulentos salones. Ahora, en la primavera de 1945, aquel coloso servía de puesto avanzado de una famosa fuerza operacional que se había pasado la guerra desvalijando la Europa ocupada para mayor gloria del Tercer Reich.

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Cuando la derrota empezó a verse cada vez más cercana, después de seis años durísimos de guerra, en todos los rincones de Alemania los nazis intentaron quemar los documentos gubernamentales sensibles antes de que su contenido cayera en manos del enemigo y pudiera ser utilizado contra ellos. Pero algunos burócratas que no se sintieron capaces de destruir sus papeles los escondieron en bosques, en minas, en castillos y en palacios como aquel. En todo el país quedarían enormes archivos de documentos secretos que los Aliados encontrarían intactos: detallados informes internos que arrojaban luz sobre la retorcida burocracia alemana, sobre la despiadada estrategia bélica del ejército y sobre el obsesivo plan trazado por los nazis para limpiar Europa de sus «elementos indeseables», de manera definitiva y para siempre.

Durante la segunda semana del mes de abril, las tropas norteamericanas del III ejército del general George S. Patton y del VII ejército del general Alexander Patch invadieron la región. Los soldados, que habían cruzado el Rin unas semanas antes, avanzaban ahora contundentemente por las regiones occidentales del maltrecho país, viéndose frenada su marcha solo por puentes demolidos, barricadas improvisadas en medio de la carretera y bolsas aisladas de obstinada resistencia.[1] Las fuerzas invasoras pasaban por ciudades arrasadas por las bombas aliadas. Desfilaban ante aldeanos de ojos hundidos y ante casas en las que, en vez de la esvástica nazi, ondeaban ahora sábanas y fundas de almohada de color blanco. El ejército alemán prácticamente se había desintegrado. Hitler estaría muerto en tres semanas y media.

Poco después de llegar a aquella comarca, los americanos se encontraron con un extravagante aristócrata que lucía monóculo y botas altas perfectamente brillantes. Kurt von Behr había pasado la guerra en París expoliando colecciones privadas de arte y saqueando el mobiliario y los enseres más sencillos de decenas de millares de casas de judíos de Francia, Bélgica y los Países Bajos.[2] Poco antes de la liberación de París había huido con su mujer a Banz, acompañado de un enorme cargamento de tesoros robados en un convoy compuesto por once automóviles y cuatro camiones de mudanzas.

Ahora Von Behr pretendía hacer un trato.

Se trasladó a la vecina ciudad de Lichtenfels y abordó a un funcionario del Gobierno militar llamado Samuel Haber. Daba la impresión de que Von Behr se había acostumbrado a vivir como un rey bajo los techos decorados con ricos frescos del palacio.[3] Si Haber le daba permiso para quedarse allí, Von Behr estaba dispuesto a enseñarle un alijo secreto de importantes documentos nazis.

El oficial americano se sintió intrigado. Las labores de inteligencia operacional estaban muy solicitadas y los juicios por crímenes de guerra estaban a la vuelta de la esquina, de modo que las fuerzas aliadas habían recibido la orden de rastrear y recuperar toda la documentación alemana que pudieran encontrar. El ejército de Patton tenía una unidad de inteligencia militar G-2 dedicada a esa tarea.[4] Solo en el mes de abril, sus equipos de búsqueda llegarían a capturar treinta toneladas de documentos nazis.

Siguiendo la pista suministrada por Von Behr, los americanos subieron a la montaña y franquearon las puertas del palacio para visitar al barón. El aristócrata nazi los escoltó hasta un subterráneo situado a cinco pisos de profundidad, donde, oculta tras un falso muro de hormigón, se hallaba una verdadera mina de documentos nazis de carácter confidencial. Los papeles llenaban una cámara de seguridad enorme. Lo que no cabía en su interior yacía desperdigado en montones por la habitación.

Tras revelar su secreto, Von Behr —dándose cuenta, al parecer, de que su jugada no iba a salvarlo de los estragos de la humillante derrota de Alemania— se dispuso a salir de escena a lo grande. Se puso uno de sus extravagantes uniformes y acompañó a su esposa al dormitorio de su mansión. Levantando dos copas de champaña francés previamente envenenadas con cianuro, la pareja brindó por el final de todo. «El episodio», escribiría una corresponsal americana, «tenía todos los elementos del melodrama que, al parecer, tanto entusiasmaba a los líderes nazis».

Los soldados encontraron los cuerpos de Von Behr y su esposa desplomados en su lujoso entorno. Cuando fueron a examinar sus cadáveres, se fijaron en la botella medio vacía que aún estaba encima de la mesa.

La pareja había escogido un vino de una añada llena de simbolismo: 1918, la fecha en que su amada patria había sido derrotada al término de otra guerra mundial.[5]

Los papeles que había en la caja fuerte pertenecían a Alfred Rosenberg, el principal ideólogo de Hitler y uno de los primeros miembros del partido nazi. Rosenberg vivió los momentos embrionarios del partido en 1919, cuando algunos nacionalistas alemanes, llenos de amargura e ira, descubrieron un nuevo líder en Adolf Hitler, el rimbombante veterano de la Primera Guerra Mundial que llevaba una vida errante. En noviembre de 1923, durante la noche escogida por Hitler para derrocar al gobierno bávaro, Rosenberg entró en la cervecería de Múnich un paso por detrás de su héroe. Estaría también en Berlín diez años más tarde, cuando el partido accediera al poder y procediera a aplastar a sus enemigos. Estuvo también ahí, peleando en la arena, cuando los nazis remodelaran toda Alemania a su imagen y semejanza. Y estaría también ahí, cuando la guerra cambiara de rumbo y toda su retorcida visión de las cosas se viniera abajo.

En la primavera de 1945, cuando los investigadores empezaron a hojear el enorme alijo de documentos incautados —que incluía doscientos cincuenta volúmenes de correspondencia oficial y personal—, encontraron algo especialmente valioso: el diario personal de Rosenberg.

El relato, escrito a mano, tenía una extensión de casi quinientas páginas; algunas de las entradas habían sido anotadas en un cuaderno, pero la mayoría estaba en hojas sueltas. Las primeras anotaciones eran de 1934, un año después de que diera comienzo el régimen de Hitler, y las últimas estaban datadas diez años más tarde, pocos meses antes de que acabara la guerra. De los personajes más importantes de la jerarquía del Tercer Reich, solo Rosenberg; el ministro de Propaganda, Joseph Goebbels; y Hans Frank, el brutal gobernador-general de la Polonia ocupada, dejaron diarios de ese estilo.[6] Los demás, Hitler incluido, se llevaron consigo sus secretos a la tumba. El diario de Rosenberg prometía arrojar luz sobre las actividades del Tercer Reich desde la perspectiva de un hombre que había actuado en los niveles más altos del partido nazi durante un cuarto de siglo.

Fuera de Alemania, Rosenberg nunca fue tan famoso como Goebbels, como Heinrich Himmler, el cerebro de las fuerzas de seguridad de la SS, o como Hermann Göring, el coordinador económico de Hitler y comandante en jefe de la fuerza aérea. Rosenberg tendría que luchar y pelear con uñas y dientes contra esos gigantes de la burocracia nazi para conseguir el tipo de poder que, a su juicio, se merecía. Pero contó con el apoyo del Führer desde el primer momento hasta el último. Hitler y él tenían el mismo punto de vista sobre las cuestiones más básicas, y Rosenberg se mostró siempre inequívocamente leal. Hitler le confió una serie de cargos relevantes dentro del partido y en el Gobierno, elevando el perfil público de Rosenberg y asegurándole una influencia enorme. Sus rivales en Berlín lo odiaban, pero los militantes de a pie del partido veían en él a uno de los personajes más importantes de Alemania: para ellos era un gran pensador al que prestaba oídos el propio Führer.

Podrían encontrarse las huellas de Rosenberg en varios de los crímenes más famosos de la Alemania nazi.

Él fue quien orquestó el expolio de obras de arte, archivos y bibliotecas de todo el continente, desde París hasta Cracovia y aún hasta Kiev, botín cuya pista seguirían los famosos Hombres de los Monumentos, los Monuments Men, por los castillos y minas de sal de Alemania.

En 1920 sembró en la mente de Hitler la insidiosa idea de que tras la revolución comunista de la Unión Soviética se ocultaba una conspiración judía de proporciones globales, y la iría repitiendo una y otra vez. Rosenberg fue también el adalid más destacado de una teoría que Hitler utilizaría veinte años después para justificar la devastadora guerra lanzada por Alemania contra los soviéticos. Pocos meses antes de que los nazis emprendieran la invasión de la Unión Soviética, Rosenberg afirmaba que la guerra representaba «una revolución mundial de limpieza biológica», que acabaría por exterminar «todos los gérmenes del judaísmo y sus bastardos, causantes de la infección racial».[7] Durante los primeros años de la guerra en el Frente Oriental, cuando los alemanes obligaron al Ejército Rojo a retroceder casi hasta Moscú, Rosenberg presidió un organismo de ocupación que sembró el terror en los Países Bálticos, Bielorrusia y Ucrania, y desde su ministerio colaboró con los cruzados genocidas de Himmler, encargados de masacrar a todos los judíos del este de Europa.[8]

Y no olvidemos que Rosenberg puso los cimientos del Holocausto. Empezó a publicar sus ideas ponzoñosas acerca de los judíos en 1919 y, como editor del periódico de su partido y autor de numerosos artículos, panfletos y libros, continuó propagando el mensaje de odio del partido. Después, Rosenberg se convirtió en el delegado del Führer en materia ideológica, siendo recibido en todas las ciudades y pueblos del Reich por multitudes de personas que lo aclamaban y lo vitoreaban. De su principal obra teórica, El Mito del siglo XX, llegaron a venderse más de un millón de ejemplares, siendo considerada, junto con Mi lucha, de Hitler, el texto fundamental de la ideología nazi. En sus voluminosos escritos, Rosenberg tomó prestadas de otros pseudo-intelectuales diversas ideas, ya anticuadas, acerca de la raza y la historia universal, y las refundió en un peculiar sistema de creencias políticas. Los líderes locales y regionales del partido le escribían diciéndole que pronunciaban miles de discursos repitiendo de memoria sus palabras. «En ellas», decía Rosenberg jactanciosamente en su diario, «encontraron orientación y material a un tiempo para la lucha».[9] Rudolf Höss, el comandante del campo de la muerte de Auschwitz, donde fueron exterminadas más de un millón de personas, decía que para llevar a cabo su misión lo habían preparado psicológicamente las palabras de tres hombres en particular: Hitler, Goebbels y Rosenberg.[10]

En el Tercer Reich un ideólogo podía comprobar cómo sus ideas eran trasladadas a la práctica, y las de Rosenberg tuvieron unas consecuencias fatales.

«Una y otra vez me invade la cólera cuando pienso en lo que ese parásito pueblo judío ha hecho a Alemania», escribía en su diario en 1936. «Pero al menos tengo una satisfacción: haber aportado mi granito de arena para poner al descubierto su traición».[11] Las ideas de Rosenberg legitimaron y racionalizaron el asesinato de millones de individuos.

En noviembre de 1945, se reunió en Núremberg con carácter extraordinario un Tribunal Militar Internacional para juzgar a los nazis más famosos que habían sobrevivido y a los que se imputaba la comisión de crímenes de guerra. Uno de ellos era Rosenberg. La acusación se basaba en la multitud de documentos alemanes capturados por los Aliados al término de la guerra. Durante el proceso, Hans Fritzsche, imputado como criminal de guerra por su función como director del Departamento Radiofónico del Ministerio de Propaganda, dijo a un psiquiatra de la cárcel que Rosenberg había desempeñado un papel trascendental en la formación de las ideas filosóficas de Hitler a lo largo de los años veinte, antes de que los nazis alcanzaran el poder. «En mi opinión, ejerció una influencia tremenda sobre Hitler durante el periodo en el que este todavía pensaba algo», dijo Fritzsche, que resultó absuelto en Núremberg, aunque luego fue condenado a nueve años de cárcel por un tribunal alemán de desnazificación. «La importancia de Rosenberg radica en que sus ideas, que eran de naturaleza puramente teórica, se hicieron realidad en manos de Hitler... Lo trágico es que las teorías fantásticas de Rosenberg fueron llevadas realmente a la práctica».

En cierto modo, sostenía Fritzsche, en Rosenberg recaía «la principal culpa de todos los que estamos aquí sentados en el banquillo de los acusados».[12]

En Núremberg, Robert H. Jackson, el principal representante de la acusación por parte de los americanos, denunció a Rosenberg como el «sumo sacerdote intelectual de la ‘raza superior’».[13] Los jueces hallaron culpable de crímenes de guerra al dirigente nazi y el 16 de octubre de 1946, en plena noche, se acabó con su vida colgándole de una soga.

Durante las décadas sucesivas los historiadores que han intentado entender el cómo y el porqué del cataclismo más grande del siglo XX han estudiado minuciosamente los millones de documentos rescatados por los Aliados al término de la guerra. La documentación que había logrado sobrevivir era amplísima: informes militares secretos, inventarios detallados de objetos robados, diarios privados, documentos diplomáticos, transcripciones de conversaciones telefónicas, escalofriantes partes burocráticos en los que se hablaba de asesinatos en masa. Cuando los juicios llegaron a su fin en 1949, los fiscales americanos cerraron sus despachos y los documentos alemanes incautados fueron enviados en barco a una vieja fábrica de torpedos a orillas del río Potomac en Alexandria, Virginia. Allí fueron preparados para su registro en los Archivos Nacionales estadounidenses. Se hicieron microfilms y finalmente casi todos los originales fueron devueltos a Alemania.

Pero algo ocurrió con el diario secreto de Rosenberg. En realidad nunca llegó a Washington. Nunca fue transcrito, traducido ni estudiado en su totalidad por los especialistas en la historia del Tercer Reich.

Cuatro años después de ser desenterrado de la bóveda del palacio de Baviera, el diario desapareció.

PERDIDO Y HALLADO

1949-2013

1

El cruzado

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El fiscal Robert Kempner en el Palacio de Justicia de Núremberg (U.S. Holocaust Memorial Museum, cortesía de John W. Mosenthal).

Cuatro años después de que acabara la guerra, en la Sala 600 del Palacio de Justicia de Núremberg, un fiscal aguardaba la entrega de los veredictos. Iban a ser las sentencias definitivas contra los criminales de guerra nazis imputados por los americanos, y Robert Kempner lo había invertido todo en el resultado que esperaba.

Agresivo, tenaz, incansable creador de contactos sociales y profesionales con cierta afición por la intriga, aquel abogado de 49 años se había acostumbrado a ir por la vida levantando la cara, como si quisiera invitar a sus adversarios —y tenía muchos— a propinarle su mejor golpe. Y no era desde luego que sobresaliera desde el punto de vista físico: Kempner, que tenía unas entradas muy profundas y medía apenas un metro setenta y cinco, poseía una personalidad que de alguna manera obligaba a la gente a tomar postura. Según el punto de vista de cada uno, era un hombre carismático o pretencioso, reservado o dogmático, un defensor de las causas justas o un patán de poca monta.

Kempner había pasado casi veinte años luchando contra Hitler y los nazis, y los últimos cuatro lo había hecho en aquella ciudad convertida en ruinas como consecuencia de la megalomanía del Führer y de las bombas de los Aliados. La pugna que había llevado a cabo era una singular historia personal y al mismo tiempo representaba un capítulo de la historia universal: la lucha por su propia vida, pero también el pequeño granito de arena aportado en la lucha global de su generación. A comienzos de los años treinta, siendo un joven funcionario de la policía de Berlín, Kempner había defendido que Alemania debía parar los pies a Hitler y sus seguidores y acusarlos de alta traición antes de que lograran derribar la república y poner en práctica su programa de terror. A los pocos días de la ascensión del partido nazi al poder en 1933, Kempner —judío, liberal y opositor declarado del nuevo Gobierno— perdió su puesto en la Administración. Tras un breve periodo de detención y un interrogatorio de la Gestapo en 1935, escapó a Italia, luego a Francia y finalmente a Estados Unidos, donde siguió adelante con su campaña. Haciendo uso de una verdadera biblioteca de documentación interna de los propios alemanes y de toda una red de informadores, Kempner ayudó al Departamento de Justicia norteamericano a condenar a los propagandistas nazis que operaban en Estados Unidos y suministró información sobre el Tercer Reich al Departamento de Guerra, la Oficina de Servicios Estratégicos (OSS por sus siglas en inglés) y la Oficina Federal de Investigación (FBI) de J. Edgar Hoover.

Luego, en un giro argumental que parece arrancado de las páginas de un guion de Hollywood, regresó a su país natal y ayudó a incriminar a los mismos hombres que lo habían echado de su trabajo, lo habían demonizado por la sangre judía que corría por sus venas, lo habían despojado de la ciudadanía alemana y lo habían obligado a huir para salvar la vida.

Tras intervenir en el famoso proceso internacional por crímenes de guerra en el que fueron juzgados Göring, Rosenberg y los demás grandes nombres del Tercer Reich caído, Kempner permaneció en Núremberg para encargarse de doce casos más presentados por los norteamericanos contra otros ciento setenta y siete colaboradores nazis: médicos que habían realizado experimentos atroces con los internos de los campos de concentración, funcionarios de la SS que obligaban a los prisioneros a trabajar hasta morir, directores de empresa que se habían aprovechado del trabajo forzoso de la mano de obra esclava o jefes de escuadrones de la muerte que habían masacrado a la población civil de los distintos países de la Europa del Este durante la guerra.

Kempner supervisó personalmente el último y también el más largo de los procesos, el Caso 11, llamado el Juicio de los Ministerios porque la mayoría de los acusados habían ostentado puestos destacados en las oficinas gubernamentales de la Wilhelmstrasse de Berlín. El personaje más destacado del proceso, el Secretario de Estado del Ministerio de Asuntos Exteriores, Ernst von Weizsäcker, había allanado el camino para la invasión de Checoslovaquia y, según se demostró, había aprobado personalmente el traslado de más de seis mil judíos de Francia al campo de exterminio de Auschwitz. Pero el acusado más famoso era Gottlob Berger, un oficial de alto rango de la SS que había organizado un escuadrón de la muerte famoso por su brutalidad. «Mejor fusilar a dos polacos de más», escribió en cierta ocasión a propósito de su unidad, «que a dos de menos».[14] Los acusados más inquietantes eran los banqueros que no solo habían financiado la construcción de los campos de concentración, sino que además habían almacenado las toneladas y toneladas de gafas y de dientes de oro arrancados a las víctimas de los campos de exterminio.

El juicio venía celebrándose desde finales de 1947 y por fin ahora, el 12 de abril de 1949, iba a concluir de una vez.[15] Los tres jueces americanos entraron en la sala, subieron al estrado y empezaron a leer en voz alta su sentencia. Ocupaba ochocientas páginas, de modo que tardaron tres días en concluir la lectura. Al otro lado de la sala, en la que montaban guardia varios agentes de la policía militar, tiesos como palos, luciendo unos resplandecientes cascos plateados, los nazis escuchaban a través de los auriculares el contenido de la sentencia que los traductores se encargaban de verter al alemán. Al final resultaron condenados diecinueve de los veintiún acusados, cinco de ellos del delito de crímenes contra la paz, cargo para cuya definición los Juicios de Núremberg marcaron un auténtico hito. A Von Weizsäcker se le impuso una pena de siete años de prisión, a Berger otra de veinticinco y los tres banqueros fueron condenados a entre cinco y diez años de reclusión.

Para la acusación fue una gran victoria. Tras indagar en los documentos nazis y a través del interrogatorio de centenares de testigos durante cuatro años, la fiscalía había logrado que los peores criminales fueran condenados y enviados a la cárcel. Había demostrado al mundo que la complicidad en el Holocausto se extendía de arriba abajo a todo el Gobierno alemán. Como diría Kempner, había pintado «en su totalidad el fresco criminal»[16] del Tercer Reich y había reforzado el lugar que representaba Núremberg en la historia como «fortaleza de la fe en el derecho internacional».[17] En definitiva, había consolidado la tesis que defendía la persecución obligatoria de los crímenes de guerra.

Aquellas sentencias supusieron la culminación de la larga campaña emprendida por Kempner contra el partido nazi.

O al menos así habría debido ser.

Al cabo de unos años las promesas de Núremberg acabarían por verse defraudadas.

Desde el primer momento los juicios habían tenido sus detractores en Alemania y en Norteamérica. Los críticos veían no ya justicia, sino afán de venganza en el fondo de la actuación de la Fiscalía, y Kempner, con su personalidad desabrida y su notoria agresividad durante los interrogatorios, se convirtió en el símbolo de esa falta de imparcialidad percibida. Un ejemplo en ese sentido sería el virulento interrogatorio al que el fiscal sometió al antiguo diplomático nazi Friedrich Gauss, durante el cual Kempner amenazó al testigo con entregarlo a los rusos para su posible procesamiento por crímenes de guerra. Uno de sus colegas americanos de la Fiscalía declaró que la táctica de Kempner era «una insensatez» y, según dijo, temía que lo único que consiguiera de esa forma fuera «convertir en mártires a los criminales juzgados en Núremberg».[18] Otro testigo interrogado por Kempner afirmó que el fiscal era «lo más parecido a la Gestapo que pueda uno imaginar».[19]

En 1948 Kempner se vio arrastrado a un enconado debate público con un obispo protestante, Theophil Wurm, en torno a la legitimidad de los procedimientos empleados. Wurm escribió a Kempner una carta abierta de protesta; Kempner contestó insinuando que los que ponían en entredicho los Juicios de Núremberg eran en realidad «enemigos del pueblo estadounidense». Como la disparidad de criterio entre ambos se desarrolló a través de la prensa, Kempner pudo comprobar cómo el público lo ponía en la picota en los periódicos alemanes. Fue caricaturizado como un exiliado judío hipócrita y propenso a la venganza.[20]

Las censuras llegaron incluso del senador estadounidense Joseph McCarthy, cuyo electorado de Wisconsin estaba formado por un nutrido grupo de americanos de origen alemán. El senador se opuso al procesamiento de Von Weizsäcker porque, según las fuentes no nombradas de las que disponía, el diplomático nazi había sido un valioso agente clandestino de los americanos durante la guerra. McCarthy dijo que Núremberg estaba entorpeciendo la recogida de información en Alemania emprendida por los estadounidenses y en la primavera de 1949 declaró ante el Comité de las Fuerzas Armadas del Senado que quería llevar a cabo una investigación de la «absoluta imbecilidad» que había rodeado al juicio de Von Weizsäcker.

«Creo que este Comité», dijo McCarthy, «debería ver qué tipo de retrasados mentales —y usó este término deliberadamente— está presidiendo allí ese tribunal militar».[21]

En el momento en el que los últimos juicios terminaron, los tribunales norteamericanos por crímenes de guerra habían condenado a más de mil nazis a distintas penas de cárcel. La mayor parte de ellos languidecía en la prisión de Landsberg, cerca de Múnich. Una gran cantidad de alemanes occidentales seguían negándose a aceptar la validez de los tribunales de los Aliados y consideraban que aquellos nazis encarcelados no eran criminales de guerra, sino más bien víctimas de un sistema de justicia ilegítimo. La cuestión se convirtió en un punto de conflicto de primer orden después de que Alemania Occidental eligiera a su primer canciller en 1949, en un momento en el que Norteamérica, incómoda por los planes de los soviéticos respecto a Europa, empezaba a trabajar para reconstruir a su enemigo vencido y convertirlo en un aliado leal y remilitarizado.

Las realidades de la Guerra Fría contribuyeron rápidamente a desbaratar los logros conseguidos por los fiscales de los procesos por crímenes de guerra.

En 1951, tras una revisión de las condenas, el Alto Comisionado de Estados Unidos para Alemania liberó a una tercera parte de los condenados de Núremberg y conmutó todas las penas de muerte, menos cinco. Pero a finales de año, todos los nazis que Kempner había logrado meter entre rejas en el Caso 11 habían sido puestos en libertad. Aunque las reducciones de las penas fueron presentadas como una muestra de clemencia, el mensaje que entendieron los alemanes fue muy distinto: los americanos habían reconocido finalmente que los juicios habían sido injustos. Kempner arremetió contra la decisión tomada por el Alto Comisionado. «Hoy quiero dejar constancia de mi disconformidad y advertir que la apertura anticipada de las puertas de Landsberg supone soltar contra la sociedad unas fuerzas subversivas totalitarias que ponen en peligro al mundo libre».[22]

Su advertencia no fue atendida. Los líderes norteamericanos cedieron ante el pragmatismo político y en 1958 casi la totalidad de los criminales de guerra estaban ya en libertad.[23]

La lucha de Kempner distaba mucho de haber terminado. Había pasado cuatro años inmerso en los testimonios documentales de los crímenes nazis y sabía que, incluso después de unos juicios llevados a cabo bajo los focos de la prensa internacional, el mundo seguía sin conocer la totalidad de la historia.

Irritado al leer las versiones revisionistas de lo ocurrido en las que los supervivientes del Tercer Reich intentaban reivindicar la historia de Alemania bajo el nazismo, recurrió a la prensa para contraatacar. «Con una nostalgia más o menos declarada», escribía Kempner en el New York Herald Tribune, «muchos autores alemanes de obras de carácter político están diciendo a sus compatriotas que a Alemania no le habrían ido del todo mal las cosas de no ser porque al Führer se le había ido un poco la cabeza».[24] Él no podía tolerar aquello. Lamentaba las fotos angelicales de Hitler aparecidas en la prensa de derechas, las insinuaciones militaristas según las cuales los generales habrían podido salvar a Alemania de la ignominia si Hitler no se hubiera inmiscuido en los asuntos directamente relacionados con la actividad militar y los esfuerzos de los diplomáticos nazis por blanquear el pasado.

Exigía la publicación en Alemania de los hechos reales que habían salido a la luz en Núremberg. «Es la única forma de combatir la intoxicación sistemática de la mente de los alemanes que está produciéndose ante nuestros propios ojos en la recién nacida República de Alemania».

Poco antes de escribir estas palabras, sin embargo, el fiscal había hecho algo que iba en contra de ese espíritu de apertura. Después de los Juicios de Núremberg, Kempner se había llevado parte de los importantes documentos alemanes originales que habían sido capturados. Y si existían copias de ellos, nadie sabía ya dónde estaban.

Como fiscal que era, Kempner tenía la facultad de pedir todos los documentos que quisiera para la preparación de las causas. En más de una ocasión se había puesto ya en entredicho el manejo que había hecho de los archivos. El 11 de septiembre de 1946, el jefe del Departamento de Documentación escribió un memorándum diciendo que la oficina de Kempner había tomado prestados cinco documentos y que no los había devuelto. «Me gustaría añadir que esta no es ni mucho menos la primera vez en la que este departamento ha tenido no pocos problemas para conseguir que el doctor Kempner restituyera libros de la biblioteca y otros documentos».[25]

En 1947, Kempner ganó cierta notoriedad entre los miembros del equipo de fiscales norteamericanos por la forma en que había manejado el único y famosísimo documento conservado acerca del Holocausto. Poco después de regresar a Núremberg para participar en la segunda ronda de juicios, Kempner puso a su personal a investigar en los archivos del Ministerio de Asuntos Exteriores alemán, que habían sido rescatados de su escondite en las montañas del Harz y trasladados a Berlín. Un día, uno de sus ayudantes se topó con un documento de quince páginas de extensión. Empezaba diciendo: «En la discusión de la solución final de la cuestión judía, que tuvo lugar en Berlín, Am Grossen Wannsee Nº 56/58 el 20 de enero de 1942, participaron las siguientes personas». Se trataba de las Actas de la Conferencia del Wannsee, que describían una reunión presidida por Reinhard Heydrich, jefe de la Oficina Central de la Seguridad del Reich, para discutir la «evacuación» de los judíos de Europa.[26]

Pocos meses después del hallazgo del documento, uno de los fiscales americanos, Benjamin Ferencz, levantó la vista de su escritorio al ver a Charles LaFollette entrar precipitadamente en su despacho.

—¡Voy a matar a ese hijo de perra! —aulló.

LaFollette era el encargado de la acusación de otro de los Juicios de Núremberg, en este caso el que se había abierto contra una serie de jueces y abogados nazis. Había oído hablar de las Actas de la Conferencia del Wannsee, pero Kempner no se las entregaba. Había mucha rivalidad entre los múltiples fiscales de Núremberg, y presumiblemente Kempner quería ser el primero en hacer público aquel documento explosivo en el proceso que se disponía a dirigir.

Ferencz se desplazó al despacho de Kempner dispuesto a intervenir si era necesario. El interpelado negó estar ocultando nada. Ferencz siguió acosándolo. Finalmente, tras un poco más de insistencia, Kempner abrió el cajón inferior de su escritorio y preguntó poniendo cara de inocente:

—¿No será esto por casualidad?

LaFollette se dio cuenta enseguida de lo importante que era para su caso aquel documento: el Ministerio de Justicia del Reich había enviado un representante a aquella reunión trascendental. Inmediatamente, LaFollette salió del despacho como una exhalación para denunciar el incidente ante Telford Taylor, el fiscal jefe de los procesos de Núremberg, y exigirle que «echara a ese hijo de puta». Ferencz llegó detrás de él y asumió la defensa de Kempner. Dijo a Taylor que el Caso de los Ministerios seguramente se vendría abajo si Kempner era apartado de los Juicios de Núremberg, y además Kempner solo se había guardado el documento sin darse cuenta.

«Cosa que nadie se creyó», decía Ferencz unos años más tarde en una carta al propio Kempner. En cualquier caso, Taylor se puso de parte del que era su fiscal en el Caso de los Ministerios.[27]

Kempner no era la única persona que había en Núremberg con ganas de escamotear documentos nazis originales para su uso particular. Desde que acabó la guerra, los expedientes capturados habían sido enviados a los diversos centros de documentación militar, llevados en avión a París, a Londres y a Washington para ser estudiados por las diversas unidades de los servicios de inteligencia, y remitidos a Núremberg para su uso en los juicios por crímenes de guerra. Mientras los archivos iban y venían de un lado a otro de Europa, los cazadores de recuerdos habrían tenido multitud de ocasiones de sustraer cualquier papel que luciera el membrete nazi y que bajo la sempiterna despedida usada por los miembros del partido —«Heil Hitler!»— llevara la firma de algún personaje importante. A los responsables de la salvaguardia de la documentación les preocupaba en particular el personal de la Fiscalía de Núremberg. Temían que los que les pedían que les facilitaran expedientes estuvieran «más influenciados por instintos periodísticos privados que por el deseo de promover la causa de la justicia», como decía un oficial del ejército en cierto informe.[28] Otro observador llegaba a la conclusión de que el Departamento de Documentación de la Fiscalía de Núremberg se esforzaba muy poco por seguir la pista de sus expedientes y de las idas y venidas a las que eran sometidos.

Uno de los documentos clave que desaparecieron fue un informe oficial del ayudante militar de Hitler, Friedrich Hossbach, que demostraba que el Führer estaba tramando la conquista de Europa ya en 1937; los fiscales tuvieron que apoyarse durante el juicio en una copia notarial. Preguntado por el expediente en cuestión por un historiador encargado de supervisar la publicación de los documentos alemanes capturados después de la guerra, Kempner recordó haberlo visto e insinuó que «algún cazador de recuerdos quizá se llevara el original». En septiembre de 1946, los administradores de uno de los centros de documentación habían dejado de prestar los originales a los equipos de la Fiscalía de Núremberg, por miedo a no volver a recuperar el millar de testimonios y pruebas documentales que ya habían prestado.

A lo largo de los juicios, el Palacio de Justicia de Núremberg se vio inundado de papeles.[29] Un estudio efectuado en abril de 1948 encontró casi veinte mil metros cúbicos de «expedientes administrativos, negativos y recortes de prensa, una filmoteca, grabaciones magnetofónicas de la sala, grabaciones de los interrogatorios, libros y otras publicaciones, documentos originales, fotocopias, copias de documentos, archivadores llenos de expedientes, documentos jurídicos, fichas de prisioneros, fichas de los interrogatorios, resúmenes de las fichas de los interrogatorios, sumarios de todos los juicios y análisis de pruebas de los distintos colaboradores».

La cantidad de papeles era tal que los responsables habían empezado a preocuparse por la posibilidad de que muchos documentos originales acabaran por ser tirados a la basura sin querer. Como luego escribiría Kempner en sus memorias, aquello era «un caos terrible». Y él se aprovechó de aquel caos.

Según sus propias declaraciones, como temía que ciertos documentos potencialmente explosivos no fueran archivados de manera adecuada, él mismo se encargó de asegurarse de que se hiciera buen uso de ellos. En sus memorias reconocía que si algún investigador «interesado e inteligente» le hubiera pedido cualquier documento importante durante los juicios, sencillamente habría dejado la carpeta correspondiente encima del sofá de su despacho y habría salido de él diciendo: «No quiero saber nada del asunto».[30]

A su juicio, más valía tener un «bien histórico de valor» en manos de un colaborador de confianza que informara de su contenido, que dejarlo en manos de los burócratas del Gobierno, que lo mismo permitían que fuera destruido.

Se suponía que todos los documentos originales alemanes capturados por los Aliados serían devueltos a los centros militares de documentación una vez acabados los juicios, pero Kempner quería utilizar el material que había ido acumulando para escribir artículos y libros sobre la época nazi. El 8 de abril de 1949, pocos días antes de que se dictara sentencia en el Juicio de los Ministerios, el fiscal se las arregló para obtener una carta de un solo párrafo firmada por Fred Niebergall, el director del Departamento de Documentación, y dirigida a la Fiscalía: «El abajo firmante autoriza al doctor Robert M. W. Kempner, ayudante del asesor jurídico jefe y delegado del fiscal jefe, División de Ministerios Políticos, a llevarse y retener materiales de naturaleza no clasificada pertenecientes a los juicios por crímenes de guerra de Núremberg, y destinados a la investigación, la redacción de libros, la preparación de conferencias y el estudio».[31] Era una autorización sumamente insólita. Más tarde, un abogado que trabajaba para los servicios de inteligencia militar afirmaría tener serias dudas de que un hombre en la posición de Niebergall hubiera firmado nunca algo así.

Justo ese mismo día, Kempner envió una carta a la editorial E. P. Dutton, de Nueva York, con la sinopsis de un libro basado en los interrogatorios que él mismo había efectuado en Núremberg y en documentos del Ministerio de Asuntos Exteriores alemán, titulado provisionalmente Hitler y sus diplomáticos.[32] Había presentado el contenido del libro en enero y un editor de Dutton había expresado su interés y le había pedido más detalles.

Luego resultaría que el libro en cuestión era solo uno de los múltiples proyectos de posibles publicaciones que había presentado Kempner en 1949.

Varias décadas después, en sus memorias, Kempner explicaría las razones que lo indujeron a llevarse algunos documentos de Núremberg. «Una cosa sabía con claridad. Si alguna vez hubiera querido escribir algo sobre el asunto y hubiera tenido que ponerme en contacto con los archivos, habría obtenido respuestas muy amables, desde luego, pero sus responsables no habrían sido capaces de encontrar parte del material solicitado. Precisamente por eso ya tenía yo mi propia documentación».[33]

Como justificación no era muy sólida, desde luego. Lo que realmente pretendía Kempner era tener una ventaja importantísima sobre otros autores que quisieran documentar la época nazi: la ventaja de la exclusividad.

Con su autorización en la mano, Kempner se guardó sus papeles de Núremberg y —junto con los demás materiales que hubiera podido acumular durante el tiempo que había ejercido como fiscal contra los nazis— cruzó el Atlántico y se volvió a su casa, en las afueras de Filadelfia. El cargamento llegó a la estación de Lansdowne, del Pennsylvania Railroad, el 4 de noviembre de 1949: veintinueve cajas que pesaban más de tres mil seiscientos kilos.[34]

Hitler y sus diplomáticos no llegó a publicarse nunca. Parece que Kempner se distrajo con otras cosas. No obstante, encontró otras maneras de intentar hacer justicia a los excesos cometidos por el Tercer Reich. Abrió un bufete de abogados en Fráncfort y, entre otros trabajos legales, empezó a encargarse de los casos de las víctimas del nazismo que reclamaban indemnizaciones.[35] Actuó como representante legal de Erich Maria Remarque, cuya novela sobre la Primera Guerra Mundial, Sin novedad en el frente, un auténtico superventas en su tiempo, había sido quemada públicamente y prohibida por los nazis. Representó también a Emil Gumbel, un destacado catedrático de matemáticas de la Universidad de Heidelberg que había sido obligado a dejar su trabajo debido a sus ideas pacifistas. Y representó a muchos judíos, católicos y miembros de la resistencia. Aquella actividad se convirtió en un medio de vida muy lucrativo.

Diez años después de que acabaran los Juicios de Nú­rem­berg, se reanudó el procesamiento de los criminales de guerra nazis. En 1958 un juicio celebrado en Alemania Occidental atrajo de nuevo la atención hacia unas atrocidades que los alemanes creían haber dejado atrás. Diez nazis fueron condenados por el asesinato de más de cinco mil judíos lituanos. El caso indujo a los ministros de Justicia alemanes —alarmados por la posibilidad de que muchos criminales se hubieran librado de su castigo al término de la guerra— a crear una Oficina Central de Investigación de los Crímenes Nazis, con sede en Ludwigsburg.

Al mismo tiempo, fuera de Alemania algunos fiscales llevaron a juicio varios casos de gran interés público. En 1961 Kempner volvió a acaparar la atención internacional cuando voló a Jerusalén para testificar en el juicio contra Adolf Eichmann, el hombre que había organizado la deportación de los judíos de toda Europa. A finales de esa misma década, en varios juicios célebres, Kempner apareció como responsable de la acusación particular en nombre de los parientes de las víctimas. Representó al padre de Ana Frank y a la hermana de la monja carmelita Edith Stein en un caso contra tres agentes de la SS acusados del exterminio de miles de judíos holandeses. Representó a la viuda de un periodista pacifista asesinado por un miembro de la Sturmabteilung nazi (la SA) en 1933. Actuó como portavoz de treinta mil judíos de Berlín en el juicio abierto contra un destacado dirigente de la Gestapo, Otto Bovensiepen, que orquestó su deportación al este.

Kempner rentabilizó el renovado interés por los crímenes nazis escribiendo para el público alemán toda una ristra de libros acerca de esos y de otros casos destacados.[36] Publicó también extractos de los interrogatorios que había llevado a cabo en Núremberg y en 1983 aparecieron sus memorias, Ankläger einer Epoche (Fiscal de una época). Aunque Kempner se había naturalizado estadounidense en 1945, sus libros no fueron publicados en inglés, y donde sería más conocido sería siempre en su país natal.

Cuarenta años después de los Juicios de Núremberg, seguía al pie del cañón. Cuando la Deutsche Bank compró el conglomerado industrial Flick, Kempner logró presionar a la empresa y consiguió que pagara más de dos millones de dólares en concepto de indemnización a mil trescientos judíos que trabajaron durante la guerra como mano de obra esclava en diversas fábricas de pólvora de una filial de Flick.

La lucha contra los nazis acabó definiendo la vida de Kempner. Se negó obstinadamente a permitir que el mundo olvidara lo que habían hecho aquellos criminales. Si alguien le decía que un antiguo nazi no parecía en realidad una mala persona, no tenía más que abrir sus archivos para demostrar lo contrario.

«Literalmente miles de asesinos siguen paseando por las calles de Alemania y del mundo», dijo en cierta ocasión a un periodista. «¿Cuántos criminales nazis siguen en libertad? Juzgue usted mismo». A pesar de los procesos llevados a cabo después de la guerra, solo unos pocos millares de alemanes fueron juzgados por asesinato. «¿Puede usted decirme cómo dos mil individuos lograron asesinar a seis u ocho millones de personas? Es matemáticamente imposible».[37]

Treinta, cuarenta, cincuenta años después de la época nazi, continuaría negándose a pasar página. La suya era una lucha que seguiría en pie hasta el final de su vida.

Aparte de los constantes viajes entre Estados Unidos y Europa para atender a sus asuntos jurídicos internacionales, lo cierto es que Kempner llevó una vida familiar harto complicada. Aunque su bufete de abogados estaba radicado en Fráncfort, se había naturalizado ciudadano estadounidense y su primera residencia seguía estando en Lansdowne, Pensilvania, donde se había establecido durante la guerra. Allí vivía con su segunda esposa, Ruth, trabajadora social y escritora; su anciana suegra, Marie-Luise Hahn; su secretaria, Margot Lipton; y durante los años cincuenta con su hijo André.[38]

Los Kempner tenían un secreto: la madre del chico no era Ruth Kempner —como decían a todo el mundo—, sino Margot Lipton. Robert Kempner y su secretaria habían tenido una aventura en 1938.

André se crio en la creencia de que era hijo adoptivo de los Kempner. En la secretaría de la escuela, Ruth Kempner aparecía registrada como la madre del muchacho. Simplemente eso era lo más fácil. «Más sencillo», diría la señorita Lipton, «para el doctor Kempner».[39] Ni André ni su hermano mayor —Lucian, hijo de Kempner y su primera mujer— se enterarían de la verdad hasta muchos años después. Y no por falta de sospechas. Cuando André se casó en Suecia, todo el mundo se maravilló al ver el enorme parecido existente entre la señorita Lipton y el novio.

Los hijos de los Kempner eran demasiado respetuosos para hacer preguntas. «Sencillamente aceptaba lo que decía mi padre», comentó Lucian, «y fuera de eso no era asunto mío».[40]

Al margen de lo que supiera o no supiera, André creció adorando a su padre. Después de trasladarse a Suecia con su esposa para explotar una granja a los 29 años, seguiría enviando regularmente a su familia cartas escritas con una letra meticulosa. «Solo quiero darte las gracias, papá, por ser para todos nosotros el padre más maravilloso», decía en una carta escrita tras la visita que le hizo en cierta ocasión Kempner, acompañado de la señorita Lipton. «Nunca resulta fácil decírtelo cuando estoy contigo, pero espero que en ningún momento subestimes el amor y la comprensión que siento por ti y por tu trabajo».[41]

Desde comienzos de los años setenta Kempner viviría todo el tiempo en Europa, repartiendo su tiempo entre Fráncfort, en Alemania, y Locarno, en Suiza. Sufrió un ataque al corazón en 1975 que se produjo poco después de que una banda de neonazis protagonizara un acto de protesta ante su despacho y su salud se volvió demasiado frágil para que pudiera viajar de nuevo al otro lado del Atlántico. Ruth Kempner y Margot Lipton, que seguían viviendo en Pensilvania, iban a visitarlo de vez en cuando y pasaban con él unas semanas, pero fuera de eso el fiscal se apoyaría en otra mujer lealmente entregada a su persona.

Jane Lester era una americana criada en Brocksport, Nueva York, a unos cien kilómetros de las cataratas del Niágara. En 1937, siguiendo a una compañera de clase, viajó a Alemania, donde se dedicó a enseñar inglés a las personas que esperaban poder emigrar. Muchos años después reconocería su ingenuidad. No tenía ni idea de lo que Hitler estaba haciendo a sus enemigos. Ya en 1938 pasó durmiendo tranquilamente la Noche de los Cristales Rotos, en la que los nazis se desbocaron por toda Alemania destruyendo sinagogas y saqueando las tiendas y las casas de los judíos. Al día siguiente no podía entender por qué los alumnos de la academia de idiomas no habían aparecido por clase. Abandonó Alemania, se puso a trabajar en la oficina de un agente de cambio en Buffalo, y luego se fue a Washington, donde se colocó como mecanógrafa —toda «una chica de la administración», como ella misma decía— en la Oficina de Servicios Estratégicos.

Un día de 1945 Lester leyó en el Washington Post que iban a necesitarse traductores para los juicios por crímenes de guerra de Núremberg y se presentó en el Pentágono a solicitar empleo. Poco después estaba otra vez camino de Alemania.

Jane conocía a Kempner por su reputación; lo veía cenando en el Grand Hotel de Núremberg, donde se reunían cada noche prácticamente todos los que estaban relacionados con los juicios. Por fin se conocieron personalmente en 1947, cuando el fiscal estaba reclutando personal para la segunda tanda de procesos. La joven se convirtió en su ayudante y a menudo lo acompañaba durante los interrogatorios, cosa que, al parecer, causaba no poca alarma entre los acusados. «No podían entender muy bien quién era yo», contaba Jane. «Empezó a correr el rumor de que era una psicóloga». Lester tuvo además el honor de ser la persona que tradujo al inglés para los fiscales norteamericanos las Actas de la Conferencia del Wannsee.

Una vez acabada la guerra, trabajó para los servicios de inteligencia del ejército estadounidense en Camp King, en Oberursel, cerca de Fráncfort. Pero estaba pluriempleada con Kempner, que necesitaba a alguien que le ayudara a traducir la correspondencia y a llevar su bufete. Se estableció así una asociación que perduraría cuatro décadas.

«Los últimos veinte años de su vida, no me separé nunca de Robert Kempner, ni de día ni de noche», diría Jane. «Era su enfermera, su chófer y su secretaria». Aunque no lo dijera, además había sido su amante.

Kempner y las tres mujeres de su vida estuvieron estrechamente unidos hasta el último momento. Como diría Lucian algunos años después, «formaban todos una gran familia feliz».

Ruth, la mujer de Kempner, falleció en 1982. Al final de su vida, Robert vivía en un hotel a las afueras de Fráncfort, donde Lester y él dormían en habitaciones contiguas con la puerta abierta. De ese modo Jane estaba cerca si a Kempner le ocurría algo en plena noche. Robert y Lucian Kempner hablaban casi a diario, y como el padre no oía bien por teléfono, la señorita Lester escuchaba también la conversación y repetía a su jefe cualquier cosa que se le escapara.

Kempner murió el 15 de agosto de 1993, a los 93 años. Esa semana Lipton se había trasladado de Pensilvania a Alemania para estar con él.

«Murió en mis brazos», contaría Jane Lester. «Estuvimos allí las dos, cada una a un lado, en su lecho de muerte». Cuando llegó el médico y certificó su fallecimiento, «quedamos en un terrible estado de horror, tristeza e incredulidad».[42]

Las dos mujeres llamaron a Lucian, que vino en coche desde Múnich con su esposa y se hizo cargo de todo.

La situación no iba a ser fácil. Durante toda una vida de investigaciones, publicaciones y viajes, Kempner se había dedicado a guardarlo todo. Cuadros, muebles, miles de libros y montones de documentos llenaban las propiedades que tenía en Fráncfort y en Lansdowne, Pensilvania, una localidad a las afueras de Filadelfia. Tenía infinitas carpetas de documentos personales, profesionales y legales: pasaportes viejos, agendas, cuadernos de la infancia, billetes de tren usados, facturas del agua y de la luz, cartas antiquísimas y fotografías.

La señorita Lester encontró el testamento de Kempner metido en una bolsa en la habitación de su hotel. Ocupaba una sola página, escrita a mano con un rotulador negro de punta gruesa, y resultaba casi ilegible. Según ese documento, Kempner se lo legaba todo a sus dos hijos, Lucian y André.

Pero había un inconveniente.

2

Desaparecido todo

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Robert Kempner junto a Jane Lester, su ayudante y traductora, durante el Juicio de los Ministerios celebrado en Núremberg en 1948-1949 (ullstein bild/ullstein bild vía Getty Images).

Dos años después de la muerte de Kempner, su fiel colaboradora, Jane Lester, seguía intentando encontrar el modo de mantener vivo su legado.[43] Su condición de destacado fiscal en los Juicios de Núremberg había dado a Kempner mucho caché en la Alemania de posguerra. Constituía una presencia habitual en la prensa y era tema de muchos programas de televisión sobre los juicios. Pero en Estados Unidos era prácticamente desconocido. Lester quería que todo eso cambiara.

Decidió recurrir a un individuo de Lewiston, Nueva York, llamado Herbert Richardson, ministro presbiteriano y antiguo profesor de teología, que dirigía una pequeña editorial académica, la Edwin Mellen Press. Sus críticos repudiaban la casa Mellen calificándola de «imprenta casi subvencionada por cuenta del autor astutamente disfrazada de editorial universitaria», y Richardson puso el caso en manos de la Justicia en una demanda por difamación por valor de 15 millones de dólares interpuesta contra la revista Lingua Franca, que, sin embargo, fue desestimada. Es posible que Lester encontrara el nombre de Richardson en algún documento de Kempner. En 1981 este había intentado atraer el interés de los editores americanos por sus obras, y la Mellen Press fue una de las editoriales con las que contactó. Richardson le explicó que él dirigía una empresa demasiado pequeña y que no podía publicar una edición comercial.

«El problema, sin embargo, es que yo creo que sus libros DEBERÍAN ser publicados en inglés y distribuidos en Norteamérica», decía Richardson en una carta de abril de 1982. «Contienen una información importantísima y es una tragedia que no salgan a la luz. Pero ¿qué puedo hacer yo? Soy el dueño de una pequeña editorial y lo que no puedo hacer no lo puedo hacer».[44]

Trece años después, cuando la señorita Lester lo llamó por teléfono, Richardson seguía interesado en el asunto. Lester tradujo un extracto de las memorias de Kempner y la Mellen Press lo publicó en 1996 coincidiendo con el quincuagésimo aniversario de los primeros Juicios de Núremberg.

En marzo de 1996, Richardson asistió a una reunión de los fiscales de Núremberg celebrada en Washington, D. C., donde contactó con un destacado historiador del Museo Conmemorativo del Holocausto de Estados Unidos (United States Holocaust Memorial Museum) y se informó sobre la posibilidad de donarle «una pequeña cantidad» de los documentos de Kempner.[45] Los archivos seguían en posesión de las dos antiguas colaboradoras de este, Jane Lester en Alemania y Margot Lipton en Pensilvania. Por aquel entonces ambas señoras tenían más de 80 años y seguían manteniendo una estrecha relación.

Dos días después el historiador concertó una cita para Richardson, Lester y Lipton con el archivero jefe del museo, Henry Mayer. La que llevó la voz cantante en la conversación fue la señorita Lester, que describió la importancia de la figura de Kempner y ponderó el valor incalculable de los documentos que había dejado. Pero la cosa no fue más allá. Mayer había llegado al museo hacía solo dos años y tenía que enfrentarse a una verdadera riada de materiales nuevos. Tenía trabajo más que suficiente por hacer, y aquel día no oyó decir nada acerca de aquella colección de documentos que le pareciera lo bastante urgente.

Richardson tuvo enseguida otra idea: él mismo se encargaría de abrir un local de su propiedad para albergar toda la documentación. El 21 de septiembre de 1996 presidió una elaborada ceremonia para celebrar la inauguración de un nuevo Robert Kempner Collegium en Lewiston, una ciudad fronteriza, situada río arriba cerca de las cataratas del Niágara.[46] Vestido con una toga negra y luciendo sus insignias académicas, dirigió un oficio religioso de inauguración en el que cantó las alabanzas de Kempner ante un pequeño grupo de amigos y seguidores del jurista difunto, entre los que se encontraba Jane Lester y su familia en sentido lato. Kempner había sido «uno de los luchadores más valientes que se habían enfrentado a un Estado que se declaraba legítimo, pero que en realidad era ilegítimo», dijo Richardson desde el púlpito, elevando la voz y llenando con su eco la capilla llena tan solo a medias. Las ventanas estaban abiertas para dejar entrar el fresco del otoño incipiente. «Robert Kempner puso su vida al servicio de la justicia e intentó desenmascarar y oponerse a unas leyes y a un Estado que no eran legítimos, sino que iban en contra de la ley, a un Estado que promulgaba leyes que eran auténticamente criminales, a un Estado que en nombre de la justicia cometió las injusticias más odiosas de la historia». El Kempner Collegium estaría dedicado a la idea de que la moralidad está por encima de la ley.

Con los ojos arrasados en lágrimas, Richardson recordó cómo había llegado a formar parte del círculo de amigos póstumos de Kempner. Él no era más que otro hombre viejo y cansado, dijo, a punto de cumplir los 70. Entonces le había llamado por teléfono la señorita Lester, buscando ayuda para publicar los libros de Kempner en inglés y de repente aquella propuesta lo había sacado de la desazón que lo embargaba. «Un año después», dijo Richardson a su público, «tras dejarme arrastrar por ella a emprender nuevos proyectos y nuevas visiones, debo decir que Jane se ha convertido para mí en la fuente de la juventud». A continuación bajó del estrado para entregarle un diploma debidamente enmarcado. «La alada imaginación y la exuberante energía de Jane Lester son las armas espirituales de este noble caballero que emprende la búsqueda del Grial, arrostrando peligros, salvando confines y cogiendo en sus manos no solo los frutos, sino también los abrojos de la vida», decía el documento. Richardson la proclamaba «luchadora perpetua en defensa de la justicia».

Luego los asistentes visitaron la editorial Mellen Press y, mientras degustaban un almuerzo, Jane fue firmando copias de la traducción de las memorias de Kempner para los invitados. A continuación todo el grupo regresó a la iglesia para asistir a una lectura dramática de algunos pasajes del libro a cargo de un actor con acento marcadamente inglés.

La señorita Lipton cortó la cinta que daba acceso a una pequeña casa blanca en cuya puerta se había colocado un gran cartel para anunciar la presencia de la nueva institución.

Pero dentro, las estanterías estaban vacías.

El problema radicaba en que, mientras que las mujeres tenían la custodia física de los documentos, los dos hijos de Robert Kempner tenían su custodia legal. Los hijos de Kempner todavía no habían decidido qué iban a hacer con los papeles de Lansdowne, pero en 1995 negociaron con los archivos nacionales de Alemania, el Bundesarchiv, la donación de los protocolos del bufete de abogados de su padre en Fráncfort. Según Lucian Kempner, cuando Richardson intentó entrometerse en el trato, su abogado le envió un requerimiento de cese y desistimiento.

Richardson no se dejó amedrentar y envió a Lucian Kempner una oferta dos meses y medio después de la inauguración del Kempner Collegium. Su nueva institución se dedicaría a «coleccionar, catalogar, publicar y estudiar la biblioteca y los documentos de Robert Kempner». A cambio, Lucian recibiría 20 000 dólares de adelanto, derechos de autor por la reedición de los libros de su padre y un título honorario de la institución inaugurada por Richardson. «¿Puedo ir a Múnich en enero a discutir con usted estas propuestas?», decía la carta.

Lucian declinó la oferta.

En mayo de 1997, Lester volvió a consultar al Holocaust Museum a propósito de los Papeles de Kempner. Esta vez el archivero jefe del museo, Henry Mayer, estaba dispuesto a hablar.

El abuelo de Mayer, Heinrich Meier, propietario de una granja de ganado vacuno en Oberlustadt, en Alemania, había sido obligado a abandonar su actividad por los nazis. Los ganaderos fueron presionados para que boicotearan a los judíos a los que habían venido comprando sus reses durante generaciones.[47] El que fuera pillado comprando ganado a un tratante judío recibiría solo una fracción del montante habitual de la subvención concedida por el Gobierno a la producción de leche. Las manifestaciones bloquearían los intentos llevados a cabo por los judíos de vender sus reses en el mercado. Finalmente, las aseguradoras dejarían de ofrecer a los judíos los seguros que necesitaban por ley para sus reses. Harto de semejante situación, en 1937 Heinrich Meier embarcó en el lujoso trasatlántico Washington, junto con su hija y su hijo, y zarpó rumbo a Nueva York. Ya habían llegado antes otros parientes suyos, de modo que Heinrich se instaló en el mismo edificio que ellos en el barrio de Flatbush. La decisión era irrevocable: en cuanto llegó a Estados Unidos, cambió la ortografía de su apellido, que en adelante no se escribiría como en alemán, Meier, sino a la inglesa, Mayer.

Los Mayer no hablaban nunca del Holocausto. Henry Mayer nació cinco años después de que acabara la Segunda Guerra Mundial y enseguida aprendió que estaba estrictamente prohibido preguntar por lo que les había pasado a los judíos durante el Tercer Reich. «Era algo que no se sacaba nunca a relucir», decía. «No se hablaba nunca de ello».

Henry Mayer estudió historia americana en la Universidad de Chicago y se sacó el título de licenciado en Wisconsin. En el camino para la obtención de una cátedra universitaria, suspendió el examen preliminar para acceder al programa de doctorado y, cuando estaba estudiando para presentarse a una segunda convocatoria, decidió que en último término no quería dedicarse a la docencia. Se dio de baja del programa de doctorado, se trasladó a Washington, D. C., y al cabo de algún tiempo encontró un empleo en los Archivos Nacionales. El trabajo allí era muy atractivo, pero finalmente llegó a un punto en el que toda la vida parecía consistir en inventariar material y trasladar documentos de un lugar a otro, de modo que cuando en 1994 le ofrecieron un empleo en el Museo del Holocausto, que acababa de ser inaugurado, no desaprovechó la oportunidad.

Durante los años venideros millones de visitantes pasarían por el Museo del Holocausto, y la idea era que cuando lo abandonara, la gente saliera dispuesta a «enfrentarse al odio, evitar el genocidio y promover la dignidad humana». Antes de tomar el ascensor para visitar la exposición permanente, se facilitaban a los visitantes carteles que identificaban a una víctima concreta de la persecución nazi. El largo paseo por las distintas galerías obligaba al público a pasar ante imágenes de las matanzas, a entrar en un vagón del mismo tipo que los utilizados para llevar a los judíos a la muerte, a cruzar un letrero que decía «ARBEIT MACHT FREI» —«El trabajo hace libre»—, como el que había a la entrada del campo de Auschwitz y, por último, a entrar en una sala llena con los cuatro mil zapatos dejados por las víctimas de las cámaras de gas de Majdanek, en Polonia. El museo pretendía impartir una clase de historia, pero también suscitar cuestiones de responsabilidad personal: ¿qué habrías hecho tú? ¿Qué vas a hacer tú para detener la expansión del odio hoy día?

Pero la colección iba mucho más allá de los objetos expuestos en la galería. El museo contenía un amplio archivo de materiales que permitieran a los investigadores conocer la historia del Holocausto y también contarla: documentos, fotografías, grabaciones de archivo, historias orales y objetos únicos.

Como hijo y nieto de judíos alemanes obligados a abandonar la Alemania nazi, Henry Mayer estaba intrínsecamente interesado en la misión del museo. Pero no fue hasta que empezó a trabajar en él cuando descubrió el verdadero alcance de la historia de su familia.

Los antepasados de Mayer, apellidados Meier y Frank, habían vivido durante generaciones en Karlsruhe y sus alrededores, a orillas del Rin, al sudoeste de Alemania. Durante los años treinta, algunos miembros de la familia en sentido lato huyeron a Estados Unidos. Pero muchos no consiguieron escapar. Fueron capturados en la redada llevada a cabo por los nazis en octubre de 1940, cuando la Gestapo detuvo a más de setenta mil judíos de toda la región, hombres, mujeres y niños y los deportó al otro lado de la frontera.

Los transportes no se dirigieron al este —la ruta habitual de las deportaciones de los judíos alemanes durante los años siguientes—, sino hacia el oeste, donde pasaron a ser responsabilidad del régimen títere de Vichy, establecido en la zona «libre» del sur de Francia a raíz de la ocupación del norte del país por los nazis a comienzos de ese mismo año. Los alemanes habían deportado a los judíos sin avisar previamente a las autoridades de Vichy; los franceses reaccionaron enviando los trenes a campos de internamiento, entre ellos uno levantado en una zona pantanosa en las inmediaciones de una pequeña localidad llamada Gurs, al pie de los Pirineos.[48]

Los trenes que transportaban a los judíos se detenían en la estación de ferrocarril más próxima, Oloron-Sainte-Marie, donde todos los deportados eran hacinados en camiones descubiertos. El último trecho de su largo y triste viaje fue acompañado de una lluvia helada y torrencial. A casi mil doscientos kilómetros de su hogar, los detenidos —empapados de agua, ateridos de frío y completamente desorientados— fueron conducidos a una desolada hilera de barracones destartalados. Su equipaje quedó amontonado en medio del barro.

Los trabajadores sociales que visitaron el campo administrado por las autoridades francesas cuando llegó el invierno encontraron en él una «atmósfera irrespirable de desesperación humana» y «un intenso deseo de morir» entre los prisioneros más viejos (el 40 por ciento de los deportados tenía 60 años o más).[49] Dentro de las vallas de alambre espinoso, vigilados por guardias armados, había unos barracones de madera sin ventanas atestados de gente. Por supuesto carecían de calefacción, de agua corriente y de mobiliario. Proliferaban en ellos los piojos, las ratas, las cucarachas y las enfermedades. «Llovía y llovía», escribiría un prisionero. «El suelo era una auténtica ciénaga; podía uno escurrirse y hundirse en el barro».[50] Los internos compartían unas cuantas botas altas para navegar por el lodo y alcanzar unos primitivos retretes: simples cubos colocados debajo de unos cajones al aire libre, sin tejado ni puertas. Todo lo inundaba, como diría luego una historiadora, «el olor del barro mezclado con la peste a orina».[51] La dieta de los prisioneros consistía en un sucedáneo de café, una sopa, que era un mero aguachirle, y pan. No había agua potable suficiente y el hambre era atroz. «Habría sido preciso un poeta magistral como Arthur Rimbaud», escribiría un académico judío, el profesor A. Reich, internado en Gurs, «para expresar todos los matices de la miseria que afligía a los miles y miles de personas allí encerradas, hombres y mujeres de todas las edades».[52]

Los primos de Heinrich Meier, Elise y Salomon Frank, no sobrevivieron a 1940 en aquel campo de concentración; murieron durante el invierno más frío que había habido en años.

El hermano y la cuñada de Heinrich, Emmanuel y Wilhelmina Meier, y su prima Martha Meier, pasaron casi dos años en los campos de internamiento franceses antes de que les llegara la hora. En agosto de 1942, fueron metidos en un tren y trasladados al norte, a Drancy, en las inmediaciones de París, donde les quitaron las pocas posesiones que aún pudieran tener. Al amanecer del 14 de agosto, unos autobuses llevaron a Emmanuel y Wilhelmina a la estación de ferrocarril, donde unos guardias armados con metralletas los obligaron a subir a unos vagones de ganado para viajar al este, a «un destino desconocido». El convoy de Martha partió tres días después. Los Meier se encontraron de pronto rodeados de enfermos y ancianos y de multitud de pequeños huérfanos, algunos de apenas 2, 3 y 4 años de edad.

Después de varios días de viaje, los parientes de Heinrich llegaron a su destino final, a unos mil cuatrocientos kilómetros de distancia, en la Polonia ocupada: Auschwitz.[53]

A millones de años luz, en el Museo del Holocausto, Mayer ayudó a construir, organizar y catalogar una colección de documentos de más de setenta millones de páginas. Ninguna adquisición sería tan voluminosa ni tan complicada —ni en último término tendría un significado histórico tan grande— como los Papeles de Kempner.

Tras recibir la llamada de Jane Lester en 1997, Mayer escribió a Lucian y a André Kempner. Los dos le contestaron entusiasmados, y Lucian se haría cargo enseguida de todo el asunto. Creía que el Museo del Holocausto sería el lugar ideal para los papeles de su padre. «Su vida fue la lucha contra el nazismo». Lucian explicó que los documentos en cuestión estaban en Lansdowne, y que Margot podría encargarse de permitirles inventariarlos.

Cuando Mayer y un equipo de expertos se trasladaron de Washington a Lansdowne en agosto de 1997, dio la impresión de que todo iba a ir como la seda.

Llegaron a la casa de seis dormitorios que Kempner había comprado durante la guerra. Estaba al pie de una colina, en el recodo que hace un pequeño río, el Derby Creek. Nadie salió a abrirles la puerta cuando llegaron a la hora concertada. Pocos minutos después, llegó la señorita Lipton, que volvía de dar un paseo. Cuando Mayer se presentó a sí mismo, la anciana pareció sorprendida.

—¿Quién? —dijo. Tras refrescarle la memoria, la mujer los hizo pasar y les mostró dónde podían encontrar el material que buscaban.

Estaba por todas partes: en el despacho de Kempner, a la izquierda, en la habitación de la derecha, en el porche acristalado, en otras dos habitaciones del piso de arriba, en el sótano. Una de las habitaciones carecía por completo de luz, y la señorita Lipton tuvo que ir a buscar bombillas.

Uno de los hombres había estado antes en la casa. Jonathan Bush era un abogado, experto en los juicios por crímenes de guerra, cuyo currículo incluía varios periodos como ayudante de la Fiscalía en la Oficina de Investigaciones Especiales (OSI por sus siglas en inglés) del Departamento de Justicia, dedicada a la búsqueda y captura de nazis, y en el Consejo General del Museo del Holocausto. Varios años antes, cuando solo era un diplomado de veintitantos años que estudiaba las indemnizaciones a pagar a las víctimas del Holocausto, Bush había ido hasta allí a entrevistar a Kempner. El lugar no había cambiado mucho con el paso de los años. «Era un caos total», explicaría. «No he visto nunca tantas cajas metidas de cualquier manera en una casa». En cada una de las habitaciones que les enseñó la señorita Lipton, había cajas almacenadas que iban desde el suelo hasta el techo. Toda la superficie disponible estaba cubierta de carpetas.

Los cuatro hombres estaban abrumados. «¿Qué vamos a hacer ahora?», pensó Mayer en ese momento. Si alguien hubiera dicho a Bush que en la casa había dos mil cajas, no lo habría puesto en duda. «¡Menuda mierda!», pensó. «¿Cómo vamos a poder con todo esto?».

Se dividieron en dos grupos y empezaron a catalogarlo todo. Tuvieron tiempo solo de echar una ojeada a una pequeña muestra del material para comprobar si Kempner había guardado algo que valiera la pena salvar o no. En el sótano encontraron cinco librerías atestadas de volúmenes viejos, entre ellos diccionarios de lenguas extranjeras, materiales de los Juicios de Núremberg y libros de derecho anteriores a la época nazi. Cuatro mesas contenían casi treinta cajas de carpetas de papeles relacionados con las finanzas personales de Kempner y el trabajo de restitución. En los archivadores del despacho encontraron una enorme cantidad de cartas e informes de todo tipo, guardados en un sinfín de carpetas, a cual más desorganizada. La habitación estaba tan atestada de muebles y cajas, que no pudieron llegar a los documentos contenidos en la librería cerrada con puertas de cristal.

Las distintas carpetas carecían por completo de sentido; no estaban ordenadas ni cronológicamente ni por temas. Los hombres tuvieron que quitar de en medio herramientas de carpintería, frascos de vitaminas y lociones para llegar hasta los recortes de periódico, las facturas, las fotografías y las guías de viaje. Tuvieron que subirse a las cajas situadas debajo para alcanzar las de más arriba. Seguramente no pudieron ver todo lo que había, según dijo Bush. «La mayoría de las cajas estaban detrás de otras dos filas de cajas y debajo de otras seis cajas más».

Lo que vieron, eso sí, tenía un interés innegable, además de ser sumamente importante desde el punto de vista histórico. Bush abrió una caja al azar y se sorprendió al encontrar unos documentos que probaban que Kempner, el azote de los criminales de guerra nazis, había intervenido en un caso en defensa de la viuda de Göring, Emmy; la señora creía que tenía derecho a percibir la pensión gubernamental de su marido. Bush localizó copias de cartas enviadas por J. Edgar Hoover y remitidas a él. Particular asombro le causó la amplitud de los Papeles de Kempner relacionados con los juicios por crímenes de guerra. Copias de ese material habían sido donadas a las grandes bibliotecas, pero ocupaban tanto espacio que incluso muchas instituciones se habían deshecho de ellas. El archivo de Kempner estaba prácticamente completo, dijo Bush. «Lo tenía todo».

La colección, escribió Mayer en el informe que redactó después de la visita, era «de un valor histórico enorme para el estudio del Holocausto». Estaba además en un «peligro extremo». El moho había empezado a cebarse en parte de los documentos guardados en el porche y en el sótano. Recomendaba el traslado inmediato de los papeles a una zona de almacenamiento provisional, donde pudieran ser tratados para su desinsectación y guardados en cajas nuevas.

Remitió su informe también a Lucian, que a su vez se lo hizo llegar a Jane Lester y a Margot Lipton. Y entonces empezó el lío. La señorita Lipton no quería separarse de nada.

Ahí era donde entraba en juego la dificultad del testamento de Kempner. Para asegurarse de que la señorita Lipton tuviera quien cuidara de ella cuando él muriera, Robert había estipulado que se le permitiera permanecer en la casa de Lansdowne —y quedarse con su contenido— a expensas de su patrimonio. Lucian y André estaban dispuestos a respetar aquella demanda, pero también querían sacar de Lansdowne los documentos importantes desde el punto de vista histórico que su padre había dejado en la casa.

No mucho después de que Mayer llevara a cabo el inventario de los papeles guardados en la casa, recibió una carta de la señorita Lipton: decía en ella que no estaba dispuesta a entregar todo aquel material sin lucha.

«Al parecer no son ustedes conscientes de mis derechos legales en esta materia», afirmaba en su carta. Kempner había dado a Margot Lipton derecho «a quedarme con todo lo que hay en el número 112 de Lansdowne Court o a disponer de ello». No tenía ningún problema con el hecho de que el museo archivara los Papeles de Kempner... «en último término». Pero no quería quedarse en una casa medio vacía. «Quizá no tengan ustedes en cuenta el hecho de que, tras su jubilación, una persona anciana a menudo encuentra cierto consuelo en hallarse rodeada de los papeles, los libros, las fotografías y los objetos que encarnan el trabajo de toda su vida», decía la carta. Además, suponía una gran falta de sensibilidad por parte de Mayer el hecho de no preguntarle ni siquiera si le «importaba que me mandaran ustedes un camión para llevarse la mayoría del contenido de mi casa, donde he estado viviendo más de cincuenta años y donde tengo la intención de seguir viviendo otros treinta». Al parecer sus planes eran seguir viva pasados con creces los cien.

La señorita Lipton decía a Mayer que estaba dispuesta a llevar a juicio a Lucian y al museo si seguían adelante con sus planes. «Espero recibir a vuelta de correo sus disculpas por no haber discutido estos asuntos conmigo y su solemne promesa de no volver a proponerme nunca entrar en mi casa y llevarse de ella nada en absoluto sin una invitación escrita por mi parte y sin mi consentimiento expreso».

Según Lucian, Margot se encontraba con Richardson y con la señorita Lester en Alemania cuando fue escrita su carta, y el personal del museo se preguntaría más tarde si no habría sido en realidad Richardson quien la redactara.

Más o menos por la misma época en que este comunicado llegaba al Museo del Holocausto, Lucian recibió una carta del abogado de la señorita Lipton. En ella decía que su patrocinada estaría dispuesta a olvidar todas sus objeciones a la retirada de los Papeles de Kempner si se le entregaba la casa de Lansdowne y el resto de su contenido. La propiedad de la casa habría dado a Margot la oportunidad de venderla, quedarse con el dinero y trasladarse a cualquier otro sitio. Una vez más, Lucian declinó la oferta.

A finales de 1997 Mayer respondió a Jane Lester: «Es nuestra intención asegurarnos de que el legado intelectual del doctor Kempner sea conservado para las generaciones futuras de estudiosos en una institución dedicada a los ideales por los cuales se esforzó durante tanto tiempo y con tanto ahínco». Le pedía disculpas por no haberla mantenido informada, pero señalaba que Lucian le había pedido que no implicara a otras personas en las negociaciones. Prometía además colaborar con ella para asegurarse de que sus pertenencias y documentos no eran sacados de la casa junto con los de Kempner. «No tenemos la menor intención de sustraer ni sin querer ni intencionadamente nada que le pertenezca a usted».

Pero no queriendo verse envuelto en un pleito, el museo decidió mantenerse al margen hasta que Lucian Kempner y Margot Lipton arreglaran sus diferencias.

Pero el factor verdaderamente imprevisible en todo aquel asunto era Herbert Richardson. En sus años como profesor, según decían sus alumnos, era un hombre capaz de dejarse arrastrar por explosiones de cólera y hasta resultar intimidatorio. Podía ser también un orador carismático, profundamente cautivador y apasionado. Viendo perorar a Richardson, una de sus alumnas comentó que podía entender cómo Adolf Hitler se había ganado el fervor de las masas.[54]

Cuando se lo contaron, Richardson dio un suspiro y dijo:

—Unos me comparan con Hitler, otros me comparan con Dios. ¿Qué debo responder a esto?

Richardson obtuvo el título de doctor en Teología en la Divinity School de Harvard en 1963 y enseñó en esa misma facultad durante cinco años. Aunque era ministro presbiteriano, pasó a trabajar en una institución católica, St. Michael’s College, integrada en la Universidad de Toronto, donde obtuvo una cátedra. Sus investigaciones cubrirían un amplio espectro de temas. Richardson escribió diversas obras sobre S. Anselmo de Canterbury, el aborto, el caso de gestación subrogada de Baby M, Juana de Arco o los homosexuales en el ejército. Su libro Nun, Witch, Playmate, publicado por Harper & Row en 1971, examinaba la «americanización del sexo».

Había lanzado su editorial universitaria, que era independiente de cualquier institución académica, en 1972. La idea original era publicar tesis doctorales de los estudiantes de St. Michael’s, pero no tardó en convertirse en una editorial destinada a especialistas de cualquier otro centro que no consiguieran que les publicaran sus obras. Richardson llamaba a su empresa «una imprenta de último recurso». En 1979, la trasladó del sótano que ocupaba en Toronto a un edificio de Lewiston, unos ciento treinta kilómetros más al sur. La editorial fue creciendo lentamente, acabó por resultar rentable y llegó a publicar al año varios centenares de títulos de temas muy variados. Richardson se jactaba de que sus ediciones figuraban en las bibliotecas de los centros de investigación de todo el mundo, incluida su alma mater, la Universidad de Harvard.

Empezó a verse envuelto en controversias en los años ochenta, cuando defendió a la Iglesia de la Unificación del reverendo Sun Myung Moon y a la Iglesia de la Cienciología frente a las acusaciones de que no eran nuevas religiones, sino meras sectas.

Luego, en 1991, cierto incidente ocurrido en las aulas amenazó con poner fin a su carrera académica. Un día empezó a gritar a sus alumnos —no se habían comportado de forma suficientemente ordenada a la hora de colocarse en sus pupitres—, y a continuación entabló una violenta discusión con su asistente, al que acabó echando con cajas destempladas de clase. Los estudiantes informaron del asunto, las autoridades universitarias empezaron a vigilar de cerca las clases de Richardson, y al año siguiente lo invitaron a solicitar la jubilación anticipada. «El comportamiento de Richardson», comunicaba el director del departamento de estudios religiosos de la época, «era una bomba de relojería susceptible de explotar en cualquier momento».

El profesor Richardson se negó a retirarse, pero solicitó una baja médica. Durante años había tenido dolores en el pecho, y pensó que había llegado el momento de someterse a una cura cardiaca en Duke University. Si continuaba dando clases, dijo a sus amigos, «habré muerto para febrero». Se trasladó a Durham, pero se dio de baja del programa de rehabilitación al cabo de unas cuantas semanas —era demasiado caro, explicaría después—, y en su lugar se dedicó a viajar por Norteamérica y Europa. Fue a Gales, donde había una filial internacional de la Mellen Press; a Kansas, donde estaba enterrado su padre; y al sur de California, donde estuvo pensando en la eventualidad de retirarse a la localidad de Borrego Springs, en pleno desierto. Fue a las islas Turcas y Caicos, donde decidió fundar una universidad Mellen; no tardaron en aparecer anuncios publicitarios en los que se notificaba que el centro expedía títulos académicos basados en la lectura de disertaciones y en «experiencias vitales» al precio de 995 dólares. «La vida es una escuela», decía Richardson. «Se aprende viviendo».

En St. Michael’s se enteraron de las actividades de Richardson durante sus viajes y cuando regresó a la facultad, la universidad lo acusó de falta grave. Como tenía una cátedra en propiedad y no podía ser echado sin más, el asunto pasó a un tribunal público, cosa por lo demás harto inusual. Las autoridades universitarias presentaron diversos cargos contra Richardson, unos puramente baladíes y otros graves. Al final, la principal alegación fue que había abusado de su baja médica y había engañado a las autoridades universitarias en lo concerniente al tiempo que dedicaba a trabajar en la Edwin Mellen Press.

Richardson estuvo cinco días prestando declaración ante el tribunal. «Esta humillación pública ha sido el bochorno más extraordinario para mí y para mi familia», dijo. «Ha dado lugar a mi ruina económica y a mi desprestigio profesional».[55] Se presentó a sí mismo como una víctima del acoso de sus colegas académicos. Cuando tuvo noticia de que era objeto de una investigación, aseguró, cayó en una profunda depresión. «Todo aquello sobre lo que había construido mi vida durante cincuenta años era objeto de ataque, y sentía que estaba a punto de venirme abajo hundido por el peso de semejante agresión». Perdió el caso y fue expulsado de la universidad en octubre de 1994. En sus conclusiones, el tribunal hacía saber que no creía en el testimonio de Richardson. «Su agilidad de ingenio, su elocuencia y su personalidad voluble le permiten dar una pátina de persuasión a cualquier media verdad que pueda decir, con tal de que le resulte útil».[56]

Un año después de este episodio, el más tumultuoso de su vida, Herbert Richardson conoció a Jane Lester.

En agosto de 1998 —un año después de que Mayer y el resto de empleados del museo hicieran el inventario de los Papeles de Kempner en la casa de Lansdowne— la señorita Lipton llevó a los hijos de Kempner a los tribunales por un solar de quince hectáreas que había comprado junto con Ruth y Robert Kempner en 1958. A la muerte de este último, Lipton se lo había dado a Lucian y André para que lo vendieran, y ellos habían accedido a entregarle una parte de las ganancias. Pero en 1997, cuando los hermanos firmaron el contrato de venta del solar por 450 000 dólares, ella los demandó, aduciendo que había sido engañada con mala fe por el abogado de los Kempner y que por consiguiente debía recibir todo el importe de la venta.[57]

La documentación judicial demuestra que Lucian Kempner creía que Herbert Richardson ejercía una «influencia indebida» sobre la señorita Lipton y que se hallaba detrás de toda aquella maniobra legal.[58] El abogado de Lucian, Kevin Gibson, dijo al tribunal que Lipton había dado a Richardson poderes para que actuara como procurador en su nombre; mientras tanto, ella había sido sacada de su casa de Lansdowne e ingresada en una residencia de ancianos llamada el Hogar Presbiteriano, situada en Lockport, al norte del estado de Nueva York, a unos treinta kilómetros de distancia del despacho de Richardson en Estados Unidos. Gibson pidió al juez que desestimara la demanda de la señorita Lipton y diera permiso a los herederos de Kempner para entrar en la casa y retirar las pertenencias de su padre.

En el Museo del Holocausto, mientras tanto, Mayer, cada vez más impaciente, había seguido los complicados procedimientos judiciales desde lejos, cuando el 23 de junio de 1999 se produjo por fin un avance importante. Gibson tuvo finalmente la oportunidad de hacer declarar a la señorita Lipton. Margot acababa de cumplir los 85, y la edad había hecho mella en ella.

—En realidad no sé dónde vivo ahora —reconoció la buena señora.

Cuando le preguntaron cómo había conocido a Richardson, respondió:

—No me acuerdo.[59]

Gibson le mostró un cheque por valor de 13 000 dólares retirado de la cuenta bancaria correspondiente al patrimonio de Kempner. Daba la impresión de que la señorita Lipton lo había firmado en nombre de Lucian, aduciendo que tenía poderes de procuración. Margot declaró que no sabía nada del cobro del cheque.

Gibson le preguntó una y otra vez si tenía alguna objeción a la retirada de los Papeles de Kempner de la casa de Lansdowne para su salvaguardia, y Lipton dijo que no.

—Preferiría que se hiciera después de mi muerte —afirmó—, pero si hay que hacerlo ahora, supongo que podrá hacerse.

Dijo también que no tenía planeado regresar a la casa, ni «reservas de ningún tipo» para su venta. Finalmente Margot Lipton arreglaría de forma amistosa con los herederos de Kempner el pleito que les había puesto por el solar.

El abogado se puso inmediatamente en contacto con el museo, que decidió actuar sin dilación. «La señorita Lipton no solo podría cambiar de opinión», escribía Mayer a sus colegas, «sino que además la casa está en la actualidad deshabitada y por consiguiente su contenido se halla en una situación muy precaria». Una semana después de que Lipton prestara declaración, Mayer estaba de vuelta en Lansdowne. Gibson, el abogado, se reunió allí con él, acompañado de un cerrajero y un agente de policía, para asegurarse de que todo se desarrollaba como era debido.

Lo primero que encontraron cuando entraron en la casa fue un revólver en un estante de la cocina. Lo segundo que descubrieron fue que la mayor parte de los documentos que habían visto dos años antes habían desaparecido. «La casa estaba completamente vacía», dijo Bush, el especialista en crímenes de guerra que había ayudado a Mayer a inventariar la casa dos años antes. En el sótano, habían arramblado con el contenido de las estanterías. En el despacho de Kempner, los archivadores estaban vacíos. La mayor parte de los documentos del piso superior también se habían esfumado. Recorriendo la casa con el inventario que habían hecho en 1997 en la mano, Mayer y los demás fueron marcando «desaparecido», «desaparecido todo» y «ni rastro» artículo tras artículo. «Hasta el escritorio ha desaparecido», anotó alguien.

Gibson llamó a los detectives de la comisaría de Lansdowne para que investigaran lo ocurrido mientras Bush y los demás iban llamando a las puertas de todas las casas de la calle. Los vecinos informaron de que una semana antes habían visto un camión de mudanzas delante de la casa.

La policía interrogó al vigilante de los Kempner, Magnus O’Donnell, que llevaba mucho tiempo en ese puesto —la familia lo llamaba Nifty («Don Listillo») —, y ...