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EL DIOS ASESINADO EN EL SERVICIO DE CABALLEROS

Sergio S. Morán

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Fragmento

1

Café con sangre

«Tienes el cadáver de un dios en el maletero.»

Leí por tercera vez el mensaje. Era un mensaje claro y directo, escrito a bolígrafo en mi brazo izquierdo. Era mi letra, apresurada y temblorosa, pero a fin de cuentas mi letra, no había duda. También era mi brazo, de eso había todavía menos duda. Pero, a pesar de todo, no me resultaba en absoluto familiar.

Incómoda en mi taburete, arqueé la espalda hasta que me pareció oír un par de vértebras recolocarse. Había parado tras varias horas conduciendo, algo que notaba en mi espalda, pero ahora mismo no era capaz de recordar de dónde venía ni cuál era mi destino. Apuré el café, que ya estaba frío. Su sabor me advirtió de que estaba en la cafetería de un área de servicio de alguna autopista y no en un sitio donde supiesen a qué debe saber el café: invitaba a pensar que para hacerlo habían filtrado el asfalto sobrante de la carretera. El cruasán que tenía al lado y que no recordaba haber mordido parecía estar hecho de caucho. Un vistazo al resto de las opciones del menú no permitía descartar que también los hubiesen obtenido de algún accidente múltiple reciente. Menos la carne del lomo, cuyo color oscuro y desagradable indicaba que era de todo menos reciente.

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Ah. Sí. El cadáver del dios. Mi maletero.

Entrecerré los ojos e intenté concentrarme, pero algo en mi cabeza no solo me impedía hacer memoria, sino que además no me dejaba pensar con claridad. Mi mente divagaba, y los pensamientos intentaban aferrarse a las paredes de mi cerebro sin conseguirlo.

Llevaba horas conduciendo. Por encima de la neblina que era mi memoria, parecía destacarse esa idea, quizá ayudada por el cansancio de mi espalda, que claramente indicaba que había estado demasiado tiempo al volante. El dolor era leve pero constante. Tenía que cuidar la postura o iría a más. A lo mejor una sesión de masaje… ¿A quién pretendía engañar? Nunca tenía tiempo ni dinero para ese tipo de cosas. Trabajos mal pagados, algún caso que otro un poco más interesante, pero lo justo para llegar a fin de mes. Cualquiera diría que por lo especializado de mi profesión debería bañarme en billetes de esos que solo se ven en las noticias, pero ahora ni siquiera sabía si tenía las monedas suficientes para pagar el café con aroma a feldespato que acababa de tomar.

Mientras aún intentaba aclararme la cabeza, hurgué en mi chaqueta y en mis vaqueros buscando mi cartera, la cual parecía inusualmente gruesa. Cuatrocientos euros en billetes de cincuenta aparecieron dentro de ella, lo que me produjo una más que agradable sorpresa. A su lado, un bolígrafo. Era azul, como la tinta del mensaje en mi brazo.

Ah. Joder. El cadáver.

Estaba claro que el cansancio estaba afectando a mi capacidad de concentración. Quizá debería tomarme otro café, a pesar de su artificial y repugnante sabor. En especial, si mi plan consistía en seguir conduciendo…

Dudé varios segundos. ¿Mi plan? ¿Seguir conduciendo? ¿Hacia dónde? No era capaz de recordar a dónde iba. Tampoco de dónde venía. Pensé un poco más y, entonces, me di cuenta de que ni tan siquiera sabía dónde me encontraba en ese instante. La opción más sencilla era preguntar, así que busqué al camarero de expresión más amable entre los cuatro que atendían la barra. Tras varios segundos de escrutinio, opté finalmente por mirar el GPS de mi teléfono.

La marca en el mapa empezó a bailar, y mi móvil tuvo una crisis existencial hasta que al fin logró encontrarse a sí mismo. La pantalla comenzó a moverse y recorrió un gran trozo de península, hasta que se detuvo cerca de Burgos. ¿Burgos? ¿Qué podría estar haciendo yo en Burgos? Conozco a alguien aquí, recordé: Antón. ¿Antón? ¿Por qué iba a querer ver a un forense a estas horas de la noche? Además, para colmo a uno que es…

Oh. Hostias. El cadáver.

Me levanté de mi taburete y saqué cinco euros de la cartera. Quizá fuese la euforia producida por el hecho de que había cuatrocientos inesperados compañeros suyos en mi cartera, pero miré al camarero más cercano y le dije con mi mejor sonrisa:

—Quédese con la vuelta.

—Son cinco euros con treinta —respondió este al mirar mi café y mi cruasán mordisqueado.

Me quedé inmóvil asimilando la información. De verdad, odio las cafeterías de las autopistas.

Saqué cincuenta céntimos más de la cartera y, tras dejarlos en la barra, di media vuelta. El cadáver de un dios me esperaba en el maletero, y aún no había sido capaz de recordar qué hacía ahí, así que empecé a caminar a paso ligero.

Después de dos pasos dejé de avanzar, di media vuelta de nuevo y me volví a apoyar en la barra. Esperé con paciencia mi cambio de veinte céntimos y cuando el camarero finalmente me los dio, intercambiamos sonrisas con la efusividad de quien intercambia puñetazos.

Cogí las monedas y me quedé observándolo mientras volvía a su puesto detrás de los bocatas. Le dediqué una pequeña mirada cargada con postas, pero al momento experimenté cierto sentimiento de culpa por trasladar hacia el camarero mi odio visceral a las cafeterías de autopista. Era cierto, el camarero no tenía la culpa de cómo era aquel sitio, y lo más seguro era que su salario fuese tan bueno como las naranjas secas que reposaban en la máquina de zumos. Pero no iba a dejar propina después de cobrarme cinco euros con treinta por un…

Ah. Joder. El cadáver.

La noche no era fría, pero en Burgos eso significaba que el hielo de los charcos era más fino que de costumbre. Me abroché la chaqueta mientras caminaba en silencio por el parking del área de servicio buscando mi coche. No recordaba dónde lo había aparcado; me gustaría poder culpar a mi amnesia temporal, pero en realidad nunca me acuerdo de dónde lo dejo.

Por suerte, el parking estaba casi vacío y la mayoría de los coches parecían ser de gente que trabajaba allí. La autopista guardaba silencio. Nadie conducía a estas horas, fuesen las que fuesen. Volví a sacar el móvil para mirar el reloj. Tenía varios mensajes y un par de llamadas perdidas. Demasiadas para hacerles caso en este momento. Levanté la cabeza aún aturdida para intentar localizar mi coche, mientras volvía a guardarme de nuevo el móvil en el interior de la chaqueta.

Encontré mi viejo Seat en una esquina apartada, mirándome y juzgándome con sus faros. Me había dejado las luces encendidas. No era mi día. No era mi noche. ¿Qué hora había dicho que era?

Maldije al volver a sacar el móvil para mirar de nuevo la hora, mientras abría la puerta del coche. Me dejé caer en el asiento delantero, aún con la agilidad mental de una lechuga. Pelear contra mi propio cerebro me agotaba. Incapaz de recordar nada, cada pensamiento era una lucha titánica. Cansado, lento… Pero había algo más. Mi experiencia me lo decía, mi amnesia no era algo natural. Casi podía saborearlo. Lo que pasaba en mi cabeza ahora mismo tenía un claro origen sobrenatural.

No era nada extraordinario. En mi trabajo, enfrentarte a algo sobrenatural es algo demasiado común. Mi trabajo… volví a aferrarme a ese pensamiento. Soy detective. Para ser exactos, detective paranormal. Me encargo de casos en los que a veces una pistola no es suficiente y necesitas un grimorio del siglo XV para enfrentarte a lo que sea. Incluidos los grimorios del siglo XVI. Sí, la magia es algo habitual en mi día a día. Y eso era importante por otros motivos: quería decir que recordaba cuál era mi trabajo. Mi amnesia no era tan grave, no había borrado mucho.

Moví el retrovisor del interior del coche y me miré en el espejo. No me llevé ninguna sorpresa desagradable: la persona que me devolvía la mirada era yo. Unos ojos pequeños tras unas gruesas gafas de pasta que ocultaban unas cada vez menos leves ojeras. Pelo rubio, liso y recogido, cortado con la precisión de unas tijeras romas o de un hacha afilada. Respiré aliviada. Mi memoria a largo plazo estaba intacta. Era yo: Verónica Guerra. Alias Parabellum. Detective paranormal.

Y, sin embargo, era incapaz de recordar qué puta hora era.

Me quedé sentada en el asiento varios minutos. Dejé abierta la puerta para que la brisa de la noche no me dejase dormir e intenté aclarar mi confusa cabeza. No tenía muy claro cómo hacerlo. Normalmente, cuando estoy atascada y mi cerebro se niega a cooperar solo tengo que despejar la mente. Despejar la mente o dejar de beber, dependiendo del momento. Pero el problema ahora era que tenía la mente demasiado despejada, y no solo era incapaz de recordar las últimas horas de mi vida, sino que los nuevos recuerdos se negaban a quedarse quietos dentro del resbaladizo interior de mi cabeza. Por ejemplo: ¿qué hora era? Volví a sacar el móvil de mi chaqueta y miré la hora por enésima vez. Tenía mensajes, pero no quería enfrentarme a ellos. Eran mensajes de texto, llamadas perdidas. Tenía…

Verónica. Céntrate. Paso a paso. La hora.

Busqué el móvil que ya había dejado en el asiento del copiloto casi sin darme cuenta. La hora. Memoriza la hora. Las 3.37. Bien. Paso a paso. ¿Qué hora era? Las 3.37. Bien. Motivada por ser capaz de recordar tres dígitos, me noté más centrada. Siguiente paso: hacer memoria. Poco a poco. Hechos recientes. Tenía que recordar algo importante. Tenía algo importante que hacer y no era capaz de decir qué…

Entonces caí en la cuenta de qué era: las luces del coche seguían encendidas, y si quería que la batería no me dejase abandonada en el área de servicio, sería mejor apagarlas. Giré la rosca, y el arbusto que había enfrente de mí desapareció en las tinieblas con un clic. Aun así, la sensación de que tenía algo vital que hacer no llegó a desaparecer, así que deduje que no debía de ser eso. ¿Tenía… tenía que llevarle algo a alguien? El sonido de llamada del móvil me sacó de mis pensamientos, que en ese momento tenían la profundidad de una piscina infantil.

—¿Antón? —dijo mi boca, que parecía tener mejor memoria que yo.

—No, creo que te has equivocado de novio —respondió con sorna una voz al otro lado del teléfono.

No era Antón, sino Roberto, y si mi cerebro no estuviese hecho de leche condensada habría sabido quién era con un simple vistazo a la pantalla del móvil.

—¿Roberto? —pregunté, por si su voz y su nombre escrito en letras brillantes en el teléfono no fueran suficientes pistas para la gran detective Parabellum.

—¿Vero? ¿Estás bien? —dijo la voz, en la que había desaparecido el tono de burla.

—Sí, sí… estoy… Estoy bien —respondí mientras intentaba situarme.

Era Roberto. Mi novio. Mi cerebro funcionaba ligeramente mejor. Pero aún le quedaba mucho para estar al cien por cien. ¿Por qué me llamaba Roberto? ¿Le había contado siquiera dónde estaba? ¿Qué me pasaba?

—¿Has bebido?

—No, no… Creo que no. Estoy… —empecé la frase sin saber cómo acabarla.

—¿Trabajando?

Eso es amor, acabar las frases del otro. Doble puntuación si lo haces a las 3.37 de la mañana.

—¡Eh! ¡Me he acordado! —se me escapó en voz alta. Antes de que Roberto tuviese oportunidad de preguntar de qué me había acordado, me defendí con otra pregunta—. ¿Qué haces despierto tan tarde?

—Estaba escribiendo, me he liado con un par de artículos, un blog nuevo que he abierto… —respondió. En otras circunstancias me habría interesado por su trabajo e incluso le habría preguntado por la temática de su nuevo blog con verdadera curiosidad, aunque solo fuese por ver sobre qué tema aún no había intentado escribir. Pero era tarde, y mi cabeza seguía tratando de encontrar su propio culo—. Te he llamado un par de veces y no lo cogías…

Bonito. Una parte de mí se conmovió ante la preocupación de mi pareja. Otra parte se sentía culpable por no haber respondido a sus mensajes. Una tercera recordó que no había contestado porque una extraña maldición había equiparado mi actividad cerebral a la de un taburete no especialmente avispado. Una última parte, más pequeñita, me gritaba que seguía sin acordarme de algo importante. Volví a girar la rosca de las luces del coche y estas se encendieron. No… No era eso.

—Lo siento, Roberto… Me ha surgido un caso urgente y he tenido que salir de viaje —respondí con un tono sincero de disculpa, mientras me preguntaba confusa por qué había encendido las luces del coche—. No he visto las llamadas perdidas ni los mensajes hasta ahora. ¿Estabas preocupado por mí?

—Depende. ¿Debería estarlo? ¿Te ha disparado algún miembro de la KGB?

—Esos son los espías, cariño, no los detectives.

Roberto sentía fascinación por mi trabajo, pero la misma que tiene alguien que conoce el oficio de detective por las películas en blanco y negro con un narrador de voz grave. Yo no dejaba de recordarle que me pasaba la mayor parte de mi jornada laboral encerrada en el coche cámara en mano, esperando que algún marido de baja fidelidad saliera del portal equivocado o hurgando en los papeles de algún familiar en busca de trapos sucios. La idea que había conseguido transmitirle era que mi trabajo podía ser tan aburrido como el de cualquier persona cuyo peor enemigo fuese un formulario de Hacienda.

Y, claro está, era una puta mentira. Si bien Roberto sabía que mi trabajo era el de detective, nunca había llegado a confesarle la naturaleza supernatural de mis clientes. La razón era la misma de siempre. Las criaturas antinaturales suelen ser recelosas respecto a su origen y prefieren que los numerosos humanos no sientan demasiada curiosidad por sus asuntos. No suelen recibir bien a los metomentodo, y lo último que me apetecía era despertar un día y descubrir que un demonio le había sorbido la médula espinal a mi novio.

Además, Roberto era una persona normal. Y en mi vida la gente normal es un bien escaso y preciado. Alguien que te recuerde que no eres más que una humana. Una isla donde refugiarte de fantasmas y chupacabras. Una conversación que no incluya hechizos e invocaciones de magia negra…

Alguien que te haga creer que tu vida es normal.

—Te echo de menos… —dijo mi boca sin consultar a mi cerebro, que seguía tan confuso como un mandril programando una lavadora.

Roberto tardó en responder a mi desliz.

—¿Estás bien?

—Sí, sí… tan solo un poco cansada… —respondí, con cierto tono de sinceridad—. Se me pasará en cuanto duerma algo.

—¿Vienes ahora para casa?

—No, no puedo, estoy en Burgos.

Roberto se quedó otro par de segundos en silencio. Quizá no había sido buena idea confesarle mi paradero real; seguramente se preocuparía por que su novia cogiese el coche tan tarde para un viaje tan largo. Los espías de la KGB no eran frecuentes en su cabeza, pero sí los accidentes de tráfico. Me volví a morder la lengua, no quería preocuparlo más de la cuenta.

—¿Podrías hacer una foto de la catedral ya que estás ahí? —me preguntó a modo de respuesta—. Podría hacer un artículo de turismo de interior, de las catedrales del país… Pero necesitaría una foto sin derechos…

Entonces fui yo quien guardó unos segundos de silencio: la preocupación de Roberto había desaparecido tan rápido que me sentí ofendida. Mejor, así me ahorraría más explicaciones de las necesarias.

—Lo intentaré, pero no prometo nada.

—Una cosa más… ¿Quién es Antón? Otros novios se pondrían celosos si llamaran a su chica a las tres de la mañana —3.37, volví a recordar orgullosa. Seguramente serían ya las 3.41. Estaba en racha— y ella les respondiera con el nombre de otro.

Dejé escapar una sincera carcajada. Roberto no era celoso: podría irme a una reunión de tuppersex con una brigada de bomberos y no arquearía una ceja. Pero sí que sentía que le debía una explicación.

—Es un forense. Estoy yendo a verle para que me ayude en el caso —supuse. Recordé el cadáver del maletero y, como acto reflejo, apagué las luces del coche. La conversación me había despejado, aunque mi cabeza seguía funcionando de manera errática—. Pero si te vas a poner celoso, te puedo enseñar el cadáver a ti y me echas tú un cable.

—Tranquila, podré soportarlo —respondió mientras dejaba escapar medio bostezo—. Me voy a la cama, estoy derrotado.

—Hasta mañana, Roberto.

—Hasta mañana. No cojas el coche si has bebido —se despidió.

Su advertencia me hizo recordar algo. Activé la rosca de las luces del coche por enésima vez, pero esta vez mi cerebro pareció decidido a trabajar y me hizo apagarlas de nuevo. Me levanté, salí del coche y me dirigí al maletero. La conversación y el aire fresco parecían haberme despertado lo suficiente.

Era hora de enfrentarse al cadáver.

Miré el cuerpo de mi maletero. No parecía el de un dios, pero no suelo mentirme a mí misma en estas cosas. Era un dios hasta que se demostrase lo contrario. El cuerpo era moreno a pesar de la palidez propia de su estado. Caucásico. Pelo negro y rizoso. Aproximadamente unos treinta años. Pantalones cortos, sandalias y camisa roja de cuadros. Comprobé que al menos la parte de ser un cadáver fuese correcta, aunque un ligero olor desagradable ya indicaba que sí. La ausencia de pulso lo confirmó.

—¿Quién coño eres…? —le dije al dios muerto de mi maletero.

Bajé la puerta y lo hice desaparecer de la vista. No llevaba cartera y tampoco podía interrogarlo, así que era mejor no arriesgarse a que alguien me viera hablándole a un muerto.

Volví al asiento del piloto y comencé a examinar mi móvil. Había varios mensajes, la mayor parte de ellos de Roberto. Un pequeño sentimiento de culpa me dio un par de patadas en alguna parte metafórica de mi interior. La llamada de mi novio iba acompañada de un mensaje de su madre, que obvié sin miramientos. Seguí repasando el registro de llamadas, y gracias a él pude medir el tamaño de la laguna mental. Había una llamada de este mediodía que sí recordaba, de mi hermano: habíamos estado hablando de mi sobrino y sus vacaciones. Había también una llamada de un número fijo que no reconocía, pero su prefijo me indicaba que era de Barcelona. Y había hecho una llamada horas después a Antón, lo que confirmaba las sospechas sobre el objetivo de mi viaje a Burgos. Mi amnesia cubría más o menos las últimas doce horas.

Activé el manos libres mientras arrancaba el coche. Era tarde, así que descarté llamar al número fijo. Pero sí podía llamar a Antón. No había riesgo alguno de que a esas horas estuviese durmiendo, y quizá él recordaba de qué habíamos hablado.

El tono de llamada duró poco y de inmediato una voz respondió al otro lado.

—¿Ya has llegado? —respondió el forense con su peculiar manera de pronunciar la elle. Su acento era muy suave y casi imposible de asignar a un país, pero era como un lunar en la cara. Una vez que notabas su presencia no podías dejar de mirarlo.

—Estoy a veinte minutos del hospital —respondí. De su pregunta podía deducir que había hablado con él, y que me esperaba—. Pero tengo un pequeño problema.

—¿El cadáver del que me hablaste se te ha escapado?

No se rio. No me reí. En otro contexto, con otra gente, hubiese sido una broma divertida. Antón me lo preguntaba en serio: había antecedentes.

—No, no, tranquilo, sigue en mi maletero. Es… —No sabía cómo planteárselo—. ¿Recuerdas qué te he contado sobre él?

—Me has prometido el cadáver de un dios, Verónica. —Su tono indicaba preocupación, casi una reprimenda—. ¿Me traes el cadáver de un dios?

—Eso te he dicho, ¿verdad? Fíate de mi palabra —le devolví el tono—. ¿Te he contado algo más?

—No —dudó—. ¿Hay algo más que deberías haberme dicho?

—Es posible, pero no lo recuerdo… Tengo una pequeña amnesia y no puedo recordar las últimas horas.

—Interesante… —Se hizo un silencio mientras Antón asimilaba mi información. No pareció sorprenderse mucho, estaba acostumbrado a que a mi alrededor pasasen cosa ...